<?xml version='1.0' encoding='UTF-8'?><?xml-stylesheet href="http://www.blogger.com/styles/atom.css" type="text/css"?><feed xmlns='http://www.w3.org/2005/Atom' xmlns:openSearch='http://a9.com/-/spec/opensearchrss/1.0/' xmlns:georss='http://www.georss.org/georss'><id>tag:blogger.com,1999:blog-14637388</id><updated>2009-07-14T08:24:24.561-03:00</updated><title type='text'>MANDARINA</title><subtitle type='html'>Los cuentos de Gustavo Nielsen</subtitle><link rel='http://schemas.google.com/g/2005#feed' type='application/atom+xml' href='http://mandarinasdulces.blogspot.com/feeds/posts/default'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/14637388/posts/default'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://mandarinasdulces.blogspot.com/'/><link rel='hub' href='http://pubsubhubbub.appspot.com/'/><link rel='next' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/14637388/posts/default?start-index=26&amp;max-results=25'/><author><name>Gus Nielsen</name><uri>http://www.blogger.com/profile/15989569316094960851</uri><email>gesnil@gmail.com</email></author><generator version='7.00' uri='http://www.blogger.com'>Blogger</generator><openSearch:totalResults>27</openSearch:totalResults><openSearch:startIndex>1</openSearch:startIndex><openSearch:itemsPerPage>25</openSearch:itemsPerPage><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-14637388.post-1049534875201881234</id><published>2009-07-04T11:24:00.002-03:00</published><updated>2009-07-09T12:34:07.243-03:00</updated><title type='text'>EL CÍRCULO DE LOS OJOS DE FABIANA</title><content type='html'>FABIANA NO PUEDE VER MI ALMA.&lt;br /&gt;FABIANA NO DISTINGUE UNA PERSONA DE OTRA.&lt;br /&gt;FABIANA NO VE LO QUE LE PASA AHORA,&lt;br /&gt;NI EL FUTURO.&lt;br /&gt;FABIANA ES CIEGA COMO SU MADRE.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;1&lt;br /&gt;Pegué este cartel en una de las paredes, durante el mes de febrero; que fue justo el mes en el que nos peleamos, y por eso la hice ciega. Soy novio de Fabiana desde hace mucho tiempo. Tiene los ojos cada vez peor. Yo había llegado de un viaje cuando encontré su carta de amor enrolladita como un pequeño cañón asomando de la cerradu&amp;shy;ra, defendiendo el olvido latente de la casa deshabitada; un cañón que me apuntaba y me fusilaba antes de entrar. Lo desenro&amp;shy;llé y leí: PERDONAME. Siempre igual. Algún día nos vamos a tener que pelear en serio. Los motivos son varios; uno, el principal, lo dijo mi madre: si me caso con Fabiana tendré hijos con retinitis. Hijos que serán ciegos. Mi madre me reta por todo. Le cuento de Fabiana y ella dice que no la quiere ni ver. Así: "NI VER". A Fabiana eso no se lo digo, y cuando me pregunta por qué no vamos a José León Suárez, a la casa de mi madre a comer, le digo que queda muy lejos. No voy a expli&amp;shy;carle que es porque sus círculos están indefini&amp;shy;dos; porque las personas "ven o no ven", pero no esto a lo que ella nos tiene acos&amp;shy;tumbrados. Así es.&lt;br /&gt;Para el día en que nos amigamos compré un juego de sábanas negras. Fabiana es blanca como un yogurt; sobre la sábana negra parecía iluminada. El modelo tenía un estampado de diablitos pequeños que me entusiasmó. Ella dijo: "qué lindas flores", y yo casi me largo a llorar. Cual&amp;shy;quier sábana tiene estampados de flores; todas las sábanas. Las compré por los diablos. Ella me espera&amp;shy;ba con las piernas abier&amp;shy;tas, sentada en la cama, sin sospe&amp;shy;char mi angustia. Ya no me quedaban ganas de amar&amp;shy;la. Se lo comenté a mamá, y se enojó bastante.&lt;br /&gt;Primero se lo comenté a Lidia, mi hermana ma&amp;shy;yor, y la hice pensar. "¿Pode&amp;shy;mos hacer algo, Gustavo?", dijo. Lidia me lleva tres años. Le contesté que creía que no. En mi habita&amp;shy;ción había un espejo y a Lidia le encantaba mirarse. Se sacaba la remera para tocarse las tetas, delante de mí. Después se me acercó y dijo: "esa chica no te conviene", y se pegó contra mi cara. Lidia tiene unas tetas hermosísimas, más lindas que las de Fabia&amp;shy;na, porque sobra carne cuando me las pone adentro de la boca. Deben ser más lindas, inclu&amp;shy;sive, que las de la madre de Fabiana, que es ciega de verdad. Digamos que la enferme&amp;shy;dad le llegó a producir esa ceguera que espera Fabi. Los pezones de Lidia pare&amp;shy;cían dos ojos redondos, abiertos al asombro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Fuimos a ver una película de gangsters. Era para festejar que nos habíamos arreglado. Esto pasó antes de usar las sábanas, pero no sé por qué me acuerdo ahora. A Fabi le encanta ir al cine, aunque se duerme. Una vez se lo comenté a su madre y ella dijo: "son estas cuencas inútiles". Y cerró los ojos, tocándo&amp;shy;se&amp;shy;los con suavidad, terapéuticamente. Yo todavía no estaba al tanto de que la enfermedad era congénita y que evolucio&amp;shy;naría en pocos años. A los treinta y dos, la madre ya no veía nada de nada (y Fabiana tan chica). Lo disimu&amp;shy;laban silenciosa&amp;shy;mente. Me acordé de una vez que vinieron a ver una exposición. Fabi insistía con el tema de las presen&amp;shy;taciones, porque sino "qué tipo de novia era, ¿eh?". Creyó que iba a llevar a mi madre a la galería de arte; le dije: "vive tan lejos".&lt;br /&gt;- No importa.&lt;br /&gt;- Otro día te la muestro.&lt;br /&gt;Yo estaba seguro de que la madre de ella no tenía la enferme&amp;shy;dad; por eso digo que lo disimulaban bien. Vinie&amp;shy;ron del brazo, con Fabiana, y la señora señalaba los cuadros colgados en las paredes como si le gus&amp;shy;taran. Parecía analizarlos con detención. En un momento se agachó un poco para ver uno que tenía marco dorado. Llevaba puesto un solero gris con mucho escote, y le vi el corpiño. "Este cuadro me encanta", dijo. Fabiana se puso a reir. Cuando llegamos al depar&amp;shy;tamento, aclaró:&lt;br /&gt;- Yo la ubiqué a propósito delante del cuadro más chico de todos, para que dijera eso. Ella me lo pide. SE HACE LA QUE VE, PORQUE LE DA VERGÜENZA.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hablando con mi hermana Lidia se me aclararon muchas cosas. Lidia tiene una mente abierta, aunque a veces se pasa de lucidez y me pone mal. Me pregun&amp;shy;tó si Fabi vivía con la madre y le dije que sí. Las dos solas. Entonces agregó que era una chica muy valiente, porque llegar cada noche a su casa debería ser como llegar a su destino, a lo que le pasaría más adelante, irremedia&amp;shy;ble&amp;shy;men&amp;shy;te. "Hay que ser muy fuerte para soportar eso". Después separó su cuerpo del borde de la mesa, se volvió sobre la silla dándo&amp;shy;me la espalda, y dijo algo con un tono extraño. No entendí las palabras, pero sí la música de su voz; cuando se reaco&amp;shy;modó nos quedamos cal&amp;shy;lados, recibiendo la oscuri&amp;shy;dad de la tarde desde las ventanas abiertas. Me gusta esta hora porque mi hermana se pone más negra, y los ojos se le pare&amp;shy;cen a los pezones pero al revés, vistos desde adentro del pecho.&lt;br /&gt;Cuando comprendí la charla que habíamos tenido me quedé mal; hasta lloré. Para las dos de la mañana comencé a comer mandarinas con la puerta de la hela&amp;shy;dera abierta. La mandarina es una fruta que me pone con&amp;shy;tento.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;“FABIANA, DESDE SIEMPRE, ES UN VASO VACIO”; eso lo hablé con mamá. Lo había anotado en una página de mi cuaderno y necesitaba sus consejos. “Es un recep&amp;shy;táculo con una esponja llena de lágri&amp;shy;mas, que yo penetro sobre las sábanas negras. La esponja se comprime y ella llora. Las sábanas y el colchón quedan mojados; ella queda vacía, es un vaso vacío. Entonces tiene que volver a fabricar sus lágrimas, llenándose hasta el borde de imágenes sin luz.”&lt;br /&gt;Mamá escucha.&lt;br /&gt;“Son ojos que sólo sirven para el llanto. Lo dicen sus médi&amp;shy;cos. Yo se la meto bien hondo y ella suelta el jugo. El resto del tiempo discutimos de los temas que la aburren y la enloquecen.”&lt;br /&gt;Mamá se levanta, se acerca y me da un cachetazo violento. La cara me arde. Deberé evitar estos temas privados de la pareja frente a ella.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Yo pensaba en los hijos y Fabiana me decía:&lt;br /&gt;- Si mi vieja hubiera creído lo mismo no estaríamos acá, co&amp;shy;giendo.&lt;br /&gt;- Lo que pasa es que tu madre no se los imaginaba y yo sí: soñé con ellos. Se sucedían en imágenes rápidas, como vistos desde las ventanillas de un tren, y yo los estaba esperando desde mis ojos. Entendé, Fabi: ¿Para qué? ¿Para que no me vean?&lt;br /&gt;- Yo te veo.&lt;br /&gt;- Sí, pero tu madre no. Es cuestión de tiempo.&lt;br /&gt;- De vejez.&lt;br /&gt;- De ojos.&lt;br /&gt;Contrariamente a lo que yo pensaba, a ella le importaba bas&amp;shy;tante poco el tema de los hijos y de los genes. Lidia me explicó que no era porque fuese pendeja, sino porque estaba enferma. A Lidia le creo porque tiene treinta y siete años de cordura.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El día en que fuimos a la playa estábamos sentados con Lidia en un médano y Fabiana mucho más adelante, casi sobre la orilla. Era la primera vez que iba al mar. Nosotros parecíamos sus pa&amp;shy;dres. Nos reímos. Lidia dijo que le hubiera gustado ser madre de Fabiana, para que tuviera otras retinas. Me parecieron tan lindas esas palabras, tan tiernas, que le busqué la boca para darle un beso. Ella se me tumbó encima. Yo le toqué con la lengua el paladar, que estaba lleno de papilas y granitos (no como el de Fabi, que es suave), pero siempre mante&amp;shy;niendo mi cara hacia la playa, con los ojos abiertos, para soltarme del beso en cuanto ella se diera vuel&amp;shy;ta.&lt;br /&gt;El mar quedaba dividido en dos por su cuerpo menudo, ubicado de frente al horizonte. Un mar quedaba a su izquierda y otro a la derecha. Solamente el tema de la ubicación los hacía distintos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La madre de Fabiana cose con agujas de bordar. Lo hace con habilidad. Estoy tan silencioso, adentro del mismo cuarto, y ella está tan concen&amp;shy;trada, que debe pensar que no vine. Fabi también la mira coser. A la madre se le escapa el dedal. Abandona el trapo sobre su falda. “El dedal, Fabi”, dice. Yo le hago señas de que no se lo dé. La madre espera en silen&amp;shy;cio. “El dedal, por favor”. Entonces yo le hago que sí con la cabeza y ella se agacha para buscar&amp;shy;lo. Pero el dedal se había alejado tanto que Fabi, por prestarle atención a mis señales, también lo había perdido. Y le dije:&lt;br /&gt;- Allá, Fabi.&lt;br /&gt;La madre se sobresaltó con mi voz. Como si la hubiera observa&amp;shy;do desnuda.&lt;br /&gt;- ¿Adónde?&lt;br /&gt;- Allá. ¿No lo ves?&lt;br /&gt;- No.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Le comenté a Fabiana eso de que mi madre tenía vista de lince. Yo estaba orgulloso. Lidia agregó que nosotros lo habíamos here&amp;shy;dado, así como el color del iris. Y que ella se sentía un poco menos que yo, porque su color era tirando a gris y parecía una indefinición, un desacierto ante la negrura mía o de mamá. Le conté que ella, una vez, había leído un cartel aleja&amp;shy;do ciento cincuenta metros, que desde el lugar en donde estábamos parados se veía como una superficie ovalada blanca, con inscripcio&amp;shy;nes rojas en manuscrito ("¡te juro, Fabi, en manuscri&amp;shy;to!"). Era una marca de gaseo&amp;shy;sa.&lt;br /&gt;- De Coca -dijo Fabiana.&lt;br /&gt;- ¿Qué decís?&lt;br /&gt;- Coca cola.&lt;br /&gt;Lo pensé. "Debería preguntarle a Lidia; pero sí, creo que era algo por el estilo. Exactamente, de Coca Cola. ¿Vos cómo sabés?", le dije.&lt;br /&gt;- Todo el mundo lo sabe. No lo leyó. Lo recono&amp;shy;ció por la forma y los colores.&lt;br /&gt;Me hizo enojar.&lt;br /&gt;- Vos lo decís de envidia. Mamá tiene un mirar privilegiado.&lt;br /&gt;Fabiana se quedó callada un instante. Con prepo&amp;shy;tencia, abrió la boca para agregar:&lt;br /&gt;- Si es así, presentamelá. Quiero conocerla. Hace tres años que salimos y nunca fuimos a comer a su casa.&lt;br /&gt;Casi le digo "es lejos", pero no valía la pena.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me imaginé que podía pasar algo grave con ella, y me apuré para sacar las fotos. Mejor prevenir que curar. Cargué la máquina con un rollo de doce exposiciones. Quería verla así, como era antes de la catástrofe; quería tener un recuerdo de ella así. A la semana, mi her&amp;shy;mana trajo las copias. Habían hecho solamente tres fotos (¡de las doce!), y en las tres Fabi salía con los ojos de color ana&amp;shy;ranja&amp;shy;do. "El flash", pensé. Lidia dijo "¿vos creés?". Me quedé duro. Los ojos de Fabiana parecían dos pequeñas frutas maduras.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;2.&lt;br /&gt;Sé que tengo la vista enferma, pero ellos creen que sufro más de lo real. Ahora puedo ver el cuerpo de Gustavo diciéndome todas estas cosas y lo veo normal. Lo amo, aunque detesto estas discu&amp;shy;siones sin retorno. Qué culpa tengo. Yo quiero ser una novia común; conocer a su madre y esas cosas. Él me dice que José León Suárez queda muy lejos, que hay que tomar un tren y tres colec&amp;shy;tivos y no sé qué más. Señalando en el plano:&lt;br /&gt;- Esto así cortito es una cuadra, ¿de acuerdo?&lt;br /&gt;- Sí.&lt;br /&gt;- Aquí estamos nosotros. Cruzás media provincia y por esta zona se encuen&amp;shy;tra mi casa de cuando era chico.&lt;br /&gt;El "por esta zona" lo señala con un movimiento pendular de su mano derecha.&lt;br /&gt;- Me jodés la vida -le digo, y él se enoja. No quiero que se enoje.&lt;br /&gt;Grita: "¡Fabi, no ves que me hacés mal!"&lt;br /&gt;¡Siempre ese verbo! ¡Siempre hay que ver todo!&lt;br /&gt;- Para ser una novia normal hay que tener normal la vista -le escucho recitar a Lidia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Esa Lidia es una tarada. Con la edad que tiene y jamás salió con un tipo. Yo no me la banco, y vice&amp;shy;versa. Pienso que con la madre debe pasar lo mismo. Que no me banca. No me lo explico. Soy la novia de Gus, no una mina. Empecé a salir en el secundario y él ya era grande. A mí la diferencia me im&amp;shy;portó un pito, y mamá dijo: "mejor, por el padre que no tuvis&amp;shy;te". Nada que ver con un padre. Me encanta tenerlo encima, acari&amp;shy;ciándome. Parece que me crecieran alas. Yo cierro los ojos. Él una vez me dijo: "no te adelan&amp;shy;tés con el tema de los ojos". Esas cosas no sé por qué se las permito. Es medio sádico; pero salió bastante bueno, por la fami&amp;shy;lia que tiene. Esas histéri&amp;shy;cas. A veces también puede ser tier&amp;shy;no, y decir que mis ojos se miran a sí mismos cuan&amp;shy;do cierro los párpados, se muer&amp;shy;den hacia dentro y el veneno toma las reti&amp;shy;nas. Eso, quizás, sea un poco tierno. También dice otras cosas más agresivas. Sus palabras son estos rugidos que me hacen temblar. Al final empieza a temblarle el cuerpo a él, tímida&amp;shy;mente, y acaba despacio. Yo siento su líquido chorrear entre mis piernas. Entonces se pone a llorar y le pregunto por qué. Me dice "por nada, Fabi". Yo no me pienso vacía, ni mordién&amp;shy;dome los párpa&amp;shy;dos por adentro. Cierro los ojos porque me gusta sentirlo así.&lt;br /&gt;- Nada, Fabi. Lloro por vos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Casi nunca hablo con la inaguantable de Lidia. Ella dice que sabe que le desvío la mirada. Lo hacen a propósito. Aquella tarde nos habíamos vuelto a pelear con Gustavo, por una idiotez. Me habían invitado a ir a la playa y yo le pedí anteojos para sol. Él me acompañó a la óptica de un amigo, porque yo necesi&amp;shy;taba de verdad esos anteojos; no era un capricho. El tipo puso un montón de modelos sobre el mostrador. A mí me gusta&amp;shy;ban casi todos, pero no podía elegir porque mi novio se había empecinado en mantenerme nerviosa. "Sos una inde&amp;shy;cisa", decía. "Acostarse con chicos es amanecer mojado". Yo trataba de no prestarle atención. Hasta que se puso a gritar que para qué compraba anteojos. Me quedé calla&amp;shy;da. La óptica estaba repleta de gente. Completó: "POR LAS MIERDAS DE OJOS QUE DIOS TE DIO". Ahí supe que lo iba a dejar. Salí sola, a los empujones, sin comprar. Estaba muy mal, y me fui derecho a su departamento a sacar mis discos, porque había deci&amp;shy;di&amp;shy;do que terminaría&amp;shy;mos para siempre. Que el vaso estaba col&amp;shy;mado.&lt;br /&gt;En la cocina me la encontré a Lidia, sentada de espaldas a la mesa, sin remera, con la puerta de la heladera abier&amp;shy;ta. Estaba comiendo mandarinas. Dejaba caer chorros de jugo sobre sus pechos. Me asusté. Pensé qué pasaría si hubiera entrado él. Lidia saltó de la silla como si oyera mi pensamiento, asustada, tapándo&amp;shy;se con las manos. Bañada en jugo. La había sorpr&amp;shy;endido, aunque no me importó. Encaré hacia la pieza, para rescatar mis discos. La cama estaba deshe&amp;shy;cha, y hasta los diabli&amp;shy;tos se reían de mí. Ella entró enoja&amp;shy;da, con la remera pues&amp;shy;ta.&lt;br /&gt;- Qué hacés -dijo.&lt;br /&gt;- Qué carajo te importa.&lt;br /&gt;- ¿Por qué le revolvés las cosas a mi hermano?&lt;br /&gt;- Porque me voy a la mierda. Me pudrí de uste&amp;shy;des dos.&lt;br /&gt;"Ajá", dijo, y sonrió. La noticia le caía bien. Lo noté en su cara. "Así que al fin te vas".&lt;br /&gt;- Sí.&lt;br /&gt;- ¿Te pudriste de mí?&lt;br /&gt;Dejé los discos sobre la cama, con furia. "De vos, del tarado de tu hermano y de tu vieja, la innom&amp;shy;brable". La vi apretar su propio cuerpo con los brazos, como si quisiera lastimarse. Supe que algo pasaba. Algo extraño, bajo la explosión que provocaron mis palabras en el rostro de Lidia. Miré a mi alrede&amp;shy;dor buscando lo que había cambiado. La piel se me puso como papel de lija.&lt;br /&gt;- Qué decís, ciega de mierda -susurró.- Aprendé a hablar con respeto de la muerta.&lt;br /&gt;Yo la oía desde mi lugar, sin abrir la boca.&lt;br /&gt;Casi me desmayé.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Dejé que me llevaran a esa playa. Gustavo es&amp;shy;taba de muy buen humor y a cada rato me preguntaba "¿te pasa algo?", como si todo estuviera saliendo bárbaro, salvo mi cara de enojada. Lidia me tranquilizó esa misma tarde, y fue contándome las cosas de a poco, impre&amp;shy;sionada por mis propias reac&amp;shy;ciones. Parecía&amp;shy;mos ami&amp;shy;gas. Duran&amp;shy;te esos dos días evité hablar con Gusta&amp;shy;vo.&lt;br /&gt;Hice el amor con los ojos abiertos, y él se alegró. ¡Cómo no se daba cuenta de que yo estaba tan lejos de esa playa! "Tu madre, muer&amp;shy;ta", pensé. "Pasó cuando éramos chi&amp;shy;cos", explicó Lidia. Decía todo en secreto. Y colorea&amp;shy;do con recomenda&amp;shy;ciones del tipo: "no vayás a herirlo, pobre&amp;shy;cito. Nunca supo recuperarse de esa muerte. Yo traté de ayudarlo en lo que pude, diciéndole que estaba todo bien, que mamá nos esperaba en casa. Él se lo creía y, algo de adentro, una defensa, le impedía tomarse el tren a Suárez".&lt;br /&gt;- Qué espanto.&lt;br /&gt;"Por eso nunca te llevó. Esperaba que te pusie&amp;shy;ras ciega del todo, así no tenía que mostrarte a nadie. Los ciegos se conforman con macanas. Yo tamb&amp;shy;ién lo esperaba, más por mantenerle la ilu&amp;shy;sión a él que por otra cosa. Perdoname, viste, pero somos muy unidos".&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ya sé que son unidos. Sé que están a mis espal&amp;shy;das, a espaldas del mar y de Fabiana mirando las olas, allá arriba en los méda&amp;shy;nos, tocándose, riéndo&amp;shy;se, besán&amp;shy;dose como amantes. Al mar lo veo nublado por las lágri&amp;shy;mas. Gustavo me había dicho que era un vaso. "Descanso mi cuchara en el fondo del vaso. El líquido ya no es el agua de las lágrimas tuyas, Fabi, sino un remedio enva&amp;shy;sado que nos recetaron en el hospital. Los médicos, sí".&lt;br /&gt;- No hay que creerles -le digo.&lt;br /&gt;No tenemos nada que comprarles. Ellos son los que nos venden la retinitis, sin ver las otras cosas. En las radiografías no sale el beso de lengua que ahora le estás dando a tu hermana. En las radiogra&amp;shy;fías no sale este mar. No sale mi mirada fija en el mar, que ahora se nubló por el llanto. No sale todo este miedo podrido mío; miedo al secreto de tu madre. Miedo al hombre secre&amp;shy;to con el que salí, miedo a la que fui a su lado. Por suerte se acabó. Por fin.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cené con bronca. Lidia, la muy puta, decía cosas como "dejala que se amargue, porque ve todo como una vieja, y nosotros somos jóvenes". Gustavo venía a cada rato para decirme "¿te pasa algo?", con una cara de tarado increí&amp;shy;ble. Yo todavía no tenía pensa&amp;shy;do revelarle ni media palabra.&lt;br /&gt;Gustavo dijo:&lt;br /&gt;- Pará, Lidia.&lt;br /&gt;- Si lo sabe cualquiera, che.&lt;br /&gt;Él se acercó para preguntarme "¿querés que nos volvamos?", y yo iba a contes&amp;shy;tar cuando el teléf&amp;shy;ono sonó. ¿Quién sabía que estábamos ahí, comiendo en esa casa sobre la playa? "Mamá", pensé. Gustavo sonrió y dijo, con la cara desencajada: "MAMÁ". Me estremecí. Lidia saltó del asiento para atender. Al volver, yo esperaba que dijera "mamá quiere hablarte", o alguna insensatez por el estilo. Creo que me habría desmayado de no escuchar la palabra "equivocado", que surgió de sus labios con piedad.&lt;br /&gt;Gustavo se me acercó otra vez. "¿Qué te pasa, Fabi? ¿Querés que nos vayamos?"&lt;br /&gt;- Sí -contesté-, pero sin esta loca.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tomamos el colectivo los dos solos y, durante el viaje, no tuve mejor idea que contarle lo que había pasado. Qué estúpida. Esperaba llegar y no verlos nunca más. Era tan sim&amp;shy;ple. Pero la tuve que complicar. Le dije:&lt;br /&gt;- Estás loco. Tu mamá murió hace una pila de años. Ella no existe. Me lo contó Lidia.&lt;br /&gt;Los labios le temblaron (ya conozco esos puche&amp;shy;ros). Empezó a llorar despacio; se acercaba buscando refugio en mi cuerpo, pero lo separé una y todas las veces.&lt;br /&gt;- Me tenés repodrida. Sos un menti&amp;shy;roso que se cree sus propias mentiras. Sos un idiota. No quiero verte nunca jamás.&lt;br /&gt;Ya no me daba miedo. Viajó las dos horas que&amp;shy;riéndose acercar, sin decir una palabra. Su silencio equivalía a una aceptación encubierta del secreto de Lidia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando llegamos, cambió. Entrar en el departamento fue para él como entrar en otro estado de la locura. Se puso a la defensiva con todas sus fuerzas. Yo había juntado mis discos y los tenía entre los brazos, junto con la radio de onda corta que también me pertenecía. La puerta de calle estaba abierta. Nos íbamos a saludar por última vez, y él se despertó del letargo del viaje. Parecía que un ruido le hubiera golpea&amp;shy;do el cerebro, regre&amp;shy;sándolo a la reali&amp;shy;dad. Dijo:&lt;br /&gt;- No sé qué te pasó.&lt;br /&gt;Era "su" realid&amp;shy;ad.&lt;br /&gt;- Pregunto qué te pasó, Fabi.&lt;br /&gt;- ¿Qué?&lt;br /&gt;- Te creíste cualquier cosa.&lt;br /&gt;- ¿Cualquier cosa, lo de tu vieja?&lt;br /&gt;- Sí. Sabés que mi hermana no te soporta y quiere separarnos. Que habla pavadas. Vos misma lo decís, siempre. ¡Mirá si voy a poder mantener ese secreto durante tres años! ¡Y lo peor es que se lo creíste!&lt;br /&gt;Decía todo con las manos apoyadas en los costados, a la altura de la cintura. Mi cuerpo empezó a temblar. Estaba hablándome el mismo Gustavo que conocía antes de saber. El que me daba miedo. El viejo Gustavo frío, calcula&amp;shy;dor.&lt;br /&gt;- Nunca habías hablado con ella, pero te bastó una vez para reemplazar tres años de creerme a mí, a tu amorcito. ¿Y todo lo que vivimos? Siempre dijiste que era una mentirosa. No podés irte. No, sin haber aclarado el asunto. Si me quedo solo, me muero. No exis&amp;shy;to.&lt;br /&gt;Dejé la pila de discos en el suelo. "No soporto más a tu hermana", le dije.&lt;br /&gt;- ¡Y qué querés, que la eche!&lt;br /&gt;- Sí.&lt;br /&gt;- ¡Que la deje en la calle! ¡A una enferma mental, Fabi, no tenés compa&amp;shy;sión!&lt;br /&gt;- No. No tengo.&lt;br /&gt;Se agarró la cabeza.&lt;br /&gt;- Vos, que razonás con normalidad, deberías darte cuenta y perdonarla. ¿O no me querés más?&lt;br /&gt;Dudé.&lt;br /&gt;- ¿No me querés?&lt;br /&gt;- Sí -dije.&lt;br /&gt;- ¿Entonces?&lt;br /&gt;- O tu hermana, o yo.&lt;br /&gt;- ¿Y a dónde la mando?&lt;br /&gt;- Internala. Qué me importa.&lt;br /&gt;Junté la pila de discos. Esto no daba para más. Lo vi apurar&amp;shy;se, enloqueci&amp;shy;do, moviendo las manos; gritan&amp;shy;do: "está bien, está bien, que se vaya. Yo tampoco la soporto. Ahora que lo conseguis&amp;shy;te, podés quedarte".&lt;br /&gt;- Hay algo más -le dije.&lt;br /&gt;- Qué.&lt;br /&gt;- Quiero conocer a tu madre ahora mismo.&lt;br /&gt;Miró el reloj.&lt;br /&gt;- Son las once de la noche -dijo, sonriente, dando por sentado que yo lo entendería.&lt;br /&gt;- Y qué.&lt;br /&gt;- Queda lejísimo. Vamos a llegar para después de las dos y media.&lt;br /&gt;- No importa.&lt;br /&gt;- Es una viejita...&lt;br /&gt;- ¿Y?&lt;br /&gt;- Estará durmiendo. No querrás despertarla, ¿no?&lt;br /&gt;- Qué me importa.&lt;br /&gt;Me dio la espalda.&lt;br /&gt;- ¡Pero esa viejita es mi madre! -gritó.&lt;br /&gt;- ¿Y?&lt;br /&gt;- No tenés compasión.&lt;br /&gt;- Te dije que no.&lt;br /&gt;Bajó la cabeza, reflexionando. Era imposible saber si actuaba o hablaba con sinceridad. Juro que no pude darme cuenta.&lt;br /&gt;"Mirá, agregó, me parece que se te está yendo la mano con las exigencias. ¿Desde cuándo una pendeja como vos, con retinitis, me viene a poner límites?"&lt;br /&gt;Era todo lo que quería escuchar. Me di vuelta y alcancé a dar dos pasos hacia la puerta; los brazos de él me trabaron desde la espalda. Empecé a gritar y a pata&amp;shy;lear, tanto que se me cayeron dos o tres discos, deslizándose de los sobres. Él se movía con seguri&amp;shy;dad. Cerró con llave y se guardó el llavero en uno de los bolsillos de su panta&amp;shy;lón. Solté los otros discos, dejándo&amp;shy;me caer en el sofá. Muerta de miedo, lo vi acercarse hasta quedar sentado al lado de mi cuerpo.&lt;br /&gt;Cuando habló, después de un rato, su voz era dulce. Serenamen&amp;shy;te le explicó al aire, a los pedazos de dis&amp;shy;cos, a la casa, que "su mamá era buena y los amaba a él y a su noviecita Fabiana". Que la iba a llamar desde el teléfo&amp;shy;no del comedor, para que ella se quedara tran&amp;shy;quila y para que "mami supiera que habían llegado de la luna de miel". Se me puso la piel de gallina. Gustavo tenía la cara esti&amp;shy;rada por la locura.&lt;br /&gt;- Ahora mismo la llamo. ¿Vos querías verla? La vas a ver.&lt;br /&gt;- Me quiero ir -le dije.&lt;br /&gt;- No, no. No hagamos de ésto un drama. Esperame acá en el sillón.&lt;br /&gt;Se levantó y fue hacia el comedor. Trabó la puerta que separa los ambien&amp;shy;tes, dejándome encerrada. Es una puerta de madera con vidrios. Me paré. Desde mi lugar lo vi marcar un número en el telé&amp;shy;fono. Aunque no podía escuchar la conver&amp;shy;sación, me daba cuenta de que algo fallaba, y eso era lo que me hacía temblar. Él alzó un brazo como si gritara; se movía nerviosa&amp;shy;mente, con el pie taco&amp;shy;neando en el piso. Al terminar, clavó el tubo contra el aparato. Vi la tranfor&amp;shy;mación gradual que sufrió su expresión a medida que se aproximaba a la puerta, hasta llegar a mí con una sonrisa en los labios. Yo tenía que mostrar&amp;shy;me segura, con decisión de irme.&lt;br /&gt;- Hablé con mamá -dijo-. Nos espera mañana temprano, a almor&amp;shy;zar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Fue inútil forcejear o gritar. "Ahora que me hiciste molestar a mamá, no querés ir. Sos una hija de puta".&lt;br /&gt;- Me voy. No doy más.&lt;br /&gt;- Ahora te quedás, como que me llamo Gustavo. Y no estoy de humor para soportar tu histeria.&lt;br /&gt;Creí que me pegaría de un momento a otro. Le dije de dormir en el sillón y me volvió a gritar. Reac&amp;shy;cionaba haciendo movimientos sobred&amp;shy;imen&amp;shy;sionados, con una agresividad física que no le conocía. Logró que me cayera. "¡Quién te creés que sos, pendeja de mierda! ¡Lo que le voy a tener que decir a mi pobre hermana cuando regrese de la playa, porque a vos se te ocurrió! ¡Estás poseída por la maldad!"&lt;br /&gt;- No.&lt;br /&gt;- Sí. Es esa ceguera a medias la que te vuelve mala…&lt;br /&gt;Yo lloraba, al borde del pánico. Él me ayudó a levan&amp;shy;tarme, a des&amp;shy;ves&amp;shy;tirme, y cuanto más lloraba, más se enternecía. Su misma voz se suavizó. Me acostó entre súpli&amp;shy;cas. Se montó sobre mi cuerpo y fue como tener un monstruo enci&amp;shy;ma, un ser extraño de un mundo asquero&amp;shy;so, natural en horrores y os&amp;shy;curidades.&lt;br /&gt;No dormí ni un segundo. Miraba el despertador, puesto a las siete y media, y lo miraba a él. Toda la noche esperé a que pasara cualquier cosa. Recé por mi vida, sin sentido. ¿Qué hacía acosta&amp;shy;da al lado de ese demente? ¿Por qué no le robaba las llaves y me iba? ¿Qué me ataba a su cama negra?&lt;br /&gt;A las seis, el sol empezó a entrar por la ven&amp;shy;tana abierta. No había descansado nada. Gustavo bostezó; eran las siete menos veinte cuando desconectó la campani&amp;shy;lla del reloj para que no sonara. Me besó en la mejilla. "Qué bien dormí, dijo; no hay nada como la tranqui&amp;shy;lidad de la víspera de ver a mamá". Cuando me vestí, tenía chuchos de frío.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;3&lt;br /&gt;Me los imaginé viajando mudos, a los dos; él apretándole las manos a Fabiana para que no se fuera, muy fuerte al principio, hasta dejar el tren y subir&amp;shy;se al colectivo número uno. Aunque no sé si habrán tomado el mismo que yo, porque en este lugar todos los colectivos parecen ir por iguales caminos y todos van por lugares distintos. Ellos sin mirarse, claro; ni hablar. Dos colectivos, tres; bajar y subir hasta el barrio Muñiz; pasar por debajo de un arco gigan&amp;shy;te de hormigón con la leyenda "bienvenidos al barrio", que es lo mismo que decir "bienvenidos al infierno", y después seguir, entrar al campo para ir soltándole la mano paulatinamen&amp;shy;te, total, ya no podrá fugarse. El que se baja en este lugar se queda para siempre. Pastizales duros, desiertos de vegetación de más de un metro de altura, cañas, un puentecito con un río y chicos pescando (chicos raros, de cara rara, pensaría Fabia&amp;shy;na; pero eso porque los ve mal. Además, puedo asegurar desde acá que Fabiana fue viéndolo todo más nublado a medida que iban llegan&amp;shy;do; quizás se haya tocado los lagrimales, como cuando estaba detenida frente al mar, pero seguro que esta vez no lloraba). Más chicos. Las villas. Las casitas.&lt;br /&gt;- ¿Ves, para allá, ese cubo rojo de ladri&amp;shy;llos?&lt;br /&gt;- No -contestaría ella.&lt;br /&gt;- ¿Todavía no lo ves? (estamos bastante cerca).&lt;br /&gt;- No.&lt;br /&gt;- Falta poco. La próxima.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A través de la ventanita de la cocina los vi bajarse del colec&amp;shy;ti&amp;shy;vo. Yo estaba arrodilla&amp;shy;da sobre la mesada, entre las ollas sucias con salsa y pastas. Ellos venían tomados de la mano, como novios pulcros. Tocaron dos timbres. La puerta se abrió. Una señora gordita, de aproximada&amp;shy;mente sesenta años, les hizo una sonrisa. Gustavo dijo: "Mamá, te presento a mi novia". Pasó un brazo sobre el hombro de Fabiana. Después le dijo unas palabras al oído, cuando la señora se retiró del comedor, y yo me imaginé algo así como "viste, sonsa". Por la cara de enamora&amp;shy;do de Gus&amp;shy;tavo. Esa cara de idiota que puso.&lt;br /&gt;La señora volvió con una olla humea&amp;shy;nte. "A ver los manjares que nos preparas&amp;shy;te", dijó él. La mesa estaba tendida y los tres sentados. La madre no habló, solamente se limitaba a servir la comida en los platos. Después volvió a salir para traer una botella de vino y otra de gaseosa, de una marca que Fabiana des&amp;shy;conoció. Me di cuenta porque agarró la bote&amp;shy;lla con las manos, leyó la etiqueta en voz alta y frun&amp;shy;ció el ceño. Era un líquido con gusto a pomelo. La comida estaba salada. Gustavo, sin embar&amp;shy;go, la alabó vivamente. Para él, bastaba con que la hubiera coci&amp;shy;nado "mamá". Dis&amp;shy;trajo todo el almuerzo con sus frases de hijo aplica&amp;shy;do ("cada día amasa mejores pastas; no hay como sus salsas; qué mano para el picante").&lt;br /&gt;A Fabia&amp;shy;na se la notaba intranquila, desconfian&amp;shy;do de los deta&amp;shy;lles. Deci&amp;shy;didamente mal. En un momento se levantó de la mesa. Estuvo por decir: "Esa no es tu madre. No se te parece". Noté la ansiedad en su cara; pero no dijo nada y volvió a sentarse, temblando. Justo cuando él le pregun&amp;shy;tó: "¿te pasa algo?". Cómo le va a preguntar eso.&lt;br /&gt;Desde el comedor se podía ver las otras habitaciones, pero desde las puer&amp;shy;tas -al menos desde la que yo estaba espiando- no se veía más que una oscuridad densa, tangible, que convertía esa mesa, esas paredes y esa gente en una escenografía mal iluminada. Como de película de terror. Los vigilé hasta que no pude distin&amp;shy;guir&amp;shy;los más. Quise mirar&amp;shy;los así para siempr&amp;shy;e; me lo había propuesto mucho antes de que ellos llegaran. Pero la pregunta de Gustavo y la falta de luz me sacaron de quicio. Fabiana dudó. Dijo:&lt;br /&gt;- Sí, pasa algo.&lt;br /&gt;- Qué.&lt;br /&gt;El silencio se podía juntar con los platos sucios, se podía llevar adentro de esa cacerola con un fondo de fideos pegados y podía regresar a la mesa en la frutera, mezclado entre las mandarinas. Gustavo se sirvió una cualquie&amp;shy;ra.&lt;br /&gt;- Quiero ver fotos -dijo ella. La ciega.&lt;br /&gt;Gustavo puso cara de sorpresa. "¿Fotos?", pre&amp;shy;guntó. La madre movió la cabeza en una negación desgana&amp;shy;da.&lt;br /&gt;- ¿Fotos de qué?&lt;br /&gt;Fabiana agregó:&lt;br /&gt;- De ustedes. Tuya, de cuando eras chiquito. Fotos de bebé, en brazos de esta señora. Fotos de tu hermana.&lt;br /&gt;Él miró a la madre. No debería haberle dado ningún pie; si con el miedo a cuestas habían podido representar casi el almuerzo completo, ¿para qué pregun&amp;shy;tar?&lt;br /&gt;- ¿Hay? -le dijo. La madre subió los hombros, sin hablar.- No hay, Fabi.&lt;br /&gt;- No puede ser.&lt;br /&gt;- Es.&lt;br /&gt;- Todas las madres tienen fotos de sus hijos. -insistió- Yo quiero ver aunque sea una de esas fotos.&lt;br /&gt;Entonces se escuchó la voz de la madre; una voz gruesa, como de otra persona, decir:&lt;br /&gt;- No quedó ninguna entera. Hay tiritas de las fotos. Lidia las cortó hace tres años, una por una. Guardé las tiritas adentro de una caja.&lt;br /&gt;A Fabiana le habrá parecido una idiotez. “Quiero ver esa caja”, dijo, firmándose la pena de muerte.&lt;br /&gt;La madre abrió una puerta de la cómoda y sacó una caja de zapatos, que puso sobre la mesa. Gustavo se tapaba la cara con las manos. Fabiana levantó la tapa con precaución; adentro había cientos de tiritas de fotos. Irreconoci&amp;shy;bles, en un rompeca&amp;shy;bezas im&amp;shy;posible y maldito. Con las imágenes reducidas a fideos inútiles, cortando la historia de esa pobre mujer. Levantó la vista.&lt;br /&gt;Siem&amp;shy;pre lo dije: "esta pen&amp;shy;deja es una estúpi&amp;shy;da". Decidí salir a escena en cuanto sus ojos comenzaron a pedirme explicaciones (¡con qué autoridad, y en nuestra propia casa!); descorrien&amp;shy;do la cortina que separa su imagen y su cuerpo del mío; que divide el comedor de la cocina donde me había refugiado.&lt;br /&gt;- ¡Lidia, no! -escuché gritar a mi hermano.&lt;br /&gt;Refugiada por culpa de esos círculos. Adentro de mi propia casa. Fabi giró sobre sí misma; con una mano volteó la silla y con la otra la botella de aquella gaseosa que nunca antes había visto, que se rompió al chocar contra el piso de baldo&amp;shy;sas, con&amp;shy;virtiéndose en mil vidriecitos redon&amp;shy;deados. Quizás pensó que nunca más iba a ver nada igual.&lt;br /&gt;- ¿Vos cortaste esas fotos? -preguntó.&lt;br /&gt;- Sí.&lt;br /&gt;Tenía el semblante húmedo del condenado.&lt;br /&gt;- ¿Por qué?&lt;br /&gt;- Para acabar con las imágenes. Lo hice con estas tijeras.&lt;br /&gt;"Chic, chac", hicieron mis tijeras, en el aire. Acosté mi mano, "chic", en un plano horizontal imaginario en el cual queda&amp;shy;ban apoyadas las tijeras mismas, sus filos, "chac, chic", y la línea de los ojos de ella. El último ruido de cerrar&amp;shy;se y abrirse había dejado las puntas separadas una distancia igual a la com&amp;shy;prendida entre sus reti&amp;shy;nas. Antes de que&amp;shy;darse definiti&amp;shy;va&amp;shy;mente ciega, habrá pensado: "esto ya lo vi". Empujé el brazo.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/14637388-1049534875201881234?l=mandarinasdulces.blogspot.com'/&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/14637388/posts/default/1049534875201881234'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/14637388/posts/default/1049534875201881234'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://mandarinasdulces.blogspot.com/2009/07/el-circulo-de-los-ojos-de-fabiana.html' title='EL CÍRCULO DE LOS OJOS DE FABIANA'/><author><name>Gus Nielsen</name><uri>http://www.blogger.com/profile/15989569316094960851</uri><email>gesnil@gmail.com</email><gd:extendedProperty xmlns:gd='http://schemas.google.com/g/2005' name='OpenSocialUserId' value='15197016212663989666'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-14637388.post-7833347526108246482</id><published>2009-06-13T15:14:00.004-03:00</published><updated>2009-06-13T15:25:36.157-03:00</updated><title type='text'>FABIANAS AUGENKREIS</title><content type='html'>FABIANA IST BLIND.&lt;br /&gt;FABIANA KANN NICHT MEINE SEELE SEHEN.&lt;br /&gt;FABIANA KANN DIE LEUTE NICHT VONEINANDER UNTERSCHEIDEN.&lt;br /&gt;FABIANA SIEHT NICHT, WAS JETZT GESCHIEHT,&lt;br /&gt;UND AUCH NICHT DIE ZUKUNFT.&lt;br /&gt;FABIANA IST BLIND WIE IHRE MUTTER. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;1&lt;br /&gt;Ich hatte dieses Plakat an eine Wnad geklebt, das war im Februar, genau dem Monat, als wir uns stritten, und darum habe ich sie blind gemacht. Ich bin Fabianas Verlobter, seit langem schon. Ihre Augen sehen immer schlechter. Ich war von einer Reise zurückgekehrt und hatte als erstes ihren Liebesbrief vorgefunden, er ragte, zu einer kleinen Kanone zusammengerollt, aus dem SchlÜsselloch und verteidigte das geheime Vergessen des menschenleeren Hauses; eine Kanone, die auf mich zielte und mich erschloss, noch bevor ich eintrat. Ich rollte sie auf und las: BITTE VERZEIH MIR. Immer dasselbe. Eines Tages werden wir uns noch ernsthaft streiten müssen. Grunde gibt es verschiedene; einen, den Hauptgrund, nannte meine Mutter: Wenn ich Fabiana heirate, werden wir Kinder mit Retinitis haben. Kinder, die blind sein werden. Meine Mutter schimpft mit mir wegen allen. Ich erzähle ihr von Fabiana, und sie sagt, sie will sie nicht mal sehen. Genau so: „NICHT MAL SEHEN“. Fabiana sage ich davon nichts, und wenn sie mich fragt, warum wir nicht nach José León Suárez fahren, um bei meiner Mutter zu essen, sage ich, das wäre so weit weg. Ich werde ihr nicht erklären, dass es darum ist, weil ihre Kreise unbestimmt sind; weil die Leute „sehen oder nicht sehen“, allerdings nicht das, woran sie uns gewöhnt hat. So ist es.&lt;br /&gt;Für den Tag, an dem wir miteinander schlafen wollten, kaufte ich eine Garnitur schwarze Bettwäsche. Fabiana ist weiβ wie Joghurt; auf dem schwarzen Laken würde sie hell leuchten. Die Bettwäsche war mit kleinen Teufelchen bedruckt, das fand ich toll. Fabiana sagte: „Sind die hübsch, die Blumen!“, und ich musste fast losheulen. Geblümte Bettwäsche gibt es viel, Bettwäsche gibt es geblümt. Ich hatte die Garnitur wegen der Teufelchen gekauft. Sie erwartete mich mit gespreizten Beinen, saβ auf dem Bett, ohne meine Beklemmung zu ahnen. Da hatte ich keine Lust mehr. Ich erzählte Mama davon, und sie regte sich ziemlich auf.&lt;br /&gt;Zuerst erzählte ich es Lidia, meiner groβen Schwester, und sie wurde ganz nachdenklich. „Lässt sich da was machen, Gustavo?“, fragte sie. Lidia ist drei Jahre älter als ich. Ich antwortete. „Ich glaube nicht“. In meinem Zimmer ist ein Spiegel, und Lidia sieht sich gern im Spiegel an. Sie zog das T-Shirt aus, um sich die Brüste zu befühlen (alles vor meinen Augen). Dann kam sie ganz nah an mich heran, sie sagte: „Dieses Mädchen passt nicht zu dir“, und drückte sich an mein Gesicht. Lidia hat wuderschöne Brüste, schöner noch als die von Fabiana, da quillt das Fleisch nämlich richtig über, wenn sie mir die in den Mund schiebt. Sie müssen sogar noch schöner sein als die von Fabianas Mutter, die wircklich blind ist. Die Krankheit hat bei ihr gewissermassen schon zu der Blindheit geführt, die Fabiana noch erwartet. Lidias Brustwarzen sahen aus wie zwei vor Staunen aufgerissene Kulleraugen.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Wir gingen in einen Gangsterfilm. Zu Feier des Tages, weil wir uns wieder vertragen hatten. Das war vor der sache mit der Bettwäsche, ich weiss gar nicht, warum mir das jetzt wieder einfällt. Fabi geht wahnsinnig gern ins Kino, obwohl sie immer einschläft.&lt;br /&gt;Einmal habe ich es ihrer Mutter erzählt, und sie sagte: „Das machen diese nutzlosen Höhlen hier“. Dabei schloss sie die Augen und massierte sie vorsichtig, als Therapie. Ich hatte damals noch keine Ahnung, dass die Krankheit erblich ist und innerhalb weniger Jahre ausbrechen würde. Mit zweiunddreiβig Jahren könnte sie überhaupt nichts mehr sehen (und fabiana war noch ganz klein). Sie überspielten das aber immer. Mir fiel plötzlich ein, wie sie einmal in eine Austellung gehen wollte. Fabi erzählte die ganze Zeit, was es bei dieser Ausstellung zu sehen gäbe, „wie das eine Verlobte eben so macht“. Sie glaubte, ich würde meine Mutter in die Kunstgalerie mitnehemn wollen, ich sagte aber: „Sie wohnt so weit weg“.&lt;br /&gt;„Das macht nichts“&lt;br /&gt;„Ich zeige sie dir ein andermal.“&lt;br /&gt;Ich hätte schwören können, dass ihre Mutter die Kranheit nicht hatte, darum sage ich, sie haben es geschickt überspielt. Sie kamen Arm in Arm, mit Fabiana, und ihre Mutter deutete auf die Bilder an der Wand, als hätte sie ihre Freude an ihnen. Man konnte glauben, dass sie sie aufmerksam analysiere. Bei einem Gemälde mit vergoldetem Rahmen beugte sie sich kurz vor. Sie trug ein graues Sommerkleid mit grβoen Ausschnitt, und ich konnte ihren BH sehen. „Das hier gefällt mir besonders“, sagte sie. Fabiana fing an zu lachen. Als wir wieder zu Hause waren, klärte sie mich auf: „Ich habe sie extra vor das kleiste Bild von allen bugsiert, damit sie das sagt. Sie will das so. SIE TUT, ALS OB SIE SIEHT, SIE SCHÄMT SICH NÄMLICH“.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Bei einem Gespräch mit meiner Schwester Lidia sind mir viele Dinge klar geworden. Lidia ist ein klarsichtiger Mensch, obwohl sie manchmal ihren Verstand dazu benutzt, um mich zu ärgern. Sie fregte mich, ob Fabi mit ihrer Mutter zusammenlebt, und ich sagte ja. Die beiden allein. Da meinte sie, wenn sie abends nach Hause kommt, sein müsse, als trete sie ihrem Schicksal gegenüber, dem, was später unausweichlich auch mit ihr passieren würde. „Man muβ schon sehr stark sein, um das zu ertragen“. Danach lehnte sie sich vom Tisch zurück, drehte sich auf dem Stuhl, sodass sie mir den Rücken zuwandte, und machte eine merkwürdig klingende Bemerkung. Ich verstand nicht die einzelnen Wörter, bekam aber sehr wohl den Tonfall mit. Sie setzte sich wieder normal hin, und wir sprachen kein Wort mehr, durch die geöffneten Fenster sogen wir die Dunkelheit des Abends ein. Ich mag diese Tageszeit , meine Schwester wird dann schwärzer, und ihre Augen sehen wie die Brustwarzen aus, aber umgekehrt, von der anderen Seite des Körpers gesehen, aus dem Innern der Brust (ich spüre, dass es so sein muβ ). Als ich mir das Gespäch zwischen uns beiden noch einmal durch den Kopf gehen lieβ, fühlte ich mich schlecht; ich weinte sogar. Gegen zwei Uhr morgens fing ich dann an, vor der offenen Kühlschranktür Mandarinen zu essen. Mandarinen sind ein Obst, bei dem ich gute Stimmung bekomme.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;„FABIANA IST SCHON IMMER EIN LEERES GLAS“; darüber sprach ich mit Mama. Ich hatte es auf einer Seite in meinem Heft notiert und brauchte ihren Ratschlag. „Sie ist ein Gefäβ mit mit einen Tränendurchfeuchteten Schwamm, in das ich auf dem schwarzen Laken eindringe. Der Schwamm wird zusammengedrückt, und sie weint. Das Laken und die Matratze sind danach feucht, und sie ist leer, ein leeres Glas. Anschlieβend muss sie wieder ihre Tränen erzeugen und sich randvoll mit lichtlosen Bildern füllen.“&lt;br /&gt;Mama hört mir zu.&lt;br /&gt;„Es sind Augen, die nur zum Weinen taugen. Das sagen ihre Ärzte. Ich stecke ihn ihr tief rein, und sie lässt den Saft herauslaufen. Die übrige Zeit diskutieren wir über die Themen, die sie langweilen und sie verrückt machen“.&lt;br /&gt;Mama steht auf, stellt sich vor mich hin und knallt mir eine. Das Gesicht brennt. Ich werde in Zukunft vermeiden, über diese Dinge zwischen Mann und Frau vor ihn zu reden.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ich dachte darüber nach, wie das mit den Kindern ist, und Fabiana sagte zu mir. „Wenn meine Mutter genauso gedacht hätte, dann würden wir jetzt hier nicht sein und vögeln“.&lt;br /&gt;„Der Unterschied ist, dass sich deine Mutter keine Kinder vorgestellt hat, ich aber ja: Ich habe von Ihnen geträumt. Ich habe sie in schnellen Bildern gesehen, wie vom Fenster eines Zeuges aus, ich habe mit meinen Augen vor sie gewartet. Ich habe mich gefragt, Fabi: Warum? Warum sehen sie mich nicht?“&lt;br /&gt;„Ich, ich sehe dich.“&lt;br /&gt;„Ja, aber deine Mutter nicht. Es ist eine Frage der Zeit.“&lt;br /&gt;„Des Altwerdens.“&lt;br /&gt;„Der Augen.“&lt;br /&gt;Anders als ich gedacht hatte, interessierte sie das Thema Kinder und Gene herzlich wenig. Lidia erklärte mir, das sei nicht etwa so, weil sie ein Luder wäre, sondern weil sie krank ist. Lidia glaube ich, wiel sie schon siebenunddreiβig Jahre alt lang bei Verstand ist.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;An dem Tag, als wir am Strand waren, Lidia und ich in einer Düne und Fabiana ein ganzes Stück weit vor uns, fast direkt am Wasser. Sie war zum ersten Mal am Meer. Man hätte uns für ihrer Eltern halten können. Wir lachten. Lidia sagte, sie wäre gern Fabianas Mutter gewesen, damit sie eine andere Netzhaut hätte. Ich fand diese Worte so schön, so zärtlich, dass ich Lidias Mund suchte, um, ihr einen Kuss zu geben. Sie lieβ sich auf mich niedersinken. Ich berührte mit der Zunge ihren Gaumen, der voller Furchen und Risse war (nicht wie der von Fabi, der glatt ist), sabei schaute ich aber immer zum Ufer, um mit dem Küssen aufzuhören, falls Fabi sich umdrehte. Das Meer war durch ihren schmalen, den Horizont durchschneidenden Körper zweigeteilt. Ein Meer war links von ihr, das andere rechts von ihr. Das war das Einzige, was sie voneinander unterschied.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Fabianas Mutter stickt. Sie tut das mit Geschick. Ich bin so still, im selben Zimmer, und sie ist so konzentriert, dass sie denken muss, ich sei nicht gekommen. Fabi sieht ihr auch beim Sticken zu. Ihrer Mutter fällt der Fingerhut runter. Sie legt ihre Handarbeit in den Schoβ. „Der Fingerhut, Fabi“, sagt sie. Ich mache ihr Zeichen, sie soll ihn ihr nicht geben. „Bitte, der Fingerhut“; dann nicke ich, und sie bückt sich, um ihn aufzuheben. Der Fingerhut ist aber so weit gerollt, während Fabi auf meine Zeiche achtete, dass sie ihn auch nicht mehr findet. Und ich sage zu ihr:&lt;br /&gt;„Da, Fabi.“&lt;br /&gt;Beim Klang meiner Stimme schrickt ihre Mutter zusammen. Als hätte ich sie nackt gesehen.&lt;br /&gt;„Wo?“&lt;br /&gt;„Da. Siehst du ihn nicht?“&lt;br /&gt;„Nein.“&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ich erzählte Fabiana davon, dass meine Mutter Augen wie ein Luchs hat. Ich war stolz. Lidia hatte gemeint, dass wir die guten Augen von ihr geerbt hätten, genauso wie die Farbe. Und dass sie sich mir ein bisschen unterlegen fühlt, weil bei ihr die Augenfarbe ins graue geht und sie nicht genau definieren lässt: bei den pechschwarzen Augen von mir und meiner Mutter ein schwerer Mangel. Ich erzählte, wie Lidia einmal ein Plakat gelesen hat, das hundertfünfzig Meter entfernt war und das von der Stelle, wo wir standen, nur als ein weiβes Oval wahrzunehmen war, mit roten Buchstaben darauf in Schreischrift („Stell Dir vor, Fabi, in Schreibschrift!“). Es war eine Werbung für Mineralwasser.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;„Für Cola“, sagte Fabiana.&lt;br /&gt;„Was sagst du?“&lt;br /&gt;„Coca-Cola.“&lt;br /&gt;Ich überlegte. „Ich hätte Lidia fragen sollen; ich glaub aber, ja, irgend so etwas muss es gewesen sein. Genau, Coca-Cola. Woher weiβt du das?“&lt;br /&gt;„Das weiβ doch jeder. Sie hat es nicht gelesen. Sie hat es an der Form und den Farben erkannt.“&lt;br /&gt; Sie hatte es geschafft, dass ich mich ärgerte.&lt;br /&gt;„Du bist ja nur neidisch. Mama kann so gut sehen wie kein anderer.“&lt;br /&gt;Fabiana schwieg einen Moment. Dann sagte sie schnippisch: „Wenn das so ist, dann stell sie mir vor. Ich möchte sie kennen lernen. Wir sind jetzt schon seit drei Jahren zusammen und waren noch nie bei ihr zum Essen.“&lt;br /&gt;Fast hätte ich gesagt „Es ist so weit weg“, aber besser nicht.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ich hatte die Vorstellung, es könnte mit ihr irgendwas Schlimmes passieren, und ich beeilte mich, die Kamera rauszuholen. Vorbeugen ist besser als heilen. Ich legte einen Zwölferfilm ein. Ich wollte sie so sehen, vor der Katastrophe; ich wollte eine Erinnerung an sie so haben. Die Woche darauf brachte mir meine Schwester die Abzüge. Es waren nur drei Bilder etwas geworden (von den zwölf!), und auf allen dreien hatte Fabi orangefarbene Augen. „Das Blitzlicht“, sagte ich. Lidia erwiderte: „Glaubst du?“. Ich blieb hart. Fabianas Augen sahen aus wie zwei kleine reife Früchte.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;2&lt;br /&gt;Natürlich habe ich kranke Augen, aber sie glauben, ich leide darunter mehr, als ich es in Wirklichkeit tue. Jetzt kann ich Gustavo sehen, wie er mir alle diese Dinge sagt, und ich sehe ihn ganz normal. Oder wenigstens, was ich für normal halte. Ich liebe ihn, obwohl ich diese sinnlose Diskussionen hasse. Ist es denn meine Schuld? Ich will eine gewöhnliche Verlobte sein, seine Mutter kennen lernen, und überhaupt. Er sagt, José León Suarez ist so weit weg, man muss mit dem Zug fahren, dann noch dreimal mit dem Bus umsteigen und weiβ ich, was. Er zeigt auf den Stadtplan und sagt: „Dieses kurze Stück hier ist ein Häuserblock, einverstanden?“&lt;br /&gt;„Ja.“&lt;br /&gt;„Hier sind wir. Man fährt durch die halbe Stadt, und in diese Gegend ist das Haus, wo ich Kind war .“&lt;br /&gt;Das „in dieser Gegend“ deutet er mir mit einer Pendelbewegung der rechten Hand an.&lt;br /&gt;„Du nimmst mir die Freude am Leben“, sage ich, und er wird wütend. Ich will nicht, dass er wütend wird. &lt;br /&gt;Er schreit: „Fabi, siehst du nicht, dass du mir weh tust?“&lt;br /&gt;Immer dieses Wort! Immer muss man alles sehen!&lt;br /&gt;„Um eine normale Verlobte zu sein, muss man normal sehen können“, höre ich ihn vor Lidia herbeten.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Diese Lidia ist völlig zurückgeblieben. Sie war noch nie mit einem Mann zusammen, und das bei ihrem Alter. Ich kann sie nicht ausstehen, und sie mich nicht. Ich glaube, mit der Mutter muss es genauso sein. Das sie mich nicht leiden kann. Ich bin die Verlobte von Gus, keine Schlampe. Ich war schon mit ihm zusammen, als ich noch zur Schule ging, und er war erwachsen. Mir ist der Altersunterschied völlig egal, und Mama sagte: „Ist besser so, wo du doch keinen Vater hattest.“ Das hat damit gar nichts zu tun. Ich mag es einfach sehr, wenn er auf mir ist und mich streichelt. Ich habe dann das Gefühl, als würden mir Flügel wachsen. Ich mache die Augen zu. Einmal sagte er zu mir: „Lass dir Zeit mit dem Blindwerden“. Ich weiβ nicht, warum ich mir das von ihm gefallen lasse. Manchmal ist er ein richtiger Scheiβkerl, aber trotzdem, irgendwie ist er doch ein ziemlich anständiger Kerl, bei dieser Familie. Hysterische Ziegen, die. Manchmal kann er auch zärtlich sein, dann sagt er, dass meine Augen sich selber sehen, wenn ich sie zumache, sie beβien nach innen, und das Gift frisst die Netzhaut auf. Das ist vielleicht ein biβchen zärtlich. Er sagt auch andere Sachen, aggressiverer. Seine Worte sind dieses Gegrunze, bei dem ich zittern muss. Am Ende fängt auch sein Körper zu beben an, ganz zaghaft, bis er langsam kommt. Ich spüre, wie mir ein Saft die Beine runterläuft. Dann fängt er an zu weinen, und ich frage ihn, warum. Er sagt. „Es ist nichts, Fabi.“ Ich denke nicht, dass ich leer bin, und ich beiβe mir auch nicht von innen in die Augenlinder. Ich mache die Augen zu, weil ich mich so am besten fühle. &lt;br /&gt;„Nichts, Fabi. Ich weine um dich.“&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mit der unausstehelichen Lidia rede ich fast nie. Sie sagt, sie weiβ, dass ihrem, Blick ausweiche. Grundlos setzen sie solche Behauptungen in die Welt. An dem Nachmittag hatte ich mich wieder mit Gustavo gestritten, wegen einer Lappalie. Sie hatten mich eingeladen, mit ihnen an den Strand zu fahren, und ich sagte ihm das mit der Sonnenbrille. Wir gingen in das Optikergescháft von einem Freund, ich brauchte diese Sonnenbrille nämlich wirklich, es war keine Laune von mir. Der Optiker breitete jede Menge Modelle auf dem Ladentisch aus. Mir gefielen fast alle, ich konnte mich aber nicht entscheiden, weil sich mein Verlobter alle Mühe gab, mich nervös zu machen. „Du weiβt nie, was du willst“, sagte er. „Mit dir hat man immer nur Stress“. Ich versuchte, ihn nicht zu beachten. Bis er losschrie, wozu ich eigentlich eine Brille haben wollte. Ich sagte kein Wort. Das Geschäft war voller Leute. Und dann: „BEI DEN SCHEISSAUGEN, DIE DIR DER LIEBE GOTT GESCHENKT HAT.“Da wusste ich, dass ich weg musste von ihm. Ich ging allein aus dem Laden, bahnte mir einen Weg durch das Gedrängel, kaufte nichts. Wortlos. Ich fühlte mich hundeelend, ich ich ging schnurstracks in seine Wohnung, um meine Schallplatten zu holen, ich hatte nämlich beschlossen, mit ihm für immer Schluss zu machen. Das Maβ war voll.&lt;br /&gt;In der Küche sah ich Lidia mit dem Rücken zum Tisch sitzen, ohne T-Shirt, der Kühlschrank stand offen. Ich ging näher, um zu sehen, was sie macht, und sie aβ Mandarinen. Der Saft lief ihr in Strömen über die Brüste. Ich bekam einen Schreck. Ich dachte, was passiert wäre, wenn er hereingekommen wäre. Lidia sprang vom Stuhl auf, als hätte sie meine Gedanke gehört, erschrocken bedeckte sie sich mit den Händen. In Saft gebadet. Ohne Zweifel hatte ich sie überrrascht, aber das war mir auch egal. Ich stürmte ins Zimmer, um meine Platten zusammenzusammeln. Das Bett war zerwühlt, und sogar die Teufelchen lachten über mich. Wütend kam sie hinterher, jetzt mit T-Shirt.&lt;br /&gt;„Was machst du“, sagte sie.&lt;br /&gt;„Das geht dich einen Scheiβ an“&lt;br /&gt;„Wie kommst du dazu in den Sachen von meinem Bruder herumzuwühlen?“&lt;br /&gt;„Ich haue ab. Ihr kotzt mich an, alle beide.“&lt;br /&gt;„Ah, ja“, sagte sie und grinste. Die Nachricht hörte sie gerne. Man sah es ihr an. „Dann gehst du endlich.“&lt;br /&gt;„Ja.“&lt;br /&gt;„ich kotze dich also an?“&lt;br /&gt;Wütend schmiss ich die Schallplatten aufs Bett. „Du, der Vollidiot von diesem Bruder und euer Frau Mutter, die man nicht zu Gesicht bekommt“. Ich sah, wie sie die Arme an sich presste, als würde sie jeden Moment losheulen. Ich wusste, irgendwas war passiert, etwas Merkwürdiges. Als folge der Explosion, die meine Worte in ihrem Gesicht ausgelöst hatten. Ich schaute mich um und wollte wissen, was anders geworden war. Es überlief mich eiskalt.&lt;br /&gt;Was sagst du da, scheiβ Blinde“, flüsterte sie. „Lerne gefälligst, mit Respekt von einer Tote zu sprechen.“&lt;br /&gt;Ich stand da, hörte sie, brachte kein Wort hervor.&lt;br /&gt;Fast wáre ich ohnmächtig geworden.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ich fuhr doch mit ihnen an diesen Strand. Gustavo war in bester Laune und fragte mich alle Augenblicke: „Ist was mit dir?“, als wäre alles prima und nur ich wäre der Spielverderber. Lidia beruhigte mich noch am selben Tag. Meine Reaktion hatte sie so beeindruckt, dass sie mir alles gleich erzählte. Man konnte glauben, wir wären Freundinnen. Die beiden Tage lang vermied ich es, mit Gustavo zu sprechen. Ich lieβ die Augen auf, wenn er mit mir schlief, und er freute sich. Dass er nicht merket, wie weit weg ich von diesem Strand war! „Deine Mutter-tot“, dachte ich. „Das ist schon passiert, als wir noch Kinder waren“, erklärte Lidia. Sie erzählte alles unter dem Siegel der Vergschwiegenheit. Dazu Empfehlungen von der Art: „Verletze ihn nicht. Armer Kerl, er ist über diesen Tod nie hinweggekommen. Ich versuchte, ihm zu helfen, so gut ich konnte, und erzählte ihm, Mama würde zu Hause auf uns warten. Er glaubte es auch, und irgendwas in seinem Innern, ein Selbstschutzmechanismus, hielt ihn davon ab, den Zug nach Suárez zu nehmen.“&lt;br /&gt;„Wie absurd.“&lt;br /&gt;„Darum ist er nie mit dir hingefahren. Er hoffte, dass du ganz blind wirst. Dann müsste er dir niemanden zeigen. Blinde lassen sich an der Nase herumführen. Ich hatte es auch gehofft, mehr, um bei ihm die Illusion aufrecht zu erhalten, als aus irgendeinem anderen Grund. Entschuldige, du hast ja gesehen, wir hängen sehr aneinander.“&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Und ob sie sehr auseinander hängen. Ich weβi , was sie hinter meinem Rücken machen, hinter dem Rücken des Meeres und dem von Fabiana, die den Wellen zuschaut, sie sitzen da oben in den Dünen, berühren sich, lachen und küssen wie Brautleute. Das Meer sehe ich durch einen Schleier von Tränen. Gustavo hatte zu mir gesagt, ich wäre ein Gefäβ . „Ich lasse meinen Löffel in die Tiefe des Gefäβ es ausruhen. Die Flússigkeit darin ist nicht mehr das Wasser deiner Tränen, Fabi, sondern eine Medizin, die uns im Krankenhaus verschrieben worden ist. Von den Ärzten, ja.“&lt;br /&gt;„Du darfst ihnen nicht glauben“, sage ich zu ihm.&lt;br /&gt;Wir müssen nichts von ihnen kaufen. Sie sind es, die die Retinitis verkaufen, ohne von den anderen Dingen eine Ahning zu haben. Auf den Röntgenbilder ist nicht der Zungenkuss zu sehen, den du jetzt deiner Schwester gibst. Auf den Röntgenbildern ist nicht das Meer zu sehen. Nicht mein Blick auf das Meer, der jetzt verschleiert ist, weil ich heulen möchte. Nicht diese ganze verweste Angst in mir, die Angst vor dem Geheimnis um deine Mutter. Die Angst vor dem geheimen Menschen, mit dem ich zusammen war, die Angst vor der Frau, die ich an seiner Seite gewesen war. Zum Glück ist das jetzt vorbei. Endlich.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Beim Abendbrot hatte ich eine Stinkwut, und Lidia, dieses Miststück, sagte sachen wie: „Stör dich nicht an ihrer Leichenbittermiene, sie seht alles mit den Augen einer alten Frau, und wir sind jung“. Gustavo beugte sich immer wieder zu mir herüber, um mich zu fragen. „Ist was mit dir?“, mit einem Gesicht dabei wie von einem unglaublichen Vollidioten. Ich hatte noch kein Sterbenswörtchen verraten.&lt;br /&gt;Gustavo sagte: „Hör auf, Lidia“&lt;br /&gt;„Das weiss doch jeder.“&lt;br /&gt;Er beugte sich zu mir herüber, um zu fragen: „Willst du, dass es wieder wird zwischen uns wie es war?“, und ich wollte ihm schon antworten, da klingelte das Telefon. Wer konnte wissen, dass wir hier waren, beim Essen in diesem Strandhaus saβ en? „Mama“ dachte ich. Gustavo lächelte und sagte mit strahlendem Gesicht: „MAMA“. Ich erzitterte. Lidia sprang auf, um abzunehmen. Als sie sich umdrehte, rechnete ich damit, dass sie sagen würde: „Mama möchte dich sprechen“, oder irgend so eine Hirnrissigkeit. Ich glaube, ich wäre ohnmächtig geworden, hätte ich nicht von ihr ein nachsichtiges „falsch verbunden“ gehört.&lt;br /&gt;Gustavo beugte sich noch einmal zu mir herüber. „was ist los, FabiSollen wir abreisen?“&lt;br /&gt;„Ja“, antwortete ich, „aber ohne diese Wahnsinnige.“&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Wir fuhren zu zweit zurÚck, und während der Busfahrt fiel mir nichts besseres ein, als ihm zu erzählen, was ich wusste. So was Blödes von mir. Ich wollte nach Hause und die beiden nie wieder sehen, darum. Es war so einfach. Aber ich musste es kompliziert machen. Ich sagte zu ihm: &lt;br /&gt;„Du bist verrückt. Deine Mutter ist schon vor Jahren gestorben. Es gibt sie nicht. Ich weiβ es von Lidia.“&lt;br /&gt;Die Lippe zitterten ihm (ich kenne das, wenn er eine Schlippe macht). Still fing er an zu weinen, er wollte sich anschmiegen, um bei mir Zuflucht zu suchen, aber ich schob ihn wieder fort.&lt;br /&gt;„Du hast bei mir nichts mehr zu melden. Ein Lügner bist du und glaubst deine Lügen auch doch. Du hast nicht mehr alle Tassen im Schrank. Ich will dich nie wieder sehen.“&lt;br /&gt;Er flöβte mir keine Angst mehr ein. Während der zwei Stunden, die wie gefahren waren, versuchte er, sich an mich zu schmiegen, ohne ein Wort zu sagen. Sein Schweigen kam einem Eingeständnis gleich, dass Lidia die Wahrheit gesagt hatte.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Als wir nach Hause kamen, wurde er schagartig ein anderer. Mit dem Eintritt in die Wohnung trat er gleichsam in ein neues Stadium des Wahnsinns. Er war mit allen seinen Kräften in Abwehrstellung. Ich hatte meine Platten zusammengesammelt und hielt sie, zusammen mit dem Kurzwellenradio, das ebenfalls mir gehörte, in den Armen. Die Tür zur Straβe stand offen. Wir brauchten uns nur Lebwohl zu sagen, da erwachte er aus der Erstarrung von der fahrt. Es war, als hátte ein Geräusch an seinen Verstand angeklopft und ihn in die Wirklichkeit zurückgebracht. Er sagte: „ich verstehe nicht, was mit dir los ist.“&lt;br /&gt;Das war seine „Wirklichkeit“.&lt;br /&gt;„Ich frage dich, was mit dir los ist, Fabi.“&lt;br /&gt;„Was?“&lt;br /&gt;„Du hast dir irgendwas einreden lassen.“&lt;br /&gt;„Irgendwas, das mit deiner Mutter?“&lt;br /&gt;„Aber ja. Du weiβ t doch, dass meine Schwester dich nicht leiden kann und uns auseinanderbringen will. Und dass sie dummes Zeug erzählt. Das hast du selner immer gesagt. Wie sollte ich so ein Geheimnis drei Jahre lang für mich behalten haben! Aber das schlimme ist, dass du das glaubst!“&lt;br /&gt;Bei diese Worten hatte er die Hánde in den Hüften gestemmt. Ich fing am ganzen Körper zu zittern an. Jetzt sprach wieder der Gustavo, den ich kannte, bevor ich etwas wusste. Der, der mir Angst einflöβte. Der alte Gustavo, eiskalt und berechnend. &lt;br /&gt;„Nie hattest du mit ihr gesprochen, aber einmal hat genügt, um drei Jahre fortzuwischen, in denen du mir geglaubt hast, deinem Schatz. Und alles, was wir zusammen erlebt haben? Du hast immer gesagt, dass sie eine Lügerin ist. Du wusstest es doch, fabi!Du kannst nicht fortgehen. Nicht, ohne dass wir das geklärt haben. Ich stehe da wie ein Trottel. Allein sterbe ich. Es ist aus mit mir.“&lt;br /&gt;Ich setzte auf den Plattenstapel auf dem Fuβboden ab. „Ich ertrage deine Schwester nicht länger“, sagte ich.&lt;br /&gt;„Was willst du, soll ich sie rausschmeiβen!“&lt;br /&gt;„Ja.“&lt;br /&gt;„Ich soll sie auf die Straβe werfen! Eine Geisteskranke, Fabi, hast du kein Mitleid!“&lt;br /&gt;„Nein. Habe ich nicht.“&lt;br /&gt;Er hielt sich den Schädel.&lt;br /&gt;„Du bist doch bei Verstand, du solltest einen klaren Kopf bewahren und ihr verzeihen. Oder liebst du mich nicht mehr?“&lt;br /&gt;Ich zögerte.&lt;br /&gt;„Liebst du mich nicht mehr?“&lt;br /&gt;„Doch“, sagte ich.&lt;br /&gt;„Also!“&lt;br /&gt;„Etweder deine Schwester oder ich.“&lt;br /&gt;Und wohin soll ich mit ihr?“&lt;br /&gt;„In ein Heim. Wohin auch immer.“&lt;br /&gt;Ich nahm den Plattenstapel wieder hoch. Das führte zu nichts. Er wurde hektisch, fuchtelte wie ein Irrer mit den Händen und schrie: „Ist gut, ist gut, sie soll fort. Ich halte es auch nicht mehr aus mit ihr. Jetzt, wo du das erreicht hast, kannst du ja bleiben.“&lt;br /&gt;„Da ist noch was“, sagte ich.&lt;br /&gt;„Was.“&lt;br /&gt;„Ich möchte deine Mutter jetzt sofort kennen lernen.“&lt;br /&gt;Er schaute auf die Uhr.&lt;br /&gt;„Es ist elf Uhr nachts“, erwiederte er mit einem Lächeln und glaubte, damit sei alles gesagt. &lt;br /&gt;„Ja, und?“&lt;br /&gt;„Es ist sehr weit. Wir sind erst nach halb drei da.“&lt;br /&gt;„Mach nichts“&lt;br /&gt;„Sie ist eine alte Frau.“&lt;br /&gt;„Und?“&lt;br /&gt;„Sie wird längst schlafen. Du willst sie doch nicht wecken, oder?“&lt;br /&gt;„Das ist mir so scheiβegal.“&lt;br /&gt;Er drehte sich weg.&lt;br /&gt;„Aber diese alte frau ist meine Mutter!“, schrie er.&lt;br /&gt;„Und?“&lt;br /&gt;„Du hast kein Mitleid.“&lt;br /&gt;„Das habe ich dir doch gesagt.“&lt;br /&gt;Er senkte den Kopf und überlegte. Es war unmöglich zu wissen, ob er schauspielerte oder seien Worte ehrlich gemeint waren. Ich schwöre, ich wurde mir darüber nicht klar.&lt;br /&gt;„Weiβt du“, sagte er dann, „ich glaube, du übertreibst ein bisschen mit deinen Forderungen. Seit wann schreibt mir eine Schlampe wie du, mit Retinitis, vor, was ich zu tun und zu lassen habe?“&lt;br /&gt;Das wollte ich nur hören. Ich drehte mich um und schaffte drei Schritte zur Straβe, dann hielten mich seine Armen zurück. Ich fang an zu schreien und stampfte mit den Füβen, und zwar so sehr, dass mir zwei oder drei von den Schalplatten herunterfielen und aus ihren Hüllen rutschten. Er war sich seiner Sache sicher. Auf der Straβe war kein Mensch. Er schloss die Tür ab und steckte das Schlüsselbund in die Hosentasche. Ich lieβ  die anderen Platten fallen und warf mich auf das Sofa. Halbtot vor Angst sah ich, wie er zu mir kam und sich neben mir setzte.&lt;br /&gt;Als er nach einer Weilke den Mund auftat, sprach er mit sanfter Stimme. Ruhig erklärte er der Luft, den Plattenresten, dem Haus, dass seine Mama ein guter Mensch ist und ihn und seine kleine Braut Fabiana sehr lieb hat. Er sagte, dass er sie vom Telefon im Esszimmer anrufen will, damit sie beruhigt ist und damit Mammilein weiss, dass sie von ihrer Hochzeitsreise zurück sind. Ich bekam Gänsehaut. Gustavos Gesicht spannte sich vom Wahnsinn.&lt;br /&gt;„Ich rufe sie gleich jetzt an und sage ihr: Möchtest du sie gern sehen? Du wirst sie sehen. Verstanden?“&lt;br /&gt;„Lass mich gehen“, sagte ich.&lt;br /&gt;„Nein, nein. Wir müssen daraus kein Drama machen. Du wartest hier im Sessel auf mich.“&lt;br /&gt;Er stand auf und ging ins Esszimmer. Er schloss die Schiebtür, sodass ich eingesperrt war. Es ist eine Holztür mit groβen Glasscheiben. Ich stand auf. Von dort, wo ich war, konnte ich sehen, wie er am Telefon eine Nummer wählte. Obwohl ich nicht hören konnte, was gesagt wurde, war deutlich, dass irgendetwas schief lief, und ein Zittern ergriff mich. Er hob den Arm, als würde er schreien, trat nervös von einem Bein auf das andere. Als das Gespäch beendet war, knallte er den Hörer auf den Apparat. Ich sah die stufenweise Verwandlung in seinem Gesichstsausdruck, je näher er der Glastür kam, bis er mit einem Lächeln auf den Lippen vor mir stand. Ich musste mich selbstbewusst zeigen, entscholssen, zu gehen. &lt;br /&gt;„ich habe mit Mama gesprochen“, sagte er. „Sie erwartet uns morgen zum Mittag“.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Es hatte keinen Sinn jetzt, es mit Gewalt zu versuchen oder zu schreien. „Jetzt, wo ich deinetwegen meine Mutter gestört habe, willst du nicht. Was bis du für ein mieses Stück. „&lt;br /&gt;„Ich gehe. Ich kann hier nicht bleiben. Ich halte es nicht mehr aus“.&lt;br /&gt;„Verdammt noch mal. Du bleibst, si wahr ich Gustavo heiβe. Ich habe keine Lust, mir deine Hysterie gefallen zu lassen.“&lt;br /&gt;Ich glaubte er würde mich jeden Moment schlagen. Ich sagte ihm, ich würde im Sessel schafen, und er schrie mich wieder an. Er war auβer sich, bewegte sich völlig unkontrolliert, mit einer Aggresivität, die ich nicht kannte an ihm. „Was glaubst du eigentlich, wer du bist, du Dreckstück! Was soll ich meiner armen Schwester sagen, wenn sie vom Strand zurückkommt, nur weil du es dir so in den Kopf gesetzt hast! Du bist die Bösartigkeit in Person!“&lt;br /&gt;„Nein“&lt;br /&gt;„Doch. Dieses Halbblindsein macht dich bösartig.“&lt;br /&gt;Ich weinte, am Rande der Panik. Ich wollte nicht dableiben, weil ich nicht wusste, was passieren würde. An diesem Ort war ich meines Lebens nicht mehr sicher. Er half mir aufzustehen und mich auszuziehen, und je mehr ich weinte, desto friedfertiger wurde er. Er benahm sich ganz zäretlich, als er begriff, dass ich mich schon geschlagen gegeben hatte. Auch seine Stimme klang nun sanfter. Schluchzend brachte er mich ins Bett. Er bestieg mich, und es war, als wäre ein Monster über mir, ein seltsames Wesen aus einer wilderwärtigen Welt des Horrors und der Dunkelheit. &lt;br /&gt;Ich schlief nicht eine Sekunde. Ich schaute auf den Wecker, der auf halb acht gestellt war, und ich schaute auf ihn. Die ganze Nacht wartete ich darauf, dass irgendetwas passieren würde. Ich betete wie von Sinnen um mein Leben. Was hatte ich hier an der Seite dieses Geistesgestörten zu suchen? Wieso nahm ich ihm nicht die Schlüssel weg und machte mich auf und davon? Was band mich an dieses schwarze Bett? Um sechs fielen die erste Sonnenstrahlen durch das offene Fenster. Ich fühlte mich wie verschlagen. Gustavo gähnte, es war Viertel vor sieben, als er auf den Wecker drückte, damit er nicht klingelte. Er küsste mich auf die Wange. „Was habe ich gut geschlafen“, sagte er, „es gibt nichts Beruhigenderes als die Gewissheit, am nächsten Tag seine Mutter zu sehen.“ Als ich mich anzog, lief es mir eiskalt den Rücken herunter.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;3&lt;br /&gt;Ich stellte mir vor, wie sich die beide schweigend auf die Reise machen, er hält dabei Fabiana an der Hand, damit sie nicht fortläuft, anfangs ganz fest, bis sie aus dem Zug steigen und und in den ersten Bus einsteigen; ich wusste allerdings nicht ob sie diesselbe Linie nehmen würde wie ich, weil dort alle Busse scheinbar die gleiche Strecke fahren, in Wirklichkeit aber alle woanders ankommen. Die beiden natürlich ohne einen Blick oder ein Wort zu wechseln. Der zweite Bus, der dritte, einsteigen und in Muñiz aussteigen; unter einem riesigen Betonbogen durchgehen, auf dem „Willkommen in Muñiz“ steht, was das gleiche heiβ t wie „Willkommen an Arsch der Welt“, und dann immer weiter, in die Siedlung rein, um schlieβ lich stillschweigend ihre hand ganz und gar loszulassen, jetzt konnte sie ihm nicht mehr entkommen. Wer sich an diesen Ort verirrt, bleibt für immer. Vertrocknete GrÜnflächen, mehr als anderthalb Meter hoch bewachsenes Brachland, Schilf, eine kleine Brücke mit Fluss und angelnden Kindern (sonderbare Kinder, mit sonderbarem Gesicht, würde Fabiana denken, aber nur, weil sie kaum etwas von ihnen sieht. Ohne dabei zu sein, war ich mir auβerdem auch sicher, dass Fabiana, je näher sie kamen, alles immer mehr durch einen Schleier wahrnehmen würde; vielleicht hatte sie ihre Tränendrüsen massiert, wie bei der Szene, die sich am Meer gemacht hatte, bestimmt weinte sie aber diesmal nicht.). Noch mehr Kinder. Die Villen. Die Häuschen.&lt;br /&gt;„Siehst du, da, das rote Ziegelhaus?“&lt;br /&gt;„Nein“, würde sie antworten.&lt;br /&gt;Siehst du immer noch nicht? (Sie sind schon ziemplich nah dran)&lt;br /&gt;„Nein“&lt;br /&gt;„Es ist nicht mehr weit. Wir sind gleich da.“&lt;br /&gt;Von Küchenfensterchen aus sah ich sie aus dem Bus steigen. Ich kniete auf dem Tischchen, zwischen schmutzigen t¨pfen mit Soβe und Pasta. Die beiden liefen Hand in hand, wie verliebte Brautleute. Sie klingelten zweimal. Die Tür ging auf. Eine dicke Frau, ungefähr sechzig Jahre alt, begrüβte sie mit einem Lächeln. Gutavo sagte: „Mama, darf ich dir meine Verlobte vorstellen“. Er legte ihr den Arm um die Schulter. Als die Frau aus dem Esszimmer ging, flüssterte er Fabiana zu: „siehst du, du Dummerchen“, oder etwas in der Art. Ich stellte mir das wegen Gustavos verliebtem Gesichtsausdruck so vor. Diesem Gesichtsausdruck eines Schwachsinnigen, den er aufgesetzt hatte.&lt;br /&gt;Die Frau kehrte mit einer dampfenden Schüssel zurïck. „Da wollen wir doch mal sehen, was du uns Schönes gekocht hats“, sagte er. Die drei saβen am ausgezogenen Tisch. Die Mutter sprach nicht, sie beschränkte sich darauf, das Essen zu servieren. Anschlieβend ging sie noch einmal aus dem Zimmer und kam mit zwei Flaschen zurück, Wein und etwas Alkoholfreies von einer Marke, die Fabiana nicht kannte. Das weiβ  ich, weil sie die Flasche in die Hand nahm, das Ettiket vorlas und die Stirn kräuselte. Es war etwas mit Grapefruitgeschmack. Das Essen war versalzen. Gustavo sparte dennoch nicht Lobeshymnen. Ihm genügte, dass „Mama“ es gekocht hatte. Während der gesamente Mahlzeit schien er mit seinem Gelapper beweisen zu wollen, was für ein artiger Junge er ist („Die Pasta wird mit jedem Mal besser; keiner kriegt die Soβen hin wie Muttern.“).&lt;br /&gt;Fabiana machte einen unruhigen Eindruck, voller Misstrauen gegen alles um sich herum. Sie fühlte sich entschieden unwohl. Schleiβlich stand sie vom Tisch auf. Sie wollte schon sagen: „Das ist nicht deine Mutter, Sie sieht dir nicht ähnlich“. Ich sah die Anspannung in ihrem Gesicht, doch sie sagte nichts und setzte sich wieder hin. Genau in dem Augenblick, als er sie fregte: „Liebling, ist etwas mit dir?“. Wie kann er sie das fragen.&lt;br /&gt;Vom Esszimmer aus konnte man die anderen Stuben sehen, doch von den Türen aus sah man-zumindest seit ich zuschaute-nichts anderes als eine dichte, fühlbare Dunkelheit, die den Tisch, die Wánde und diese Leute in ein schlecht beleuchtetes Bühnenbild verwandelten, Wie in einem Horrorfilm. Ich hatte sie die ganze Zeit von der Innenseite des Bildschirms gesehen, bis ich sie nicht mehr interscheiden konnte. Mit diesem starren Blick derer, die in den Fernsehern stecken. So wollte ich sie auch für immer sehen, das hatte ich mir vorgenommen, noch bevor sie kamen. Aber Gustavos Frage und das mangelnde Licht gaben mir den Rest. Sie zögerte.&lt;br /&gt;„Ja, mit mir ist etwas“&lt;br /&gt;„Was“&lt;br /&gt;Die Stille konnte sich mit dem schmutzigen Geschirr verbinden, sie konnte in den Topf mit eienm Rest festgeklebter Nudeln tauschen und in die Obstschale auf dem Tisch zurückkehren, versteckt zwischen den Mandarinen. Gustavo nahm sich eine.&lt;br /&gt;„Ich will Fotos sehen“, sagte sie. Die Blinde.&lt;br /&gt;Gustavo machte ein überraschtes Gesicht. „Fotos?“, fragte er. Die Mutter schüttelte unwirsch den Kopf. &lt;br /&gt;„Was für Fotos?“&lt;br /&gt;Fabiana erklärte: „Von euch. Von dir, als du klein warst, Babyfotos, wo du bei dieser Frau auf den Arm bist. Fotos von deiner Schwester.“&lt;br /&gt;Er sah die Mutter an. Er würde um keinen Preis klein beigeben; wenn sie mit der Angst im Nacken fast das gesamete Essen ihre Schauspielerei durchgehalten hatten, was konnte ihnen dann jetzt noch die Frage anhaben?&lt;br /&gt;„Gibt es welche?“&lt;br /&gt;Die Mutter zuckte wortlos die Schulter. „Es gibt keine, Fabi.“&lt;br /&gt;„Wie? Das kann nicht sein.“&lt;br /&gt;„Es ist so.“&lt;br /&gt;„Alle Mütter haben von ihren Kindern Fotos“, sagte sie unbeirrbar. „Wenigstens eins davon will ich sehen.“&lt;br /&gt;Dann war die Stimme der Mutter zu hören, eine tiefe Stimme wie von einer anderen Person: „Keins davon ist erhalten. Von den Fotos sind nur winzige Schnipsel übrig. Lidia hat sie vor drei Jahren zerschnitten, jedes einzeln. Ich habe die Schnipsel in eine Schachtel.“&lt;br /&gt;Fabiana muss es für eine idiotische Ausrede gehalten haben. „Ich will diese Schachtel sehen“, sagte sie und unterschrieb damit ihr Todesurteil.&lt;br /&gt;Die Mutter öffnete eine Tür der Kommode, holte einen Schuhkarton hervor und stellte ihr auf den Tisch. Gustavo schlugdie Hände vors Gesicht. Fabiana hob vorsichtig den Deckel; drinnen waren Tausende von Fotoschnipseln. Ein verfluchtes Puzzle, das nicht mehr zusammenzusetzen war. Von den Bildern waren nur noch nutzlose Nudeln übrig geblieben, die die Geschichte dieser armen Frau zerschnitten. Sie hob den Blick.&lt;br /&gt;Ich habe ja immer gesagt, dass dieses Miststück geisteskrank ist. Ihre Augen verlangten nach Erklärungen (mit welchem Recht eigentlich, und das in unserem eigenen Haus!), und ich beschloss, die Bühne zu betreten, ich zog den Vorhang auf, der ihr Bild und ihren Körper von mir trennte, der das Esszimmer von der Küche trennte, in die ich mich geflüchtet hatte.&lt;br /&gt;„Lidia, nein!“ hörte ich meinen Bruder schreien.&lt;br /&gt;Geflüchtet vor diesen Kreisen. In meinem eigenen Haus. Fabi drehte sich zu mir; mit einer Hand warf sie den Stuhl um, mit der anderen die Flasche von diese Marke, die sie noch nie zuvor gesehen hatte, und die Flasche zerbrach, als sie auf den Fuβbodenfliesen aufschlug und in tausen Glaskügelchen zerfiel. Vielleicht dachte sie, dass sie nie wieder ein solches Schauspiel sehen würde. &lt;br /&gt;„Du hast die Fotos zerschnitten?“, fragte sie.&lt;br /&gt;„Ja.“&lt;br /&gt;Sie hatte den schweiβnassen Gesichtsausdruck einer Verdammten.&lt;br /&gt;„Warum?“&lt;br /&gt;„Um Schluss zu machen mit den Bildern. Ich habe es mit dieser Schere getan.“&lt;br /&gt;„Schinppschnapp“ machte meine Schere in der Luft. Ich legte meine Hand, „schnipp“, in eine vorgestellte horizontale Ebene, in welcher die Schere selbst, ihre Schneiden, „schnapp“, und die Augenlinie Fabianas lagen. Das letzte Geräusch des Sichschlieβens und-öffnens hatte die Spizen auf eine Entfernung gebracht, die der zwischen ihren Netzhäuten entsprach. Bevor sie endgültig blind wurde, wird sie gedacht haben: „Das habe ich kommen sehen.“ Ich stieβ zu.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;Übersetzt von Klaus Laabs&lt;/em&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/14637388-7833347526108246482?l=mandarinasdulces.blogspot.com'/&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/14637388/posts/default/7833347526108246482'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/14637388/posts/default/7833347526108246482'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://mandarinasdulces.blogspot.com/2009/06/fabianas-augenkreis.html' title='FABIANAS AUGENKREIS'/><author><name>Gus Nielsen</name><uri>http://www.blogger.com/profile/15989569316094960851</uri><email>gesnil@gmail.com</email><gd:extendedProperty xmlns:gd='http://schemas.google.com/g/2005' name='OpenSocialUserId' value='15197016212663989666'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-14637388.post-266133856399725065</id><published>2008-05-23T14:59:00.002-03:00</published><updated>2008-05-23T15:05:08.919-03:00</updated><title type='text'>BANDERITAS Y GLOBOS</title><content type='html'>Pedí la piedra antes de irnos a dormir, la misma noche del cumpleaños de Javi. Él había querido un hamster y se lo habíamos regalado. Fue un día feliz. Cuando vi la piedra por TV, me animé y le dije a Marisa: "¿Te va?". Pero ella estaba con los dientes pintados y la cabeza en otro planeta.&lt;br /&gt;                        - Como la de los vecinos - agregué, señalando la pantalla. Levanté el teléfono para llamarlos. Los timbres sonaron varias veces, porque eran cerca de las tres. El marido de Lala se despertó con la voz surgiendo como desde un pantano, pero se alegró cuando supo de qué se trataba.&lt;br /&gt;                        - Era hora de que tuvieran su propia mascota.&lt;br /&gt;                        La afirmación del marido de Lala me dio coraje para llamar. Corté y marqué el número de las Interempresas TV.&lt;br /&gt;                        - Una Petrona - pedí.&lt;br /&gt;                        - ¿Alguna otra cosita? - preguntó la mujer.&lt;br /&gt;                        El aviso mostraba unos afilados cuchillos que cortaban hasta un clavo de hierro.&lt;br /&gt;                        - Una colección de esos.&lt;br /&gt;                        - ¿Los Destripper Láser?&lt;br /&gt;                        - Sí. Código 12.&lt;br /&gt;                        Apagué la TV y fui al comedor. Javi estaba despierto, con la cara pegada al vidrio de la pecera, mirando fascinado al hamster en su rueda.&lt;br /&gt;                        Al regresar a la cama pensé en lo lindo que era tener una familia, y que cada uno de sus miembros pudiera expresarse a través de sus mascotas y sus programaciones, como decían en el micro de los siconautas.&lt;br /&gt;                        Sonriendo al aire, me sentí un verdadero siconauta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;                        El paquete llegó a las diez; lo trajo el rengo del correo. Marisa tenía la boca pegada por el Roxipol, un nuevo fármaco en pasta para lavarse los dientes. Según el micro de la mujer siconauta, los labios y las encías son la parte del cuerpo que mejor absorbe los efectos de la droga. Un segundo antes de que la pasta le fraguara, ella alcanzó a decir:&lt;br /&gt;                        - Me palma retaroba.&lt;br /&gt;                        Por la TV estaban pasando las Minutas de la Madre Argentina. Marisa se removió en su asiento, sin levantarse, despeinada y con el deshabillé a media asta. Agarró la caja taiwanesa entre sus manos y susurró, en un esfuerzo titánico por largar las palabras:&lt;br /&gt;                        - ¿Omprastes más uchillos?&lt;br /&gt;                        - ¿Ya había láser?&lt;br /&gt;                        - Ayer ompré.&lt;br /&gt;            Abrí la otra caja. El interior era mullido como un féretro de lujo. En el medio estaba la piedra. También había un video con instrucciones y unas tarjetas para llenar y enviar.&lt;br /&gt;                        Javi estaba ocupando la máquina con su propio video para disfrutar del "hamster, mascota ideal". En la pantalla se podía leer:&lt;br /&gt;                        - Niño: si decides adoptar un hamster, debes tratarlo cariñosamente. Sé compasivo con él, respeta sus hábitos y serán buenos amigos. Teclea nombre:&lt;br /&gt;                        La pantalla se iluminó con doce nombres de mujer y doce de varón. Arrimé una silla para ayudarlo a elegir. Javi se rascó la cabeza, preocupado por la cantidad de variantes. Tampoco sabía el sexo del hamster, lo que hubiese simplificado el problema a la mitad. ¿Diego, Chiqui, Gardel o Bonafide?. Javi tecleó el selector por azar de la máquina. Le dije: "necesito la compu". El nombre apareció seguido por una música triunfal: "Coca Sarli".&lt;br /&gt;                        - Grande, macho.&lt;br /&gt;                        Él puso "quit, eject, power" y se fue a verlo comer semillas de girasol.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;            Lala y el marido vinieron a cenar. Pedí dos pizzas por teléfono. Había visto el video de la disciplina de la piedra, y había cosas que no entendía. Lo de las vitaminas, por ejemplo.&lt;br /&gt;                        "Vitamina A: interviene en el buen funcionamiento epitelial; Vitamina D: incrementa la absorción de calcio, fósforo y rayos solares; Vitamina E: relacionada con la parálisis pétrea; Vitamina del Complejo B: le da brillo permanente y la pone a salvo de las enfermedades erosionales".&lt;br /&gt;                        Lala me  explicó que eran unas gotas que se compraban en el mismo número telefónico. Había que ponérselas según se la viera triste o feliz. Sonó el timbre. Las pizzas eran de anchoas y de calamaretes fritos, elegidas según el sistema de la ruleta italiana; el chico que las traía era el mismo rengo del correo, que hacía una changa por las noches. Le di un dólar de propina porque me puso contento haber sacado la de calamaretes, que era carísima, por el precio de una de muzzarela. Marisa también se puso contenta por el ahorro, aunque después se acordó que no le gustaban ni los mariscos ni las anchoas.&lt;br /&gt;                        Llevé la piedra a la mesa. Lala dijo que la de ellos brillaba más, pero era lógico porque hacía un mes que la estaban cuidando. Eran muy respetuosos de los horarios de viento y de placar. El marido de Lala preguntó cuándo venía el visitador. Marisa bostezó.&lt;br /&gt;                        - En el recibo dice la hora y el día.&lt;br /&gt;                        Busqué el papel. En letra chica, estaba escrito: el visitador irá a su casa el día 15, a las 10 de la mañana. Los números habían sido agregados a mano. Era sábado 13. El marido de Lala explicó que teníamos todo el domingo para servir a la piedra. Me dijo que repasara el video y, si me quedaba alguna duda, lo llamara. "A cualquier hora". Agregué, antes de despedirme, que Marisa les había preparado un bonito regalo, por ser los mejores vecinos. Le entregué la caja de Taiwán. Lala hizo un gesto de falsa sorpresa, tomó el paquete entre sus manos y dijo:&lt;br /&gt;                        - Ya compramos Destripper.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;                        La mejor parte del video eran los testimonios.&lt;br /&gt;                        "Desde que cuidamos la Petrona salimos tres veces seleccionados en el Loterbingo, y la chica me saca diez del colegio". Clara, de Bernal Oeste.&lt;br /&gt;                        "Acaricio la piedra y mis hijos traen los nietos a comer a casa, la sirvienta limpia profundo y hasta tuve un orgasmo". Felisa, de Almagro.&lt;br /&gt;                        O Angel, de Morón (un caso terrible, pero con buen final, por lo que el hombre es grabado de espaldas hasta el momento del cambio):&lt;br /&gt;                        - Me hallaba en una situación desesperada. Mi esposa me engañaba con mi mejor amigo y mis cuatro hijos estaban embobados con él. Hasta que vi el aviso en el programa "La Sagrada Familia". Conseguí la piedra y la cuidé. Llegué a 9,87 puntos de marca. Petrona me lo devolvió todo: un feliz accidente acabó con la vida de mi amigo, y hoy comparto otra vez la casa con mi mujer y los chicos.&lt;br /&gt;                        Había otra parte de la cinta que hablaba de los cuidados. La explicación se dividía en "cuidados de principiante" y "cuidados extremos". Hablaba también del cumpleaños de la piedra y de sus posibles enfermedades, que el locutor enunciaba de una manera misteriosa. También hizo una acotación acerca de que la piedra no es una moda.&lt;br /&gt;                        - Mucha gente se entera de la piedra por un vecino, o lee algo al respecto, y la prueba. Esto no siempre es correcto. Han habido más que suficientes modas, algunas de ellas muy peligrosas. Pero el comprobado éxito mundial que acompaña cualquier emprendimiento de Interempresas TV hace pensar en un respaldo serio y en la garantía de que la familia argentina se verá afianzada a partir de un nuevo integrante a cuidar. Petrona es el imán que mantiene el hogar unido, porque... sin hogar... ¿qué somos?&lt;br /&gt;                        Anoté la reflexión final y lo del cumpleaños, que me pareció lo más fácil de hacer. Marisa miraba su programa "Toxifetal" con media cara anestesiada. En la TV, una señorita vestida de novia, con un tocado de tul y pequeñas rosas, decía: "...por freno de las hormonas folículo estimulante hipotalámico y luteotrófica, como acontece con las sustancias que actúan sobre el Sistema Nervioso Central".&lt;br /&gt;                        - Es la huevamenta del jueves pasado, pero ahora sale con rayas verticales.&lt;br /&gt;                        Javi pasó con su video en la mano. Quise hablar con él y me dijo que en "Cablepet" habían dado una información que lo tenía preocupado: los roedores no se adaptan a la vida en cautiverio, pudiendo enloquecer hasta llegar al autocanibalismo, o cosas aún peores.&lt;br /&gt;                        - Voy a llamar al canal.&lt;br /&gt;                        - ¿Para qué?&lt;br /&gt;                        Me miró como si fuera un estúpido, o hubiera dicho una estupidez.&lt;br /&gt;                        - Quiero saber qué cosas peores.&lt;br /&gt;                        Pensé que la peor de todas las cosas era que cada uno se ocupara de sus propios asuntos, mientras las horas pasaban y nadie se acordaba de la piedra. ¿Cuánto tiempo faltaba para que llegase el visitador? ¿Qué había que responder por la tenencia de ese objeto? Ella estaba ahí, quieta en su caja, para amarla y cuidarla... Me puse serio; firme. Hice la venia sin mirar a Javi o a Marisa. Canté, como era mi obligación, el himno a su diaria felicidad:&lt;br /&gt;                        - Cumpledí-a fe-liz, cumpledí-a fe-liz, cumple pie-dra, cumple pie-dra, cumpledí-a fe-liz.&lt;br /&gt;                        Nadie dio vuelta la cabeza para mirar. La piedra parecía haber ganado un brillo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;                        Para las diez de la mañana del lunes yo estaba con mi mejor traje y mi mejor humor. A Marisa algo le había partido el hígado, y estuvo desde las nueve llorando que el spray le dejaba el cuerpo a la miseria, que me fijara en las contravenciones. "Salbutamol y dipropionato", le dije, "y pintate, que va a llegar el visitador". Puse la piedra sobre el macetón de yerba buena, junto a otros cascotitos de distintos colores. Estaba angustiado por la visita de la empresa; según el marido de Lala era una exigencia importante y había que dar la mejor imagen. El timbre de las diez y veinte trajo al rengo con un tubo de Gelviol y media docena de sprays. Comentó que lo mandaban del canal, y que había dejado la pizzería porque era un plomo, y con los de la tele "uno se siente parte de algo grande". Lo dijo con satisfacción.&lt;br /&gt;                        El timbre volvió a sonar recién a las once y cuarto, cuando ya daba todo por perdido. Abrí la puerta. Un chino de un metro y medio de altura, peinado a la gomina, irguió la cabeza para hablar. Dijo:&lt;br /&gt;                        - Ya me reclama el largo asunto, y suelen ser pocas las palabras para el tema: soy el visitador.&lt;br /&gt;                        Lo dejé pasar; lo vi ponerse serio. Sacó una linterna del bolsillo. Dirigió el foco hacia la maceta. Gritó:&lt;br /&gt;                        - ¡Qué pálida tenés tu tez marfil, por más que esté a tus pies la vida vil! -      y, dirigiéndose a mí, en una orden corta y severa: - Sacála de acá.&lt;br /&gt;                        Al principio creí que me estaba cargando. Marisa ni se había parado de su asiento, frente al programa de Máximo Pineal, en el que el célebre médico de entretejidos no se cansaba de afirmar que convenía hacer aplicaciones de manojos de pelo en canutos plásticos, en lugar del clásico "pelo a pelo". "Como en las Barbies", decía. El chino se puso furioso.&lt;br /&gt;                        - A portarlo en cana vengo; su piedra lo ha delatao.&lt;br /&gt;                        La puse otra vez en la caja.&lt;br /&gt;                        - Comprendéme - aclaró él, como si adivinara mi desconcierto -. No quiero que tu rayo la enceguezca entre el horror, porque precisa luz, para seguir...&lt;br /&gt;            Marisa acotó:&lt;br /&gt;            - ¿Qué te sapa, oriental?&lt;br /&gt;                        El chino se acercó a la mesa. Tomó una tableta de Gelviol, la olió y dijo, despectivamente:&lt;br /&gt;            - Las medecinas, veneno, que quitan fuerza y salud.&lt;br /&gt;                        Ella desvió su mirada de la pantalla para fulminarlo. Intervine para frenar la discusión. Dije que la piedra estaba bien cuidada y, por sobre todas las cosas, éramos una familia feliz.&lt;br /&gt;                        - Ayer la lavé con Espadol.&lt;br /&gt;                        El chino carraspeó.&lt;br /&gt;            - Vos resultás, haciendo el moralista, un disfrazao sin carnaval...&lt;br /&gt;                        Me quitó la caja de las manos y la llevó hacia la ventana, para agregar:&lt;br /&gt;                        - Qué desencanto hondo, qué desconsuelo brutal... Yo siento que mi fe se tambalea, que la gente mala vive... ¡Dios!, mejor que la piedra o yo...&lt;br /&gt;                        - No le entiendo nada.&lt;br /&gt;                        - Que Petronita está sufriendo. Vealá, ni me habla...&lt;br /&gt;                        - Las piedras no hablan - intervino Marisa, sin perder un detalle en la pantalla. El chino continuó su discurso.&lt;br /&gt;                        - La noto sola, fané y descangayada. El primer informe los va a embretar de lo lindo. Esta piedra está como al descuido, a punto de armar el espamento.&lt;br /&gt;                        Marisa empezó a gritar "qué disparate, esto en el aviso no lo dicen". El chino seguía afirmando que lo iban a saber en la empresa. Le expliqué que había hecho correctamente cada uno de los deberes del video. Subí los hombros con la esperanza de que me creyera. "También pudo haber venido fallada", dije.&lt;br /&gt;                        - Enfundá la mandolina, ya no estás pa´serenatas. Me encuentro sin chance en esta jugada...&lt;br /&gt;                        Marisa había pasado de canal y miraba un clip de rock en el que caían banderitas y globos. Apretó rec para grabarlo en el disco duro de la TV. El chino cruzó los brazos.&lt;br /&gt;                        - Cachen el vídeo, pero en barra, con la garaba y el bepi - me dijo -. ¿Tenés un bepi, no?&lt;br /&gt;- Sí.&lt;br /&gt;                        - ¿Cuántos?&lt;br /&gt;                        - Ocho, recién cumplidos.&lt;br /&gt;                        - ¿Adónde se espiantó? ¿Tá de gomías en la vedera?&lt;br /&gt;            - Debe estar con la compu.&lt;br /&gt;                        Hizo un silencio contemplativo.&lt;br /&gt;                        - Sabés que te juno embrollado, a vos. Mal. Sin efe, con el bulín de embruje y sin manyarla -. Me apoyó una mano en el hombro, apartándome hacia la puerta de entrada. Hablaba en voz baja, secreteando -. A lo mejor te doy una mano, para que no te den la naca.&lt;br /&gt;                        - ¿Un primer informe malo es malo, no?&lt;br /&gt;                        - Fuíste, adío, gayola y a olvidarse de la jailaife. Por tan poca cosa...&lt;br /&gt;                        Metí la mano en el bolsillo y saqué la billetera. Tenía dos billetes de diez y uno de cien. El chino hizo su primer sonrisa de la mañana. Agregó, cantando:&lt;br /&gt;                        - No puedo más pasarla sin comida, ni oírte así, decir tanta pavada. Plata, plata y plata... plata otra vez. Que la vida es muy corta y es preciso alegrarla con tango y con champán.&lt;br /&gt;                        Le di uno de diez y él siguió con la mano extendida. Le puse otro de diez. Completó su recital:&lt;br /&gt;                        - No hay ninguna verdad que se resista, frente a dos mangos moneda nacional.&lt;br /&gt;                        Y a Marisa, estrechando su mano:&lt;br /&gt;                        - Adiós, señora, ya me voy y me resigno. Contra el destino, nadie la talla.&lt;br /&gt;                        Javi llegó corriendo con la pecera. El chino gritó:&lt;br /&gt;                        - ¿Quién pena en el piolín?&lt;br /&gt;                        - Mi hijo Javier - lo presenté.&lt;br /&gt;                        - ¿Y en la jaula?&lt;br /&gt;                        - Su pequeña mascota, Coca Sarli.&lt;br /&gt;                        Javi dejó la pecera sobre la mesa, sacó el animal y buscó ingenuamente la mano del visitador para que pudiera tocarlo. El chino la retiró con asco.&lt;br /&gt;                        - Eso no se puede tener. Petrona tiene que ser única. ¿Qué bicho es?&lt;br /&gt;                        - Nada, nada - interrumpí, alejando al nene -. Haga como que no lo vio.&lt;br /&gt;- ¡No y no! - gritó, empacado -. ¡Esta es la peor de todas las macanas!&lt;br /&gt;                        Lo vi tan fuera de sí que saqué por segunda vez la billetera. A él debió haberle parecido una falta de respeto, porque se quedó un instante reaccionando como si lo hubiera cacheteado; miró hacia Marisa para ver si era testigo, e irguió la espalda antes de hablar. Lo hizo en voz baja.&lt;br /&gt;                        - Caballero, le suplico, tenga más moderación, porque a usted puede costarle cincuenta de la Nación.&lt;br /&gt;                        - No tengo cambio - dije.&lt;br /&gt;                        El chino agarró el billete de cien y se lo metió en el bolsillo.&lt;br /&gt;                        - P'al mate. Y creamé: deshagasé de esa Coca si quiere un escore para piyarse, como el pipiolo de al lado y su jermu abacanada.&lt;br /&gt;                        Cerré la puerta y me quedé pensando en que tenía que tomar una decisión. Así nunca íbamos a poder educar a la piedra.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;                        Los reuní para la cena. Pedí los mejores tubos de papas fritas al teléfono de la pizzería (esas que vienen con gusto a banana) y tres Pepsis. Me extrañó que las trajera el rengo, que además tenía un ojo en compota. Cuando le pregunté qué le había pasado nos contó que se había peleado con un compañero de las Interempresas, y lo habían echado por "rengo de mierda". No había tenido otro remedio que volver a la pizzería. Los ojos de Marisa se llenaron de lágrimas.&lt;br /&gt;                        - ¿Omo uede la gente ser an mala?&lt;br /&gt;                        Se notaba que estaba dolida por la injusticia y eso era un buen caldo para la sopa de verdades que estaba por cantarles.&lt;br /&gt;                        - Obrecito.&lt;br /&gt;                        Nos sentamos. Yo ya tenía preparado el discurso, y decidí que primero veríamos el video entre los tres. Puse la piedra en el centro de mesa. Sonreí. Ellos me miraron con cara de "hablar, no". Dije: "sí, vamos a hablar. Porque la gran familia de la sociedad se compone de pequeñas familias sagradas. Somos las células del cuerpo siconauta. Ese cuerpo está formado por integrantes sanos. Si la familia se rompe o deja de comunicarse, se disgrega, se enferma, y si la célula se enferma, el cuerpo se enferma. Por eso hay que hablar."&lt;br /&gt;-         No me ustan las apas usto a anana.&lt;br /&gt;-         ¿Ananá o banana? - preguntó Javi.&lt;br /&gt;                        - No me interrumpás, mamita, que estoy decidido a ocupar de una vez por todas el lugar que me corresponde como patrón de mi núcleo básico. Aunque tenga que apelar a la violencia. ¿Entendiste?&lt;br /&gt;                        - Sí.&lt;br /&gt;                        - ¿Vos también entendiste?&lt;br /&gt;                        Javi afirmó con la cabeza.&lt;br /&gt;                        - Bueno. Estuve pensando mucho en nosotros y creo que somos lo mejor que tenemos, pero nos falta. La teleproducción El Ateneo de la Argentinidad explica que estamos en esta bendita tierra para un emprendimiento grande, heroico y difícil. No es para débiles. La comunidad vive uno de sus momentos históricos definitivos. Nuestros enemigos, esos que mencionan en el programa Las siete virtudes del Movimiento de Protección a Padres y Madres, esos mismos enemigos no se cansan de fomentar todo tipo de políticas divorcistas y abortivas y hamsters, que lo único que hacen es disociarnos como entidad y vaciarnos de patriotismo. Es algo repugnante. Frente a ello debemos unirnos en defensa de las nobles consignas de un auténtico cuerpo nacional.&lt;br /&gt;                        Marisa me seguía atentamente.&lt;br /&gt;                        - ¿Y? - dijo.&lt;br /&gt;                        Javi intentó pararse.&lt;br /&gt;                        - ¡Te quedás! - le grité -. Seguro que ibas a buscar a la rata.&lt;br /&gt;                        - No le grités al ico.&lt;br /&gt;                        - Ese monstruo no tiene más lugar en esta casa, ¿entendés?&lt;br /&gt;                        Javi negó con la cabeza.&lt;br /&gt;                        - Si se lo egalamos osotros, cuqui.&lt;br /&gt;                        - No importa. Disgrega a la familia. La disyuntiva es "Sociedad con familias" o "Parias disgregados". No hay medias tintas. Y nosotros, padres y madres de la revolución siconauta, ya lo tenemos decidido: Tradición y Potestad, venerando la piedra que nos une. Sin Cocas Sarlis.&lt;br /&gt;                        El timbre del teléfono sonó como un aplauso. Me levanté para atender y tuve que preguntar adónde estaba el aparato.&lt;br /&gt;                        - Javi lo ievó a la ieza ara hablar con el eterinario.&lt;br /&gt;                        - Puta madre - dije, con las cosas más claras. Había que tener la mano dura y los pantalones puestos. Atendí marcialmente, con un grito: "¡hable!".&lt;br /&gt;                        Cuando regresé a la cocina, ella había subido el volumen y cambiado el video por la Kermesse Subacuática, su massmedia predilecto. Le recordaba a cuando era joven y en la pileta le pasaban los musicales de Esther Williams para que hicieran gimnasia. En un repentino ataque de euforia, se paró, abrió sus brazos e intentó sonreír. Dijo:&lt;br /&gt;                        - Te ammammos, rey de la amilia. Omos tus siervos ara endecir a la iedra. Ongratuleishons. ¿Quien era?&lt;br /&gt;                        - Los de las Interempresas. Ese chino de mierda pasó un informe de maltrato. Van a volver a mandar un inspector el jueves. También dijo que hay más de una mascota. Y que no hay respeto ni veneración, que se encontró con cualquier cosa, menos con un hogar siconauta. Que la piedra estaba anticoagulando por falta de vitamina K. Sacamos 0,3. El coma tres deben ser los tres billetes que le di.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;                        Todo estaba servido para que fuéramos como Lala y el marido, que vivían sumergidos en la dicha más plena y sacaban la mejor puntuación. Marisa disolvió dos microcápsulas en el café y se pintó los labios y los lóbulos de las orejas. Hasta nos dimos un beso.&lt;br /&gt;                        - Hoy estoy ipiranga - dijo -, capaz de todo. Hasta de fregar la pétrea.&lt;br /&gt;                        Volvimos a ver el video. Habíamos cometido omisiones importantes. Por ejemplo, cambiarle los pañales cada tres horas. Los pañales son las sabanitas donde la piedra duerme. No mantener el silencio absoluto de los sábados, otro error. Lo mismo pasaba con los colores y las luces. Como un enfermo postrado, la piedra sufría por la lámpara suspendida del cielo raso blanco. Debíamos conseguir un dímer y pintar el cielo raso de un color pastel.&lt;br /&gt;                        Otro detalle omitido eran los paseos. Nunca había que ir por lugares llenos de piedras. El locutor lo decía tan enérgicamente que llegué a suponer que Petrona, pobre, podía haberse convertido en la piedra de la locura. Estábamos tomando conciencia de lo mal que la habíamos cuidado y de la razón absoluta del chino. Lo que me parecía extraño era que este tipo hablara canyengue. Marisa dijo que debía ser porque los chinos oyen mucho tango y milonga, y a lo mejor había aprendido castellano cantando. Ella misma, lo poco que sabía de inglés, lo había aprendido en los ciclos de rock, aunque siempre pasaran el mismo tema de las banderitas y los globos. Hacia la última media hora, el video hablaba sobre la relación de la piedra con los cuatro elementos.&lt;br /&gt;                        AGUA: horarios de baño, lluvias, aplicación de bolsa caliente o hielo para subir o bajar la temperatura e inmersión de la piedra en ácidos y alcalinos. De este capítulo me llamó la atención el momento en que el locutor, su mujer y sus dos hijos se tomaban una sopa hecha con la piedra, agua hirviendo y un sobre de Quick, y se les abría la mente hacia la desdoblación de lo sublime, zona apreciada como un remedio milagroso para reunir vínculos afectivos. "Eso es algo en lo que no hay que pensar", observó Marisa, que estaba lúcida. "Uno se levanta un mal día y dice quiénes son estos extraños que me llaman hijo, madre, padre: ese camino no lleva más que a la destrucción, como todas las preguntas sesudas". "¿Quién es usted, señora?", le digo, por jugar. Ella se tapa la cara. "¿El tiempo que llevamos en pareja la hace definitiva?, ¿El hijo que tuvimos la vuelve especial, única?, ¿Por qué seguimos juntos?"&lt;br /&gt;                        - Porque sos un cagón.&lt;br /&gt;                        La parte del FUEGO hablaba de la proximidad a las llamas y la procedencia de las mismas (no es lo mismo la llama de un encendedor que la de un leño). "¿Y la llama del amor?"&lt;br /&gt;                        - ¿Qué amor, tonto? Mirá que sos Nesquic, ¿eh?&lt;br /&gt;                        El AIRE pedía vientos, brisas, soplos, bocanadas, hálitos. "La familia es el hálito", dijo la esposa del locutor. "El oxígeno que da la vida".&lt;br /&gt;                        - ¿Oxígeno? Hacía cantidad que no oía esa palabra.&lt;br /&gt;                        Para celebrar el cuarto elemento, la TIERRA, había que hacer un pozo y enterrarla como a una papa. En realidad había que hacer tres tipos de pozos: superficial, a medio metro y a dos metros. ¿Dónde íbamos a hacer el pozo de dos metros? El video decía que el enterramiento no debía superar los diez minutos. Marisa se rió. "No sé cuánto tiempo tardarías vos en tapar y destapar esas troneras, con tu embolia habitual, pero me cabe que más".&lt;br /&gt;                        - ¿Qué embolia?&lt;br /&gt;                        - La tuya, la bobitis.&lt;br /&gt;                        - Si vos sos la que siempre está en otro estado.&lt;br /&gt;                        - Lo hago para mantener la cordurez adentro de mi casa.&lt;br /&gt;                        - ¿De qué cordura me estás hablando si es la primera vez en ocho años que te veo coordinar palabras con más o menos lógica?&lt;br /&gt;                        - ¿Qué querés decir con lo de más o menos?&lt;br /&gt;                        - Que te pasás el día a pasta corrida.&lt;br /&gt;                        - Esas son mis gárgaras, y vos mi buen afgano siempre a mano...&lt;br /&gt;           &lt;br /&gt;                        Javi quiso decirme, con su gesto piadoso, que Coca Sarli no precisaba casi cuidados, salvo cambiarle el algodón cada semana y ponerle lechuguita y semillas de girasol por las mañanas.&lt;br /&gt;                        - No puede estar. No entendés nada, vos.&lt;br /&gt;                        Él ladeó su cabeza con los ojos semicerrados. Le hablé de esta manera:&lt;br /&gt;                        - Ya sé que a la piedra hay que ventilarla y contarle cuentos cada dos horas, y atenderla como cuando vivía la abuela. Pero no quiero que pienses eso, porque la piedra no es una enferma como esa vieja.&lt;br /&gt;                        Con la mano izquierda sostuve al hamster, que hacía el máximo de movimientos para zafar, enloquecido. Con la mano derecha sostuve la yilé. Ese chico había llegado muy lejos. Ya le faltaba el respeto a su padre y a la piedra, apoyada sobre la mesa, en su horario de reposo en papel secante.&lt;br /&gt;- O la regalás, o la corto - dije.&lt;br /&gt;La violencia se me había subido como un mal whisky.&lt;br /&gt;                        - En ninguna casa aceptan mascotas que no sean piedras. Es mi regalo de cumpleaños.&lt;br /&gt;                        - Después hacéme acordar y te regalamos un camioncito.&lt;br /&gt;                        Y le hice un corte seguro desde la cola hasta el hocico, un corte profundo, del que brotaron las tripas del animal. Fue así: me quedé con el cuerpo desinflado colgando de los dedos; completé dos cortes más y las tripas cayeron en la mesa, desparramándose como un molusco. Abrí las manos y cayeron,  Coca y la yilé. Javi la colocó sobre el secante. El animal, aún vivo, hizo un intento final de escaparse, convertido en una bolsa vacía. Al moverse trazó un mapa de sangre. Caminó hasta tocar la piedra con su hocico. Después expiró. Javi vio este mapa con ojos exaltados, vio la piel desmoronándose sobre la tabla de la mesa, vio la piedra. Entonces la recogió rápidamente y se la metió en la boca, justo en el segundo en que yo comenzaba a pensar si habría actuado con justicia, o dominado por la ira.&lt;br /&gt;                        Javi hizo "glup". Se sentó en una silla, sus manitos se aferraron a los apoyabrazos de madera, su cabeza hizo una sacudida y se quedó duro como una estatua. Lo supe porque le pegué una cachetada gigante, aquella que se venía mereciendo desde hacía mucho tiempo, y fue como si le pegara a una talla de mármol. A una piedra con forma de Javi.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;                        Cuando logré despertar a la madre, era de noche.&lt;br /&gt;                        - Se quedó así, en trance - le dije.&lt;br /&gt;                        - Le exigís mucho - dijo ella.&lt;br /&gt;                        - ¡Qué hablás! ¡Se comió la piedra y endureció!&lt;br /&gt;                        Ella le acarició el pelo enrulado, que era como un césped de hierro. El cuerpo estaba un poco echado hacia delante, los talones y las rodillas pegadas y los brazos dos mástiles clavados a la silla.&lt;br /&gt;                        - ¿Qué hacemos? - grité.&lt;br /&gt;                        - Calmarnos - respondió ella, que todavía tenía las lagañas pegadas -. Y llamar al chino.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;                        El chino atendió enseguida, cuando supo que se trataba de una emergencia. Habló Marisa y yo le decía "preguntále también por tal cosa o tal otra". El chino empezó explicando que se trataba de un caso muy grave, pero que ya había sucedido una vez, con una señora que tenía una perrita pequinesa muy simpática que se había tragado, también, la piedra.&lt;br /&gt;                        - Para la Interempresa se da el juego de remanye - dijo -. Habría que hacerle un tratamiento similar, adatado a lo humano.&lt;br /&gt;                        - ¿En qué canal lo enseñan? - dijo Marisa.&lt;br /&gt;                        Puso handsfree, para que oyéramos los dos. El chino suspiró.&lt;br /&gt;                        - Observando que la gente rinde culto a la mentira y el amor con que se mira al que goza de poder, descreído, indiferente, insensible, todo niego, para mí la vida es juego de ganar o de perder.&lt;br /&gt;                        "Chino de mierda", pensé.&lt;br /&gt;                        - Hay que darle dique a nuestros profesionales del mejor nivel del mundo. Hay que internarlo, hacerle análisis en el laboratorio, en fin...&lt;br /&gt;                        - Coimero hijo de puta... - dije, ni muy bajo, ni muy alto.&lt;br /&gt;                        La voz del otro lado de la línea se inquietó.&lt;br /&gt;                        - Llegó la hora de la triste despedida...&lt;br /&gt;                        - ¡Espere, no cuelgue! - gritó Marisa - ¿Qué hacemos con Javi?&lt;br /&gt;                        - Preguntelé al dorima, que se la sabe lunga.&lt;br /&gt;                        - Pero tiene que decirme algo, señor japonés, el nene no se puede quedar enyelado como está, imaginesé...&lt;br /&gt;                        - Los curas, las bendiciones las venden, y sin que nunca proteste la gran corte celestial.&lt;br /&gt;                        Decidí calmarme e interrumpir por segunda vez, haciéndole un gesto a ella para que se quedara tranquila.&lt;br /&gt;                        - Está bien, entendí. Soy yo, de vuelta, ¿me escucha?&lt;br /&gt;                        - Perfeitamente.&lt;br /&gt;                        - Le pido disculpas, estamos muy nerviosos... Queremos saber si hay un lugar allí para internar a Javi, y lo que va a costar, porque es nuestro hijo y no lo podemos dejar así...&lt;br /&gt;                        - Por favor... - pidió ella.&lt;br /&gt;                        - Señores, a abrir el ojo y no acostarse a dormir, que en cualquier rato les llega el flete.&lt;br /&gt;                        - ¿Y cuánto va a salirnos? - insistí.&lt;br /&gt;                        - No sé, no le digo, es el primer caso humano que tenemos...&lt;br /&gt;                        - ¿Cuánto salió el perro?&lt;br /&gt;                        - Cuatromil.&lt;br /&gt;                        - ¡Eh! - me espanté -. Por esa guita compro otro perro.&lt;br /&gt;                        - Compre otro Javi - dijo, y cortó.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;                        A las tres de la madrugada tocaron el timbre. Varias veces, por si dormíamos. Marisa salió al balcón. Había dos petisos de pie junto a la entrada. Habían estacionado la camioneta sobre la vereda, como si fuera una ambulancia de urgencia.&lt;br /&gt;                        - Somos los fulanos de la vuaturé - gritó uno.&lt;br /&gt;                        Eran dos chinos adolescentes, de no más de metro veinte de estatura, vestidos con overoles. Entraron al departamento como si fuera de ellos.&lt;br /&gt;                        - Aquí tiene las boletas - dijo el otro.&lt;br /&gt;                        Una era de Intrempresas TV por cinco mil dólares, en concepto de adelanto por internación; la otra era un papel con un número: 500.&lt;br /&gt;                        - ¿Y ésto qué es? - le pregunté.&lt;br /&gt;                        - El diego del quía.&lt;br /&gt;                        Rompí el papel en dos. Marisa se apuró para decirme: "no seas oscuro, hacéle los cheques al chico", cuando el otro salió de la cocina para avisar que se lo tenían que llevar con silla y todo, porque estaba como fosilizado. Puse las dos firmas mirando cómo sacaban a Javi a la calle.&lt;br /&gt;                        - Qué baranda a pisho tienen estos nenucos - dijo Marisa.&lt;br /&gt;                        La camioneta era vieja. Los chinitos habían acomodado la silla  sobre las chapas oxidadas de la caja, y estaban atando las sogas.&lt;br /&gt;                        - Tengan cuidado... - les recomendé -. ¿Se sanará?&lt;br /&gt;                        - ¡Uf, sabés cómo ladra la pequinesa!&lt;br /&gt;                        El que manejaba se bajó de la caja. Le entregué los cheques. El otro también saltó. Se refregaba las manos en el overol. Cuando terminó de limpiarse, extendió la derecha con la palma hacia arriba. Traté de no entender.&lt;br /&gt;                        - Una meneguita para el marroco - dijo.&lt;br /&gt;                        - ¡Estoy en piyama y no tengo más plata! - grité.&lt;br /&gt;                        El que manejaba me guiñó un ojo.&lt;br /&gt;                        -  Así le evitamos los empedrados.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;                        Pusimos el teléfono sobre la mesa y nos sentamos a esperar a que nos llamaran. Yo le agarraba una mano a Marisa y ella se sirvió un vaso de agua con la otra, para tomarse las dos últimas pastillas negras del tubo.&lt;br /&gt;                        - ¿Qué son? - le dije.&lt;br /&gt;                        - Calmantes. De los nervios, hace días que no cago. La angustia rectal...&lt;br /&gt;                        En las indicaciones del producto leí "pastillas de carbón". Era increíble que ni mirara las recetas. Tal vez lo increíble era la locura que nos estaban vendiendo por TV. Habíamos perdido a nuestro hijo, lo único que nos unía de verdad. Todos queríamos ser siconautas, pero... ¿podíamos serlo? ¿tenía sentido? A las cinco cabeceé, y soñé. Me vi con el cuerpo desinflado de  Coca en la mano y la piedra en la otra, delante de Javier. Él me observaba muy quieto, calladito.&lt;br /&gt;                        - ¿Ves? - le dije - Es un tapado de piel para la piedra.&lt;br /&gt;                        Y le encajé el cuero como una funda. Apoyé el conjunto sobre el piso. Javi opinó que parecía Coca, pero más gorda y chata. A mí también me pareció. El nuevo hamster levantó su cuerpo pesado de la superficie del piso y salió corriendo a todo lo que le daban las patas.&lt;br /&gt;                       &lt;br /&gt;                        Cuando me desperté ya salía el sol. Marisa se secaba las lágrimas en un repasador. El timbre del teléfono le arrancó un estornudo. Levantó el auricular y yo volví a apretarle una mano.&lt;br /&gt;                        - ¿Cómo va? - preguntó el chino.&lt;br /&gt;                        - Re Bambi (lloré todo el tiempo). ¿Cómo está Javi?&lt;br /&gt;                        El chino carraspeó.&lt;br /&gt;                        - Joya - dijo.&lt;br /&gt;                        - Pero, pero... - dije yo, oprimiendo la tecla de handsfree - Habla el padre.&lt;br /&gt;                        "Ojo con lo que vas a decir", sugirió ella, en secreto.&lt;br /&gt;                        - Quería saber qué le hicieron a mi hijo.&lt;br /&gt;- Hermano... yo no puedo rebajarme, ni pedirle, ni rogarte...&lt;br /&gt;- ¿Y cuánto nos va a salir?&lt;br /&gt;                        - Un "mil" por año: ocho. Pedí para que les bajaran unas décimas, pero esto tiene mucho de laboratorio. Imaginensé.&lt;br /&gt;                        - Qué afano.&lt;br /&gt;                        El chino se ofendió.&lt;br /&gt;                        - ¡Pero no ves, gilito embanderado, que la razón la tiene el de más guita!&lt;br /&gt;                        Marisa volvió a aferrarse al aparato.&lt;br /&gt;                        - Javi está bien, usted me dice que está bien... ¿Cuándo podemos ir a visitarlo?&lt;br /&gt;                        - No se preocupe. Se lo mandamos para allá dentro de unas horas; está que se muere por ver a la vieja.&lt;br /&gt;                        Ella insistió:&lt;br /&gt;                        - Pero salió perfecto. Porque salió todo perfecto... ¿no?&lt;br /&gt;                        El chino dudó.&lt;br /&gt;                        - Bueno, perfeito... Perfeito es Dios.&lt;br /&gt;                        Nos quedamos mudos.&lt;br /&gt;                        - Perfeito no salió. Hay algunos detalles...&lt;br /&gt;                        - ¿Qué pasó? - gritamos juntos, desesperados.&lt;br /&gt;                        - Nada grave.&lt;br /&gt;                        - ¿Qué es, qué le pasó? ¡Cuente, por favor!&lt;br /&gt;                        - Una pavada.&lt;br /&gt;                        Nos quedamos esperando a que completara lo que había empezado.&lt;br /&gt;                        - Sus ojos se estiraron, y el mundo sigue andando - dijo, por fin.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;                        Cuando sonó el timbre de la calle ella estaba diciendo que "no daba más de kleenex", mientras se sorbía los mocos con energía.&lt;br /&gt;                        - Javi - dijo la voz detrás de la puerta, anunciándose por sobre nuestra mudez. En la TV estaban pasando el corto sin sonido de microorganismos intestinales de la Telescuela Técnica, ése que tantas veces habíamos grabado. Abrimos la puerta. Javi miraba hacia el piso. Me enjugué las lágrimas con las mangas del piyama. Tenía el pelo corto y parecía más petiso.&lt;br /&gt;                        - Le auschwitzaron las lanas - dijo Marisa, como dudando.&lt;br /&gt;                        Saltó a los brazos de su madre. En ese movimento descubrí que en su cara había un detalle que me molestaba más que el pelo.&lt;br /&gt;                        - Cómo los extrañé - dijo.&lt;br /&gt;                        No le conocíamos ese fervor. A Marisa los besos le salían entrecortados, con desconfianza.&lt;br /&gt;                        - Te vamos a comprar otro hamster...&lt;br /&gt;                        Él negó con la cabeza, que tenía el pelo, tal vez, más lacio.&lt;br /&gt;                        - Ahora me basta y sobra con la piedra, papá.&lt;br /&gt;                        Tal vez, más negro. Lo vimos salir corriendo hacia su habitación. Yo estaba perplejo: nunca antes me había dicho papá. Noté que ella estaba contenta, pero que también había percibido la diferencia. Enderezando la espalda para armarme de coraje, le dije, con el volumen bajo de un extraño acceso de sinceridad:&lt;br /&gt;                        - ¿Me equivoco, o es chino?&lt;br /&gt;                        - Es Javier - cortó ella, rotundamente -. No se hable más.&lt;br /&gt;                        Y no volvimos a hablar del tema.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;                        Con respecto a Javi, resultó estar totalmente curado; inclusive tiene más energía que antes, es saludable y gimnástico. Ama la piedra tanto o más que nosotros y se ocupa de todos sus cuidados, hasta de lustrarla. Ya estamos por cumplir los tres años de Petrona, y él solito le está preparando la fiesta. Me compré un traje de mil dólares en el programa de Coppa y Chego. Marisa piensa estrenar la nueva psilocibina inyectable vía cuello. Van a venir Lala y el marido. Aunque nuestra última puntuación marcaba los 8,95, Javi no está satisfecho. Supone que llegará a 9,50 antes de Navidad, con un talco de estrellas especial para rejuvenecerle las estrías. A través de los padres de sus nuevos amigos del colegio, comprendimos el gran esfuerzo de promoción y proselitismo que Javi lleva a cabo para satisfacer a nuestra mascota.&lt;br /&gt;                        En ocasiones me pongo a mirarlo cuando está seleccionándole programaciones de montañas en la revista del cable; veo cómo la acaricia y le canta milongas, y me agarran dudas. Pero enseguida se me pasan, porque igual somos felices. Quiero que quede claro. Somos una gran familia, más unida que nunca: Marisa, Javi y yo.&lt;br /&gt;                        Más unidos que cuando teníamos el Tamagotchi.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/14637388-266133856399725065?l=mandarinasdulces.blogspot.com'/&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/14637388/posts/default/266133856399725065'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/14637388/posts/default/266133856399725065'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://mandarinasdulces.blogspot.com/2008/05/banderitas-y-globos.html' title='BANDERITAS Y GLOBOS'/><author><name>Gus Nielsen</name><uri>http://www.blogger.com/profile/15989569316094960851</uri><email>gesnil@gmail.com</email><gd:extendedProperty xmlns:gd='http://schemas.google.com/g/2005' name='OpenSocialUserId' value='15197016212663989666'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-14637388.post-2673753168530845328</id><published>2007-11-20T11:12:00.000-03:00</published><updated>2007-11-20T11:38:52.845-03:00</updated><title type='text'>AUSCHWITZ</title><content type='html'>&lt;em&gt;Po Auschwitz poezja przestała już być możliwa.&lt;br /&gt;Theodor Adorno&lt;br /&gt;&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;1.&lt;br /&gt;Nienawidzę tego.&lt;br /&gt;Nienawidzę rozmów o niemowlętach, nienawidzę tego mlecznego zapachu niemowląt, nienawidzę bucików, śpioszków, pieluch. Nienawidzę małych dzieci, tych ich smoczków; i matek małych dzieci bezwstydnie podsuwających im cycka w miejscach publicznych, w tych opiętych stanikach.&lt;br /&gt;- Chcesz mate?&lt;br /&gt;Nienawidzę tego zioła moczonego w kubku, nienawidzę rurek przekazywanych z ust do ust, śliny zmieszanej z ciepłą wodą.&lt;br /&gt;- Papierosa? Kilka ciasteczek przez posiłkiem?&lt;br /&gt;Nienawidzę zapalniczek, dymu, niedopałków. Nienawidzę ciasteczek, tych okruchów zasypujących obrus. Nienawidzę też tej wysypki, którą widzę na jej skórze, nie wiem, co to jest, wygląda jak grubawe, cieliste piegi; nienawidzę nadmiaru ciała, celulitis, wałeczków, obwisłej skóry na ramionach; nienawidzę paprochów w pępku, za długich albo za krótkich włosów, nie zadbanych paznokci. Nienawidzę tej twojej chusteczki przewiązanej pod szyją, zaplątanej jak wąż kąsający swój ogon. Wydaje mi się brudna, brzydka. Obrzydliwa jest.&lt;br /&gt;Nienawidzę twojego głosu, zbyt wysokiego i zbyt przenikliwego, tego, że mi mówisz: „Chcesz mate?”; nienawidzę suchości twoich ramion, twojej białej twarzy, twoich oczu bez blasku, tego, że jesteś blondynką.&lt;br /&gt;Nienawidzę bałaganu w twoim domu, porozrzucanych książek, kurzu na telefonie, żółtych ubrań w ogóle, żółtego koloru i koszmarnej żółtej sukienki, którą masz na sobie, w szczególe. Obrzydza mnie ta twoja złotawa, czerwona i zielona biżuteria – taka bożonarodzeniowa. Nie cierpię twojego słodko-gorzkiego zapachu, słodkiego i przenikającego, tak słodkiego, że ciastka by nim można smarować. Nie toleruję twojej kolekcji pierścionków na dłoniach; nie znoszę twojego nazwiska: Auschwitz. Ani twojego imienia: Rosana.&lt;br /&gt;Auschwitz to nazwisko dla kogoś, kto ma katar.&lt;br /&gt;- Au… świst! – powiedział Berto ze śmiechem.&lt;br /&gt;- Płód nie ma ani jednej normalnej komórki, tak podobno powiedział jej lekarz – ona zapatrzyła się w próżnię, podczas gdy on zliczał jej piegi. – Mojej koleżance.&lt;br /&gt;Były to piegi wyglądające rakowato, a przynajmniej tak się wydawało Bertowi. Jedne purpurowe, inne różowe. Słowo „różowy” jest brzydkie, ale nie brzydsze niż ta wężowa chustka, zalatująca tanią i niewinną hipisowskością. Różowa Rosana; Rosa i Ana, Rosa plus Ana. Imiona w szeregu. Rosanita. A ona mówi do niego: „Z czego się śmiejesz, to prawda, tak jej lekarz powiedział.&lt;br /&gt;- A twoja koleżanka co?&lt;br /&gt;- Umiera ze strachu.&lt;br /&gt;Obrzydliwe było też to, że chodziła boso, po brudnej podłodze. W klubie tańczyła bez butów, a on i tak ją całował. Ale całowanie to obsesja Berta. Całowanie wszystkich kobiet, nawet nienawistnych, nawet tych, które pokazywały mu swoje zdjęcia z dzieciństwa, w śpioszkach i z bucikami, ledwie dwie godziny po tym, jak się poznali. Chciał całować wszystkie i przelecieć niektóre, przede wszystkim Żydówki, bo Żydówki mają łechtaczki pachnące mokrym psem i pośladki zawsze o krok przed ustąpieniem celulitisowi. Dlatego chodził tańczyć do Klubu Izraelskiego, żeby zaliczyć jakąś mokrą suczkę.&lt;br /&gt;W domu Rosany jej nagie stopy stanowiły nieprzyzwoitość jeszcze bardziej obrzydliwą niż fakt, że tak łatwo dała się uwieść. Piwo było za darmo, dlatego ją zaprosił. „Boli mnie gardło”, powiedziała, kiedy szarpnął jej chusteczkę, żeby ją zdjąć, podrzeć, spalić. To nie jest psia obroża, to nie jest obroża mokrej łechtaczki. „Lepiej chodźmy do ciebie, chciałbym się wykąpać”, powiedział, a ona: „Dobra”. Niepohamowana pokusa niebieskich oczu i jasnej skóry w klubie miedzianych skór i czarnych oczu; on pchał ją przez klub napierając na tyłek, pieszcząc ją językiem i palcami na siedzeniu w samochodzie, żeby ona, kiedy znaleźli się u niej w domu, powiedziała mu: „Jestem Rosanita, Rosana Auschwitz; mieszkam w tym bajzlu”. Berto tak to sobie wyobrażał, choć może trochę mniej brudne i powywracane, myśląc o tym, jak jej wbije swojego sztywnego wojaka w skórny okrąg, i oby ją bolało, oby krzyczała i krwawiła. Pragnął zobaczyć krew Auschwitz na jej prześcieradle; chciał patrzeć, jak robi knysze, te racuszki z ziemniaków i cebuli, takie pyszne i ciężkostrawne, i powiedział jej: „Zrób mi”. Wydał jej polecenie: „Zrób mi knysze”.&lt;br /&gt;W kuchni piętrzyły się talerze, pełne resztek jedzenia i karaluchów; Berto powiedział: „Nienawidzę syfu, chcę iść do łazienki” (wysrać się, wysikać, wykąpać, oczyścić się z tego wrażenia, żeby potem zgwałcić cię na twoim samotniczym łóżku). A ona, Rosanita, opowiada mu o tej swojej koleżance. „Ani jedna normalna komórka, powiedział lekarz”; o panice swojej koleżanki. Berto siedział już nagi w wannie, trzymając swojego wojaka w ręku i gotowy na prysznic; gotowy, żeby umyć sobie to, bo ta noc generalnie kręci się wokół tego; odlać się porządnie pod prysznicem, żeby pozbyć się całego tego darmowego piwa z Klubu Izraelskiego, zmieszać mocz z wodą, jakby to było wino z wodą sodową, namydlić sobie jaja, główka na zewnątrz po odciągnięciu skóry, którą nosił jak jakiś order i której żaden Żyd nie posiadał, a potem od tyłu, jego własny tunel, tak podobny do tych, które tyle razy penetrował w innych ciałach kobiet grubych i chudych, gładkich i owłosionych, czarnych i białych. Ten otwór, w który teraz Berto wciskał koniec namydlonego palca, żeby zapiekło.&lt;br /&gt;- Wiesz, że jestem Żydówką, prawda?&lt;br /&gt;Jaka kobieta, która nie jest Żydowką, umiałaby robić knysze, głupia jesteś, kotku, czy co?, moja nowa kobietka, moja Auschwitz z klubu: nie dość, że Hipiska, to głupia jeszcze jesteś, nie dość, że nosisz tę niebieską chustkę na szyi, że masz pośladki tłustawe, imię jedno na drugim, bajzel w domu, syf na podłodze, z kranu kapie ci na talerze, gdzie kiedyś leżało jedzenie z innych żydowskich kolacji, a teraz zżerają je karaluchy z apetytem na faszerowaną rybę, karaluchy także należące do wspólnoty, karaluchy jidysz?&lt;br /&gt;Berto wiedział, że dla niego – zaobserwował to już wcześniej, dawno, bo zawsze uważnie obserwował samego siebie – nie było obojętne, czy zacznie się myć od przodu czy od tyłu; wszystko podporządkowane jest wcześniejszym uwarunkowaniom, choć na początku kąpieli może zdawać się intuicyjne. Odkrył, że zaczyna od tyłu, jeśli przez prysznicem się załatwił, a zaczyna od wojaka, kiedy wcześniej się bzykał. I choć teraz nie zrobił ani jednego, ani drugiego, wydawało mu się, że jest a priori brudny, skażony samą myślą, że będzie coś robił z Rosaną-od-niebieskiej-chustki, że ją posunie bez żadnych miłosnych wstępów, nie licząc obmacywania w aucie na światłach czy buziaka przy barze w klubie; bo powiedział jej: „Chodźmy do ciebie, chcę się wykąpać”, a ona zgodziła się na to tak po prostu; bo zapytał: „Masz gumki?”, a ona przytaknęła szybko głową; bo miał się właśnie wytrzeć, a ona powiedziała mu, żeby skorzystał z jakiego chce ręcznika, ledwie dwie i pół godziny po nawiązaniu znajomości.&lt;br /&gt;W aucie złapał ją za pierś. Pozwoliła mu na to, macając go po spodniach. Smakowity kawałek mięska. Berto odchrząknął, zakaszlał, spuścił szybkę. Flegma została na skrzyżowaniu Scalabrini Ortiz i Santa Fe, na środku ulicy i pośrodku nocy. „Na pewno wmurują tu pamiątkową tablicę”, powiedział, a ona się uśmiechnęła. Berto zamknął szybę. Ta flegma to był numer, który odstraszał dziewczyny. Rosana zdawała się na nic nie reagować. Z takim nazwiskiem! Ciebie to zamykali w szkole w szafach, nie? Nauczyciele bili cię linijką po opuszkach palców? Dyrektorka wsadzała ci najgrubszą kredę w pochwę? Ona - jeden wielki uśmiech. Jedziesz cała szczęśliwa samochodem z kimś obcym, który znienawidził cię od pierwszego wejrzenia. „Masz coś do jedzenie w domu?”. Nie wiem. „Ma być: to rozkaz”. Mogę zrobić racuszki z ziemniaków. „Ziemniaków i czego jeszcze?”. Ziemniaków i smażonej cebuli. „Knysze?”. Ona zaczerwieniła się, a on wcisnął pedał gazu. Torino 380 coupe, zielony postrach przechodniów, kąsał czarną ulicę we wskazanym przez nią kierunku. Dom Rosany znajdował się o dwadzieścia przecznic od bunkra samotniczego Berto.&lt;br /&gt;- Ile mówiłaś, że masz lat?&lt;br /&gt;- Czterdzieści dwa.&lt;br /&gt;- I jesteś niezamężna czy co?&lt;br /&gt;- Rozwiedziona, głuptasie.&lt;br /&gt;Nie mów do mnie głuptasie, nie zamierzam wysłuchiwać twoich wyzwisk; natomiast mnie wolno ciebie obrażać, bo na to zasługujesz i mój wojak mi na to pozwala, bo ja jestem człowiek wojak, człowiek fiut, w twojej cipce, w twoim tyłku, w twoich ustach. W tej kolejności. Kąpiel przed, żeby się przygotować, i jeszcze jedna po, żeby się oczyścić. Berto z całej siły zakręcił kurek od prysznica.&lt;br /&gt;- Nie da się tak dokręcić, żeby nie kapało?&lt;br /&gt;- Nie.&lt;br /&gt;- Gdzie są moje buty?&lt;br /&gt;- Zjedzmy na boso.&lt;br /&gt;Usiadł między stosem książek i stosem płyt. Ona zapaliła świeczkę, nie gasząc światła. On został w samych slipach, bez koszuli. Ona nie zdjęła sobie chusteczki z szyi.&lt;br /&gt;- Takie małe zrobiłaś?&lt;br /&gt;Rosana podniosła garnek i udała, że zanosi go z powrotem do kuchni. Wiesz, że jestem Żydówką, prawda? Wziął jednego knysza; ugryzł.&lt;br /&gt;- Suchy. Brakuje soli.&lt;br /&gt;Sól siebie suchą solą, samo schnie słońcem suszone. Była w stanie znieść wszystko, być może, prócz tego, że ktoś, w jej własnym domu, siedząc między jednym stosem z jej ulubionych książek i drugim z zapomnianych płyt powiedział, że knyszom brakuje soli. Berto poznał to po jej minie. A już na pewno nie jakiś goj, zwłaszcza taki, którego poznała na zabawie w Klubie Izraelskim, ledwie trzy godziny temu, przy dźwiękach piosenek Bee Gees i popijając darmowe piwo. Wiesz, kim jestem, prawda? Rosana wycelowała tacką w stronę kapiącej i zakaraluszonej kuchni, nie przestając się uśmiechać, jak gdyby to, co robiła, ten gest zabierania knyszy, był tylko dobrym żartem. Rosana uniosła piętę prawej stopy, żeby zrobić krok przed siebie i wywalić do śmieci te ziemniaki zmieszane z cebulą, ale cofnęła ją, jakby wracając. Robiła zdziwioną minę, minę tak czy nie?, minę chcesz jeść czy nie chcesz?, minę wiesz co: to mnie zaraz będziesz wsadzał w szparę i w tyłek, to ja sprawię, że skończysz z litrem spermy w prezerwatywie, to ja będę być może chciała ci obciągnąć, bo „tylko głupi nie obciąga”, a głupi to ten, który zawsze jest zadowolony, a porządna Żydówka nigdy nie jest głupia, zwłaszcza kiedy ma zdublowane imię, zwłaszcza gdy na nazwisko ma Auschwitz; i głupi jest też ten, kto głupieje i trochę bredzi, a bredzisz tutaj tylko ty, nieznajomy, z tym twoim wojakiem na baczność, z pistoletem w kaburze; a kabura jest jak pochwa, a dobra pochwa nigdy nie zachęca do obciągania.&lt;br /&gt;- Zrobiłam je specjalnie dla ciebie, wiesz? I nie zniosę, wiesz?, żadnej krytyki.&lt;br /&gt;Trzeba by jej pokazać, jak się nawilża suche rzeczy, pomyślał Berto, za sprawą jakiegoż to błogosławionego mechanizmu świeżo wytalkowana wenus zmienia się w mokrego pieska. Trzeba by sprawdzić, czy umie to robić, czy soli się suchą solą, żeby wszystko było jak należy.&lt;br /&gt;- Moja koleżanka ma już prawie pięćdziesiątkę. Wyniki punkcji pokazały to samo.&lt;br /&gt;- Znaczy co?&lt;br /&gt;- Że wszystkie komórki są zdeformowane.&lt;br /&gt;Mina, jaką miał lekarz kiedy jej o tym mówił, być może była taka sama jak ta na twarzy Berta patrzącego na jej podniesione właśnie stopy, brudne pięty.&lt;br /&gt;- Pięćdziesiąt lat i dziecka się jej zachciewa? Po co sobie dupę zawracać?&lt;br /&gt;- Teraz można. Zastępuje się jądra komórek jajowych jądrami komórek niepłciowych. Tej samej albo innej kobiety.&lt;br /&gt;Punkcja, knysze. Proszę zrobić punkcję knyszowi, pani doktor. Ściągaj koszulę, majtki. Nie nosisz stanika? Lepiej sobie kup, bo jak nie, to któregoś dnia będziesz sobie mogła wiązać cycki jak sznurówki. He, he. To, co zaraz zrobię, droga pani, to punkcja strzykawką z ciała. I jak tam knysze? Kruche czy gumowate? Gumkę mi założysz? Bo za cholerę nie wejdę w tę pieczarę bez 0.04 nawilżonej chlorkiem benzalkonium. Żebym trochę językiem popracował? A skąd ja mam wiedzieć, kiedy ty ostatnio na bidecie siedziałaś?&lt;br /&gt;- Mówiłem ci, że jestem faszystą?&lt;br /&gt;Cisza.&lt;br /&gt;Nie zdejmiesz sobie tej chusteczki z szyi? Nie zdejmiesz? Przecież brzydko pachnie, wstrętna jest. Nie można siedzieć na golasa i z taką szmatą uwiązaną. Nienawidzę jej jeszcze bardziej niż twojego zdjęcia z dzieciństwa. Nie obchodzi mnie, że cię gardło boli. Tu jest gorąco. Ten piecyk za ostro grzeje jak na takie małe pomieszczenie.&lt;br /&gt;- Mam zgasić światło, żebyś jej nie widział?&lt;br /&gt;Chcę, żebyś ją zdjęła, wyrzuciła do śmieci, spaliła ją i nigdy, przenigdy nie zakładała sobie niczego podobnego.&lt;br /&gt;- Bez chusteczki czuję się zbyt naga.&lt;br /&gt;Z chusteczką czuję się zbyt blisko miednicy, czuję, jak uderzam w twoją miednicę wojakiem, tłokiem seksu. Wsadź i wyjmij. O taaaak… Powleczkę na poduszkę czuć było octem. Octem przyprawia się szybkie posiłki, jak ten, który właśnie przyrządzili. Od jak dawna nie zmienia pościeli? Ręce Berta naparły na materac, cofnął się, a kadet na służbie, wcześniej wojak, wyślizgnął się. Nie można pozwolić, żeby mu pękł lateksowy mundur; to jest najważniejsze: trzeba się upewnić, że tkwi na miejscu, zdjąć ostrożnie, rozciągnąć. Berto nigdy nie patrzył, czy są ślady krwi; nie patrzył też na twarz partnerki, czy, jak tym razem, coś się jej nie stało. To wszystko? Rosana objęła go. Berto jak zwykle zawiązał dwa węzły, obok siebie i ściśnięte, na prezerwatywie. Czasami ją nadmuchiwał, po weselszych bzykankach. Czasami przyglądał się swoim rybkom pływającym w białawym kremie, pod światło. Czy jeden piecyk może wydzielać tyle ciepła? Dlatego tak szybko skończył! Rosana przytuliła go jeszcze mocniej. Poczuł jej pierścionki na plecach. „Nieważne, nieważne”, szeptała. Co nieważne? „Nic, śpij już, mój ty zabawkowy faszysto”. Berto nie wiedział, jak odpowiedzieć. Jak się odpowiada na taką zniewagę? Ma na nią nakrzyczeć, uderzyć ją, czy zapomnieć? Ro-sana, nudzi od rana. Powinien znowu spróbować? To jej wina, bo zrobiła koszmarne knysze, bo nie naprawia cieknących rur, bo nosi za dużo pierścionków, bo nie myje stóp przed położeniem się do łóżka i nie ściąga chusteczki z szyi. Mogło być gorzej, ale ciała, co się nie znają, witając się żegnają.&lt;br /&gt;Ona oparła się dłonią o jego uśpionego poborowego, wychylając się, żeby zgasić światło. „I tak niczego nie oczekiwałam”, dodała. On rzucił zużytą prezerwatywę, która wylądowała na jakiejś półce albo abażurze nocnej lampki. Żydowska Hipiska i zabawkowy faszysta. Niech się cieszy, że nie ma odbycie tego, co teraz trzyma w ręku! Berto na wszelki wypadek wolał się nie odzywać, gdyby jednak wolała mieć go w tyłku, a nie gładzić ręką. Takie pieszczoty działały usypiająco, być może inaczej by nie zasnął, pomyślał: ciemność w pokoju pozostawiała wiele do życzenia, księżycowe światło wdzierało się przez okno pozbawione rolet czy zasłon. Rano będzie nieznośnie jasno, pomyślał. No i jeszcze ten żar piecyka.&lt;br /&gt;- Nie można zmniejszyć grzania?&lt;br /&gt;- Straszny ze mnie zmarzluch.&lt;br /&gt;I to ciągłe kapanie z kranu. W kuchni powodowało specyficzny hałas, krople uderzające w powierzchnię wody; w łazience inaczej, odgłos bębnienia w obłupaną porcelanę umywalki; jeszcze inaczej, jak jakiś aplauz, pod prysznicem, spotęgowane przestrzenią wanny.&lt;br /&gt;Do kapania dołączyło tykanie zegara. Berto miał dwa złociste kręgi odbite w źrenicach, dwa zapalone reflektory swojego torino coupe 380, zielonego postrachu przechodniów; każde oko jak reflektor, zapalające się na przemian, tik-tak, jakby przekręcał ciało to w jedną, to w drugą stronę, na tym niewygodnym łóżku, i jakby musiał ciągle mrugać okiem.&lt;br /&gt;Udało mu się na chwilę zasnąć, może jakieś dwanaście czy piętnaście minut: był kompletnie zlany potem, chciało mu się pić i szczypało go w oczy. Usiadł i zapalił lampkę na stoliku. Obok niego leżała rozwalona, bez ruchu, gospodyni. Cała w pierścionkach i z chusteczką; ciało rozciągnięte jak u jaszczurki, pośladki rozlane. Obróciła się; jej sutki były jak dwa owady. Ściany pokoju zastawione były półkami; książki emanowały jeszcze kwaśniejszą wonią niż prześcieradło; być może bardziej ludzką niż woń samej kobiety. Jej ciało zaprotestowało i jej ręka wynurzyła się spod poduszki, jak gotowe do ucieczki zwierzę. Jej palce dotknęły wyłącznika. Lampka zadygotała i zaraz zgasła. Berto wyjrzał przez pozbawione rolet okno. Podwórko było małe, a chwasty pleniły się nieokiełznane. Księżyc w pełni oświetlał wszystkie zakamarki. Była piąta piętnaście rano. Od miesięcy nikt tu nie kosił trawy.&lt;br /&gt;Przesunął językiem po wargach. Chropowate jak papier ścierny. Jak usta Rosany; sama mu to powiedziała w Klubie Izraelskim, kiedy wychodzili na zewnątrz. Potem widział, jak je sobie maluje i pyta, czy mają niedobry smak. Byli już w torino coupe, zielonym postrachem przechodniów, siedzieli, całowali się starannie.&lt;br /&gt;- Niedobry smak, ale czego?&lt;br /&gt;- Bo to jest lekarstwo.&lt;br /&gt;Powiedziała, że ma chorobę, jakieś zapalenie warg (wyjęła długopis z obgryzioną końcówką i napisała mu łacińską nazwę „cheilitis” na paczce Marlboro, żeby realistyczniej zabrzmiało). Dlatego nie może nikogo całować, jeśli sobie wcześniej nie nałoży tej maści. Kiedy całuje bez maści, pękają jej wargi. Berto pomyślał, że nigdy jej nie widział bez tej maści, ani teraz, kiedy śpi, ani wcześniej, przed wejściem do auta, więc próbował przyjrzeć się jej twarzy w księżycowym świetle. Wargi Rosany były tak zmaltretowane jak jego. Zaczął się zastanawiać, czy przez dotyk nie zaraził się tą chorobą. Nigdy nie powinien był przykładać swoich warg do jej ust. Wyszedł z pokoju; szedł jak lunatyk; wpakował się do łazienki.&lt;br /&gt;Z kurków kapało w najlepsze. Ten na umywalką, na przykład, miał przekręcony gwint, więc nawet po zakręceniu zawsze z niego ciekło. Być może Rosana tak mocno grzała piecykiem, bo miała nadzieje, że krople wyparują zanim uderzą w zlew. Po umyciu twarzy Berto zakręcił kurek tak mocno, jak potrafił. W lustrze zobaczył swoje gniewnie podkrążone oczy. Kiedy jakiś Żyd mu się sprzeciwiał, zawsze robił się bardziej antysemicki. Jeśli to była kobieta, tym gorzej. Jeśli miała cieknący kran, jeszcze gorzej.&lt;br /&gt;Gorąc piecyka docierał nawet do kuchni. Światło nie działało. Berto przysiadł na stołku. Otworzył lodówkę. Lampka w środku emanowała intensywnym blaskiem, że aż zamrugał oczami. Knysze wciąż leżały na tacce; był tam też słoik z majonezem z zerwaną etykietką, zjedzony w połowie psujący się deser budyniowy, kawałek masła z dwiema wbitymi weń łyżeczkami, niemal pusty dzbanek z sokiem z grejpfruta. Wsadził sobie jednego knysza do ust: był zimny, obrzydliwy. Wypluł, chwycił palcami wypluty kawałek i przykleił do reszty klusek tak, żeby nie było widać. Wypił łyk z dzbanka i nie był to, jak mu się zdawało, sok z grejpfruta, tylko dietetyczny ananas, z proszku. Wypluł wszystko. Szuflada na warzywa pełna była pomarańczy.&lt;br /&gt;Otwarta lodówka nie była w stanie obniżyć temperatury otoczenia. Berto uchylił też drzwiczki od zamrażarki. Suche zimno osiadło na jego twarzy jak odświeżająca maska. Otoczył oczy. Wewnątrz widać było dwa pojemniki do robienia kostek lodu, jeden na drugim, jak kromki chleba lodowatej kanapki. Między nimi leżało coś cienkiego i nierównego, co uniemożliwiało górnemu pojemnikowi dokładne dopasowanie się do dolnego. Berto lubił uporządkowane rzeczy; jeśli coś uniemożliwia dopasowanie, powinno się to usunąć. Podniósł górny pojemnik. Ostrożnie i z ciekawością chwycił za skórkę szynki oddzielającej kromki. Usta wykrzywiły mu się ze zdziwienia. Szynka okazała się cieniutkim importowanym lateksem; 0.04 jak skóra nie nadmuchanego balonu. Z jego zamarzającymi plemnikami. Węzły były dokładnie takie, jakie zawiązał – dwa, jeden za drugim, mocne. Ukrył prezerwatywę w dłoniach. Zamknął drzwiczki.&lt;br /&gt;Co to tu robi? Wstała, żeby to schować? Kiedy? Po co to zamroziła? Kto jej pozwolił? Prezerwatywie było jeszcze trudniej niż Bertowi odzyskać utracone ciepło. Zaczął na nią chuchać. Musiał stamtąd jak najszybciej wyjść. Umyć twarz i uciec. Dreszcz przebiegł mu po plecach. To był jedyny chłód, jaki czuł po zamknięci drzwi lodówki. Po ciemku namacał kurek nad zlewem i poruszył stosem naczyń. Ruszające się naczynia zaskrzypiały jak okno w filmie grozy. Bertowi udało się złapać kilka talerzy w powietrzu. Dwa wylądowały na podłodze; okrągła metalowa tacka rąbnęła o stół i zawirowała jak bąk. Tłukące się talerze narobiły takiego hałasu, że aż podskoczył. Nie trafiły go żadne odłamki porcelany, ale resztki jedzenia owszem. Nadepnął na coś, co mogło być kawałkiem mięsa albo zdechłą myszą.&lt;br /&gt;Rosana zapaliła światło przy łóżku. Berto wyszedł z kuchni pocierając piętami o podłogę, żeby je wyczyścić. Nogi miał pochlapane jakąś zieloną galaretką. „Co się dzieje?”, zapytała ona, podnosząc się ze snu. Czy ona naprawdę przykryła się tą zimową kołdrą mimo takiego gorąca? Berto podniósł swoją koszulę i spodnie z podłogi i wyczyścił sobie stopę krawędzią kołdry.&lt;br /&gt;- Idę – powiedział.&lt;br /&gt;- Dlaczego?&lt;br /&gt;- Bo się wkurzyłem.&lt;br /&gt;Wtedy Rosana otwarła szeroko oczy, przecierając je, żeby zrozumieć, co się dzieje. Jakim prawem budził ją nim jeszcze zadzwonił budzik? Przecież dała mu wszystko, swoje knysze, swoją łazienkę, swoje łóżko a nawet swoje ciało. A on co jej zaoferował w zamian? Pogardę, niechęć, impotencję? Rosana powiedziała „impotencja” z impetem, jakby powiedziała „postęp” albo „przyszłość”, albo inne ważne słowo. Jakby powiedziała „porażka”.&lt;br /&gt;- Co ty mi mówisz, że jestem impotentem? Chyba cię popieprzyło?&lt;br /&gt;- Niczego nie poczułam, tępaku.&lt;br /&gt;- Co najwyżej to przedwczesny wytrysk… Impotencja to coś innego. – I dodał bez wahania: - Jeśli niczego nie poczułaś, to dlatego, że jesteś oziębła…&lt;br /&gt;Założył sobie skarpetki, spodnie.&lt;br /&gt;- No tego jeszcze nie słyszałam! – zawołała Rosana. – Skończyłeś w sekundę… Co ja miałam poczuć w sekundę?&lt;br /&gt;Berto ukląkł na łóżku. Nie patrząc na nią, powiedział:&lt;br /&gt;- I to ci może daje prawo, żeby kraść moje nasienie?&lt;br /&gt;Ona zamilkła na chwilę.&lt;br /&gt;- Jakie nasienie, co ty gadasz?&lt;br /&gt;- Gdzie są moje buty?&lt;br /&gt;- Jakie nasienie, do cholery? – powtórzyła.&lt;br /&gt;On znowu wstał.&lt;br /&gt;- Nie udawaj teraz głupiej. Po cholerę ci moja prezerwatywa, co?&lt;br /&gt;- Jaka twoja, moja jest! Ja kupiłam…&lt;br /&gt;- Ale to, co jest w środku, należy do mnie, jasne? I nie rozumiem, po jakiego diabła wsadziłaś to sobie do zamrażarki…&lt;br /&gt;Rosana zrobiła minę, że nie rozumie, o czym on mówi.&lt;br /&gt;- Do zamrażarki?&lt;br /&gt;- Między dwa pojemniki na lód.&lt;br /&gt;- Zużytą gumkę?&lt;br /&gt;- Tę – powiedział wyciągając jej prezerwatywę przed twarz. – No i co teraz powiesz, hę?&lt;br /&gt;Poprawiła stopą podwinięty róg prześcieradła.&lt;br /&gt;- A skąd wiesz, że twoja? – zapytała.&lt;br /&gt;- Ma moje węzły.&lt;br /&gt;- Prawie wszyscy faceci wiążą węzły.&lt;br /&gt;- Ale nie dwa i nie takie. Nauczyłem się w wojsku.&lt;br /&gt;Zaśmiała się. On dodał:&lt;br /&gt;- Poza tym jeśli to nie moja, to gdzie ta jest moja?&lt;br /&gt;Oboje spojrzeli na abażur lampki nocnej.&lt;br /&gt;- Wziąłeś ją – powiedziała Rosana wskazując na jego dłonie. – No tu: ty ją masz.&lt;br /&gt;- Wziąłem ją, ale z zamrażarki – powiedział Berto. – Jest zimna.&lt;br /&gt;Ona zagryzła wargę.&lt;br /&gt;- Czego to trzeba się nasłuchać… Żołnierz nie umie się bzykać, ale zawiązuje sobie gumkę w niepowtarzalny sposób i mierzy jej temperaturę… - powiedziała. – Niesamowity jesteś. Chodź, kładź się.&lt;br /&gt;- Nie że nie umie się bzykać, bo to przez tę twoją chustkę, piecyk, te krany…&lt;br /&gt;Rosana podciągnęła kołdrę, żeby się przykryć.&lt;br /&gt;- No nic, widać, że się starasz, żebym cię nie zapomniała… - stwierdziła.&lt;br /&gt;- Prowokujesz mnie? – zareagował Berto.&lt;br /&gt;- Troszeczkę. Wyglądasz na takiego, co to jak mu fiut nie stanie, to serce zrobi to na pewno.&lt;br /&gt;- Chcesz, żebym ci przywalił?&lt;br /&gt;Rosana zamilkła. On zaczął przechadzać się po pokoju jak tygrys w klatce. Uderzał pięścią w drugą dłoń.&lt;br /&gt;- Nie wiesz, kim jestem; niczego o mnie nie wiesz…&lt;br /&gt;Twarz mu poczerwieniała.&lt;br /&gt;- Co zamierzałaś zrobić? Odpowiadaj! Czego chciałaś?&lt;br /&gt;- Tego samego, czego teraz chcę: spać – odpowiedziała rozciągając się ponownie na materacu.&lt;br /&gt;- Wygląda na to, że nie przez całą noc chciałaś spać. W jakimś momencie zachciało ci się bawić w eksperymenty…&lt;br /&gt;- Co ty gadasz, jakie eksperymenty… - Rosana poklepała niezajętą poduszkę dłonią pełną pierścionków ponawiając zaproszenie. – No chodź, daj spokój… O jakich ty gadasz eksperymentach?&lt;br /&gt;Berto nie odzywał się.&lt;br /&gt;- Nie wiem – powiedział. – Ty mi wytłumacz.&lt;br /&gt;- Co ci mam tłumaczyć?&lt;br /&gt;- Co zamierzałaś zrobić z moją pełną prezerwatywą. Z moją świeżo udojoną spermą.&lt;br /&gt;Rosana zamrugała i przetarła twarz dłonią. Próbowała się podnieść. „Nie rozumiem, o jakiej spermie mi tu opowiadasz…”, odpowiedziała i zaraz ziewnęła. Ziewnięcie było tak długie, że starczyło mu czasu na schowanie prezerwatywy w kieszeni i wyjście na korytarz.&lt;br /&gt;- Gdzie schowałaś moje buty?&lt;br /&gt;Do jadalni wdzierało się światło poranka jeszcze silniejsze niż to w sypialni. Lekki wiatr poruszał trawami na zewnątrz. Ona wstała i podeszła do Berta od tyłu, objęła go.&lt;br /&gt;- Nie jestem wariatem, jasne? Jesteś jedyną osobą oprócz mnie w tym mieszkaniu. Ja jej tam nie włożyłem. Więc to musiałaś być ty.&lt;br /&gt;Ramiona Rosany zacisnęły się na jego piersi.&lt;br /&gt;- A może pogadamy, jak zadzwoni budzik? – zasugerowała.&lt;br /&gt;- Nie. Musisz mi wyjaśnić, co jest grane.&lt;br /&gt;- Teraz?&lt;br /&gt;- Tak.&lt;br /&gt;Puściła go. Obrócił się i stanęli twarzami do siebie. Miała urażoną minę. Pogroziła mu wskazującym palcem, wyprostowanym i oskarżycielskim. Tylko na tym palcu miała trzy pierścionki.&lt;br /&gt;- Sądzisz, że tylko ty używasz gumek w moim domu? Wydaje ci się, że byłam taka łatwa, bo jesteś jakiś szczególny?&lt;br /&gt;Berto spuścił głowę.&lt;br /&gt;- Co noc zaliczam jakiegoś faceta; jeśli nie wierzysz, idź sobie sprawdź w koszu na śmieci. Nawet się nie fatyguję z wynoszeniem śmieci, żeby następny nie widział tych gumek…&lt;br /&gt;Berto miał wrażenie, że rytm kapania spowolniał, że gorąco coraz bardziej przedłużało ciszę między tymi małymi eksplozjami. Ona nagle się uśmiechnęła.&lt;br /&gt;- Bardzo mi się podobało z tobą – powiedziała. – Jutro; a właściwie za chwilę, będziemy musieli wstać. Proszę, bądźmy rozsądni i wracajmy do łóżka, bo już się robi jasno.&lt;br /&gt;Berto nie ruszył się z miejsca.&lt;br /&gt;- Proszę – powtórzyła. – Potem będzie nowy dzień.&lt;br /&gt;- I wtedy mi wyjaśnisz?&lt;br /&gt;Rosana wzruszyła ramionami, jakby mówiąc, że tu nie ma niczego do wyjaśniania; ale powiedziała:&lt;br /&gt;- Dobra.&lt;br /&gt;Berto poszedł do łóżka z półprzymkniętymi oczami. Rozebrał się szybko; krople kapały tak rzadko, że wydało mu się, że przestały. Ostatnie, co zobaczył, to jego spodnie na stoliku i Rosana, naga i z chusteczką na szyi, wieszająca koc na pozbawionym rolet oknie. W pokoju zapadła ciemność. Usłyszał, jak ona zamyka drzwi i poczuł ciało kładące się obok. Wtedy wplątał się w ramiona i chude nogi kobiety, żeby dla pewności unieruchomić ją na czas snu. Wojak przybrał bojową postawę pod wpływem bliskości i choć ona wydała z siebie „Mnnn…”, Berto nie chciał tego usłyszeć. Zamierzał zbudzić się tylko jeśli zobaczy, że ona grzebie mu w wiszących na stoliku spodniach. A w tym celu ona musiałaby się wyplątać, wstać, obrócić, wziąć spodnie, potrząsnąć nimi, znów położyć się do łóżka, ponownie wplątać, udawać, że śpi. Berto udało się osiągnąć taki spokój, że nawet przyśnił mu się sen. Brzydki sen, jak wszystko w tym domu.&lt;br /&gt;Stał paląc na balkonie swojego mieszkania, spokojnie, kiedy nagle dobiegł go szczęk kluczy otwierających drzwi wejściowe. Nikt prócz niego nie posiadał tych kluczy. Złodzieje. Położył palącego się papierosa na parapecie. Drzwi się uchyliły. Pojawił się w nich mężczyzna identyczny jak Berto. Miał taki sam breloczek z piłeczką obitą pinezkami, ubrany był tak samo, marszczył czoło z takim samym niesmakiem. Zatrzasnął drzwi jednym ruchem i ruszył prosto na balkon, żeby wyrzucić niedopałek przypalający mu już palce, na ciasne i wąskie podwórko. Papieros w przelocie otarł się o ucho Berta.&lt;br /&gt;Zbudził się przestraszony. Ktoś stał obok łóżka w ciemności. Wyczuwał ruch. Pomyślał o swoim sobowtórze ze snu, z którym spotkał się twarzą w twarz, jak z odbiciem w lustrze. Namacał jej ciało, leżała obok, zaplątana, spała. Poczuł, że za jego plecami powietrze porusza się szybko, jakby napędzał je wentylator o ludzkim śmigle. Sięgnął ręką w stronę koca udającego zasłonę i coś – roślina?, zwierzę?, człowiek? – musnęło jego palce w mroku. To coś było żywe i emitowało więcej ciepła niż piecyk, było bardziej spocone niż ciało samego Berta. Wielki kot, pomyślał, ale bez sierści i z gęsią skórką. Wszystko to zdążył poczuć w trakcie tego błyskawicznego muśnięcia trwającego ledwie sekundę? Ubranie upadło na ziemię i wreszcie okrzyk wyrwał się z gardła Berta, który wstał i szarpnięciem zerwał koc.&lt;br /&gt;Światło wypełniło wszystkie zakamarki pomieszczenia, jak jakiś detektyw szukający zabójcy. Rosana się obudziła. Berto nie przestawał powtarzać: „Ktoś tu był?”; znów się ubierał i krzyczał rozgorączkowany: „Ktoś, ktoś”. Od gorąca pękała mu głowa. „Dotknąłem go”. Ona wstała. Zasłaniając się prześcieradłem poszła do jadalni, wyjrzała na podwórko, sprawdziła w łazience i kuchni i wróciła do sypialni z podkrążonymi oczami.&lt;br /&gt;- Nikogo nie ma – powiedziała.&lt;br /&gt;- Ale ja go dotknąłem – mamrotał. – Był tu…&lt;br /&gt;- Mieszkam sama.&lt;br /&gt;- Ale ktoś tu był…&lt;br /&gt;- Gdzie?&lt;br /&gt;Twarz wykrzywił mu grymas desperacji. Był już ubrany. Nawet buty miał założone.&lt;br /&gt;- Poszedł sobie? – zapytał.&lt;br /&gt;Rosana westchnęła przeciągle. Prawie nie zmrużyła oka.&lt;br /&gt;- Dobra, idę – powiedział.&lt;br /&gt;Odprowadziła go do drzwi. Nacisnęła klamkę dłonią pełną pierścionków. Berto przystanął na chwilę, żeby namyślić się, czy może prowadzić auto czy nie. W tym stanie. Przez uchylone drzwi widać było część dachu torino coupe 380, zielonego postrachu przechodniów.&lt;br /&gt;- Cześć – powiedziała Rosana.&lt;br /&gt;Berto nawet nie odpowiedział. Wyszedł do ogródka porośniętego daliami i hortensjami, przeszedł przez furtkę między dwoma słupami zwieńczonymi betonowymi krasnalami. Krasnale pomalowano na biało. Namacał klucze w kieszeni, namacał portfel. Były na miejscu. Otworzył drzwi samochodu, wsiadł, zapalił. Pierwsze światła, po trzech przecznicach, zaskoczyły go. Wyhamował już na pasach dla pieszych. Wsunął dłonie do kieszeni, aż do dna. Pociągnął za podszewki, jedną po drugiej. Nie wszystko było na swoim miejscu. Brakowało prezerwatywy.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;Traducción Tomasz Pindel&lt;/em&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/14637388-2673753168530845328?l=mandarinasdulces.blogspot.com'/&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/14637388/posts/default/2673753168530845328'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/14637388/posts/default/2673753168530845328'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://mandarinasdulces.blogspot.com/2007/11/auschwitz.html' title='AUSCHWITZ'/><author><name>Gus Nielsen</name><uri>http://www.blogger.com/profile/15989569316094960851</uri><email>gesnil@gmail.com</email><gd:extendedProperty xmlns:gd='http://schemas.google.com/g/2005' name='OpenSocialUserId' value='15197016212663989666'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-14637388.post-4049691998202547916</id><published>2007-09-05T19:43:00.000-03:00</published><updated>2007-09-05T01:20:29.560-03:00</updated><title type='text'>DENTRO E FUORI</title><content type='html'>Il primo sogno lo feci il giorno che cominciai a lavorare da Gomez. Andavo sul mezzanino con una scala di legno. Accendevo la luce: era come una soffitta con robaccia, casse chiuse, ventilatori e bauli. Andavo su per cercare una gabbia come quelle che c’erano sul pavimento, impilate contro la parete destra della stanza. Le gabbie erano coperte da un lenzuolo sporco.&lt;br /&gt;Strappai via il lenzuolo. Dietro le sbarre, inaspettatamente, vidi degli uccelli morti. Stecchiti, decomposti. Fu disgustoso, perché mi resi conto che le gabbie erano state messe via mentre gli uccelli pigolavano e che, dopo, sono morti di fame e oscurità e si sono decomposti sul fondo di latta. Dentro. Pensai alla follia di quegli uccelli. Lo raccontai a Gomez, ma non stette ad ascoltarmi.&lt;br /&gt;Anche lavare il primo bobi fu un’esperienza disgustosa. Mi ero presentato per quel lavoro senza sapere di che si trattasse, al limite della fame e senza un centesimo. La paga era eccellente e il lavoro sembrava facile. Chi avrebbe mai sospettato di quei sogni? Quando terminai di lavare il primo, credetti che sarebbe stato impossibile rifarlo. E fu sempre così, ogni volta. “Non devi pensarci”, mi diceva Gomez. Era il proprietario dell’impresa, veniva sempre in completo e cravatta nera, con la pelata lucida, lucida. Come se la ungesse con olio.&lt;br /&gt;-Non devi pensarci. Prima sono stati esseri umani, ma adesso sono oggetti. Io ho cominciato come voi, e sono ancora qui. Qualcuno lo deve pur fare.&lt;br /&gt;Passò una barella con un corpo nudo coperto da un telo di plastica. Era un’anziana. Riuscii a vedere che aveva del sangue rappreso sotto il naso. L’uomo che spingeva la barella era nero. Mi guardò e rise (forse l’impressione che si rifletteva sul mio viso lo faceva ridere). Gomez fece scivolare la mano sotto il telo e diede dei colpetti sul ventre flaccido della vecchia. Il corpo vibrò.&lt;br /&gt;-Anibal – disse al ragazzo -, lasciamela bella come una sposa.&lt;br /&gt;E diede dei colpetti anche sulla spalla di Anibal.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Scoprii che Anibal rideva sempre. A prima vista sembrava essere un ragazzo grossolano e trasandato, alla fine risultò essere un buon collega. Mi spiegò un po’ di cose. Solitamente sono molto riservato e diffido degli estranei come del diavolo; ma con lui intavolai una relazione immediata. La sua risata sembrava orribile, malefica, ma forse era il male minore tra tutti quei mali.&lt;br /&gt;Il sogno cominciò a ripetersi (era già la terza volta che lo facevo). Lo raccontai ad Anibal. Rise e mi disse di non farci caso.&lt;br /&gt;-A volte si vedono delle cose – mi spiegò – ma non bisogna crederci. Le cose sembrano peggiori di quello che sono.&lt;br /&gt;Entrammo nel laboratorio che mi era stato assegnato e le gambe cominciarono a tremarmi per l’eccitazione.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Restai solo. In quella stanza c’erano varie cose: un tavolinetto rivestito in formica imitazione legno, un lavabo, una grande vasca di ghisa, cinque barattoli, un flacone di disinfettante e il cadavere di un uomo nudo. I barattoli erano allineati lungo il bordo della vasca; il bobi stava dentro. Aprii il rubinetto. L’acqua colpì lo stomaco e mi sembrò di vedere una leggera contrazione della pelle. Il getto, massiccio e perforante, scavò una fossa a pochi centimetri dal suo ombelico, tanto che sembrava averne due.&lt;br /&gt;Era un dettaglio strano. La pelle si corrucciava in pieghette, come le onde che si formano sulla superficie dell’acqua quando si tira un sasso. Era un morto piccolo e grasso, tipo Gomez. Aveva una cicatrice al basso ventre, risalente a qualche operazione, e pochissimi capelli. Rimasi a guardarlo per un bel po’, seduto sul bordo della vasca. M’immaginai fosse un ragioniere, ma sulla cartellina figurava solo il motivo della morte, scritto a mano. Non mi sforzai di leggerlo. Non mi interessava minimamente della morte, ero lì perché semplicemente non avevo trovato un altro lavoro. Era impossibile trovare qualcosa di più dignitoso. E adesso ti pulisco le ascelle, ciccio. Anibal mi raccontò di quando gli toccò lavare il portiere del suo palazzo. Solo una settimana prima si erano scontrati per non so quale sciocchezza degli ascensori; il portiere aveva gridato fino a seccarsi la gola.&lt;br /&gt;-E poi vedi... – disse. Sorrideva parlando. – Prima o poi, passano per la spazzola di Anibal.&lt;br /&gt;Come se lui fosse eterno, un po’ Dio. Strinsi la spazzola con furia, per non morire mai.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Un bobi è pelle, ossa e tempo. Un bobi è poco tempo. È sgretolamento, putredine.&lt;br /&gt;Mentre me lo diceva sfregava la forchetta contro il coltello. Quel momento era come un rito, ed era obbligatorio che tutti quelli che pulivano passassero da lui. Aveva spezzettato la bistecca in piccoli pezzi e si portava quei pezzetti alla bocca, insieme a una patata o una rondella di pomodoro che pescava direttamente dal vassoio.&lt;br /&gt;-Un bobi è come un sacco di plastica della spazzatura. La pelle è il sacco. Il nostro compito è mostrare agli altri che il sacco è pulito come la neve. Che il contenuto non danneggia l’aspetto. Tutti sanno che dentro c’è la spazzatura. Ma quello è argomento per i vermi. I vermi divoreranno questa spazzatura.&lt;br /&gt;Sentivo il suo masticare, e Gomez sembrava il re dei vermi, mentre divorava quella carne putrida.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;“Mi avvicino alle gabbie coperte. La luce della soffitta lampeggia indecisa se mostrarmi quello che accadrà, quel che vedrò. Io non sospetto nulla. Le gabbie messe via sempre si coprono con un telo. A sua volta, con il tempo, la polvere coprirà il telo. Questa per esempio (è bianca, grigia, marrone?). Le dita mi si irrigidiscono al contatto con quella sostanza. Scorro il telo. Gli uccelli, sul pavimento di latta della gabbia, dormono il loro sonno eterno con i becchi aperti.”&lt;br /&gt;Apro gli occhi. Ho le mani immerse dentro la vasca piena di acqua sporca. Tolgo il tappo. Nessuno sta guardando. Se so che mi stanno guardando non visualizzo una sola immagine.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Come galleggiano i morti? Che domanda. Spingendo con le mani nel mezzo della testa di questo frate (lo chiamo “frate” perché ha un circolo senza capelli e dei capelli abbastanza lunghi sui lati), lo sommergo fino a farlo sparire. I capelli che coprono le sue orecchie e la nuca mostrano un timido movimento. Galleggiano più placidamente del resto del corpo, come dicendo “sì, noi ne abbiamo ancora per un bel po’”. Quando allento la spinta, il corpo riprende la posizione iniziale.&lt;br /&gt;Anche se mi hanno proibito di fare questa cosa di sommergere le teste, continuo a farlo. Quando si è soli, uno fa quanto gli è possibile per sfuggire alle regole.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La cosa più difficile è girarli. Annibal mi aveva detto: chiamami che ti aiuto. Mi era toccato un vecchio malmesso con metastasi multipla. Mi dava repulsione, e pensare che l’avevo già lavato. Credo che la cosa che mi faceva più schifo fosse sapere che aveva un cancro dentro. Come se il cancro fosse una bestia che da un momento all’altro potesse uscire dalla bocca e mordermi un braccio, contagiandomi la sua rabbia.&lt;br /&gt;Quando andai a cercare Anibal nel suo laboratorio, lui stava lavando una ragazza. Mi arrabbiai, perché mi resi conto che a me passavano i peggiori. Gli chiesi se non si vergognava. L’acqua insaponata lasciava intravedere i seni eretti della ragazzina. Avrà avuto venticinque anni.&lt;br /&gt;-Ah sì?- disse- Guarda che belle gambe che ha.&lt;br /&gt;Sommersi le mani nell’acqua fino a toccare il fondo della vasca.&lt;br /&gt;-Incidente di treno – concluse Anibal-. Si è dissanguata sulle rotaie.&lt;br /&gt;L’avevano legata per i moncherini con un tirante incrociato sul petto, in modo che la testa restasse fuori dalla vasca.&lt;br /&gt;Stavo tremando quando entrammo nel mio laboratorio. Anibal mi aiutò a girare il vecchio. Continuava a cagarsi addosso. Mi disse:&lt;br /&gt;-Olio di gomito, solo questo, collega- e mi passò la spazzola.&lt;br /&gt;Si riferiva al fatto che dovevo pulirlo dalla merda raschiandogli la pelle. Non riuscii.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;“È una vecchietta molto dolce e sta piegata come una nonnina, dentro la vasca. L’acqua è tiepida. L’espressione mi ricorda mia nonna, o forse una vicina di mia nonna. Le labbra sono incollate. Il mento sfiora la superficie dell’acqua. Le verso colonia da uno dei barattoli: lavanda. Così sembra che sia più contenta, ma non lo è. È morta. Che gran furba. Devo aspettarmi parole dalla sua bocca di donna? Che mi racconti della sua vita, dei suoi figli e dei suoi amori? Tutto resta quieto, oscillando sull’acqua come la spazzola; quasi quieto. Che mi racconti di quel maschione che per la prima volta le succhiò queste tette penzolanti, questi due nidi abbandonati. Ma la sua bocca resta muta e il suo udito non risponde alla mia richiesta vicino il suo volto; io che mi bagno il mento nella sua acqua ultima. In quell’acqua che il suo tatto non sente. Nell’acqua che fu.”&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Vidi Anibal parlare con il marito della ragazza che sembrava disperato. Si afferrava la testa con le mani e Anibal cercava di calmarlo. Fu proprio quando stavo per andarmene, stavo timbrando il cartellino, che sentii che gli diceva parole di conforto. L’uomo avrà avuto trenta anni e i nervi di uno squilibrato. Improvvisamente si girò e uscì correndo. Ne approfittai per salutare il mio collega che sorrideva.&lt;br /&gt;-Sempre sorridente – gli dissi.&lt;br /&gt;-Sì – disse lui.&lt;br /&gt;-E quello? Lo hai spaventato?&lt;br /&gt;-Come?&lt;br /&gt;-Quello che è uscito correndo.&lt;br /&gt;-Era il marito di quella del treno.&lt;br /&gt;-L’avevo capito.&lt;br /&gt;Infilai le mani nelle tasche e lui fece spallucce, tirando fuori il petto. Con un orgoglio inspiegabile, disse:&lt;br /&gt;-Non sa che anch’io l’ho vista nuda.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;C’era un gruppetto che affermava si essere scopato due o tre bobi, senza nessuno scrupolo. A me sembrava un argomento sinistro. Gomez non gli dava importanza. Lui osservava la vita dalla sua cravattina e, fin quando i soldi entravano, la sessualità del suo personale non lo riguardava. Anche se per me non si trattava di un problema strettamente etico, ma molto di più. Riguardava lo schifo nel suo senso più ampio.&lt;br /&gt;-Inoltre – aggiunse uno dei nostri colleghi, uno così magro che sembrava non avere carne sulle ossa-, una volta si è scopato un ragazzino di quattordici anni. Un ragazzino morto di leucemia.&lt;br /&gt;Lo guardai terrorizzato. Il tipo confermava qualsiasi sparata dicesse quello magro o Anibal. Faceva sì con la testa. Dissi:&lt;br /&gt;-Deve essere brutto.&lt;br /&gt;Il tipo fece una faccia indifferente e aggiunse:&lt;br /&gt;-Se ti vedono sì.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Anibal, all’inizio, mi aveva detto di pregare affinché non arrivasse qualcuno con una malattia della pelle, perché me lo avrebbero passato “o sì, o sì”. Lo disse con la sicurezza di uno al quale era già toccato, nonostante la sua volontà, di lavare un lebbroso.&lt;br /&gt;-Mi ricordo di uno che arrivò pieno di piaghe e foruncoli. Ero appena arrivato, così me lo lasciarono dentro la vasca. I foruncoli scoppiavano quando passavo la spazzola. E, come saprai, il pus è come la ruggine: non lo ferma niente.&lt;br /&gt;Continuai a sognare quegli uccelli. Tutti i pomeriggi chiudevo la porta a chiave e mi stendevo accanto alla vasca, parallelamente al bobi, ma con la testa dall’altro lato. Mi abituai così; Anibal mi disse che lo facevano tutti. Era il pisolino. Persino Gomez andava a dormire.&lt;br /&gt;-Nessuno rompe a nessuno. C’è un momento, in questo posto, nel quale siamo tutti morti.&lt;br /&gt;Incrociavo le mani sul torace, imitando la posizione di un bobi nella bara.&lt;br /&gt;-Perché pensi che li mettano in questo modo?&lt;br /&gt;-Perché dormano più in pace.&lt;br /&gt;Nonostante le mani incrociate sul petto, i sogni si fecero più realistici e disperati. “Non ce la faccio più!”, gridai ad Anibal, con il viso tirato dalla tensione. Lui sorrideva placido.&lt;br /&gt;-A questa ora del pomeriggio- disse-, i tuoi uccelli ti salvano dal diventare come loro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Gomez disse che la mattina avevano portato uno con tre spari: uno nel petto, uno nella spalla destra e il terzo in faccia, sotto lo zigomo sempre a destra. Le istruzioni erano: “veglia a cassa aperta”.&lt;br /&gt;-E?&lt;br /&gt;-Ho detto ad Anibal, che se la cava sempre, di sistemargli la faccia.&lt;br /&gt;Anibal fece spallucce.&lt;br /&gt;-E che hai fatto?&lt;br /&gt;-Un ripieno di pasta marrone. Il tipo era un manovale della mafia. Mezzo cinese. Poi abbiamo aggiunto del trucco e lo abbiamo fatto asciugare. Prima lo avevamo lavato naturalmente. Quando si è asciugato il trucco, ho passato della paraffina. La faccia gli brillava come un bronzo. Era un’altra persona: la madre quando l’ha visto si è messa a piangere dall’emozione. Ti giuro: un manichino. Bello come un manichino da vetrina.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La mattina del martedì arrivò una irrigidita. Gli altri non mi avevano avvisato. Anibal, a un certo punto, sembrava stesse dicendomi qualcosa, ma si pentì e mi lasciò solo con la rigida nella vasca. Gli altri gli avevano proibito di avvisarmi. Aprii i rubinetti. La signora avrà avuto un settant’anni. Ero distratto perché cercavo di pensare ad altro. Principalmente ai miei sogni. Quindi appoggiai le mie mani sul suo addome pietrificato e le gambe le si piegarono con uno scatto. La paura mi fece scattare via dall’acqua andando a sbattere la testa sul lavandino. Restai steso sul pavimento, sanguinante. Loro, che erano rimasti nascosti dietro la porta, entrarono ridendo forte. Li vedo come esseri strani, selvaggi.&lt;br /&gt;-Non bisogna distrarsi con quelli rigidi – sentenziò Gomez.&lt;br /&gt;Anibal mi aiutò ad alzarmi, e aggiunse:&lt;br /&gt;-Così si muovono i morti.&lt;br /&gt;Quando mi tranquillizzai capii che avevo pagato lo scotto del nuovo arrivato. Il laboratorio era allagato e la bobi stava ancora lì con la testa eretta come un totem.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;(Quando restai solo, le misi un dito tra le gambe. Le labbra erano dure. Il gesto mi eccitò. L’acqua tiepida ci dava la pelle d’oca, alla vecchia e a me. Mi fece un po’ paura e tolsi la mano. Il suo piccolo monte di venere entrava nel centro del mio palmo. Presi la spazzola. La strofinai, ma il rumore che si produsse mi fece estrarre le mani dall’acqua. La sua pelle era di pergamena: richiedeva carezze e non lo strofinio selvaggio della spazzola! Chiusi gli occhi senza arrivare a vedere le gabbie.)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Quando mi portano Ruben Fernandez, sapevo che sarebbe successo qualcosa. Aveva la fronte spaziosa e, fu una premonizione, mi sembrò che la cosa si sarebbe complicata. Non volli lavarlo, e Gomez mi urlò da quando potevo scegliere i cadaveri. C’era qualcosa in lui che non andava bene. Entrai nel laboratorio accecato dalla mia impotenza. Lessi i suoi dati cercando una risposta: CINQUANTESEI ANNI; ATTACCO CARDIACO PROVOCATO DA ASFISSIA. Aveva gli occhi aperti, con le palpebre bloccate nelle arcate oculari. Sembrava non voler accettare la morte. Come me, o come lo stesso Gomez. Lo toccai con diffidenza. Con la stessa diffidenza versai il disinfettante dalla bottiglia, fino a svuotarlo. Il suo membro era eretto, come un palo. Lo abbassavo e tornava a ergersi. Fu allora che sentii un gemito. Come un lamento che proveniva da un altro laboratorio. L’acqua si agitò come con un uragano. Un pugno energico e improvviso venne fuori dalla vasca, colpendomi sotto il mento. La mia faccia diede un quarto di giro verso la fronte del bobi che mi venne incontro, spaccò le mie labbra e mi fece affondare nell’acqua. Credo che persi coscienza e la recuperai nel giro di un secondo. Fu così vertiginoso che uscii da lì con un salto, senza capire. Il tipo si muoveva in una convulsione continua delle braccia e del torso, della testa e delle mani. Il grido fu mio o suo? Afferrai la bottiglia.&lt;br /&gt;Gli altri mi trovarono con gli occhi sbarrati, sproloquiando e colpendolo a bottigliate in faccia fino a vederlo quieto e sanguinante, quieto e muto, quieto e morto ancora una volta. Anibal mi afferrò per le braccia. Non so come uscii da lì.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mi svegliai la mattina seguente su un letto d’ospedale. Anibal stava seduto alla mia destra. Tubi di plastica entravano e uscivano dagli orifizi della mia faccia. Avevo sognato.&lt;br /&gt;-Dove sono? – chiesi, e lui fece un gesto come per dirmi di star zitto. Il corpo mi doleva come se avessi avuto un incidente. Anibal disse qualcosa come per farmi stare tranquillo. Cercai di ricordare cosa fosse successo. Vidi i ragazzi attorno a me, in circolo, sostenendomi. Vidi uccelli spiaccicati sul fondo di una gabbia enorme. “Che è successo?”, mi sforzai di chiedere. Lui tornò a portarsi l’indice alle labbra affinché mantenessi la calma. Un’infermiera entrò e mi iniettò qualcosa nel braccio. Anibal fu cancellato insieme ai contorni della stanza.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Gli chiesi dei ragazzi. Mi avevano già tolto i tubi dalla faccia e potevo riconoscere le infermiere. Anibal era l’unico che veniva a farmi visita. Un brutto segno. Mi disse:&lt;br /&gt;-Non vengono perché hanno paura.&lt;br /&gt;-E il tipo?&lt;br /&gt;-Che tipo?&lt;br /&gt;Un nome e un cognome che avevo impresso nella mia memoria, di cui non sapevo nulla di più.&lt;br /&gt;-Ruben –dissi.&lt;br /&gt;-Che Ruben?&lt;br /&gt;-Ruben Fernandez. Dimmi che è successo con quel tipo.&lt;br /&gt;Anibal mi sostenne per le braccia come se potessi cadere giù.&lt;br /&gt;-Non ti ricordi?&lt;br /&gt;-No.&lt;br /&gt;In quel momento entrò il medico che gli chiese di uscire dalla stanza. Il medico mi fece un paio di raccomandazioni e mi lasciò solo un’altra volta. Anibal aprì la porta e si avvicinò al mio letto.&lt;br /&gt;-Dormi. È stato un caso unico di catalessi, come una specie di ipnosi dei sensi. Così ci ha detto quel coglione del medico. Non era mai successo e Gomez ci ha promesso che non accadrà più. È quasi impossibile. Dice di prenderti delle ferie. Che quello che è successo non è esistito. Che dimentichi.&lt;br /&gt;-Perché?&lt;br /&gt;-Dormi, non dirò più nulla.&lt;br /&gt;-Per quanto tempo sono rimasto incosciente?&lt;br /&gt;-Tre giorni.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Quella notte sognai un tipo con testa bendata. Stavamo a un incrocio di strade sterrate. Ero rimasto in una zona luminosa perché sentivo che qualcuno mi seguiva nell’oscurità. Mi girai. Il cielo era nero da far paura, dal nulla uscì il bendato. Portava una gabbia vuota e immediatamente si presentò.&lt;br /&gt;-Fernadez – disse, porgendomi la mano destra. La strinsi senza esitare. Qualcosa scoppiò nella sua mano, qualcosa di molle, come frutta marcia. Mi mostrò il palmo aperto. Sangue e piume.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Il giorno dopo venne di nuovo Anibal a farmi visita. Io ero riuscito a inanellare quasi tutta la storia tramite domande alle infermiere e pezzi di ricordi che andavano affiorando. Mi portò dei fiori e la notizia che mi avrebbero dimesso da un momento all’altro. Non mi sentivo del tutto bene. Glielo dissi e lui mi spiegò che avevano bisogno del letto. Aggiunse che con i ragazzi mi stavano organizzando una “vacanza” tramite il sindacato, che ne avevo assolutamente bisogno. Gomez e gli altri la pensavano uguale. Gli dissi che non volevo andarmene in vacanza. Fece spallucce e parlò d’altro. Gli dissi che avevo fatto un sogno con quel tipo e gli chiesi come stava. Mi rispose bene, che non sapeva molto, ma pensava bene.&lt;br /&gt;-Resuscitato una seconda volta – aggiunse.&lt;br /&gt;-Non capisco.&lt;br /&gt;-Quasi lo ammazzi. La bottiglia gocciolava sangue. Gli hai spaccato la testa con furia. In due. Sta ancora male.&lt;br /&gt;-Chi lo ha visto?&lt;br /&gt;-Noi, Gomez. Il tipo avrebbe potuto fargli uno di quei casini, invece ha preferito star zitto.&lt;br /&gt;-Quindi?&lt;br /&gt;-Quindi niente, si è salvato per la seconda volta. Ti capisco. Chi tollera l’idea che qualcuno possa ritornare? Nessuno. Anch’io lo avrei preso a bottigliate. Bisognava ucciderlo.&lt;br /&gt;-I nervi, amico mio. La paura.&lt;br /&gt;Anibal esitò.&lt;br /&gt;-Non so – disse-, c’era più di questo. Hai passato il limite: colpivi e colpivi senza fermarti. Avevi gli occhi pieni di furia, non di paura.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mi avevano informato che mi avrebbero dimesso il mattino seguente. Anibal stava lì con me. Si offrì di aiutarmi a raccogliere le mie cose. Avevo riflettuto molto sul tema della conversazione del giorno prima e provai a riprendere l’argomento. Lui era preoccupato della valigia e se mi avrebbero dato o meno l’ultima colazione. Lo chiese al medico che gli promise di sì.&lt;br /&gt;-Voglio sapere di più del bobi! -gli gridai.&lt;br /&gt;-Accidenti – disse -, che energia. Fa bene il medico a dimetterti.&lt;br /&gt;Mi sedetti sul materasso, aspettando di ascoltarlo.&lt;br /&gt;-Che vuoi sapere?- chiese.&lt;br /&gt;-Qualcosa. Come sta, dove vive, che lavoro fa.&lt;br /&gt;-Perché?&lt;br /&gt;-Mi interessa.&lt;br /&gt;-È sposato. Ha un’uccelleria nel quartiere di Balvanera.&lt;br /&gt;Mi venne la pelle d’oca.&lt;br /&gt;-Che ti succede?&lt;br /&gt;-Niente – dissi -. Un negozio?&lt;br /&gt;-Sì.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Quella notte sognai Fernandez, fermo al centro dell’incrocio. La luce del lampione gli faceva brillare la pelata. Il cerchio di luce sul pavimento era circondato da gabbie, che formavano un cilindro la cui altezza oscillava dai trenta ai settanta centimetri. Tutte coperte da stracci bianchi (ma lo stesso sapevo di che si trattava).&lt;br /&gt;-Si prenda quella che vuole, ma non mi picchi.&lt;br /&gt;Mi fece sorridere. Tra i due togliemmo gli stracci. Era un tipo simpatico, un bonaccione. Le porte delle gabbie erano spalancate. Dentro, solo uccelli morti. Lo guardai come per dirgli “che è successo”. Fece una faccia come per dire che non sapeva.&lt;br /&gt;-Questa gabbia, per esempio, con questo pettirosso…&lt;br /&gt;-Che ha che non va? – disse.&lt;br /&gt;-Che è morto.&lt;br /&gt;-Allora? Tutti siamo un po’ morti.&lt;br /&gt;-Ma questo è morto del tutto.&lt;br /&gt;-Non saprei. Toccalo.&lt;br /&gt;Misi la mano dentro la gabbia. L’uccello si svegliò, aprendo le ali come se nascesse in quel momento, come una gran confusione, una paura espressa con le ali.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Alle undici del mattino lasciai l’ospedale. Tramite Anibal, Gomez mi fece sapere che ero sospeso dal lavoro non si sapeva fino a quando. Ero totalmente espulso dal luogo al quale non mi sognavo di tornare. La busta con il denaro mi ci voleva. Gomez, dopo tutto, era una brava persona. Anibal era d’accordo. Mi diede anche un biglietto per raggiungere la costa e un bigliettino scritto a mano. Pensai fosse l’indirizzo di Fernandez. Mi guardò senza capire.&lt;br /&gt;-È la prenotazione di un hotel del sindacato che ha le finestre sulla spiaggia. Un regalo mio e degli altri ragazzi, affinché superi quel che t’è successo.&lt;br /&gt;Ringraziai. Mi vestii ansioso come se avessi quindici anni e andassi alla mia prima festa. Ero completamente rimesso. Anibal mi disse:&lt;br /&gt;-Adesso va a casa.&lt;br /&gt;Lui sapeva cosa avevo intenzione di fare.&lt;br /&gt;-E dopo te ne vai in vacanza. Non ti venga in mente di mettere piede a Balvanera.&lt;br /&gt;Ma già avevo deciso. Ci demmo la mano nel momento in cui pensai “a mai più, Anibal”. Dava la mano con tanta mollezza che sembrava di stringere un pesce.&lt;br /&gt;Controllai l’indirizzo chiamando Gomez. Lo feci cascare con una bugia infantile. Il negozio di uccelli era su via La Rioja; l’autobus 41 mi lasciò a due isolati. Osservai la vetrina dal marciapiede di fronte. Attraversai. Le gabbie stavano ammucchiate a decine, formando colonne di fil di ferro. Scheletri. Entrai.&lt;br /&gt;Si avvicinò una signora. “Buonasera, di che ha bisogno?” Aveva il viso tondo e le guance paffute.&lt;br /&gt;-Vorrei due merli in una gabbietta.&lt;br /&gt;La signora introdusse la mano dentro una gabbia e gli uccelli si agitarono. Ne tirò fuori uno piccolo, nero.&lt;br /&gt;-No, non ne voglio due uguali. Metta questo merlo e quell’altro giallo.&lt;br /&gt;-È un canarino.&lt;br /&gt;-Va bene, uguale.&lt;br /&gt;La signora mi fissò come se qualcosa non quadrasse.&lt;br /&gt;-Avrà bisogno di gabbie separate.&lt;br /&gt;-No. Li metta dentro quella. – le ordinai.&lt;br /&gt;-È molto piccola.&lt;br /&gt;-Non importa.&lt;br /&gt;-Non potranno sopravvivere. Gli uccelli hanno bisogno di spazio.&lt;br /&gt;-Sono io il cliente e li voglio in una gabbia piccola.&lt;br /&gt;La donna non capiva.&lt;br /&gt;-Aspetti un momento – disse, e andò verso il retrobottega.&lt;br /&gt;Gli uccelli facevano un rumore assordante. Riapparve, seguita dal marito. Restammo rigidi, fissandoci negli occhi.&lt;br /&gt;-È meglio se te ne vai – le disse. Lei portò le mani giunte sulla bocca. Il rumore cesso di colpo. Lui girò la testa per guardarla con gravità e il corpo della signora finì sulla soglia della porta, come se l’avesse spinta con forza.&lt;br /&gt;Fernandez tornò a fissarmi. La ferita era un solco largo che gli divideva la fronte in due, dal ponte del naso fino al principio della capigliatura sulla tempia destra. Disse:&lt;br /&gt;-Ero prigioniero nel mio corpo, come in una cella. Ho visto come mi spazzolavi. Il sapone mi era entrato negli occhi e nella bocca, e per i pori assorbivo quei liquidi disinfettanti e canforati. Tutta quella pulizia che facevi. Mi chiesi che sarebbe successo quando avrei mosso il primo dito, quando avrei potuto sciogliere la voce.&lt;br /&gt;Giocherellavo con una moneta sul bancone. Non sapevo che dire.&lt;br /&gt;-Che non ti accada mai di volerti muovere e il tuo corpo non ti risponda.&lt;br /&gt;-Cerca di capirmi – lo interruppi. La mia voce suonava come una supplica-. I nervi. Sono stati i nervi…&lt;br /&gt;Si toccò la ferita.&lt;br /&gt;-Perché tutta quella violenza?&lt;br /&gt;-Non lo so.&lt;br /&gt;-Perché sei venuto?&lt;br /&gt;-A comprare degli uccelli.&lt;br /&gt;-Non potranno vivere insieme. Vorranno ammazzarsi.&lt;br /&gt;-A casa ho una gabbia più grande – mentii -. Non appena arrivo, passo il merlo lì.&lt;br /&gt;Dubitò più che la moglie. Lei ricomparve da dietro facendosi scudo con le spalle del marito. Lui disse:&lt;br /&gt;-Marisa, fa quello che ti chiede il signore.&lt;br /&gt;E, rivolto a me, “buonasera”.&lt;br /&gt;Uscii da lì con una gabbia in mano. Arrivai a casa. Un odore desertico riempiva lo spazio. Una collezione di umidità dimenticate: un muschio. Appoggiai la gabbia sul tavolo. Gli uccelli cinguettavano agitati. Pensai: “dovrei mostrar loro il mare prima, perché sappiano”. Perché prima vedano e dopo sognino. E non dimentichino mai. E si portino via questo ricordo infinito, esteso fino a limiti che mai raggiungerebbero da dietro le sbarre. Sollevai gli angoli della tovaglia fino a coprire la gabbia. Sembrava un pacchetto regalo, perché la tovaglia aveva una stampa a fiori molto allegri, come una carta per avvolgere oggetti allegri. Il biglietto per la costa stava nella mia tasca; la busta, dentro la valigia. Dalla porta, a vederli per l’ultima volta, supposi che avrebbero chiesto clemenza, da dentro la loro cassa rivestita di tela. Che chiedessero luce, acqua, cibo. Che chiedessero che restassi. Chiusi la porta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;(traducido por Salvo Tavella http://salvotavella.blogspot.com/ )&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/14637388-4049691998202547916?l=mandarinasdulces.blogspot.com'/&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/14637388/posts/default/4049691998202547916'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/14637388/posts/default/4049691998202547916'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://mandarinasdulces.blogspot.com/2007/08/dentro-e-fuori.html' title='DENTRO E FUORI'/><author><name>Gus Nielsen</name><uri>http://www.blogger.com/profile/15989569316094960851</uri><email>gesnil@gmail.com</email><gd:extendedProperty xmlns:gd='http://schemas.google.com/g/2005' name='OpenSocialUserId' value='15197016212663989666'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-14637388.post-116769451951141403</id><published>2007-01-01T20:34:00.000-03:00</published><updated>2007-01-01T20:35:19.540-03:00</updated><title type='text'>ALUCINANTES CARACOLES</title><content type='html'>2 REYES, I, 26.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los siento. Están ahí; empaquetados en celofanes, sostenidos por cintas de colores, etiquetados en cajas bajo vidrio y bajo llave, entalcadísimos para regalo (como alhajas demasiado valiosas); huecos de arena y de mar, mustios, ásperos, anticipadamente sombreados por la oscuridad de los placares que vendrán; solos y separados unos de otros por parecitas de cartón, clasificadísimos según la Enciclopedia Estudiantil y el Códex.&lt;br /&gt;Mi hermano me mira con ojos tristes, de playas apagadas. Le digo algo que no oigo y que él tampoco oye. Ni esos caracoles que siguen ahí tan quietos, como corazas de monstruos ausentes. Como la caja que los envuelve; como la caja que nos envuelve a nosotros y nos aleja de todo, a mi hermano y a mí, como si quisiéramos salir y afuera no estuviera la playa y las cosas, y hubiera un solo vacío, un barro total, una lluvia sin fondo, la tierra de abajo de todos los bosques.&lt;br /&gt;"Así no vale", me digo.&lt;br /&gt;Así dejaron de ser alucinantes.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;1&lt;br /&gt;Llevé el caracol hasta donde él estaba y le dije:&lt;br /&gt;- Encontré uno. ¿Sirve?&lt;br /&gt;Le dije también que era de la primera franja. Habíamos dividido la playa en franjas de caracoles y le pusimos "uno" a la que estaba más cerca de la casa y "tres" a la que mojaba la orilla. Pero ahora había aparecido una nueva franja, y a mi hermano le daba fiebre tanto desorden. Estiró el brazo apoyando la mirada sobre la recta de la manga de su pulóver azul, para ver si estábamos en lo correcto. Yo dije: "Hay una nueva número uno". Él dijo: "Puta madre, se nos despelotaron todas las etiquetas".&lt;br /&gt;Mi prima fue la que la descubrió. Siempre complicándolo todo, no sé para qué la trajimos. Da vueltas y se le vuela la pollera, del viento que hay. Ella también junta caracoles, pero se hace la que no sabe y junta cualquier cosa. Te viene con una pavadita rota como si hubiera encontrado una sirena. Encima quiere que la consideremos. &lt;br /&gt;Ayer se me acercó con una piedra extraña, opaca y siena. Yo estaba caratulando las cajas de la colección. Al mediodía habíamos encontrado un caracol del tamaño de una moneda de diez, celeste. No se ven caracoles celestes, y este es celeste como un cielo. Hasta hoy no supimos qué nombre ponerle, porque en el Códex no aparece (se lo vamos a tener que inventar). Mi prima estaba ahí, parada, con eso sobre las manos abiertas y yo pensándole el nombre. Dejé de despegar las etiquetas engomadas para observarla con más detenimiento. Lo traía apoyado en un papelito. Me pareció tan raro que le hice una sonrisa que significaba la sorpresa de ver algo que todavía no teníamos, una piedra difícil de encontrar. Fui a tocarla como si se tratara de un diamante preciado, y cuando lo alcé se me hundieron los dedos. Era una masa fofa y desagradable.&lt;br /&gt;- ¿Es un sorete de perro? - le pregunté.&lt;br /&gt;- De perro no. Es un sorete de tu hermano. Acaba de depositarlo detrás de aquellos matorrales, para la colección.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;2&lt;br /&gt;Ella lo sigue a todas partes. Estuvimos cambiándole las etiquetas a los caracoles la noche entera, por ese descubrimiento que hicimos en el cual la franja uno pasaba a ser la franja dos, la dos la tres y la tres la cuatro. Le dije a mi hermano: "Pongámosle cero a la nueva, así no tenemos que tachar tanto". Él me contestó: "Eso carece de seriedad científica. Hagámoslo todo otra vez". A ella le encantó, y por esta bobada (tan fácil de arreglar) nos pasamos la noche en vela. Lo miraba y lo miraba, la guacha. Fijamente, con los ojos vueltos dos caracolazos brillantes, blancos con el bichito húmedo adentro, despierto, escarbador.&lt;br /&gt;Yo le dije: "Este todavía no lo encontramos", y le señalé en el Códex uno rarísimo, grande como un puño y lleno de puntas. &lt;br /&gt;- Es una concha -dijo mi hermano-, no un caracol. Una concha marina. &lt;br /&gt;Mi prima se rio y a mí me dio una rabia bárbara, porque se le sentó sobre la falda, lo abrazó y le dijo: &lt;br /&gt;- Lo que te falta a vos es una buena concha.&lt;br /&gt;Se lo dijo al oído, pero lo suficientemente alto como para que yo escuchara. Lo hace a propósito, de jodida que es. Mi hermano paró de tipear y me preguntó qué nombre le poníamos al celeste. Yo estaba furioso y el corazón me latía como laten los peces recién pescados; yo mismo era ese gran pez arrancado del mar a tirones. Mojado y palpitante, con el día mordiendo del anzuelo y el sol sobre los ojos irritados, sin párpados, sin movimiento. Y luego sin escamas, sin tripas, sin espinas, sin cuerpo.&lt;br /&gt;- Qué nombre le ponemos.&lt;br /&gt;- ¿Cómo?&lt;br /&gt;- Al caracol celeste. Tiene que existir un nombre para poder catalogarlo.&lt;br /&gt;- No sé. A mí qué me decís. Preguntale a tu prima.&lt;br /&gt;Después me quedé pensando un largo rato y no se me ocurrió nada, y me di cuenta de que tenía la mente muda, en cero, singularmente desnuda.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;3&lt;br /&gt;Nos repartimos las franjas para poder alejarnos, porque en los últimos días habíamos encontrado los mismos caracoles, y porque ya me estaba cansando de verla todo el tiempo con el viento volándole la pollera. Fue lo mejor que hicimos. Acabo de levantar uno que figura en la Enciclopedia Estudiantil y no en el Códex; de la sección "Fauna abisal", tomo III, fascículo 32, página 17, abajo cerca del ganchito. Me acuerdo bien. Es un Conus fino, con franjas horizontales blancas y negras y una modulación de textura en vertical. Por adentro todo plateado y liso. Medidas aproximadas: veinte milímetros por diez. Una joya.&lt;br /&gt;Mi prima grita. Yo encontré uno divino y no hago escándalo, y ella viene corriendo por la arena dura y cuando llega me grita: "¿A que no sabés qué tengo?". Yo no la miro, ya me pudrió. Después me sale con cualquier cosa y me la tengo que aguantar por mi hermano.&lt;br /&gt;- Mirame, che.&lt;br /&gt;- Qué querés.&lt;br /&gt;- Mirá qué caracol.&lt;br /&gt;Sacó del bolsillo uno enorme, gris nacarado, como si estuviera haciendo un truco de magia y eso fuera un conejo, o una paloma, o un globo. Extraordinariamente aparecido. Una "Charonia tritonis" de un tamaño anormal para la orilla; le acerqué la regla y medí: ¡750 x 48 x 350 milímetros!&lt;br /&gt;- ¿Adónde lo encontraste?&lt;br /&gt;- Sorpresa. Se oye el ruido del mar.&lt;br /&gt;Me lo arrimó a la oreja. Enseguida sentí el zumbido claro, bien caracol. "De estos no hay", le dije temblando, y me puse colorado porque supe que ese Charonia era fundamental para la colección, y no me animaba a pedírselo, después de tanto putearla toda la tarde.&lt;br /&gt;- Ni mamada se los doy -dijo-. Es mío. Olelo. Tiene el olor del mar.&lt;br /&gt;Me lo puso en la nariz; yo aspiré y me hizo toser. Estaba lleno de arena finísima, que volaba de nada. Tosí bastante, me picaba la nariz y ella me lo volvió a poner como una máscara. Yo no podía respirar sino eso; las rodillas se me vencieron y nos caímos hacia atrás los dos, jugando y tosiendo. Me empecé a reír, no sé por qué, y la ví a ella tan linda. El mar estaba lejos y cerca, porque no podía fijar la imagen y no me daba cuenta. El horizonte se me borraba del mareíto; ella me sacó el caracol y yo le grité "más, dame a oler otro poco". Já. "Qué mierda te importa la colección,” dijo, “volá que te va a hacer bien". "¡A VOLAR COMO LOS BERBERECHOS!", gritó, y a mí me hizo gracia, porque justo cuando pensaba "los berberechos qué van a volar", pasó volando uno y me echó la cagadita sobre la frente. Apoyé la espalda en la arena porque me caí cuando me vinieron ganas de vomitar o de hacer pis o de hacer cualquiera. Pasaba el cielo entero y yo así, acostado sin saber, y los bivalvos allá por la orilla, y ella también oliendo su caracol, riéndose conmigo, bajandome la malla y chupando, ella pulpo calamar ventosa agua fondo sueño adiós mundo real.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;4&lt;br /&gt;Cuando me desperté, ya se había ido. El dolor de cabeza me filtraba el resto del cuerpo; cada movimiento, cada idea me dolía paralelamente conectada con aquel dolor principal, con el dolor madre de todos los otros. Lo primero que busqué fue el caracol; girando el cuello abrí los ojos una y otra vez y sentí el cansancio claro, y un desdoblamiento de mi ser que se volvía a recostar, pesada y lentamente, sobre la arena. "La resaca del infierno de mierda de la prima", pensé, y no me atreví a decirlo por temor a escucharme distinto, quizás con voz de pájaro, aguda y estúpida. "Ella es una voz de pájaro, me dije, ¿cómo se puede ser aguda y estúpida a la vez? Así, veanlá". Yo me hablaba callado, estremecido, en pelotas porque se había robado mi malla y la puta madre que la parió. Otra vez esta rabia que es un dardo acertando en el despertar desnudo y fisurado, arrastrando como un gasterópodo sin coraza el estómago sobre la playa. Sin caracol. De nuevo reptando sobre la franja dos, sobre la tres generosa de mejillones vacíos y medias ostras y agujeritos con burbuja para pescar almejas; de nuevo el mar proveedor único de interminables colecciones, de hondas cosmogonías sin fin, de arquitecturas enigmáticas y abismales. ¿Cuánto habría dormido? ¿Un minuto, una hora? ¿Adónde estaba ella? La &lt;em&gt;intrusa&lt;/em&gt;.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Allá a lo lejos estaba la malla. Se dio cuenta porque a él nadie lo engañaba así nomás, porque para eso era el menor de los Nilsen; qué joder, ¿no? Tenía una vista bárbara, y a la malla le daba justo el recorte del médano contra el cielo. "Ni a mí ni a mi hermano nos importa ella, que es una cosa que da vueltas por acompañar a la pollera, ¿no? Ni siquiera es un caracol, que también es una cosa pero con importancia, digna de guardarse en una caja de cartón con una vitrina arriba, para mostrar". Él sabe de qué habla cuando sube al médano, porque la respiración se le junta en el pecho y tiene que soltarla de algún modo, y salen algunas quejas. Siempre pasa. Se pone la malla y allá abajo, como a cincuenta metros, ve la pollera. Sobre un arbusto  de  fijación.  Eduardo  Nilsen  sonríe y su cara se transforma en un grito que se estira y estira cuando corre como un chico, hundiéndose en la arena que baja por la pendiente casi a pique; se ata la pollera a la cintura gritando y más allá, a veinte o treinta metros de subida por el médano, su blusa roja. Ya se ríe a carcajadas y trepa, ya se cae, ya sigue trepando. Se mete los brazos de la blusa por las piernas como si fueran pantalones;  en el esfuerzo descose una de las mangas y le queda una bolsa roja colgando. Y le estalla la piel del pecho en una respiración agitada entre el ahogo de la risa y las corridas. Pero sigue, sigue corriendo hasta el corpiño que está abajo y hasta la tanguita mínima que está arriba otra vez, casi escondida, pero que él descubre con su vista formidable de buscador de caracoles. Y aquí llega, la cara y las manos prendidas a los arbustos, asmático, pidiéndole aire al aire, a la playa, a la prima que está jugando tan regalada con su hermano Cristián como una injuria, como una humillación, como una mancha en  mitad de la colección. Es un molusco prendido con sus tentáculos abyectos y su lengua, en el pozo del médano que él está mirando, y por el que ya le explotan los ojos de envidia.&lt;br /&gt;A su derecha estaba el caracolazo. Lo agarró sobresaltado, jadeante; se los iba a tirar pero no, mejor adentro de la pollera, porque la colección es lo más importante. Al fin y al cabo, era lo que tenían que hacer. ¡Tantas horas compartidas en el rigor de la clasificación! Sólo ellos sabían las que habían pasado y los caracoles estaban ahí, siempre ahí, quietos. Y otros en el mar que lleva y trae, y otros en las profundidades o en el Códex. Jugando a descubrir y a ser descubiertos, al conquilólogo y a la concha peluda, ¡como juega Cristián! Já. Da vuelta el caracol y lo examina ("una Charonia tritonis de locos", pensó); con la punta de la uña le rasqueteó el esmalte que salía tan fácil que parecía barniz. "Es la abombada ésta que no lo deja tranquilo. Y que me distrae a mí también, para qué mentir (¿le cuento o no le cuento que ella anduvo por entre mis cosas haciéndome cosquillitas con saliva?)". Tiene algo escrito en letra cursiva, el caracol. "El me debería haber dicho: Si la querés, usala. Así, directamente. Porque es nuestra prima pero no sé de quién es más, o mejor dicho sí, sé. Y sé también que nos saca de tema todo el tiempo, y que me volvió a pudrir. Porque el cartelito, este cartelito de acá abajo; mirá, te digo que mirés, Eduardo, ¿ves?, este cartel impreso a la orilla del caracol dice muy claro de quién; leé, volvé a leer. "Recuerdo de Miramar", dice. Y capaz que era el pie de un velador y todo; ¿que no?, ¿y para qué va a tener ese agujero ahí abajo, sino para pasar el cable?"&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;5&lt;br /&gt;Ella paseaba por afuera dándole vueltas y más vueltas a la pollera azul; Cristián alzaba tabiques de cartón que previamente había cortado con un escarpelo, cementados formando nichos grises para quién sabe qué nuevos cadáveres de mar, pensó Eduardo, que la miraba pegado al vidrio, mordiéndose las lágrimas. La miraba fijamente, como si quisiera ver a través de ella, a través de esa pollera inquieta, el fondo del océano. Y sus infinitos peces y sus caracoles.&lt;br /&gt;- Tiene que irse- dijo, y parecía que ya lo había dicho antes, porque su hermano no lo miraba y el deseo se le venía a los ojos inyectándoselos de sangre y ganas; recordándole la sentencia (tienequeirsetienequeir), sintiéndola otra vez hecha un latigazo firme de viento sobre su cara. El mismo viento que le volaba la pollera y remontaba todas las palabras viejas, detrás del movimiento de la tela. Los dos habían fracasado, habían hecho trampa y eso abría un tajo entre ellos, que se parecía mucho al tajo que la prima llevaba incrustado entre las piernas, a ese caracol secreto con la babosa adentro, extraño a todas las colecciones y al Códex.&lt;br /&gt;Cristián pensó: "por favor, que no se vaya, porque estoy enamorado". Casi lo dijo. El aire era como una masa densa de agua salada, inmóvil y oscura. Podía decirse cualquier cosa, que todo daba lo mismo; apenas si se oía el repiqueteo de los marcos agitados de las ventanas y un sordo y apagado ruido a mar, lejano, bien adentro del día.&lt;br /&gt;Su hermano Eduardo se maldijo a sí mismo por lo que estaba queriendo en ese instante, por lo que le pasaba por la cabeza al verla rodar con su pollera azul marino sobre la franja dos, sobre la dos y la uno; casi dijo algo pero se lo calló, porque el agua le daba en la cara y porque las lágrimas mordidas no le surgían por nada del mundo. Por nada del mundo. Entonces le arrancó el celofán a una caja de rabia; los caracoles cayeron liberados al suelo y fueron una cascada, un rumor de agua adentro del agua, una ola. "Este es mío y éste también. Yo los encontré. Son míos. Los quiero sin etiquetas, ni carteles, ni Códex. Voy a devolverlos a la playa, que es adonde deben estar". Le puso el pie arriba al celeste que todavía no tenía nombre. Su hermano dijo: "No vale la pena, Eduardo. Pucha, una vez que estábamos de acuerdo..." Le apoyó encima todo el peso del cuerpo y el caracol sonó.&lt;br /&gt;- Nos olvidamos de la colección -dijo, descubriendo con el pie los pedazos rotos.&lt;br /&gt;- Sí.&lt;br /&gt;Ella los miraba a través del vidrio y sonreía; a Eduardo se le ocurrió que porque era parte de otra cosa, porque estaba loca y afuera de la casa, allá.&lt;br /&gt;- Yo también estoy enamorado -dijo, de rabia. Y estuvieron un rato callados, calladísimos, hasta que ella entró a la casa.&lt;br /&gt;- ¿Qué pasa? -preguntó.&lt;br /&gt;El silencio los tenía agarrados de las manos. Cristián dijo:&lt;br /&gt;- Tenés que irte.&lt;br /&gt;- ¿Por qué?&lt;br /&gt;- Porque sí.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;6&lt;br /&gt;Desde la ventana la vieron sacarse la blusa y el corpiño; la pollera solamente se la alzó. No tenía ropa debajo. Se dio vuelta para verlos con sus ojos grises, copiados del cielo que se estaba nublando. Después empezó a caminar hacia adentro, y Eduardo lo vio gritar a su hermano sin escuchar el grito. Fue en un momento bastante trágico, porque el agua le llegó a la cintura y la pollera parecía una bandera que flotaba, el símbolo de un naufragio. Ellos sintieron el frescor entre las piernas y un calor intenso en la cara y en las manos. El mar estaba plano, raro; una impresión inolvidable. Tanto tiempo viviendo en esta casa y un día, por ponerse a juntar piedras, se olvidaron del mar. Y ahora parece recién estrenado, detenido, con una prima adentro y los caracoles caídos en el parquet.&lt;br /&gt;Cristián salió, aturdido; su hermano salió detrás por precaución, por si se confundía y se volvía loco de repente, ¿no? Puede pasar. Pero se cayó arrodillado sobre la arena, nomás, a dos pasos de la puerta, y sus ojos fijos se quedaron enredados en el último rastro del pelo de ella. Después se acabó todo, y lo vio largar el llanto con la cara pegada a la playa. Entonces se volvió, caminando y mirando siempre hacia abajo porque el reflejo del mar le irritaba los ojos, y hubiera parecido que él también estaba llorando. Mirando siempre hacia abajo para buscar, ¿no?, y pensando siempre hacia abajo. "Chau colección", pensando. ¿Para qué alzar la vista si en una piedra está todo escrito? Por qué llorás, Cristián, si en esa ola que se empieza a mover estamos nosotros y ella y la colección y la playa y la ola misma, alguien nos clasificó y por eso estamos. Tu propio llanto, el pozo que ahora escarbás en la arena, el objeto que ahora levantás con tanta delicadeza, tu mano semiabierta, tu mirada científica escudriñándolo milímetro a milímetro, tu ojo abierto y tu ojo cerrado, tu pestañeo, tu pestaña, la mitad de tu pestaña, la mitad de la mitad, Cristián.&lt;br /&gt;Sonrieron. Él metió la punta de la lengua en una hendija que dejó entre el índice y el mayor, lamiendo el objeto encerrado con las mejillas chispeantes de lujuria. Un hilo de baba le colgaba desde el labio y se metía en el hueco interior de las dos manos, pasando por entre la hendija de los dedos. Eduardo se acercó.&lt;br /&gt;- ¿Qué es? -le dijo.&lt;br /&gt;La baba era el tobogán de otras gotas mínimas de saliva que se deslizaban desde la punta de la lengua, y que hacían reflejos divertidos de sol, tanto que Eduardo supuso que su hermano tendría fulgores de estrellas guardadas en la boca, que iba largando para darle de comer al objeto de adentro de las manos. &lt;br /&gt;- Qué guardás, che. Dejame ver.&lt;br /&gt;- Un caracol.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Dedicado al señor Borges&lt;/strong&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/14637388-116769451951141403?l=mandarinasdulces.blogspot.com'/&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/14637388/posts/default/116769451951141403'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/14637388/posts/default/116769451951141403'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://mandarinasdulces.blogspot.com/2007/01/alucinantes-caracoles.html' title='ALUCINANTES CARACOLES'/><author><name>Gus Nielsen</name><uri>http://www.blogger.com/profile/15989569316094960851</uri><email>gesnil@gmail.com</email><gd:extendedProperty xmlns:gd='http://schemas.google.com/g/2005' name='OpenSocialUserId' value='15197016212663989666'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-14637388.post-115619752402673828</id><published>2006-10-08T18:56:00.000-03:00</published><updated>2006-10-09T10:10:26.470-03:00</updated><title type='text'>LOS CARACOLES DE LA TAPA / PLAYA QUEMADA</title><content type='html'>&lt;a href="http://photos1.blogger.com/blogger/1209/1155/1600/1c.jpg"&gt;&lt;img style="float:left; margin:0 10px 10px 0;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://photos1.blogger.com/blogger/1209/1155/320/1c.jpg" border="0" alt="" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;a href="http://photos1.blogger.com/blogger/1209/1155/1600/2c.jpg"&gt;&lt;img style="float:left; margin:0 10px 10px 0;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://photos1.blogger.com/blogger/1209/1155/320/2c.jpg" border="0" alt="" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;a href="http://photos1.blogger.com/blogger/1209/1155/1600/3c.jpg"&gt;&lt;img style="float:left; margin:0 10px 10px 0;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://photos1.blogger.com/blogger/1209/1155/320/3c.jpg" border="0" alt="" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;a href="http://photos1.blogger.com/blogger/1209/1155/1600/4c.jpg"&gt;&lt;img style="float:left; margin:0 10px 10px 0;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://photos1.blogger.com/blogger/1209/1155/320/4c.jpg" border="0" alt="" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/14637388-115619752402673828?l=mandarinasdulces.blogspot.com'/&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/14637388/posts/default/115619752402673828'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/14637388/posts/default/115619752402673828'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://mandarinasdulces.blogspot.com/2006/10/los-caracoles-de-la-tapa-playa-quemada.html' title='LOS CARACOLES DE LA TAPA / PLAYA QUEMADA'/><author><name>Gus Nielsen</name><uri>http://www.blogger.com/profile/15989569316094960851</uri><email>gesnil@gmail.com</email><gd:extendedProperty xmlns:gd='http://schemas.google.com/g/2005' name='OpenSocialUserId' value='15197016212663989666'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-14637388.post-114774280952390978</id><published>2006-05-15T22:22:00.000-03:00</published><updated>2006-05-15T22:26:49.596-03:00</updated><title type='text'>IL FIORE AZTECO</title><content type='html'>&lt;strong&gt;PREMESSA&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     I migliori rapporti sessuali che ho avuto con la mia mano destra li devo a “il fiore azteco”. Ma non al fiore di cui mi parlava la nonna, quello del Parco Giapponese  (una testa parlante poggiata su un vassoio); proprio a quello, invece, che appare disegnato nel libro di magia: sorridente, occhi neri e braccia incrociate, il corpo sezionato a metà e poggiato su un tavolino. L’illusione è quella di mezza donna viva, dalla cintola in su. Si vedono le quattro gambe del tavolino (questa è la parte più difficile, io riesco a farne vedere solo tre, la complicata disposizione degli specchi per me è ancora ostica), e il taglio del corpo, o per meglio dire, la sezione, come posata su un vassoio da cameriere. La mezza donna indossa un piccolo top e un leggero scialle che lascia appena indovinare la forma del seno: piccolo, va detto. Tiene le braccia conserte proprio al disotto di quelle tettine. La pelle ha il colore giallo dei fogli del libro, lo stesso della pelle del tavolo. Sembrano pergamene.&lt;br /&gt;     Amo quell’adolescente di pagina 226; l’ho amata da sempre. E lei, tranquilla, muta, incisa nel foglio. Senza gambe, senza fianchi. Trenta linee curve e due macchie al posto degli occhi. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;PRIMA PARTE&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;UNDICI ANNI&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     Sono un ragazzo e ho le mani piccole. Forse troppo.&lt;br /&gt;     E sembra che gli strumenti di magia siano stati progettati in scala spropositata, per mani adulte. I globi mi scivolano via, le carte mi cadono proprio quando voglio che rimangano ben appiccicate, le palline da ping pong girano senza moltiplicarsi tra le mie dita ancora sottili e finiscono per rimbalzare sul pavimento.&lt;br /&gt;     E poi, quando esco di scena, ho il cuore che mi batte forte. Come se avessi un febbrone da cavallo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     Lo sguardo della gente è come quello dei riflettori, solo che gli spettatori sono sempre in agguato, cercano sempre di capire dov'è il trucco. E’ per questo che la magia mi piace da impazzire. Invidio, e una volta vorrei provarla, quella sensazione di impotenza del pubblico, quel non riuscire a capire come si fa; mi piacerebbe stare dall’altra parte e percepire che il trucco c’è ma che proprio non si riesce a vedere. “Niente da questa parte, niente da quest’altra”; e si sa che non è vero, si intuisce, ma come si fa a non credere ai propri occhi?&lt;br /&gt;     Lo spettacolino è organizzato nel garage di casa, per la gente del quartiere. Ho undici anni e vivo con la nonna. Stringo la bacchetta con forza. La nonna siede in mezzo a tutti i presenti sulla sua sedia a dondolo e tiene, appoggiato sulla gonna, un cavo elettrico con l’interruttore. I bambini sono seduti per terra, di fronte a me. In fondo ci sono alcuni vicini di casa, della mia età, che si divertono a prendersi a spintoni. Ultima, in un angolo, Maria Marta, che ha compiuto quindici anni la settimana scorsa e mi ha invitato a ballare alla sua festa. La bacchetta è un pezzo di manico di scopa dipinto di nero e foderato alle estremità con carta stagnola. Faccio penzolare dalla mia mano sinistra la silhouette di un pesce, ritagliato da una pagina del giornale La Nación, una di quelle degli annunci economici. Sostengo il pesce per la coda. Dico, impostando la voce (una voce speciale per Maria Marta, che si appoggia con tanta grazia contro la parete del mio garage; per le sue spalle, per le sue braccia, per i suoi fianchi):&lt;br /&gt;     - Signore e signori, vorrei oggi raccontare alle illustrissime eccellenze vostre la storia di un pescatore…&lt;br /&gt;     La nonna attenua la luce.&lt;br /&gt;     - …che estrasse dalle acque un pesce di questa dimensione. ”Capitò mai a vossignoria”, mi chiese il pescatore, e a voi lo chiedo io immantinente, “di vedere un pesce cosí grande?”.&lt;br /&gt;     La silhouette rappresenta un pesce di media grandezza, quanto lo può permettere la pagina doppia del quotidiano tagliata in diagonale. Veramente in qualche pescheria avevo visto pesci anche più grandi, o quanto meno della stessa dimensione, ma il bello era modulare la voce perché quello che tenevo in mano sembrasse il pesce più grande del mondo. I bambini dicono: “Sííííí”, gridando come ossessi. Scalpitano e si muovono nella semipenombra come animalini ciechi sotto una coperta.&lt;br /&gt;     - “Per me, non è poi cosí grande”, dissi al pescatore, e questi allora si pentí della sua menzogna. “Signore, mi rispose, ha proprio ragione. Se devo essere sincero, credo che in fondo non sia poi così grande”.&lt;br /&gt;     Piego il pesce a metà, poso la bacchetta su un leggio e afferro un paio di forbici. Mi dispongo ad accorciarlo tagliandone un pezzetto, e Maria Marta se ne esce lí, dal fondo, con una domanda che mi colpisce come una stilettata:&lt;br /&gt;     - Perché questo bimbo parla così difficile?&lt;br /&gt;     È in piedi; la voce giunge chiara. La nonna e alcuni ragazzi girano la testa. Lascio cadere il pezzo di carta a terra, torno a riprendere il pesce soltanto per la coda e lo sciolgo. La silhouette si dispiega conservando la sua forma originaria.&lt;br /&gt;     - Ancora stupito -dico, imbaldanzito dal buon esito del trucco-, avvertii il mio pescatore di poc’anzi con queste parole: “Gagliardo cavaliere, è che ancora non mi sembra tanto grande”.&lt;br /&gt;     - Che stupidaggine…&lt;br /&gt;     Lei cerca di nuovo di interrompere, senza averne il diritto. Il libro di magia è importato dalla Spagna, per questo ha un linguaggio cosí aulico. Devo sopportare questa mancanza di rispetto dopo aver imparato a memoria tutti i dialoghi, ogni battuta, ogni posizione che i tomi della Jackson suggerivano? Ore e ore di studio, che caspita!&lt;br /&gt;     La guardo male, con gli occhi a fessura. Ma che vuole, che sta cercando quella maleducata? E proprio lei, la figlia del falegname... Già troppo se li avevo invitati, lei e suo fratello, che ha quasi la mia età ma ancora non sa neanche ballare. Maria Marta alza le spalle, come se ora la cosa non le importasse più di tanto. Io piego di nuovo il pesce a metà, taglio un altro pezzo e lo dispiego. E ancora una volta appare intero, ma più piccolo. Avevo passato tutto il pomeriggio spalmando la superficie posteriore della carta con un tubetto di colla, perché si vedesse sempre intero. Durante le prove mi era riuscito bene quasi tutte le volte.&lt;br /&gt;     - “Come lo vedete ora, vossignoria?”, osó domandarmi il pescatore. “Male, truffatore. Non sarò certo vittima dei vostri sotterfugi. Il pesce era più piccolo”.&lt;br /&gt;     Lo piego per fare l’ultimo taglio e Maria Marta grida: “BUUUU”. Perfino i bambini piccoli girano la testa. La nonna aumenta un po’ la luce.&lt;br /&gt;     - Che succede? -le dico.&lt;br /&gt;     - Parla da cristiano, salame -grida.&lt;br /&gt;     Il coro dei bambini ripete: “salame, salame”. Guardo la nonna e indovino che persino lei lo sta pensando, che sono un salame, perché spalanca la bocca come per darsi un contegno, ma in realtà per reprimere una grassa risata. Le dico che, per favore, abbassi di nuovo la luce. Stringo i pezzi di carta, la testa e la coda del pesce una sopra l’altra ben pigiate, in modo che s’incollino su un pacchettino piegato che, da prima dell’inizio della rappresentazione, è nascosto dietro la testa del pesce. Questo pacchettino è carta raccolta a fisarmonica che simula le vertebre e le spine del pesce. Il bello del trucco sta proprio nell’accorciare sempre più il corpo fino a che non rimane più nulla, e alla fine far dire al pescatore, fermo nella sua ostinazione: “Io l’ho mangiato, e senza dubbio alcuno so che era di codesta dimensione, benché non lo crediate”.&lt;br /&gt;     E a questo punto, dispiegare lo scheletro, come una ghirlanda, fino a terra. Le spine attaccate alla coda e alla testa avrebbero fatto un’impressione straordinaria, soprattutto fra i bambini. E il discorso, con quei dialoghi pomposi, era anche pensato per la nonna, che era spagnola e avrebbe apprezzato di più quel linguaggio, non quello che usavamo noi nella strada. Anche se certo suonava strano nella bocca di un piccolo bonaerense di periferia. Perché era il vero linguaggio, quello, il linguaggio dei libri e in particolare quello de L’Apprendista Mago, tomo I della Biblioteca di Giochi e Illusionismo di Barcellona; una lingua sonora e rotonda, adatta ad essere pronunciata di fronte a un pubblico. Beh, questo era lo spettacolo, anche se a Maria Marta sembrava una grande stupidaggine degna di un “salame”.&lt;br /&gt;     Dispiego il pesce tenendo gli occhi fissi sull’angolo opposto ai suoi occhi. Vorrei scappare via da tutti questi occhi che mi inchiodano ridicolizzandomi, sottoponendomi a questa umiliazione, a questa piccola enorme umiliazione dello scheletro che non vuole incollarsi alla coda, che si incastra a metà della piega e si rompe, che mi lascia con la pinna in mano e una minima parte di lisca centrale pendente, indifesa. La testa cade giù con il resto del pacchetto.&lt;br /&gt;     Applaudono lo stesso. Come se alla fine non gli interessava altro che passare un po’ di tempo, cosí, con qualunque cosa. La nonna ride, tenendosi la pancia. Con quel dondolio della sedia a dondolo sembra un’indovina con la sua palla di vetro.&lt;br /&gt;     - Andate via -grido a tutti, arrabbiatissimo. Tutti tacciono.&lt;br /&gt;     Grido di nuovo. La rabbia mi trapassa, attraverso gli occhi, e si espande nel mio cervello, prendendone possesso. Sono violento come soltanto un mago di undici anni può esserlo.&lt;br /&gt;     Due vicini aiutano la nonna ad alzarsi; neanche lei riesce a farla finita con quelle risate. Uno ad uno sgombrano il garage. Alla fine rimaniamo Maria Marta, suo fratello ed io. Lei si avvicina fino a che la distanza che ci separa non è che appena di due mattonelle.&lt;br /&gt;     - Vattene -le dico, coprendomi la faccia con le mani.&lt;br /&gt;     - Non c’è niente da piangere -. La sua voce è una leggera carezza.&lt;br /&gt;     Perché si era fissata tanto su come pronunciavo le parole, sul linguaggio delle cose che dicevo? La cosa fondamentale era quello che si stava facendo, la magia stessa. Trasformare un pesce in uno scheletro di pesce “per condividere momenti gradevoli insieme agli spettatori”.&lt;br /&gt;     - Vattene -ripeto, ma lei si avvicina di una mattonella. Mi mette una mano in mezzo alle gambe, poggiandola sul pantalone di tela che uso per andare a scuola. Carlitos rimane indietro; si è messo in testa il cilindro di cartoncino nero e fa lo spadaccino con il manico di scopa.&lt;br /&gt;     - Che fai? -le dico.&lt;br /&gt;     Sento il tepore che nasce da quel movimento primario, da quella specie di impasto in lievitazione che lei è riuscita ad ottenere. Me lo sento crescere dentro la sua mano e mi stringo al suo corpo per bloccarlo, per non perdere questo calore che prima o poi sparirà, come tutte le cose. È bello. È leggero. Appoggio il mio viso sui  rigonfiamenti della sua maglietta e ripenso alla musica della festa del suo compleanno. Un valzer. L’altra sua mano sulla mia spalla; il suo profumo; i suoi capelli. Un suo attimo di incertezza, poi un suo passo indietro che fa ricomparire sul pavimento e tra noi una mattonella, due. La sua voce che mi parla con dolcezza, come per chiedermi scusa per aver smesso di ballare.&lt;br /&gt;     - Hai visto che anch’io conosco qualche trucco? -dice.&lt;br /&gt;     Sorride come una ragazza grande.&lt;br /&gt;     - Quello che ti manca è una partner - aggiunge-, come quelle dei maghi della tivvù. Il fiore azteco, che mio padre nomina sempre.&lt;br /&gt;     Suo fratello usa la bacchetta magica per sbatterla contro il leggio che io stesso avevo costruito con il legno delle cassette di marmellata, seguendo per filo e per segno le istruzioni della rivista Lúpin. Allungo la mano e gli tolgo di testa il cilindro.&lt;br /&gt;     -Donne no -dico a Maria Marta.&lt;br /&gt;     Lei alza le spalle, tira via Carlitos per il braccio ed escono senza far rumore. Rimango solo, i trucchi sono tutti per terra, le sedie in disordine. Le mutande bagnate.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;TREDICI ANNI&lt;/strong&gt;     &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;    Maria Marta aveva ormai sedici anni e mi sembrava una tonta, ma proprio tonta, anche se dovevo riconoscere che la sua tontaggine era cresciuta in maniera proporzionale alla dimensione delle tette che si ritrovava. Aveva il più bel paio di tette del quartiere. Veniva al garage con la minigonna e la maglietta ben aderente, perché sapeva bene quello che piaceva a me e ai miei compagni di scuola. Direi che condividevamo un’amicizia speciale, basata sulla seduzione permanente della prestidigitazione. Per esempio: a lei piaceva ricevere in regalo un fiore che nasceva dall’aria, o da dietro la sua testa, come per incanto. Io capivo che le piacevano quelle cose perché voleva in tutti i modi crederci. Non c’è trucco, magari pensava col suo piccolo cervello d’oca. E poi, dopo lo sforzo di un pensiero, tornava al niente, alla linea bianca dell’encefalogramma piatto.&lt;br /&gt;     Cominciai a diventare amico di Carlitos a metà della seconda media. Io ero un po’ preoccupato perché non riuscivo proprio a ficcarmi nella zucca tutti i nomi dei padri della patria, né le date di Storia né le capitali in Geografia. “Primo Governo Nazionale: Rappresentanti!”. E bisognava snocciolarli uno dopo l’altro.&lt;br /&gt;     Una mattina facevamo colazione nella cucina della nonna, e Carlos mi disse che poteva inventarsi un verso con un trucco per ricordare tutti i nomi dei padri della patria. Una cosa facile, e anche divertente. Prese un tovagliolino di carta e scrisse:&lt;br /&gt;     “BELGRANO CAGÓ DIARREA, MÁS CAGÓ ALBERTI”.&lt;br /&gt;     Spiegò:&lt;br /&gt;     - BELGRANO è Belgrano. CA-gó è Castelli, DIARREA è Larrea, MÁS è per una parte MAtheu e per l’altro AS è AZcuénaga. Infine ALBERTI è Alberti. Tutto qui. &lt;br /&gt;     Mentre inzuppavo il pane nella tazza del caffellatte, pensavo che certo sarebbe stato più difficile ricordarsi tutta questa tiritera che non i sei nomi a memoria. Comunque da quella volta in poi cominciammo a far versi con tutte le cose. Era come preparare un trucco.&lt;br /&gt;     Más cagó Alberti.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     Durante le vacanze di quell’anno ebbi il mio primo contatto serio con il fiore azteco. Fu in un libro senza copertina e con la controcopertina azzurra, della Editorial Tor, che spiegava grandi passaggi dei più importanti artisti dell’illusionismo. Lo avevo comprato per quattro soldi in un locale di libri usati vicino alla stazione. Il fiore azteco era uno degli ultimi trucchi. L’idea del gioco era quella di esibire mezza signorina sorridente, tagliata all’altezza dell’ombelico, su un tavolino. Una doppia superficie riflettente dissimulava la presenza delle gambe sotto il tavolino. La donna si muoveva, parlava. Il libro utilizzava più di dieci pagine per descrivere le varianti nella disposizione degli specchi ma nemmeno mezza riga dedicata al copione, a quel che si doveva dire durante lo spettacolo, e io non riuscivo proprio a immaginarmelo. Neanche L’ultima parola della magia e dell’occultismo, della Editorial Caymi, spiegava bene i dettagli:&lt;br /&gt;     “Quando fu inventato questo gioco, molto tempo fa, fu chiamato con il nome di Fátima. In Messico prese il nome di ‘fiore azteco’. È una variante del ‘Decapitato’ e la sua rappresentazione è identica, essendo una illusione comunque più gradevole di quella della testa sola, che risulta sempre lugubre. Se la donna indovina che ne assume il ruolo è bella, l’esperimento avrà un esito straordinario…”&lt;br /&gt;     Rilessi il “Decapitato”, cercando un commento, un’indicazione, qualche dettaglio in più. Le altre varianti come “Madame Crisantema” o “Amaltea, la Sibilla di Cuma” non aggiungevano granché.&lt;br /&gt;     Carlitos prese il libro, guardó la figura 344 e disse che era proprio impressionante. Per lui, il solo fatto che il pubblico la vedesse viva già bastava.&lt;br /&gt;     - Qui dice che è indovina -aggiunse.&lt;br /&gt;     Non mi convinceva.&lt;br /&gt;     - E che indovinerá?&lt;br /&gt;     - Non so. Forse i nomi della gente. O starà lí, bendata, come una telepata, e andrá dicendo quali oggetti stanno sollevando le persone che si prestano a collaborare.&lt;br /&gt;     Mi restituí il libro. Io rimasi a guardare la figura in silenzio.&lt;br /&gt;     - E che c’entra la mancanza di gambe con la divinazione? -dissi-. Essere senza gambe le darà chiaroveggenza?&lt;br /&gt;     Carlitos ci pensó su.&lt;br /&gt;     - Magari c’entra qualcosa il Messico.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     Maria Marta, per venire alla rappresentazione, si era truccata gli occhi e si era data il rossetto sulle labbra. C’erano anche il vicino della casa d’angolo, quella faccia da pappagallo che abita a metà strada col suo fidanzato pieno di brufoli, i fratellini Martínez, la cilena del negozio di alimentari, le ragazze Rapazzo (la più grande con un bebé in braccio), la tipa che abita di fronte, anche lei ragazza madre ma in preda all’amarezza e ai sensi di colpa perché aveva regalato il bambino, la vecchia Lavandina e la nonna. Il barbone della strada si affacciava dalla soglia per guardare. Quello che ci separava dal suo corpo era soltanto una questione di odori; per questo non lo facevamo entrare.&lt;br /&gt;     La nonna ordinó che chiudessero la finestra. Spense le luci col suo interruttore e chiese silenzio. Per l’esattezza gridó: “TUTTI ZITTI!”. Accese il riflettore rosso e io, che stavo seduto su uno sgabello guardando il pavimento con fare pensieroso, cominciai ad aprirmi come se fossi “un bocciolo di rosa che si sveglia alla prima rugiada del mattino”. Cosí diceva il libro. Indossavo un vestito tipo indú, con un turbante fatto con un asciugamano bianco. Nella parte anteriore vi avevo agganciato il disco di alluminio che sigilla i barattoli del Nesquik. Dovetti, per fare una cosa fatta bene, pareggiarne i bordi con le forbici. E cosí, sotto la luce rossa, il riflesso argenteo assumeva tonalità intriganti e nascondeva i bollicini che mi si erano formati sulla fronte e nelle guance. Anche la tunica indú dissimulava qualcosa. “Presto crescerai tutto in una volta”, diceva la nonna. Ma intanto continuavo ad essere bassino e rotondetto. Non grasso ripugnante, ma certo con brutti rotoli all’altezza della vita e dei fianchi. Comunque qualcuno più basso di me c’era. Carlitos era uno di questi. Anche se non era proprio grasso né aveva ancora i bollicini. Maria Marta invece era una dea che sorrideva a tutta bocca, con la luce rossa che l’avvolgeva come un tulle. Io con la tunica sembravo più magro e addirittura un po’ più alto. Più degno delle sue tette.&lt;br /&gt;     Sul leggio c’erano le buste con dentro le targhette. Cinque buste e cinque targhette. Il leggio era nuovo di zecca, un regalo della vecchia Lavandina (la vicina amica della nonna): un tavolinetto cinese laccato di rosso e nero, con draghi che sputavano fuoco. Si potrebbe dire che tutto era stato rinnovato, perché con Carlos avevamo aggiustato le sedie di legno nella falegnameria di suo padre e io stesso, con un rullo, avevo dipinto il soffitto e le pareti del garage con smalto sintetico nero. “Il colore è per dare risalto allo spettacolo”, dissi alla nonna per convincerla. Lei disse:&lt;br /&gt;     - Il nero sa di lutto.&lt;br /&gt;     Ma mi lasció fare lo stesso. Mi sembró che alla gente la scenografia fosse piaciuta. La vecchia Lavandina aveva la faccia di chi viene a dare un’occhiata più al suo tavolinetto cinese che a me.&lt;br /&gt;     - Salve a tutti. Bene -la voce mi usciva pausata e chiara-, voglio che si rilassino. Osservino con attenzione il mio terzo occhio nel turbante, è un pezzaccio di latta che ha fatto il giro del pianeta ipnotizzando umani, animali, piante, sassi… Era di un fachiro d’oriente, della città di…&lt;br /&gt;     La più piccola delle Rapazzo fece un verso con la bocca, come se comprimesse uno sbotto di risa. Era lei che mi aveva regalato il foglio d’alluminio.&lt;br /&gt;     - …della città di Nesquik, vero signorina?&lt;br /&gt;     Assentí con la testa. Alcuni si girarono per vedere meglio. Immaginai che Maria Marta forse cominciava ad innervosirsi per questa complicità: le era sparito dalla bocca il sorriso di prima.&lt;br /&gt;     - Bene. Chiedo a tutti silenzio e che concentrino l’attenzione sulla latta. Non vi succederà niente di male. Stringete bene i piedi; le spalle diritte…&lt;br /&gt;     Faccia di pappagallo e Maria Marta si irrigidirono sulle sedie, dure. Il fidanzato del pappagallo guardava teso, stringendo i denti. L’attenzione di tutti era rivolta verso il turbante. Mi alzai in piedi e gli sguardi si alzarono. Quando si mantengono gli occhi rivolti verso l’alto per un certo tempo, i muscoli si stancano, perché devono produrre un lavoro forzato. Questo lo avevo letto da qualche parte. Approfittai per suggerire:&lt;br /&gt;     - Tranquilli, sereni… le palpebre vogliono chiudersi, gli occhi si stanno stancando, viene il sonno ma noi non lo faremo arrivare, vero Carlos?&lt;br /&gt;     Carlos negó con la testa. Maria Marta guardava di sottecchi il ragazzo dell’angolo. Mi disturbó che non fosse concentrata.&lt;br /&gt;     - La respirazione diventa più profonda, di più e di più… -la nonna chiuse gli occhi- ci sentiamo comodi, rilassati… è molto piacevole riposare qui seduta… vero Maria Marta?&lt;br /&gt;     - Eh?&lt;br /&gt;     - Dico se stai bene, comoda ma attenta, rilassata ma sveglia.&lt;br /&gt;     - Sí, certo -disse.&lt;br /&gt;     Il ragazzo dell’angolo era alto, magro, aveva diciassette anni e guidava la Fiat 600 di suo padre. “Troppi punti a suo favore”, pensai.&lt;br /&gt;     La nonna russó. La ragazza madre della casa di fronte la scosse un poco per svegliarla. Qualcuno stava già ridendo. La nonna spalancó gli occhi.&lt;br /&gt;     - Mi sono addormentata… non so come è successo -disse gridando. A seguito dello scossone aveva pigiato il pulsante, accendendo senza volere la luce bianca. Tutte le palpebre si mossero,  simultaneamente sorprese. Presi le cinque buste dal tavolinetto.&lt;br /&gt;     - Anche se ci siamo svegliati, voglio mettere in chiaro che siete ipnotizzati. L’esercizio di rilassamento che vi ho fatto fare serviva perché le vostre menti si coordinassero alla stessa frequenza delle mie onde cerebrali. E anche se ognuno continuerà a fare quel che vuole, i cinque eletti che io indicherò saranno capaci di realizzare un’impresa di mentalismo mai vista in Argentina. Per favore, continuate tutti con la mente libera, completamente sgombra…&lt;br /&gt;     Mentre dicevo questo, guardavo Maria Marta pensando “non ti risulterà troppo difficile”. Diedi una busta alla nonna e un’altra a lei, che disse grazie; ne passai un’altra al ragazzo dell’angolo, ma gliela tolsi di mano prima ancora che potesse afferrarla. “Mi sembra che non sei ancora pronto”, gli dissi. Mortificato per sempre davanti alla dea di noi tutti. Le altre tre buste se le litigarono le sorelle Rapazzo e un bambino vestito da marinaretto.&lt;br /&gt;     - Tutti sapete scrivere, vero?&lt;br /&gt;     - Scrivere qualunque cosa? -domandò il bambino.&lt;br /&gt;     - Sí.&lt;br /&gt;     Il bambino lasciò la busta, spaventato, nelle mani della vecchia Lavandina. Ripetei la domanda:&lt;br /&gt;     - Sapete tutti scrivere?&lt;br /&gt;     - Síííí -risposero.&lt;br /&gt;     - Allora consegnerò ad ognuno di voi cinque una penna perché possiate annotare una parola nel cartoncino che troverete dentro la busta.&lt;br /&gt;     - Una parola… qualunque? -chiese Maria Marta.&lt;br /&gt;     - Sí, signorina -risposi.&lt;br /&gt;     - Ma proprio qualunque qualunque? Anche il nome di qualcuno?&lt;br /&gt;     - Non c’è problema -dissi.&lt;br /&gt;     Prese la biro con decisione e cominciò a scrivere nella parte della busta come se stesse annotando il mittente. Fece in tempo a scrivere una lettera che io già la bloccavo e ripetevo a tutti:&lt;br /&gt;     - Attenzione, scrivete la parola nella targhetta, non fuori.&lt;br /&gt;     - Ah -fece lei, confusa. Tirò fuori il ritaglio di cartoncino e scrisse la sua parola. Maria Marta era davvero  tonta, e fu l’unica che si confuse, senza che io avessi potuto accorgermene sul momento e prevenire l’errore. E questo perché, oltre a dovermi concentrare sulle spiegazioni, mi stava facendo innervosire quel tarato della 600, che si dondolava sulla sedia con l’aria di dire “mi sono già rotto, da un momento all’altro me ne vado”. Spiegai ai cinque che infilassero i cartoncini dentro le buste e le chiudessero. “Senza incollarle”, dovetti aggiungere, davanti a una lingua già pronta a umettare la colla di un angolo. La nonna mi consegnò la busta personalmente. Maria Marta raccolse quelle delle due ragazze di dietro, aggiunse la sua e si alzò per venire a darmele. Io commisi l’errore di non stare attento a quello che faceva, già concentrato nel seguito del discorso.&lt;br /&gt;     - La mente dell’uomo è un luogo meraviglioso, pieno di segreti e vibrazioni occulte. Oggi mi vedrete con un’attitudine per così dire autoritaria, sí, mai vista prima in questo garage, ma che sicuramente vi stupirà fino a strapparvi il giusto applauso, perché vi leggerò nel pensiero. Direte voi: “Questo è impossibile”, e io affermo: “niente è impossibile”. Soprattutto se prendiamo le giuste precauzioni. Per questo motivo questo pomeriggio abbiamo cominciato con un esercizio di suggestione che, senza che ve ne siate accorti, mi ha collocato in una posizione privilegiata rispetto ai libri aperti che per me ormai sono le vostre teste: la posizione del lettore. &lt;br /&gt;     Sentivo gli occhi di tutti inchiodati sulle mie mani, intanto che mescolavo le buste. Perfino gli occhi della nonna, che conosceva il trucco ed era mia complice attraverso una parola chiave concordata. La parola era “acqua”. Mischiavo le carte in maniera apparentemente limpida, ma la busta della nonna rimaneva sempre l’ultima.&lt;br /&gt;     - Sí, rispettabile pubblico, leggerò le vostre menti. Non tutto il contenuto delle medesime, perché sarebbe una sfrontatezza ed un approfittarsi delle mie doti di indovino; leggerò soltanto la parola che avete scritto, con il solo appoggiare la busta sulla fredda superficie del mio terzo occhio di alluminio.&lt;br /&gt;     Presi a caso la prima busta e l’accostai al circolo del turbante, poco più in su della fronte. Maria Marta teneva le gambe accavallate. Chiusi gli occhi. Non volava una mosca.&lt;br /&gt;     - Che buffo modo di scrivere -dissi-, ma conosciuto… mi sembra. Mi sembra che sia una parola della nonna. È così? -e aprii gli occhi rivolgendomi a lei.&lt;br /&gt;     - Non so -disse, contenta.&lt;br /&gt;     - Vediamo, vediamo… ACQUA.&lt;br /&gt;     La nonna si mostrò sorpresa.&lt;br /&gt;     - Hai indovinato -disse.&lt;br /&gt;     La gente la stava guardando quando lei cominciò a ripetere “ha indovinato, era acqua, proprio così”. Mi disposi a verificarlo, aprii la busta e lessi la prima parola sconosciuta, scritta con grafia -chissà- di una delle Rapazzo. La targhetta diceva: “casa”. La infilai di nuovo dentro, chiusi la busta e la feci scivolare dentro il cilindro.&lt;br /&gt;     - E ora vediamo… disse un cieco… (risate) -le cose erano cominciate bene. La nonna mi fece l’occhiolino. Alzai la seconda busta dal mucchio.&lt;br /&gt;     - Questa è più facile, si può vedere bene, la parola è scritta in stampatello, la quql cosa mi fa pensare alla signora Rapazzo, è così? -Feci la domanda guardandola negli occhi. Lei disse:&lt;br /&gt;     - No.&lt;br /&gt;     - No?&lt;br /&gt;     - La mia è scritta in corsivo.&lt;br /&gt;     - Non vada troppo di fretta! -le gridai esasperato.&lt;br /&gt;     - Potrebbe essere la mia? -disse la più piccola delle sorelle.&lt;br /&gt;     - Potrebbe essere, potrebbe essere… -ripetei concentrato nella visione.&lt;br /&gt;     Tutti tacevano. Maria Marta mi fissava muta. Potevo sentire come quasi mi toccasse con gli occhi la tunica indù, come mi accarezzava anche dentro la tunica.&lt;br /&gt;     - CASA! -gridai entusiasmato. La ragazza battè le mani. Aprii la busta e lessi: “giente”, cosí, con una i di troppo. “Effettivamente, CASA”, mentii. Di nuovo misi la targhetta dentro la busta e la tirai dentro il cilindro, preparandomi a sollevare la terza busta. La ragazza ripeteva: “era casa, era casa…”, senza capire. Nessuno mai, prima di allora, le aveva letto il pensiero; ora io sapevo tutto di lei, tutti i suoi sogni, tutta la sua vita, tutto ciò che avrebbe fatto. Quanto avevo dimostrato era la prova del mio potere.&lt;br /&gt;     - Ahi ahi, qui c’è un errore…-dissi. La vecchia Lavandina si coprí la faccia con le mani, con un sorriso sdentato e con un gesto di richiesta di comprensione, come a dire “sicuramente l’ho fatto io”. Dissi “GENTE” suscitando l’ammirazione del pubblico; aprii e lessi SOLE.&lt;br /&gt;     Avvicinai l’ultima busta alla fronte, lo appoggiai al disco Nesquik ovvero al mio terzo occhio e indovinai la parola SOLE. Ma girando la busta tra le mani, i primi della fila notarono qualcosa di strano. Qualcuno indicò il retro della busta, proprio dove Maria Marta aveva cominciato a scrivere per errore. E quella di Maria Marta era una parola che mi fece tremare di rabbia, perché fra tutte le parole del mondo lei aveva scelto il nome Ernesto, scritto con la minuscola, “ernesto”, il ragazzo dell’angolo. Ma la cosa peggiore fu che, prima di lasciarmi infilare la busta nel cilindro, lei si alzò e disse: “Lí non ci può essere scritto SOLE, perché io ho scritto un’altra cosa”.&lt;br /&gt;     - Come…? -le chiesi, sapendola incapace di riconoscere una minima differenza tra una busta e l’altra sotto quella luce rossa, quando tutte erano identiche.&lt;br /&gt;     - Sí -rispose, più che a me a tutto il pubblico, per rovinarmi il trucco-, quella è la mia busta perché io mi sono sbagliata e l’ho cominciata a scrivere fuori, con la biro che mi hai dato… ma la parola non è quella.&lt;br /&gt;     Girai la busta. Era segnata: una “E” di ERNESTO, correttamente maiuscola, scritta per errore sull’esterno.&lt;br /&gt;     Maria Marta rideva: “Ci ha ingannato, ci ha ingannato”, con una cantilena burlona; il ragazzo dell’angolo si rilassò sulla sedia in uno stato di completa estasi post-ipnotica, totalmente padrone della situazione; la nonna scoppiò in una tonante risata e la minore delle Rapazzo, poverina, si sentiva defraudata e in piena crisi. E proprio un secondo prima della fine! Mi mancava soltanto di sollevare la busta della nonna, dire ERNESTO, anche se la bocca mi si sarebbe seccata, aprirla e trovarci scritto ACQUA, la parola della nonna, riporre in busta e mischiare tutto dentro il cilindro di cartone, cosí alla fine chiunque avrebbe potuto verificare le parole. Perché le parole esistevano, erano scritte, si potevano vedere e tutti -salvo la nonna- sapevano che erano segrete.  E tutti pensavano che anche la parola della nonna era segreta e che io l’avevo indovinata. Io, il migliore, quello che avrebbe conosciuto ogni dettaglio della loro vita; che fregatura! “Andate via”, pensai, ma non ci fu bisogno di dirlo perché la gente se ne stava già andando. La gente, già dimentica dello spettacolino, usciva e chiacchierava dei pettegolezzi di strada; Carlos invece mi si avvicinó per confidarmi che comunque era andata bene lo stesso, che era un bel trucco e che alla fine era stata solo pura fatalità, un piccolo errore senza importanza. Mentre sua sorella, splendida, si affrettava per raggiungere quello dell’angolo, quello della Fiat, Carlos, Carlitos, mi ripeteva la solita tiritera, che dovevo cercare di puntare a qualcosa di più importante, di maggior impatto, qualcosa tipo spettacolo di magia con tutti gli annessi e connessi. E intanto che Maria Marta ed “ernesto” si scambiavano un bacio sulla bocca (nel mio garage! Ero rosso di rabbia…), Carlitos continuava la solfa domandandomi se non avevo mai pensato al trucco di sezionare una persona. Gli dissi di no. Che non mi interessava. Che volevo morire, volare, sparire; non so. Lui sí che sapeva, e si offriva di farlo insieme a me, se ero d’accordo. Le labbra di Maria Marta si stringevano contro quelle del suo ernesto con minuscola, ricciolino come me ma con minuscola. Potevamo progettarlo una di queste mattine, insisteva Carlitos.&lt;br /&gt;     - E come si fa? -chiesi, distratto.&lt;br /&gt;     Allora Carlitos fece qualcosa di incredibile, qualcosa che non avevo mai visto fare da nessuno prima di allora, qualcosa di inimmaginabile. Disse:&lt;br /&gt;     - Cosí.&lt;br /&gt;     E si rimpicciolí senza piegare le ginocchia né chinarsi, approfittando di un momento in cui nessuno ci guardava. Come se le gambe gli si fossero ristrette a fisarmonica sotto i pantaloni. Non riuscivo a immaginare che tipo di relazione ci fosse con i trucchi della persona tagliata in due, ma era veramente fantastico.&lt;br /&gt;     - Questo è il segreto -disse.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     Carlitos era il segreto. Il mio amico, che frequentava il primo superiore della Pilota (una scuola mista, e non di preti e tutti maschi come il collegio Marista che frequentavo io), era capace di contrarre le ossa del bacino in una maniera incredibile. Diceva che anche Houdini faceva lo stesso, solo che il grande mago era capace di contrarre anche le spalle e i gomiti. Certamente non era una cosa da rompersi le ossa, ma una rara capacità di agire sulle proprie giunture. Lui lo aveva visto fare anche in un film con Toni Curtis. Era stranissimo. Le gambe gli si restringevano telescopicamente sul punto vita e le ossa gli si infilavano fino in pancia; si abbassava come minimo di venti centimetri fino ad apparire come un orribile nano, con le gambe quasi inesistenti dalla metà in su. Quasi senza cosce. E quando voleva, tornava a rialzarsi.&lt;br /&gt;     - Vuoi che mi levi i pantaloni per farti vedere?&lt;br /&gt;     Gli dissi di sí, tanto tutta la gente se n’era andata. Si sfibbió la cintola e tiró giù la cerniera lampo dei suoi jeans, un paio di Wranglers di quelli larghi e all’ultima moda, che scivolarono subito a terra. Anch’io avevo lo stesso tipo di jeans e gli stessi stivaletti scamosciati color marrone. Rimase con gli slip, piccoli e rossi, che gli evidenziavano un bozzo enorme in mezzo alle gambe.&lt;br /&gt;     - Caspita, che pacchettone per essere cosí basso!&lt;br /&gt;     - Visto? -disse- è incredibile quanto mi sia cresciuto. E mi sono venuti anche un sacco di peli.&lt;br /&gt;     - Fai un po’ vedere…&lt;br /&gt;     Abbassò gli slip fino alle ginocchia, senza nessuna vergogna. E lí non c’era trucco. Era qualcosa di simile a una salsiccia, con la cappella tutta rossa; e i coglioni sembravano due criceti addormentati. Avevo visto il criceto di sua sorella nella falegnameria; si chiamava Coco o Cocó, perché nessuno sapeva se era maschio o femmina, e mi sembrava che avesse la stessa peluria delle sue palle. Precisa identica.&lt;br /&gt;     - Il pisello mi è cresciuto da solo -spiegò, quasi scusandosi-. E a te?&lt;br /&gt;     Stavo per dirgli “non so che mi succede, dev’essere che ancora non ho avuto la botta di altezza di cui parla la nonna”, ma non lo feci. E prima che lui continuasse a chiedere, dissi:&lt;br /&gt;     - Quando mi si drizza è enorme.&lt;br /&gt;     Lui non insistette, e tutto continuò normalmente. Si alzò gli slip. “Preparati”, disse. Io ero ancora assorto pensando a quella cosa gigante. “Quando ce l’avrò anch’io cosí, non ti dico quello che ti farei, Maria Marta!”, pensai. Carlos fece tremare i suoi fianchi e potei vedere come due protuberanze (mi spiegò che erano le parti superiori dei femori) passavano da sotto l’elastico degli slip e salivano fino all’altezza dell’ombelico. Se non erano venti, quindici centimetri sí che si abbassava, e per la sua statura era un calo notevole. “Se aveva quel pisello prima dello sbalzo d’altezza”, pensai, “come gli sarebbe diventato dopo… se lo sarebbe dovuto legare al collo…”.&lt;br /&gt;     - Vedi? -disse, e cominciò ad alzarsi e abbassarsi come in un esercizio di ginnastica-. È strano, no? Però riesco a farlo.&lt;br /&gt;     Era un ragazzo pieghevole. Un ragazzo fisarmonica.&lt;br /&gt;     - Questo lo sanno la mamma e il dottore. E ora tu. &lt;br /&gt;     Fece un tremor di fianchi e le ossa si ricollocarono al loro posto. “Oltre a rimpicciolirmi in questo modo”, spiegò, “posso piegare le ginocchia come tutti e abbassarmi ancora di più”. Sorrise e si tirò su i Wranglers. Io ero veramente stupefatto.&lt;br /&gt;     - E ti sei fatto già le seghe con quel cannone? -gli domandai.&lt;br /&gt;     Alzò le spalle con sufficienza.&lt;br /&gt;     - Puff! Mille volte -disse.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     Poi mi raccontò il trucco della persona sezionata. Il titolo del trucco era “La ragazza tagliata”, che in questo caso sarebbe diventato “il ragazzo tagliato”, perché era Carlos che sarebbe entrato dentro la cassa. Subito pensai a il fiore azteco come a una parte dello spettacolo che poteva venire esibita prima: sezionare una donna in due per poi esporre al pubblico la metà superiore. Carlos osservó che forse erano due cose diverse, con emozioni diverse, e che secondo lui non bisognava metterle insieme. E in più, il fiore azteco doveva essere per forza una donna.&lt;br /&gt;     - Possiamo farlo fare a tua sorella -gli dissi.&lt;br /&gt;     Allora cominciò a parlare di Maria Marta, e mi disse che a volte si faceva le seghe pensando a lei. Mi sembró terribile, ma per lui era una cosa normale. Lei si faceva la doccia di sera, e dato che nel loro bagno non c’era la tendina, la spiava dal buco della serratura.&lt;br /&gt;     - Ha delle tette così, belle sode. Due palloni. Non te lo puoi immaginare.&lt;br /&gt;     Mi si drizzò inmediatamente. Io le tette le avevo viste solo al cinema, nel film Sole rosso, quello di caw boy che vide tutta la seconda media nel Nuevo Ciudadela, con Charles Bronson e una cinese che si bagnava in un catino smaltato. Fu soltanto un secondo, ma un secondo che per tutti noi del gruppo valeva l’intero film.&lt;br /&gt;     - L’ho visto anch’io quel film, ma neanche a parlarne, non c’è paragone. E poi, io a mia sorella le ho visto i capezzoli, la fica e il culo.&lt;br /&gt;     Mi strinsi il pisello, che era veramente duro, con la mano infilata nella tasca dei jeans. “Muoio dalla voglia di vederla”, dissi, e Carlos tacque, come se ora si vergognasse di aver parlato troppo di cose di famiglia. Quando si accorse che mi stavo toccando, diventò rosso e muto del tutto. Gli domandai:&lt;br /&gt;     - Scopa?&lt;br /&gt;     Lui alzò le spalle; non aveva più voglia di parlare. Rimanemmo per un bel pezzo in silenzio. Alla fine disse:&lt;br /&gt;     - Stiamo parlando di qualunque puttanata invece di parlare del trucco... &lt;br /&gt;     - Hai ragione. Dimmi.&lt;br /&gt;     Tirò fuori dalla tasca il progettino di una cassa che misurava 1,18 metri per 0,80. Le dimensioni erano indicate con le frecce. La cassa si apriva in due come una bara, e aveva un buco in cima per far uscire la testa e altri due in fondo per i piedi.&lt;br /&gt;     - Io mi infilo nella cassa. Mi metto gli stivaletti vaqueros di mia sorella, che mi stanno due numeri più grandi, e intanto mi sono spalmato i piedi di vasellina. Ci sei?&lt;br /&gt;     - Sí -risposi.&lt;br /&gt;     - Tu chiudi il coperchio. Prendi la sega di tua nonna. La vecchia intanto può fare qualche rumore tipo gong con una pentola, o qualcosa del genere. Mi segui?&lt;br /&gt;     - Sí.&lt;br /&gt;     - Bene. A questo punto cominci a segare. Mi dai un po’ di tempo, un po’ di secondi mentre dici qualcosa al pubblico; io ritraggo le gambe e piego le ginocchia. Sessanta centimetri di spazio interno mi bastano, ho già provato. Così piegato arrivo più o meno alla metà della cassa. Facciamo un segno con la matita in modo che non ti sbagli. Sarà il punto da dove inizi a segare in orizzontale.&lt;br /&gt;     - E i piedi?&lt;br /&gt;     - Li tiro su. Rimangono solo gli stivaletti alla vista del pubblico, la parte bassa, perché un po’ più in alto sono coperti dal bordo inferiore della cassa. La vasellina serve appunto per far scivolare fuori i piedi dagli stivaletti senza che si muovano. Mentre stai segando io grido. Tu separi le metà. La gente è stravolta. Metti insieme di nuovo le due parti della cassa e io infilo i piedi negli stivaletti. Solleviamo il coperchio e io esco intero.&lt;br /&gt;     Sembrava interessante. Ed era lui che si prendeva tutti i rischi.&lt;br /&gt;     - E la vasellina da dove la prendiamo?&lt;br /&gt;     - Mia sorella ne ha un barattolo. Non so perché la usa. Gliela rubo dalla borsetta e neanche se ne accorge.&lt;br /&gt;     - E la cassa?&lt;br /&gt;     - La faccio di compensato, su montatura di pino due per uno, così è più facile da segare.&lt;br /&gt;     Poteva proprio funzionare. “Ma guarda un po’, l’apprendista mago, con queste idee…”, pensai. BELGRANO CAGÓ DIARREA.&lt;br /&gt;     - Tua sorella avere tettone e tu avere capoccione -gli dissi.&lt;br /&gt;     - Ah ah -disse lui, mentre si accarezzava il bozzo sul jeans che, chissà per quale fatto strano, gli era cresciuto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     Carlos praticamente viveva con il cazzo sempre dritto. Tutto il santo giorno, tutti i giorni, a scuola, quando era sull’autobus, al cinema, quando pisciava, sempre. Questo per lui era un problema, perché doveva masturbarsi in continuazione per farselo ammosciare, ed era condannato ad usare sempre blue jeans, che perlomeno gli contenevano un po’ la protuberanza. A scuola, per esempio, usava Wranglers grigi tipo falegname, con quella fascetta laterale accanto alla tasca destra, che usava per appenderci le chiavi. Mi accorsi del suo problema quando cominciò a venire a casa, per le innumerevoli volte che chiedeva di andare in bagno. Veniva dopo pranzo, per parlare dello spettacolo, ed era preoccupatissimo per i dettagli dei dialoghi. O anche se la nonna se la sarebbe cavata con il controllo delle luci. Io gli dissi di sí, che l’aveva già vista all’opera. A Carlos piacevano le pareti nere, ma preferiva qualcosa di più discreto del costume da indú. Gli spiegai che era per dare un tocco di esotismo, che poteva andar bene e che cosí consigliava Magic Kim nel capitolo “L’apparizione del mago”, pagina 66. Lui obiettò, disse che nel libro “La Prestidigitazione alla portata di tutti”, Aldo Musarra insisteva con la sobrietà e che col costume da indú io sembravo una donna incinta. Mi fece proprio arrabbiare e cominciai a gridare.&lt;br /&gt;     - Non sai accettare le critiche -disse.&lt;br /&gt;     - Quello che non accetto è che stiamo parlando di cazzate, e di dove andremo con la macchina senza avere ancora la macchina.&lt;br /&gt;     - Che vuoi dire?&lt;br /&gt;     - Che manca ancora la cassa di legno! Quella che hai promesso e che non hai mai portato.&lt;br /&gt;     Mi sembrava che il punto era quello, perché hai voglia a parlare di dettagli, se mancava la cassa mancava tutto. Era il centro del problema. Si coprì la bocca per dirmi:&lt;br /&gt;     - Il fatto è che mia madre non vuole.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     La madre di Carlos soffriva di asma e non ne poteva più della segatura che doveva per forza respirare a causa del lavoro del marito. Non tollerava che ora anche il figlio si mettesse a far polvere. Mia nonna, che la conosceva bene, diceva sempre: “pover’uomo suo marito, gran lavoratore e cornuto”. La nonna inventava corna a mezzo quartiere, e quando venne a sapere del nostro inghippo dopo averle raccontato del trucco, disse:&lt;br /&gt;     - Non c’è problema, fatelo qui nel garage il lavoro della cassa. Poi ripulite tutto. &lt;br /&gt;     Carlos portò gli attrezzi della falegnameria. Un trapano elettrico, una sega, anche questa elettrica, dotata di uno strano apparato che lui disse che era il compasso (per tagliare i cerchi per i piedi e la testa), un martello, chiodi, alcuni listelli di sezione rettangolare, due grandi lamine di compensato, delle cesoie per tagliarle, una spazzola d’acciaio e una pialla elettrica dalla quale penzolava la prolunga del cavo.&lt;br /&gt;     - Dove lo attacchiamo? -domandò.&lt;br /&gt;     - Lí.&lt;br /&gt;     La nonna rimase per un po’ a guardare, ma volava tanta di quella polvere che se ne andò tossendo. Fu necessario aprire la finestra accanto alla porta del garage. Tutti quelli che passavano domandavano cosa stavamo facendo. Perfino il tarato di ernesto fermò la Fiat, scese e disse:&lt;br /&gt;     - State facendo un bel po’ di casino, eh, ragazzi?&lt;br /&gt;     Non lo guardammo neanche.&lt;br /&gt;     - Beh, buon lavoro -disse prima di andarsene, e noi: “vaffanculo”.&lt;br /&gt;     La madre di Carlos aveva ragione a lamentarsi. Lui diceva di no, difendeva il padre (che aveva promesso di venire a dare un’occhiata al lavoro, di vedere come stava andando, ma che non venne mai). La madre era un’isterica ed era insopportabile per tutti e due. Spendeva una fortuna in medicine che poi buttava nel cesso senza averle mai usate.&lt;br /&gt;     - Sai quanto costa quel Ventolin che non le abbiamo mai visto avvicinare alla bocca?  &lt;br /&gt;     - No -dissi, perché non lo sapevo.&lt;br /&gt;     Lui ci pensò un poco. Stava piallando la montatura della cassa: i pali di pino diventavano sempre più lucidi e lisci. Spense la piallatrice prima di affermare:&lt;br /&gt;     - Non lo so quanto, ma un sacco di soldi.&lt;br /&gt;     Poi cominciò a piantare i chiodi. Teneva i chiodi in bocca e quando parlava la voce gli usciva velata da un vago suono metallico. Disse qualcosa di questo genere: “che si crede, che mio padre tira fuori i soldi a palate? E come se non bastasse, ora anche mia sorella si mette a fare l’asmatica”.&lt;br /&gt;     Chi invece ci onorò della sua presenza fu il barbone. Si affacciò alla finestra estasiato, osservando Carlos mentre martellava i chiodi. Io non facevo niente, salvo preparare il mate e parlare. Quando chiudemmo la finestra il barbone applaudí, come se fosse finito lo spettacolo.&lt;br /&gt;     - Presto applaudirai davvero -disse Carlos, nel momento in cui l’ultimo chiodo gli cadeva dalla bocca.&lt;br /&gt;     Quella sera stessa portò via gli strumenti. Aveva lasciato l’armatura già pronta; mancavano le cerniere e i coperchi di legno. Lo accompagnai a casa aiutandolo a caricare gli strumenti che pesavano. Appena arrivati lui gridò: “ciao, ciao”, ma nessuno rispose. Entrammo. Anche Maria Marta era arrivata, perché la sua borsa e il giaccone erano appoggiati sul tavolo. Carlos fece “shhhh”, con un dito al centro delle labbra perché non facessi rumore, e avanzammo per il corridoio in punta di piedi. Sentii l’acqua della doccia che scivolava sul suo corpo. Mi si drizzò in una frazione di secondo. Lui fece un gesto per indicarmi che mi avvicinassi alla porta del bagno, ripetè l’indicazione di tacere e si inclinò sulla serratura. In quel pertugio c’era tutto ciò che più desideravo al mondo. C’erano quelle tette. Dall’interno della tasca afferrai il mio coso straduro e strinsi, chiudendo gli occhi. Dovetti appoggiarmi alle pareti del corridoio. Me la stavo immaginando riflessa nello specchio, dalla vita in su, come un fiore azteco. Maria Marta a metà. L’acqua della doccia. I capezzoli.&lt;br /&gt;     Carlos aveva tirato fuori l’uccello con la mano destra e faceva su e giù mentre guardava. Alzava e abbassava la mano. In quel momento non glielo vidi tanto grande. Come se il mio, in erezione, aumentasse di volume più del suo e cosí fossero più o meno uguali. Comunque, al confronto, continuava a vincermi per lo meno di una testa. Carlos era ebreo, e a differenza del mio ce l’aveva tutto scappellato. Lo afferrai per una spalla perché mi lasciasse vedere e lui fece un movimento come per dirmi di aspettare che fosse arrivato. Ma in quel momento udimmo la porta d’ingresso e la madre che gridava: “ciao, ciao”, che sembrava essere proprio un’abitudine della casa. Carlos con un balzo si dileguò nella sua stanza, chiudendosi e lasciandomi in mezzo al corridoio, piantato come un carciofo e in piena erezione. Con quel pisellone che mi pulsava e che mi stava facendo scoppiare i pantaloni, mi trovai davanti sua madre che insisteva a ripetere: “ciao, ciao, come va, dove sono tutti?”. “Qui”, gridò Maria Marta, spengendo la doccia. “Qui”, gridò lui dalla sua stanza.&lt;br /&gt;     - Qui -dissi io, tutto rosso, mentre mi sgonfiavo e gocciolavo, non soltanto di sudore freddo.&lt;br /&gt;     - E che stavi facendo? -domandò lei.&lt;br /&gt;     - Aspettavo suo figlio -risposi.&lt;br /&gt;     Carlos aprì la porta.&lt;br /&gt;     - Non so se lo conosci, è Fabio, quello della casetta con le tegole, il vicino di Ernesto -disse.&lt;br /&gt;     - Piacere -disse lei, un po’ fredda, o perlomeno cosí mi sembrò. Soltanto uscendo in strada mi tornò il colorito normale.&lt;br /&gt;     - Ma sei matto a lasciarmi cosí? -gli dissi fuori di me.&lt;br /&gt;     - Cosí come? -domandò.&lt;br /&gt;     - Cosí, lí piantato.&lt;br /&gt;     - Non ti preoccupare -aggiunse con aria di sufficienza-: ho una foto di lei  tutta nuda e domani te la porto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     Arrivó il giorno seguente e si mise al lavoro. Aveva preso dalla falegnameria del padre tre cerniere, un cacciavite, qualche vite, uno scalpello e di nuovo la sega elettrica col compasso. Tagliò perfettamente le tavole di compensato, marcandole a terra col punteruolo, varie volte, e utilizzando un’altra tavola perché il lavoro fosse fatto a squadra; io lo aiutai per piegare il compensato secondo i punti che aveva marcato. Era facile: il legno faceva crak e si spezzava di netto secondo le misure. E anche se il taglio non era proprio preciso, lui disse che lo avrebbe lisciato con una spazzola metallica. Tiró fuori la spazzola dalla tasca della tuta azzurra che indossava. Era una tuta identica a quella di suo padre, solo che lui la portava con degli stivaletti scamosciati e direttamente su una maglietta Pengüin con cravatta. Chiuse la cassa colpendo a martellate chiodi senza testa che mi sembrarono piuttosto fragili, e con lo scalpello fece delle tracce in tre punti precisi per avvitarvi le cerniere. Lo vidi tagliare, scartavetrare, segare e avvitare. Della foto, niente. Rimasi ad aspettare tutto il tempo. Anche lui aveva il pisello ritto, si notava addirittura attraverso la  tuta. Quando sembró che avesse terminato, mi chiese un bicchier d’acqua. Andai in cucina a prenderlo. C’era la nonna che, con gomitolo e ferri, stava lavorando a un paio di pantofoline per la ragazza madre, perché la gente mormorava: “di nuovo”, ma che adesso non lo avrebbe lasciato  per tutto l’oro del mondo. Aveva scoperto che il motivo della sua depressione era proprio quello, e che una madre deve sempre aver cura dei propri figli. “Troppo tardi ti sei pentita”, borbottava la nonna, sistemandosi gli occhiali per controllare il suo lavoro a maglia.&lt;br /&gt;     Tornai al garage e gli diedi il bicchiere. Se lo scolò in un sorso. La cassa era terminata, con i fori e tutto.&lt;br /&gt;     - Chiudi porta e finestra -disse.&lt;br /&gt;     Mi stupì che mi desse degli ordini. Insomma, eravamo nel mio garage, e poi il mago ero io. Comunque andai e chiusi. La cassa era venuta davvero bene e io ero veramente contento.&lt;br /&gt;     - Proviamo il trucco? -domandai.&lt;br /&gt;     - Prima c’è una sorpresa -disse, e aggiunse:- Solleva il coperchio.&lt;br /&gt;     Lo feci. Il coperchio si apriva perfettamente ancorato nelle cerniere; all’interno c’era una foto. Nella foto c’era sua sorella nuda, ginocchioni sul letto e col culo ritto in primo piano, mentre il viso era rivolto verso chi guardava, inclinato su una spalla. Le si vedeva anche una supertetta, bella come un monumento. Carlos aveva fissato la foto dentro la cassa con una puntina.&lt;br /&gt;     “Allucinante”, pensai. Tirammo fuori i nostri uccelloni belli duri e, senza perdere neanche un dettaglio di tutta quella carne in esposizione, ci masturbammo piano piano, ridendo da buoni soci che eravamo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     Poi cominciammo a parlare dei nostri piselli. Lui mi mostrò nei particolari com’era il pisello di un ebreo. Anche se suo padre era cristiano e dunque, lui, mezzo cattolico e mezzo moishe, il suo Rubén Peucelle gli era venuto completamente jiddish. Mi fece ridere. Per lui, Rubén era il miglior lottatore di catch, meglio ancora del Cavaliere Rosso o dello stesso Karadagián.&lt;br /&gt;     - Gli ho messo questo nome perché il mio è un lottatore -affermò. - E il tuo?&lt;br /&gt;     - Che cosa?&lt;br /&gt;     - Come si chiama?&lt;br /&gt;     - Non so -dissi.&lt;br /&gt;     Carlos era convinto che anche il mio doveva avere un nome, perché in fin dei conti il proprio pisello è il migliore amico che uno ha. “Nome e cognome”, aggiunse. Mentre io ne pensavo uno adatto, mi raccontò che sua madre lo voleva iscrivere dai Maristi, perché era una scuola di maggior prestigio e tutta maschile, ma per fortuna era ebreo e cosí lo hanno mandato alla Pilota. Gli dissi che era stata davvero una fortuna, che i maristi erano dei veri militari, e che tra l’altro bisognava raccontare al prete che uno si masturbava e giurare di pentirsi durante la confessione. Proprio cose dell’altro mondo, perché tutti sapevamo che nessuno si pentiva, che era solo per fare la comunione e poi, appena uno entrava in grazia di Dio, di nuovo con le mani in pasta, per cosí dire.&lt;br /&gt;     - Pretacci di merda -aggiunsi.&lt;br /&gt;     Tra l’altro, la Pilota era molto meglio, perché c’erano le femmine, con le gonne, le calze a tre quarti e i grembiuli quadrettati. Mi spiegó che comunque non c’era da farsi illusioni, perché quelle del primo e del secondo anno andavano con quelli di quinto. Io ascoltavo e pensavo. E improvvisamente mi balenó il nome, ricordandomi dell’ultima spiegazione di Storia.&lt;br /&gt;     - Filippo -lo interruppi nel mezzo del discorso-. Andrà bene?&lt;br /&gt;     - E il cognome?&lt;br /&gt;     Tornai a pensare.&lt;br /&gt;     - Filippo “Il Bello”. Quello di Spagna.&lt;br /&gt;     Carlos mosse la testa.&lt;br /&gt;     - Perlomeno fino a che non venga Giovanna la Pazza -disse.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     Alla fine della giornata staccammo la foto e lui se la mise in tasca. Provammo tutti i movimenti del trucco, segnando la linea che si doveva segare (la facemmo un po’ più vicino agli stivaletti, per essere sicuri che non ci sarebbero stati incidenti), però senza farlo, sennò poi dovevamo rifare tutto il lavoro della cassa. Era un trucco con molti sprechi, perché alla fine di ogni rappresentazione la cassa era già da buttar via, e bisognava rifarne un’altra per la prossima. Mi sembrò una cosa da matti, troppo lavoro. A lui invece non gli importava; ci eravamo comunque divertiti costruendola. Avremmo lasciato tutta la gente del quartiere a bocca aperta. Raccogliemmo tutti gli strumenti, spazzammo il pavimento, passammo uno straccio umido per dare un’aria di pulito e lasciammo la cassa su quattro cavalletti, pronta per lo spettacolo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     Carlos aveva inventato un sistema tutto suo per masturbarsi, lo chiamava “l’ombrellino”. Steso sul letto, si afferrava il tronco con la mano sinistra e con la palma della mano destra un po’ a cappuccio si strofinava la punta mentre pensava a sua sorella. Lo chiamava ombrellino per la forma che assumeva il tutto. Una sera mi domandò se conoscevo altri modi che avrei potuto insegnargli e io ne inventai uno lí per lí, con il pane appena portato dal forno.&lt;br /&gt;     - Dev’essere un pane di tipo francese, ancora bello caldo, di quelli che spezzi ed esce fumo. Gli tiri fuori un po’ di mollica, non molta, ed è pronto. Te lo scopi.&lt;br /&gt;     Gli sembrò una cosa schifosa, perché aveva a che fare col cibo, specialmente il pane, che a casa sua era sacro. Disse “sacro” impostando la voce, e spiegò che sua madre addirittura baciava perfino una briciola prima di buttarla via. Io mi vedevo con il pisello duro infilato dentro il pane, lí lí per arrivare, e la madre di Carlitos che baciava la punta. Diventai tutto rosso e cambiammo argomento.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     Su suggerimento del padre di Carlos, prima di fare il trucco visitammo il Museo della Polizia, dove avremmo potuto trovare un fiore azteco. La nonna era sicura che fosse quello del Parco Giapponese. Cercammo l’indirizzo in una guida e andammo in centro.&lt;br /&gt;     Durante il viaggio in treno parlammo del “Ragazzo tagliato” e dell’enigma del fiore. I dubbi più tortuosi che cercavamo di comunicarci  erano molti. Riguardavano il punto dove si sarebbe dovuta sezionare; se aveva o no la fica; se qualche chirurgo le aveva fatto un altro orifizio per il suo nuovo stato; se le erano rimasti dei moncherini di gambe o se il taglio le era stato fatto di netto. E il taglio era sopra o sotto l’ombelico? Ragionavamo di tutto questo perché immaginavamo di trovarla lí, nel Museo, sotto vetro, galleggiando nella formaldeide. Solo che non l’avremmo mai trovata viva. Un fiore appassito, ma umano. Entrammo al Museo tremando.&lt;br /&gt;     Quello che riuscimmo a vedere ci deluse. La trovammo nella sala delle truffe e degli inganni. Era mezzo manichino vestito da zingara di fronte a un globo bianco. In una targhetta c’erano scritti tutti i furti e le fughe che aveva fatto nella Casa del Pellegrino del santuario di Luján.&lt;br /&gt;     Ce ne andammo presto. E Carlos rimase con la voglia di salire al primo piano, dove c’era un settore del museo proibito ai minori, qualcosa che aveva a che fare con la medicina forense. Era convinto che lí avremmo potuto trovare le gambe sezionate di un fiore azteco. Se le immaginava con le scarpe con i tacchi alti, immerse nella formaldeide.&lt;br /&gt;     Lui immaginava quello che io non vedevo della metà del trucco.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     - Cari vicini -dico, rivolto a tutti gli occhi. Sono vestito con il grembiule che avevo usato fino alla seconda media; il mio corpo non era poi troppo cambiato da allora, e a Carlos quel modo di presentarsi non lo disturbava, lo accettò fin dalla prima prova.&lt;br /&gt;     - Mi presento, sono il chirurgo primario dell’Ospedale di Morón, Dottor Fabio Elmago. Elmago è il mio cognome materno.&lt;br /&gt;     Tutti ridono, meno la ragazza madre che si è vestita con un camicione tipo voile, probabilmente fatto con la tenda di casa sua. Senza dubbio vuol far vedere a tutti che è incinta. La nonna abbassa un po’ le luci rosse e accende uno spot di luce bianca intensa, che dovrebbe dare l’idea dell’illuminazione di una sala chirurgica. Lo spot lo avevamo fatto con una latta di olio Cocinero e un portalampade, seguendo le istruzioni del supplemento Decoralia di Natale. Carlos è disteso sulla cassa, che a sua volta è appoggiata sui cavalletti, ed è coperto da un lenzuolo bianco. Ci sono quasi venti persone. Essendoci anche i genitori di Carlos, Maria Marta non si strofina con ernesto che, “per puro caso”, è seduto accanto a lei e guarda di sottecchi per capire se la madre si fida della cosa. Comunque questa è la mia serata, e nessuno me la rovinerà. Sono venuti anche la cilena dell’alimentari col marito, i Rezzanni, le sorelle Rapazzi, i Martínez, il presidente della Società di Fomento e il verduraio, che è in buoni rapporti con i genitori di Carlos. Si chiama Gutiérrez, è pelato ed ha l’abitudine di fare i complimenti a tutte le donne, dalle bambine fino a quelle di sessanta e più. Per lui andrebbe bene anche la nonna. A Maria Marta, una sera che stavamo camminando, disse: “vieni che ti lubrifico le tubature, principessa”. Io mi arrabbiai ma Maria Marta si mise a ridere. Era quando cominció a darsi sulle labbra il rossetto color fucsia. Continuo:&lt;br /&gt;     - Cara gente del quartiere, signor presidente della Sala, distinto pubblico in generale. Ieri notte ho ricevuto una chiamata urgente da un vostro vicino che mi sollecitava una di quelle operazioni  che io eseguo nel mio Ospedale. Questo buon uomo, don Carlitos, mi disse che era al corrente, dalla Mecánica Popular, che io negli Stati Uniti avevo realizzato operazioni a una squadra intera di basket del Michigan. Si erano stufati di essere alti e volevano lavorare come nani in un circo. Sí, è cosí, non ridete. Maria Marta, per favore non ridere.&lt;br /&gt;     Lei arrossisce. Il pelato le si avvicina pericolosamente da dietro. Lei chiude gli occhi.&lt;br /&gt;     - La massima aspirazione di questi ragazzi era quella di formare una squadra di nani che giocassero a basket. Si consultarono con me nell’Ospedale e io dovetti andare su in Michigan. Otto elementi: cinque giocatori e tre riserve. L’allenatore era l’unico soddisfatto della propria altezza: chiaro, misurava 1,57, come me. L’altezza migliore, gli dissi, ma loro insistettero che non volevano superare un metro e venti. La loro media era 1,98. Come vedete, una faccenda difficile. Ma io fui all’altezza della situazione e… -faccio una pausa. Ernesto reagisce alla battuta con un sorriso. Il presidente è cosí rigido che sembra inamidato. Il pelato, in piedi, appoggia le due mani sulle spalle di Maria Marta e, sicuramente, la sta puntando con il pisello (ahi, come deve avercelo duro) contro la schiena, perché lei ha uno sguardo di circostanza perso nel nulla.&lt;br /&gt;     - Tutti sappiamo quel che è accaduto. Immagino che leggiate Mecánica Popular come Carlitos, che in uno dei suoi ultimi viaggi negli Stati Uniti ha potuto verificare la felicità di quegli otto nani giocatori di basket: non solo furono assunti nel circo New World City, ma firmarono anche un contratto con la Walt Disney Corporation per partecipare ad una nuova versione di Biancaneve con attori reali-.&lt;br /&gt;     Tutti stanno seguendo la storia con attenzione, meno il verduraio e Maria Marta, che definirli incollati è dire poco. Ernesto la tira con una mano perché presti attenzione. Faccio scorrere il lenzuolo che copre il corpo di Carlos. &lt;br /&gt;     - Ed ecco qui Carlitos -dico rivolto al pubblico. Carlos apre gli occhi-. Sta facendo la siesta, Carlitos?&lt;br /&gt;     - No dottore.&lt;br /&gt;     - È sveglio del tutto?&lt;br /&gt;     - Sí dottore.&lt;br /&gt;     - D’accordo. Ora chiedo cosa ne pensa il pubblico, perché sono stato io il primo a sorprendermi. Per telefono, dalla voce, diciamo pure dalle sue aspirazioni al nanismo -faccio un gesto con la mano indicando un’altezza minima- sembrava un tipo alto. Per questo sono venuto con tutti gli strumenti chirurgici, ma mi rendo conto che non è un gigante, ma che è alto… -passo la parola a Carlos, steso sulla cassa. Lui dice:&lt;br /&gt;     - Un metro e cinquantuno.&lt;br /&gt;     - E proprio qui sta il quid della questione! -grido-. Gli chiesi: signore, essendo già cosí basso, perché vuole operarsi? E lui che mi rispose? -guardo il pubblico; nessuno risponde. Il pelato si mette ora accanto alla madre di Maria Marta, e nella penombra che li protegge sembra che le stia afferrando una mano avvicinandosela ai pantaloni. Ora, fissando Carlos negli occhi-: Che mi rispose il signore?&lt;br /&gt;     - Per la legge della mano.&lt;br /&gt;     - Ora è tutto chiaro, no? -dico, formando una elle con l’indice e il pollice della mano destra. Faccio la L orizzontale e verticale, alternativamente-. Siamo grandi -dico. La gente sorride-. Quest’uomo è convinto che diminuendo la statura gli aumenterà la lunghezza della sua virilità. Per questo vuole sottoporsi alla sezionatura.&lt;br /&gt;     Maria Marta dice:&lt;br /&gt;     - Non capisco.&lt;br /&gt;     Io aggiungo, scoprendo gli altarini di fronte ai suoi genitori:&lt;br /&gt;     - Spiegaglielo tu, ernesto, per favore.&lt;br /&gt;     La madre, ritirando la mano troppo a contatto col pelato, si sporge per vedere a chi mi riferisco.&lt;br /&gt;     - Io ho detto a Don Carlitos che sarebbe rimasto troppo basso, ma a lui non gliene importa. È sicuro che non se ne pentirà?&lt;br /&gt;     - No -risponde lui.&lt;br /&gt;     - Sicuro sicuro?&lt;br /&gt;     - Sí dottore.&lt;br /&gt;     - Sicurissimo?&lt;br /&gt;     - Sicurissimo.&lt;br /&gt;     - Per caso non vuole prima consultarsi con il Presidente della nostra gloriosa Società di Fomento e della Sala di Pronto Soccorso? Non vuole sapere cosa ne pensa lui?&lt;br /&gt;     - No dottore. Ringrazio tutti di essere venuti qui ad assistere all’intervento, ma non voglio il parere di nessuno.&lt;br /&gt;     - Neanche dei suoi genitori, lí in fondo?&lt;br /&gt;     - No dottore.&lt;br /&gt;     - Né della sua cara sorella?&lt;br /&gt;     - No dottore. Sono padrone del mio proprio corpo.&lt;br /&gt;     - Allora pronti -dico, a testa china, verso il pubblico-: Spero davvero che non abbia di che pentirsene. Nonna, le luci.&lt;br /&gt;     La nonna spenge il riflettore e aumenta l’intensità delle luci rosse con il potenziometro. Avevamo migliorato la situazione luci seguendo il Primo manuale dell’elettronica delle Edizioni Hobby. Carlos scende dalla cassa abbassandosi con cautela, per non far scivolare gli stivaletti dai piedi tutti unti. Apro la cassa e tiro fuori una enorme sega. Aiuto Carlos a stendersi sul letto improvvisato: rimane con gli stivaletti che sporgono da un foro e la testa che fuoriesce da un foro sul lato opposto. Chiudo il coperchio e lego la cassa con la corda, di quella che si usa per tendere i panni. Sto in piedi sul banco dove è stata collocata la cassa. Il silenzio è totale. Perfino il pelato sta guardando. Mi copro la bocca con un fazzoletto bianco, come se fosse una mascherina.&lt;br /&gt;     - Le persone che soffrono di problemi cardiaci, o comunque facilmente impressionabili, hanno la possibilità di abbandonare la sala -li avverto. A Carlos-: Lei sta bene?&lt;br /&gt;     - Sí.&lt;br /&gt;     - Tutto a posto?&lt;br /&gt;     - Sí dottore.&lt;br /&gt;     - Crede che avrà bisogno di anestesia?&lt;br /&gt;     - Come crede lei, dottore.&lt;br /&gt;     - Lei è una persona, come dire… che si spaventa per un doloretto da niente, o è un vero macho argentino?&lt;br /&gt;     - La seconda, dottore.&lt;br /&gt;     - Ovverossia, che può resistere. Non se ne uscirà poi con urla…&lt;br /&gt;     - No dottore.&lt;br /&gt;     - Né pianti.&lt;br /&gt;     - Non piango mai dottore.&lt;br /&gt;     - Cosí va meglio -dico, e comincio a segare secondo la linea segnata. Questo esercizio richiede il suo tempo, e di tanto in tanto guardo gli stivaletti che non si sono mossi, guardo lui e gli domando-:   &lt;br /&gt;     - Tutto bene?&lt;br /&gt;     - Appena un doloretto. Una cosa da niente -risponde.&lt;br /&gt;     - Posso continuare?&lt;br /&gt;     - Certamente dottore.&lt;br /&gt;     Quando finisco, scendo dal banco e lascio la sega per terra. Maria Marta si copre la bocca con le mani. Sua madre sta facendo lo stesso gesto, più dietro e in piedi. Allora dico, con voce da poliziotto:&lt;br /&gt;     - Fatto.&lt;br /&gt;     Mi asciugo la fronte con il fazzoletto che faceva da mascherina. Sto aspettando qualche reazione, un movimento.&lt;br /&gt;     - È stata dura. L’operazione più dura della mia vita.&lt;br /&gt;     Metto il fazzoletto nella tasca piccola del camice.&lt;br /&gt;     - Allora? -dice Carlos.&lt;br /&gt;     - Allora niente. Finito.&lt;br /&gt;     - Sono davvero più basso?&lt;br /&gt;     - Certo.&lt;br /&gt;     - Vediamo? -chiede.&lt;br /&gt;     - Lei per ora non vedrà niente -gli rispondo-, perché ha bisogno di riposo. Però lo posso far vedere a loro. Se vogliono.&lt;br /&gt;     Un mormorio percorre il garage.&lt;br /&gt;     - Va bene -dico, salendo di nuovo sul banco. Facendo forza con le mani, faccio scorrere la parte dei piedi una quarantina di centimetri sui cavalletti. La metà che sostiene la testa sorride; mi metto al centro e passo il braccio sulla zona del taglio. È incredibile, perché sto accanto a Carlos, è tutto un trucco, ma lui è talmente rannicchiato che non si vede. La cosa incredibile è che possa stare in quello spazio. L’altra parte, quella sezionata, sembrava che contenesse le sue gambe tagliate, i suoi fianchi, le palle, il pisello, i suoi piedi infilati negli stivaletti di Maria Marta, che ora  abbraccia  ernesto senza capire, senza dissimulare, senza sapere come si fa. Questo è magia, sto per dirgli, ma mi trattengo per far dire a Carlos la battuta della nostra sceneggiatura:&lt;br /&gt;     - Lei, dottore, mi assicura che ora sarò più dotato, secondo la legge della mano?&lt;br /&gt;     Penso: ma perché più dotato, ce n’era forse bisogno? Sorpreso dalla mia rigorosa professionalità, gli dico:&lt;br /&gt;     - No signore. L’unica cosa che le posso garantire è che da ora in avanti lei sarà molto più basso.&lt;br /&gt;     - Ah no! -grida infuriato-, se non ho la sicurezza di quello che volevo, meglio tornare all’altezza di prima.&lt;br /&gt;     - Ma io l’ho già tagliata!&lt;br /&gt;     - Non mi importa -con voce incapricciata.&lt;br /&gt;     - L’avevo avvertita. Una volta tagliato è impossibile…&lt;br /&gt;     - Impossibile? Allora faccia l’impossibile. Subito.&lt;br /&gt;     - Vediamo -dico, scendendo dal banco. Spingo la metà dei piedi fino ad arrivare al taglio. La cassa torna ad essere una sola.&lt;br /&gt;     - Non credo che riesca bene… -dico, rivolto al pubblico.&lt;br /&gt;     E, rivolgendomi a Carlos:&lt;br /&gt;     - Guardi che l’onorario me lo deve lo stesso, eh?&lt;br /&gt;     - Non c’è problema, lo paga mio padre.&lt;br /&gt;     Il falegname scoppia in una risata fragorosa.&lt;br /&gt;     - Va bene, se è cosí… -sciolgo lo spago e sollevo il coperchio. Carlos esce intero. Appoggia le suole degli stivaletti scivolosi forse in eccesso (troppa vasellina) sul pavimento piastrellato e io faccio un respiro profondo, per la prima volta. I vicini si alzano per applaudire. Esibiamo, io e Carlos, i pezzi della cassa, lo spago, la sega. La nonna grida più di quanto la sua sordità indicherebbe come accettabile. Maria Marta mi abbraccia e il ragazzo rimane indietro, controllando da vicino, osservato a sua volta dalla madre di lei, stavolta sotto le luci bianche del garage. Maria Marta mi dà un bacio. Non sa che le ho visto le tette nella foto, quelle tette che ora spio attraverso la scollatura. I ragazzi e i grandi toccano la cassa, senza potersi capacitare. Emozionato e vincente, annuncio a tutti:&lt;br /&gt;     - Prossima esibizione: “Il fiore azteco”.&lt;br /&gt;     La nonna fa cenno di no con la testa. Con la sufficienza e il decoro che le vengono dalla sua età, dice:&lt;br /&gt;     - Il fiore azteco è una donna, non un uomo.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/14637388-114774280952390978?l=mandarinasdulces.blogspot.com'/&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/14637388/posts/default/114774280952390978'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/14637388/posts/default/114774280952390978'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://mandarinasdulces.blogspot.com/2006/05/il-fiore-azteco_15.html' title='IL FIORE AZTECO'/><author><name>Gus Nielsen</name><uri>http://www.blogger.com/profile/15989569316094960851</uri><email>gesnil@gmail.com</email><gd:extendedProperty xmlns:gd='http://schemas.google.com/g/2005' name='OpenSocialUserId' value='15197016212663989666'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-14637388.post-114378398920751684</id><published>2006-03-31T02:45:00.000-03:00</published><updated>2006-03-31T02:46:29.226-03:00</updated><title type='text'>LA FLOR AZTECA</title><content type='html'>■有料メールマガジンの情報&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;■マガジン名 ラテン小説『アステカの花』&lt;br /&gt;■発行者 ラテンの世界、ヘラルド&lt;br /&gt;■発行日 毎週土曜日&lt;br /&gt;■内容 哀愁漂う町、アルゼンチン、ブエノスアイレス。&lt;br /&gt;手品好きの少年ファビオは近所の人たちを集め自慢の手品の技を披露。&lt;br /&gt;そんなファビオが魅了されてやまないのは『アステカの花』&lt;br /&gt;愛しい『アステカの花』は思春期を通じてファビオを魅惑し続ける。そして・・・・&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;■メールマガジン購読の登録・解除&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;ラテン小説『アステカの花』 (マガジンID：P0004268) &lt;br /&gt;メールマガジン登録&lt;br /&gt;１．配信システム『まぐまぐプレミアム』に会員登録（登録は無料）&lt;br /&gt;２．下記バナーより読者登録&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;※購読申込当月の購読料は無料になります（詳細)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;メールマガジン購読申込　&lt;br /&gt;■メールマガジンサンプル&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;★★★★★★★★★★★★★★★★★★★★★★&lt;br /&gt;　　　ラテン小説 『アステカの花』&lt;br /&gt;　　　　　　　　(創刊号準備２号）&lt;br /&gt;★★★★★★★★★★★★★★★★★★★★★★&lt;br /&gt;＜プロローグ＞&lt;br /&gt;　テーブルの４本の脚だけが見え、（これが一番難しい、&lt;br /&gt;鏡のいいかげんな置き方でいつも僕の場合は3本の脚しか見せること&lt;br /&gt;しかできないが。）切断された、所謂、半身が、ウエイターのお盆に&lt;br /&gt;据えられている。&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;半身の女性は小さなバストの形がかろうじてわかる&lt;br /&gt;小さな胸当てとスカートを身に付けている。&lt;br /&gt;そして自分の胸の下で腕を組み合わせている。&lt;br /&gt;肌の色はテーブルの色と同じ、まるで本の羊皮紙のような黄色をしている。&lt;br /&gt;　手品本の２２６ページに描かれたの彼女に僕は愛しさを感じていた。&lt;br /&gt;彼女は物静かで、おしとやかに描かれている。&lt;br /&gt;脚もなく、腰もなく、ただ３０の曲線と目の2つの点とで描かれている。&lt;br /&gt;□□□□□□□□□□□□□□□□□□□□□□□□□□□□□□□□□□□&lt;br /&gt;創刊準備２号&lt;br /&gt;発行者　：『ラテンの世界』ヘラルド&lt;br /&gt;お問合　：gerardo0811@yahoo.co.jp&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/14637388-114378398920751684?l=mandarinasdulces.blogspot.com'/&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/14637388/posts/default/114378398920751684'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/14637388/posts/default/114378398920751684'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://mandarinasdulces.blogspot.com/2006/03/la-flor-azteca.html' title='LA FLOR AZTECA'/><author><name>Gus Nielsen</name><uri>http://www.blogger.com/profile/15989569316094960851</uri><email>gesnil@gmail.com</email><gd:extendedProperty xmlns:gd='http://schemas.google.com/g/2005' name='OpenSocialUserId' value='15197016212663989666'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-14637388.post-114165711126496415</id><published>2006-03-06T11:58:00.000-03:00</published><updated>2006-03-06T12:05:24.806-03:00</updated><title type='text'>LA CONFESIÓN</title><content type='html'>&lt;strong&gt;ESCENA 1&lt;br /&gt;HABITACIÓN DE ESTHER. INTERIOR DÍA.&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En las paredes de la habitación hay almanaques de laboratorio. En su mesa de luz hay dos copas doradas, "campeona de hockey 1936 y 1938". Pastillas. Fotos de los hijos. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;SILVANA, PAULINA, SELVA, NILDA y ESTHER son las cinco ABUELAS que viven en el geriátrico y están jugando al póker. Apuestan pastillas. Tienen anotada una tabla de equivalencias de los valores de cada pastilla que apuestan. Por ejemplo: cualquier metabloqueante de Andrómaco equivale a cuatro Valium de 5 mgrs; un psicofármaco equivale a dos supresores del reflujo gástrico. Cada abuela tiene su distribuidor semanal de grageas sobre la mesa, más los frasquitos. El paño es improvisado: una frazada. Toman agua mineral. SELVA da cartas. Tiene un bastón canadiense apoyado en el respaldo de su silla. La  escena se ve desde arriba de la mesa. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;PAULINA&lt;br /&gt;Vos le atás tantos nudos como problemas tengas... Para eso tiene doce coronas... Es oriunda del centro de Europa... Polonia, Rumania, algo así...  No sé bien, pero la ataban para martirizarla, y la virgen se desataba sola. Por eso desata los problemas de los demás: antes supo desatar los de ella misma... Tiene como un lazo en la mano, que parece que es el que al final no pudo desatarse...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Las ABUELAS siguen jugando al póker. La cámara comienza a pasar por atrás de las cabezas de las mujeres, descubriendo a las contrincantes.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;ESTHER&lt;br /&gt;¿Estás hablando de la virgen de Sata Nudos?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;NILDA&lt;br /&gt;¿Y qué es Sata Nudos?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;ESTHER&lt;br /&gt;(segura)&lt;br /&gt;Un lugar de Rumania.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;NILDA&lt;br /&gt;No digas pavadas...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;PAULINA&lt;br /&gt;...por eso a veces no puede destatarle los problemas a los otros... No puede resolver todo, la pobrecita... Y no es de Rumania, es de San José de Talar, ahí por Villa Pueyrredón, de Villa Urquiza un cacho más aca...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;SELVA&lt;br /&gt;(parando de dar cartas)&lt;br /&gt;Poné luz, Pauli...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;PAULINA&lt;br /&gt;¿Satán Udos dijiste? ¿Cómo iba a ser de Satán si es una Virgencita...? Pobrecita...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;SELVA&lt;br /&gt;¡Luz!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;PAULINA&lt;br /&gt;(ofendida)&lt;br /&gt;Ay, pará, ya pongo...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;SILVANA&lt;br /&gt;No puede ser que te tengamos que avisar cada vez...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;PAULINA&lt;br /&gt;¿Alguien tiene cambio de un Atlancil?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;ESTHER, que va ganando y tiene una cantidad importante de pastillas, ordenadas por color y tamaño, busca el medicamento en el Vademécum. Al lado del nombre del medicamento está anotada la cantidad de Valium 5 mgrs correspondiente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;ESTHER&lt;br /&gt;(hojeando el libro)&lt;br /&gt;¿Estamos hablando del antiarrítmico?&lt;br /&gt;(lo encuentra)&lt;br /&gt;Ocho Valiums.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Le pasa el blister completo; PAULINA  saca una pastillita y la pone de luz. Todas las ABUELAS levantan las cartas. PAULINA las estudia, las cambia de lugar. Está tardando. SILVANA y SELVA esperan, impacientes. A las otras les importa poco.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;SILVANA&lt;br /&gt;¿Y, Pauli?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;PAULINA&lt;br /&gt;¿Y, qué?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;SELVA&lt;br /&gt;(a PAULINA)&lt;br /&gt;¿Abrís o no abrís? Par de Reinas...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;PAULINA&lt;br /&gt;(tarda un tiempo adicional; no parece entender. Al final, dice:)&lt;br /&gt;No.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;ESTHER, que es quien le sigue en turno a PAULINA, afirma:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;ESTHER&lt;br /&gt;Abro. Dos Akinetones.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;NILDA&lt;br /&gt;(a ESTHER, mirando el Vademécum con una lupa)&lt;br /&gt;Eso te sirve a vos que tenés Parkinson.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;ESTHER&lt;br /&gt;Pero valen como doce Valiums.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;NILDA acepta la apuesta. SELVA también la ve. SILVANA la triplica.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;SILVANA&lt;br /&gt;Tus dos Akinetones, más dos Tremblex y cuatro Madopar.&lt;br /&gt;(sonriendo)&lt;br /&gt;Ya que hablamos de Parkinson...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;PAULINA no ve la apuesta. Da vueltas sus cartas. ESTHER le protesta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;ESTHER&lt;br /&gt;¡Qué costumbre esa, Pauli!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;PAULINA&lt;br /&gt;Si ya me fui...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;ESTHER&lt;br /&gt;(indignada)&lt;br /&gt;¡Qué importa, nosotras seguimos jugando!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;ESTHER le da vuelta las cartas, no sin antes mirar una que había quedado tapada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;SELVA&lt;br /&gt;Yo también me voy.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;SELVA pone sus cartas tapadas en el mazo. NILDA duda, toca las pastillas, se ajusta los anteojos, que tienen un vidrio partido, y al final coloca sus cartas boca abajo sobre las de SELVA. Han quedado jugando solamente ESTHER y SILVANA. A ESTHER le toca aceptar la redoblona.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;ESTHER&lt;br /&gt;(sonriendo)&lt;br /&gt;Tus pastillitas para no temblar, más todos los Dramammines que te quedan a la vista.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;SILVANA&lt;br /&gt;¿Y si me agarra la enfermedad de Meniére?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;ESTHER&lt;br /&gt;(a SILVANA)&lt;br /&gt;Putearás un poco más, listo. Tu resto, vamos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;ESTHER cuenta el resto de SILVANA y lo apuesta. SILVANA, que parecía amedrentada, respira hondo para envalentonarse.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;SILVANA&lt;br /&gt;(a ESTHER)&lt;br /&gt;Veo, más un frasco entero de Memorex que llevo en el bolsillo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;NILDA&lt;br /&gt;(a SILVANA)&lt;br /&gt;No se puede apostar lo que no está arriba del paño...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;ESTHER hace un gesto para contenerla.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;ESTHER&lt;br /&gt;(a NILDA)&lt;br /&gt;Las de afuera son de palo...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;SILVANA saca tímidamente el frasco de su bolsillo y lo apoya en la mesa. Está vestida con un batón de múltiples bolsillos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;NILDA&lt;br /&gt;Me parece mal pasar por sobre las reglas internas...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;NILDA se toma una de las pastillas con un vaso de agua, y le indica a PAULINA qué debe tomar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;PAULINA&lt;br /&gt;(hablando consigo misma)&lt;br /&gt;Yo si quiero muestro las cartas, qué importa, si ya me fui...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;SILVANA&lt;br /&gt;(intentando amenazar a ESTHER)&lt;br /&gt;Cincuenta pastillas de Memorex nuevitas, sin vencer... Y en su estuche original...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;PAULINA&lt;br /&gt;(sigue en su postura concentrada)&lt;br /&gt;Qué importa que me vean las cartas, si ya no estoy jugando...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;NILDA le pasa el vaso de agua.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;NILDA&lt;br /&gt;(a PAULINA)&lt;br /&gt;Pero los que se quedan jugando saben cuáles cartas pueden venir o cuáles no, porque las cinco tuyas están destapadas...  Si a mí me tocan tres ases y me quiero tirar al póker, en cuanto vea un as en la mesa me tengo que tirar al full. Obligada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;PAULINA&lt;br /&gt;(repite)&lt;br /&gt;Y a mí qué me importa, si ya me fui...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;SELVA&lt;br /&gt;(interviniendo)&lt;br /&gt;Es muy egoísta de tu parte, Pauli. Si todas vamos a jugar así...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;PAULINA levanta los hombros. ESTHER se ha pasado todo el tiempo mirando a SILVANA a los ojos, fijamente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;ESTHER&lt;br /&gt;(decidida)&lt;br /&gt;Acepto. ¿Cuántos Memorex entran en diez Alplax?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;NILDA busca en el Vademécum.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;NILDA&lt;br /&gt;Treinta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;ESTHER&lt;br /&gt;(a SILVANA)&lt;br /&gt;...más diez Foxetín... ¿Estamos?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;SILVANA&lt;br /&gt;¿Foxetín que es? ¿Folletín?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;ESTHER&lt;br /&gt;El antidepresivo que lleva Flouxetina.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;ESTHER ve dudar a SILVANA y agrega un blister de Frecuental.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;ESTHER&lt;br /&gt;(muy segura de sí misma, guiñándole un ojo a NILDA)&lt;br /&gt;Y un Urobactrim de regalo, para las que se hacen pis encima...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;SILVANA enfurece, ofendida.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;SILVANA&lt;br /&gt;(a ESTHER)&lt;br /&gt;Sos una tarada!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;ESTHER se estira sobre la mesa para agarrar el frasco de SILVANA, se lo pasa a NILDA, para que le controle la fecha de vencimiento. NILDA se cambia de anteojos. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;NILDA&lt;br /&gt;Fresquito...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;ESTHER hace una montaña con todas las pastillas del pozo. SILVANA está enojadísima. NILDA toma el mazo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;NILDA&lt;br /&gt;(a ESTHER)&lt;br /&gt;¿Cartas?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;ESTHER&lt;br /&gt;(satisfecha)&lt;br /&gt;Servida.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;NILDA mira a SILVANA. SILVANA separa, primero, dos; finalmente recoge una. No puede decidirse.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;SILVANA&lt;br /&gt;(vencida)&lt;br /&gt;...una...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;NILDA le cambia la carta. SILVANA la recibe y se pone nerviosa. Tira las cinco cartas descubiertas sobre el paño, con furia. No tiene nada. ESTHER da vuelta sus cartas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;ESTHER&lt;br /&gt;Escalera...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;ESTHER está a punto de recoger todas las pastillas del pozo, cuando SILVANA se para. No puede más consigo misma. Se muere de odio. Va a decir algo, pero bufa y se retiene.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;ESTHER&lt;br /&gt;(tranquilizadora)&lt;br /&gt;Bueno, si llegás a necesitar un Memorex...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;SILVANA explota y tira su vaso de agua sobre las pastillas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;ESTHER&lt;br /&gt;¡Ey!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;NILDA&lt;br /&gt;(a SILVANA)&lt;br /&gt;¡Mala perdedora!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;SILVANA&lt;br /&gt;Vayansé a la reputísima madre  que las recontra mil reparió...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;SILVANA sale dando un portazo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;SELVA&lt;br /&gt;Si sigue así no la va a ayudar la Virgen del Satán Urso...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;TÍTULO 1: LA CONFESIÓN&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Fondo negro con una lluvia de pastillas y hostias.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;ESCENA 2 &lt;br /&gt;ASILO INTERIOR. DÍA.&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;SILVANA recorre pasilllos, va al comedor, pasa por delante de la ENFERMERA, que la saluda, pero SILVANA no responde a su saludo. SILVANA está malhumorada; sigue caminando, pasa frente a la cocina, el COCINERO la saluda pero ella tampoco responde, huraña. La ENFERMERA es joven y está vestida con un ambo blanco; el COCINERO es más joven que la ENFERMERA, está vestido con un delantal y gorro negros. &lt;br /&gt;También vemos a una viejita que lleva unos audífonos muy visibles, y camina como en permanente estado catatónico. Es FELIPA. Cuando pasa, deja oír un lejano rastro a música tecno. Tiene el andar de una hemipléjica. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;ESCENA 3&lt;br /&gt;HABITACIÓN DE SILVANA Y NANCI. INTERIOR DÍA.&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;SILVANA llega hasta su habitación. Se acuesta en su cama. Se pueden ver los objetos en su mesa de luz, y repisas con muñequitos. Sobre la mesa de luz, una foto de una mujer y un hombre recién casados, una muñeca desflecada; frascos vacíos, un pequeño altar con una vela. &lt;br /&gt;En las repisas hay elefantes de loza fileteada, dos o tres Ekekos, unas virgencitas, un hipocampo de vidrio, un cubilete de cuero, mazos de cartas. &lt;br /&gt;Desde detrás del altar, SILVANA saca una petaca de ginebra y se toma un trago, la tapa y vuelve a esconderla. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al lado hay otra cama, en donde duerme NANCI, otra de las ABUELAS del geriátrico. Está oculta debajo de las sábanas.  Cuando la cámara pasa, se destapa un poco las cobijas. Es muy viejita, tiene los ojos apagados, el pelo blanco y ralo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;NANCI&lt;br /&gt;(despertándose)&lt;br /&gt;¿Y, nena? ¿Cómo te fue?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;SILVANA no le contesta. La cámara sigue su recorrido hasta posarse sobre la mesa de luz de NANCI. Los objetos son más mecánicos. Hay un destornillador, un reloj sin carcaza al que se le ven los engranajes, un perfume, algo metálico con rosca, más pastillas. Hay un vaso con una dentadura. La cámara vuelve despacio; ya se ve la cara de NANCI completa, poniéndose los dientes. Bosteza. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;NANCI&lt;br /&gt;(mirando a SILVANA)&lt;br /&gt;¿Otra vez?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;SILVANA cierra los ojos. NANCI saca una mano de las mantas y busca el interruptor de la luz. Sin embargo, no la apaga. Se estira un poquito y endereza el crucifijo que hay en la pared.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;NANCI&lt;br /&gt;¿Un Memorex entero?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Apaga la luz. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;FUNDE A NEGRO&lt;/strong&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/14637388-114165711126496415?l=mandarinasdulces.blogspot.com'/&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/14637388/posts/default/114165711126496415'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/14637388/posts/default/114165711126496415'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://mandarinasdulces.blogspot.com/2006/03/la-confesin.html' title='LA CONFESIÓN'/><author><name>Gus Nielsen</name><uri>http://www.blogger.com/profile/15989569316094960851</uri><email>gesnil@gmail.com</email><gd:extendedProperty xmlns:gd='http://schemas.google.com/g/2005' name='OpenSocialUserId' value='15197016212663989666'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-14637388.post-113595152232007274</id><published>2005-12-30T11:05:00.000-03:00</published><updated>2005-12-30T11:05:25.380-03:00</updated><title type='text'>DEBAJO DE LA ALMOHADA</title><content type='html'>&lt;em&gt;“El  hombre inicuo es abominable para los justos, el que sigue el camino recto es abominable para el malvado.” Proverbios;  Antiguo Testamento.&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Si solitas le llenamos el kiosco. Además está la Nanci, que no puede salir por las várice y por la enfermedá esa de la articulación…&lt;br /&gt;- ¿Cuál es la casa de Dios, Silvana?     &lt;br /&gt;Ella torció la cabeza.&lt;br /&gt;- Ésta – dijo.&lt;br /&gt;- ¿Entonces?&lt;br /&gt;- Qué le va’importá a Dios ir a su casa o venir al asilo. Por lo que paga de coletivo…&lt;br /&gt;El Padre Antonio era petiso y calvo, con las orejas un tanto puntiagudas. No se rió con el chiste de Silvana; se sintió herido, hasta un poco más viejo. Las abuelas del asilo no eran la mayoría de las asistentes a la misa de los domingos: eran la totalidad. Por eso a Silvana se le había ocurrido la idea de cambiar la ceremonia de lugar. El Padre Antonio no podía dejar de sentirlo como un chantaje.&lt;br /&gt;- Fijesé que a más invierno, menos van a ir. Yo viá seguí, pero ña Francisca… ¡Ña Paula, con el reuma…! No me las veo.&lt;br /&gt;- Y si viene alguien a la iglesia mientras yo estoy allá, ¿qué hacemos?&lt;br /&gt;- ¡Quién va’vení! Solamente a unas viejas como nosotras puede convencer usté, de tan aburrido que é.  Además, si viene alguien, usté le deja un papelito pa’que vuelva más tarde, o se vaya al asilo a buscarlo.&lt;br /&gt;El Padre Antonio no le contestó. Por segunda vez supo que esa señora tenía un poco de razón. Nadie iba a ir a escuchar su sermón: los que lo conocían porque lo conocían; los jóvenes porque se iban a otros pueblos. &lt;br /&gt;- ¿Y?&lt;br /&gt;- Tendría que hablar con el director.&lt;br /&gt;- ¡Le va’ decir que sí, caray!&lt;br /&gt;- No esté tan segura, doña Silvana.&lt;br /&gt;- ¡Venga la mudanza!&lt;br /&gt;Silvana salió de la parroquia con la seguridad de haber hecho un buen trato. El Padre Antonio decidió dudar una semana más. El domingo siguiente faltó hasta el monaguillo. A regañadientes, el Padre fue a ver al director del asilo.&lt;br /&gt;- Siempre es así, usted lo sabe bien. Silvana y su amiga manejan a todas las abuelas. Si ellas dicen “hoy no se va a la iglesia”, nadie las va a contradecir.&lt;br /&gt;- Es terca… - reflexionó el cura.&lt;br /&gt;- Terca y mandona – dijo el director -. La peor combinación.&lt;br /&gt;El director era flaco, tenía la cabeza en forma de espárrago y manos de pianista. Cuando se enojaba de verdad, las mejillas se le ponían levemente verdes.&lt;br /&gt;- ¿Cómo se llama la amiga? – preguntó el Padre.&lt;br /&gt;- Nanci.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al domingo siguiente, el padre presidió la misa en el comedor del asilo. No había tenido otra alternativa: prefería la mudanza a cerrar la iglesia. Cargó hasta allí la cruz, el corporal, la patena y el cáliz, que dispuso sobre una mesita alta. Llevó una decena de hostias en su maletín de cuero. Se puso su sombrero de fieltro. Salió a las nueve y media, pateando piedras, para poder llegar a dar misa de diez. Lo primero que las viejas le oyeron decir fue:&lt;br /&gt;- Esto es una excepción a pedido de la señora Silvana. No se crean que siempre va a ser así.&lt;br /&gt;Habló de los horrores de una vida sin fe. Habló del pecado mortal de faltar a la misa. Puso énfasis en la vida más allá de la muerte, en las bondades del paraíso que algunas, sólo algunas, alcanzarían. Le pidió a Silvana que leyera Juan, 2, 13. “Es Palabra de Dios”. “Te alabamos, Señor”. Las abuelas se sentaron. Había, en el aire, un leve olor a carne asada.&lt;br /&gt;- “Jesús hizo un látigo de cuerdas y echó a todos del Templo, con sus ovejas y sus bueyes; desparramó las monedas de los cambistas, derribó sus mesas y dijo a los vendedores de palomas: ‘Saquen esto de aquí y no hagan de la casa de mi Padre una casa de comercio’. Y los discípulos recordaron las palabras de la Escritura: ‘El celo por tu casa me consumirá’.” &lt;br /&gt;- Amén.&lt;br /&gt;Después de la homilía, les tomó confesión. No había confesionario, por lo que puso dos sillas enfrentadas a un costado del altar. Doña Paula y doña Esther encabezaron la cola. Se habían mentido entre sí respecto a cuántas pastillas tomaba cada una; Esther se había enojado tanto con Paula que no le hablaba desde hacía dos días, tres horas y diecisiete minutos. El Padre Antonio las llamó a que oraran en conjunto, agarradas de las manos, tres Padres Nuestros. &lt;br /&gt;Doña Francisca, una abuela con una panza esférica, se había comido las porciones de flan de sus compañeras, durante la cena del día anterior.&lt;br /&gt;- ¡Eso es robar! – dijo el Padre.&lt;br /&gt;- No, me las regalaron… - dijo ella, sorprendida.&lt;br /&gt;- ¿Entonces?&lt;br /&gt;- ¿No hay gula?&lt;br /&gt;- Ah. Tres avemarías y un gloria.&lt;br /&gt;La hermana del portero había hecho trampa al chinchón. &lt;br /&gt;Nilda, la pituca, no había recibido a su nuera con alegría cristiana sino bastante enojada, porque aún no le había cambiado los vidrios a sus anteojos. &lt;br /&gt;El jardinero Felipe se había tocado un poco, sin demasiado éxito. Las mujeres del asilo eran muchas y estaban todas solas; el Padre Antonio lo podía comprender. Él también estaba solo como un hongo de esos que el jardinero Felipe cortaba para mantener limpio el parque del asilo. &lt;br /&gt;La última de la cola era una señora que el Padre nunca había visto en la iglesia. Tenía la cabeza arrugada como un bollo de papel. El batón le quedaba enorme; parecía la piel de una naranja a la que se le hubieran secado los gajos. El Padre miró a Silvana: se la mandaba ella. Silvana jamás se había confesado, pero no lo hacía por llevarle la contra a la iglesia, sino porque porfiaba no tener ni medio pecado. &lt;br /&gt;- Ni veniales.&lt;br /&gt;- ¿Ni una mala palabra?&lt;br /&gt;- Ná.&lt;br /&gt;Todas las veces ella contestaba que su amiga Nanci había pecado por las dos. Cuando el Padre le preguntaba por qué, Silvana agregaba que Nanci andaba siempre culpándose de algo.&lt;br /&gt;- ¿De cosas que hizo?&lt;br /&gt;- Claro. Qué va’ser.&lt;br /&gt;- ¿Qué cosas?&lt;br /&gt;Silvana alargó el labio inferior hacia delante. La mueca le tensó el mentón y le hizo temblar la papada.&lt;br /&gt;- ¿Y por qué no viene a la iglesia?&lt;br /&gt;- Porque tá lejos.&lt;br /&gt;El Padre observó que los ojos de Nanci eran igual de celestes que los de Silvana. Ella le hizo media sonrisa, como si le entendiera el comentario a la distancia. Nanci se sentó en la silla que estaba junto al altar. Se tocó la frente, el pecho, el hombro izquierdo y los labios, para finalizar su señal de la cruz. “A esa cruz le falta un brazo”, pensó el Padre, aunque no dijo nada. Apretó la decena de un rosario de plástico que siempre llevaba en el bolsillo. Diez cuentas y una cruz blanca. Ese pedacito le había traído suerte en la vida, aunque ahora venía aflojándole feligreses. El rosario entero le parecía un objeto aparatoso, casi femenino, y la decena de anillo le lastimaba la mano al saludar.&lt;br /&gt;Nanci miró de reojo a Silvana para saber si lo estaba haciendo bien. Parecía nerviosa y congestionada, como si estuviera llena de lágrimas. Se rió y se tapó la boca con las manos. La risita era más infantil que su cuerpo de nena. Traía puesta sobre los hombros una manta bordada al crochet; el pelo blanco y lacio y los labios violetas. El Padre observó que se los había tratado de pintar con un rouge de ese color. Silvana completó la otra media sonrisa.&lt;br /&gt;- Ave María Purísima – dijo el Padre Antonio.&lt;br /&gt;Nanci recorrió con la mirada las cabezas atentas de las demás señoras.  Los rodetes blancos se fueron moviendo extrañamente, como clavijas de un instrumento de viento apretadas por una mano invisible. Finalmente, la mirada se detuvo en el jardinero. Él asintió. Nanci no debía saber contestar “sin pecado concebida”, pensó el Padre. Una enfermera con un pañuelo rojo atado a la cabeza ayudaba a las señoras a que volvieran a sus sitios.&lt;br /&gt;- Hola – dijo el Padre.&lt;br /&gt;- Hola – respondió Nanci, tímidamente.&lt;br /&gt;El Padre cruzó las manos sobre el cíngulo, esperando que ella se decidiera a comenzar. Pensó que ya estaba en el asilo, que ya había pasado la mayor parte de la misa y casi había terminado de confesar. Tenía tiempo. Aunque no era común interrumpir la misa para tomar la confesión, con las ancianas y los niños era conveniente. Eso creía él. Cuanto más tiempo se dejaba pasar entre sacramentos, más posibilidades había de que agregaran  pecados inventados.&lt;br /&gt;- Ji, ji, ji – hizo Nanci.&lt;br /&gt;El Padre intentó adivinar qué le pasaba. Abrió las palmas de las manos sobre su regazo. &lt;br /&gt;- Aquí estamos – dijo.&lt;br /&gt;- Sí – dijo ella.&lt;br /&gt;El jardinero, desde la cocina, le hacía señas para que empezara a hablar. La enfermera ayudó a Paula y a Felisa a pararse para ir al baño. &lt;br /&gt;- Silvana me dijo que le tenía que contar las cosas que me pasaron en mi vida – dijo Nanci, con una voz tan débil que parecía un silbido -. Pero no se piense que le voy a contar todo.&lt;br /&gt;El Padre levantó los hombros.&lt;br /&gt;- Sólo las cosas malas – dijo.&lt;br /&gt;Nanci volvió a mirar alrededor.&lt;br /&gt;- ¿Y usted le va a bocinar a Silvana lo que yo le diga?&lt;br /&gt;- No, a nadie. &lt;br /&gt;- ¿Es como un secreto?&lt;br /&gt;- Sí. Es un secreto de confesión.&lt;br /&gt;- Ella me dijo, sí…&lt;br /&gt;Nanci parecía que masticaba.&lt;br /&gt;- Silvana me dijo que usted también tenía sus trapos sucios.&lt;br /&gt;- ¿Qué?&lt;br /&gt;- Que no tenía hijos; que había hecho sus cosas malas…&lt;br /&gt;El Padre suspiró.&lt;br /&gt;- Estoy acá para escucharla – dijo.&lt;br /&gt;Los ojos de Nanci estaban apagados y secos como lijas. En eso se diferenciaban de los de Silvana. Abrió la boca unos milímetros para dejar escapar algo; la cerró; volvió a mirar si la estaban mirando y dijo, despacio:&lt;br /&gt;- Son tres.&lt;br /&gt;- ¿Las cosas malas?  &lt;br /&gt;- Maté a tres niños - dijo.&lt;br /&gt;El Padre le sostuvo la mirada como si atajara dos tiros con la cara: el primero le deshizo la mejilla derecha en un rictus, el segundo se le clavó en el entrecejo. Nanci movió la cabeza para apuntarle al resto de las feligresas. Pestañeó. El director, desde la puerta, se tocaba el reloj con la muñeca en alto preguntando si faltaba mucho, porque tenían que preparar el comedor para el almuerzo. Doña Paula regresó del baño llorando, y se acercó hasta el improvisado altar moviéndose rápidamente en sus bastones canadienses. Había eludido al director, a la enfermera y al jardinero. Las manos del Padre se habían caído de su regazo; la Biblia se le había resbalado hasta la rodilla izquierda.&lt;br /&gt;- ¡Confesión, Padre! – le rogó.&lt;br /&gt;Nanci la miró con sus ojos helados.&lt;br /&gt;- Te acabo de confesar, Paulita. Además, ahora le toca a ella… - dijo el Padre.&lt;br /&gt;- Es que volví a pecar…&lt;br /&gt;- Y qué podés haber hecho en cinco minutos… &lt;br /&gt;Felisa intervino:&lt;br /&gt;- Se fumó un toscano.&lt;br /&gt;- No – dijo ella.&lt;br /&gt;- Sí, Paula, te vi. En el baño.&lt;br /&gt;- Fumarse un toscano no es ningún pecado – dijo el Padre.&lt;br /&gt;- Sí, si le miente a la enfermera – agregó Felisa.&lt;br /&gt;La enfermera, que llegaba, asintió. Tomó a Paula por los hombros y la ayudó a regresar hasta su silla.&lt;br /&gt;- No me fumé ningún toscano… - repetía Paula, porfiada.&lt;br /&gt;El Padre Antonio le preguntó a Nanci si hacía mucho que no se confesaba. Ella  le contestó que jamás lo había hecho, que eran ideas de la loca de Silvana. &lt;br /&gt;- ¿Pero está bautizada?&lt;br /&gt;- No me acuerdo.&lt;br /&gt;El Padre le tomó una de las manos. Era áspera como una madera sin lijar.&lt;br /&gt;- Escúcheme, Nanci – dijo, con una voz que pretendía ser tranquilizadora -. Me voy a quedar un rato después del almuerzo. ¿Qué le parece si nos vemos y me cuenta todo esto que le pasó?&lt;br /&gt;Ella giró la cabeza avergonzada. Sacó la mano.&lt;br /&gt;- No me pasó – dijo -. Lo hice. &lt;br /&gt;- Bueno, lo que hizo.&lt;br /&gt;Ella dudó antes de contestar.&lt;br /&gt;- Está el programa de Susana Gimenez que siempre vemos con Silvana.&lt;br /&gt;- ¿Y no puede esperar, por hoy?&lt;br /&gt;La cara de Nanci se había fruncido. Levantaba los ojos hacia su amiga para ver si recibía alguna ayuda. Silvana estaba leyendo una fotonovela.&lt;br /&gt;- No sé…&lt;br /&gt;- ¿Lo tiene que consultar con la señora Silvana?&lt;br /&gt;Nanci retorció la manta tejida entre sus dedos. Afirmó sin mirar al Padre, volteando la cabeza hacia un costado. El Padre le hizo un gesto al director, pidiéndole un minuto más. Se puso de pie. Tomó la patena con las hostias y repartió la comunión en un trámite rápido. Algunas abuelas se quedaron esperando los cantos.&lt;br /&gt;- Podemos irnos en paz – dijo, al final.&lt;br /&gt;- Demos gracias al Señor nuestro Dios.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Antes de irse, el Padre Antonio visitó a Nanci en la habitación que ella compartía con Silvana. Las cortinas eran rosas y había una repisa con animales de porcelana. Silvana tardó un rato largo en dejarlos solos; habló de sus porcelanas, les mostró fotos de su hijo abrazado a su esposa y el mazo con las cartas marcadas que tenía para jugar al truco. Tiró las cuarenta cartas sobre el acolchado, con las figuras hacia abajo. Adivinó, sin mirarlas y sin que nadie se lo pidiera, los anchos, los sietes y dos tres. Se fue recién a la hora del baño, cuando la enfermera se la llevó a los tirones. &lt;br /&gt;Nanci sola, parecía más pequeña. Estaba sentada sobre la cama. Se tapó todo lo que pudo con las mantas y una almohada. El Padre se puso la estola y envolvió su puño derecho en la cinta donde llevaba atada la medalla de los encuentros católicos de novios. Era un minúsculo corazón de hierro con una alianza a cada lado. Las alianzas estaban separadas. Era un objeto alegre, al que él le tenía mucho cariño. Sentía que le daba suerte.&lt;br /&gt;- ¿Seguimos en secreto? – preguntó ella.&lt;br /&gt;El Padre se persignó antes de asentir. Nanci hizo una sonrisita y subió los hombros. No parecía una mujer capaz de asesinar a alguien. ¿Qué actitud había que tomar en un caso así? Los libros enseñaban que había que inspeccionar el grado de lucidez del confesado para estar seguro de que no mentía. Aunque también enseñaba que no había que ir a los detalles, sobre todo si eran mórbidos o desagradables. ¿Cómo saber si alguien estaba mintiendo sin ir a los detalles? Un Obispo habría contestado “por la fe”. El Padre Antonio habría preferido no contestar.&lt;br /&gt;- Disculpe que hoy la dejé sin comunión, pero es el primer día que doy misa aquí y me pareció que teníamos que hablar más en privado… - dijo - Si usted quiere, puede comulgar después. Guardé una hostia para eso.&lt;br /&gt;Le enseñó el sencillo sagrario de bolsillo donde guardaba las hostias consagradas que sobraban de las comuniones. Ella sonrió.&lt;br /&gt;- No quiero hostias – dijo.&lt;br /&gt;El Padre se quedó esperando a que completara lo que estaba diciendo.&lt;br /&gt;- Sólo quiero contarle.&lt;br /&gt;Los párpados de Nanci parecían dos bolsas de arpillera. Las pupilas se le hicieron más chiquitas. Carraspeó.&lt;br /&gt;- ¿Usted está arrepentida de lo que hizo?&lt;br /&gt;- No.&lt;br /&gt;- Entonces, no la puedo absolver.&lt;br /&gt;Ella lo miró como si le estuviera hablando en otro idioma.&lt;br /&gt;- No quiero su perdón - dijo.&lt;br /&gt;El Padre levantó las manos para explicar.&lt;br /&gt;- Hasta tanto usted no reconozca que la acción que hizo es mala y que no la volvería a hacer, yo no puedo cerrar la confesión.&lt;br /&gt;- ¿Y eso que significa?&lt;br /&gt;- Que voy a tener que volver.&lt;br /&gt;Sobre la cama de Silvana el mazo de naipes había quedado con el cuatro de oros boca arriba.&lt;br /&gt;- No quiero cerrar la confesión – dijo Nanci.&lt;br /&gt;Su voz había sido como un ruego. Era la primera cosa parecida a la culpa que el Padre escuchaba de boca de esa vieja.&lt;br /&gt;- Cuente, entonces – le dijo.&lt;br /&gt;Ella volvió a carraspear y a pestañear. Después habló. Más tarde el Padre se preguntaría  si lo habría hecho de apurada o para lograr hacerlo concentrar en el relato con la mayor de las urgencias, porque dijo:&lt;br /&gt;- Tengo guardada la mandíbula del primero de los niños. &lt;br /&gt;Esperó a ver qué efecto causaba en la cara del Padre, que no hizo ningún gesto, y simplemente preguntó:&lt;br /&gt;- ¿Acá?&lt;br /&gt;- No. Está bajo tierra, en una lata de galletitas danesas. La última vez que la desenterré tenía las muelas intactas, y algunos de los dientes de adelante.&lt;br /&gt; La puerta se abrió de golpe para dejar pasar a Silvana en bata. La enfermera la seguía a dos pasos de distancia.&lt;br /&gt;- Me olvidé el champú Chonson – dijo.&lt;br /&gt;Agarró una caja con frascos y salió. Cuando cerraron la puerta, Nanci agregó:&lt;br /&gt;- Usted sabrá cómo son de frágiles esos dientes de leche.&lt;br /&gt;El Padre apartó la vista de los ojos de la mujer. Abrió la Biblia en Sabidurías y Proverbios, su libro favorito. Le pareció lo más adecuado y la mejor forma de hacer tiempo mientras pensaba. La voz de Nanci continuó relatando despacio.&lt;br /&gt;- Por los dos primeros nenes culparon a una sirvienta. Los padres lincharon a los que creyeron asesinos del tercero, en la puerta misma del juzgado de Morón.&lt;br /&gt;El Padre le preguntó dónde había enterrado la lata. A Nanci le sorprendió la pregunta, y notó que a él le daba vergüenza hacerla.&lt;br /&gt;- No aquí – contestó.&lt;br /&gt;Comentó que la habían cambiado varias veces de hospicio; hasta había estado con unas monjas que la habían culpado de morder y de no dejarse cambiar el pañal.&lt;br /&gt;- Sin embargo, el director habla muy bien de usted –dijo el Padre, cambiando el tema de la conversación. Le ardían las mejillas.&lt;br /&gt;-  Acá es distinto – dijo ella -. Acá está Silvana.&lt;br /&gt;Silvana era la única que le ponía una mano encima. Sabía dar inyecciones (había sido enfermera, como Nanci, que también había hecho el curso de la Cruz Roja); sabía jugar al pócker. “Apostamos pastillas”, agregó, haciendo una sonrisa llena de huecos. Silvana sabía bordar mariposas en los pañuelos de encaje y tenía el nieto más lindo del mundo: Fermín.&lt;br /&gt;El Padre Antonio parpadeó. La decena del rosario se le había extraviado entre las páginas de su Biblia abierta en el Eclesiastés, en el Génesis, en el Apocalipsis. Todo su pensamiento estaba puesto en esa mandíbula infantil, en el acero que la había mutilado, en las manos que dirigieron ese acero. El Padre Antonio intentó pensar el próximo paso y se encontró repitiendo una frase del libro: “Si no os hacéis como niños, no entraréis en el Reino de los Cielos”. Miró hacia la repisa de Silvana para ver si encontraba la foto de Fermín.&lt;br /&gt;- ¿Qué? – dijo Nanci. La voz sorprendió al Padre. Parecía contenta; tenía la mirada más brillante. Él esperó que le dijera que todo era mentira.&lt;br /&gt;- Nunca me habían hecho una confesión así. No sé qué decir. - Subió los hombros.&lt;br /&gt;Ella volvió a exhibir su sonrisa vacía. Dijo:&lt;br /&gt;- ¿Sabe? Me encantaría estar de su lado. Se me ocurren tantas preguntas…&lt;br /&gt;- ¿Por ejemplo?&lt;br /&gt;Serenamente, como si estuviera hablando del buen tiempo, ella enumeró:&lt;br /&gt;- Qué edades tenían… los sexos… Cómo murieron, donde oculté sus cuerpos, qué pasó con los padres, cómo cambié las pruebas, si hubo interrogatorios policiales…&lt;br /&gt;La cara del Padre ensombreció.&lt;br /&gt;- …si gritaron – completó Nancy.&lt;br /&gt;Las manos del Padre suspendieron la búsqueda automática en las páginas de la Biblia. Cerró el libro y lo apoyó sobre la cama sin emitir palabra. La decena había quedado puesta como un señalador. “Si tan siquiera lo abriese en la página justa…”, pensó. Le acercó el libro despacio, empujándolo sobre el acolchado. Ella se negó a tocarlo con un movimiento de cabeza. La puerta de la habitación se abrió. Silvana venía con el pelo mojado. La enfermera del pañuelo rojo dijo: &lt;br /&gt;- La siguiente.&lt;br /&gt;Silvana le pasó a Nanci una jabonera y el frasco de shampú. Nanci abrió un cajón y sacó una toalla. Miró al Padre con ojos decepcionados y dijo “hasta la próxima”. Él recogió su brazo extendido, se llevó la Biblia al pecho y salió del  cuarto sin persignarse. Cuando la enfermera le dijo adiós, el Padre ya estaba en el recibidor. Una abuela que miraba una película de vampiros se quedó con la mano levantada como una bandera.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En la semana, Nanci enfermó. Habían salido al jardín con Silvana, muy temprano, a recolectar flores. Silvana llevaba el jarrón. Caminaron cerca de dos horas; cuando entraron, el director las retó. Solamente Nanci había sentido frío. El jardinero se sintió culpable: a pesar de sus ochenta y tres años, jamás se resfriaba, y les había indicado que había muchas rosas en el rosal para cortar, antes de que se marchitaran. El doctor tardó un día en llegar: le inyectó un broncodilatador recetado para la pulmonía y analgésicos potentes para el resfrío. Silvana se puso de tan mal humor que perdió un frasco entero de Memorex al pócker, a pesar de que había ligado tres fules y una escalera real de corazones. &lt;br /&gt;El Padre llegó a las nueve y media del domingo. Silvana le contó lo que había pasado entre maldiciones y blasfemias. Él la vio tan preocupada que le propuso dar la misa adentro del cuarto de las dos, para que Nanci pudiera asistir desde su cama.&lt;br /&gt;- A Nanci no le interesa su misa del diablo.&lt;br /&gt;El Padre Antonio sabía que no debía decirle nada que la alterase más. Unicamente le preguntó si Nanci le había comentado alguna cosa de la charla del domingo anterior.&lt;br /&gt;- ¿Qué cosa?&lt;br /&gt;- De los problemas que la aquejan.&lt;br /&gt;- ¿De várice?&lt;br /&gt;- No.&lt;br /&gt;El sermón que les dirigió trataba acerca de los que abandonaban el camino de los cristianos. Lo había preparado especialmente para que Nanci lo escuchara; el texto de Lucas 11, 29 al 32, por momentos daba miedo. Aunque no estaba muy seguro de que pudiera atemorizar a esa vieja trastornada.&lt;br /&gt;- Al ver la muchedumbre, Jesús comenzó a decir: “Esta es una generación malvada. Pide un signo y no le será dado otro que el de Jonás, y así como Jonás fue un signo para los ninivitas, así el Hijo del Hombre lo será para esta generación. El día del Juicio, la Reina del Sur se levantará contra los hombres de esta generación y los condenará…”&lt;br /&gt;Al terminar, insistió en ver a Nanci. Silvana opinaba que era mejor que se fuera de una vez por todas. Un nuevo frasco de Memorex iba a costarle el dinero que había guardado para comprar un rouge y un esmalte para su amiga; eso la sacaba de quicio. Su familia iba a adivinar que había perdido las pastillas en el juego, y no iba a adelantarle ningún dinero hasta el principio del mes siguiente. Nanci cumplía años el 24. El Padre Antonio se ofreció a pagarle la mitad de lo que necesitaba, sí y sólo sí dejaba de maldecir hasta el día del cumpleaños. Ella bajó la vista y dijo que era demasiado tiempo para una cifra tan pequeña. El Padre decidió que no iba a terciar, y se apartó para solicitarle permiso de visita al director. Le explicó que Nanci necesitaba apoyo religioso urgente, por cosas que le había contado en la confesión. Él prefería no dejar pasar otra semana. Era su opinión de cura y amigo.&lt;br /&gt;El director, al que la religión le importaba bastante poco, miró a Silvana, que bajó la cabeza y se sentó. Le pareció que contaba con su consentimiento. Accedió a que el Padre pasara a la habitación, siempre y cuando Nanci no estuviera durmiendo, y únicamente hasta la finalización del horario de visitas. Señaló el reloj de pared. Faltaban quince minutos para la hora de comer. Había olor a milanesas. El Padre golpeó dos veces a la puerta. Nanci dijo, desde adentro:&lt;br /&gt;- Solamente pasará si tiene sus preguntas preparadas.&lt;br /&gt;- Eso es – dijo el Padre.&lt;br /&gt;Cerró la puerta tras de sí. Se sentó en una banqueta metálica. Nanci estaba demacrada, con los ojos hundidos. En la mesa de luz se amontonaban los frasquitos. Sobre la pared de la cabecera, habían retirado el crucifijo.&lt;br /&gt;- Fui yo – dijo ella, con una voz acartonada.&lt;br /&gt;- ¿Por qué?&lt;br /&gt;- Por desvestido.&lt;br /&gt;El Padre no acusó el comentario.&lt;br /&gt;- ¿Cómo se siente hoy? – preguntó.&lt;br /&gt;- Mal.&lt;br /&gt;- ¿Qué le duele?&lt;br /&gt;- Cuando toso.&lt;br /&gt;-  ¿Y me va a poder contar más, o lo dejamos para otra vez?&lt;br /&gt;Ella lo pensó un instante.&lt;br /&gt;- Solamente responderé - dijo.&lt;br /&gt;El Padre se planchó la estola con las manos.&lt;br /&gt;- Yo no debería hacer ninguna pregunta – dijo -. Usted es la que tiene que hablar. Jesús le explicó a sus apóstoles: “los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen, y serán retenidos a los que ustedes se los retengan…”&lt;br /&gt;- ¿Y eso qué significa?&lt;br /&gt;- Que Cristo nos dio el poder de perdonar. Somos sus ministros, la vinculación entre el hombre y Dios…&lt;br /&gt;- Nada de intermediarios – dijo Nanci, y se sonó la nariz en un pañuelo bordado -. No estoy buscando llegar a nadie mediante usted, porque no necesito ningún perdón. Menos de Dios.&lt;br /&gt;- Ajá.&lt;br /&gt;- Ajá – repitió ella.&lt;br /&gt;Guardaron silencio por un momento. El Padre se fijó que habían pasado cinco minutos.&lt;br /&gt;- ¿Ya está bajo juramento?&lt;br /&gt;El padre hizo la señal de la cruz.&lt;br /&gt;- Sí - dijo.&lt;br /&gt;Ella se quedó esperando a que le hiciera la primera pregunta. El Padre no estaba en su día más negociador, pero tampoco quería irse de allí sin el capítulo siguiente. Si esa señora había cometido tres infanticidios –eso era difícil de creer- pero lo había llamado, de alguna manera quizás fuera posible aún la salvación de su alma. Había pensado toda la semana en el asunto. Lo había consultado con Dios. Todo dependía del arrepentimiento que ella pudiera exhibir y de la propia convicción que él, como cura, pudiera demostrar. ¿Había que hacer un esfuerzo para salvarle el alma? Claro, siempre. La misericordia de Dios es infinita, y supera todo lo que nosotros, hombres de corazones limitados, podamos imaginar.&lt;br /&gt;- Tengo una pregunta para hacerle, y que Dios me perdone si la impulsa el morbo o la curiosidad.&lt;br /&gt;- No tiene importancia.&lt;br /&gt;El cura apoyó la Biblia sobre la mesa de luz.&lt;br /&gt;- Sí, sí para mí – dijo.&lt;br /&gt;Ella no hizo ningún gesto; apenas si carraspeó sobre el pañuelo.&lt;br /&gt;- Quiero saber detalles.  &lt;br /&gt;Nanci sonrió.&lt;br /&gt;- Ah – dijo.&lt;br /&gt;El Padre se ruborizó.&lt;br /&gt;- Tal vez no le alcance con los siete u ocho minutos que le quedan. &lt;br /&gt;El Padre asintió, pero agregó:&lt;br /&gt;- Queda toda la vida.&lt;br /&gt;- Que no es tanta – dijo ella -. A mí me queda menos de lo que esos niños habían vivido; tal vez a usted también.&lt;br /&gt;- Yo pienso vivir muchos años más.&lt;br /&gt;- ¿Cinco, seis? El día que murió, Sebastián Castro cumplía cuatro años. Vi la torta y las cuatro velas cuando entré al grado. Estaban apoyadas sobre el escritorio de la maestra; apagadas. El aula estaba casi a oscuras. Los niños dormían sobre colchonetas dispersas en el suelo; se tocaban cuando se movían; algunos roncaban. Todas las tardes dormían la siesta, después del sanguchito. Las maestras se iban a conversar a la dirección, que quedaba en la otra punta. Yo ya había entrado antes. A veces cambiaba una cosa de una bolsa a otra, alguna mamadera por un vaso, algún chiche. Nadie me vigilaba, y yo no permanecía allí más de dos o tres minutos.&lt;br /&gt;- ¿Usted trabajaba en la escuela?&lt;br /&gt;- No. Durante un mes entero me acerqué a la salida. Charlaba con las otras madres, le preguntaba cosas a la maestra, me hacía ver por la celadora. Yo tenía dieciocho años y era muy bonita, más bonita que muchas de las madres. Cuando los niños salían yo me agachaba como para recibirlos y las maestras me fueron confundiendo. Aún no trabajaba de portera, ni sabía muy bien por qué me gustaban tanto los niños. Adoraba su respiración, sus ronquiditos. La celadora me dejó pasar dos o tres veces, porque sentía mi ansiedad. La tarde en que asesiné a Seba solamente los quería mirar. Vi su nombre en la torta y lo busqué mirando una por una las inscripciones de los delantales. Tenía la boca abierta; junté la almohada del piso, que se le había resbalado, la acerqué hasta su cara y la apreté con fuerza. Pateó cuatro veces; en la cuarta despertó a una bebita rubia. La nena pegó un grito. Le tapé la boca y me la llevé cargada, antes de que vinieran las maestras. La puerta de reja estaba abierta. Le hice una señal a la celadora, como diciéndole “viste qué berrinche”.&lt;br /&gt;El Padre dijo:&lt;br /&gt;- ¿Y la nena?&lt;br /&gt;- Tendría dos años. Ojos dorados y pestañas largas, curvadas hacia la frente. No traía el nombre bordado en el delantal. Llené la bañadera con agua. La empecé a desvestir. La quería bañar como para limpiarla de lo que había visto aquella tarde, como una buena mamá, pero lloraba tanto que me impacienté y tuve que sumergirla, con los pañales puestos. El jabón se le metía en la boca, en los ojos dorados. Se movía sin parar. Le arranqué el pañal de un tirón. Una nena no podía patalear tanto. Estaba toda cagada. Y no era.&lt;br /&gt;- ¿Qué cosa?&lt;br /&gt;Nanci tosió con un carraspeo sostenido. Las mejillas se le pusieron rojas.&lt;br /&gt;- Nena – dijo -. Era otro varón. Lo di vuelta para no verle el pito.&lt;br /&gt;Hizo un silencio como si el sexo del niño preparara la justificación a todo lo que venía.&lt;br /&gt;- Flotaba. Tenía una mancha gris cerca de la nalga izquierda. Le saqué el resto de jabón y de caca con la toalla. Lo llevé a la cama. Lo tenía ahí: callado, quieto, mío. Era un hombrecito desnudo sobre mis sábanas. Lo arropé desde la espalda; le canté un arrorró. Entonces lo di vuelta. El pitito era tan chico, tan blando, que por más que lo besara, que por más que me le sentara encima… Yo ya no tenía bombacha, ni nada, pero ese pitito era puro salir, nomás… ¿Lo estoy asustando?&lt;br /&gt;El Padre Antonio negó con la cabeza.&lt;br /&gt;- Si quiere paro.&lt;br /&gt;- Hábleme de usted.&lt;br /&gt;- ¿De mí?&lt;br /&gt;- Sí. &lt;br /&gt;- ¿Y qué quiere saber?&lt;br /&gt;- ¿Es casada, soltera?&lt;br /&gt;- ¿Qué importancia tiene? - Nanci se ruborizó.&lt;br /&gt;- ¿Soltera? &lt;br /&gt;Nanci bajó la vista.&lt;br /&gt;El Padre esperó un instante antes de seguir preguntando.&lt;br /&gt;- ¿Y tuvo algún tipo de vida sexual…?&lt;br /&gt;Ella no contestó. El tema le daba vergüenza.&lt;br /&gt;- Digo… - insistió el Padre - algún hombre…&lt;br /&gt;Ella lo interrumpió.&lt;br /&gt;- Es lo que usted piensa, Padre, pero no lo que le dije a Silvana. Tampoco el tercero de mis hombrecitos pudo hacer nada. &lt;br /&gt;El padre se quitó la estola y envolvió con ella la Biblia. Por la ventana entraba una luz diáfana que en otra ocasión hubiera sido reconfortante, y ahora no.&lt;br /&gt;- No es lo único que no sabe Silvana… - dijo el Padre.- Digamos que para ser su única amiga, está enterada de bastante poco.&lt;br /&gt;Nanci hizo un gesto despectivo.&lt;br /&gt;- Con Silvana hablamos de otras cosas… Con Silvana jugamos a las cartas.&lt;br /&gt;El Padre asintió.&lt;br /&gt;- Además, no quiero asustarla – agregó la vieja.&lt;br /&gt;- Por el nieto – completó el Padre.&lt;br /&gt;- Fermín – recordó ella -. Un nene de rulitos, que la madre insiste en peinar con raya al medio.&lt;br /&gt;El Padre abrió grandes los ojos.&lt;br /&gt;- ¿Qué edad tiene?&lt;br /&gt;Nanci dudó.&lt;br /&gt;- Creo que seis… - dijo -. La madre habla de sus cuadernos como si la escuela primaria se hubiera inventado para él.&lt;br /&gt;Nanci volvió a toser. El Padre guardó sus ornamentos en la valija de cuero.&lt;br /&gt;- ¿Y la viene a ver?&lt;br /&gt;- ¿A Silvana?&lt;br /&gt;- Sí.&lt;br /&gt;- Cada muerte de obispo. Yo la acompaño y también lo veo. La quiere poco. Jamás da besos.&lt;br /&gt;- ¿Nunca?&lt;br /&gt;- Ni a su madre.&lt;br /&gt;El Padre cerró la valija.&lt;br /&gt;- Es de esos horribles niños consentidos que no saben agradecer – agregó.&lt;br /&gt;- ¿Y qué pasó con el bebé?&lt;br /&gt;- ¿Dónde estábamos?&lt;br /&gt;- En la cama.&lt;br /&gt;Ella bajó la vista a las sábanas, como intentando ubicarse en la escena. Sin levantar la cabeza, dijo:&lt;br /&gt;- Lo serruché.&lt;br /&gt;El Padre, por vez primera, se tranquilizó. Aquello era imposible de creer.&lt;br /&gt;- ¿Y tenía un serrucho ahí en su casa?&lt;br /&gt;Ella lo miró a los ojos. Sin vacilar, dijo:&lt;br /&gt;- Utilicé el cuchillo eléctrico. A los dos años, los huesos son casi cartílagos, ramitas. Para partirle el cráneo tuve que emplear una maza.&lt;br /&gt;- ¿Y para qué quería partirle el cráneo?&lt;br /&gt;Nanci pensó un instante antes de contestar. Sin dejar de mirarlo a los ojos, dijo:&lt;br /&gt;- Para hacer todos pedacitos chicos, como para rellenar una tarta.&lt;br /&gt;El Padre insistió:&lt;br /&gt;- ¿Y también tenía una maza?&lt;br /&gt;Ella subió los hombros.&lt;br /&gt;- ¿De veras le interesa saber eso? Si no tenía las herramientas, las compré.&lt;br /&gt;- Ah – dijo él -. ¿Tuvo que hacer mucha fuerza para diseccionarlo?&lt;br /&gt;Nanci cabeceó.&lt;br /&gt;- A los dieciocho años era una mujer fuerte.&lt;br /&gt;- Habrá quedado la cama ensangrentada…&lt;br /&gt;Nanci bajó los párpados con desconfianza. Por un instante supo que él no le estaba creyendo. El Padre miró su reloj. Era hora de irse.&lt;br /&gt;- Lo llevé al baño – dijo Nanci, parcamente -. Lo aserré adentro de la bañadera, a la que ya le había quitado el agua. Enterré los pedazos en tres baldíos, las tres noches siguientes al asesinato. Me guardé la mandíbula.&lt;br /&gt;El padre se quitó el reloj, como para prolongar más aquellos minutos.&lt;br /&gt;- ¿Los baldíos quedaban cerca de su casa?&lt;br /&gt;- Lejos.&lt;br /&gt;- ¿Llevaba los pedazos en el coche?&lt;br /&gt;- En el colectivo. Las bolsas eran de residuos.&lt;br /&gt;- ¿No tenían olor, no chorreaban?&lt;br /&gt;- Estaban bien atadas.&lt;br /&gt;- ¿Y la del tercer día, por ejemplo?&lt;br /&gt;- Qué&lt;br /&gt;- ¿No largaba olor?&lt;br /&gt;- No.&lt;br /&gt;- Al tercer día, la carne da olor.&lt;br /&gt;- No si está en la heladera.&lt;br /&gt;- ¿Y cómo las enterraba?&lt;br /&gt;- Con una pala lineman. Espero que no me pregunte de dónde saqué la pala lineman.&lt;br /&gt;- ¿De dónde la sacó?&lt;br /&gt;- La tenía. Para jardinería. Cuando enterré la tercera bolsa, en un baldío por Caballito o Floresta, no recuerdo bien, apareció un ciruja. Estaba adentro del baldío, y se me acercó cuando cavaba. Eran las cinco de la madrugada; pleno invierno. No sé cómo no lo vi, si había un fueguito. Sobre el fuego había una olla con agua hirviendo. Levanté la pala para defenderme. El ciruja me tiró al piso de un manotazo. Grité cuando forcejeamos en el pasto. Él trataba de arrancarme la pollera, las medibachas; yo lo arañé y grité como una loca. Apestaba. Al baldío entró un policía. Me quitó al ciruja de encima de una sola patada. Agarraba la pistola con las dos manos y me miraba de reojo. El ciruja intentó sentarse; levantaba las manos para que no le disparara. La bolsa de basura había quedado al lado de la pala.&lt;br /&gt;- ¿Y?&lt;br /&gt;- El policía trató de serenarme; yo le dije que no había pasado nada. No iba a hacer una denuncia contra un linyera. El policía no me preguntó cómo había llegado hasta ese baldío. Por sobre su hombro vi cómo el ciruja se adueñaba de la pala y la bolsa. Hacía un ruido muy extraño con la garganta. Abrió la bolsa: olisqueó su contenido; metió la mano y agarró un pedacito. Lo estudió desmenuzándolo con la uña del pulgar. Finalmente volcó todo en la cacerola. El policía me preguntó si quería que llamara a una ambulancia; yo me negué. Cuando salí de allí, el linyera revolvía su guiso.&lt;br /&gt;El Padre hizo una sonrisa breve, sin dejar de mirar a los ojos de Nanci ni por un instante. Sabía que no debía ni pestañear. Era la única manera de sostener ese tipo de conversación sin que ella lo quebrara. Se dio cuenta de que, con su desconfianza explícita, le había ganado. Levantó la mano derecha para hacer la señal de la cruz.&lt;br /&gt;- Aunque no quieras, te bendigo – dijo.&lt;br /&gt;El director tocó a la puerta. Ya se había excedido del horario de visita. La enfermera esperaba para entrar sosteniendo la bandeja de la cena. En la bandeja había un plato de sopa y un pan.&lt;br /&gt;En el recibidor, las abuelas despedían a sus hijos y nietos. Algunos miraban televisión con ellas; cuatro jugaban al dominó. Silvana estaba sola, ansiosa, como esperando algo. Interceptó al cura antes de que saliera. &lt;br /&gt;- Cambié de idea – dijo.&lt;br /&gt;El Padre la miró sin entender.&lt;br /&gt;- Fui así de mala porque estaba cabreada por las pastillas que perdí – dijo ella -. Pero necesito la plata pa’ cerle el regalo a la Nanci.&lt;br /&gt;- Lo voy a pensar – dijo él. Se puso el sombrero de fieltro -. Saludos a Fermín.&lt;br /&gt;- ¿A quién?&lt;br /&gt;- A su nieto Fermín.&lt;br /&gt;- No tengo ningún nieto – dijo Silvana.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El siguiente servicio lo dio en la iglesia. Eligió el sermón en el que a Jesús le avisaban que su familia había ido a verlo, pero no había podido acercarse al Templo a causa de la multitud: Lucas 8, versículos 19 al 21.&lt;br /&gt;- Le dijeron: “tu madre y tus hermanos están ahí afuera y quieren verte”, a lo que él respondió: “mi madre y mis hermanos son los que escuchan la palabra de Dios y la practican…”&lt;br /&gt;También había llamado a Silvana, dos horas antes, para que no le boicoteara la asistencia. Silvana le había prometido que irían las que pudieran ir. Era muy duro salir en invierno, después de los ochenta años. Y la más joven de todas era ella, con ochenta y dos. Ya le iba a llegar a él. Que esperara sentado.&lt;br /&gt;Al servicio concurrieron cinco viejas y una familia con sus niños. Durante la Liturgia de la Eucaristía, Silvana no pudo dejar de pensar, ni por un momento, que esa familia eran un grupo de extras contratado por el Padre Antonio para sostener definitivamente sus argumentos de dar misa en la iglesia. Corroboró la suposición al final de la misa, cuando el marido –de no más de cuarenta años- le preguntó al Padre a viva voz por qué había estado cerrada la iglesia los últimos domingos.  &lt;br /&gt;Todos tomaron la comunión menos doña Paula, que insistía en que aún estaba en pecado, aunque recién terminaba de confesarse. El Padre decidió interrumpir unos minutos el servicio para volver a confesarla. Cuando Paula estuvo de nuevo ante él, se le hizo una laguna mental. Tanta fue su desesperación que le pidió colaboración a sus amigas. Doña Esther y doña Francisca corrieron a ayudarla. ¿Sería envidia porque a la pituca de Nilda los nietos le habían regalado una caja de bombones de Los Dos Chinos? ¿Egoísmo por no querer prestarle el Impulse a la hija del portero, que llegó al asilo empapada por haber viajado en bicicleta? ¿Malos pensamientos después de ver aquella escena en la telenovela de las cuatro? El Padre Antonio decidió darle la absolución igual, aunque no se acordara. A doña Paula le pareció una imprudencia de su parte: “Mire si llega a ser un pecado mortal”. &lt;br /&gt;- Un salve y un credo.&lt;br /&gt;Antes de que las abuelas se volvieran al hospicio, el Padre le preguntó a Silvana por Nanci. Ella dijo que Nanci no podía asistir a misa porque seguía mal, sin levantarse de la cama ni para mirar El Mundo del Espectáculo.&lt;br /&gt;- Si se muere y se va al infierno, será su culpa.&lt;br /&gt;- ¿Por qué?&lt;br /&gt;- Por dejá la misa en el asilo así como así.&lt;br /&gt;Después del almuerzo, Silvana reunió a Esther, a Paula y a doña Francisca para comunicarles su desconfianza con respecto al simulacro perpetrado en la misa. Estaba segura de lo que les decía. A ellas les pareció descabellado. Ninguna de las tres había imaginado la asistencia de esa familia como un fraude, sino como un auspicioso signo de que la juventud comenzaba a volcarse, otra vez, a la religión. Por algo el Padre Antonio había leído Lucas 8.&lt;br /&gt;- Lo leyó porque é un estúpido – dijo ella.&lt;br /&gt;Durante los domingos siguientes, Silvana faltó a la iglesia, aunque no pudo lograr que las otras tres abuelas dejaran de asistir. El Padre Antonio notó con irritación que las tres se repartían los pecados antes de hincarse en el confesionario. Los pecados eran, también, tres: mentir con las cartas, emperrarse en no pasar de canal o contar chistes verdes. La que un domingo contaba chistes verdes, al siguiente no dejaba que nadie viera otra cosa que el almuerzo de Mirtha Legrand. Los turnos eran cíclicos. Cuando el Padre Antonio volvió al hospicio no supo bien si lo hacía por buscar a Silvana, porque estaba cansado de la parodia de las viejas, o para continuar escuchando el relato de Nanci.&lt;br /&gt;- El Padre Antonio vino a visitarla – dijo el director.&lt;br /&gt;A Nanci se le encendió la cara. El Padre la notó más demacrada que la última vez. Saludó a Silvana, que se hizo la distraída, y tuvo que pedirle que los dejara solos.&lt;br /&gt;- Ya hablaremos nosotros aparte – le dijo.&lt;br /&gt;- Con usté no tengo nada que hablá – contestó ella, ofendida.&lt;br /&gt;Nanci le enseñó una colonia.&lt;br /&gt;- Me la regaló Fermín, para mi cumpleaños – dijo.&lt;br /&gt;- Ah – dijo el Padre.&lt;br /&gt;- Silvana está enojada porque usted ya no nos visita. La verdad es que yo también lo esperé.&lt;br /&gt;- Tengo mucho trabajo en la Sacristía – dijo.&lt;br /&gt;Ella se rió.&lt;br /&gt;- Los curas nunca tienen mucho trabajo – dijo -. &lt;br /&gt;- ¿Usted cómo lo sabe?&lt;br /&gt;Nanci se acomodó una almohada en la espalda, para estar mejor sentada. Tosió dos veces.&lt;br /&gt;- Me lo puedo imaginar – dijo.&lt;br /&gt;- Ya sé que puede imaginarse muchas cosas… - dijo el Padre.&lt;br /&gt;Nanci volvió a reírse.&lt;br /&gt;- No voy a caer tan fácil como la vez pasada – dijo -. Un cura no me va a hacer enojar con sus desconfianzas de domingo a la mañana… ji, ji.&lt;br /&gt;La risa de Nanci ponía nervioso al Padre.&lt;br /&gt;- ¿Me va a confesar? – preguntó la vieja.&lt;br /&gt;- Si usted quiere.&lt;br /&gt;Hizo la señal de la cruz.&lt;br /&gt;- ¡Usted es el que quiere! Y encima con ese apuro… Yo no necesito ningún perdón.&lt;br /&gt;- Pero necesita contar.&lt;br /&gt;Nanci destapó la colonia. La acercó a su nariz. Volcó un poco sobre su mano izquierda y se perfumó por detrás de las orejas y el cuello.&lt;br /&gt;- ¿Vino por el tercer chico?&lt;br /&gt;El Padre asintió.&lt;br /&gt;- ¿Ya estamos bajo juramento?&lt;br /&gt;- Sí.&lt;br /&gt;La enfermera abrió la puerta. Llevaba una jarra con agua y un plato con pastillas. Le hizo tragar dos, una tras otra. Volvió a llenarle el vaso y se retiró sin saludar al Padre Antonio.&lt;br /&gt;- No les enseñan educación – la justificó Nanci -; solamente a aplicar inyecciones y separar pastillas. Lo sé por el curso que hice en la Cruz Roja, para entrar de portera en el Instituto Marista de Morón.&lt;br /&gt;- ¿Le pedían conocimientos de enfermería?&lt;br /&gt;- No – dijo -. Pero quería averiguar cómo se mataba a alguien con las cosas que uno puede comprar sin receta en cualquier farmacia. Además, siempre toman más fácil al que sabe de primeros auxilios. El curso me llevó dos meses.&lt;br /&gt;- ¿Cómo se llamaba el niño?&lt;br /&gt;- Augusto. Era obeso. El Marista es un colegio con pileta de natación. Él odiaba nadar con los demás, por no mostrar el cuerpo. Empecé regalándole chocolates. No le decía a la madre porque ella se lo tenía prohibido. Era nuestro secreto. Me buscaba en los recreos y después de hora, a escondidas. Yo lo seguía, lo estudiaba. Empecé a dejarle el chocolate en su armarito, donde guardaba la malla y las toallas. &lt;br /&gt;- ¿Los armarios no tenían llave?&lt;br /&gt;- Claro. Yo le ponía el chocolate sobre la tapa del armario, arriba, escondidito. No adentro. Él se subía en un banco, alargaba la mano y lo agarraba disimuladamente. Se los comía adentro del baño, para que nadie lo viera. Esto me lo contó. El juego duró un año. Los que más le gustaban eran los caseros. Los últimos bombones que comió estaban rellenos de nitrobenceno.&lt;br /&gt;- ¿Y dónde los compró?&lt;br /&gt;- Los cociné. Les inyecté el nitrobenceno y tapé los agujeros con trufas. Le di seis. Con que se comiera cuatro, bastaba. El nitrobenceno es una droga común, sirve para hacer perfumes y, en bajas dosis, galletas de postre. Pero es sumamente tóxico. Tiene un sabor y un olor parecido a la almendra.&lt;br /&gt;- ¿Y?&lt;br /&gt;- Fue a la pileta. Tenía convulsiones cuando el profesor de natación, un hombre con barba al que ya tenía harto de tanta excusa, lo obligó a tirarse de la plataforma. Hacía una semana que había cumplido los ocho años.&lt;br /&gt;El Padre movió la cabeza.&lt;br /&gt;- ¿Y no la culparon de nada?&lt;br /&gt;- No alcanzaron – dijo ella.&lt;br /&gt;El Padre sonrió.&lt;br /&gt;- ¿Qué, no me cree? &lt;br /&gt;El Padre negó suavemente.&lt;br /&gt;- ¿Y por qué no me cree, a ver?&lt;br /&gt;- Sus compañeros lo habrán visto mal, convulso. ¿No le hicieron ni siquiera una autopsia?&lt;br /&gt;- Sí – dijo ella.&lt;br /&gt;- ¿Y?&lt;br /&gt;Nanci pensó un momento antes de seguir hablando.&lt;br /&gt;- Ahí me di cuenta de que me equivoqué – dijo.&lt;br /&gt;El Padre esperaba que ella le dijera, por fin, que estaba mintiendo. Nanci, sin embargo, agregó:  &lt;br /&gt;- Si tuviera que volver a envenenarlo, lo haría con paracetamol.&lt;br /&gt;- El nitrobenceno salió en el informe…&lt;br /&gt;- Claro. Es un solvente. ¿Por qué iba a convidarle el profesor de natación unos bombones envenenados? ¿Cómo iba a prepararlos? Yo debería haber pensado en todo esto; debería haber comprado una tarta dulce y molido arriba ocho o diez pastillas de paracetamol de quinientos miligramos, de esas que se consiguen en los kioscos. Se utilizan para el dolor de cabeza; son muy comunes y casi nadie sabe el daño que pueden hacer. Mejor aún: gotas. Las gotas de paracetamol son dulces y no salen tan fácilmente en los análisis.&lt;br /&gt;- El niño hubiera notado el sabor.&lt;br /&gt;- Era demasiado glotón. No lo hubiera notado, por ejemplo, en una torta de coco. Pero otra vez el destino estaba de mi parte: en cuanto empecé a sentirme perdida, se supo que la amante del nadador era la profesora de química. Nadie pensó que esa mujer descuidada y torpe no podía haber hecho bombones de pastelería. Para ser repostera es necesario ser bien obsesiva.&lt;br /&gt;Nanci tomó un poco de agua del vaso.&lt;br /&gt;- Los bombones también salieron en la autopsia. Los padres estaban ciegos. Lincharon a los dos profesores antes de que empezaran a defenderse. El colegio dio el caso por cerrado. Al año siguiente se le fue más de la mitad de la matrícula. Yo me jubilé después de catorce años.&lt;br /&gt;El Padre siguió desconfiando.&lt;br /&gt;- ¿Por qué no usar Diazepan como todo el mundo? Conocí dos señoras mayores que intentaron suicidarse con Diazepan. El paracetamol es un detalle demasiado –remarcó la palabra casi burlescamente- específico; el del nitrobenceno más aún. Cualquier chico puede encontrar Diazepan en los botiquines de sus padres, y todo pasar por un suicidio. O una intoxicación&lt;br /&gt;Nanci bufó con desagrado.&lt;br /&gt;- ¿Se murieron esas señoras?&lt;br /&gt;- Una sí.&lt;br /&gt;- ¿De Diazepan?&lt;br /&gt;- De anciana – dijo el Padre.&lt;br /&gt;- Ahí tiene. ¿Cuál es el salvavidas de la gente que intenta suicidarse? El Diazepan. La gente se toma veinte de esas grajeas y lo único que se mata es el estómago. Se lo lavan y listo. No se mueren. La gente no quiere morir, quiere molestar a los parientes, llamar la atención. Para morir con Diazepan hay que mezclar alcohol, y en una escuela es evidente que no corre el alcohol. Entrar una botella puede ser bien difícil. El paracetamol, en la misma medida, causa mayor daño, y sin necesidad de tomar nada.&lt;br /&gt;- ¿Daño cerebral?&lt;br /&gt;- Hepático – contestó, de mal humor.&lt;br /&gt;El Padre dejó de preguntar.&lt;br /&gt;- Los niños son muy inquietos, se mueven mucho y enseguida entran en convulsión. – Agregó: - Aunque si tuviera que matar al nieto de Silvana, hoy no usaría veneno.&lt;br /&gt;El Padre volvió a interesarse.&lt;br /&gt;- ¿Qué usaría?&lt;br /&gt;- Cosas de acá. Un filo. Un cuchillo de cocina. Convencería a mi amigo el cocinero con una mentira tierna para conseguir, por un domingo, la cuchilla de trozar pollos.&lt;br /&gt;- Parece difícil.&lt;br /&gt;- Es un buen hombre. Me quiere mucho. Me viene a visitar.&lt;br /&gt;- Lo difícil sería la mentira.&lt;br /&gt;Ella lo pensó un momento.&lt;br /&gt;- No tan difícil – dijo -. Le diría que quiero serruchar los tacos de mis zapatos, para cuando me vuelva a levantar de la cama. Le diría que lo quiero hacer porque noto que mi amiga Silvana está cada día más encorvada; para no humillarla con mi altura en cuanto me vuelva a sentir bien.&lt;br /&gt;- ¡Si Silvana es más alta que usted!&lt;br /&gt;Nanci miró al Padre como si fuera estúpido. Después de un instante, dijo:&lt;br /&gt;- El cocinero está todo el tiempo esperando oír un cuento así de esta viejita buena. La gente común quiere historias para enternecerse. Una mentira no es mejor que otra porque más gente crea en ella: basta con que la crean los que importan.&lt;br /&gt;- ¿Entonces?&lt;br /&gt;- Haría que el niño se escondiera en el placard, con un juego. Tal vez le daría un chocolate. Le pediría que se metiera adentro de mi valija vacía. Me pondría de pie ayudada por la baranda de la cama. Hacharía al niño con los mismos movimientos con que el cocinero troza los pollos. A ese repugnante niño que nunca quiere dar besos. Después limpiaría la cuchilla con una toalla que también iría a parar a la valija, cerraría esa valija, arruinaría los tacos de mis viejos zapatos para dar un poco de lástima y le devolvería esa misma noche la cuchilla al cocinero.&lt;br /&gt;- ¿Y?&lt;br /&gt;- Y me dispondría a morir en paz.&lt;br /&gt;El Padre irguió la espalda. &lt;br /&gt;- Su amiga Silvana la odiaría por eso – dijo.&lt;br /&gt;Ella asintió con la cabeza, muda. Al fin dijo:&lt;br /&gt;- Asesinar a un chico es un dulce demasiado tentador como para pensar en las caries.&lt;br /&gt;El cura hizo la señal de la cruz.&lt;br /&gt;- No creo que le alcance la fuerza para tanto hachazo – dijo.&lt;br /&gt;- Estoy juntando fuerzas – dijo ella -. Tal vez pueda ocultar la cuchilla debajo de las cobijas, lo invite a un caramelo y le rebane el cuello aquí nomás, sobre las mantas. No parece tan duro.&lt;br /&gt;El Padre sopesó la duda con un movimiento bascular de cabeza.&lt;br /&gt;- No, si existiera Fermín – dijo, casi riéndose.&lt;br /&gt;Nanci se quedó estática, como descubierta.&lt;br /&gt;- ¿Qué? – preguntó.&lt;br /&gt;El Padre guardó la estola en el bolsillo de su saco. Se puso de pie. Agarró el sombrero de fieltro por la copa.&lt;br /&gt;- Que Fermín no existe. Le pregunté a Silvana, y dice que no tiene ningún nieto. No hay fotos…&lt;br /&gt;El Padre señaló hacia la mesa de luz de la otra cama.&lt;br /&gt;- No habrá fotos hasta que no haya besos – dijo Nanci, evidentemente malhumorada. Luego levantó una mano como si estuviera espantando una mosca. Una mano de noventa y tres años. –Esa Silvana está muy viejita y se olvida de todo -agregó.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El domingo siguiente Silvana fue a misa e insistió para estar en el coro. El Padre siempre elegía una señora para que dirigiera las canciones desde el micrófono; a eso le llamaba “el coro”. Era una costumbre de otro tiempo, de cuando la misa estaba llena, pero el cura estaba decidido a no perderla. Aunque la voz amplificada adentro de la nave semivacía sonara con ecos. Ese domingo, sin embargo, había varias personas nuevas. El padre de familia había llevado a unos amigos, que a su vez habían llevado a una tía que estaba de visita. &lt;br /&gt;Silvana comenzó cantando correctamente, pero a mitad de “Pescador de milagros” incluyó las primeras variaciones. Las otras abuelas la miraron sin entender. El Padre Antonio tardó en darse cuenta de los cambios que Silvana introdujo también en las dos letras siguientes. Recién advirtió la maldad en toda su dimensión cuando Silvana terminó “Virgencita guitarrera”. Entonces la miró fijamente, después de hacer un silencio. Ella le sostuvo la mirada con prepotencia. Él continuó con la ceremonia. Quedaban apenas el gloria y la alabanza a María, que decidió hacer recitada. El público no estaba preparado para ese cambio, y ni bien llegó el momento todos empezaron a entonar. Hasta que Silvana cantó “mierda” en mitad del estribillo. La palabra salió amplificada por todos los parlantes. Los feligreses dejaron de cantar. El Padre se aclaró la garganta, esta vez sin mirarla, y comenzó un nuevo sermón a deshora. Como ella intentara empezar a cantar nuevamente, el Padre mandó al monaguillo a que le desenchufara el micrófono. Silvana se bajó del presbiterio y caminó apuradamente hacia la entrada. Salió de la iglesia sin persignarse. Las otras abuelas y las familias dieron vuelta sus cabezas. El Padre tuvo que hacer toc toc con el dedo sobre el micrófono abierto para que volvieran a prestarle atención.&lt;br /&gt;Doña Esther le contó el episodio a la enfermera, que inmediatamente se lo comunicó al director, que constató lo ocurrido con el Padre Antonio. El director no era muy afecto a las cosas sagradas, pero no iba a dejar que sus viejitas lo hicieran quedar mal con el cielo, porque tal vez, bueno… Mejor estar preparado. Silvana adujo falta de memoria momentánea y un repentino ataque de trabalenguas. Había querido cantar “Oh, María, Madre mía”, y le había salido “mierda” mía. “Eso nomá”, dijo.&lt;br /&gt;- ¿Y por qué gritaste la mala palabra?&lt;br /&gt;- Porque se me atoró.&lt;br /&gt;El director decidió dejarla sin postre por cinco días. La penitencia, en lugar de calmarla, la rebeló más. Su amiga Nanci estaba cada vez más enferma, y ese cura no era capaz de ir a rezar por ella. Ese “chupacirios”, decía. Nanci lo único que hacía era dormir. En sus pocos momentos de vigilia había pedido varias veces por el Padre, y una vez por el jefe de la cocina. Silvana lo sabía bien porque se pasaba gran parte del día junto a la cama de su amiga. “Chupacirios, chupacirios, chupacirios”, repetía sin parar.&lt;br /&gt;- Nanci volvió a pedir de hablá con ese chupacirios de mierda-mierda – le dijo al director, que no le prestó atención. No lo iba a hacer hasta que dejara de decir groserías.&lt;br /&gt;Silvana llamó al Padre por teléfono. Le dejó un mensaje terminante en el contestador: si el domingo no daba misa en el asilo, la iglesia quedaría vacía. Ella se iba a ocupar. Él ni se molestó en devolverle la llamada. &lt;br /&gt;El domingo por la mañana las viejitas se amontonaron ante la puerta del recibidor, preparadas para salir. Estaban cambiadas, peinadas y pintadas, pero no se movían.&lt;br /&gt;- ¿Qué pasa? – preguntó el director.&lt;br /&gt;- Silvana no nos deja.&lt;br /&gt;El director se abrió paso hasta el hall. Silvana había cerrado con llave la puerta de entrada, que era de madera maciza, y también las puertas cortavientos, que eran de vidrio. Estaba parada entre ambos cerramientos, en mitad del hall, seria y con los brazos cruzados. Parecía que nada en el mundo la iba a mover de allí. El director le pidió a la enfermera que fuera a buscar los duplicados de las llaves. La enfermera desapareció un instante y regresó con las manos vacías.&lt;br /&gt;- Tiene todas las copias – dijo.&lt;br /&gt;El director golpeó sobre las puertas de vidrio.&lt;br /&gt;- Por favor, Silvana, portate bien y dame las llaves.&lt;br /&gt;- No – dijo ella.&lt;br /&gt;- Por favor – dijeron las viejitas, a coro -, que tenemos que ir a confesar nuestros pecados…&lt;br /&gt;- ¡Qué pecados van a tené ustede, viejas chotas!&lt;br /&gt;- ¡Silvana! – la retó el director.&lt;br /&gt;- Muchos pecados -. Los ojos de doña Paula estaban llenos de lágrimas.&lt;br /&gt;- Abrí de una vez, Silvana…&lt;br /&gt;Ella no se movió.&lt;br /&gt;- Quiero que devuelvas inmediatamente los dos juegos de llaves… - ordenó el director.&lt;br /&gt;- Jamás – dijo Silvana.&lt;br /&gt;La enfermera salió corriendo hacia los dormitorios. El jardinero dijo que él podía salir por una ventana. Agregó que podría ayudar a las señoras para que también salieran por allí. Las abuelas se horrorizaron con la idea. ¡El tiempo que les había llevado arreglarse así, para después tener que salir por una ventana! Qué podía pensar el que las viera, ¡que eran una viejas casquivanas! Además, podían engancharse las medias. Paula pegó la cara al vidrio, para rogarle a Silvana.&lt;br /&gt;- Le mentí a la pituca en el mus… - dijo. &lt;br /&gt;Doña Esther se plegó a los ruegos de Paula.&lt;br /&gt;- ¡Y yo conté un chiste de Jaimito!&lt;br /&gt;Doña Francisca no se quedó atrás:&lt;br /&gt;- Vi otra vez el episodio de Estartrek en el que el señor Spock entra en celo, cosa que le pasa cada siete años por ser Vulcano y no tener emociones ni  sexo, por lo que el Entenprais tiene que ir hasta su planeta a traerle la novia…&lt;br /&gt;- ¿Y?&lt;br /&gt;- Y, que la hermana del jardinero no pudo ver Utilísima.&lt;br /&gt;- ¡Qué pavada! – gritó Silvana -. Si quieren al cura, diganlé que venga pa’cá.&lt;br /&gt;- Danos las llaves para ir a avisarle – pidió el director.&lt;br /&gt;- Me las comí – dijo Silvana.&lt;br /&gt;Las otras viejas se largaron a llorar al unísono. El jardinero se ofreció a descolgarse por la ventana para ir a avisarle al cura lo que estaba pasando. Silvana, que lo había escuchado, dijo:&lt;br /&gt;- Que le avisen por teléfono, ¡santo remedio!&lt;br /&gt;La enfermera llegó hasta el director y le susurró algo al oído. El director se puso blanco como un papel. Las viejas levantaron sus ojos llenos de lágrimas hacia la cara blanca. Silvana se puso las manos sobre las tazas del corpiño armado. La enfermera comenzó a alejar a las señoras con palabras sencillas y empujoncitos. Al jardinero se le arrugó la frente y la nariz.&lt;br /&gt;- ¡Nanci! – gritó Silvana.&lt;br /&gt;Buscó torpemente las llaves adentro del corpiño. El director le pidió al jardinero que saliera de allí. Silvana abrió la puerta de vidrio. Soltó el llavero. Caminó hasta su habitación como una sonámbula. El director prefirió esperar afuera la llegada del cura.&lt;br /&gt;El Padre Antonio tardó en llegar, obstinado en dar la misa únicamente para la familia, en la que habían faltado los niños. Mandó al monaguillo a que bajara del púlpito a la nave, para hacerse la ilusión de que había más gente. Cuando levantó el mensaje del asilo, habían pasado más de dos horas. Se puso el sombrero de fieltro, guardó lo que necesitaba en la valija de cuero y salió corriendo. Llegó transpirado y jadeante. La enfermera había logrado dopar a Silvana, que dormía en otra habitación.&lt;br /&gt;- Nanci tenía esto en la mano – dijo el director. Era un chocolatín abollado. El Padre Antonio sacó una botellita de aceite bendito e hizo una pequeña cruz sobre la frente del cadáver. Dijo: “a Ti, que eres mi Creador, te entrego mi alma”. El director observó la escena con los brazos cruzados. La enfermera entró cuando estaban terminando el Padre Nuestro. Entre el director y el Padre, la ayudaron a colocar el cuerpo en la camilla. A pesar de que era liviano como una pluma, en la cama había quedado un pozo. El director intentó acomodar las cobijas para disimularlo.&lt;br /&gt;- ¿Y esto? &lt;br /&gt;Había apartado la almohada.&lt;br /&gt;- No sé – mintió el Padre -. Habrá que preguntarle al cocinero.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al otro día, mientras preparaban el cadáver para la cremación, el cura les dio la misa que les debía, a pedido del director. Las viejitas estaban muy inquietas y al mismo tiempo vagaban como zombies,  porque el director había duplicado la cantidad de sedantes. Siempre que alguien moría en el asilo era de esa manera. Así y todo, Silvana no había logrado dormir hasta la madrugada. Como habían pasado más de doce horas de la primera dosis, le dijeron que podían volver a inyectarle Seconal. Silvana se resistió. Nanci no había tenido otra familia que ella en la vida, y no iba a defraudarla faltándole en los últimos minutos. Era su oportunidad de despedirse. El jardinero, que no podía parar de llorar, también opinaba lo mismo.&lt;br /&gt;- ¿Qué le sucede al hombre? – le preguntó el Padre al director, antes de entrar a la sala crematoria.&lt;br /&gt;- Dice que Nanci fue su novia.&lt;br /&gt;- ¿En serio?&lt;br /&gt;- De todas las que se mueren dice lo mismo.&lt;br /&gt;Lo dejaron entrar a la sala. Se había puesto una corbata oscura y un saco de lana. Entre las manos llevaba un chambergo de paja casi nuevo. &lt;br /&gt;El ataúd era de madera de pino. La enfermera y el director hicieron la señal de la cruz. Mientras el Padre Antonio recitaba el responso, las puertas de la sala se abrieron para dejar entrar al grupo que traía a Silvana. Venía sentada en una silla de ruedas, apretaba un pañuelo mojado entre las manos. El director había comunicado a su familia el deseo de Silvana de presenciar la cremación, para que ellos estuvieran allí. La nuera había protestado, porque tenía que trabajar. El director supuso que no era buena idea dejarla entrar sola al crematorio de su amiga del alma. Las piernas de Silvana estaban tapadas con una manta tejida. Sus ojos estaban hundidos bajo la piel transparente de los párpados.&lt;br /&gt;A la derecha de la silla de ruedas iba la nuera, que no saludó a nadie. El hijo de Silvana esperó a que el Padre terminara la oración y se acercó al director para darle el pésame. Un chico de cabello ondulado y ojos celestes empujaba la silla. Al Padre se le resbaló el sombrero de fieltro, que tenía agarrado por el ala. El sombrero rodó por el piso hasta los piecitos de Silvana, que se montaban uno sobre el otro como si estuvieran rezando. El nene estaba peinado a la gomina, y la extraña raya al medio no podía domar la rebeldía de aquellos rulos.&lt;br /&gt;- Dale un beso a la abuela – pidió la madre.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/14637388-113595152232007274?l=mandarinasdulces.blogspot.com'/&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/14637388/posts/default/113595152232007274'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/14637388/posts/default/113595152232007274'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://mandarinasdulces.blogspot.com/2005/12/debajo-de-la-almohada.html' title='DEBAJO DE LA ALMOHADA'/><author><name>Gus Nielsen</name><uri>http://www.blogger.com/profile/15989569316094960851</uri><email>gesnil@gmail.com</email><gd:extendedProperty xmlns:gd='http://schemas.google.com/g/2005' name='OpenSocialUserId' value='15197016212663989666'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-14637388.post-113378981754172847</id><published>2005-12-05T10:36:00.000-03:00</published><updated>2005-12-05T10:52:26.446-03:00</updated><title type='text'>ADENTRO Y AFUERA POR LOS FOGWILLS</title><content type='html'>Dialogo entre Quique Fogwill y Nielsen en oportunidad de revisar el borrador de “Adentro y Afuera”. Participa Vera Fogwill. Grabado en 1993.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Fogwill: La propuesta mía era leerlo en voz alta…&lt;br /&gt;Nielsen: Dale.&lt;br /&gt;F: “Tuve el primer sueño el día que empecé a trabajar en lo de Gómez. Yo subía al entrepiso por una escalera de madera, encendía la luz. Era un desván con porquerías, cajas atadas, ventiladores y baúles. Iba a buscar una jaula de las que había en el piso, apiladas contra la pared derecha del cuartito. Las jaulas estaban cubiertas por una sábana sucia.”&lt;br /&gt;Tiene un ritmo esto, es brutal, [a Vera] ¿te gustó o no?, ¿viste el ritmo?... y eso que no lo marqué.&lt;br /&gt;Yo te digo, en este párrafo, te digo una boludez, esto es un capricho personal mío, yo no diría jamás “encendía la luz”; pero ya está casi perdonado en la literatura que la gente dice “ascienden escaleras”, “manejan automóviles”, “encienden cigarrillos”… una prende cigarrillos; sube escaleras, no asciende; anda en auto, no en automóvil…&lt;br /&gt;N: ¿Pero la luz no es una de las cosas que se enciende?&lt;br /&gt;F: ¿Pero vos qué…? ¿Vos le decís a una mina después de coger “prendé la luz” o “encendé la luz”?&lt;br /&gt;N: Prendé la luz.&lt;br /&gt;F: Es una cosa natural. “‘¿Está el señó Nielsen?’ ‘No se encuentra.’” Boluda, “no está”, ¿cómo “no se encuentra”?&lt;br /&gt;“Arranqué las sábanas de un tirón. Detrás de los barrotes, sorpresivamente, vi pájaros muertos, secos, apoliyados. Fue algo muy desagradable para mí porque entendí que las jaulas se guardaron con los pájaros piando y que ellos, después, murieron de hambre y oscuridad y se descompusieron sobre la bandeja de hojalata, adentro. Pensé en la locura de esos pájaros, se lo dije a Gómez pero no me escuchó.”&lt;br /&gt;En este párrafo hay un error de ortografía. “Polillas” con “ll”. “Apoliyar la  siesta” es con “y”.&lt;br /&gt;N: Ah.&lt;br /&gt;F: Vos no podés publicar un libro donde aparezca un error de ortografía.&lt;br /&gt;N: No, claro.&lt;br /&gt;F: Porque te vas a la mierda, ¿viste? Te lo van a perdonar…&lt;br /&gt;[Interrupción]&lt;br /&gt;F: Yo considero que un autor es grande cuando dota a sus personajes de un lenguaje propio. Uno puede inventar relatos y no inventar palabras. Eso es lo grande de Cohen, inventa un lenguaje, el libro está hablando un lenguaje. Un lenguaje que tiene las mismas reglas de formación que el que usas vos para fabricar “bobis”. Yo se de donde sale “bobis”, a mí me lo decían en cana, “bobi” es “vivo” invertido.&lt;br /&gt;N: No, no es… lo inventé.&lt;br /&gt;F: Lo inventaste muy mal, porque a los muertos llamarlos “bobi”… “bobi” es “vivo”.&lt;br /&gt;N: Chau… no, ni ahí. Yo lo inventé por “bobo”, como un cuerpo bobo.&lt;br /&gt;F: Pero… y bueno… Yo quiero grabar esto que digo, porque después así me lo acuerdo… porque un tipo… cuando inventás una palabra… Es un paso más allá de la literatura, inventar un lenguaje, ¿entendés?&lt;br /&gt;N: Sí.&lt;br /&gt;F: Seguramente no va a prender, nadie va a llamar a los muertos “bobis”, pero no importa, pero quedó ahí. Nadie cuenta… las palabras de Quijote son inventadas por Cervantes y no lo sabe nunca nadie. Pero algunas de esas por ahí quedaron. Pero cuando el tipo inventa una palabra, que lo hace muy bien Cohen, cuando inventa una palabra, te pone en evidencia la creatividad, ¿entendés?, el arte. Porque uno también puede decir “los clientes”, también hubiese sido una invención, inventar la metáfora… No es que vos inventás metáforas, tus personajes, inventados por vos, se permiten inventar metáforas. Es mucho más vivo que un personaje que habla como la gente, ¿entendés?: un personaje que inventa metáforas traducibles… yo no necesito deducir nada para saber de qué se trata, yo sé que son muertos, ¿no?&lt;br /&gt;“Yo me había presentado a este trabajo sin saber, pero al borde del hambre y sin un centavo. El sueldo era excelente y el trabajo parecía sencillo y falto de riesgos.”&lt;br /&gt;A mí, esta frase… no la veo. Esta frase no está a la altura. No quiero decir que me moleste, ni nada, ni que sea mala, no está a la altura del nivel del relato. ¿Entendés por qué? Eso lo puede decir cualquier boludo… “‘¿Y, cómo te fue?’ ‘Y… el trabajo era excelente, el nivel de sueldo…’, hasta en una carta, ¿no?. “¿Y usted por qué se retiró de la compañía?, el trabajo parecía sencillo, el nivel de ingresos… excelente”. &lt;br /&gt;N: Sí, capaz que la palabra “excelente” jode.&lt;br /&gt;F: Y “no falto de riesgos”. “Excelente” es atroz, porque “excelente” es una metáfora, quiere decir “celeste”, quiere decir “en el cielo”.&lt;br /&gt;N: ¿Sí?&lt;br /&gt;F: Claro. “Celis” es “suelo”, “ex celis” es “lo que está por encima del suelo”.&lt;br /&gt;N: Ajá.&lt;br /&gt;F: ¿Vos leíste Laiseca bien, no?&lt;br /&gt;N: ¿A Laiseca?&lt;br /&gt;F: Sí.&lt;br /&gt;N: No.&lt;br /&gt;F: Cosas muy lindas de Laiseca hay acá.&lt;br /&gt;Dice: “El sueldo era excelente y el trabajo parecía sencillo y falto de riesgos. ¿Qué iba a sospechar lo de los sueños? Cuando terminé de bañar al primero, supe que nunca iba a poder hacerlo. Y así fue cada vez. ‘No hay que pensar’, decía Gómez. Él era el dueño de la  empresa, y venía siempre con saco y corbata negra, con la pelada brillante, brillante…”&lt;br /&gt;Esa repetición…&lt;br /&gt;“… como si se la untara con aceite.”&lt;br /&gt;Las repeticiones también tienen una lógica impresionante, ¿viste?&lt;br /&gt;N: ¿“Brillante” con qué la repito?&lt;br /&gt;F: Con la palabra “brillante”.&lt;br /&gt;N: Ah…&lt;br /&gt;F: Por algo, ¿no? Una brillante brillante brilla más. Pero, en este párrafo, yo… lo que me preocupo es “supe que nunca iba a poder hacerlo”. Falta “bien”, ¿no? ¿Qué es hacerlo?&lt;br /&gt;N: Limpiar esos cosos. Después de que los limpió, sabe que no los va  poder limpiar. Eso me pareció: que el tipo está tan confundido que le pasa eso.&lt;br /&gt;F: “Pensé que nunca iba a poder hacerlo”. “Supe” no; si sabés algo, tiene que ser la verdad, y la verdad no es esta, si vos después limpias muertos. Como el orto, pero limpias.&lt;br /&gt;N: Yo lo pensé como la confusión del tipo. Pensé, al poner ahí…&lt;br /&gt;F: Yo pensé que había una trampa en todo esto, o bien que te habías morfado el “bien”. Porque sino es ilógico. Yo creo que algo ilógico cabe en la literatura; en un relato, algo que rompe… cabe, perfectamente. Pero tiene que tener una lógica que rompa la lógica, no tiene que romper la lógica porque el tipo puede ser un lelo que no sabe escribir.&lt;br /&gt;N: Claro.&lt;br /&gt;F: Y acá uno no sabe si el tipo es un lelo que no sabe escribir o no; en esto, no hay ninguna razón para…&lt;br /&gt;“‘No hay que pensar. Antes fueron seres humanos, pero ahora son sólo objetos, yo empecé como usted y aquí me ve, alguien lo tiene que hacer.”&lt;br /&gt;Destaco el dominio del coloquial, ¿no?&lt;br /&gt;“Pasó una camilla con un cuerpo desnudo adentro…”&lt;br /&gt;Te acordás que te lo comenté esto…&lt;br /&gt;N: Sí, sí…&lt;br /&gt;F: “Pasó una camilla con un cuerpo desnudo adentro en un sobre de plástico, y era una anciana. Casi me caigo desmayado. Alcancé a ver que tenía sangre seca debajo de la nariz.”&lt;br /&gt;Ese detalle pelotudo, eso es borgiano. Al poner la sangre seca debajo de la nariz, o al ponerle un lunar en la oreja, o al ponerle algo del anillo de casada, quiere decir que la viste, ¿entendés?, eso prueba…&lt;br /&gt;N: Que la distinguís…&lt;br /&gt;F: Claro. Eso es lo que llamaba Barthes el efecto realidad, ¿no?&lt;br /&gt;N: ¿El efecto qué?&lt;br /&gt;F: Efecto realidad. Los pequeños elementos, agregados estúpidamente a un relato, pero que justamente sirven para organizarlo. Decía, “me crucé a un hombre, tenía un tic en el ojo izquierdo”, si tenía un tic en el ojo izquierdo, seguro que se lo cruzó.&lt;br /&gt;Eso de “adentro de un sobre de plástico” a mí me parece que está mal.&lt;br /&gt;N: Tapado con plástico, si no…&lt;br /&gt;F: O “envuelto en un sobre de plástico”. O “empaquetada”…&lt;br /&gt;N: Eso es bueno.&lt;br /&gt;F: “Alcancé a ver que tenía sangre seca debajo de la nariz. El hombre que empujaba la camilla era un negro. Me miró y se rió. Quizás la impresión reflejada en mi cara le causara risa. Gómez pegó unas palmaditas en el vientre fláccido de la vieja, el cuerpo tembló.&lt;br /&gt;‘Aníbal’, le dijo el muchacho, ‘dejámela como una novia’, y le palmeó también el hombro a Aníbal.”&lt;br /&gt;Yo puse una boludez acá, pero la borro. Yo lo que hubiese hecho, ya que estás, ya que lo palmeó, lo palmeó con la misma mano, ¿no?&lt;br /&gt;N: Ah, que lo palmeó con la misma mano que con la que palmeó a la muerta.&lt;br /&gt;F: Porque le palmeó el hombro, el cachete, con la misma mano.&lt;br /&gt;“Descubrí que Aníbal siempre se reía.”&lt;br /&gt;Ese también es bueno. Es muy sutil, pero el hecho de que el tipo en un párrafo anterior haya pensado que era que se reía por la cara, y ahora descubrió que siempre se reía. Es muy bueno porque defrauda un poco al lector. Esas defraudaciones al lector, o agregados de información, o contradicciones: venís pensando todo el tiempo que el tipo era un negro y resulta que no, que se ponía betún, cualquier cosa, esas contradicciones te ponen muy en evidencia cómo el narrador manipula al lector. Eso es lo bueno de la literatura, que el tipo tenga la evidencia de la manipulación.&lt;br /&gt;“A primera vista parecía un muchacho grosero y descuidado, pero después resultó un buen compañero.”&lt;br /&gt;N: Ahí está el tema de la oficina. Por eso…&lt;br /&gt;F: No, ya está desde antes: la corbatita, la pelada de Gómez, el lenguaje de Gómez…&lt;br /&gt;N: Esa la metí a propósito. Esa me salió a propósito.&lt;br /&gt;F: A mi no me gustó que los adjetivos “grosero”, “descuidado” y “buen compañero” son de la misma índole; como dice “pero”… suponete: cuando yo cebo mate digo “está lavado, pero frío”, el “pero” me gusta que funcione al pero, no al derecho, acá está un pero al derecho.&lt;br /&gt;N: No entiendo.&lt;br /&gt;F: Claro, hubiese sido… que sea grosero y descuidado, no lo hace necesariamente mal compañero. Pero no esta totalmente realizado este absurdo, se podría haber hecho más absurdo. Pero está bien, yo que sé.&lt;br /&gt;“Me indicó unas cuantas cosas. Es curioso, pero yo suelo ser muy reservado y desconfío de la gente como del propio diablo; sin embargo, entablé una relación inmediata con él.”&lt;br /&gt;Yo te digo lo mismo que “mantener una conversación”, que tenés en otro momento... yo creo que un muchacho de oficina y el narrador de este relato no entabla relaciones, ni entabla, ni relaciones. No sé. Ni siquiera traba amistad. “En seguida fuimos compinches”, no sé, algo, no me lo digas ahora, si fuera mío yo en dos minutos lo resuelvo. Tiene algo, vos sabés hacerlo muy bien.&lt;br /&gt;N: Es demasiado formal eso, ¿no?&lt;br /&gt;F: Es un lenguaje muy de “mi señora madre”, viste la gente que dice “mi señora madre”… es un lenguaje casi de telenovela.&lt;br /&gt;N: Sí.&lt;br /&gt;F: “Su risa me pareció horrible, enferma, pero quizás sea cierto que entre todos aquellos males, era lo menos malo.”&lt;br /&gt;Esto yo lo marqué porque a mí no me hace gracia.&lt;br /&gt;N: Y pero… yo lo puse para que dijera todo lo que va a pasar.&lt;br /&gt;F: Sí, pero “entre todos aquellos males era lo menos malo”, no me causa gracia porque males y malo es la misma fórmula. “Su risa me pareció horrible, enferma, pero quizás sea cierto que entre tantas desgracias era lo menos malo que me pasó.”, o “era lo menos malo que tuve que escuchar”. Digo, una solución.&lt;br /&gt;N: Poné la palabra “desgracia” ahí.&lt;br /&gt;F: Pero no sé si es la solución…&lt;br /&gt;N: Para acordarme…&lt;br /&gt;F: Yo lo que buscaría… si uno pudiera, si tuviera la inteligencia y tiempo, habría que buscar palabras que tuvieran que ver con la problemática topológica.&lt;br /&gt;N: ¿Qué es eso?&lt;br /&gt;F: El tema del cuento. Esto es un tratado de topología, del adentro y afuera. La botella de Leiden, ¿te acordás?&lt;br /&gt;N: ¿La botella de quién?&lt;br /&gt;F: Leiden. Es la cinta de Moebius en tres dimensiones. Es esa botella famosa que… vos agarras una botella, de goma, fraguada, la das vuelta, como un forro, la metes adentró… entonces, es un objeto que no podría contener nada ni existir, pero la podés representar. Como la cinta de Moebius: es un plano que en realidad no puede ser, o sea, es un plano que existe fuera del plano. Que es un tema que es… que son construcciones abstractas de la matemática.&lt;br /&gt;N: ¿Pero qué tiene que ver con eso?&lt;br /&gt;F: Tiene mucho que ver, este cuento es todo el tema ese. Lo de adentro y afuera es eso, la problemática del adentro y afuera. Lo que creo notable en todo esto, es que el adentro y afuera no están marcados con valores. Cuando el tipo está cagando, aunque el tipo vomite, y el tipo está vomitando, no hay asco. Hay horror. ¿Pero es un horror a qué? No es un horror al olor.&lt;br /&gt;N: Ni siquiera a la muerte.&lt;br /&gt;F: Es el horror a la pérdida de los límites de la realidad.&lt;br /&gt;N: A la locura.&lt;br /&gt;F: Bueno, es el vértigo que te producen…&lt;br /&gt;[Interrupción]&lt;br /&gt;F: A mí se me armó un quilombo de novelas policiales, que nunca fui lector… pero que es la cuestión… si es un baño, ¿por qué lo llamamos habitación? Y antes, ¿por qué baño?, si un señor tiene una empresa, ¿por qué baño? A mi me parece bien que sea un baño.&lt;br /&gt;N: Le da algo doméstico, de cosa doméstica.&lt;br /&gt;F: Pero lo mete en un espacio demasiado doméstico. Y ahora le metés habitación y lo hacés mucho más domesticador.&lt;br /&gt;El chiste de que “había diez cosas y empecé a enumerarlas” me parece muy bien.&lt;br /&gt;“Una mesa chica con formica imitando madera, un lavabo, una bañera grande de hierro fundido, cinco frascos, una botella con desinfectante y un cadáver de hombre desnudo. Los frascos estaban apilados sobre el borde de la bañera y el bobi adentro. Abrí las canillas. El agua le pegó en el estómago y me pareció que había sufrido una ligera contracción en la piel. El chorro, duro y perforador, cavó un pozo a la altura de su ombligo, lo que hacía parecer que tenía dos.”&lt;br /&gt;Te pongo de nuevo “no H”, cuando te pongo “no H” creo que hay algo que no está a la altura: “lo que hacía parecer que tenía dos”, yo me detuve ahí. Yo creo que el lector común no se va a detener ahí, porque si la gente puede leer lo mal escrito que están los diarios y las revistas, no le va a molestar. Pero creo que hay una oportunidad ahí, hay una oportunidad de crear. Cuando yo… yo creo que si uno encontrara acá las cosas que en una lectura te emocionan, que son las cosas creativas, las cosas que son innovadoras, originales… Esas innovaciones siempre, o casi siempre, responden a dificultades de narrar. Es decir, vos querés decir algo y no te resulta fácil narrarlo, entonces inventas una salida, haces un truco, y en el truco está la creatividad, la originalidad. Por ejemplo, yo, en otro contexto del relato, con otra lectura del relato, lo hubiese hecho así: “El chorro, duro y perforador, cavó un pozo a la altura de su ombligo; daba risa pensar que tenía dos.”&lt;br /&gt;N: Pero el tipo esta medio cagado ahí.&lt;br /&gt;F: Fijate vos, “éste era un detalle simpático”. Vos estás cerca de ese lugar. El tipo está cagado pero se divierte, él mismo lo dice acá: “éste era un detalle simpático”. Con eso te ahorrás también la cosa de decir “detalle simpático”.&lt;br /&gt;N: Sí, puede ser.&lt;br /&gt;F: “No H”, te puse.&lt;br /&gt;“La piel se le arrugaba en pliegues, como las ondas que se forman en la superficie del agua cuando tiramos una piedra. Era un muerto petiso y gordo del tipo de Gómez.”&lt;br /&gt;Yo lo que veo en muchos momentos, es que acá hay narradores americanos, puede ser Salinger…¿vos los leíste en inglés o en español?&lt;br /&gt;N: En español.&lt;br /&gt;F: Pero en inglés dice mucho “you”… “como las ondas que se forman en la superficie del agua cuando tiramos una piedra”… tutear al lector de golpe. A veces funciona. No se si será el caso acá, y si será para tu estilo. Pero es lindo eso, Salinger lo usa mucho. Porque es manera también de citar lenguajes infantiles, un pibe cuando te describe, te describe así las cosas.&lt;br /&gt;“Tenía una cicatriz en el bajo vientre, de alguna operación, y muy poco pelo.”&lt;br /&gt;Habría que ver una sucesión de los pelados en este relato. Se suceden las peladas. Está este; está el fraile, más adelante; está Gómez; creo, no sé, si Rubén no tiene algo en la cabeza; Fernández…&lt;br /&gt;N: Fernández no, después va a tener la herida.&lt;br /&gt;F: “Me lo imaginaba contador…”&lt;br /&gt;Perfecto, un pelado tiene que ser contador.&lt;br /&gt;“… pero en la planilla sólo figuraba el motivo de su muerte, en manuscrito.”&lt;br /&gt;Perfecto. Perfecto porque te metés en un detalle que no tiene nada que ver con el relato, que le da mucha más realidad. A los efectos del relato, si no estuviera en manuscrito, o en letras azules, sería lo mismo.&lt;br /&gt;N: A vos te parecen buenos esos puntitos, esos detalles boludos…&lt;br /&gt;F: Pero qué te parece… Especialmente cuando son observaciones muy originales, no es el caso de “manuscrito”; “manuscrito” queda muy simpático.&lt;br /&gt;“No me esforcé en leerlo. No me interesaba la muerte en lo más mínimo. Sencillamente estaba allí porque no podía encontrar trabajo de otra cosa. Era imposible conseguir nada digno.”&lt;br /&gt;N: El “digno”…&lt;br /&gt;F: No, no, no; acá hay un lío. Porque esto es coloquial, la gente dice “digno”, por ahí citando a la televisión. No, “era imposible conseguir algo digno”. En realidad es todo lo opuesto. Si uno lograra convencer al lector de que el tipo está hablando en coloquial, está bien. Pero no lo lográs. Si vos quisieras convencerlos de que escribís todo coloquial, sería un esfuerzo realmente muy grande, habría que reprimir todo.&lt;br /&gt;Yo, acá, en vez de “manuscrito”, “con letra de médico”, yo pondría otra cosa. También como manera de perfeccionar esa misma jugada que vos hacés.&lt;br /&gt;“Era imposible conseguir algo digno. Ya ahora te limpio los sobacos, gordito. Aníbal me había contado de cuando le tocó lavar al portero de su edificio.”&lt;br /&gt;Esto…la frase del portero es algo impresionante. Que queda sonando… &lt;br /&gt;N: ¿Te gustó?&lt;br /&gt;F: Escuchame: “Aníbal me había contado de cuando…”, me parece muy feo, esto es un trato de sirvienta, feo. “Aníbal me había contado cuando le tocó” o “me había contado que alguna vez le tocó”…&lt;br /&gt;N: Pero es medio coloquial, está medio saliendo…&lt;br /&gt;F: Sí, pero vos venías creando mucho y, para traer el coloquial... bueno, pero no importa.&lt;br /&gt;“Hacía nada más que una semana se habían trenzado por no se qué pavada de los ascensores. El portero gritó hasta que se le cansó la garganta. ‘Y ahora ya vez’, dijo, sonreía mientras hablaba, ‘tarde o temprano siempre pasan por el cepillo de Aníbal’; como si él fuera eterno o un poco dios.&lt;br /&gt;Apreté mi propio cepillo con furia, para no morir nunca.”&lt;br /&gt;El último gesto recordable del portero es que después tuviste que lavarle el cadáver. “Y ahora ya ves”, pero no se sabe por qué, eso es impresionante, [a Vera, que acaba de sentarse] ¿entendés?, ¿ves eso?&lt;br /&gt;Vera: No…&lt;br /&gt;F: Un tipo labura de lavar muertos y le toca lavar al portero de su casa. Una semana antes, la última vez que lo vio tuvo una pelea, no se sabe por qué. Y el tipo le gritaba desde abajo “y ahora ya ves, y ahora ya ves, y ahora ya ves”, es una frase absurda, porque no sabemos qué carajo ves, ni por qué se pelearon, ¿entendés?, se pelearon por un error de ascensor, ¿entendés?... y justo dice una frase que tiene mucho que ver con el portero: “llaves”… Hay una cosa que se arma… viste que dice “llaves”, “ahora llaves”.&lt;br /&gt;N: No me había dado cuenta…&lt;br /&gt;F: ¿En realidad las llaves quién te las da?&lt;br /&gt;N: Sí, el portero.&lt;br /&gt;V: Qué increíble…&lt;br /&gt;F: “Apreté mi propio cepillo”… “propio”, eso es impresionante, porque el tipo ya tiene un cepillo…este tipo de cosas, Guebel no podría escribirlas jamás, porque nunca escribe sobre algo que le pasó. En realidad, inventa. Son como de otro castillo: inventan, crean, son artistas.&lt;br /&gt;N: ¿Vos decís que no hablan de lo de ellos?&lt;br /&gt;F: Si Guebel tuviera que contar este cuento, nunca diría “mi propio cepillo”.&lt;br /&gt;N: ¿Por qué?&lt;br /&gt;F: Porque nunca tienen nada propio. Solamente se atribuyen virtudes, no accidentes, ¿entendés?&lt;br /&gt;N: ¿Y objetos?&lt;br /&gt;F: Si son imprescindibles para el relato, sí. Por ejemplo “mi pistola”, al asesinar, uno mata con su propia pistola. ¿Pero un cepillo?,  ¿mi toallita?, no…&lt;br /&gt;“Un bobi es piel, huesos y tiempo. Un bobi es poco tiempo, es descascaramiento…&lt;br /&gt;V: ¿Vos no sabías que “bobi” era “vivo” y le pusiste “bobi” a los muertos?, qué increíble, ¿no?&lt;br /&gt;F: ¿Pero vos no escuchaste decir a los rockeros, a los faloperos, a los dealer, “bobi”: “¿so bobi vo, loco?”.&lt;br /&gt;V: Pero “bobi” es “boludo”, “bobo”…&lt;br /&gt;F: “Bobi”, en la cárcel, cuando yo estaba en cana, era “vivo”: “vos sos bobi, así que te lo puedo contar”. Un “bobi” era un tipo despierto. Y, ojo, lo escribían con “b”, a pesar de que sabían que era una inversión de “vivo”.&lt;br /&gt;“Un bobi es piel, huesos y tiempo. Un bobi es poco tiempo, es descascaramiento, pudrición.”&lt;br /&gt;Esto es un poema, eso lo vas a encontrar…&lt;br /&gt;[Interrupción]&lt;br /&gt;F: …inventás un lenguaje e inventás una moral –como vos bien decís–, pero además inventás una manera de enunciarla, lo cual le da realidad. Un patrón tiene realidad cuando dice frases de patrón, que son acuñadas por él y que tienen una cadencia, ya establecida de tanto repetirla y de tanto madurarla. Eso institucionaliza las palabras del tipo…&lt;br /&gt;N: Eso es la moral de tipo.&lt;br /&gt;F: Bueno, pero al tener una moral institucionalizada el tipo es real, el tipo… digamos, no estás, no sos un escritor de literatura argentina… Piglia no puede hacer esto en la puta vida…&lt;br /&gt;N: ¿Piglia?, ¿por qué?&lt;br /&gt;F: Porque no le sale, loco. No le sale. Las buenas voces son voces de Piglia.&lt;br /&gt;N: Pero si el tipo es jefe, tiene que hablar como un jefe…&lt;br /&gt;F: Briante sí. Tiene que hablar, pero… ¿entendés que acá el tipo tiene una poética, me entendés que hay una poesía en esto, “un bobi es piel, huesos y tiempo”? Como son las frases célebres de los tipos, viste que…&lt;br /&gt;N: Claro.&lt;br /&gt;F: “Gómez frotaba el tenedor con el cuchillo al decírmelo. Ese momento era como ir a misa, y todos los que limpiaban habían pasado por él. Había trozado el bife en pedazos pequeños y se llevaba esos pedazos a la boca, acompañados por alguna papa o una rodaja de tomate que pescaba directamente de la fuente. ‘Un bobi es como una bolsa plástica de basura, la piel es la bolsa; lo que hacemos nosotros es mostrarle al resto que la bolsa es blanca como la nieve, que el contenido no afecta las apariencias, todos saben que adentro hay basura, pero eso es asunto de gusanos, los gusanos devorarán esa basura.’”&lt;br /&gt;Se me alargó la moral acá un poquito. Yo acá te marqué una cosa, un boludez, pero como se me alargó la moral, se me empezó a transformar esto en relato. Entonces propuse un punto y aparte, para que se note que es una frase de un tipo, sino se va a perder, se va a pensar que es una frase tuya. Incluso yo le haría el truco muy viejo, de Nabokov, que termine en puntos suspensivos, que dan una especie de… aunque vos no los usas, los puntos suspensivos ayudan mucho.&lt;br /&gt;N: No sé usar los puntos suspensivos.&lt;br /&gt;F: Al final… hacer más vacilante el lenguaje de los tipos.&lt;br /&gt;“Yo sentía su masticación y Gómez parecía el rey de los gusanos devorando la carne podrida.”&lt;br /&gt;Acá hay una cosa interesante. Como pasa en el Playa quemada, acá también hay un registro, acá tenés las comillas, porque el primer sueño no lo contaste con comillas, ahora lo contás con comillas.&lt;br /&gt; “Me acerco a las jaulas tapadas. La luz del desván pestañea, indecisa por enseñarme lo que va a pasar, lo que voy a ver. Yo no presiento nada. Las jaulas que se guardan, siempre se cubren con una manta. A su vez, con el tiempo, el polvo cubrirá a la manta. A ésta, por ejemplo (¿era blanca, gris, marrón?). Los dedos se me crispan al contacto del género. Descorro el telón. Los pájaros, en el suelo de chapa de la jaula, duermen su sueño eterno, con los picos abiertos.&lt;br /&gt;Abro los ojos. Tengo las manos sumergidas adentro de la bañera llena de agua sucia. Saco el tapón. Nadie me está mirando. Si sé que me miran no puedo soñar una sola imagen.”&lt;br /&gt;Te quiero mostrar… bueno, no importa, existe.&lt;br /&gt;N: ¿Existe qué?&lt;br /&gt;F: Mi poema. El poema ese “Cómo flotan los muertos”, es impresionante.&lt;br /&gt;N: ¿Lo tenés ahí?&lt;br /&gt;F: Sí, es un poema que terminé hace poquito.&lt;br /&gt;N: Vos no tenés libros publicados de poesía, ¿o sí?&lt;br /&gt;F: Tres, a falta de uno.&lt;br /&gt;N: ¿Tres?&lt;br /&gt;F: Sí, pero uno sólo bueno.&lt;br /&gt;N: Yo siempre leí cuentos tuyos.&lt;br /&gt;F: Y bueno… Pero vos no lees poesía, digamos, no estás en ese mundo…&lt;br /&gt;N: Leí algunas cosas de poesía. Hay algunos poetas que me gustan… Pizarnik me gusta… me gustaba por lo menos, cuando era chico. Hace mucho que no la leo. Lo último que leí de poesía es a Bizzio, que me encantó.&lt;br /&gt;F: “¿Cómo flotan los muertos? Qué pregunta. Empujando con mis manos en el medio de la cabeza de este fraile (le digo fraile porque tiene un círculo sin pelo y bastante crecido a los costados), lo sumerjo hasta que desaparece. Los pelos que cubren sus orejas y la nuca expresan tímidamente el movimiento. Flotan con más tranquilidad que el resto del cuerpo, como diciendo “si nosotros todavía tenemos cuerda para rato”. Cuando aflojo, el cuerpo vuelve a la posición inicial.&lt;br /&gt;Me prohibieron esto de sumergir las cabezas. Yo lo sigo haciendo. En la soledad, uno hace todo lo posible para zafar de la realidad.”&lt;br /&gt;V: Buenísimo…&lt;br /&gt;F: Yo tengo una crítica: es tan poético esto, es tan lindo, que la rima “soledad - realidad” me rompe las pelotas.&lt;br /&gt;N: ¿Esa rima?&lt;br /&gt;F: “En la soledad uno hace todo lo posible para zafar de la realidad”&lt;br /&gt;N: Yo me di cuenta recién…&lt;br /&gt;F: Porque no lo leíste en voz alta, macho…&lt;br /&gt;N: Sí lo leí en voz alta, pero no me di cuenta, lo leí con otra cadencia…&lt;br /&gt;F: O ya lo instituiste, ya quedó como…&lt;br /&gt;N: O “lo real”…&lt;br /&gt;F: Yo lo dejaría así. Pero, en otros cuentos, o en otros textos, cuando tenés algo tan lindo como esto, estás perfilando una cosa… todo ser humano tiene un pedacito de hijo de puta, este tipo acá también tiene un pedacito de hijo de puta.&lt;br /&gt;Todo el mundo efectivamente, en lo íntimo, en lo privado, es un poco hijo de puta. Hay minas que son buenísimas, son unas santas, y a las siete de la mañana llaman a un tipo para hacerle una cargada.&lt;br /&gt;N: Todo el mundo es un poco hijo de puta, sí.&lt;br /&gt;F: Pero esa confesión es muy linda. Tiene una ironía, mostrar la parte mala. Lo mismo cuando le toca la concha a la vieja: la parte perversa. El tipo es moralmente hipersano, pero justamente por sano, tiene que lavar a una vieja y le toca la concha. Eso lo hace un tipo sano. Un perverso o se la coge, y se enamora para siempre del cadáver, o bien la tiene a distancia. Un tipo sano hace alguna diablura.&lt;br /&gt;“Lo más difícil es darlos vuelta. Aníbal me dijo: llamame que te ayudo. Me habían dado un viejo choto con una metástasis múltiple. Me daba repulsión, y eso que ya había lavado. Creo que lo que más me impresionaba era saber que tenía cáncer adentro. Como si el cáncer fuera un bicho que en cualquier momento pudiera salir por la boca y morderme un brazo, y contagiarme su rabia.”&lt;br /&gt;Morderme yo no pondría. Yo pondría picarme. ¿Sabés que quiere decir “cancer”, no? Cangrejo.&lt;br /&gt;N: ¿Cangrejo quiere decir?&lt;br /&gt;V: Papi, vos pensás que son obviedades.&lt;br /&gt;F: El signo de Cáncer, loco, ¿no vieron nunca el horóscopo?&lt;br /&gt;N: Pero un cangrejo tampoco pica.&lt;br /&gt;V: Sí, pica.&lt;br /&gt;F: Bueno, hay que encontrar la palabra, no sé.&lt;br /&gt;“Cuando lo fui a buscar a Aníbal a su baño, él estaba lavando a una pendeja. Me enojé, porque ahí me di cuenta de que me habían soltado los peores. Le dije si no le daba vergüenza. El agua jabonosa dejaba ver parte de los pechos erguidos de la mocosa. Tendría veinticinco años. ‘¿Ah, sí?’, dijo él. ‘Andá a ver qué lindas piernas tiene.’&lt;br /&gt;Sumergí mis manos en el agua.&lt;br /&gt;‘Accidente de tren’, dijo Aníbal. ‘Se desangró sobre las vías.’”&lt;br /&gt;No se entiende esto. “Sumergí mis manos en el agua y toqué el fondo de la bañera”, “y sólo encontré el fondo de la bañera.”; para que se entienda…&lt;br /&gt;V: Ah… ¿En realidad la mina no tenía piernas…?&lt;br /&gt;N: ¿Después se entiende, no? No se entiende ahí, pero en la frase siguiente…&lt;br /&gt;F: “Accidente de tren”… y ahí te ahorrás.&lt;br /&gt; “Le habían trabado los muñones con un tirarte que usaba en la bañera, para que la cabeza quedara afuera.”&lt;br /&gt;La rima…&lt;br /&gt;N: Vos encontrás todas las rimas…&lt;br /&gt;F: “Estaba temblando cuando entramos a mi cuarto, Aníbal me ayudó a dar vuelta al viejo.”&lt;br /&gt;Esto es genial, porque el viejo no se cagaba encima antes, pero ahora…&lt;br /&gt;“Seguía cagándose encima. Él dijo: ‘mande bala nomás compañero’, y me pasó el cepillo. Se refería a que le limpiara la mierda raspándole la piel. No lo pude aguantar, vomité sobre el cadáver.”&lt;br /&gt;V: ¿Por qué se caga, no entiendo eso?&lt;br /&gt;F: Me parece perfecto, los muertos se cagan encima…&lt;br /&gt;V: ¿Sí?&lt;br /&gt;F: No, pero…&lt;br /&gt;N: Cuando recién se mueren, se cagan, se les vacían todas las tripas… pero ese ya no se puede cagar ahí, sin embargo se cagó, que sé yo.&lt;br /&gt;F: ¿Sabés lo que es estar con cadáver y que al minuto se cague como si estuviera vivo?&lt;br /&gt;V: Qué horror.&lt;br /&gt;F: Pero pasa. ¿Trataste con cadáveres, vos?&lt;br /&gt;N: Jamás.&lt;br /&gt;F: Pasan cosas, con los cadáveres. Por ejemplo: les tocas el pecho y hacen ruido. Largan el aire.&lt;br /&gt;V: ¿Y vos cómo sabés?&lt;br /&gt;F: Estudié medicina… tengo fotos con cadáveres, yo. Cuando cursas anatomía te sacan fotos con los cadáveres.&lt;br /&gt;V: Ah… Qué bárbaro, mirá que lindo. Che, papi, ¿qué otras cosas hacen?&lt;br /&gt;F: Bueno, sabés que cuando los creman… sabés que bailan. Además, no se si sabrás que tiene que haber un familiar siempre que te creman, tienen que mirar, sino, no te creman. Para firmar el acta.&lt;br /&gt;V: ¿Se mueven?&lt;br /&gt;F: Por el calor, claro. Algunas partes de cuerpo se contraen mucho más que otras. La danza de los muertos. Por eso, para evitar que, si vos querés hacerte pasar por muerto, y que tu familia herede toda la guita… te vas al crematorio, no prenden el fuego y te piras por otra puerta. Por eso tiene que ir algún familiar a firmar el acta.&lt;br /&gt;No sé, a mí me pasaron algunas cosas, no me acuerdo qué era… a sí, ya me acuerdo…&lt;br /&gt;V: ¿Qué?&lt;br /&gt;F: Una boludez. Corté una vela de un hígado, de un cadáver recién abierto y empezó a salir, no sangre, me empezaron a salir piedras de la vena, sangre petrificada… un chorro, una presión…&lt;br /&gt;N: ¿Vos sos médico?&lt;br /&gt;F: No, estudié medicina dos años.&lt;br /&gt;N: …hay una pileta con muertos, donde tiran a los que recién se murieron, que nadie los fue a buscar, en la morgue… están todos flotando…&lt;br /&gt;F: Ahh… de ahí sacaste cómo flotan los muertos…&lt;br /&gt;N: No, no. Había visto una película.&lt;br /&gt;F: Yo, la flotación de los muertos lo tengo por un sueño que tuve en el año ’67, ’68…&lt;br /&gt;N: Cuando escribí eso no la había visto ni ahí, ni había salido la película. Unos estudiantes de medicina, que hacen paseos por ahí adentro… que se desmayan… una diversión macabra, medio underground…&lt;br /&gt;F: Salen del Dorado, de bailar… Donde fue ella ahora que el novio estaba en Gesell, ella se fue al Dorado a bailar el sábado, a las tres de la mañana.&lt;br /&gt;V: Qué chusma sos…&lt;br /&gt;F: Se lo voy a contar a tu macho.&lt;br /&gt;V: ¿De dónde sacás las informaciones? Además… es increíble, te juro que no se lo dije yo…&lt;br /&gt;F: A mí me gusta mucho esto, en la página cinco, que empieces a contar una historia… es una cosa muy piglica. Piglia tiene esa cosa linda, que la tomó de John Barnes, que es: “había una vez”, “había uno que”… ¿viste esas cosas que usa Piglia? Y acá lo mismo:&lt;br /&gt;“Es una viejita muy lúcida, parece (…) como una buena abuela dentro de la bañera.”&lt;br /&gt;Digo, es muy lindo esto… no porque se use un truco muy conocido, sino porque replica el tono y el ritmo del relato de los sueños.&lt;br /&gt;“El agua está tibia. La expresión me trae recuerdos de mi propia abuela. O tal vez de una gallina de mi abuela. Sus labios están pegados. El mentón le roza la superficie quieta del agua.”&lt;br /&gt;“El mentón roza”, ¿por que “le roza”? Si es a ella…&lt;br /&gt;“Le echo colonia de uno de los frascos. Lavanda.”&lt;br /&gt;Colonia de abuela…&lt;br /&gt;“Así parece que estuviera más alegre, pero no: está muerta, la muy conchuda. ¿Espero palabras de su boca de mujer, que me cuente de su vida, de sus hijos, sus amores? Todo eso está quieto, balanceándose…”&lt;br /&gt;Es impresionante. ¿Todo eso qué es, la historia, no?&lt;br /&gt;N: Sí.&lt;br /&gt;F: “…balanceándose sobre el agua como el cepillo, casi quieto. Que me diga de aquel macho que chupó por primera esas tetas colgantes; estos dos nidos deshabitados. Pero su boca enmudeció y sus oídos no responden al pedido.”&lt;br /&gt;¡Me cago en vos…! “oído”, “pedido”; “dos nidos deshabitados”, se repite tres veces el número dos.&lt;br /&gt;N: Estoy jugando…&lt;br /&gt;F: Y después vienen “oídos”, cuatro veces…&lt;br /&gt;N: Medio molesto, ¿no?&lt;br /&gt;V: Leélo todo.&lt;br /&gt;F: “…estos dos nidos deshabitados. Pero su boca enmudeció y sus oídos no responden al pedido mío, muy cerca de su rostro: yo mojándome la pera en su agua final.”&lt;br /&gt;“en su agua final”, es buenísimo eso.&lt;br /&gt;“En el agua que su tacto no alcanza…”&lt;br /&gt;Tiene esas explosiones poéticas. Que, a veces, pueden llegar a aparecer, y vos habrás borrado muchas…&lt;br /&gt;N: A veces, ¿sabés qué tengo que hacer?, con los cuentos… les saco cosas de esas… porque se va a la mierda, me queda muy floreado…&lt;br /&gt;F: “Lo vi a Aníbal hablando con el marido…”&lt;br /&gt;¿Ves?, es lo mismo…&lt;br /&gt;“… que parecía desconsolado.”&lt;br /&gt;Esto también tiene muy lindo cine, porque el hecho de que ahora sigue el episodio anterior…&lt;br /&gt;“…que parecía desconsolado. Se agarraba la cabeza con las manos y Aníbal intentaba tranquilizarlo. Fue justo al irme. Marcaba mi tarjeta y oí que le decía palabras de aliento a la vida. El hombre tendría unos treinta años y nervios de alterado mental. En un momento se dio vuelta y salió corriendo. Yo aproveché para saludar a mi compañero que sonreía. ‘¿Siempre sonriente?’,  le dije.”&lt;br /&gt;Yo, acá… esto lo que tendrías que trasformarlo en diálogo, y sacarle las comillas.&lt;br /&gt;“‘Sí’, dijo el. ‘¿Y ese, lo asustaste?’ ‘¿Qué?’ ‘El que se fue corriendo.’ ‘Era el marido de la del tren.’ Me di cuenta. Guardé mis manos en los bolsillos y él alzó los hombros sacando pecho. Con un orgullo inexplicable dijo: ‘no sabe que yo también la vi en bolas.’”&lt;br /&gt; Acá hay una cuestión. Es demasiado bueno para que el orgullo del tipo sea inexplicable.&lt;br /&gt;N: Orgullo tiene que tener, ¿no?&lt;br /&gt;F: Orgullo o alguna virtud que pueda tener… acordate que el tipo es un negro. “Fanfarronada…”, no sé, pero orgullo inexplicable, no. Primero, porque es completamente explicable. Porque una vieja que ve todo esto y dice “es inexplicable que le falte el respeto a una muerta…”; pero para vos es perfectamente explicable.&lt;br /&gt;N: Sí, totalmente.&lt;br /&gt;V: “Con justificado orgullo…”&lt;br /&gt;F: “Con justificado orgullo…”&lt;br /&gt;N: “Con justificado orgullo…”, tal cual.&lt;br /&gt;F: A pesar de su negrura…&lt;br /&gt;“Había uno en el grupo…”&lt;br /&gt;¿Ves?, acá viene Piglia, “había uno que”, “había una”…&lt;br /&gt;“Había uno en el grupo que afirmaba haberse cogido dos o tres bobis, sin ningún tipo de reparos. A mí me parecía un tema siniestro. A Gómez no le importaba, él miraba pasar la vida desde su corbatita y, mientras entrara plata, el problema moral lo tenía sin cuidado.”&lt;br /&gt;Mnnnn.&lt;br /&gt;N: Todavía le queda algo de moral al tipo, por eso…&lt;br /&gt;F: Mirá, el problema moral… No es un problema moral cogerse a los muertos… Yo te diría, como ironía, “la vida sexual del personal no le importaba”, “la sexualidad de su personal lo tenía sin cuidado”.&lt;br /&gt;N: Poné “sexualidad”, escribí la palabra “sexualidad” al lado, eso me encantó.&lt;br /&gt;F: Pero, yo lo leí así…&lt;br /&gt;“Aunque para mí no era un problema estrictamente moral, sino más que eso. Era la náusea en toda su amplitud. ‘Inclusive’, agregó otro de nuestros compañeros, un negro tan delgado que parecía no tener carne sobre los huesos, ‘una vez se cogió un pibe de catorce; el pibe tenía leucemia’. Lo miré espantado. El tipo afirmaba cada disparate que decía el flaco o Aníbal, hacía que sí con la cabeza. Dije: ‘debe ser feo’. El tipo puso cara de no importarle, para agregar: ‘si te ven’.”&lt;br /&gt;Yo creo que acá, cuando el tipo dice “si te ven”, se salva el relato. Pero acá hay un quilombo narrativo. Fijate: hay un compañero negro delgado, está bien; hay otro que afirma, que no se sabe quién es, si el tipo es el flaco o el que se cogía a los muertos… “afirmaba cada disparate que decía el flaco o Aníbal”. “Hacía que sí con la cabeza. Dije: ‘debe ser feo’. Yo ahí te puse un guión de diálogo, porque a mí me parece que interrumpir un diálogo con una comilla y volver al diálogo, me parece…&lt;br /&gt;Yo creo que este párrafo hay que trabajarlo para que el “si te ven” sea definitivo para siempre.&lt;br /&gt;Debe ser feo cogerse a un muerto… con leucemia… si te ven.&lt;br /&gt;N: …un obrero –creo que a vos te lo conté–, en una obra, en Lobería… aparte Lobería es de esos pueblos de provincia, que hay un gran machismo, una cosa moral… un tipo que era, no era homosexual para el tipo, o sea, el se cogía tipos, el tipo era El macho. Venía a buscar tipos viejos. Y les cobraba. Y cuándo yo supe que era homosexual, bah, que se cogía tipos, en un asado, nos sentamos a comer el asado, y empezaron a contar todo. Y el tipo “que grande, que grande que soy”, decía, estaba orgulloso. Ganaba más guita que laburando de obrero. Y yo le dije “debe ser feo cogerse a un tipo, ¿no?” Me dijo: “si te ven”.&lt;br /&gt;Cuando me dijo eso se me puso la piel de gallina.&lt;br /&gt;F: “Aníbal, al principio, me había dicho que rezara para que no llegara uno con enfermedades en la piel porque me lo iba a dejar si o si.”&lt;br /&gt;Esto yo lo subrayé porque es buenísimo. Ahí entra el coloquial en dos palabras.&lt;br /&gt;“Lo dijo con la seguridad del que le ha tocado ya, a su pesar, lavar un leproso.&lt;br /&gt;Me acuerdo de ese que vino lleno de estrías y granos. Yo era recién llegado, así que me lo soltaron dentro de mi bañera. Los granos se reventaban al paso del cepillo, y vos sabés, el pus es como el óxido, jamás descansa.”&lt;br /&gt;Yo, el “jamás descansa” no lo entendí. Yo hubiese puesto “jamás perdona”, o algo así…&lt;br /&gt;N: Pero el óxido sigue siempre. Es tipo está muerto y le sigue funcionando.&lt;br /&gt;F: Ahhh… no se entendió, loco. No se entendió lo que vos querías decir. No se entiende, macho. Yo lo entendí de otro manera: que “jamás descansa” porque agrede.&lt;br /&gt;N: El tipo está muerto y de todas maneras sigue con el pus, sigue largando…&lt;br /&gt;F: “Seguí soñando con aquellos pájaros”.&lt;br /&gt;¿Por qué “aquellos”? No sé: “seguí soñando con mis pájaros”, ¿ya no son tuyos?&lt;br /&gt;“Todas las tardes cerraba la puerta con llave y me acostaba al costado de la bañera, en paralelo con el bobi, pero con la cabeza para el otro lado. Me acostumbré así. Aníbal me dijo que todos lo hacían: era la siesta. Hasta Gómez se tiraba a dormir. Nadie jode a nadie. Hay una hora, en este lugar, en la que todos somos como muertos.”&lt;br /&gt;No me pareció bien terminada la descripción esa del 69 con el muerto. Porque el “paralelo” y el “para” me jodió. Fijate: “Todas las tardes cerraba la puerta con llave y me acostaba al costado de la bañera, en paralelo con el bobi, pero con la cabeza para el otro lado.” “para-el-o”, “paralelo”… hay aliteraciones que no sé… lo que me prueba esto es que vos tenés muy bien la imagen, y lo que querés decir, pero no te tomaste el laburo de escribirlo bien. Porque por ahí podés hacer una descripción, como si te dijera, esto es para un guión de cine que va a filmar Fellini, entonces tengo que escribirlo diez puntos: “me acuesto así y así…”, ¿no? Especialmente en vos, que todas las coordenadas espaciales las manejás muy bien.&lt;br /&gt;“…era la siesta. Hasta Gómez se tiraba a dormir. Nadie jode a nadie. Hay una hora en este lugar en la que todos somos como muertos. Cruzaba las manos sobre el tórax, aparentando la postura de un bobi en el cajón. ‘¿Por qué crees que los ponen de esa manera?’ ‘No sé’. ‘Para que duerman más en paz.’ Aunque crucé los dedos sobre el pecho, los sueños se me hicieron más reales y desesperados. ‘No puedo aguantarlo’, le grité a Aníbal con la cara desencajada por la tensión. Él sonreía con tranquilidad. ‘A esa hora de la tarde’, dijo, ‘tus pájaros te salvan de ser igual a ellos.’”&lt;br /&gt;Esto no puedo dejar de vincularlo con la frase “escribilo” de Playa quemada. Porque yo creo que en ambos cuentos hay una población de inexistentes; o varias… pero hay una. Que en este cuento son los cadáveres; en la otra son los petrificados. Pero hay una población de inexistentes. Y la manera de diferenciarse de los inexistentes, en ambos, es el trabajo. Los dos personajes tienen, con el inexistente, una vinculación de trabajo. Este lava los muertos. El otro resucita a la hermana. Y el trabajo está vinculado con la producción de fantasía… o la producción de sueños.&lt;br /&gt;“Gómez contó que a la mañana habían llevado a uno con tres tiros. Dos en el pecho y el hombro derecho…”&lt;br /&gt;¡Me cago en la puta poesía!&lt;br /&gt;“…y el tercero en la cara. Debajo del pómulo, también derecho. Y que las instrucciones eran velarlo a cajón abierto. ‘Y le dije a Aníbal, que se da maña para todo, que le arreglara la cara.’ Aníbal levantó los hombros, ‘¿Y qué hiciste?’. ‘Un relleno con pastina marrón. El tipo era un groncho de la mafia del Once, medio chino. Después le agregamos maquillaje y lo dejamos secar; antes lo habíamos lavado, se entiende. Cuando secó el maquillaje lo unté con parafina, la cara le brillaba como una máscara, era otra persona, la madre y se puso a llorar de la emoción. Te juro; un maniquí. Lindo como un maniquí en una vidriera.’&lt;br /&gt;En la mañana del martes entró una contracturada…”&lt;br /&gt;Ese personaje yo no lo termino de entender.&lt;br /&gt;N: ¿Cuál?&lt;br /&gt;F: La contracturada. Porque es como una tipología. Me parece bien, al ser una contrcturada quiere decir que, entre el código del personal, tienen tipologías de fiambres. Entonces a uno lo llaman “che, un contracturado”, “un agujereado”, “un suturado”…&lt;br /&gt;V:¿Qué es un contracturado?&lt;br /&gt;N: Un “todo duro”. En realidad no estaba al principio en el cuento, pero me pareció que, antes de resucitar a un tipo, alguien se tenía que mover.&lt;br /&gt;F: “No me avisaron. Aníbal, en un momento, parecía que iba a decirme algo, pero me dejó solo con la dura adentro de la bañera. Los otros le habían prohibido que me avisara. Abrí las canillas. La señora tendría unos sesenta años. Yo estaba distraído porque trataba de pensar en otras cosas, fundamentalmente en mis sueños. Entonces apoyé mis manos sobre su abdomen de piedra y las piernas se le encogieron de un tirón. El susto me arrancó del agua, martillándome la cabeza contra el lavabo. Quedé tendido en el piso, sangrando. Ellos, que se habían escondido tras la puerta, entraron al baño dando carcajadas. Yo los veía como a seres extraños, salvajes. Me pregunté qué estaban haciendo ahí.&lt;br /&gt;‘No hay que distraerse con los tiesos’, sentenció Gómez. Aníbal me ayudó a ponerme de pie, para agregar: ‘Así se mueven los muertos’.”&lt;br /&gt;Eso es buenísimo.&lt;br /&gt;V: ¿Pero qué hizo la mina?&lt;br /&gt;N: El tipo le apoyó las manos en el abdomen…&lt;br /&gt;F: …y levantó las piernas.&lt;br /&gt;“Cuando pude tranquilizarme, me di cuenta de que había pagado una vez más el derecho de piso. El baño estaba empapado y la bobi seguía ahí: lo más sentada, con la cabeza erguida como la de un tótem.”&lt;br /&gt;¿Sabés lo que quiere decir “tótem” en alemán?: “Cadáver”.&lt;br /&gt;N: ¿Cadáver?&lt;br /&gt;F: Este relato tiene un problema. Este micro relato, el episodio de la contracturada, y es que no está logrado el hecho de que exista la categoría. No sé, no has logrado convencerme de que ya había un folklore en la institución, de que clasificaban que los contracturados tienen reacciones. Se puede arreglar; si vos me decís a mí, yo por veinte dólares, me siento en la computadora y digo “yo voy a arreglar este párrafo”, me pongo una hora y lo arreglo. Se puede arreglar, no tiene misterio… Por ahí, a esta altura del libro puede ser hinchapelotas.&lt;br /&gt;N: Sí, se puede arreglar. Pero, si hay una categoría, y está escrito en primera persona, y el tipo no sabe que hay una categoría… Porque el tipo no sabe, se la hacen.&lt;br /&gt;F: Bueno, pero mirá cómo te lo arreglo por un dólar: “El martes de la segunda semana me entró la contracturada. Yo no sabía.” Porque “los demás no me avisaron”. No se sabe lo que no le avisaron, porque la información es “entró una contracturada”.&lt;br /&gt;N: Pero se sabe al final.&lt;br /&gt;F: Bueno, pero “no me avisaron”; no se sabe qué. Digamos, yo todavía no sé que le han hecho un chiste al tipo.&lt;br /&gt;N: Pero cuando terminás de leer el bloque, ¿no sabés que le hicieron un chiste?&lt;br /&gt;F: Sí, claro, pero no tiene gracia.&lt;br /&gt;“Aníbal, en un momento, parecía que iba a decirme algo, pero me dejó solo con la dura adentro de la bañera. Los otros le habían prohibido que me avisara.” Si le dijera “los otros le habrían prohibido”, ya pone un poquito más de… &lt;br /&gt;N: Pero está dando indicios de que va a pasar algo.&lt;br /&gt;F: ¿Y: “la segunda semana me tocó la primera contracturada”? ¿“Un martes me tocó la primera contracturada”? “El primer contracturado que me tocó fue una mujer”, ahí está.&lt;br /&gt;Está muy bien. “El primer contracturado que me tocó, justo era una mujer”…&lt;br /&gt;N: Un dólar.&lt;br /&gt;F: Yo te pongo “que me tocó”.&lt;br /&gt;“En el instante en que me quedé solo, le metí un dedo entre las piernas. Sus labios también estaban duros. El acto me excitó. El agua tibia nos ponía la piel de gallina, a la vieja y a mí. Me dio un poco de miedo y saqué la mano. Su pequeño monte de venus cabía en el centro de mi palma. Tomé el cepillo, se lo pasé, pero hizo un ruido a lija que me retiró las manos del agua. Su piel era de pergamino; pedía caricias, y no el desgaste bruto de mi cepillo. Cerré los ojos sin alcanzar a ver las jaulas.”&lt;br /&gt;¿Qué te pareció?&lt;br /&gt;V: Buenísimo.&lt;br /&gt;F: Escribe mejor que Guebel, ¿no?&lt;br /&gt;V: No lo leí del todo.&lt;br /&gt;F: “Cuando lo trajeron a Rubén Fernández yo supe que iba a pasar algo. Tenía la frente descubierta…”&lt;br /&gt;¿Vez?, ahí está, Fernández también.&lt;br /&gt;N: Claro.&lt;br /&gt;F: “Tenía la frente descubierta y fue una premonición: me pareció que iba a complicarse. No quise lavarlo y Gómez me gritó que desde cuándo elegía cuerpos. Había algo en él que no estaba bien. Entré al baño enceguecido por la impotencia. Leí sus datos buscando una respuesta. Cincuenta y seis años, ataque cardíaco provocado por asfixia. Tenía los ojos sin cerrar, con lo párpados como dos cables adheridos a los arcos superiores. La expresión me alteró más, parecía no comprender el tema de la muerte. Como yo, o como, tal vez, no lo comprendía Gómez.”&lt;br /&gt;“…parecía no comprender el tema de la muerte. Como yo, o como tampoco…”. Si no lo comprendía él, Gómez tampoco. Porque hay algo que perdía lógica de esto.&lt;br /&gt;“Lo toqué con desconfianza. Con desconfianza volqué el desinfectante de la botella hasta vaciarla. Su miembro estaba de pie.”&lt;br /&gt;No, ahí te lo marqué: “de pie”…&lt;br /&gt;¿Vos tenés 35 años, nada más? (Fogwill le pregunta a Nielsen, pero mirándola a Vera) &lt;br /&gt;V: No yo tengo 34…&lt;br /&gt;F: Pero no parecés de 34, parecés de 33 y medio.&lt;br /&gt;(Vera se ríe. Tiene unos dieciocho años.)&lt;br /&gt;F: ¿Y qué pasa si…?: “Volqué el desinfectante de la botella, hasta vaciarla entre sus piernas. La tenía parada como un mástil.”&lt;br /&gt;N: Sí… como ese momento es medio solemne...&lt;br /&gt;F: A mí, miembro te lo acepto, pero de pie no lo veo.&lt;br /&gt;“Se lo bajaba y volvía a subir. Ahí fue cuando vino la queja. Como si fuera un ronquido venido desde otro baño.”&lt;br /&gt;Brutal, genial, “venido desde otro baño”. Un escritor  pondría, “Como si fuera un ronquido venido desde otro lugar”…&lt;br /&gt;“Volví la cabeza y el agua se quitó, huracanada, y una trompada enérgica instantánea brotó de la bañera, pegándome debajo del mentón. Mi cara dio un cuarto de vuelta hacia el frentazo del bobi, que partió mis labios y me hundió medio cuerpo adentro del agua. Creo que perdí el conocimiento y lo recuperé, todo en un segundo.”&lt;br /&gt;Eso pasa. ¿Vos peleaste?&lt;br /&gt;N: Sí.&lt;br /&gt;F: ¿Boxeabas?&lt;br /&gt;N: No, pero pelee en la calle…&lt;br /&gt;F: Cuando te fajan, el nock out es una cosa que dura un segundo, pero…&lt;br /&gt;“Fue tan vertiginoso que salí de ahí de un salto, sin comprender. El tipo se movía en una compulsión continua de brazos y torso, de cabeza y manos. ¿El grito fue mío o de él? Apreté la botella. ‘El horror de volver’, estaba diciendo cuando llegaron los otros. ‘Ese horror’, pegándole más y más botellazos en la cara, hasta verlo quieto y sangrante, quieto y mudo, quieto y muerto otra vez.&lt;br /&gt;Aníbal me agarró de los brazos. No sé cómo salí de allí.”&lt;br /&gt;Brutal. A mí… Un trabajito, de que pierdas una tarde, una tarde entera, retocando la historia de la trompada, cómo se produce el acto ese. La reacción está muy bien. La primera parte del episodio está bien, pasa, pero quizás puede tener más riqueza.&lt;br /&gt;N: ¿Más fuerte?, ¿que sea más fuerte?&lt;br /&gt;F: O más lento, o más rápido…&lt;br /&gt;N: Lo puedo poner en cámara lenta…&lt;br /&gt;F: Probá.&lt;br /&gt;“Amanecí en una cama de hospital. Aníbal estaba sentado a mi derecha, y los tubos de plástico salían y entraban de los agujeros de mi rostro.”&lt;br /&gt;A mí no me gusta que la gente tenga rostro.&lt;br /&gt;“Había soñado. ‘¿Dónde estoy?’, pregunté, y él hizo un gesto para que me callara. El cuerpo me dolía como si me hubieran pegado una paliza. Aníbal dijo algo así como que me quedara tranquilo. Traté de recordar qué había sucedido. Vi a los muchachos a mi alrededor, en ronda, sosteniéndome; vuelto un loco. Vi pájaros pegados contra el fondo de una gran jaula. ‘¿Qué tengo que ver?’, me pregunté; él volvió a llevar su índice a los labios para que mantuviera la calma.”&lt;br /&gt;Un amigo no te hace… el mensaje de un amigo no es que uno mantenga la calma. Mantener la calma, me parece a mí, que es tan delicado como “rostro”. “…él volvió a llevar su índice a los labios”, diría yo, “como diciéndome...”&lt;br /&gt;N: “…que me quedara tranquilo.”&lt;br /&gt;F: “quedate tranquilo”, no sé. Porque además un tipo, cuando ve el otro, no interpreta para qué lo hizo, eso es el mensaje… Me dijo que me calle, no me dijo que “mantenga la calma”.&lt;br /&gt;“Una enfermera entró y me inyectó algo en el brazo. Aníbal se borroneó junto a las líneas del cuarto.”&lt;br /&gt;Brutal. Que te inyecten y se borronee la gente… Quizá… Es muy lindo esto. Yo lo que vi acá es que Aníbal se disolvía... “Los colores de Aníbal”, porque no hay casi colores en este cuento, “los colores de Aníbal se disolvían en los colores de la pared, del techo y la ventana, y las cortinas…” Los colores. Las formas y los colores. Me parece que merece… Este descubrimiento de que cuando te enchufan… cosa que pasa, cuando te pican, todo se va a la mierda; en las películas se hace, en las subjetivas, le dan a inyección al tipo y ves el mundo que se deshace. Yo creo que esto es muy lindo, así funciona bien y se podría perfeccionar. Lo marco, no porque esté mal, sino porque da para más… sin agrandarlo…&lt;br /&gt;“Le pregunté por los muchachos. Ya me habían sacado los tubos de la cara…”&lt;br /&gt;Es impresionante qué bien que va pasando el tiempo. Por que no es “otro día volvió”.&lt;br /&gt;“Le pregunté por los muchachos. Ya me habían sacado los tubos de la cara y podía reconocer a las enfermeras. Aníbal era el único que venía a verme y eso me parecía mal. Él dijo: ‘No te vienen a ver porque les das miedo.’ ‘¿Y el tipo?’ ‘Qué tipo.’&lt;br /&gt;Un nombre y un apellido que los tenía grabados en la memoria, pero del que no sabía nada más. No podía recordarlo. ‘Rubén’, dije, finalmente. ‘¿Qué Rubén?’ ‘Rubén Fernández. Decime qué le pasó al tipo.’&lt;br /&gt;Aníbal me sostuvo por los hombros como si fuera a caerme. ‘¿De verdad que no te acordás?’ ‘No.’&lt;br /&gt;Justo entraba el médico…”&lt;br /&gt;Este diálogo no está bien contado, perdoname. Por las putas comillas.&lt;br /&gt;N: ¿Le pongo guiones a todos los diálogos?&lt;br /&gt;F: Si no, tenés que contarlo en indirecto.&lt;br /&gt;V: ¿Cómo es en indirecto?&lt;br /&gt;F: “Aníbal me sostuvo por los hombros, como si fuera a caerme y me preguntó si de verdad yo no me acordaba.”&lt;br /&gt;V: “Yo le contesté…”&lt;br /&gt;F: “Y entonces yo le contesté que no.”&lt;br /&gt;N: Le mando los guiones y chau.&lt;br /&gt;F: “Justo entraba el médico y le pidió que se retirara de la sala. Dio un par de recomendaciones y me dejó solo otra vez. Aníbal abrió la puerta y se acercó a mi cama. ‘Dormí. Fue un caso único de catalepsia, que viene a ser algo así como una hipnosis de los sentidos. Nos dijo el tordo. Nunca había ocurrido, y Gómez prometió que nunca volverá a ocurrir…’”&lt;br /&gt;“Gómez aclaró”, no. “Gómez prometió”. Gómez no puede aclara nada…&lt;br /&gt;“‘Dice que te tomes vacaciones. Que lo que pasó no existe. Que te olvides.’ ‘¿Por qué?’ ‘Dormí, no te digo.’ ‘¿Cuánto tiempo estuve inconsciente?’ ‘Tres semanas.’”&lt;br /&gt;No se entiende “no te digo”.&lt;br /&gt;V: No entiendo algo… ¿qué le pasó al tipo?&lt;br /&gt;F: Casi mata al muerto, que había resucitado.&lt;br /&gt;N: Lo llevaron al hospital…&lt;br /&gt;V: Pero no entendí… ¿no le inyectaron no se qué?&lt;br /&gt;N: Lo que pasa es que está dividido en bloques.&lt;br /&gt;F: Justamente eso es lo más lindo de esta narrativa.&lt;br /&gt;V: ¿Qué le pasó?&lt;br /&gt;F: Está internado y uno de los compañeros del laburo lo va a visitar siempre. Le cuenta que los demás no van.&lt;br /&gt;V: No van porque le tienen miedo… Pero, ¿por qué llegó a estar internado?&lt;br /&gt;F: Y, del golpe que se dio… le debe haber agarrado un shock.&lt;br /&gt;N: Despertó un muerto.&lt;br /&gt;F: Vos sabés que las tres semanas… yo creo que con cuarenta y ocho horas sin conciencia alcanzan y sobran para esto.&lt;br /&gt;V: Tres semanas le dan como una irrealidad. Es más creíble si son cuarenta y ocho horas…&lt;br /&gt;F: No sé, yo te diría un día y medio. Es muchísimo.&lt;br /&gt;V: 72 horas.&lt;br /&gt;F: En realidad lo que el tipo tuvo fue una epilepsia. Tuvo un ataque de epilepsia, tiene todas las…&lt;br /&gt;N: Qué sé yo.&lt;br /&gt;F: Porque toda la descripción, de los tipos rodeándolo y eso, es casi una descripción de un ataque de epilepsia: el problema de los ojos…&lt;br /&gt;N: Está bien, menos tiempo… ponele menos tiempo.&lt;br /&gt;F: No solamente le pongo menos tiempo, sino que…&lt;br /&gt;N: Pero no alcanza a empezar a conocer a las enfermeras, le tengo que quitar eso de antes, que dice…&lt;br /&gt;F: No, porque estaba empezando… eso me pareció bien.&lt;br /&gt;N: ¿Alcanzan las setenta y dos horas?&lt;br /&gt;F: En diez las empezás a conocer.&lt;br /&gt;“Cuánto tiempo estuve inconciente”… “Cuanto tiempo pasó”, por ahí, “Cuánto tiempo hace que estoy aquí”.&lt;br /&gt;N: “Cuánto hace que estoy aquí”, esa es buena…&lt;br /&gt;F: “Esa noche soñé con un tipo con la cabeza vendada. Estábamos en un cruce de dos calles de tierra. Yo me había detenido justo debajo de la luz, porque sentí que me seguía alguien desde la oscuridad. Me di vuelta. El cielo estaba negrísimo de espanto; de la nada salió el vendado. Llevaba una jaula vacía en una mano y enseguida se presentó. ‘Fernández’, dijo, ofreciéndome su derecha. La apreté sin dudar. Algo explotó adentro de su mano; un algo blando, como una fruta podrida. Me enseñó la palma abierta. Sangre y plumas.”&lt;br /&gt;Mi crítica a esto: “algo explotó adentro de su mano”… no. Será en la mano… yo no sé cómo, pero a mi no me parece que sea dentro de la mano del tipo. Si es una mano regordita, y un flaquito, y un chiquitito con mano gordita, sí explota adentro de la mano. “En la unión de las manos”, “en el hueco formado por nuestras manos”…&lt;br /&gt;N: “En el vacío…”&lt;br /&gt;F: “En la sopapa oscura de nuestras manos”… lo que mierda quieran, pero yo creo que esa es una cosa que no se puede escribir en un minuto. &lt;br /&gt;N: Es muy importante, tenés razón.&lt;br /&gt;F: Porque sino se le revienta la mano al pelotudo…&lt;br /&gt;N: Sí, es como en el otro cuento, que mi hermana se está muriendo, es como el centro.&lt;br /&gt;F: Y acá yo le pondría “Me enseñó la palma abierta: sangre y plumas.” Yo lo haría así.&lt;br /&gt;“A la semana volvió a visitarme Aníbal.”&lt;br /&gt;Porque yo creo que la alegoría de la pluma es impresionante, ¿la pluma para qué sirve?&lt;br /&gt;N: Para escribir.&lt;br /&gt;F: “A la semana volvió a visitarme Aníbal.”&lt;br /&gt;N: Al otro día, le saco el tiempo…&lt;br /&gt;F: “Al otro día volvió a visitarme Aníbal. Yo ya había hilado casi toda la historia mediante indagaciones a las enfermeras y retazos de recuerdos que iban apareciendo.”&lt;br /&gt;“indagaciones” a mí no me gusta, qué querés que te diga.&lt;br /&gt;“Me trajo flores y la novedad de que me darían el alta en cualquier momento. Yo no me sentía del todo bien. Se lo dije y él explicó que necesitaban esa cama. Agregó también que con los muchachos me estaban preparando unas ‘vacaciones’ por la obra social, que iban a ser totalmente necesarias.”&lt;br /&gt;Yo no sé esto: “iban a ser totalmente necesarias”. Si fueran palabras de Aníbal me parece bien, pero no está justificado… son palabras tuyas, del narrador.&lt;br /&gt;“Gómez y todos opinaban igual. Le dije que no quería irme de vacaciones. Él subió los hombros y siguió hablando de cualquier otra cosa. Le conté que había tenido un sueño con el tipo aquel, y le pregunté cómo estaba. Me contestó que bien, que ‘no sabía mucho, pero creía que bien.’&lt;br /&gt;‘Resucitado por segunda vez’, agregó. ‘No entiendo.’ ‘Casi lo matás. La botella chorreaba sangre. Le partiste la cabeza con saña. En dos partes. Todavía está jodido.’ ‘¿Quién lo vio?’ ‘Nosotros. Gómez. El tipo podría haberle hecho un quilombo de puta madre, y sin embargo prefirió bancarselá.’ ‘¿Y?’ ‘Y nada, que se salvó por segunda vez. Yo te entiendo. ¿Quién soporta que alguien quiera volver? Nadie. Yo también lo hubiera reventado a botellazos. Había que matarlo.’ ‘Los nervios, che, no me dieron abasto.’&lt;br /&gt;Él dudó. ‘No sé’, dijo, ‘había más que eso. Te fuiste; le dabas y le dabas masa. Vos tenías los ojos llenos de furia, no de miedo.’”&lt;br /&gt;No me gusta que el tipo diga “los nervios no me dieron abasto”. Es gratuito… “Los nervios me traicionaron” me la banco, pero “no me dieron abasto”…&lt;br /&gt;“Me habían avisado que me darían el alta a la mañana siguiente. Aníbal estaba ahí conmigo. Se ofreció a ayudarme a juntar las cosas. Yo había reflexionado mucho sobre la conversación mantenida…”&lt;br /&gt;¡La concha de tu madre! Ahí hay que cambiar todo el párrafo, me parece. Porque reflexionar sobre una conversación mantenida, es de un memorandum de ejecutivos.&lt;br /&gt;“Él estaba preocupadísimo por la valija y por si me darían o no el último desayuno.”&lt;br /&gt;Eso es brutal. Yo eso, eso es muy de tu tía, cuando va a al hospital y si va a seguir o no con el desayuno… eso está muy bien, ponele un poquitito más de aproximación, que no pase desapercibido.&lt;br /&gt;“Se lo dijo al médico y éste le prometió que sí.”&lt;br /&gt;¿Por qué carajo…? “Se lo dijo al médico, que le prometió que sí.”&lt;br /&gt;N: Claro…&lt;br /&gt;F: “Se lo dijo al médico y éste le prometió que sí. ‘¡Quiero saber más del bobi!’, le grité.”&lt;br /&gt;A mí me gustaría, porque ya que viene jugado así enchastrado, que lo mire adelante del médico y que el médico lo mire con cara de loco. Yo ya te acabo de dar el alta, estás con tu compañero de laburo, y entonces hablás y decís una cosa rarísima: “quiero saber más del bobi”. ¿Entendés?, “¿qué es el bobi?”, porque el médico no sabe qué es un bobi. Yo pondría al médico, yo pondría un testigo en ese diálogo, para repetir sobre otro lo que le pasó al lector cuando empezó a leer el cuento, que también se sorprendió. Es muy de tu estilo eso, ¿entendés que es muy de tu estilo jugar a eso de repetir alguna operación?&lt;br /&gt;“‘Caramba’, dijo, ‘qué energía. Tiene razón el doctor en darte el alta.’ Me senté sobre el colchón, esperando oír.”&lt;br /&gt;Yo creo acá hay toda una intención de crear un clima de camaradería, de amistad, como el canceroso, que lo trata todo el mundo bien, de cariño, de chiste, pero que no está todo bien… eso no está terminado. Me parece que no está terminado de lograr, uno de los elementos que impiden que esté terminado son las comillas, y el tratamiento del diálogo en el párrafo. Si lo hicieras con guiones y con paciencia… “dijo, mientras encendía un cigarrillo y pasaba una mosca”, “le respondí con otra voz…”, ese laburo hincha pelotas…&lt;br /&gt;N: Sí, muy hincha pelotas.&lt;br /&gt;F: Bueno, eso… revoque fino…&lt;br /&gt;“‘¿Y qué querés saber?’, preguntó. ‘Algo. Cómo está, dónde vive, de qué trabaja.’ ‘¿Para qué?’ ‘Me interesa.’ ‘Es casado. Tiene una tienda de pájaros en Flores.’ &lt;br /&gt;La piel se me erizó. ‘¿Qué te pasa?’ ‘Nada’, dije. ‘¿Una tienda?’ ‘Sí, un negocio de venta de animales y jaulas.’”&lt;br /&gt;Yo no se sí… ¿por qué no agregamos “animales y pájaros”?&lt;br /&gt;N: No nombra la palabra…&lt;br /&gt;F: Antes lo dijiste… una pajarería, loco.&lt;br /&gt;“Esa noche volví a soñar con Fernández, parado en el centro del cruce de tierra. La luz de la lámpara le hacía brillar la pelada.&lt;br /&gt;Ves que Fernández también tiene pelada.&lt;br /&gt;“El círculo de luz del piso estaba rodeado de jaulas, lo que hacía un cilindro de una altura que oscilaba entre los treinta y los setenta centímetros.”&lt;br /&gt;Yo no sé… “la luz de la lámpara le hacía brillar la pelada”, ¿si?, “y rebotaba en el piso, donde había un montón de jaulas.”&lt;br /&gt;N: Es re lindo que haya un círculo, que el tipo tenga que entrar en un círculo.&lt;br /&gt;F: Ya lo sé, pero hacelo, provocalo, todavía no lo tengo. Con escribir la palabra “círculo” no producís un círculo… tiene que ser visible, real para el lector y tener un sentido. Creo que lo tiene acá.&lt;br /&gt;La lámpara, que no es la lámpara, es una bombilla, una bombita de esas de campo que cuelgan de un cable… habría que poner eso. Además tiene que tener la luz amarillenta, yo creo que tiene sentido esto…&lt;br /&gt;V: ¿No pensás que el personaje se parece, por como está relatado, a Erdosain, el de Los siete locos?&lt;br /&gt;F: ¿Por qué?&lt;br /&gt;V: Porque todo el tiempo hay un doble pensamiento…&lt;br /&gt;F: Pero los buenos personajes son así… porque todo el mundo tiene doble pensamiento, lo que pasa es que los malos escritores lo cuentan en línea recta, para ahorrar laburo.&lt;br /&gt;V: Que de repente te dice “Estaba bien. No me gustó nada.” Entonces, vos que lo escuchás, pensás “ah”, y de repente te cagó. Eso es lo que veo.&lt;br /&gt;F: La defraudación.&lt;br /&gt;N: ¿Es importante la defraudación?&lt;br /&gt;F: En este tipo de género creo que sí. Sí porque da vida, obliga a atender, obliga a pensar. Además te hace sentir la manipulación.&lt;br /&gt;V: Claro.&lt;br /&gt;F: Explicita la artificialidad.&lt;br /&gt;V: ¿Es lo que digo o no es lo que digo?&lt;br /&gt;F: Mmm… Sí.&lt;br /&gt;Bueno, no termino de armarme el espacio este de las jaulas, pero bueno.&lt;br /&gt;“Entré al círculo saltando sobre una cualquiera. El tipo dijo: ‘Llevesé la que le guste, pero no pegue.’&lt;br /&gt;Me hizo gracia. Él me ayudó a quitarle los trapos. Era un tipo simpático, bonachón. Las puertas de las jaulas estaban abiertas. Adentro, todos pájaros muertos. Lo miré como diciéndole ‘qué pasó’. Puso cara de no saber.&lt;br /&gt;‘Esta jaula, por ejemplo, con este petirrojo...’ ‘Qué dice.’ ‘Que está muerto.’ ‘¿Y? Todos estamos un poco muertos.’ ‘Pero éste está muerto del todo.’ ‘No sé. Toqueló, a ver.’&lt;br /&gt;Metí la mano adentro de la jaula. El pájaro se despertó, abriendo las alas como si naciera, como un gran batifondo, como un susto con alas.”&lt;br /&gt;Falta tópica de sueño.&lt;br /&gt;N: ¿A lo mejor dándole color a la luz?&lt;br /&gt;F: Sí, pero ojo vos con el color. Porque no tenés un sólo color en todo el cuento. Si le metés de golpe un color, va a ser una propaganda de Calvin Klein.&lt;br /&gt;“A las once de la mañana dejé el hospital. Gómez me había suspendido del trabajo, por boca de Aníbal, hasta quién sabe cuándo. Estaba encubiertamente expulsado de un lugar al que no pensaba volver.”&lt;br /&gt;Buenísimo.&lt;br /&gt;“El sobre lleno de dinero me hizo bien. Gómez, al fin y al cabo, era una buena persona. Aníbal asintió. Me dio también un pasaje a la costa y un papelito anotado. Pensé que sería la dirección de Fernández. Él me miró sin entender. ‘Es la reserva en un hotel de la obra social que tiene ventanas a la playa. Un regalo mío y de los muchachos, para que descanses de lo que te pasó.’”&lt;br /&gt;Sos conciente que ellos le hacen a él lo que él después le hace a los bichos, ¿no?&lt;br /&gt;Acá ya se me vuelve imprescindible que los diálogos sean diálogos.&lt;br /&gt;N: Voy a guionizar todo.&lt;br /&gt;F: “Me vestí tan ansioso como si tuviera quince años y fuera al primer baile. Estaba totalmente repuesto. Aníbal dijo ‘ahora andá a tu casa’. Él sabía lo que yo estaba por hacer. ‘Andate a tu casa, y después te me vas de vacaciones. Ni se te ocurra pisar Flores.’”&lt;br /&gt;Hay que poner énfasis. Yo pondría “te me vas a tu casa…”&lt;br /&gt;N: Sí, “te me vas” está bueno. Tiene más fuerza.&lt;br /&gt;F: (A Vera, señalando el mate) Che, ¿qué yerba usaste, la que está en la lata cuadrada o la que está en la bolsa?&lt;br /&gt;V: La que está en la caja cuadrada, ¿por qué?&lt;br /&gt;F: Porque es una yerba muy cara… ¿viste que dura infinito? Vale el triple…&lt;br /&gt;V: La que había antes era ésta también, ¿no?&lt;br /&gt;F: No, yo había hecho una mezclita, había hecho una mezcla con… ¿ya llenaste dos mates?&lt;br /&gt;V: No.&lt;br /&gt;F: Yo he hecho una mezcla con Unión.&lt;br /&gt;“Averigüé la dirección telefoneando a Gómez. Lo hice caer con una mentira infantil.”&lt;br /&gt;No… andá al carajo, loco… “con una mentira infantil”.&lt;br /&gt;N: ¿Cómo voy a hacer?&lt;br /&gt;F: Yo qué sé. No sé. Pero no. O me contás cómo lo hiciste…&lt;br /&gt;N: Eso es muy difícil, ¿cómo lo hago?&lt;br /&gt;F: Hay maneras: andá a un cana y preguntale. &lt;br /&gt;N: Si no ponía eso, no sabía qué poner.&lt;br /&gt;F: Hay una empresa que lava cadáveres, hay un resucitado, ¿cómo conseguís la dirección de un resucitado? “Lo llamé a Gómez. Le hablé con otra voz y le dije que lo llamaba de la revista…”&lt;br /&gt;N: No se la va a dar. No le va a dar nada a nadie.&lt;br /&gt;F: Y menos con una mentira infantil. Cayó como un pajarito; no, no puede ser. Hay que encontrar la manera. No está a la altura; no está a la altura de inteligencia que lo quieras salvar así. Porque sino digo: “Conseguí la dirección buscándolo en la guía.” No hay cosa más fácil. “Había solamente tres ‘Rubén Fernández’ en la guía, pero uno sólo de Flores. Llamé a ese y efectivamente vendía pajaritos.”&lt;br /&gt;N: Sí, puede ser.&lt;br /&gt;F: Lo que pasa es que el 41 no va a Flores ni por joda. Ni el 41 ni la calle… la calle donde vos lo ponés es en el Once, no en Flores. ¿Qué calle era?... Rincón.&lt;br /&gt;V: Rincón es en Flores.&lt;br /&gt;F: ¿Sos loca, vos? Mirá, [canta] “Café de los angelitos, de Rivadavia y Rincón…”&lt;br /&gt;V: Ah, es verdad.&lt;br /&gt;F: “…yo te canté con mis gritos, en los tiempos de Carlitos…” Rincón es la continuación de Azcuénaga.&lt;br /&gt;V: El 92 va.&lt;br /&gt;N: Era un colectivo que yo tomaba… que pasaba por ahí.&lt;br /&gt;V: El 141 tomabas. El 141 va a Flores.&lt;br /&gt;F: “En la calle Rioja…”, Rioja era, no Rincón, Rioja es en Once… es la calle de la facultad de psicología. No importa, va a durar más este cuento que el urbanismo de Buenos Aires. Pero te garantizo que el 41 viene por Rioja, viene del Hospital Francés hacia el centro. Porque Rioja es mano para acá. Pero no es Flores. Ese barrio se llama… te voy a decir el verdadero nombre de ese barrio, se llama San Cristóbal.&lt;br /&gt;N: Ah, es San Cristóbal, sí.&lt;br /&gt;F: Perá. “Mentira infantil” me parece una pelotudez, no está a la altura lógica de todo esto. Lo buscaste en la guía, ¿para qué joderlo a Gómez?&lt;br /&gt;N: Gómez no me lo va a dar nunca.&lt;br /&gt;F: Además, si llamás a Gómez tenés que decir alguna historieta más, “volver a escuchar la voz de la pelada”…&lt;br /&gt;N: No, no va a estar.&lt;br /&gt;F: “Observé la vidriera desde la vereda de enfrente. Crucé la calle. Las jaulas se amontonaban por decenas, formando columnas de alambre. Esqueletos. Entré.&lt;br /&gt;Se acercó una señora. ‘Buenas tardes, qué va a llevar.’ Tenía la cara redonda y los cachetes inflados. Se me revolvieron las tripas. ‘Quiero dos mirlos en una jaulita.’&lt;br /&gt;La señora metió la mano adentro de una jaula y los pájaros se alborotaron. Sacó uno pequeño, negro. ‘No, no quiero dos iguales. Ponga ese mirlo y aquél amarillo.’ ‘Es un canario.’ ‘Está bien.’ La señora se quedó mirándome, como si algo no funcionara. ‘Necesitará jaulas separadas’, dijo. ‘No. Póngalos adentro de aquélla.’ ‘Es muy chica.’ ‘No importa.’ ‘No podrán convivir. Los pájaros precisan espacio.’ ‘Yo soy el que compro y los quiero en la jaula chica.’&lt;br /&gt;La mujer no entendía.”&lt;br /&gt;Está muy apurado este diálogo, faltan descripciones. Porque yo entiendo el clima, el hombre, la prepotencia del cliente, la mina, pero habría que…&lt;br /&gt;N: Le falta algo…&lt;br /&gt;F: Es un diálogo perfeccionable. “‘Necesitará jaulas separadas’, me dijo, creyendo que yo no me daba cuenta.”&lt;br /&gt;N: Claro.&lt;br /&gt;F: “‘No, póngalos dentro de aquella’, le ordené.”&lt;br /&gt;N: Está bien, buenísimo. Esa sí. Tal cual.&lt;br /&gt;F: “‘Es muy chica’, protestó.” Porque ya al final protesta. “‘No importa’, la corté.”&lt;br /&gt;“La mujer no entendía. ‘Espere un segundito’ dijo, y se fue hacia adentro del local.”&lt;br /&gt;No se fue hacia adentro del local, estás dentro del local. “Se fue a la trastienda.” Pero no es la palabra.&lt;br /&gt;N: “Se fue a la cocina.”&lt;br /&gt;F: No sé.&lt;br /&gt;“Los pájaros hacían un ruido ensordecedor. Volvió a aparecer, seguida por el marido. Nos quedamos tiesos. Unidos por los ojos. ‘Mejor andate’, le dijo. Ella juntó las manos nerviosísimas sobre su boca. El ruido se detuvo por completo.”&lt;br /&gt;¿Qué ruido?&lt;br /&gt;N: Los pájaros.&lt;br /&gt;F: Esto es de cine, loco, de película de cowboys. Los pajaritos dejan de cantar cuando el muchacho se enoja.&lt;br /&gt;“Él volteó la cabeza para mirarla gravemente y el cuerpo de la señora pasó el umbral de la puerta, como si la hubiera empujado con las ganas.&lt;br /&gt;Fernández volvió a mirarme. La cicatriz era un surco ancho que le dividía la frente en dos, desde la base de la nariz…”&lt;br /&gt;La base de la nariz es acá.&lt;br /&gt;N: Entonces es acá.&lt;br /&gt;V: El entrecejo.&lt;br /&gt;F: Es feísimo poner entrecejo.&lt;br /&gt;N: Horrible.&lt;br /&gt;V: ¿Y la unión de las cejas?&lt;br /&gt;F: “Dijo: ‘Yo estaba encerrado en mi cuerpo como en una celda. Vi cómo me cepillabas. El jabón me entró en los ojos y en la boca, y mis agujeros absorbían esos jugos de desinfectantes y alcanfores. Toda esa limpieza tuya. Me pregunté qué pasaría cuando moviera el primer dedo, cuando articulara nuevamente el primer grito.’”&lt;br /&gt;El tipo viene coloquial, casi… articular un grito… Mirá: “Me pregunté qué pasaría cuando pudiera mover el primer dedo, cuando soltara el primer grito.”&lt;br /&gt;V: “Toda esa limpieza tuya”&lt;br /&gt;F: Eso es brutal.&lt;br /&gt;“Yo jugaba con una moneda sobre el mostrador de madera. No sabía qué decir. ‘Que nunca te toque eso de querer moverte y que el cuerpo no te responda.’ ‘Comprendamé’, le dije. Mi voz era una súplica. ‘Los nervios. El asunto de los nervios. No es joda.’ Él se tocó la herida. ‘¿Y por qué el odio?’ ‘No sé.’ ‘¿A qué viniste?’ ‘A comprar unos pájaros.’ ‘No podrán vivir dentro de la misma jaula.’”&lt;br /&gt;“No podrán vivir en la misma jaula”, loco.&lt;br /&gt;N: Está bien, lo corrijo.&lt;br /&gt;F: “‘Estarán encadenados uno a la muerte del otro. Van a sufrir, se van a querer matar.’ ‘En casa tengo una más grande’, mentí. ‘Ni bien llegue, paso el mirlo.’ Dudó más que la mujer. Ella apareció por detrás y se escudó en sus espaldas. Él le dijo: ‘Marisa, hacé lo que te diga el señor.’ Y, dirigiéndose a mí: ‘buenos días’.”&lt;br /&gt;Acá de vuelta el tema del diálogo y los guiones.&lt;br /&gt;“Salí con la jaula en la mano. Llegué a mi casa. Un olor a desierto llenaba todos los lugares. Era una colección de humedades olvidadas; un musgo. Apoyé la jaula sobre la mesa. Los pájaros piaban alborotados. Pensé: ‘debería mostrarles el mar, antes, para que sepan’. Para que vean y después sueñen. Y no se olviden nunca. Y se lleven ese recuerdo infinito, extendido hasta límites a los que jamás llegarán entre barrotes. Levanté las puntas del mantel hasta cubrir la jaula. Parecía un paquete de regalo, porque el mantel tenía estampadas unas guardas con flores muy alegres, como un papel para envolver objetos felices. El pasaje estaba en mi bolsillo; el sobre adentro de la valija. Desde la puerta, al verlos por última vez, supuse que pedirían clemencia, adentro de su caja forrada en tela. Que pedirían luz, agua, comida. Que pedirían que me quedara. Cerré la puerta.”&lt;br /&gt;V: Es buenísimo.&lt;br /&gt;F: Es grande, ¿no?&lt;br /&gt;V: Muy bueno.&lt;br /&gt;F: Vos sabés que este cuento, ella, lo lee en dos minutos. Yo la vi leer en siete minutos un cuento mío de cuarenta páginas.&lt;br /&gt;(mira un teléfono anotado en el margen del cuento) 624… che, ¿dónde vivís?&lt;br /&gt;N: Ese es el teléfono de mi vieja. Yo no tengo teléfono y ayer estuve todo el día en la casa de mi vieja porque volví hecho mierda… con esto del viaje, tuve que volver antes e ir a la obra a Necochea.&lt;br /&gt;F: ¿Desde cuándo sabés que te vas a España?&lt;br /&gt;N: Lo supe el 25.&lt;br /&gt;F: ¿De Enero?&lt;br /&gt;V: ¿A qué te vas a España?&lt;br /&gt;N: Una cosa que hay de escritores… de jóvenes escritores…&lt;br /&gt;V: ¿Y quién va?&lt;br /&gt;F: Nadie. El único escritor es él.&lt;br /&gt;V: ¿Y cómo vas… presentaste un libro…?&lt;br /&gt;N: Yo no tengo libros. Pero mandé cuentos sueltos. El libro publicado era condición, necesitaba un libro. Les mandé lo que ganó en el concurso ése del que fue jurado Ana María Shúa. Y Chitarroni me hizo una carta diciéndome que alguna vez me va a publicar en Sudamericana. Él leyó los cuentos. Lo que me extraña es que no puso fecha…&lt;br /&gt;F: Que no te extrañe.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/14637388-113378981754172847?l=mandarinasdulces.blogspot.com'/&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/14637388/posts/default/113378981754172847'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/14637388/posts/default/113378981754172847'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://mandarinasdulces.blogspot.com/2005/12/adentro-y-afuera-por-los-fogwills.html' title='ADENTRO Y AFUERA POR LOS FOGWILLS'/><author><name>Gus Nielsen</name><uri>http://www.blogger.com/profile/15989569316094960851</uri><email>gesnil@gmail.com</email><gd:extendedProperty xmlns:gd='http://schemas.google.com/g/2005' name='OpenSocialUserId' value='15197016212663989666'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-14637388.post-113318971687748250</id><published>2005-11-28T11:48:00.000-03:00</published><updated>2005-11-28T11:55:16.906-03:00</updated><title type='text'>ADENTRO Y AFUERA</title><content type='html'>Tuve el primer sueño el día que empecé a trabajar en lo de Gómez. Yo subía al entrepiso por una escalera de madera. Encendía la luz: era un desván con porquerías, cajas atadas, ventiladores y baúles. Iba a buscar una jaula  de las que había en el piso, apiladas contra la pared derecha del cuarto. Las jaulas estaban cubiertas por una sábana sucia. &lt;br /&gt;La arranqué de un tirón. Detrás de los barrotes, sorpresivamente, vi pájaros muertos. Secos, marchitos. Fue algo muy desagradable para mí, porque entendí que las jaulas se guardaron con los pájaros piando y que ellos, después, murieron de hambre y oscuridad y se descompusieron sobre la bandeja de hojalata. Adentro. Pensé en la locura de esos pájaros. Se lo dije a Gómez, pero no me escuchó.&lt;br /&gt;Bañar el primero de los bobis también fue una experiencia desagradable. Yo me había presentado a ese trabajo sin saber, pero al borde del hambre y sin un centavo. El sueldo era excelente y el trabajo parecía sencillo. Qué iba a sospechar lo de los sueños. Cuando terminé de bañar al primero, creí que nunca más iba a poder hacerlo. Y así fue cada vez. "No hay que pensar", decía Gómez. Él era el dueño de la Empresa, y venía siempre de saco y corbata negra, con la pelada brillante, brillante. Como si se la untara con aceite.&lt;br /&gt;- No hay que pensar. Antes fueron seres humanos, pero ahora son sólo objetos. Yo empecé como usted, y aquí me ve. Alguien lo tiene que hacer.&lt;br /&gt;Pasó una camilla con un cuerpo desnudo cubierto por un sobre de plástico. Era una anciana. Alcancé a ver que tenía sangre seca debajo de la nariz. El hombre que empujaba la camilla era un negro. Me miró y se rió (quizás la impresión reflejada en mi cara le causara risa). Gómez pegó unas palmaditas en el vientre fláccido de la vieja. El cuerpo tembló. &lt;br /&gt;- Aníbal -le dijo al muchacho-, dejamelá como a una novia.&lt;br /&gt;Y palmeó también el hombro de Aníbal.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Descubrí que Aníbal siempre se reía. A primera vista parecía ser un muchacho grosero y descuidado, pero resultó un buen compañero. Me indicó unas cuantas cosas. Es curioso, pero yo suelo ser muy reservado y desconfío de la gente como del propio diablo; sin embargo entablé una relación inmediata con él. Su risa me parecía horrible, enferma, pero quizás fuera lo menos malo entre todos aquellos males.&lt;br /&gt;El sueño comenzó a repetirse (ya era la tercera vez que lo veía) y se lo conté a Aníbal. Él se rió y me dijo que no le prestara atención. &lt;br /&gt;- A veces se ven cosas -aclaró-, pero no hay que creer en eso. Siempre todo parece ser mucho peor de lo que en realidad es. &lt;br /&gt;Entramos al baño que me había tocado y las piernas comenzaron a temblarme de la excitación.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me quedé solo. En esa habitación había varias cosas: una mesa chica revestida en fórmica imitando madera, un lavatorio, una bañera grande de hierro fundido, cinco frascos, una botella con desinfectante y un cadáver de hombre desnudo. Los frascos estaban apilados sobre el borde de la bañera; el bobi, adentro. Abrí las canillas. El agua le golpeó en el estómago y me pareció que había sufrido una ligera contracción en la piel. El chorro, duro y perforador, cavó un pozo a centímetros de su ombligo, lo que hacía parecer que tenía dos.&lt;br /&gt;Éste era un detalle extraño. La piel se le arrugaba en pliegues, como las ondas que se forman en la superficie del agua al tirar una piedra. Era un muerto petiso y gordo, del tipo de Gómez. Tenía una cicatriz en el bajo vientre, de alguna operación, y muy poco pelo. Estuve largo rato mirándolo, sentado al borde de la bañera. Me lo imaginaba contador, pero en la planilla sólo figuraba el motivo de su muerte, en manuscrito. No me esforcé en leerlo. No me interesaba la muerte en lo más mínimo; sencillamente estaba allí porque no podía encontrar trabajo de otra cosa. Era imposible conseguir algo digno. Y ahora te limpio los sobacos, gordito. Aníbal me había contado de cuando le tocó lavar al portero de su edificio. Hacía nada más que una semana se habían trenzado por no sé qué pavada de los ascensores; el portero gritó hasta que se le cansó la garganta.&lt;br /&gt;- Y ahora ya ves -dijo. Sonreía mientras hablaba.- Tarde o temprano, siempre pasan por el cepillo de Aníbal. &lt;br /&gt;Como si él fuera eterno, un poco Dios. Apreté mi propio cepillo con furia, para no morir nunca.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Un bobi es piel, huesos y tiempo. Un bobi es poco tiempo. Es descascaramiento, pudrición.&lt;br /&gt;Gómez frotaba el tenedor con el cuchillo al decírmelo. Ese momento era como ir a misa, y era necesario que todos los que limpiaban pasaran por él. Había trozado el bife en pedazos pequeños y se llevaba esos pedazos a la boca, acompañados con alguna papa o una rodaja de tomate que pescaba directamente de la fuente.&lt;br /&gt;- Un bobi es como una bolsa plástica de basura. La piel es la bolsa. Lo que hacemos nosotros es mostrarles al resto que la bolsa es blanca como la nieve. Que el contenido no afecta las apariencias. Todos saben que adentro hay basura. Pero eso es asunto de gusanos. Los gusanos devorarán esa basura. Yo sentía su masticación, y Gómez parecía el rey de los gusanos, devorando la carne podrida.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;"Me acerco a las jaulas tapadas. La luz del desván pestañea, indecisa por enseñarme lo que va a pasar, lo que voy a ver. Yo no presiento nada. Las jaulas que se guardan, siempre se cubren con una manta. A su vez, con el tiempo, el polvo cubrirá a la manta. A ésta, por ejemplo (¿era blanca, gris, marrón?). Los dedos se me crispan al contacto del género. Descorro el telón. Los pájaros, en el suelo de chapa de la jaula, duermen su sueño eterno, con los picos abiertos."&lt;br /&gt;Abro los ojos. Tengo las manos sumergidas adentro de la bañera llena de agua sucia. Saco el tapón. Nadie me está mirando. Si sé que me miran no puedo soñar una sola imagen.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¿Cómo flotan los muertos? Qué pregunta. Empujando con mis manos en el medio de la cabeza de este fraile (le digo fraile porque tiene un círculo sin pelo y bastante crecido a los costados), lo sumerjo hasta que desaparece. Los pelos que cubren sus orejas y la nuca expresan tímidamente el movimiento. Flotan con más tranquilidad que el resto del cuerpo, como diciendo "si nosotros todavía tenemos cuerda para rato". Cuando aflojo, el cuerpo vuelve a la posición inicial.&lt;br /&gt;Aunque me prohibieron esto de sumergir las cabezas, lo sigo haciendo. En la soledad, uno hace todo lo posible para zafar de lo permitido.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Lo más difícil es darlos vuelta. Aníbal me dijo: llamame que te ayudo. Me habían dado un viejo choto con una metástasis múltiple. Me daba repulsión, y eso que ya había lavado. Creo que lo que más asco me daba era saber que tenía cáncer adentro. Como si el cáncer fuera un bicho que en cualquier momento pudiera salir por la boca y morderme un brazo, y contagiarme su rabia. &lt;br /&gt;Cuando lo fui a buscar a Aníbal a su baño, él estaba lavando a una pendeja. Me enojé, porque ahí me di cuenta que me habían soltado los peores. Le dije si no le daba vergüenza. El agua jabonosa dejaba ver parte de los pechos erguidos de la mocosa. Tendría veinticinco años.&lt;br /&gt;- ¿Ah, sí? -dijo él- Andá a ver qué lindas piernas tiene.&lt;br /&gt;Sumergí mis manos en el agua hasta tocar el fondo de la bañera.&lt;br /&gt;- Accidente de tren -completó Aníbal-. Se desangró sobre las vías.&lt;br /&gt;Le habían trabado los muñones con un tirante cruzado sobre el vientre, para que la cabeza le quedara afuera.&lt;br /&gt;Yo estaba temblando cuando entramos a mi cuarto. Aníbal me ayudó a dar vuelta al viejo. Seguía cagándose encima. Él dijo: - Mande bala, nomás, compañero -y me pasó el cepillo. Se refería a que le limpiara la mierda raspándole la piel. No pude.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;"Es una viejita muy dulce y aparece reclinada como una buena abuela, adentro de la bañera. El agua está tibia. La expresión me trae recuerdos de mi propia abuela, o tal vez de una vecina de mi abuela. Sus labios están pegados. El mentón roza la superficie quieta del agua. Le echo colonia de uno de los frascos; una lavanda. Así parece que estuviera más alegre, pero no. Está muerta. La muy conchuda. ¿Espero palabras de su boca de mujer? ¿Que me cuente de su vida, de sus hijos y sus amores? Todo eso está quieto, balanceándose sobre el agua como el cepillo; casi quieto. Que me diga de aquel macho que le chupó por primera vez estas tetas colgantes, estos dos nidos deshabitados. Pero su boca enmudeció y sus oídos no responden al pedido mío muy cerca de su rostro; yo mojándome la pera en su agua final. En el agua que su tacto no alcanza. En el agua que fue." &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Lo vi a Aníbal hablando con el marido de la chica, que parecía desconsolado. Se agarraba la cabeza con las manos y Aníbal intentaba tranquilizarlo. Fue justo al irme; marcaba mi tarjeta y oí que le decía palabras de aliento a la vida. El hombre tendría unos treinta años y nervios de alterado mental. En un momento se dio vuelta y salió corriendo. Yo aproveché para saludar a mi compañero, que sonreía. &lt;br /&gt;- Siempre sonriente -le dije.&lt;br /&gt;- Sí -dijo él.&lt;br /&gt;- ¿Y ése? ¿Lo asustaste?&lt;br /&gt;- ¿Qué?&lt;br /&gt;- El que se fue corriendo.&lt;br /&gt;- Era el marido de la del tren.&lt;br /&gt;- Me di cuenta.&lt;br /&gt;Guardé mis manos en los bolsillos y él alzó los hombros, sacando pecho. Con un orgullo inexplicable, dijo:&lt;br /&gt;- No sabe que yo también la vi en bolas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Había uno en el grupo que afirmaba haberse cogido dos o tres bobis, sin ningún tipo de reparos. A mí me parecía un tema siniestro. A Gómez no le importaba. Él miraba pasar la vida desde su corbatita y, mientras entrara plata, la sexualidad de su personal lo tenía sin cuidado. Aunque para mí no era un problema estrictamente moral, sino más que eso. Era la náusea en toda su amplitud.&lt;br /&gt;- Inclusive -agregó otro de nuestros compañeros, uno tan delgado que parecía no tener carne sobre los huesos-, una vez se cogió a un pibe de catorce. El pibe tenía leucemia.&lt;br /&gt;Lo miré espantado. El tipo afirmaba cada disparate que decían el flaco o Aníbal. Hacía que sí con la cabeza. Dije:&lt;br /&gt; - Debe ser feo. &lt;br /&gt;El tipo puso cara de no importarle, para agregar:&lt;br /&gt;- Si te ven.&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;Aníbal, al principio, me había dicho que rezara para que no llegara uno con enfermedades en la piel, porque me lo iban a dejar "sí o sí". Lo dijo con la seguridad de aquel al que le ha tocado ya, a su pesar, lavar un leproso.&lt;br /&gt;- Me acuerdo de ése que vino lleno de estrías y granos. Yo era recién llegado, así que me lo soltaron adentro de la bañera. Los granos se reventaban al paso del cepillo. Y vos sabés: el pus es como el óxido; jamás descansa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Seguí soñando con aquellos pájaros. Todas las tardes cerraba la puerta con llave y me tiraba al costado de la bañera, en paralelo con el bobi, pero con la cabeza para el otro lado. Me acostumbré así; Aníbal me dijo que todos lo hacían. Era la siesta. Hasta Gómez se acostaba a dormir. &lt;br /&gt;- Nadie jode a nadie. Hay una hora, en este lugar, en la que todos somos como muertos.&lt;br /&gt;Cruzaba las manos sobre el tórax, aparentando la postura de un bobi en el cajón.&lt;br /&gt;- ¿Por qué creés que los ponen de esa manera?&lt;br /&gt;- No sé. Para que duerman más en paz.&lt;br /&gt;Aunque crucé los dedos sobre el pecho, los sueños se me hicieron más reales y desesperados. "¡No puedo aguantarlo!", le grité a Aníbal, con la cara desencajada por la tensión. Él sonreía con tranquilidad. &lt;br /&gt;- A esta hora de la tarde -dijo-, tus pájaros te salvan de ser igual a ellos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Gómez contó que a la mañana habían llevado uno con tres tiros: dos en el pecho y en el hombro derecho y el tercero en la cara, debajo del pómulo también derecho. Y que las instrucciones eran "velarlo a cajón abierto".&lt;br /&gt;- ¿Y?&lt;br /&gt;- Le dije a Aníbal, que se da maña para todo, que le arreglara la cara.&lt;br /&gt;Aníbal levantó los hombros.&lt;br /&gt;- ¿Y qué hiciste?&lt;br /&gt;- Un relleno con pastina marrón. El tipo era un groncho de la mafia del Once. Medio chino. Después le agregamos maquillaje y lo dejamos secar. Antes lo habíamos lavado, se entiende. Cuando secó el maquillaje, lo unté con parafina. La cara le brillaba como un bronce. Era otra persona; la madre lo vio y se puso a llorar de la emoción. Te juro; un maniquí. Lindo como un maniquí en una vidriera.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En la mañana del martes entró una contracturada. Los demás no me avisaron. Aníbal, en un momento, parecía que iba a decirme algo, pero se arrepintió y me dejó sólo con la dura adentro de la bañera. Los otros le habían prohibido que me avisara. Abrí las canillas. La señora tendría unos setenta años. Yo estaba distraído porque trataba de pensar en otras cosas. Fundamentalmente en mis sueños. Entonces apoyé mis manos sobre su abdomen de piedra y las piernas se le encogieron de un tirón. El susto me arrancó del agua, martillándome la cabeza contra el lavatorio. Quedé tendido en el piso, sangrando. Ellos, que se habían escondido detrás de la puerta, entraron al baño dando carcajadas. Yo los veía como a seres extraños, salvajes. Me pregunté qué estaba haciendo ahí. &lt;br /&gt;- No hay que distraerse con los tiesos -sentenció Gómez. Aníbal me ayudó a ponerme de pie, para agregar: &lt;br /&gt;- Así se mueven los muertos.&lt;br /&gt;Cuando pude tranquilizarme, me di cuenta que había pagado el derecho de piso otra vez. El baño estaba empapado y la bobita seguía ahí, lo más sentada, con la cabeza erguida como la de un tótem.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;(En el instante en que me quedé solo, le metí un dedo entre las piernas. Sus labios también estaban duros. El acto me excitó. El agua tibia nos ponía la piel de gallina, a la vieja y a mí. Me dio un poco de miedo y saqué la mano. Su pequeño monte de venus cabía en el centro de mi palma. Tomé el cepillo. Se lo pasé, pero el ruido que hizo me retiró las manos del agua. Su piel era de pergamino; ¡pedía caricias y no el desgaste bruto de mi cepillo! Cerré los ojos sin alcanzar a ver las jaulas.)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando me lo trajeron a Rubén Fernández, yo supe que iba a pasar algo. Tenía la frente descubierta y, fue una premonición, me pareció que iba a complicarse. No quise lavarlo, y Gómez me gritó que desde cuándo elegía cuerpos. Había algo en él que no estaba bien. Entré al baño enceguecido por la impotencia. Leí sus datos buscando una respuesta: CINCUENTA Y SEIS AÑOS; ATAQUE CARDIACO PROVOCADO POR ASFIXIA. Tenía los ojos sin cerrar, con los párpados bloqueados como dos cables adheridos a los arcos superiores. La expresión me alteró más. Parecía no comprender el tema de la muerte. Como yo, o como tampoco lo comprendía Gómez. Lo toqué con desconfianza. Con desconfianza volqué el desinfectante de la botella, hasta vaciarla. Su miembro estaba de pie, duro como un mástil. Se lo bajaba y le volvía a subir. Ahí fue cuando escuché la queja. Como si fuera un ronquido venido desde otro baño. Volví la cabeza y el agua se agitó, huracanada, y una trompada enérgica e instantánea brotó de la bañera, pegándome debajo del mentón; mi cara dio un cuarto de vuelta hacia el frentazo del bobi que partió mis labios y me hundió medio cuerpo adentro del agua. Creo que perdí el conocimiento y lo recuperé, todo en un segundo. Fue tan vertiginoso que salí de ahí de un salto, sin comprender. El tipo se movía en una compulsión continua de brazos y torso, de cabeza y manos. ¿El grito fue mío, o de él? Apreté la botella. &lt;br /&gt;Los otros me encontraron con los ojos abiertos, diciendo cualquier cosa y pegándole más y más botellazos en la cara hasta verlo quieto y sangrante, quieto y mudo, quieto y muerto otra vez. Aníbal me agarró de los brazos. No sé cómo salí de allí.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Amanecí en una cama de hospital. Aníbal estaba sentado a mi derecha, y los tubos de plástico salían y entraban por los agujeros de mi cara. Había soñado. &lt;br /&gt;- ¿Dónde estoy? -pregunté, y él hizo un gesto para que me callara. El cuerpo me dolía como si me hubieran pegado una paliza. Aníbal dijo algo así como que me quedara tranquilo. Traté de recordar qué había sucedido. Vi a los muchachos a mi alrededor, en ronda, sosteniéndome; vuelto un loco. Vi pájaros pegados contra el fondo de una gran jaula. "¿Qué tengo que ver?", me esforcé en preguntarle; él vovió a llevar su índice a los labios para que mantuviera la calma. Una enfermera entró y me inyectó algo en el brazo. Aníbal se borroneó junto a las líneas del cuarto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Le pregunté por los muchachos. Ya me habían sacado los tubos de la cara y podía reconocer a las enfermeras. Aníbal era el único que venía a verme. Eso me parecía mal. Él dijo: &lt;br /&gt;- No te vienen a ver porque les das miedo.&lt;br /&gt;- ¿Y el tipo?&lt;br /&gt;- Qué tipo.&lt;br /&gt;Un nombre y un apellido que tenía grabados en la memoria, pero del que no sabía nada más. &lt;br /&gt;- Rubén -dije.&lt;br /&gt;- ¿Qué Rubén?&lt;br /&gt;- Rubén Fernández. Decime qué le pasó a ese tipo.&lt;br /&gt;Aníbal me sostuvo por los hombros como si fuera a caerme. &lt;br /&gt;- ¿No te acordás?&lt;br /&gt;- No.&lt;br /&gt; Justo entraba el médico y le pidió que se retirara de la sala. Dio un par de recomendaciones y me dejó solo otra vez. Aníbal abrió la puerta y se acercó a mi cama.&lt;br /&gt;- Dormí.  Fue un caso único de catalepsia, que viene a ser algo así como una hipnosis de los sentidos. Nos dijo el tordo. Nunca había ocurrido, y Gómez prometió que nunca volverá a ocurrir. Es casi imposible. Dice que te tomes vacaciones. Que lo que pasó no existe. Que te olvides.&lt;br /&gt;- ¿Por qué?&lt;br /&gt;- Dormí, no te digo.&lt;br /&gt;- ¿Cuánto tiempo estuve inconsciente?&lt;br /&gt;- Tres días.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Esa noche soñé con un tipo con la cabeza vendada. Estábamos en un cruce de dos calles de tierra. Yo me había detenido justo debajo de la luz, porque sentí que me seguía alguien desde la oscuridad. Me di vuelta. El cielo estaba negrísimo de espanto; de la nada salió el vendado. Llevaba una jaula vacía en una mano y enseguida se presentó. &lt;br /&gt;- Fernández -dijo, ofreciéndome su derecha. La apreté sin dudar. Algo explotó adentro de su mano; un algo blando, como una fruta podrida. Me enseñó la palma abierta. Sangre y plumas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al otro día volvió a visitarme Aníbal. Yo ya había hilado casi toda la historia mediante preguntas a las enfermeras y retazos de recuerdos que iban apareciendo. Me trajo flores y la novedad de que me darían el alta en cualquier momento. No me sentía del todo bien. Se lo dije y él explicó que necesitaban esa cama. Agregó también que con los muchachos me estaban preparando unas "vacaciones" por la obra social, que iban a ser totalmente necesarias. Gómez y todos opinaban igual. Le dije que no quería irme de vacaciones. Él subió los hombros y siguió hablando de cualquier otra cosa. Le conté que había tenido un sueño con el tipo aquel, y le pregunté cómo estaba. Me contestó que bien, que no sabía mucho, pero creía que bien.&lt;br /&gt;- Resucitado por segunda vez -agregó.&lt;br /&gt;- No entiendo.&lt;br /&gt;- Casi lo matás. La botella chorreaba sangre. Le partiste la cabeza con saña. En dos partes. Todavía está jodido.&lt;br /&gt;- ¿Quién lo vio?&lt;br /&gt;- Nosotros. Gómez. El tipo podría haberle hecho un quilombo de puta madre, y sin embargo prefirió bancarselá.&lt;br /&gt;- ¿Y?&lt;br /&gt;- Y nada, que se salvó por segunda vez. Yo te entiendo. ¿Quién soporta que alguien quiera volver? Nadie. Yo también lo hubiera reventado a botellazos. Había que matarlo.&lt;br /&gt;- Los nervios, che. Del miedo.&lt;br /&gt;Él dudó.&lt;br /&gt;- No sé -dijo-, había más que eso. Te pasaste de la raya; le dabas y le dabas masa. Vos tenías los ojos llenos de furia, no de miedo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me habían avisado que me darían el alta a la mañana siguiente. Aníbal estaba ahí conmigo. Se ofreció a ayudarme a juntar las cosas. Yo había reflexionado mucho sobre la conversación mantenida el día anterior, y quise sacarle el tema de nuevo. Él estaba preocupado por la valija y por si me darían o no el último desayuno. Se lo dijo al médico, que le prometió que sí. &lt;br /&gt;- ¡Quiero saber más del bobi!- le grité. &lt;br /&gt;- Caramba -dijo- qué energía. Tiene razón el doctor en darte el alta.&lt;br /&gt;Me senté sobre el colchón, esperando oír.&lt;br /&gt;- ¿Y qué querés saber? -preguntó.&lt;br /&gt;- Algo. Cómo está, dónde vive, de qué trabaja.&lt;br /&gt;- ¿Para qué?&lt;br /&gt;- Me interesa.&lt;br /&gt;- Es casado. Tiene una tienda de pájaros en Flores.&lt;br /&gt;La piel se me erizó.&lt;br /&gt;- ¿Qué te pasa?&lt;br /&gt;- Nada -dije-. ¿Una tienda?&lt;br /&gt;- Sí.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Esa noche volví a soñar con Fernández, parado en el centro del cruce de tierra. La luz de la lámpara le hacía brillar la pelada. El círculo de luz del piso estaba rodeado de jaulas, lo que formaba un cilindro de una altura que oscilaba entre los treinta y los setenta centímetros. Todas ellas tapadas con trapos blancos (yo igual me daba cuenta de qué se trataba). Entré al círculo saltando sobre una cualquiera. El tipo dijo: &lt;br /&gt;- Llevesé la que le guste, pero no pegue.&lt;br /&gt; Me hizo gracia. Entre los dos quitamos los trapos. Era un tipo simpático, bonachón. Las puertas de las jaulas estaban abiertas. Adentro, todos pájaros muertos. Lo miré como diciéndole "qué pasó". Puso cara de no saber. &lt;br /&gt;- Esta jaula, por ejemplo, con este petirrojo... &lt;br /&gt;- Qué -dijo.&lt;br /&gt;- Que está muerto.&lt;br /&gt;- ¿Y? Todos estamos un poco muertos.&lt;br /&gt;- Pero este está muerto del todo.&lt;br /&gt;- No sé. Toqueló, a ver.&lt;br /&gt;Metí la mano adentro de la jaula. El pájaro se despertó, abriendo las alas como si naciera, como un gran batifondo, como un susto con alas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A las once de la mañana dejé el hospital. Gómez me había suspendido del trabajo, por boca de Aníbal, hasta quién sabe cuándo. Estaba encubiertamente expulsado de un lugar al que no pensaba volver. El sobre lleno de dinero me hizo bien. Gómez, al fin y al cabo, era una buena persona. Aníbal asintió. Me dio también un pasaje a la costa y un papelito anotado. Pensé que sería la dirección de Fernández. Él me miró sin entender. &lt;br /&gt;- Es la reserva en un hotel de la obra social que tiene ventanas a la playa. Un regalo mío y de los muchachos, para que descanses de lo que te pasó.&lt;br /&gt;Le agradecí. Me vestí tan ansioso como si tuviera quince años y fuera al primer baile. Estaba totalmente repuesto.&lt;br /&gt;Aníbal dijo: - Ahora andá a tu casa.&lt;br /&gt;Él sabía lo que yo estaba por hacer.&lt;br /&gt;- Andate a tu casa, y después te me vas de vacaciones. Ni se te ocurra pisar Flores.&lt;br /&gt;Yo ya lo había decidido. Nos dimos la mano en el momento en que pensé: "hasta nunca, Aníbal". Daba la mano con tanta flaccidez que parecía un pescado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Averigüé la dirección telefoneando a Gómez. Lo hice caer con una mentira infantil. La pajarería quedaba en la calle Rioja; el colectivo 41 me dejó a dos cuadras. Observé la vidriera desde la vereda de enfrente. Crucé la calle. Las jaulas se amontonaban por decenas, formando columnas de alambre. Esqueletos. Entré.&lt;br /&gt;Se acercó una señora. "Buenas tardes, qué va a llevar". Tenía la cara redonda y los cachetes inflados.&lt;br /&gt;- Quiero dos mirlos en una jaulita.&lt;br /&gt;La señora metió la mano adentro de una jaula y los pájaros se alborotaron. Sacó uno pequeño, negro.&lt;br /&gt;- No, no quiero dos iguales. Ponga ese mirlo y aquel amarillo.&lt;br /&gt;- Es un canario.&lt;br /&gt;- Está bien.&lt;br /&gt;La señora se quedó mirándome, como si algo no funcionara. &lt;br /&gt;- Necesitará jaulas separadas -dijo.&lt;br /&gt;- No. Póngalos adentro de aquella -le ordené.&lt;br /&gt;- Es muy chica.&lt;br /&gt;- No importa.&lt;br /&gt;- No podrán convivir. Los pájaros precisan espacio.&lt;br /&gt;- Yo soy el que compro y los quiero en la jaula chica.&lt;br /&gt;La mujer no entendía. &lt;br /&gt;- Espere un segundito -dijo, y se fue hacia la trastienda. Los pájaros hacían un ruido ensordecedor. Volvió a aparecer, seguida por el marido. Nos quedamos tiesos, unidos por los ojos.&lt;br /&gt;- Mejor andate -le dijo. Ella juntó las manos nerviosas sobre su boca. El ruido se detuvo por completo. Él volteó la cabeza para mirarla gravemente y el cuerpo de la señora pasó el umbral de la puerta, como si la hubiera empujado con las ganas.&lt;br /&gt;Fernández volvió a mirarme. La cicatriz era un surco ancho que le dividía la frente en dos, desde el puente de la nariz hasta la entrada de pelo en la sien derecha. Dijo: &lt;br /&gt;- Yo estaba encerrado en mi cuerpo como en una celda. Vi cómo me cepillabas. El jabón me entró en los ojos y en la boca, y mis agujeros absorbían esos jugos de desinfectantes y alcanfores. Toda esa limpieza tuya. Me pregunté qué pasaría cuando moviera el primer dedo, cuando soltara nuevamente la voz.&lt;br /&gt;Yo jugaba con una moneda sobre el mostrador de madera. No sabía qué decir.&lt;br /&gt;- Que nunca te toque eso de querer moverte y que el cuerpo no te responda. &lt;br /&gt;- Comprendamé -lo interrumpí. Mi voz era una súplica-. Los nervios. El asunto de los nervios. No es joda.&lt;br /&gt;Él se tocó la herida.&lt;br /&gt;- ¿Y por qué el odio?&lt;br /&gt;- No sé.&lt;br /&gt;- ¿A qué viniste?&lt;br /&gt;- A comprar unos pájaros.&lt;br /&gt;- No van a poder vivir juntos. Se van a querer matar.&lt;br /&gt;- En casa tengo otra jaula más grande -mentí-. Ni bien llegue, paso el mirlo.&lt;br /&gt;Dudó más que la mujer. Ella apareció por detrás y se escudó en sus espaldas. Él le dijo: &lt;br /&gt;- Marisa, hacé lo que te diga el señor. &lt;br /&gt;Y, dirigiéndose a mí: "buenas tardes".&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Salí de allí con la jaula en la mano. Llegué a mi casa. Un olor a desierto llenaba todos los lugares. Era una colección de humedades olvidadas; un musgo. Apoyé la jaula sobre la mesa. Los pájaros piaban alborotados. Pensé: "debería mostrarles el mar, antes, para que sepan". Para que vean y después sueñen. Y no se olviden nunca. Y se lleven ese recuerdo infinito, extendido hasta límites a los que jamás llegarán entre barrotes. Levanté las puntas del mantel hasta cubrir la jaula. Parecía un paquete de regalo, porque el mantel tenía estampadas unas guardas con flores muy alegres, como un papel para envolver objetos felices. El pasaje estaba en mi bolsillo; el sobre adentro de la valija. Desde la puerta, al verlos por última vez, supuse que pedirían clemencia, adentro de su caja forrada en tela. Que pedirían luz, agua, comida. Que pedirían que me quedara. Cerré la puerta.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/14637388-113318971687748250?l=mandarinasdulces.blogspot.com'/&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/14637388/posts/default/113318971687748250'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/14637388/posts/default/113318971687748250'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://mandarinasdulces.blogspot.com/2005/11/adentro-y-afuera.html' title='ADENTRO Y AFUERA'/><author><name>Gus Nielsen</name><uri>http://www.blogger.com/profile/15989569316094960851</uri><email>gesnil@gmail.com</email><gd:extendedProperty xmlns:gd='http://schemas.google.com/g/2005' name='OpenSocialUserId' value='15197016212663989666'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-14637388.post-113150535690276171</id><published>2005-11-09T00:02:00.000-03:00</published><updated>2005-11-09T00:02:39.026-03:00</updated><title type='text'>MARVIN</title><content type='html'>Innan den kortvuxne mannen klev av motorcykeln tog han av sig hjälmen och hängde den på styret. Det var en gammal motorcykel, målad i svart emaljfärg, och efter den var ett släp på cykelhjul kopplat där det stack upp kartonger i olika färger. När han kom gående mot ingången till skolan såg jag att han var harmynt. En diagonal linje delade hans leende i två osymmetriska och separata bågar, och det dröjde ett tag innan jag tilltalades honom. &lt;br /&gt;Jag hade tillbringat halva förmiddagen med att försöka få Anita att svara på någon fråga, och med att försöka få hennes klasskamrater att lämna henne ifred. Jag har arbetat inom skolan i fyrtiotvå år. Den förmiddagen hade jag bara arbetat som skolfröken i knappt tre år, men visste ändå redan att svagheterna blir så mycket mer iögonfallande ute på landsbygden. En halt hund i ett vetefält är dömd till ett skott i huvudet. Och Anita, stackarn, var dummast i klassen. &lt;br /&gt;Närmaste byn låg två mil bort. Barnen kom till häst, i vagn, några i bil. Bortsett från dem som kom i bil var de andra där för maten. Det var Anitas mamma som lagade den. Hon skar grönsakerna och köttet i ytterst små bitar och lade svamp i allting. Svamphattarna var bruna och syrliga och gjorde att all mat fick samma färg och smakade likadant. Det var med andra ord ingen skillnad på linssoppan och bön- och potatisgrytan med komage. Anitas mamma var en tjock och styvnackad kvinna som alltid gick omkring i espadriller. Hon pratade om sin dotter som om hon talade om en främling. ”Det är hopplöst, hon lyssnar inte på vad man säger”, förklarade hon och gav dottern några kärleksfulla slag i huvudet. ”Om hon fortsätter så här kommer hon inte ens att duga till att duka hemma hos herrn.” &lt;br /&gt;Den dagen hade barnen varit ovanligt elaka mot Anita. Jag blev tvungen att skicka ut en av dem. Det var vinter. Jag kikade ut genom fönstret. Pojken, Gastón, skakade av köld. Det var då mannen på motorcykeln dök upp. Jag såg hur han skakade hand med pojken och bugade. Jag vände mig tillbaka in mot klassrummet och den fråga som Anitas mamma hade ställt. Det var ofattbart att hon kunde se sin dotter gråta och ändå bekymra sig om huruvida hon skulle ha lök eller inte i såsen. Någon hade spottat Anita i håret. Jag märkte det när jag kramade om henne. Värmen från hennes åtta år kurade ihop sig mot mitt bröst. Hon skulle flyttas upp till nästa årskurs eftersom alla gjorde det. Så är det i skolorna på landet. Och så skulle det bli även där, i det gudsförgätna klassrummet mitt ute i ingenstans. Sedan fick skolinspektörerna säga vad de ville. &lt;br /&gt;-Mer lök och mindre svamp, svarade jag. &lt;br /&gt;Mannen knackade två gånger på fönsterrutan. Han gnuggade sina händer. Jag gick ut. &lt;br /&gt;-Gastón, du kan komma in nu. Pojken sparkade till en sten. Ja? &lt;br /&gt;-Jag är trollkarl, sa mannen. &lt;br /&gt;Han andades varm luft på händerna. Andedräkten strömmade ut som en rökpelare nedanför ärret. Händerna var smäckra, och han bar varken ringar eller armbandsklocka. &lt;br /&gt;-Jaha? undrade jag. &lt;br /&gt;-Jag åker runt i skolorna, tillade han, och trollar för eleverna … &lt;br /&gt;Släpvagnen efter motorcykeln såg mer udda ut än vad läppen i hans ansikte gjorde. &lt;br /&gt;-När då? &lt;br /&gt;-Nu. &lt;br /&gt;Jag förklarade att det inte gick eftersom jag var mitt uppe i en lektion. Han såg besviken ut. Han såg på barnen, som för en kort stund satt tysta och stilla. &lt;br /&gt;-Om ni vill kan jag komma tillbaka på rasten … Eller senare. &lt;br /&gt;Han öppnade händerna och munnen. Överläppens två delar krökte sig. &lt;br /&gt;-När senare? &lt;br /&gt;Han höjde på axlarna. Han skulle inte komma tillbaka. &lt;br /&gt;-Visst, sa jag. Vänta bara tills de är klara med skrivuppgiften. Kom in, det är kallt ute. &lt;br /&gt;Han nickade. Så gnuggade han sina stelfrusna händer och gick bort till släpet. Han lastade av kartongerna. Han hade med sig en hög hatt målad med samma färg som motorcykeln. &lt;br /&gt;-Var kan jag sätta ihop sakerna? undrade han. &lt;br /&gt;-Ute i köket. &lt;br /&gt;Jag visade honom dit. Anitas mamma stod med ryggen mot oss. När jag kom tillbaka till klassrummet hade någon tagit Anitas skrivbok. &lt;br /&gt;-Nu blundar vi så kommer boken fram av sig själv, sa jag. &lt;br /&gt;-Det var han, det var han, ropade Anita. &lt;br /&gt;Jag slöt ögonen till hälften. Anita pekade åt ett håll samtidigt som en flicka från första klass kastade boken på henne från andra änden av rummet. &lt;br /&gt;-Tysta, bad jag. &lt;br /&gt;I dörren till klassrummet stod Anitas mamma. ”Vem är den där mannen? Vet ni vad, han gav mig en puss på kinden och knyckte ett äpple. Jag sa åt honom att försvinna med en gång, men han sa att ni hade skickat honom.” &lt;br /&gt;-Be honom att komma hit. &lt;br /&gt;Jag slog upp Anitas skrivbok på sidan med skrivuppgiften. Någon hade trampat på boken. Märket ifrån skoskulan bredde ut sig som en stämpel över linjerna och den barnsliga handstilen. Hon hade hunnit skriva ”Kossan är gott att äta”. Jag rättade felet och letade upp en tom sida. &lt;br /&gt;-Jag blev utslängd, sa mannen. &lt;br /&gt;Jag visade på en tom bänk där han kunde sätta sig. Han gick ut rummet och kom tillbaka med två ihopsatta lådor som han ställde ner på golvet. På den ena, som var guldfärgad, stod det ”Marvin”. Den andra var röd med drakar på. Han lade hatten över en liggande drake och lutade de andra kartongerna mot väggen. Innan han satte sig ner visade han på sin tomma hand, kavlade upp skjortärmarna, knäppte med fingrarna i luften och plockade fram en blomma. En liten nejlika. Gastón gick fram till trollkarlen, som viskade något i örat på honom. Gastón kom fram till katedern och räckte mig nejlikan. Marvin blinkade åt mig. Jag tänkte att jag aldrig borde ha låtit honom komma in. Alla barnen, utom Anita, bad honom om saker. Nu dök Anitas mamma upp på tröskeln igen, rasande. &lt;br /&gt;-Fråga honom var han gjort av all löken. &lt;br /&gt;Hon slog med högra espadrillens tåspets i cementgolvet. Marvin höjde på ögonbrynen när jag såg på honom. &lt;br /&gt;-De måste ha försvunnit, sa han. Från barnens håll kom gapskratt och ett pappersflygplan. Anitas mamma gick muttrande därifrån. &lt;br /&gt;-Visst, gav jag mig. Ni vinner. Gör nu ert trolleritrick. &lt;br /&gt;-Jaaa, ropade alla ungarna utom Anita, som bet på naglarna och på snorkråkorna inunder. Under applåder och visslingar gick trollkarlen längst fram i klassrummet. Han bad om tystnad för att sätta ihop de övriga lådorna. &lt;br /&gt;Jag satte mig på hans plats. Den enda pojken i trean, som hade pomada i håret, visslade som på en häst. Marvin hade satt ihop sex olika lådor. Han staplade tre av dem på varandra så att de bildade ett torn lika högt som barnen. Så öppnade han de tre luckorna för att vi skulle se att de hängde ihop, som om det vore en liten kista. Han tog på sig den höga hatten. &lt;br /&gt;-Det här är ett test som jag gör i alla skolor, hela vägen ifrån staden Azul. Det är tricket med huvudena som multipliceras. Tror ni på det? &lt;br /&gt;-Jaaaa, ropade barnen. &lt;br /&gt;-Inte jag, svarade jag. &lt;br /&gt;-Inte? frågade han. Vad konstigt. En fröken borde tro på huvuden som multipliceras ... &lt;br /&gt;-Jag tror inte på det eftersom jag inte vet vad det handlar om. &lt;br /&gt;-Det är enkelt, sa han. Det är ren teori. &lt;br /&gt;-Sch. Jag bad om tystnad å hans vägnar. &lt;br /&gt;Gastón, som hade ställt sig upp på bänken, ropade: ”Vad har du gjort med läppen?” Jag bad honom att sätta sig ner. Han struntade i vad jag sa. &lt;br /&gt;-Så här är min teori, började Marvin. Alla människor har mer än ett huvud, kanske till och med många. En pojke kan ha ett huvud för att bli kär, ett annat för att tänka på sina föräldrar, ett tredje för att leka med och ett annat för att äta eller sova. I så fall skulle han ha fyra huvuden. &lt;br /&gt;-Fem, påpekade en flicka som snart skulle gå ut sjunde klass. &lt;br /&gt;Marvin räknade på fingarna. &lt;br /&gt;-Om det han använder för att äta är ett annat än det han använder för att sova, så blir det mycket riktigt fem huvuden. &lt;br /&gt;När han sa det tog han tag om sitt eget huvud som om han skulle lyfta av det från halsen. &lt;br /&gt;-Jag har bara ett, hojtade María, en flicka med utstående flätor. &lt;br /&gt;-Men med två antenner, vilket i själva verket kanske innebär att du har två huvuden: ett för varje fläta. &lt;br /&gt;-Nej, svarade hon förargat. Trollkarlen log mot henne med sin märkliga mun. När han gjorde det lugnade sig barnen för en kort stund. Alla utom Anita, som i sig var lugn, och som satt med högra kinden lutad mot armens mjukhet. &lt;br /&gt;-Vem av er har mer än ett huvud? &lt;br /&gt;-Korven, skrek flera av dem. Korven var den maskulina versionen av Anita, men gick redan i sexan, var fjorton år gammal och hade en enorm kroppshydda med ett skäggigt ansikte längst upp. &lt;br /&gt;-Dubbelhuvud! ropade trollkarlen, och alla, utom Korven och Anita, skrattade. Även jag. &lt;br /&gt;-Fröken! skrek hon i sjuan. &lt;br /&gt;-Tre huvuden! Fröken har tre huvuden, fortsatte Marvin och höjde händerna. Han fattade pekpinnen som trollspö. Tre huvuden är rätt mycket, men inte tillräckligt. Får jag be om tystnad. Nu ska vi se … nu ska vi se … Jag känner på mig att här finns någon som har ytterligare ett huvud, någon med fyra huvuden … Nu ska vi se … Han vankade upp och ner mellan bänkraderna. &lt;br /&gt;-Varför är den så där …? envisades Gastón. &lt;br /&gt;-Hur då? Marvin stannade till. &lt;br /&gt;-Liksom trasig. &lt;br /&gt;-För att jag ska ha två munnar. En bra trollkarl måste ha två munnar: en för att framföra tricket och en för att dölja knepet. Jag håller isär dem med hjälp av det här – han pekade på ärret – för att vara säker på att de fungerar som de ska. Men med huvuden är det inte alltid så. Ibland kan man ha flera huvuden utan att de hänger ihop med kroppen, kanske inte ens det huvud man ser, det som man använder för att dra på sig tröjan. Det händer framför allt om det rör sig om mer än tre huvuden. &lt;br /&gt;Han rundade bänken längst ner och log mot mig med sina båda munnar. Han blev vacker när han framträdde. Det förvandlade lytet i hans ansikte till någonting alldeles speciellt. Han närmade sig långsamt katedern. &lt;br /&gt;-Nu vet jag, sa han. Jag har hittat henne. Fyrhuvud … Vad heter du? &lt;br /&gt;Ungarna började bua. Anita lyfte blicken eftersom pekpinnen hade valt henne. Hon tittade sömndrucket på trollkarlen. Jag var nära att hejda honom. &lt;br /&gt;-Vad heter hon? frågade han mig. &lt;br /&gt;-Anita, svarade jag. &lt;br /&gt;Hon reste sig upp och gick, utan att se på mig, fram i klassrummet. Barnen slutade bua. Jag undrade tyst hur mycket skada hon skulle kunna ta av det hela, men Marvin hade redan placerat henne inuti tornet av lådor. Allting verkade så självklart. Hon såg ut att uppskatta situationen. Korven kastade en pappersboll som studsade mot svarta tavlan. Trollkarlen böjde sig ner och plockade upp den. &lt;br /&gt;-Någon har skickat ett meddelande till oss, Anita, sa han och vecklade upp papperet. Dubbelhuvudet önskar dig lycka till med uppdraget. &lt;br /&gt;Hon log. ”Jag önskar inte alls henne nånting”, ropade pojken. Jag tecknade åt honom att sätta sig ner och hålla tyst. Marvin frågade Anita om hon hade det bra. &lt;br /&gt;-Ja, svarade hon. &lt;br /&gt;Han stängde försiktigt de båda luckorna i de två nedersta lådorna. Hennes huvud skymtade i den översta luckan som fortfarande stod öppen. &lt;br /&gt;-Säkert? &lt;br /&gt;Anita lyfte på axlarna, som inte syntes, men eftersom huvudet sjönk ner en aning så antog jag att hon gjorde det. ”Bara inte hennes mamma kommer in”, tänkte jag. Jag höll tummarna. &lt;br /&gt;-Bra, sa Marvin. Om jag inte tar fel så har Anita både en fantastisk tankeförmåga och en otrolig fantasi, bara det att hon inte har utvecklat dem ännu eftersom hon är så liten. Hur gammal är du? &lt;br /&gt;Hon höll upp åtta fingar i luckan. &lt;br /&gt;-Det är klart, åtta … Och fyra huvuden, det var väl så jag sa? &lt;br /&gt;-Ja, svarade barnen. &lt;br /&gt;-Bara det att de inte syns eftersom ingen har kopplat ihop dem än. Knack, knack – han knackade på lådan. Är det kortslutning i det här huvudet? &lt;br /&gt;-Jaaaa! ropade Anitas enda två väninnor. &lt;br /&gt;-Det är henne jag frågar. Slår det gnistor när ni tänker, lilla fröken? &lt;br /&gt;-Jag vet inte, svarade hon. &lt;br /&gt;-Så ni vet inte. Nåja … Gör det någonting om jag stänger luckan? &lt;br /&gt;-Nej, svarade hon. &lt;br /&gt;Jag trodde att hon skulle börja gråta när det blev mörkt. Han stängde luckan. Barnen spärrade upp ögonen. Man kunde höra andhämtningen från de små lungorna. Jag reste mig upp. &lt;br /&gt;-Är det bra med dig, Anita? frågade jag. Trollkarlen tecknade åt mig. Jag höjde rösten. &lt;br /&gt;-Ja, svarade hon. Hennes jakande svar kom som nerifrån en brunn. Jag satte mig ner. Jag kände mig väldigt nervös, och vad som sedan följde förvånade mig så mycket att jag inte någon gång under själva tricket visste hur jag skulle reagera. Allas uppmärksamhet var riktad mot trollkarlen, som började vrida på den översta lådan. Han använde båda händerna så att det skulle se ut som om han verkligen fick kämpa för att skruva av Anitas huvud. Läppen delade sig på mitten i och med den låtsade ansträngningen. Någonstans ifrån plockade han fram en svart platta som han sköt in där hennes hals borde sitta. Han lyfte undan den översta lådan och gick bort med den till katedern. Både barnen och jag följde den med blicken. På golvet stod nu ett lägre torn. Barnen reste sig upp i bänkarna. Marvin knackade försiktigt några gånger på locket till lådan på katedern. Han frågade: &lt;br /&gt;-Är du kvar? &lt;br /&gt;Inget svar. &lt;br /&gt;-Anita, jag frågar om du har det bra, hjärtat mitt? &lt;br /&gt;-Ja, hördes hennes röst inifrån lådan. Trollkarlen gjorde några rörelser med pekpinnen. Han öppnade luckan och de barn som hade ställt sig upp ryggade tillbaka. &lt;br /&gt;-Hej, sa Anita. &lt;br /&gt;Men det var inte Anita utan Anitas huvud, som på något oförklarligt sätt stod på min kateder utan sin kropp. &lt;br /&gt;-Gör det ont? &lt;br /&gt;-Nej. &lt;br /&gt;-Har resten av kroppen det bra? &lt;br /&gt;-Mmnn, svarade hon. &lt;br /&gt;-Betyder det ja? &lt;br /&gt;-Ja. &lt;br /&gt;-Vill du någonting? &lt;br /&gt;-Vad då? &lt;br /&gt;-Om du vill ha någonting, om du vill veta någonting … &lt;br /&gt;-Nej. &lt;br /&gt;-Rör dig inte då, sa han och stängde luckan. Han tog upp de tre tomma lådor han hade ställt på golvet alldeles i början av föreställningen. Så placerade han en till höger om den första lådan och de två andra ovanpå de båda så att de bildade ett större prisma. Tystnaden i klassrummet var så kompakt att den gick att skära med kniv. Han ställde sig framför luckorna. Så öppnade han återigen den första luckan. Anita var kvar. Därefter öppnade han luckan bredvid och de båda luckorna ovanför. Fyra huvuden. &lt;br /&gt;-Ojj …, kom det från de fjorton barnmunnarna. &lt;br /&gt;-Hej, sa Anita, som nu var fyrdubblad. &lt;br /&gt;Jag höll tummarna ännu hårdare för att inte hennes mamma skulle komma in i klassrummet och säga ”maten är serverad” och få se sin dotter halshuggen och mångdubblad, och med ett oförklarligt leende på läpparna. &lt;br /&gt;-Det här är inget trolleritrick, sa Marvin, det här är vad som fanns inuti Anita. Det enda jag har gjort är att plocka fram det så att ni också kan se det. Men det finns ett problem. &lt;br /&gt;-Vad då? undrade jag. Barnen såg på mig. &lt;br /&gt;-Oordningen, svarade han. Problemet med Anita är oordningen. Anitas huvuden sitter inte riktigt som de ska. Av skäl som hon inte rår för har de kommit på villovägar och bytt plats med varandra. Det är precis som om han, vad hette du nu? &lt;br /&gt;-Gastón. &lt;br /&gt;-Det är som om Gastón skulle sätta sig på Anitas plats och hon på hans. &lt;br /&gt;-Då skulle jag inte kunna kasta kritor på henne, sa Gastón. &lt;br /&gt;-Kanske skulle hon kasta kritor på dig. &lt;br /&gt;Anita lyssnade till förklaringarna utan att röra en min. Jag tittade på klockan. Den var fem i tolv. Klockan tolv skulle hennes mamma komma in genom dörren, och hon var ju så plump, stackarn. Jag tecknade åt trollkarlen att skynda på. &lt;br /&gt;-Tänk dig, Gastón, om alla saker bytte plats med varandra … Istället för att ligga vid svarta tavlan skulle kritorna ligga i förbandslådan och plåstren vid svarta tavlan. &lt;br /&gt;-Då skulle man ju inte kunna skriva! ropade pojken med pomada i håret. &lt;br /&gt;-Eller plåstra om någon! tillade hon med flätorna. &lt;br /&gt;-Vi skulle bli tvungna att ställa allt på sin plats, fortsatte trollkarlen. Eller lära oss att plåstra om med kritor och rita med självhäftande tejp och gasbindor. &lt;br /&gt;Några av eleverna skrattade till. Han stängde de fyra luckorna, en efter en. Och tillade sedan: &lt;br /&gt;-Därför ska jag flytta om lådorna så att allting hamnar där det ska. Plåstren i förbandslådan och kritorna i kritasken. Och vart och ett av huvudena på sin rätta plats. &lt;br /&gt;Han tog den översta lådan och ställde ner den, tog så den vänstra och flyttade den till höger, tvekade ett ögonblick och flyttade sedan på de båda översta lådorna igen. &lt;br /&gt;-Så där, sa han. &lt;br /&gt;Jag hade följt hans rörelser med uppmärksam blick. Av någon anledning hade han inte rört den första lådan, den som stod längst ner till höger. Han öppnade den. Anita var fortfarande kvar. &lt;br /&gt;-Ser ni någon skillnad? &lt;br /&gt;-Nej, svarade vi. &lt;br /&gt;-Och du? frågade han Anita. &lt;br /&gt;-Nej, svarade hon. &lt;br /&gt;Trollkarlen stängde luckan för hennes ansikte, satte ner de tre andra lådorna på golvet och ställde så tillbaka den första lådan ovanpå de båda lådor där Anitas kropp befann sig. Så drog han undan den svarta plattan. Med en överdriven kraftansträngning låtsades han skruva ihop henne igen. &lt;br /&gt;-Ingen märkte någonting, sa han, men det kommer ni snart att göra. Anitas huvuden har kopplats ihop igen. Och det är en så stor händelse att om ni inte märker något så är det för att era egna huvuden är i oordning och kanske inte ens går att få ordning på. Men i hennes huvud har förvirringen upphört. &lt;br /&gt;Han öppnade alla luckorna i en enda rörelse, som om de hängde ihop. Anita klev ut. Hennes mamma stack in huvudet i klassrummet, blängde föraktfullt på trollkarlen och hans attiraljer och sa: &lt;br /&gt;-Maten är serverad, polenta med tomatsås utan lök. &lt;br /&gt;Barnen reste sig upp under stim och stoj. Sedan försvann de till matsalen. Anita satte sig ner i sin bänk. Jag gick fram till Marvin, som redan hade börjat packa ihop sina saker. &lt;br /&gt;-Hur gjorde ni? &lt;br /&gt;-Speglar, svarade han böjd över lådorna. Han drog isär en av kartongerna, och inuti den satt en spegel. Så tog han alla sina saker och gick ut ur klassrummet för att packa ner dem i släpvagnen. Han tog av sig den höga hatten och satte på sig hjälmen. &lt;br /&gt;-Stannar ni inte kvar och äter? försökte jag. &lt;br /&gt;-Jag tror inte att kokerskan skulle vilja det. Dessutom väntar de mig klockan fyra i Olavarría. &lt;br /&gt;-Pekpinnen är min. &lt;br /&gt;-Ja, just det. &lt;br /&gt;-Det var en fantastisk föreställning, gratulerade jag honom. Hans hand var iskall. Sanningen att säga så var det hela verkligen förbluffande. &lt;br /&gt;-Tack. &lt;br /&gt;-Kommer ni tillbaka? &lt;br /&gt;-Varför skulle jag det nu när de redan har sett tricket? &lt;br /&gt;-Är det det enda trick ni kan? &lt;br /&gt;-Nej, jag kan fler. Men regeringen betalar mig för att göra det här. Den dag jag får betalt för att göra ett annat kanske … &lt;br /&gt;Han satte sig upp på motorcykeln. Så kickade han tre gånger för att få igång den. &lt;br /&gt;-Tack ännu en gång. &lt;br /&gt;-Detsamma, svarade han. &lt;br /&gt;Han tog stöd med fötterna i marken för att vända motorcykeln och körde sedan ut på den jordiga vägen. Jag återvände till klassrummet och stängde dörren efter mig. Anita satt kvar i sin bänk. &lt;br /&gt;-Är inte du hungrig? undrade jag. &lt;br /&gt;Hon skakade på huvudet. Med de fyra i ett. Jag satte mig ner på huk intill henne. &lt;br /&gt;-Vad tyckte du, då? &lt;br /&gt;-Konstigt, men spännande, svarade hon. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Framstegen kom lite i taget under en längre tid. Jag kunde inte säga hur, men den nästan lite efterblivna flickan hade fått tillbaka förmågan att umgås och att lära sig saker. Hon läste snart flytande och skrev utan stavfel. Om något av de andra barnen hade svårt med läxorna hjälpte hon dem. Hon gick i fjärde klass men klarade av sjundeklassarnas uppgifter. Läste jag en mening kunde hon ta ut subjekt och predikat, verb, akusativobjekt. Hon var den enda av eleverna som hade lyckats lära sig hela multiplikationstabellen utantill. Klasskamraterna började respektera henne. Det var bara mamman som beklagade sig. &lt;br /&gt;-Om ni lär Anita så många saker kommer hon att vilja lära sig mer och sedan kommer hon inte att vilja arbeta för herrn. Och så kommer hon att lämna mig. &lt;br /&gt;Det var det som var problemet. Jag rekommenderade henne själv för en av skolinspektörerna så att hon skulle ordna ett stipendium till gymnasieskolan i Necochea åt henne. Anita blev antagen på skolan vid torget med högsta betyg. Därefter tappade jag bort henne under en period. &lt;br /&gt;Skolan var inte längre vad den en gång hade varit. Barnen blev allt besvärligare och jag saknade Anita. Hennes mamma visade så mycket ilska mot mig att jag blev tvungen att avskeda henne. Hon lade aska och till och med cigarettfimpar i maten. Jag såg henne försvinna genom samma fönster som jag en gång hade sett trollkarlen komma. Jag väntade alltid på att han skulle dyka upp igen. Det gick fem år, men den som kom tillbaka var hon. Hon var ångerfull över det där med cigaretterna och behövde arbetet eftersom hon inte hade några pengar. Hon hade magrat betydligt och var alldeles rynkig i ansiktet. Jag berättade att jag skulle flyttas söderut, till en grundskola utan matsal. Eleverna skulle förmodligen få äta inne i klassrummet. Jag föreställde mig skrivböckerna med fläckar av tomatsås. Hon höll med. Innan jag rekommenderade henne för den nya läraren fick jag henne att lova att hon inte skulle göra några dumheter. &lt;br /&gt;Jag frågade om hon hade hört av Anita och hon visade upp tre kuvert. Hon pekade på ett av dem och jag öppnade det och läste brevet tyst för mig själv medan hon såg på. Anita hade gått ut med högsta betyg och skulle snart fortsätta till huvudstaden för att läsa juridik. ”Ni måste vara stolt”, sa jag. ”Vänta och se”, svarade hon allvarligt. Hon räckte mig det andra brevet, som hon redan hade plockat fram ur kuvertet. Anita hade förlovat sig med en blivande agronom. &lt;br /&gt;-Det är väl landsbygden som drar, sa jag menande. &lt;br /&gt;-Jag inbillade mig samma sak som ni … Men bli inte alltför glad innan ni har läst det tredje brevet. &lt;br /&gt;Av det tredje brevet framgick det att kärleken inte hade hållit. Studierna gick bra. Juristlinjen var intressant men också en lätt match för Anita. &lt;br /&gt;-Jag har fått en oförskämd dotter, sa kvinnan. &lt;br /&gt;Hon hälsade inte till någon annan än mamman och frågade sedan hur det gick med skörden. &lt;br /&gt;-Bra, tack, sa jag tyst. Jag stoppade tillbaka breven i kuverten. &lt;br /&gt;Det var min sista eftermiddag på skolan. Anitas mamma stoppade ner breven i rockfickan och sedan stod vi kvar och tittade på solen, som lyste rödare än någonsin ovan veteaxen. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Det stämmer att jag har blivit gammal, men det beror på att jag till slut befordrades till chefsinspektör. Jag flyttades från en skola till en annan, och en annan, och en annan, och slutligen till La Plata, där det bestämdes att jag skulle byta arbetsuppgift. Själv ville jag det aldrig. Nu åkte jag återigen runt i alla skolor, men stannade bara en dag i taget på varje ställe. Varje gång jag ser en skolfröken på tjugo, tjugofem år ser jag mig själv innan alla rynkorna i ansiktet och runt ögonen kom. Minns hur även jag höll handen över halsöppningen på arbetsrocken när jag rätade på ryggen inför klassen. I dag fyller jag i formulär, granskar betygsättning, ställer enkla frågor till eleverna. Den där förmiddagen hade de bett mig att stanna kvar och äta, vilket inte händer särskilt ofta. Det var en skola i Tandil med en kvadratisk skolgård med både flagga och skolans egen fana, och ett minikök där det arbetade en kinesiska. Det var varmt ute. &lt;br /&gt;-Tycker ni om endiver? undrade kinesiskan. &lt;br /&gt;-Mycket, svarade jag. &lt;br /&gt;Jag tittade ut genom fönstret som vette mot vägen. Landskapet var inte detsamma som alltid. Förutom solrosorna, vetefälten och himlen fanns det berg. Och en motorcykel. En släpvagn. Motorcykeln med ett släp på cykelhjul fullastat med kartonger. Den såg nästan exakt likadan ut som tidigare, han hade bara fäst en blank plåtskylt ovanför lyset med texten ”Den fantastiske Marvin”. Så nu var han även fantastisk. Jag vände mig mot dörren. Barnen var ute på rast. Lärarinnan stod och pratade med någon som jag inte kunde se från min plats. &lt;br /&gt;-Och vitlök, señora? Vill ni ha den finhackad? &lt;br /&gt;-Sch. &lt;br /&gt;Jag böjde mig fram. Mannen tog av sig hjälmen. Han hade blivit aningen gråsprängd, och håret var längre och okammat. Jag kunde inte höra vad de sa eftersom lärarinnan vände sig bort då hon förstod att hon var iakttagen. Jag drog mig tillbaka. En av grytorna återspeglade mitt gamla ansikte, en karta över alla dessa år. Står man så länge med fötterna i myllan får man till slut också ett ansikte av jord. Jag gick fram till fönstret igen. &lt;br /&gt;Lärarinnan skulle få bestämma det här på egen hand. Jag kom att tänka på Anita. Jag föreställde mig hur hon hade klarat sin juristexamen med högsta betyg och nu satt i ett arbetsrum i huvudstaden, där hon försvarade människor mot andra människors intolerans. Jag höll tummarna. Jag hade inte tänkt på om Marvin fortfarande hade sin missbildade läpp. Han stod med ryggen vänd mot fönstret och skulle just börja lasta ur sina attiraljer. Samma lådor i guld och rött. Men så hängde han hjälmen på styret och gick tillbaka in i klassrummet med tomma händer eftersom lärarinnan hade ropat på honom. Han höll ena handen så att jag inte kunde se hans ärr. Jag kunde inte höra vad de sa eftersom barnen stimmade och skrek ute på skolgården. &lt;br /&gt;-Och chorizo, ska jag lägga i det? &lt;br /&gt;-Få se här. &lt;br /&gt;Jag böjde mig över grytan. Grönsakerna flöt omkring i något som påminde om rödfärgat bläck. Skolklockan ringde. Barnen dämpade sin lek. De ställde upp sig på led. Lärarinnan tog den första, som var albino, i handen. Andra pojken i ledet slog honom i huvudet med en plastlinjal. Jag skyndade in i klassrummet samtidigt som jag hörde ljudet från avgasröret. &lt;br /&gt;-Vart tog den där mannen vägen? frågade jag. &lt;br /&gt;Ledet med barnen kom emellan frågan och mina steg. Emellan lärarinnan som sa att ”vi var ju mitt i en lektion …” och den märkliga rörelse hon gjorde med högerhandens pekfinger och tumme, ett grepp om överläppen ungefär på mitten. Emellan den tjugoåriga lärarinnans önskan om att se föreställningen och det allvarsfyllda i chefsinspektörens närvaro. Jag skyndade ut på vägen. Mannen med hjälmen avlägsnade sig alltmer, försvann nedför en backe och vidare bort mot den grå vägens horisont. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;(Översättning Hanna Axén)&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/14637388-113150535690276171?l=mandarinasdulces.blogspot.com'/&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/14637388/posts/default/113150535690276171'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/14637388/posts/default/113150535690276171'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://mandarinasdulces.blogspot.com/2005/11/marvin.html' title='MARVIN'/><author><name>Gus Nielsen</name><uri>http://www.blogger.com/profile/15989569316094960851</uri><email>gesnil@gmail.com</email><gd:extendedProperty xmlns:gd='http://schemas.google.com/g/2005' name='OpenSocialUserId' value='15197016212663989666'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-14637388.post-113042842110830885</id><published>2005-10-27T12:49:00.000-03:00</published><updated>2005-10-27T12:53:41.120-03:00</updated><title type='text'>LA TAPA DE AUSCHWITZ</title><content type='html'>&lt;a href="http://photos1.blogger.com/blogger/1209/1155/1600/ausch5.jpg"&gt;&lt;img style="float:left; margin:0 10px 10px 0;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://photos1.blogger.com/blogger/1209/1155/320/ausch5.jpg" border="0" alt="" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;a href="http://photos1.blogger.com/blogger/1209/1155/1600/Ausch%202.jpg"&gt;&lt;img style="float:left; margin:0 10px 10px 0;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://photos1.blogger.com/blogger/1209/1155/320/Ausch%202.jpg" border="0" alt="" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;a href="http://photos1.blogger.com/blogger/1209/1155/1600/ausch4.jpg"&gt;&lt;img style="float:left; margin:0 10px 10px 0;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://photos1.blogger.com/blogger/1209/1155/320/ausch4.jpg" border="0" alt="" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;a href="http://photos1.blogger.com/blogger/1209/1155/1600/ausch3.jpg"&gt;&lt;img style="float:left; margin:0 10px 10px 0;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://photos1.blogger.com/blogger/1209/1155/320/ausch3.jpg" border="0" alt="" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;a href="http://photos1.blogger.com/blogger/1209/1155/1600/ausch1.jpg"&gt;&lt;img style="float:left; margin:0 10px 10px 0;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://photos1.blogger.com/blogger/1209/1155/320/ausch1.jpg" border="0" alt="" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/14637388-113042842110830885?l=mandarinasdulces.blogspot.com'/&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/14637388/posts/default/113042842110830885'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/14637388/posts/default/113042842110830885'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://mandarinasdulces.blogspot.com/2005/10/la-tapa-de-auschwitz.html' title='LA TAPA DE AUSCHWITZ'/><author><name>Gus Nielsen</name><uri>http://www.blogger.com/profile/15989569316094960851</uri><email>gesnil@gmail.com</email><gd:extendedProperty xmlns:gd='http://schemas.google.com/g/2005' name='OpenSocialUserId' value='15197016212663989666'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-14637388.post-112963448679985267</id><published>2005-10-18T08:21:00.000-03:00</published><updated>2005-10-18T08:21:26.840-03:00</updated><title type='text'>AUSCHWITZ</title><content type='html'>Odio esto.&lt;br /&gt;&lt;em&gt;Odio las conversaciones sobre bebés, odio el olor a ricota de los bebés, odio los escarpines, las batitas, los pañales. Odio a los recién nacidos, sus chupetes; a las madres de los recién nacidos dándoles las tetas sin pudor en las plazas, sus corpiños reforzados.&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;- ¿Un mate?&lt;br /&gt;&lt;em&gt;Odio la yerba mojada adentro de la calabaza, odio las bombillas que se pasan de boca en boca, la saliva mezclada con el agua caliente.&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;- ¿Un cigarrillo? ¿Unos esconcitos, antes de la comida?&lt;br /&gt;&lt;em&gt;Odio los encendedores, el humo, las colillas. Odio los escones, odio esas migas como granos sobre el mantel. También odio esos otros granos que le veo a ella en la piel y no sé qué son, pero parecen lunares regordetes de carne; odio la carne que sobra, la celulitis, los rollos, los colgajos de los brazos; odio las pelusas en los ombligos, el pelo demasiado largo o demasiado corto, las uñas mal cuidadas. Odio tu pañuelito atado al cuello, enroscado sobre sí mismo como una víbora que se muerde la cola. Me parece sucio; feo. Me da asco.&lt;br /&gt;Odio tu voz demasiado alta y demasiado aguda para decirme “¿Un mate?”; odio la sequedad de tus brazos, tu cara blanca, tus ojos sin brillo, que seas rubia.&lt;br /&gt;Odio el desorden de tu casa, los libros tirados, el polvo sobre el teléfono, los vestidos amarillos en general, el color amarillo y el horrible vestido amarillo que llevás, en particular. Me repugna la bijou dorada, roja y verde -navideña-. Aborrezco tu perfume dulce y agrio, dulce y penetrante, dulce para untar con los scones. No tolero tu colección de anillos en las manos; no aguanto tu apellido: Auschwitz. Ni tu nombre: Rosana.&lt;br /&gt;Auschwitz es el apellido de una resfriada.&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;- ¡Au... chíst! - hizo Berto, riéndose.&lt;br /&gt;- Ese feto no tiene ninguna célula normal, dice que dijo el médico -ella se quedó mirando hacia la nada, mientras él le contaba los lunares-. A mi amiga.&lt;br /&gt;Eran unos lunares del tipo cancerosos, o así le parecieron a Berto. Morados algunos, rosados otros. La palabra rosado es fea, pero no más fea que aquel pañuelo víbora, con resabio a jipismo barato e inocente. Rosada Rosana; Rosa y Ana, Rosa más Ana. Nombres en cópula. Rosanita. Y ella diciéndole "de qué te reís, es cierto, se lo dijo un doctor". &lt;br /&gt;- ¿Y tu amiga?&lt;br /&gt;- Muerta de miedo.&lt;br /&gt;También era feo que estuviera descalza, sobre el piso mugriento. En el club ella había estado bailando descalza, y él igual la había besado. Pero besar era la obsesión de Berto. Besar a todas las mujeres, hasta las odiables, hasta las que le mostraban una foto de cuando eran bebés, con batita y escarpines, a tan solo dos horas de haberlas conocido. Le gustaba besar a todas y cogerse a algunas, más que nada a judías, porque las judías tenían el clítoris con olor a perro mojado y las nalgas siempre a punto de derrumbarse en celulitis. Por eso iba a bailar al Club Israelita, para robarse una perra mojada.  &lt;br /&gt;Adentro de la casa de Rosana, los pies desnudos de ella eran una indecencia más asquerosa que el hecho de que se hubiera dejado seducir tan fácilmente. Las cervezas eran gratis, por eso la había invitado. "Tengo dolor de garganta", dijo ella, cuando él le tiró del pañuelo para quitárselo, rompérselo, quemarlo. No es una correa de perro, no es una correa de clítoris mojado. “Mejor vamos a tu casa que quiero darme un baño”, dijo él, y ella, "bueno". La irresistible tentación de los ojos celestes y la piel blanca en un club de pieles cobrizas y ojos negros; él empujándola por el culo, amasándola con la lengua y los dedos en el asiento del auto para que ella, al llegar a su casa, le dijera "soy Rosanita, Rosana Auschwitz; vivo en este desorden". Berto se lo había imaginado así, o tal vez un poco menos sucio y revuelto, mientras pensaba en cómo le iba a meter su soldado tieso en el aro de cuero y ojalá le doliera, y gritara, y sangrara. Deseaba ver esa sangre de Auschwitz en las sábanas de ella; quería verla cocinarle knishes, esas cositas de papa y cebolla tan sabrosas y tan pesadas, y le dijo "haceme". Le dio la orden: “haceme knishes”.&lt;br /&gt;En la cocina los platos se apilaban desbordando restos de comidas y cucarachas; Berto dijo "odio la mugre, quiero ir al baño" (a cagar, mear, bañarme, despegarme de toda esta impresión, para después violarte sobre tu cama de soltera). Y ella, Rosanita, hablándole de la amiga, "ninguna célula normal, dijo el doctor"; del pánico de su amiga. Berto ya estaba desnudo adentro de la bañadera, con el soldado en la mano preparado para ducharse; preparado para comenzar a lavarse por ahí, porque esa noche era por ahí; mear largo en la ducha toda la cerveza gratis del Club Israelita, mezclar el pis con agua como si fuera vino con soda, enjabonarse los huevos, la cabeza afuera tirando de la capucha que él llevaba como una medalla y que ningún judío tenía, siguiendo por atrás, por su propio túnel, parecido al que tantas veces había inspeccionado en otros cuerpos de mujeres gordas o flacas, lampiñas o hirsutas, negras o blancas. Ese ojo en el que ahora Berto se metía la punta del dedo enjabonado hasta hacerlo arder. &lt;br /&gt;- ¿Sabés que soy judía, no?&lt;br /&gt;Qué mujer que no fuera judía iba a saber hacer knishes, ¿serás tonta, amor?, mi flaquita nueva, mi Auschwitz de club: ¿serás tonta además de jipi, además del pañuelo celeste en el cuello, además de tus nalgas chorreadas, de tu nombre autocopulado, de tu desorden, de tu mugre en el piso, de tus canillas goteantes sobre platos con comida de otras cenas judías, que ahora devoraban cucarachas hambrientas de gefilte fish, cucarachas también de la colectividad, iddishe cucarachas?&lt;br /&gt;Berto sabía que en él -esto lo tenía observado de antes, desde siempre, porque se observaba mucho- no era indistinto comenzar a ducharse por adelante o por atrás; todo se debía a un orden previo, aunque el comienzo del lavado pareciera intuitivo. Él había descubierto que empezaba por atrás si había cagado antes de bañarse, y lo hacía por su soldado si había cogido. Y aunque ahora no había hecho ni lo uno ni lo otro, le pareció que estaba sucio por anticipado, sucio por la transpiración de suponer que iría a hacer algo con Rosana-la-del-pañuelo-celeste, que se la iba a coger sin ningún preámbulo amoroso descontando el manoseo de adentro del auto en los semáforos, o el chupón en la barra del club; porque le había dicho "vamos a tu casa que quiero darme un baño" y ella lo había aceptado sin más; porque le había preguntado "¿tenés forros?" y ella había afirmado sucintamente con la cabeza; porque estaba por secarse y ella le dijo que usara la toalla que quisiera, a sólo dos horas y media de haberla conocido.&lt;br /&gt;Adentro del auto le había agarrado una teta. Ella lo dejó hacer mientras le tanteaba el pantalón. Sabrosona la empanada de carne. Quien no chupa, remeda el chocho. Berto había carraspeado, tosido, bajado la ventanilla. El gargajo había quedado en Scalabrini Ortiz y Santa Fe, a media calle y a medianoche. "Seguro que viene el Intendente a poner una placa", dijo, y ella sonrió.  Berto había vuelto a subir la ventanilla. Lo del gargajo era un número que espantaba a las chicas. Rosana parecía no reaccionar por nada. ¡Con ese apellido! ¿A vos te encerraban en los placares de los colegios, no? ¿Los profesores te pegaban en las yemas de los dedos con el puntero? ¿La directora te metía la tiza más gorda en la conchita? Ella, pura sonrisa. Vas feliz en un auto con un desconocido que te odia a primera vista. “¿Hay para comer en tu casa?”. No sé. “Tiene que haber: es una orden”. Puedo hacer unos bocaditos de papa. “¿Papa y qué?”. Papa y cebolla frita. “¿Knishes?”. Ella se sonrojó y él apretó el acelerador. El Torino cupé 380, verde esperanza militar, mordió la calle negra en la dirección que ella le apuntaba. La casa de Rosana quedaba a veinte cuadras del bunker de soltero de Berto. &lt;br /&gt;- ¿Cuántos años me dijiste que tenés?&lt;br /&gt;- Cuarentaidós.&lt;br /&gt;- ¿Y sos soltera, o qué?&lt;br /&gt;- Separada, bobito.&lt;br /&gt;No me digas bobito, no quiero oírte insultándome; yo sí puedo insultarte porque te lo merecés y porque mi soldado me lo permite, porque soy un hombre soldado, un hombre pija, en tu concha, en tu culo y en tu boca. En ese orden. Con un baño antes para prepararme y otro después, para limpiarme. Berto cerró la canilla de la ducha con toda la fuerza de sus manos.&lt;br /&gt;- ¿No hay modo de parar este goteo?&lt;br /&gt;- No.&lt;br /&gt;- ¿Dónde están mis zapatos?&lt;br /&gt;- Comamos descalzos.&lt;br /&gt;Él se sentó entre una pila de libros y una pila de discos. Ella había encendido una vela, sin apagar las luces de la casa. Él se había quedado en camisa y slip. Ella no se había sacado el pañuelo del cuello. &lt;br /&gt;- ¿Así de chiquitos los hiciste?&lt;br /&gt;Rosana levantó la fuente e hizo como que se la llevaba de vuelta a la cocina. ¿Sabés que soy judía, no? Él levantó un knishe; lo mordió.&lt;br /&gt;- Está seco. Le falta sal.&lt;br /&gt;Salame seco sin sal, se seca solo sin sol. Ella podía tolerarlo todo, tal vez, menos que alguien, en su propia casa, sentado entre una pila de sus libros preferidos y otra de sus discos olvidados, dijera le falta sal a uno de sus knishes. Berto lo supo por la cara que puso. Menos un goy, menos aun uno que había conocido en un baile del Club Israelita, hacía apenas tres horas, mientras escuchaban a los Bee Gees y bebían cerveza regalada. ¿Sabés qué soy, no? Rosana apuntaba con la bandeja hacia la cocina goteante y cucaracheada, sin dejar de sonreír, como si lo que estuviera haciendo, ese amague de llevarse los knishes, fuera un buen chiste. Rosana levantaba el talón del pie derecho a punto de dar un paso hacia adelante para tirar a la basura la papa unida a la cebolla, y lo volvía a bajar como si regresara. Ponía cara de duda, cara de ¿voy; no voy?, cara de ¿querés comer o no querés comer?, cara de ¿sabés qué?: soy la que te vas a coger por la concha y por el culo, soy la que te va a hacer acabar un litro de leche adentro de un preservativo, soy la que después, a lo mejor, te va a querer chupar, porque “quien no chupa remeda al chocho”, y el chocho es alguien que está satisfecho, y una buena judía no está nunca chocha, menos si tiene un nombre con perritos abotonados, menos si se apellida Auschwitz; y el chocho es también alguien que chochea y es medio lelo y acá el único lelo sos vos, desconocido, con tu soldado firrr-me en posición de cumplidito; y el chocho es también una vulva, guarangamente, y una buena vulva nunca remeda el chupe. &lt;br /&gt;- Los hice especialmente para vos, ¿sabés?, y no voy a soportar, ¿sabés?, ninguna crítica.&lt;br /&gt;Habrá que ver cómo se humedece lo que está seco, pensó Berto, por qué bendito mecanismo una recién entalcada de venus se transformará en el perrito mojado de los machos. Habrá que ver si sabe hacerlo, si sala el salame sin sol para que no remede nada y, simplemente, sea. &lt;br /&gt;- Mi amiga tiene casi cincuenta. Los resultados de la punción también dijeron eso.&lt;br /&gt;- Qué cosa.&lt;br /&gt;- Que todas las células eran deformes.&lt;br /&gt;La cara que habría puesto el médico para decir eso tal vez fuera la misma que ponía Berto al mirarle las plantas de los pies apenas levantadas, los talones sucios.  &lt;br /&gt;- ¡Cincuenta años y quiere tener un hijo! ¿Por qué no se deja de joder?&lt;br /&gt;- Ahora se puede. Se reemplazan los núcleos de los óvulos por núcleos de células no sexuales. De la misma mujer, o de otra.&lt;br /&gt;Una punción, un knishe. Hágale una punción a un knishe, doctora. Sacate la pollera, la bombacha. ¿No usás corpiño? Más  vale que te compres uno, porque si no, algún día, con las tetas vas a atarte los cordones. Ju, ju.  Lo que le voy a hacer, señora, es una punción con jeringa de carne. ¿A ver el knishe? Baratita la pussy. ¿Si me pussi el forro? Ni en curda entro en esa caverna sin un 0,04 lubricado al Cloruro de Benzalconio. ¿Que te la chupe un poco? Andá a saber desde cuánto hace que no le pegás un bidetazo. &lt;br /&gt;- ¿Te dije que soy nazi?&lt;br /&gt;Silencio.&lt;br /&gt;¿No te vas a sacar ese pañuelo del cuello? ¿No te lo vas a sacar? Porque tiene mal olor, porque es feo. No se puede estar desnuda y tener ese trapo atado. Lo odio más que a tu foto de cuando eras bebé. No me i