<?xml version='1.0' encoding='UTF-8'?><?xml-stylesheet href="http://www.blogger.com/styles/atom.css" type="text/css"?><feed xmlns='http://www.w3.org/2005/Atom' xmlns:openSearch='http://a9.com/-/spec/opensearchrss/1.0/' xmlns:georss='http://www.georss.org/georss' xmlns:gd='http://schemas.google.com/g/2005' xmlns:thr='http://purl.org/syndication/thread/1.0'><id>tag:blogger.com,1999:blog-14637388</id><updated>2012-01-02T14:26:27.242-03:00</updated><category term='TRADUCCIONES'/><category term='DOLI'/><category term='CUENTOS'/><title type='text'>MANDARINA</title><subtitle type='html'>Los cuentos de Gustavo Nielsen</subtitle><link rel='http://schemas.google.com/g/2005#feed' type='application/atom+xml' href='http://mandarinasdulces.blogspot.com/feeds/posts/default'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/14637388/posts/default?max-results=100'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://mandarinasdulces.blogspot.com/'/><link rel='hub' href='http://pubsubhubbub.appspot.com/'/><author><name>Gus Nielsen</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><generator version='7.00' uri='http://www.blogger.com'>Blogger</generator><openSearch:totalResults>42</openSearch:totalResults><openSearch:startIndex>1</openSearch:startIndex><openSearch:itemsPerPage>100</openSearch:itemsPerPage><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-14637388.post-1375985753660801337</id><published>2012-01-02T14:26:00.000-03:00</published><updated>2012-01-02T14:26:27.254-03:00</updated><title type='text'>TATUAJE DE CARTÓN</title><content type='html'>- Le traje el rompecabezas porque no había otra cosa. El local estaba repleto de muñecas, y en un rincón apareció esta caja con las inscripciones japonesas. La abrí. El vendedor enloqueció, enarbolando gestos como si me viera cometer una herejía. Dijo algo que parecía una recomendación, pero en su idioma inentendible.&lt;br /&gt;Sonia estaba parada delante de la caja abierta. "Viste lo que son estas piezas", dijo.&lt;br /&gt;- Sí.&lt;br /&gt;- Infimas. Demasiado pequeñas para Carlitos. Y encima son millones.&lt;br /&gt;- Ya se. Qué querés que haga. Jamás logrará armar nada que parezca real. A lo mejor el chino quería advertirme sobre el tamaño de las fichas.&lt;br /&gt;Ella metía sus manos y sacaba un puñado de adentro de la caja. Los pequeños hexágonos se le resbalaban entre los dedos como granos de maíz.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Dejé a Carlitos sentado frente a la mesa, con los brazos dispuestos paralelamente uno con el otro, enmarcando la caja abierta. &lt;br /&gt;-&amp;nbsp;¿Te gusta lo que te trajo papá?&lt;br /&gt;- ¿Qué es?&lt;br /&gt;- Una foto para armar.&lt;br /&gt;Así lo dejé, y así siguió hasta después de comer, sin moverse. Extasiado, reflexionando sin parar ante ese problema gratuito que le vino de regalo de afuera.&lt;br /&gt;En el trabajo me la pasé dibujando papelitos. No sabía si contarle o no a Sonia, porque nunca antes la había engañado con nadie y no podía suponer cómo reaccionaría. Ni siquiera sabía por qué lo había hecho. En el papel anotaba "por qué, por qué", preguntándome todo y explicándomelo sin dudar, pero sin explicarlo ni preguntar nada. Para las cinco de la tarde, una de las líneas cerró en un corazón cruzado por una flecha; como cuando éramos chicos con Sonia. Pero el corazón quedó vacío de nombres.&lt;br /&gt;Al llegar a casa la vi tan contenta que me dio lástima. Me esperaba parada en el umbral de la puerta de calle, y sus manos estaban pegadas a la altura del pecho, palma con palma, como una chinita (¿se habría dado cuenta de algo?). Esa fijación mía. Íntimamente me juré que jamás volvería a engañarla.&lt;br /&gt;- Ya completamos el pekinés -dijo ella.&lt;br /&gt;Me acerqué a la mesa. El rompecabezas ocupaba un espacio enorme, tanto que habían tenido que correr el camino de crochet y el centro de vidrio. Lo miré. Mis ojos leyeron los detalles de la situación: estaban reconociendo un perro, sin aprobación mía. Un pekinés.&lt;br /&gt;- Increíble.&lt;br /&gt;- Tardamos todo el día -agregó Sonia-. El animal está embalsamado, ¿ves?, y este fierro que le sale del lomo sostiene la pantalla. Un velador pekinés.&lt;br /&gt;"Y una mesa de luz laqueada en negro y rojo; la colcha roja; las paredes, las intenciones, las luces rojas; roja la china acostada en la cama". Tuve en los ojos una historia que Sonia alcanzó a entrever. "Parece un telo", dijo, pálida. Yo traté de disimular. Esa imagen era una imagen mía, pero ¿cómo podía haber aparecido sobre la mesa del comedor? Una foto del viaje; casi una proyección de mi cerebro. Tuve ganas de decirle "es un telo; un cuarto de allá"; pero me callé. Mi silencio rodeó a Sonia de una cáscara invisible de precaución, una máscara hecha para todo el cuerpo, para ocultarse y disfrazarse y darse a conocer nueva, recién nacida. Un signo evidente de defensa; así me pareció. Quizás esté persiguiéndome por eso de la "cola de paja". Pero ninguno de los tres que estábamos ahí pudo hablar, y el secreto se hizo tan hondo que oíamos el roce de las piezas que Carlitos disponía arriba de la mesa. Sentí que ella tuvo, en ese lapso, la convicción absoluta de que algo había ocurrido. Los ojos de nuestro hijo nos pedían disculpas, sufriendo por nosotros. Yo recordé el cuerpo de una extranjera desnuda. Dije: "basta de pavadas, che", y desarmé la imagen de un manotazo.&lt;br /&gt;Carlitos empezó a llorar esa misma noche, y el llanto le duró hasta la mañana siguiente. Habían pasado toda la tarde para hacer ese pedacito del cuadro y yo se los destruía sin reflexión, arrebatado por quién sabe qué tipo de furia. Por una furia originada en qué, pensaría Sonia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Fui a mi trabajo escapándome de casa. Estaba aturdido. ¿Qué había pasado? Era imposible de explicar. Dibujé un plano del cuarto así nomás, en una boleta vieja, para recordar la disposición de los muebles y de la puerta del baño. Ese pekinés horrible y la china trepándosele, después, por atrás, como si fuera otro perro que se lo estuviera montando. La lámpara entrecortaba la luz del cuarto en cada bombeo imaginario. Porque no era ni más ni menos que un buen chiste, uno de chinos. Y el perro con esa cara de mirar un programa de televisión. &lt;br /&gt;Cuando llegué a casa, ellos habían empezado por arriba. "Pobre de vos si lo tocás", me anticipó Sonia, de muy mala manera, y el cielorraso rojo con el ventilador suspendido del techo estaba casi terminado de armar. Hasta se asomaba una mata de pelo ondulado, al cubo de aire de la pieza. "Nos vamos a quedar a completarlo", dijo ella, siempre en tono de guerra. "¿Verdad, Carlitos?". Carlitos hizo un sí de cabeza, sin levantar la vista de las piezas. Ella le acarició los cabellos. Yo me fui a dormir, pero estaba tan inquieto que no pude pegar un ojo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Eran las cuatro y veinte de la mañana cuando Sonia entró al dormitorio, corrió las cobijas y se metió en la cama. Buscó la posición de cuando está peleada conmigo, pegándose bien a su borde. Yo no sabía si hacerme el dormido, o qué. Me volví hacia ella, aparentando estar dormido. Rocé su cintura con mi mano derecha. Sonia se dejó tocar. Le besé la espalda delicadamente, el cuello, la nuca. Me levanté por encima de su cabeza buscándole los labios, los ojos llorosos, la humedad de su cara. Entonces se arropó bruscamente, hundiendo el rostro en la almohada para apartarme de sus lágrimas. Me quedé frío, extendido de espaldas sobre el colchón. Encendí el velador. "Apagá", dijo ella. Me senté en la cama y lo apagué. Desde el comedor nos llegaba otra luz. Crucé todo el pasillo hasta la puerta abierta: Carlitos se movía electrizado, con la potencia propia de un loco. Encontrando las piezas en la caja sin mirar; ubicándolas en los lugares exactos de memoria, mágicamente. Quedé deslumbrado. Cuando me acerqué a ver, fue como si entrara otra vez en aquel cuarto. Porque en la foto aparecía yo mismo, con mi cara y mis ropas, sentado sobre la cama y atándome los cordones de los zapatos. El pekinés sobre la almohada, con la mujer apoyándole la cabeza en el lomo. Tendida de espaldas, el pelo negro como el de Sonia y la bata azul fosforescente con el dragón dorado. Le dije a Carlitos: "completá acá, el muslo derecho, las piernas"; se lo decía como una especie de aliento que él entendió, porque se arrodilló sobre la silla para trabajar con más intensidad, al máximo de la velocidad de sus brazos. Parecía hipnotizado por el rompecabezas. Las fichas fueron acercándose unas a otras. La bata le tapaba las piernas hasta las rodillas. Yo recordé la mariposa tatuada en el muslo derecho. Los músculos se me aflojaron como si alguien les inyectara un cansancio inmediato. "Vamos”, le dije a Carlitos, “hay que ir a dormir". Lo levanté por los sobacos, arrancándolo de la mesa.&lt;br /&gt;Cuando volví a la cama, lo hice creyendo que ella se habría dormido, y me acerqué a su cuerpo con precaución. Estaba despierta. Dio vuelta la cabeza -supuse, ilusamente, que para darme un beso- y dijo: "Esa no soy yo, porque jamás usaría un kimono tan ridículo". El énfasis que puso en su afirmación me pareció gracioso, pero no me reí, ni le dije nada.&lt;br /&gt;Al amanecer me sentía malhumorado. Lo primero que hice fue desarmar el rompecabezas. Eché las piezas adentro de la caja con violencia. Tal vez nunca deberían haber salido de allí.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pasamos un sábado tranquilo, apenas desequilibrado por las menciones obsesivas de Carlitos acerca de esa caja. Ni Sonia, ni yo, queríamos hablar del tema. Ella había preferido hacerse la indiferente, y yo no tenía posibilidades -por el momento- de confiarle lo sucedido. Antes era distinto, hubiera sido como abrirle el corazón a mis infidelidades; ahora era casi una obligación. Un acto de cobardía comprometido por el destino de las piezas. Callar parecía ser la mejor de las opciones; aunque ella me mirara con desconfianza. Disimulé lo más que pude, hasta las seis o siete de la tarde, que fue cuando se cruzó de brazos esperando que le contara algo. Subí mis hombros. Sonia dijo: &lt;br /&gt;- ¿Y?&lt;br /&gt;- ¿Y, qué?&lt;br /&gt;- Qué pasó en ese viaje.&lt;br /&gt;Le dije "nada, pavota"; entonces se enojó. Simulaba estar bien dispuesta a escuchar mi declaración, pero no a seguir en ascuas. Quizás el tema principal ya no fuera el engaño, sino la mentira mantenida. Yo no torcí mis argumentos.&lt;br /&gt;- Te digo que nada.&lt;br /&gt;- ¿Y el rompecabezas?&lt;br /&gt;- No sé.&lt;br /&gt;- ¿Adónde está?&lt;br /&gt;- Acá.&lt;br /&gt;Busqué la caja sobre el aparador, y busqué los ojos de Sonia con la mirada. No teníamos ganas de pelear. Carlitos se colgó de mis brazos y me la quitó, desparramando las piezas por el suelo. Nos quedamos pensando, con Sonia. ¿Por qué recomenzar ese juego? Había un vacío entre los dos, era fácil de detectar, y un chico buscaba completarlo desde los mosaicos de la cocina, moviendo cartoncitos como autómata. Ella abrió un poco la boca para decir algo que no dijo, y después se agachó junto a su hijo, que histéricamente insistía en juntar bordes con bordes. Me fui a dar una vuelta, antes de que me absorbiera la tragedia.&lt;br /&gt;Caminé dos cuadras hasta un bar, y entré porque estaba por llover. Mi propio hijo me traicionaba. Quién sabe qué fue lo que gritó el chino de la juguetería. Pedí una ginebra doble. "Si eran de la misma estatura, con Sonia, y el pelo del mismo tipo". Podía ser ella, qué tanto. Salvo por los rasgos y el tamaño de los pechos, distinciones que desde la espalda no se notaban; podían ser la misma mujer. Cuando le pedí a la china que se pusiera contra la pared, erguida, me di cuenta de lo flaca que era. Como no me entendió la agarré y la puse. Unos pezoncitos de muñeca. Después la di vuelta. De espaldas era idéntica a Sonia; ahí le vi el tatuaje sobre el muslo. Ahí le abrí los cantos con las manos y ella torció la cintura. "Ji, ji, ji", la china. Sonia no me dejaba incursionar por esos rincones. Estaba clarísimo: con la china había hecho lo que Sonia me prohibía. ¿Cuántas ginebras había bebido? Salí del bar borracho y excitado. Necesitaba una china masturbándose con el hocico de un pekinés embalsamado. Necesitaba besar esa mariposa y abrazarla en el suelo, en el baño, cuando se lavaba entre las piernas sobre la pileta de loza.&lt;br /&gt;Entré a mi casa como al suicidio. El rompecabezas estaba desarmado sobre el piso de la cocina. Pero desarmado con furia, con la furia de una mujer engañada. Quién sabe qué habría visto, qué nuevo instante de aquella noche habría descubierto. Carlitos empezó a juntar lo que quedaba y le dije "vamos, vamos, andate al comedor o a tu pieza". Se me notaba la borrachera en el aliento y en la voz cascada; yo mismo la noté. Tambaleé en mi lugar. Ella bajó los ojos. Tenía las manos serias, asustadas.&lt;br /&gt;- Me voy -dijo.&lt;br /&gt;Yo había preparado con anticipación un hueco en mis oídos para ocuparlo con esas dos palabras. Un agujero exacto, con las exactas dimensiones de un "me voy" apagado, seco, que estaba esperando escuchar de sus labios ya idos.&lt;br /&gt;- Bueno -le dije.&lt;br /&gt;La ginebra la alejaba más de mí. Ella recogió su valija y terminamos para siempre.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Caminé durante toda la noche; el departamento fue una calle interna, con paredes como las medianeras de una ciudad oprimida y compacta. Vi un cielo sin salida, el cielo de los que están solos, proyectado contra el techo del dormitorio. Había un sobre con la letra de Sonia. Lo toqué y lo apoyé contra mi pecho, sin abrirlo. Carlitos entró corriendo a la pieza. Su exaltación me hizo sentar. Una alegría extraña le pintaba la cara.&lt;br /&gt;- Terminé el rompecabezas -dijo-, pero no lo terminé.&lt;br /&gt;- Qué querés decir.&lt;br /&gt;- Que falta una pieza.&lt;br /&gt;Me levanté y fuimos hasta la mesa. La imagen había cambiado nuevamente. Adentro del cuarto rojo, con la puerta abierta del baño, mi figura ya no aparecía. Tampoco el pekinés de la mesita de luz (ese detalle me sumió en una especie de tristeza). La mujer sí, de espaldas, doblada en dos por su cintura, lavándose con su cara muy próxima al chorro de agua de la pileta. Desnuda. Se le veían las piernas flacas y las caderas. Me dio la impresión de verlo acabado.&lt;br /&gt;- ¿Qué decís que falta?&lt;br /&gt;- Acá -dijo el chico, señalando el muslo derecho de la china. Sin esa mariposa, la mujer seguía siendo cualquiera; así, en la indefinición propia del rompecabezas. La china, una vecina de la china, Sonia, cualquier novia parecida de la juventud. Una mujer morocha, petisa, flaca, de espaldas. Me di cuenta de golpe. Una idea rara, casi un presentimiento, hizo que volara hacia la pieza. Me arrojé sobre la cama con la ansiedad de romper ese sobre con la letra de Sonia dibujando mi nombre. Al tacto, en la enloquecida carrera por rasgarlo, supe de qué se trataba. Lo abrí; solté el contenido sobre la colcha. Una mariposa roja del tamaño de un garbanzo se posó en el vacío que dejaban mis manos; con las alas desplegadas pero muerta, anterior, de cartón pintado.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/14637388-1375985753660801337?l=mandarinasdulces.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/14637388/posts/default/1375985753660801337'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/14637388/posts/default/1375985753660801337'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://mandarinasdulces.blogspot.com/2012/01/tatuaje-de-carton.html' title='TATUAJE DE CARTÓN'/><author><name>Gus Nielsen</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-14637388.post-764299488446740335</id><published>2011-12-24T00:00:00.000-03:00</published><updated>2011-12-24T00:00:03.977-03:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='CUENTOS'/><title type='text'>EL PERRO QUE TUVIMOS</title><content type='html'>Estaba deprimido, tan deprimido que solamente ansiaba acariciar la cabeza de alguien. “Mejor si es una mascota”, pensé, y me acordé de mi perro de cuando era chico. No estoy seguro de que esto haya pasado así, o si es una idea que vino después, algo inventado. El perro apareció justo debajo de la mesa. Lo reconocí de inmediato. Le dije: “Hola, Yerri”. Él movió la cola cuando le toqué la cabeza. Era igual al caniche que había tenido, por eso le puse ese nombre. Yerri Kent se me subió en dos patas para rascarme el pantalón. Por las dudas lo llamé con otros nombres, pero no reaccionó. &lt;br /&gt;Esa noche recordé qué había pasado con el verdadero Yerri Kent. Lo habían agarrado unos gatos salvajes, y lo habían destrozado. Yo tenía siete años cuando pasó. En el sueño, Yerri me seguía hasta la puerta del colegio. Entonces me desperté y el perro estaba a los pies de la cama, mirándome. Con esos ojos. &lt;br /&gt;Yerri era de los perros inteligentes que hacen gracias. El muertito, sit, acostarse como una rana, con las patas de atrás extendidas hacia los costados. No eran grandes habilidades para un caniche, pero él las había aprendido. Le gustaban mucho las manzanas, como premio a sus actuaciones. Yo partía una manzana en octavos, sin semillas ni cáscaras, y se la iba dando a medida que él interpretaba sus personajes. Le acerqué un gajo a mi nuevo perro y no se lo comió.&lt;br /&gt;Salimos juntos a comprar el diario. Compro uno de izquierda, que cada vez viene más delgado, a diferencia de los diarios capitalistas que no hacen más que engordar. El perro saltó todo el camino de vuelta a casa. Me di cuenta qué era lo que podía querer, doblé el ejemplar en cuartos y se lo puse en la boca. Lo llevó hasta mi sillón de leer. Parecía orgulloso con su misión. En el diario quedó un agujero que se repetía en todas las páginas, provocado por su colmillo.&lt;br /&gt;El primer día durmió en la puerta de calle, el segundo en la terraza, el tercero en la pieza conmigo. Se escondió detrás de una cortina. Me acordé de que Yerri dormía detrás de las cortinas. Era un juego que hacía: uno lo llamaba y él se hacía el escondido. El juego ponía en evidencia el hecho de que a lo mejor no existía, ni había existido nunca. Que podía no ser una mascota real, sino nada más que una buena historia.&lt;br /&gt;Probé con otras comidas que me parecieron más amigables. Compré Trocitos de Dogui, latas de preparados del Kennel Club y carne picada de ternera. El perro estaba -era- inapetente. Le conseguí unos huesos saborizados marca Peluche, que lo alegraron. Los sacaba del plato y se los llevaba a la terraza. En un momento lo seguí y lo vi levantar una pata en el aire, pero sin hacer pis. Después se sentó al borde del cantero de malvones. Era evidente que estaba esperando a que me fuera. No iba a hacer caca, ni comerse el hueso, ni ninguna otra cosa. Ni ladrar. Nunca ladró. &lt;br /&gt;La mañana que nombré él me miraba, desde los pies de la cama, con esos ojos. Me desperté tratando de comprender que el perro estaba ahí para salvarme de algo, y los ojos de él, esos ojos, me decían “bravo, te diste cuenta”. Me lo decía su brillo. No me dio miedo. Volví a dormirme y pensé: &lt;br /&gt;- Es mentira lo del perro. &lt;br /&gt;Y después pensé: &lt;br /&gt;- Si estás deprimido, te salva el perro de tu infancia. &lt;br /&gt;Entonces abrí los ojos y no era de día como antes. Estaba oscuro. Encendí la luz. No había perro. Adiviné el bulto detrás de la cortina. Me alegré; fui hasta allí. La descorrí. Estaban todos los huesos apilados, de colores, como para encender una pequeña fogata.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mi hermana Machi suele venir los viernes, a tomar mate y conversar. Me extrañó que no se acordara de Yerri Kent. El caniche pasaba mucho tiempo con nosotros, de niños. Machi no se acuerda de muchas cosas, porque tiene problemas de amnesia. Quiso verlo y le dije que estaba durmiendo en la terraza, al sol. Pero después entré a la cocina a cambiar la yerba y vi a Yerri debajo de la mesada. Los repasadores colgantes le hacían de cortina, y él estaba atrás, entre la cesta de papas y la de cebollas.&lt;br /&gt;- Aquí está, Machi -dije. &lt;br /&gt;Arriba de la mesada había una botella de vino sin destapar, un vaso dado vuelta y el paquete abierto de Cruz de Malta. Busqué una cuchara. &lt;br /&gt;- ¿Adónde? -dijo Machi. &lt;br /&gt;- Acá, vení. &lt;br /&gt;Ella entró a la cocina y yo acomodé la bombilla en el mate. Cebé y se lo pasé. Mi hermana me hizo un gesto de mentón, intrigadísima. &lt;br /&gt;- Ahí abajo -señalé. &lt;br /&gt;Nos agachamos como si fuéramos a contemplar a un bebé en su moisés. Corrí las telas. Mi hermana sorbió el mate hasta que hizo ruido. &lt;br /&gt;- Ahí abajo no hay nada -dijo. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Igual lo sigo teniendo, igual lo quiero. ¿Cómo voy a temerle a mi caniche de la infancia? Me encanta que sea así, que aparezca cuando lo necesito, cuando quiero acariciarle la cabeza porque estoy triste, o porque tengo ganas de volver a jugar. No come, no duerme, no ensucia. Le tiro el palito y me lo trae. &lt;br /&gt;En este tiempo raro aprendimos varias cosas, los dos. Yerri descubrió que ya no necesita fingir, porque sabe que sé. Y yo aprendí que la mascota ideal no es un perro al que queremos, sino el fantasma del perro que tuvimos.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/14637388-764299488446740335?l=mandarinasdulces.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/14637388/posts/default/764299488446740335'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/14637388/posts/default/764299488446740335'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://mandarinasdulces.blogspot.com/2011/12/el-perro-que-tuvimos.html' title='EL PERRO QUE TUVIMOS'/><author><name>Gus Nielsen</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-14637388.post-8010410923594514862</id><published>2011-03-21T20:29:00.000-03:00</published><updated>2011-03-21T20:30:25.265-03:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='TRADUCCIONES'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='CUENTOS'/><title type='text'>Марвин</title><content type='html'>Прежде чем слезть с мотоцикла, человечек снял шлем и повесил его на руль. Мотоцикл был старый, выкрашенный черной синтетической эмалью, с прицепом на велосипедных колесах, из которого виднелись разноцветные картонки. Когда человечек подошел к дверям школы, я увидела его заячью губу. Косая линия разбивала улыбку на две неравные, обособленные кривые, и потому он понравился мне далеко не сразу.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Я пол-утра провозилась с Анитой, добиваясь от нее ответа хоть на один вопрос, а от других учеников - чтобы они оставили ее в покое. Учительствую я сорок два года. К тому времени я не проработала в школе и трех лет, но уже знала, что в деревне нравы жестче. В чистом поле хромому псу не уйти от пули. А Анита, бедняжка, была самой слабой в классе.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ближайшее селение находилось в двадцати километрах. Дети приезжали верхом, в двуколках, кое-кто на машине. Кроме тех, кто приезжал на машине, остальные ходили в школу из-за обеда. Стряпала мать Аниты. Она резала овощи и мясо на крохотные кусочки и во все добавляла грибы. Это были коричневые, ужасно кислые шляпки, и с ними все блюда получались одинаковыми на цвет и вкус. Так фасолевый суп с требухой ничем не отличался от чечевичной похлебки. Мать Аниты, толстая упрямая сеньора, вечно ходила в полотняных сандалиях. О родной дочери она говорила, словно о чужом человеке. “Ничего ей не втолкуешь, хоть кол на голове теши, - поясняла она, награждая дочь ласковыми подзатыльниками. - Если так дальше пойдет, проку от нее в хозяйстве не будет никакого”.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;В тот день дети особенно изводили Аниту. Одного даже пришлось выставить за дверь. Стояла зима. Я выглянула в окно - малыш Гастон дрожал от холода. Тогда-то и появился человечек с мотоциклом. Я видела, как он пожал мальчику руку, как поклонился ему. Затем я повернулась лицом к классу и к матери Аниты, пришедшей с вопросом. Просто невероятно, как могла эта женщина, видя на глазах дочери слезы, беспокоиться лишь о том, добавлять лук в соус или нет. В волосах Аниты висел чей-то плевок. Я заметила это, обнимая ее. Ощутила, как восьмилетний комочек жарко прижимается к моей груди. Она перейдет в следующий класс, ведь на второй год никого не оставляли. Так заведено в сельских школах. Так будет и здесь, в единственном маленьком классе, затерянном в глуши. Даже если приедут инспекторы.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Побольше лука, поменьше грибов, - ответила я. Она вышла.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Человечек дважды постучал по стеклу. Он растирал руки. Я вышла к нему.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Гастон, можешь вернуться в класс. - Мальчик пнул ногой камень.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Да?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Я маг, - сказал человечек.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Он дышал горячим паром себе на руки. Пар клубился из-под шрама, точно столб дыма. Руки были тонкие, без колец и часов.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- И что? - спросила я.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Езжу по школам, - добавил он, - даю ученикам представление...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Прицеп у мотоцикла выглядел даже более странно, чем губа на лице человечка.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Когда?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Сейчас.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Я ответила, что сейчас невозможно, поскольку идет урок. Он явно разочаровался. Посмотрел на детей, притихших на мгновенье.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Хотите, я вернусь на перемене... Или приеду потом.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Он развел руками, приоткрыв рот. Обе половинки его верхней губы змеились.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Когда потом?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Человечек пожал плечами. Он не вернется.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Ладно, - ответила я. - Только подождите, пока они закончат изложение. Входите, а то замерзнете.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Он согласился. Потер онемевшие руки и направился к прицепу. Выгрузил картонки. Теперь он щеголял в цилиндре, выкрашенном краской, явно оставшейся от покраски мотоцикла.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Где можно это собрать? - поинтересовался он.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- На кухне.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Я проводила его до двери. Кухарка стояла спиной. Тем временем дети стащили у Аниты тетрадь.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Закрываем глаза, и тетрадь появляется сама собой, - объявила я.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Это он, это он, - кричала Анита.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Краешком глаза я увидела, как из другого конца класса девочка-первоклашка бросает ей тетрадь.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Тихо! - велела я.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;В дверях стояла мать Аниты. “Что это за господин? Какая неслыханная наглость, чмокнул меня в щеку и стащил яблоко. Я велела ему немедленно убираться, но он заявил, что это вы его прислали”.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Позовите его.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Я открыла тетрадь Аниты на странице с изложением. На нее кто-то наступил. След подошвы, точно клеймо, отпечатался поверх строчек и детского почерка. Девочка только и успела написать “У каровы вкусное мясо”; я исправила ошибку и отыскала чистую страницу.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Меня выгнали, - произнес человечек.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Я предложила ему сесть на свободную скамью. Он опять вышел, вернулся с двумя сборными ящиками и поставил их на пол. На одном - золотистого цвета - красовалась надпись “Марвин”; другой был ярко-красный с драконами. Человечек поставил цилиндр на крышку с драконом, а другие картонки прислонил к стене. Перед тем как сесть, он засучил рукава рубашки и показал пустую ладонь; затем резко тряхнул пальцами в воздухе и в руке оказался цветок. Гвоздичка. Гастон подошел к магу, тот что-то шепнул ему на ухо. Гастон вышел к столу и преподнес мне гвоздику. Марвин весело мне подмигнул. Я пожалела, что согласилась впустить его. Все дети, кроме Аниты, осаждали его просьбами. Мать Аниты, вне себя от ярости, снова возникла в дверях.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Пусть скажет, куда он подевал мои луковицы.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Носок ее правой сандалии загибался над гладким цементным полом. Марвин повел бровями, когда я взглянула на него.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Наверно, они пропали, - ответил он. Дети прыснули со смеху и запустили бумажный самолетик. Мама Аниты с ворчанием ретировалась.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Ладно, - сдалась я. - Ваша взяла. Начинайте представление.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Здо-о-о-рово, - завопили дети, кроме Аниты, которая все так же грызла ногти, шмыгая сопливым носом. Маг вышел вперед под свист и аплодисменты. Потребовал тишины, чтобы установить ящики.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Я села на его место. Единственный паренек из третьего класса, носивший прическу с бриллиантином, свистнул, точно подзывая лошадь. У Марвина было шесть ящиков. Три из них он поставил один на другой, соорудив башню высотой с подростка. Маг открыл три дверцы, и мы увидели, что внутри них пространство соединяется, словно в ларчике на подставке. Марвин надел цилиндр.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Этот опыт я показываю во всех школах, от самого Асуля. Волшебное умножение голов. Вы верите в это?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Да-а-а, - ответили дети.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Я нет, - заявила я.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Вы не верите? - удивился Марвин. - Странно. Учительнице следовало бы верить в умножение голов, - добавил он.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Я не верю, поскольку не знаю, о чем идет речь.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Все очень просто, - пояснил он. - Есть такая теория.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Т-с-с-с, - призвала я детей к тишине.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Гастон взгромоздился на парту и крикнул: “Что у тебя с губой?” Я велела ему сесть. Он меня не послушал.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Теория моя такова, - начал маг. - У каждого из нас не одна голова а, возможно, несколько. У мальчика может быть одна голова, чтобы влюбляться, другая - думать о родителях, третья - играть, четвертая - чтобы есть и спать. В таком случае у него будет четыре головы.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Пять, - сказала девочка, заканчивающая седьмой класс.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Марвин посчитал на пальцах.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Если та, что нужна ему для еды, и та, что для сна, разные, тогда и вправду пять.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Произнося это, он схватился за собственную голову, будто хотел оторвать ее от шеи.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- У меня всего одна, - воскликнула Мария, девчушка с косичками торчком.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Но с двумя антеннками, а это, пожалуй, означает, что у тебя две головы: по одной на каждую косу.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Нет, - обиделась девочка.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Маг улыбнулся ей своими странными губами. Благодаря этому дети ненадолго успокоились. Все, кроме Аниты, которая и так сидела спокойно, опершись правой щекой на мягкую руку.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- У кого из вас больше одной головы?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- У Чоло! - завопили несколько ребят в один голос.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Чоло являл собой мужскую версию Аниты, правда, ему уже исполнилось четырнадцать, он перешел в шестой класс и обладал огромным телом, увенчанным крупной головой с густой растительностью на щеках и подбородке.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Двойная голова! - воскликнул маг, и все, кроме Чоло и Аниты, засмеялись. Даже я.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- У учительницы! - крикнула девочка из седьмого.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Три головы! У барышни три головы! - продолжил Марвин, поднимая руки. Он взял деревянную указку. - Три головы - довольно, но недостаточно. Прошу тишины. Ну-ка... ну-ка... Сдается мне, что в этой школе есть кто-то, у кого на одну голову больше, кто-то с четырьмя головами... Ну-ка... - он стал прогуливаться между партами.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Почему у тебя губа такая?.. - не унимался Гастон.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Какая - такая? - остановился Марвин.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Ну рваная.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Это для двух ртов. Хорошему магу требуется два рта: один - объявлять фокус, другой - молчать о секрете. Потому они у меня и отделены, - он указал на шрам, - так я уверен в их правильной работе. С головами это порой не получается. Иногда у человека бывает несколько голов, но они слабо подсоединены к телу, даже та, что на виду, через которую надевают свитер. Часто так бывает, когда число голов переваливает за три.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Он обогнул последнюю скамью и одарил меня двуротой улыбкой. Выступление красило его. Придавало изъяну его лица нечто особенное. Он медленно направился к доске.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Готово, - произнес маг. - Я ее нашел. Четыре головки... Имя?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Дети недовольно зашумели. Анита подняла глаза - кончик указки выбрал ее. Девочка сонно взглянула на мага. Я чуть не остановила его.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Имя? - спросил он меня.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Анита, - ответила я.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Она встала и, не глядя на меня, вышла вперед. Дети притихли. Я задумалась, сколь пагубным может оказаться для нее такое вмешательство, но Марвин уже поместил малышку в башню из ящиков. Все происходило само собой. Девочке вроде нравилось. Чоло выстрелил бумажным шариком, тот ударился о доску. Маг наклонился и подобрал его.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Анита, нам шлют послание, - сказал Марвин, разворачивая бумажку. - Дважды головастик желает тебе удачи в ходе операции.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Девочка улыбнулась. “Ничего я ей не желаю”, - заорал мальчишка. Я знаками попросила его сесть и придержать язык. Марвин спросил Аниту, хорошо ли она себя чувствует.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Да, - ответила та.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Маг бережно закрыл дверцы двух нижних ящиков. Голова девочки виднелась из последней открытой дверцы.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Точно?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Анита пожала невидимыми плечами, во всяком случае так мне показалось, когда голова ее немного опустилась. “Лишь бы мать не вошла”, - подумала я. И суеверно скрестила пальцы.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;См. далее бумажную версию.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/14637388-8010410923594514862?l=mandarinasdulces.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/14637388/posts/default/8010410923594514862'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/14637388/posts/default/8010410923594514862'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://mandarinasdulces.blogspot.com/2011/03/blog-post.html' title='Марвин'/><author><name>Gus Nielsen</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-14637388.post-6062693771351504470</id><published>2011-02-25T02:34:00.000-03:00</published><updated>2011-02-25T12:30:36.164-03:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='CUENTOS'/><title type='text'>LA VIDA CANTADA</title><content type='html'>- Ay, no dijiste que soy catedrática de Literatura Iberoamericana Comparada y Directora del programa “La Escritura de las Américas” en Boston University. Es una vergüenza que te olvides de eso.&lt;br /&gt;El hombre se llamaba Lucero Aguirre. Era gordito, amanerado, canoso, fóbico. Nadie podría haberle adivinado nunca la edad. Un homosexual pasivo y blando, de esos que tan bien se llevan con las poetas maduras como Elsa Goransky. Podrían haberlo discutido todo, de mujer a mujer. Sin embargo, no estaban allí para discutir nada. El hombre era el conductor del programa radial de poesía “Chancho de fuego” y ella era una de sus invitadas. Lucero siempre llevaba a una artista consagrada y a una joven. Adoraba a las poetas mujeres por adopción, ya que se sentía la madre de todas. Aunque Elsa era un poco mayor para ser su hija. Con ella se sentía “un sostén para su menopausia”. Lucero Aguirre, Lucerito, las iluminaba con su emoción. Y la vida lo había puesto en la radio para que fuera un eterno difusor de la poesía en todos sus cánones y colores. Era, a su propio decir, un poema con patas. Le dijo:&lt;br /&gt;- No sabía.&lt;br /&gt;Ella aclaró que se lo había mandado por e-mail.&lt;br /&gt;- Si no lo hubieras recibido, habría rebotado.&lt;br /&gt;- A lo mejor tu máster me entró como correo basura, Elsita.&lt;br /&gt;Hizo como que lo buscaba entre los papeles de la mesa, infructuosamente. Había, además, tres micrófonos y una pila de libros. El nombre del programa venía del alter ego de Lucero en el horóscopo chino, al que siempre consultaba por todo.&lt;br /&gt;- Bueno –siguió hablando ella-, lo mío no es sólo un máster, sino un MFA.&lt;br /&gt;- ¿Y eso qué es?&lt;br /&gt;- Un Master of Fine Arts. También tengo un Ph D en PA: Doctor of Philosophy.&lt;br /&gt;- ¿Y PA? –preguntó la poetisa.&lt;br /&gt;- Poesía Andina, querida.&lt;br /&gt;Poetisa era el título que le había puesto Lucero: era una poeta joven y petisa. Entonces, quedaba poetisa. Había hecho ese chiste unas veinte veces, en los programas anteriores, siempre en off y siempre a la más jovencita. Y siempre que no fuera muy alta. Esta era la primera vez que la chica se reía.&lt;br /&gt;La chica tenía veinte años y se llamaba Mori Lara. Era flaquita y con una linda sonrisa. Estaba vestida con una campera de jean, que se quitó al llegar, porque le dio calor. Abajo llevaba una remera con la inscripción “Marlboro”. Elsa Goransky declaraba cincuenta y cinco años, medía un metro ochenta y tres y tenía el busto más grande que su curriculum vitae. Ciento veinte, a decir del corpiño reforzado. Estaba tan escotada que se le veían diez centímetros de esternón, con la piel de los costados blanda y llena de pecas. Llevaba puesto un tapado de gamuza color vino tinto que le llegaba hasta los tobillos, con botones nacarados. Por adentro, el tapado era de piel de llama. Se vio cuando lo abrió.&lt;br /&gt;- Me encanta ese saco –le había dicho la chica.&lt;br /&gt;- Es reversible, una cosa fantástica –había contestado la señora.&lt;br /&gt;Después le explicó lo de la piel de llama. En Buenos Aires lo usaba solamente del lado de la gamuza, para no aparentar. “Una no sabe dónde puede saltar la envidia”, dijo. Allá en Boston, en cambio, lo usaba con el pelo para afuera. Aclaró que vivía seis meses en Estados Unidos y seis acá, en la Recoleta. Aunque hacía calor, no se sacó el tapado en todo el programa. Únicamente se desprendió de los aros dorados, y los apoyó sobre la mesa llena de papeles.&lt;br /&gt;- ¿Mori es tu nombre real? –le preguntó.&lt;br /&gt;- No, cómo iba a ser. Me llamo Moria.&lt;br /&gt;- Claro, Moria… es tan chabacano, ¿no? Si yo me hubiera llamado Moria, también me lo habría cambiado.&lt;br /&gt;Elsa Goransky llevaba el pelo largo y ondulado, teñido de negro, pestañas postizas muy curvadas y los labios pintados de color guinda oscuro. Parecían detalles dispuestos para acomplejar a Mori Lara, tan adolescente y retraída. Lucero le preguntó si había traído su curriculum vitae y ella le respondió con un no de cabeza y una sonrisa preocupada. Lucero pensó en explicarle que en la radio había que hablar, o no iba a servir. Pero no dijo nada. Faltaban dos publicidades para que entraran en el aire de nuevo. Podía simplemente leer la solapa del libro de la chica, que se titulaba Las casas de mi barrio.&lt;br /&gt;El primer bloque había sido íntegramente copado por Elsa Goransky, de cabo a rabo. Venía de un congreso sobre el uso de las mayúsculas en la espineta, la silva y el serventesio en la Universidad de Princeton, y cada tres palabras que decía, una era en inglés. Pronunciaba estirando los labios hacia afuera, como si le diera continuos besos al aire. Antes del programa habían ido los tres juntos, en un remís, a la confitería El Molino. Aunque Mori tenía auto, explicó que no iban a caber (porque era un auto chiquitísimo), y lo dejó estacionado a una cuadra de la radio. En El Molino pidió una Pepsi. Elsa y Lucero compartieron un té de jazmín. En el trayecto de vuelta, Goransky había insistido con que quería que le grabaran el programa en un caset.&lt;br /&gt;- En Radio Nacional no grabamos nada –le había contestado Lucero.&lt;br /&gt;Elsa Goransky persistió.&lt;br /&gt;- Exijo que lo graben, Luce, como condición sinequanon a mi visita –terminó-. Después de todo, I came free.&lt;br /&gt;- ¿Y trajiste el caset? –le preguntó él.&lt;br /&gt;- No, qué esperanza.&lt;br /&gt;Mori tenía unos auriculares colgando del cuello. Elsa le dijo:&lt;br /&gt;- ¿Vos tenés?&lt;br /&gt;Mori abrió el walkman y sacó el caset. Se lo dio a Lucero.&lt;br /&gt;- Mirá que te va a desgrabar la música…&lt;br /&gt;- No importa –dijo ella-: la tengo muy escuchada.&lt;br /&gt;Elsa Goransky, entonces, cambió de tema. Lucero tenía dos programas de literatura, ese al que iban, el de los sábados, y “Tabaquería”, que iba los martes y repetía el jueves por la tarde.&lt;br /&gt;- El otro programa para el que me invitaste, Luce… ¿cuándo lo vamos a hacer?&lt;br /&gt;El inconveniente era que ella tenía poco tiempo: la habían llamado de La Nación para hacerle un reportaje aprovechando que estaba en Buenos Aires. Era una nota de largo aliento, explicó.&lt;br /&gt;- Tenemos que planificar muy bien los horarios, porque voy a estar ocupada con tanto reportaje.&lt;br /&gt;- Bueno, no te preocupes, ya te voy a avisar.&lt;br /&gt;- Sí, tenemos que arreglar bien…&lt;br /&gt;Lucero aclaró, con su voz finita de maestra de primero be:&lt;br /&gt;- El otro programa es más fácil, hago las entrevistas por teléfono, y a lo sumo son de cinco minutos. Ya lo vamos a arreglar…&lt;br /&gt;- Pero mirá que este martes no puedo.&lt;br /&gt;- Yo tampoco: el programa de este martes está grabado.&lt;br /&gt;- Bueno, entonces quedemos para el otro martes… ¿A qué hora me pensás llamar?&lt;br /&gt;El remís los dejó en la esquina de Tucumán y Maipú. Caminaron media cuadra y subieron dos pisos por las escaleras. El edificio de la Radio Nacional parecía abandonado. Le faltaban, como mínimo, treinta años de mantenimiento. Había olor a alfombra mojada.&lt;br /&gt;El operador atendió el pedido de Lucero con cara de odio. Él sabía bien que los programas no se grababan. Mirá si a cada gil que fuera lo iban a atender con esa deferencia. Lucero dijo que se trataba de una excepción. Elsa se apuró a interrumpir:&lt;br /&gt;- En Anvers University están haciendo una recopilación de toda mi obra, una especie de gran catálogo de lectura visual y sonora, lo que ellos llaman un template de todo el material que se pueda encontrar acerca de mí. Por eso lo necesito: para el catálogo.&lt;br /&gt;El operador miró a Mori.&lt;br /&gt;- ¿Y ella? –dijo.&lt;br /&gt;- No, ella no quiere nada. Sólo pone el caset.&lt;br /&gt;La chica sonrió; el operador dio el visto bueno con desgano.&lt;br /&gt;Se sentaron alrededor de la mesa. La cortina musical empezó a sonar. Lucero les pidió los libros. Ellas ya se los habían intercambiado, al subir al remís, por lo que cada una le dio el libro de la otra. Lucero se escandalizó.&lt;br /&gt;- ¿No trajeron para la gente que llama? Porque acá nos gusta rifar libros durante el programa…&lt;br /&gt;- Yo traje dos –dijo Mori-: uno para usted, y otro para darle a Elsa…&lt;br /&gt;- La gente viene desde Morón a buscar los libros –siguió diciendo Lucero-, y después, además, llaman súper agradecidos…&lt;br /&gt;- Qué contrariedad… -dijo Elsa Goransky- No avisaste nada, Lucerito… Yo traje uno solo para ella, aunque… -Mirándola:- te lo puedo dar otro día, ¿no? No te importará. -Decidida, por fin: -Sí, Luce: el mío lo podemos rifar.&lt;br /&gt;- Está bien –dijo Mori, subiendo los hombros.&lt;br /&gt;- Lo que dije -aseveró Elsa Goransky.&lt;br /&gt;Lucero insistió, para aumentar los premios.&lt;br /&gt;- ¿Y si vos también me dejás el que le diste a Elsita? ¿Por qué no rifamos ese también y después le das otro el mismo día en que se encuentren para que ella te dé el suyo? En este programa fomentamos las relaciones entre poetas…&lt;br /&gt;Elsa Goransky se apuró para declarar.&lt;br /&gt;- ¡Yo pensaba enviárselo por courier!&lt;br /&gt;Y agregó, advirtiendo que su comentario podía pasar por una grosería:&lt;br /&gt;- El tuyo, querida, me gustaría llevármelo hoy mismo. Muero por leer tus poemas. Antes de irme a dormir, como mínimo, me leeré tres o cuatro.&lt;br /&gt;Y, como Mori no dijo nada, agregó una palabra más:&lt;br /&gt;- Tonight.&lt;br /&gt;- Salimos al aire –dijo Lucero.&lt;br /&gt;La cortina musical era de cuarteto. Lucero habría querido poner música clásica, “Tchaikowsky”, por ejemplo, en “El vuelo del cisne”, que era tan bonito y tan gay, pero un novio descontracturado que había tenido lo había convencido de que pusiera algo movido, por ejemplo una cumbia de “Pibes chorros”. Terminó terciando con Rodrigo: “Por una noche de hotel”. Un asquito. En cualquier momento la cambiaba por “El Mar” de Debussy. Se acercó el micrófono a la boca, como si se lo fuera a tragar.&lt;br /&gt;- Todos sabemos, porque es algo que se descubre intuitivamente, lo que es poesía y lo que es prosa. En nuestro lenguaje familiar ya establecemos la separación entre lo bonito y lo feo, lo armónico y lo estridente, lo poético y lo prosaico. La prosa de la vida la constituyen los actos materiales. Ya lo dice don Ramón de Campoamor, admirado poeta: “Lengua de Dios, la poesía es cosa / Que oye siempre cual música enojosa / Todo hombre superior en lo mediano, / Y en cambio escucha con placer la prosa, / Que es la jerga animal del ser humano”. Chicas: ¿la poesía es la música de las palabras?&lt;br /&gt;Elsa Goransky se cerró un poco el tapado sobre el escote. Qué pregunta idiota. Nunca en sus años de profesora alguien le había dirigido una pregunta tan banal. Mori agarró el micrófono como si se animara y Lucero la incentivó para que respondiera. Mori dijo, en un susurro:&lt;br /&gt;- La poesía es la vida cantada.&lt;br /&gt;- La vida cantada… -repitió Lucerito, como enajenado por la bondad de aquellas palabras.&lt;br /&gt;Elsa Goransky negó con la cabeza.&lt;br /&gt;- Así era en la época de Homero, el vate griego. Así era ocho siglos antes de Jesucristo -agregó-. Los hombres iban a la guerra y le cantaban a la guerra, y todos lo entendían. Ha pasado el tiempo, sin embargo.&lt;br /&gt;- ¿Y? –preguntó Lucero.&lt;br /&gt;- Debería haber cambiado algo, digo. En los años cincuenta aquí todavía estaban las declamadoras, esas mujeres gruesas que llenaban teatros recitando poesías de Alfonsina o Gabriela. Cuando digo Gabriela, digo Mistral –le explicó a la poeta joven, entornando la cabeza hacia ella-. Y declamar era hacer grandes ademanes en el recitado, cosa que ya está perimidísima. Como lo del vuelo poético, también, y el tema de plasmar… ¿no? Esa palabreja. Intuyo que algo debe haber cambiado.&lt;br /&gt;- Sí, que los poetas ya no volamos –dijo Lucero.&lt;br /&gt;Se rió de su propio chiste. Mori no parecía estar tan de acuerdo, pero no dijo nada porque Elsa continuó.&lt;br /&gt;- Como si habláramos hoy de la musa de los poetas; esa es una expresión heredada de la mitología. Las musas eran las hijas de Zeus que cargaban por su vida de diosas con la desgracia de la omnius scientia; –mirándola a Mori:- es decir, el conocimiento de todas las cosas reales y posibles del mundo. O como si habláramos hoy, en pleno año dos mil ocho, de prosa didascálica, –volviendo a mirar a la joven, para explicarle:- la poesía que enseña cosas útiles. Eso se acabó con las Geórgicas de Virgilio.&lt;br /&gt;- ¿Y los poetas de ahora, para qué estamos? –preguntó Lucero.&lt;br /&gt;La inclusión llamó la atención de Elsa, que hizo un silencio antes de contestar.&lt;br /&gt;- ¿Vos también sos poeta, Lucerito?&lt;br /&gt;Lucero resopló.&lt;br /&gt;- Esta explicación es para el público –dijo, severamente-: conocí a Elsa Goransky a mediados de mil novecientos setenta y cuatro, cuando mi interés por la poesía empezaba a afianzarse. Nuestra amistad, cimentada en cuestiones comunes desde el principio, se fue enriqueciendo a lo largo de años en los cuales el tema a tratar era no sólo la pasión por lo poético, sino las circustancias vitales que aquellos días difíciles hacían de mí un escucha atento a su experiencia. En esa época su actitud y sus palabras nunca dejaban traslucir la obviedad de que yo era el aprendiz y ella la maestra. Ha pasado el tiempo, pero de ahí a olvidarte de que escribo, Elsa…&lt;br /&gt;- Te estaba probando –mintió ella-. ¿Es poesía gay?&lt;br /&gt;Mori se rió. Lucero movió los papeles sobre la mesa como si fueran naipes. Se sirvió agua en el vaso. Elsa insistió:&lt;br /&gt;- ¿Es poesía gay, mi amor?&lt;br /&gt;Lucero recitó, pestañeando. “Toda ilusión el corazón embriaga / mientras su dulce realidad nos niega: / es realidad después, y ya no halaga; / el deseo es una ola: se despliega, / resbala, se hincha, se abalanza, llega / reventando en espumas… y se apaga”.&lt;br /&gt;El silencio fue total. Nadie hizo ni el más mínimo ruidito. El operador apenas si osó levantar su mano derecha como modo discreto de preguntarles a ellos, a los tres de la sala, si podía interrumpirlos. ¿Se acordarían de que estaban en el aire? Lucero suspiró cortamente e hizo que sí con la cabeza. La luz se puso verde.&lt;br /&gt;- Te reventó, entonces, mi pregunta –dijo Elsa, sonriendo.&lt;br /&gt;Lucero dejó pasar el comentario y se dirigió a Mori.&lt;br /&gt;- ¿De qué signo sos? –le preguntó.&lt;br /&gt;- De Sagitario –respondió ella.&lt;br /&gt;- Me refería al Horóscopo Chino.&lt;br /&gt;- No sé.&lt;br /&gt;- ¿Sos del ochenta?&lt;br /&gt;- Ochenta y siete.&lt;br /&gt;- Debés ser Dragón de Madera.&lt;br /&gt;- O Serpiente de Barro –agregó Elsa Goransky.&lt;br /&gt;La canción que estaban escuchando era de Serrat. Nadie agregó nada más durante dos estrofas interminables. Era la radio, pero las palabras sobraban. Mori, al fin, cantó: “entre el cielo y el mar / vagabundear”. La luz se puso roja otra vez.&lt;br /&gt;- Bueno, acá hay un llamado de un oyente que nos confiesa que quiere empezar a leer poesía, pero no sabe bien por dónde. Creo que es una pregunta para la profesora…&lt;br /&gt;Elsa Goransky enderezó la espalda. Enumeró rápidamente una lista de autores muertos, en la que no faltaron Zorrilla de San Martín, Rubén Darío, Juan Antonio Pérez Bonalde, Andrés Bello. Poetas cultores del soneto y la silva, amantes de los endecasílabos y alejandrinos. Después de José Martí tosió un poquito, para indicar que había terminado.&lt;br /&gt;- A mí me encanta Andrés Calamaro –dijo Mori.&lt;br /&gt;- Bueno, ese es un músico –retrucó Elsa Goransky.&lt;br /&gt;- Sí, pero también un gran poeta. Como Sabina –terminó Mori.&lt;br /&gt;- O Serrat, a quien acabamos de escuchar en un tema del disco Mediterráneo –agregó Lucero.&lt;br /&gt;Elsa puso cara de “qué pavada” y dijo:&lt;br /&gt;-A Andrés, pobrecito, la rima consonante lo consume más que la cocaína.&lt;br /&gt;Nadie se rió. Lucero, para cambiar de tema, decidió largar el concurso del día. Tenía que leer el fragmento de un poema y la gente debía llamar para dar el nombre del autor. Recitó: “Porque veo al final de mi rudo camino / que yo fui el arquitecto de mi propio destino; / que si extraje las mieles o la hiel de las cosas, / fue porque en ellas puse hiel o mieles sabrosas: / cuando planté rosales coseché siempre rosas”.&lt;br /&gt;- Es bien fácil –dijo Elsa, y miró a Mori para adivinar si sabía la respuesta. Mori sonrió desganadamente, sin dar indicios claros. Lucero había recitado de memoria otra vez. La buena poesía, la que tenía rima interesante y un ritmo propio de carácter prosódico, se le pegaba a la mente como un tatuaje. Después, no se acordaba dónde dejaba las llaves o el celular. Pero un ritmo elegante, sáfico, le resultaba indeleble. Su memoria estaba unida a la música de los versos. Por eso hacía un programa de poesía en la radio. Por eso mismo era poeta en sus ratos libres.&lt;br /&gt;- ¿Lo sabés? –insistió Elsa Goransky.&lt;br /&gt;- Claro –dijo Mori.&lt;br /&gt;Lucero le pidió a Elsa que leyera algo propio, pero ella dijo que, first things first, prefería concentrarse en la fascinante poesía andina de autor anónimo que había sido objeto central de su tesis de doctorado en Boston, y un tobogán directo a su propio quehacer de poeta. Lucero pensó que la palabra tobogán no iba con esa gorda. Y pensó, adicionalmente, con esa gorda chota. ¿Por qué lo habría ninguneado de esa manera? ¿Lo tuyo es poesía gay, querido? ¿Qué sería poesía gay para la gorda? ¿Poesía abundante en penes y culos rotos?&lt;br /&gt;La boca de Elsa Goransky era como un títere obsceno que ella manejaba para darse a entender con el público. La poesía que estaba modulando, el colmo de ampulosa y ridícula. Y llena de palabras raras: paqcha, ucucha, kantuta, chulpa… ¿A quién sino a esa tarada de tetas caídas se le podía ocurrir que leer al aire a un poeta andino durante la medianoche de un sábado podía ser interesante? Nada de lo andino era valioso para Lucero. Sobre todo a partir de la lectura de Elsa Goransky, Ph D in PA. El público opinaría lo mismo, pensó.&lt;br /&gt;La chicha y la huasta del yajo y la huanca. La gorda Goransky levantaba las manos para acentuar esto o aquello que sus labios afirmaban. Estaba muy en contra de la declamación, pero cuando le tocaba recitar, declamar era lo suyo. Como una tía vieja, pensó Lucero. El majestuoso Choca, Uomachoga, Jocha-Jepa. La chiquita Mori la miraba embelesada. Hipnotizada, se dijo Lucero. ¿En qué estaría pensando esa chiquita cuando la profesora, desbordante de gestos, pasaba del airampo a las filudas tajllas que hieren la tierra? ¿En la ropa que dejó para lavar? ¿En las cuentas que deberá pagar el lunes a la mañana? ¿En la mamada que le hizo anoche a su novio y amante, de parado, en una esquina del barrio del Once?&lt;br /&gt;- …y la emancipación del alfarero.&lt;br /&gt;La boca de Elsa se quedó un instante abierta. Lucero pensó que ahí jamás iba a entrar una pija. No la suya, claro. De pensarlo, nomás, le venían arcadas. La pija maloliente de un hetero, la del marido de la gorda, por poner un ejemplo. Esa bocota roja ya servía solamente para comer bombones rellenos de dulce de leche, para dejar brotar versos ininteligiblemente cansadores y –tal vez- para roncar a la hora de la siesta. Nada más. Elsa Goransky dio vuelta la última página del poema.&lt;br /&gt;- Bellísimo –dijo él.&lt;br /&gt;La profesora había leído lo suyo con autoridad. Sus palabras eran catedráticas, contundentes, aunque incaicas. Ahumadas, pensó Lucero, por pensar algo. Pidió ir a un tema musical. La gorda Goransky había impregnado el éter con su oralidad como una perra marca su territorio con su orina.&lt;br /&gt;El tema era el cuarto de Ainda, Madredeus. Al operador le había parecido que era lo más andino que tenían. También había una versión de “El cóndor pasa”, pero tocada por Simon &amp;amp; Garfunkel. A Elsa Goransky podía haberle gustado, de todas maneras. Lucero se sonrió con sorna.&lt;br /&gt;- Ahora te toca a vos –le dijo a Mori.&lt;br /&gt;Ella se enderezó en su silla. Se acomodó el micrófono. Estaba visiblemente nerviosa.&lt;br /&gt;- Arrancá con la luz directamente –agregó Lucero.&lt;br /&gt;Mori levantó la vista. Las pupilas se le pusieron rojas. Entonces empezó a soltar una voz finita y sonsa, tibia, insonora. “En Castelar / las chicas tienen los ojos de celeste (pintados). / Y las que todavía están vírgenes se juntan en la sala de urgencia de la Sociedad de Fomento / a contar cuentos verdes, / los viernes”. Su vocecita no alcanzaba siquiera a dispersar los ecos de la otra, que parecían seguirse repitiendo como una voz de fondo. “Hay una plaza en Castelar, / con una estatua de Sarmiento / y árboles. Quedó al servicio / de los gatos iniciados al celo, / desde que se murió la vieja Lavandina”. La chiquita parecía haberse quedado escuchando los poemas anteriores, en lugar de concentrarse en los propios.&lt;br /&gt;- Más fuerte –le pidió Lucero.&lt;br /&gt;- Con más ganas –opinó la profesora, sin que nadie se lo pidiera.&lt;br /&gt;Mori hizo un esfuerzo. Desde el bachillerato había aprendido a odiar a esas mujeres grandotas, de busto generoso, que la obligaban a estar a un lado. No sentía que la voz penetrante de Elsa Goransky fuera una marcación, pero sí creía que su cuerpo lo era. Un territorio surcado por uñas pintadas con brillos afilados, corpiños armados en punta y peinados carnívoros, caníbales. Mori llevaba una vida de ayuno en comedores siempre ocupados por extrañas.&lt;br /&gt;Leyó sus estrofas sin competir con Elsa Goransky. Lucero pensó que a su lectura le faltaba superioridad. La humildad no iba, definitivamente, con la literatura. Prefería el tono insoportable de Goransky a la nada insípida de la chiquita. “Como diría Gombrowicz”, pensó, “en el mundo poético todo se exagera, y aún los creadores mediocres pueden adquirir dimensiones apocalípticas”.&lt;br /&gt;- Las manzanas de Castelar tienen forma de manzana / cuadrada, con casas / que miran para adentro y miran para afuera; / y entonces una elige.&lt;br /&gt;Cuanto más leía Mori, peor se sentía. Le pasaba exactamente lo contrario de lo que hablaba Gombrowicz: si por casualidad su poesía contenía una pizca de talento, el propio recitado que ella hacía la iba gastando poquito a poco, haciendo que adquiriera dimensiones acabadamente desgraciadas. El locutor del programa le estaba exigiendo fuerza. Una ferocidad que ella no tenía ni cuando se enojaba.&lt;br /&gt;- Porque a lo mejor una prefiere / el agua fresca, / y cada corazón tiene guardada / una vertiente de agua y de ganas.&lt;br /&gt;Odiaba estar ahí sentada entre esa profesora y ese maricón. Odiaba competir con sus poemas contra la gesta andina. Por un momento sintió que todo lo que había hecho en su corta vida era una idiotez ingobernable, y le vinieron ganas de llorar. Gombrowicz había planteado el problema con inteligencia: el universo de la poesía no era más que afectación.&lt;br /&gt;“¿Resisten sus poemas cuando caen en las manos del enemigo? Como cualquier otra forma de expresión, la poesía debería concebirse y producirse de modo que no traiga deshonra a su autor, aunque sus poemas no le gusten a nadie”. Se acordaba literalmente de ese extenso párrafo del polaco cada vez que leía en público, como modo de alivianar su carga de vergüenza.&lt;br /&gt;- Porque en Castelar los sueños, / si resplandecen, / salen de día a saludar a los pibes que patean latas.&lt;br /&gt;Lo que debía hacer era bajarse del chancho. Ahí mismo, en ese mismo momento. Leyó la última estrofa con los ojos llenos de lágrimas. Dijo la palabra “poligriyo”.&lt;br /&gt;Lucero sonrió, esta vez sin sorna. Le había gustado más o menos. Dijo:&lt;br /&gt;- ¿Quién te está escuchando, Mori, en tu casa?&lt;br /&gt;- Mis papás.&lt;br /&gt;- ¿Y tu novio?&lt;br /&gt;- No, no tengo novio.&lt;br /&gt;- ¿No tenías uno la semana pasada?&lt;br /&gt;- Lo dejé.&lt;br /&gt;A Elsa Goransky, esos comentarios mundanos la ponían de mal humor. ¿Para qué malgastar tiempo de la radio en frivolidades? Con la cantidad de lectura que ella había traído para obsequiar… La poesía de la chica le había parecido terrible. Naturalista. La verdad, esa idea de la autora consagrada compartiendo piso con la que está surgiendo era súper idiota, pensó.&lt;br /&gt;“El cantor canta y el oyente escucha, boquiabierto”. ¿De quién era esa cita contra la poesía? Argentina, un país de improvisados. Elsa Goransky supo que esa era la razón por la que se había ido. “Cientos de personas componen versos y cientos se sientan a aplaudir”. Y son los mismos cientos los que componen que los que aplauden. Ahora están de este lado, después del otro. “¡Qué multitud de seres excepcionales!” Así pasaría con esa chiquita.&lt;br /&gt;¿Por qué Lucerito, un amigo, le había jugado la mala pasada de compartir el cartel (y lo que era peor: ¡el tiempo!) con una improvisada? ¿Solamente el hecho de que fuera la costumbre del programa habilitaba, una vez más, el rito equivocado?&lt;br /&gt;- Bueno, a mí también me gustaría leerles algo de mi cosecha –dijo -, aunque por humildad preferí comenzar por la mágica y poderosa poesía de Sayla…&lt;br /&gt;- En el próximo bloque –cortó Lucero-. Porque ahora viene la tanda.&lt;br /&gt;La tanda era una seguidilla de avisos de revistas literarias y editoriales. Las revistas tenían nombres esquivos. El macho cabrío, Los asesinos tímidos, Milanesa con papas, El ornitorrinco. Nombres que para nada aludían a lo literario. Las editoriales tenían nombres que aludían a la dificultad de la tarea de publicar: El andariego, El inconformista, Último reino, Entropía, Estrella distante. Eran cosas inalcanzables. Otras llevaban el nombre de objetos extravagantes: La rosa de cobre, Gárgola, El cuenco de plata, Mansalva, Huesos de Jibia. También había un aviso de limonada sugar free. La voz del locutor era más indicada para nombrar la limonada que esa ristra de títulos imposibles.&lt;br /&gt;Después pasaron una musiquita y Lucero le pidió a Elsa que se preparara. Elsa Goransky esperó la luz roja con aplomo. Carraspeó un segundo antes de que se encendiera, pero no empezó a leer inmediatamente, sino que anticipó su larguísimo poema sobre la muerte del verano con un silencio de redonda y cara de prócer. Actuaba como si en lugar de estar en un estudio de radio, hubiera estado en la televisión. Eso es lo que Lucero pensó. Al leer su poema, Elsa se iba riendo y sonrojando, como si el texto tuviera mucha ironía y ese gesto o aquella cita fuera posible de captar por sus oyentes. Un guiño inteligente con su público. Lucero controló el tiempo en el reloj pulsera que su último ex novio le había traído de un crucero gay por las Bahamas: ¡casi seis minutos!&lt;br /&gt;- Gracias, Elsa. Una obra ambiciosa, sin duda. ¿Un poema cortito, Mori, para cerrar las lecturas?&lt;br /&gt;Ella se rascó la nariz y la frente. Con los ojos cerrados y la voz temblorosa, recitó:&lt;br /&gt;- Acerco una gota de agua / al corazón de la lluvia. / Protegerla es acariciarla. / Sonreímos los dos. / El día que no funcione una sonrisa / florecerán granadas en los ombligos.&lt;br /&gt;A Lucero se le iluminó la expresión. Ese poema era realmente bonito. Sencillo y dulce. En cambio, la cara de Elsa Goransky se volvió del mismo material incólume que el micrófono. Parecía que ambos, cara y micrófono, fueran las únicas cosas salvadas del incendio final de la poesía. Alguien de producción entró con la lista de los ganadores del concurso y le entregó el papel a Lucero, justo en el momento en que él decía “¿bonito, no?”, preguntándole tal vez a Elsa, tal vez a la audiencia. Elsa entonces cambió el microfonismo por un gesto que simbolizaba lo demasiado obvio que le había resultado aquel poema. Pero, además, lo dijo. “Es demasiado obvio”. Al aire. Se le había escapado, por segunda o tercera vez en lo que iba de programa. Las palabras se le trepaban a la meseta de colágeno de su labio inferior, se asomaban al infinito y, simplemente, se dejaban resbalar sobre el rouge para zambullirse en la realidad. Así era ella: sincera y espontánea.&lt;br /&gt;El corte llegó con un tango. Tanto Elsa Goransky como Mori Lara odiaban el tango; en eso estaban juntas. Pero no hablaron de tango, sino de poesía. Elsa estaba ahí porque era grande, profesora, y opinaba con la seguridad del que sabe. ¿Cómo alguien podía creer que eso que Mori había leído era poesía? Algo tan sencillo, tan ordenadito… Dijo ordenadito con petulancia. Y también dijo:&lt;br /&gt;- La poesía no se debería poder entender así nomás.&lt;br /&gt;Lucero y Mori se miraron, callados. Para Elsa, la poesía llevaba implícita el secreto de los cofrades, de los que forman parte de un clan. Nadie que no fuera un iniciado debería querer comprender poesía.&lt;br /&gt;- Sería una impertinencia. Algo desubicado –agregó.&lt;br /&gt;Y después se quedó un instante callada, como ofendida. Hasta que Lucero Aguirre reaccionó.&lt;br /&gt;- ¿Qué querés decir, Elsita?&lt;br /&gt;- Eso que dije. Ni una letra más, ni una menos. Si algo fue oculto o develado en la palabra escrita, sólo el verbo poético tendrá la dignidad, el coraje y la posibilidad de réplica necesarias. Frente a la palabra, nada más que la palabra.&lt;br /&gt;- Bueno, pero prefiero que se entienda –dijo Mori, por toda defensa. E inmediatamente preguntó: - ¿Por qué el programa se llama Chancho de Fuego?&lt;br /&gt;Lucero contestó calibradamente. No le molestaba que se lo preguntaran. Cuando le molestara, si alguna vez ocurría, lo cambiaría por un nombre menos banal. Esto no había sido idea del novio –ex novio- desacartonado, sino de él mismo, en una tarde de amor de primavera.&lt;br /&gt;- Qué desilusión – agregó Elsa Goransky. Pensé que era porque la palabra poética es fuerte como un cerdo en celo, o un jabalí. Hot and wild.&lt;br /&gt;Lo dijo efusivamente, como si estuviera hablando de ella misma.&lt;br /&gt;- Tendrías que tener un tapado de piel de chancho –agregó, dirigiéndose a Lucero- para venir acá completo.&lt;br /&gt;- Tengo uno –dijo él, risueño.&lt;br /&gt;Las invitadas se rieron.&lt;br /&gt;- No sabía que se hicieran tapados con piel de cerdo…-dijo Mori.&lt;br /&gt;- ¡Cómo se van a hacer! –gritó Elsa.&lt;br /&gt;- Se hacen, claro –desmintió él-. Del chancho se aprovecha todo: la carne, el cuero, los huesos…&lt;br /&gt;- ¿Y con los huesos qué se hace?&lt;br /&gt;- Se los muele para fertilizantes. O se tallan piezas de ajedrez.&lt;br /&gt;- ¿Y con los ojos? –preguntó Mori, ingenua.&lt;br /&gt;- Se juega a la bolita –contestó Lucero.&lt;br /&gt;Mori largó una carcajada.&lt;br /&gt;- Juego hermoso el ajedrez. Borgeano –acotó Elsa Goransky, muy seria. Como si solamente pudiera atender a los comentarios intelectuales, sin permitirse ni un solo chiste mundano.&lt;br /&gt;El programa volvió a abrir. Los llamados eran todos para felicitar a Mori por su frescura. Le hicieron preguntas sobre el nombre del libro, donde se podía comprar, etcétera.&lt;br /&gt;- Es de una editorial chiquita que se llama “Sigamos enamoradas”; no se encuentra en todas las librerías…&lt;br /&gt;Marisa, de Barracas, le recriminó a la profesora que hubiera expresado un comentario tan despectivo. Elsa Goransky se puso colorada cuando preguntó cuál.&lt;br /&gt;- Es demasiado obvio… -dijo Marisa, con un tono burlón.&lt;br /&gt;Lucero asintió. Odiaba que sus entrevistados se hicieran críticas al aire. Entre bambalinas, todo bien. En todas las cocinas hay humo. Pero comentar algo al aire le parecía de un franco mal gusto. Ahí coincidía con Marisa: Elsa Goransky había estado como la mona. El rubor de la profesora se debía a que no había querido decirlo “en vivo”. Se le había escapado.&lt;br /&gt;- Parece despectivo –repitió Marisa, antes de despedirse.&lt;br /&gt;Omar, de Balvanera, también se expresó:&lt;br /&gt;- La gorda –dijo, refiriéndose, sin conocerla, a la profesora- es una guaranga.&lt;br /&gt;Lucero miró al operador, que subió los hombros y cortó la comunicación. Elsa se había quedado con una O mayúscula en la boca. El cuartetazo interrumpió el efecto.&lt;br /&gt;- Oh my God… ¿Cómo se atreven…?&lt;br /&gt;Lucero le pidió disculpas en nombre de la emisora.&lt;br /&gt;- Es el problema de la comunicación en vivo –dijo-. A veces pasan estas cosas…&lt;br /&gt;- Qué puta mierrrrda –protestó ella, enojadísima. Clavó sobre la mesa sus uñas largas.&lt;br /&gt;Lucero juntó algunos papeles en una carpeta. No era que estuviera totalmente indignado; en cierto modo le pareció que ella se lo merecía. Pidió que pasaran el reporte del tiempo y las propagandas. Suspiró.&lt;br /&gt;- Perdoname que te lo diga así, Elsita, pero un poco te lo merecés.&lt;br /&gt;- Oh –dijo ella.&lt;br /&gt;Él continuó.&lt;br /&gt;- Reconocé que estuviste mal.&lt;br /&gt;Ella sacudía la cabeza en un no puede ser rotundo y temblequeante. Las mejillas eran dos esponjosos budines de pan servidos en el último asiento de un colectivo 60.&lt;br /&gt;- No te puedo creer que defiendas a ese energúmeno –fue lo único que dijo.&lt;br /&gt;Lucero explicó que no lo estaba defendiendo, que obviamente la quería a ella como si fuera su amiga íntima. “Vos lo sabés, no tenés que histeriquearme nada, Elsi”.&lt;br /&gt;- Pero deberías disculparte por lo que dijiste de la demasiada obviedad.&lt;br /&gt;Elsa Goransky torció todas las arrugas de su cara empolvada. Miró a Mori con desprecio, con lástima, con irritación y, finalmente, con comprensión. En ese orden. Mori dijo:&lt;br /&gt;- Miren que a mí no me preocupa mucho…&lt;br /&gt;Lucero dijo:&lt;br /&gt;- Ay, querida, ir así por la vida… ¡Un poco más de autoestima, por favor! Elsa debe disculparse.&lt;br /&gt;- Bueno, si es necesario… -dijo Elsa.&lt;br /&gt;- Al aire –agregó él.&lt;br /&gt;- No es necesario –afirmó Mori.&lt;br /&gt;La voz de una locutora dijo: “En la ciudad de Buenos Aires, en este momento hacen dos grados y tres décimas, con sensación térmica de un grado y una humedad ambiente de 77%, con viento frío del sur”.&lt;br /&gt;- Hay que abrigarse –agregó.&lt;br /&gt;La luz roja se volvió a encender.&lt;br /&gt;- Sí, habrá que abrigarse un poco más –dijo Lucero, mirándole el escote a Elsa Goransky -; aunque acá estamos calentitos, hablando de poesía, como siempre… Esto es el Chancho de Fuego y hoy tenemos una discusión tal vez ancenstral sobre la poesía: hermetismo versus comprensión… Los oyentes pueden dejar sus comentarios al teléfono…&lt;br /&gt;Elsa Goransky decidió agarrar el toro por las astas. Dijo que no existía una poesía hermética y una que se entendiera. Que eso era una pavada, porque la poesía no estaba para ser entendida, sino para ser puro goce. Cuando dijo puro goce le dio un escalofrío de sensibilidad.&lt;br /&gt;- La poesía es un recorte extraño de la realidad, que no tiene por qué explicarnos nada. Para las explicaciones están los manuales. Ni siquiera la literatura es una serie de palabras concatenadas para explicar una trama, alguna ficción. Nada más lejano a eso. Menos aún la Literatura con mayúscula. ¿Qué nivel de coherencia quieren pedirle? La literatura es como una red de pesca, donde si logramos visualizar alguno de los nudos de cerca, donde si logramos, quizás, tocarlo, sentirlo, desatarlo, es porque ya estamos definitivamente atrapados.&lt;br /&gt;Después se puso un poco más nerviosa.&lt;br /&gt;- Además –dijo-, yo no la estaba criticando a ella… ¡Qué audiencia más quisquillosa! Si acá Moria lo entendió bien…&lt;br /&gt;Mori puso cara seria. No le había importado, tal vez, que esa gorda chota le criticara su poema –estaba en todo su derecho de que no le gustara-, pero odiaba que la llamaran por su nombre verdadero. Para eso se había inventado un seudónimo, para que nadie se dirigiera a ella con su nombre real. El conductor advirtió el enojo de la chica.&lt;br /&gt;- Estamos entre amigos, Morita… Esto lo sabemos nosotros y también nuestros oyentes, que nos siguen enviando respuestas al concurso y mensajes de texto…&lt;br /&gt;- Antes de que sigas, Lucero, quiero decirte una cosa más –cortó la profesora.&lt;br /&gt;- ¿Sí?- preguntó él, con un poco de miedo.&lt;br /&gt;- La propuesta hermetismo versus comprensión me parece una dicotomía falaz –le dijo.&lt;br /&gt;- A mí no –agregó Mori–. Lea algo hermético pero que se comprenda, a ver.&lt;br /&gt;Elsa Goransky se sintió tocada en lo más profundo de su orgullo. ¿Quién era esa mocosa para venir a torearla de ese modo?&lt;br /&gt;- Ay, querida -le dijo-. No seas tan ingenua…&lt;br /&gt;- No es ingenua –interrumpió Lucero, casi de mala manera-. Los oyentes y yo también queremos que leas algo que explique tu postura.&lt;br /&gt;- ¡Debería hacer una tesis! –se rió ella.&lt;br /&gt;- Poesía –insistió Lucero-. Te estamos pidiendo que nos leas algo que ilustre lo que afirmás con tanta sabiduría universitaria.&lt;br /&gt;Ella se lo quedó mirando, ofendida, pero sin reaccionar. “Las miradas no salen por la radio”, pensó Lucero, pero dijo:&lt;br /&gt;- Por favor.&lt;br /&gt;Elsa Goransky estudió los papeles sobre su mesa como si fuera el tablero de un juego innecesario. O cartas de un amante olvidado. O poemas sin explicación, lo que eran. Pensó leer un poema al azar, pero salteándole los versos. Un renglón sí, uno no. Si ellos se burlaban de la poesía verdadera, ella iba a burlarse de todos los oyentes. Pero luego se le ocurrió algo mejor. Abrió su libro, Almanaques de ira. Rápidamente fue hasta la última página. Sonrió antes de leer:&lt;br /&gt;- de la nada soñamos / un tiempo oscuro / éxodo / el viento de la paranoia / inflamado, inflamadas / señales / heridas de muerte / con el corazón en vertical&lt;br /&gt;Los tres se quedaron en silencio, pensando. Ella se sintió una poeta maldita. Como Baudelaire, como Celan.&lt;br /&gt;- Bellísimo –dijo Lucero.&lt;br /&gt;- Interesante, aunque sigo sin entender –dijo Mori.&lt;br /&gt;Elsa Goransky cerró el libro.&lt;br /&gt;- ¿Cómo se titula?&lt;br /&gt;“Índice”, estuvo por decir. Pero dijo: “El amor”.&lt;br /&gt;- Ahí sí –dijo Mori-, ahí se entiende más.&lt;br /&gt;Elsa Goransky se infló de orgullo.&lt;br /&gt;- Mis libros se venden muy bien en la Argentina. Yo me sorprendo siempre, a veces hay alguien que no conozco y me leyó. Entro a una librería, a La boutique del libro de San Isidro, por ejemplo, y los empleados me paran para felicitarme por las ventas. Es impresionante lo que mi poesía gusta en este lugar. Porque yo publico en Estados Unidos o en Francia, pero no hay como publicar acá. Tengo una amiga que vive en París y siempre me pregunta ¿y tú que interés tienes en publicar en la Argentina si publicas en Estados Unidos, que te pagan mejor? A lo que yo contesto: acá me siento en casa. Argentina es mi país.&lt;br /&gt;Lucero empezó a cerrar el programa. Leyó la lista de respuestas, entre las que había siete erróneas, que iban desde Calderón de la Barca a Lope de Vega. Habían ganado dos participantes: Aníbal, de Munro, y Jovita, de Paternal. “Amado Nervo”. Elsa Goransky corrigió:&lt;br /&gt;- Juan Crisóstomo Ruiz de Nervo.&lt;br /&gt;- Chicos, felicitaciones: Jovita se lleva el libro de Mori y Aníbal el de la profesora.&lt;br /&gt;Aníbal, que estaba en línea directa, hizo un pequeño silencio.&lt;br /&gt;- ¿No hay uno de la otra? –dijo, al fin.&lt;br /&gt;- Lamentablemente, no –habló Elsa Goransky, por el locutor.&lt;br /&gt;- Entonces quiero que Mori me fotocopie el poema del ombligo.&lt;br /&gt;Mori dijo estar muy halagada, y le pidió al hombre que dejara su dirección de e-mail para enviárselo por correo electrónico.&lt;br /&gt;- Bueno, también lo puedo colgar en mi blog –agregó. Se disponía a dar la dirección, cuando la interrumpió la profesora.&lt;br /&gt;- Los blogs, ah, qué porquería –dijo- ¿No pensarás dar la dirección al aire, no?&lt;br /&gt;- ¿Por qué no? - Mori subió los hombros.&lt;br /&gt;- ¡Qué descaro! –dijo Elsa Goransky. Por alguna razón no dicha, a ella le parecía un escándalo.&lt;br /&gt;Mori se quedó callada. El conductor le guiñó un ojo.&lt;br /&gt;- Todos los que quieran saber la dirección de blog de Mori Lara pueden comunicarse al teléfono del programa y se la daremos, obviamente.&lt;br /&gt;Había tratado de ser un morigerador. “Nunca antes mejor utilizada esa palabra”, pensó. Elsa Goransky agregó, despectivamente:&lt;br /&gt;- La única literatura digna de ser leída es la que sale en los libros, en papel.&lt;br /&gt;Fue enfática al dar su opinión. Mori sólo abrió la boca para decir:&lt;br /&gt;- www.mandarinasdulces.blogspot.com&lt;br /&gt;Otro oyente, Carlos, de Haedo, envió un mensaje de texto preguntándole a la señora profesora qué había que haber leído para entender sus versos. Lucero acotó que era como preguntar cuántos amores hacían falta para entender el amor… “Es una respuesta imposible”, afirmó. Elsa Goransky lo reafirmó con la cabeza. Mori tenía una respuesta, y la dio.&lt;br /&gt;- Todos –dijo-. Todos los amores, todos los poemas.&lt;br /&gt;Por segunda vez estaban de acuerdo, las dos. En contra del tango, pero a favor del amor… Sonrieron al mismo tiempo. Lucero miró el reloj y supo que felizmente habían arribado al final. La hora real coincidía con la hora del sentimiento, como tenía que ser en un programa de poesía. Aprovechó el instante para despedirse. Les dio la mano, agradeciéndoles muy especialmente por su atenta visita a Chancho de Fuego. Y por la lectura vital de sus poemas. La luz roja se apagó. Lucero dijo, en off:&lt;br /&gt;- Salió genial; estuvieron absolutamente di-vi-nas.&lt;br /&gt;Estaba entusiasmado de verdad. Se secó la frente con un pañuelo que tenía bordada una mariposa. Mori se puso la campera de jean y Elsa Goransky, los aros.&lt;br /&gt;Las dejó en la escalera. Les dio un libro de él, a cada una. El libro se titulaba Manoseándote, y era de sonetos. La editorial se llamaba, también, Chancho de Fuego.&lt;br /&gt;Las dos bajaron la escalera en silencio. En el hall de la radio, el portero de noche cabeceó. Mori le hizo un saludo con la mano levantada; Elsa Goransky ni lo miró. Elsa Goransky estaba preocupada sólo por una cosa: cómo se iba a volver a su departamento de Recoleta.&lt;br /&gt;Salieron a una ciudad oscura y fría. Las calles estaban llenas de bolsas de basura. Algunas, rotas. En la esquina de Lavalle había tres hombres haciendo fuego. Cartoneros. Elsa Goransky alcanzó a distinguir sus carretillas llenas de papeles. “Papeles con muchas poesías”, pensó. No, no poesías. Los hombres tomaban vino de un tetrabrick al que le habían abierto la boca como un vaso. Hablaban a los gritos.&lt;br /&gt;Mori no estaba pensando en nada. Su Fiat 600 rojo, un bolita legítimo pero muy machucado, la esperaba a una cuadra, bajando por Maipú hacia Lavalle. Sacó las llaves de un bolsillo. El Fitito era el único auto visible de los alrededores. Por la calle no pasaba ni un alma, y eso que no era, todavía, ni la una y cuarto. Elsa Goransky lo constató en su reloj. Ni medio taxi. Uno de los cartoneros, el primero que osó mirarla, eructó.&lt;br /&gt;- ¿Estás con auto? –preguntó Mori.&lt;br /&gt;- No.&lt;br /&gt;- ¿Te llevo a alguna parte?&lt;br /&gt;El llavero tenía una gruesa cadena que terminaba en una pelota colorada con un número, que imitaba una bola de pool. Empezaron a acercarse al auto. Se lo veía desvencijado y viejo, pobrecito, con esos costrones oxidados. Aunque aún podía distinguírselo rojo. Pintura original, año setenta y cuatro. El Fitito era más viejo que Mori. La mujer mayor, la profesora, desvió la mirada de la fogata. “La mujer del tapado caro”, pensarían esos hombres. Esos villeros que encendían un fuego sin chancho, y que jamás de los jamases habrían recitado verso alguno. Ni siquiera un verso guarango; ni siquiera para burlarse de la poesía. Cruzó Lavalle junto a Mori y caminó diez o quince pasos antes de detenerse. Mori tuvo que tirar con fuerza de la puerta de su auto, para que abriera. Elsa Goransky dio un paso más.&lt;br /&gt;- ¿Subís? –le preguntó la chica.&lt;br /&gt;Elsa Goransky sintió un vago calor sobre el cuello -con el frío que hacía- y un lejano vaho a vino barato. Aunque no podía ser más que su imaginación, porque aquellos hombres habían quedado atrás, sobre la esquina. Se tocó un aro y sujetó con fuerza su cartera de ante. “No sólo es chiquitísimo, es un cascajo”, pensó. De repente, los hombres habían dejado de gritar. El silencio de los cartoneros no podía deberse a la espera para que ella pudiera responderle a la chica. ¿Estarían siguiéndola, a sus espaldas? No iba a girar el cuello. ¿Cómo subirse a esa catramina estúpida? Con su ropa nueva, con su peinado caro. Estiró el cuerpo cansado sobre el pedestal de sus tacos aguja, se abotonó con fingida humildad el último de sus botones y dijo, con voz templada y lisa:&lt;br /&gt;- No.&lt;br /&gt;Mori subió a su Fitito rojo y se perdió, se perdió en la ciudad.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/14637388-6062693771351504470?l=mandarinasdulces.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/14637388/posts/default/6062693771351504470'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/14637388/posts/default/6062693771351504470'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://mandarinasdulces.blogspot.com/2011/02/la-vida-cantada.html' title='LA VIDA CANTADA'/><author><name>Gus Nielsen</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-14637388.post-2786305455657847166</id><published>2011-01-13T10:51:00.003-03:00</published><updated>2011-01-17T10:33:34.272-03:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='CUENTOS'/><title type='text'>LA FE CIEGA</title><content type='html'>Sofi nació el día en que murió su abuelo. Decidí quedarme al lado de mi hermana y de mi nueva sobrina. Había odiado en vida a mi padre; ahora no iba a cambiar de sentimiento. Nadie entendió bien que Enrique fuera al entierro, si era solamente el yerno, y su primera hija acababa de nacer. Para llegar a Bahía Blanca había que viajar seiscientos kilómetros. Toda una noche arriba de un auto. Sandra, mi hermana, nunca le perdonó que la dejara en un momento así. Y nadie, jamás, se enteró de las verdaderas razones del viaje de Enrique. Él tampoco había querido a su suegro. Cuando le preguntamos, no pudo, o no quiso, contestar.&lt;br /&gt;Desde ese día, hasta la cuarta navidad de Sofi, muchas veces me desperté con el mismo sueño. Al principio los acontecimientos se repitieron casi sin diferencias. El sobresalto era el de las pesadillas, aunque el relato del sueño no suponga ningún tipo de miedo. Aparezco sentado en la cocina de mi infancia, con seis o siete años. Mi madre me sirve la leche en un jarro de cerámica. El jarro es azul con un asa blanca. Estoy vestido para ir al colegio, con pantalones de franela, camisa y corbata. Levanto el jarro por el asa. Mi madre me habla, pide que coma algo. Mi mano pequeña acerca el jarro a los labios. Pero no alcanzo a probar el contenido. El asa se rompe, inexplicablemente. Y la leche se me derrama, íntegra, sobre la ropa limpia del colegio.&lt;br /&gt;Amé a Sofi desde el primer segundo en que la vi, casi por contraposición al odio que le tuve a mi padre. Le enseñé a leer a los cuatro años, porque me lo pidió. Aprendió fácilmente. Sofi es una niña de gran inteligencia; lo dicen sus maestras. Al año y medio preguntó por el abuelo. Lo había encontrado en una foto, abrazándome. Enrique le dijo que estaba en el cielo, al lado de Diosito. Tengo dos años más que Enrique, y mi intención es no involucrarme en la educación de los hijos de los otros. Siempre ha sido así. Sin embargo, cuando Sofi vino a preguntarme, le dije: Dios no existe. Dios es un invento. Ella me miró y abrazó a su Barbie sin ojos. Le agujereaba los ojos ni bien se las compraban. Después, fue a lavarse los dientes sin hablar.&lt;br /&gt;No tuve hijos. Decidí no tener hijos, así como decidí no tener Dios. Soy arquitecto: construyo las casas donde ustedes viven. Si alguna vez tuviera que diseñar una sociedad, lo primero que inventaría es la idea de Dios. Alguien capaz de perdonar, pero sobre todo de castigar. Y castigar violenta, metódica, exactamente. Como hacía el abuelo de mi Sofi, conmigo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La semana anterior a esa navidad me había quedado a dormir una noche en casa de mi hermana. No era la intención; simplemente había ido a comer y, cuando estaba a punto de regresar a mi departamento, Sofi dijo: "Tío, ya te armé el sillón". Hasta me había puesto su almohada a lunares, para que soñara cosas lindas. ¿Qué iría a soñar ella, mientras tanto, en una almohada ajena?&lt;br /&gt;Mi trabajo de arquitecto comienza muy temprano. Al día siguiente tenía que terminar una obra en Caballito. La casa de mi hermana queda lejos del centro, y pretendía dormir. Pero a la una de la mañana se abrió la puerta del estar. Sofía venía en camisón y pantuflas, con un vaso de agua en las manos.&lt;br /&gt;- Me &lt;em&gt;pelié&lt;/em&gt; con papá - dijo.&lt;br /&gt;Separó el cubrecama para meterse.&lt;br /&gt;- ¿Y el vaso de agua? - le pregunté.&lt;br /&gt;- Por si me da sed.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Esa noche tuve el mismo sueño. El jarro se soltaba de su asa como si la rechazara. La mancha era algo espeso y marrón, que se expandía rápidamente sobre mi uniforme escolar. Esto era raro: aunque había tenido que acercar el jarro a mi boca para soplar el humo, la leche sobre la piel era apenas una molestia tibia. Si me hubiera quemado, tal vez me habría importado menos eso de quedar manchado. La mancha era el argumento de la pesadilla. Se presentaba tan indeleble a mi razonamiento de niño, como el sueño a mi cordura de hombre.&lt;br /&gt;Si bien no soy el padre de nadie, al menos soy un padrino. En el bautismo de Sofi, el cura la roció. El agua estaba bendita. En el lugar donde a Sofi le cayó, quedó marcada. Son tres gotas que aún tiene en su frente. Tres manchas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La primera variación del sueño se dio en el asa. Donde cambiaba de color al azul del jarro, aparecían las rajaduras. Había dos: una abajo, otra arriba. Me fijé cuando estaba soplando la leche. El asa, esta vez, había sido pegada. El miedo a mojarme fue anterior al hecho mismo de mojarme, pero no atiné a llevar mi otra mano hasta allí, para ayudar a sostener el jarro lleno. Simplemente advertí que podía soltarse. Como en las veces anteriores, el jarro se despegaba, caía, manchaba.&lt;br /&gt;Sofi me pateó durante toda la noche. Al amanecer se había apropiado definitivamente de su almohada blanca a lunares rojos. Cuando me levanté, su vaso de agua estaba intacto. Fui a hacerme un café. Volví a pasar por delante del sillón, a punto de salir, y la encontré sentada.&lt;br /&gt;- Me hice pis, tío -dijo.&lt;br /&gt;El colchón estaba mojado. El vaso estaba por la mitad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Un día se le cayó el primer diente. Sofi lo exhibió sobre su palma abierta.&lt;br /&gt;- ¿Papá, es verdad que un ratón va a entrar a mi pieza?&lt;br /&gt;- Sí, es un ratoncito muy simpático.&lt;br /&gt;- ¿Y va a venir debajo de mi almohada?&lt;br /&gt;- Sí, para llevarse tu diente.&lt;br /&gt;- No quiero.&lt;br /&gt;- A cambio te va a dejar una moneda.&lt;br /&gt;Sofi pensó un instante.&lt;br /&gt;- ¿Cómo sabés que no es como los que cazaste con la trampera?&lt;br /&gt;- Porque es el ratón Pérez.&lt;br /&gt;- ¿Y cómo me voy a dar cuenta?&lt;br /&gt;- Porque viene vestido con un overol anaranjado. Porque le voy a pedir los documentos. Si no los muestra, no entra.&lt;br /&gt;Sofi no quería un ratón adentro de su pieza.&lt;br /&gt;- Porque es así. Porque todos los chicos creen en eso.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El martes 16 de febrero de 2001, Enrique fue a tirar por primera vez. Había comprado una pistola Garand Beretta calibre 22 y tres cajas de balas. Se había hecho socio del Tiro al Segno de Ciudadela. Según él, ese martes fue el día de su bautismo de fuego. Escribió la fecha con un marcador en la puerta de la heladera. Sandra no lo esperó para almorzar, y se fue a la cama con su botella de whisky marca Teacher’s. Enrique le dijo que iría al polígono cada sábado por la mañana, y que nunca lo esperara para almorzar. Ella no lo escuchó.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Terminé la obra en Caballito. Todo salió bien: me felicitaron, cobré lo que me debían. Dos pintores se quedaron dando los últimos retoques. Estaba tan contento que invité a la familia de mi hermana a cenar en casa. Serví la cena sobre unas mesas bajas, japonesas, que me traje de un viaje de estudio. Puse almohadones para que nos sentáramos en el suelo, música de Satié, platos de porcelana blanca uruguaya.&lt;br /&gt;Enrique encendió las velas y el sahumerio. Sandra destapó la botella de vino. Sofi se sentó con su Barbie sin ojos, e inmediatamente se empezó a reír. No paró en toda la cena. Tal vez le pareciera gracioso eso de estar ahí sentados en el piso, en unas mesitas de juguete.&lt;br /&gt;A lo mejor pensó:&lt;br /&gt;- Qué raro; juegan...&lt;br /&gt;O, peor:&lt;br /&gt;- Qué idiotas; juegan...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Acompañé a Enrique al Tiro al Segno. Me lo había pedido mientras cenábamos en casa. Sabe que no me gustan las armas. Me llamó la atención su forma ostentosa, grandilocuente, de saludar a la gente de allí. Como si quisiera que yo lo notara. Algunos levantaron la mano con la mirada seca, como si no supieran quién era. Teóricamente, había ido todos los sábados de los últimos cuatro años. Pensé: "nadie de aquí te conoce". Tiré un cargador y me fui a pasar la mañana al bar. Probé el whisky por primera vez. Me gustó más que otros alcoholes que había bebido anteriormente. Los cubitos de hielo hacían ruido a navidad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¿Cómo se construye una relación? No lo sé. Los hombres sabemos construir muebles, avenidas, casas. Somos constructores. Sin embargo, desde que cumplí cuarenta años, la palabra construir me parece una palabra femenina. Mi última pareja me lo dijo: "¿vos jamás vas a construir nada que valga la pena, verdad?". Le contesté: "Los arquitectos trabajamos de construir". Nunca más volví a verla. El sueño que construyo es real. Lo siento así. Quedar manchado es una de las peores cosas de mi vida. El uniforme escolar no se podrá limpiar. Tampoco mi piel.&lt;br /&gt;¿Se moja, Sofi? Nadie ve nada. Es de noche. Sofi duerme, Sofi está volcando esa copa, Sofi se está peleando contra sí misma: no quiere ser mayor. Por la mañana la retarán. ¿Lo hace dormida, o ve cuando se tira el agua?&lt;br /&gt;Quiero a Sofi más que a nadie en el mundo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- ¿Va a aparecer un tipo por la chimenea?&lt;br /&gt;- Se llama Papá Noel, viene con regalos.&lt;br /&gt;- ¿Viene por ahí?&lt;br /&gt;- Sí.&lt;br /&gt;- ¿Y va a entrar acá?&lt;br /&gt;- Deja los regalos en el árbol y se va...&lt;br /&gt;- Pero para dejar los regalos tiene que entrar a la casa...&lt;br /&gt;- Sí... un poco. Dos metros, hasta el árbol...&lt;br /&gt;- ¿Y lo vas a dejar entrar?&lt;br /&gt;- Es un señor muy bueno: te va a traer el regalo que pediste…&lt;br /&gt;Sofi lo piensa más.&lt;br /&gt;- ¿Y si se roba algo?&lt;br /&gt;- ¿Cómo se va a robar algo Papá Noel?&lt;br /&gt;- No sé... ¿de donde lo conocemos?&lt;br /&gt;- ¡De otros años!&lt;br /&gt;- ¿Y por eso lo vamos a dejar entrar a casa así como así?&lt;br /&gt;Enrique piensa.&lt;br /&gt;- Si no entra, no vas a tener tu regalo...&lt;br /&gt;- No quiero el regalo, papá – dice, y se larga a llorar-. ¡Si entra, disparale!&lt;br /&gt;- ¿Cómo vamos a lastimar a Papá Noel?&lt;br /&gt;- Lastimarlo, no. Matálo, papá.&lt;br /&gt;Por un instante, Enrique se asusta de haber tenido esa hija.&lt;br /&gt;- Papá Noel somos nosotros, mi amor. No te preocupes. Ningún extraño va a entrar a nuestra casa.&lt;br /&gt;Para demostrárselo, trae los regalos y los reparte. Cada uno abre el suyo. Son las diez y media de la noche. Todos, menos Sofi, nos sentimos decepcionados. Sofi abraza a su padre y dice:&lt;br /&gt;- Gracias, papá.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A Sofi le debe dar asco derramar su orina real. Mearse encima le parecerá un signo de debilidad, una cosa de niñas comunes. El pis es sucio. El agua, en cambio, es para lavarse. Por eso el pis que ella se hace en la cama es un líquido bendito, algo que aún no ha pasado por su cuerpo. Ella mueve la mano, inclina la copa. El jarro se suelta del asa. Se da vuelta. La leche sale como una lengua marrón. ¿Está cortada con café, o es chocolate? Una lengua líquida que surge y toma la dimensión entera de la mancha, como si fuera un pájaro que extiende sus alas en el aire. La mancha se posa sobre los muslos del niño que, perplejo, aún sostiene el asa en su mano derecha. La aprieta como si fuera su herradura de la suerte. El cuerpo del jarro rebota sobre sus muslos y se estrella contra el piso. Sin ruido. Las partes quedan balanceándose solas, mudas. La aureola sobre el pantalón hace creer que el niño se ha meado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tampoco creo en nada, como Sofi. No creo en el matrimonio, ni creo en el amor. Creo solamente en mi trabajo, en los edificios que levanto, en las ventanas que abro, en los muros que derribo. En la construcción que tiene que hacer mi razón, para no creer. Creer es fácil; no creer es complicado. Creer es aceptar, es acostarse en la cama a tomar whisky. No creer es un trabajo constante, ingrato, impago. No creer es estar sobrio cada minuto de la vida.&lt;br /&gt;Miro a Sofía. Tiene la piel lisa y suave. Sin marcas.&lt;br /&gt;Eso que escribí sobre las marcas del bautismo era pura mentira de mal dormido. Puedo mentir ahora cuando escribo acerca de los detalles de esa noche, puedo mentirles a mis lectores. Pude mentirle a mi padre. Pero jamás le mentiría a Sofi.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Enrique cree en Dios como en un GRAN CALOR, lo dijo el otro día. Hizo así con las manos, para que el calor pareciera enorme. Por eso enciende fuegos, hace asados, fuma. Por eso compra petardos para navidad, aunque mi hermana lo rete afirmando que es peligroso. Su visión de lo navideño es el encendido de pirotecnia.&lt;br /&gt;A Sandra le gusta el champán. Su visión de lo navideño es consumir botellas hasta quedar desmayada. El alcohol enciende la fogata.&lt;br /&gt;- ¿Adónde está el abuelo?&lt;br /&gt;- En el cielo –dijo mi hermana.&lt;br /&gt;- ¿Y papá va a tirar un cohete? ¿No lo podemos lastimar? ¿No lo vamos a ahogar con el humo? Mejor prendemos solamente estrellitas...&lt;br /&gt;- Pero dejálo a tu papá, que quiere cohetes – dije.&lt;br /&gt;- Odio esos petardos - interrumpió Sandra.&lt;br /&gt;Enrique pensó antes de hablar.&lt;br /&gt;- Es para ver si el abuelo está.&lt;br /&gt;- ¿Cómo? –preguntó Sofi.&lt;br /&gt;- Con la luz.&lt;br /&gt;Una cañita voladora cayó en el jardín, provocando el incendio de un cantero. Fui a apagarlo con un balde lleno de agua. La operación duró un par de minutos. El agua apagó el fuego.&lt;br /&gt;Para eso son los bautismos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Abrió mi paquete. Era la Barbie nadadora, la que me había pedido que le comprara. Eran las diez y treinta y seis, lo recuerdo porque miré el reloj. Después fue que salí corriendo a llenar el balde para apagar las plantas encendidas. Sofi también salió corriendo. A buscar el punzón para agujerearle los ojos a su muñeca nueva. Era viernes, y yo no debería haber estado allí.&lt;br /&gt;Luego se fueron a hablar entre ellos, a su cama matrimonial. Y después Enrique salió hecho una furia. "¿Adónde va papá?", preguntó Sofi. "Al Tiro al Segno", le dije. Ella fue hasta el cajón de la mesa de luz, para mirar. Eran las doce menos veinte. Se puso el camisón y volvió.&lt;br /&gt;- ¿Todavía seguís peleada con tu papá?&lt;br /&gt;Subió los hombros, como si no supiera. Podía escucharse el llanto de Sandra, manso, llegando desde la habitación.&lt;br /&gt;El consuelo es algo difícil de manejar. Una de las cosas en las que me gustaría tener una fe ciega. Por eso dejé a Sofi en el sillón y fui hasta la habitación de mi hermana; por eso entré. La fe ciega es una redundancia; sobra la ceguera o sobra la fe. Para creer hay que cerrar los ojos. Fue en la noche de navidad del año 2005. Sandra estaba borracha, vestida, tirada en la cama. ¿Qué hacía yo ahí, en medio del huracán de la familia de otro? Simplemente pasaba una fecha difícil, de esas en las que todos hablan de las familias y nadie puede no tener una. De esas en las que necesitamos pastillas para dormir y la pequeña ilusión de que tenemos algo que funciona. Aunque sea la familia de la hermana. Aunque nunca hayamos creído en Papá Noel. Fui hasta la mesa de luz, a cerrar el cajón que Sofi había dejado entreabierto. La pistola estaba ahí, en su caja. Le saqué las balas y regresé al sillón.&lt;br /&gt;Sofi se hacía la dormida, pero me sentí en la obligación de hablar para tapar el llanto de su madre. Era mi forma de apagar ese incendio; de unir el agua al fuego para certificar el cese del credo, para revalorizar el hecho de no haber creído jamás en nada. Dije:&lt;br /&gt;- ¿Mirá si Papá Noel se equivoca y baja de nuevo ahora, que son las doce?&lt;br /&gt;Y dije:&lt;br /&gt;- ¿O mirá si Papá Noel se equivocaba de día y bajaba antes, una noche cualquiera, y te despertaba?&lt;br /&gt;Y dije:&lt;br /&gt;- ¿Mirá si se apiada de nosotros y no vuelve más?&lt;br /&gt;Sofi se asomó desde debajo de la sábana para verificar que su vaso de agua seguía allí.&lt;br /&gt;- ¿Qué es "apiada"?&lt;br /&gt;- Que nos tenga lástima.&lt;br /&gt;Sofi apagó la luz.&lt;br /&gt;- No seas boludo, tío.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Esa noche soñé por última vez con el episodio del jarro. Se rompía el asa, la leche caía, me caía encima. Sin embargo, ni una sola gota llegaba al piso. Los pedazos de jarro cubrían la cocina de mi infancia. Era la primera vez que mi sueño se ocupaba de algo que no fuera la mancha sobre mi pantalón. Levanté uno de esos pedazos. La cerámica estaba seca por adentro. Ni rastros de la leche que tuvo. Como si el jarro jamás hubiera contenido líquido alguno.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/14637388-2786305455657847166?l=mandarinasdulces.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/14637388/posts/default/2786305455657847166'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/14637388/posts/default/2786305455657847166'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://mandarinasdulces.blogspot.com/2011/01/la-fe-ciega.html' title='LA FE CIEGA'/><author><name>Gus Nielsen</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-14637388.post-5540454648712724483</id><published>2010-12-21T17:42:00.003-03:00</published><updated>2010-12-23T20:35:14.833-03:00</updated><title type='text'>LA OTRA PLAYA / CAPÍTULO 1</title><content type='html'>- ¿Quién es?&lt;br /&gt;En la diapositiva aparecía una mujer de unos cuarenta y cinco años; teñida de rubio, con ojos de salir de viaje por primera vez. Miraba hacia la cámara. Una de sus manos se aferraba a una plancha; la otra emparejaba las piernas de un pantalón. El cuarto estaba pintado de verde. &lt;br /&gt;El pantalón era del hombre obeso. Salía muy alto en las fotos (tal vez fuera realmente alto), y le gustaban los cinturones de grandes hebillas doradas como el de la diapositiva anterior. Los espectadores ya sabían que el hombre tenía un Renault Dauphine, una frente que se alargaba en la calvicie y una billetera llena de dólares, de la que la mujer teñida de rubio había obtenido varios primeros planos.&lt;br /&gt;- ¿Cómo se llaman? – preguntó Antonio.&lt;br /&gt;- Cacho y la tía Alicia.&lt;br /&gt;- ¿De verdad?&lt;br /&gt;- Les pusimos así.&lt;br /&gt;La diapositiva siguiente los mostraba juntos y con las cabezas recortadas. El escenario era una playa. Habrían colocado la cámara en automático sobre el techo del Renault. Hacían un esfuerzo por entrar en el cuadro, sonriendo como niños. Se habían quitado las remeras: el hombre tenía un vello tupido en el pecho, que le llegaba hasta los hombros; la mujer tenía unos senos pequeños sostenidos por un corpiño rojo. Una margarita de plástico unía los dos triángulos de tela.&lt;br /&gt;- No hay modo de saber cómo se llaman – agregó Zopi.&lt;br /&gt;Parecían felices adentro de su viaje, al menos más felices que las cuatro personas que miraban pasar las diapositivas y comían galletitas con queso crema. Antonio, Marta, Sara y Zopi. &lt;br /&gt;- No se pierdan ésta – dijo Sara, la esposa de Zopi, una morocha esmirriada con cara de dormida. Señaló hacia la pantalla: - Es nuestra foto favorita.&lt;br /&gt;El Renault Dauphine estaba detenido en medio de un camino en un bosque. Los troncos casi lo rozaban. El camino estaba cubierto de pinocha. La pareja se había bajado del auto; el hombre posaba parado detrás de la puerta abierta del conductor. Apoyaba un codo sobre el techo y otro en el canto de la puerta. Unía sus manos a la altura del pecho, tapando una medalla que recién se vería en la diapositiva siguiente. La medalla colgaba de su cuello por una gruesa cadena dorada.&lt;br /&gt;- Tiene ojotas Adidas– dijo Zopi. &lt;br /&gt;El hombre estaba muy erguido, como exagerando su gran altura. Cruzaba la pierna izquierda sobre la derecha y doblaba una ojota contra la pinocha. Las piernas también eran peludas. Estaba relajado. Más relajado que los cuatro que lo miraban incansablemente, mientras comían las galletitas. Cuando Sara quiso pasar la diapositiva, Zopi le pidió que la dejara más tiempo.&lt;br /&gt;- Ya no se consiguen esas ojotas – agregó.&lt;br /&gt;- ¿Será Cariló? – preguntó Marta, la mujer de Antonio.&lt;br /&gt;- No.&lt;br /&gt;Sara hizo una mueca escueta con su labio inferior, como reafirmando lo poco que sabían. Sonó el timbre. Se levantó a atender.&lt;br /&gt;- Es la pizza – dijo, volviendo del portero eléctrico. Traía un billete doblado en la mano y una moneda para la propina. - Yo bajo.&lt;br /&gt;Cuando entró otra vez al comedor, su marido había pasado la diapositiva. Ahora había un morro verde en un cielo gris; Sara sabía que ésa era la primera de una larga serie de paisajes. Zopi pasó varias rápidamente.&lt;br /&gt;- Es Brasil, ¿ves? - se detuvo en un cartel escrito en portugués. - Curitiba, o algo así. &lt;br /&gt;En casi todas las fotos aparecía alguno de los dos. Ella sonreía más, porque tenía entera la dentadura. Él la encuadraba siempre en el medio, a veces no hacía foco o movía la cámara. Invariablemente, le cortaba la coronilla rubia.&lt;br /&gt;Sara llevó a la mesa servilletas de papel y botellas. Abrió las cajas con las pizzas. Sirvió las porciones sin mirar la pantalla.&lt;br /&gt;- Esta que viene es mi favorita especial - dijo Zopi, para diferenciarla de la favorita de ambos. Espiaba las imágenes en el carrusel del proyector, levantándolas del carrete antes de que fueran proyectadas. - Imperdible - agregó.&lt;br /&gt;El hombre estaba sentado. La panza le salía como una pelota maciza, desde el elástico del slip. Tenía cara de recién levantado, aunque ya se había colgado el medallón. Sobre una mesita ratona había una taza y una medialuna mordida. El sol que se reflejaba en el medallón impedía ver el repujado. Zopi dijo:&lt;br /&gt;- Campeón de natación, Colegio San José de Morón, quinto grado B, turno tarde. "No me la saco nunca más", le prometió a su entrenador. Cacho está en el mundo para cumplir su promesa.&lt;br /&gt;- Si es que está - agregó Antonio, con una sonrisa. &lt;br /&gt;Para Zopi y su mujer, los dueños de casa, esa era la primera vez que Antonio sonreía en lo que iba de la noche. Para Marta, la primera vez en lo que iba del mes.&lt;br /&gt;Zopi hizo los cuernos con las manos. Sara dijo que la pizza era riquísima y se les iba a enfriar. Había fugaza o de jamón y queso. Se sirvió Bidú Cola y le convidó a Marta.&lt;br /&gt;- ¿En esta casa tampoco toman Coca? – preguntó Antonio.&lt;br /&gt;Sara miró a su marido y repitió la mueca del labio. Zopi sonrió, acarició el cuello de su esposa y contestó negativamente, como si no supiera de qué le estaban hablando, o no le importara. Puso el proyector en automático. Eran cientos de fotos.&lt;br /&gt;- Dos valijas llenas - explicó.&lt;br /&gt;Sara había comprado la primera por cinco pesos en una feria de Pompeya. Había ido a buscar una lámpara de tres conos como la que aparecía en la película "Departamento de soltero". Una amiga la había conseguido ahí. La lámpara no estaba. Cuando volvió a casa con las diapositivas, Zopi le echó en cara que había comprado algo inútil y tonto. ¿A quién podían interesarle las fotos de viaje de dos desconocidos? Bastante insoportable era mirar las de uno.&lt;br /&gt;Desde entonces las habían pasado más de diez veces. Había algo perverso en compartir ese viaje con aquella pareja. A la  pasión de Cacho por tener el auto radiante correspondía la obsesión de Alicia por la ropa  extremadamente planchada. Le hacía la raya hasta a los jeans. Habían descubierto que Alicia siempre se metía al agua, estuviera soleado o no. Él jamás lo hacía. Sabían que Alicia se levantaba más temprano que Cacho: había varias fotos de él desperezándose o quitándose las lagañas de los ojos. Ella prefería los colores claros y las telas salpicadas de lunares o flores. Él, las rayas verticales y el negro.&lt;br /&gt;- Porque tiene complejo de gordo - dijo Sara.&lt;br /&gt;Antonio, que era fotógrafo, hizo el comentario de que ella era mejor que él a la hora de apretar el disparador: medía la distancia, se fijaba en la luz, abría correctamente el diafragma, componía el cuadro y probablemen-te hacía una marca en la arena para que él se parara en ese lugar. &lt;br /&gt;- Cacho aprendió para la segunda valija - dijo Sara.&lt;br /&gt;A esa la habían comprado un mes después. La amiga le había avisado que en el Ejército de Salvación había visto una lámpara de pie muy parecida a la de la película. La lámpara tenía cinco pantallas cónicas. "Apurate", le dijo. Ella se cambió y fue. Un cono era amarillo, otro verde, otro rojo, otro azul y el último anaranjado. El vendedor, un tartamudo huraño vestido de overol, desarmó la lámpara para que entrara en un taxi. Los conos verde y anaranjado eran postizos. Sara se arrepintió: los agregados no le gustaban. El vendedor protestó. Dejó el pie de la lámpara sobre una valija igual a la que Sara había comprado la vez anterior.&lt;br /&gt;- ¿Qué tiene? - le preguntó.&lt;br /&gt;- Diapositivas - dijo él, disponiéndose a leer el diario.&lt;br /&gt;Sara sospechó que esa valija iba a costarle más. Discutió el precio. Insistió en que era igual de tamaño a una valija anterior que había comprado en otra feria, y que le había salido cinco pesos. El hombre no tenía ganas de venderle nada.&lt;br /&gt;- Le estoy quitando un clavo. ¿Quién puede querer estas diapositivas?&lt;br /&gt;- Los dueños - contestó el vendedor, subiendo los hombros. - Los parientes de los dueños.&lt;br /&gt;"Yo no soy ninguna de las dos cosas", estuvo por agregar Sara, pero sintió que no valía la pena. ¿Cómo explicarle lo que habían disfrutado inventándoles la vida a esos desconocidos? &lt;br /&gt;Cuando le avisó a Zopi por teléfono, él dejó de trabajar. Estaba ansioso por saber cómo seguía ese viaje. Manejó tan rápido hasta su casa, que casi chocó. Sara ya había servido la mesa. El proyector estaba entre la ensaladera y la botella de vino.&lt;br /&gt;- Cacho aprende a sacar, sí, pero las nuevas fotos no son interesantes –dijo Sara.&lt;br /&gt;- Hay mucho vegetal; son como más… artísticas. Además, repiten los vestidos. Y él ya tiene ganas de volverse –agregó Zopi.&lt;br /&gt;- A lo mejor extraña a sus hijos - dijo Marta.&lt;br /&gt;- ¿Cómo sabés que tiene hijos? –dijo Sara.&lt;br /&gt;- ¿Tienen? - preguntó Antonio.&lt;br /&gt;- Más adelante aparece una mano sosteniendo un abanico de fotos de chicos –Zopi empezó a explicar-. Dos varones y una nena. La mano es la de Cacho; las fotos están ajaditas, como sacadas de la billetera. No se puede saber quién es el más grande de los tres, porque en las fotos todos tienen entre cuatro y cinco años. ¿Cómo te diste cuenta, Marta?&lt;br /&gt;Ella no pudo contestar porque estaba masticando su porción de fainá. Antonio dijo:&lt;br /&gt;- La mayoría de las parejas, a una cierta edad, ya tienen chicos.&lt;br /&gt;Ellos tenían una hija: Victoria, de veinte años. Zopi y Sara tenían una nena de tres años y un chico de seis.&lt;br /&gt;- Volvé a la anterior - pidió Antonio.&lt;br /&gt;Zopi tomó el control remoto del proyector.&lt;br /&gt;- Esa foto está muy bien sacada. Mirá qué nítidez. Y el perrito...&lt;br /&gt;- Le da un toque, ¿no? Un algo… Esta del perro es una serie bastante divertida - dijo Sara.&lt;br /&gt;- Hay una mejor, ¿no? - le preguntó Zopi, mirándola.&lt;br /&gt;- Más adelante.&lt;br /&gt;- Miren la luz sobre la cara… bien - siguió acotando Antonio. - Perfectamente graduada. Además, hasta logró sacar lindo al gordo, ¿no?&lt;br /&gt;- El gordo es lindo - dijo Sara, haciéndose la ofendida.&lt;br /&gt;- Medio grasa, nomás, con esa cucarda en el pecho… - se celó Zopi.&lt;br /&gt;- Vos sos más lindo - dijo ella, por lo que recibió un beso sobre los labios -,  pero él tiene lo suyo.&lt;br /&gt;- Buena espalda - agregó Marta -, buen lomo.&lt;br /&gt;- Carne de exportación - dijo Zopi -. La tía Alicia también está muy cogible.&lt;br /&gt;- Yo no dije cogible, eso lo agregaste vos - se defendió Marta.&lt;br /&gt;- Dijiste que tenía buen lomo - le recordó Zopi.&lt;br /&gt;- Es tan masculino, con todo ese pelo en el pecho, a lo Sandro… - se entrometió Sara, para defender a su amiga -. Si no tuviera a Zopi, yo me lo transaría.&lt;br /&gt;Todos hicieron silencio.&lt;br /&gt;- El gordo debe ser un tigre. Por las sonrisas de la tía, digo.&lt;br /&gt;La mujer mostraba su dentadura. Detrás había una estatua de un niño arrodillado. El perro lamía la cara de la mujer. El hombre no había sabido si sacarle al perro o a la estatua, por lo que las dos situaciones habían salido cortadas.&lt;br /&gt;- Habrá que ver si viven, ¿no? – insistió Antonio.&lt;br /&gt;Marta se sirvió gaseosa.&lt;br /&gt;- Dejalos que vivan &lt;em&gt;ahí&lt;/em&gt;… Mirá lo felices que están.&lt;br /&gt;- Bien cogidos y descansaditos - agregó Sara.&lt;br /&gt;- ¡Y bien comidos! - dijo Zopi, después de pasar la diapositiva. - Mirá a Cacho preparando el asado. Morcillas, vacío, esto… bueno, no se ve bien.&lt;br /&gt;- Debe ser una molleja –dijo Marta.&lt;br /&gt;- O el cerebro del perro. Ves, acá está la pija del perro…-siguió explicando Zopi.&lt;br /&gt;- Es una salchicha - retrucó Sara.&lt;br /&gt;- ¡Ah, cierto! Mirá vos… Pensé que era, nomás, una pija… &lt;br /&gt;Ella lo golpeó cariñosamente.&lt;br /&gt;- Por el color rosado que tomó la película parecen los revelados previos al 78 - dijo Antonio.-  Para el Mundial, Kodak importó al país un nuevo químico que evitaba este envejecimiento prematuro de los colores. ¿Ven que los amarillos y los verdes están casi igualados?&lt;br /&gt;-  Sí.&lt;br /&gt;- Es por eso. ¿Se acuerdan de las películas de principio de la dictadura? Tenían el mismo problema técnico.&lt;br /&gt;Zopi volvió a poner el proyector en automático, y le aumentó la velocidad. Había comenzado la segunda tanda de fotos, las que Sara llamaba artísticas. Las fotos mostraban cardos, piedras, flores, árboles, nubes, pasto, espuma. Era como si se hubieran cansado de sacarse entre ellos y empezaran a buscar alrededor, algo que valiera la pena encuadrar. Las imágenes pasaron rápidamente, hasta llegar a la pantalla en blanco. Sara cambió el carrusel por otro, y guardó el que ya habían visto.&lt;br /&gt;- ¿En alguna parte salía el año, no, amor?&lt;br /&gt;- Sí - contestó Zopi -. En un cartel nuevito, de un plan de viviendas.&lt;br /&gt;- ¿1977?&lt;br /&gt;- 76 –dijo Zopi.&lt;br /&gt;Antonio afirmó con la cabeza y completó:&lt;br /&gt;- Capaz que a la vuelta los limpiaron los milicos.&lt;br /&gt;Zopi dejó sobre su plato el borde mordido de la última porción de pizza.&lt;br /&gt;- Dejame disfrutar… - dijo. Después lo imitó: - Capaz que los limpiaron los milicos. ¿Qué querés, que lloremos?&lt;br /&gt;Antonio puso cara de resignación. Dijo:&lt;br /&gt;- ¿Vos pensás que tipos como éstos, que sacaron cien fotos de unas vacaciones berretas, donarían su recuerdo al Ejército de Salvación? Solamente  muertos.&lt;br /&gt;- ¿Cien, decís?  Trescientas sesenta y siete… -afirmó Sara.&lt;br /&gt;- Más a mi favor. Mirá las caras que tienen, el coche, cómo se visten, esa medalla al valor por haber entrado a la clase media... &lt;br /&gt;- A lo mejor se fueron del país - acotó Marta. - Y no iban a estar cargando valijas con diapositivas. Se las dejaron de regalo a un pariente que las vendió por moneditas.&lt;br /&gt;Zopi y Sara asintieron. Preferían creer en la hipótesis del viaje, o pensar que Cacho y la tía Alicia se habían tenido que mudar a un departamento más chico donde no cabían los cachivaches. O que se habían separado.&lt;br /&gt;- Poniendo mucha mala onda llegamos a creer que en la segunda parte del viaje les habían robado el Renó Dofín - dijo Sara. -  ¿Ven que no sale más, y que él está deprimido?  Miren sus ojos… ¿No hay una foto mejor?&lt;br /&gt;Zopi buscó, pasando rápido, y volvió a la foto anterior.&lt;br /&gt;- Esa fue la máxima desgracia que llegamos a suponer para ellos. Y ni siquiera sirve, porque en la anteúltima diapo aparece de nuevo la trompa del Renó –completó Sara.&lt;br /&gt;Se rascó la cabeza, pensativa.&lt;br /&gt;- Nos gustan mucho así, felices…  ¿no, amor?&lt;br /&gt;Zopi vació su vaso de gaseosa y se volvió a servir.&lt;br /&gt;- Los queremos así - dijo.&lt;br /&gt;Para Antonio, sin embargo, la perspectiva de que Cacho y Alicia ya no existieran, le agregaba a las fotos un extraño valor. Iluminados bajo la luz del proyector, aquellos muertos habían regresado a la vida. Habían &lt;em&gt;aparecido&lt;/em&gt;. Antonio prefería pensarse como un resucitador a ser un &lt;em&gt;voyeur&lt;/em&gt; de un pasado que el propio dueño había desechado por desinterés.   &lt;br /&gt;Zopi se detuvo en una foto en la que Cacho leía el diario.&lt;br /&gt;- ¿Alcanzan a ver la fecha?&lt;br /&gt;- Hacé más foco.&lt;br /&gt;- ¿Así?&lt;br /&gt;- No se ve.&lt;br /&gt;  - Más no se puede. La toma está mal.&lt;br /&gt;- ¿A ver? – dijo Antonio, reaccionando.&lt;br /&gt;Se inclinó sobre el proyector. Giró el cañón milimétricamente hacia la derecha y luego hacia la izquierda. Movió el lente hasta que el periódico quedó medianamente enfocado.  El año del diario no se alcanzaba a leer.&lt;br /&gt;- Seis de enero de… &lt;br /&gt;- Y no hay más datos –señaló Zopi.&lt;br /&gt;Antonio soltó el cañón del proyector. La pantalla desdibujó los límites del hombre sentado. Zopi no pasó la diapositiva hasta que el foco volvió.&lt;br /&gt;- Deseo sinceramente que Cacho y la tía estén más viejos que antes - mintió Antonio, haciéndole un gesto a Marta. Se puso de pie. &lt;br /&gt;- Ojalá - remarcó Zopi.&lt;br /&gt;- ¿No se toman un café? Postre no hay, pero café… - invitó Sara.&lt;br /&gt;- La falta de café en esta casa es causal de divorcio - agregó Zopi.&lt;br /&gt;- Mañana tengo que levantarme temprano - dijo Antonio -, y estoy durmiendo poco…&lt;br /&gt;- Si revela dos noches seguidas, anda toda la semana grogui –agregó Marta-. ¿Y cuánto hace que venís dale que dale todas las noches?&lt;br /&gt;- Diez días.&lt;br /&gt;- ¿Y cuándo…? - Zopi le hizo un gesto a Marta como diciéndole "¿cuándo cogen?". &lt;br /&gt;Sara lo golpeó en la espalda para que no fuera guarango. Marta se sonrojó.&lt;br /&gt;- En el cuarto oscuro - dijo.&lt;br /&gt;Abrazó y besó a su marido en la mejilla. Cualquiera que hubiera visto sus ojos podía afirmar que estaba orgullosa de Antonio. Pero él no se dio por aludido. Sara miró a Zopi y le dijo:&lt;br /&gt;- A ver si me cambiás las lamparitas del cuarto por unas rojas, ¿eh?&lt;br /&gt;- Sí, amor - contestó él.&lt;br /&gt;Marta y Antonio salieron. En la calle hacía frío. Se subieron al auto. Casi no hablaron en todo el trayecto hasta la casa, que quedaba bastante alejada del centro. En un semáforo, Marta intentó acariciarle la mano. Él contempló la caricia con indiferencia; después buscó soltarse para poder hacer el cambio y arrancar.&lt;br /&gt;Llegaron a las dos de la mañana. Victoria aún no había regresado de bailar. En la pared del living estaban colgadas las fotos de Victoria que Marta había enmarcado. No eran buenas, pero a ella le gustaban. Su hija en bicicleta, corriendo, saltando a la soga. Victoria, según Antonio, era difícil de fotografiar, a pesar de lo bonita que era. Bastaba apuntarle con el objetivo para que la belleza se le desdibujara. &lt;br /&gt;Marta dio vuelta la cabeza buscando los ojos de Antonio. Él soltó el picaporte y desvió su mirada hacia un rincón del cuarto en el que había un paragüero y un oso panda de peluche. Ella caminó los pocos pasos que la separaban del cuerpo de su marido y se apoyó sobre su costado. Lo abrazó. Allí estaba Marta para amarlo, sostenerlo y cuidarlo. ¿No le alcanzaba a él, la infinita promesa de ese abrazo? Antonio se liberó suavemente para inclinarse a apagar la luz del velador.&lt;br /&gt;Marta fue hasta la cocina y colocó una pava sobre la hornalla. Echó un puñado de granos de café en la moledora. &lt;br /&gt;- Cerrá la puerta - dijo él. &lt;br /&gt;- ¿Por qué?&lt;br /&gt;- Por el ruido.&lt;br /&gt;- ¿Y a quién jodemos?&lt;br /&gt;- A los vecinos. &lt;br /&gt;Ella no le hizo caso y enchufó la moledora. Antonio se levantó y cerró la puerta que separaba el living de las habitaciones. Luego cerró la de la cocina. Ni el ruido de la moledora ni el pitido de la cafetera eran ruidos conocidos por él. Le parecían ruidos recientes, acabados de inventar.&lt;br /&gt;- ¿Hace cuánto que tenemos esa moledora?&lt;br /&gt;- Fue un regalo de casamiento - dijo ella.&lt;br /&gt;- ¿Y esa pava que chifla?&lt;br /&gt;- La compré el otro día en el supermercado.&lt;br /&gt;La taza de café tenía espuma hasta el borde. A Antonio no le gustaba que el café tuviera espuma. &lt;br /&gt;- Está sin azúcar - dijo.&lt;br /&gt;- Acá tenés - dijo ella, pasándole la azucarera y una cuchara.&lt;br /&gt;Él se sirvió un terrón, revolvió, probó y acabó dando un largo trago. Asintió con la cabeza. Ella cruzó las manos sobre su delantal.&lt;br /&gt;- ¿No querés que hablemos?&lt;br /&gt;- No - dijo él.&lt;br /&gt;Ella bajó la mirada. Le dio la espalda, para que él no notara que le temblaban los labios.&lt;br /&gt;- Te quiero mucho; la quiero a Vicki –dijo Antonio-. Puedo sentir &lt;em&gt;eso&lt;/em&gt; - remarcó la palabra para que no hubiera dudas. - Pero algo me está pasando. No sé… Eso de que sobro… &lt;br /&gt;- Qué pavada, amor –dijo ella, y se sentó.&lt;br /&gt;-  Es así. Es la impresión que tengo… &lt;br /&gt;- Cómo vas a sobrar en tu propia casa. Ey, mirame cuando te hablo.&lt;br /&gt;Antonio levantó la mirada. &lt;br /&gt;- Soy Marta, tu esposa…&lt;br /&gt;Él asintió en silencio. Los ojos de ella estaban brillantes. Se había incorporado del asiento, e inclinaba el cuerpo hacia la cara de Antonio.&lt;br /&gt;- Ya sé –dijo él.&lt;br /&gt;- Te necesito al lado mío. ¡Cómo vas a sobrar en tu hogar! Qué ideas son ésas…&lt;br /&gt;Antonio desviaba la mirada y ella se la buscaba con los ojos.&lt;br /&gt;- ¿Mañana vas a ir al sicólogo? &lt;br /&gt;- Sí.&lt;br /&gt;- Mirá que tenés que ir, ¿eh?&lt;br /&gt;- Claro.&lt;br /&gt;Esperó a que él agregara algo. Le preguntó:&lt;br /&gt;- ¿Y pensás sacar fotos, también?&lt;br /&gt;- Voy a llevar la cámara.&lt;br /&gt;Antonio la miró. Los ojos de ella no le creían.&lt;br /&gt;- Por las dudas… - dijo él.&lt;br /&gt;Marta tomó su café. Una llave dio vuelta en la cerradura. Antonio alargó un brazo y entornó la puerta de la cocina. Una chica morocha muy parecida a Marta intentó colarse sigilosamente por el pasillo que iba a las habitaciones.&lt;br /&gt;- ¡Eh! - gritó su madre.&lt;br /&gt;- Ah - dijo ella, asomándose. - Estaban despiertos… ¿Pasa algo?&lt;br /&gt;- No - dijo Antonio.&lt;br /&gt;Ella sonrió con la sonrisa que nunca hacía frente a la cámara, para después empezar a contarle a su madre, a gritos:&lt;br /&gt;- ¿A que no sabés con quién sale Amanda?&lt;br /&gt;Amanda era su amiga íntima.&lt;br /&gt;- Fernando - dijo Marta.&lt;br /&gt;- No.&lt;br /&gt;- Javier.&lt;br /&gt;- Frío.&lt;br /&gt;- Marce.&lt;br /&gt;- Heladísimo.&lt;br /&gt;- No sé.&lt;br /&gt;- ¡El hermano de Fernando!&lt;br /&gt;- ¿No es muy grande?&lt;br /&gt;- Tiene treinta y dos. Amanda tiene casi diecinueve. En agosto cumple los veinte. Adiviná qué le llevó de regalo la primera vez que la invitó a salir.&lt;br /&gt;- Me parece un chico muy grande… - Marta miró a Antonio, esperando que dijera algo. Antonio permaneció callado.&lt;br /&gt;- ¡Adiviná! –dijo Victoria.&lt;br /&gt;- No me gusta que salgan con chicos tan grandes. Ni a papá - insistió Marta.&lt;br /&gt;- ¡Un ramo de rosas enorme! ¿No es enternecedor?&lt;br /&gt;Marta volvió a mirar a Antonio. Él dijo:&lt;br /&gt;- Sí, &lt;em&gt;estremecedor&lt;/em&gt;.&lt;br /&gt;Victoria le dio a Antonio un entusiasta beso en la mejilla, como si no hubiera advertido el juego de palabras, y salió corriendo de la cocina. Su madre se asomó al pasillo.&lt;br /&gt;- ¿Y quién te trajo? - preguntó.&lt;br /&gt;- Fer.&lt;br /&gt;- ¿En coche?&lt;br /&gt;- Claro, en qué va a ser.&lt;br /&gt;- ¿Ese muchacho ya tiene registro?&lt;br /&gt;- Hace rato, mamá.&lt;br /&gt;Marta regresó a su asiento. Antonio dijo, simplemente:&lt;br /&gt;- Podríamos decirle que lo entre, alguna vez.&lt;br /&gt;- ¿A Fer?&lt;br /&gt;- A ese que nombra.&lt;br /&gt;Marta tiró el resto de su café en la pileta sin ponerse de pie.&lt;br /&gt;- ¿Y quién se lo tiene que decir? ¿Yo? &lt;br /&gt;- Sos la madre, después de todo.&lt;br /&gt;- ¿Que entre a su &lt;em&gt;amigo&lt;/em&gt; a casa, decís?&lt;br /&gt;- Para que nos conozca, al menos. Para ver cómo es.&lt;br /&gt;Marta resopló, angustiada.&lt;br /&gt;- Lo único que sirve es que vayas al sicólogo - dijo, cambiando repentinamente de tema.&lt;br /&gt;- No me parece mala idea saber con quién anda Vicki.&lt;br /&gt;- No te parecerá mala idea que yo me entere de con quién anda… Y yo ya lo sé. Vas a faltar como la última vez, ¿no?&lt;br /&gt;- La otra vez no falté. El sicólogo se había ido.&lt;br /&gt;- Porque llegaste tarde.&lt;br /&gt;- No.&lt;br /&gt;- Me lo dijo la secretaria del doctor.&lt;br /&gt;Marta cruzó los brazos sobre la mesa y recostó su cara. &lt;br /&gt;- Esta vez voy a llegar a tiempo –dijo Antonio.&lt;br /&gt;Marta escondió la cara entre sus manos, como refugiándose en la oscuridad.&lt;br /&gt;- ¿Te querés ir, no? &lt;br /&gt;- ¿De casa?&lt;br /&gt;- Sí.&lt;br /&gt;- No - contestó Antonio, con firmeza.&lt;br /&gt;- Pero te vas a querer ir…&lt;br /&gt;Él se levantó para volcar lo que quedaba de su café frío en la pileta.&lt;br /&gt;- ¿Hay otra? – preguntó Marta.&lt;br /&gt;- No.&lt;br /&gt;- Mentiroso.&lt;br /&gt;- Te digo la verdad. &lt;br /&gt;- Jurámelo.&lt;br /&gt;- Ya te lo juré ayer.&lt;br /&gt;- Jurámelo de nuevo.&lt;br /&gt;- Te lo juro.&lt;br /&gt;La mirada de Antonio estaba seca. Victoria apareció descalza y en bata. &lt;br /&gt;- ¿Y el champú de caléndula?&lt;br /&gt;- ¿Te vas a bañar ahora? - protestó Antonio. - Son más de las tres.&lt;br /&gt;Victoria miró la nuca de su madre. Después lo miró a él, y se arrepintió de haber vuelto a la cocina. &lt;br /&gt;- Tengo olor a cigarrillo en el pelo.&lt;br /&gt;- Fijate en nuestro baño, a ver si queda –dijo Marta.   &lt;br /&gt;Victoria  salió. &lt;br /&gt;Antonio llevó su mano hasta la cabeza de su esposa para acariciarla. Le dijo, en un susurro, que no se preocupara, que todo iba a pasar. Marta no levantó la cabeza, ni siquiera cuando le preguntó "¿me querés?", después de un instante de silencio.&lt;br /&gt;Él no supo qué contestar.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/14637388-5540454648712724483?l=mandarinasdulces.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/14637388/posts/default/5540454648712724483'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/14637388/posts/default/5540454648712724483'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://mandarinasdulces.blogspot.com/2010/12/la-otra-playa-capitulo-1.html' title='LA OTRA PLAYA / CAPÍTULO 1'/><author><name>Gus Nielsen</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-14637388.post-8775889215213185245</id><published>2010-10-25T07:54:00.000-03:00</published><updated>2010-10-25T07:56:39.820-03:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='TRADUCCIONES'/><title type='text'>FOTOS</title><content type='html'>Ich mag keine Züge. Für mich sind sie wie lang gezogene Gefängnisse, die auf Gleisen verschiedene Bahnhöfe zu einer Postkartenlandschaft verbinden. Ich hasse Bahnsteige und Haltestellen. Wir aus den Außenbezirken vergeuden unsere Lebenszeit damit, ins Zentrum zu fahren. Ich habe in verschiedenen Vierteln im Westen gelebt. In Vororten kann es ruhiger zugehen: Die Häuser sind niedrig; das chaotische Durcheinander aus Lärm und Licht wie in der Stadtmitte gibt es dort nicht. Für Kinder und alte Menschen ist das besser. Nicht aber für Leute, die arbeiten müssen, weil sie dadurch ständig gezwungen sind, in dieser Strafanstalt auf Rädern zu fahren. Wer schon einmal im Gefängnis war, weiß, wovon ich rede. Die Stunden vergehen langsam und schleppend. Schwerfällig und unaufhaltsam fließen die Tage wie zäher Honig dahin.&lt;br /&gt;Und dann fahren wir auch noch dicht aneinander gedrängt. Zu Stoßzeiten kehren die Arbeiter wie Sardinen in der Dose nach Hause zurück; genau wie ich. Die Leute klopfen auf Holz, dass kein Unfall passiert; aber nicht etwa, weil es so voll ist. Nein. Es geht um Unfälle der anderen Art, die draußen geschehen. Wenn ein Zug einen Menschen überfährt, kommt es zu  »Verzögerungen im Betriebsablauf«. Jeder weiß, was das bedeutet. Über die Lautsprecher sagen sie es durch. Wenn wir, die Fahrgäste, die metallische Stimme hören, können wir sicher sein, dass alles, was wir tun wollten, einige Stunden aufgeschoben werden muss. Ein Selbstmörder oder ein Greis, der den Hals am Bahnübergang nicht mehr nach links und rechts zu drehen vermag, greift für einen gewissen – manchmal sehr langen – Zeitraum in unser Leben ein.&lt;br /&gt;Einmal waren wir dreieinhalb Stunden zwischen zwei Bahnhöfen eingesperrt. Es war zum Verzweifeln; die Leute kletterten aus dem Fenster. Fast alle sprangen hinaus. Ich konnte es nicht, mir fehlte der Mut. Ich sage es noch einmal: Der Zug ist ein Gefängnis mit klaren Regeln und Grenzen. Aus einem Gefängnis zu flüchten ist völlig sinnlos, weil man früher oder später dorthin zurückkehrt. Der ein oder andere war sicher schon in einer vergleichbaren Situation und wird mich verstehen. Wer schon einmal eingesessen hat, den plagen Ängste, die ihn auch dann nicht loslassen, wenn er herauskommt. Ich habe ein Jahr aus Gründen verloren, an die ich mich nicht einmal mehr erinnere. Mein Leben wurde um ein Jahr verschoben, als wäre ich die ganze Zeit unterwegs gewesen. Ich weiß nicht, ob man das nachvollziehen kann. Die Zeit im Gefängnis ist wie die, die man in Zügen verliert; die unzähligen verschwundenen Stunden, die von der eigentlichen Zeit zu Hause abgehen. Man raubt uns die Stunden. Diese Idee stammt von mir (ich bin ein kleiner Philosoph). Das denke ich jedes Mal, wenn ein Zug Verspätung hat.&lt;br /&gt;Heute kam ich zu spät zum Bahnhof und musste sofort wieder daran denken. Ich sage deswegen, dass ich zu spät kam, weil ich gleich beim Einsteigen in einen der Wagen bemerkte, dass die Gespräche gerade abflauten. Wenn sich die Menschen auf Wartezeit einstellen, wenn sie zulassen, auf eine solch dreiste Art ihrer Freude, nach Hause zu fahren, beraubt  zu werden, wollen sie allmählich die Stimme erheben. Mehr als protestieren können sie nicht, also schimpfen sie. Alle tun das. Ich weiß, wie die Menschen sind, denn während der Zugfahrten habe ich sie oft beobachtet. Sie reden nicht, um miteinander in Beziehung zu treten, sondern tauschen gerade einmal Unannehmlichkeiten aus. Die unangenehme Situation entsteht, weil ein stehender Zug letzten Endes wie der Schmerzensschrei des stummen Straßenverkäufers ist. Und die Leute sind bestürzt darüber, ihre von Bau und Büro erschöpften Körper einer Zugfahrt auszusetzen, die nicht stattfindet, die sich wegen äußerer Umstände verzögert und auf die sie (jetzt merken sie es) keinen Einfluss haben. Auch wenn sie einen Fahrschein gekauft haben oder ein Monatsabonnement besitzen. Dann beginnt die öffentliche Aufruhr, das laute Geschrei, die Kritik an der Dienstleistung, das einhellige Geschimpfe.&lt;br /&gt;Ich rege mich nicht auf. Ich habe schon so viel Zeit mit Warten verbracht, dass ich mich daran gewöhnt habe. Ich will mich noch nicht einmal hinsetzen; ich warte im Stehen, gleich einem Laternenpfahl. Selbst wenn sie mir wegen guten Betragens während der Zugfahrten einen Sitzplatz schenkten, bliebe ich stehen. Es sollte gar keine Sitzplätze geben; die Sitze sind nur ein Grund mehr, dass sich die Fahrgäste einander entfremden, weil die einen bequem sitzen und die anderen zusammengepfercht stehen müssen. Ich bin gegen Bequemlichkeiten, die mit Ellenbogen erkämpft werden. Die Leute bringen einander für einen Sitzplatz fast um. Dieses Verhalten ist absurd; danach beschweren sie sich: »Schrecklich, diese elende Fahrerei.« Deshalb halte ich lieber den Mund. Gleichgültig und stoisch, wie es so meine Art ist, nehme ich jede Störung, jede Verspätung, jede erreichte Haltestelle als eine dem Wahnsinn entsprungene Täuschung hin. Ich betrachte die Leute um mich herum, anstatt ihnen unter die Nase zu reiben, dass ich die Situation auch nicht ändern kann.&lt;br /&gt;Ich gebe zu: Ich bin nicht gerade der kontaktfreudige Typ. Das stimmt schon. Zu viele Schläge lassen einen verstummen. Ich weiß aber auch, dass es im Grunde genommen sowieso keine Kommunikation gibt. Selbst dann nicht, wenn sie in der katastrophalen Situation eines stehengebliebenen Zuges, die das Leben aller unterbricht, aufkeimt. Es gibt keinen Austausch, weil niemand dem anderen zuhört; jeder gibt zum Besten, was er vom Betriebsablauf hält, nickt und schnaubt wütend. Und das angebliche Gespräch ist nichts weiter als ein Schwall aus Verfluchungen und Lügen, der während der ganzen Fahrt die Atmosphäre im Zug vergiftet. Der armselige Typ zu meiner Linken zum Beispiel nickt und beißt sich auf die Unterlippe, als ich ihn anschaue. Er erwartet, dass ich ihm zustimme, ihm zulächle, um mein Einverständnis auszudrücken. Ich rühre mich nicht, weil ich nicht weiß, welches Zeichen ich ihm geben könnte. Sein Gesicht ist von Pocken zerfressen, die Nase breit und platt. Warum sollte ich mit diesem Typen reden? Warum seine Meinung über etwas so Alltägliches wie einen Zug anhören? Aus welchem Grund sollte ich mich vom Ärger dieser ganzen unbekannten Leute anstecken lassen?&lt;br /&gt;Das Abfahrtssignal ertönt und alle sprechen noch ein wenig lauter. Eine der Frauen mit einem Sitzplatz ruft: »Na endlich!«, und der armselige Typ nickt zustimmend. Er steht neben ihrem Sitz und hält sich an einer Halteschlaufe fest. Die Fahrgäste hinter ihm drücken seine Beine gegen die Armlehne und sogar gegen den Arm der Frau. Auf dieser Bank sitzen zwei Frauen und ihnen gegenüber ein Mann und eine Frau. Der Mann ist spindeldürr, er setzt sich auf dem grünen Polster zurecht und schließt die Augen. Die drei Frauen sehen sich lächelnd an. Irgendein unsichtbares Band vereint sie, eine Art weibliche Übereinkunft. Die Frau, die am Fenster sitzt, hat zwei kleine Kinder auf dem Schoß: einen zwei- oder dreijährigen Jungen und ein etwas älteres Mädchen, das vom Bein seiner Mutter aufsteht und sich wieder hinsetzt. Für die Kleine ist es offensichtlich unbequem; mag sein, dass manch einer der gedrängt stehenden Fahrgäste meint, wir hätten es noch unbequemer, aber auf solche Kleinigkeiten achte ich während der Fahrt nicht. Ich versuche immer, die Menschen zu beobachten, ich studiere gern die Bewegungen anderer. Die in Einsamkeit verbrachte Zeit hat meinen Blick geschärft. Wenn ich Zug fahre, bin ich absolut einsam; deswegen beobachte ich.&lt;br /&gt;Die Frau neben dem Mädchen macht ein wenig Platz auf der Sitzbank. Die am Fenster sagt: »Danke, das geht schon«, und die Frau streicht über den kleinen schwarzen Haarschopf. Das Mädchen ist ein dunkler Typ, jede der drei Frauen hätte ihre Mutter sein können, äußerlich haben sie einiges gemein. Vielleicht wäre die neben dem Mann zu alt, um die Mutter des Mädchens zu sein. »Eine nicht wiedergutzumachende Alterssünde«, denke ich mir. Innerlich muss ich über meinen eigenen Scherz lachen und die Kleine hebt den Kopf.&lt;br /&gt;Der Zug hält in Flores. Die Haltestellen sind so schnell vorbeigeflogen, dass ich sie kaum wahrgenommen habe, so abgelenkt war ich davon, die Menschen im Wagen zu beschreiben. Ein Kerl mit runzligem Gesicht und grauem Anzug gab eine Bemerkung darüber ab, wie seltsam es sei, dass nach acht Uhr abends noch einer von den Schnellen fahre. »Außerdem«, so fügte er hinzu, »halten die Züge, die Verspätung haben, überall.« Das fand ich einleuchtend. Ich fragte ihn, ob er wisse, was auf der Anzeigetafel stand, aber der Kerl zog ein Gesicht, als würde er seine Bemerkung bereuen, und schlug eine Zeitung auf, die er unter seinen Arm geklemmt hatte. Er fing an, die Kleinanzeigen durchzusehen.&lt;br /&gt;Ich hatte es gewagt, eine Frage an ihn zu richten, weil er auf mich den Eindruck machte, als würde er sich auskennen, nicht, weil ich ein Gespräch mit ihm beginnen wollte oder so etwas. Zumindest aus Höflichkeit hätte er mir antworten können. Ich richtete einen äußerst strengen Blick mitten auf seinen grauhaarigen Kopf und starrte ihn so eindringlich an, dass mir die Tränen kamen. Er merkte nichts davon, weil er so in die Spalten mit der kleinen Schrift vertieft war. Ich beschloss, mich nicht dafür zu interessieren, was der Alte da suchte, oder was er sonst noch täte. Ich schaute aus dem Fenster auf den Bahnhof. Vielleicht hatte ich meine Frage zu leise gestellt, weil ich ja nicht gewohnt bin zu sprechen.&lt;br /&gt;Für Flores stiegen ziemlich viele Leute zu. Es wurde geschubst, als wären wir in Once. »Weiter geht nicht«, rief der armselige Typ. Der Bahnsteig war nun fast leer.&lt;br /&gt;Die Frau mit dem Mädchen fragte die andere, ob der Zug in Padua halte. Die antwortete, dass sie das nicht wisse, weil sie nur ab und zu mit ihm fahre. Dann meinte sie, wie entsetzlich sie es fände, wenn sie jeden Tag so von Menschenmassen bedrängt Zug fahren müsste. »Die armen Leute«, fügte sie hinzu. Der Mann öffnete die Augen und sagte: »Nach Morón hält er überall.«&lt;br /&gt;»Und in Morón selbst, hält er da auch?«, fragte die entsetzte Frau.&lt;br /&gt;»Ja klar.«&lt;br /&gt;Ich hätte mich einklinken können, um einen Kommentar dazu abzugeben, aber ich sagte nichts. Ich war wegen des Alten verstimmt; es ist sehr unschön, wenn eine Frage unbeantwortet in der Luft hängen bleibt. Das ist so, als würde man jemandem die Hand geben wollen und der merkt es nicht. Kein Mensch würde nach solch einem Missverständnis noch gern an einem Gespräch teilnehmen. Außerdem hinderte mich der Abstand zwischen uns an einer Antwort; ich hätte unangemessen laut reden müssen und damit den Anschein erweckt, dass ich allen etwas mitteilen wollte. Ich schaute das Mädchen an. Sie erwiderte den Blick und sagte, dass sie Clara heiße und ihr Bruder Mariano. Sie sprach mich nicht direkt an (auch wenn sie mich dabei ansah); wie einen Ball warf sie es in den Raum.&lt;br /&gt;»Rate mal, wie meine Mama heißt!«, fragte sie.&lt;br /&gt;Die entsetzte Frau antwortete lächelnd, sie wisse es nicht. »María«, dachte ich. »Isabel«, sagte das Mädchen. »Und wie heißt du?« Die Frau tauschte einen amüsierten Blick mit der Mutter aus. Die warnte sie: »Wenn Sie mitmachen, ist sie nicht mehr zu bremsen.«&lt;br /&gt;»Das macht mir nichts«, erwiderte die andere. »Ich habe selbst drei Töchter.«&lt;br /&gt;Sie erklärte, dass sie in ihren Augen immer Kinder bleiben würden, auch wenn sie jetzt schon erwachsen seien. Die Älteste von ihnen sei zweiundzwanzig und würde in einem Monat »unter die Haube kommen«. Sie sagte das voller Vorfreude.&lt;br /&gt;»Herzlichen Glückwunsch«, gratulierte die alte Frau auf dem Sitz gegenüber.&lt;br /&gt;Der Typ lachte mit offenem Mund, ohne dabei einen Laut von sich zu geben. »So ein Trottel«, dachte ich. Seine Zähne waren gelb. Ich fand ihn peinlich.&lt;br /&gt;Die Frau hatte ein Gespräch mit dem Mädchen angefangen. Aber sie sprach mit lauter Stimme und richtete ihre Worte an alle um sie herum. Sie schrie wohl so, um uns zu zeigen, wie kommunikativ sie war und wie schnell sie jedes Kind ins Herz schloss. Denn selbst wenn die Leute sich nicht unterhalten wollen, heißt das noch lange nicht, dass sie es auch zeigen. Die Frau drückte sich gewählt aus und wandte sich in widerlicher Höflichkeit abwechselnd an Tochter und Mutter; sie ließ die Frau gegenüber und alle, die wollten, an ihren geistigen Ergüssen teilhaben. Den armseligen Typen, zum Beispiel. Sie sagte etwas, das wohl lustig sein sollte, und schaute um sich, ob wir lachten. Es war offensichtlich, dass sie unsere Zustimmung erwartete. Ich lachte nicht. Warum sollte ich mit jeder Dummheit einverstanden sein, die diese Frau von sich gab?&lt;br /&gt;Stattdessen beobachtete ich sie peinlich genau. Sie trug ein Kostüm aus blauer Wolle und hochhackige Schuhe. Offensichtlich kam sie aus besseren Verhältnissen als die Mutter des Mädchens; dies zeigte sie beim Sprechen durch ihre feinen Gesten. Ich glaube nicht, dass sie es absichtlich tat, um die Frau zu demütigen (oder uns, die anderen Fahrgäste, den Typen oder den Mann, der sich schlafend stellte); es hatte auf jeden Fall einen anderen Grund, Weltfremdheit zum Beispiel. Ich dachte: »Diese Frau musste den Zug nehmen, weil ihr Ehemann sie in der Stadt hat stehen lassen, verloren in irgendeinem Einkaufscenter oder bei einem Gläschen (haha). Was man eben so über Bonzen sagt: Die haben Angst, eine Riesenangst vor Zügen, vor dieser tagtäglichen Ansammlung von Köpfen auf Schienen. Wenn sie nicht ständig lautstark Zuneigung zu denen heuchelte, wären sie schon längst über sie hergefallen.« Auf dem Schoß hielt sie ein Fotoalbum und eine lilafarbene Handtasche.&lt;br /&gt;»Und du, wie heißt du denn?«, fragte das Mädchen erneut.&lt;br /&gt;»Norma.«&lt;br /&gt;»Und mein Papa, wie heißt der?«&lt;br /&gt;»Das weiß ich nicht.«&lt;br /&gt;»Rate mal!«&lt;br /&gt;»Ich weiß nicht, ich bin nicht gut im Raten.«&lt;br /&gt;»Andrés heißt er.«&lt;br /&gt;»Aha, Andrés.«&lt;br /&gt;Das Mädchen fragte noch einmal, wie ihr Bruder und ihre Mutter hießen; die Frau hatte es schon wieder vergessen. »Mariano und Isabel«, hätte ich fast geantwortet, aber ich verkniff es mir. Warum sollte ich bei diesem Kinderkram mitmachen? Das Mädchen sagte: »Mein Bruder heißt Mariano und meine Mama Isabel. Und mein Papa Andrés. Was hast du da?« Sie zeigte auf das Fotoalbum.&lt;br /&gt;»Fotos«, antwortete die Frau. »Fotos von meinen Töchtern. Willst du mal gucken?«&lt;br /&gt;»Ja!«&lt;br /&gt;Die Frau holte mit einem Blick das Einverständnis der Mutter ein; das Mädchen forderte: »Gib her!«, und versuchte, ihr das Album aus den Händen zu nehmen. Aber die Frau hielt es fest umklammert und wurde nervös, als sie spürte, wie das Mädchen daran zog. Sie presste das Album an sich. Die Mutter gab dem Mädchen einen Klaps auf den Arm: »Lässt du das wohl, das gehört der Frau!«, schimpfte sie. Danach war einen Augenblick Ruhe und die Frau streichelte dem Mädchen über den Kopf. »Das macht mir nichts, lassen Sie sie nur«, sagte sie. Das Album aber rückte sie nicht heraus. »Die Alte ist nicht dumm«, dachte ich. »Sie tut so vertrauensvoll, aber wenn sie etwas hergeben soll – nichts da!« Das gefiel mir. Die Frau schlug das Album auf. Es hatte einen weißen Einband und eine goldene erste Seite, die sie nun umblätterte, damit wir die Fotos sehen konnten. Sie zündete sich eine Zigarette an.&lt;br /&gt;Wir erreichten gerade Liniers. Selbst mit verbundenen Augen hätte ich das gemerkt. Bis zu diesem Zwischenfall, wegen dem ich ein Jahr im Gefängnis war, hatte ich in Liniers gelebt. Dort, wo ich jetzt wohne, ist es wesentlich besser, viel sauberer. Und Gott sei dank ist es weit entfernt vom Armenviertel. In Liniers lebten wir direkt neben dem Armenviertel, ich und meine Frau Francisca, die nicht mehr ist (und zwar aus diesem gleichen Grund; ich werde es nicht mehr erwähnen, denn ich muss es irgendwie vergessen).&lt;br /&gt;Der Zug hielt am Bahnsteig. Ich schloss die Augen und spürte, wie die Leute mich noch stärker gegen die Sitzkante drückten, ich bemerkte auch das verärgerte Stimmengewirr und dass die Türen zugingen. Mit einem Ruck fuhren wir los. Ich öffnete die Augen und es war, als könnte ich erst jetzt wieder atmen.&lt;br /&gt;Die Frau zeigte dem Mädchen ihre Fotos. Verzückt betrachtete sie die unbekannten Gestalten.&lt;br /&gt;»Das sind Paula, María Elena und Sofía. Meine drei Töchter, als sie noch ganz klein waren. Paula ist inzwischen groß, sie überragt sogar mich und bald heiratet sie.«&lt;br /&gt;Sie zeigte ein Foto von Paula als Baby und eines, auf dem sie im Alter des Mädchens war.&lt;br /&gt;»Das ist Paula, als sie so klein war wie du jetzt.«&lt;br /&gt;»Wie alt ist sie?«, fragte das Mädchen.&lt;br /&gt;»Zweiundzwanzig, sie ist schon groß – und verlobt.«&lt;br /&gt;Das Mädchen deutete auf das Foto und schlug die Hand vor den Mund. »Zweiundzwanzig ist aber ganz schön alt!«, sagte sie und die Mutter lachte. »Glaubst du wirklich, dass sie auf dem Foto zweiundzwanzig ist?«, amüsierte sie sich. Dem Mädchen war es ernst.&lt;br /&gt;»Nein, nein, nein«, rief die Frau und klärte das Missverständnis auf. »Das Foto wurde gemacht, als sie noch klein war. Da kann sie doch keine zweiundzwanzig sein! Gerade mal sieben ist sie da!«&lt;br /&gt;Das Mädchen riss die großen dunklen Augen auf: »Und der da? Wer ist das?«&lt;br /&gt;»Der Papa. «&lt;br /&gt;»Mein Papa heißt Andrés«, wiederholte sie beharrlich.&lt;br /&gt;Der Typ folgte mit offenem Mund begeistert der Unterhaltung. Mir kam in den Sinn, mit dem Kopf in ihre Richtung zu deuten und boshaft zu fragen: »Die sind blond, was? Schade, dass du nie so eine haben wirst. Nicht mal, wenn du eine Frau im Zug vergewaltigst.« Selbstverständlich stellte ich die Frage nur in Gedanken. Es ihm tatsächlich ins Gesicht zu sagen, wäre ein unbegründeter Angriff gewesen, eine echte Unverschämtheit. Das tun andere Leute, die sich nicht benehmen können.&lt;br /&gt;Die Frau sagte: »So, das waren alle Fotos.« Sie schloss das Album. Das Mädchen bat, die Fotos noch einmal sehen zu dürfen, und die Mutter ermahnte sie, ruhig zu sein.&lt;br /&gt;»Kein Problem, ich schaue die Fotos doch auch gern an, natürlich können wir noch einmal von vorn anfangen.«&lt;br /&gt;»Wie heißt du?«, fragte das Mädchen.&lt;br /&gt;»Norma. Du bist ja vergesslich wie eine alte Frau!« Sie nahm es bei der Hand. »Wie alt bist du denn?«&lt;br /&gt;»Sechs«, antwortete das Mädchen. »Und du?«&lt;br /&gt;»Wie bitte?«&lt;br /&gt;Die Mutter gab dem Mädchen einen Klaps auf den Kopf, damit sie nicht weiter unangenehme Fragen stellte.&lt;br /&gt;»Wie alt bist du denn?«, nahm sie ihre Frage wieder auf.&lt;br /&gt;»Jetzt bin ich aber mal gespannt«, sagte die alte Frau auf dem Sitz gegenüber. »Hundert«, dachte ich gehässig. Die Frau erklärte der Älteren, dass sie jemand sei, der das Älterwerden akzeptiere, und es ihr nichts ausmache, ihr wahres Alter zu verraten. Danach sah sie wieder das Mädchen an und erklärte: »Zwanzig plus zwanzig plus sieben, so alt bin ich. Siebenundvierzig. Und eine meiner Töchter heiratet schon.«&lt;br /&gt;Sie geriet zusehends in Begeisterung und sah die alte Frau an, als wollte sie sagen: »Hast du gesehen, das war kein Problem für mich«, und um zu unterstreichen, wie freimütig sie war, fügte sie hinzu: »Ich habe sechs Kilo zu viel drauf, und die müssen für das Fest noch runter.« Die Mutter lachte schallend; der Junge auf ihrem Schoß patschte ihr ins Gesicht, damit sie ihn beachtete.&lt;br /&gt;Ich sah mir die anderen Menschen an, die um die Sitzbänke standen. Einige schenkten dem Album der Frau mehr Aufmerksamkeit als andere, diesen Fotos, die das lästige Warten erträglicher gemacht hatten.&lt;br /&gt;Das Mädchen fragte: »Ist das Sofía?«&lt;br /&gt;»Nein, Sofía ist die mit den Zöpfchen. Das ist Paula mit dreizehn Jahren, bei ihrer Erstkommunion.«&lt;br /&gt;Auf dem Foto war ein hübsches Mädchen zu sehen, mit braunem langem Haar, einem weißen Kleid und zum Gebet gefalteten Händen. Die Haltung war eindeutig; es waren alles Standardfotos. Das mit den nackten Babys auf dem Bett, das von der großen Feier zum fünfzehnten Geburtstag beim Tanz mit dem Cousin, das mit dem Schulleiter, der Paula das Abschlusszeugnis überreicht, das von den Absolventinnen mit der Lieblingslehrerin in der Mitte. Fotos, wie sie stolze Mütter eben aufbewahren, und dabei glauben, es für die Zeit zu tun, »wenn ihre Töchter älter sind«. Die gesamte Vergangenheit ihrer Kinder, die zugleich ihre eigene ist, auf dreißig Pappseiten.&lt;br /&gt;»Die Frau kann in fünf Minuten die schönsten Augenblicke ihres Lebens zeigen«, dachte ich, »und darüber hinaus gönnt sie sich den Luxus, sie für die Zeit aufzubewahren, in der ihr Gedächtnis eine Stütze gebrauchen könnte. Mit diesem Album wird sie sich später einmal an verregneten Abenden die Zeit vertreiben.«&lt;br /&gt;Die Frau schlug das Album zu und das Mädchen bat: »Noch mal!«&lt;br /&gt;»Herrje, heute Nacht träume ich noch von dir!«&lt;br /&gt;Ich weiß, dass sie sich nur interessant machen will. Sie würde es noch dutzende Male aufschlagen, um uns ihren Schatz zu zeigen. Einen Schatz, der Juwelen enthält, die nur sie sehen kann. Welchen Wert sollte diese ungeordnete Sammlung belangloser Augenblicke aus dem Leben einer Unbekannten für uns haben? Welchen Nutzen hat sie für die Mutter des Mädchens oder den Typen? »Obwohl«, grinste ich, »vielleicht hätte der Typ sich ein heißes Foto von Paula im Tanga ausgesucht, um es sich ins Bad zu hängen.« Ich schaute mir erneut das Foto von Paula und María Elena an der Hand ihres Vaters mitten auf einem Platz an. Ein fürchterliches Bild, auf dem sie dem Vater mit einem weißen Rahmen den Kopf abgeschnitten hatten. Und sie war auch noch stolz auf diesen bunten Blödsinn. Wahrscheinlich war ihre einzige Sorge, bis zum Monatsende sechs Kilo für die Hochzeit ihrer Tochter abzunehmen. Wir erreichten Morón. Ich dachte Folgendes:&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;»Mein Fotoalbum ist der Zug. Die Haltestellen sind die kleinen Bilder, die man betrachtet, während man alt wird. Once ist das Warten und gleichzeitig das Gefängnis. Flores ist wie eine Landschaft in Bariloche, ein Foto, das leicht zu übersehen ist, aber eine gewisse Ruhe verbreitet, einen Luft holen lässt. Liniers ist die unmittelbare Vergangenheit, Francisca, wie sie sich über das Armenviertel beschwert, und ist ebenso das Vergessen. Morón ist das Foto meiner eigenen unerreichbaren Hochzeitsfeier, der ärmlichen Wohnung, des persönlichen Elends, der gegenwärtigen Einsamkeit.«&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Die Frau verabschiedet sich von den anderen und sagt zu dem Mädchen: »Gott schütze dich!« Und ehe ich mich umdrehe, höre ich sie sagen: »Sei offen und freundlich zu allen, auch wenn du sie nicht kennst, aber geh nie mit einem Fremden mit.«&lt;br /&gt;Die Türen öffnen sich, und ich steige aus. Nach mir steigt die Frau aus. Sie geht schnell an mir vorbei und lächelt mir zu. Sie verlässt den Bahnsteig über die hintere Treppe.&lt;br /&gt;Ich folge ihr, als reiße ihr Gang mich mit. Ich bemühe mich, geräuschlos aufzutreten, um unbemerkt zu bleiben. Sie dagegen stöckelt lautstark vorwärts. »Sie macht wohl so viel Lärm, weil sie nicht auf hohen Absätzen laufen kann oder weil sie Angst hat.« Sie schlenkert mit der Handtasche und hält das Album an die Brust gedrückt.&lt;br /&gt;Wir erreichen eine dunkle Straße mit kleinen und größeren Häusern. Nur schwach wird sie von den Lämpchen in den Hauseingängen und einigen Straßenlaternen beleuchtet. Sie ist wie ausgestorben. Die Frau ist die Einzige, die Lärm macht, Schritt um Schritt. Diese Welt aus Absatzgeklapper auf Pflastersteinen ist die Hölle. Ich ertrage das nicht, mein Blick vernebelt sich. Ihr Körper ist ein Schatten in einer Wolke. Sie tritt auf die Straße, überquert sie und läuft auf der anderen Seite weiter. Mit zwei Sätzen hole ich sie ein, da dreht sie den Kopf und sieht mich. Sie erschrickt, versucht noch, ihre Schritte zu beschleunigen, aber ich packe sie am Arm und drücke sie gegen die Hauswand.&lt;br /&gt;»Gott, nein!«, schreit sie.&lt;br /&gt;Ich hole das Messer aus der Jackentasche, klappe es mit einem Handgriff auf und halte es ihr an den Hals. Mit der Linken ziehe ich sie am Haar zurück, damit sie den Kopf oben hält. Ihr Wimmern durchbricht kaum merklich die nächtliche Stille.&lt;br /&gt;»Wenn du schreist, schlitz ich dich von einem Ohr zum andern auf!«&lt;br /&gt;Sie keucht verzweifelt. »Was wollen Sie?«, stößt sie hervor. Sie hält mir die Handtasche hin, aber ich nehme sie nicht. Warum sollte ich ihr die Handtasche wegnehmen? Plötzlich schluchzt sie laut auf: »Sie tun mir weh!« Die Schneide meines Messers hinterlässt einen kleinen Kratzer, wie ein Gleis, eine Spur auf ihrem weichen Hals. Sie wirft die Handtasche und ihre Armbanduhr zu Boden.&lt;br /&gt;»Die ist aus Gold«, schreit sie, »das ist eine Golduhr! In der Tasche ist eine Menge Geld!«&lt;br /&gt;Wenn ich noch ein wenig fester drücke, schneide ich ihr in die Haut. Nur ein kleines bisschen fester. Es darf doch wohl nicht wahr sein, dass diese alte Schlampe es nicht kapiert?&lt;br /&gt;»Ich will kein Geld!«, presse ich zwischen den Zähnen hervor.&lt;br /&gt;Entsetzt reißt sie den Mund auf. Kann eine Frau wirklich so dumm sein? Oder tut sie nur so, als begreife sie nichts?&lt;br /&gt;»Das Album«, sage ich. »Ich will das Fotoalbum.«&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Gustavo Nielsen: "Fotos" (traducido por Anna Luther y Lisa Niederau), en: Vera Elisabeth Gerling y Karolin Viseneber (ed.): Voces. Cuentos argentinos. Stimmen. Argentinische Erzählungen. Düsseldorf: düsseldorf university press 2010, pp. 168-195&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/14637388-8775889215213185245?l=mandarinasdulces.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/14637388/posts/default/8775889215213185245'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/14637388/posts/default/8775889215213185245'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://mandarinasdulces.blogspot.com/2010/10/fotos.html' title='FOTOS'/><author><name>Gus Nielsen</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-14637388.post-6834589687532180853</id><published>2010-08-13T06:13:00.001-03:00</published><updated>2010-08-13T06:19:20.158-03:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='DOLI'/><title type='text'>EL CORAZÓN DE DOLI / CAPÍTULO 6</title><content type='html'>Sergio miraba “Los hermanos Karamazov”, la serie del canal nueve que promocionaba Coto. Le preguntó cómo estaba Dolores, y si había vuelto a trabajar. Víctor se puso a llorar. Le contó. En la serie, si a uno de los hermanos le pegaban, el golpe también le dolía al otro. No era así en la vida real.&lt;br /&gt;- A esa chica le falta atención –dijo Sergio.&lt;br /&gt;Fue hasta la cocina y regresó con un vaso de Coca Cola para Víctor.&lt;br /&gt;- A esa chica le falta una alegría.&lt;br /&gt;Víctor se tomó la Coca de un tirón.&lt;br /&gt;- ¿Querés más?&lt;br /&gt;- Ahora voy a buscarme.&lt;br /&gt;- Quedate acá, que estás hecho goma. Mirá la serie; mirá: ése es Coto. Genio.&lt;br /&gt;Sergio fue a traerle otro vaso. En los avisos aparecía el señor Octavio Coto, un hombre de baja estatura, entrado en carnes, llamando al nacionalismo universal a través de spots que realizaba junto con el hijo del director de publicidad de la empresa Benetton, un italiano marketinero de treinta y tres años.&lt;br /&gt;En la pantalla aparecía un negro desnudo, con el pelo muy crecido, en una jungla llena de jirafas. En la mano tenía un envase abierto de papel metalizado. Sacó una salchichita oscura, que se llevó a la boca. La salchichita era crocante. El negro hizo una sonrisa, mientras masticaba entre crujidos. Coto apareció por detrás.&lt;br /&gt;- En África, los chizitos son negros - dijo.&lt;br /&gt;Después se vio el logo del supermercado y el lema:  "Nosotros, los argentinos, lo hicimos primero".&lt;br /&gt;Sergio le pasó el segundo vaso. A Víctor le había dado un poco de sueño.&lt;br /&gt;- ¿Por qué no la llevás a pasear?&lt;br /&gt;Víctor dijo que la había invitado, pero Dolores estaba muy deprimida.&lt;br /&gt;- ¿Hoy trabaja?&lt;br /&gt;- Sí. Tiene que quedarse hasta las siete.&lt;br /&gt;Víctor no tenía plata para pagarle a Dolores una buena cena, para hacer un paseo completo. Habían visto todas las películas; el cine era lo único que los reanimaba porque no tenían que hablar, y además era barato. Tampoco tenía fuerzas para ir a buscarla caminando.&lt;br /&gt;- ¡Levantá ese ánimo, che! ¿Querés que te preste plata? Llevala al pub…&lt;br /&gt;Víctor se tocó el parche y bostezó.&lt;br /&gt;- Te tenés que mostrar más alegre, pichón. ¿Cómo vas a alegrarla con esa cara de opio? – Sergio agregó: - ¿Querés llevarte el coche?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A las siete en punto, Dolores lo vio llegar arriba del coche de Sergio. Traía puesto un saco; lucía feliz con su parche derecho. Ella le preguntó:&lt;br /&gt;- ¿Desde cuándo manejás?&lt;br /&gt;- Desde siempre. Le hago de chofer a Chiqui, para las compras. Lo que ellos necesitan, se preocupan porque lo aprenda bien.&lt;br /&gt;- ¿Y cómo conseguiste que Sergio te prestara el coche?&lt;br /&gt;- Dijo: “a esa chica le falta una alegría”. Esa chica sos vos.&lt;br /&gt;- ¿Y desde  cuándo es bueno?&lt;br /&gt;- Me habrá visto tristón. Le dije que vos andabas down.&lt;br /&gt;- ¿Y?&lt;br /&gt;- Subite, dale.&lt;br /&gt;Dolores dudó un instante. Tocó la puerta, como si no pudiera creerlo. Sus dedos delgados resbalaban sobre el lustre.&lt;br /&gt;- También tengo plata para ir a cenar.&lt;br /&gt;- ¿Y adónde me pensás llevar?&lt;br /&gt;- Al Richmond’s.&lt;br /&gt;- Bueno –dijo ella, y subió-. Aunque tampoco es para gastar tanto.&lt;br /&gt;El auto arrancó. Al pasar la esquina, dos muchachos levantaron las manos. Cuando lo vieron de cerca las volvieron a bajar.&lt;br /&gt;- Creen que soy Sergio.&lt;br /&gt;- Pero se dan cuenta por el parche –dijo Dolores.&lt;br /&gt;- ¿Cómo sigue tu hermana?&lt;br /&gt;- Mal. Tengo que tomar la decisión en dos días.&lt;br /&gt;- ¿La operan acá o en Bahía Blanca?&lt;br /&gt;- En la Capital. Encima, hay que viajar.&lt;br /&gt;- ¿En qué clínica?&lt;br /&gt;- La Favaloro.&lt;br /&gt;- Uau.&lt;br /&gt;La noche estaba iluminada por la luz de la luna.&lt;br /&gt;- ¿Adónde vamos? –dijo ella.&lt;br /&gt;- A pasear. Adonde vos quieras.&lt;br /&gt;- ¿Adónde siempre?&lt;br /&gt;- ¿Querés volver al Mc Fritten?&lt;br /&gt;- A la playa, tonto. A nuestro lugar.&lt;br /&gt;- Bueno –dijo él, y agregó:- Pero mirá que podemos ir más lejos, ¿eh?&lt;br /&gt;- Igual tenemos que parar para comprar un vino.&lt;br /&gt;- Pero más allá. Hoy tenemos coche. Todo será más allá.&lt;br /&gt;Ella hizo la mueca que, en su cara, reemplazaba una sonrisa. Él tocó dos bocinazos. Estacionó delante de un negocio de loterías.&lt;br /&gt;- Esperame un minuto –dijo.&lt;br /&gt;Bajó corriendo. El negocio también era kiosco, por lo que compró un paquete de vasos de plástico y una botella de Luigi Bosca. El vendedor se la había destapado. Regresó al auto, le dio las cosas a Dolores y dejó una pila de boletas sobre el asiento.&lt;br /&gt;- Tomá –le dijo.&lt;br /&gt;- Sos loco.&lt;br /&gt;- Cincuenta pesos de vino, cincuenta de azar. Una buena mezcla para empezar la noche, claro que sí.&lt;br /&gt;Aplaudió sobre el volante. Ella miró las apuestas.&lt;br /&gt;- No le jugaste a los números de costumbre.&lt;br /&gt;- No. Comienza una nueva vida, para Víctor el rey.&lt;br /&gt;- ¿No eras príncipe?&lt;br /&gt;- Me ascendieron –dijo, mirando por la ventanilla.&lt;br /&gt;Pasaron el colegio y el Club de Tiro.&lt;br /&gt;- ¿Y de qué se trata esa nueva vida? –preguntó Dolores.&lt;br /&gt;- Cambios... Futuro.&lt;br /&gt;- ¿Y yo estoy ahí?&lt;br /&gt;Él la miró con el ojo destapado.&lt;br /&gt;- Obvio –dijo-. Víctor va a ser mendigo o millonario.&lt;br /&gt;- ¿Sin término medio?&lt;br /&gt;- Nada.&lt;br /&gt;- ¿Y cuando seas millonario, qué?&lt;br /&gt;- Cuando sea millonario… Víctor va a abandonar a su hermanito imposible, y se va a ir muy lejos.&lt;br /&gt;- Con su chica –dijo ella.&lt;br /&gt;- Exactamente.&lt;br /&gt;Estaban saliendo del pueblo. A Dolores le pareció que Víctor  manejaba demasiado rápido.&lt;br /&gt;- Hoy no estuvo tan malo.&lt;br /&gt;- ¿Quién? ¿Sergio?&lt;br /&gt;- Sí. Te dio el coche. Nunca antes lo había hecho. Y lo hizo por mí.&lt;br /&gt;- Lo hizo porque lo convencí. Porque sobreactué un papel. Porque empecé a cambiar.&lt;br /&gt;- ¿Qué papel?&lt;br /&gt;- Pucherié.&lt;br /&gt;El auto enfiló para la ruta.&lt;br /&gt;- ¿Adónde me llevás?&lt;br /&gt;- Por ahí.&lt;br /&gt;- ¿Y si bajamos a la playa?&lt;br /&gt;- A la vuelta.&lt;br /&gt;Dolores miró hacia atrás.&lt;br /&gt;- Bien –dijo. Tenía la voz triste, otra vez.&lt;br /&gt;- ¿Querés que pare?&lt;br /&gt;- No –dijo ella-. Quería preguntarte algo… Estoy con muchas dudas… Me sentí tan mal este último tiempo…&lt;br /&gt;- Decime.&lt;br /&gt;- Bajá, eso sí, la velocidad.&lt;br /&gt;- Ponete el cinturón.&lt;br /&gt;Estiró el suyo para mostrarle que lo llevaba puesto. Dolores buscó el otro en el asiento y se lo cruzó por delante del pecho.&lt;br /&gt;- ¿Vos siempre supiste que eras un donante, verdad?&lt;br /&gt;Lo abrochó.&lt;br /&gt;- Sí.&lt;br /&gt;- ¿Desde qué edad?&lt;br /&gt;- Seis.&lt;br /&gt;Ella carraspeó.&lt;br /&gt;- Y tu papá, que fue el que los hizo, está al tanto de tu genoma, ¿no? Y el de tu hermano.&lt;br /&gt;- Claro.&lt;br /&gt;- Y el genoma viene a ser el manualcito, ¿no?&lt;br /&gt;- Papá le dice así. Son las instrucciones. La info de lo que te va a pasar en la vida.&lt;br /&gt;- ¿Y si mamá sabía la info de Sofi, por qué no la corrigió?&lt;br /&gt;Por la ventanilla entraba un viento frío.&lt;br /&gt;- Sofi tal vez no sea un clon.&lt;br /&gt;- Sí, clon de mamá.&lt;br /&gt;- ¿Y vos también?&lt;br /&gt;- Claro. Sabías eso. Me lo contó Sofi antes de internarnos. Las dos somos clones de mamá. Ya te lo había dicho…&lt;br /&gt;- Te estaba probando.&lt;br /&gt;- Pero no un clon de los tuyos, de repuesto. Clon hermano, nomás. Con tres años de diferencia entre los nacimientos.&lt;br /&gt;Él subió los hombros.&lt;br /&gt;- La diferencia de edad no prueba nada –dijo-. Puede ser un repuesto y ser un bebé, y el que necesite el repuesto tener cuatro o cinco años. Depende lo que haya que reponer. Si Sergio pierde un brazo, acá tiene uno de Vitito. Si yo fuera un bebé, podría donarle sangre, algún tejido. Dudo que un órgano entero: tendría otro tamaño.&lt;br /&gt;- Con Sofi somos las dos grandes.&lt;br /&gt;- Los clones de repuesto tenemos una letra erre en cada una de las páginas del DNI. Fijate –dijo.&lt;br /&gt;Dejó su billetera sobre el asiento. Estaba la polaroid con el teléfono tachado; había un billete de cincuenta pesos, uno de veinte dólares, tres de cien y un DNI. Dolores lo abrió para mirar.&lt;br /&gt;- Es horrible –dijo.&lt;br /&gt;- ¿Vos lo tenés así?&lt;br /&gt;- No.&lt;br /&gt;- Entonces, no te preocupes.&lt;br /&gt;A Dolores algo no le cerraba.&lt;br /&gt;- ¿Y si me hubieran mentido?&lt;br /&gt;Él frunció la boca, desestimando su pregunta. Dolores siguió pensando en voz alta.&lt;br /&gt;- Mamá me mintió cuando me dijo que ella no era compatible con Sofi, que no podía donarle órganos. Dijo que si fuera compatible, lo haría con mucho gusto, pero que no era.&lt;br /&gt;- Imposible, si Sofi salió de una célula suya.&lt;br /&gt;- Ese es mi razonamiento. ¿Por qué mentiría?&lt;br /&gt;- No sé. Decime…&lt;br /&gt;- Por lo siguiente: hay en la familia alguien destinado a donarle órganos a Sofi.&lt;br /&gt;- ¿Vos?&lt;br /&gt;- Sí. Mamá también me mintió en eso: soy erre, como vos.&lt;br /&gt;- ¿Y para qué te iba a mentir?&lt;br /&gt;- Para que no sufriera –contestó ella.&lt;br /&gt;- ¡A quién le importa un erre! Papá los hace por cientos. ¡Son células!&lt;br /&gt;Un camión que venía en dirección contraria les hizo luces.&lt;br /&gt;- En realidad, todos lo somos –se corrigió-. Aunque a nadie le interesan los erres. Nadie quiere serlo, salvo que el erre sea millonario.&lt;br /&gt;Dolores también necesitaba cambiar de tema.&lt;br /&gt;- ¿Y cómo cobrarías el premio? –le preguntó.&lt;br /&gt;La pregunta lo hizo toser.&lt;br /&gt;- No sé –dijo-. Con la perspectiva de tener una montaña de dinero, no debe ser difícil. Todo tiene su precio, como dice el tío Patrick.&lt;br /&gt;- ¿Y qué harías con la plata?&lt;br /&gt;- Saber. Invertiría en saber.&lt;br /&gt;- ¿Saber qué?&lt;br /&gt;- Más de mí. Quiero ir por el mundo sabiendo de antemano qué me puede pasar, y que todo sea genial. No la mierda de ahora.&lt;br /&gt;- ¿Eso no te marcaría una predisposición?&lt;br /&gt;- Es lo que quiero. Predisponerme. No quiero tener un destino designado por haber nacido segundo. Quiero predisponerme a tener el mejor de los destinos posibles. Para eso sirven los genomas.&lt;br /&gt;- ¿No sirven para curar las enfermedades?&lt;br /&gt;- Para detectarlas. Si yo sé que tendré cáncer de colon a los cincuenta años, puedo hacer dos cosas: ignorar el dato y cruzar los dedos, o tomar una dieta rica en fibras para modificar el destino y huir de la zona de riesgo.&lt;br /&gt;- ¿Y para eso necesitás ser millonario?&lt;br /&gt;- Más bien. Mi zona de riesgo son mi hermano y mi madre. Huiría de ellos.&lt;br /&gt;- ¿Y el DNI?&lt;br /&gt;- Al extranjero, bichita. A comprar documentación, para empezar una nueva vida. Ya vas a ver. Ser un repuesto es una mierda.&lt;br /&gt;Dolores quedó mirándose las piernas.&lt;br /&gt;- No –dijo-. No lo es. Lo único malo de saber, es que uno se queda sin sorpresas.&lt;br /&gt;- ¿Hace cuánto creés que sos erre de Sofi?&lt;br /&gt;- Una semana.&lt;br /&gt;- ¿Por lo de la leucemia?&lt;br /&gt;- Así es. Un transplante de mielitis solo puede ser hecho por un donante que manifieste una gran compatibilidad de tejidos, y la probabilidad de una buena compatibilidad entre individuos no parientes es de 1 en 20.000.&lt;br /&gt;- ¿Y parientes?&lt;br /&gt;- 1 en 50.&lt;br /&gt;- ¿Y clones?&lt;br /&gt;- 1 en 1.&lt;br /&gt;- Entonces te lo tuvieron que decir.&lt;br /&gt;- Mamá insiste en lo de su incompatibilidad, aunque es un argumento sin sentido.&lt;br /&gt;- ¿Y te dijo o no te dijo que eras erre?&lt;br /&gt;- Lo negó, pero sé que es mentira.&lt;br /&gt;- Eso te pone triste.&lt;br /&gt;- Ajá.&lt;br /&gt;Dolores miró hacia fuera. Tenía ganas de llorar.&lt;br /&gt;- ¿Y ahora te sentís mal?&lt;br /&gt;Dolores trató de explicarlo primero con sus manos; luego dejó pasar un instante y habló:&lt;br /&gt;- Saber cómo seré me perjudica. No quiero ser una donante eterna, ni tampoco quiero ser como mamá. Ahora la entiendo a Sofi cuando me regaló su cámara de fotos.&lt;br /&gt;- ¿Por qué?&lt;br /&gt;- Porque las fotos ya no le interesaban. Mamá las había sacado todas. Sofía tenía, en esos álbumes, la colección de fotos de su futuro. Es algo horrible. Yo tampoco quiero eso.&lt;br /&gt;Dolores largó el llanto.&lt;br /&gt;- ¡Si hasta me pusieron nombre de oveja!&lt;br /&gt;- Bueno, bueno… -dijo él. Alargó una mano para tocarle la cara, y la rozó. Ella advirtió algo.- Cuando ganemos la lotería, ya verás –agregó.&lt;br /&gt;- Volvamos –dijo Dolores.&lt;br /&gt;- ¿Qué?&lt;br /&gt;- Está muy oscuro.&lt;br /&gt;El auto dobló hacia un camino de tierra serpenteado por álamos.&lt;br /&gt;- ¿No querías ir a la playa?&lt;br /&gt;- Pará.&lt;br /&gt;La radio estaba encendida en un programa de rocanrol.&lt;br /&gt;- ¿Qué te pasa?&lt;br /&gt;- No me estoy divirtiendo –dijo ella, antes de manotear el volante.&lt;br /&gt;Él frenó. Apagó las luces. Puso las trabas de seguridad. Dolores ya no pudo abrir la puerta.&lt;br /&gt;- Dejame bajar.&lt;br /&gt;Las manos de él soltaron el volante.&lt;br /&gt;- ¿Qué le pasa a esta chica? –dijo-. ¿Se entera de que está hecha de pollo y dejan de gustarle las hamburguesas?&lt;br /&gt;- Volvamos ahora mismo, por favor.&lt;br /&gt;- Está bien que tengas el destino de la vida de un erre. ¿Qué esperabas? ¿Disneylandia? Todo está dicho en este pueblo. Mirale las caras a la gente.&lt;br /&gt;- El futuro no se predice.&lt;br /&gt;- Pero se puede hacer una lista de cosas que se quieren comprar en el futuro. Las que hacen falta para poder ser príncipe.&lt;br /&gt;- Me das miedo. Yo no estoy en tus planes.&lt;br /&gt;- ¡Sí que estás! –gritó.&lt;br /&gt;- No, porque no los acepté.&lt;br /&gt;- Los vas a aceptar, porque son mis planes. Porque a mí se me antojan.&lt;br /&gt;Dolores forcejeó con la puerta y él la agarró. Sus manos eran duras, de gimnasio.&lt;br /&gt;- Ay, ay… los poetas. Son como los místicos: siempre combatiendo el futuro –suspiró.&lt;br /&gt;Ella empezó a golpear el vidrio con los puños, y a gritar. Le pegó en el pecho, que era tan duro como un lapacho. Le arrancó el parche. Debajo estaba el ojo de Víctor. Pero en la cara de Sergio, que volcó el asiento de Dolores hacia atrás y le puso una mano entre las piernas, mientras se le subía encima por la fuerza.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La dejó a la entrada del pueblo. Dolores estuvo un rato largo sentada en la banquina, con el cuerpo escondido para que no la vieran llorar. Los autos pasaban como flechas. Después se arregló la ropa y volvió caminando hasta la playa. Se sentó otra vez, sobre la arena. Se quitó los zapatos. El agua de una ola le mojó los pies. Sintió que le hacía bien. El mar la purificaba. Se metió hasta la cintura. Dio vueltas; la pollera de Mc Fritten flotaba, roja y planchada como un plato. Había perdido un botón y se le había roto un bretel del corpiño. No tenía más ganas de llorar. Ahí estaba el bote de las salidas con Víctor. Se le ocurrió un poema, pero enseguida se le olvidó. Los pies le estaban doliendo de frío. Ya lo había decidido. Sofía tenía que vivir. Después, ella vería qué hacer. No se sacaría más fotos. O viajaría a sitios distintos al derrotero de la madre, para encontrar paisajes distintos y completar el álbum del mundo. Las fotos estaban para  coleccionarlas. Y, si viajaban con Sofi, ya podrían repetir sitios, porque saldrían de a dos y solo eso haría distinta la foto. Y si después volvían a visitar esos sitios con Pepa, serían como trillizas, y solo eso convertiría el paisaje. Pero sin hombres, se dijo, y se reconoció pensando como su madre. Borró la última de las decisiones y pensó: “cuando me levante del post operatorio, me casaré con Víctor; tendremos una nena, dos”. Sexo y caricias no le iban a faltar nunca. “Vagina, pene, óvulo, espermatozoide, útero, panza y un bebé que sale por aquí abajo, solito, después de nueve lunas. Al estilo de la abuela Josefina”.&lt;br /&gt;Ahora la Barbie estaba quieta, por eso se acordaba de su abuela. Y el mar tan calmo, amor. Para meterse, para no salir nunca. ¿Y Sofi? Caminó hasta la costa de puntillas, haciendo reaccionar la sangre de sus pies. Los piecitos que amaba su hombre. Tal vez  Pepa guardara un secreto como el que ella había acabado de compartir con ese mar, que había tomado la esperma ajena para desmenuzarla en sales. No importaba. Ya sabía todo el futuro que tenía que saber.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pepa había acordado que la ambulancia saliera al mediodía siguiente. Le esperaba un largo viaje hasta la Capital. Sofía ya estaba internada. Habló con ella por teléfono, pero la habían dopado, por lo que a Dolores le sonó idiota. La madre, Pepa, no se le salía de encima. La abrazaba y le decía que era una mujer muy valiente. Dolores, amor. ¿Tan difícil iba a ser la operación? El siquiatra llegó a la hora de la cena. Dolores llamó a Víctor por teléfono, pero Chiqui le dijo que hacía horas que dormía, y que nadie había podido despertarlo. Dolores le pidió a la madre que postergara la partida de la ambulancia. Le pidió que insistiera por ella para comunicarse con Víctor. Que, si era necesario, no parara de llamar en toda la noche.&lt;br /&gt;- ¿Querés que te lleve de una escapada?&lt;br /&gt;- No –empezó a llorar. Quería que él fuera por su cuenta. Le aterraba irse sin haberse despedido.&lt;br /&gt;Ni el siquiatra, ni Pepa, ni el fletero, la podían ayudar. Se encerró en su habitación. Forró la cajita en papel celofán y escribió hasta que se hizo de madrugada. Tiró una pila de hojas. Cerró un sobre. Permaneció despierta hasta que llamaron a su puerta. Eran las once de la mañana. La ambulancia había llegado.&lt;br /&gt;- ¿Y por qué no me voy en micro?&lt;br /&gt;- No sé –dijo Pepa. Tenía los ojos hinchados de llorar.&lt;br /&gt;- ¿Y por qué no vino Víctor?&lt;br /&gt;- Llamé mil veces. Sigue dormido.&lt;br /&gt;Cuando la ambulancia estuvo a punto de salir, Dolores se despidió. La madre no podía parar de llorar, y el siquiatra intentaba, en vano, calmarla. A Dolores le dieron una inyección y dos pastillas.&lt;br /&gt;- Es para que llegues descansada –dijo la enfermera.&lt;br /&gt;El chofer le sonrió. Dolores se tomó las pastillas. La ambulancia había arrancado cuando apareció Víctor, transpirado y agitando las manos. Había venido corriendo. El chofer paró. Lo dejaron subir para despedirse. Se abrazaron como si Dolores fuera a la guerra.&lt;br /&gt;- El hijo de puta de Sergio me puso un somnífero en la Coca –dijo-. Quería que no nos despidiéramos.&lt;br /&gt;Ella lo miró orgullosa.&lt;br /&gt;- Ya ves, no lo logró.&lt;br /&gt;- Me dijeron que llamaste como veinte veces.&lt;br /&gt;- Sí. Necesitaba contarte una historia. Algo que me pasó cuando era chica.&lt;br /&gt;- Decime.&lt;br /&gt;La enfermera abrió la puerta.&lt;br /&gt;- ¿Van a tener para mucho? –preguntó.&lt;br /&gt;- ¿Los puedo acompañar? –dijo Víctor.&lt;br /&gt;- No. Órdenes del doctor.&lt;br /&gt;- No –repitió Pepa, desde más atrás.&lt;br /&gt;- Un minuto –pidió Víctor.&lt;br /&gt;La enfermera cerró la puerta. A Dolores se le caían los párpados.&lt;br /&gt;- Cuando éramos chicas –empezó-, Sofi me enseñó un juego, el juego del reflejo. “¿Ves?”, me dijo, “cuando te mirás al espejo hay un doble, pero no es nadie”.&lt;br /&gt;Hizo una interrupción para bostezar.&lt;br /&gt;- ¿Te drogaron?&lt;br /&gt;- Sí. Es corto. Sofi sacó un marco sin vidrio y me dijo: “hagamos el juego del espejo”. Trabó el marco entre unas sillas. Ella hacía la que se peinaba y yo le tenía que imitar los movimientos.&lt;br /&gt;Por la ventana, la enfermera le hizo una seña a Víctor para que se fuera despidiendo.&lt;br /&gt;- Siempre ella era la que actuaba y yo la que imitaba. Cuando quise cambiar los papeles, Sofi lloró. Y lloró tan fuerte que mamá creyó que le había pegado, y como yo no sabía qué decir, también me puse a llorar como loca, tanto que nos tuvo que comprar un helado a cada una.&lt;br /&gt;Dolores cabeceó. Se recostó sobre la camilla. Víctor la tapó con una manta.&lt;br /&gt;- ¿Y?&lt;br /&gt;- Un día, mamá entró y vio que Sofía me estaba gritando para que me peinara igual que ella, porque era su reflejo, y los reflejos repiten todo lo que hacen los originales…&lt;br /&gt;Víctor acercó su cara a la camilla. Dolores ya hablaba demasiado bajito. Cerró los ojos.&lt;br /&gt;- Entonces le pegó –dijo.&lt;br /&gt;Cerró los labios.&lt;br /&gt;- Te amo –dijo él. La besó encima de la última palabra. Espió por la ventana de la ambulancia: nadie lo estaba mirando. Con delicadeza, le quitó los aros. Se los guardó en un bolsillo.&lt;br /&gt;La ambulancia partió. Pepa quiso decirle algo a Víctor, pero se descompuso y se fue para adentro. Al siquiatra le pareció mejor así.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Conocemos todos los genes de cuerpo, pero ignoramos cómo funciona el cerebro. Es casi imposible saber dónde está la conexión que hace que los seres humanos se enamoren. Sobre la conciencia y el amor, la ciencia todavía está en veremos. De eso solamente saben los hombres y las mujeres que fueron capaces de amar, esos privilegiados entre los que no me cuento. Víctor fue masticando la anécdota de Dolores hasta casa. Pensó, pensó. No habló con nadie, hasta que se me acercó en la soledad de la noche. Yo tenía insomnio, y estaba releyendo en los libros de Sacks los capítulos sobre pintores autistas.&lt;br /&gt;- Papá…&lt;br /&gt;- ¿Mnnn?&lt;br /&gt;- ¿Me responderías la verdad, si te hago una pregunta importante?&lt;br /&gt;Afirmé con la cabeza. Sabía lo que iba a decir.&lt;br /&gt;- ¿Puede ser que alguien sea erre y no lo sepa?&lt;br /&gt;Afirmé.&lt;br /&gt;- ¿Por qué sería eso?&lt;br /&gt;Subí los hombros.&lt;br /&gt;- Porque no se lo dijeron.&lt;br /&gt;- ¿Y por qué?&lt;br /&gt;- Para que viva de otra forma. Los casos de trasplantes de órganos son muy improbables. La mayoría de la gente vive sin  hacerse trasplantes. En ese caso, el clon habría llevado una vida normal.&lt;br /&gt;- ¿Mejor?&lt;br /&gt;- Distinta. Podría sacar un crédito, o tener una cuenta hasta que se supiera la verdad.&lt;br /&gt;- ¿Entonces?&lt;br /&gt;- Ya no podría tenerla más.&lt;br /&gt;- ¿Sería una ilusión?&lt;br /&gt;- Estaría viviendo en un mundo irreal.&lt;br /&gt;Víctor tenía el piyama puesto. Pasé las páginas del libro hasta que se cerró.&lt;br /&gt;- Y en el caso de necesitar sus órganos, un órgano vital, digamos el corazón… ¿tendrían que informárselo?&lt;br /&gt;- ¿Al clon?&lt;br /&gt;- Sí.&lt;br /&gt;-No siempre. Depende del núcleo. De sus padres.&lt;br /&gt;La luz del velador le pintaba los pies de color amarillo. Empezó a llorar, pero hizo como que no se daba cuenta. Ya no pude mirarlo más.&lt;br /&gt;- Dolores es un clon erre, ¿verdad?&lt;br /&gt;Apagué la luz.&lt;br /&gt;- Vos tenés que saberlo, salió de tu clínica -insistió.&lt;br /&gt;Esperé un instante.&lt;br /&gt;- Sí –dije.&lt;br /&gt;- Le mintieron sobre el transplante de médula, ¿verdad? Decímelo, decímelo… La de Favaloro es una clínica cardiovascular… ¿verdad? -rompió a llorar. Escuché cómo se desplomaba sobre el sillón de tres cuerpos. El llanto le salía en quejas desde la garganta; quejas secas, asmáticas. Alargué la mano para buscarle la cabeza, pero Chiqui encendió la luz.&lt;br /&gt;- ¿Qué está pasando aquí? –dijo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Lo acompañé hasta la Capital. Fuimos en mi auto. Sentí que era la primera vez que estaba haciendo el papel de padre. Tenía argumentos preparados para oponerme a cualquier cuestionamiento ético de cualquier discurso científico, pero no al llanto de Víctor. El slogan de mi propia clínica lo decía: “¿Por qué está bien que la gente elija la mejor casa, los mejores autos, el mejor médico, pero no trate de tener el mejor hijo posible?”. Lo había sacado de una revista; era el comentario de un padre acerca de su propio bebé nacido como resultado de una inseminación artificial. El esperma obtenido era de un donante de alta inteligencia.&lt;br /&gt;Chiqui y Sergio se opusieron a nuestro viaje improvisado. No me importó.&lt;br /&gt;En el auto intercambiamos muy pocas palabras. Víctor estuvo despierto hasta llegar. Hablé con el doctor Ariel Socas, jefe de guardia de la clínica, que había sido alumno mío en la Facultad. Me comentó que aquel lugar no era el mismo desde el suicidio de Favaloro, que todo se había convertido en un negocio. Le pregunté por Dolores Kedayán. No sabía de quién le estaba hablando.&lt;br /&gt;- ¿Cómo se llama la original?&lt;br /&gt;- Sofía –dijo Víctor.&lt;br /&gt;- Ah, Sofía. Muy bien. La operamos anoche.&lt;br /&gt;- ¿Salió?&lt;br /&gt;- Está en terapia.&lt;br /&gt;El jefe de guardia no sabía el nombre de la donante. Una amargura me bajó hasta el estómago, como un veneno. “No deberíamos haber venido”, me dije, mientras acariciaba la cabeza de Víctor.&lt;br /&gt;Cuando nos íbamos, apareció Pepa. La abracé igual que cuando le dije que estaba encinta de Sofía. Y era casi el mismo punto de partida: había nacido otra vez. Así de rara era la vida. El fletero sacó de adentro de su bolso la Barbie mesera, una cajita envuelta en celofán y un sobre. Le dio los objetos a Víctor, antes de que la pudiera detener. Víctor me dio a sostener la muñeca y se retiró a un costado, calladamente. Adentro del sobre había un papel. La letra era de Dolores.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;“Voy a volver,&lt;br /&gt;para volverte a ver.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La salvaré a Sofía.&lt;br /&gt;Será un corte final a esta baraja.&lt;br /&gt;Vos andá a abrir la caja,&lt;br /&gt;y empezá a completar tu simetría.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Que te preciso entero,&lt;br /&gt;como sos,&lt;br /&gt;cuando para el amor a estilo abuelo,&lt;br /&gt;tengamos que ser dos”.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Quitó el celofán. Abrió la caja. Era un ojo de vidrio.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/14637388-6834589687532180853?l=mandarinasdulces.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/14637388/posts/default/6834589687532180853'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/14637388/posts/default/6834589687532180853'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://mandarinasdulces.blogspot.com/2010/08/el-corazon-de-doli-capitulo-6.html' title='EL CORAZÓN DE DOLI / CAPÍTULO 6'/><author><name>Gus Nielsen</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-14637388.post-2635620134847954375</id><published>2010-07-12T16:27:00.000-03:00</published><updated>2010-07-12T16:30:34.595-03:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='DOLI'/><title type='text'>EL CORAZÓN DE DOLI / CAPÍTULO 5</title><content type='html'>Después le había escrito aquel poema hermoso, y después, poco después, le había dicho que lo que más le gustaba de él eran sus ojos. Víctor le había dicho que adoraba sus pies. Le contó el desprecio con que su hermano lo trataba, y también que lo perdonaba. Dolores, no: ¿qué derecho tenía para ser despectivo?&lt;br /&gt;- Es el original.&lt;br /&gt;- La esclavitud se abolió en 1813.&lt;br /&gt;- No es esclavitud.&lt;br /&gt;- ¿Y qué es?&lt;br /&gt;- Un servicio, como trabajar acá en el Pollen.&lt;br /&gt;- Por esto se recibe un sueldo.&lt;br /&gt;- Entonces es un acto de amor.&lt;br /&gt; Para Víctor era una entrega. Regresaba continuamente al discurso del acto de amor, y aquí era cuando Dolores dejaba de contradecirlo. Estaba segura de que si la situación entre ellos seguía y, por ejemplo, se iban a vivir juntos, él iba a tener necesariamente que rever su destino. Aquello era una espada de Damocles, algo imposible de compatibilizar con una familia.&lt;br /&gt;Aunque por el momento mucho no insistía con su punto de vista, para no arrinconarlo en un laberinto sin salida. Además, solo se veían a escondidas. Se besaban en los baños o en la cocina, con la complicidad de Fernanda, la llorona feliz, o del cajero ciego, que Patrick había tenido que contratar por la alta cantidad de billetes falsos que había en circulación. Los del Banco Central le habían enviado un folleto por correo que enumeraba las características de los billetes verdaderos. En la tapa del folleto estaba anotada la leyenda:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;“SOLO TIENE VALOR LO AUTÉNTICO”.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Las monedas de un peso eran las que más se adulteraban. Tantas eran las monedas falsas, que las empresas de transporte público habían tenido que modificar sus máquinas expendedoras de boletos para poder aceptar la falsedad. A los billetes había que verles la marca de agua al trasluz, las rosetas calcográficas con lámpara rasante, la micro letra con una lupa e inclinarlos para verificar que los números azules se pusieran verdes. O contratar a alguien con el tacto súper desarrollado.&lt;br /&gt;- Nos vendría fenómeno para la cara benéfica del Mc Pollen –afirmó el abogado-, y también sirve para descontar un sueldo íntegro de Ganancias, por invalidez.&lt;br /&gt;A Patrick se le hizo agua la boca: pensó automáticamente en una dotación de jóvenes con discapacidades físicas, atendiendo el local. Era demasiado, iba a dar mala espina. Lo que sí hizo fue darle a firmar al ciego recibos en blanco. El ciego les pasaba el dedo y preguntaba:&lt;br /&gt;- ¿Dice algo, acá?&lt;br /&gt;-  Dos mil seiscientos. Está escrito en lapicera de pluma, por eso no lo leés.&lt;br /&gt;- Me parece que no dice nada.&lt;br /&gt;El ciego firmaba igual. Patrick después lo completaba con veintidos mil seiscientos, o lo que el abogado le indicara.&lt;br /&gt;Dolores y Víctor también se veían en la playa. Continuaron yendo a remar. Al mediodía y si había poco trabajo, buen tiempo y estaba sereno, el botero les prestaba el barco para hacer picnics en alta mar. El botero tenía dieciocho años y cuerpo de brasilero.&lt;br /&gt;- Es otro clon de repuesto, como yo –le había explicado Víctor a Dolores-, pero se liberó.&lt;br /&gt;- ¿Cómo hizo?&lt;br /&gt;- El hermano murió el año pasado.&lt;br /&gt;- ¿De qué?&lt;br /&gt;- Un accidente.&lt;br /&gt;La playa de noche era la salida favorita. El botero le había hecho a Víctor una copia de la llave del candado, para que no se lo falseara con las ganzúas. Había noches en que hacían la cita y Víctor faltaba a último momento, porque Sergio le había dictado “noche de guardia” o “vigía lombardo”. “Vigía lombardo” era pasar la noche entera subido a un banco, haciendo la venia. A la mañana siguiente a Víctor le fallaban las rodillas y tenía tendinitis  en el brazo derecho.&lt;br /&gt;- Es una locura –se enojaba Dolores.&lt;br /&gt;Víctor lo aceptaba, pero no podía hacer nada. Estaba condenado por una letra R.&lt;br /&gt;- Con esos ojos tan lindos… -decía ella.&lt;br /&gt;Para la llegada de la primavera empezaron a cuidarse menos. La gente los veía de la mano. Dolores le hizo un poema sobre sus ojos, que Víctor pegó en el reverso de la tapa de su armario. El poema decía:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;“Si tu ojo derecho es igual al izquierdo&lt;br /&gt;ya no tiene sentido esperar otro invierno&lt;br /&gt;a que el febril estilo que fabrica la ciencia&lt;br /&gt;venga a decirnos cómo suplir la diferencia&lt;br /&gt;entre tu hermano y vos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y si tu ojo izquierdo se parece al derecho&lt;br /&gt;tanto, como para venir a confirmar el hecho&lt;br /&gt;de que nacieron juntos, ven juntos y es un clon,&lt;br /&gt;mirá con esos ojos y con tu corazón.&lt;br /&gt;Que entre tu hermano y vos,&lt;br /&gt;mejor sos.”&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Víctor trataba de componer algo con los pies de Dolores, pero no se le ocurría otra cosa que acariciárselos y besárselos en todos los momentos que podía; mañana, tarde o noche. A ella le gustaba mucho. Lo único que Víctor escribía eran largas listas de datos que coleccionaba de revistas y diarios.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- “El genoma de una mosca tiene 13.600 genes y 120 millones de pares de bases de ADN.”&lt;br /&gt;- “El genoma de un hombre tiene 20.000 genes y 3.500 millones de pares de ADN.”&lt;br /&gt;- “La criatura más pequeña es la bacteria Mycoplasma Genitalium, que tiene 517 genes.”&lt;br /&gt;- “El paquete mínimo de genes para sobrevivir está entre 265 y 350.”&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¿Criterio científico en mi hijo?&lt;br /&gt; Me ilusioné en vano. Eran números fetiches para jugar a la quiniela.&lt;br /&gt;Una vez rompieron un preservativo en la playa. Dolores estaba en un período dudoso. Víctor cruzó los dedos y guardó el sobre vacío donde venía el preservativo fallado. Llegó a consultarme. Yo le dije que se olvidara: es la más difícil de las coincidencias, con la naturaleza con el funcionamiento casi desganado de ahora. Lo natural se va adaptando: en el mil ochocientos todos los niños salían por vía vaginal; desde mil novecientos sesenta hasta el dos mil quince, el setenta por ciento de los alumbramientos fueron por cesárea. Llegaron a echarle la culpa a las obras sociales, con el argumento de que la cesárea dejaba más rédito a las clínicas. ¡Pura mentira! Los niños se negaban a salir por el canal de parto, porque la naturaleza se había adaptado. Hoy está pasando lo mismo con la manipulación genética: los engendramientos naturales son cada vez menos. Hemos pasado de la sexualidad sin procreación a la procreación sin sexualidad.&lt;br /&gt;- Lo que no quiere decir que no pueda estar embarazada –insistió Víctor.&lt;br /&gt;Esperaron la regla de Dolores durante quince días. Al final le bajó, como yo dije. En el mil ochocientos se hubiera quedado embarazada. Estas afirmaciones no son científicas, y no debería ponerlas en un libro. Pero soy un hombre viejo y tozudo, y realmente creo que es así. La naturaleza se ha dado cuenta de que las cosas no funcionan como antaño. Y se está olvidando poco a poco del viejo sexo.&lt;br /&gt;¡Tienen que darse tantos buenos augurios para que una mujer quede embarazada por accidente! Por empezar: contar con un espermatozoide veloz y un óvulo reconcentrado… hubiera sido un milagro. En el laboratorio es otra cosa: las partes se aíslan, el espermatozoide es inyectado, así que no interesa la energía con la que cuente: siempre va al grano. El óvulo fecundado se implantará en el momento exacto, con las condiciones adecuadas, con el humor de la madre en positivo, la temperatura ideal, el flujo justo. ¡Qué me van a hablar de accidentes! Víctor había recortado el sello del sobre del preservativo usado:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;0812925224&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando la sangre llegó, separó el número en parejas. Como el Quini tiene chances hasta cuarenta y seis números contando desde el cero, comenzando desde izquierda a derecha le daban las siguientes posibilidades:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;08 12 29 25 22 24&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Había descartado el 81, el 92 y el 52, que no estaban entre los apostables. Comenzó a jugarle solamente a esa combinación, apoyándose en su teoría de la inevitabilidad del universo, que en realidad es una teoría de biología molecular de hace unos cincuenta años, aún no descartada. La vez que más números acertó, lo hizo con los tres primeros.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Víctor y Dolores, cuando podían, limpiaban juntos las mesas de Mc Pollen Fritten. Ella pasaba el lampazo y le tiraba una coleadita para rozarlo. Siempre había un toque de manos en la levantada de las bandejas, y los ojos de los dos se encontraban en cada rincón del local, disimulado en los rebotes de los espejos o sobre la superficie acerada de la máquina de café express. Guiños sencillos anticipaban los almuerzos y las Cajas Felices. Dolores le inventaba poemas que quedaban flotando en el aire, entre el humo de las hamburguesas y el criquear del aceite hirviendo. Un día quisieron esconderse atrás de una puerta azul que había a un costado de la cocina. Estaba con llave.&lt;br /&gt;- ¿Ahí qué hay?&lt;br /&gt;- No sé –dijo el cocinero-, siempre está cerrada.&lt;br /&gt;Ese día, Víctor había regresado a su casa con la esperanza de tener la noche libre. Pero se topó con Sergio leyendo fijamente un papel que había encontrado en una de las habituales requisas por la habitación de su hermano.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;“Que entre tu hermano y vos,&lt;br /&gt;mejor sos.”&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- ¿Qué es esto? –dijo.&lt;br /&gt;- Un verso –contestó Víctor.&lt;br /&gt;En la televisión, que Sergio había movido hasta la puerta abierta de la habitación, el señor Coto denunciaba que los pollos de Mc Pollen Fritten eran comida transgénica, y que iba a llevar el asunto a los Tribunales. Un bioquímico argentino llamado Alejandro Mentaberry –compañero mío de la Facultad, con unos años menos, muy buen tipo, pelado- afirmaba que todo lo que llegaba a nuestras mesas ya estaba genéticamente modificado. Yo lo estaba mirando desde el televisor de la sala.&lt;br /&gt;- No hay una sola cosa sin retocar a todo lo largo de las estanterías de su supermercado, señor – objetaba Mentaberry.&lt;br /&gt;- ¿Quién lo escribió? –preguntó Sergio.&lt;br /&gt;- Una chica.&lt;br /&gt;- En mi supermercado no hay un solo alimento hecho con genes, para que sepa.&lt;br /&gt;- No sea ignorante, señor Coto, es obvio que todo lo que ingerimos tiene genes, porque está hecho de tejidos.&lt;br /&gt;- ¿Para vos?&lt;br /&gt;- Sí.&lt;br /&gt;- A mi nadie me llama ignorante. A esas hamburguesas del Mc Fritten habría que etiquetarlas explicando lo que traen adentro,  hablándoles de frente a los consumidores argentinos.&lt;br /&gt;- Puede ser, señor Coto, pero no por vender un transgénico, sino por vender otra cosa por pollo.&lt;br /&gt;- ¿Qué chica?&lt;br /&gt;- Una que conocí.&lt;br /&gt;- Eso no es pollo argentino. Es una vergüenza. Ni pollo brasilero, es.&lt;br /&gt;- Ahí nos vamos poniendo de acuerdo. No obstante, el uso de una tecnología blanda y productiva para el medio ambiente es correcto, por lo menos en la agricultura, y por más que se quejen los fundamentalistas ecológicos.&lt;br /&gt;- ¿Adonde?&lt;br /&gt;- En el trabajo. El día en que te traje el premio.&lt;br /&gt;- Hay que volver a sembrar tomate de semilla a la manera de antes, claro que sí, como bien dice el señor Menditaberry.&lt;br /&gt;- Mentaberry, por favor. Y digo todo lo contrario. La agricultura orgánica tiene una productividad bajísima: 40 % menos que la convencional. Si uno piensa esto en términos de superficie, para alimentar al mundo entero con la agricultura orgánica que tanto les gusta a los ecologistas, necesitaríamos un 40 % más de tierra. Si proyectamos que en veinticinco años la población mundial va a aumentar un 100 %, necesitaríamos un 140 % más de superficie cultivable para alimentar a todos. Es imposible. Vengo diciendo esto desde hace tres décadas en todos los diarios. No nos alcanzarían los desiertos, el Amazonas, la estepa africana. Impedir el desarrollo de la tecnología es un grave error que seguimos cometiendo, a la sombra del hongo de Hiroshima.&lt;br /&gt;- Ajá –dijo Sergio.&lt;br /&gt;- Ajá –repitió Víctor.&lt;br /&gt;- Pero las tecnologías rompen todo.&lt;br /&gt;- Por eso digo blandas. Blandas y productivas.&lt;br /&gt;Sergio apagó el televisor.&lt;br /&gt;- Tenemos mucho que hablar, hermanito.&lt;br /&gt;Dio un par de vueltas por la habitación, haciéndose el tigre enjaulado. Se paró delante de Víctor con cara de furia. Víctor lo estaba enfrentando sutilmente desde la posición de su cuerpo, las manos a los costados de la cintura, la mirada fija pero sin sacar pecho. “¿Quién es el tigre, eh?”. Víctor había aprendido a discernir las escenas de verdadero peligro de la mano de Dolores. Ya no le importaba nada, ni que Sergio le contara a Chiqui, ni que hiciera que lo echaran de Mc Pollen Fritten, como tantas veces había amenazado. Estaba dispuesto a jugarse por su amor. Dolores le había desnudado los ojos.&lt;br /&gt;Sergio salió de la habitación dando un portazo.&lt;br /&gt;Víctor se sentó sobre su cama. Definitivamente, no era un tigre. Tomó el papel de la cómoda para releer el poema. Después lo dobló en cuatro, le dio un beso y lo devolvió al armario. Sacó su billetera, su DNI. Allí estaba el sello culpable, ocupando todas las páginas. El sello por el cual no sería de él la decisión de ir a la Universidad, por el cual no podía tener propiedades a su nombre; el sello culpable de que Víctor no tuviera permitido votar, heredar o viajar al extranjero sin permiso escrito de Sergio, aunque tuviera la misma impresión digital que su hermano.&lt;br /&gt;Se sentía como un niño pequeño: peor aún, un bebé. El sello de la letra R mayúscula pisaba sus datos impresos en las páginas. Estaba puesto con aversión. Era imposible de escanear y borrar. Al principio jugaba solo combinatorias de ese número, que tenía nueve cifras. Pero… ¿cómo iba a ganar la lotería con el número de otro, de su hermano? Su número privado era el número de un forro pinchado: más perdedor que el anterior. Retornó el documento al cajón. Dolores era lo único que tenía.&lt;br /&gt;Su hermano golpeó a la puerta. Víctor no lo invitó. Sergio abrió la puerta con el mismo codo con el que había golpeado. Entró con dos cervezas. Le convidó una.&lt;br /&gt;- ¿Y esto?&lt;br /&gt;- Para brindar –dijo.&lt;br /&gt;La cara de Víctor se encendió. Sergio le palmeó la espalda.&lt;br /&gt;- Me enojo al pedo, eso es. ¿Qué consigo?&lt;br /&gt;Víctor subió los hombros.&lt;br /&gt;- Al pedo –siguió hablando Sergio-. No lo tomes como un presagio de nada; pero en adelante habrá que modificar algunos términos. Tenemos que hablar más. ¿Para eso querías el saco, la otra noche?&lt;br /&gt;Víctor asintió.&lt;br /&gt;- ¡Me hubieras dicho, idiota! Dormir con saco es de lo más incómodo. Ni siquiera traté.&lt;br /&gt;Sergio destapó su lata y le indicó a Víctor que hiciera lo mismo. Él esperó a que su hermano tomara primero.&lt;br /&gt;- Ah, el amor… ¿Cómo se llama?&lt;br /&gt;- Dolores.&lt;br /&gt;- Dolores cuánto.&lt;br /&gt;Víctor desconfió. No quería que su hermano supiera el apellido. Ni el teléfono, ni la dirección.&lt;br /&gt;- Monjes –mintió.&lt;br /&gt;- Conozco algunos Monjes… Hay uno que es campeón de backgammon, Rubén. ¿O era Robert? ¿Es algo de ellos?&lt;br /&gt;- No sé.&lt;br /&gt;- ¿Juega backgammon?&lt;br /&gt;- No creo -dijo Víctor.&lt;br /&gt;- ¡Fundamental! Si juega, es. ¿Viene de buena familia?&lt;br /&gt;- Sí.&lt;br /&gt;- Familia de guita, digo.&lt;br /&gt;- Creo que sí.&lt;br /&gt;- ¿Todavía no le preguntaste?&lt;br /&gt;- No.&lt;br /&gt;Parecía que Sergio preguntaba por preguntar, nomás. Víctor apoyó su lata sobre la cómoda.&lt;br /&gt;- ¿Tiene buenos pechos?&lt;br /&gt;La mirada de Víctor buscó el piso.&lt;br /&gt;- Soy tu hermano, ¿no? ¿Se los tocaste?&lt;br /&gt;Víctor no contestó.&lt;br /&gt;- Dale, frick. ¿Te la cogiste, o no te la cogiste? Te cambio esa info por la foto de las trillizas en concha.&lt;br /&gt;- Sí –dijo-, basta.&lt;br /&gt;- ¿Basta de qué?&lt;br /&gt;- De hablar de eso.&lt;br /&gt;Sergio tomó un largo trago de cerveza.&lt;br /&gt;- Tomá, tomá de la tuya –dijo, después. Se secó la espuma que le había quedado en la boca con el reverso de la mano.&lt;br /&gt;- La cerveza me cae mal –dijo Víctor.&lt;br /&gt;- Si te garchaste una minita hay que brindar. ¿Vas a brindar con Coca Cola?&lt;br /&gt;Víctor no contestó.&lt;br /&gt;- Decime, jetón: ¿vas a brindar con Coca?&lt;br /&gt;- Bueno…&lt;br /&gt;- ¡No seas pelotudo! ¡No me hagás calentar!&lt;br /&gt;Víctor volvió a agarrar la lata. Se la llevó a la boca sin determinación. El gusto amargo de la cerveza le daba asco. Sergio siguió hablando.&lt;br /&gt;- Y decime… ¿Es tu novia?&lt;br /&gt;- Sí –respondió Víctor.&lt;br /&gt;- ¿Y te culeás a otras?&lt;br /&gt;- No.&lt;br /&gt;Sergio estalló en una carcajada.&lt;br /&gt;- ¡Boludo! Culeate más, ahora que colgaste el virgo. Si no, la Monja se te va a poner insoportable. Hay que cogerse a todas las minas, son para eso. Y decime… ¿está buena en serio?&lt;br /&gt;Víctor abrió el cajón para volver a sacar su billetera. Sacó también un marcador. Buscó la polaroid; la llevó contra su pecho y le tachó el teléfono. Los colores de la foto se habían desleído. Se la dio. Sergio la llevó al lado del velador. Miraba más lo tachado que la cara de la chica. Después se despachó.&lt;br /&gt;- Más o menos –dijo-. Le falta un cacho de gomas, y esa carucha de amargada… Decime: ¿no será clon, no?&lt;br /&gt;- No.&lt;br /&gt;- Porque para clon, con uno sobra… -tomó otro trago.&lt;br /&gt;Víctor regresó la foto a la billetera.&lt;br /&gt;- ¿Cuántos años decís que tiene?&lt;br /&gt;- Como nosotros.&lt;br /&gt;- ¡Una jovata! ¡Zombi, con la de pendejas que hay te venís a voltear una vieja! ¿Qué hace?&lt;br /&gt;- Es poeta.&lt;br /&gt;- Ya le veía cara de sonsona. Ahora, de verdad: ¿qué hace?&lt;br /&gt;- Es poeta. En serio. Poetisa.&lt;br /&gt;- Yo también soy poeta. Demostrado con creces. Tengo un cheque por ahí, que no me deja mentir.&lt;br /&gt;- ¿Todavía lo tenés?&lt;br /&gt;- Se lo regalé a las trillizas. Debe estar vencido. La poesía no es una actividad. No sirve para nada. Cualquiera escribe poesía.&lt;br /&gt;- Pero ella escribe bien.&lt;br /&gt;- Se nota, sí. Criticarme… ¡a mí, a mí! Mirá a la chirusa. Es lo único que me disgusta de esa mal parida, te soy pared frontal –tomó el último trago de su lata y bajó la cabeza en una negación repetida y escéptica-. Lo que le habrás contado para que diga que sos mejor que tu hermano…&lt;br /&gt;- No le digas mal parida.&lt;br /&gt;Sergio frenó la mirada. Le brillaban los ojos. Hizo un corto silencio, antes de seguir preguntando.&lt;br /&gt;- ¿Los padres de qué trabajaban, me dijiste?&lt;br /&gt;- El padre tiene una empresa de fletes.&lt;br /&gt;- Qué cache, Dios. ¿La madre?&lt;br /&gt;- Es fotógrafa.&lt;br /&gt;- ¿De modas?&lt;br /&gt;- No sé.&lt;br /&gt;- Se puede ser fotógrafo de muchas cosas. Ser fotógrafo de casamientos es lo menos. De ahí para arriba, digamos. ¿La mina trabaja con vos en el boliche del tío?&lt;br /&gt;- Sí, ¿por?&lt;br /&gt;- Ah… ahora voy entendiendo.&lt;br /&gt;- ¿Qué hay que entender?&lt;br /&gt;- Muchas cosas. Decime: ¿si tiene plata, para qué trabaja?&lt;br /&gt;Víctor subió los hombros.&lt;br /&gt;- ¡Te está mintiendo! ¡Mujeres, ja, ja! No tiene un sope. Te lo digo yo. Capaz que hasta es clon.&lt;br /&gt;- No.&lt;br /&gt;- ¡Te está verseando en todo, hermanito! Te ve pichón. ¿Le dijiste que debutaste con ella?&lt;br /&gt;Víctor se sonrojó.&lt;br /&gt;- ¿Le dijiste o no le dijiste?&lt;br /&gt;- Sí…&lt;br /&gt;- ¿Y ella te dijo que también?&lt;br /&gt;Víctor le desvió la mirada.&lt;br /&gt;- Escuchame: ¿le salió un chorro de sangre? ¿Un buen chorro de sangre?&lt;br /&gt;- No sé…&lt;br /&gt;- ¿No le salió?&lt;br /&gt;- No.&lt;br /&gt;- Entonces te mintió. No era virgo, ves.&lt;br /&gt;- Es que ya lo había hecho con otro novio antes, a los catorce.&lt;br /&gt;Sergio abolló su lata con la mano.&lt;br /&gt;- ¿Cómo, está usada?&lt;br /&gt;Víctor levantó el índice de su mano derecha.&lt;br /&gt;- Un novio… -dijo.&lt;br /&gt;- ¿Y quién es? ¿Es del pueblo?&lt;br /&gt;- No sé.&lt;br /&gt;- ¿Cómo no lo vas a saber? ¿No se lo preguntaste?&lt;br /&gt;- No me interesa.&lt;br /&gt;- ¿Cómo no te va a interesar? Si es de la Capital, vaya y pase, se lo garchó y chau. Pero si es de acá… Esa mujer no te conviene, Víctor.&lt;br /&gt;Sergio movía la cabeza en una negación continua.&lt;br /&gt;- Tiene demasiados secretos… Es… es… una prostituta, Vic. A las cosas hay que llamarlas por su nombre.&lt;br /&gt;- No.&lt;br /&gt;- ¡Coge con los demás!&lt;br /&gt;- Fue una sola vez.&lt;br /&gt;- Eso es lo que te dice, pero se debe garchar a cualquiera. Ah, Vitito… confía en el broder, por favor… -Tiró su lata abollada a la papelera y le sacó a Víctor la otra de las manos– Decime… ¿la puedo ver?&lt;br /&gt;- ¿Personalmente?&lt;br /&gt;- Boludo, claro… ¿La vas a entrar? ¿Se la vas a mostrar a Chiqui?&lt;br /&gt;Víctor no lo había pensado.&lt;br /&gt;- No sé… no.&lt;br /&gt;- ¿No era tu novia?&lt;br /&gt;- Sí, pero… por el momento, no. A lo mejor, más tarde…&lt;br /&gt;Sergio se tomó toda la lata de un tirón. Sacudió la cabeza.&lt;br /&gt;- Estaba tibia… -dijo.&lt;br /&gt;Miró los posters que su hermano había clavado en las paredes, como si no los conociera: había uno de Cortázar, uno de Aristóteles, uno de Tolkien andando en bicicleta.&lt;br /&gt;- ¿La familia de ella ya sabe?&lt;br /&gt;Víctor asintió, inseguro.&lt;br /&gt;- ¿Y te aceptaron así, sin más trámites…?&lt;br /&gt;- Sí, ella ya les contó que soy erre.&lt;br /&gt;- ¿Y?&lt;br /&gt;- Nada… ¿por?&lt;br /&gt;- No sé, digo. ¿Ya fuiste a la casa?&lt;br /&gt;Abolló la segunda lata y la tiró sobre la papelera. Víctor estaba totalmente colorado.&lt;br /&gt;- Cuando no estaban los padres –improvisó.&lt;br /&gt;- Ah, semental… -le puso una mano en la rodilla. Expiró un aliento caliente con olor a cerveza.- Linda historia de amor… -concluyó, al fin- ¿Ya tenemos el coche lavado para el fin de semana?&lt;br /&gt;- No, ahora lo hago.&lt;br /&gt;- Lavalo afuera, porque Zulmeti botonea que le ensuciás el garaje. Dato gratis, viste, para no confiar tanto en las flores del Paraguay…&lt;br /&gt;A Víctor el comentario no le importó. Zulma era la única persona con la que podía hablar libremente de Dolores. Lo había hecho desde el principio. Zulma lo impulsaba a seguir, porque todo se iba a solucionar, decía. Menos la muerte. Se había emocionado con el poema. Llegó a lagrimear en paraguayo: “Vitito, Vitito”, dijo. Lo apretó entre sus brazos y le mojó toda la cara.&lt;br /&gt;-  Avyaiteko nendive, Vitito.&lt;br /&gt;Sergio se levantó para salir de la habitación.&lt;br /&gt;- ¿Esta noche me vas a pedir algo? Soy el nuevo Sergio, animate.&lt;br /&gt;“El coche”, pensó Víctor. Dijo:&lt;br /&gt;- Salir.&lt;br /&gt;Sergio se quedó un instante como rumiando la insolencia, como si el pedido hubiera sido demasiado para ese momento de la tarde.&lt;br /&gt;- Bueh, por hoy, pero que no se te haga costumbre. Hasta la medianoche, como la Cenicienta. Y…&lt;br /&gt;- ¿Sí?&lt;br /&gt;- ¿Ella está enamorada de tus ojos, o me equivoco?&lt;br /&gt;- ¿Cómo sabés?&lt;br /&gt;- El poema era muy claro, ¿no? Lo leí como treinta veces.&lt;br /&gt;- Sí.&lt;br /&gt;- ¿Entonces?&lt;br /&gt;- Creo que sí –sonrió-. Siempre lo dice.&lt;br /&gt;- Ajá.&lt;br /&gt;- ¿Por?&lt;br /&gt;- Por nada. Buen polvo, che. Y ponete forros, a ver si te pega los granos…&lt;br /&gt; Sergio salió. Víctor recogió las dos latas de cerveza abolladas que no habían acertado en la papelera.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Esa noche se encontró con Dolores en la playa. Ella andaba triste, porque su hermana había caído en cama con una insuficiencia renal. Los doctores habían dicho que Sofía tenía una  infección. Dolores dijo que tal vez tuvieran que operarla. Había llevado sándwiches de jamón y queso, una botella de Coca Cola y una vela, que no pudieron encender por el viento. Víctor le contó la conversación que había tenido con el hermano, pero ella no creyó que Sergio hubiera querido conocerla.&lt;br /&gt;- Tal vez lo haga por curiosidad –dijo Víctor.&lt;br /&gt;- Tu hermano es tan mala persona…&lt;br /&gt;Él lo defendió. Hasta le había convidado una cerveza. Sentía que la charla de la tarde era un augurio positivo para los cambios que tendrían que venir; un primer paso hacia una mejor relación. Dolores no podía compartir esa alegría, no esa noche, porque estaba muy preocupada.&lt;br /&gt;- Pobre Sofi –decía.&lt;br /&gt;Víctor estaba un poco aburrido de la comparación natural que surgía entre los hermanos de ambos. Sofía era buena, simpática, agradable… perfecta. Sergio, todo lo contrario.&lt;br /&gt; - ¿Hoy tuviste suerte?&lt;br /&gt;- Agarré el veintinueve.&lt;br /&gt;- ¿Trajiste un preservativo?&lt;br /&gt;- Sí.&lt;br /&gt;Apartaron los restos de la cena e hicieron el amor sobre el mantel. Después se quedaron observando el mar y las estrellas, en silencio, durante largo rato.&lt;br /&gt;- Mi hermano dice que la poesía no sirve, que es una taradez.&lt;br /&gt;- ¿Y vos qué pensás?&lt;br /&gt;Víctor se volvió a callar. ¿Cómo hablar ante aquellas estrellas? Le tomó la mano.&lt;br /&gt;- Quiero tener un hijo con vos –dijo.&lt;br /&gt;Dolores empezó a llorar despacio; el viento rasante le corrió dos lágrimas sobre la mejilla izquierda. Víctor las recogió cuando llegaron al mentón: una lágrima en la yema del dedo índice y otra en la del anular. Volvió a recostarse. Se llevó las lágrimas a la boca. Dolores le apretó la mano con fuerza.&lt;br /&gt;- Somos almas gemelas –dijo Víctor-. Lo siento así.&lt;br /&gt;- Yo también –agregó ella.&lt;br /&gt;La muerte era lo único que iba a poder separarlos. Cayó una estrella fugaz. Víctor pidió un único deseo tres veces: “que la muerte no exista”. Dolores no pidió nada, porque había estado con los ojos cerrados.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al otro día, Víctor faltó a Mc Pollen Fritten. Patrick llamó a la casa para averiguar el motivo y atendió Zulma, que le dijo que tenía órdenes de la señora Chiqui de no decirle nada a nadie. Aunque ya no trabajaba en la casa, sino en el supermercado Coto, la habían dejado venir debido a la gravedad del asunto. Ni siquiera tenía permitido atender el teléfono. Explicó el accidente de Sergio en tres palabras:&lt;br /&gt;- Con un alambre –dijo.&lt;br /&gt;Patrick salió corriendo hacia la clínica. Dolores lo vio irse y cruzó los dedos. Llamó durante lo que quedaba de la mañana. En casa de Víctor nadie más atendió el teléfono. Yo había ido hasta la clínica en el auto, a medianoche, cuando todo pasó.&lt;br /&gt;-Plif, y se desinfló –fue la descripción que Chiqui dijo que Sergio le había hecho antes de desmayarse sobre la alfombra de su cuarto. Todavía tenía el alambre apretado en la mano y media cara ensangrentada. Estuvo siete días en oclusión. Víctor, en cambio, salió rápido; a los dos días estaba trabajando de nuevo.&lt;br /&gt;- ¿Y eso qué es? –Dolores había llorado los dos días.&lt;br /&gt;- Un parche –dijo él.&lt;br /&gt;Ella lo abrazó.&lt;br /&gt;- Igual tengo el de al lado. &lt;br /&gt;A la semana, la noticia parecía menos truculenta. Habían puesto una Caja Feliz abierta para que los clientes dejaran alguna moneda. Entre todos iban a comprarle a Víctor el ojo de vidrio. Patrick puso un billete de cien pesos, y la televisión fue a registrar el acto. Se había vestido de payaso, con la nariz de goma y los zapatones. ¡Hasta asistió un oftalmólogo para tomarle a Víctor la medida exacta de la cavidad derecha y el color del iris del ojo izquierdo! Pusieron la receta con las indicaciones adentro de la Caja. Dolores había depositado trescientos pesos de su último sueldo, y el ciego ya llevaba donados treinta y cuatro pesos con veinte centavos. Lo demás eran inútiles monedas de un centavo y media naftalina puesta por algún mala madre. A Víctor le dejaron repetir hamburguesa, que él insistía en dividir mitad y mitad con Dolores. Aunque no volvieron a hacer el amor. Ella, entonces, le hizo un poema, pero no se lo dio enseguida.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;“Si el amor está vivo&lt;br /&gt;merecemos nuestra playa y el mar.&lt;br /&gt;Lo merezco contigo.&lt;br /&gt;Si el amor está muerto,&lt;br /&gt;no me importa cuán muerto esté de amar.&lt;br /&gt;Igual te quiero tuerto.”&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Dolores dudó mucho con la palabra “tuerto”, pero la dejó porque era simpática. Víctor tenía sentido del humor, la iba a saber leer. La duda demoró la entrega del poema y, como si una maldición hubiera caído sobre la pareja, la salud de Sofía se complicó. Pepa, su madre, le había hablado a Dolores de la siguiente manera:&lt;br /&gt;- Tu hermana va a necesitar un trasplante de riñón. Sabemos que es un órgano muy difícil de conseguir: Sofi no va a poder esperar. Yo no soy compatible con la sangre de ella, si no lo haría con gusto –mintió.&lt;br /&gt;- ¿Y qué hay de mi compatibilidad?&lt;br /&gt;- Los médicos vieron tu ficha y dicen que es un milagro. Con tu donación, habría un noventa por ciento de probabilidades de que la operación sea exitosa.&lt;br /&gt;- ¿Y yo?&lt;br /&gt;- Los médicos dicen que saldrías en un mes de postoperatorio. Tendrías que hacer una dieta hipo proteica, pero, bueno… Habrías salvado a tu hermana.&lt;br /&gt;- ¿Si no, se muere?&lt;br /&gt;- Sí –respondió Pepa. Lloraba.&lt;br /&gt;En el hospital, Dolores pidió que la dejaran a solas con Sofía, porque aún no estaba decidida del todo. Los siquiatras y el médico le habían explicado los detalles. Solo requerían su colaboración. Pasaron doce minutos y Dolores salió de diálisis con los ojos rojos.&lt;br /&gt;- Se hace –dijo.&lt;br /&gt;Las internaron en el momento. Cuando Víctor llegó, ya habían entrado a cirugía. Pepa le contó que iban en dos camillas, agarradas de las manos. Víctor había comprado un gran ramo de flores. La mujer estaba sensiblemente emocionada por el gesto. Víctor vio a otra señora con facha de tractorista, o de conductora de camión atmosférico. Pepa los presentó.&lt;br /&gt;- Marisa… ¿Víctor, no?&lt;br /&gt;- Sí.&lt;br /&gt;Dolores le había hablado.&lt;br /&gt;- ¿Te lastimaste el ojo? –preguntó Marisa.&lt;br /&gt;- Mi hermano tuvo un accidente con un alambre –contestó él.&lt;br /&gt;Era viernes. Pepa le pidió que se quedara a acompañarlas, porque estaban muy nerviosas.&lt;br /&gt;- Tu novia es valiente –agregó, como si no se tratara de su hija.&lt;br /&gt;Víctor se dispuso a quedarse hasta el lunes. No necesitaba ninguna otra cosa que no fuera estar allí. Ni ropa, ni dinero. Llamó por teléfono para que nos quedáramos tranquilos. Chiqui puso el grito en el cielo: ¡con todo lo que había para hacer! Ella no iba a dar a basto, y que se acordara de que Zulma ya no estaba más.&lt;br /&gt;- ¿Quién va a cortar el pasto, transplantar el cerezo, pintar el garaje? Vení ya mismo, que tu pobre hermano todavía está convaleciente.&lt;br /&gt;Víctor cortó. Por primera vez, pensó:&lt;br /&gt;- Que se vaya a cagar.&lt;br /&gt;Tenía diecisiete años y toda la razón del mundo.&lt;br /&gt;Ian Wilmut, el clonador de la oveja famosa, lo había anticipado el 10 de febrero de 1999: “Es muy distinto a trabajar con un embrión que potencialmente es una persona, pero que no tiene conciencia de serlo, a producir un niño que sufrirá todas las consecuencias de ser el doble de otro ser humano”.&lt;br /&gt; - ¿Qué pasará con los derechos de esas personas y las responsabilidades que la sociedad tiene para ellos? –acometían los detractores.&lt;br /&gt;La única respuesta que Wilmut había encontrado era otra pregunta:&lt;br /&gt;- ¿Cómo detenerlo?&lt;br /&gt;Era imposible. El Registro Nacional de las Personas, institución insalubre por lo perimida, había puesto un máximo a la expedición de documentos por clonación: ocho. Salvo que fueran erres, ahí no había cupo. El número no dependía de nada que fuera científico, y únicamente sirvió para que Víctor perdiera un tiro a la ruleta. Los burócratas del Registro aconsejaban anotar a los hijos clones como clones. La impresión del dígito pulgar derecho era la misma y la foto idéntica, en el peor de los casos con edades distintas. Para ellos era algo sencillo, inclusive solían repetir huellas y fotos, acostumbrados a hacer todo bajo la ley del menor esfuerzo.&lt;br /&gt;El problema, a lo sumo, lo tenía la policía. La Federal ya se había topado con el caso Morales. Los tres sospechosos tenían entrada en la Central, y eran unos calcos. ¿Quién de ellos había dejado sus huellas en el cadáver de Pedro Morales? Los testigos no servían. Los sospechosos se declararon inocentes. Los policías, confundidos, torturaron al hermano callado, mataron por la espalda en intento de fuga al que gritaba más y condenaron al del medio. El asesino apareció a los dos meses. No tenía ninguna relación con las huellas recolectadas.&lt;br /&gt;Chiqui se apersonó a las once de la mañana en Mc Pollen Fritten, a exigir a Patrick la entrega de su hijo Víctor. Patrick y Mauro Sonrisa, disfrazados de payasos, estaban repartiendo golosinas a un grupo de niños carenciados. Contestaron que no sabían nada. Le entregaron un sobre que alguien había dejado para él. La letra era de Dolores, según palabras de Fernanda.&lt;br /&gt;- ¿Quién es Dolores? –preguntó Chiqui.&lt;br /&gt;- La novia de Víctor.&lt;br /&gt;Chiqui fue a la policía: hizo la denuncia por secuestro de órganos, algo que estaba penado por la ley pero que nadie se atrevía a hacer, y se presentó en mi clínica en lugar de ir al hospital, acompañada por un suboficial. Abrió la puerta del consultorio como un huracán, cuando mis manos estaban tocando un privilegiado cuerpo de mujer, una clienta de treinta y cinco años que nunca estaba satisfecha con la educación que les daba a sus hijos clones, y siempre quería volver a intentarlo. Desde los veinticinco años que venía dando vueltas con lo mismo: ya tenía seis hijos. Después de cada parto, ella se sometía a una cirugía plástica que le servía para hacerse algunos retoques aquí o allí.&lt;br /&gt;- ¡Te pesqué! –gritó Chiqui.&lt;br /&gt;La clienta se vistió rápidamente. El suboficial se asomó detrás de Chiqui para no perderse ni un detalle del cuerpo semidesnudo. Después me quiso detener, acusado por Chiqui de haber tocado a mi paciente con la mano de acariciar más. Se la enseñé al suboficial, extendiendo los dedos. Él dijo:&lt;br /&gt;- Lo que su marido tiene en la mano es un defecto, señora. No lo podemos arrestar por eso.&lt;br /&gt;Los de seguridad los acompañaron a la salida. Chiqui llegó a casa y fue directo al botiquín. Se tomó dos Alplax con un vaso de orina –estaba en plena terapia alternativa-, para dormir el resto del fin de semana. Dejó el sobre para Víctor sobre la mesa de la cocina; Sergio entró y lo abrió. Si era para Víctor también era para él. Aunque, por las dudas, despegó el sobre con vapor. El horno no estaba para bollos. Leyó el poema de Dolores, buscó papel y lápiz y se puso a escribir. La maldad fue su musa. Hacia las cinco de la tarde, ya tenía lo siguiente:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;“Me gustaba ese ojo&lt;br /&gt;que miraba a su antojo.&lt;br /&gt;El que te quedó es copia.&lt;br /&gt;El otro ojo tenía… ¡voluntad propia!&lt;br /&gt;Se notaba al mirarte la mirada&lt;br /&gt;que ahora lleva tu hermano;&lt;br /&gt;se notaba que era un ojo sano.&lt;br /&gt;Uno de vidrio sería una cagada”.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Imitó la letra de Dolores.&lt;br /&gt;La rima no era tan buena como la de ella, y eso que había tardado como cinco horas. En realidad, las únicas cosas que le gustaban del poema de Dolores eran la rima y la palabra tuerto del final. Aprovechó esa palabra para hacer otro:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;“Tu visión implacable&lt;br /&gt;se convirtió en mar muerto.&lt;br /&gt;Y hoy todo el mundo dice:&lt;br /&gt;¡Ahí va Víctor, el tuerto!”&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Este poema no servía. Lo tachó. Ella no iba a ser tan cruel, de ninguna manera. También tachó en el anterior el verso completo que llevaba la palabra “cagada”, porque Dolores tampoco iba a ser capaz de escribir eso, y para poder sacar el otro verso tan horrible: “Se notaba al mirarte la mirada”. ¿Cómo hacía ella para rimar tan fácil? A los versos de Sergio siempre parecía que le sobraban letras.&lt;br /&gt;El domingo se levantó más inspirado:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;“¡Qué martirio!&lt;br /&gt;Verte ayer con tus ojos hermosos&lt;br /&gt;y verte hoy con un ojo de vidrio…&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¡Qué delirio!&lt;br /&gt;‘un Mc con queso, marche’,&lt;br /&gt;y en la cara tener un puto parche”.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No, definitivamente se tenía que olvidar de las malas palabras. Y había que ver si a Víctor le alcanzaba, con su sueldo de Mc Pollen Fritten, para comprarse un ojo ortopédico. Si no, siempre le cabía la posibilidad de ponerse una bolita japonesa o un bolón de acero, onda Terminator. ¡Por lo que las mujeres lo iban a mirar!&lt;br /&gt;Tenía que imitar más el estilo de Dolores, no solo la letra. Tenía que llegar al espíritu del asunto. Sergio se dio cuenta de que eso era visceral para el engaño, y corrigió trabajosamente el poema hasta convertirlo en el siguiente:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;“¡Qué cosa tan rara!&lt;br /&gt;Verte ayer con tus ojos tan bellos,&lt;br /&gt;como si tu belleza dependiera de ellos…&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¡Qué martirio!&lt;br /&gt;Verte hoy con tu hueco en la cara&lt;br /&gt;y mañana, tal vez, con un ojo de vidrio”.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Este era perfecto. Sergio Luis Borges. Ser poeta era fácil. Lo firmó con el nombre de ella, lo ensobró y dejó el sobre donde lo había encontrado.&lt;br /&gt;Víctor leyó el poema el día lunes. Seguramente le dolió un poco, pero se imaginó lo que había pasado. Cuando se lo dijo a Dolores, en una de sus visitas al hospital, los dos rieron sin disimulo. Ella no demasiado, porque tenía los puntos y porque la que se reía, de las dos, era Sofi.&lt;br /&gt;Aunque tampoco tuvo mucha oportunidad para reírse, porque antes de que se recuperaran del trasplante, los médicos informaron que Sofía había contraído leucemia mieloide, que es un cáncer de lento avance, pero fatal, de las células sanguíneas germinales. Había que hacerle quimioterapia. La leucemia, latente en el cuerpo de Sofi, se había desencadenado con la presencia de los medicamentos que le habían inyectado para que no rechazara el riñón. Había sido de un momento para el otro. Sofía tuvo que viajar de urgencia a la Capital.&lt;br /&gt; - ¿Y no se puede hacer nada? –preguntó Víctor.&lt;br /&gt;- Sí –dijo Dolores-.  Un transplante de médula.&lt;br /&gt;A Víctor se le vino el mundo abajo. Me vino a preguntar qué opinaba. Fui muy parco.&lt;br /&gt;- Opino que lo tiene que hacer –dije.&lt;br /&gt;- ¿Y es riesgoso?&lt;br /&gt;- Es una operación –le contesté, para que no me siguiera preguntando.&lt;br /&gt;Víctor estaba desorientado. Encontraba consuelo solo en Zulma, que lo aconsejaba en guaraní, mientras le acariciaba la cabeza.&lt;br /&gt;Dolores regresó a Mc Pollen Fritten. Hablaba menos. Se había olvidado de escribir poesía. “Necesito que me pase algo bueno”, les dijo a todos, “algo fuerte, distinto”. Se movía por el local como una autómata. Sin paz.Tenía que decidirse pronto. Víctor no sabía cómo ayudarla&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/14637388-2635620134847954375?l=mandarinasdulces.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/14637388/posts/default/2635620134847954375'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/14637388/posts/default/2635620134847954375'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://mandarinasdulces.blogspot.com/2010/07/el-corazon-de-doli-capitulo-5.html' title='EL CORAZÓN DE DOLI / CAPÍTULO 5'/><author><name>Gus Nielsen</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-14637388.post-5084384287040836593</id><published>2010-06-01T01:16:00.000-03:00</published><updated>2010-06-01T01:17:47.897-03:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='DOLI'/><title type='text'>EL CORAZÓN DE DOLI / CAPÍTULO 4</title><content type='html'>&lt;em&gt;—Tus células te han llevado hasta donde estás hoy. Una vez tuviste una sola. Pero ahora hay billones, cada una convirtiéndose en dos nuevas células lo suficientemente a menudo como para mantenerte vivo. Sin embargo, cualquiera de ellas podría causarte la muerte. Cualquiera puede romper filas y comenzar a reproducirse fuera de control... &lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El que hablaba era Paul Nurse, un científico del Fondo Imperial de Investigación del Cáncer, una institución benéfica de los Estados Unidos. Ponía cara de mago al decir sus verdades, moviendo hacia un lado o hacia el otro su bigote blanco. Sergio lo miraba tirado en el futón, con una Coca y una bandeja con sándwiches que Víctor le había preparado: queso, jamón crudo y una pizca de mostaza de Dijón entre rebanadas de pan negro untadas en manteca. A cada alocución del científico, Sergio agregaba “qué barbaridad”. Sergio estaba seguro de que un cáncer podía fabricarse en cualquier momento en que uno lo necesitara. Siempre ponía el ejemplo de un hombre acorralado por sus deudas, sin novia, sin padres ni amigos, sin trabajo y sin voluntad para darse una buena cortada en las venas. A ese tipo, el cáncer se le daba como una solución. Nunca lo discutí, porque sabía que era parte de su lógica de suicida inmóvil.&lt;br /&gt;Víctor se había retirado a su habitación, después de pedirle permiso. Sergio le había dicho “tomate franco hasta mañana”. Algunas noches lo hacía quedarse de guardia, despierto, hasta horas avanzadas. Sergio ponía el despertador debajo de su almohada para verificar en mitad de la noche que Víctor siguiera allí, de pie en la habitación. Entonces le pedía un vaso de agua. Y Víctor tenía que traérselo.&lt;br /&gt;Esa tarde, por suerte, Sergio estaba de buen humor. Eran las diecinueve y treinta. Víctor todavía no había llamado a Dolores. Se sentó sobre su colchón, a observar la foto con el número. Temblaba. La miró intuyendo qué hacer, pero con la duda instalada en la punta de sus dedos. Marcó el número en el teléfono. Víctor ya había visto las dos películas de terror que había en cartel: “Zombis del espacio” y “Scream 12”. La película, igualmente, era lo que menos importaba. —Hola —dijo ella.&lt;br /&gt;—Hola —dijo Víctor.&lt;br /&gt;—¿Quién habla?&lt;br /&gt;—Víctor.&lt;br /&gt;—¿Qué Víctor?&lt;br /&gt;—El hermano de Sergio. El chico que conociste hoy en…&lt;br /&gt;—Ah, sí, sí. ¿Qué tal?&lt;br /&gt;—Bien.&lt;br /&gt;—Pensé que ya no llamarías. La película empieza a las nueve.&lt;br /&gt;—Habrá otra función después.&lt;br /&gt;—Sí, pero mañana me tengo que levantar temprano.&lt;br /&gt;—Ah.&lt;br /&gt;—¿Y? ¿Puede o no puede?&lt;br /&gt;—¿Quién?&lt;br /&gt;—Tu hermano.&lt;br /&gt;A Víctor se le hizo un nudo en la garganta. ¿Por qué era tan tímido? Un tonto. La convivencia diaria con los caprichos de Sergio lo había convertido en eso que era. Estaba petrificado. Algo tenía que hacer. “Aunque sea, pedirle autorización”, pensó.&lt;br /&gt;—¿Y?&lt;br /&gt;Quiso decir:&lt;br /&gt;—Sergio no puede, pero yo sí.&lt;br /&gt;Dijo:&lt;br /&gt;—Sí, puede.&lt;br /&gt;—Entonces a las ocho y media en la puerta del Maxi, para llegar a los avances. Voy a ir vestida de rojo. Adiós.&lt;br /&gt;Cuando cortó, Víctor temblaba más que antes. Iba a engañar a su hermano por primera vez. Era peor que copiarse en la escuela, que mentirle a los padres, que robarse alguna propina de Mc Pollen Fritten. Era imperdonable. Intentó imaginar a Dolores con un vestido rojo. Eso le dio coraje.&lt;br /&gt;Se puso una camisa celeste y un saco. Zapatos no, porque no tenía. Abrió la puerta. La televisión seguía encendida. En estudios, Nurse hablaba con una mujer de unos cincuenta años.&lt;br /&gt;—Trato de no quedarme estancada en ninguna costumbre —decía la mujer.&lt;br /&gt;—Las rutinas te envejecen —opinaba Nurse.&lt;br /&gt;—Te vuelven inflexible.&lt;br /&gt;—Te cristalizan.&lt;br /&gt;Sergio tenía los ojos cerrados. El vaso y la bandeja estaban vacíos sobre la mesita ratona. Víctor salió de su cuarto caminando en puntas de pie. Casi al pasar la puerta, oyó la voz de Sergio.&lt;br /&gt;—¿Adónde vas así vestido?&lt;br /&gt;—¿Vestido cómo? —dijo Víctor, sin volverse.&lt;br /&gt;—De saco.&lt;br /&gt;Víctor dio vuelta la cabeza. Sin mirarlo a los ojos, dijo:&lt;br /&gt;—Al cine.&lt;br /&gt;Sergio se contuvo un instante.&lt;br /&gt;—¿Ya está lista mi ropa para mañana? —preguntó, al fin.&lt;br /&gt;—Sí.&lt;br /&gt;—Me parece que los zapatos están sin lustrar.&lt;br /&gt;—Los lustré hace un rato.&lt;br /&gt;—Están sin brillo.&lt;br /&gt;—¡Los lustré!&lt;br /&gt;—Lo hiciste mal, entonces. Lustralos de nuevo. Y fijate, también, la camisa.&lt;br /&gt;—¿Qué pasa con la camisa?&lt;br /&gt;—Andá y fijate.&lt;br /&gt;Víctor fue hasta donde estaba la camisa y se la trajo: estaba planchada.&lt;br /&gt;—¿A ver? —dijo Sergio, y la arrugó. Tiró el bollo sobre el televisor—. No estaba, viste. A planchar.&lt;br /&gt;Víctor enchufó la plancha, que aún no se había terminado de enfriar. Puso una frazada sobre la mesa. Roció la camisa con agua. Fue a buscar los zapatos y la caja de lustrar. Empezó a pasarles pomada con un trapo. La pomada opacaba el brillo del cuero recién lustrado.&lt;br /&gt;—¿Y con quién vas?&lt;br /&gt;Por la televisión pasaban el aviso de la clínica reprogenética de prodigios Silver, de Bahía Blanca:&lt;br /&gt;&lt;em&gt;—¿Qué hay sobre los costos?&lt;/em&gt; —se preguntaba el locutor&lt;em&gt;—¿Sería excesivo pagar treinta mil dólares para asegurar que un niño nacerá más sabio, más apto para competir en el mundo? Frecuentemente los padres gastan el triple de dinero en un período de cinco años para proporcionar al niño una educación superior. ¿Cuál es el sentido de este gasto? Incrementar las posibilidades de que sus hijos sean más capaces de lograr el éxito y la felicidad. Si ustedes, padres, están dispuestos a gastar dinero después del nacimiento —sin una garantía de retorno de su inversión—, ¿por qué no hacerlo antes?&lt;br /&gt;&lt;/em&gt;—Solo —dijo Víctor.&lt;br /&gt;&lt;em&gt;—Una mamá desea el servicio reprogenético de prodigios: Lee M. Silver estará allí para proporcionárselo llamando al 0291…&lt;br /&gt;&lt;/em&gt;—¿Para ir solo te pusiste saco?&lt;br /&gt;La cara de Silver era pura convicción.&lt;br /&gt;—Sí.&lt;br /&gt;—Sacátelo —dijo Sergio.&lt;br /&gt;—¿Por qué?&lt;br /&gt;—Porque hoy quiero irme a dormir con saco. Con ese saco estúpido.&lt;br /&gt;—¿Y me prestás otro?&lt;br /&gt;—No.&lt;br /&gt;Víctor se lo quitó.&lt;br /&gt;—Planchalo también.&lt;br /&gt;—Los sacos se planchan con máquina.&lt;br /&gt;—No me importa.&lt;br /&gt;—¿Para qué lo querés planchado si lo vas a usar para dormir?&lt;br /&gt;—Es problema mío.&lt;br /&gt;Víctor terminó de doblar la camisa y puso el saco sobre la frazada. Le planchó las solapas y los bolsillos. Lo colgó de una percha. Se arrodilló para lustrar los zapatos.&lt;br /&gt;—Ya está —dijo, cuando terminó.&lt;br /&gt;—Llevate todo —dijo Sergio, señalando la bandeja y el vaso —. Y quiero cerveza. Helada.&lt;br /&gt;Víctor pasó por la cocina. Chiqui, que estaba en camisón, lo vio y le hizo lavar los platos. Era una pila enorme. Víctor lo hizo rápidamente. Abrió la heladera. Se habían acabado las cervezas. El reloj marcaba las ocho y cinco. Le sirvió un vaso de agua fría.&lt;br /&gt;—¿Qué es esto? —gritó Sergio—. ¿Agua es igual a cerveza?&lt;br /&gt;—No había. ¿Querés que te vaya a comprar una lata?&lt;br /&gt;Sergio se estiró en el futón, de mala cara. Tardó cinco minutos en contestar. Durante ese tiempo recorrió los ciento ochenta canales del cable.&lt;br /&gt;—Si querés, voy.&lt;br /&gt;Sergio bostezó.&lt;br /&gt;—No quiero nada —dijo.&lt;br /&gt;Víctor fue por un pulóver que tenía parches en los codos. Se lo puso. Eran las ocho y cuarto. Salió corriendo. Al bajar las escaleras, Chiqui había dicho “Ah, Víctor…”, pero él no la dejó terminar.&lt;br /&gt;Las calles estaban repletas de publicidades que Víctor no reconocía. No mirar televisión convierte la ciudad de uno en un paisaje extraño. Leía &lt;em&gt;Talía, Mena, Bitur, Nanis&lt;/em&gt;, veía sus caras alegres en los afiches, sus sonrisas, sin saber quiénes eran, qué vendían, qué tenían para dar. Víctor las pasó corriendo. Solamente se detuvo a mirar la quiniela vespertina en un negocio de ruletas. Otra vez había perdido, otra vez no iba a ser un príncipe.&lt;br /&gt;Llegó al Maxi sudado. Dolores se había atado el pelo: tenía el cuello largo y delgado, como de porcelana, y el vestido rojo le dejaba los hombros al descubierto. Cuando lo vio llegar se acomodó la chalina, y los hombros quedaron tapados. Traía una pequeña cartera de cuero ecológico. El ruedo del vestido tenía una terminación en gasa que dejaba ver sus rodillas. Parecían nueces.&lt;br /&gt;—¿No tenías coche?&lt;br /&gt;—Está en el taller.&lt;br /&gt;Le dio un beso en la mejilla. El perfume también tenía olor a nuez.&lt;br /&gt;—¿Entramos?&lt;br /&gt;—Claro.&lt;br /&gt;Víctor fue a comprar los tickets. La película no era de terror, sino de amor.&lt;br /&gt;—Espero que no te importe —dijo ella.&lt;br /&gt;—No.&lt;br /&gt;Compró también un cartucho de pochoclo. Ella tenía una bolsa de caramelos Media Hora.&lt;br /&gt;—¿Cómo supiste? —dijo él—. ¡Me gustan mucho!&lt;br /&gt;—A mí también.&lt;br /&gt;Se sentaron por mitad de la sala. En el noticiero, un chino se quejaba a una reportera de rulos:&lt;br /&gt;&lt;em&gt;—Nuestra población se alimenta con este arroz súper híbrido desde hace cinco décadas. Lo mismo el maíz, que Craig Venter nos viene ahora a vender. Ese recurso lo explotamos desde el 82. También desarrollamos biocombustibles, un detector gaseoso de polución en el medio ambiente, mecanismos para restaurar microsistemas y para revertir automáticamente la contaminación tóxica en ríos y lagos. Lo hemos hecho en Saigón, en Pekín. Sin ayuda de los yanquis, señorita. Nosotros lo hicimos primero.&lt;br /&gt;&lt;/em&gt;Dolores se llevó a la boca un poco de pochoclo y le pasó el cartucho. Se quitó la chalina. Él, que estaba pelando caramelos —para Víctor los caramelos Media Hora eran algo así como una droga irresistible— pudo ver nuevamente, furtivamente, el bretel, y la pera torneada del hombro de Dolores. La luz de la película hacía una sombra sutil en el escote rojo que subía y bajaba por la respiración. Ella alargó su mano y él tardó en darse cuenta de que era para que le devolviera los pochoclos.&lt;br /&gt;&lt;em&gt;—Este avance científico de principio de siglo es comparable al descubrimiento de las leyes de Mendel del comienzo de siglo anterior, pero lo hicimos nosotros, no los yanquis. Esa estúpida foto en la que Venter, Collins, Clinton y Blair se abrazan… Da alergia.&lt;br /&gt;—¿Alergia?&lt;/em&gt; —dijo la reportera.&lt;br /&gt;&lt;em&gt;—Alergia. Creo firmemente en el nacionalismo&lt;/em&gt; —dijo el chino, y miró repentinamente a cámara—. &lt;em&gt;Por eso, si estuviera en el país de ustedes, compraría en Coto, supermercados argentinos para los argentinos.&lt;br /&gt;&lt;/em&gt;Alguien chifló. La reportera decidió pasar al tema del racismo. Le preguntó al chino, que se llamaba Kil Fukuyama, si no tenía miedo de que sucediera como en la época del Tercer Reich, en la que se buscó limpiar la raza aria con ingeniería genética.&lt;br /&gt;&lt;em&gt;—El concepto de raza no tiene fundamento genético&lt;/em&gt; —dijo el chino—. &lt;em&gt;Es imposible afirmar a partir de un genoma la condición étnica de una persona.&lt;br /&gt;&lt;/em&gt;—Tal vez no sea tan cierto —opinó Víctor.&lt;br /&gt;Dolores le preguntó por qué, con la boca llena de pochoclo.&lt;br /&gt;—También decían lo mismo del alcoholismo, hubo científicos que…&lt;br /&gt;—Shhh, shhh.&lt;br /&gt;Víctor bajó la voz. Ella comía pochoclo como si en lugar de boca tuviera un pico.&lt;br /&gt;—Después te cuento.&lt;br /&gt;—Bueno, Sergio —dijo ella.&lt;br /&gt;Él se quedó duro. Se estaba haciendo pasar por su hermano, aunque Sergio jamás hablaría de genomas. ¿De qué hablaba Sergio? De dinero, de sexo, de autos, de puros, de tragos, de fútbol, de televisión. Todos esos temas eran prácticamente desconocidos para Víctor. Él casi no tenía dinero; ni tarjetas de crédito, ni cuentas en los bancos. Por otro lado era virgen, así que hablar de sexo… bien. ¿Autos, puros, tragos, fútbol, televisión? El mundo de Sergio era el mundo que la sociedad esperaba de un hombre, al menos por lo que las revistas de hombres revelaban como los temas concernientes al género. A Víctor no le interesaban esos temas. Siempre le había gustado leer, un poquito escribir, caminar por la playa, remar, jugar a la quiniela y al Loto, comer las hamburguesas de Mc Pollen Fritten. Siempre había pensado que estaba más cerca de las revistas femeninas que de las masculinas, con sus horóscopos, sus cuentos semanales, sus investigaciones seudocientíficas en el campo de la genética. Dolores le pasó lo que quedaba de pochoclo. No quería más. La película estaba a punto de empezar. Los carteles la revelaban como romántica; por las imágenes, era cómica. Título: “Mis dobles, mi mujer y yo”. Actor: Michael Keaton. El acomodador alumbró con la linterna sobre los pies de ella. Sandalias; más tiritas. Iguales a los breteles, pero de cuero.&lt;br /&gt;—Permiso…&lt;br /&gt;Los pies eran delgados y blancos. Dolores los mantuvo juntos mientras la pareja pasó.&lt;br /&gt;—Disculpen…&lt;br /&gt;La chica era muy petisa y él era un amigo de Sergio. Víctor se sobresaltó. Iba a reconocerlo en cuanto encendieran la luz. Por el pulóver viejo, por las zapatillas, por venir sin el auto. Sergio jamás iba al cine. Víctor se tapó la cara con la mano, esperando no ser descubierto en la penumbra. Ese individuo era capaz de gritar “¡Sergio, aquí, aquí!”, hasta verle alguno de los detalles reveladores. La gente volvería a hacer “¡shhh!”, y él a callarse, después de un desilusionado “Sergio jamás saldría en zapatillas”.&lt;br /&gt;Inclinó lentamente la frente hacia adelante, conservando la visión de los pies de Dolores. Ella también se inclinó para mirárselos; después buscó los ojos de Víctor. El acomodador apuntó con la linterna para que vieran mejor, por si habían perdido algo. El círculo de luz trepó por el brazo izquierdo de ella, desde la mano que verificaba las hebillas abrochadas en sus sandalias, hasta el hombro. El vestido rojo hizo un globo y, por debajo de la axila depilada, Víctor pudo ver un pecho blanco. Fue de costado, fue un segundo en el que él se tiró hacia atrás en el asiento; le pareció que la visión alcanzaba hasta la punta rosada, el costadito de esa rosa. El cartucho de pochoclo se le resbaló de las manos. Dolores apartó los pies. Los pochoclos acaramelados se desparramaron sobre la alfombra del cine.&lt;br /&gt;—Uf.&lt;br /&gt;Ella lo miró como diciéndole “no puede ser que los hayas tirado al piso”. Víctor tenía una erección. La novia del amigo de su hermano se removió en el asiento para ver qué pasaba a su lado.&lt;br /&gt;—Vamos —dijo Víctor.&lt;br /&gt;Agarró a Dolores de la mano y se la llevó a la entrada. Iba adelante, para que ella no descubriera el bulto en su pantalón.&lt;br /&gt;—¿Qué pasa?&lt;br /&gt;—Busquemos un asiento por el fondo.&lt;br /&gt;—¡Shhh!&lt;br /&gt;Se sentaron en la última fila, entre dos parejas que se estaban besando. Una vez allí, Víctor pensó que había escogido el peor lugar. Qué iría a suponer Dolores si la sacaban repentinamente de una ubicación privilegiada para arrastrarla a ese pullman del amor que eran los últimos asientos. El chico del lado de Víctor estaba metiendo la mano en el corpiño de su chica; ella, en la bragueta de él. La pareja del costado de Dolores era aun más fogosa, como un dúo de contorsionistas amigables que, además, jadeaban.&lt;br /&gt;—No entiendo por qué nos cambiamos.&lt;br /&gt;—Para no pisar el pochoclo.&lt;br /&gt;—¡Se pueden callar ahí atrás!&lt;br /&gt;—Ahhh —gimió la vecina de Dolores.&lt;br /&gt;La película, además, no ayudaba. Era una comedia americana antiquísima sobre la clonación, en la que imaginaban que clonar era como fotocopiar: el clon nacía con la edad del original, aunque fueran adultos. Un disparate.&lt;br /&gt;—Mejor vamos —dijo Dolores.&lt;br /&gt;Salieron agarrados de la mano. Ella no se había dado cuenta de que nunca se habían soltado, desde que se pasaron de asiento. Tenía un pochoclo pegado en la sandalia. Recogió una pierna haciendo equilibrio sobre la otra, se inclinó levemente y se lo despegó de la tirita. La mano de Víctor estaba transpirada. El acomodador se acercó para preguntarles si querían más pochoclo.&lt;br /&gt;Dolores ya se había puesto la chalina. Salieron a la calle.&lt;br /&gt;—¿Vamos a tomar algo?&lt;br /&gt;—Bueno —dijo ella.&lt;br /&gt;Fueron a dos o tres lugares que estaban atestados de gente. Víctor se imaginó a su hermano recibiendo de alguien la noticia, que podía ser dada de dos maneras:&lt;br /&gt;—¿Qué tal el clonazo de Vic, así que ya lo dejás salir con minas?&lt;br /&gt;O:&lt;br /&gt;—¿Qué hacías ayer a la noche en el Maxi disfrazado de pobre y acompañando a una mesera del Mc Fritten, esa que tiene cara de sonsa?&lt;br /&gt;La noche estaba cubierta de estrellas y el mar quedaba a dos cuadras. Dolores dijo:&lt;br /&gt;—¿Y si compramos una botella de vino y la vamos a tomar a la playa?&lt;br /&gt;—Buena idea.&lt;br /&gt;Compraron una botella de San Felipe en un kiosco. Cuando pasaron por enfrente de Mc Pollen Fritten, Dolores tocó en el vidrio: su amiga de la sonrisa operada estaba limpiando. Lloraba mientras sonreía; pasaba el trapo. Ninguno de los empleados sabía cuál era su aflicción. Tal vez fuera repuesto de órganos de alguien horrible, más que Sergio, más que otros casos que Víctor conocía. La amiga le hizo una seña para que fueran por la puerta de servicio, que quedaba detrás del local.&lt;br /&gt;—Hola, Fer.&lt;br /&gt;—Hola, Do.&lt;br /&gt;—¿Me darías un par de vasos?&lt;br /&gt;—Sí.&lt;br /&gt;—También abrime la botella.&lt;br /&gt;Esperaron afuera. Al cabo de dos minutos, ella volvió con el pedido. Había vuelto a poner el corcho, apenas tapado, para que no se les volcara.&lt;br /&gt;—Salud —dijo, y le guiñó un ojo brillante de lágrimas. La sonrisa ortopédica la volvía graciosa al lloriquear.&lt;br /&gt;En la playa había un bote de madera amarrado a un poste. La gente lo alquilaba, de día, para pasear. Muchas veces Víctor había llevado a Sergio, a Chiqui. El mar estaba planchado. Antes de servir el vino, le preguntó a Dolores si quería ir.&lt;br /&gt;—No está el señor —dijo ella.&lt;br /&gt;—Lo tomamos prestado por un rato.&lt;br /&gt;—¿Te parece?&lt;br /&gt;—Sí.&lt;br /&gt;Se acercaron. La amarra del bote era una cadena, y tenía puesto el candado. Víctor miró a su alrededor: estaban solos. Sacó su llavero del bolsillo del pantalón. Del llavero colgaba un juego de ganzúas.&lt;br /&gt;—Vamos a ver si tenemos suerte… —dijo, como si nunca antes lo hubiera hecho. Ella se puso nerviosa.&lt;br /&gt;—Mirá si nos pescan…&lt;br /&gt;—¿Quién?&lt;br /&gt;—El dueño.&lt;br /&gt;—Es un conocido mío. No te preocupes.&lt;br /&gt;El candado hizo “clac”. Víctor apartó la cadena. Se descalzó. Dolores se quitó las sandalias y, disimuladamente, las medias de nylon, en el momento en que él se arremangaba los pantalones. Le preguntó de dónde había sacado las ganzúas.&lt;br /&gt;- Me las regaló el botero, que aprendió a usarlas en prisión.&lt;br /&gt;- Darte las llaves hubiera sido mucho más práctico.&lt;br /&gt;Acomodaron las sandalias y las zapatillas debajo de un asiento. Víctor había metido una media adentro de cada zapatilla; Dolores se guardó las suyas en la cartera. Subieron el vino y los vasos. Él la ayudó a sentarse. Empujó el bote. “Chac, chac”, hacía el agua, contra el casco de madera. Víctor pasó la rompiente con maestría, apenas salpicándole la chalina. Puso un pie adentro y dio un empujón con todo el cuerpo, para terminar de subir.&lt;br /&gt;—Te empapaste —dijo ella, indicándole los bajos arremangados del pantalón.&lt;br /&gt;—No importa.&lt;br /&gt;Ubicó los remos en los toletes. Dio las primeras remadas con energía. El bote se internó en el mar.&lt;br /&gt;—¿Vamos muy lejos?&lt;br /&gt;—¿Sabés nadar?&lt;br /&gt;—Sí, pero el vestido es nuevo.&lt;br /&gt;Víctor sonrió.&lt;br /&gt;—No va a pasar nada —dijo, y agregó—: Cien metros más.&lt;br /&gt;Cuando dejó de remar, todavía se distinguían los carteles sobre la playa. Él sabía que si no podía leer el cartel más grande, uno con una propaganda permanente de mermeladas, había pasado los trescientos metros. Lo sabía desde una vez que lo habíamos medido con una cuerda. Yo les enseñé a remar y a ubicarse dentro del mar, para saber si el barco seguía anclado, o no. Solo Víctor aprendió. El fondo de La Magdalena es rocoso, pasando la franja de arena. Víctor buscó el cabo con el gancho que hacía de ancla. Lo tiró por la borda. Dejó que el gancho se hundiera en el agua negra. Cuando hizo tope, tiró del cabo con fuerza: habían fondeado. Le dio dos vueltas sobre el pasador de proa. Sacó los remos y los acomodó paralelamente al bote, agarrados por los soportes de babor y estribor. Miró hacia la costa.&lt;br /&gt;—Hay que ubicar dos puntos en fila —dijo, explicándole lo que estaba haciendo—, para ver si nos movemos o seguimos anclados. Un punto tiene que estar más adelante, por ejemplo el poste de luz del muelle, y el otro punto más atrás: el último parante del cartel de las mermeladas. Si los puntos se mantienen en fila o casi en fila, quiere decir que estamos quietos. Si los puntos se desalinean, que zarpamos y estamos a la deriva.&lt;br /&gt;Ella no entendió la explicación.&lt;br /&gt;—Vos te ocupás —le dijo—. ¿Querés vino?&lt;br /&gt;—Sí.&lt;br /&gt;Bebieron en silencio. El movimiento del mar producía un entrecortado y sutil balanceo, muy suave. El agua golpeaba sobre las maderas del fondo con ruido a trotecito. La luna estaba blanca como un pochoclo.&lt;br /&gt;—¿Tenés frío?&lt;br /&gt;—Mínimo.&lt;br /&gt;Víctor se quitó el pulóver y se lo dio. Dolores se lo puso primero sobre la chalina, después se metió adentro. Las mangas le quedaban largas.&lt;br /&gt;—Qué película estúpida —dijo, al fin.&lt;br /&gt;—Sí.&lt;br /&gt;Víctor no sabía de qué hablar. Miraba el horizonte y escuchaba el chapoteo en silencio.&lt;br /&gt;—¿Te gusta la oscuridad? —preguntó ella.&lt;br /&gt;—Sí, si estoy acompañado —se animó él.&lt;br /&gt;Dolores se sirvió otra copa. Víctor le preguntó si no se mareaba.&lt;br /&gt;—¿Por el vino?&lt;br /&gt;—Por el rolido. Este vaivén…&lt;br /&gt;—No —dijo Dolores—. Es lindo.&lt;br /&gt;Víctor volvió a verificar la tirantez del cabo fondeado y la distancia a la playa. La Magdalena era una cercana cinta de luces.&lt;br /&gt;—Allá está mi casa —indicó.&lt;br /&gt;—Ah.&lt;br /&gt;Desde la costa les llegaba música de bailanta.&lt;br /&gt;—A veces vamos a pescar con mi hermano… —dijo él.&lt;br /&gt;—¿Con Víctor?&lt;br /&gt;—Sí —se apuró a decir.&lt;br /&gt;Ella tuvo un escalofrío y llenó de nuevo las copas. Le puso el tapón a la botella y la acomodó debajo de su asiento, entre lo que quedaba de cabo enrollado.&lt;br /&gt;—Feo nombre, Víctor —dijo.&lt;br /&gt;Él se puso rojo de vergüenza. Cabeceó antes de contestar.&lt;br /&gt;—Se lo puso Chiqui, nuestra madre, por Frankenstein. Pensaba que Frankenstein era el monstruo.&lt;br /&gt;—Y es el doctor, ja, ja.&lt;br /&gt;—Sí.&lt;br /&gt;—Entonces me gusta —dijo ella.&lt;br /&gt;Víctor se animó a más.&lt;br /&gt;—¿Vos te llamás Dolores por alguna cosa en especial? —cuando pensó en el significado del nombre, se arrepintió de haber hecho una pregunta tan tonta.&lt;br /&gt;—No… —respondió ella. Dudó—: Bueno, sí. Me lo puso mi hermana Sofi, que de chiquitita lloraba mucho. A los tres años.&lt;br /&gt;—¿Y hasta los tres años no tuviste nombre?&lt;br /&gt;—Nací cuando Sofía tenía tres años.&lt;br /&gt;—Pensé que eran gemelas.&lt;br /&gt;—Somos re-parecidas, pero yo soy tres años más chica. No se nota porque trabajo mucho, y trabajar envejece. Sofi no se mueve tanto porque es muy delicada de salud. Pasa en cama gran parte del día. ¿De dónde sacaste que éramos gemelas?&lt;br /&gt;Él lo tuvo que pensar.&lt;br /&gt;—Me lo dijo Víctor.&lt;br /&gt;—Parece un buen chico.&lt;br /&gt;—¿Quién?&lt;br /&gt;—Víctor.&lt;br /&gt;—Sí. Es muy buen hermano —agregó.&lt;br /&gt;—¿Y qué pescan?&lt;br /&gt;—Besugos o corvinas. Salimos con este bote, o con uno de goma que hay en casa.&lt;br /&gt;—¿De día?&lt;br /&gt;—De noche.&lt;br /&gt;Dolores estiró las piernas. Uno de sus pies rozó un pie de él. Estaba helado.&lt;br /&gt;—Debe ser raro tener un hermano donante, ¿no?&lt;br /&gt;Víctor levantó los hombros.&lt;br /&gt;—Debe ser muy cruel para él —agregó ella.&lt;br /&gt;—No, es común: muchos padres tienen un segundo hijo solamente para que le haga compañía al primero, para no tener un hijo único. Tu mamá tal vez te haya tenido por esa razón. ¿Son más hermanos?&lt;br /&gt;—No.&lt;br /&gt;—¿Ves? ¿Es mejor tener otro bebé para darle un compañero de juegos al primer hijo, o tener uno para salvarle la vida al primer hijo? Da para pensarlo, ¿eh?&lt;br /&gt;—No lo veo tan así.&lt;br /&gt;—Es una cuestión de amor.&lt;br /&gt;—No me parece demasiado amoroso. Ni ético.&lt;br /&gt;—¡Qué razón más ética que salvar una vida! Qué cosas no haría una madre por salvar a un hijo… Las mismas cosas que haría un buen hermano.&lt;br /&gt;Dolores sorbió un poco de vino del vaso.&lt;br /&gt;—¿Y vos le donarías un órgano a tu hermano?&lt;br /&gt;—¿Vos no?&lt;br /&gt;Ella jugó con su pie izquierdo sobre una de las sandalias.&lt;br /&gt;—Tal vez —dijo.&lt;br /&gt;Después apresó entre sus pies la base de la botella. Apoyó ambas manos sobre el asiento de madera, tiró la cabeza hacia atrás y agregó:&lt;br /&gt;—Tal vez no.&lt;br /&gt;El cuello se le unía a las clavículas con la perfección de un violín. El escote del pulóver de Víctor estaba tan deformado que permitía ver eso y parte de la chalina.&lt;br /&gt;—Mirá si el órgano a clonar es vital… ¿No te daría lástima tu hermano?&lt;br /&gt;Dolores había hecho la pregunta sin mirarlo.&lt;br /&gt;—La mayoría de las veces no lo son —dijo Víctor.&lt;br /&gt;—Pero imaginate que lo fuera… ¿No te daría lástima, pobre?&lt;br /&gt;Víctor apoyó el vaso vacío sobre la tabla del asiento. Miró hacia las estrellas.&lt;br /&gt;—Supongo que está para eso —dijo.&lt;br /&gt;—Pero moriría en la operación…&lt;br /&gt;Víctor esperó a que Dolores lo mirara, para decir:&lt;br /&gt;—Yo estaría orgulloso de morir por mi hermano.&lt;br /&gt;Se le puso la piel de gallina. Dolores se dio cuenta.&lt;br /&gt;—¿Te está dando frío? —preguntó.&lt;br /&gt;—Un poco.&lt;br /&gt;—¿Querés que te devuelva el pulóver?&lt;br /&gt;—No. Si no te molesta, puedo remar.&lt;br /&gt;—Bueno —dijo ella.&lt;br /&gt;Víctor tiró del cabo hasta que el ancla zarpó. El bote zigzagueó varios metros y dio una vuelta completa, bajo la energía de esos tirones. Dolores miraba hacia el horizonte. Víctor subió el ancla a bordo, recogiendo prolijamente el cabo. Después la volvió a ubicar debajo del asiento. La primera palada los salpicó.&lt;br /&gt;—¿Es cierto que sos amigo de las trillizas de plástico?&lt;br /&gt;—Mi papá las operó. Tiene una clínica.&lt;br /&gt;—¿De cirugía?&lt;br /&gt;—No, la de los altos.&lt;br /&gt;Dolores abrió grandes los ojos.&lt;br /&gt;—Guau —dijo—. Serán ricos, entonces…&lt;br /&gt;—No tanto.&lt;br /&gt;Los remos entraban y salían del agua con mesura; chorreantes, suaves. La espalda de Víctor, muy recta, se inclinaba hacia atrás y regresaba. El movimiento era armónico y delicado, como una especie de danza.&lt;br /&gt;—¿Por eso te interesan tanto los genomas?&lt;br /&gt;—Puede ser —contestó Víctor.&lt;br /&gt;—¿No estamos muy lejos?&lt;br /&gt;—No, mirá el cartel… Todavía se lee el nombre de la mermelada… ¿Querés salir?&lt;br /&gt;Ella sirvió otros dos vasos por la mitad. Tomó un vaso en cada mano y sostuvo la botella apretada entre los muslos. Alrededor de la botella, el vestido le hacía una herradura sedosa. Tenía la piel más blanca que la luna. No le quedaba mano libre para poner el corcho, que se cayó, del asiento, al piso.&lt;br /&gt;—¿Coto es cliente de tu papá?&lt;br /&gt;—Claro.&lt;br /&gt;Dolores estaba pendiente de la distancia a la costa.&lt;br /&gt;—¿Y tu papá?&lt;br /&gt;—¿Qué?&lt;br /&gt;—¿Qué piensa de Víctor?&lt;br /&gt;—No dice mucho.&lt;br /&gt;—¿Pero le parece bien, eso de los donantes de repuesto?&lt;br /&gt;Había empezado a levantarse una brisa. La corriente arrastraba el bote hacia afuera; para mantenerlo en línea Víctor tenía que dar dos paladas del lado de la orilla por cada palada que daba del lado del horizonte.&lt;br /&gt;—Vivimos de eso —dijo.&lt;br /&gt;Ya no quería hablar del tema. No sabía por qué estaba allí bajo otro nombre, no sabía por qué había mentido. Toda la noche, a Dolores, a su hermano. No sabía mentir. Le dolía hacerlo. ¡Hubiera sido tan sencillo decir la verdad! Aunque más no fuera, a ella. Tenía deliciosas rodillas de nuez, manos finas y cuello de porcelana, estilizado como un jarrón. Y aquellos pies… se moría por acariciar esos tobillitos. Viró el bote hacia la orilla. En veinte remadas iban a estar afuera.&lt;br /&gt;Dolores levantó el corcho entre los dedos de un pie hasta dejarlo apoyado en su asiento, lo atrapó entre el meñique y el anular de la mano derecha, debajo del vaso que estaba más vacío, agarró el corcho con los labios y lo embocó, haciendo fuerza con los dientes, sobre el pico de la botella.&lt;br /&gt;—¿Salimos?&lt;br /&gt;—Sí —dijo Víctor.&lt;br /&gt;Maniobró para montarse en una ola que los sacó del mar con una limpieza de crupier. Víctor había levantado los remos. Tenía la cara mirando hacia el cielo. La arena de la orilla raspó la quilla del bote.&lt;br /&gt;—Mañana voy a jugarle al veintiocho.&lt;br /&gt;—¿Por qué?&lt;br /&gt;—Por las estrellas.&lt;br /&gt;Se bajó y tiró de la roda de proa, arrastrando el bote hasta que se estancó. Ella descendió haciendo equilibrio. En las manos llevaba la botella tapada. Había puesto los dos vasos vacíos uno adentro del otro, boca abajo sobre el pico.&lt;br /&gt;—¿Te tomaste mi vino?&lt;br /&gt;—Sí —dijo Dolores.&lt;br /&gt;Víctor arrastró el bote hasta el poste. Dejó los remos cruzados en el interior; pasó la cadena entre la anilla y los toletes, le dio dos vueltas sobre el amarre y cerró el candado. Cuando bajó sus zapatillas, ella ya se había puesto las sandalias.&lt;br /&gt;—Me gustan los juegos de azar porque creo en la inevitabilidad del universo —dijo él.&lt;br /&gt;Dolores se agachó para abrocharse las hebillas. Víctor siguió hablando.&lt;br /&gt;—Somos un accidente de la naturaleza. Con el más sutil cambio de viento en el comienzo de los tiempos, cualquier otro animal se hubiera ganado la lotería de ser el primate. Si el meteorito que chocó contra la Tierra el día en que se extinguieron los dinosaurios hubiera recibido una brisa como la que recién me desviaba el bote, los Tiranosaurios nos estarían comiendo hoy con el vermouth.&lt;br /&gt;—Tenían un cerebro muy chico… —dijo Dolores.&lt;br /&gt;—No más chico que el de los humanos —Víctor se calzó—. Una vez que la primera célula ocupó su lugar, la evolución de los seres humanos fue inevitable. Los científicos concuerdan en eso. Yo hablo del minuto anterior.&lt;br /&gt;—Y si tuviste la suerte de llegar hasta esta playa conmigo, y de remar en esta noche hermosa… —siguió Dolores, poniéndose de rodillas delante de su cuerpo—, cómo no ganar la lotería, ¿no?&lt;br /&gt;—Exacto —dijo Víctor. El calor de la satisfacción le llenó el cuerpo. Dolores se sacó el pulóver.&lt;br /&gt;—Dejatelo, vas a tener frío. Cambió el viento...&lt;br /&gt;—Está bien —dijo ella—, mirate vos.&lt;br /&gt;—¿Qué, cómo estoy?&lt;br /&gt;Dolores le tocó los brazos. Tenía la piel erizada.&lt;br /&gt;Víctor le hizo caso y se puso el pulóver, aunque prefería las manitos de ella ahí. Cuando la cabeza le asomó por el escote, Dolores ya tenía la cara cerca. La sorpresa fue un beso suspendido sobre sus labios con una importancia tal que el ADN, la crioconservación, las microbacterias, lo transgénico, el nacimiento de la humanidad y los estados de conciencia fueron comparativamente una minucia, un grano más de sal soltado en aquel mar. Víctor sintió el recuerdo de todos y cada uno de los genes del proceso evolutivo que lo había transportado hasta ahí, hasta esa playa en esa compañía, desde la más oscura noche de los tiempos. Descubrió, solamente en ese primer beso, el calor verdadero de la memoria del amor. La que habíamos tenido sus padres, sus abuelos, bisabuelos y tatarabuelos. Apretó a Dolores contra su cuerpo. Ella hundió la lengua en la boca mojada y le clavó la rodilla en la cintura, cuando empezaron a rodar por la playa.&lt;br /&gt;Si yo hubiera sido capaz de abandonar la superficie del planeta en esa noche, habría visto que todos los organismos del mundo estaban en contacto físico, que no era una cosa solo entre Víctor y Dolores, porque los organismos del mundo siempre están en contacto, ya sea a través de sus aguas superficiales o de la atmósfera. Desde aquella estrella, por ejemplo, la Tierra sería un punto, simplemente simbiosis de todo. Pura unión entre los hombres.&lt;br /&gt;Y si yo, salvando la barrera del tiempo y el espacio, hubiera sido capaz de visitar esa playa a esa hora, al costado de aquel barco, entre una arena húmeda y un pulóver roído, habría pensado que acá era igual que desde arriba, y me habría percatado de que las cosas no están realmente unidas por aguas o gases, sino por verdadero amor, por la pasión más pura. La hipótesis habría cerrado, porque aquellos órganos galopantes, afiebrados, agradecidos, se retorcieron, abrieron y encajaron; segregaron fluidos; fricción, calor. Y Dolores perdió las sandalias y la bombacha, y Víctor perdió la virginidad. Los dos tenían sonrisas en las caras; ella por primera vez en su vida. La botella de vino estaba volcada.&lt;br /&gt;—Tengo que contarte una cosa —dijo Víctor.&lt;br /&gt;El cielo continuaba suspendido sobre sus cabezas, piadoso e inmóvil.&lt;br /&gt;—Shhh —dijo ella, como les habían hecho los del cine. Peló un caramelo Media Hora.&lt;br /&gt;—Es importante.&lt;br /&gt;Dolores suspiró, vaciando sus pulmones. Dejó filtrar arena entre sus dedos. Soltó el envoltorio del caramelo.&lt;br /&gt;—Nada es más importante que una estrella, Víctor —dijo.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/14637388-5084384287040836593?l=mandarinasdulces.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/14637388/posts/default/5084384287040836593'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/14637388/posts/default/5084384287040836593'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://mandarinasdulces.blogspot.com/2010/06/el-corazon-de-doli-capitulo-4.html' title='EL CORAZÓN DE DOLI / CAPÍTULO 4'/><author><name>Gus Nielsen</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-14637388.post-2624958080896830692</id><published>2010-05-06T14:12:00.002-03:00</published><updated>2010-05-06T14:13:29.364-03:00</updated><title type='text'>EL CORAZÓN DE DOLI / CAPÍTULO 3</title><content type='html'>&lt;em&gt;Tu genoma, mi amor,&lt;br /&gt;es como una película de terror.&lt;br /&gt;Cuanto más nos tapamos&lt;br /&gt;la cara con las manos,&lt;br /&gt;más espiamos.&lt;br /&gt;Si el alma dignifica a las personas,&lt;br /&gt;¿para qué preocuparnos por los cromosomas?&lt;br /&gt;Así estemos vestidos&lt;br /&gt;de arpillera o satén,&lt;br /&gt;adelante va el gen.&lt;br /&gt;¿Estás seguro de que te conviene&lt;br /&gt;conocer punto a punto el a-de-ene?&lt;br /&gt;¿Será una cosa de esas&lt;br /&gt;de llevar una vida sin sorpresas?&lt;br /&gt;Toda esta información&lt;br /&gt;es una mala fe&lt;br /&gt;que te vuelve más clon.&lt;br /&gt;No necesito eso.&lt;br /&gt;Ya te amo,&lt;br /&gt;te sé.&lt;br /&gt;&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;Cuando Dolores le escribió a Víctor este poema, la suerte de los tres estaba echada. Ella tenía entonces la edad de los muchachos, dieciséis, y un secreto que no tardó demasiado en revelarse. Yo era una de las personas que conocía el secreto, además de la madre y la novia de la madre. Creo sinceramente que las mujeres nacen con un cerebro en pleno funcionamiento, cuya capacidad van extinguiendo al paso de los años a fuerza de preocuparse por la astrología, la poesía, los ovnis y los ángeles. El tiempo actúa en ellas como el viento en las piedras, gastándoles el raciocinio que recibieron en su mapa humano original. El cerebro del hombre, en cambio, nace vacío. Con el tiempo se irá llenando de experiencias propias y datos que se escuchan o se leen por ahí. Así llega a la ancianidad una pareja: con la sabiduría equilibrada y el pensar quieto. Si llega.&lt;br /&gt;Dolores no era linda. Su hermana, sí. Sofía había heredado la sonrisa de la madre. Como Dolores no podía sonreír, todo La Magdalena afirmaba que tenía cara de sonsa.&lt;br /&gt;Conocí a su madre, Pepa, en la juventud. Pepa era una fotógrafa muy buena; también le gustaba viajar y bailar. Era la reina de los bailes y cargaba con una sonrisa esplendorosa, que hacía que uno cayera rendido a sus pies. Noche y día estaba rodeada por jóvenes apuestos que, como satélites, vigilaban su castidad. Ella fue la que pidió que una de sus dos hijas pudiera ver la vida con la sinceridad de la que sus propios ojos no habían sido capaces. Y Dolores salió sin sonrisa.&lt;br /&gt;—¿Para qué sirve una sonrisa? ¡Todo el día veo sonrisas falsas aquí en Mc Fritten! —diría Víctor, entusiasmado, y Dolores le respondería con una mueca a medias. Yo nunca le vi cara de sonsa.&lt;br /&gt;Todos los hombres de La Magdalena habíamos deseado a Pepa. Etérea, perfumada, femenina, vagaba entre nosotros como un bello fantasma. Su sonrisa abría nuestros candados. Cada uno de nosotros hubiera depositado en aquel útero glamoroso sus cincuenta millones de espermatozoides, con solo que ella demostrara interés. Pero a Pepa no le interesaban los espermatozoides. Lo supimos en su segundo parto: tenía una novia. Gorda y gritona: parecía un fletero. Cuando Dolores llegó al mundo tuvo dos mamás, porque el fletero se convirtió lisa y llanamente —otra vez—en mujer, gorda y gritona. Y Pepa se hizo un poco hombre, por esa cosa de las balanzas simbióticas. Empezó a maldecir, a pelearse por cualquier nimiedad. Las neuronas se le habían gastado en un cincuenta por ciento, como mínimo. Las fotos buenas, las sonrisas, los viajes, todo se había perdido irremediablemente. La cara de Dolores, su segunda hija, reflejaba eso: el saber que iba a perder algo con el paso del tiempo.&lt;br /&gt;Lo digo yo, que trabajo de científico. Dolores era un clon, aunque fuera un secreto. Pepa había puesto el óvulo y el núcleo de una célula que le saqué de la oreja, había puesto el vientre, había esperado los nueve meses. Había parido por cesárea, mientras el pueblo entero se preguntaba quién era el padre. Los clones saben cómo van a ser en el futuro mirando a su progenitor. Las cartas están dadas, y por más que Pepa no se lo dijera nunca, Dolores lo intuyó. Dolores llevaba la intuición a flor de piel. Eso, más que la manipulación que hice de sus genes originales, era lo que le había borrado la sonrisa.&lt;br /&gt;Pepa miraba sus fotos de joven y lloraba. La miraba a Dolores y se prometía jamás decirle nada, a contramano de lo que afirmaran los siquiatras. Dolores creció etérea y perfumada, con una temprana adicción por los poemas. Era igual a la madre, quitándole la sonrisa. Era como una mala foto de la madre. No había heredado la gracia de su cuerpo, aunque el cuerpo fuera exactamente el mismo, en otra edad. Era, también como Pepa, invisible. Una brizna. Tenía la lógica de las brisas, de lo que inunda los pulmones y se filtra por cualquier hendidura.&lt;br /&gt;Víctor había comenzado a trabajar en Mc Pollen Fritten a los quince años. Fue la primera camada de mozos naturales, después del experimento fallido de las sonrisas permanentes y el precoz programa del empleado perfecto, que al final quedó en la nada. El programa había sido una idea de Patrick aprobada por los alemanes, y consistía en fabricarles sonrisas de cirugía a los adolescentes que trabajaban de meseros y cajeras.&lt;br /&gt;—¿Y cuando crezcan?&lt;br /&gt;—Asunto de ellos.&lt;br /&gt;Patrick opinaba que a la gente que sonreía sin parar le iba mejor en la vida, y Mc Pollen Fritten no les iba a cobrar por la gauchada. Con una sonrisa permanente los empleados podían ir a trabajar de mal humor, si querían. El proyecto me pareció más incoherente cuando lo vi traducido al alemán y al inglés. Yo no podía ayudarlo, pero le di el teléfono de una clínica de cirugía plástica de unos amigos, que queda en Azul. Le hicieron precio por cantidad. El primer grupo —y último— fue voluntario. Aceptó una chica de doce años, Fernanda, que estaba siempre llorando. También aceptó el menor de los Mauros, que tenía siete. Calda se opuso, pero Patrick opinaba que el marketing bien entendido empieza por casa. En total fueron cinco niños.&lt;br /&gt;Patrick sugirió “un reflejito de dientes, una luz para la cara”. Pero los alemanes, que era los que pagaban el implante de labios y el estiramiento de los músculos risorios, pidieron la sonrisa máxima. Los chicos quedaron como caricaturas vivientes. Nadie quería ser atendido por esos monstruos. Mauro grande le puso a su hermano el apodo de “Risita”, por lo que se ligó varios sopapos. Al único que hacía reír era al tío Emilio, las veces en que los niños viajaban a la Capital para ir a visitarlo al sanatorio. Patrick les había mentido que lo del tío había sido un ataque de epilepsia por mirar Pokémon. Hay una epilepsia ligada a la visión que tiene lugar cuando se dan altos contrastes de imágenes centellantes en blanco y negro. Emilio tenía un televisor en blanco y negro, en el sanatorio de Once. Los chicos lo habían bautizado tío E-mail, y lo iban a visitar el tercer viernes de cada mes. Mientras su tío E-mail babeaba en la silla de ruedas, los niños le leían Paulo Coelho. No había experimentado un cambio desde el día en que sufrió el accidente hasta el sábado en que Mauro chico estrenó su sonrisa. Entonces el tío E-mail se rió. Y el médico en jefe del sanatorio le pidió a Patrick que, por el momento, no volviera a operar al chico. Que esperara un tiempo para deshacerle aquella mueca plástica, porque era un estímulo muy importante para el paciente.&lt;br /&gt;El estudio de las sonrisas felices formaba parte de un proyecto de Patrick mucho más amplio. Se trataba de realizar una clonación de niños y niñas con mapas genéticos enriquecidos en sonrisas, excelente trato, piel suavemente bronceada y ojos celestes. Los yanquis les dicen Wasp. Yo estaba encantado: los empleados serían clonados cada tres años, como reemplazo de los que se fueran volviendo descartables. El abogado había hecho números y el dinero alcanzaba para todos. Pero los alemanes no firmaron los papeles, alegando que el primer experimento encausado por Patrick había sido un error y había costado una montaña de dinero. Mis amigos de Azul no son nada baratos.&lt;br /&gt;Sergio debió haber conocido a Dolores primero, aunque no fue así. Patrick había promocionado un concurso de poesía Hamburguesas Mc Pollen Fritten, en coordinación con la empresa Mattel de Estados Unidos, la de las Barbies, y una fábrica alemana de esvásticas. Ya venía todo organizado desde allá. Había que nombrar, en el poema, uno de los tres productos. El primer premio era de diez mil dólares estadounidenses; el segundo, de cinco mil. Mauro grande se esmeró para ganarlo, sabiendo que su padre lo ubicaría entre los elegidos. El poema que hizo decía así:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;Barbie y esvástica, de pollo hamburguescencia,&lt;br /&gt;loor a Patrick Mc Fritten:&lt;br /&gt;¡Cuán infinita es su beneficencia!&lt;br /&gt;&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;Lo de loor lo había sacado del Himno a Sarmiento, que le habían enseñado en el colegio. Había firmado con el seudónimo “Batman Platinado”. Nadie entendía qué significaba hamburguescencia. Patrick, que era el curador, lo tomó como una licencia poética.&lt;br /&gt;El poema de Sergio hablaba de un personaje, Fermín, que se sentía bien solamente en ciudades top del mundo: Tokyo, Nueva York, París. Buenos Aires, para Fermín, era el peor pozo del subdesarrollo. Fermín odiaba el suburbio. Cuando estaba en una ciudad pobre, solo podía refugiarse en Mc Pollen Fritten, con su Barbie de chocolate. El poema terminaba así:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;Y a mí se me hace cuento que nació en Buenos Aires,&lt;br /&gt;lo veo tan contento en Europa… ¡No en Zaire!&lt;br /&gt;&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;Era un final muy parecido al poema más famoso de Borges. Sergio explicó que se trataba de un ejercicio de intertextualidad. Un metatexto, dijo. Adujo para sí que el final de su poema mejoraba el de Borges, ¿no?, que al fin y al cabo había rimado “Aires” con “aire”. Todos estos argumentos fueron dados por Chiqui, que defendió a su hijo por teléfono.&lt;br /&gt;Dolores había rimado así:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;Siempre que hago girar&lt;br /&gt;a la Barbi que vuela,&lt;br /&gt;yo me acuerdo de vos.&lt;br /&gt;Si la Barbi está quieta,&lt;br /&gt;me acuerdo de mi abuela.&lt;br /&gt;De ningún otro amor.&lt;br /&gt;&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;Los tres poemas llegaron a la final. Los de Mattel habían quedado emocionados con el de Dolores. Los de la fábrica de esvásticas votaron a Sergio; los de Mc Pollen Fritten locales, a “Batman Platinado”, argumentando que era el poema que conjugaba mejor los tres elementos y nombraba el apellido de la cadena con respeto y magnificencia, actitud que no tenían los otros finalistas. Patrick en persona debía desempatar el asunto. El abogado lo llamó desde las Islas Vírgenes especialmente para decirle que ninguna base de ningún concurso puede premiar a un familiar, lo que es algo tácito y se cae de maduro.&lt;br /&gt;—Pero, si es con seudónimo…&lt;br /&gt;—Me refiero a Sergio.&lt;br /&gt;Sergio había firmado con su nombre y apellido. Eso lo descartaba para el primer lugar. Quedaba el poema de “Mesera” (ese era el seudónimo de Dolores) y el de “Batman Platinado”. A Patrick no le tembló la mano. Puso cara de sorprendido cuando el escribano abrió el sobre del primer premio. Allí estaba su hijo, con el mejor poema. Chiqui se agarró la cabeza: Sergio había obtenido el segundo puesto. A Dolores le dieron una muñeca.&lt;br /&gt;Sergio faltó a la entrega de premios. Los segundos puestos no le interesaban. Mandó a Víctor a recoger el cheque. Entre el público, Calda lloraba de emoción por su Mauro poeta, mientras Mauro menor sonreía sin parar. Chiqui estaba enojadísima con su hermano, por eso no asistió, aunque ya se había comprado el vestido. Yo fui. Los poemas estaban pegados en la cartelera del local. Víctor pudo leer el poema de Dolores de pie, mientras esperaba a que terminaran los discursos. Tembló: el poema era hermoso. El diploma se le cayó de las manos. Dolores lo recogió y se lo devolvió. Él le dio un beso en la mejilla. Ella le enseñó la muñeca. Los dos eran meseros de Mc Pollen Fritten.&lt;br /&gt;Por eso digo que la chica estaba destinada a Sergio, pero una coincidencia hizo que se cruzaran. Dolores no elogió el poema mal plagiado a Borges; también le molestaba que se hablara de esvásticas. El fletero era judía, y otra gente también. Era ofensivo que en Alemania hubiera una fábrica dedicada a hacer esvásticas de aluminio para prendedores, o de azúcar, o de goma para mordillos de bebés. Pero las Barbies le encantaban. Le habían regalado la mesera de Coca Cola de los años cincuenta, con su delantal a rayas rojas y blancas y su gorra con visera. A Víctor no le gustaban las Barbies, porque las encontraba todas iguales, ya fueran princesas, acuanautas o indigentes; todas eran felices, todas diosas. A él no le gustaban las mujeres exageradas.&lt;br /&gt;Pero sí a su hermano Sergio, que estaba de novio con las recientes trillizas de plástico. Las trillizas eran tres cantantes idénticas eternizadas en un programa de constante recambio quinquenal: entraban con quince años y salían con veinte, reemplazadas por tres nuevas de quince. Así se mantenían siempre como jóvenes estrellas del pop, morochas y de tetas espléndidas: cuerpos de Barbies. La que mejor cantaba nacía rubia, un caso ilógico, de esos imponderables que a veces aparecen en las mesadas de los laboratorios. Realizaban la clonación en una clínica de Tres Arroyos. Lo cierto era que, por más que se esforzaran en enriquecer los genes para hacerla morocha de tetas grandes, siempre volvía a salirles rubia y con las tetas pequeñas. Si lograban clonarla morocha, perdía voz y capacidad para afinar. Si lograban clonarla morocha de grandes tetas —lo hicieron una vez—, salía muda. No daban en la tecla. Cada cinco años, acababan haciéndole las tetas con cirugía y tiñéndole el pelo. De paso, le retocaban los labios con colágeno. Víctor le contó a Dolores que Sergio se acostaba con las tres al mismo tiempo.&lt;br /&gt;—Es el que ganó el segundo premio —agregó.&lt;br /&gt;—¿Y dónde está? —preguntó ella.&lt;br /&gt;—Se quedó en casa.&lt;br /&gt;A Dolores le pareció una actitud muy soberbia de parte de Sergio, eso de mandar al hermano a recoger el cheque, pero Víctor le explicó que para eso estaba. Era R. ¿Sabía ella lo que era tener un hermano R? Sí, y le parecía una aberración.&lt;br /&gt;Dolores también tenía una hermana: Sofía. Muy parecida en lo físico. Dolores opinaba que era, también, una caída del catre, pero a su madre y al fletero les molestaba que las hermanas se anduvieran odiando por cualquier cosa, así que ella tenía que hacer un esfuerzo para mantener la paz del hogar. Si a la otra le daba algún berrinche, se lo dejaba pasar. Ese era el papel que le había tocado en su familia: el de moderadora.&lt;br /&gt;—¿Y cómo sabés que no sos clonada?&lt;br /&gt;—Me lo hubieran dicho.&lt;br /&gt;Víctor le explicó la teoría del repuesto vivo de órganos a la que estaba condenado de por vida. Aunque Sergio parecía un chico muy sano. “Con un poco de suerte…”, agregó, “no me precisará”. A Dolores, la gente clonada le daba impresión. Dijo que prefería tratar con gente verdadera. La diferencia no era algo que se notara así como así, a simple vista, pero era como escribir con una Mont Blanc en garantía o con una imitación paraguaya; por mejor que fuera la imitación, siempre sería eso: una copia.&lt;br /&gt;—Como dinero falso —dijo.&lt;br /&gt;Víctor bajó la cabeza. La mesera llorona sonriente les trajo las Cajas Felices y las Cocas. Víctor abrió la suya, sacó el sándwich, lo destapó, levantó la lechuga y los pepinos. Allí estaba: redonda, brillante, del color de una pechuga de pollo: igual a todas. Volvió a ponerle la tapa de pan. Mordió. Allí estaba ese lánguido sabor a pollo frito en aceite de girasol. Sin aditivos. Un Mc Pollen auténtico, perfecto.&lt;br /&gt;A Dolores también le gustaban. Solo que les agregaba mostaza y ketchup. Dijo:&lt;br /&gt;—Qué suerte que el poema no es tuyo.&lt;br /&gt;—¿Por?&lt;br /&gt;—Porque es horrible.&lt;br /&gt;Víctor se sonrojó.&lt;br /&gt;—El tuyo, en cambio, es bellísimo —dijo.&lt;br /&gt;Dolores le agradeció. Él le preguntó si se lo había dedicado a alguien.&lt;br /&gt;—A mi abuela Josefina —dijo ella.&lt;br /&gt;—¿La querés mucho?&lt;br /&gt;—Ya murió.&lt;br /&gt;—Ah.&lt;br /&gt;Víctor comió otro bocado. Opinaba que las hamburguesas de Mc Pollen Fritten eran maravillosas. No tenían gusto a pollo, lo que se dice pollo; pero eran carne blanca en un cien por ciento, como decían en la propaganda.&lt;br /&gt;—Y el amor que nombra el poema… ¿existe?&lt;br /&gt;Víctor estaba acalorado. Tomó Coca.&lt;br /&gt;—Ya no. Cumplí dieciséis años la semana pasada. Sofi cumplió los diecinueve y tampoco tiene.&lt;br /&gt;—¿Y te gustan los chicos?&lt;br /&gt;—Claro —dijo ella, molesta.&lt;br /&gt;Víctor no sabía aún que los padres de Dolores eran una pareja de mujeres. Dolores se refería a la novia de su madre con el mismo apodo que usaba todo La Magdalena. Para ella era casi un padre. Para ella, esa mujer hombruna era la culpable de que su madre llorara frente a su fotografía de reina del baile de graduación.&lt;br /&gt;—¿Y a vos qué te gusta?&lt;br /&gt;—Leer —dijo Víctor—. Y jugar a las loterías.&lt;br /&gt;—¿A las loterías?&lt;br /&gt;—Me apasionan. Algún día voy a ganar el Quini, o el Loto, y mi vida va a dar un vuelco hacia otra cosa. Vivo raspando números ocultos.&lt;br /&gt;—¿Y cuando se te acabe la plata?&lt;br /&gt;—Ellos me mantendrán.&lt;br /&gt;—¿Quiénes?&lt;br /&gt;—Mi familia. Chiqui, mi papá, Sergio.&lt;br /&gt;—¿Por qué estás tan seguro?&lt;br /&gt;—Porque necesitan que esté vivo.&lt;br /&gt;—¿Y te jugás todo el sueldo?&lt;br /&gt;—Sí.&lt;br /&gt;Dolores se lo quedó mirando.&lt;br /&gt;—No podría hacer eso —dijo.&lt;br /&gt;—Yo lo hago. —Víctor recogió de la mesa un pedacito de cebolla que había caído del sándwich. Se lo metió en la boca.&lt;br /&gt;—¿Y es emocionante?&lt;br /&gt;—No.&lt;br /&gt;Dolores permaneció callada unos segundos.&lt;br /&gt;—¿Leer te gusta mucho?&lt;br /&gt;—Sí.&lt;br /&gt;—¿Qué estás leyendo?&lt;br /&gt;—¿Ahora?&lt;br /&gt;—Sí.&lt;br /&gt;Víctor buscó el libro en el bolsillo de su pantalón.&lt;br /&gt;—“A pleno sol”… —leyó ella.&lt;br /&gt;—¿Lo tenés?&lt;br /&gt;—No. No me gusta leer.&lt;br /&gt;—¿No te gusta leer y escribís tan lindo?&lt;br /&gt;—Sí.&lt;br /&gt;—Siempre pensé que para saber escribir había que saber leer.&lt;br /&gt;—Sé leer.&lt;br /&gt;—Digo, que te guste.&lt;br /&gt;—Ah, no. Me parece aburrido.&lt;br /&gt;—A Sergio también le parece una pérdida de tiempo.&lt;br /&gt;—No digo pérdida de tiempo, solo un poco aburrido, nomás. Prefiero ir al cine.&lt;br /&gt;Víctor terminó lo último que le quedaba de la hamburguesa.&lt;br /&gt;—Dan una película buenísima en el Maxi —agregó ella—. La anunciaron por televisión.&lt;br /&gt;—No veo televisión.&lt;br /&gt;—¿No tenés?&lt;br /&gt;—Sí.&lt;br /&gt;—¿No te gusta?&lt;br /&gt;—Mi hermano no me deja.&lt;br /&gt;—A mí me encanta.&lt;br /&gt;—A mí no. Se pierde mucho tiempo.&lt;br /&gt;Dolores se puso más seria.&lt;br /&gt;—¿Por qué pensaste que había tenido un amor?&lt;br /&gt;Víctor se sonrojó.&lt;br /&gt;—Porque tu poema lo dice —dijo.&lt;br /&gt;—Qué tiene que ver. En la mayoría de los casos lo inalcanzable es lo que inspira un poema, no la experiencia. Yo nunca había tenido una Barbi, porque mis papás las odian. Dicen que son el acto de misoginia más severo, el argumento ideal de los machistas y las responsables de la anorexia adolescente. Sinceramente no sé cómo voy a volver a casa con esta muñeca.&lt;br /&gt;—¿Cómo sabés que los poemas no registran experiencias individuales si no leés libros de poemas?&lt;br /&gt;Dolores pensó un instante.&lt;br /&gt;—Los libros están fuera de moda. Sofi opina lo mismo. Es como con los caballos: en una época anterior, si uno no sabía andar a caballo, estaba frito. Hoy hay que saber manejar un auto. Cabalgar es parte del pasado. La televisión y las películas reemplazan a los libros.&lt;br /&gt;—Hay muchas cosas que no pueden ser reemplazadas por la televisión o el cine.&lt;br /&gt;—Eso está en Internet.&lt;br /&gt;Víctor torció la cara. Tenía ganas de comerse otra hamburguesa, pero la segunda se la descontaban del sueldo, y prefería jugar un billete al Quini. Había que acertar seis plenos de ruleta seguidos en cuarenta y seis números: parecía imposible. ¿Cuál era la probabilidad de ganar en esas loterías? ¿Una entre dos millones, tres? Víctor tenía una teoría. Si compraba un billete de lotería cada día durante tres millones de días, ¿no iba a ganar, al menos una vez? Y si los días eran diez millones, ¿no había allí una probabilidad de casi un cien por ciento?&lt;br /&gt;Dolores hizo una cuenta en su celular.&lt;br /&gt;—Es absurdo. Diez millones de días son 27.397 años y cuatro meses. ¿Cuánto pensás vivir?&lt;br /&gt;—Lo que quiero decir es que un suceso improbable puede llegar a darse si pasa el tiempo suficiente —dijo.&lt;br /&gt;—¿Y qué harías con la plata? —preguntó ella, que quizás también se hubiera comido otra hamburguesa, si no se la descontaran de la mensualidad.&lt;br /&gt;—Ser un príncipe —dijo Víctor.&lt;br /&gt;—¿Vamos al cine, príncipe?&lt;br /&gt;Él había dejado la puerta abierta y Dolores se había metido como sabía, como una brisa de verano. Víctor miró hacia atrás, hacia la caja registradora, y se miró las manos. El poema de la Barbie estaba sobre la mesa, entre las servilletas arrugadas. “De ningún otro amor". Esa chica le gustaba más que cualquier hamburguesa. Sin embargo, dijo:&lt;br /&gt;—No.&lt;br /&gt;Puso el cheque adentro del libro, y el libro en el bolsillo. Sin mirarla a los ojos, agregó:&lt;br /&gt;—Pero podés ir con mi hermano Sergio, que es el original. Hoy tendría que haber estado él. Tiene coche. Estudia en el Liceo Inglés.&lt;br /&gt;—Escribe poemas… —concluyó ella, decepcionada.&lt;br /&gt;—Además, está empezando a prepararse para cuando vaya a la Universidad.&lt;br /&gt;—¿Y a qué Universidad piensa ir?&lt;br /&gt;—A la Católica.&lt;br /&gt;—Ahí aprueban los que tienen la cuota al día.&lt;br /&gt;Dolores le contó que estudiaba de noche en el sitio Web de la Universidad de Buenos Aires, la especialidad Letras.&lt;br /&gt;—¿Y vas muy adelantada en la Facultad?&lt;br /&gt;—No. Es una preparatoria para ingresar, y para ver si me gusta. Como un simulacro. Lo que estudia tu hermano debe ser igual a lo que estudio yo, nada más que con tarjeta de crédito.&lt;br /&gt;—Puede ser… tiene.&lt;br /&gt;—¿Qué cosa?&lt;br /&gt;—Tarjeta.&lt;br /&gt;—¡Claro! ¡Quién no tiene tarjeta!&lt;br /&gt;Víctor no dijo que no tenía.&lt;br /&gt;—Le pregunto a Sergio si quiere ir con vos al cine y te llamo —agregó.&lt;br /&gt;—¿Y qué le vas a decir?&lt;br /&gt;—No sé, ya veré.&lt;br /&gt;—¿Tu hermano no salía con las trillizas de plástico?&lt;br /&gt;—No sé si sale hoy. Te va a gustar.&lt;br /&gt;—No creo. Yo no saldría ni con un trillizo de oro… ¿Cómo me va a reconocer?&lt;br /&gt;—Le cuento de vos.&lt;br /&gt;—Mejor tomá una foto.&lt;br /&gt;Dolores sacó una máquina polaroid de su bolso, la puso sobre las Cajas Felices vacías, se peinó, se alisó el uniforme, no sonrió, apuntó y apretó el automático. La exposición salió por debajo de la máquina. Se quedaron mirando cómo la imagen aparecía. Etérea, perfumada. No es que el perfume saliera de la foto, sino que Víctor lo olió del cuerpo de ella cuando se inclinó para ver. Dolores anotó el número de teléfono en el borde blanco, agitó la foto para que la tinta se secara y se la dio.&lt;br /&gt;—A las nueve en el Maxi —dijo.&lt;br /&gt;—¿De qué es la película?&lt;br /&gt;—De terror.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/14637388-2624958080896830692?l=mandarinasdulces.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/14637388/posts/default/2624958080896830692'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/14637388/posts/default/2624958080896830692'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://mandarinasdulces.blogspot.com/2010/05/el-corazon-de-doli-capitulo-tres.html' title='EL CORAZÓN DE DOLI / CAPÍTULO 3'/><author><name>Gus Nielsen</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-14637388.post-2386582683715291156</id><published>2010-04-01T01:01:00.002-03:00</published><updated>2010-04-01T03:25:36.085-03:00</updated><title type='text'>EL CORAZÓN DE DOLI / CAPÍTULO 2</title><content type='html'>&lt;div&gt;&lt;strong&gt;2&lt;br /&gt;&lt;/strong&gt;Hasta el día en que recibió el llamado telefónico de Estados Unidos, Patrick Mc Pollen Fritten se llamaba Patricio Maidana y vivía en Once. Patricio era hermano de Chiqui, por consiguiente tío de Sergio y Víctor. Despeinado, tenía un fuerte parecido con Robin Williams. Cuando lo conocí trabajaba dibujando “Las siete diferencias” para el diario Crónica, bajo el seudónimo de Chatrán, y formaba parte del equipo en el que inventaban noticias policiales para llenar los espacios en blanco en los días con pocos homicidios. Los dos sueldos apenas le alcanzaban para vivir.&lt;br /&gt;“Las siete diferencias” es un juego formado por una viñeta que se repite con siete errores. El juego consiste en descubrirlos. Los errores suelen ser un surco más en una valla de madera, un rulo de menos, una tercera trenza, un zapato blanco en lugar de uno negro. Patricio hacía una viñeta con tinta china, que después fotocopiaba y retocaba, agregándole o quitándole detalles. Entregaba los originales con la solución todos los días a las cinco de la tarde; el jefe tardaba un minuto en resolverlo.&lt;br /&gt;Patricio sabía de esas diferencias porque había nacido naturalmente —siempre lo remarcaba utilizando esta palabra— con un hermano gemelo, Emilio, con el que se había llevado mal en la adolescencia. La madre de ellos compraba la ropa por duplicado y los vestía igual: eso reforzaba la simetría.&lt;br /&gt;Cada uno de los detalles que en el dibujo significa un retoque de pincel, en la realidad puede ser una diferencia importante. Un hombre que sale a la calle con un zapato blanco y uno negro es loco o es excéntrico, muy diferente del que lleva los dos zapatos haciendo juego. De un loco se puede esperar un asesinato, un incendio, un atentado. De un excéntrico puede esperarse una obra de arte o una revolución. Y del hombre que va con su maletín y los dos zapatos del mismo color, ¿qué otra cosa podríamos esperar que la llegada puntual al trabajo, el relleno de los expedientes de rutina, una menguada felicitación de su jefe de personal? Un hombre con un zapato blanco y otro negro puede ser un distraído que se lleve por delante con su auto a una señora embarazada de trillizos, o un Einstein.&lt;br /&gt;No era el caso de Patricio. En ese tiempo, Patricio era una persona observadora de todos los detalles, hasta los más irrelevantes, con la única misión de ponerlos en la viñeta de Crónica. Por ejemplo: veía en el edificio del diario que los escalones tenían los cantos gastados hasta el tercer piso, y el jefe de mantenimiento los había arreglado con perfiles de hierro. Desde el tercer piso hacia arriba, los cantos eran los originales de cemento armado. Patricio pensaba: “Debe ser porque los periodistas que suben más allá del tercer piso toman el ascensor”. También pensaba: “Debe ser porque arriba están las oficinas de los gerentes, adonde los periodistas solo van una vez, a quejarse, antes de ser echados a la calle”. Hasta ahí, los razonamientos eran correctos. Patricio —yo lo traté de joven, mientras noviábamos con Chiqui— redondeaba todo en un tercer pensamiento que no siempre era acertado, pero sí era una generalización banal. En el caso de los escalones había llegado a esta conclusión: “El cemento armado, desde un tercer piso hacia arriba, es menos erosionable”.&lt;br /&gt; La lógica del comportamiento y la personalidad de Patricio era la del agua. Hay mucha gente que es así. La lógica del agua es la lógica de lo que debe ser contenido para sostener una forma, y lo que debe ser congelado para mantenerla. Congelar una cosa viva es fácil; reanimarla tras el descongelamiento, un tema complicado y ambiguo, porque nunca sabemos bien qué efectos pudo haber causado la criogenia.&lt;br /&gt;Patricio encontró una contención en su esposa, una rubia parecida a la mujer de Beckham. Él guardaba una colección de fotos de las revistas Vanity Fair y Vogue, donde la mujer del jugador de fútbol mostraba sus piernas desnudas con periodicidad. La esposa de Patricio, Calda Camina, también tenía veleidades de diosa. Solo que Calda tenía las piernas un poco chuecas, aunque bien torneadas, y el ojo derecho le bizqueaba de vez en vez, producto de un estrabismo mal operado cuando niña. La mujer era como una botella que contenía a Patricio; él había tenido que cambiar de trabajo para poder ser un contenido posible.&lt;br /&gt;Durante un tiempo lo tuvo enloquecido con eso de que tenía que cambiar de vida. Calda había quedado embarazada del primer hijo, Mauro, y ellos aún no habían salido de Once. Tanto chino y judío ortodoxo molestaba a Calda, que era muy rubia. Chiqui apoyaba sus ínfulas: cuando se mudaran a un barrio como la gente, ella iría a visitarlos. Once era mersa. A Patricio no se le ocurría cómo salir de ahí.&lt;br /&gt;Vinieron varias veces a La Magdalena, con la esperanza de que yo les diera una mano. La Magdalena es una ciudad veraniega que está cuarenta y ocho kilómetros antes de Arenas Verdes, viajando desde la Capital. Se entra por la ruta hasta una avenida hacia la que dan los comercios. La avenida desemboca en el paseo costero; más abajo está la playa, el mar. Hablábamos de cualquier cosa; tomábamos mate. Calda se reía sin parar y a Chiqui le molestaba.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Patricio tuvo el principio de un golpe de suerte cuando el actor Robin Williams llegó al país a grabar una saga para Subiela, sobre un pobre cómico con una metástasis múltiple agonizando en una cama de hospital. El cómico tenía el espíritu tan alto que hacía reír a los internos, a los practicantes, a los de seguridad. El personaje parecía que se iba a morir al final de cada episodio, pero como era una serie, seguía vivo para la siguiente. Era un proyecto de tres años en el que Patricio iba a poder utilizar su parecido físico con el actor americano, haciéndole de doble.&lt;br /&gt;Chiqui había leído el anuncio en el diario La Nación, y lo había empujado a ir. ¡Patricio actor! Ah… ahora sí iban a salir del anonimato. Él se despeinó antes de entrar al set. Salió segundo de treinta. El sosías número uno era más joven, por eso Robin lo había elegido. Patricio repitió las palabras de Robin:&lt;br /&gt;—Is gud, ol rait, naistumichiu.&lt;br /&gt;Vio cómo se daban la mano, y cómo le brillaron los ojos al sosías. Las aspiraciones económicas de aquel joven se triplicaron con el acto de confianza del actor, en una proporción inversa al presupuesto de producción. Después vino Patricio, con un pago que intuyó modesto para el cine, pero que duplicaba su sueldo en el diario. Calda le reprochó que no hubiera pedido más, y le aconsejó que fuera a Crónica a insultar al jefe por los años pasados de cobrar miseria: por usurero, por ladrón. Patricio juntó coraje y fue. Subió al quinto piso por las escaleras, para poder pisar en los escalones de narices originales. Le cantó al jefe una fresca y media sobre  “Las siete diferencias”, porque no se animó a cantarle las cuatro que llevaba aprendidas de memoria. Bastó para que lo echaran. Bajó por el ascensor.&lt;br /&gt;A los dos días de filmación, Robin se había emborrachado con ginebra y le había cantado sus cuatro frescas a Subiela. No quería ver más ángeles, ni gnomos, ¿cómo se lo tenía que decir? “¿Duiuanderstandmi?”. “Yes”, contestaba Subiela. Igual se fue. Y Patricio se quedó con su contrato inútil, sin saber a quién reclamarle. En la productora se lo podían cambiar por un doble de indio en una película de superacción.&lt;br /&gt;Estaba muy deprimido, y Calda le repetía: sos un inútil, nunca vas a triunfar, yo quiero que me mantengan como a la de Beckham. Mientras tanto, continuaba ocupada con sus bonsáis criollos, que lograba a base de complicados injertos y bulbos, como enseñaban por televisión. Le quedaban dos meses de embarazo: era el tiempo que le daba para conseguir un empleo digno con el que mantener a la familia. Para colmo de males, el tío Emilio también estaba desocupado.&lt;br /&gt;Si Patricio era difícil de emplear, Emilio era el colmo de la inutilidad. Directamente, no servía para nada. Se pasaba el día inventando aforismos absurdos. Decía de mí que era un tipo lo suficientemente introvertido para ser ginecólogo. Y no soy ginecólogo. Por esa época sufrió el accidente. Cuando lo examiné, vi el hematoma en el cuero cabelludo. Lo internaron un viernes 7, aunque Chiqui decía “un viernes 7 es como un martes, ni te cases, ni te embarques”. Pero esto era una operación, así que Calda lo convenció a Patricio para hacerla cuanto antes. Chiqui, aunque también era hermana de Emilio, nunca se había metido en los asuntos de los varones. La operación salió mal. El tío Emilio, soltero, había quedado en vida vegetativa. Tuvimos que internarlo; aportamos la mitad de los gastos. La otra mitad fue un peso importante en la deuda del pobre Patricio.&lt;br /&gt;Entonces apareció aquel abogado. El tío Emilio poseía varias propiedades y títulos. Había sabido invertir; no se le notaba porque era amarrete. Pero ahora estaba muerto en vida y Patricio y Chiqui eran su única familia: si conseguían hacerlo pasar por totalmente muerto, él les podría preparar el legado. Conocía un juez tranquilo, más fácil de adornar que un árbol de Navidad. Patricio vino a verme por el certificado de defunción; me negué. Tuve que aguantar los gritos de Chiqui durante un mes. Era la primera vez que la veía interesada en su hermano Emilio. El ojo de Patricio, que estaba acostumbrado a “Las siete diferencias”, no tardó en apuntar un par de rúbricas exquisitas que eran la propia caligrafía del aforista. Antes de fin de año habían heredado, aunque Patricio dijera que el dinero le había venido por la venta de los derechos de un libro del tío. Sé que el abogado se quedó con un departamento en Floresta, y el juez con uno en Palermo Viejo. A Chiqui no le tocó ni una moneda. Patricio nunca en su vida había visto tanto dinero.&lt;br /&gt;Les alcanzó para mudarse a San Isidro y pasar al tío Emilio a una clínica peor que, paradójicamente, quedaba en Once. La casa tenía fondo y pileta. Chiqui estaba enojada con Patricio y con Calda, pero más aún con Emilio. Prometió que jamás iría a visitarlo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Patricio compró dos perros en el Tigre. Los perros eran galgos producto de una clonación múltiple realizada en la Facultad de Veterinaria de la Universidad de Buenos Aires. Nunca entendí eso de que en la Facultad clonaran perros. La vaca es el animal que siempre ha estado en la mira de los científicos que quieren hacer dinero rápido con el tema de la clonación. Se le retoca el genoma para lograr que la leche sea un remedio, convirtiendo a la vaca en una farmacia viviente. Si se clona un animal campeón se continúa una cadena económica con un vasto mercado. Lo mismo ocurre con los caballos de carrera. Pero… ¿perros?&lt;br /&gt;Patricio llevó los galgos a su casa. Eran igualitos, salvo en el temperamento: uno era bueno y el otro era malo. El bueno lamía la mano del amo; el malo tiraba el tarascón. Todos se equivocaban todo el tiempo, y el perro malo sacaba partido del error haciéndose el bueno para morder. Mauro había empezado a gatear. Patricio pensó:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;1) el parecido físico de estos animales nos confunde y&lt;br /&gt;2) pone en peligro a Mauro, por lo tanto:&lt;br /&gt;3) los perros no sirven.&lt;br /&gt;Y compró un revólver Colt calibre treinta y ocho.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Esa noche recibió el llamado desde los Estados Unidos. Era el abogado, que tenía un negocio para ofrecerle. Unos alemanes habían descubierto una manera de clonar pollos que resultaba baratísima para la hamburguesería. No tenían huesos sino cartílagos; no tenían plumas, ni patas, ni picos, ni ojos; los tenía que ver, eran un negoción. Durante un tiempo los habían trabajado con la cadena KFC en el territorio estadounidense, pero ahora habían puesto su propia cadena, los Mc Pollen Fritten. Era una mezcla de McDonald’s y KFC, pero mucho mejor.&lt;br /&gt;—Es una franquicia —explicó—. Hay un tipo en la Argentina que pone la tercera parte, con un testaferro. Te llamo por si te interesa.&lt;br /&gt;Patricio tomó aire.&lt;br /&gt;—¿Y qué tendría que hacer?&lt;br /&gt;—Gerenciarlo.&lt;br /&gt;—¿Acá?&lt;br /&gt;—En La Magdalena, el pueblo de tu hermana.&lt;br /&gt;—¿Con qué sueldo?&lt;br /&gt;—Veinte lucas al mes.&lt;br /&gt;Aunque no era tan así, porque de veinte mil pesos le tenía que pagar como mínimo cuatro mil a una secretaria; entre viáticos y un cadete se le irían otros dos. Además, el abogado se quedaba con seis mil durante los primeros tres años.&lt;br /&gt;—No da puntada sin nudo —dijo Patricio, cortando el teléfono después de afirmar que lo pensaría. —¿Quién era?&lt;br /&gt;—El de la sucesión.&lt;br /&gt;—¿Qué quería?&lt;br /&gt;—Ofrecerme una pyme.&lt;br /&gt;A Calda, la palabra pyme la sedujo por completo, tanto que ni le importó tener que mudarse a la playa. Iba a ser mejor para criar al niño; en San Isidro había crecido la violencia y la calle estaba muy insegura. E iba a poder hacer de secretaria en los tiempos que le dejara libre la crianza, así esos cuatro mil pesos podían quedar en la familia. También podían darle trabajo de peón al clon de Chiqui… ¿cómo se llamaba? Hasta que creciera Maurito.&lt;br /&gt;—¿No será muy chico?&lt;br /&gt;A Calda no le parecía. Con… ¿cinco, siete años?, en países más del tercer mundo, digamos cuarto mundo, los niños iban a la guerra. ¡Mirá si ese renacuajo no iba a poder levantar paquetes y fregar pisos! Patricio pensó que esos seis mil pesos que el abogado se quedaba de comisión los iba a poder recuperar en los sueldos de las cajeras y de los menores de edad que trabajaran como meseros: les quitaría trescientos pesos por sueldo, y los obligaría a firmar por el total. Bastaría con tener veinte empleados. Si tenía más, ampliaba el negocio. Hasta que el teléfono sonó, el tiempo se le hizo eterno.&lt;br /&gt;—¿Sería Gerente General? —le preguntó al abogado.&lt;br /&gt;—Gerente General, de Personal, de Ventas. Hasta tendrías que hacer de payasito.&lt;br /&gt;—¡Jamás!&lt;br /&gt;—Vestirte de payasito, digo. Los padres que comen en McDonald’s tienen la ilusión de que cada vez que mastican un Big Mac están haciendo beneficencia. Y todo por el payasito. Los alemanes creen que es el punto por el cual McDonald’s vende más que KFC, aunque nunca se sepa bien adónde va a parar la plata de las donaciones. Te paso el contrato por fax, así lo ves, y cuando llegue a San Isidro te doy las instrucciones.&lt;br /&gt;—Bueno...&lt;br /&gt;—Otra cosa: desde ahora no te llamás Patricio, que es tan under… ¿no? Tan chileno…&lt;br /&gt;—...&lt;br /&gt;—Patrick. Un nombre que brilla para un hombre que brilla. Patrick Mc Pollen Fritten.&lt;br /&gt;En el noticiero de las ocho, Pepe Bayly, hermano no reconocido del periodista de televisión, estaba anunciando que un portavoz de Rael, dios extraterrestre, afirmaba que los terráqueos éramos una copia clonada del planeta Shancar. Los invasores habían ocupado la tierra hacía milenios con una sociedad parecida a la que ellos tenían, pero que acá había mutado. El portavoz venía a advertir lo que nos pasaría si no regresábamos a los orígenes. Eran cosas horribles. El portavoz parecía el propio Pepe Bayly con peluca.&lt;br /&gt;—Bueno —dijo Patrick, y cortó.&lt;br /&gt;No sabía cuán infeliz lo iba a hacer aquel trabajo, cuántos favores iban a hacerme en la clínica y cómo iba a cambiar la vida de Sergio y Víctor, mis hijos, sus sobrinos, los hermanos de esta historia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La franquicia tardó un año en llegar, debido a la oposición que puso Coto, dueño del único supermercado de la ciudad y de la cadena de supermercados más grande de la Argentina. El supermercado del que estoy hablando es el que está sobre la entrada a La Magdalena. El propio Coto en persona vive aquí, porque ama la tranquilidad. La propaganda en contra de Mc Pollen Fritten fue sagaz y destructiva, aunque breve. Los papeles de los alemanes mezclaban los idiomas y eso era fatal para las leyes locales. Hubo sueldos de gestoría y de administración. También había que resolver el tema de un viejo litigio con KFC, del que se ocupaba el abogado en persona. A Patrick no le importó: concertó entrevistas personales con quinceañeras a las que les tuvo que enseñar a sonreír, se probó varios modelos de trajes de payasito y dejó embarazada, por segunda vez, a su esposa. Cobraba igual.&lt;br /&gt;Se mudaron a un chalet que queda a media cuadra del nuestro, en dirección a la clínica. Un bosque rodea la zona residencial, en un claro de pinos. La clínica parece que estuviera escondida. Así tuvo que ser durante el tiempo en el que la clonación humana para el reemplazo de órganos era vista como una obra de monstruos. Ahora la gente ha comprendido que es mejor que pagar una obra social. Conseguir un donante es difícil y caro. En el sistema de clonación R, por ejemplo, si uno no usó los órganos porque nunca se accidentó, al menos tuvo un hermano que trabajó y aportó lo que pudo. Ahora se puede clonar libremente, y nadie se atrevería a juzgarnos. Para llegar a casa yo tenía que pasar por enfrente de la casa de mi cuñado.&lt;br /&gt;Mauro nació en el hospital municipal. Le habían puesto el mismo nombre del hermano porque el matrimonio era doblemente fanático del viejo conductor televisivo Mauro Viale. Individualmente fanáticos, por decirlo de alguna manera. Al primero lo había bautizado Calda; al segundo, Patrick. Salvo por el perro malo, eran una familia feliz.&lt;br /&gt;Patrick cargó su treinta y ocho y lo fue a buscar, dispuesto a resolver la cuestión. Cuando lo vieron desencajado, los dos perros se pusieron a llorar por igual. Pero a él no lo engañaban, sabía bien cuál era el malo. Lo sabía porque el plato de comida estaba mordisqueado, porque el galgo no cuidaba lo que ellos le daban, no hacía esfuerzos por preservar, como todos, el amor familiar. Patrick hizo lo siguiente:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;Agarró al perro por la piel del cuello. Lo llevó a la rastra por el pasto. El animal movía el cuerpo en una convulsión, previendo el horrible final que le esperaba. El fogonazo levantó las manos de Patrick. El perro abrió el hocico; le salió una lengua de sangre y un aullido. Caminó un metro. Las pupilas le daban vueltas. Sacudió la cabeza, esparciendo sangre sobre el pasto y el joggin Adidas de su dueño. El segundo tiro le quebró una pata de adelante, el tercero lo acostó, el cuarto dio contra un enano de cemento, el quinto se hundió en la tierra. Un vecino se había asomado sobre la medianera. Patrick esperó con la última bala en el cargador.&lt;br /&gt;&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;Después entró a la casa. El otro perro estaba pegado al vidrio. Patrick se acercó para acariciarlo.&lt;br /&gt;—Bueno, buenito —dijo.&lt;br /&gt;El galgo le tiró un tarascón, antes de inclinarse sobre la taza mordida. Patrick se frotó la mano. ¿Podía ser que hubiera matado al bueno? Agarró la otra taza, puso el treinta y ocho adentro, y se la acercó para que oliera. El animal empezó a llorar inmediatamente. Patrick decidió que iba a darle una última oportunidad de regenerarse. Le acercó la mano lastimada. El perro lamió la herida con humildad.&lt;br /&gt;De ahí en más, fue un perro cariñoso.&lt;br /&gt; &lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/14637388-2386582683715291156?l=mandarinasdulces.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/14637388/posts/default/2386582683715291156'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/14637388/posts/default/2386582683715291156'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://mandarinasdulces.blogspot.com/2010/04/el-corazon-de-doli-capitulo-2.html' title='EL CORAZÓN DE DOLI / CAPÍTULO 2'/><author><name>Gus Nielsen</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-14637388.post-8326775356861609953</id><published>2010-03-31T01:02:00.002-03:00</published><updated>2010-03-31T01:02:00.126-03:00</updated><title type='text'>EL CORAZÓN DE DOLI / CAPÍTULO 1</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;&lt;em&gt;“La vida es simplemente un medio&lt;br /&gt;para reproducir el ADN”.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Richard Dawkins, El gen egoísta.&lt;br /&gt;&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;Víctor le quitó el pan a su hamburguesa.&lt;br /&gt;Había visto escupir en ellas a los empleados sonrientes de Mc Pollen Fritten; los había visto dejar caer cenizas de cigarrillos, agregar cacas de rata en los huecos de una rodaja de tomate, pegarles mocos debajo del jamón cocido y hasta meter un ticket entre el queso fundido y la carne. De un primer vistazo contempló los pepinos, las tiras de pimiento. Levantó el jamón. La superficie de la carne era como la intriga de los últimos meses, caliente y engrasada. Amasada en el aceite de los días, todos iguales, del trabajo esclavo en el criadero de Mc Fritten.&lt;br /&gt;La banderita lo había inquietado. Estaba clavada entre las semillas de kummel y amapola de la tapa del sándwich y alguien le había anotado la leyenda “CHARLY’S CHICKEN SPECIAL”, con marcador azul. Reaccionó antes de morder. Dio vuelta la hamburguesa y le quitó el pan de abajo. El shock sicológico fue el primero de los golpes. Después vinieron los culatazos.&lt;br /&gt;El investigador Fernández cargó su pistola Beretta nueve milímetros. La hamburguesa había quedado desarmada cerca de los ojos de Víctor, que alargó la mano hasta cubrirla. Su madre apareció en lo alto de las escaleras.&lt;br /&gt;—Deje todo así como está —le dijo a Fernández, extendiéndole un cheque—. Y váyase, que ahora amo a mi hijo.&lt;br /&gt;Víctor se sorprendió.&lt;br /&gt;—Es cierto, te amo —agregó ella.&lt;br /&gt;Él retiró la mano del sándwich. En el centro de la carne, como para reafirmar la circularidad de la hamburguesa, había algo quieto, húmedo, esférico y chiquito; negro como el agujero que dejan los compases en las hojas. Con pupila, iris, cristalino, tal vez retinas. Un ojo.&lt;br /&gt;El ojo de Carlitos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;1&lt;br /&gt;&lt;/strong&gt;Diecisiete años antes de este episodio, Víctor tuvo un año.&lt;br /&gt;La madre, al hablar de Víctor, utilizaba términos como “el vago” o “el que no piensa”. A ella le decíamos Chiqui, porque era fanática de los almuerzos de Mirtha Legrand. Hasta se había comprado El Libro de Oro de Mirtha Legrand, donde enseñaban a vivir con elegancia y a recibir con distinción. Lo tenía firmado y dedicado por la Anfitriona Perfecta: “A la otra Chiqui, con un beso merengado”. Nadie supo nunca por qué la señora Legrand le había puesto esa dedicatoria; el tío Patrick opinaba que tal vez fuera una dedicatoria fraguada. Aunque la firma de la actriz parecía verdadera, con la “d” final de su apellido y la “d” de “merengado” dobladas por el mismo gancho. Para que le creyeran, la madre de Víctor había amenazado con contratar un perito calígrafo. Sergio, el hermano de Víctor, lo creía al pie de la letra. La madre, siempre que hablaba de Sergio, decía "el hermoso”, “el inteligente” o “el que emana amor”.&lt;br /&gt;Este último era un apodo casi bíblico, pero Chiqui no lo consideraba exagerado. Durante una cena en la que había invitado a varios personajes de la farándula, a los vecinos de la cuadra y al tío Patrick con su familia, había intentado demostrar por qué era Sergio —y no Víctor— el que emanaba amor. Una vez más, los personajes de la farándula habían faltado. Yo no podía imaginarme cuál sería la reacción de esta gente al recibir las invitaciones a cenar de una extraña que vivía en La Magdalena, a quinientos kilómetros de la Capital. ¿Las tirarían directamente a la basura? ¿Se preguntarían quién era la anfitriona? Lo cierto era que esas invitaciones hacían venir a los vecinos, ansiosos por entablar conversación con las celebridades, y una vez en casa no tenían otro remedio que quedarse hasta los postres.&lt;br /&gt;Chiqui vestía a Sergio con trajecitos de Giesso y lo sentaba a la mesa con los invitados, mientras Víctor tenía puesto el pulóver de siempre y comía con la criada, una paraguaya de exquisito bigote llamada Zulma. Sergio le decía Zulmeti y le tocaba el culo todas las veces que podía; la madre escuchaba las quejas de la paraguaya con fastidio.&lt;br /&gt;—¿No te estarás confundiendo con Vitito?&lt;br /&gt;—Víctor es un caballero —contestaba Zulma, antes de entrar con el coq-au-vin. Chiqui decía “cocován”, como si se tratara del nombre de un superhéroe. Esa noche estaba radiante, con su peinado nuevo de peluquería, sus aros redondos y su bronceado de cama solar. Parecía dorada. Los peluqueros amaban tocar aquel pelo fino, como de Barbie madura, y ella se dejaba tocar. Mandó a que trajeran a Víctor. Él se paró al lado de Sergio. Sabían de memoria lo que tenían que hacer, porque lo habían hecho antes. Sonrieron.&lt;br /&gt;—¿Cuál es cuál?&lt;br /&gt;Los niños eran idénticos, pero todos señalaron a Sergio, que estaba de traje. A veces se da que hay un defecto, un lunar que los diferencia, un borde mal recortado en el pabellón de las orejas. En ellos, la duplicación había sido implacable. Víctor era una copia exacta de Sergio, y viceversa. Desnudos, ni yo (que soy el padre) lo hubiera notado.&lt;br /&gt;—El mundo es una mesa tendida dispuesta para recibirlo…&lt;br /&gt;Ser padre es como ser un narrador en primera persona que lo sabe todo. Algo absurdo, que está mal, condenado a seguir existiendo con su errata a cuestas como un caracol con su coraza.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando cumplieron los cuatro años, Chiqui llamó a la clínica de Daniel Goleman para que vinieran a hacerle a Sergio el test del bombón. Goleman es un periodista científico del New York Times, y por entonces tenía un programa de televisión en la Argentina. Chiqui le mandó un pasaje a las oficinas de la Capital. El programa se llamaba La inteligencia emocional, y decía cosas como el cociente intelectual es solo una parte del neocórtex y este puede crearlo sin los centros emocionales, o: la amígdala es responsable de la rápida reacción que tienen las personas ante situaciones difíciles —luchar o huir—, lo cual produce un cortocircuito emocional que se adueña de todo el cerebro. El secreto de aquel programa era poner la palabra emocional como adjetivo de todos los sustantivos importantes. El test del bombón era una prueba emocional que medía la inteligencia emocional y su impacto en nuestra vida emocional.&lt;br /&gt;Había que abandonar al niño en una habitación en la que hubiera solamente una mesa, una silla y un bombón, y dejarlo quince minutos frente a la golosina. Se le explicaba que era el dueño del bombón y que podía comérselo cuando quisiera. Pero, si hacía el esfuerzo de no comerlo durante el tiempo en que lo dejaran solo, se lo recompensaría con otro bombón. Goleman había hecho el experimento en 1961. Cuando localizó a los adolescentes, años más tarde, comprobó que los que habían podido posponer su gratificación a los cuatro años eran más competentes desde el punto de vista social, menos propensos a derrumbarse si se les presionaba y más firmes al defender sus ideas que los que habían caído en la tentación. Mandaron a un siquiatra pelirrojo que llegó con una caja de Bonobón. Sentaron a Sergio. El siquiatra le dijo:&lt;br /&gt;—Si te lo comés mientras nosotros no estamos, te perdés el premio. El premio es que te doy otro. ¿Te gusta el Bonobón?&lt;br /&gt;—Sí —dijo Sergio.&lt;br /&gt;El siquiatra salió de la habitación y cerró la puerta. Miró el reloj en su muñeca.&lt;br /&gt;—Un cuarto de hora —dijo, mientras Chiqui se demoraba en halagos hacia el programa del que no se perdía ni un segundo, ¿no?, y cuánto que la intrigaba, como argentina y como mujer, el papel de la atención en la actividad mental, más otros papeles como el autoengaño en la meditación, que podía ser una patología, ¿no?&lt;br /&gt;—¿Cómo dice Daniel?&lt;br /&gt;—Patologías emocionales.&lt;br /&gt;Mientras tanto, Sergio le quitaba el papel al Bonobón, lo mordía, lo masticaba un poco, lo escupía, tiraba el papel al suelo, untaba la mesa con chocolate, se limpiaba las manos en la ropa. Y protestaba porque no era Cadbury. A él que no le fueran con Arcor o Georgalos. Chiqui le estaba contando al doctor lo inteligente que era Sergio, cuando escucharon sus golpecitos en la puerta. La madre abrió.&lt;br /&gt;—Ya me aburrí —dijo él.&lt;br /&gt;Lo dijo con la boca llena. Después se paró delante del siquiatra, lo llamó como para contarle un secreto al oído y, cuando logró que se inclinara, le escupió en la cara un pedazo de chocolate baboseado. Salió corriendo. El siquiatra jamás había visto algo igual. Chiqui se tapó la boca con las manos.&lt;br /&gt;Llamó a Zulma para que limpiara el enchastre. Víctor venía detrás. Entró a la habitación y recogió el envoltorio que su hermano había arrugado.&lt;br /&gt;—¿Le hacemos el test? —preguntó el siquiatra.&lt;br /&gt;—No vale la pena…&lt;br /&gt;Lo sentaron. El siquiatra apoyó un bombón en la mesa.&lt;br /&gt;—Si te lo comés mientras nos vamos, te perdés el premio. Si no te lo comés, te lo duplico.&lt;br /&gt;—¿Qué es duplico?&lt;br /&gt;—Duplico, duplicación: que te pongo otros tantos bombones como haya sobre la mesa. El doble. Otro más.&lt;br /&gt;—¿Y me voy a poder comer ese también?&lt;br /&gt;—Sí.&lt;br /&gt;—¿Seguro?&lt;br /&gt;—Sí.&lt;br /&gt;Salieron. La madre protestó porque a Sergio no le había explicado tan bien, pero estaba segura de lo que iba a pasar, dadas las características de Víctor. Las características eran vagancia, desatención y cuántas más. Pasaron los quince minutos. Abrieron la puerta. Víctor estaba sentado en el lugar donde lo habían dejado al salir. Sobre la mesa había dos Bonobones. El siquiatra se acercó asombrado.&lt;br /&gt;—¿Qué pasó? ¡Hay dos!&lt;br /&gt;—Sí.&lt;br /&gt;—¿Por qué?&lt;br /&gt;—Por la duplicación —dijo Víctor.&lt;br /&gt;El siquiatra miró a Chiqui sin entender. Se puso la campera. Víctor dijo:&lt;br /&gt;—Un momento, señor. Esta fue mi duplicación. Falta la suya.&lt;br /&gt;—No seas impertinente con el doctor —dijo Chiqui.&lt;br /&gt;El siquiatra intentó calmar a la señora.&lt;br /&gt;—Pero él tiene razón, Chiqui… —dijo. Un rato antes ella le había dicho “Llámeme Chiqui, como la Legrand”, mientras esperaban a que pasaran los quince minutos —. No sé cómo lo hizo, pero yo no cumplí con mi parte.&lt;br /&gt;Sacó dos bombones de la caja y los puso sobre la mesa. Víctor agarró tres de los bombones y se los guardó en los bolsillos. Se bajó de la banqueta. Corrió hacia la puerta.&lt;br /&gt;—Te dejás uno.&lt;br /&gt;—¡Se lo regalo!&lt;br /&gt;—Increíble... —reflexionó el siquiatra—. Resolvió por sí mismo la duplicación, aumentó su capital en un trescientos por ciento e hizo entrega de una parte en acto de reconocimiento…&lt;br /&gt;Señaló el bombón con admiración. Cuando intentó agarrarlo, sus dedos se hundieron en el papel vacío: era el envoltorio que Víctor había recogido del suelo, planchado y vuelto a armar con la forma del bombón.&lt;br /&gt;—¡Ese malaprendido! —dijo Chiqui.&lt;br /&gt;—Dejeló, señora —dijo el siquiatra—. Los niños de hoy pasan mucho tiempo solos. Independientemente de lo que vean por televisión, el hecho es que no están jugando con otros niños, y nuestras habilidades emocionales siempre se han transmitido en forma vital: a través de los padres, familiares, vecinos y amigos.&lt;br /&gt;—Sergio es el que mira todo el día televisión. Víctor lee libros.&lt;br /&gt;—Es lo mismo —dijo el siquiatra—. Por eso hay escuelas de emoción, para proporcionarle a la sociedad un vehículo que garantice que cada generación está aprendiendo las herramientas fundamentales: a controlar impulsos, a manejar la cólera, la ansiedad o la motivación.&lt;br /&gt;—No creo que mandemos a Víctor a ningún colegio —afirmó ella.&lt;br /&gt;Y le suspendió el postre hasta los cinco años, mientras a Sergio le daban doble postre. Igualmente, Zulma se las arreglaba para pasarle tortas y dulces, sobre todo los caramelos Media Hora, que a Víctor le gustaban tanto. Por lo que los cuerpos de los hermanos siguieron creciendo, ajustados a la simetría exacta que la vida les había impuesto desde la repartija de genes. Y de esto sé, porque yo mismo hice la partición en una placa de Petri que nunca volví a usar, en una habitación caldeada a la temperatura del útero de Chiqui.&lt;br /&gt;De lo que nada sé es de comportamientos humanos, de sicología y de autoayuda, esas cosas que dan por la televisión y que Chiqui seguía con la fidelidad de una recién casada. Más adelante, cuando los hijos fueron adolescentes, le daría por la mística new age. Llegaría a hacer orinoterapia, actividad que consiste, literalmente, en tomarse un vaso de orina en ayunas, para regenerar tejidos cancerosos. Un clon del doctor Cormillot lo enseñaba en su programa “Mejor vida”. Chiqui estaba muy asustada por lo que le había pasado a una vecina de veintisiete años, a la que el cáncer la había consumido en apenas un mes. Nunca llegó a la coprofagia, porque le dije que provocaba úlcera estomacal, aunque en el programa recetaran la coprofagia para curar la úlcera estomacal. No cualquier caca, claro, sino la proveniente de un joven, amasada sobre la base de una alimentación abundante en granos y vegetales cocidos. Ella le había dado la dieta a Víctor para que la siguiera; por la televisión el doctor mostraba la consistencia y el color de esa caca desmenuzándola sin pudor entre sus dedos de pianista. Los soretes de Víctor eran más oscuros y más duros. El doctor hablaba de un leve olor a tabaco, como el que se desprende si quebramos un cigarrillo apagado. Los soretes de Víctor tenían solamente olor a mierda. Chiqui estaba desorientada; nunca se le ocurrió que Zulma pudiera asarle churrascos a escondidas. Su desprecio por Víctor era tan básico, tan celular, que no podía suponer que alguien en el mundo fuera capaz de un gesto de cariño hacia él.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A los seis años, tres semanas antes de que le contáramos nuestro secreto, Víctor inventó un truco de magia para hacer con su hermano. Lo repitieron con éxito a la salida del colegio de Sergio, una escuela inglesa de escolaridad simple porque el niño se hartaba a media tarde. Víctor iba a buscarlo a la salida, de la mano de Zulma, para cargar con la mochila. Al final, Chiqui había decidido mandar a Víctor a una escuela del Estado, para que pudiera hacerle los deberes al hermano. Zulma siempre iba con minifaldas y escotes pronunciados.&lt;br /&gt;El truco se llamaba “Los niños telépatas”. Alguien le entregaba una palabra escrita en un papel a uno de los dos. El emisor, de espaldas a su hermano, empezaba a decir una serie de palabras, a las que el otro contestaba no, no, no. Cuando la palabra era la que les habían dado, el hermano contestaba “esa”. Por ejemplo: “lápiz”. Sergio hacía de receptor.&lt;br /&gt;—¿Sánguche? —preguntaba Víctor.&lt;br /&gt;—No —contestaba Sergio.&lt;br /&gt;—¿Ojo?&lt;br /&gt;—No.&lt;br /&gt;—¿Lengua?&lt;br /&gt;—No.&lt;br /&gt;—¿Lápiz?&lt;br /&gt;—Esa.&lt;br /&gt;No había chasqueo de dedos, ni guiños; no era algo físico. Era algo que estaba en las palabras. Le decían “pescado”.&lt;br /&gt;—¿Ratón?&lt;br /&gt;—No.&lt;br /&gt;—¿Uña?&lt;br /&gt;—No.&lt;br /&gt;—¿Enano?&lt;br /&gt;—No.&lt;br /&gt;—¿Dado?&lt;br /&gt;—No.&lt;br /&gt;—¿Árbol?&lt;br /&gt;—No.&lt;br /&gt;—¿Pescado?&lt;br /&gt;—Esa.&lt;br /&gt;Tampoco había diferencias en el tono de voz. Los compañeros más perspicaces contaban la posición de las afirmaciones en la lista de las respuestas. Nunca coincidían. De vez en cuando Sergio llamaba a Zulma; ella se tenía que agachar y los compañeros le espiaban el corpiño por adelante o la bombacha por atrás.&lt;br /&gt;La trampa era sencilla. Se trataba de formar un acróstico con las primeras letras; después de que el acróstico revelara una palabra conocida, venía la adivinación. En el primero de los ejemplos, el acróstico formaba “sol”; en el segundo, “rueda”. Para Sergio había sido bastante difícil de aprender, pero en cuanto vio que el éxito era inmediato, trató de concentrarse. Para disimular más, a las dos semanas decidieron cambiar los roles. La cosa se complicó. Por ejemplo: “nube”. Sergio comenzaba a emitir.&lt;br /&gt;—Porro.&lt;br /&gt;—No.&lt;br /&gt;—Argolla.&lt;br /&gt;—No.&lt;br /&gt;—Sangre.&lt;br /&gt;—No.&lt;br /&gt;—Nube.&lt;br /&gt;—No.&lt;br /&gt;Todos se reían. Víctor esperaba “pasto”, “pascua”. Sergio había dicho “pas”.&lt;br /&gt;—¿Qué es “pas”?&lt;br /&gt;—La paloma de la “pas”, boludo…&lt;br /&gt;Otras veces tenían interferencias por el tipo de palabra que iba en el acróstico. Víctor tenía el cuidado de elegir claves que no tuvieran un significado adicional en las primeras letras. Sergio había codificado “amor”. Para Víctor, que estaba recibiendo, la clave se cortaba en “amo”. Sergio la siguió una letra más.&lt;br /&gt;—No entendés nada. Le voy a contar a Chiqui.&lt;br /&gt;—No, a mamá no.&lt;br /&gt;—Sí.&lt;br /&gt;Zulma trató de hacerle cambiar de opinión. Víctor llegó a prometerle que haría para siempre de emisor, para que Sergio pudiera lucirse. Pero Sergio estaba emperrado en culparlo. Lo primero que hizo fue revelarles la trampa a sus compañeros, con lo que se aseguraba que jamás volverían a realizar el truco. Así hacía las cosas Sergio. Tenía un temperamento suicida, ya de niño: la lógica de un suicida. Era de los que se rapan cuando comienza a caérseles el pelo. Había heredado esa lógica de la madre. La lógica de Víctor, en cambio, era la del todo o nada. Con quince años apostaría fuerte a cualquier juego: él iba a ser millonario o linyera. Para ninguno de los tres existía el término medio; en Sergio y su madre la alternativa siempre era pesimista.&lt;br /&gt;Después, Sergio fue a contarle a Chiqui. Le explicó todo con indignación, y le mintió que su hermano le hacía traer la mochila a Zulma porque a él le parecía muy pesada. Era suficiente para hacer que Chiqui sopapeara a Víctor. Sin embargo, cuando ella lo hizo llamar, no estaba enojada. Había hablado por teléfono con la maestra de Víctor, que se mostraba orgullosísima, y con el siquiatra, que opinaba que había que descubrir el secreto cuanto antes. Chiqui decidió que ella iba a ser quien se lo dijera, porque había leído los libros de Dale Carnegie. Fue a la manicura, a la zapatería y a los peluqueros, que le plancharon el cabello. El zapatero le había dicho: “Usted es una gacela”, y ella lo había tomado como una buena señal. Estaba preparada. Le dijo a Zulma que lo trajera. Víctor pensó que era para pegarle. Chiqui le dijo:&lt;br /&gt;—Vitito, amor, aquí con tu padre queremos contarte algo.&lt;br /&gt;Víctor sonrió. Era la primera vez que su madre le decía “amor”.&lt;br /&gt;—Sos un clon R, querido —agregó ella—. Tu propio padre dispuso las células en el laboratorio.&lt;br /&gt;El pechito de primer grado B le subía y le bajaba entrecortadamente, todavía impulsado por la fuerza de aquella palabra.&lt;br /&gt;—Tu misión en la vida es apoyar en todo a tu hermano Sergio, que es el original, y ser un repuesto vivo de órganos para él —completó ella.&lt;br /&gt;Víctor no dijo nada. Parecía saberlo desde hacía mucho tiempo. &lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/14637388-8326775356861609953?l=mandarinasdulces.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/14637388/posts/default/8326775356861609953'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/14637388/posts/default/8326775356861609953'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://mandarinasdulces.blogspot.com/2010/03/el-corazon-de-doli-capitulo-1_31.html' title='EL CORAZÓN DE DOLI / CAPÍTULO 1'/><author><name>Gus Nielsen</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-14637388.post-2998780506196446656</id><published>2010-01-18T11:51:00.001-03:00</published><updated>2010-01-18T11:51:18.973-03:00</updated><title type='text'>PLAYA QUEMADA</title><content type='html'>1&lt;br /&gt;              Mi departamento es un cuarto vacío, con apenas un colchón desparramado en el suelo, unas pocas cobijas, un teléfono y una ventana, por la que puedo contemplar la playa negra.&lt;br /&gt;              Tanto me hablaron de esa playa, de los que quedaron en pie, que todos los comentarios se me cruzan, y puedo imaginarme cosas aún peores de las que seguramente ocurrieron. Los rostros defor&amp;shy;mados de aquellos que se dieron cuenta que venía el magma e intentaron correr, y el fuego les congeló el momento. Miles de comentarios sin cara, voces de la desesperación surgiendo a través de este tubo que suena y suena; gritándome de los que no se dieron cuenta, de mi hermana que no se dio cuenta y siguió durmiendo plácidamente. La voz es un estertor desde el otro lado del cable.&lt;br /&gt;              - ¿Quién habla?&lt;br /&gt;              - Usted no me conoce. Soy un vecino de su madre; ahora estoy en el Morro, a cinco kilómetros del volcán. Alcanzo a ver la ventana de su departa&amp;shy;mento desde aquí. Llamé porque vi las per&amp;shy;sianas abiertas, y pensé que quizás ella pudiera...&lt;br /&gt;              - ¿Estar? No; viajé solo. Acabo de llegar.&lt;br /&gt;              Nuestras voces se detienen en el receptor, como en un acto mutuo de caridad. Su silencio es un vacío aden&amp;shy;tro de mi cabeza. Agrego, para disipar cualquier duda: "Vine a buscar a mi herma&amp;shy;na". El hombre parece compren&amp;shy;der. Carraspea, intranquilo.&lt;br /&gt;              - Quería prevenirlo de ese horror -dice.&lt;br /&gt;              - Tengo que verla.&lt;br /&gt;              - No vale la pena.&lt;br /&gt;              - Es mi hermana la que está allá.&lt;br /&gt;              - Fue su hermana. No vaya; no vale la pena. No su&amp;shy;frió, se le nota en la cara.&lt;br /&gt;              - Por qué no se habrá tirado al agua... -lo pienso y lo digo.&lt;br /&gt;              - Los que alcanzaron el agua murieron  calcinados debajo de las olas.&lt;br /&gt;              Cuelgo el receptor. A través de la ventana abierta entra una ráfaga de olor a quemado. Carne quemada. Estoy sentado sobre el colchón y una náusea me sube hasta la boca. Cierro la venta&amp;shy;na golpeando los marcos, las persianas una contra la otra, co&amp;shy;rriendo las cortinas para no ver, no oler, no sentir. Como si me estuvie&amp;shy;ra cerrando yo mismo. Respiraré este aire viciado durante las próximas horas.&lt;br /&gt;              Mañana bajaré a la playa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;              2&lt;br /&gt;              Es de día. Llevo puestas las botas altas por pre&amp;shy;caución, para suspender lo más posible el contacto de mis plantas con el suelo. Eso es lo que pensé. Dentro de un rato, el calor me licua&amp;shy;rá los pies.&lt;br /&gt;              Desciendo a través del descampado del oeste, a dos&amp;shy;cientos metros de donde comienzan los balnearios. Un manto de laca negra cubre toda la playa: la superfi&amp;shy;cie de la arena, las piedras, los arbustos de fijación, los bultos que se divisan a lo lejos. Es muy difícil de distinguir, desde aquí, alguna forma reconocible.&lt;br /&gt;              Estando en el departamento, en varias ocasiones me imaginé que sonaba el teléfono y era mi hermana. Decía que no me preocupara, porque no había pasado nada malo. Fue un deseo tan intenso que me alucinó, y me lancé a atenderla sin motivo, total&amp;shy;mente excitado. Mi cabeza a punto de estallar, aferrada al tubo mudo ("¿hay alguien ahí? ¿me estás oyendo, linda?"). Hablán&amp;shy;dole al escenario de una playa quemada.&lt;br /&gt;              Por lo pronto, esto no parece lava. Es otra cosa; algo que, superficial&amp;shy;mente, hace suponer que no hubo mediación del fuego. Se observa en cualquier piedra; en ésta: parece un vasito plásti&amp;shy;co de Coca, con sus bordes, relieves, todo igual pero fósil, tallado en la playa como una escultura. Tallado en esta gran roca que es la playa.&lt;br /&gt;              Las dos palmeras siguen paradas, simétricas, al pie del volcán. Trepo hacia ellas por una plataforma irregu&amp;shy;lar, con objetos saliéndole por todas partes (flores petrificadas, atados de cigarrillos arrugados y durísimos, más vasitos como el que acabo de describir, etc). La lista es innumerable: todo tipo de basura, pero negra. Llego transpirado y exhausto. Dos varas grises, secas, distantes casi cinco metros una de otra, enmarcan a lo lejos la boca del Morro. La misma capa de lava (ahora sé a qué me hace acordar: a un gran baño de chocolate impenetrable), cubre los troncos hasta el metro setenta y pico. Yo mido uno setenta y cuatro; estoy parado sobre las raíces salientes de uno de los árboles y la marca tiene más o menos mi altura.&lt;br /&gt;              Descubro al perro cuando me tropiezo con él, cami&amp;shy;nando de espaldas. Quería ubicarme en el centro justo de la línea de separación entre los troncos, pero el animal estaba allí. Una roca pequeña con la forma y el tamaño de un perro. Las orejas tiesas; el cuerpo levantándose de la arena; la cola avizora de peligro, a punto de meterse entre las patas; el hocico apenas enterrado, formando un triángulo de aire entre sus mandíbulas abiertas y el suelo. Buscando ente&amp;shy;rrarse, apretando las líneas de su cara en una escapatoria ridícula hacia adentro de la tierra; para quedar cubierto inmediatamente, muerto en un lapso de segundo por la lava, convertido en este nuevo objeto que ahora es.&lt;br /&gt;              A su derecha, como en un kitsch fatal, una radio a transisto&amp;shy;res con las antenas, las perillas, los parlantitos, toda recu&amp;shy;bierta de negro. Acerco mi oreja al receptor, porque me parece que un zumbido... Pura sugestión. Tengo que escuchar lo que este receptor está sintonizan&amp;shy;do. Hago el esfuerzo porque debo encon&amp;shy;trar una voz (por mi salud mental), una palabra, un sonido que no sea el de la brisa deslizándose desde lejos entre los recortes humanos. Algunos que, de tanto espanto, se alcanzan a ver llenos de puntas que provocan singulares silbidos al paso del viento.&lt;br /&gt;              Me habían avisado que iba a encontrar dos tipos de cuerpos. Eso lo sabía antes de salir. Aquellos que la catástrofe sorpren&amp;shy;dió distraídos, durmiendo o concen&amp;shy;trados en sus propias ideas. Lejos de darse cuenta de algo, recogieron sus sonrisas, chuparon de sus mates por última vez, respiraron hondo y quedaron fotogra&amp;shy;fiados para siempre en estos bronces mustios. Y los otros, los que se dieron vuelta. Los que vieron la lava. Los que supieron del terror de la muerte. A esos advertidos, los gestos se les volvieron verrugas y cánceres inmediatos, los cuerpos se les retorcieron y se les crisparon los miembros, agazapados, prepara&amp;shy;dos para correr, corriendo, arrojándose a la nada desde el infierno. Esos guar&amp;shy;daban gritos mudos y rictus que los desfigura&amp;shy;ban para siempre, que ya los daban por muertos en el instante antes de morirse, con la lujuria y el encanto sádico del fuego. Los estoy viendo, y ahora comprendo el consejo que me diera el vecino de mi madre: "volver la cara". Necesariamente hay que volver la cara.&lt;br /&gt;              No tengo fuerzas para nada, ni ganas. Pasear por esta gale&amp;shy;ría de quietos me provoca una tensión parali&amp;shy;zante, como prove&amp;shy;niente de otro estado de los sentidos. Con las ideas lavadas y la cabeza en blanco. Estoy flotando entre ellos. Todo lo contrario a la energía que despide aquel señor que alcanzo a ver mo&amp;shy;viéndose desde aquí; tan ocupado gritando, abrazando a su hijo quemado. La imagen suena desespe&amp;shy;rante, pero no consigue alte&amp;shy;rarme, porque voy suspendido por mis nervios. Colgado.&lt;br /&gt;              Lo miro. Desde acá (estoy a diez metros de ellos), el hombre parece llorar. El sol hace brillar las gotas sobre su ros&amp;shy;tro. Me voy acercando. El muchacho habría sido sorprendido huyen&amp;shy;do hacia el mar ("dales vuelta la cara; no vale la pena ver lo que sufrieron; esto ya no tiene remedio") y aparecía inclinado en un ángulo demasiado agudo, con los brazos abiertos y las manos vueltas dos garras, y las cuencas y la boca tam&amp;shy;bién abierta. Sin ojos. Lo veo cada vez con más deta&amp;shy;lles. El hombre se aferra a aquel cuerpo aprovechando el abrazo de la desesperación, perdido en el aire entre esos dos brazos como mástiles. Quizás piense que lo abraza a él, en una lógica sin piedad, y esté tratando de completar el cuadro. Esta sola idea me parece tan cruel, que tengo ganas de decirle que lo suelte, que no se desespere. La luz del sol hace brillar su cara como un espejo. Los pies me están hirviendo de calor, adentro de las botas. Me quito la camisa para atármela a modo de turbante. Mi propio rostro, mis manos y mi torso desnudo están tapizados por una leve capa de sudor que brota sin interrupción de mis poros. Así, yo tam&amp;shy;bién aparezco cubierto, como ellos lo están de lava sólida. La dife&amp;shy;rencia es que el sudor me sale constantemente de la piel, y esto se ve tan estático. Tan muerto.&lt;br /&gt;              El hombre me está mirando. Tiene la remera empapada, pegada al cuerpo. "¿Va a ayudarme?", pregunta, y la sorpresa me deja perplejo. ¡Hace tanto que no veía pronunciar una palabra! Oí los mensajes del teléfono; vi estos gritos del silencio aquí en la playa; pero no una voz surgiendo de una garganta, de una boca humana. Me quedo tieso en el lugar, sin saber exactamen&amp;shy;te qué responderle.&lt;br /&gt;              - ¿Cómo, señor?&lt;br /&gt;              Me da terror que no me explique; que vuelva a abrazar a su hijo como si nada. El tono de su voz había sido una especie de repro&amp;shy;che agresivo; y este abrazo tan violento de ahora, tan distante de la imagen viva de luto que contemplé al llegar... Además, aquello que desde lejos confundí con lágrimas bri&amp;shy;llantes, no es otra cosa que transpira&amp;shy;ción espesa, sucia, de cansancio. Acabo de comprenderlo: sólo quiere llevárselo de aquí. Esa resigna&amp;shy;ción fría debería actuar en mí como una secreta espe&amp;shy;ranza, un deseo de comportamiento para cuando encuentre a mi hermana.&lt;br /&gt;              Una gaviota vuela sobre nosotros. La veo dibujar sus círcu&amp;shy;los de aire. Ese pájaro puede haber volado el día de la erupción. "Ayudame a buscarla, pico ganchudo". Una gaviota desplegada entre vapores de gas. ¿Vapores tóxicos? "Quiá", hace, para saludarnos, moviendo la cabeza. No habría podido resistir un vuelo tan rasan&amp;shy;te (quizás venga de otros lugares sin volcanes). Usando el brazo derecho como visera, le guiño un ojo que ella no alcanza a ver.&lt;br /&gt;              - ¿Me da una mano? O me ayuda, o se va.&lt;br /&gt;              - ¿Qué?&lt;br /&gt;              - Decídase de una vez. Tiene toda la playa para pasear.&lt;br /&gt;              Está molesto. Me debo haber rubori&amp;shy;zado, porque me arde la cara.&lt;br /&gt;              - No entiendo qué quiere que haga.&lt;br /&gt;              Él mueve la cabeza en una negación fastidiosa.&lt;br /&gt;              - Ponga sus dos manos abiertas sobre la espalda de mi muchacho. No, más arriba, a la altura de los omóplatos. ¿Sabe lo que son los omóplatos?&lt;br /&gt;              - Claro.&lt;br /&gt;              - Ahora empuje. Cuando yo se lo diga.&lt;br /&gt;              Rodea con sus brazos la cintura del joven.&lt;br /&gt;              - Ya. Con fuerza. Así...&lt;br /&gt;              Hace TRACT y se me escapa de las manos. El hombre trastabi&amp;shy;lla hasta caer de espaldas, con tal mala suerte que un brazo de "su muchacho" choca contra el vientre abultado de un viejo sentado al costa&amp;shy;do de su sombrilla. Un vientre como una pared de hierro. El brazo se deshace con un sonido de porcelana rota. Después vuelve un corto silencio, inmediatamente interrum&amp;shy;pido por el llanto del hombre. No sé qué pasó, porque cerré los ojos para no sentir ese momento de cristales rompién&amp;shy;dose, y ahora que los abro el hombre está lloran&amp;shy;do, aferrado a dos objetos que quedaron allí, como bases de dos columnas peque&amp;shy;ñas. Le apoyo una mano sobre la cabeza y él se mueve hacia atrás, descubriendo los pies de su muchacho cementados al piso. Defini&amp;shy;tivamente parte de la playa, parte del todo de lava. Abandonados aquí con sus corazones de hueso parti&amp;shy;do, sus pulpas de pantorri&amp;shy;lla inmóvil y sus pieles de roca.&lt;br /&gt;              La repugnancia me tapa los ojos. Un sabor amargo trepa desde mi estóma&amp;shy;go, y tengo que girar sobre mi cuerpo por la sensación de vómito que me viene a la boca. El sol describe una sombra de un color negro intenso, que es como uno de estos seres pero móvil, girando. Me dan ganas de gritar por ellos, que también son sombras. Con gestos, con caras y sombras en la cara. Como un cementerio de momias. Mudas. Y ahora estoy quieto yo también, mudo también, helado, porque acabo de encon&amp;shy;trar a mi hermana.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;              Está sentada en una de las reposeras que entregaban en el balnea&amp;shy;rio. Le veo medio perfil, desde atrás, y estoy seguro de que es ella. Siempre nos robá&amp;shy;bamos las reposeras y las sillas de otras carpas; quiero llegar inmediatamente hasta su cuerpo y por eso corro, y otra vez me sorprende mi sombra moviéndose. Loca por irse a casa, loca por no quedarse entre esta maldición, loca por creer que el silencio le llegará de un momento a otro, por pen&amp;shy;sar, preguntándose "¿dejaré de correr?". Igual que mi hermana en su reposera, durmiendo el sueño de las piedras.&lt;br /&gt;              Esa no puede ser su cara. Me habían asegurado una expre&amp;shy;sión de calma, una ausencia de sufrimiento. Y no esta boca dolo&amp;shy;rida, este hueco inmenso, la tirantez de las arrugas estirando una máscara de odio. El único atisbo de tranquilidad lo dan sus manos entrelazadas, porque sus piecitos han sido descubiertos por el volcán en mitad de un movimiento de acomodación de postura, y parecen dos cuervos peleando. La boca es el centro del espanto: abierta a más no poder y llamando a alguien, llamándome en su idioma. ¿Debería soportarlo, entenderlo, acep&amp;shy;tarla gritando? Esta visión es una contractura en mi cabeza, en mi puño cerrado penetrando adentro de su boca de muelas negras y lengua seca. Estoy agarrado a su grito. Bajo la forma de un alarido de dolor llega mi voz, en una compulsión liberadora. Mi garganta sigue en pie, caliente. La escucho latir.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;              Con la pesadez de una bandera mojada, caigo sobre la playa. Estoy agotado. Te amo, hermana. Amo a aquella que fuiste. A la que vine a rescatar de la explosión del Morro. Aquí me ves. Demasiado tarde para todo. La tela de la reposera es una super&amp;shy;ficie laminar de medio centíme&amp;shy;tro de espe&amp;shy;sor, de la misma textura y fragilidad que el resto de la playa. Lo sé porque la veo partirse ante la mínima presión que hago; con la consis&amp;shy;tencia de una madera balsa y la apariencia, en el recorte, de un sandwich de tela entre dos bandas de lava.&lt;br /&gt;              Pasa el hombre llevando a su muchacho cargado sobre los hombros. Mira hacia donde estoy tendido y hace una pequeña sonrisa a modo de saludo. No parece pesarle demasiado. Me paro. Anclado sobre mis piernas abiertas, doblo la cintura. Tengo que sacar a mi hermana de aquí. Es una verdadera suerte el hecho de que sus pies estén en el aire, el derecho parcialmente apoyado sobre la tela de la reposera, y que sólo las patas de madera lleguen al piso. Con poco esfuerzo voy arrancándolas una a una. Pedazos desiguales de las cuatro patas quedarán para siempre clavados a la playa.&lt;br /&gt;              "Quiá", me avisa la gaviota. "Ya sé", le digo. "Puedo imagi&amp;shy;narme lo que vendrá". Sin embargo, continua&amp;shy;ré arrastrando su cuerpo y la reposera hasta llegar al departamento. "Gracias, te entendí, pero tengo la mente ida".&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;              3.        &lt;br /&gt;              Desde que comencé a subirla por la playa, supe que tendría dificultades para apoyar correctamente la repo&amp;shy;sera sobre el parquet del departamento. Las patas habían quedado mal cortadas; eso hacía imposible cualquier tipo de equilibrio más o menos estable. Al principio se me ocurrió suplementar las diferencias con tacos de madera y monedas. Desistí; coloqué a mi hermana recos&amp;shy;tada en el colchón. Cuando llegó la noche, tuve que emparejar los apoyos y asegurar la planta de su pie izquierdo -antes en el aire, ahora bastante cerca del parquet- sobre la cabecera. Yo debía pasar la noche junto a su cuerpo, en esa cama improvisada. Acomodé la almoha&amp;shy;da. Dormí aferrado a su pie.&lt;br /&gt;              Durante esa noche me moví mucho; me di cuenta en un momento en el que estaba despierto, y mis manos ya no la abrazaban. Su posición era ilógica: de milagro no se había caído al suelo. Eran las 4:30 de la madrugada. La luna llena volcaba, desde la venta&amp;shy;na, una claridad blanca que recortaba su figura como la de un fantasma. Encendí la luz. Las manos entrela&amp;shy;za&amp;shy;das le daban un indicio de la tranquilidad de la que había hablado el amigo de mi madre; pero ese rostro, Dios. Ese alarido. Decidí reubicarla apoyándola sobre el costado de la reposera, de tal modo que su cabeza queda&amp;shy;ra junto a la mía, sobre la almohada. Apagué la luz y me acosté. Su boca me hablaba, en secreto, un silencio de lápi&amp;shy;das. Ya estábamos bien. Cerré los ojos e inme&amp;shy;diata&amp;shy;mente tuve un sueño, que más que sueño fue un recuerdo de cuando era chico, y mi madre -de siete u ocho meses de embarazo- tomó mi mano para que sintiera a mi hermana. La puso sobre su vientre. A mí me pareció una pavada.&lt;br /&gt;              - ¿Ves cómo se mueve? -dijo.&lt;br /&gt;              Yo no podía darme cuenta.&lt;br /&gt;              - ¿Se mueve?&lt;br /&gt;              - ¡Claro! ¿No la sentís?&lt;br /&gt;              Había algo, sí. Aunque eso no era moverse. Para moverse había que subir a los árboles, correr, aullar extendiendo los gestos de la cara por los cami&amp;shy;nos. "Moverse" era lo que yo hacía constantemente; no ese latido, ese signo de la quietud. Mi madre se dio cuenta.&lt;br /&gt;              - Es otra manera de jugar que tienen los bebés cuando son muy, pero muy chiquititos -dijo-. Cambian de posición adentro de la pelota llena de agua de la panza. Es otra forma.&lt;br /&gt;              Me dio tanta impresión que salí disparado hacia el parque. ¿Esa bomba redonda podía explotar en cualquier momento, con sus latidos de reloj? Ah, hermana. Ahora negra de oscuridades, de noches negras en la playa, con tu cara pegada a la mía y mis ojos descendiendo en tus cuencas profundas. De piedra. Quién sabe adónde llega mi mirada. Quién sabe si podré sopor&amp;shy;tar otro día el horror de dormir junto a esta imagen de la catás&amp;shy;trofe. Quién sabe si no debería haberte dejado soñando los flashes de tus arenas muertas. En la galería de estatuas del Morro; que ahora observo de lejos, sabiendo qué son esos recortes de sombras que la luz de la noche despierta sobre la orilla. Lo sé porque tengo uno ence&amp;shy;rrado conmigo, aquí en la pieza. Prometí rescatar a mi hermana y la tengo. Aunque no sepa por cuánto tiempo, ni qué será de la vida nuestra.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;              No descansé un solo segundo, abordado por una variedad increíble de pensamientos y preguntas. ¿Cómo convivir con esta escultura a la que tanto había amado en vida, recordándome todo el tiempo "fui tu hermana, tu hermani&amp;shy;ta"?  Debería regresar&amp;shy;la ya mismo. O cualquier día. Mañana. Paso las yemas de mis dedos por la superficie lustrada de sus ropas, de su cuerpo. Supongamos que la dejo aquí, que cierro la puerta y me voy. Des&amp;shy;pués, a la vuelta... ¿Qué pasará a la vuelta? Cuando deba abrir otra vez esta puerta y encon&amp;shy;trar a mi hermana acostada en su reposera de piedra, toda ella de piedra volcánica; como encuentro mi col&amp;shy;chón, el teléfono o la ventana. Cada año que viene. ¿Podré soportar eso? Suena el telé&amp;shy;fono. Una voz lejana, torpe, ha equi&amp;shy;vocado la llamada. Ayer mismo, dos o tres timbrazos me hubieran movido las entrañas; hoy, sin embargo, soporto con mayor tranquilidad cualquier episodio inesperado, porque me ata una mujer quieta desde el piso. Me enfría; no deja que me desespere, que me mueva. Endurece mis múscu&amp;shy;los, mis gestos. Quizás deba convertirme en otro pasaje&amp;shy;ro de la playa (¿qué estoy diciendo, en qué estoy pen&amp;shy;sando?).&lt;br /&gt;              Llaman por teléfono.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;              Ahora la ubiqué igual que al principio, con una patita de madera -la más corta- y el pie izquierdo de ella sobre el col&amp;shy;chón; pero en lugar de estar contra la pared, ocupa el centro del cuarto. Y le doy vueltas alrededor porque creo haber notado algo. En parte del recorrido piso las cobijas, y ese es el instante de máxima reflexión, porque la reposera, vista desde los pies -estoy parado sobre el colchón, dando peque&amp;shy;ños saltos para mover&amp;shy;la- cobra un temblequeo que revive las líneas de su cuerpo. Todas estas ideas surgieron de la llamada que atendí después de dos o tres equivocados. Era el amigo de mi madre, comunicándose desde larga distan&amp;shy;cia. Le comenté lo de mi hermana y él me preguntó si había pensado algo. Contesté que no, pero que ya pensa&amp;shy;ría. Y que, por el momento, no había salido del quietis&amp;shy;mo que me producía verla transfor&amp;shy;mada en esto que ahora estaba a dos pasos del teléfono. Que no podía aguantar la expresión de su cara y que, en un principio, había pensado tapársela con una sábana. Pero el sólo saber que ahí abajo existía esa mueca, me produ&amp;shy;cía más pánico. Él me dijo que no podía ser, porque la había recono&amp;shy;ci&amp;shy;do en su vuelo al Morro, a dos días de la erup&amp;shy;ción, y era uno de esos cadáve&amp;shy;res beatíficos. Agre&amp;shy;gó: "de los que no se dieron cuenta". Yo supuse que se habría equivocado y él dijo que sí, que podía ser, pero me recomendó que la observara.&lt;br /&gt;              - ¿Por qué? -pregunté.&lt;br /&gt;              - Hay gente que vio cosas.&lt;br /&gt;              - ¿Qué cosas?&lt;br /&gt;              Su silencio me llegaba como una extensión del silencio de afuera.&lt;br /&gt;              - No sé; cosas raras. Cambios.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;              Acabo de dibujar sus manos, porque me pareció haberle visto los dedos más entrelazados que ahora. Compré lápices y papeles; sembré el piso del departamen&amp;shy;to con papeles fechados. Creo que ayer sus manos se veían más hundidas una adentro de la otra, apretándose sólidamente. Mejor dicho: no es un recuerdo de ayer, sino tal vez del día en que la recogí de la playa. El papel tiene por título la fecha de hoy: 22 de julio del año del Morro, y la hora: 14:45. Desconecté el teléfono para que nadie pudiera inte&amp;shy;rrumpirnos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;              Los pies, sí. Es el gesto más evidente. Hace tres semanas que estoy dibujando; toda esa pila de papeles no me muestra nada, porque lo que  supongo un pequeño cambio quizás sea una imperfección de trazos, una cabal muestra de mi estupidez como dibujante. Si fueran fotos, claro. Pero me fijé en los pies y estoy seguro. Cuando me paré sobre el colchón, a saltar, una de las plantas de ella rozaba la superficie de la tela, y esto me llevó a suponer que podía romperse un pie, como había visto pulverizarse la mano acristalada de aquel muchacho en la playa. Hoy, día 12 de agosto -creo que viernes o sábado- he saltado con ganas sobre el colchón y sus pies permanecen en el aire. No tocan la tela. Repito la experiencia porque me parece el descu&amp;shy;brimiento más importante que ha visto este departamento. Comencé a dibujar los pies en sus posiciones relativas, tomando medidas gráficas con marcas en los papeles, de distancia hacia los costados de la reposera y distancias al piso. Creo que pasaré sin dormir los próximos dos o tres días, hasta terminar con el trabajo.&lt;br /&gt;              Mi hermana se está moviendo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;              Miércoles 16 de agosto.&lt;br /&gt;              Volví a conectar el teléfono. Estoy preso adentro del espan&amp;shy;to. Apretado contra la ventana de persianas abiertas, los dientes me castañetean como si tuviera fiebre. No puedo ver ese rostro. Todos los papeles están tirados. ¿Habré enloquecido? Durante más de un mes tomé medidas de sus manos y sus pies y ayer a la noche, casi sin luz, por segunda vez reparé en su cara. Un hielo me recorrió todo el cuerpo. Ahora estoy de espaldas a ella y quiero oír una voz, infructuosamente, en mi teléfono. No funciona. Tiro del cable. La fiebre mía es la que no se anima a enfrentar la cara de mi hermana. Puedo afirmarlo: cambió. Su expresión ha cambiado. Lo que era un grito de horror quedó conver&amp;shy;tido en una letra muda, tratando de decirme algo. Es una foto de alguien que habla. Tardó más de un mes en hacer ese movimiento, pero lo hizo. Y mi teléfono sin voz.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;              Martes 29 de agosto.&lt;br /&gt;              Decidí escribir las modificaciones en un diario. Estoy seguro de lo que digo: mi hermana no sólo está viva -se mueve- sino que, además, trata de comunicarse conmigo. Esa es la gran conclusión. Los rasgos de su cara toman poco a poco la expresión de otra letra o de un signo (es difícil de explicar). Me conseguí un espejo en la calle y traté de representar muy despacio las letras del alfabeto, para descifrar ese movimiento de labios. Ni qué decir que mi expresión también había cambiado. Absolutamente sucio, lleno de pliegues en la cara, y barritos, y pelos. Los pliegues son de las arrugas, por haber manteni&amp;shy;do mi cara demasia&amp;shy;do tiempo en tensión. ¡Yo mismo era otra persona! Bravo, hermana mía. Hay que brindar con este anís. Sólo que yo puedo terminarme la botella en el lapso en que vos tardarías en rozar la copa con los dedos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;              Miércoles 30 de agosto; 22 hs.&lt;br /&gt;              Me despierto de la borrachera. Una puntada atroz me perfora las sienes. Creo que hoy no escribiré más que algo técnico que se me ocurrió. La letra que ella quiere articular, ¿será una "m", una "s" o una "n"? ¿Cuál de todas? La botella de anís está vacía. ¿Tardará un mes, dos, tres, en hablar una puta palabra? No deberé ser tan ansioso, me digo. Mejor emborracharse y esperar, seguir su movimiento modificando el mío propio. Suavizando mis propias relaciones. Nunca me había tocado comunicarme con alguien así, tan serenamen&amp;shy;te. Deberé relajarme, aunque la paciencia no sea mi fuerte. Aprenderé a ser paciente.&lt;br /&gt;              Suena el teléfono. Atiendo. Alguien me habla, pero casi no puedo descifrar sus palabras; vaya más despacio, me dan ganas de decirle, y cuando estoy a punto de reaccionar, él ha cortado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;              Lunes 2 de octubre.&lt;br /&gt;              Estoy entendiéndome con mi hermana. La dificultad para discernir las palabras que su voz no alcanza a ejecutar es tan grande, que se me ocurrió que podía escribirme el mensaje en un papel. Se lo dije muy despa&amp;shy;cio, alargando mucho los sonidos para que comprendiera. Me pasaba lo mismo que a ella: al extender demasiado una sílaba cualquiera por un rato largo, lentamente, se pierde la fonética y queda nada más que una mímica absurda. Empezaba a darme cuenta de eso. Dibujé mi rostro comunicando cada una de las letras del mensaje; colgué el espejo a la altura de mi cara para observarme y pegué aquellos dibujos en la pared. ¿Ella me percibiría desde el fondo de aquellos dos pozos negros? ¿Mi hermana estaba sin ojos, o tal vez con los ojos hundidos por la diferencia de espesores entre la lava de los pómulos y la de la fren&amp;shy;te? Lo que iba a comunicarle era: "Por favor, escribí las cosas que me quieras decir". Le puse el lápiz entre los dedos (tardó una semana y media en agarrarlo correc&amp;shy;ta&amp;shy;mente), y un papel enorme. Al final pulí mi propio dis&amp;shy;curso, como quien escribe un telegrama, lle&amp;shy;gando a reducirlo a una palabra:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;                                                       E S C R I B I L O&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;              Colgué el jeroglífico sobre la pared, con los dibujos de la pronunciación de las letras en la forma de mi boca. Eran 16 dibujos (los había separado en grupos de uno, dos o tres carte&amp;shy;les, según las letras). Después de reflexionar me dije "es una idiotez. Si puede ver estos mamarrachos, podrá leer la palabra completa"; e inmediatamente hice un cartel. Pero como no quería jugarme por entero a lo visual, me senté delante suyo en el colchón y estuve, para decir cada letra, aproximadamente tres horas (procurando mantener un volumen audible al recitar las sílabas, lo que me costó muchísi&amp;shy;mo). Al tercer día había repetido dos veces el mensaje. Estaba exhausto. Después, mientras des&amp;shy;can&amp;shy;saba, me di cuenta de que quizás ella tampoco pudiera captar el tono de mi voz, por ser demasia&amp;shy;do acelerado. Volví a escribir un cartel más grande que el anterior; una letra por hoja, en el reverso de los vagos dibujos de mi cara. Sin propo&amp;shy;nérme&amp;shy;lo -y ésto es un signo de que mis propias acciones se habían demorado- tardé más de un día en escribir ese único mensaje y ordenar las hojas en el parquet.&lt;br /&gt;              El teléfono comenzó a sonar, pero al cabo de un rato los impacientes del otro lado de la línea cortaban la comunicación, sin darme tiempo de aproximar&amp;shy;me al receptor.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;              19 ó 20 de octubre.&lt;br /&gt;              Debo admitir que estoy contento con mi nueva forma de sentir el tiempo. De pronto, este cuarto que hace bastante fue una celda, ahora es una extensión que vale la pena recorrer. Aunque no haya nada; uno puede disfru&amp;shy;tar caminándo&amp;shy;lo.&lt;br /&gt;              Con mi hermana, cada vez nos entendemos mejor. Se podría decir que hay un diálogo de gestos, y que hay motivos para este diálogo, porque estamos compartiendo cosas que a simple vista pueden parecer ínfimas, pero para nosotros son importantes. Una succión de aire, por ejemplo (respiro hondo). He dejado de hacer todas las otras cosas: escribir el diario; atender el teléfo&amp;shy;no, que apenas puedo oír sonar y es un ruido elástico que no vale la pena. Perdí -¿cuándo, dónde?- la ropa. Estoy desnudo. Desde ayer a la tarde, mi pie derecho roza el muslo de ella. El contac&amp;shy;to cubre una zona pequeña de piel, pero un calor intenso va creciendo desde allí y me llenará el cuerpo en alguno de los próximos días. Las sensaciones, por el sólo hecho de ocurrir más despacio, son más intensas y duraderas. Nunca pensé que podía ser así. Ella escribe, con el lápiz, su palabra. Hasta ahora leo "FOI", pero la última letra está, al parecer, sin terminar. Despunta en "M" o "N". ¿Se dará cuenta de que la estoy tocando? ¿Disfrutará también este instante de horas como lo disfruto yo?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;              Miércoles 12 de diciembre.&lt;br /&gt;              Ella terminó de escribir su palabra. Tardé mucho en leerla; pero, al terminar, me di cuenta de que estaba recobran&amp;shy;do el movimiento que había perdido. La palabra era "FONDO", a la que después seguía una línea y un punto. Dejó caer el lápiz. Esto marcaba el final definitivo, y actuó en mi persona como un acelerador de acciones. Junté los papeles velozmente (aunque todavía no llegaba a moverme en un tiempo normal: controlé el récord del día para ir desde el colchón hasta el teléfono y es de 1 hora con 22 minutos). No obstante, me noto rápido, y retomé la escritura del diario. Siento la llegada de la normali&amp;shy;dad como un barco que se arrima a la costa. ¿FONDO? ¿Fondo de qué cosa? Este pensamiento me llevó dos días enteros. Mi hermana era, otra vez, una estatua inmóvil.&lt;br /&gt;              Parado frente a la ventana pude ver una muchedumbre de colores detenida entre aquellos sectores de la playa de lava. "¡FONDO DEL MAR!", grité. La normalidad en la que estaba entran&amp;shy;do, todavía no me permitía escu&amp;shy;char mi propio grito; que salió mudo, para nadie.&lt;br /&gt;              En la playa había pasado algo anormal. Me vestí para salir.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;              4&lt;br /&gt;              Tardé un tiempo considerable en llegar a la orilla. Lo supe porque después de cambiarme había oscurecido -salí de mi edificio envuelto en penumbras- y, cuando pisé la entrada del balneario, los turistas estaban reunidos ante la luz del amanecer.&lt;br /&gt;              Fui viendo todo como si lo pasaran en diapositi&amp;shy;vas, porque me detuve a pensar cada imagen. ¡Cómo había cambiado este lugar desde... julio! La gente se arropaba en sus sacones; cuando empecé a sentir el frío, cerca de las nueve de la mañana, el sol había empezado a calentar el piso de piedra. Las mujeres se descalzaron buscando ese calor bajo las plantas de los pies. Poco a poco, la playa se fue llenando. Traían cámaras y, en un momento dado, aplaudieron a rabiar. Entonces escuchamos una zambulli&amp;shy;da pesada y después el silencio. Otra vez me detuve a pensar en lo que mis ojos veían. Voy a describir esa primera imagen que sufrí mientras trataba de arrimarme a la orilla:&lt;br /&gt;              Las estatuas, aquellas quietas, negras, estaban de pie. El movimiento había sido general, no tan sólo de mi hermana en el departamento, sino de todos; y sus caras, antes una síntesis del espanto, ahora lucían sonrisas orgullosas y petrificadas. Habían tardado cinco meses y medio en levantarse de los lugares y cami&amp;shy;nar hacia la orilla. ¡Una trayectoria de tan pocos metros distri&amp;shy;buida en tantas semanas! Todo como si avanzaran con seguridad, dueños de la verdad. Sal&amp;shy;vándose.&lt;br /&gt;              Un lánguido sentimiento de celos me invadió. Compren&amp;shy;dí que mi hermana seguía relacio&amp;shy;nada, secretamente, con este sistema que en un instante de mi espera -¿un sólo segundo, tal vez?- yo había empezado a compartir. Pero: ¿cuál era el riesgo de ese entendimiento? ¿Qué había que dar a cambio para tener la felicidad así, clavada para siempre en el rostro? Me pregunté si yo podría, en algún momento, ser parte de la segu&amp;shy;ridad de mi hermana y de los demás cuerpos, con una claridad y una decisión tan aplas&amp;shy;tante como la de ellos. Saben lo que hacen. Lo leo en sus facciones. No como estos turis&amp;shy;tas, que ni se preguntan, ni nada. Suben las cámaras que les cuelgan de los cuellos; click, sacan la foto. Todos en círculo, apuntando con sus lentes.&lt;br /&gt;              Me acerco otro poco, para comprender más. Es la segunda postal de hoy. No me sorprende (ya nada puede sorprenderme). Los cuerpos de piedra están detenidos contra el cordón de lava que, a modo de barranca, separa el movi&amp;shy;miento del agua en la orilla de la serenidad aparen&amp;shy;te de esta playa. Tardaron meses en apretarse, en llegar a este lugar. Y ella, pobrecita, encerrada por mi culpa en un departa&amp;shy;mento que no le pertenece, que ya ha dejado de ser su mundo (y a lo mejor el mío también); víctima de un capricho ajeno, humano... Debo devolverla a su entorno. Ella es de la playa, de donde no tendría que haber salido nunca. ¡Cuánto dolor incomprendido el tuyo, mi linda, mientras yo me preocupaba sola&amp;shy;mente por mis descubrimientos! Todo este egoísmo me cubre como una capa gris.&lt;br /&gt;              Una chispa de tristeza se enciende en mí, y muevo las manos buscándome los ojos. No quiero ver, pero quiero. Siempre es así el instante de la revelación de algo cierto. Y quiero recuperar el ritmo de los otros, y eso es lo que se ha encendido. Quiero arrimarme entre los turistas y lo estoy hacien&amp;shy;do. Debo llegar a la orilla como ellos, y lo hago. Aquí, al lado de esta talla viva que se asomó al mar hace... ¿cuánto? ¿Cuánto tiempo le habrá llevado incli&amp;shy;narse sobre esta barranqui&amp;shy;ta? Tiene un pie en el aire, y el otro apoyado en dos dedos. El cuerpo tan, pero tan inclinado hacia delante (se diría un ángulo de unos 45 grados entre su columna vertebral y la vertical) que no comprendo cómo hace para mantener el equilibrio. Para no caer al agua. Y cómo es ese pie, que resiste tanta fuerza sin quebrar&amp;shy;se, cuando sus figuras eran tan frági&amp;shy;les (me viene a la mente el recuerdo de los tobillos partidos).&lt;br /&gt;              Los turistas comenzaron a aplaudir, y yo supe que algo estaba por pasar. Cada vez aplaudiendo más rápido (a mí me dieron ganas, pero no pude). También había otros cuerpos que parecían árboles secos a punto de caer, inclinados en ángulos diversos. Los aplausos comen&amp;shy;za&amp;shy;ron a apurarse. El ritmo era creciente y sonaba a redoble de tambor. El inclinado, con una expresión pacífica en la cara, había desplegado otro dedo, y ahora el equilibrio era increíble. "Es tan inestable que no puede ser", dije. Todos apuntaron con sus cámaras. Click, click, click. El incli&amp;shy;na&amp;shy;do cayó, casi en cámara lenta, sobre el agua de la orilla. Zambulléndose en las arenas del fondo. Me sobresalté. Los turistas comenzaron a dis&amp;shy;persarse, tal vez buscando otro espectáculo de aquellos.&lt;br /&gt;              Me arrodillé a los pies del mar. No quedaba rastro alguno de ese hombre, como si se hubiera fundido con la arena mojada. Metí ambos pies en el agua, queriendo encontrar un fondo quizás barro&amp;shy;so, quizás fácil de penetrar. Ese hombre ya era sustancia marina. Como antes fue playa. Como mi hermana, que tiene que regresar a este lugar porque también es playa, con una sonrisa de ésas dibujada en el rostro. En nuestros rostros. Estas sonrisas que dan ganas de llegar, que son ciertas de tanto gozo, que revierten los ánimos, que animan los espíritus caídos. Que trastocan el movi&amp;shy;miento, el mío propio otra vez, tanto que para salir del agua y colocarme de frente al mar no sé cuánto tardo -¿horas, siglos?- y ahora que lo veo de nuevo quiero llegar al fondo, tocarlo, fundirme, ser ese fondo. Vivir en comunión permanente con él. Por eso voy dejándome caer y es una suspensión parcial de la gravedad, la mía, porque aunque mi cuerpo inclinado se acerque al agua nunca, aparen&amp;shy;temente, llegará a mojarse. Una caída paso a paso, leída en secuencias lentas. Proyec&amp;shy;tando los mismos fotogramas duran&amp;shy;te horas: yo tirándome al agua. La  gente  pone  su  asom&amp;shy;bro y sus clicks, mientras mi cuerpo de barro se desgaja abriendo un corte en la superficie lisa del líquido; y mis pies, y los dedos de mis pies un milímetro pegados a la barranca de lava de la orilla. Medio milímetro, menos de medio, nada; el día explota en brillos de gotas y salpicaduras que son diamantes expuestos a la luz del sol. Pero me estrello como un ser humano normal, como cualquie&amp;shy;ra. Como esos que me miran gozando, riéndo&amp;shy;se, vestidos con sus disfraces chillones de ciudad, con sus caras rosadas disfrutando de la visión de mi cara roja, mi nariz roja, partida contra el fondo, en sangre brotando entre mis dedos cuando la vergüenza me la tapa. Sentado en esta orilla, mojado y ridículo. Como uno de afuera. Una visita.&lt;br /&gt;              Como alguien que todavía no merece entrar en esta tierra.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/14637388-2998780506196446656?l=mandarinasdulces.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/14637388/posts/default/2998780506196446656'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/14637388/posts/default/2998780506196446656'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://mandarinasdulces.blogspot.com/2010/01/playa-quemada.html' title='PLAYA QUEMADA'/><author><name>Gus Nielsen</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-14637388.post-4079261265920232025</id><published>2009-12-03T16:13:00.000-03:00</published><updated>2009-12-03T16:14:15.879-03:00</updated><title type='text'>MARVIN</title><content type='html'>Mały człowieczek, zanim jeszcze zsiadł z motoru, zdjął kask i powiesił go na kierownicy. To był stary motocykl, pomalowany na czarno syntetycznym lakierem, a z tyłu miał przyczepkę na rowerowych kołach, z której wystawały kolorowe pudła. Kiedy podjechał pod bramę szkoły, zauważyłam, że ma zajęczą wargę. Przekątna linia dzieliła jego uśmiech na dwie niepasujące do siebie krzywizny, przez co chwilę musiałam się przyzwyczajać do jego wyglądu.&lt;br /&gt;Pół ranka zeszło mi na próbach wydobycia z Anity jakichś odpowiedzi oraz na przywoływaniu reszty uczniów do porządku, żeby dali jej spokój. Uczę od czterdziestu dwóch lat. Tamtego dnia uczyłam od trzech, ale już wiedziałam, że na wsi różnice jeszcze bardziej rzucają się w oczy. Kulawy pies w polu pszenicy przeznaczony jest do odstrzału. A Anita, biedaczka, była najwolniejsza z całej klasy.&lt;br /&gt;Najbliższa miejscowość leżała dwadzieścia kilometrów dalej. Dzieci przyjeżdżały konno, powozem, niektóre autem. Prócz tych, które przyjeżdżały autem, wszystkie pojawiały się w szkole ze względu na potrawkę. Kucharką była mama Anity. Kroiła warzywa i mięso na drobne kawałeczki, a do tego dodawała grzyby. To były takie brązowe, bardzo kwaśne kapelusze, które ujednolicały kolor i smak wszystkich potraw. I tak gulasz nie różnił się niczym od zupy z soczewicy. Mama Anity była grubą i upartą kobietą, i zawsze chodziła w klapkach. O swojej córce mówiła tak, jakby to był ktoś obcy. „Nie ma się co przejmować, głucha jest, można do niej gadać po próżnicy”, tłumaczyła poklepując ją czule po głowie. „Jak tak dalej pójdzie, to się nawet nie nada do podawania do stołu u pana, nie ma co”.&lt;br /&gt;Tego dnia dzieci wyjątkowo dokuczały Anicie. Musiałam jednego wyrzucić z klasy. Była zima. Wyjrzałam przez okno; chłopak, Gastón, dygotał. Wtedy pojawił się człowieczek na motorze. Widziałam, jak podaje chłopcu rękę, jak się pochyla. Odwróciłam głowę do klasy i do pytania mamy Anity. Niewiarygodne, że ta kobieta mogła patrzeć na swoją płaczącą córkę i pytać, czy ma dać cebulę do sosu czy nie. Napluli Anicie na głowę. Zauważyłam to, kiedy ją przytuliłam. Ciepło jej ośmiu lat wtuliło się w moje piersi i brzuch. Przejdzie do następnej klasy, bo wszyscy przechodzą. Tak to jest w wiejskich szkołach. I tak miało być i tutaj, w tej pojedynczej szkolnej sali zagubionej w polu. I niech sobie przyjeżdżają wizytatorzy.&lt;br /&gt;- Więcej cebuli i mniej grzybów – powiedziałam. Wyszła.&lt;br /&gt;Człowieczek zapukał dwa razy w szybę. Pocierał ręce. Wyszłam.&lt;br /&gt;- Gastón, możesz wracać. – Chłopiec kopnął kamyk. – Tak?&lt;br /&gt;- Jestem magikiem – powiedział człowieczek.&lt;br /&gt;Chuchał sobie w dłonie. Para buchała spod jego blizny jak słup dymu. Dłonie miał delikatne, bez biżuterii czy zegarka.&lt;br /&gt;- Tak? – zapytałam.&lt;br /&gt;- Objeżdżam szkoły – dodał – i robię pokaz dla uczniów…&lt;br /&gt;Jego przyczepka wyglądała jeszcze dziwniej przy tym motorze niż ta warga na twarzy.&lt;br /&gt;- Kiedy?&lt;br /&gt;- Teraz, zaraz.&lt;br /&gt;Powiedziałam, że teraz nie da rady, bo prowadzę lekcję. Wyglądał na rozczarowanego. Popatrzył na dzieci, które przez sekundę siedziały cicho i bez ruchu.&lt;br /&gt;- Jeśli pani woli, wpadnę na przerwie… Albo później.&lt;br /&gt;Rozchylił ręce i usta. Dwie części jego górnej wargi zawibrowały.&lt;br /&gt;- Kiedy później?&lt;br /&gt;Wzruszył ramionami. Nie zamierzał wracać.&lt;br /&gt;- Dobra – powiedziałam. – Ale proszę poczekać, aż skończą wypracowanie. Niech pan wejdzie, zimno jest.&lt;br /&gt;Przytaknął. Potarł zdrętwiałe ręce i ruszył w stronę przyczepy. Wyładował pudła. Miał cylinder pomalowany tym samym lakierem, który został mu po malowaniu motoru.&lt;br /&gt;- Gdzie się mogę rozłożyć? – zapytał.&lt;br /&gt;- W kuchni.&lt;br /&gt;Odprowadziłam go do drzwi. Kucharka stała plecami do nas. Kiedy wróciła, dzieci zdążyły ukraść Anicie zeszyt.&lt;br /&gt;- Zamykamy oczy i zeszyt ma się pojawić sam – powiedziałam.&lt;br /&gt;- To on, to on – krzyczała Anita.&lt;br /&gt;Przymknęłam powieki. Z przeciwnej strony niż pokazywała Anita, dziewczynka z pierwszej klasy rzuciła jej zeszyt.&lt;br /&gt;- Cisza – poprosiłam.&lt;br /&gt;W drzwiach klasy stała jej mama. „Kim jest ten pan? Kto to widział, dał mi całusa i podwędził jabłko. Kazałam mu zaraz wyjść, ale on na to, że go pani przysyła”.&lt;br /&gt;- Proszę mu powiedzieć, żeby przyszedł.&lt;br /&gt;Otworzyłam zeszyt Anity na stronie z wypracowaniem. Ktoś na nią nadepnął. Odcisk, jak jakaś pieczęć, odbił się na linijkach i dziecięcym piśmie. Udało się jej napisać: „Krowa lubi dobże jeść”; poprawiłam błąd i poszukałam czystej strony.&lt;br /&gt;- Wyrzucono mnie – powiedział człowieczek.&lt;br /&gt;Wskazałam mu pustą ławkę, żeby usiadł. Znów wyszedł i wrócił z dwoma złożonymi pudłami, które ustawił na podłodze. Jedno było złote i miało napis „Marvin”; drugie czerwone ze smokami. Cylinder położył na poziomym smoku, a resztę pudeł pod ścianę. Zanim usiadł, pokazał pustą dłoń i zakasał rękawy; potrząsnął palcami w powietrzu i pojawił się kwiatek. Goździk. Gastón podszedł do magika, który szepnął mu coś do ucha. Gastón wyszedł na przód klasy i wręczył mi goździka. Marvin puścił do mnie oko. Pomyślałam, że jednak nie trzeba było się zgadzać. Wszystkie dzieci, oprócz Anity, o coś go prosiły. Mama Anity, wściekła, pojawiała się w drzwiach.&lt;br /&gt;- Niech mi pan powie, gdzie schował cebule.&lt;br /&gt;Stukała czubkiem swojego prawego klapka o betonową podłogę. Spojrzałam na Marvina, a on uniósł brwi.&lt;br /&gt;- Musiały zniknąć – odpowiedział. Dzieci wybuchnęły śmiechem, w powietrzu pojawił się papierowy samolot. Mama Anity odwróciła się mamrocząc coś pod nosem.&lt;br /&gt;- W porządku – poddałam się. – Wygrał pan. Proszę robić przedstawienie.&lt;br /&gt;- Hurra! – krzyczały wszystkie dzieci prócz Anity, która gryzła sobie paznokcie i wyjadała spod nich smarki. Magik wyszedł na przód klasy witany brawami i gwizdami. Poprosił o ciszę, żeby dokończyć rozkładanie pudeł.&lt;br /&gt;Usiadłam na jego miejscu. Jedyny chłopiec z trzeciej klasy, ten z napomadowanymi włosami, zaświstał jak na swojego konia. Marvin miał sześć pudeł. Ustawił trzy, jedno na drugim, tak, że utworzyły wieżę wysokości dziecka. Otworzył we wszystkich drzwiczki i zobaczyliśmy, że są ze sobą połączone, jakby to był jeden kuferek. Nałożył sobie cylinder.&lt;br /&gt;- To próba, którą robię w każdej szkole, od Azul aż dotąd. To magia powielania głów. Wierzycie w takie czary?&lt;br /&gt;- Taaaak – odpowiedziały dzieci.&lt;br /&gt;- Ja nie – odezwałam się.&lt;br /&gt;- Pani nie? – zapytał. – A to dziwne. Nauczycielka powinna wierzyć w powielanie głów… - stwierdził.&lt;br /&gt;- Nie wierzę, bo nie wiem, o co chodzi.&lt;br /&gt;- To proste – powiedział. – To pewna teoria.&lt;br /&gt;- Ćśśś – poprosiłam o ciszę.&lt;br /&gt;Gastón, który stanął za ławką, krzyknął: „A co sobie zrobiłeś w usta?”. Powiedziałam mu, żeby siadał. Nie usłuchał.&lt;br /&gt;- Moja teoria jest taka – zaczął. – Każdy ma więcej niż jedną głowę, może nawet wiele. Chłopiec może mieć jedną głowę do zakochiwania się, drugą do myślenia o rodzicach, trzecią do zabawy, i jeszcze jedną do spania albo jedzenia. Miałby wtedy w sumie cztery głowy.&lt;br /&gt;- Pięć – powiedziała dziewczynka kończąca siódmą klasę.&lt;br /&gt;Marvin policzył na palcach.&lt;br /&gt;- Jeśli ta, której używa do spania jest inna od tej do jedzenia, to rzeczywiście pięć.&lt;br /&gt;Mówiąc to złapał się za swoją, jakby ją chciał zdjąć z szyi.&lt;br /&gt;- Ja mam tylko jedną – zawołała María, dziewczynka z prostymi warkoczykami.&lt;br /&gt;- Ale z dwiema antenkami, co może oznaczać, że masz dwie głowy: po jednej na warkocz.&lt;br /&gt;- Nie – obraziła się. Magik uśmiechnął się do niej swoimi dziwnymi ustami. To wystarczyło, by dzieci z miejsca się uspokoiły. Wszystkie prócz Anity, która sama z siebie była spokojna i opierała prawy policzek na swojej miękkiej rączce.&lt;br /&gt;- Kto z was ma więcej niż jedną głowę?&lt;br /&gt;- Cholo! – krzyknęło kilkoro dzieci jednocześnie. Cholo był męską wersją Anity, ale przeszedł już do szóstej klasy, miał czternaście lat i potężne ciało zwieńczone wielką brodatą głową.&lt;br /&gt;- Podwójna głowa! – krzyknął mag i wszyscy, prócz Chola i Anity, zaśmiali się. Łącznie ze mną.&lt;br /&gt;- Pani! – zawołała dziewczynka z siódmej.&lt;br /&gt;- Trzy głowy! Pani ma trzy głowy! – ciągnął Marvin, podnosząc ręce. Chwycił za różdżkę. – Trzy głowy to sporo, ale nie wystarczająco. Cisza, proszę. Zaraz, zaraz, czuję, że w tej szkole jest ktoś, kto ma o jedną głowę więcej, ktoś z czterema… Zaraz… - zaczął przechadzać się między ławkami.&lt;br /&gt;- Dlaczego masz tam takie coś? – nalegał Gastón.&lt;br /&gt;- Jakie coś? – Marvin przystanął.&lt;br /&gt;- Takie przerwane.&lt;br /&gt;- Żeby mieć dwie pary ust. Dobry magik musi mieć dwie: jedną do zapowiadania sztuczki, drugą do przemilczenia, jaki jest trik. Dlatego mam je oddzielone – pokazał na ranę – dzięki temu mam pewność, że prawidłowo działają. Z głowami czasami się nie udaje. Czasami ma się po kilka głów, ale nie są za dobrze połączone z ciałem, nawet ta, którą widać, której się używa to włożenia swetra. Zdarza się to zwłaszcza wtedy, jak się ma ich więcej niż trzy.&lt;br /&gt;Zawrócił przy ostatniej ławce i posłał mi uśmiech swymi dwiema parami ust. Kiedy występował, robił się ładny. Zmieniał defekt swojej twarzy w coś szczególnego. Szedł powoli przed siebie.&lt;br /&gt;- Już mam – powiedział. – Już znalazłem. Cztery główki… Imię?&lt;br /&gt;Dzieci zaczęły buczeć. Anita podniosła wzrok, bo celował w nią czubek wskaźnika. Popatrzyła na magika sennie. Już miałam go powstrzymać.&lt;br /&gt;- Imię?- zapytał mnie.&lt;br /&gt;- Anita – powiedziałam.&lt;br /&gt;Ona wstała i nie patrząc na mnie podeszła do przodu. Dzieci przestały buczeć. Zastanawiałam się, jaką krzywdę może jej wyrządzić takie zdarzenie, ale Marvin już ją wprowadził do wieży z pudełek. Wszystko przebiegało bardzo naturalnie. Wyglądało na to, że ona jest zadowolona. Cholo rzucił kulką papieru, która odbiła się od tablicy. Magik pochylił się i podniósł papier.&lt;br /&gt;- Przesyłają nam wiadomość, Anita – powiedział rozwijając karteczkę. – Podwójna głowa życzy ci udanego zabiegu.&lt;br /&gt;Ona się uśmiechnęła. „Wcale że jej niczego nie życzę”, zawołał chłopak. Gestem kazałam mu usiąść i się zamknąć. Marvin zapytał Anitę, czy dobrze się czuje.&lt;br /&gt;- Tak – odpowiedziała.&lt;br /&gt;On starannie zamknął drzwiczki w dwóch niższych pudłach. Głowa wystawała w ostatnim otwartym pudle.&lt;br /&gt;- Na pewno?&lt;br /&gt;Anita wzruszała ramionami, choć nie było ich widać, ale ponieważ lekko pochyliła głowę, to tak mi się wydawało. „Byle matka nie weszła”, pomyślałam. Zacisnęłam kciuki.&lt;br /&gt;- Dobrze – powiedział Marvin. – Anita, jeśli się nie mylę, ma wielkie zdolności umysłowe i niesamowitą wyobraźnię, tyle że ich jeszcze nie rozwinęła, bo jest bardzo mała. Ile masz lat?&lt;br /&gt;Wystawiła przez otwarte drzwiczki osiem palców.&lt;br /&gt;- Jasne, osiem… I cztery głowy, tak mówiłem?&lt;br /&gt;- Tak – odpowiedziały dzieci.&lt;br /&gt;- Tyle że ich nie widać, bo nikt ich nie podłączył. Stuk-stuk – zapukał kostkami dłoni w pudełko. – Czy mamy krótkie spięcie w głowie?&lt;br /&gt;- Taaaak – zawołały jej dwie jedyne koleżanki.&lt;br /&gt;- Ale ja ją pytam. Czy iskrzysz przy myśleniu, panienko?&lt;br /&gt;- Nie wiem – odpowiedziała.&lt;br /&gt;- A, nie wie panienka. Dobrze… Czy mogę zamknąć drzwiczki?&lt;br /&gt;- Tak – odpowiedziała.&lt;br /&gt;Myślałam, że się popłacze, kiedy ją zostawią w ciemności. On zamknął drzwi. Dzieci szeroko otworzyły oczy. Dało się usłyszeć oddechy małych płuc. Wstałam.&lt;br /&gt;- Dobrze się czujesz, Anita? – zapytałam. Magik dał mi znak. Podniosłam głos.&lt;br /&gt;- Tak – odpowiedziała. Jej potwierdzenie dobiegało jakby z głębi studni.&lt;br /&gt;Znów usiadłam. Byłam mocno zdenerwowana i to, co wydarzyło się później, tak bardzo mnie zdziwiło, że w ogóle, w żadnym momencie tego przedstawienia, nie wiedziałam, co robić. Magik skupił na sobie całą uwagę wszystkich, kiedy zaczął przekręcać górne pudełko nad tymi dolnymi. Używał obu rąk, żeby udawać, że odkręca głowę Anity z wielkim trudem. Od udawanego wysiłku zaciskał rozdwojone wargi. Wyjął skądś czarny kawałek blachy i wsunął tam, gdzie dziewczyna powinna mieć szyję. Podniósł górne pudło i przeniósł je na biurko. Spojrzenia dzieci i także moje podążyły tam za nim. Na podłodze wciąż stała zmniejszona wieża. Dzieci zaczęły wstawać. Marvin zaczął oklepywać pudełko spoczywające na biurku. Zapytał:&lt;br /&gt;- Jesteś tam jeszcze?&lt;br /&gt;Nikt nie odpowiedział.&lt;br /&gt;- Anita, ciebie pytam: jesteś tam, moja droga?&lt;br /&gt;- Tak – odpowiedział jej głos ze środka. Magik zamachał kilka razy różdżką. Kiedy otworzył drzwiczki, dzieci, które stały, cofnęły się o krok wstecz.&lt;br /&gt;- Cześć – powiedziała Anita.&lt;br /&gt;Chociaż to nie była Anita, tylko głowa Anity, oddzielona od jej ciała i w niewyjaśniony sposób postawiona na moim biurku.&lt;br /&gt;- Boli cię?&lt;br /&gt;- Nie, nic.&lt;br /&gt;- Z twoim ciałem w porządku?&lt;br /&gt;- Mhmmm – powiedziała.&lt;br /&gt;- To znaczy tak?&lt;br /&gt;- Tak.&lt;br /&gt;- Chcesz czegoś?&lt;br /&gt;- Ale czego?&lt;br /&gt;- No czegokolwiek; może chcesz coś wiedzieć…&lt;br /&gt;- Nie.&lt;br /&gt;- To się nie ruszaj – powiedział i znów zamknął drzwiczki. Podszedł do trzech pustych pudeł, które zostawił na podłodze na początku przedstawienia. Postawił jedno po prawej i dwa na górze, tworząc coś jakby pryzmę. Ciszę w klasie można by kroić nożem. Stanął przed drzwiczkami. Otworzył to pierwsze pudło z biurka. Anita wciąż tam była. Otworzył pudło z boku i te dwa z góry. Cztery głowy.&lt;br /&gt;- Uaaa – wyrwało się z ust czternastu dzieci.&lt;br /&gt;- Cześć – powiedziała Anita, tym razem czterokrotnie.&lt;br /&gt;Jeszcze mocniej zacisnęłam kciuki, żeby tylko nie weszła matka oświadczając, że „obiad gotowy”, i nie zobaczyła swojej córki z obciętą i pomnożoną głową, i do tego nie wiedzieć czemu uśmiechniętą.&lt;br /&gt;- To nie jest magia – powiedział Marvin – to było w środku Anity. Ja tylko wyjąłem to na zewnątrz, żebyście wy także mogli zobaczyć. Choć jest jeden problem.&lt;br /&gt;- Jaki? – zapytałam. Dzieci spojrzały na mnie.&lt;br /&gt;- Bałagan – odpowiedział. – Problem z Anitą jest taki, że ma bałagan. Głowy Anity nie są poustawiane tak, jak powinny. Z przyczyn od niej niezależnych pomyliły drogi i pozamieniały się położeniem. To tak, jakbyś ty, jak ci na imię?&lt;br /&gt;- Gastón.&lt;br /&gt;- Jakby Gastón usiadł na miejscu Anity, a Anita na jego.&lt;br /&gt;- Nie mógłbym w nią rzucać kredą – powiedział Gastón.&lt;br /&gt;- To może ona by w ciebie rzucała.&lt;br /&gt;Anita słuchała tych wyjaśnień bez zmrużenia powieką. Zerknęłam na zegarek. Była za pięć dwunasta. O dwunastej przez te drzwi wkroczy jej matka, a kobieta jest dość porywcza. Kiwnięciem ręki dałam znać magikowi, żeby się pośpieszył.&lt;br /&gt;- Załóżmy, Gastón, że wszystkie rzeczy zamienią się miejscami…. Kreda, zamiast pod tablicą, znalazłyby się w apteczce, a plastry pod tablicą.&lt;br /&gt;- Nie można by pisać! – zawołał ten od napomadowanych włosów.&lt;br /&gt;- Ani zalepiać skaleczeń! – uzupełniła ta z warkoczykami.&lt;br /&gt;- Nie mielibyśmy innego wyjścia i trzeba by wszystko posprzątać – powiedział magik. – Albo opatrywać rany kredą, a rysować plastrem i gazą.&lt;br /&gt;Kilkoro dzieci się zaśmiało. On zamknął cztery drzwiczki, jedno po drugim. I dodał:&lt;br /&gt;- Dlatego poprzestawiam pudła, żeby wszystko znów było w porządku. Plasterki w apteczce, a kreda w puszce. A każda głowa na właściwym miejscu.&lt;br /&gt;Zdjął tę z góry, odstawił na dół, przełożył tę z lewej na prawo; zawahał się i przestawił z powrotem te górne.&lt;br /&gt;- Gotowe – powiedział.&lt;br /&gt;Śledziłam jego ruchy z uwagą. Z jakiegoś powodu w ogóle nie ruszył pierwszego pudła, tej z podłogi, po prawej. Otworzył tamte drzwiczki. Anita wciąż tam była.&lt;br /&gt;- Widzicie jakąś różnicę?&lt;br /&gt;- Nie – odpowiedzieliśmy.&lt;br /&gt;- A ty? – zapytał ją.&lt;br /&gt;- Nie – odpowiedziała Anita.&lt;br /&gt;Magik ponownie zamknął jej drzwiczki przed twarzą, odłożył pozostałe dwa pudła na podłogę i umieścił pierwsze na te dwa zawierające tułów Anity. Wyjął czarną blachę. Ponownie odegrał wysiłek przy zakręcaniu głowy.&lt;br /&gt;- Nikt nie zauważył – powiedział – ale jeszcze zauważycie. Głowy Anity zostały podłączone na nowo. To jest tak ważne, że jeśli niczego nie zauważycie, to znaczy, że to wasze są pomieszane, i może nie da się ich naprawić. W jej głowie nie będzie już zamieszania.&lt;br /&gt;Otworzył drzwiczki w pudłach, wszystkie na raz, jakby to była jedna płachta. Anita wyszła. Jej mama wysunęła się zza drzwi, popatrzyła pogardliwie na maga i jego przedmioty, i powiedziała:&lt;br /&gt;- Jedzenie gotowe, polenta w sosie bez cebuli.&lt;br /&gt;Dzieci zerwały się z ławek, przepychając się. Wybiegły na korytarz. Anita usiadła za swoją ławką. Podeszłam do Marvina, który wszystko rozmontowywał.&lt;br /&gt;- Jak pan to zrobił?&lt;br /&gt;- Lustra – odpowiedział pochylając się na pudłami. Rozłożył jedno z nich; wewnętrzne ściany miały lustra. Wyszedł z klasy ze wszystkimi sprzętami, żeby poukładać je w przyczepie. Zdjął kask i włożył cylinder.&lt;br /&gt;- Może zostanie pan na obiad? – zaproponowałam.&lt;br /&gt;- Kucharka chyba nie byłaby za szczęśliwa. Poza tym czekają na mnie o czwartej w Olavarría.&lt;br /&gt;- Wskaźnik jest mój.&lt;br /&gt;- A, racja.&lt;br /&gt;- Był pan znakomity – pogratulowałam. Dłoń miał lodowatą. – Naprawdę niesamowity.&lt;br /&gt;- Dziękuję.&lt;br /&gt;- Wróci pan kiedyś?&lt;br /&gt;- A po co, skoro dzieci już to widziały?&lt;br /&gt;- Tylko tę sztuczkę pan zna?&lt;br /&gt;- Nie, inne też. Ale rząd płaci mi za tę. Jeśli zaczną mi płacić za inne, kto wie…&lt;br /&gt;Wsiadł na motor. Trzy razy nacisnął na pedał, zanim odpalił.&lt;br /&gt;- Jeszcze raz dziękuję.&lt;br /&gt;- To ja pani dziękuję – odpowiedział.&lt;br /&gt;Nawrócił pomagając sobie nogami i ruszył ziemną drogą. Wróciłam do klasy i zamknęłam drzwi. Anita wciąż siedziała w ławce.&lt;br /&gt;- Nie jesteś głodna? – zapytałam.&lt;br /&gt;Pokręciła głową, że nie. Czterema głowami w jednej. Przyklęknęłam przy niej.&lt;br /&gt;- I jak było?&lt;br /&gt;- Dziwnie, ale wspaniale – odpowiedziała.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Zmiany ujawniały się powoli, z czasem. Nie potrafiłam pojąć jak, ale ta dziewczyna, trochę zapóźniona, odzyskała zdolność nawiązywania kontaktów i uczenia się. Zaczęła płynnie czytać i pisać bez błędów. Pożyczyłam jej kilka książek. Jeśli jakiemuś innemu dziecku kiepsko szło z zadaniem domowym, pomagała. Była w czwartej klasie, a rozwiązywała zadania z siódmej. Dyktowałam jej zdanie i Anita zaznaczała podmiot, orzeczenie, czasownik, dopełnienie. Tylko ona zdołała opanować całą tabliczkę mnożenia. Koledzy zaczęli ją szanować. Tylko matka narzekała.&lt;br /&gt;- Strasznie dużo pani uczy Anitę, jeszcze się rozkręci i nie będzie chciała pracować dla pana. Jeszcze mi weźmie i wyjedzie.&lt;br /&gt;O to chodziło… Osobiście poleciłam ją jednej wizytatorcze, żeby jej załatwiła stypendium w szkole średniej w Necochea. Anita dostała się do liceum przy placu z najwyższą punktacją. Potem na jakiś czas nie miałam o niej wieści.&lt;br /&gt;W szkole nie było już tak jak wcześniej. Miałam z dziećmi coraz więcej pracy i brakowało mi Anity. Jej mama do tego stopnia się do mnie uprzedziła, że musiałam ją zwolnić. Wrzucała do jedzenia popiół, a nawet niedopałki papierosów. Patrzyłam, jak odchodzi, przez to samo okno, przez które widziałam przyjeżdżającego magika. Cały czas czekałam, żeby wrócił. Minęło pięć lat i to ona wróciła. Bardzo przepraszała za te papierosy i potrzebowała podjąć znów pracę, bo nie miała pieniędzy. Wyraźnie schudła i cała była w zmarszczkach. Powiedziałam jej, że wysyłają mnie na południe, do jakiejś szkoły bez stołówki. Uczniowie będą musieli jeść w klasie. Wyobraziłam sobie zeszyty z plamami po sosie. Przytaknęła. Kazałam jej obiecać, że nie będzie już robić takich rzeczy, a potem zarekomendowałam nowej nauczycielce.&lt;br /&gt;Zapytałam, czy ma jakieś wieści od Anity, a ona pokazała trzy koperty. Otwarłam pierwszą, którą pokazała, i przeczytałam przy niej list, na głos, ale cicho. Anita skończyła szkołę ze złotym medalem i wybierała się do stolicy, studiować prawo. „Musi być pani dumna”, powiedziałam. „Niech pani czyta dalej”, odpowiedziała matka z powagą. Podała mi drugi list, już wyjęty z koperty. Anita zaręczyła się ze studentem inżynierii rolnej.&lt;br /&gt;- Wieś przyciąga, co? – powiedziałam przyjaźnie.&lt;br /&gt;- Też żem się tak ucieszyła, jak pani… Ale niech się pani nie cieszy, niech pani przeczyta trzeci list.&lt;br /&gt;W ostatnim liście okazywało się, że sprawy miłosne jednak nie wypaliły. Studia szły dobrze. Adwokatura okazała się dla Anity łatwa i ciekawa.&lt;br /&gt;- Trafiła mi się szalona córka – powiedziała kobieta.&lt;br /&gt;Potem były tylko pozdrowienia dla matki i pytała, jak tam żniwa.&lt;br /&gt;- No dobrze, dziękuję – powiedziałam cichutko. Kobieta schowała listy do kieszeni fartucha i obie zapatrzyłyśmy się w słońce, czerwieńsze niż kiedykolwiek nad kłosami pszenicy.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Postarzałam się, prawda, ale to dlatego, że zrobili ze mnie Główną Wizytatorkę. Z jednej szkoły przeszłam do drugiej, potem do jeszcze innej, i innej, i wreszcie do La Platy, gdzie mnie przemianowali. Ja tego nie chciałam. Wracam do tych wszystkich szkół, ale teraz spędzam tam tylko jeden dzień. Za każdym razem, kiedy spotykam dwudziesto, dwudziestojednoletnią nauczycielkę, widzę samą siebie z czasów sprzed zmarszczek i kurzych łapek. Pomyśleć, że ja też kiedyś wypinałam pierś pod fartuchem, prostując plecy przed klasą. Dziś wypełniam rubryczki, sprawdzam oceny, zadaję uczniom łatwe pytania.&lt;br /&gt;Tego południa zaproszono mnie na lunch, co się za często nie zdarzało. To była szkoła w Tandil, z kwadratowym dziedzińcem z masztem i flagą, oraz malutką kuchenką, w której pracowała Chinka. Było gorąco.&lt;br /&gt;- Lubi pani cykorię? – zapytała Chinka.&lt;br /&gt;- Bardzo – odpowiedziałam.&lt;br /&gt;Oparła się o okno wychodzące na zewnątrz. Pejzaż nie był taki jak zawsze: prócz słoneczników, łanów pszenicy i nieba, był też łańcuch górski; a także motor. Z przyczepką. Motocykl z przyczepką na rowerowych kołach, załadowaną pudłami. Wyglądał prawie tak samo; dodał tylko napis na błyszczącej blasze nad reflektorem głoszący „Cudowny Marvin”. Czyli teraz był jeszcze cudowny. Odwróciłam głowę w stronę drzwi. Dzieci były na przerwie. Nauczycielka rozmawiała z kimś, ale z mojego miejsca nie mogłam zobaczyć kto to.&lt;br /&gt;- A czosnek, proszę pani? Lubi pani drobno siekany czosnaczek?&lt;br /&gt;- Ćśśś.&lt;br /&gt;Wychyliłam się. Człowieczek zdjął kask. Miał trochę siwych włosów, urosły mu dłuższe i był rozczochrany. Nie udało mi się usłyszeć, o czym rozmawiali, bo nauczycielka lekko przekręciła głowę, kiedy poczuła się obserwowana, więc musiałam się schować. W jednym z garnków odbijała się moja stara twarz, mapa tych wszystkich lat. Od tego ciągłego chodzenia po ziemi, robi się człowiekowi ziemista cera. Znów podeszłam do okna.&lt;br /&gt;Nauczycielka musiała sama podjąć tę decyzję, to było jasne. Przypomniała mi się Anita. Wyobrażałam ją sobie z dyplomem ukończenia prawa i najwyższą średnią, w kancelarii w stolicy, jak broni ludzi przed nietolerancją innych ludzi. Zacisnęłam kciuki. Nie zauważyłam, czy Marvin wciąż ma ten defekt ust. Zrobił gest, jakby chciał wyładować swoje pudła, stał plecami do ściany. To były te same, złote i czerwone kartony. Powiesił kask na kierownicy i wszedł do sali z pustymi rękoma, w odpowiedzi na wezwanie nauczycielki. Jedną dłoń trzymał na twarzy, przez co nie widziałam blizny. Nie słyszałam go w ogóle przez hałas, jaki robiły dzieci na dziedzińcu.&lt;br /&gt;- A czerwoną kiełbaskę nałożyć?&lt;br /&gt;- Mogę zobaczyć?&lt;br /&gt;Pochyliłam się nad garnkiem. Jarzyny pływały w czerwonej cieszy. Zabrzmiał dzwonek. Dzieci przestały tak hałasować. Ustawiły się jedno za drugim, gęsiego. Nauczycielka wzięła za rękę pierwszego chłopca, był albinosem. Drugi w szeregu walił go plastikową linijką po głowie. Pośpieszyłam do klasy, kiedy nagle usłyszałam warkot dobiegający z rury wydechowej.&lt;br /&gt;- A ten magik? – zapytałam.&lt;br /&gt;Dzieci stojące gęsiego zawisły gdzie między mną a moim pytaniem; między młodą nauczycielką, która powiedziała „No skoro mamy lekcje…”, a dziwnym ruchem palca wskazującego i kciuka prawej ręki, którymi uszczypnęła się w górną wargę, prawie dokładnie pośrodku; między ochotą, jaką miała ta dwudziestolatka, żeby obejrzeć przedstawienie, a surową obecnością Głównej Wizytatorki. Wybiegłam na drogę. Kask człowieczka oddalał się i znikał, daleko za wzgórzem, na horyzoncie szarego asfaltu.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;Przełożył: Tomasz Pindel&lt;/em&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/14637388-4079261265920232025?l=mandarinasdulces.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/14637388/posts/default/4079261265920232025'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/14637388/posts/default/4079261265920232025'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://mandarinasdulces.blogspot.com/2009/12/marvin.html' title='MARVIN'/><author><name>Gus Nielsen</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-14637388.post-1049534875201881234</id><published>2009-07-04T11:24:00.002-03:00</published><updated>2009-07-09T12:34:07.243-03:00</updated><title type='text'>EL CÍRCULO DE LOS OJOS DE FABIANA</title><content type='html'>FABIANA NO PUEDE VER MI ALMA.&lt;br /&gt;FABIANA NO DISTINGUE UNA PERSONA DE OTRA.&lt;br /&gt;FABIANA NO VE LO QUE LE PASA AHORA,&lt;br /&gt;NI EL FUTURO.&lt;br /&gt;FABIANA ES CIEGA COMO SU MADRE.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;1&lt;br /&gt;Pegué este cartel en una de las paredes, durante el mes de febrero; que fue justo el mes en el que nos peleamos, y por eso la hice ciega. Soy novio de Fabiana desde hace mucho tiempo. Tiene los ojos cada vez peor. Yo había llegado de un viaje cuando encontré su carta de amor enrolladita como un pequeño cañón asomando de la cerradu&amp;shy;ra, defendiendo el olvido latente de la casa deshabitada; un cañón que me apuntaba y me fusilaba antes de entrar. Lo desenro&amp;shy;llé y leí: PERDONAME. Siempre igual. Algún día nos vamos a tener que pelear en serio. Los motivos son varios; uno, el principal, lo dijo mi madre: si me caso con Fabiana tendré hijos con retinitis. Hijos que serán ciegos. Mi madre me reta por todo. Le cuento de Fabiana y ella dice que no la quiere ni ver. Así: "NI VER". A Fabiana eso no se lo digo, y cuando me pregunta por qué no vamos a José León Suárez, a la casa de mi madre a comer, le digo que queda muy lejos. No voy a expli&amp;shy;carle que es porque sus círculos están indefini&amp;shy;dos; porque las personas "ven o no ven", pero no esto a lo que ella nos tiene acos&amp;shy;tumbrados. Así es.&lt;br /&gt;Para el día en que nos amigamos compré un juego de sábanas negras. Fabiana es blanca como un yogurt; sobre la sábana negra parecía iluminada. El modelo tenía un estampado de diablitos pequeños que me entusiasmó. Ella dijo: "qué lindas flores", y yo casi me largo a llorar. Cual&amp;shy;quier sábana tiene estampados de flores; todas las sábanas. Las compré por los diablos. Ella me espera&amp;shy;ba con las piernas abier&amp;shy;tas, sentada en la cama, sin sospe&amp;shy;char mi angustia. Ya no me quedaban ganas de amar&amp;shy;la. Se lo comenté a mamá, y se enojó bastante.&lt;br /&gt;Primero se lo comenté a Lidia, mi hermana ma&amp;shy;yor, y la hice pensar. "¿Pode&amp;shy;mos hacer algo, Gustavo?", dijo. Lidia me lleva tres años. Le contesté que creía que no. En mi habita&amp;shy;ción había un espejo y a Lidia le encantaba mirarse. Se sacaba la remera para tocarse las tetas, delante de mí. Después se me acercó y dijo: "esa chica no te conviene", y se pegó contra mi cara. Lidia tiene unas tetas hermosísimas, más lindas que las de Fabia&amp;shy;na, porque sobra carne cuando me las pone adentro de la boca. Deben ser más lindas, inclu&amp;shy;sive, que las de la madre de Fabiana, que es ciega de verdad. Digamos que la enferme&amp;shy;dad le llegó a producir esa ceguera que espera Fabi. Los pezones de Lidia pare&amp;shy;cían dos ojos redondos, abiertos al asombro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Fuimos a ver una película de gangsters. Era para festejar que nos habíamos arreglado. Esto pasó antes de usar las sábanas, pero no sé por qué me acuerdo ahora. A Fabi le encanta ir al cine, aunque se duerme. Una vez se lo comenté a su madre y ella dijo: "son estas cuencas inútiles". Y cerró los ojos, tocándo&amp;shy;se&amp;shy;los con suavidad, terapéuticamente. Yo todavía no estaba al tanto de que la enfermedad era congénita y que evolucio&amp;shy;naría en pocos años. A los treinta y dos, la madre ya no veía nada de nada (y Fabiana tan chica). Lo disimu&amp;shy;laban silenciosa&amp;shy;mente. Me acordé de una vez que vinieron a ver una exposición. Fabi insistía con el tema de las presen&amp;shy;taciones, porque sino "qué tipo de novia era, ¿eh?". Creyó que iba a llevar a mi madre a la galería de arte; le dije: "vive tan lejos".&lt;br /&gt;- No importa.&lt;br /&gt;- Otro día te la muestro.&lt;br /&gt;Yo estaba seguro de que la madre de ella no tenía la enferme&amp;shy;dad; por eso digo que lo disimulaban bien. Vinie&amp;shy;ron del brazo, con Fabiana, y la señora señalaba los cuadros colgados en las paredes como si le gus&amp;shy;taran. Parecía analizarlos con detención. En un momento se agachó un poco para ver uno que tenía marco dorado. Llevaba puesto un solero gris con mucho escote, y le vi el corpiño. "Este cuadro me encanta", dijo. Fabiana se puso a reir. Cuando llegamos al depar&amp;shy;tamento, aclaró:&lt;br /&gt;- Yo la ubiqué a propósito delante del cuadro más chico de todos, para que dijera eso. Ella me lo pide. SE HACE LA QUE VE, PORQUE LE DA VERGÜENZA.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hablando con mi hermana Lidia se me aclararon muchas cosas. Lidia tiene una mente abierta, aunque a veces se pasa de lucidez y me pone mal. Me pregun&amp;shy;tó si Fabi vivía con la madre y le dije que sí. Las dos solas. Entonces agregó que era una chica muy valiente, porque llegar cada noche a su casa debería ser como llegar a su destino, a lo que le pasaría más adelante, irremedia&amp;shy;ble&amp;shy;men&amp;shy;te. "Hay que ser muy fuerte para soportar eso". Después separó su cuerpo del borde de la mesa, se volvió sobre la silla dándo&amp;shy;me la espalda, y dijo algo con un tono extraño. No entendí las palabras, pero sí la música de su voz; cuando se reaco&amp;shy;modó nos quedamos cal&amp;shy;lados, recibiendo la oscuri&amp;shy;dad de la tarde desde las ventanas abiertas. Me gusta esta hora porque mi hermana se pone más negra, y los ojos se le pare&amp;shy;cen a los pezones pero al revés, vistos desde adentro del pecho.&lt;br /&gt;Cuando comprendí la charla que habíamos tenido me quedé mal; hasta lloré. Para las dos de la mañana comencé a comer mandarinas con la puerta de la hela&amp;shy;dera abierta. La mandarina es una fruta que me pone con&amp;shy;tento.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;“FABIANA, DESDE SIEMPRE, ES UN VASO VACIO”; eso lo hablé con mamá. Lo había anotado en una página de mi cuaderno y necesitaba sus consejos. “Es un recep&amp;shy;táculo con una esponja llena de lágri&amp;shy;mas, que yo penetro sobre las sábanas negras. La esponja se comprime y ella llora. Las sábanas y el colchón quedan mojados; ella queda vacía, es un vaso vacío. Entonces tiene que volver a fabricar sus lágrimas, llenándose hasta el borde de imágenes sin luz.”&lt;br /&gt;Mamá escucha.&lt;br /&gt;“Son ojos que sólo sirven para el llanto. Lo dicen sus médi&amp;shy;cos. Yo se la meto bien hondo y ella suelta el jugo. El resto del tiempo discutimos de los temas que la aburren y la enloquecen.”&lt;br /&gt;Mamá se levanta, se acerca y me da un cachetazo violento. La cara me arde. Deberé evitar estos temas privados de la pareja frente a ella.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Yo pensaba en los hijos y Fabiana me decía:&lt;br /&gt;- Si mi vieja hubiera creído lo mismo no estaríamos acá, co&amp;shy;giendo.&lt;br /&gt;- Lo que pasa es que tu madre no se los imaginaba y yo sí: soñé con ellos. Se sucedían en imágenes rápidas, como vistos desde las ventanillas de un tren, y yo los estaba esperando desde mis ojos. Entendé, Fabi: ¿Para qué? ¿Para que no me vean?&lt;br /&gt;- Yo te veo.&lt;br /&gt;- Sí, pero tu madre no. Es cuestión de tiempo.&lt;br /&gt;- De vejez.&lt;br /&gt;- De ojos.&lt;br /&gt;Contrariamente a lo que yo pensaba, a ella le importaba bas&amp;shy;tante poco el tema de los hijos y de los genes. Lidia me explicó que no era porque fuese pendeja, sino porque estaba enferma. A Lidia le creo porque tiene treinta y siete años de cordura.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El día en que fuimos a la playa estábamos sentados con Lidia en un médano y Fabiana mucho más adelante, casi sobre la orilla. Era la primera vez que iba al mar. Nosotros parecíamos sus pa&amp;shy;dres. Nos reímos. Lidia dijo que le hubiera gustado ser madre de Fabiana, para que tuviera otras retinas. Me parecieron tan lindas esas palabras, tan tiernas, que le busqué la boca para darle un beso. Ella se me tumbó encima. Yo le toqué con la lengua el paladar, que estaba lleno de papilas y granitos (no como el de Fabi, que es suave), pero siempre mante&amp;shy;niendo mi cara hacia la playa, con los ojos abiertos, para soltarme del beso en cuanto ella se diera vuel&amp;shy;ta.&lt;br /&gt;El mar quedaba dividido en dos por su cuerpo menudo, ubicado de frente al horizonte. Un mar quedaba a su izquierda y otro a la derecha. Solamente el tema de la ubicación los hacía distintos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La madre de Fabiana cose con agujas de bordar. Lo hace con habilidad. Estoy tan silencioso, adentro del mismo cuarto, y ella está tan concen&amp;shy;trada, que debe pensar que no vine. Fabi también la mira coser. A la madre se le escapa el dedal. Abandona el trapo sobre su falda. “El dedal, Fabi”, dice. Yo le hago señas de que no se lo dé. La madre espera en silen&amp;shy;cio. “El dedal, por favor”. Entonces yo le hago que sí con la cabeza y ella se agacha para buscar&amp;shy;lo. Pero el dedal se había alejado tanto que Fabi, por prestarle atención a mis señales, también lo había perdido. Y le dije:&lt;br /&gt;- Allá, Fabi.&lt;br /&gt;La madre se sobresaltó con mi voz. Como si la hubiera observa&amp;shy;do desnuda.&lt;br /&gt;- ¿Adónde?&lt;br /&gt;- Allá. ¿No lo ves?&lt;br /&gt;- No.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Le comenté a Fabiana eso de que mi madre tenía vista de lince. Yo estaba orgulloso. Lidia agregó que nosotros lo habíamos here&amp;shy;dado, así como el color del iris. Y que ella se sentía un poco menos que yo, porque su color era tirando a gris y parecía una indefinición, un desacierto ante la negrura mía o de mamá. Le conté que ella, una vez, había leído un cartel aleja&amp;shy;do ciento cincuenta metros, que desde el lugar en donde estábamos parados se veía como una superficie ovalada blanca, con inscripcio&amp;shy;nes rojas en manuscrito ("¡te juro, Fabi, en manuscri&amp;shy;to!"). Era una marca de gaseo&amp;shy;sa.&lt;br /&gt;- De Coca -dijo Fabiana.&lt;br /&gt;- ¿Qué decís?&lt;br /&gt;- Coca cola.&lt;br /&gt;Lo pensé. "Debería preguntarle a Lidia; pero sí, creo que era algo por el estilo. Exactamente, de Coca Cola. ¿Vos cómo sabés?", le dije.&lt;br /&gt;- Todo el mundo lo sabe. No lo leyó. Lo recono&amp;shy;ció por la forma y los colores.&lt;br /&gt;Me hizo enojar.&lt;br /&gt;- Vos lo decís de envidia. Mamá tiene un mirar privilegiado.&lt;br /&gt;Fabiana se quedó callada un instante. Con prepo&amp;shy;tencia, abrió la boca para agregar:&lt;br /&gt;- Si es así, presentamelá. Quiero conocerla. Hace tres años que salimos y nunca fuimos a comer a su casa.&lt;br /&gt;Casi le digo "es lejos", pero no valía la pena.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me imaginé que podía pasar algo grave con ella, y me apuré para sacar las fotos. Mejor prevenir que curar. Cargué la máquina con un rollo de doce exposiciones. Quería verla así, como era antes de la catástrofe; quería tener un recuerdo de ella así. A la semana, mi her&amp;shy;mana trajo las copias. Habían hecho solamente tres fotos (¡de las doce!), y en las tres Fabi salía con los ojos de color ana&amp;shy;ranja&amp;shy;do. "El flash", pensé. Lidia dijo "¿vos creés?". Me quedé duro. Los ojos de Fabiana parecían dos pequeñas frutas maduras.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;2.&lt;br /&gt;Sé que tengo la vista enferma, pero ellos creen que sufro más de lo real. Ahora puedo ver el cuerpo de Gustavo diciéndome todas estas cosas y lo veo normal. Lo amo, aunque detesto estas discu&amp;shy;siones sin retorno. Qué culpa tengo. Yo quiero ser una novia común; conocer a su madre y esas cosas. Él me dice que José León Suárez queda muy lejos, que hay que tomar un tren y tres colec&amp;shy;tivos y no sé qué más. Señalando en el plano:&lt;br /&gt;- Esto así cortito es una cuadra, ¿de acuerdo?&lt;br /&gt;- Sí.&lt;br /&gt;- Aquí estamos nosotros. Cruzás media provincia y por esta zona se encuen&amp;shy;tra mi casa de cuando era chico.&lt;br /&gt;El "por esta zona" lo señala con un movimiento pendular de su mano derecha.&lt;br /&gt;- Me jodés la vida -le digo, y él se enoja. No quiero que se enoje.&lt;br /&gt;Grita: "¡Fabi, no ves que me hacés mal!"&lt;br /&gt;¡Siempre ese verbo! ¡Siempre hay que ver todo!&lt;br /&gt;- Para ser una novia normal hay que tener normal la vista -le escucho recitar a Lidia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Esa Lidia es una tarada. Con la edad que tiene y jamás salió con un tipo. Yo no me la banco, y vice&amp;shy;versa. Pienso que con la madre debe pasar lo mismo. Que no me banca. No me lo explico. Soy la novia de Gus, no una mina. Empecé a salir en el secundario y él ya era grande. A mí la diferencia me im&amp;shy;portó un pito, y mamá dijo: "mejor, por el padre que no tuvis&amp;shy;te". Nada que ver con un padre. Me encanta tenerlo encima, acari&amp;shy;ciándome. Parece que me crecieran alas. Yo cierro los ojos. Él una vez me dijo: "no te adelan&amp;shy;tés con el tema de los ojos". Esas cosas no sé por qué se las permito. Es medio sádico; pero salió bastante bueno, por la fami&amp;shy;lia que tiene. Esas histéri&amp;shy;cas. A veces también puede ser tier&amp;shy;no, y decir que mis ojos se miran a sí mismos cuan&amp;shy;do cierro los párpados, se muer&amp;shy;den hacia dentro y el veneno toma las reti&amp;shy;nas. Eso, quizás, sea un poco tierno. También dice otras cosas más agresivas. Sus palabras son estos rugidos que me hacen temblar. Al final empieza a temblarle el cuerpo a él, tímida&amp;shy;mente, y acaba despacio. Yo siento su líquido chorrear entre mis piernas. Entonces se pone a llorar y le pregunto por qué. Me dice "por nada, Fabi". Yo no me pienso vacía, ni mordién&amp;shy;dome los párpa&amp;shy;dos por adentro. Cierro los ojos porque me gusta sentirlo así.&lt;br /&gt;- Nada, Fabi. Lloro por vos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Casi nunca hablo con la inaguantable de Lidia. Ella dice que sabe que le desvío la mirada. Lo hacen a propósito. Aquella tarde nos habíamos vuelto a pelear con Gustavo, por una idiotez. Me habían invitado a ir a la playa y yo le pedí anteojos para sol. Él me acompañó a la óptica de un amigo, porque yo necesi&amp;shy;taba de verdad esos anteojos; no era un capricho. El tipo puso un montón de modelos sobre el mostrador. A mí me gusta&amp;shy;ban casi todos, pero no podía elegir porque mi novio se había empecinado en mantenerme nerviosa. "Sos una inde&amp;shy;cisa", decía. "Acostarse con chicos es amanecer mojado". Yo trataba de no prestarle atención. Hasta que se puso a gritar que para qué compraba anteojos. Me quedé calla&amp;shy;da. La óptica estaba repleta de gente. Completó: "POR LAS MIERDAS DE OJOS QUE DIOS TE DIO". Ahí supe que lo iba a dejar. Salí sola, a los empujones, sin comprar. Estaba muy mal, y me fui derecho a su departamento a sacar mis discos, porque había deci&amp;shy;di&amp;shy;do que terminaría&amp;shy;mos para siempre. Que el vaso estaba col&amp;shy;mado.&lt;br /&gt;En la cocina me la encontré a Lidia, sentada de espaldas a la mesa, sin remera, con la puerta de la heladera abier&amp;shy;ta. Estaba comiendo mandarinas. Dejaba caer chorros de jugo sobre sus pechos. Me asusté. Pensé qué pasaría si hubiera entrado él. Lidia saltó de la silla como si oyera mi pensamiento, asustada, tapándo&amp;shy;se con las manos. Bañada en jugo. La había sorpr&amp;shy;endido, aunque no me importó. Encaré hacia la pieza, para rescatar mis discos. La cama estaba deshe&amp;shy;cha, y hasta los diabli&amp;shy;tos se reían de mí. Ella entró enoja&amp;shy;da, con la remera pues&amp;shy;ta.&lt;br /&gt;- Qué hacés -dijo.&lt;br /&gt;- Qué carajo te importa.&lt;br /&gt;- ¿Por qué le revolvés las cosas a mi hermano?&lt;br /&gt;- Porque me voy a la mierda. Me pudrí de uste&amp;shy;des dos.&lt;br /&gt;"Ajá", dijo, y sonrió. La noticia le caía bien. Lo noté en su cara. "Así que al fin te vas".&lt;br /&gt;- Sí.&lt;br /&gt;- ¿Te pudriste de mí?&lt;br /&gt;Dejé los discos sobre la cama, con furia. "De vos, del tarado de tu hermano y de tu vieja, la innom&amp;shy;brable". La vi apretar su propio cuerpo con los brazos, como si quisiera lastimarse. Supe que algo pasaba. Algo extraño, bajo la explosión que provocaron mis palabras en el rostro de Lidia. Miré a mi alrede&amp;shy;dor buscando lo que había cambiado. La piel se me puso como papel de lija.&lt;br /&gt;- Qué decís, ciega de mierda -susurró.- Aprendé a hablar con respeto de la muerta.&lt;br /&gt;Yo la oía desde mi lugar, sin abrir la boca.&lt;br /&gt;Casi me desmayé.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Dejé que me llevaran a esa playa. Gustavo es&amp;shy;taba de muy buen humor y a cada rato me preguntaba "¿te pasa algo?", como si todo estuviera saliendo bárbaro, salvo mi cara de enojada. Lidia me tranquilizó esa misma tarde, y fue contándome las cosas de a poco, impre&amp;shy;sionada por mis propias reac&amp;shy;ciones. Parecía&amp;shy;mos ami&amp;shy;gas. Duran&amp;shy;te esos dos días evité hablar con Gusta&amp;shy;vo.&lt;br /&gt;Hice el amor con los ojos abiertos, y él se alegró. ¡Cómo no se daba cuenta de que yo estaba tan lejos de esa playa! "Tu madre, muer&amp;shy;ta", pensé. "Pasó cuando éramos chi&amp;shy;cos", explicó Lidia. Decía todo en secreto. Y colorea&amp;shy;do con recomenda&amp;shy;ciones del tipo: "no vayás a herirlo, pobre&amp;shy;cito. Nunca supo recuperarse de esa muerte. Yo traté de ayudarlo en lo que pude, diciéndole que estaba todo bien, que mamá nos esperaba en casa. Él se lo creía y, algo de adentro, una defensa, le impedía tomarse el tren a Suárez".&lt;br /&gt;- Qué espanto.&lt;br /&gt;"Por eso nunca te llevó. Esperaba que te pusie&amp;shy;ras ciega del todo, así no tenía que mostrarte a nadie. Los ciegos se conforman con macanas. Yo tamb&amp;shy;ién lo esperaba, más por mantenerle la ilu&amp;shy;sión a él que por otra cosa. Perdoname, viste, pero somos muy unidos".&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ya sé que son unidos. Sé que están a mis espal&amp;shy;das, a espaldas del mar y de Fabiana mirando las olas, allá arriba en los méda&amp;shy;nos, tocándose, riéndo&amp;shy;se, besán&amp;shy;dose como amantes. Al mar lo veo nublado por las lágri&amp;shy;mas. Gustavo me había dicho que era un vaso. "Descanso mi cuchara en el fondo del vaso. El líquido ya no es el agua de las lágrimas tuyas, Fabi, sino un remedio enva&amp;shy;sado que nos recetaron en el hospital. Los médicos, sí".&lt;br /&gt;- No hay que creerles -le digo.&lt;br /&gt;No tenemos nada que comprarles. Ellos son los que nos venden la retinitis, sin ver las otras cosas. En las radiografías no sale el beso de lengua que ahora le estás dando a tu hermana. En las radiogra&amp;shy;fías no sale este mar. No sale mi mirada fija en el mar, que ahora se nubló por el llanto. No sale todo este miedo podrido mío; miedo al secreto de tu madre. Miedo al hombre secre&amp;shy;to con el que salí, miedo a la que fui a su lado. Por suerte se acabó. Por fin.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cené con bronca. Lidia, la muy puta, decía cosas como "dejala que se amargue, porque ve todo como una vieja, y nosotros somos jóvenes". Gustavo venía a cada rato para decirme "¿te pasa algo?", con una cara de tarado increí&amp;shy;ble. Yo todavía no tenía pensa&amp;shy;do revelarle ni media palabra.&lt;br /&gt;Gustavo dijo:&lt;br /&gt;- Pará, Lidia.&lt;br /&gt;- Si lo sabe cualquiera, che.&lt;br /&gt;Él se acercó para preguntarme "¿querés que nos volvamos?", y yo iba a contes&amp;shy;tar cuando el teléf&amp;shy;ono sonó. ¿Quién sabía que estábamos ahí, comiendo en esa casa sobre la playa? "Mamá", pensé. Gustavo sonrió y dijo, con la cara desencajada: "MAMÁ". Me estremecí. Lidia saltó del asiento para atender. Al volver, yo esperaba que dijera "mamá quiere hablarte", o alguna insensatez por el estilo. Creo que me habría desmayado de no escuchar la palabra "equivocado", que surgió de sus labios con piedad.&lt;br /&gt;Gustavo se me acercó otra vez. "¿Qué te pasa, Fabi? ¿Querés que nos vayamos?"&lt;br /&gt;- Sí -contesté-, pero sin esta loca.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tomamos el colectivo los dos solos y, durante el viaje, no tuve mejor idea que contarle lo que había pasado. Qué estúpida. Esperaba llegar y no verlos nunca más. Era tan sim&amp;shy;ple. Pero la tuve que complicar. Le dije:&lt;br /&gt;- Estás loco. Tu mamá murió hace una pila de años. Ella no existe. Me lo contó Lidia.&lt;br /&gt;Los labios le temblaron (ya conozco esos puche&amp;shy;ros). Empezó a llorar despacio; se acercaba buscando refugio en mi cuerpo, pero lo separé una y todas las veces.&lt;br /&gt;- Me tenés repodrida. Sos un menti&amp;shy;roso que se cree sus propias mentiras. Sos un idiota. No quiero verte nunca jamás.&lt;br /&gt;Ya no me daba miedo. Viajó las dos horas que&amp;shy;riéndose acercar, sin decir una palabra. Su silencio equivalía a una aceptación encubierta del secreto de Lidia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando llegamos, cambió. Entrar en el departamento fue para él como entrar en otro estado de la locura. Se puso a la defensiva con todas sus fuerzas. Yo había juntado mis discos y los tenía entre los brazos, junto con la radio de onda corta que también me pertenecía. La puerta de calle estaba abierta. Nos íbamos a saludar por última vez, y él se despertó del letargo del viaje. Parecía que un ruido le hubiera golpea&amp;shy;do el cerebro, regre&amp;shy;sándolo a la reali&amp;shy;dad. Dijo:&lt;br /&gt;- No sé qué te pasó.&lt;br /&gt;Era "su" realid&amp;shy;ad.&lt;br /&gt;- Pregunto qué te pasó, Fabi.&lt;br /&gt;- ¿Qué?&lt;br /&gt;- Te creíste cualquier cosa.&lt;br /&gt;- ¿Cualquier cosa, lo de tu vieja?&lt;br /&gt;- Sí. Sabés que mi hermana no te soporta y quiere separarnos. Que habla pavadas. Vos misma lo decís, siempre. ¡Mirá si voy a poder mantener ese secreto durante tres años! ¡Y lo peor es que se lo creíste!&lt;br /&gt;Decía todo con las manos apoyadas en los costados, a la altura de la cintura. Mi cuerpo empezó a temblar. Estaba hablándome el mismo Gustavo que conocía antes de saber. El que me daba miedo. El viejo Gustavo frío, calcula&amp;shy;dor.&lt;br /&gt;- Nunca habías hablado con ella, pero te bastó una vez para reemplazar tres años de creerme a mí, a tu amorcito. ¿Y todo lo que vivimos? Siempre dijiste que era una mentirosa. No podés irte. No, sin haber aclarado el asunto. Si me quedo solo, me muero. No exis&amp;shy;to.&lt;br /&gt;Dejé la pila de discos en el suelo. "No soporto más a tu hermana", le dije.&lt;br /&gt;- ¡Y qué querés, que la eche!&lt;br /&gt;- Sí.&lt;br /&gt;- ¡Que la deje en la calle! ¡A una enferma mental, Fabi, no tenés compa&amp;shy;sión!&lt;br /&gt;- No. No tengo.&lt;br /&gt;Se agarró la cabeza.&lt;br /&gt;- Vos, que razonás con normalidad, deberías darte cuenta y perdonarla. ¿O no me querés más?&lt;br /&gt;Dudé.&lt;br /&gt;- ¿No me querés?&lt;br /&gt;- Sí -dije.&lt;br /&gt;- ¿Entonces?&lt;br /&gt;- O tu hermana, o yo.&lt;br /&gt;- ¿Y a dónde la mando?&lt;br /&gt;- Internala. Qué me importa.&lt;br /&gt;Junté la pila de discos. Esto no daba para más. Lo vi apurar&amp;shy;se, enloqueci&amp;shy;do, moviendo las manos; gritan&amp;shy;do: "está bien, está bien, que se vaya. Yo tampoco la soporto. Ahora que lo conseguis&amp;shy;te, podés quedarte".&lt;br /&gt;- Hay algo más -le dije.&lt;br /&gt;- Qué.&lt;br /&gt;- Quiero conocer a tu madre ahora mismo.&lt;br /&gt;Miró el reloj.&lt;br /&gt;- Son las once de la noche -dijo, sonriente, dando por sentado que yo lo entendería.&lt;br /&gt;- Y qué.&lt;br /&gt;- Queda lejísimo. Vamos a llegar para después de las dos y media.&lt;br /&gt;- No importa.&lt;br /&gt;- Es una viejita...&lt;br /&gt;- ¿Y?&lt;br /&gt;- Estará durmiendo. No querrás despertarla, ¿no?&lt;br /&gt;- Qué me importa.&lt;br /&gt;Me dio la espalda.&lt;br /&gt;- ¡Pero esa viejita es mi madre! -gritó.&lt;br /&gt;- ¿Y?&lt;br /&gt;- No tenés compasión.&lt;br /&gt;- Te dije que no.&lt;br /&gt;Bajó la cabeza, reflexionando. Era imposible saber si actuaba o hablaba con sinceridad. Juro que no pude darme cuenta.&lt;br /&gt;"Mirá, agregó, me parece que se te está yendo la mano con las exigencias. ¿Desde cuándo una pendeja como vos, con retinitis, me viene a poner límites?"&lt;br /&gt;Era todo lo que quería escuchar. Me di vuelta y alcancé a dar dos pasos hacia la puerta; los brazos de él me trabaron desde la espalda. Empecé a gritar y a pata&amp;shy;lear, tanto que se me cayeron dos o tres discos, deslizándose de los sobres. Él se movía con seguri&amp;shy;dad. Cerró con llave y se guardó el llavero en uno de los bolsillos de su panta&amp;shy;lón. Solté los otros discos, dejándo&amp;shy;me caer en el sofá. Muerta de miedo, lo vi acercarse hasta quedar sentado al lado de mi cuerpo.&lt;br /&gt;Cuando habló, después de un rato, su voz era dulce. Serenamen&amp;shy;te le explicó al aire, a los pedazos de dis&amp;shy;cos, a la casa, que "su mamá era buena y los amaba a él y a su noviecita Fabiana". Que la iba a llamar desde el teléfo&amp;shy;no del comedor, para que ella se quedara tran&amp;shy;quila y para que "mami supiera que habían llegado de la luna de miel". Se me puso la piel de gallina. Gustavo tenía la cara esti&amp;shy;rada por la locura.&lt;br /&gt;- Ahora mismo la llamo. ¿Vos querías verla? La vas a ver.&lt;br /&gt;- Me quiero ir -le dije.&lt;br /&gt;- No, no. No hagamos de ésto un drama. Esperame acá en el sillón.&lt;br /&gt;Se levantó y fue hacia el comedor. Trabó la puerta que separa los ambien&amp;shy;tes, dejándome encerrada. Es una puerta de madera con vidrios. Me paré. Desde mi lugar lo vi marcar un número en el telé&amp;shy;fono. Aunque no podía escuchar la conver&amp;shy;sación, me daba cuenta de que algo fallaba, y eso era lo que me hacía temblar. Él alzó un brazo como si gritara; se movía nerviosa&amp;shy;mente, con el pie taco&amp;shy;neando en el piso. Al terminar, clavó el tubo contra el aparato. Vi la tranfor&amp;shy;mación gradual que sufrió su expresión a medida que se aproximaba a la puerta, hasta llegar a mí con una sonrisa en los labios. Yo tenía que mostrar&amp;shy;me segura, con decisión de irme.&lt;br /&gt;- Hablé con mamá -dijo-. Nos espera mañana temprano, a almor&amp;shy;zar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Fue inútil forcejear o gritar. "Ahora que me hiciste molestar a mamá, no querés ir. Sos una hija de puta".&lt;br /&gt;- Me voy. No doy más.&lt;br /&gt;- Ahora te quedás, como que me llamo Gustavo. Y no estoy de humor para soportar tu histeria.&lt;br /&gt;Creí que me pegaría de un momento a otro. Le dije de dormir en el sillón y me volvió a gritar. Reac&amp;shy;cionaba haciendo movimientos sobred&amp;shy;imen&amp;shy;sionados, con una agresividad física que no le conocía. Logró que me cayera. "¡Quién te creés que sos, pendeja de mierda! ¡Lo que le voy a tener que decir a mi pobre hermana cuando regrese de la playa, porque a vos se te ocurrió! ¡Estás poseída por la maldad!"&lt;br /&gt;- No.&lt;br /&gt;- Sí. Es esa ceguera a medias la que te vuelve mala…&lt;br /&gt;Yo lloraba, al borde del pánico. Él me ayudó a levan&amp;shy;tarme, a des&amp;shy;ves&amp;shy;tirme, y cuanto más lloraba, más se enternecía. Su misma voz se suavizó. Me acostó entre súpli&amp;shy;cas. Se montó sobre mi cuerpo y fue como tener un monstruo enci&amp;shy;ma, un ser extraño de un mundo asquero&amp;shy;so, natural en horrores y os&amp;shy;curidades.&lt;br /&gt;No dormí ni un segundo. Miraba el despertador, puesto a las siete y media, y lo miraba a él. Toda la noche esperé a que pasara cualquier cosa. Recé por mi vida, sin sentido. ¿Qué hacía acosta&amp;shy;da al lado de ese demente? ¿Por qué no le robaba las llaves y me iba? ¿Qué me ataba a su cama negra?&lt;br /&gt;A las seis, el sol empezó a entrar por la ven&amp;shy;tana abierta. No había descansado nada. Gustavo bostezó; eran las siete menos veinte cuando desconectó la campani&amp;shy;lla del reloj para que no sonara. Me besó en la mejilla. "Qué bien dormí, dijo; no hay nada como la tranqui&amp;shy;lidad de la víspera de ver a mamá". Cuando me vestí, tenía chuchos de frío.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;3&lt;br /&gt;Me los imaginé viajando mudos, a los dos; él apretándole las manos a Fabiana para que no se fuera, muy fuerte al principio, hasta dejar el tren y subir&amp;shy;se al colectivo número uno. Aunque no sé si habrán tomado el mismo que yo, porque en este lugar todos los colectivos parecen ir por iguales caminos y todos van por lugares distintos. Ellos sin mirarse, claro; ni hablar. Dos colectivos, tres; bajar y subir hasta el barrio Muñiz; pasar por debajo de un arco gigan&amp;shy;te de hormigón con la leyenda "bienvenidos al barrio", que es lo mismo que decir "bienvenidos al infierno", y después seguir, entrar al campo para ir soltándole la mano paulatinamen&amp;shy;te, total, ya no podrá fugarse. El que se baja en este lugar se queda para siempre. Pastizales duros, desiertos de vegetación de más de un metro de altura, cañas, un puentecito con un río y chicos pescando (chicos raros, de cara rara, pensaría Fabia&amp;shy;na; pero eso porque los ve mal. Además, puedo asegurar desde acá que Fabiana fue viéndolo todo más nublado a medida que iban llegan&amp;shy;do; quizás se haya tocado los lagrimales, como cuando estaba detenida frente al mar, pero seguro que esta vez no lloraba). Más chicos. Las villas. Las casitas.&lt;br /&gt;- ¿Ves, para allá, ese cubo rojo de ladri&amp;shy;llos?&lt;br /&gt;- No -contestaría ella.&lt;br /&gt;- ¿Todavía no lo ves? (estamos bastante cerca).&lt;br /&gt;- No.&lt;br /&gt;- Falta poco. La próxima.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A través de la ventanita de la cocina los vi bajarse del colec&amp;shy;ti&amp;shy;vo. Yo estaba arrodilla&amp;shy;da sobre la mesada, entre las ollas sucias con salsa y pastas. Ellos venían tomados de la mano, como novios pulcros. Tocaron dos timbres. La puerta se abrió. Una señora gordita, de aproximada&amp;shy;mente sesenta años, les hizo una sonrisa. Gustavo dijo: "Mamá, te presento a mi novia". Pasó un brazo sobre el hombro de Fabiana. Después le dijo unas palabras al oído, cuando la señora se retiró del comedor, y yo me imaginé algo así como "viste, sonsa". Por la cara de enamora&amp;shy;do de Gus&amp;shy;tavo. Esa cara de idiota que puso.&lt;br /&gt;La señora volvió con una olla humea&amp;shy;nte. "A ver los manjares que nos preparas&amp;shy;te", dijó él. La mesa estaba tendida y los tres sentados. La madre no habló, solamente se limitaba a servir la comida en los platos. Después volvió a salir para traer una botella de vino y otra de gaseosa, de una marca que Fabiana des&amp;shy;conoció. Me di cuenta porque agarró la bote&amp;shy;lla con las manos, leyó la etiqueta en voz alta y frun&amp;shy;ció el ceño. Era un líquido con gusto a pomelo. La comida estaba salada. Gustavo, sin embar&amp;shy;go, la alabó vivamente. Para él, bastaba con que la hubiera coci&amp;shy;nado "mamá". Dis&amp;shy;trajo todo el almuerzo con sus frases de hijo aplica&amp;shy;do ("cada día amasa mejores pastas; no hay como sus salsas; qué mano para el picante").&lt;br /&gt;A Fabia&amp;shy;na se la notaba intranquila, desconfian&amp;shy;do de los deta&amp;shy;lles. Deci&amp;shy;didamente mal. En un momento se levantó de la mesa. Estuvo por decir: "Esa no es tu madre. No se te parece". Noté la ansiedad en su cara; pero no dijo nada y volvió a sentarse, temblando. Justo cuando él le pregun&amp;shy;tó: "¿te pasa algo?". Cómo le va a preguntar eso.&lt;br /&gt;Desde el comedor se podía ver las otras habitaciones, pero desde las puer&amp;shy;tas -al menos desde la que yo estaba espiando- no se veía más que una oscuridad densa, tangible, que convertía esa mesa, esas paredes y esa gente en una escenografía mal iluminada. Como de película de terror. Los vigilé hasta que no pude distin&amp;shy;guir&amp;shy;los más. Quise mirar&amp;shy;los así para siempr&amp;shy;e; me lo había propuesto mucho antes de que ellos llegaran. Pero la pregunta de Gustavo y la falta de luz me sacaron de quicio. Fabiana dudó. Dijo:&lt;br /&gt;- Sí, pasa algo.&lt;br /&gt;- Qué.&lt;br /&gt;El silencio se podía juntar con los platos sucios, se podía llevar adentro de esa cacerola con un fondo de fideos pegados y podía regresar a la mesa en la frutera, mezclado entre las mandarinas. Gustavo se sirvió una cualquie&amp;shy;ra.&lt;br /&gt;- Quiero ver fotos -dijo ella. La ciega.&lt;br /&gt;Gustavo puso cara de sorpresa. "¿Fotos?", pre&amp;shy;guntó. La madre movió la cabeza en una negación desgana&amp;shy;da.&lt;br /&gt;- ¿Fotos de qué?&lt;br /&gt;Fabiana agregó:&lt;br /&gt;- De ustedes. Tuya, de cuando eras chiquito. Fotos de bebé, en brazos de esta señora. Fotos de tu hermana.&lt;br /&gt;Él miró a la madre. No debería haberle dado ningún pie; si con el miedo a cuestas habían podido representar casi el almuerzo completo, ¿para qué pregun&amp;shy;tar?&lt;br /&gt;- ¿Hay? -le dijo. La madre subió los hombros, sin hablar.- No hay, Fabi.&lt;br /&gt;- No puede ser.&lt;br /&gt;- Es.&lt;br /&gt;- Todas las madres tienen fotos de sus hijos. -insistió- Yo quiero ver aunque sea una de esas fotos.&lt;br /&gt;Entonces se escuchó la voz de la madre; una voz gruesa, como de otra persona, decir:&lt;br /&gt;- No quedó ninguna entera. Hay tiritas de las fotos. Lidia las cortó hace tres años, una por una. Guardé las tiritas adentro de una caja.&lt;br /&gt;A Fabiana le habrá parecido una idiotez. “Quiero ver esa caja”, dijo, firmándose la pena de muerte.&lt;br /&gt;La madre abrió una puerta de la cómoda y sacó una caja de zapatos, que puso sobre la mesa. Gustavo se tapaba la cara con las manos. Fabiana levantó la tapa con precaución; adentro había cientos de tiritas de fotos. Irreconoci&amp;shy;bles, en un rompeca&amp;shy;bezas im&amp;shy;posible y maldito. Con las imágenes reducidas a fideos inútiles, cortando la historia de esa pobre mujer. Levantó la vista.&lt;br /&gt;Siem&amp;shy;pre lo dije: "esta pen&amp;shy;deja es una estúpi&amp;shy;da". Decidí salir a escena en cuanto sus ojos comenzaron a pedirme explicaciones (¡con qué autoridad, y en nuestra propia casa!); descorrien&amp;shy;do la cortina que separa su imagen y su cuerpo del mío; que divide el comedor de la cocina donde me había refugiado.&lt;br /&gt;- ¡Lidia, no! -escuché gritar a mi hermano.&lt;br /&gt;Refugiada por culpa de esos círculos. Adentro de mi propia casa. Fabi giró sobre sí misma; con una mano volteó la silla y con la otra la botella de aquella gaseosa que nunca antes había visto, que se rompió al chocar contra el piso de baldo&amp;shy;sas, con&amp;shy;virtiéndose en mil vidriecitos redon&amp;shy;deados. Quizás pensó que nunca más iba a ver nada igual.&lt;br /&gt;- ¿Vos cortaste esas fotos? -preguntó.&lt;br /&gt;- Sí.&lt;br /&gt;Tenía el semblante húmedo del condenado.&lt;br /&gt;- ¿Por qué?&lt;br /&gt;- Para acabar con las imágenes. Lo hice con estas tijeras.&lt;br /&gt;"Chic, chac", hicieron mis tijeras, en el aire. Acosté mi mano, "chic", en un plano horizontal imaginario en el cual queda&amp;shy;ban apoyadas las tijeras mismas, sus filos, "chac, chic", y la línea de los ojos de ella. El último ruido de cerrar&amp;shy;se y abrirse había dejado las puntas separadas una distancia igual a la com&amp;shy;prendida entre sus reti&amp;shy;nas. Antes de que&amp;shy;darse definiti&amp;shy;va&amp;shy;mente ciega, habrá pensado: "esto ya lo vi". Empujé el brazo.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/14637388-1049534875201881234?l=mandarinasdulces.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/14637388/posts/default/1049534875201881234'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/14637388/posts/default/1049534875201881234'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://mandarinasdulces.blogspot.com/2009/07/el-circulo-de-los-ojos-de-fabiana.html' title='EL CÍRCULO DE LOS OJOS DE FABIANA'/><author><name>Gus Nielsen</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-14637388.post-7833347526108246482</id><published>2009-06-13T15:14:00.004-03:00</published><updated>2009-06-13T15:25:36.157-03:00</updated><title type='text'>FABIANAS AUGENKREIS</title><content type='html'>FABIANA IST BLIND.&lt;br /&gt;FABIANA KANN NICHT MEINE SEELE SEHEN.&lt;br /&gt;FABIANA KANN DIE LEUTE NICHT VONEINANDER UNTERSCHEIDEN.&lt;br /&gt;FABIANA SIEHT NICHT, WAS JETZT GESCHIEHT,&lt;br /&gt;UND AUCH NICHT DIE ZUKUNFT.&lt;br /&gt;FABIANA IST BLIND WIE IHRE MUTTER. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;1&lt;br /&gt;Ich hatte dieses Plakat an eine Wnad geklebt, das war im Februar, genau dem Monat, als wir uns stritten, und darum habe ich sie blind gemacht. Ich bin Fabianas Verlobter, seit langem schon. Ihre Augen sehen immer schlechter. Ich war von einer Reise zurückgekehrt und hatte als erstes ihren Liebesbrief vorgefunden, er ragte, zu einer kleinen Kanone zusammengerollt, aus dem SchlÜsselloch und verteidigte das geheime Vergessen des menschenleeren Hauses; eine Kanone, die auf mich zielte und mich erschloss, noch bevor ich eintrat. Ich rollte sie auf und las: BITTE VERZEIH MIR. Immer dasselbe. Eines Tages werden wir uns noch ernsthaft streiten müssen. Grunde gibt es verschiedene; einen, den Hauptgrund, nannte meine Mutter: Wenn ich Fabiana heirate, werden wir Kinder mit Retinitis haben. Kinder, die blind sein werden. Meine Mutter schimpft mit mir wegen allen. Ich erzähle ihr von Fabiana, und sie sagt, sie will sie nicht mal sehen. Genau so: „NICHT MAL SEHEN“. Fabiana sage ich davon nichts, und wenn sie mich fragt, warum wir nicht nach José León Suárez fahren, um bei meiner Mutter zu essen, sage ich, das wäre so weit weg. Ich werde ihr nicht erklären, dass es darum ist, weil ihre Kreise unbestimmt sind; weil die Leute „sehen oder nicht sehen“, allerdings nicht das, woran sie uns gewöhnt hat. So ist es.&lt;br /&gt;Für den Tag, an dem wir miteinander schlafen wollten, kaufte ich eine Garnitur schwarze Bettwäsche. Fabiana ist weiβ wie Joghurt; auf dem schwarzen Laken würde sie hell leuchten. Die Bettwäsche war mit kleinen Teufelchen bedruckt, das fand ich toll. Fabiana sagte: „Sind die hübsch, die Blumen!“, und ich musste fast losheulen. Geblümte Bettwäsche gibt es viel, Bettwäsche gibt es geblümt. Ich hatte die Garnitur wegen der Teufelchen gekauft. Sie erwartete mich mit gespreizten Beinen, saβ auf dem Bett, ohne meine Beklemmung zu ahnen. Da hatte ich keine Lust mehr. Ich erzählte Mama davon, und sie regte sich ziemlich auf.&lt;br /&gt;Zuerst erzählte ich es Lidia, meiner groβen Schwester, und sie wurde ganz nachdenklich. „Lässt sich da was machen, Gustavo?“, fragte sie. Lidia ist drei Jahre älter als ich. Ich antwortete. „Ich glaube nicht“. In meinem Zimmer ist ein Spiegel, und Lidia sieht sich gern im Spiegel an. Sie zog das T-Shirt aus, um sich die Brüste zu befühlen (alles vor meinen Augen). Dann kam sie ganz nah an mich heran, sie sagte: „Dieses Mädchen passt nicht zu dir“, und drückte sich an mein Gesicht. Lidia hat wuderschöne Brüste, schöner noch als die von Fabiana, da quillt das Fleisch nämlich richtig über, wenn sie mir die in den Mund schiebt. Sie müssen sogar noch schöner sein als die von Fabianas Mutter, die wircklich blind ist. Die Krankheit hat bei ihr gewissermassen schon zu der Blindheit geführt, die Fabiana noch erwartet. Lidias Brustwarzen sahen aus wie zwei vor Staunen aufgerissene Kulleraugen.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Wir gingen in einen Gangsterfilm. Zu Feier des Tages, weil wir uns wieder vertragen hatten. Das war vor der sache mit der Bettwäsche, ich weiss gar nicht, warum mir das jetzt wieder einfällt. Fabi geht wahnsinnig gern ins Kino, obwohl sie immer einschläft.&lt;br /&gt;Einmal habe ich es ihrer Mutter erzählt, und sie sagte: „Das machen diese nutzlosen Höhlen hier“. Dabei schloss sie die Augen und massierte sie vorsichtig, als Therapie. Ich hatte damals noch keine Ahnung, dass die Krankheit erblich ist und innerhalb weniger Jahre ausbrechen würde. Mit zweiunddreiβig Jahren könnte sie überhaupt nichts mehr sehen (und fabiana war noch ganz klein). Sie überspielten das aber immer. Mir fiel plötzlich ein, wie sie einmal in eine Austellung gehen wollte. Fabi erzählte die ganze Zeit, was es bei dieser Ausstellung zu sehen gäbe, „wie das eine Verlobte eben so macht“. Sie glaubte, ich würde meine Mutter in die Kunstgalerie mitnehemn wollen, ich sagte aber: „Sie wohnt so weit weg“.&lt;br /&gt;„Das macht nichts“&lt;br /&gt;„Ich zeige sie dir ein andermal.“&lt;br /&gt;Ich hätte schwören können, dass ihre Mutter die Kranheit nicht hatte, darum sage ich, sie haben es geschickt überspielt. Sie kamen Arm in Arm, mit Fabiana, und ihre Mutter deutete auf die Bilder an der Wand, als hätte sie ihre Freude an ihnen. Man konnte glauben, dass sie sie aufmerksam analysiere. Bei einem Gemälde mit vergoldetem Rahmen beugte sie sich kurz vor. Sie trug ein graues Sommerkleid mit grβoen Ausschnitt, und ich konnte ihren BH sehen. „Das hier gefällt mir besonders“, sagte sie. Fabiana fing an zu lachen. Als wir wieder zu Hause waren, klärte sie mich auf: „Ich habe sie extra vor das kleiste Bild von allen bugsiert, damit sie das sagt. Sie will das so. SIE TUT, ALS OB SIE SIEHT, SIE SCHÄMT SICH NÄMLICH“.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Bei einem Gespräch mit meiner Schwester Lidia sind mir viele Dinge klar geworden. Lidia ist ein klarsichtiger Mensch, obwohl sie manchmal ihren Verstand dazu benutzt, um mich zu ärgern. Sie fregte mich, ob Fabi mit ihrer Mutter zusammenlebt, und ich sagte ja. Die beiden allein. Da meinte sie, wenn sie abends nach Hause kommt, sein müsse, als trete sie ihrem Schicksal gegenüber, dem, was später unausweichlich auch mit ihr passieren würde. „Man muβ schon sehr stark sein, um das zu ertragen“. Danach lehnte sie sich vom Tisch zurück, drehte sich auf dem Stuhl, sodass sie mir den Rücken zuwandte, und machte eine merkwürdig klingende Bemerkung. Ich verstand nicht die einzelnen Wörter, bekam aber sehr wohl den Tonfall mit. Sie setzte sich wieder normal hin, und wir sprachen kein Wort mehr, durch die geöffneten Fenster sogen wir die Dunkelheit des Abends ein. Ich mag diese Tageszeit , meine Schwester wird dann schwärzer, und ihre Augen sehen wie die Brustwarzen aus, aber umgekehrt, von der anderen Seite des Körpers gesehen, aus dem Innern der Brust (ich spüre, dass es so sein muβ ). Als ich mir das Gespäch zwischen uns beiden noch einmal durch den Kopf gehen lieβ, fühlte ich mich schlecht; ich weinte sogar. Gegen zwei Uhr morgens fing ich dann an, vor der offenen Kühlschranktür Mandarinen zu essen. Mandarinen sind ein Obst, bei dem ich gute Stimmung bekomme.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;„FABIANA IST SCHON IMMER EIN LEERES GLAS“; darüber sprach ich mit Mama. Ich hatte es auf einer Seite in meinem Heft notiert und brauchte ihren Ratschlag. „Sie ist ein Gefäβ mit mit einen Tränendurchfeuchteten Schwamm, in das ich auf dem schwarzen Laken eindringe. Der Schwamm wird zusammengedrückt, und sie weint. Das Laken und die Matratze sind danach feucht, und sie ist leer, ein leeres Glas. Anschlieβend muss sie wieder ihre Tränen erzeugen und sich randvoll mit lichtlosen Bildern füllen.“&lt;br /&gt;Mama hört mir zu.&lt;br /&gt;„Es sind Augen, die nur zum Weinen taugen. Das sagen ihre Ärzte. Ich stecke ihn ihr tief rein, und sie lässt den Saft herauslaufen. Die übrige Zeit diskutieren wir über die Themen, die sie langweilen und sie verrückt machen“.&lt;br /&gt;Mama steht auf, stellt sich vor mich hin und knallt mir eine. Das Gesicht brennt. Ich werde in Zukunft vermeiden, über diese Dinge zwischen Mann und Frau vor ihn zu reden.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ich dachte darüber nach, wie das mit den Kindern ist, und Fabiana sagte zu mir. „Wenn meine Mutter genauso gedacht hätte, dann würden wir jetzt hier nicht sein und vögeln“.&lt;br /&gt;„Der Unterschied ist, dass sich deine Mutter keine Kinder vorgestellt hat, ich aber ja: Ich habe von Ihnen geträumt. Ich habe sie in schnellen Bildern gesehen, wie vom Fenster eines Zeuges aus, ich habe mit meinen Augen vor sie gewartet. Ich habe mich gefragt, Fabi: Warum? Warum sehen sie mich nicht?“&lt;br /&gt;„Ich, ich sehe dich.“&lt;br /&gt;„Ja, aber deine Mutter nicht. Es ist eine Frage der Zeit.“&lt;br /&gt;„Des Altwerdens.“&lt;br /&gt;„Der Augen.“&lt;br /&gt;Anders als ich gedacht hatte, interessierte sie das Thema Kinder und Gene herzlich wenig. Lidia erklärte mir, das sei nicht etwa so, weil sie ein Luder wäre, sondern weil sie krank ist. Lidia glaube ich, wiel sie schon siebenunddreiβig Jahre alt lang bei Verstand ist.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;An dem Tag, als wir am Strand waren, Lidia und ich in einer Düne und Fabiana ein ganzes Stück weit vor uns, fast direkt am Wasser. Sie war zum ersten Mal am Meer. Man hätte uns für ihrer Eltern halten können. Wir lachten. Lidia sagte, sie wäre gern Fabianas Mutter gewesen, damit sie eine andere Netzhaut hätte. Ich fand diese Worte so schön, so zärtlich, dass ich Lidias Mund suchte, um, ihr einen Kuss zu geben. Sie lieβ sich auf mich niedersinken. Ich berührte mit der Zunge ihren Gaumen, der voller Furchen und Risse war (nicht wie der von Fabi, der glatt ist), sabei schaute ich aber immer zum Ufer, um mit dem Küssen aufzuhören, falls Fabi sich umdrehte. Das Meer war durch ihren schmalen, den Horizont durchschneidenden Körper zweigeteilt. Ein Meer war links von ihr, das andere rechts von ihr. Das war das Einzige, was sie voneinander unterschied.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Fabianas Mutter stickt. Sie tut das mit Geschick. Ich bin so still, im selben Zimmer, und sie ist so konzentriert, dass sie denken muss, ich sei nicht gekommen. Fabi sieht ihr auch beim Sticken zu. Ihrer Mutter fällt der Fingerhut runter. Sie legt ihre Handarbeit in den Schoβ. „Der Fingerhut, Fabi“, sagt sie. Ich mache ihr Zeichen, sie soll ihn ihr nicht geben. „Bitte, der Fingerhut“; dann nicke ich, und sie bückt sich, um ihn aufzuheben. Der Fingerhut ist aber so weit gerollt, während Fabi auf meine Zeiche achtete, dass sie ihn auch nicht mehr findet. Und ich sage zu ihr:&lt;br /&gt;„Da, Fabi.“&lt;br /&gt;Beim Klang meiner Stimme schrickt ihre Mutter zusammen. Als hätte ich sie nackt gesehen.&lt;br /&gt;„Wo?“&lt;br /&gt;„Da. Siehst du ihn nicht?“&lt;br /&gt;„Nein.“&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ich erzählte Fabiana davon, dass meine Mutter Augen wie ein Luchs hat. Ich war stolz. Lidia hatte gemeint, dass wir die guten Augen von ihr geerbt hätten, genauso wie die Farbe. Und dass sie sich mir ein bisschen unterlegen fühlt, weil bei ihr die Augenfarbe ins graue geht und sie nicht genau definieren lässt: bei den pechschwarzen Augen von mir und meiner Mutter ein schwerer Mangel. Ich erzählte, wie Lidia einmal ein Plakat gelesen hat, das hundertfünfzig Meter entfernt war und das von der Stelle, wo wir standen, nur als ein weiβes Oval wahrzunehmen war, mit roten Buchstaben darauf in Schreischrift („Stell Dir vor, Fabi, in Schreibschrift!“). Es war eine Werbung für Mineralwasser.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;„Für Cola“, sagte Fabiana.&lt;br /&gt;„Was sagst du?“&lt;br /&gt;„Coca-Cola.“&lt;br /&gt;Ich überlegte. „Ich hätte Lidia fragen sollen; ich glaub aber, ja, irgend so etwas muss es gewesen sein. Genau, Coca-Cola. Woher weiβt du das?“&lt;br /&gt;„Das weiβ doch jeder. Sie hat es nicht gelesen. Sie hat es an der Form und den Farben erkannt.“&lt;br /&gt; Sie hatte es geschafft, dass ich mich ärgerte.&lt;br /&gt;„Du bist ja nur neidisch. Mama kann so gut sehen wie kein anderer.“&lt;br /&gt;Fabiana schwieg einen Moment. Dann sagte sie schnippisch: „Wenn das so ist, dann stell sie mir vor. Ich möchte sie kennen lernen. Wir sind jetzt schon seit drei Jahren zusammen und waren noch nie bei ihr zum Essen.“&lt;br /&gt;Fast hätte ich gesagt „Es ist so weit weg“, aber besser nicht.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ich hatte die Vorstellung, es könnte mit ihr irgendwas Schlimmes passieren, und ich beeilte mich, die Kamera rauszuholen. Vorbeugen ist besser als heilen. Ich legte einen Zwölferfilm ein. Ich wollte sie so sehen, vor der Katastrophe; ich wollte eine Erinnerung an sie so haben. Die Woche darauf brachte mir meine Schwester die Abzüge. Es waren nur drei Bilder etwas geworden (von den zwölf!), und auf allen dreien hatte Fabi orangefarbene Augen. „Das Blitzlicht“, sagte ich. Lidia erwiderte: „Glaubst du?“. Ich blieb hart. Fabianas Augen sahen aus wie zwei kleine reife Früchte.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;2&lt;br /&gt;Natürlich habe ich kranke Augen, aber sie glauben, ich leide darunter mehr, als ich es in Wirklichkeit tue. Jetzt kann ich Gustavo sehen, wie er mir alle diese Dinge sagt, und ich sehe ihn ganz normal. Oder wenigstens, was ich für normal halte. Ich liebe ihn, obwohl ich diese sinnlose Diskussionen hasse. Ist es denn meine Schuld? Ich will eine gewöhnliche Verlobte sein, seine Mutter kennen lernen, und überhaupt. Er sagt, José León Suarez ist so weit weg, man muss mit dem Zug fahren, dann noch dreimal mit dem Bus umsteigen und weiβ ich, was. Er zeigt auf den Stadtplan und sagt: „Dieses kurze Stück hier ist ein Häuserblock, einverstanden?“&lt;br /&gt;„Ja.“&lt;br /&gt;„Hier sind wir. Man fährt durch die halbe Stadt, und in diese Gegend ist das Haus, wo ich Kind war .“&lt;br /&gt;Das „in dieser Gegend“ deutet er mir mit einer Pendelbewegung der rechten Hand an.&lt;br /&gt;„Du nimmst mir die Freude am Leben“, sage ich, und er wird wütend. Ich will nicht, dass er wütend wird. &lt;br /&gt;Er schreit: „Fabi, siehst du nicht, dass du mir weh tust?“&lt;br /&gt;Immer dieses Wort! Immer muss man alles sehen!&lt;br /&gt;„Um eine normale Verlobte zu sein, muss man normal sehen können“, höre ich ihn vor Lidia herbeten.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Diese Lidia ist völlig zurückgeblieben. Sie war noch nie mit einem Mann zusammen, und das bei ihrem Alter. Ich kann sie nicht ausstehen, und sie mich nicht. Ich glaube, mit der Mutter muss es genauso sein. Das sie mich nicht leiden kann. Ich bin die Verlobte von Gus, keine Schlampe. Ich war schon mit ihm zusammen, als ich noch zur Schule ging, und er war erwachsen. Mir ist der Altersunterschied völlig egal, und Mama sagte: „Ist besser so, wo du doch keinen Vater hattest.“ Das hat damit gar nichts zu tun. Ich mag es einfach sehr, wenn er auf mir ist und mich streichelt. Ich habe dann das Gefühl, als würden mir Flügel wachsen. Ich mache die Augen zu. Einmal sagte er zu mir: „Lass dir Zeit mit dem Blindwerden“. Ich weiβ nicht, warum ich mir das von ihm gefallen lasse. Manchmal ist er ein richtiger Scheiβkerl, aber trotzdem, irgendwie ist er doch ein ziemlich anständiger Kerl, bei dieser Familie. Hysterische Ziegen, die. Manchmal kann er auch zärtlich sein, dann sagt er, dass meine Augen sich selber sehen, wenn ich sie zumache, sie beβien nach innen, und das Gift frisst die Netzhaut auf. Das ist vielleicht ein biβchen zärtlich. Er sagt auch andere Sachen, aggressiverer. Seine Worte sind dieses Gegrunze, bei dem ich zittern muss. Am Ende fängt auch sein Körper zu beben an, ganz zaghaft, bis er langsam kommt. Ich spüre, wie mir ein Saft die Beine runterläuft. Dann fängt er an zu weinen, und ich frage ihn, warum. Er sagt. „Es ist nichts, Fabi.“ Ich denke nicht, dass ich leer bin, und ich beiβe mir auch nicht von innen in die Augenlinder. Ich mache die Augen zu, weil ich mich so am besten fühle. &lt;br /&gt;„Nichts, Fabi. Ich weine um dich.“&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mit der unausstehelichen Lidia rede ich fast nie. Sie sagt, sie weiβ, dass ihrem, Blick ausweiche. Grundlos setzen sie solche Behauptungen in die Welt. An dem Nachmittag hatte ich mich wieder mit Gustavo gestritten, wegen einer Lappalie. Sie hatten mich eingeladen, mit ihnen an den Strand zu fahren, und ich sagte ihm das mit der Sonnenbrille. Wir gingen in das Optikergescháft von einem Freund, ich brauchte diese Sonnenbrille nämlich wirklich, es war keine Laune von mir. Der Optiker breitete jede Menge Modelle auf dem Ladentisch aus. Mir gefielen fast alle, ich konnte mich aber nicht entscheiden, weil sich mein Verlobter alle Mühe gab, mich nervös zu machen. „Du weiβt nie, was du willst“, sagte er. „Mit dir hat man immer nur Stress“. Ich versuchte, ihn nicht zu beachten. Bis er losschrie, wozu ich eigentlich eine Brille haben wollte. Ich sagte kein Wort. Das Geschäft war voller Leute. Und dann: „BEI DEN SCHEISSAUGEN, DIE DIR DER LIEBE GOTT GESCHENKT HAT.“Da wusste ich, dass ich weg musste von ihm. Ich ging allein aus dem Laden, bahnte mir einen Weg durch das Gedrängel, kaufte nichts. Wortlos. Ich fühlte mich hundeelend, ich ich ging schnurstracks in seine Wohnung, um meine Schallplatten zu holen, ich hatte nämlich beschlossen, mit ihm für immer Schluss zu machen. Das Maβ war voll.&lt;br /&gt;In der Küche sah ich Lidia mit dem Rücken zum Tisch sitzen, ohne T-Shirt, der Kühlschrank stand offen. Ich ging näher, um zu sehen, was sie macht, und sie aβ Mandarinen. Der Saft lief ihr in Strömen über die Brüste. Ich bekam einen Schreck. Ich dachte, was passiert wäre, wenn er hereingekommen wäre. Lidia sprang vom Stuhl auf, als hätte sie meine Gedanke gehört, erschrocken bedeckte sie sich mit den Händen. In Saft gebadet. Ohne Zweifel hatte ich sie überrrascht, aber das war mir auch egal. Ich stürmte ins Zimmer, um meine Platten zusammenzusammeln. Das Bett war zerwühlt, und sogar die Teufelchen lachten über mich. Wütend kam sie hinterher, jetzt mit T-Shirt.&lt;br /&gt;„Was machst du“, sagte sie.&lt;br /&gt;„Das geht dich einen Scheiβ an“&lt;br /&gt;„Wie kommst du dazu in den Sachen von meinem Bruder herumzuwühlen?“&lt;br /&gt;„Ich haue ab. Ihr kotzt mich an, alle beide.“&lt;br /&gt;„Ah, ja“, sagte sie und grinste. Die Nachricht hörte sie gerne. Man sah es ihr an. „Dann gehst du endlich.“&lt;br /&gt;„Ja.“&lt;br /&gt;„ich kotze dich also an?“&lt;br /&gt;Wütend schmiss ich die Schallplatten aufs Bett. „Du, der Vollidiot von diesem Bruder und euer Frau Mutter, die man nicht zu Gesicht bekommt“. Ich sah, wie sie die Arme an sich presste, als würde sie jeden Moment losheulen. Ich wusste, irgendwas war passiert, etwas Merkwürdiges. Als folge der Explosion, die meine Worte in ihrem Gesicht ausgelöst hatten. Ich schaute mich um und wollte wissen, was anders geworden war. Es überlief mich eiskalt.&lt;br /&gt;Was sagst du da, scheiβ Blinde“, flüsterte sie. „Lerne gefälligst, mit Respekt von einer Tote zu sprechen.“&lt;br /&gt;Ich stand da, hörte sie, brachte kein Wort hervor.&lt;br /&gt;Fast wáre ich ohnmächtig geworden.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ich fuhr doch mit ihnen an diesen Strand. Gustavo war in bester Laune und fragte mich alle Augenblicke: „Ist was mit dir?“, als wäre alles prima und nur ich wäre der Spielverderber. Lidia beruhigte mich noch am selben Tag. Meine Reaktion hatte sie so beeindruckt, dass sie mir alles gleich erzählte. Man konnte glauben, wir wären Freundinnen. Die beiden Tage lang vermied ich es, mit Gustavo zu sprechen. Ich lieβ die Augen auf, wenn er mit mir schlief, und er freute sich. Dass er nicht merket, wie weit weg ich von diesem Strand war! „Deine Mutter-tot“, dachte ich. „Das ist schon passiert, als wir noch Kinder waren“, erklärte Lidia. Sie erzählte alles unter dem Siegel der Vergschwiegenheit. Dazu Empfehlungen von der Art: „Verletze ihn nicht. Armer Kerl, er ist über diesen Tod nie hinweggekommen. Ich versuchte, ihm zu helfen, so gut ich konnte, und erzählte ihm, Mama würde zu Hause auf uns warten. Er glaubte es auch, und irgendwas in seinem Innern, ein Selbstschutzmechanismus, hielt ihn davon ab, den Zug nach Suárez zu nehmen.“&lt;br /&gt;„Wie absurd.“&lt;br /&gt;„Darum ist er nie mit dir hingefahren. Er hoffte, dass du ganz blind wirst. Dann müsste er dir niemanden zeigen. Blinde lassen sich an der Nase herumführen. Ich hatte es auch gehofft, mehr, um bei ihm die Illusion aufrecht zu erhalten, als aus irgendeinem anderen Grund. Entschuldige, du hast ja gesehen, wir hängen sehr aneinander.“&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Und ob sie sehr auseinander hängen. Ich weβi , was sie hinter meinem Rücken machen, hinter dem Rücken des Meeres und dem von Fabiana, die den Wellen zuschaut, sie sitzen da oben in den Dünen, berühren sich, lachen und küssen wie Brautleute. Das Meer sehe ich durch einen Schleier von Tränen. Gustavo hatte zu mir gesagt, ich wäre ein Gefäβ . „Ich lasse meinen Löffel in die Tiefe des Gefäβ es ausruhen. Die Flússigkeit darin ist nicht mehr das Wasser deiner Tränen, Fabi, sondern eine Medizin, die uns im Krankenhaus verschrieben worden ist. Von den Ärzten, ja.“&lt;br /&gt;„Du darfst ihnen nicht glauben“, sage ich zu ihm.&lt;br /&gt;Wir müssen nichts von ihnen kaufen. Sie sind es, die die Retinitis verkaufen, ohne von den anderen Dingen eine Ahning zu haben. Auf den Röntgenbilder ist nicht der Zungenkuss zu sehen, den du jetzt deiner Schwester gibst. Auf den Röntgenbildern ist nicht das Meer zu sehen. Nicht mein Blick auf das Meer, der jetzt verschleiert ist, weil ich heulen möchte. Nicht diese ganze verweste Angst in mir, die Angst vor dem Geheimnis um deine Mutter. Die Angst vor dem geheimen Menschen, mit dem ich zusammen war, die Angst vor der Frau, die ich an seiner Seite gewesen war. Zum Glück ist das jetzt vorbei. Endlich.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Beim Abendbrot hatte ich eine Stinkwut, und Lidia, dieses Miststück, sagte sachen wie: „Stör dich nicht an ihrer Leichenbittermiene, sie seht alles mit den Augen einer alten Frau, und wir sind jung“. Gustavo beugte sich immer wieder zu mir herüber, um mich zu fragen. „Ist was mit dir?“, mit einem Gesicht dabei wie von einem unglaublichen Vollidioten. Ich hatte noch kein Sterbenswörtchen verraten.&lt;br /&gt;Gustavo sagte: „Hör auf, Lidia“&lt;br /&gt;„Das weiss doch jeder.“&lt;br /&gt;Er beugte sich zu mir herüber, um zu fragen: „Willst du, dass es wieder wird zwischen uns wie es war?“, und ich wollte ihm schon antworten, da klingelte das Telefon. Wer konnte wissen, dass wir hier waren, beim Essen in diesem Strandhaus saβ en? „Mama“ dachte ich. Gustavo lächelte und sagte mit strahlendem Gesicht: „MAMA“. Ich erzitterte. Lidia sprang auf, um abzunehmen. Als sie sich umdrehte, rechnete ich damit, dass sie sagen würde: „Mama möchte dich sprechen“, oder irgend so eine Hirnrissigkeit. Ich glaube, ich wäre ohnmächtig geworden, hätte ich nicht von ihr ein nachsichtiges „falsch verbunden“ gehört.&lt;br /&gt;Gustavo beugte sich noch einmal zu mir herüber. „was ist los, FabiSollen wir abreisen?“&lt;br /&gt;„Ja“, antwortete ich, „aber ohne diese Wahnsinnige.“&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Wir fuhren zu zweit zurÚck, und während der Busfahrt fiel mir nichts besseres ein, als ihm zu erzählen, was ich wusste. So was Blödes von mir. Ich wollte nach Hause und die beiden nie wieder sehen, darum. Es war so einfach. Aber ich musste es kompliziert machen. Ich sagte zu ihm: &lt;br /&gt;„Du bist verrückt. Deine Mutter ist schon vor Jahren gestorben. Es gibt sie nicht. Ich weiβ es von Lidia.“&lt;br /&gt;Die Lippe zitterten ihm (ich kenne das, wenn er eine Schlippe macht). Still fing er an zu weinen, er wollte sich anschmiegen, um bei mir Zuflucht zu suchen, aber ich schob ihn wieder fort.&lt;br /&gt;„Du hast bei mir nichts mehr zu melden. Ein Lügner bist du und glaubst deine Lügen auch doch. Du hast nicht mehr alle Tassen im Schrank. Ich will dich nie wieder sehen.“&lt;br /&gt;Er flöβte mir keine Angst mehr ein. Während der zwei Stunden, die wie gefahren waren, versuchte er, sich an mich zu schmiegen, ohne ein Wort zu sagen. Sein Schweigen kam einem Eingeständnis gleich, dass Lidia die Wahrheit gesagt hatte.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Als wir nach Hause kamen, wurde er schagartig ein anderer. Mit dem Eintritt in die Wohnung trat er gleichsam in ein neues Stadium des Wahnsinns. Er war mit allen seinen Kräften in Abwehrstellung. Ich hatte meine Platten zusammengesammelt und hielt sie, zusammen mit dem Kurzwellenradio, das ebenfalls mir gehörte, in den Armen. Die Tür zur Straβe stand offen. Wir brauchten uns nur Lebwohl zu sagen, da erwachte er aus der Erstarrung von der fahrt. Es war, als hátte ein Geräusch an seinen Verstand angeklopft und ihn in die Wirklichkeit zurückgebracht. Er sagte: „ich verstehe nicht, was mit dir los ist.“&lt;br /&gt;Das war seine „Wirklichkeit“.&lt;br /&gt;„Ich frage dich, was mit dir los ist, Fabi.“&lt;br /&gt;„Was?“&lt;br /&gt;„Du hast dir irgendwas einreden lassen.“&lt;br /&gt;„Irgendwas, das mit deiner Mutter?“&lt;br /&gt;„Aber ja. Du weiβ t doch, dass meine Schwester dich nicht leiden kann und uns auseinanderbringen will. Und dass sie dummes Zeug erzählt. Das hast du selner immer gesagt. Wie sollte ich so ein Geheimnis drei Jahre lang für mich behalten haben! Aber das schlimme ist, dass du das glaubst!“&lt;br /&gt;Bei diese Worten hatte er die Hánde in den Hüften gestemmt. Ich fing am ganzen Körper zu zittern an. Jetzt sprach wieder der Gustavo, den ich kannte, bevor ich etwas wusste. Der, der mir Angst einflöβte. Der alte Gustavo, eiskalt und berechnend. &lt;br /&gt;„Nie hattest du mit ihr gesprochen, aber einmal hat genügt, um drei Jahre fortzuwischen, in denen du mir geglaubt hast, deinem Schatz. Und alles, was wir zusammen erlebt haben? Du hast immer gesagt, dass sie eine Lügerin ist. Du wusstest es doch, fabi!Du kannst nicht fortgehen. Nicht, ohne dass wir das geklärt haben. Ich stehe da wie ein Trottel. Allein sterbe ich. Es ist aus mit mir.“&lt;br /&gt;Ich setzte auf den Plattenstapel auf dem Fuβboden ab. „Ich ertrage deine Schwester nicht länger“, sagte ich.&lt;br /&gt;„Was willst du, soll ich sie rausschmeiβen!“&lt;br /&gt;„Ja.“&lt;br /&gt;„Ich soll sie auf die Straβe werfen! Eine Geisteskranke, Fabi, hast du kein Mitleid!“&lt;br /&gt;„Nein. Habe ich nicht.“&lt;br /&gt;Er hielt sich den Schädel.&lt;br /&gt;„Du bist doch bei Verstand, du solltest einen klaren Kopf bewahren und ihr verzeihen. Oder liebst du mich nicht mehr?“&lt;br /&gt;Ich zögerte.&lt;br /&gt;„Liebst du mich nicht mehr?“&lt;br /&gt;„Doch“, sagte ich.&lt;br /&gt;„Also!“&lt;br /&gt;„Etweder deine Schwester oder ich.“&lt;br /&gt;Und wohin soll ich mit ihr?“&lt;br /&gt;„In ein Heim. Wohin auch immer.“&lt;br /&gt;Ich nahm den Plattenstapel wieder hoch. Das führte zu nichts. Er wurde hektisch, fuchtelte wie ein Irrer mit den Händen und schrie: „Ist gut, ist gut, sie soll fort. Ich halte es auch nicht mehr aus mit ihr. Jetzt, wo du das erreicht hast, kannst du ja bleiben.“&lt;br /&gt;„Da ist noch was“, sagte ich.&lt;br /&gt;„Was.“&lt;br /&gt;„Ich möchte deine Mutter jetzt sofort kennen lernen.“&lt;br /&gt;Er schaute auf die Uhr.&lt;br /&gt;„Es ist elf Uhr nachts“, erwiederte er mit einem Lächeln und glaubte, damit sei alles gesagt. &lt;br /&gt;„Ja, und?“&lt;br /&gt;„Es ist sehr weit. Wir sind erst nach halb drei da.“&lt;br /&gt;„Mach nichts“&lt;br /&gt;„Sie ist eine alte Frau.“&lt;br /&gt;„Und?“&lt;br /&gt;„Sie wird längst schlafen. Du willst sie doch nicht wecken, oder?“&lt;br /&gt;„Das ist mir so scheiβegal.“&lt;br /&gt;Er drehte sich weg.&lt;br /&gt;„Aber diese alte frau ist meine Mutter!“, schrie er.&lt;br /&gt;„Und?“&lt;br /&gt;„Du hast kein Mitleid.“&lt;br /&gt;„Das habe ich dir doch gesagt.“&lt;br /&gt;Er senkte den Kopf und überlegte. Es war unmöglich zu wissen, ob er schauspielerte oder seien Worte ehrlich gemeint waren. Ich schwöre, ich wurde mir darüber nicht klar.&lt;br /&gt;„Weiβt du“, sagte er dann, „ich glaube, du übertreibst ein bisschen mit deinen Forderungen. Seit wann schreibt mir eine Schlampe wie du, mit Retinitis, vor, was ich zu tun und zu lassen habe?“&lt;br /&gt;Das wollte ich nur hören. Ich drehte mich um und schaffte drei Schritte zur Straβe, dann hielten mich seine Armen zurück. Ich fang an zu schreien und stampfte mit den Füβen, und zwar so sehr, dass mir zwei oder drei von den Schalplatten herunterfielen und aus ihren Hüllen rutschten. Er war sich seiner Sache sicher. Auf der Straβe war kein Mensch. Er schloss die Tür ab und steckte das Schlüsselbund in die Hosentasche. Ich lieβ  die anderen Platten fallen und warf mich auf das Sofa. Halbtot vor Angst sah ich, wie er zu mir kam und sich neben mir setzte.&lt;br /&gt;Als er nach einer Weilke den Mund auftat, sprach er mit sanfter Stimme. Ruhig erklärte er der Luft, den Plattenresten, dem Haus, dass seine Mama ein guter Mensch ist und ihn und seine kleine Braut Fabiana sehr lieb hat. Er sagte, dass er sie vom Telefon im Esszimmer anrufen will, damit sie beruhigt ist und damit Mammilein weiss, dass sie von ihrer Hochzeitsreise zurück sind. Ich bekam Gänsehaut. Gustavos Gesicht spannte sich vom Wahnsinn.&lt;br /&gt;„Ich rufe sie gleich jetzt an und sage ihr: Möchtest du sie gern sehen? Du wirst sie sehen. Verstanden?“&lt;br /&gt;„Lass mich gehen“, sagte ich.&lt;br /&gt;„Nein, nein. Wir müssen daraus kein Drama machen. Du wartest hier im Sessel auf mich.“&lt;br /&gt;Er stand auf und ging ins Esszimmer. Er schloss die Schiebtür, sodass ich eingesperrt war. Es ist eine Holztür mit groβen Glasscheiben. Ich stand auf. Von dort, wo ich war, konnte ich sehen, wie er am Telefon eine Nummer wählte. Obwohl ich nicht hören konnte, was gesagt wurde, war deutlich, dass irgendetwas schief lief, und ein Zittern ergriff mich. Er hob den Arm, als würde er schreien, trat nervös von einem Bein auf das andere. Als das Gespäch beendet war, knallte er den Hörer auf den Apparat. Ich sah die stufenweise Verwandlung in seinem Gesichstsausdruck, je näher er der Glastür kam, bis er mit einem Lächeln auf den Lippen vor mir stand. Ich musste mich selbstbewusst zeigen, entscholssen, zu gehen. &lt;br /&gt;„ich habe mit Mama gesprochen“, sagte er. „Sie erwartet uns morgen zum Mittag“.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Es hatte keinen Sinn jetzt, es mit Gewalt zu versuchen oder zu schreien. „Jetzt, wo ich deinetwegen meine Mutter gestört habe, willst du nicht. Was bis du für ein mieses Stück. „&lt;br /&gt;„Ich gehe. Ich kann hier nicht bleiben. Ich halte es nicht mehr aus“.&lt;br /&gt;„Verdammt noch mal. Du bleibst, si wahr ich Gustavo heiβe. Ich habe keine Lust, mir deine Hysterie gefallen zu lassen.“&lt;br /&gt;Ich glaubte er würde mich jeden Moment schlagen. Ich sagte ihm, ich würde im Sessel schafen, und er schrie mich wieder an. Er war auβer sich, bewegte sich völlig unkontrolliert, mit einer Aggresivität, die ich nicht kannte an ihm. „Was glaubst du eigentlich, wer du bist, du Dreckstück! Was soll ich meiner armen Schwester sagen, wenn sie vom Strand zurückkommt, nur weil du es dir so in den Kopf gesetzt hast! Du bist die Bösartigkeit in Person!“&lt;br /&gt;„Nein“&lt;br /&gt;„Doch. Dieses Halbblindsein macht dich bösartig.“&lt;br /&gt;Ich weinte, am Rande der Panik. Ich wollte nicht dableiben, weil ich nicht wusste, was passieren würde. An diesem Ort war ich meines Lebens nicht mehr sicher. Er half mir aufzustehen und mich auszuziehen, und je mehr ich weinte, desto friedfertiger wurde er. Er benahm sich ganz zäretlich, als er begriff, dass ich mich schon geschlagen gegeben hatte. Auch seine Stimme klang nun sanfter. Schluchzend brachte er mich ins Bett. Er bestieg mich, und es war, als wäre ein Monster über mir, ein seltsames Wesen aus einer wilderwärtigen Welt des Horrors und der Dunkelheit. &lt;br /&gt;Ich schlief nicht eine Sekunde. Ich schaute auf den Wecker, der auf halb acht gestellt war, und ich schaute auf ihn. Die ganze Nacht wartete ich darauf, dass irgendetwas passieren würde. Ich betete wie von Sinnen um mein Leben. Was hatte ich hier an der Seite dieses Geistesgestörten zu suchen? Wieso nahm ich ihm nicht die Schlüssel weg und machte mich auf und davon? Was band mich an dieses schwarze Bett? Um sechs fielen die erste Sonnenstrahlen durch das offene Fenster. Ich fühlte mich wie verschlagen. Gustavo gähnte, es war Viertel vor sieben, als er auf den Wecker drückte, damit er nicht klingelte. Er küsste mich auf die Wange. „Was habe ich gut geschlafen“, sagte er, „es gibt nichts Beruhigenderes als die Gewissheit, am nächsten Tag seine Mutter zu sehen.“ Als ich mich anzog, lief es mir eiskalt den Rücken herunter.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;3&lt;br /&gt;Ich stellte mir vor, wie sich die beide schweigend auf die Reise machen, er hält dabei Fabiana an der Hand, damit sie nicht fortläuft, anfangs ganz fest, bis sie aus dem Zug steigen und und in den ersten Bus einsteigen; ich wusste allerdings nicht ob sie diesselbe Linie nehmen würde wie ich, weil dort alle Busse scheinbar die gleiche Strecke fahren, in Wirklichkeit aber alle woanders ankommen. Die beiden natürlich ohne einen Blick oder ein Wort zu wechseln. Der zweite Bus, der dritte, einsteigen und in Muñiz aussteigen; unter einem riesigen Betonbogen durchgehen, auf dem „Willkommen in Muñiz“ steht, was das gleiche heiβ t wie „Willkommen an Arsch der Welt“, und dann immer weiter, in die Siedlung rein, um schlieβ lich stillschweigend ihre hand ganz und gar loszulassen, jetzt konnte sie ihm nicht mehr entkommen. Wer sich an diesen Ort verirrt, bleibt für immer. Vertrocknete GrÜnflächen, mehr als anderthalb Meter hoch bewachsenes Brachland, Schilf, eine kleine Brücke mit Fluss und angelnden Kindern (sonderbare Kinder, mit sonderbarem Gesicht, würde Fabiana denken, aber nur, weil sie kaum etwas von ihnen sieht. Ohne dabei zu sein, war ich mir auβerdem auch sicher, dass Fabiana, je näher sie kamen, alles immer mehr durch einen Schleier wahrnehmen würde; vielleicht hatte sie ihre Tränendrüsen massiert, wie bei der Szene, die sich am Meer gemacht hatte, bestimmt weinte sie aber diesmal nicht.). Noch mehr Kinder. Die Villen. Die Häuschen.&lt;br /&gt;„Siehst du, da, das rote Ziegelhaus?“&lt;br /&gt;„Nein“, würde sie antworten.&lt;br /&gt;Siehst du immer noch nicht? (Sie sind schon ziemplich nah dran)&lt;br /&gt;„Nein“&lt;br /&gt;„Es ist nicht mehr weit. Wir sind gleich da.“&lt;br /&gt;Von Küchenfensterchen aus sah ich sie aus dem Bus steigen. Ich kniete auf dem Tischchen, zwischen schmutzigen t¨pfen mit Soβe und Pasta. Die beiden liefen Hand in hand, wie verliebte Brautleute. Sie klingelten zweimal. Die Tür ging auf. Eine dicke Frau, ungefähr sechzig Jahre alt, begrüβte sie mit einem Lächeln. Gutavo sagte: „Mama, darf ich dir meine Verlobte vorstellen“. Er legte ihr den Arm um die Schulter. Als die Frau aus dem Esszimmer ging, flüssterte er Fabiana zu: „siehst du, du Dummerchen“, oder etwas in der Art. Ich stellte mir das wegen Gustavos verliebtem Gesichtsausdruck so vor. Diesem Gesichtsausdruck eines Schwachsinnigen, den er aufgesetzt hatte.&lt;br /&gt;Die Frau kehrte mit einer dampfenden Schüssel zurïck. „Da wollen wir doch mal sehen, was du uns Schönes gekocht hats“, sagte er. Die drei saβen am ausgezogenen Tisch. Die Mutter sprach nicht, sie beschränkte sich darauf, das Essen zu servieren. Anschlieβend ging sie noch einmal aus dem Zimmer und kam mit zwei Flaschen zurück, Wein und etwas Alkoholfreies von einer Marke, die Fabiana nicht kannte. Das weiβ  ich, weil sie die Flasche in die Hand nahm, das Ettiket vorlas und die Stirn kräuselte. Es war etwas mit Grapefruitgeschmack. Das Essen war versalzen. Gustavo sparte dennoch nicht Lobeshymnen. Ihm genügte, dass „Mama“ es gekocht hatte. Während der gesamente Mahlzeit schien er mit seinem Gelapper beweisen zu wollen, was für ein artiger Junge er ist („Die Pasta wird mit jedem Mal besser; keiner kriegt die Soβen hin wie Muttern.“).&lt;br /&gt;Fabiana machte einen unruhigen Eindruck, voller Misstrauen gegen alles um sich herum. Sie fühlte sich entschieden unwohl. Schleiβlich stand sie vom Tisch auf. Sie wollte schon sagen: „Das ist nicht deine Mutter, Sie sieht dir nicht ähnlich“. Ich sah die Anspannung in ihrem Gesicht, doch sie sagte nichts und setzte sich wieder hin. Genau in dem Augenblick, als er sie fregte: „Liebling, ist etwas mit dir?“. Wie kann er sie das fragen.&lt;br /&gt;Vom Esszimmer aus konnte man die anderen Stuben sehen, doch von den Türen aus sah man-zumindest seit ich zuschaute-nichts anderes als eine dichte, fühlbare Dunkelheit, die den Tisch, die Wánde und diese Leute in ein schlecht beleuchtetes Bühnenbild verwandelten, Wie in einem Horrorfilm. Ich hatte sie die ganze Zeit von der Innenseite des Bildschirms gesehen, bis ich sie nicht mehr interscheiden konnte. Mit diesem starren Blick derer, die in den Fernsehern stecken. So wollte ich sie auch für immer sehen, das hatte ich mir vorgenommen, noch bevor sie kamen. Aber Gustavos Frage und das mangelnde Licht gaben mir den Rest. Sie zögerte.&lt;br /&gt;„Ja, mit mir ist etwas“&lt;br /&gt;„Was“&lt;br /&gt;Die Stille konnte sich mit dem schmutzigen Geschirr verbinden, sie konnte in den Topf mit eienm Rest festgeklebter Nudeln tauschen und in die Obstschale auf dem Tisch zurückkehren, versteckt zwischen den Mandarinen. Gustavo nahm sich eine.&lt;br /&gt;„Ich will Fotos sehen“, sagte sie. Die Blinde.&lt;br /&gt;Gustavo machte ein überraschtes Gesicht. „Fotos?“, fragte er. Die Mutter schüttelte unwirsch den Kopf. &lt;br /&gt;„Was für Fotos?“&lt;br /&gt;Fabiana erklärte: „Von euch. Von dir, als du klein warst, Babyfotos, wo du bei dieser Frau auf den Arm bist. Fotos von deiner Schwester.“&lt;br /&gt;Er sah die Mutter an. Er würde um keinen Preis klein beigeben; wenn sie mit der Angst im Nacken fast das gesamete Essen ihre Schauspielerei durchgehalten hatten, was konnte ihnen dann jetzt noch die Frage anhaben?&lt;br /&gt;„Gibt es welche?“&lt;br /&gt;Die Mutter zuckte wortlos die Schulter. „Es gibt keine, Fabi.“&lt;br /&gt;„Wie? Das kann nicht sein.“&lt;br /&gt;„Es ist so.“&lt;br /&gt;„Alle Mütter haben von ihren Kindern Fotos“, sagte sie unbeirrbar. „Wenigstens eins davon will ich sehen.“&lt;br /&gt;Dann war die Stimme der Mutter zu hören, eine tiefe Stimme wie von einer anderen Person: „Keins davon ist erhalten. Von den Fotos sind nur winzige Schnipsel übrig. Lidia hat sie vor drei Jahren zerschnitten, jedes einzeln. Ich habe die Schnipsel in eine Schachtel.“&lt;br /&gt;Fabiana muss es für eine idiotische Ausrede gehalten haben. „Ich will diese Schachtel sehen“, sagte sie und unterschrieb damit ihr Todesurteil.&lt;br /&gt;Die Mutter öffnete eine Tür der Kommode, holte einen Schuhkarton hervor und stellte ihr auf den Tisch. Gustavo schlugdie Hände vors Gesicht. Fabiana hob vorsichtig den Deckel; drinnen waren Tausende von Fotoschnipseln. Ein verfluchtes Puzzle, das nicht mehr zusammenzusetzen war. Von den Bildern waren nur noch nutzlose Nudeln übrig geblieben, die die Geschichte dieser armen Frau zerschnitten. Sie hob den Blick.&lt;br /&gt;Ich habe ja immer gesagt, dass dieses Miststück geisteskrank ist. Ihre Augen verlangten nach Erklärungen (mit welchem Recht eigentlich, und das in unserem eigenen Haus!), und ich beschloss, die Bühne zu betreten, ich zog den Vorhang auf, der ihr Bild und ihren Körper von mir trennte, der das Esszimmer von der Küche trennte, in die ich mich geflüchtet hatte.&lt;br /&gt;„Lidia, nein!“ hörte ich meinen Bruder schreien.&lt;br /&gt;Geflüchtet vor diesen Kreisen. In meinem eigenen Haus. Fabi drehte sich zu mir; mit einer Hand warf sie den Stuhl um, mit der anderen die Flasche von diese Marke, die sie noch nie zuvor gesehen hatte, und die Flasche zerbrach, als sie auf den Fuβbodenfliesen aufschlug und in tausen Glaskügelchen zerfiel. Vielleicht dachte sie, dass sie nie wieder ein solches Schauspiel sehen würde. &lt;br /&gt;„Du hast die Fotos zerschnitten?“, fragte sie.&lt;br /&gt;„Ja.“&lt;br /&gt;Sie hatte den schweiβnassen Gesichtsausdruck einer Verdammten.&lt;br /&gt;„Warum?“&lt;br /&gt;„Um Schluss zu machen mit den Bildern. Ich habe es mit dieser Schere getan.“&lt;br /&gt;„Schinppschnapp“ machte meine Schere in der Luft. Ich legte meine Hand, „schnipp“, in eine vorgestellte horizontale Ebene, in welcher die Schere selbst, ihre Schneiden, „schnapp“, und die Augenlinie Fabianas lagen. Das letzte Geräusch des Sichschlieβens und-öffnens hatte die Spizen auf eine Entfernung gebracht, die der zwischen ihren Netzhäuten entsprach. Bevor sie endgültig blind wurde, wird sie gedacht haben: „Das habe ich kommen sehen.“ Ich stieβ zu.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;Übersetzt von Klaus Laabs&lt;/em&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/14637388-7833347526108246482?l=mandarinasdulces.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/14637388/posts/default/7833347526108246482'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/14637388/posts/default/7833347526108246482'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://mandarinasdulces.blogspot.com/2009/06/fabianas-augenkreis.html' title='FABIANAS AUGENKREIS'/><author><name>Gus Nielsen</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-14637388.post-266133856399725065</id><published>2008-05-23T14:59:00.002-03:00</published><updated>2008-05-23T15:05:08.919-03:00</updated><title type='text'>BANDERITAS Y GLOBOS</title><content type='html'>Pedí la piedra antes de irnos a dormir, la misma noche del cumpleaños de Javi. Él había querido un hamster y se lo habíamos regalado. Fue un día feliz. Cuando vi la piedra por TV, me animé y le dije a Marisa: "¿Te va?". Pero ella estaba con los dientes pintados y la cabeza en otro planeta.&lt;br /&gt;                        - Como la de los vecinos - agregué, señalando la pantalla. Levanté el teléfono para llamarlos. Los timbres sonaron varias veces, porque eran cerca de las tres. El marido de Lala se despertó con la voz surgiendo como desde un pantano, pero se alegró cuando supo de qué se trataba.&lt;br /&gt;                        - Era hora de que tuvieran su propia mascota.&lt;br /&gt;                        La afirmación del marido de Lala me dio coraje para llamar. Corté y marqué el número de las Interempresas TV.&lt;br /&gt;                        - Una Petrona - pedí.&lt;br /&gt;                        - ¿Alguna otra cosita? - preguntó la mujer.&lt;br /&gt;                        El aviso mostraba unos afilados cuchillos que cortaban hasta un clavo de hierro.&lt;br /&gt;                        - Una colección de esos.&lt;br /&gt;                        - ¿Los Destripper Láser?&lt;br /&gt;                        - Sí. Código 12.&lt;br /&gt;                        Apagué la TV y fui al comedor. Javi estaba despierto, con la cara pegada al vidrio de la pecera, mirando fascinado al hamster en su rueda.&lt;br /&gt;                        Al regresar a la cama pensé en lo lindo que era tener una familia, y que cada uno de sus miembros pudiera expresarse a través de sus mascotas y sus programaciones, como decían en el micro de los siconautas.&lt;br /&gt;                        Sonriendo al aire, me sentí un verdadero siconauta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;                        El paquete llegó a las diez; lo trajo el rengo del correo. Marisa tenía la boca pegada por el Roxipol, un nuevo fármaco en pasta para lavarse los dientes. Según el micro de la mujer siconauta, los labios y las encías son la parte del cuerpo que mejor absorbe los efectos de la droga. Un segundo antes de que la pasta le fraguara, ella alcanzó a decir:&lt;br /&gt;                        - Me palma retaroba.&lt;br /&gt;                        Por la TV estaban pasando las Minutas de la Madre Argentina. Marisa se removió en su asiento, sin levantarse, despeinada y con el deshabillé a media asta. Agarró la caja taiwanesa entre sus manos y susurró, en un esfuerzo titánico por largar las palabras:&lt;br /&gt;                        - ¿Omprastes más uchillos?&lt;br /&gt;                        - ¿Ya había láser?&lt;br /&gt;                        - Ayer ompré.&lt;br /&gt;            Abrí la otra caja. El interior era mullido como un féretro de lujo. En el medio estaba la piedra. También había un video con instrucciones y unas tarjetas para llenar y enviar.&lt;br /&gt;                        Javi estaba ocupando la máquina con su propio video para disfrutar del "hamster, mascota ideal". En la pantalla se podía leer:&lt;br /&gt;                        - Niño: si decides adoptar un hamster, debes tratarlo cariñosamente. Sé compasivo con él, respeta sus hábitos y serán buenos amigos. Teclea nombre:&lt;br /&gt;                        La pantalla se iluminó con doce nombres de mujer y doce de varón. Arrimé una silla para ayudarlo a elegir. Javi se rascó la cabeza, preocupado por la cantidad de variantes. Tampoco sabía el sexo del hamster, lo que hubiese simplificado el problema a la mitad. ¿Diego, Chiqui, Gardel o Bonafide?. Javi tecleó el selector por azar de la máquina. Le dije: "necesito la compu". El nombre apareció seguido por una música triunfal: "Coca Sarli".&lt;br /&gt;                        - Grande, macho.&lt;br /&gt;                        Él puso "quit, eject, power" y se fue a verlo comer semillas de girasol.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;            Lala y el marido vinieron a cenar. Pedí dos pizzas por teléfono. Había visto el video de la disciplina de la piedra, y había cosas que no entendía. Lo de las vitaminas, por ejemplo.&lt;br /&gt;                        "Vitamina A: interviene en el buen funcionamiento epitelial; Vitamina D: incrementa la absorción de calcio, fósforo y rayos solares; Vitamina E: relacionada con la parálisis pétrea; Vitamina del Complejo B: le da brillo permanente y la pone a salvo de las enfermedades erosionales".&lt;br /&gt;                        Lala me  explicó que eran unas gotas que se compraban en el mismo número telefónico. Había que ponérselas según se la viera triste o feliz. Sonó el timbre. Las pizzas eran de anchoas y de calamaretes fritos, elegidas según el sistema de la ruleta italiana; el chico que las traía era el mismo rengo del correo, que hacía una changa por las noches. Le di un dólar de propina porque me puso contento haber sacado la de calamaretes, que era carísima, por el precio de una de muzzarela. Marisa también se puso contenta por el ahorro, aunque después se acordó que no le gustaban ni los mariscos ni las anchoas.&lt;br /&gt;                        Llevé la piedra a la mesa. Lala dijo que la de ellos brillaba más, pero era lógico porque hacía un mes que la estaban cuidando. Eran muy respetuosos de los horarios de viento y de placar. El marido de Lala preguntó cuándo venía el visitador. Marisa bostezó.&lt;br /&gt;                        - En el recibo dice la hora y el día.&lt;br /&gt;                        Busqué el papel. En letra chica, estaba escrito: el visitador irá a su casa el día 15, a las 10 de la mañana. Los números habían sido agregados a mano. Era sábado 13. El marido de Lala explicó que teníamos todo el domingo para servir a la piedra. Me dijo que repasara el video y, si me quedaba alguna duda, lo llamara. "A cualquier hora". Agregué, antes de despedirme, que Marisa les había preparado un bonito regalo, por ser los mejores vecinos. Le entregué la caja de Taiwán. Lala hizo un gesto de falsa sorpresa, tomó el paquete entre sus manos y dijo:&lt;br /&gt;                        - Ya compramos Destripper.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;                        La mejor parte del video eran los testimonios.&lt;br /&gt;                        "Desde que cuidamos la Petrona salimos tres veces seleccionados en el Loterbingo, y la chica me saca diez del colegio". Clara, de Bernal Oeste.&lt;br /&gt;                        "Acaricio la piedra y mis hijos traen los nietos a comer a casa, la sirvienta limpia profundo y hasta tuve un orgasmo". Felisa, de Almagro.&lt;br /&gt;                        O Angel, de Morón (un caso terrible, pero con buen final, por lo que el hombre es grabado de espaldas hasta el momento del cambio):&lt;br /&gt;                        - Me hallaba en una situación desesperada. Mi esposa me engañaba con mi mejor amigo y mis cuatro hijos estaban embobados con él. Hasta que vi el aviso en el programa "La Sagrada Familia". Conseguí la piedra y la cuidé. Llegué a 9,87 puntos de marca. Petrona me lo devolvió todo: un feliz accidente acabó con la vida de mi amigo, y hoy comparto otra vez la casa con mi mujer y los chicos.&lt;br /&gt;                        Había otra parte de la cinta que hablaba de los cuidados. La explicación se dividía en "cuidados de principiante" y "cuidados extremos". Hablaba también del cumpleaños de la piedra y de sus posibles enfermedades, que el locutor enunciaba de una manera misteriosa. También hizo una acotación acerca de que la piedra no es una moda.&lt;br /&gt;                        - Mucha gente se entera de la piedra por un vecino, o lee algo al respecto, y la prueba. Esto no siempre es correcto. Han habido más que suficientes modas, algunas de ellas muy peligrosas. Pero el comprobado éxito mundial que acompaña cualquier emprendimiento de Interempresas TV hace pensar en un respaldo serio y en la garantía de que la familia argentina se verá afianzada a partir de un nuevo integrante a cuidar. Petrona es el imán que mantiene el hogar unido, porque... sin hogar... ¿qué somos?&lt;br /&gt;                        Anoté la reflexión final y lo del cumpleaños, que me pareció lo más fácil de hacer. Marisa miraba su programa "Toxifetal" con media cara anestesiada. En la TV, una señorita vestida de novia, con un tocado de tul y pequeñas rosas, decía: "...por freno de las hormonas folículo estimulante hipotalámico y luteotrófica, como acontece con las sustancias que actúan sobre el Sistema Nervioso Central".&lt;br /&gt;                        - Es la huevamenta del jueves pasado, pero ahora sale con rayas verticales.&lt;br /&gt;                        Javi pasó con su video en la mano. Quise hablar con él y me dijo que en "Cablepet" habían dado una información que lo tenía preocupado: los roedores no se adaptan a la vida en cautiverio, pudiendo enloquecer hasta llegar al autocanibalismo, o cosas aún peores.&lt;br /&gt;                        - Voy a llamar al canal.&lt;br /&gt;                        - ¿Para qué?&lt;br /&gt;                        Me miró como si fuera un estúpido, o hubiera dicho una estupidez.&lt;br /&gt;                        - Quiero saber qué cosas peores.&lt;br /&gt;                        Pensé que la peor de todas las cosas era que cada uno se ocupara de sus propios asuntos, mientras las horas pasaban y nadie se acordaba de la piedra. ¿Cuánto tiempo faltaba para que llegase el visitador? ¿Qué había que responder por la tenencia de ese objeto? Ella estaba ahí, quieta en su caja, para amarla y cuidarla... Me puse serio; firme. Hice la venia sin mirar a Javi o a Marisa. Canté, como era mi obligación, el himno a su diaria felicidad:&lt;br /&gt;                        - Cumpledí-a fe-liz, cumpledí-a fe-liz, cumple pie-dra, cumple pie-dra, cumpledí-a fe-liz.&lt;br /&gt;                        Nadie dio vuelta la cabeza para mirar. La piedra parecía haber ganado un brillo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;                        Para las diez de la mañana del lunes yo estaba con mi mejor traje y mi mejor humor. A Marisa algo le había partido el hígado, y estuvo desde las nueve llorando que el spray le dejaba el cuerpo a la miseria, que me fijara en las contravenciones. "Salbutamol y dipropionato", le dije, "y pintate, que va a llegar el visitador". Puse la piedra sobre el macetón de yerba buena, junto a otros cascotitos de distintos colores. Estaba angustiado por la visita de la empresa; según el marido de Lala era una exigencia importante y había que dar la mejor imagen. El timbre de las diez y veinte trajo al rengo con un tubo de Gelviol y media docena de sprays. Comentó que lo mandaban del canal, y que había dejado la pizzería porque era un plomo, y con los de la tele "uno se siente parte de algo grande". Lo dijo con satisfacción.&lt;br /&gt;                        El timbre volvió a sonar recién a las once y cuarto, cuando ya daba todo por perdido. Abrí la puerta. Un chino de un metro y medio de altura, peinado a la gomina, irguió la cabeza para hablar. Dijo:&lt;br /&gt;                        - Ya me reclama el largo asunto, y suelen ser pocas las palabras para el tema: soy el visitador.&lt;br /&gt;                        Lo dejé pasar; lo vi ponerse serio. Sacó una linterna del bolsillo. Dirigió el foco hacia la maceta. Gritó:&lt;br /&gt;                        - ¡Qué pálida tenés tu tez marfil, por más que esté a tus pies la vida vil! -      y, dirigiéndose a mí, en una orden corta y severa: - Sacála de acá.&lt;br /&gt;                        Al principio creí que me estaba cargando. Marisa ni se había parado de su asiento, frente al programa de Máximo Pineal, en el que el célebre médico de entretejidos no se cansaba de afirmar que convenía hacer aplicaciones de manojos de pelo en canutos plásticos, en lugar del clásico "pelo a pelo". "Como en las Barbies", decía. El chino se puso furioso.&lt;br /&gt;                        - A portarlo en cana vengo; su piedra lo ha delatao.&lt;br /&gt;                        La puse otra vez en la caja.&lt;br /&gt;                        - Comprendéme - aclaró él, como si adivinara mi desconcierto -. No quiero que tu rayo la enceguezca entre el horror, porque precisa luz, para seguir...&lt;br /&gt;            Marisa acotó:&lt;br /&gt;            - ¿Qué te sapa, oriental?&lt;br /&gt;                        El chino se acercó a la mesa. Tomó una tableta de Gelviol, la olió y dijo, despectivamente:&lt;br /&gt;            - Las medecinas, veneno, que quitan fuerza y salud.&lt;br /&gt;                        Ella desvió su mirada de la pantalla para fulminarlo. Intervine para frenar la discusión. Dije que la piedra estaba bien cuidada y, por sobre todas las cosas, éramos una familia feliz.&lt;br /&gt;                        - Ayer la lavé con Espadol.&lt;br /&gt;                        El chino carraspeó.&lt;br /&gt;            - Vos resultás, haciendo el moralista, un disfrazao sin carnaval...&lt;br /&gt;                        Me quitó la caja de las manos y la llevó hacia la ventana, para agregar:&lt;br /&gt;                        - Qué desencanto hondo, qué desconsuelo brutal... Yo siento que mi fe se tambalea, que la gente mala vive... ¡Dios!, mejor que la piedra o yo...&lt;br /&gt;                        - No le entiendo nada.&lt;br /&gt;                        - Que Petronita está sufriendo. Vealá, ni me habla...&lt;br /&gt;                        - Las piedras no hablan - intervino Marisa, sin perder un detalle en la pantalla. El chino continuó su discurso.&lt;br /&gt;                        - La noto sola, fané y descangayada. El primer informe los va a embretar de lo lindo. Esta piedra está como al descuido, a punto de armar el espamento.&lt;br /&gt;                        Marisa empezó a gritar "qué disparate, esto en el aviso no lo dicen". El chino seguía afirmando que lo iban a saber en la empresa. Le expliqué que había hecho correctamente cada uno de los deberes del video. Subí los hombros con la esperanza de que me creyera. "También pudo haber venido fallada", dije.&lt;br /&gt;                        - Enfundá la mandolina, ya no estás pa´serenatas. Me encuentro sin chance en esta jugada...&lt;br /&gt;                        Marisa había pasado de canal y miraba un clip de rock en el que caían banderitas y globos. Apretó rec para grabarlo en el disco duro de la TV. El chino cruzó los brazos.&lt;br /&gt;                        - Cachen el vídeo, pero en barra, con la garaba y el bepi - me dijo -. ¿Tenés un bepi, no?&lt;br /&gt;- Sí.&lt;br /&gt;                        - ¿Cuántos?&lt;br /&gt;                        - Ocho, recién cumplidos.&lt;br /&gt;                        - ¿Adónde se espiantó? ¿Tá de gomías en la vedera?&lt;br /&gt;            - Debe estar con la compu.&lt;br /&gt;                        Hizo un silencio contemplativo.&lt;br /&gt;                        - Sabés que te juno embrollado, a vos. Mal. Sin efe, con el bulín de embruje y sin manyarla -. Me apoyó una mano en el hombro, apartándome hacia la puerta de entrada. Hablaba en voz baja, secreteando -. A lo mejor te doy una mano, para que no te den la naca.&lt;br /&gt;                        - ¿Un primer informe malo es malo, no?&lt;br /&gt;                        - Fuíste, adío, gayola y a olvidarse de la jailaife. Por tan poca cosa...&lt;br /&gt;                        Metí la mano en el bolsillo y saqué la billetera. Tenía dos billetes de diez y uno de cien. El chino hizo su primer sonrisa de la mañana. Agregó, cantando:&lt;br /&gt;                        - No puedo más pasarla sin comida, ni oírte así, decir tanta pavada. Plata, plata y plata... plata otra vez. Que la vida es muy corta y es preciso alegrarla con tango y con champán.&lt;br /&gt;                        Le di uno de diez y él siguió con la mano extendida. Le puse otro de diez. Completó su recital:&lt;br /&gt;                        - No hay ninguna verdad que se resista, frente a dos mangos moneda nacional.&lt;br /&gt;                        Y a Marisa, estrechando su mano:&lt;br /&gt;                        - Adiós, señora, ya me voy y me resigno. Contra el destino, nadie la talla.&lt;br /&gt;                        Javi llegó corriendo con la pecera. El chino gritó:&lt;br /&gt;                        - ¿Quién pena en el piolín?&lt;br /&gt;                        - Mi hijo Javier - lo presenté.&lt;br /&gt;                        - ¿Y en la jaula?&lt;br /&gt;                        - Su pequeña mascota, Coca Sarli.&lt;br /&gt;                        Javi dejó la pecera sobre la mesa, sacó el animal y buscó ingenuamente la mano del visitador para que pudiera tocarlo. El chino la retiró con asco.&lt;br /&gt;                        - Eso no se puede tener. Petrona tiene que ser única. ¿Qué bicho es?&lt;br /&gt;                        - Nada, nada - interrumpí, alejando al nene -. Haga como que no lo vio.&lt;br /&gt;- ¡No y no! - gritó, empacado -. ¡Esta es la peor de todas las macanas!&lt;br /&gt;                        Lo vi tan fuera de sí que saqué por segunda vez la billetera. A él debió haberle parecido una falta de respeto, porque se quedó un instante reaccionando como si lo hubiera cacheteado; miró hacia Marisa para ver si era testigo, e irguió la espalda antes de hablar. Lo hizo en voz baja.&lt;br /&gt;                        - Caballero, le suplico, tenga más moderación, porque a usted puede costarle cincuenta de la Nación.&lt;br /&gt;                        - No tengo cambio - dije.&lt;br /&gt;                        El chino agarró el billete de cien y se lo metió en el bolsillo.&lt;br /&gt;                        - P'al mate. Y creamé: deshagasé de esa Coca si quiere un escore para piyarse, como el pipiolo de al lado y su jermu abacanada.&lt;br /&gt;                        Cerré la puerta y me quedé pensando en que tenía que tomar una decisión. Así nunca íbamos a poder educar a la piedra.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;                        Los reuní para la cena. Pedí los mejores tubos de papas fritas al teléfono de la pizzería (esas que vienen con gusto a banana) y tres Pepsis. Me extrañó que las trajera el rengo, que además tenía un ojo en compota. Cuando le pregunté qué le había pasado nos contó que se había peleado con un compañero de las Interempresas, y lo habían echado por "rengo de mierda". No había tenido otro remedio que volver a la pizzería. Los ojos de Marisa se llenaron de lágrimas.&lt;br /&gt;                        - ¿Omo uede la gente ser an mala?&lt;br /&gt;                        Se notaba que estaba dolida por la injusticia y eso era un buen caldo para la sopa de verdades que estaba por cantarles.&lt;br /&gt;                        - Obrecito.&lt;br /&gt;                        Nos sentamos. Yo ya tenía preparado el discurso, y decidí que primero veríamos el video entre los tres. Puse la piedra en el centro de mesa. Sonreí. Ellos me miraron con cara de "hablar, no". Dije: "sí, vamos a hablar. Porque la gran familia de la sociedad se compone de pequeñas familias sagradas. Somos las células del cuerpo siconauta. Ese cuerpo está formado por integrantes sanos. Si la familia se rompe o deja de comunicarse, se disgrega, se enferma, y si la célula se enferma, el cuerpo se enferma. Por eso hay que hablar."&lt;br /&gt;-         No me ustan las apas usto a anana.&lt;br /&gt;-         ¿Ananá o banana? - preguntó Javi.&lt;br /&gt;                        - No me interrumpás, mamita, que estoy decidido a ocupar de una vez por todas el lugar que me corresponde como patrón de mi núcleo básico. Aunque tenga que apelar a la violencia. ¿Entendiste?&lt;br /&gt;                        - Sí.&lt;br /&gt;                        - ¿Vos también entendiste?&lt;br /&gt;                        Javi afirmó con la cabeza.&lt;br /&gt;                        - Bueno. Estuve pensando mucho en nosotros y creo que somos lo mejor que tenemos, pero nos falta. La teleproducción El Ateneo de la Argentinidad explica que estamos en esta bendita tierra para un emprendimiento grande, heroico y difícil. No es para débiles. La comunidad vive uno de sus momentos históricos definitivos. Nuestros enemigos, esos que mencionan en el programa Las siete virtudes del Movimiento de Protección a Padres y Madres, esos mismos enemigos no se cansan de fomentar todo tipo de políticas divorcistas y abortivas y hamsters, que lo único que hacen es disociarnos como entidad y vaciarnos de patriotismo. Es algo repugnante. Frente a ello debemos unirnos en defensa de las nobles consignas de un auténtico cuerpo nacional.&lt;br /&gt;                        Marisa me seguía atentamente.&lt;br /&gt;                        - ¿Y? - dijo.&lt;br /&gt;                        Javi intentó pararse.&lt;br /&gt;                        - ¡Te quedás! - le grité -. Seguro que ibas a buscar a la rata.&lt;br /&gt;                        - No le grités al ico.&lt;br /&gt;                        - Ese monstruo no tiene más lugar en esta casa, ¿entendés?&lt;br /&gt;                        Javi negó con la cabeza.&lt;br /&gt;                        - Si se lo egalamos osotros, cuqui.&lt;br /&gt;                        - No importa. Disgrega a la familia. La disyuntiva es "Sociedad con familias" o "Parias disgregados". No hay medias tintas. Y nosotros, padres y madres de la revolución siconauta, ya lo tenemos decidido: Tradición y Potestad, venerando la piedra que nos une. Sin Cocas Sarlis.&lt;br /&gt;                        El timbre del teléfono sonó como un aplauso. Me levanté para atender y tuve que preguntar adónde estaba el aparato.&lt;br /&gt;                        - Javi lo ievó a la ieza ara hablar con el eterinario.&lt;br /&gt;                        - Puta madre - dije, con las cosas más claras. Había que tener la mano dura y los pantalones puestos. Atendí marcialmente, con un grito: "¡hable!".&lt;br /&gt;                        Cuando regresé a la cocina, ella había subido el volumen y cambiado el video por la Kermesse Subacuática, su massmedia predilecto. Le recordaba a cuando era joven y en la pileta le pasaban los musicales de Esther Williams para que hicieran gimnasia. En un repentino ataque de euforia, se paró, abrió sus brazos e intentó sonreír. Dijo:&lt;br /&gt;                        - Te ammammos, rey de la amilia. Omos tus siervos ara endecir a la iedra. Ongratuleishons. ¿Quien era?&lt;br /&gt;                        - Los de las Interempresas. Ese chino de mierda pasó un informe de maltrato. Van a volver a mandar un inspector el jueves. También dijo que hay más de una mascota. Y que no hay respeto ni veneración, que se encontró con cualquier cosa, menos con un hogar siconauta. Que la piedra estaba anticoagulando por falta de vitamina K. Sacamos 0,3. El coma tres deben ser los tres billetes que le di.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;                        Todo estaba servido para que fuéramos como Lala y el marido, que vivían sumergidos en la dicha más plena y sacaban la mejor puntuación. Marisa disolvió dos microcápsulas en el café y se pintó los labios y los lóbulos de las orejas. Hasta nos dimos un beso.&lt;br /&gt;                        - Hoy estoy ipiranga - dijo -, capaz de todo. Hasta de fregar la pétrea.&lt;br /&gt;                        Volvimos a ver el video. Habíamos cometido omisiones importantes. Por ejemplo, cambiarle los pañales cada tres horas. Los pañales son las sabanitas donde la piedra duerme. No mantener el silencio absoluto de los sábados, otro error. Lo mismo pasaba con los colores y las luces. Como un enfermo postrado, la piedra sufría por la lámpara suspendida del cielo raso blanco. Debíamos conseguir un dímer y pintar el cielo raso de un color pastel.&lt;br /&gt;                        Otro detalle omitido eran los paseos. Nunca había que ir por lugares llenos de piedras. El locutor lo decía tan enérgicamente que llegué a suponer que Petrona, pobre, podía haberse convertido en la piedra de la locura. Estábamos tomando conciencia de lo mal que la habíamos cuidado y de la razón absoluta del chino. Lo que me parecía extraño era que este tipo hablara canyengue. Marisa dijo que debía ser porque los chinos oyen mucho tango y milonga, y a lo mejor había aprendido castellano cantando. Ella misma, lo poco que sabía de inglés, lo había aprendido en los ciclos de rock, aunque siempre pasaran el mismo tema de las banderitas y los globos. Hacia la última media hora, el video hablaba sobre la relación de la piedra con los cuatro elementos.&lt;br /&gt;                        AGUA: horarios de baño, lluvias, aplicación de bolsa caliente o hielo para subir o bajar la temperatura e inmersión de la piedra en ácidos y alcalinos. De este capítulo me llamó la atención el momento en que el locutor, su mujer y sus dos hijos se tomaban una sopa hecha con la piedra, agua hirviendo y un sobre de Quick, y se les abría la mente hacia la desdoblación de lo sublime, zona apreciada como un remedio milagroso para reunir vínculos afectivos. "Eso es algo en lo que no hay que pensar", observó Marisa, que estaba lúcida. "Uno se levanta un mal día y dice quiénes son estos extraños que me llaman hijo, madre, padre: ese camino no lleva más que a la destrucción, como todas las preguntas sesudas". "¿Quién es usted, señora?", le digo, por jugar. Ella se tapa la cara. "¿El tiempo que llevamos en pareja la hace definitiva?, ¿El hijo que tuvimos la vuelve especial, única?, ¿Por qué seguimos juntos?"&lt;br /&gt;                        - Porque sos un cagón.&lt;br /&gt;                        La parte del FUEGO hablaba de la proximidad a las llamas y la procedencia de las mismas (no es lo mismo la llama de un encendedor que la de un leño). "¿Y la llama del amor?"&lt;br /&gt;                        - ¿Qué amor, tonto? Mirá que sos Nesquic, ¿eh?&lt;br /&gt;                        El AIRE pedía vientos, brisas, soplos, bocanadas, hálitos. "La familia es el hálito", dijo la esposa del locutor. "El oxígeno que da la vida".&lt;br /&gt;                        - ¿Oxígeno? Hacía cantidad que no oía esa palabra.&lt;br /&gt;                        Para celebrar el cuarto elemento, la TIERRA, había que hacer un pozo y enterrarla como a una papa. En realidad había que hacer tres tipos de pozos: superficial, a medio metro y a dos metros. ¿Dónde íbamos a hacer el pozo de dos metros? El video decía que el enterramiento no debía superar los diez minutos. Marisa se rió. "No sé cuánto tiempo tardarías vos en tapar y destapar esas troneras, con tu embolia habitual, pero me cabe que más".&lt;br /&gt;                        - ¿Qué embolia?&lt;br /&gt;                        - La tuya, la bobitis.&lt;br /&gt;                        - Si vos sos la que siempre está en otro estado.&lt;br /&gt;                        - Lo hago para mantener la cordurez adentro de mi casa.&lt;br /&gt;                        - ¿De qué cordura me estás hablando si es la primera vez en ocho años que te veo coordinar palabras con más o menos lógica?&lt;br /&gt;                        - ¿Qué querés decir con lo de más o menos?&lt;br /&gt;                        - Que te pasás el día a pasta corrida.&lt;br /&gt;                        - Esas son mis gárgaras, y vos mi buen afgano siempre a mano...&lt;br /&gt;           &lt;br /&gt;                        Javi quiso decirme, con su gesto piadoso, que Coca Sarli no precisaba casi cuidados, salvo cambiarle el algodón cada semana y ponerle lechuguita y semillas de girasol por las mañanas.&lt;br /&gt;                        - No puede estar. No entendés nada, vos.&lt;br /&gt;                        Él ladeó su cabeza con los ojos semicerrados. Le hablé de esta manera:&lt;br /&gt;                        - Ya sé que a la piedra hay que ventilarla y contarle cuentos cada dos horas, y atenderla como cuando vivía la abuela. Pero no quiero que pienses eso, porque la piedra no es una enferma como esa vieja.&lt;br /&gt;                        Con la mano izquierda sostuve al hamster, que hacía el máximo de movimientos para zafar, enloquecido. Con la mano derecha sostuve la yilé. Ese chico había llegado muy lejos. Ya le faltaba el respeto a su padre y a la piedra, apoyada sobre la mesa, en su horario de reposo en papel secante.&lt;br /&gt;- O la regalás, o la corto - dije.&lt;br /&gt;La violencia se me había subido como un mal whisky.&lt;br /&gt;                        - En ninguna casa aceptan mascotas que no sean piedras. Es mi regalo de cumpleaños.&lt;br /&gt;                        - Después hacéme acordar y te regalamos un camioncito.&lt;br /&gt;                        Y le hice un corte seguro desde la cola hasta el hocico, un corte profundo, del que brotaron las tripas del animal. Fue así: me quedé con el cuerpo desinflado colgando de los dedos; completé dos cortes más y las tripas cayeron en la mesa, desparramándose como un molusco. Abrí las manos y cayeron,  Coca y la yilé. Javi la colocó sobre el secante. El animal, aún vivo, hizo un intento final de escaparse, convertido en una bolsa vacía. Al moverse trazó un mapa de sangre. Caminó hasta tocar la piedra con su hocico. Después expiró. Javi vio este mapa con ojos exaltados, vio la piel desmoronándose sobre la tabla de la mesa, vio la piedra. Entonces la recogió rápidamente y se la metió en la boca, justo en el segundo en que yo comenzaba a pensar si habría actuado con justicia, o dominado por la ira.&lt;br /&gt;                        Javi hizo "glup". Se sentó en una silla, sus manitos se aferraron a los apoyabrazos de madera, su cabeza hizo una sacudida y se quedó duro como una estatua. Lo supe porque le pegué una cachetada gigante, aquella que se venía mereciendo desde hacía mucho tiempo, y fue como si le pegara a una talla de mármol. A una piedra con forma de Javi.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;                        Cuando logré despertar a la madre, era de noche.&lt;br /&gt;                        - Se quedó así, en trance - le dije.&lt;br /&gt;                        - Le exigís mucho - dijo ella.&lt;br /&gt;                        - ¡Qué hablás! ¡Se comió la piedra y endureció!&lt;br /&gt;                        Ella le acarició el pelo enrulado, que era como un césped de hierro. El cuerpo estaba un poco echado hacia delante, los talones y las rodillas pegadas y los brazos dos mástiles clavados a la silla.&lt;br /&gt;                        - ¿Qué hacemos? - grité.&lt;br /&gt;                        - Calmarnos - respondió ella, que todavía tenía las lagañas pegadas -. Y llamar al chino.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;                        El chino atendió enseguida, cuando supo que se trataba de una emergencia. Habló Marisa y yo le decía "preguntále también por tal cosa o tal otra". El chino empezó explicando que se trataba de un caso muy grave, pero que ya había sucedido una vez, con una señora que tenía una perrita pequinesa muy simpática que se había tragado, también, la piedra.&lt;br /&gt;                        - Para la Interempresa se da el juego de remanye - dijo -. Habría que hacerle un tratamiento similar, adatado a lo humano.&lt;br /&gt;                        - ¿En qué canal lo enseñan? - dijo Marisa.&lt;br /&gt;                        Puso handsfree, para que oyéramos los dos. El chino suspiró.&lt;br /&gt;                        - Observando que la gente rinde culto a la mentira y el amor con que se mira al que goza de poder, descreído, indiferente, insensible, todo niego, para mí la vida es juego de ganar o de perder.&lt;br /&gt;                        "Chino de mierda", pensé.&lt;br /&gt;                        - Hay que darle dique a nuestros profesionales del mejor nivel del mundo. Hay que internarlo, hacerle análisis en el laboratorio, en fin...&lt;br /&gt;                        - Coimero hijo de puta... - dije, ni muy bajo, ni muy alto.&lt;br /&gt;                        La voz del otro lado de la línea se inquietó.&lt;br /&gt;                        - Llegó la hora de la triste despedida...&lt;br /&gt;                        - ¡Espere, no cuelgue! - gritó Marisa - ¿Qué hacemos con Javi?&lt;br /&gt;                        - Preguntelé al dorima, que se la sabe lunga.&lt;br /&gt;                        - Pero tiene que decirme algo, señor japonés, el nene no se puede quedar enyelado como está, imaginesé...&lt;br /&gt;                        - Los curas, las bendiciones las venden, y sin que nunca proteste la gran corte celestial.&lt;br /&gt;                        Decidí calmarme e interrumpir por segunda vez, haciéndole un gesto a ella para que se quedara tranquila.&lt;br /&gt;                        - Está bien, entendí. Soy yo, de vuelta, ¿me escucha?&lt;br /&gt;                        - Perfeitamente.&lt;br /&gt;                        - Le pido disculpas, estamos muy nerviosos... Queremos saber si hay un lugar allí para internar a Javi, y lo que va a costar, porque es nuestro hijo y no lo podemos dejar así...&lt;br /&gt;                        - Por favor... - pidió ella.&lt;br /&gt;                        - Señores, a abrir el ojo y no acostarse a dormir, que en cualquier rato les llega el flete.&lt;br /&gt;                        - ¿Y cuánto va a salirnos? - insistí.&lt;br /&gt;                        - No sé, no le digo, es el primer caso humano que tenemos...&lt;br /&gt;                        - ¿Cuánto salió el perro?&lt;br /&gt;                        - Cuatromil.&lt;br /&gt;                        - ¡Eh! - me espanté -. Por esa guita compro otro perro.&lt;br /&gt;                        - Compre otro Javi - dijo, y cortó.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;                        A las tres de la madrugada tocaron el timbre. Varias veces, por si dormíamos. Marisa salió al balcón. Había dos petisos de pie junto a la entrada. Habían estacionado la camioneta sobre la vereda, como si fuera una ambulancia de urgencia.&lt;br /&gt;                        - Somos los fulanos de la vuaturé - gritó uno.&lt;br /&gt;                        Eran dos chinos adolescentes, de no más de metro veinte de estatura, vestidos con overoles. Entraron al departamento como si fuera de ellos.&lt;br /&gt;                        - Aquí tiene las boletas - dijo el otro.&lt;br /&gt;                        Una era de Intrempresas TV por cinco mil dólares, en concepto de adelanto por internación; la otra era un papel con un número: 500.&lt;br /&gt;                        - ¿Y ésto qué es? - le pregunté.&lt;br /&gt;                        - El diego del quía.&lt;br /&gt;                        Rompí el papel en dos. Marisa se apuró para decirme: "no seas oscuro, hacéle los cheques al chico", cuando el otro salió de la cocina para avisar que se lo tenían que llevar con silla y todo, porque estaba como fosilizado. Puse las dos firmas mirando cómo sacaban a Javi a la calle.&lt;br /&gt;                        - Qué baranda a pisho tienen estos nenucos - dijo Marisa.&lt;br /&gt;                        La camioneta era vieja. Los chinitos habían acomodado la silla  sobre las chapas oxidadas de la caja, y estaban atando las sogas.&lt;br /&gt;                        - Tengan cuidado... - les recomendé -. ¿Se sanará?&lt;br /&gt;                        - ¡Uf, sabés cómo ladra la pequinesa!&lt;br /&gt;                        El que manejaba se bajó de la caja. Le entregué los cheques. El otro también saltó. Se refregaba las manos en el overol. Cuando terminó de limpiarse, extendió la derecha con la palma hacia arriba. Traté de no entender.&lt;br /&gt;                        - Una meneguita para el marroco - dijo.&lt;br /&gt;                        - ¡Estoy en piyama y no tengo más plata! - grité.&lt;br /&gt;                        El que manejaba me guiñó un ojo.&lt;br /&gt;                        -  Así le evitamos los empedrados.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;                        Pusimos el teléfono sobre la mesa y nos sentamos a esperar a que nos llamaran. Yo le agarraba una mano a Marisa y ella se sirvió un vaso de agua con la otra, para tomarse las dos últimas pastillas negras del tubo.&lt;br /&gt;                        - ¿Qué son? - le dije.&lt;br /&gt;                        - Calmantes. De los nervios, hace días que no cago. La angustia rectal...&lt;br /&gt;                        En las indicaciones del producto leí "pastillas de carbón". Era increíble que ni mirara las recetas. Tal vez lo increíble era la locura que nos estaban vendiendo por TV. Habíamos perdido a nuestro hijo, lo único que nos unía de verdad. Todos queríamos ser siconautas, pero... ¿podíamos serlo? ¿tenía sentido? A las cinco cabeceé, y soñé. Me vi con el cuerpo desinflado de  Coca en la mano y la piedra en la otra, delante de Javier. Él me observaba muy quieto, calladito.&lt;br /&gt;                        - ¿Ves? - le dije - Es un tapado de piel para la piedra.&lt;br /&gt;                        Y le encajé el cuero como una funda. Apoyé el conjunto sobre el piso. Javi opinó que parecía Coca, pero más gorda y chata. A mí también me pareció. El nuevo hamster levantó su cuerpo pesado de la superficie del piso y salió corriendo a todo lo que le daban las patas.&lt;br /&gt;                       &lt;br /&gt;                        Cuando me desperté ya salía el sol. Marisa se secaba las lágrimas en un repasador. El timbre del teléfono le arrancó un estornudo. Levantó el auricular y yo volví a apretarle una mano.&lt;br /&gt;                        - ¿Cómo va? - preguntó el chino.&lt;br /&gt;                        - Re Bambi (lloré todo el tiempo). ¿Cómo está Javi?&lt;br /&gt;                        El chino carraspeó.&lt;br /&gt;                        - Joya - dijo.&lt;br /&gt;                        - Pero, pero... - dije yo, oprimiendo la tecla de handsfree - Habla el padre.&lt;br /&gt;                        "Ojo con lo que vas a decir", sugirió ella, en secreto.&lt;br /&gt;                        - Quería saber qué le hicieron a mi hijo.&lt;br /&gt;- Hermano... yo no puedo rebajarme, ni pedirle, ni rogarte...&lt;br /&gt;- ¿Y cuánto nos va a salir?&lt;br /&gt;                        - Un "mil" por año: ocho. Pedí para que les bajaran unas décimas, pero esto tiene mucho de laboratorio. Imaginensé.&lt;br /&gt;                        - Qué afano.&lt;br /&gt;                        El chino se ofendió.&lt;br /&gt;                        - ¡Pero no ves, gilito embanderado, que la razón la tiene el de más guita!&lt;br /&gt;                        Marisa volvió a aferrarse al aparato.&lt;br /&gt;                        - Javi está bien, usted me dice que e
