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Auschwitz

El Corazón de Doli

La otra playa


4.08.2022

TRES CUENTOS DE FANTASMAS / VERANO 12

 EL PERRO QUE TUVIMOS

 

 

Dedicado a mi amigo Alejandro Sapognikoff,

frágil fantasma fabuloso.

 

Estaba deprimido, tan deprimido que solamente ansiaba acariciar la cabeza de alguien. “Mejor si es una mascota”, pensé, y me acordé de mi perro de cuando era chico. No estoy seguro de que esto haya pasado así, o si es una idea que vino después, algo inventado. El perro apareció justo debajo de la mesa. Lo reconocí de inmediato. Le dije: “Hola, Yerri”. Él movió la cola cuando le toqué la cabeza. Era igual al caniche que había tenido, por eso le puse ese nombre. Yerri Kent se me subió en dos patas para rascarme el pantalón. Por las dudas lo llamé con otros nombres, pero no reaccionó.

Esa noche recordé qué había pasado con el verdadero Yerri Kent. Lo habían agarrado unos gatos salvajes, y lo habían destrozado. Yo tenía siete años. En el sueño, Yerri me seguía hasta la puerta del colegio. Entonces me desperté y el perro estaba a los pies de la cama, mirándome. Con esos ojos.

 

Yerri era de los perros inteligentes que hacen gracias. El muertito, sit, acostarse como una rana, con las patas de atrás extendidas hacia los lados. No eran grandes habilidades para un caniche, pero él las había aprendido. Le gustaban mucho las manzanas, como premio a sus actuaciones. Yo partía una manzana en octavos, sin semillas ni cáscaras, y se la iba dando a medida que él interpretaba sus personajes. Le acerqué un gajo a mi nuevo perro y no se lo comió.

 Salimos juntos a comprar el diario. Compro uno de izquierda, que cada vez viene más delgado, a diferencia de los diarios capitalistas que no hacen más que engordar. El perro saltó todo el camino de vuelta a casa. Me di cuenta qué era lo que podía querer, doblé el ejemplar en cuartos y se lo puse en la boca. Lo llevó hasta mi sillón de leer. Parecía orgulloso con su misión. En el diario quedó un agujero que se repetía en todas las páginas, provocado por su colmillo.

 El primer día durmió en la puerta de calle, el segundo en la terraza, el tercero en la pieza conmigo. Se escondió detrás de una cortina. Me acordé de que Yerri dormía detrás de las cortinas. Era un juego que hacía: uno lo llamaba y él se hacía el escondido. El juego ponía en evidencia el hecho de que a lo mejor no existía, ni había existido nunca. Que podía no ser una mascota real, sino nada más que una buena historia.


Probé con otras comidas que me parecieron más amigables. Compré Trocitos de Dogui, latas de preparados del Kennel Club y carne picada de ternera. El perro estaba -era- inapetente. Le conseguí unos huesos saborizados marca Peluche, que lo alegraron. Los sacaba del plato y se los llevaba a la terraza. En un momento lo seguí y lo vi levantar una pata en el aire, pero sin hacer pis. Después se sentó al borde del cantero de malvones. Era evidente que estaba esperando a que me fuera. No iba a hacer caca, ni comerse el hueso, ni ninguna otra cosa. Ni ladrar. Nunca ladró.

 La mañana que nombré él me miraba, desde los pies de la cama, con esos ojos. Me desperté tratando de comprender que el perro estaba ahí para salvarme de algo, y los ojos de él, esos ojos, me decían “bravo, te diste cuenta”. Me lo decía su brillo. No me dio miedo. Volví a dormirme y pensé:

- Es mentira lo del perro.

Y después pensé:

- Si estás deprimido, te salva el perro de tu infancia.

Entonces abrí los ojos y no era de día como antes. Estaba oscuro. Encendí la luz. No había perro. Adiviné el bulto detrás de la cortina. Me alegré; fui hasta allí. La descorrí. Estaban todos los huesos apilados, de colores, como para encender una pequeña fogata.

 

Mi hermana Machi suele venir los viernes, a tomar mate y conversar. Me extrañó que no se acordara de Yerri Kent. El caniche pasaba mucho tiempo con nosotros, de niños. Machi no se acuerda porque tiene problemas de amnesia. Quiso verlo y le dije que estaba durmiendo en la terraza, al sol. Pero después entré a la cocina a cambiar la yerba y vi a Yerri debajo de la mesada. Los repasadores colgantes le hacían de cortina, y él estaba atrás, entre la cesta de papas y la de cebollas.

- Aquí está, Machi -dije.

Arriba de la mesada había una botella de vino sin destapar, un vaso dado vuelta y el paquete abierto de Cruz de Malta. Busqué una cuchara.

- ¿Adónde? -dijo Machi.

- Acá, vení.

Ella entró a la cocina y yo acomodé la bombilla en el mate. Cebé y se lo pasé. Mi hermana me hizo un gesto de mentón, intrigadísima.

- Ahí abajo -señalé.

Nos agachamos como si fuéramos a contemplar a un bebé en su moisés. Corrí las telas. Mi hermana sorbió el mate hasta que hizo ruido.

- Ahí abajo no hay nada -dijo.

 

Igual lo sigo teniendo, igual lo quiero. ¿Cómo voy a temerle a mi caniche de la infancia? Me encanta que sea así, que aparezca cuando lo necesito, cuando quiero acariciarle la cabeza porque estoy triste, o porque tengo ganas de volver a jugar. No come, no duerme, no ensucia. Le tiro el palito y me lo trae.

En este tiempo raro aprendimos varias cosas, los dos. Yerri descubrió que ya no necesita fingir, porque sabe que sé. Y yo aprendí que la mascota ideal no es un perro al que queremos, sino el fantasma del perro que tuvimos.

   

INTERROGATORIO

- ¿Vino a cumplir una venganza?

- No.

- ¿Le ha quedado algún acto pendiente de realización?

- No creo.

- ¿No cree, o no?

- Simplemente no.

- ¿Tiene algún consejo o recomendación que se había olvidado de darnos, y ahora se acordó?

- Mnnn… no.

- ¿Alguna deuda para cobrar?

- Tampoco.

- Entiendo. Se trata de una misión, viene a ayudarnos. A darnos la solución a algún problema que sólo desde ese estado puede solucionarse.

- No veo ningún problema, ni tengo ninguna instrucción para ustedes.

- ¿Extrañaba? Sus cosas, por ejemplo, sus lugares…

- Para nada.

- ¿Se sentía solo?

- Siempre estuve acompañado.

- ¿Alguien lo invocó?

- Que yo sepa…

El malhumor infló las mejillas en la cara del Juez.

- ¿Nos quiere explicar, entonces, por qué ha resucitado?

- No sé –dijo el fantasma-. Ni siquiera sabía que estaba muerto.


ESTACIÓN

Con la leve impresión de estar llegando a un lugar nuevo, arribó a una estación y alguien le dijo que era el infierno. ¿Fue un pasajero o el guarda, mientras manipulaba sobre el mecanismo para abrir las puertas? En el piso de chapa del vagón había dos gotas rojas. Cerró los ojos. No iba a aceptar ningún infierno porque era joven y porque su madre lo estaba esperando con la cena. El guarda dijo “terminal”, y a él se le puso la piel de gallina. Las puertas se abrieron. Una niebla blanca desdibujaba las letras del cartel con el nombre de la estación. Se bajó. El tren, contra lo que el guarda había dicho, siguió viaje.

Sobre la plataforma unos adolescentes escribían la pared con aerosoles. Eran tres, dos varones y una mujer; se codeaban, nerviosos. La pintada decía “mueran los niños”. El cartel decía “CASTELAR”.

Delante del bar del andén un hombre alto y seco apretaba su saco contra el cuerpo, aferrado a un vaso de vino en el que casi tenía sumergida la nariz. Tosió sobre la boca redonda de vidrio, y se salpicó el pecho y el mentón. El joven pensó que no había oído el sonido de la tos.

Una señora empezó a mirarlo. Estaba muy seria; lo tocó en el hombro y le dijo algo. Él tampoco pudo descifrar esas palabras. Se llevó las manos a la cara, pensando “ojalá recuerde cómo llorar”. Imaginó su rostro convertido en una máscara brillante, de cera, con todos los gestos quietos y dos pozos negros en lugar de los ojos. “Volví”, susurró, desde la hendija de la boca. “¿Qué?”, dijo la mujer. Él la miraba desde atrás de la máscara, con los ojos fijos clavados en el centro de los dos pozos. “Volví del infierno”, se dijo en secreto, mudo. Y empezó a caminar, con el alma borracha de espanto.

Se detuvo frente a su casa, invadido por un sentimiento de desconfianza. La llave giró en falso en la cerradura. La puerta se abrió.

En la cocina estaba reunida casi toda su familia. Cenaban. Habían venido algunos tíos, una de esas tías viejas cargaba un bebé entre los brazos. “Hace tanto que no nos visitaban”, pensó, “que no recuerdo ni sus nombres”. Ellos lo miraron amablemente. Todo estaba igual, aunque sin sonido (el vino llenando las copas, el roce de los cubiertos). ¿Se habría quedado sordo? Tal vez, sí, temporalmente sordo. En mitad de la duda lo sorprendió la voz de su propia madre. Le dijo algo así como “sentate, querido”, con un tono tan grave que le costó reconocer.

Intentó encender el televisor. Apretó varias veces la tecla, pero la imagen no aparecía. Verificó que estuviera enchufado. “¿No anda?”. Su madre levantó la vista del plato para decir “no”. Pero no lo dijo. Sólo hizo un gesto abriendo la boca vacía de palabras, y sonrió. Él recibió la sonrisa como un adorable regalo de la realidad, como un alivio. No le importaba ninguna otra cosa: había vuelto a su casa y ahora estaba sentado a la mesa con sus parientes, con su hermano menor y sus tíos. Aquella era su familia y todos cenaban junto a él, sin advertir que el aparato no funcionara, o los ravioles no tuvieran gusto. “La comida preferida de mamá”, pensó. Un par de detalles no iban a empañar este regreso, la infinita alegría de haberse escapado del tren.

Estaba concentrado en sus pensamientos cuando alguien lo pateó por debajo de la mesa. Al principio supuso que sería una broma, porque su hermano, que estaba sentado a la derecha, comenzó a reír. Después se volvió una cosa molesta, porque era como si le acariciaran sobre los pantalones, y sintió miedo. De nuevo ese miedo al regreso. Su hermano se había distraído, y ahora la madre era la que lo miraba y se reía. Los hombros de ella se movían hacia arriba y hacia abajo, descubriendo el trabajo escondido de sus manos sobre las piernas del joven. Él apartó la silla. Se agachó por debajo de la tabla de la mesa para ver qué pasaba. Levantó el mantel colgante como una cortina. Su cara volvió a endurecerse totalmente, sin siquiera parpadear. “Es imposible”, pensó. Ellos, todos los que ahí estaban, no aparecían por debajo de la mesa. Ni sus piernas, ni sus zapatos, ni la pollera de la madre, ni las caderas de sus tías; sólo el esqueleto de las sillas vacías y el telón del mantel.

Se levantó. La idea de saberse frente a una escenografía montada para recibirlo, para atenuar su desesperación, lo puso más pálido aún. Los espectros devoraban sus pastas. Sin detalles, ni gustos, ni ruidos. Le indicaron que se sentara, que no había por qué asustarse.

- Es una bienvenida –dijeron.


12.15.2021

EN LA RUTA

Algo falló en el kilómetro trescientos. Sé que era el trescientos por el mojón que está antes de la llegada de las casitas. El Dodge tironeó hacia la banquina. La luna, helada, iluminaba el campo como la luz de un freezer. La primera casa que apareció fue un chalet bajo con el revoque roto. Un débil cartel de neón indicaba "cervezas y guiso". El jarabe me había dejado en la boca un gusto asqueroso.

Bajé del auto y lo rodeé por adelante. Mi cuerpo cortó dos veces la luz de los faros. En la otra casa -una más pequeña, casi un cuarto levantado al otro lado de la ruta- se encendió una ventana. La rueda derecha estaba desinflada. Recordé la de auxilio adentro de la baulera de casa, absurda e inútil. Apagué las luces y el motor.

El neón de la puerta chistó con un pequeño relampagueo. Cuando entré, llevaba la pelota para Sebastián debajo del brazo y la esperanza de encontrar un teléfono que funcionara.

El lugar estaba recién pintado. Era el comedor de una casa de familia, con una mesa de madera rústica, dos sillas y el agregado de un mostrador de chapa. No había olor a comida. Lo más raro eran los pájaros y la luz, amarilla, saliendo de un foco de color colgado de un cable central. Los pájaros estaban embalsamados y ocupaban los rincones superiores, atados con tanza al cielo raso.  El color de la luz convertía mi brazo apoyado sobre el mostrador en una extremidad enferma.

Desde la ventana se podía ver la ruta y el baúl del Dodge. Nadie iba a cruzarse en lo que quedaba de la noche. Mejor tomárselo con calma. ¿Cuántos años cumpliría: siete, ocho? Los dos pájaros del mostrador se tocaban los picos. Estaban pegados a una madera que decía "zorzales". Había también un diario, bastante ajado, que miré por encima sin reconocer las noticias. El titular anunciaba un doble parricidio y la foto mostraba un cadáver con el cuello cortado. "Creo que siete", estaba pensando, cuando aparecieron los ciegos.

Era una pareja de unos cincuenta años. Ella, gordita, con el pelo desordenado y dedos como ñoquis al final de brazos hinchados y breves; anteojos negros, delantal atado a la cintura. Él, también con anteojos negros, tenía un gesto desconfiado en la cara; era muy flaco, alto; no saludó. Calzaba unas botas de montar embarradas, aunque no llovía. El diario también anunciaba "violento temporal". La señora se acercó para preguntarme qué iba a cenar. Sin responder, le dije si conocía alguna gomería cerca, o si había un teléfono para llamar al auxilio. "Voy de visita a lo de mi hijo y no quiero retrasarme", expliqué. Ella no se movió. "Hace mucho tiempo que no lo veo; le avisé a la madre que llegaría por la mañana, a más tardar". "¿A Bahía?", preguntó ella. Le contesté con un "sí" parco. 

- Carlos lo va a ayudar.

Yo supuse que eran ciegos solamente por el detalle de los anteojos, ya que la mujer actuaba con soltura, sin usar bastón. Le pregunté si el guiso estaba listo. Contestó que sí, y que había lentejas o mondongo. "El que esté más rico", indiqué, sin demasiado interés, y además pedí pan, vino tinto y queso rallado.

- Los dos están ricos. No despachamos vino.

Esperaba mi respuesta con las manos apretando el diario contra la bandeja. Recordé el cartel de la puerta.

- Lentejas y un balón -dije.

La mujer dio media vuelta y salió por detrás de su marido. Él sacó unos troncos de abajo del mostrador para meter adentro de la salamandra. De la boca metálica surgió una lluvia de chispas. "Qué frío...", dije, frotándome las manos, mientras iba hacia la única mesa. El hombre giró su cuerpo siguiendo el ruido de mis pies contra el suelo.

- No tenemos teléfono –explicó-. Pero si se trata de una pinchadura, vaya del Garza, en la casita blanca. 

Señaló con su mano hacia delante, y el gesto se extendió a través de la ventana como un rayo por el campo desnudo. A menos de cien metros, la luz de la pieza se apagó. Alcancé a ver una reja abriéndose e, inmediatamente, el brillo de los faros de un auto grande que ingresaba a la ruta. Aminoró la velocidad cuando pasó frente al chalet. Percibí la cabeza de un hombre escudriñando en la oscuridad. Al fin puso las luces altas y aceleró, haciendo rugir el motor del Chevrolet 70. Me gustaba ese auto. Apoyé la pelota en la silla de al lado.

- ¿Esa pieza es una gomería?

- Sí. 

La novedad me desanimó. Una gomería era lo que necesitaba, pero el hombre se había ido. "Va a volver", dijo el ciego, “y ojalá no lo haya visto acá". Pregunté por qué, mientras recibía una panera llena de grisines, una servilleta azul y los cubiertos de manos de la señora. Carlos esperó a que la mujer volviera a la cocina, cargada de otros ruidos, para seguir hablando. Con serenidad, dijo:

- Es un mal pájaro. 

A mí me bastaba con el hecho de que supiera arreglar una cubierta; no quería enterarme de nada más. Hice crujir un grisín ruidosamente, para que notara que no estaba prestándole atención. 

- Una rapiña picoteadora de carne muerta -continuó-. Bastó bajar las alas para conocerlo. Rengo, para colmo. 

- ¿Rengo? 

- Algún problema de la infancia. Alguna parálisis que lo hace caminar levantando las rodillas como una garza -el fuego brilló en el reflejo de sus anteojos-. Por eso le pusimos Garza, de la época en que veíamos.

La mujer entró con el balón servido, el plato de guiso con el queso puesto por encima y un bol tapado, del que sobresalía el mango de una cucharita. "Buen provecho", dijo, y fue a reunirse junto al fuego. Uno de los zorzales del mostrador tenía los ojos de distintos colores, verde y rojo. Soplé el plato y me llevé la cuchara a la boca. Las lentejas hervían. Cuando la señora se animó a preguntarme si estaba sabroso, afirmé primero con la cabeza y después dije "sí, muy sabroso". Debería haberle dicho: "como comer lava incandescente", pero me callé. ¿Para qué incomodarla? Tenía el aspecto de ser una mujer agradable, de esas que envejecen como buenas abuelas. Apoyé la cuchara al borde del plato. La señora se acercó hasta tocar el canto de la mesa. 

- El trabajo de los pájaros es de Carlos -habló, como queriendo entretenerme-; de antes, claro. La taxidermia es una afición muy noble, pero se necesitan precisión y ojo de águila, no solo para cazar los animales sin destrozarlos, con balas finas como agujas, sino para operar en cuerpos diminutos, inflados por las plumas. Es un entretenimiento muy noble...

- ...salvo para los bichos -completé.

Ella juntó las manos sobre su delantal. El marido dijo: "cerrá el pico y dejalo comer al señor, que estará cansado del viaje". Ella siguió hablando:

- Lo único que no les ponía eran las lentejas de vidrio adentro de las cuencas, porque a mí me parecía que les agregaban muerte a los pájaros...

- Callate - ordenó el hombre, reaccionando por la inesperada confesión. La mujer tocó la bandeja, suspiró fuerte y terminó con crudeza lo que había empezado:

- Cuando nos quedamos ciegos, al tacto las fue agregando una a una. Esos ojos son el orgullo de Carlos.

Levantó la bandeja y salió. El hombre volvió a revolver las brasas con el palo. La expresión de su cara se había retorcido de amargura. Dejé que mi cuchara se hundiera en el plato y me sequé los labios con la servilleta. Solamente quería comer, pagar, arreglar la cubierta y seguir viaje. Tenía las manos empapadas de sudor. Me levanté para ir al baño.

Abrí una puerta que parecía comunicar al resto de la casa. Todas las luces estaban encendidas, como si se hubieran quedado ciegos en un momento equivocado del día; tal vez creyendo absurdamente que esa posición en la tecla de la luz anunciaba la oscuridad. Las puertas de los cuartos estaban entornadas. El sollozo me llegó claro. Me acerqué para mirar. Ella estaba recostada sobre la cama matrimonial, en lo que supondría la intimidad más acabada. En la pieza había también un bahiut con espejo, un crucifijo y un mural fotográfico.

Después entré al baño. Mientras me mojaba la cabeza en la pileta me acordé del mural que mis padres habían colgado sobre la cabecera de su cama, cuando yo era chico. Eran fotos mías de bebé, en varias poses. Había una con una pelota, otra con un sombrero, otra con un mono de juguete y una central desnudo, recostado sobre un almohadón. La copia era grande, en blanco y negro, con los bordes de cada episodio esfumados y montándose unos con otros como los cuadros de una historieta imprecisa. Alguien había firmado el ángulo inferior izquierdo, ¿o era un sello? Podía recordar ese cuadro. Siempre había estado ahí. Abrí los ojos y tomé otro trago de jarabe, haciéndome un buche con agua. Antes de salir, apreté el botón del inodoro.

La puerta de su dormitorio ahora estaba completamente abierta. El llanto de la mujer era más ahogado y sonaba más fuerte. Volví a acercarme. Su cuerpo, tendido de cara a la cama, vibraba como si sufriera una convulsión. Sin duda había dado en algún diálogo prohibido entre ellos, con mi observación absurda sobre la taxidermia. Me sentí con una vaga culpa. ¿Para qué me metía en lo que no me interesaba? Ya tenía bastantes problemas con llegar a Bahía Blanca por la mañana. Lo único que necesitaba era esperar a que el Garza me arreglara aquel pinchazo. ¿Para qué me acercaba hasta su cama, ahora, tratando de mostrarme comprensivo, hasta pararme delante de su mural y darme cuenta de que era el mismo de casa, conmigo, con mis fotos de chico? Un bebé desnudo jugando con una pelota, un sombrero, un mono de juguete. El almohadón. Me acerqué para tocarlo. Ella dejó de llorar. Abrí la boca en el asombro: salió un hálito callado, con el calor del guiso y gusto ácido. ¿Cómo podían ellos tener una copia? ¿Para que la mirara quién, con qué ojos? "Para mí", pensé, y las piernas me empezaron a tirar hacia la salida, como antes había tirado la dirección del Dodge hacia esta casa detenida a la derecha del campo.


En la ventana del comedor la luna plateaba sobre un Chevrolet quieto en mitad de la ruta, con el motor en marcha y las luces encendidas. Agarré la pelota. El ciego seguía parado frente a la salamandra. El Chevrolet tenía una puerta delantera abierta, y cuando yo salí y grité, vi un bulto montar en su cabina, escabulléndose desde mi auto. El coche arrancó y siguió hasta detenerse haciendo un giro, debajo de un toldo. Lo terminé de ver cuando llegué a la ruta. La luz de la gomería se encendió como un alarido. Volví hasta la puerta del Dodge y tuve miedo: a punto de subir, con las manos apoyadas en el borde del techo y en el espejito, vi el tajo. En ese instante vi uno solo, el que daba a la cubierta del conductor; después di la vuelta alrededor del coche. Alguien había roto mis cuatro ruedas con un cuchillo. "¿Qué pasó?", le grité al ciego, sacudiéndolo por el pulóver. La pelota se me resbaló del brazo, rebotó en el suelo y fue a parar a la banquina.

- No se la agarre conmigo -dijo el hombre-: usted lo vio. Pica y se vuela. Yo le digo rengo porque camina como una garza, subiendo las rodillas tan acostumbradas a doblarse en el suelo para cambiar una goma rota, o para romperla.

Di vuelta la cabeza hacia la piecita de enfrente. El frío de la noche me inyectaba puntazos debajo de la ropa. La señora se asomó a la puerta. Cuchichearon algo bajito; él asintió con la cabeza y ella movió la boca seria, como un canario sacudiéndose.

- Si gusta, tenemos una pieza -invitó.

- La de nuestro hijo -agregó él-. Va a tener que dormir en algún lado, y la fresca en el coche se la encargo...

- ¿Y el chico? – pregunté, pasándome las manos por los brazos.

- No está -contestaron, a coro. El hombre dijo:

- Es una cama muy cómoda, en una pieza caliente. Puede quedarse hasta mañana.

- También puedo ir a buscar a ese hijo de puta.

Ella carraspeó. "No se lo aconsejamos", dijo, por los dos.

- El Garza es un individuo peligroso, mejor evitarse problemas.

Pensé en lo que había visto. Miré hacia la ruta: la luna, la pelota y la luz de un cuartito que se apagaba, disuelta en la materia congelante de la noche. Estaba tiritando cuando volví a cruzar la puerta.


Me senté, aunque ellos insistían en que había que irse a dormir, porque era tarde. El hombre lo dijo casi retándome. Me pareció absurdo. Le pedí un café a la señora y me trajo un café con leche en una taza enorme, más un plato con tostadas y manteca. Cuando volvió con un frasco de dulce le expliqué que solo quería café, para calentarme. Ella insistió en la leche, porque " es tan buena para crecer". Dijo "crecer" con énfasis, para que yo lo notara bien, y le puso un largo chorro de miel. El líquido parecía jarabe caliente. Carlos volvió a entrar al comedor, en pantuflas. Se acercó a darme un beso. "No te acuestes tarde", dijo. Agregó que encontraría mi piyama debajo de la almohada.


La habitación era pequeña, con vitrinas repletas de objetos infantiles y fotos en portarretratos. Había una sola ventana y un placar. La ventana estaba atornillada al marco. Un tejido de alambre hexagonal la cerraba desde afuera, y convertía la habitación en una celda frágil.

El de estas nuevas fotos también era yo, o alguien muy parecido. Del techo colgaba un avión a control remoto, con una inscripción: "SP5V". Abrí el placar; en las perchas colgaban sacos y pantalones de alguien que no mediría más de un metro veinte. Adentro de un cajón encontré una colección de aviones grises a escala, algunos rotos o sin alas y un banderín del "Club del Vuelo". Eran doce piezas, que ordené sobre la alfombra: Messerschmitt, Lockheed, Hawker Tempest, Pucará, Pientempole, Hurricane, Concorde, Gloster Gladiator... Después los volví a guardar por si me descubrían, y me metí a la cama con un portarretratos. La foto más grande era la que había sido enmarcada. Me mostraba a una edad de ocho o nueve años, con la cabeza metida adentro de una jaula bastante amplia, de finos barrotes de alambre. En la segunda foto, más chica, estaba junto a un amigo y a un perro en el campo, con el avión a nuestros pies y una antena detrás, lejos. En la tercera aparecía abrazado al avión, que era enorme para mi cuerpo flaco; al lado, de pie, Carlos. Digo Carlos por las botas embarradas, porque la cabeza se recortaba en el borde blanco a la altura del mentón.

Me senté en la cama, observando hacia afuera. La ventana era un cuadro inamovible: la línea del horizonte y el disco claro de la luna. Antes de cerrar los ojos, recordé lo que significaba la sigla del avión: "Se Perdió 5 Veces”.


Soñé hasta que tocaron a la puerta. Yo era chico, y una madre sin rostro me quitaba la pelota y le hacía un tajo con una tijera. Me desperté bañado en sudor. Tomé el último trago de jarabe sin sentir asco, con el gusto instalado en la boca.

- ¿Quién es?

- Nosotros. ¿Estás bien?

- No pasen.

- Tenemos una sorpresa...

El picaporte tembló. Entraron cantando "cumpleaños feliz". No tenían puestos los anteojos; sus párpados estaban cerrados. En las manos traían la bandeja de chapa con una torta con nueve velas encendidas. Acomodé mi espalda contra la cabecera de la cama, sentándome sobre la almohada. También traían una pala de acero para servir, afilada en punta. Cuando terminaron de cantar apoyaron las cosas sobre el acolchado y comenzaron a aplaudir. Ella se sentó a mis pies. La torta estaba recubierta de crema y tenía pegado un colchón de plumas negras.

- ¿Qué día es hoy? -pregunté.

- Cinco de julio.

- ¿Cómo sabían que era mi cumpleaños?

- Papá y mamá lo saben todo -fulminó ella.

Soplé las velas. Ellos volvieron a aplaudir, apretando más los párpados. Tomé la pala para cortar una porción de torta. Ellos esperaban, quietos; la señora se levantó cuando me oyó gritar. Yo también me había parado, casi siguiendo la ruta del miedo al sentir el movimiento, un aleteo vivo debajo del corte. Los dos seres levantaron los párpados, exhibiendo sus pozos negros. Mi mano, independiente, enérgica, dio una estocada entre los pechos blandos de la señora. Las telas se fueron separando receptivamente al paso de mi punción: la del pulóver, la de la remera, la de la enagua y el centro del corpiño armado. Tuve la impresión de que ella se inclinaba buscando clavarse en la punta de acero, que yo mantuve rígida. Su cuerpo se derrumbó.  Después busqué detener mi mano, sujetándola fuertemente con la otra. Pero el hombre se acercó hasta apoyar las venas inflamadas de su cuello en el comienzo del corte. Luego giró la cabeza hacia ambos lados y cayó degollado, sacudiéndose sobre la alfombra. Solté la pala y salí al pasillo, después al comedor y a la ruta. En la corrida pisé, sin querer, los pares de anteojos que ellos habían abandonado sobre el mosaico del piso, delante del umbral de la puerta.


La ruta seguía vacía. ¿Correr hacia Bahía Blanca? Me temblaban las piernas. Caminando hacia la gomería, la cinta de asfalto se volvió resbalosa y corta. En un momento giré la cabeza hacia atrás y vi mi auto y la casa a medio derrumbarse. Las luces se habían apagado. El pasto crecía a la entrada como una presencia inaudita del resto del campo. La columna del porche estaba partida.

La luz de la gomería se encendió antes de que golpeara las manos. Estaba llorando, transpirado, con el cuerpo abatido en la víspera de un desmayo. Todos los músculos puestos en el pedido de auxilio. De adentro salió un hombre esmirriado y de perfil aguileño, escurrido adentro de su saco. "Ayúdeme", le supliqué. El hombre se acercó para atajarme por debajo de los sobacos.  Caminaba con pequeños saltos y movía la cabeza como si tuviera hipo. La falta de coordinación entre mis pasos y los suyos me mareaba más. Entré colgando de su abrazo. 

La casa era una habitación con un piletón lleno, una cama, una garrafa con hornalla, una silla y montañas de cubiertas. Un neumático enorme, de tractor, flotaba sobre la superficie del agua de la pileta. La cama estaba deshecha; él se sentó. Yo me aflojé en la silla y desde ahí lo vi apoyar una pava sobre la hornalla. Al lado del calentador había dos canillas con baldes y un compresor chiflando aire. Me acercó una taza. "Usted dirá", dijo, secamente. Era un agua marrón, sin gusto; la tomé para aflojar la boca. Observé que las zapatillas le bailaban en los pies.

Empecé a contar, casi sin fuerzas. Hizo pocas interrupciones, salvo para referirse a algún detalle. Le pregunté por qué había destrozado mis ruedas, y se rio. Despreocupadamente, como si la explicación fuera de lo más natural, dijo que no era la primera vez que pasaba algo así, y que él no había tajeado las cubiertas. "Sino usted mismo, en un ataque de locura".

- Lo vi hacerlo. Paré el coche y me bajé. Cuando entendí lo que pasaba, era tarde. Con algo parecido a una cuchara de albañil, usted estaba empecinado en destrozarlas.

- No tiene sentido -dije, respirando aceleradamente.

- Sí, sí -dijo él, acompañando la repetición con un movimiento afirmativo de cabeza-. Y le voy a explicar por qué, si me permite. 

Me preguntó si venía tomando algún remedio, o estaba en grandes preocupaciones. "Tomé jarabe para la tos y voy al cumpleaños de mi hijo", dije. "No lo veo desde que era bebé". Él movió la boca hacia afuera varias veces, como chupando de una bombilla invisible. "Pude haberme dormido por el jarabe...", asentí. "Ma' qué jarabe", dijo.  "Lo que a usted le pasó fue noticia, veinte años atrás". Recordé el periódico viejo sobre la mesa.

- Yo era joven -comenzó a contar-, y aquella noche había sentido gritos. Cargué la escopeta y salí a la ruta. Estaba muy oscuro; al hijo de los ciegos lo vi cuando en el cielo explotaron algunos rayos. Un brillo le iluminó la cabeza y otro el cuchillo. Estaba embarrado hasta la cintura y se reía como un payasito.

El Garza tosió y tomó un trago de su taza. Alargóel brazo hasta alcanzar la pava, sin levantarse. Volvió a llenarla de agua y la arrimó al calentador.

- El chico había quedado muy mal del coco, pobre, desde la ceguera de los padres -se golpeó la cabeza con un dedo tan fino como un lápiz-. Hasta el año anterior al achure ellos sabían dormir con los pájaros vivos adentro de la pieza, para irlos disecando de a poco. Dicen que si el animal toma confianza después tarda más en apolillarse. Cosas del oficio. Habían puesto tejido de alambre en las ventanas. La casa parecía una gran jaula.

El compresor dio un largo soplido final antes de detener su movimiento. El Garza miró de reojo hacia ese rincón, luego hacia la pava, y continuó.

- Una noche los pájaros enloquecieron, atacaron. Les dejaron las cabezas como sandías caladas. El chico entró al dormitorio y encontró a sus padres enredados entre sábanas rojas, a puro grito, con los ojos picados.

Hizo silencio; chupó dos veces aire y cruzó torpemente una pierna sobre la otra. Apagó la hornalla.

- Ya ciegos, se pusieron pesados. Más pasaba el tiempo, más exigentes estaban con el chico y con todas las cosas. También sé que le pegaban, cuando lo podían agarrar. Hasta que llegó el día de su cumpleaños. El cuchillo que usó fue uno de la cocina. Eso dijeron los diarios. El que usted y yo leímos es el del día siguiente del crimen, y se lo habrá olvidado un policía.

- ¿Usted leyó ese diario?  -le pregunté.

- Claro -dijo, sonriendo-. Pero no esa noche, sino diez años después, cuando la escena se repitió por primera vez. Yo fui el único testigo y el primero en sufrir la repetición. Todo el día había estado maliciando algo. La noche era clara como la de hoy. Me asomé varias veces a la ventana, hasta que vi la luz encendida. Me puse el abrigo y salí.

El hombre movió su cadera en el colchón, como si ajustara el encastre de sus articulaciones. La cama hizo un crujido leve.

- Crucé la ruta y llegué a la casa, que estaba iluminada, como nueva... Imagínese mi miedo, si yo sabía que nadie la habitaba. Pero entré igual. Allí estaban ellos, los ciegos, como antes, sentados a la mesa. En el medio había una torta con velas. El viejo me entregó el cuchillo por el mango. Lo apreté. Ellos buscaron el filo como imanes. La carne se les abrió igualito a lo que contó usted.

Se calló para descruzar sus piernas. Con sus manos levantó el muslo derecho como si le doliera, o el movimiento le molestara un poco.

- ¿Y después?

- Nada, hasta hoy. Me sacaron de ahí atado a una camilla. Era puro espanto y grito. Estuve casi un año internado en el neuropsiquiátrico de Bahía... El mismo en el que todavía está internado el chico. Debe tener como treinta. Yo salí, él no. Mire si no le voy a creer lo que me cuenta.

La taza se me resbaló de las manos. "Necesito otro café", le dije.

- Era té -dijo él, sonriendo.

Se levantó. Sacó una manta de la cama. Todavía no había amanecido. Recogió mi taza del suelo y la llenó de agua. Le puso un saquito y luego, con un trapo rejilla, lo vi secar el piso. ¿Iba a soportar esa mentira, esa historia de fantasmas? "Dame fuerzas, Seba; voy a llegar a Bahía y abrazarte para siempre..." Apoyó la manta sobre mis piernas heladas.

También dijo que esperaba otra sorpresa para este nuevo aniversario, y por eso se había volado un rato, en su coche. Pero después se quedó con la duda. Al pasar, había visto el Dodge. "Buen fierro", agregó.

- No creo que les haya hecho mucho daño a las cubiertas, con esa espátula…

- ¿Le parece? Mire que una se vino desinflando por el camino.

- Ahora le preparo el repuesto y cuando salga el sol se la cambio -dijo.

- Por favor –rogué-. Quiero irme cuanto antes.

El Garza asintió. Descolgó una cámara con ayuda de un gancho y la aferró con precisión entre las manos. Sus movimientos eran seguros, salvo el bailoteo de esos pantalones enormes y del calzado, que hacían imaginar dos piernas de ramas terminadas en apéndices mustios, de minusválido.  Infló la cámara y la metió adentro del piletón. Mi cuerpo tiritaba sin parar.  ¿Iba a poder manejar en ese estado?  Pensé en Bahía Blanca como en un paraíso, el lugar al que había que llegar para salvarse. Cerré los ojos. Oía el traquetear del compresor, el ruido del agua. Sorbí el líquido tibio de la taza. Lo sentí bajar, depositarse en mi estómago. Aspiré el aliento largo de la tierra sobre aquellas ruedas viejas; la dulzura distinta de la goma mojada. Mi cuerpo entero aceptaba la explicación del Garza. Mi razón debía aceptarla, para poder seguir. "Un mal viaje", pensé. "Aquí no pasó nada, Sebastián". Abrí los ojos.

En el ardor de su oficio, absorbido en su propia maniobra, el hombre había perdido una de las zapatillas, que había caído al costado de la pileta. Por debajo del ruedo del pantalón asomaba una garra de ave con tres dedos extendidos, coronados en afilados espolones para descarnar.


1.12.2021

RETIRO

 

Me aparecí en la casa de su madre en Vicente López. Tomé un tren desde Lisandro de la Torre. Carolina estaba ahí. La madre le dijo algo, pero ella no se asomó. El perrito me ladraba. Escuché la voz de Caro gritando que no quería hablar conmigo y que por favor ya no insistiera, y vi a la madre apretar los labios. Le dije “Maricarmen…”, como pidiéndole que la hiciera reflexionar. Me cerró la puerta en la cara.

Lloré un poco parado en el andén. El tren abrió sus puertas y me tragó.

Cuando entré al vagón, toda la gente tenía la cara de Carolina. Bastó sentarme, para notarlo. No había tomado alcohol ni fumado. Enfrente de mí iba sentada una pareja; a mi lado iba la hija. Me dio impresión la madre: era como la madre de Carolina pero con la cara rejuvenecida y ajustada a la de ella. El hombre era grandote, y su pelo corto también enmarcaba con justeza los rasgos de mi ex (cómo me cuesta llamarla de esta manera, ¡y desde ahora será así para siempre!).

La niña era la más grotesca: la cara de Carolina la volvía adulta en un cuerpo infantil. Traía un vestido anaranjado, que hacía más evidente el contraste. Desvié la mirada hacia la otra fila de asientos. Había dos obreros y una anciana con una cartera de cuero; una mochilera, tres adolescentes y una chica gordita que sostenía un bebé. Cada uno llevaba la cara de Carolina. La chica me sonrió. La nariz adulta, ajena, convertía al bebé en algo horroroso. En el vagón no iba nadie de pie.

No eran máscaras: los rasgos eran reales, vívidos. Cerré los ojos y conservé mi oscuridad hasta Rivadavia. De alguna manera fue inútil; adentro de mi cabeza también estaba ella.

En la estación subió una Carolina embarazada. Le cedí el asiento y ella me dijo “gracias, Gustavo”. Dejé pasar mi nombre; seguramente había escuchado mal. “No puede saberlo, a pesar de tener esa carita. No puede saberlo porque no es Carolina, sino un producto de mi imaginación”. Examiné de reojo todas las cabezas. Me di vuelta, me agarré de un manillar de la otra fila y repetí subrepticiamente la revisión. Sentí que algunos se habían dado cuenta y estaban molestos; Carolinas molestas, la novedad de estos días. ¡No me atendió sabiendo que había hecho todo ese viaje para verla! Una ingrata. Un joven negro puso su mejor cara de ingrata en cuanto lo miré. Tenía otro color de piel pero los mismos ojos, el mismo lunar a la izquierda del labio superior, las mismas  pestañas ondeadas. Sólo que era pelado. El pelo de la gente no acataba las reglas de mi alucinación.

Entonces exploté. Iba ubicado en mitad del vagón; para irme tenía que caminar diez pasos hacia una punta o hacia la otra, y habré supuesto que haciéndome el corajudo quizás podía pasar al coche siguiente. No alcancé a distinguir si mi problema continuaba o estaba reservado al lugar en el que viajaba parado. Explotar para mí conlleva un instante de furia no perceptible cuando me miran: suelo parecer controlado el segundo antes. Pero me conozco, y no.

- Esto que está pasándome es una ficción –dije, a la pequeña multitud de gente sentada. Me di vuelta para repetirlo a los que estaban a mi espalda. – Todos ustedes se parecen a Carolina; yo sé que hay una sola y está en su casa. Sin embargo, todos llevan sus facciones. Eso es imposible. O todas son caras falsas, o todas menos una.

Supuse que tal vez mi novia, arrepentida a último minuto, podía haber corrido hasta la estación para buscarme entre la gente en el momento en el que el tren llegaba. ¿Mi novia, dije? La idea de que hubiera una verdadera entre los pasajeros era tan absurda como la repetición. Continué, como si les estuviera vendiendo algo:

- Con todo respeto, voy a pasar por sus ubicaciones para preguntarles datos: el nombre de su mamá, el de su gato, el de su hija…

Y acá mentí, porque Carolina tiene un hijo, Martín. La mentira era una zanahoria para hacerlos caer. Fui hasta el final del pasillo. El otro vagón tenía el mismo problema. Un frío de bisturí me recorrió la columna vertebral. La única escapatoria era bajarse; el tren, como si me leyera el pensamiento, aminoró su velocidad. Por las ventanillas vi operadores trabajando sobre las vías. Todos, sin distinción, llevaban la cara de Carolina. El mundo se había convertido en mi obsesión.

- Y les voy a preguntar cosas más raras, que nadie más que ella sabe.

La chica del bebé levantó la mano. La señalé, como dándole permiso.

- Mi mamá se llama Maricarmen y mi gato Fripp. Y no tengo una hija sino un hijo.

El bebé abrió la boca para agregar, con voz tosca:

- Martín.

Me quedé paralizado. Otro levantó la mano, pero no le di permiso para hablar. No había nada más que contestar; a tres preguntas, tres respuestas. Lo grotesco de ver hablar al bebé hizo que me empezaran a temblar las manos. Las metí en los bolsillos para disimular. Volví a caminar hacia las puertas de mitad del vagón, donde se ubican los músicos cuando quieren captar la atención de todos. Lo hice muy lentamente, como el andar del tren. Las miradas me siguieron.

- Vamos a una pregunta difícil. Cuando empezamos a salir me operaron de algo. ¿Qué era?

Nadie podía saber esa respuesta, más que ella o yo.

- Almorranas –dijo un señor vestido de militar-. Aunque usted dijo que se trataba de un quiste.

El vagón irrumpió en una risa estruendosa que me hizo tambalear. Duró unos segundos; me dio la impresión de que todos detuvieron su carcajada al mismo tiempo. Decidí seguir inmediatamente.

- ¿Cuál era el nombre de la chica con la que yo estaba saliendo antes de salir con Carolina?

- María Fernanda –dijo la señora que había visto al principio.

- Y no es que era de antes, superpusiste las relaciones –me retó la embarazada.

- Bribón –agregó el militar, muy seriamente.

Comprendí que allí estaba pasando algo peor que una alucinación. Yo jamás hubiera utilizado la palabra “bribón”. Menos, “almorranas”. Hubiera dicho hemorroides, como todo el mundo. Ese militar tenía entidad propia.

- No se le hace eso a una mujer que te amó –concluyó la señora que había contestado correctamente.

Decidí hablar como si lo hiciera con la propia Carolina. Multiplicada, pero ella.

- ¿Y mientras salimos, con quién te engañé?

No podía saber la respuesta porque el engaño había pasado inadvertido. La niñita del vestido anaranjado se paró en su asiento. La madre atinó a atajarla por si se caía, pero el tren iba tan despacio que no parecía haber peligro. Fue un reflejo, nomás. La nena le hizo un gesto para que no se preocupara, y me miró. Dijo:

- Con tu traductora al francés.

- ¿En qué circunstancia? –indagué.

- Mami, ¿qué es “circuntancia”? – cuchicheó la nena.

Me corregí antes de que la señora le pudiera explicar.

- ¿En qué momento pasó? –dije.

La nena lo pensó poniendo las pupilas hacia arriba. Los ojos negros que amé, un poco más pequeños, pero con las mismas hermosísimas pestañas alabeadas.

- La mujer vino a dar una charla sobre traducciones a la Alianza. Y te quiso ver. Vos fuiste al hotel “Decó” donde ella paraba. Y le diste muchos besitos.

La madre la detuvo para que no siguiera hablando. La sentó. Ella se acomodó la pollera naranja. Sonreía mientras lo hacía.

- Cuando la francesa te dijo que iba a visitar a Leticia, te pusiste loco, Gustavo. Porque Leticia es nuestra amiga –agregó-. Y le tuviste que explicar a la francesa que estabas saliendo con nosotras, y que por favor te guardara el secreto. Que no le dijera a Leticia que había estado con vos, porque si no Leti nos iba a contar. E ibas a tener un problema.

- Bueno -sonreí con desafío, aunque la sonrisa me temblara -, por fin un error. La traductora no es francesa.

La madre le dio un chicle a la nena. Antes de metérselo en la boca, la nena dijo:

- Es canadiense. Pero la llamé “francesa” porque vos la llamás de esa manera. Cogerte una francesa era un sueño que tenías.

La madre le dio un sopapo. El padre también la retó. Me temblaba el cuerpo cuando se me ocurrió la siguiente pregunta. Hablar me quitaba un poco la sensación de horror. El corazón se me salía del pecho. Si el tren hubiera caminado a la velocidad de mis latidos, habríamos llegado a Retiro hace rato.

El padre giró la cabeza para mirarme, estaba enojado. Como si yo fuera el culpable de que su hija hubiera conjugado el verbo “coger”. Agregó:

- Y no fue con la única, la engañaste otras veces.

- Está muy bien que te hayamos dejado –participó la señora.

La nena lloraba y se acariciaba la mejilla. Seguí:

- Ignoro cómo lo saben, pero es cierto. Me da vergüenza reconocerlo. Apenas empezábamos a salir, me fui con María Fernanda al sur. –Tenía los dientes a punto del castañeteo-. Vos creías que me iba solo. En un momento subimos una montaña. Estábamos por tirarnos por un cable que pendía de las alturas. Era una especie de deporte. Yo dudé. Pero algo pasó, al final. Quiero que alguien me diga si me tiré, o no.

El guarda entró al vagón y caminó hacia donde yo estaba, circunspecto. Era horrible ver la cara de Caro también en esa cabeza encanecida. Revoleaba la llave de abrir las puertas. La metió en la cerradura, para convertir la apertura en manual, aunque estábamos lejos del andén. Vi mi oportunidad de escaparme cuando él abrió una de las hojas. La escalerita de seguridad colgaba del costado. El guarda asomó la cabeza para mirar por qué el tren no arrancaba y después metió su cuerpo otra vez en el vagón. Cerró la hoja, me observó a los ojos y me dijo, en un susurro:

- No te tiraste.

El negro participó con su voz grave:

- Sos un cagón. Un hombre cagón.

El guarda se dirigió hasta la otra punta, con su traje gris con la leyenda “Ferrocarriles Argentinos” en la espalda. Había alcanzado a leer el nombre en su tarjeta plástica: Héctor Domínguez. Toqué disimuladamente la puerta exterior para intentar abrirla, pero estaba nuevamente trabada. El tren volvió a arrancar. Carraspeé cuando la espalda de Domínguez desapareció del pasillo.

- Hasta acá todas las respuestas han sido correctas –reflexioné, en voz alta-. Pero las últimas no eran posibles de responder por Carolina, porque no las sabía. O sea: ustedes no son ella, sino yo. Un producto de mi mente cansada.

Pensé en cerrar los ojos y rogarles que cambiaran sus facciones por las mías, porque estaban equivocadas, pero me pareció peor. Al menos Carolina era otra persona. Alguien ajeno a mí, cada vez más (así me imaginé que sería, hasta olvidarla completamente). No quise pasar por ningún cambio. La estación estaba por aparecer, y con ella tal vez la finalización de la experiencia. Sé que no soy un cagón. No me tiré porque sufro de vértigo.

- No hay otro modo de entender qué está pasando –continué, dándome coraje-. Dos cosas: primero, me da cierta garantía de que lo que sucede no es el absurdo más absoluto, sino un acertijo que tengo que resolver.

- ¿Y segundo? –preguntó alguien con la voz exacta de Carolina. Ese timbre desafiante que hasta ahí no había oído. El timbre que me dejaba perdedor en la totalidad de las discusiones domésticas. La mochilera levantó la mano para que supiera quién había hecho la pregunta.

- Lo segundo es que mi mente está tratando de humillarme. Todos ustedes, el vagón entero, se rio de mí en las respuestas. De una manera sobreactuada, además. Una parte de mi mente quiere doblegar a mi razonamiento. Estoy despierto y ustedes no existen.

Dije mi argumento con convicción. Di un paso adelante para detenerme en el medio del pasillo. Un viejo con boina se asomó al respaldo de su asiento para mirarme. Llevaba un ejemplar de La Prensa arrugado en una mano y un bigote espeso le subrayaba la nariz de batata. Se quitó los anteojos. Tenía una catarata en el derecho y las mejillas llenas de pozos.

Giré como si alguien me tocara en la espalda. Las mujeres ahora eran mujeres comunes, y los hombres, comunes también. Cada uno con su cara. Gente normal. Empecé a recorrer el pasillo para encontrar alguna Carolina; no había. Los fui mirando cara por cara. El negro levantó los hombros, peleador. La embarazada era bizca: se preparó para bajar. Respiré hondo. No me podía ir sin darles una explicación.

- Discúlpenme todos, pero tuve una breve alucinación. Disculpen mis preguntas, las hice para…

¿Saber, averiguar, resolver? ¿Cuál era el verbo correcto para incitarlos a revelar mi intimidad con ella, la que ahora era mi ex después de dos años de noviazgo y tres de convivencia? Nadie me estaba prestando atención. El viejo del diario se paró y fue a ubicarse al lado de la embarazada, preparándose para cuando el tren frenara en el andén. Faltaban como diez cuadras. La indiferencia de los pasajeros me hizo pensar si habría hecho realmente alguna pregunta, o si ese diálogo también habría sido parte de la ilusión. No me iba a ir con la duda, ahora que estaba más tranquilo.

- ¿Hay alguien aquí que pueda contestarme? No les voy a pedir plata, ni a venderles nada…

Todos se hicieron los distraídos. Alguno miraba hacia afuera, otros revisaban los celulares. Empecé a caminar por el pasillo otra vez.

- Quiero saber si hace un instante los interrogué acerca de episodios que me sucedieron.

La gente no me estaba escuchando. Los adolescentes y la mochilera se pusieron auriculares casi al mismo tiempo, como si lo hubieran coordinado, para aislarse en su totalidad. Subí la voz.

- ¡Atención! –pedí.

Había gritado; la nena de anaranjado se asomó para ver por qué. Tenía ojos de japonesa. Su madre la bajó de un tirón.

- Quiero que uno me conteste –dije, con voz de ruego-. Me acaba de pasar algo muy extraño y necesito terminar de resolverlo. No voy a perjudicar a nadie. Si alguien me regala un minuto de atención, le hago una pregunta y se acabó.

Las miradas me rechazaban. Señalé al padre de la nena con el dedo. Tenía una cicatriz en la cara, debajo del ojo izquierdo. También era oriental.

- Usted me debe haber escuchado preguntar por el nombre de un gato.

Me miró asustado, como si no supiera de qué le hablaba. La cicatriz era un tajo de cuchillo, mal cosido. Busqué a la chica con el bebé.

- Usted contestó a mis preguntas. Sabía el nombre de la madre de mi ex, del gato y… -me costó reconocer este detalle- el bebé sabía el nombre del hijo de Carolina.

- No sé quién será esa Carolina -dijo-. Los bebés no hablan.

¡Había ocurrido hacía un instante! Desde ese punto del recorrido el tren empezaba a disminuir su velocidad para tomar la curva.

- Pero sí creo que me preguntó algo –agregó la chica. Sonrió.

- Ah, qué alivio...

- No estoy segura, de todas formas.

El negro se paró. Llevaba una valija de madera de esas que tienen relojes para vender, y una camiseta verde loro. Señaló al militar.

- Él sugirió que usted había tenido hemorroides. Utilizó una palabra desconocida para mí, y le tuve que preguntar a mi acompañante.

El militar dijo “¡almorranas!”, con una voz aguda. Todo el vagón se rio como había sucedido antes. La voz del negro y la del militar eran femeninas, y con el mismo timbre desafiante, ganador, que había utilizado la mochilera y la chica del bebé. Vi al bebé removerse en sus brazos y abrir la boca para repetir, cuando todos dejaron de reírse con la carcajada franca con la que Carolina disfrutaba de mis chistes, en épocas mejores:

- Martín.

Si no hubiera sido horroroso, habría sido hasta cómico.

- ¿No era que los bebés no hablaban?

- Habrá aprendido. Es una nena –dijo la chica-. Lina…

El tren se detuvo y las puertas se abrieron. Lisandro de la Torre. No había parado en Núñez, ni en Belgrano. Salí atontado, aunque quería ir a Retiro. La embarazada se perdió rápidamente escaleras abajo. Al pasar, el viejo con boina puso el ejemplar de La Prensa sobre mi pecho, abierto en la página de los obituarios. Lo sostuve para que no cayera al piso. Las puertas se cerraron a mi espalda.

-¿Vas a volver a Vicente López? –preguntó el viejo. - ¿Hasta cuándo con lo mismo? Así nunca vas a llegar.

- A Vicente López fui una sola vez…

- Van como seis.

- Mentira.

- Si no son seis, son cinco. Te pasaste la mañana viajando.

Dio media vuelta y desapareció en las escaleras. El andén estaba desierto. Hacía mucho frío, como antes de una nevada. Dejé el periódico sobre un banco. Bajé también, pero en lugar de encarar hacia los molinetes me vi frente a las escaleras mecánicas de subida, del otro lado del andén.

“Va a estar en lo de la mamá. Le va a gustar verme de nuevo.”


1.08.2020

FRANCO Y SUSTO



Conozco al Susto de hace treinta años, mirá si voy a necesitar que un pendejo me venga a decir quién es. Tomamos cerveza siempre en la misma esquina. Si conseguimos, también fumamos. A veces consigue él, a veces yo. Si tenemos papel de seda, armamos legal. Si no armamos igual, con las páginas finitas del Nuevo Testamento que nos regalaron los Testigos de Jehová de la otra cuadra. Alto porro santo.
Al Susto me lo encontré cuando era pendejo. Yo tenía quince y paraba en una plaza. Los pendejos tienen que andar con pendejos. Estábamos fumando tabaco. Él andaba solo y le digo “che, chabón, ¿vamos a escabiar a aquel árbol?”. Hizo que sí con la cabeza. Desde ese día, treinta años tomando cerveza con el Susto. Y nada de nada con el Susto. Amigos, nomás. Hasta que vino este pendejo y nos cagó la vida.
Yo no sé cosas del Susto. O no sabía, hasta que el pendejo llegó. Era mejor no saber. Nunca me importó lo que pudiera hacer. A veces le hablaba algo de mi vida, poco y nada. Con la mano levantada me regalaba el gesto de “Franquito, todo bien” y yo me quedaba contento. Siempre fue así. Es mi hermano. Lo único que hago es compartir. Por ahí faltan puchos y yo compro, los tiro en la vereda y le digo “Susto, se te cayeron los puchos”. El chabón se ríe, pero no dice más que algún que otro monosílabo. No necesita hablar. Yo lo miro, él me mira. “¿Está fresca la birra?”. “Uh”, dice. “¿Se te apagó el fasito?”. “Wé”. “¿Viste el partido de Boca el otro día?”. “¿Eh?”. “¿Querés que consigamos un sánguche?”. “Ah”. Salvo por la w, habla con vocales. Y con la hache, que es muda como él. En treinta años no le había escuchado decir una palabra de más de una sílaba hasta ayer a la tarde.
A ver: antes tuvimos un tercero. Varias veces. Siempre hay un atrevido. Hubo un renguito que era una maza. El Susto no le daba ni cinco de pelota; yo le hablaba. Había jugado en las inferiores de Morón antes del accidente. Hubo otro pibe que mezclaba la Quimes con Mirinda. Se nos pegó tres días. Yo le decía “borracho no toma azúcar”, y el pibe se reía. Le faltaban todos los dientes. Vino también uno que dijo ser el hermano del Susto y contó que le pusieron el apodo a los cuatro años, porque veía fantasmas. Al menos a su abuela y a un delegado al que lo había pisado el Mitre. El Susto no dijo ni sí, ni no. No movió la cabeza. Apoyó la botella recién abierta sobre sus labios y no paró hasta que le vio el fondo.
Cuando apareció con el pendejo no me importó. No tenía cabida. El pendejo hablaba mucho; se daba corte. Abrió la temporada tomando una Jeineken: nadie que tome Jeineken en una esquina puede durar. “¿De qué te la das, boludito?”. Él se rió. Y empezó a venir todas las veces. Y a meterse.
- Es un personaje, tu amigo. Con vos no habla, pero conmigo sí –me dijo.
- Qué te va a hablar.
- Le pregunté cómo se llama. Le cuesta activar, pero suelta.
- No quiero saber, pendejo.
- Le pregunté si tenía familia.
- Callate.

El Susto vive en el presente. Le digo: “¿Viste qué pasó ayer?”. “Ah”. O: “Che, Susto, ¿viste lo que pasó hace una semana?”. “Ah”. “¿Y lo que va a pasar el mes que viene?”. “Uh”. El pendejo también empezó a venir solo. Y traía los fasos especiales que el Susto traía antes, a veces, armados con papel ecológico. Ese marrón, marca OCB. El Susto lo consigue en el Sarmiento.
- ¿Te los roba o se los regalás?
- ¿Eh?
- Los fasos.
Nunca me había regalado uno de esos. Los compartía, sí, de a pitadas, pero los llevaba siempre él. El pendejo lo encendió con un Cricket. Entendí que se los regalaba. Cuando el Susto se fue, le pregunté, pero no me contestó. En su lugar, dijo:
- ¿Ustedes son trolos?
- Rescatate, pendejo.
- ¿Te coge?
- Achicá porque te mato, pelotudo.

Por esta esquina pasan taxis y nos tocan bocina. Yo los saludo. Los taxis son los tiburones de las calles. Me molesta solamente cuando se paran, porque detrás de ellos siempre viene un patrullero. No sé por qué, pero es fija. Vienen a molestar cuando ven que las botellas vacías pasan de cuatro. Nosotros estamos acá sentados, no le hacemos mal a nadie. Pero el taxista dice “está mal mostrar las botellas. No puede ser que nuestros hijos vean todo lo que chuparon”.
- ¿Y por qué no puede ser?
- Porque es un mal ejemplo. En Estados Unidos no te dejan chupar en la calle si no le ponés una bolsa de papel madera que tape la etiqueta.
- Los yanquis me la chupan.
El Susto se rio y el pendejo hizo fondo blanco. Llevó las cinco botellas vacías y las ordenó en fila india en el cordón. Yo ya sabía que era para problemas. La sirena sonó desde la otra esquina. “Pendejo, sos un tarado”. El patrullero se paró al lado de las botellas y las barrió cuando abrió la puerta. Iba un solo cana. Siempre van de a dos, de lo cagones que son.
- No vengás a joder que no tenemos documentos. Ya lo sabés –le dije.
- Entonces los tengo que llevar.
- Andate a la puta que te parió.
Me pateó las piernas, como si fuera un perro sarnoso.
- De pie -mandó.
El pendejo se paró. El único. El Susto solamente cerró los ojos. Yo me puse en cuclillas y no hice más nada. “Estamos en el horno”, pensé. El cana fue hasta el patrullero a llamar por la radio. El pendejo se le acercó. El cana puso una mano sobre la cartuchera y abrió el botoncito. “Acá nos vuela”, pensé. El pendejo puso su mano derecha sobre el hombro uniformado del tipo. Lo miraba a los ojos cuando le habló.
- Paremos esto. Franco está cansado, por eso dice cualquier cosa. Lo va a tener que disculpar. ¿Cómo podemos arreglarlo?
El cana nos miró un rato, como si no entendiera. Se metió de vuelta en el patrullero. Hizo sonar la sirena. Salió.
El pendejo levantó las cinco botellas y las escondió en el cantero. Después volvió a sentarse al lado nuestro, con la espalda pegada a la ochava.
- ¿Cómo hiciste?
- Arreglé –dijo el pendejo.
- Pero no vi que le dieras nada.
- Nada –repitió.
El Susto abrió los ojos otra vez.

El pendejo se las da de traductor. ¡Lo acaba de conocer y ya cree que lo tiene de toda una vida! “Quiere decirte esto y lo otro”. Como si yo no lo pudiera entender. “La birra está congelada; hay que darle tiempo a Ruggeri; pasame las vacías que dobló la lancha; ¿no quedaron flores del domingo?; mandate de una, chabón, nos vemos”. Es un caradura, el pendejo. “Cuando hace así te está diciendo esto, con este gesto te dice esto otro”. Ya no lo aguanto más. Vienen juntos y cuando el Susto se va, el pendejo se queda conmigo. Como si fuera mi amigo.
- El otro día me lo garché.
- ¿A quién?
- Al Susto, a quién va a ser.
Largué el vidrio.
- ¿Tás diciendo que el Susto es puto? Te voy a cagar a trompadas...
- Cómo caíste, ¿eh? No es puto. Tiene familia en Padua.
Me quedé más frío que la Jeinken.
- Una esposa y dos hijos -agregó.
Forcé la risa.
- ¿Y cómo los mantiene?
El pendejo largó una bocanada con forma de aro.
- Trabaja con una bruja en Moreno. El chabón ve fantasmas. Le pagan una torta de plata para que los señale.
Agarré la tuca con las uñas. Aspiré hasta que los pulmones se me llenaron de humo.
- La bruja dirige la quinta –siguió-. Lleva gente de guita. Él les indica si tienen el fantasma pegado. Los ve, los cuenta. La bruja les cobra a los pitucos. Entonces el Susto pasa cerca del tipo, le quita el fantasma y se lo pega a otro. Así es como laburan en Moreno. A todos los que garpan los liberan igual.
- ¿Me estás jodiendo? Lo conozco: no tiene familia en Padua ni en ninguna otra parte.
- Tiene. Posta.

La verdad es que me arruinó la esquina. Treinta años sin hablar y lo bien que nos iba. Acá tomando, fumando. Ahora los veo venir juntos y ya me agarra la bronca. Para colmo se separan cuando llegan; el Susto se me sienta a la izquierda y el pendejo a la derecha. “¿Ya no corren más Quilmes?”. El pendejo dice “al capo le dan acidez”. “¿En treinta años no te dieron acidez y ahora te dan?”. El Susto sacó un Mylanta del bolsillo. Pasó la lancha con dos yutas y el pendejo la saludó. No habíamos tomado ni tres botellas cuando el Susto se levantó, se limpió el vaquero y se fue.
- Sé más cosas –tiró el pendejo.
Me quedé callado. No tenía ganas de nada. Ni de escucharlo, ni de detenerlo. Nada.
- Los hijos son un pibito y una pibita. La esposa es la bruja. Los hijos la ayudan en los rituales, porque ya son adolescentes. Sirven jugo, cortan las tartas, dan números, reciben a los pitucos.
Sacó una foto del bolsillo. Había un rancho sin vecinos, solo en una cuadra del Conurbano.
- Acá viven. La quinta no, la quinta es grande, con árboles. La alquilan para las sesiones. Trabajan los fines de semana, tienen hasta seguridad. Perros. Los pitucos estacionan los coches y cuentan lo que les pasa, el disgusto que tienen. Los fantasmas les deterioran la salud. No son todos jodidos, a veces sirven. Pero la gente igual no los quiere porque traen mala suerte. Y el Susto va y los señala. Y si nadie más los ve les dice cómo son, qué están haciendo. Las sonrisas que ponen.
- ¿Y él se los mata?
- Ahora vengo –se levantó-. No se pueden matar porque están muertos de antes.
El pendejo fue a mear al baldío y a comprar otra birra al almacén. Al volver la destapó haciendo palanca con el encendedor. Tomó un trago antes de sentarse.
- Ese es todo el problema –dijo-. Los fantasmas se pasan. Cuando el tipo paga el Susto le quita el fantasma y se lo pega a otra persona. A los pitucos les chupa un huevo a quién se lo contagian. Se alivian enseguida cuando sucede. El Susto los ve clarito. –Hizo un silencio corto.- Uno se te pegó a vos, me dijo.
- ¿A mí?
Afirmó con la cabeza. Tosió.
- ¿El Susto te dijo?
- Sí.
Casi se me cayó la botella del temblor que me agarró.
- ¿Cómo me va a hacer algo así?
- Sin querer. No elige a los que se los pasa. Simplemente los ve, los saca y después espera. El que te pegó le vino prendido al pulóver, desde Moreno.
- Me estás comiendo la cabeza.
- Es verdad. Preguntale, si no.
Le tiré una patada, así nomás de sentado.
- Rajá de acá. No te quiero ver más.
- Mañana no vengo porque tengo que hacer una changa por el centro. Aprovechá y preguntale.

Pero vino igual. “A este pibito lo tengo que matar”, pensé. Nunca, nunca, nunca le había preguntado nada a mi amigo. “Hola Susto, chau Susto”. Nunca habíamos tomado stout, que es de putos. ¿A quién se le ocurre ponerle azúcar a la cerveza? Y el pendejo se apareció con dos stouts. Me decepcioné cuando lo vi tomar al Susto. Le dije: “¿qué hacés, vieja?”. Sabía lo que le había dolido aquel pibe que la mezclaba con Mirinda. Y le vi también sacar un vasito plegable, de esos de plástico que venden en La Salada, y desplegarlo para que el pendejo le sirviera más stout. “Se acabó la esquina”, pensé. Me levanté y me alisé el vaquero.
- ¿Adónde vas? –dijo el pendejo.
- No sé.
Los dejé y me fui por ahí. Vi minitas, saludé a un taxista que me tocó bocina. Le garronié un 43/70 a un viejo. Le escamotié una torta de grasa a una gorda que para a la salida del túnel del tren. Entonces me dio sed y compré una Quilmes. Como no llevaba envase, el almacenero me la pasó a una botella descartable que tenía por ahí, y que había sido de agua. El primer trago lo di adentro, pero después enfilé hacia la esquina. “Ojalá se haya ido”, pensé. Y también pensé que era hora de hablar con el Susto. Si al pendejo le había contado, a mí también. Si no, era una guachada. Milagro: el Susto estaba solo, a punto de pararse.
- ¿Adónde vas?
- ¿Ah?
Le dije que estaba bastante molesto por ese pendejo que había traído. Era un atrevido. No entendía que a él le hablara y a mí no. No entendía que él le manejara los armados de papel marrón. Le pasé la cerveza y le dio un trago largo, del pico, como tiene que ser. “Qué stout ni qué carajo”, le dije. Aparté las botellas para sentarme.
- Decime: ¿me vas a contar?
No contestó.
- Estoy re paranoico, Susto. En cualquier momento vuelvo al paco. Este pendejo de mierda que trajiste me está boludiando mal. Tenemos que hablar ya mismo. Aprovechar que no está.
Hizo que sí con la cabeza. Y después dijo:
- Bueno.
La palabra me sorprendió. Fue como el tañido de una campana anunciando a misa.
- ¿Por qué no me hablaste en treinta años?
- Porque no.
Las palabras le salían claritas. El pendejo tenía razón.
- ¿Y ahora por qué me hablás?
- Porque sí.
Tomé otro trago. “La Quilmes es la mejor cerveza del mundo”, pensé. Dije: “ahhhh”, satisfecho. Él sacó el Mylanta del blíster y se puso a masticarlo. Me cabrié.
- Chabón: ya no sé si quiero seguir siendo tu amigo, así…
- ¿Así cómo?
- Ese pendejo vino ayer y antes de ayer a batir cosas. Nuevas, de vos. Acerca tuyo. Por ejemplo: ¿es cierto que tenés una familia en San Antonio de Padua?
Tardó en contestar.
- Sí –dijo.
- ¿Con dos pibes?
Afirmó con la cabeza, sin hablar, como si el tema le diera vergüenza. Sacó un paquete de Marlboro, lo taqueó y agarró un cigarro entre los labios. Volvió a guardar el paquete sin convidarme.
- Es cierto –dijo, al fin.
- ¿Y cuándo la tuviste, si yo te vi todo el tiempo? Si estuviste treinta años conmigo.
- Me ves solamente cuando escabiamos.
Encendió su cigarrillo con el Cricket que le había visto antes al pendejo.
- ¿Y qué hay de cierto de eso que le andás quitando muertos a la gente?
Hizo que sí con la cabeza.
- ¿Es verdad? –insistí.
- Es un laburo como cualquier otro –dijo.
- ¿Muertos que se ven?
- Yo, al menos, los veo –dio una larga pitada.
- ¿Y te pagan por eso?
- No me puedo quejar.
- ¿Y es cierto que yo tengo pegado uno?
Que no me hubiera convidado un cigarro era la peor de las señales. Hice un revólver con los dedos de la mano derecha y le apunté al pecho. “Pum”, dije. Traté de sonreír para bajar la gravedad de la pregunta. Apoyé la botella en el piso, algo que jamás había pasado antes con líquido adentro. Una botella abierta, en la esquina, va de mano en mano. Es ley.
- Sí –dijo.
Le dio una segunda pitada a su Marlboro. La mano me empezó a temblar. Por las dudas toqué el Testamento de las hojas arrancadas, que siempre llevaba en el bolsillo de atrás del vaquero.
- ¿Y quién es?
El Susto puso cara de pedir perdón.
- El pendejo –dijo.

Gustavo Nielsen nació en Buenos Aires, en 1962. Es arquitecto y escritor. Como arquitecto ha realizado obras en Capital, Buenos Aires, Córdoba, San Luis y Montevideo. Desde 2008 comparte el Galpón Estudio en el barrio de Chacarita junto a los arquitectos Ramiro Gallardo y Max Zolkwer. Ha ganado el Tercer Premio para el Parque Lineal del Sur (asociado a Max Zolkwer), el Primer Premio para el Oasis Urbano Magaldi Unamuno, Tercer Premio Cenotafio Las Heras y Mención en el Oasis Boedo (asociado a Max Zolkwer y Ramiro Gallardo), Mención en el MPAC (asociado a Sebastián Marsiglia), Mención en el Pabellón Frankfurt 2010 (asociado a Max Zolkwer y a Sebastián Marsiglia) y Primer Premio en el concurso internacional para el Monumento a las Víctimas del Holocausto Judío (también asociado a Sebastián Marsiglia). Escribe notas sobre ciudad y diseño en el suplemento Radar, de Página 12. Ha publicado “Playa quemada” (cuentos, Alfaguara), “ La flor azteca” (novela, Planeta), “El amor enfermo” (novela, Alfaguara), “Marvin”, (cuentos, Alfaguara, "Auschwitz" (novela, Alfaguara)y “Adiós, Bob” (cuentos, Klizkowsky Publisher) , “Playa quemada” (cuentos, Interzona), “La fe ciega” (cuentos, Páginas de Espuma, Madrid), “El corazón de Doli” (novela, El Ateneo) y “La otra playa” (novela, Premio Clarín Alfaguara 2010).

gesnil@gmail.com

TRES CUENTOS DE FANTASMAS / VERANO 12
EN LA RUTA
RETIRO
FRANCO Y SUSTO
ESCOMBROS DE UN PARAÍSO
ENTERRAR A LOS HIJOS
ESTACIÓN
UN ASESINO ES UNA PERSONA NORMAL QUE TRABAJA MATAN...
NOTA COMPLETA DE LIOTTA PARA VIVA
EL FANTASMA INVISIBLE

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