Playa quemada

La flor azteca

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El amor enfermo

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Auschwitz

Adiós, Bob

Playa quemada

La fe ciega

Auschwitz

El Corazón de Doli

La otra playa


12.30.2005

DEBAJO DE LA ALMOHADA

“El hombre inicuo es abominable para los justos, el que sigue el camino recto es abominable para el malvado.” Proverbios; Antiguo Testamento.

- Si solitas le llenamos el kiosco. Además está la Nanci, que no puede salir por las várice y por la enfermedá esa de la articulación…
- ¿Cuál es la casa de Dios, Silvana?
Ella torció la cabeza.
- Ésta – dijo.
- ¿Entonces?
- Qué le va’importá a Dios ir a su casa o venir al asilo. Por lo que paga de coletivo…
El Padre Antonio era petiso y calvo, con las orejas un tanto puntiagudas. No se rió con el chiste de Silvana; se sintió herido, hasta un poco más viejo. Las abuelas del asilo no eran la mayoría de las asistentes a la misa de los domingos: eran la totalidad. Por eso a Silvana se le había ocurrido la idea de cambiar la ceremonia de lugar. El Padre Antonio no podía dejar de sentirlo como un chantaje.
- Fijesé que a más invierno, menos van a ir. Yo viá seguí, pero ña Francisca… ¡Ña Paula, con el reuma…! No me las veo.
- Y si viene alguien a la iglesia mientras yo estoy allá, ¿qué hacemos?
- ¡Quién va’vení! Solamente a unas viejas como nosotras puede convencer usté, de tan aburrido que é. Además, si viene alguien, usté le deja un papelito pa’que vuelva más tarde, o se vaya al asilo a buscarlo.
El Padre Antonio no le contestó. Por segunda vez supo que esa señora tenía un poco de razón. Nadie iba a ir a escuchar su sermón: los que lo conocían porque lo conocían; los jóvenes porque se iban a otros pueblos.
- ¿Y?
- Tendría que hablar con el director.
- ¡Le va’ decir que sí, caray!
- No esté tan segura, doña Silvana.
- ¡Venga la mudanza!
Silvana salió de la parroquia con la seguridad de haber hecho un buen trato. El Padre Antonio decidió dudar una semana más. El domingo siguiente faltó hasta el monaguillo. A regañadientes, el Padre fue a ver al director del asilo.
- Siempre es así, usted lo sabe bien. Silvana y su amiga manejan a todas las abuelas. Si ellas dicen “hoy no se va a la iglesia”, nadie las va a contradecir.
- Es terca… - reflexionó el cura.
- Terca y mandona – dijo el director -. La peor combinación.
El director era flaco, tenía la cabeza en forma de espárrago y manos de pianista. Cuando se enojaba de verdad, las mejillas se le ponían levemente verdes.
- ¿Cómo se llama la amiga? – preguntó el Padre.
- Nanci.

Al domingo siguiente, el padre presidió la misa en el comedor del asilo. No había tenido otra alternativa: prefería la mudanza a cerrar la iglesia. Cargó hasta allí la cruz, el corporal, la patena y el cáliz, que dispuso sobre una mesita alta. Llevó una decena de hostias en su maletín de cuero. Se puso su sombrero de fieltro. Salió a las nueve y media, pateando piedras, para poder llegar a dar misa de diez. Lo primero que las viejas le oyeron decir fue:
- Esto es una excepción a pedido de la señora Silvana. No se crean que siempre va a ser así.
Habló de los horrores de una vida sin fe. Habló del pecado mortal de faltar a la misa. Puso énfasis en la vida más allá de la muerte, en las bondades del paraíso que algunas, sólo algunas, alcanzarían. Le pidió a Silvana que leyera Juan, 2, 13. “Es Palabra de Dios”. “Te alabamos, Señor”. Las abuelas se sentaron. Había, en el aire, un leve olor a carne asada.
- “Jesús hizo un látigo de cuerdas y echó a todos del Templo, con sus ovejas y sus bueyes; desparramó las monedas de los cambistas, derribó sus mesas y dijo a los vendedores de palomas: ‘Saquen esto de aquí y no hagan de la casa de mi Padre una casa de comercio’. Y los discípulos recordaron las palabras de la Escritura: ‘El celo por tu casa me consumirá’.”
- Amén.
Después de la homilía, les tomó confesión. No había confesionario, por lo que puso dos sillas enfrentadas a un costado del altar. Doña Paula y doña Esther encabezaron la cola. Se habían mentido entre sí respecto a cuántas pastillas tomaba cada una; Esther se había enojado tanto con Paula que no le hablaba desde hacía dos días, tres horas y diecisiete minutos. El Padre Antonio las llamó a que oraran en conjunto, agarradas de las manos, tres Padres Nuestros.
Doña Francisca, una abuela con una panza esférica, se había comido las porciones de flan de sus compañeras, durante la cena del día anterior.
- ¡Eso es robar! – dijo el Padre.
- No, me las regalaron… - dijo ella, sorprendida.
- ¿Entonces?
- ¿No hay gula?
- Ah. Tres avemarías y un gloria.
La hermana del portero había hecho trampa al chinchón.
Nilda, la pituca, no había recibido a su nuera con alegría cristiana sino bastante enojada, porque aún no le había cambiado los vidrios a sus anteojos.
El jardinero Felipe se había tocado un poco, sin demasiado éxito. Las mujeres del asilo eran muchas y estaban todas solas; el Padre Antonio lo podía comprender. Él también estaba solo como un hongo de esos que el jardinero Felipe cortaba para mantener limpio el parque del asilo.
La última de la cola era una señora que el Padre nunca había visto en la iglesia. Tenía la cabeza arrugada como un bollo de papel. El batón le quedaba enorme; parecía la piel de una naranja a la que se le hubieran secado los gajos. El Padre miró a Silvana: se la mandaba ella. Silvana jamás se había confesado, pero no lo hacía por llevarle la contra a la iglesia, sino porque porfiaba no tener ni medio pecado.
- Ni veniales.
- ¿Ni una mala palabra?
- Ná.
Todas las veces ella contestaba que su amiga Nanci había pecado por las dos. Cuando el Padre le preguntaba por qué, Silvana agregaba que Nanci andaba siempre culpándose de algo.
- ¿De cosas que hizo?
- Claro. Qué va’ser.
- ¿Qué cosas?
Silvana alargó el labio inferior hacia delante. La mueca le tensó el mentón y le hizo temblar la papada.
- ¿Y por qué no viene a la iglesia?
- Porque tá lejos.
El Padre observó que los ojos de Nanci eran igual de celestes que los de Silvana. Ella le hizo media sonrisa, como si le entendiera el comentario a la distancia. Nanci se sentó en la silla que estaba junto al altar. Se tocó la frente, el pecho, el hombro izquierdo y los labios, para finalizar su señal de la cruz. “A esa cruz le falta un brazo”, pensó el Padre, aunque no dijo nada. Apretó la decena de un rosario de plástico que siempre llevaba en el bolsillo. Diez cuentas y una cruz blanca. Ese pedacito le había traído suerte en la vida, aunque ahora venía aflojándole feligreses. El rosario entero le parecía un objeto aparatoso, casi femenino, y la decena de anillo le lastimaba la mano al saludar.
Nanci miró de reojo a Silvana para saber si lo estaba haciendo bien. Parecía nerviosa y congestionada, como si estuviera llena de lágrimas. Se rió y se tapó la boca con las manos. La risita era más infantil que su cuerpo de nena. Traía puesta sobre los hombros una manta bordada al crochet; el pelo blanco y lacio y los labios violetas. El Padre observó que se los había tratado de pintar con un rouge de ese color. Silvana completó la otra media sonrisa.
- Ave María Purísima – dijo el Padre Antonio.
Nanci recorrió con la mirada las cabezas atentas de las demás señoras. Los rodetes blancos se fueron moviendo extrañamente, como clavijas de un instrumento de viento apretadas por una mano invisible. Finalmente, la mirada se detuvo en el jardinero. Él asintió. Nanci no debía saber contestar “sin pecado concebida”, pensó el Padre. Una enfermera con un pañuelo rojo atado a la cabeza ayudaba a las señoras a que volvieran a sus sitios.
- Hola – dijo el Padre.
- Hola – respondió Nanci, tímidamente.
El Padre cruzó las manos sobre el cíngulo, esperando que ella se decidiera a comenzar. Pensó que ya estaba en el asilo, que ya había pasado la mayor parte de la misa y casi había terminado de confesar. Tenía tiempo. Aunque no era común interrumpir la misa para tomar la confesión, con las ancianas y los niños era conveniente. Eso creía él. Cuanto más tiempo se dejaba pasar entre sacramentos, más posibilidades había de que agregaran pecados inventados.
- Ji, ji, ji – hizo Nanci.
El Padre intentó adivinar qué le pasaba. Abrió las palmas de las manos sobre su regazo.
- Aquí estamos – dijo.
- Sí – dijo ella.
El jardinero, desde la cocina, le hacía señas para que empezara a hablar. La enfermera ayudó a Paula y a Felisa a pararse para ir al baño.
- Silvana me dijo que le tenía que contar las cosas que me pasaron en mi vida – dijo Nanci, con una voz tan débil que parecía un silbido -. Pero no se piense que le voy a contar todo.
El Padre levantó los hombros.
- Sólo las cosas malas – dijo.
Nanci volvió a mirar alrededor.
- ¿Y usted le va a bocinar a Silvana lo que yo le diga?
- No, a nadie.
- ¿Es como un secreto?
- Sí. Es un secreto de confesión.
- Ella me dijo, sí…
Nanci parecía que masticaba.
- Silvana me dijo que usted también tenía sus trapos sucios.
- ¿Qué?
- Que no tenía hijos; que había hecho sus cosas malas…
El Padre suspiró.
- Estoy acá para escucharla – dijo.
Los ojos de Nanci estaban apagados y secos como lijas. En eso se diferenciaban de los de Silvana. Abrió la boca unos milímetros para dejar escapar algo; la cerró; volvió a mirar si la estaban mirando y dijo, despacio:
- Son tres.
- ¿Las cosas malas?
- Maté a tres niños - dijo.
El Padre le sostuvo la mirada como si atajara dos tiros con la cara: el primero le deshizo la mejilla derecha en un rictus, el segundo se le clavó en el entrecejo. Nanci movió la cabeza para apuntarle al resto de las feligresas. Pestañeó. El director, desde la puerta, se tocaba el reloj con la muñeca en alto preguntando si faltaba mucho, porque tenían que preparar el comedor para el almuerzo. Doña Paula regresó del baño llorando, y se acercó hasta el improvisado altar moviéndose rápidamente en sus bastones canadienses. Había eludido al director, a la enfermera y al jardinero. Las manos del Padre se habían caído de su regazo; la Biblia se le había resbalado hasta la rodilla izquierda.
- ¡Confesión, Padre! – le rogó.
Nanci la miró con sus ojos helados.
- Te acabo de confesar, Paulita. Además, ahora le toca a ella… - dijo el Padre.
- Es que volví a pecar…
- Y qué podés haber hecho en cinco minutos…
Felisa intervino:
- Se fumó un toscano.
- No – dijo ella.
- Sí, Paula, te vi. En el baño.
- Fumarse un toscano no es ningún pecado – dijo el Padre.
- Sí, si le miente a la enfermera – agregó Felisa.
La enfermera, que llegaba, asintió. Tomó a Paula por los hombros y la ayudó a regresar hasta su silla.
- No me fumé ningún toscano… - repetía Paula, porfiada.
El Padre Antonio le preguntó a Nanci si hacía mucho que no se confesaba. Ella le contestó que jamás lo había hecho, que eran ideas de la loca de Silvana.
- ¿Pero está bautizada?
- No me acuerdo.
El Padre le tomó una de las manos. Era áspera como una madera sin lijar.
- Escúcheme, Nanci – dijo, con una voz que pretendía ser tranquilizadora -. Me voy a quedar un rato después del almuerzo. ¿Qué le parece si nos vemos y me cuenta todo esto que le pasó?
Ella giró la cabeza avergonzada. Sacó la mano.
- No me pasó – dijo -. Lo hice.
- Bueno, lo que hizo.
Ella dudó antes de contestar.
- Está el programa de Susana Gimenez que siempre vemos con Silvana.
- ¿Y no puede esperar, por hoy?
La cara de Nanci se había fruncido. Levantaba los ojos hacia su amiga para ver si recibía alguna ayuda. Silvana estaba leyendo una fotonovela.
- No sé…
- ¿Lo tiene que consultar con la señora Silvana?
Nanci retorció la manta tejida entre sus dedos. Afirmó sin mirar al Padre, volteando la cabeza hacia un costado. El Padre le hizo un gesto al director, pidiéndole un minuto más. Se puso de pie. Tomó la patena con las hostias y repartió la comunión en un trámite rápido. Algunas abuelas se quedaron esperando los cantos.
- Podemos irnos en paz – dijo, al final.
- Demos gracias al Señor nuestro Dios.

Antes de irse, el Padre Antonio visitó a Nanci en la habitación que ella compartía con Silvana. Las cortinas eran rosas y había una repisa con animales de porcelana. Silvana tardó un rato largo en dejarlos solos; habló de sus porcelanas, les mostró fotos de su hijo abrazado a su esposa y el mazo con las cartas marcadas que tenía para jugar al truco. Tiró las cuarenta cartas sobre el acolchado, con las figuras hacia abajo. Adivinó, sin mirarlas y sin que nadie se lo pidiera, los anchos, los sietes y dos tres. Se fue recién a la hora del baño, cuando la enfermera se la llevó a los tirones.
Nanci sola, parecía más pequeña. Estaba sentada sobre la cama. Se tapó todo lo que pudo con las mantas y una almohada. El Padre se puso la estola y envolvió su puño derecho en la cinta donde llevaba atada la medalla de los encuentros católicos de novios. Era un minúsculo corazón de hierro con una alianza a cada lado. Las alianzas estaban separadas. Era un objeto alegre, al que él le tenía mucho cariño. Sentía que le daba suerte.
- ¿Seguimos en secreto? – preguntó ella.
El Padre se persignó antes de asentir. Nanci hizo una sonrisita y subió los hombros. No parecía una mujer capaz de asesinar a alguien. ¿Qué actitud había que tomar en un caso así? Los libros enseñaban que había que inspeccionar el grado de lucidez del confesado para estar seguro de que no mentía. Aunque también enseñaba que no había que ir a los detalles, sobre todo si eran mórbidos o desagradables. ¿Cómo saber si alguien estaba mintiendo sin ir a los detalles? Un Obispo habría contestado “por la fe”. El Padre Antonio habría preferido no contestar.
- Disculpe que hoy la dejé sin comunión, pero es el primer día que doy misa aquí y me pareció que teníamos que hablar más en privado… - dijo - Si usted quiere, puede comulgar después. Guardé una hostia para eso.
Le enseñó el sencillo sagrario de bolsillo donde guardaba las hostias consagradas que sobraban de las comuniones. Ella sonrió.
- No quiero hostias – dijo.
El Padre se quedó esperando a que completara lo que estaba diciendo.
- Sólo quiero contarle.
Los párpados de Nanci parecían dos bolsas de arpillera. Las pupilas se le hicieron más chiquitas. Carraspeó.
- ¿Usted está arrepentida de lo que hizo?
- No.
- Entonces, no la puedo absolver.
Ella lo miró como si le estuviera hablando en otro idioma.
- No quiero su perdón - dijo.
El Padre levantó las manos para explicar.
- Hasta tanto usted no reconozca que la acción que hizo es mala y que no la volvería a hacer, yo no puedo cerrar la confesión.
- ¿Y eso que significa?
- Que voy a tener que volver.
Sobre la cama de Silvana el mazo de naipes había quedado con el cuatro de oros boca arriba.
- No quiero cerrar la confesión – dijo Nanci.
Su voz había sido como un ruego. Era la primera cosa parecida a la culpa que el Padre escuchaba de boca de esa vieja.
- Cuente, entonces – le dijo.
Ella volvió a carraspear y a pestañear. Después habló. Más tarde el Padre se preguntaría si lo habría hecho de apurada o para lograr hacerlo concentrar en el relato con la mayor de las urgencias, porque dijo:
- Tengo guardada la mandíbula del primero de los niños.
Esperó a ver qué efecto causaba en la cara del Padre, que no hizo ningún gesto, y simplemente preguntó:
- ¿Acá?
- No. Está bajo tierra, en una lata de galletitas danesas. La última vez que la desenterré tenía las muelas intactas, y algunos de los dientes de adelante.
La puerta se abrió de golpe para dejar pasar a Silvana en bata. La enfermera la seguía a dos pasos de distancia.
- Me olvidé el champú Chonson – dijo.
Agarró una caja con frascos y salió. Cuando cerraron la puerta, Nanci agregó:
- Usted sabrá cómo son de frágiles esos dientes de leche.
El Padre apartó la vista de los ojos de la mujer. Abrió la Biblia en Sabidurías y Proverbios, su libro favorito. Le pareció lo más adecuado y la mejor forma de hacer tiempo mientras pensaba. La voz de Nanci continuó relatando despacio.
- Por los dos primeros nenes culparon a una sirvienta. Los padres lincharon a los que creyeron asesinos del tercero, en la puerta misma del juzgado de Morón.
El Padre le preguntó dónde había enterrado la lata. A Nanci le sorprendió la pregunta, y notó que a él le daba vergüenza hacerla.
- No aquí – contestó.
Comentó que la habían cambiado varias veces de hospicio; hasta había estado con unas monjas que la habían culpado de morder y de no dejarse cambiar el pañal.
- Sin embargo, el director habla muy bien de usted –dijo el Padre, cambiando el tema de la conversación. Le ardían las mejillas.
- Acá es distinto – dijo ella -. Acá está Silvana.
Silvana era la única que le ponía una mano encima. Sabía dar inyecciones (había sido enfermera, como Nanci, que también había hecho el curso de la Cruz Roja); sabía jugar al pócker. “Apostamos pastillas”, agregó, haciendo una sonrisa llena de huecos. Silvana sabía bordar mariposas en los pañuelos de encaje y tenía el nieto más lindo del mundo: Fermín.
El Padre Antonio parpadeó. La decena del rosario se le había extraviado entre las páginas de su Biblia abierta en el Eclesiastés, en el Génesis, en el Apocalipsis. Todo su pensamiento estaba puesto en esa mandíbula infantil, en el acero que la había mutilado, en las manos que dirigieron ese acero. El Padre Antonio intentó pensar el próximo paso y se encontró repitiendo una frase del libro: “Si no os hacéis como niños, no entraréis en el Reino de los Cielos”. Miró hacia la repisa de Silvana para ver si encontraba la foto de Fermín.
- ¿Qué? – dijo Nanci. La voz sorprendió al Padre. Parecía contenta; tenía la mirada más brillante. Él esperó que le dijera que todo era mentira.
- Nunca me habían hecho una confesión así. No sé qué decir. - Subió los hombros.
Ella volvió a exhibir su sonrisa vacía. Dijo:
- ¿Sabe? Me encantaría estar de su lado. Se me ocurren tantas preguntas…
- ¿Por ejemplo?
Serenamente, como si estuviera hablando del buen tiempo, ella enumeró:
- Qué edades tenían… los sexos… Cómo murieron, donde oculté sus cuerpos, qué pasó con los padres, cómo cambié las pruebas, si hubo interrogatorios policiales…
La cara del Padre ensombreció.
- …si gritaron – completó Nancy.
Las manos del Padre suspendieron la búsqueda automática en las páginas de la Biblia. Cerró el libro y lo apoyó sobre la cama sin emitir palabra. La decena había quedado puesta como un señalador. “Si tan siquiera lo abriese en la página justa…”, pensó. Le acercó el libro despacio, empujándolo sobre el acolchado. Ella se negó a tocarlo con un movimiento de cabeza. La puerta de la habitación se abrió. Silvana venía con el pelo mojado. La enfermera del pañuelo rojo dijo:
- La siguiente.
Silvana le pasó a Nanci una jabonera y el frasco de shampú. Nanci abrió un cajón y sacó una toalla. Miró al Padre con ojos decepcionados y dijo “hasta la próxima”. Él recogió su brazo extendido, se llevó la Biblia al pecho y salió del cuarto sin persignarse. Cuando la enfermera le dijo adiós, el Padre ya estaba en el recibidor. Una abuela que miraba una película de vampiros se quedó con la mano levantada como una bandera.

En la semana, Nanci enfermó. Habían salido al jardín con Silvana, muy temprano, a recolectar flores. Silvana llevaba el jarrón. Caminaron cerca de dos horas; cuando entraron, el director las retó. Solamente Nanci había sentido frío. El jardinero se sintió culpable: a pesar de sus ochenta y tres años, jamás se resfriaba, y les había indicado que había muchas rosas en el rosal para cortar, antes de que se marchitaran. El doctor tardó un día en llegar: le inyectó un broncodilatador recetado para la pulmonía y analgésicos potentes para el resfrío. Silvana se puso de tan mal humor que perdió un frasco entero de Memorex al pócker, a pesar de que había ligado tres fules y una escalera real de corazones.
El Padre llegó a las nueve y media del domingo. Silvana le contó lo que había pasado entre maldiciones y blasfemias. Él la vio tan preocupada que le propuso dar la misa adentro del cuarto de las dos, para que Nanci pudiera asistir desde su cama.
- A Nanci no le interesa su misa del diablo.
El Padre Antonio sabía que no debía decirle nada que la alterase más. Unicamente le preguntó si Nanci le había comentado alguna cosa de la charla del domingo anterior.
- ¿Qué cosa?
- De los problemas que la aquejan.
- ¿De várice?
- No.
El sermón que les dirigió trataba acerca de los que abandonaban el camino de los cristianos. Lo había preparado especialmente para que Nanci lo escuchara; el texto de Lucas 11, 29 al 32, por momentos daba miedo. Aunque no estaba muy seguro de que pudiera atemorizar a esa vieja trastornada.
- Al ver la muchedumbre, Jesús comenzó a decir: “Esta es una generación malvada. Pide un signo y no le será dado otro que el de Jonás, y así como Jonás fue un signo para los ninivitas, así el Hijo del Hombre lo será para esta generación. El día del Juicio, la Reina del Sur se levantará contra los hombres de esta generación y los condenará…”
Al terminar, insistió en ver a Nanci. Silvana opinaba que era mejor que se fuera de una vez por todas. Un nuevo frasco de Memorex iba a costarle el dinero que había guardado para comprar un rouge y un esmalte para su amiga; eso la sacaba de quicio. Su familia iba a adivinar que había perdido las pastillas en el juego, y no iba a adelantarle ningún dinero hasta el principio del mes siguiente. Nanci cumplía años el 24. El Padre Antonio se ofreció a pagarle la mitad de lo que necesitaba, sí y sólo sí dejaba de maldecir hasta el día del cumpleaños. Ella bajó la vista y dijo que era demasiado tiempo para una cifra tan pequeña. El Padre decidió que no iba a terciar, y se apartó para solicitarle permiso de visita al director. Le explicó que Nanci necesitaba apoyo religioso urgente, por cosas que le había contado en la confesión. Él prefería no dejar pasar otra semana. Era su opinión de cura y amigo.
El director, al que la religión le importaba bastante poco, miró a Silvana, que bajó la cabeza y se sentó. Le pareció que contaba con su consentimiento. Accedió a que el Padre pasara a la habitación, siempre y cuando Nanci no estuviera durmiendo, y únicamente hasta la finalización del horario de visitas. Señaló el reloj de pared. Faltaban quince minutos para la hora de comer. Había olor a milanesas. El Padre golpeó dos veces a la puerta. Nanci dijo, desde adentro:
- Solamente pasará si tiene sus preguntas preparadas.
- Eso es – dijo el Padre.
Cerró la puerta tras de sí. Se sentó en una banqueta metálica. Nanci estaba demacrada, con los ojos hundidos. En la mesa de luz se amontonaban los frasquitos. Sobre la pared de la cabecera, habían retirado el crucifijo.
- Fui yo – dijo ella, con una voz acartonada.
- ¿Por qué?
- Por desvestido.
El Padre no acusó el comentario.
- ¿Cómo se siente hoy? – preguntó.
- Mal.
- ¿Qué le duele?
- Cuando toso.
- ¿Y me va a poder contar más, o lo dejamos para otra vez?
Ella lo pensó un instante.
- Solamente responderé - dijo.
El Padre se planchó la estola con las manos.
- Yo no debería hacer ninguna pregunta – dijo -. Usted es la que tiene que hablar. Jesús le explicó a sus apóstoles: “los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen, y serán retenidos a los que ustedes se los retengan…”
- ¿Y eso qué significa?
- Que Cristo nos dio el poder de perdonar. Somos sus ministros, la vinculación entre el hombre y Dios…
- Nada de intermediarios – dijo Nanci, y se sonó la nariz en un pañuelo bordado -. No estoy buscando llegar a nadie mediante usted, porque no necesito ningún perdón. Menos de Dios.
- Ajá.
- Ajá – repitió ella.
Guardaron silencio por un momento. El Padre se fijó que habían pasado cinco minutos.
- ¿Ya está bajo juramento?
El padre hizo la señal de la cruz.
- Sí - dijo.
Ella se quedó esperando a que le hiciera la primera pregunta. El Padre no estaba en su día más negociador, pero tampoco quería irse de allí sin el capítulo siguiente. Si esa señora había cometido tres infanticidios –eso era difícil de creer- pero lo había llamado, de alguna manera quizás fuera posible aún la salvación de su alma. Había pensado toda la semana en el asunto. Lo había consultado con Dios. Todo dependía del arrepentimiento que ella pudiera exhibir y de la propia convicción que él, como cura, pudiera demostrar. ¿Había que hacer un esfuerzo para salvarle el alma? Claro, siempre. La misericordia de Dios es infinita, y supera todo lo que nosotros, hombres de corazones limitados, podamos imaginar.
- Tengo una pregunta para hacerle, y que Dios me perdone si la impulsa el morbo o la curiosidad.
- No tiene importancia.
El cura apoyó la Biblia sobre la mesa de luz.
- Sí, sí para mí – dijo.
Ella no hizo ningún gesto; apenas si carraspeó sobre el pañuelo.
- Quiero saber detalles.
Nanci sonrió.
- Ah – dijo.
El Padre se ruborizó.
- Tal vez no le alcance con los siete u ocho minutos que le quedan.
El Padre asintió, pero agregó:
- Queda toda la vida.
- Que no es tanta – dijo ella -. A mí me queda menos de lo que esos niños habían vivido; tal vez a usted también.
- Yo pienso vivir muchos años más.
- ¿Cinco, seis? El día que murió, Sebastián Castro cumplía cuatro años. Vi la torta y las cuatro velas cuando entré al grado. Estaban apoyadas sobre el escritorio de la maestra; apagadas. El aula estaba casi a oscuras. Los niños dormían sobre colchonetas dispersas en el suelo; se tocaban cuando se movían; algunos roncaban. Todas las tardes dormían la siesta, después del sanguchito. Las maestras se iban a conversar a la dirección, que quedaba en la otra punta. Yo ya había entrado antes. A veces cambiaba una cosa de una bolsa a otra, alguna mamadera por un vaso, algún chiche. Nadie me vigilaba, y yo no permanecía allí más de dos o tres minutos.
- ¿Usted trabajaba en la escuela?
- No. Durante un mes entero me acerqué a la salida. Charlaba con las otras madres, le preguntaba cosas a la maestra, me hacía ver por la celadora. Yo tenía dieciocho años y era muy bonita, más bonita que muchas de las madres. Cuando los niños salían yo me agachaba como para recibirlos y las maestras me fueron confundiendo. Aún no trabajaba de portera, ni sabía muy bien por qué me gustaban tanto los niños. Adoraba su respiración, sus ronquiditos. La celadora me dejó pasar dos o tres veces, porque sentía mi ansiedad. La tarde en que asesiné a Seba solamente los quería mirar. Vi su nombre en la torta y lo busqué mirando una por una las inscripciones de los delantales. Tenía la boca abierta; junté la almohada del piso, que se le había resbalado, la acerqué hasta su cara y la apreté con fuerza. Pateó cuatro veces; en la cuarta despertó a una bebita rubia. La nena pegó un grito. Le tapé la boca y me la llevé cargada, antes de que vinieran las maestras. La puerta de reja estaba abierta. Le hice una señal a la celadora, como diciéndole “viste qué berrinche”.
El Padre dijo:
- ¿Y la nena?
- Tendría dos años. Ojos dorados y pestañas largas, curvadas hacia la frente. No traía el nombre bordado en el delantal. Llené la bañadera con agua. La empecé a desvestir. La quería bañar como para limpiarla de lo que había visto aquella tarde, como una buena mamá, pero lloraba tanto que me impacienté y tuve que sumergirla, con los pañales puestos. El jabón se le metía en la boca, en los ojos dorados. Se movía sin parar. Le arranqué el pañal de un tirón. Una nena no podía patalear tanto. Estaba toda cagada. Y no era.
- ¿Qué cosa?
Nanci tosió con un carraspeo sostenido. Las mejillas se le pusieron rojas.
- Nena – dijo -. Era otro varón. Lo di vuelta para no verle el pito.
Hizo un silencio como si el sexo del niño preparara la justificación a todo lo que venía.
- Flotaba. Tenía una mancha gris cerca de la nalga izquierda. Le saqué el resto de jabón y de caca con la toalla. Lo llevé a la cama. Lo tenía ahí: callado, quieto, mío. Era un hombrecito desnudo sobre mis sábanas. Lo arropé desde la espalda; le canté un arrorró. Entonces lo di vuelta. El pitito era tan chico, tan blando, que por más que lo besara, que por más que me le sentara encima… Yo ya no tenía bombacha, ni nada, pero ese pitito era puro salir, nomás… ¿Lo estoy asustando?
El Padre Antonio negó con la cabeza.
- Si quiere paro.
- Hábleme de usted.
- ¿De mí?
- Sí.
- ¿Y qué quiere saber?
- ¿Es casada, soltera?
- ¿Qué importancia tiene? - Nanci se ruborizó.
- ¿Soltera?
Nanci bajó la vista.
El Padre esperó un instante antes de seguir preguntando.
- ¿Y tuvo algún tipo de vida sexual…?
Ella no contestó. El tema le daba vergüenza.
- Digo… - insistió el Padre - algún hombre…
Ella lo interrumpió.
- Es lo que usted piensa, Padre, pero no lo que le dije a Silvana. Tampoco el tercero de mis hombrecitos pudo hacer nada.
El padre se quitó la estola y envolvió con ella la Biblia. Por la ventana entraba una luz diáfana que en otra ocasión hubiera sido reconfortante, y ahora no.
- No es lo único que no sabe Silvana… - dijo el Padre.- Digamos que para ser su única amiga, está enterada de bastante poco.
Nanci hizo un gesto despectivo.
- Con Silvana hablamos de otras cosas… Con Silvana jugamos a las cartas.
El Padre asintió.
- Además, no quiero asustarla – agregó la vieja.
- Por el nieto – completó el Padre.
- Fermín – recordó ella -. Un nene de rulitos, que la madre insiste en peinar con raya al medio.
El Padre abrió grandes los ojos.
- ¿Qué edad tiene?
Nanci dudó.
- Creo que seis… - dijo -. La madre habla de sus cuadernos como si la escuela primaria se hubiera inventado para él.
Nanci volvió a toser. El Padre guardó sus ornamentos en la valija de cuero.
- ¿Y la viene a ver?
- ¿A Silvana?
- Sí.
- Cada muerte de obispo. Yo la acompaño y también lo veo. La quiere poco. Jamás da besos.
- ¿Nunca?
- Ni a su madre.
El Padre cerró la valija.
- Es de esos horribles niños consentidos que no saben agradecer – agregó.
- ¿Y qué pasó con el bebé?
- ¿Dónde estábamos?
- En la cama.
Ella bajó la vista a las sábanas, como intentando ubicarse en la escena. Sin levantar la cabeza, dijo:
- Lo serruché.
El Padre, por vez primera, se tranquilizó. Aquello era imposible de creer.
- ¿Y tenía un serrucho ahí en su casa?
Ella lo miró a los ojos. Sin vacilar, dijo:
- Utilicé el cuchillo eléctrico. A los dos años, los huesos son casi cartílagos, ramitas. Para partirle el cráneo tuve que emplear una maza.
- ¿Y para qué quería partirle el cráneo?
Nanci pensó un instante antes de contestar. Sin dejar de mirarlo a los ojos, dijo:
- Para hacer todos pedacitos chicos, como para rellenar una tarta.
El Padre insistió:
- ¿Y también tenía una maza?
Ella subió los hombros.
- ¿De veras le interesa saber eso? Si no tenía las herramientas, las compré.
- Ah – dijo él -. ¿Tuvo que hacer mucha fuerza para diseccionarlo?
Nanci cabeceó.
- A los dieciocho años era una mujer fuerte.
- Habrá quedado la cama ensangrentada…
Nanci bajó los párpados con desconfianza. Por un instante supo que él no le estaba creyendo. El Padre miró su reloj. Era hora de irse.
- Lo llevé al baño – dijo Nanci, parcamente -. Lo aserré adentro de la bañadera, a la que ya le había quitado el agua. Enterré los pedazos en tres baldíos, las tres noches siguientes al asesinato. Me guardé la mandíbula.
El padre se quitó el reloj, como para prolongar más aquellos minutos.
- ¿Los baldíos quedaban cerca de su casa?
- Lejos.
- ¿Llevaba los pedazos en el coche?
- En el colectivo. Las bolsas eran de residuos.
- ¿No tenían olor, no chorreaban?
- Estaban bien atadas.
- ¿Y la del tercer día, por ejemplo?
- Qué
- ¿No largaba olor?
- No.
- Al tercer día, la carne da olor.
- No si está en la heladera.
- ¿Y cómo las enterraba?
- Con una pala lineman. Espero que no me pregunte de dónde saqué la pala lineman.
- ¿De dónde la sacó?
- La tenía. Para jardinería. Cuando enterré la tercera bolsa, en un baldío por Caballito o Floresta, no recuerdo bien, apareció un ciruja. Estaba adentro del baldío, y se me acercó cuando cavaba. Eran las cinco de la madrugada; pleno invierno. No sé cómo no lo vi, si había un fueguito. Sobre el fuego había una olla con agua hirviendo. Levanté la pala para defenderme. El ciruja me tiró al piso de un manotazo. Grité cuando forcejeamos en el pasto. Él trataba de arrancarme la pollera, las medibachas; yo lo arañé y grité como una loca. Apestaba. Al baldío entró un policía. Me quitó al ciruja de encima de una sola patada. Agarraba la pistola con las dos manos y me miraba de reojo. El ciruja intentó sentarse; levantaba las manos para que no le disparara. La bolsa de basura había quedado al lado de la pala.
- ¿Y?
- El policía trató de serenarme; yo le dije que no había pasado nada. No iba a hacer una denuncia contra un linyera. El policía no me preguntó cómo había llegado hasta ese baldío. Por sobre su hombro vi cómo el ciruja se adueñaba de la pala y la bolsa. Hacía un ruido muy extraño con la garganta. Abrió la bolsa: olisqueó su contenido; metió la mano y agarró un pedacito. Lo estudió desmenuzándolo con la uña del pulgar. Finalmente volcó todo en la cacerola. El policía me preguntó si quería que llamara a una ambulancia; yo me negué. Cuando salí de allí, el linyera revolvía su guiso.
El Padre hizo una sonrisa breve, sin dejar de mirar a los ojos de Nanci ni por un instante. Sabía que no debía ni pestañear. Era la única manera de sostener ese tipo de conversación sin que ella lo quebrara. Se dio cuenta de que, con su desconfianza explícita, le había ganado. Levantó la mano derecha para hacer la señal de la cruz.
- Aunque no quieras, te bendigo – dijo.
El director tocó a la puerta. Ya se había excedido del horario de visita. La enfermera esperaba para entrar sosteniendo la bandeja de la cena. En la bandeja había un plato de sopa y un pan.
En el recibidor, las abuelas despedían a sus hijos y nietos. Algunos miraban televisión con ellas; cuatro jugaban al dominó. Silvana estaba sola, ansiosa, como esperando algo. Interceptó al cura antes de que saliera.
- Cambié de idea – dijo.
El Padre la miró sin entender.
- Fui así de mala porque estaba cabreada por las pastillas que perdí – dijo ella -. Pero necesito la plata pa’ cerle el regalo a la Nanci.
- Lo voy a pensar – dijo él. Se puso el sombrero de fieltro -. Saludos a Fermín.
- ¿A quién?
- A su nieto Fermín.
- No tengo ningún nieto – dijo Silvana.

El siguiente servicio lo dio en la iglesia. Eligió el sermón en el que a Jesús le avisaban que su familia había ido a verlo, pero no había podido acercarse al Templo a causa de la multitud: Lucas 8, versículos 19 al 21.
- Le dijeron: “tu madre y tus hermanos están ahí afuera y quieren verte”, a lo que él respondió: “mi madre y mis hermanos son los que escuchan la palabra de Dios y la practican…”
También había llamado a Silvana, dos horas antes, para que no le boicoteara la asistencia. Silvana le había prometido que irían las que pudieran ir. Era muy duro salir en invierno, después de los ochenta años. Y la más joven de todas era ella, con ochenta y dos. Ya le iba a llegar a él. Que esperara sentado.
Al servicio concurrieron cinco viejas y una familia con sus niños. Durante la Liturgia de la Eucaristía, Silvana no pudo dejar de pensar, ni por un momento, que esa familia eran un grupo de extras contratado por el Padre Antonio para sostener definitivamente sus argumentos de dar misa en la iglesia. Corroboró la suposición al final de la misa, cuando el marido –de no más de cuarenta años- le preguntó al Padre a viva voz por qué había estado cerrada la iglesia los últimos domingos.
Todos tomaron la comunión menos doña Paula, que insistía en que aún estaba en pecado, aunque recién terminaba de confesarse. El Padre decidió interrumpir unos minutos el servicio para volver a confesarla. Cuando Paula estuvo de nuevo ante él, se le hizo una laguna mental. Tanta fue su desesperación que le pidió colaboración a sus amigas. Doña Esther y doña Francisca corrieron a ayudarla. ¿Sería envidia porque a la pituca de Nilda los nietos le habían regalado una caja de bombones de Los Dos Chinos? ¿Egoísmo por no querer prestarle el Impulse a la hija del portero, que llegó al asilo empapada por haber viajado en bicicleta? ¿Malos pensamientos después de ver aquella escena en la telenovela de las cuatro? El Padre Antonio decidió darle la absolución igual, aunque no se acordara. A doña Paula le pareció una imprudencia de su parte: “Mire si llega a ser un pecado mortal”.
- Un salve y un credo.
Antes de que las abuelas se volvieran al hospicio, el Padre le preguntó a Silvana por Nanci. Ella dijo que Nanci no podía asistir a misa porque seguía mal, sin levantarse de la cama ni para mirar El Mundo del Espectáculo.
- Si se muere y se va al infierno, será su culpa.
- ¿Por qué?
- Por dejá la misa en el asilo así como así.
Después del almuerzo, Silvana reunió a Esther, a Paula y a doña Francisca para comunicarles su desconfianza con respecto al simulacro perpetrado en la misa. Estaba segura de lo que les decía. A ellas les pareció descabellado. Ninguna de las tres había imaginado la asistencia de esa familia como un fraude, sino como un auspicioso signo de que la juventud comenzaba a volcarse, otra vez, a la religión. Por algo el Padre Antonio había leído Lucas 8.
- Lo leyó porque é un estúpido – dijo ella.
Durante los domingos siguientes, Silvana faltó a la iglesia, aunque no pudo lograr que las otras tres abuelas dejaran de asistir. El Padre Antonio notó con irritación que las tres se repartían los pecados antes de hincarse en el confesionario. Los pecados eran, también, tres: mentir con las cartas, emperrarse en no pasar de canal o contar chistes verdes. La que un domingo contaba chistes verdes, al siguiente no dejaba que nadie viera otra cosa que el almuerzo de Mirtha Legrand. Los turnos eran cíclicos. Cuando el Padre Antonio volvió al hospicio no supo bien si lo hacía por buscar a Silvana, porque estaba cansado de la parodia de las viejas, o para continuar escuchando el relato de Nanci.
- El Padre Antonio vino a visitarla – dijo el director.
A Nanci se le encendió la cara. El Padre la notó más demacrada que la última vez. Saludó a Silvana, que se hizo la distraída, y tuvo que pedirle que los dejara solos.
- Ya hablaremos nosotros aparte – le dijo.
- Con usté no tengo nada que hablá – contestó ella, ofendida.
Nanci le enseñó una colonia.
- Me la regaló Fermín, para mi cumpleaños – dijo.
- Ah – dijo el Padre.
- Silvana está enojada porque usted ya no nos visita. La verdad es que yo también lo esperé.
- Tengo mucho trabajo en la Sacristía – dijo.
Ella se rió.
- Los curas nunca tienen mucho trabajo – dijo -.
- ¿Usted cómo lo sabe?
Nanci se acomodó una almohada en la espalda, para estar mejor sentada. Tosió dos veces.
- Me lo puedo imaginar – dijo.
- Ya sé que puede imaginarse muchas cosas… - dijo el Padre.
Nanci volvió a reírse.
- No voy a caer tan fácil como la vez pasada – dijo -. Un cura no me va a hacer enojar con sus desconfianzas de domingo a la mañana… ji, ji.
La risa de Nanci ponía nervioso al Padre.
- ¿Me va a confesar? – preguntó la vieja.
- Si usted quiere.
Hizo la señal de la cruz.
- ¡Usted es el que quiere! Y encima con ese apuro… Yo no necesito ningún perdón.
- Pero necesita contar.
Nanci destapó la colonia. La acercó a su nariz. Volcó un poco sobre su mano izquierda y se perfumó por detrás de las orejas y el cuello.
- ¿Vino por el tercer chico?
El Padre asintió.
- ¿Ya estamos bajo juramento?
- Sí.
La enfermera abrió la puerta. Llevaba una jarra con agua y un plato con pastillas. Le hizo tragar dos, una tras otra. Volvió a llenarle el vaso y se retiró sin saludar al Padre Antonio.
- No les enseñan educación – la justificó Nanci -; solamente a aplicar inyecciones y separar pastillas. Lo sé por el curso que hice en la Cruz Roja, para entrar de portera en el Instituto Marista de Morón.
- ¿Le pedían conocimientos de enfermería?
- No – dijo -. Pero quería averiguar cómo se mataba a alguien con las cosas que uno puede comprar sin receta en cualquier farmacia. Además, siempre toman más fácil al que sabe de primeros auxilios. El curso me llevó dos meses.
- ¿Cómo se llamaba el niño?
- Augusto. Era obeso. El Marista es un colegio con pileta de natación. Él odiaba nadar con los demás, por no mostrar el cuerpo. Empecé regalándole chocolates. No le decía a la madre porque ella se lo tenía prohibido. Era nuestro secreto. Me buscaba en los recreos y después de hora, a escondidas. Yo lo seguía, lo estudiaba. Empecé a dejarle el chocolate en su armarito, donde guardaba la malla y las toallas.
- ¿Los armarios no tenían llave?
- Claro. Yo le ponía el chocolate sobre la tapa del armario, arriba, escondidito. No adentro. Él se subía en un banco, alargaba la mano y lo agarraba disimuladamente. Se los comía adentro del baño, para que nadie lo viera. Esto me lo contó. El juego duró un año. Los que más le gustaban eran los caseros. Los últimos bombones que comió estaban rellenos de nitrobenceno.
- ¿Y dónde los compró?
- Los cociné. Les inyecté el nitrobenceno y tapé los agujeros con trufas. Le di seis. Con que se comiera cuatro, bastaba. El nitrobenceno es una droga común, sirve para hacer perfumes y, en bajas dosis, galletas de postre. Pero es sumamente tóxico. Tiene un sabor y un olor parecido a la almendra.
- ¿Y?
- Fue a la pileta. Tenía convulsiones cuando el profesor de natación, un hombre con barba al que ya tenía harto de tanta excusa, lo obligó a tirarse de la plataforma. Hacía una semana que había cumplido los ocho años.
El Padre movió la cabeza.
- ¿Y no la culparon de nada?
- No alcanzaron – dijo ella.
El Padre sonrió.
- ¿Qué, no me cree?
El Padre negó suavemente.
- ¿Y por qué no me cree, a ver?
- Sus compañeros lo habrán visto mal, convulso. ¿No le hicieron ni siquiera una autopsia?
- Sí – dijo ella.
- ¿Y?
Nanci pensó un momento antes de seguir hablando.
- Ahí me di cuenta de que me equivoqué – dijo.
El Padre esperaba que ella le dijera, por fin, que estaba mintiendo. Nanci, sin embargo, agregó:
- Si tuviera que volver a envenenarlo, lo haría con paracetamol.
- El nitrobenceno salió en el informe…
- Claro. Es un solvente. ¿Por qué iba a convidarle el profesor de natación unos bombones envenenados? ¿Cómo iba a prepararlos? Yo debería haber pensado en todo esto; debería haber comprado una tarta dulce y molido arriba ocho o diez pastillas de paracetamol de quinientos miligramos, de esas que se consiguen en los kioscos. Se utilizan para el dolor de cabeza; son muy comunes y casi nadie sabe el daño que pueden hacer. Mejor aún: gotas. Las gotas de paracetamol son dulces y no salen tan fácilmente en los análisis.
- El niño hubiera notado el sabor.
- Era demasiado glotón. No lo hubiera notado, por ejemplo, en una torta de coco. Pero otra vez el destino estaba de mi parte: en cuanto empecé a sentirme perdida, se supo que la amante del nadador era la profesora de química. Nadie pensó que esa mujer descuidada y torpe no podía haber hecho bombones de pastelería. Para ser repostera es necesario ser bien obsesiva.
Nanci tomó un poco de agua del vaso.
- Los bombones también salieron en la autopsia. Los padres estaban ciegos. Lincharon a los dos profesores antes de que empezaran a defenderse. El colegio dio el caso por cerrado. Al año siguiente se le fue más de la mitad de la matrícula. Yo me jubilé después de catorce años.
El Padre siguió desconfiando.
- ¿Por qué no usar Diazepan como todo el mundo? Conocí dos señoras mayores que intentaron suicidarse con Diazepan. El paracetamol es un detalle demasiado –remarcó la palabra casi burlescamente- específico; el del nitrobenceno más aún. Cualquier chico puede encontrar Diazepan en los botiquines de sus padres, y todo pasar por un suicidio. O una intoxicación
Nanci bufó con desagrado.
- ¿Se murieron esas señoras?
- Una sí.
- ¿De Diazepan?
- De anciana – dijo el Padre.
- Ahí tiene. ¿Cuál es el salvavidas de la gente que intenta suicidarse? El Diazepan. La gente se toma veinte de esas grajeas y lo único que se mata es el estómago. Se lo lavan y listo. No se mueren. La gente no quiere morir, quiere molestar a los parientes, llamar la atención. Para morir con Diazepan hay que mezclar alcohol, y en una escuela es evidente que no corre el alcohol. Entrar una botella puede ser bien difícil. El paracetamol, en la misma medida, causa mayor daño, y sin necesidad de tomar nada.
- ¿Daño cerebral?
- Hepático – contestó, de mal humor.
El Padre dejó de preguntar.
- Los niños son muy inquietos, se mueven mucho y enseguida entran en convulsión. – Agregó: - Aunque si tuviera que matar al nieto de Silvana, hoy no usaría veneno.
El Padre volvió a interesarse.
- ¿Qué usaría?
- Cosas de acá. Un filo. Un cuchillo de cocina. Convencería a mi amigo el cocinero con una mentira tierna para conseguir, por un domingo, la cuchilla de trozar pollos.
- Parece difícil.
- Es un buen hombre. Me quiere mucho. Me viene a visitar.
- Lo difícil sería la mentira.
Ella lo pensó un momento.
- No tan difícil – dijo -. Le diría que quiero serruchar los tacos de mis zapatos, para cuando me vuelva a levantar de la cama. Le diría que lo quiero hacer porque noto que mi amiga Silvana está cada día más encorvada; para no humillarla con mi altura en cuanto me vuelva a sentir bien.
- ¡Si Silvana es más alta que usted!
Nanci miró al Padre como si fuera estúpido. Después de un instante, dijo:
- El cocinero está todo el tiempo esperando oír un cuento así de esta viejita buena. La gente común quiere historias para enternecerse. Una mentira no es mejor que otra porque más gente crea en ella: basta con que la crean los que importan.
- ¿Entonces?
- Haría que el niño se escondiera en el placard, con un juego. Tal vez le daría un chocolate. Le pediría que se metiera adentro de mi valija vacía. Me pondría de pie ayudada por la baranda de la cama. Hacharía al niño con los mismos movimientos con que el cocinero troza los pollos. A ese repugnante niño que nunca quiere dar besos. Después limpiaría la cuchilla con una toalla que también iría a parar a la valija, cerraría esa valija, arruinaría los tacos de mis viejos zapatos para dar un poco de lástima y le devolvería esa misma noche la cuchilla al cocinero.
- ¿Y?
- Y me dispondría a morir en paz.
El Padre irguió la espalda.
- Su amiga Silvana la odiaría por eso – dijo.
Ella asintió con la cabeza, muda. Al fin dijo:
- Asesinar a un chico es un dulce demasiado tentador como para pensar en las caries.
El cura hizo la señal de la cruz.
- No creo que le alcance la fuerza para tanto hachazo – dijo.
- Estoy juntando fuerzas – dijo ella -. Tal vez pueda ocultar la cuchilla debajo de las cobijas, lo invite a un caramelo y le rebane el cuello aquí nomás, sobre las mantas. No parece tan duro.
El Padre sopesó la duda con un movimiento bascular de cabeza.
- No, si existiera Fermín – dijo, casi riéndose.
Nanci se quedó estática, como descubierta.
- ¿Qué? – preguntó.
El Padre guardó la estola en el bolsillo de su saco. Se puso de pie. Agarró el sombrero de fieltro por la copa.
- Que Fermín no existe. Le pregunté a Silvana, y dice que no tiene ningún nieto. No hay fotos…
El Padre señaló hacia la mesa de luz de la otra cama.
- No habrá fotos hasta que no haya besos – dijo Nanci, evidentemente malhumorada. Luego levantó una mano como si estuviera espantando una mosca. Una mano de noventa y tres años. –Esa Silvana está muy viejita y se olvida de todo -agregó.

El domingo siguiente Silvana fue a misa e insistió para estar en el coro. El Padre siempre elegía una señora para que dirigiera las canciones desde el micrófono; a eso le llamaba “el coro”. Era una costumbre de otro tiempo, de cuando la misa estaba llena, pero el cura estaba decidido a no perderla. Aunque la voz amplificada adentro de la nave semivacía sonara con ecos. Ese domingo, sin embargo, había varias personas nuevas. El padre de familia había llevado a unos amigos, que a su vez habían llevado a una tía que estaba de visita.
Silvana comenzó cantando correctamente, pero a mitad de “Pescador de milagros” incluyó las primeras variaciones. Las otras abuelas la miraron sin entender. El Padre Antonio tardó en darse cuenta de los cambios que Silvana introdujo también en las dos letras siguientes. Recién advirtió la maldad en toda su dimensión cuando Silvana terminó “Virgencita guitarrera”. Entonces la miró fijamente, después de hacer un silencio. Ella le sostuvo la mirada con prepotencia. Él continuó con la ceremonia. Quedaban apenas el gloria y la alabanza a María, que decidió hacer recitada. El público no estaba preparado para ese cambio, y ni bien llegó el momento todos empezaron a entonar. Hasta que Silvana cantó “mierda” en mitad del estribillo. La palabra salió amplificada por todos los parlantes. Los feligreses dejaron de cantar. El Padre se aclaró la garganta, esta vez sin mirarla, y comenzó un nuevo sermón a deshora. Como ella intentara empezar a cantar nuevamente, el Padre mandó al monaguillo a que le desenchufara el micrófono. Silvana se bajó del presbiterio y caminó apuradamente hacia la entrada. Salió de la iglesia sin persignarse. Las otras abuelas y las familias dieron vuelta sus cabezas. El Padre tuvo que hacer toc toc con el dedo sobre el micrófono abierto para que volvieran a prestarle atención.
Doña Esther le contó el episodio a la enfermera, que inmediatamente se lo comunicó al director, que constató lo ocurrido con el Padre Antonio. El director no era muy afecto a las cosas sagradas, pero no iba a dejar que sus viejitas lo hicieran quedar mal con el cielo, porque tal vez, bueno… Mejor estar preparado. Silvana adujo falta de memoria momentánea y un repentino ataque de trabalenguas. Había querido cantar “Oh, María, Madre mía”, y le había salido “mierda” mía. “Eso nomá”, dijo.
- ¿Y por qué gritaste la mala palabra?
- Porque se me atoró.
El director decidió dejarla sin postre por cinco días. La penitencia, en lugar de calmarla, la rebeló más. Su amiga Nanci estaba cada vez más enferma, y ese cura no era capaz de ir a rezar por ella. Ese “chupacirios”, decía. Nanci lo único que hacía era dormir. En sus pocos momentos de vigilia había pedido varias veces por el Padre, y una vez por el jefe de la cocina. Silvana lo sabía bien porque se pasaba gran parte del día junto a la cama de su amiga. “Chupacirios, chupacirios, chupacirios”, repetía sin parar.
- Nanci volvió a pedir de hablá con ese chupacirios de mierda-mierda – le dijo al director, que no le prestó atención. No lo iba a hacer hasta que dejara de decir groserías.
Silvana llamó al Padre por teléfono. Le dejó un mensaje terminante en el contestador: si el domingo no daba misa en el asilo, la iglesia quedaría vacía. Ella se iba a ocupar. Él ni se molestó en devolverle la llamada.
El domingo por la mañana las viejitas se amontonaron ante la puerta del recibidor, preparadas para salir. Estaban cambiadas, peinadas y pintadas, pero no se movían.
- ¿Qué pasa? – preguntó el director.
- Silvana no nos deja.
El director se abrió paso hasta el hall. Silvana había cerrado con llave la puerta de entrada, que era de madera maciza, y también las puertas cortavientos, que eran de vidrio. Estaba parada entre ambos cerramientos, en mitad del hall, seria y con los brazos cruzados. Parecía que nada en el mundo la iba a mover de allí. El director le pidió a la enfermera que fuera a buscar los duplicados de las llaves. La enfermera desapareció un instante y regresó con las manos vacías.
- Tiene todas las copias – dijo.
El director golpeó sobre las puertas de vidrio.
- Por favor, Silvana, portate bien y dame las llaves.
- No – dijo ella.
- Por favor – dijeron las viejitas, a coro -, que tenemos que ir a confesar nuestros pecados…
- ¡Qué pecados van a tené ustede, viejas chotas!
- ¡Silvana! – la retó el director.
- Muchos pecados -. Los ojos de doña Paula estaban llenos de lágrimas.
- Abrí de una vez, Silvana…
Ella no se movió.
- Quiero que devuelvas inmediatamente los dos juegos de llaves… - ordenó el director.
- Jamás – dijo Silvana.
La enfermera salió corriendo hacia los dormitorios. El jardinero dijo que él podía salir por una ventana. Agregó que podría ayudar a las señoras para que también salieran por allí. Las abuelas se horrorizaron con la idea. ¡El tiempo que les había llevado arreglarse así, para después tener que salir por una ventana! Qué podía pensar el que las viera, ¡que eran una viejas casquivanas! Además, podían engancharse las medias. Paula pegó la cara al vidrio, para rogarle a Silvana.
- Le mentí a la pituca en el mus… - dijo.
Doña Esther se plegó a los ruegos de Paula.
- ¡Y yo conté un chiste de Jaimito!
Doña Francisca no se quedó atrás:
- Vi otra vez el episodio de Estartrek en el que el señor Spock entra en celo, cosa que le pasa cada siete años por ser Vulcano y no tener emociones ni sexo, por lo que el Entenprais tiene que ir hasta su planeta a traerle la novia…
- ¿Y?
- Y, que la hermana del jardinero no pudo ver Utilísima.
- ¡Qué pavada! – gritó Silvana -. Si quieren al cura, diganlé que venga pa’cá.
- Danos las llaves para ir a avisarle – pidió el director.
- Me las comí – dijo Silvana.
Las otras viejas se largaron a llorar al unísono. El jardinero se ofreció a descolgarse por la ventana para ir a avisarle al cura lo que estaba pasando. Silvana, que lo había escuchado, dijo:
- Que le avisen por teléfono, ¡santo remedio!
La enfermera llegó hasta el director y le susurró algo al oído. El director se puso blanco como un papel. Las viejas levantaron sus ojos llenos de lágrimas hacia la cara blanca. Silvana se puso las manos sobre las tazas del corpiño armado. La enfermera comenzó a alejar a las señoras con palabras sencillas y empujoncitos. Al jardinero se le arrugó la frente y la nariz.
- ¡Nanci! – gritó Silvana.
Buscó torpemente las llaves adentro del corpiño. El director le pidió al jardinero que saliera de allí. Silvana abrió la puerta de vidrio. Soltó el llavero. Caminó hasta su habitación como una sonámbula. El director prefirió esperar afuera la llegada del cura.
El Padre Antonio tardó en llegar, obstinado en dar la misa únicamente para la familia, en la que habían faltado los niños. Mandó al monaguillo a que bajara del púlpito a la nave, para hacerse la ilusión de que había más gente. Cuando levantó el mensaje del asilo, habían pasado más de dos horas. Se puso el sombrero de fieltro, guardó lo que necesitaba en la valija de cuero y salió corriendo. Llegó transpirado y jadeante. La enfermera había logrado dopar a Silvana, que dormía en otra habitación.
- Nanci tenía esto en la mano – dijo el director. Era un chocolatín abollado. El Padre Antonio sacó una botellita de aceite bendito e hizo una pequeña cruz sobre la frente del cadáver. Dijo: “a Ti, que eres mi Creador, te entrego mi alma”. El director observó la escena con los brazos cruzados. La enfermera entró cuando estaban terminando el Padre Nuestro. Entre el director y el Padre, la ayudaron a colocar el cuerpo en la camilla. A pesar de que era liviano como una pluma, en la cama había quedado un pozo. El director intentó acomodar las cobijas para disimularlo.
- ¿Y esto?
Había apartado la almohada.
- No sé – mintió el Padre -. Habrá que preguntarle al cocinero.

Al otro día, mientras preparaban el cadáver para la cremación, el cura les dio la misa que les debía, a pedido del director. Las viejitas estaban muy inquietas y al mismo tiempo vagaban como zombies, porque el director había duplicado la cantidad de sedantes. Siempre que alguien moría en el asilo era de esa manera. Así y todo, Silvana no había logrado dormir hasta la madrugada. Como habían pasado más de doce horas de la primera dosis, le dijeron que podían volver a inyectarle Seconal. Silvana se resistió. Nanci no había tenido otra familia que ella en la vida, y no iba a defraudarla faltándole en los últimos minutos. Era su oportunidad de despedirse. El jardinero, que no podía parar de llorar, también opinaba lo mismo.
- ¿Qué le sucede al hombre? – le preguntó el Padre al director, antes de entrar a la sala crematoria.
- Dice que Nanci fue su novia.
- ¿En serio?
- De todas las que se mueren dice lo mismo.
Lo dejaron entrar a la sala. Se había puesto una corbata oscura y un saco de lana. Entre las manos llevaba un chambergo de paja casi nuevo.
El ataúd era de madera de pino. La enfermera y el director hicieron la señal de la cruz. Mientras el Padre Antonio recitaba el responso, las puertas de la sala se abrieron para dejar entrar al grupo que traía a Silvana. Venía sentada en una silla de ruedas, apretaba un pañuelo mojado entre las manos. El director había comunicado a su familia el deseo de Silvana de presenciar la cremación, para que ellos estuvieran allí. La nuera había protestado, porque tenía que trabajar. El director supuso que no era buena idea dejarla entrar sola al crematorio de su amiga del alma. Las piernas de Silvana estaban tapadas con una manta tejida. Sus ojos estaban hundidos bajo la piel transparente de los párpados.
A la derecha de la silla de ruedas iba la nuera, que no saludó a nadie. El hijo de Silvana esperó a que el Padre terminara la oración y se acercó al director para darle el pésame. Un chico de cabello ondulado y ojos celestes empujaba la silla. Al Padre se le resbaló el sombrero de fieltro, que tenía agarrado por el ala. El sombrero rodó por el piso hasta los piecitos de Silvana, que se montaban uno sobre el otro como si estuvieran rezando. El nene estaba peinado a la gomina, y la extraña raya al medio no podía domar la rebeldía de aquellos rulos.
- Dale un beso a la abuela – pidió la madre.


12.05.2005

ADENTRO Y AFUERA POR LOS FOGWILLS

Dialogo entre Quique Fogwill y Nielsen en oportunidad de revisar el borrador de “Adentro y Afuera”. Participa Vera Fogwill. Grabado en 1993.

Fogwill: La propuesta mía era leerlo en voz alta…
Nielsen: Dale.
F: “Tuve el primer sueño el día que empecé a trabajar en lo de Gómez. Yo subía al entrepiso por una escalera de madera, encendía la luz. Era un desván con porquerías, cajas atadas, ventiladores y baúles. Iba a buscar una jaula de las que había en el piso, apiladas contra la pared derecha del cuartito. Las jaulas estaban cubiertas por una sábana sucia.”
Tiene un ritmo esto, es brutal, [a Vera] ¿te gustó o no?, ¿viste el ritmo?... y eso que no lo marqué.
Yo te digo, en este párrafo, te digo una boludez, esto es un capricho personal mío, yo no diría jamás “encendía la luz”; pero ya está casi perdonado en la literatura que la gente dice “ascienden escaleras”, “manejan automóviles”, “encienden cigarrillos”… una prende cigarrillos; sube escaleras, no asciende; anda en auto, no en automóvil…
N: ¿Pero la luz no es una de las cosas que se enciende?
F: ¿Pero vos qué…? ¿Vos le decís a una mina después de coger “prendé la luz” o “encendé la luz”?
N: Prendé la luz.
F: Es una cosa natural. “‘¿Está el señó Nielsen?’ ‘No se encuentra.’” Boluda, “no está”, ¿cómo “no se encuentra”?
“Arranqué las sábanas de un tirón. Detrás de los barrotes, sorpresivamente, vi pájaros muertos, secos, apoliyados. Fue algo muy desagradable para mí porque entendí que las jaulas se guardaron con los pájaros piando y que ellos, después, murieron de hambre y oscuridad y se descompusieron sobre la bandeja de hojalata, adentro. Pensé en la locura de esos pájaros, se lo dije a Gómez pero no me escuchó.”
En este párrafo hay un error de ortografía. “Polillas” con “ll”. “Apoliyar la siesta” es con “y”.
N: Ah.
F: Vos no podés publicar un libro donde aparezca un error de ortografía.
N: No, claro.
F: Porque te vas a la mierda, ¿viste? Te lo van a perdonar…
[Interrupción]
F: Yo considero que un autor es grande cuando dota a sus personajes de un lenguaje propio. Uno puede inventar relatos y no inventar palabras. Eso es lo grande de Cohen, inventa un lenguaje, el libro está hablando un lenguaje. Un lenguaje que tiene las mismas reglas de formación que el que usas vos para fabricar “bobis”. Yo se de donde sale “bobis”, a mí me lo decían en cana, “bobi” es “vivo” invertido.
N: No, no es… lo inventé.
F: Lo inventaste muy mal, porque a los muertos llamarlos “bobi”… “bobi” es “vivo”.
N: Chau… no, ni ahí. Yo lo inventé por “bobo”, como un cuerpo bobo.
F: Pero… y bueno… Yo quiero grabar esto que digo, porque después así me lo acuerdo… porque un tipo… cuando inventás una palabra… Es un paso más allá de la literatura, inventar un lenguaje, ¿entendés?
N: Sí.
F: Seguramente no va a prender, nadie va a llamar a los muertos “bobis”, pero no importa, pero quedó ahí. Nadie cuenta… las palabras de Quijote son inventadas por Cervantes y no lo sabe nunca nadie. Pero algunas de esas por ahí quedaron. Pero cuando el tipo inventa una palabra, que lo hace muy bien Cohen, cuando inventa una palabra, te pone en evidencia la creatividad, ¿entendés?, el arte. Porque uno también puede decir “los clientes”, también hubiese sido una invención, inventar la metáfora… No es que vos inventás metáforas, tus personajes, inventados por vos, se permiten inventar metáforas. Es mucho más vivo que un personaje que habla como la gente, ¿entendés?: un personaje que inventa metáforas traducibles… yo no necesito deducir nada para saber de qué se trata, yo sé que son muertos, ¿no?
“Yo me había presentado a este trabajo sin saber, pero al borde del hambre y sin un centavo. El sueldo era excelente y el trabajo parecía sencillo y falto de riesgos.”
A mí, esta frase… no la veo. Esta frase no está a la altura. No quiero decir que me moleste, ni nada, ni que sea mala, no está a la altura del nivel del relato. ¿Entendés por qué? Eso lo puede decir cualquier boludo… “‘¿Y, cómo te fue?’ ‘Y… el trabajo era excelente, el nivel de sueldo…’, hasta en una carta, ¿no?. “¿Y usted por qué se retiró de la compañía?, el trabajo parecía sencillo, el nivel de ingresos… excelente”.
N: Sí, capaz que la palabra “excelente” jode.
F: Y “no falto de riesgos”. “Excelente” es atroz, porque “excelente” es una metáfora, quiere decir “celeste”, quiere decir “en el cielo”.
N: ¿Sí?
F: Claro. “Celis” es “suelo”, “ex celis” es “lo que está por encima del suelo”.
N: Ajá.
F: ¿Vos leíste Laiseca bien, no?
N: ¿A Laiseca?
F: Sí.
N: No.
F: Cosas muy lindas de Laiseca hay acá.
Dice: “El sueldo era excelente y el trabajo parecía sencillo y falto de riesgos. ¿Qué iba a sospechar lo de los sueños? Cuando terminé de bañar al primero, supe que nunca iba a poder hacerlo. Y así fue cada vez. ‘No hay que pensar’, decía Gómez. Él era el dueño de la empresa, y venía siempre con saco y corbata negra, con la pelada brillante, brillante…”
Esa repetición…
“… como si se la untara con aceite.”
Las repeticiones también tienen una lógica impresionante, ¿viste?
N: ¿“Brillante” con qué la repito?
F: Con la palabra “brillante”.
N: Ah…
F: Por algo, ¿no? Una brillante brillante brilla más. Pero, en este párrafo, yo… lo que me preocupo es “supe que nunca iba a poder hacerlo”. Falta “bien”, ¿no? ¿Qué es hacerlo?
N: Limpiar esos cosos. Después de que los limpió, sabe que no los va poder limpiar. Eso me pareció: que el tipo está tan confundido que le pasa eso.
F: “Pensé que nunca iba a poder hacerlo”. “Supe” no; si sabés algo, tiene que ser la verdad, y la verdad no es esta, si vos después limpias muertos. Como el orto, pero limpias.
N: Yo lo pensé como la confusión del tipo. Pensé, al poner ahí…
F: Yo pensé que había una trampa en todo esto, o bien que te habías morfado el “bien”. Porque sino es ilógico. Yo creo que algo ilógico cabe en la literatura; en un relato, algo que rompe… cabe, perfectamente. Pero tiene que tener una lógica que rompa la lógica, no tiene que romper la lógica porque el tipo puede ser un lelo que no sabe escribir.
N: Claro.
F: Y acá uno no sabe si el tipo es un lelo que no sabe escribir o no; en esto, no hay ninguna razón para…
“‘No hay que pensar. Antes fueron seres humanos, pero ahora son sólo objetos, yo empecé como usted y aquí me ve, alguien lo tiene que hacer.”
Destaco el dominio del coloquial, ¿no?
“Pasó una camilla con un cuerpo desnudo adentro…”
Te acordás que te lo comenté esto…
N: Sí, sí…
F: “Pasó una camilla con un cuerpo desnudo adentro en un sobre de plástico, y era una anciana. Casi me caigo desmayado. Alcancé a ver que tenía sangre seca debajo de la nariz.”
Ese detalle pelotudo, eso es borgiano. Al poner la sangre seca debajo de la nariz, o al ponerle un lunar en la oreja, o al ponerle algo del anillo de casada, quiere decir que la viste, ¿entendés?, eso prueba…
N: Que la distinguís…
F: Claro. Eso es lo que llamaba Barthes el efecto realidad, ¿no?
N: ¿El efecto qué?
F: Efecto realidad. Los pequeños elementos, agregados estúpidamente a un relato, pero que justamente sirven para organizarlo. Decía, “me crucé a un hombre, tenía un tic en el ojo izquierdo”, si tenía un tic en el ojo izquierdo, seguro que se lo cruzó.
Eso de “adentro de un sobre de plástico” a mí me parece que está mal.
N: Tapado con plástico, si no…
F: O “envuelto en un sobre de plástico”. O “empaquetada”…
N: Eso es bueno.
F: “Alcancé a ver que tenía sangre seca debajo de la nariz. El hombre que empujaba la camilla era un negro. Me miró y se rió. Quizás la impresión reflejada en mi cara le causara risa. Gómez pegó unas palmaditas en el vientre fláccido de la vieja, el cuerpo tembló.
‘Aníbal’, le dijo el muchacho, ‘dejámela como una novia’, y le palmeó también el hombro a Aníbal.”
Yo puse una boludez acá, pero la borro. Yo lo que hubiese hecho, ya que estás, ya que lo palmeó, lo palmeó con la misma mano, ¿no?
N: Ah, que lo palmeó con la misma mano que con la que palmeó a la muerta.
F: Porque le palmeó el hombro, el cachete, con la misma mano.
“Descubrí que Aníbal siempre se reía.”
Ese también es bueno. Es muy sutil, pero el hecho de que el tipo en un párrafo anterior haya pensado que era que se reía por la cara, y ahora descubrió que siempre se reía. Es muy bueno porque defrauda un poco al lector. Esas defraudaciones al lector, o agregados de información, o contradicciones: venís pensando todo el tiempo que el tipo era un negro y resulta que no, que se ponía betún, cualquier cosa, esas contradicciones te ponen muy en evidencia cómo el narrador manipula al lector. Eso es lo bueno de la literatura, que el tipo tenga la evidencia de la manipulación.
“A primera vista parecía un muchacho grosero y descuidado, pero después resultó un buen compañero.”
N: Ahí está el tema de la oficina. Por eso…
F: No, ya está desde antes: la corbatita, la pelada de Gómez, el lenguaje de Gómez…
N: Esa la metí a propósito. Esa me salió a propósito.
F: A mi no me gustó que los adjetivos “grosero”, “descuidado” y “buen compañero” son de la misma índole; como dice “pero”… suponete: cuando yo cebo mate digo “está lavado, pero frío”, el “pero” me gusta que funcione al pero, no al derecho, acá está un pero al derecho.
N: No entiendo.
F: Claro, hubiese sido… que sea grosero y descuidado, no lo hace necesariamente mal compañero. Pero no esta totalmente realizado este absurdo, se podría haber hecho más absurdo. Pero está bien, yo que sé.
“Me indicó unas cuantas cosas. Es curioso, pero yo suelo ser muy reservado y desconfío de la gente como del propio diablo; sin embargo, entablé una relación inmediata con él.”
Yo te digo lo mismo que “mantener una conversación”, que tenés en otro momento... yo creo que un muchacho de oficina y el narrador de este relato no entabla relaciones, ni entabla, ni relaciones. No sé. Ni siquiera traba amistad. “En seguida fuimos compinches”, no sé, algo, no me lo digas ahora, si fuera mío yo en dos minutos lo resuelvo. Tiene algo, vos sabés hacerlo muy bien.
N: Es demasiado formal eso, ¿no?
F: Es un lenguaje muy de “mi señora madre”, viste la gente que dice “mi señora madre”… es un lenguaje casi de telenovela.
N: Sí.
F: “Su risa me pareció horrible, enferma, pero quizás sea cierto que entre todos aquellos males, era lo menos malo.”
Esto yo lo marqué porque a mí no me hace gracia.
N: Y pero… yo lo puse para que dijera todo lo que va a pasar.
F: Sí, pero “entre todos aquellos males era lo menos malo”, no me causa gracia porque males y malo es la misma fórmula. “Su risa me pareció horrible, enferma, pero quizás sea cierto que entre tantas desgracias era lo menos malo que me pasó.”, o “era lo menos malo que tuve que escuchar”. Digo, una solución.
N: Poné la palabra “desgracia” ahí.
F: Pero no sé si es la solución…
N: Para acordarme…
F: Yo lo que buscaría… si uno pudiera, si tuviera la inteligencia y tiempo, habría que buscar palabras que tuvieran que ver con la problemática topológica.
N: ¿Qué es eso?
F: El tema del cuento. Esto es un tratado de topología, del adentro y afuera. La botella de Leiden, ¿te acordás?
N: ¿La botella de quién?
F: Leiden. Es la cinta de Moebius en tres dimensiones. Es esa botella famosa que… vos agarras una botella, de goma, fraguada, la das vuelta, como un forro, la metes adentró… entonces, es un objeto que no podría contener nada ni existir, pero la podés representar. Como la cinta de Moebius: es un plano que en realidad no puede ser, o sea, es un plano que existe fuera del plano. Que es un tema que es… que son construcciones abstractas de la matemática.
N: ¿Pero qué tiene que ver con eso?
F: Tiene mucho que ver, este cuento es todo el tema ese. Lo de adentro y afuera es eso, la problemática del adentro y afuera. Lo que creo notable en todo esto, es que el adentro y afuera no están marcados con valores. Cuando el tipo está cagando, aunque el tipo vomite, y el tipo está vomitando, no hay asco. Hay horror. ¿Pero es un horror a qué? No es un horror al olor.
N: Ni siquiera a la muerte.
F: Es el horror a la pérdida de los límites de la realidad.
N: A la locura.
F: Bueno, es el vértigo que te producen…
[Interrupción]
F: A mí se me armó un quilombo de novelas policiales, que nunca fui lector… pero que es la cuestión… si es un baño, ¿por qué lo llamamos habitación? Y antes, ¿por qué baño?, si un señor tiene una empresa, ¿por qué baño? A mi me parece bien que sea un baño.
N: Le da algo doméstico, de cosa doméstica.
F: Pero lo mete en un espacio demasiado doméstico. Y ahora le metés habitación y lo hacés mucho más domesticador.
El chiste de que “había diez cosas y empecé a enumerarlas” me parece muy bien.
“Una mesa chica con formica imitando madera, un lavabo, una bañera grande de hierro fundido, cinco frascos, una botella con desinfectante y un cadáver de hombre desnudo. Los frascos estaban apilados sobre el borde de la bañera y el bobi adentro. Abrí las canillas. El agua le pegó en el estómago y me pareció que había sufrido una ligera contracción en la piel. El chorro, duro y perforador, cavó un pozo a la altura de su ombligo, lo que hacía parecer que tenía dos.”
Te pongo de nuevo “no H”, cuando te pongo “no H” creo que hay algo que no está a la altura: “lo que hacía parecer que tenía dos”, yo me detuve ahí. Yo creo que el lector común no se va a detener ahí, porque si la gente puede leer lo mal escrito que están los diarios y las revistas, no le va a molestar. Pero creo que hay una oportunidad ahí, hay una oportunidad de crear. Cuando yo… yo creo que si uno encontrara acá las cosas que en una lectura te emocionan, que son las cosas creativas, las cosas que son innovadoras, originales… Esas innovaciones siempre, o casi siempre, responden a dificultades de narrar. Es decir, vos querés decir algo y no te resulta fácil narrarlo, entonces inventas una salida, haces un truco, y en el truco está la creatividad, la originalidad. Por ejemplo, yo, en otro contexto del relato, con otra lectura del relato, lo hubiese hecho así: “El chorro, duro y perforador, cavó un pozo a la altura de su ombligo; daba risa pensar que tenía dos.”
N: Pero el tipo esta medio cagado ahí.
F: Fijate vos, “éste era un detalle simpático”. Vos estás cerca de ese lugar. El tipo está cagado pero se divierte, él mismo lo dice acá: “éste era un detalle simpático”. Con eso te ahorrás también la cosa de decir “detalle simpático”.
N: Sí, puede ser.
F: “No H”, te puse.
“La piel se le arrugaba en pliegues, como las ondas que se forman en la superficie del agua cuando tiramos una piedra. Era un muerto petiso y gordo del tipo de Gómez.”
Yo lo que veo en muchos momentos, es que acá hay narradores americanos, puede ser Salinger…¿vos los leíste en inglés o en español?
N: En español.
F: Pero en inglés dice mucho “you”… “como las ondas que se forman en la superficie del agua cuando tiramos una piedra”… tutear al lector de golpe. A veces funciona. No se si será el caso acá, y si será para tu estilo. Pero es lindo eso, Salinger lo usa mucho. Porque es manera también de citar lenguajes infantiles, un pibe cuando te describe, te describe así las cosas.
“Tenía una cicatriz en el bajo vientre, de alguna operación, y muy poco pelo.”
Habría que ver una sucesión de los pelados en este relato. Se suceden las peladas. Está este; está el fraile, más adelante; está Gómez; creo, no sé, si Rubén no tiene algo en la cabeza; Fernández…
N: Fernández no, después va a tener la herida.
F: “Me lo imaginaba contador…”
Perfecto, un pelado tiene que ser contador.
“… pero en la planilla sólo figuraba el motivo de su muerte, en manuscrito.”
Perfecto. Perfecto porque te metés en un detalle que no tiene nada que ver con el relato, que le da mucha más realidad. A los efectos del relato, si no estuviera en manuscrito, o en letras azules, sería lo mismo.
N: A vos te parecen buenos esos puntitos, esos detalles boludos…
F: Pero qué te parece… Especialmente cuando son observaciones muy originales, no es el caso de “manuscrito”; “manuscrito” queda muy simpático.
“No me esforcé en leerlo. No me interesaba la muerte en lo más mínimo. Sencillamente estaba allí porque no podía encontrar trabajo de otra cosa. Era imposible conseguir nada digno.”
N: El “digno”…
F: No, no, no; acá hay un lío. Porque esto es coloquial, la gente dice “digno”, por ahí citando a la televisión. No, “era imposible conseguir algo digno”. En realidad es todo lo opuesto. Si uno lograra convencer al lector de que el tipo está hablando en coloquial, está bien. Pero no lo lográs. Si vos quisieras convencerlos de que escribís todo coloquial, sería un esfuerzo realmente muy grande, habría que reprimir todo.
Yo, acá, en vez de “manuscrito”, “con letra de médico”, yo pondría otra cosa. También como manera de perfeccionar esa misma jugada que vos hacés.
“Era imposible conseguir algo digno. Ya ahora te limpio los sobacos, gordito. Aníbal me había contado de cuando le tocó lavar al portero de su edificio.”
Esto…la frase del portero es algo impresionante. Que queda sonando…
N: ¿Te gustó?
F: Escuchame: “Aníbal me había contado de cuando…”, me parece muy feo, esto es un trato de sirvienta, feo. “Aníbal me había contado cuando le tocó” o “me había contado que alguna vez le tocó”…
N: Pero es medio coloquial, está medio saliendo…
F: Sí, pero vos venías creando mucho y, para traer el coloquial... bueno, pero no importa.
“Hacía nada más que una semana se habían trenzado por no se qué pavada de los ascensores. El portero gritó hasta que se le cansó la garganta. ‘Y ahora ya ves’, dijo, sonreía mientras hablaba, ‘tarde o temprano siempre pasan por el cepillo de Aníbal’; como si él fuera eterno o un poco dios.
Apreté mi propio cepillo con furia, para no morir nunca.”
El último gesto recordable del portero es que después tuviste que lavarle el cadáver. “Y ahora ya ves”, pero no se sabe por qué, eso es impresionante, [a Vera, que acaba de sentarse] ¿entendés?, ¿ves eso?
Vera: No…
F: Un tipo labura de lavar muertos y le toca lavar al portero de su casa. Una semana antes, la última vez que lo vio tuvo una pelea, no se sabe por qué. Y el tipo le gritaba desde abajo “y ahora ya ves, y ahora ya ves, y ahora ya ves”, es una frase absurda, porque no sabemos qué carajo ves, ni por qué se pelearon, ¿entendés?, se pelearon por un error de ascensor, ¿entendés?... y justo dice una frase que tiene mucho que ver con el portero: “llaves”… Hay una cosa que se arma… viste que dice “llaves”, “ahora llaves”.
N: No me había dado cuenta…
F: ¿En realidad las llaves quién te las da?
N: Sí, el portero.
V: Qué increíble…
F: “Apreté mi propio cepillo”… “propio”, eso es impresionante, porque el tipo ya tiene un cepillo…este tipo de cosas, Guebel no podría escribirlas jamás, porque nunca escribe sobre algo que le pasó. En realidad, inventa. Son como de otro castillo: inventan, crean, son artistas.
N: ¿Vos decís que no hablan de lo de ellos?
F: Si Guebel tuviera que contar este cuento, nunca diría “mi propio cepillo”.
N: ¿Por qué?
F: Porque nunca tienen nada propio. Solamente se atribuyen virtudes, no accidentes, ¿entendés?
N: ¿Y objetos?
F: Si son imprescindibles para el relato, sí. Por ejemplo “mi pistola”, al asesinar, uno mata con su propia pistola. ¿Pero un cepillo?, ¿mi toallita?, no…
“Un bobi es piel, huesos y tiempo. Un bobi es poco tiempo, es descascaramiento…
V: ¿Vos no sabías que “bobi” era “vivo” y le pusiste “bobi” a los muertos?, qué increíble, ¿no?
F: ¿Pero vos no escuchaste decir a los rockeros, a los faloperos, a los dealer, “bobi”: “¿so bobi vo, loco?”.
V: Pero “bobi” es “boludo”, “bobo”…
F: “Bobi”, en la cárcel, cuando yo estaba en cana, era “vivo”: “vos sos bobi, así que te lo puedo contar”. Un “bobi” era un tipo despierto. Y, ojo, lo escribían con “b”, a pesar de que sabían que era una inversión de “vivo”.
“Un bobi es piel, huesos y tiempo. Un bobi es poco tiempo, es descascaramiento, pudrición.”
Esto es un poema, eso lo vas a encontrar…
[Interrupción]
F: …inventás un lenguaje e inventás una moral –como vos bien decís–, pero además inventás una manera de enunciarla, lo cual le da realidad. Un patrón tiene realidad cuando dice frases de patrón, que son acuñadas por él y que tienen una cadencia, ya establecida de tanto repetirla y de tanto madurarla. Eso institucionaliza las palabras del tipo…
N: Eso es la moral del tipo.
F: Bueno, pero al tener una moral institucionalizada el tipo es real, el tipo… digamos, no estás, no sos un escritor de literatura argentina… Piglia no puede hacer esto en la puta vida…
N: ¿Piglia?, ¿por qué?
F: Porque no le sale, loco. No le sale. Las buenas voces son voces de Piglia.
N: Pero si el tipo es jefe, tiene que hablar como un jefe…
F: Briante sí. Tiene que hablar, pero… ¿entendés que acá el tipo tiene una poética, me entendés que hay una poesía en esto, “un bobi es piel, huesos y tiempo”? Como son las frases célebres de los tipos, viste que…
N: Claro.
F: “Gómez frotaba el tenedor con el cuchillo al decírmelo. Ese momento era como ir a misa, y todos los que limpiaban habían pasado por él. Había trozado el bife en pedazos pequeños y se llevaba esos pedazos a la boca, acompañados por alguna papa o una rodaja de tomate que pescaba directamente de la fuente. ‘Un bobi es como una bolsa plástica de basura, la piel es la bolsa; lo que hacemos nosotros es mostrarle al resto que la bolsa es blanca como la nieve, que el contenido no afecta las apariencias, todos saben que adentro hay basura, pero eso es asunto de gusanos, los gusanos devorarán esa basura.’”
Se me alargó la moral acá un poquito. Yo acá te marqué una cosa, una boludez, pero como se me alargó la moral, se me empezó a transformar esto en relato. Entonces propuse un punto y aparte, para que se note que es una frase de un tipo, sino se va a perder, se va a pensar que es una frase tuya. Incluso yo le haría el truco muy viejo, de Nabokov, que termine en puntos suspensivos, que dan una especie de… aunque vos no los usas, los puntos suspensivos ayudan mucho.
N: No sé usar los puntos suspensivos.
F: Al final… hacer más vacilante el lenguaje de los tipos.
“Yo sentía su masticación y Gómez parecía el rey de los gusanos devorando la carne podrida.”
Acá hay una cosa interesante. Como pasa en el Playa quemada, acá también hay un registro, acá tenés las comillas, porque el primer sueño no lo contaste con comillas, ahora lo contás con comillas.
“Me acerco a las jaulas tapadas. La luz del desván pestañea, indecisa por enseñarme lo que va a pasar, lo que voy a ver. Yo no presiento nada. Las jaulas que se guardan, siempre se cubren con una manta. A su vez, con el tiempo, el polvo cubrirá a la manta. A ésta, por ejemplo (¿era blanca, gris, marrón?). Los dedos se me crispan al contacto del género. Descorro el telón. Los pájaros, en el suelo de chapa de la jaula, duermen su sueño eterno, con los picos abiertos.
Abro los ojos. Tengo las manos sumergidas adentro de la bañera llena de agua sucia. Saco el tapón. Nadie me está mirando. Si sé que me miran no puedo soñar una sola imagen.”
Te quiero mostrar… bueno, no importa, existe.
N: ¿Existe qué?
F: Mi poema. El poema ese “Cómo flotan los muertos”, es impresionante.
N: ¿Lo tenés ahí?
F: Sí, es un poema que terminé hace poquito.
N: Vos no tenés libros publicados de poesía, ¿o sí?
F: Tres, a falta de uno.
N: ¿Tres?
F: Sí, pero uno sólo bueno.
N: Yo siempre leí cuentos tuyos.
F: Y bueno… Pero vos no lees poesía, digamos, no estás en ese mundo…
N: Leí algunas cosas de poesía. Hay algunos poetas que me gustan… Pizarnik me gusta… me gustaba por lo menos, cuando era chico. Hace mucho que no la leo. Lo último que leí de poesía es a Bizzio, que me encantó.
F: “¿Cómo flotan los muertos? Qué pregunta. Empujando con mis manos en el medio de la cabeza de este fraile (le digo fraile porque tiene un círculo sin pelo y bastante crecido a los costados), lo sumerjo hasta que desaparece. Los pelos que cubren sus orejas y la nuca expresan tímidamente el movimiento. Flotan con más tranquilidad que el resto del cuerpo, como diciendo “si nosotros todavía tenemos cuerda para rato”. Cuando aflojo, el cuerpo vuelve a la posición inicial.
Me prohibieron esto de sumergir las cabezas. Yo lo sigo haciendo. En la soledad, uno hace todo lo posible para zafar de la realidad.”
V: Buenísimo…
F: Yo tengo una crítica: es tan poético esto, es tan lindo, que la rima “soledad - realidad” me rompe las pelotas.
N: ¿Esa rima?
F: “En la soledad uno hace todo lo posible para zafar de la realidad”
N: Yo me di cuenta recién…
F: Porque no lo leíste en voz alta, macho…
N: Sí lo leí en voz alta, pero no me di cuenta, lo leí con otra cadencia…
F: O ya lo instituiste, ya quedó como…
N: O “lo real”…
F: Yo lo dejaría así. Pero, en otros cuentos, o en otros textos, cuando tenés algo tan lindo como esto, estás perfilando una cosa… todo ser humano tiene un pedacito de hijo de puta, este tipo acá también tiene un pedacito de hijo de puta.
Todo el mundo efectivamente, en lo íntimo, en lo privado, es un poco hijo de puta. Hay minas que son buenísimas, son unas santas, y a las siete de la mañana llaman a un tipo para hacerle una cargada.
N: Todo el mundo es un poco hijo de puta, sí.
F: Pero esa confesión es muy linda. Tiene una ironía, mostrar la parte mala. Lo mismo cuando le toca la concha a la vieja: la parte perversa. El tipo es moralmente hipersano, pero justamente por sano, tiene que lavar a una vieja y le toca la concha. Eso lo hace un tipo sano. Un perverso o se la coge, y se enamora para siempre del cadáver, o bien la tiene a distancia. Un tipo sano hace alguna diablura.
“Lo más difícil es darlos vuelta. Aníbal me dijo: llamame que te ayudo. Me habían dado un viejo choto con una metástasis múltiple. Me daba repulsión, y eso que ya había lavado. Creo que lo que más me impresionaba era saber que tenía cáncer adentro. Como si el cáncer fuera un bicho que en cualquier momento pudiera salir por la boca y morderme un brazo, y contagiarme su rabia.”
Morderme yo no pondría. Yo pondría picarme. ¿Sabés que quiere decir “cancer”, no? Cangrejo.
N: ¿Cangrejo quiere decir?
V: Papi, vos pensás que son obviedades.
F: El signo de Cáncer, loco, ¿no vieron nunca el horóscopo?
N: Pero un cangrejo tampoco pica.
V: Sí, pica.
F: Bueno, hay que encontrar la palabra, no sé.
“Cuando lo fui a buscar a Aníbal a su baño, él estaba lavando a una pendeja. Me enojé, porque ahí me di cuenta de que me habían soltado los peores. Le dije si no le daba vergüenza. El agua jabonosa dejaba ver parte de los pechos erguidos de la mocosa. Tendría veinticinco años. ‘¿Ah, sí?’, dijo él. ‘Andá a ver qué lindas piernas tiene.’
Sumergí mis manos en el agua.
‘Accidente de tren’, dijo Aníbal. ‘Se desangró sobre las vías.’”
No se entiende esto. “Sumergí mis manos en el agua y toqué el fondo de la bañera”, “y sólo encontré el fondo de la bañera.”; para que se entienda…
V: Ah… ¿En realidad la mina no tenía piernas…?
N: ¿Después se entiende, no? No se entiende ahí, pero en la frase siguiente…
F: “Accidente de tren”… y ahí te ahorrás.
“Le habían trabado los muñones con un tirarte que usaba en la bañera, para que la cabeza quedara afuera.”
La rima…
N: Vos encontrás todas las rimas…
F: “Estaba temblando cuando entramos a mi cuarto, Aníbal me ayudó a dar vuelta al viejo.”
Esto es genial, porque el viejo no se cagaba encima antes, pero ahora…
“Seguía cagándose encima. Él dijo: ‘mande bala nomás compañero’, y me pasó el cepillo. Se refería a que le limpiara la mierda raspándole la piel. No lo pude aguantar, vomité sobre el cadáver.”
V: ¿Por qué se caga, no entiendo eso?
F: Me parece perfecto, los muertos se cagan encima…
V: ¿Sí?
F: No, pero…
N: Cuando recién se mueren, se cagan, se les vacían todas las tripas… pero ese ya no se puede cagar ahí, sin embargo se cagó, que sé yo.
F: ¿Sabés lo que es estar con un cadáver y que al minuto se cague como si estuviera vivo?
V: Qué horror.
F: Pero pasa. ¿Trataste con cadáveres, vos?
N: Jamás.
F: Pasan cosas, con los cadáveres. Por ejemplo: les tocas el pecho y hacen ruido. Largan el aire.
V: ¿Y vos cómo sabés?
F: Estudié medicina… tengo fotos con cadáveres, yo. Cuando cursas anatomía te sacan fotos con los cadáveres.
V: Ah… Qué bárbaro, mirá que lindo. Che, papi, ¿qué otras cosas hacen?
F: Bueno, sabés que cuando los creman… sabés que bailan. Además, no se si sabrás que tiene que haber un familiar siempre que te creman, tienen que mirar, sino, no te creman. Para firmar el acta.
V: ¿Se mueven?
F: Por el calor, claro. Algunas partes de cuerpo se contraen mucho más que otras. La danza de los muertos. Por eso, para evitar que, si vos querés hacerte pasar por muerto, y que tu familia herede toda la guita… te vas al crematorio, no prenden el fuego y te piras por otra puerta. Por eso tiene que ir algún familiar a firmar el acta.
No sé, a mí me pasaron algunas cosas, no me acuerdo qué era… a sí, ya me acuerdo…
V: ¿Qué?
F: Una boludez. Corté una vela de un hígado, de un cadáver recién abierto y empezó a salir, no sangre, me empezaron a salir piedras de la vena, sangre petrificada… un chorro, una presión…
N: ¿Vos sos médico?
F: No, estudié medicina dos años.
N: …hay una pileta con muertos, donde tiran a los que recién se murieron, que nadie los fue a buscar, en la morgue… están todos flotando…
F: Ahh… de ahí sacaste cómo flotan los muertos…
N: No, no. Había visto una película.
F: Yo, la flotación de los muertos lo tengo por un sueño que tuve en el año ’67, ’68…
N: Cuando escribí eso no la había visto ni ahí, ni había salido la película. Unos estudiantes de medicina, que hacen paseos por ahí adentro… que se desmayan… una diversión macabra, medio underground…
F: Salen del Dorado, de bailar… Donde fue ella ahora que el novio estaba en Gesell, ella se fue al Dorado a bailar el sábado, a las tres de la mañana.
V: Qué chusma sos…
F: Se lo voy a contar a tu macho.
V: ¿De dónde sacás las informaciones? Además… es increíble, te juro que no se lo dije yo…
F: A mí me gusta mucho esto, en la página cinco, que empieces a contar una historia… es una cosa muy piglica. Piglia tiene esa cosa linda, que la tomó de John Barnes, que es: “había una vez”, “había uno que”… ¿viste esas cosas que usa Piglia? Y acá lo mismo:
“Es una viejita muy lúcida, parece (…) como una buena abuela dentro de la bañera.”
Digo, es muy lindo esto… no porque se use un truco muy conocido, sino porque replica el tono y el ritmo del relato de los sueños.
“El agua está tibia. La expresión me trae recuerdos de mi propia abuela. O tal vez de una gallina de mi abuela. Sus labios están pegados. El mentón le roza la superficie quieta del agua.”
“El mentón roza”, ¿por que “le roza”? Si es a ella…
“Le echo colonia de uno de los frascos. Lavanda.”
Colonia de abuela…
“Así parece que estuviera más alegre, pero no: está muerta, la muy conchuda. ¿Espero palabras de su boca de mujer, que me cuente de su vida, de sus hijos, sus amores? Todo eso está quieto, balanceándose…”
Es impresionante. ¿Todo eso qué es, la historia, no?
N: Sí.
F: “…balanceándose sobre el agua como el cepillo, casi quieto. Que me diga de aquel macho que chupó por primera esas tetas colgantes; estos dos nidos deshabitados. Pero su boca enmudeció y sus oídos no responden al pedido.”
¡Me cago en vos…! “oído”, “pedido”; “dos nidos deshabitados”, se repite tres veces el número dos.
N: Estoy jugando…
F: Y después vienen “oídos”, cuatro veces…
N: Medio molesto, ¿no?
V: Leélo todo.
F: “…estos dos nidos deshabitados. Pero su boca enmudeció y sus oídos no responden al pedido mío, muy cerca de su rostro: yo mojándome la pera en su agua final.”
“en su agua final”, es buenísimo eso.
“En el agua que su tacto no alcanza…”
Tiene esas explosiones poéticas. Que, a veces, pueden llegar a aparecer, y vos habrás borrado muchas…
N: A veces, ¿sabés qué tengo que hacer?, con los cuentos… les saco cosas de esas… porque se va a la mierda, me queda muy floreado…
F: “Lo vi a Aníbal hablando con el marido…”
¿Ves?, es lo mismo…
“… que parecía desconsolado.”
Esto también tiene muy lindo cine, porque el hecho de que ahora sigue el episodio anterior…
“…que parecía desconsolado. Se agarraba la cabeza con las manos y Aníbal intentaba tranquilizarlo. Fue justo al irme. Marcaba mi tarjeta y oí que le decía palabras de aliento a la vida. El hombre tendría unos treinta años y nervios de alterado mental. En un momento se dio vuelta y salió corriendo. Yo aproveché para saludar a mi compañero que sonreía. ‘¿Siempre sonriente?’, le dije.”
Yo, acá… esto lo que tendrías que trasformarlo en diálogo, y sacarle las comillas.
“‘Sí’, dijo el. ‘¿Y ese, lo asustaste?’ ‘¿Qué?’ ‘El que se fue corriendo.’ ‘Era el marido de la del tren.’ Me di cuenta. Guardé mis manos en los bolsillos y él alzó los hombros sacando pecho. Con un orgullo inexplicable dijo: ‘no sabe que yo también la vi en bolas.’”
Acá hay una cuestión. Es demasiado bueno para que el orgullo del tipo sea inexplicable.
N: Orgullo tiene que tener, ¿no?
F: Orgullo o alguna virtud que pueda tener… acordate que el tipo es un negro. “Fanfarronada…”, no sé, pero orgullo inexplicable, no. Primero, porque es completamente explicable. Porque una vieja que ve todo esto y dice “es inexplicable que le falte el respeto a una muerta…”; pero para vos es perfectamente explicable.
N: Sí, totalmente.
V: “Con justificado orgullo…”
F: “Con justificado orgullo…”
N: “Con justificado orgullo…”, tal cual.
F: A pesar de su negrura…
“Había uno en el grupo…”
¿Ves?, acá viene Piglia, “había uno que”, “había una”…
“Había uno en el grupo que afirmaba haberse cogido dos o tres bobis, sin ningún tipo de reparos. A mí me parecía un tema siniestro. A Gómez no le importaba, él miraba pasar la vida desde su corbatita y, mientras entrara plata, el problema moral lo tenía sin cuidado.”
Mnnnn.
N: Todavía le queda algo de moral al tipo, por eso…
F: Mirá, el problema moral… No es un problema moral cogerse a los muertos… Yo te diría, como ironía, “la vida sexual del personal no le importaba”, “la sexualidad de su personal lo tenía sin cuidado”.
N: Poné “sexualidad”, escribí la palabra “sexualidad” al lado, eso me encantó.
F: Pero, yo lo leí así…
“Aunque para mí no era un problema estrictamente moral, sino más que eso. Era la náusea en toda su amplitud. ‘Inclusive’, agregó otro de nuestros compañeros, un negro tan delgado que parecía no tener carne sobre los huesos, ‘una vez se cogió un pibe de catorce; el pibe tenía leucemia’. Lo miré espantado. El tipo afirmaba cada disparate que decía el flaco o Aníbal, hacía que sí con la cabeza. Dije: ‘debe ser feo’. El tipo puso cara de no importarle, para agregar: ‘si te ven’.”
Yo creo que acá, cuando el tipo dice “si te ven”, se salva el relato. Pero acá hay un quilombo narrativo. Fijate: hay un compañero negro delgado, está bien; hay otro que afirma, que no se sabe quién es, si el tipo es el flaco o el que se cogía a los muertos… “afirmaba cada disparate que decía el flaco o Aníbal”. “Hacía que sí con la cabeza. Dije: ‘debe ser feo’. Yo ahí te puse un guión de diálogo, porque a mí me parece que interrumpir un diálogo con una comilla y volver al diálogo, me parece…
Yo creo que este párrafo hay que trabajarlo para que el “si te ven” sea definitivo para siempre.
Debe ser feo cogerse a un muerto… con leucemia… si te ven.
N: …un obrero –creo que a vos te lo conté–, en una obra, en Lobería… aparte Lobería es de esos pueblos de provincia, que hay un gran machismo, una cosa moral… un tipo que era, no era homosexual para el tipo, o sea, él se cogía tipos, el tipo era El macho. Venía a buscar tipos viejos. Y les cobraba. Y cuando yo supe que era homosexual, bah, que se cogía tipos, en un asado, nos sentamos a comer el asado, y empezaron a contar todo. Y el tipo “que grande, que grande que soy”, decía, estaba orgulloso. Ganaba más guita que laburando de obrero. Y yo le dije “debe ser feo cogerse a un viejo, ¿no?” Me dijo: “si te ven”.
Cuando me dijo eso se me puso la piel de gallina.
F: “Aníbal, al principio, me había dicho que rezara para que no llegara uno con enfermedades en la piel porque me lo iba a dejar si o si.”
Esto yo lo subrayé porque es buenísimo. Ahí entra el coloquial en dos palabras.
“Lo dijo con la seguridad del que le ha tocado ya, a su pesar, lavar un leproso.
Me acuerdo de ese que vino lleno de estrías y granos. Yo era recién llegado, así que me lo soltaron dentro de mi bañera. Los granos se reventaban al paso del cepillo, y vos sabés, el pus es como el óxido, jamás descansa.”
Yo, el “jamás descansa” no lo entendí. Yo hubiese puesto “jamás perdona”, o algo así…
N: Pero el óxido sigue siempre. Es tipo está muerto y le sigue funcionando.
F: Ahhh… no se entendió, loco. No se entendió lo que vos querías decir. No se entiende, macho. Yo lo entendí de otro manera: que “jamás descansa” porque agrede.
N: El tipo está muerto y de todas maneras sigue con el pus, sigue largando…
F: “Seguí soñando con aquellos pájaros”.
¿Por qué “aquellos”? No sé: “seguí soñando con mis pájaros”, ¿ya no son tuyos?
“Todas las tardes cerraba la puerta con llave y me acostaba al costado de la bañera, en paralelo con el bobi, pero con la cabeza para el otro lado. Me acostumbré así. Aníbal me dijo que todos lo hacían: era la siesta. Hasta Gómez se tiraba a dormir. Nadie jode a nadie. Hay una hora, en este lugar, en la que todos somos como muertos.”
No me pareció bien terminada la descripción esa del 69 con el muerto. Porque el “paralelo” y el “para” me jodió. Fijate: “Todas las tardes cerraba la puerta con llave y me acostaba al costado de la bañera, en paralelo con el bobi, pero con la cabeza para el otro lado.” “para-el-o”, “paralelo”… hay aliteraciones que no sé… lo que me prueba esto es que vos tenés muy bien la imagen, y lo que querés decir, pero no te tomaste el laburo de escribirlo bien. Porque por ahí podés hacer una descripción, como si te dijera, esto es para un guión de cine que va a filmar Fellini, entonces tengo que escribirlo diez puntos: “me acuesto así y así…”, ¿no? Especialmente en vos, que todas las coordenadas espaciales las manejás muy bien.
“…era la siesta. Hasta Gómez se tiraba a dormir. Nadie jode a nadie. Hay una hora en este lugar en la que todos somos como muertos. Cruzaba las manos sobre el tórax, aparentando la postura de un bobi en el cajón. ‘¿Por qué crees que los ponen de esa manera?’ ‘No sé’. ‘Para que duerman más en paz.’ Aunque crucé los dedos sobre el pecho, los sueños se me hicieron más reales y desesperados. ‘No puedo aguantarlo’, le grité a Aníbal con la cara desencajada por la tensión. Él sonreía con tranquilidad. ‘A esa hora de la tarde’, dijo, ‘tus pájaros te salvan de ser igual a ellos.’”
Esto no puedo dejar de vincularlo con la frase “escribilo” de Playa quemada. Porque yo creo que en ambos cuentos hay una población de inexistentes; o varias… pero hay una. Que en este cuento son los cadáveres; en la otra son los petrificados. Pero hay una población de inexistentes. Y la manera de diferenciarse de los inexistentes, en ambos, es el trabajo. Los dos personajes tienen, con el inexistente, una vinculación de trabajo. Este lava los muertos. El otro resucita a la hermana. Y el trabajo está vinculado con la producción de fantasía… o la producción de sueños.
“Gómez contó que a la mañana habían llevado a uno con tres tiros. Dos en el pecho y el hombro derecho…”
¡Me cago en la puta poesía!
“…y el tercero en la cara. Debajo del pómulo, también derecho. Y que las instrucciones eran velarlo a cajón abierto. ‘Y le dije a Aníbal, que se da maña para todo, que le arreglara la cara.’ Aníbal levantó los hombros, ‘¿Y qué hiciste?’. ‘Un relleno con pastina marrón. El tipo era un groncho de la mafia del Once, medio chino. Después le agregamos maquillaje y lo dejamos secar; antes lo habíamos lavado, se entiende. Cuando secó el maquillaje lo unté con parafina, la cara le brillaba como una máscara, era otra persona, la madre y se puso a llorar de la emoción. Te juro; un maniquí. Lindo como un maniquí en una vidriera.’
En la mañana del martes entró una contracturada…”
Ese personaje yo no lo termino de entender.
N: ¿Cuál?
F: La contracturada. Porque es como una tipología. Me parece bien, al ser una contrcturada quiere decir que, entre el código del personal, tienen tipologías de fiambres. Entonces a uno lo llaman “che, un contracturado”, “un agujereado”, “un suturado”…
V:¿Qué es un contracturado?
N: Un “todo duro”. En realidad no estaba al principio en el cuento, pero me pareció que, antes de resucitar a un tipo, alguien se tenía que mover.
F: “No me avisaron. Aníbal, en un momento, parecía que iba a decirme algo, pero me dejó solo con la dura adentro de la bañera. Los otros le habían prohibido que me avisara. Abrí las canillas. La señora tendría unos sesenta años. Yo estaba distraído porque trataba de pensar en otras cosas, fundamentalmente en mis sueños. Entonces apoyé mis manos sobre su abdomen de piedra y las piernas se le encogieron de un tirón. El susto me arrancó del agua, martillándome la cabeza contra el lavabo. Quedé tendido en el piso, sangrando. Ellos, que se habían escondido tras la puerta, entraron al baño dando carcajadas. Yo los veía como a seres extraños, salvajes. Me pregunté qué estaban haciendo ahí.
‘No hay que distraerse con los tiesos’, sentenció Gómez. Aníbal me ayudó a ponerme de pie, para agregar: ‘Así se mueven los muertos’.”
Eso es buenísimo.
V: ¿Pero qué hizo la mina?
N: El tipo le apoyó las manos en el abdomen…
F: …y levantó las piernas.
“Cuando pude tranquilizarme, me di cuenta de que había pagado una vez más el derecho de piso. El baño estaba empapado y la bobi seguía ahí: lo más sentada, con la cabeza erguida como la de un tótem.”
¿Sabés lo que quiere decir “tótem” en alemán?: “Cadáver”.
N: ¿Cadáver?
F: Este relato tiene un problema. Este micro relato, el episodio de la contracturada, y es que no está logrado el hecho de que exista la categoría. No sé, no has logrado convencerme de que ya había un folklore en la institución, de que clasificaban que los contracturados tienen reacciones. Se puede arreglar; si vos me decís a mí, yo por veinte dólares, me siento en la computadora y digo “yo voy a arreglar este párrafo”, me pongo una hora y lo arreglo. Se puede arreglar, no tiene misterio… Por ahí, a esta altura del libro puede ser hinchapelotas.
N: Sí, se puede arreglar. Pero, si hay una categoría, y está escrito en primera persona, y el tipo no sabe que hay una categoría… Porque el tipo no sabe, se la hacen.
F: Bueno, pero mirá cómo te lo arreglo por un dólar: “El martes de la segunda semana me entró la contracturada. Yo no sabía.” Porque “los demás no me avisaron”. No se sabe lo que no le avisaron, porque la información es “entró una contracturada”.
N: Pero se sabe al final.
F: Bueno, pero “no me avisaron”; no se sabe qué. Digamos, yo todavía no sé que le han hecho un chiste al tipo.
N: Pero cuando terminás de leer el bloque, ¿no sabés que le hicieron un chiste?
F: Sí, claro, pero no tiene gracia.
“Aníbal, en un momento, parecía que iba a decirme algo, pero me dejó solo con la dura adentro de la bañera. Los otros le habían prohibido que me avisara.” Si le dijera “los otros le habrían prohibido”, ya pone un poquito más de…
N: Pero está dando indicios de que va a pasar algo.
F: ¿Y: “la segunda semana me tocó la primera contracturada”? ¿“Un martes me tocó la primera contracturada”? “El primer contracturado que me tocó fue una mujer”, ahí está.
Está muy bien. “El primer contracturado que me tocó, justo era una mujer”…
N: Un dólar.
F: Yo te pongo “que me tocó”.
“En el instante en que me quedé solo, le metí un dedo entre las piernas. Sus labios también estaban duros. El acto me excitó. El agua tibia nos ponía la piel de gallina, a la vieja y a mí. Me dio un poco de miedo y saqué la mano. Su pequeño monte de venus cabía en el centro de mi palma. Tomé el cepillo, se lo pasé, pero hizo un ruido a lija que me retiró las manos del agua. Su piel era de pergamino; pedía caricias, y no el desgaste bruto de mi cepillo. Cerré los ojos sin alcanzar a ver las jaulas.”
¿Qué te pareció?
V: Buenísimo.
F: Escribe mejor que Guebel, ¿no?
V: No lo leí del todo.
F: “Cuando lo trajeron a Rubén Fernández yo supe que iba a pasar algo. Tenía la frente descubierta…”
¿Vez?, ahí está, Fernández también.
N: Claro.
F: “Tenía la frente descubierta y fue una premonición: me pareció que iba a complicarse. No quise lavarlo y Gómez me gritó que desde cuándo elegía cuerpos. Había algo en él que no estaba bien. Entré al baño enceguecido por la impotencia. Leí sus datos buscando una respuesta. Cincuenta y seis años, ataque cardíaco provocado por asfixia. Tenía los ojos sin cerrar, con lo párpados como dos cables adheridos a los arcos superiores. La expresión me alteró más, parecía no comprender el tema de la muerte. Como yo, o como, tal vez, no lo comprendía Gómez.”
“…parecía no comprender el tema de la muerte. Como yo, o como tampoco…”. Si no lo comprendía él, Gómez tampoco. Porque hay algo que perdía lógica de esto.
“Lo toqué con desconfianza. Con desconfianza volqué el desinfectante de la botella hasta vaciarla. Su miembro estaba de pie.”
No, ahí te lo marqué: “de pie”…
¿Vos tenés 35 años, nada más? (Fogwill le pregunta a Nielsen, pero mirándola a Vera)
V: No yo tengo 34…
F: Pero no parecés de 34, parecés de 33 y medio.
(Vera se ríe. Tiene unos dieciocho años.)
F: ¿Y qué pasa si…?: “Volqué el desinfectante de la botella, hasta vaciarla entre sus piernas. La tenía parada como un mástil.”
N: Sí… como ese momento es medio solemne...
F: A mí, miembro te lo acepto, pero de pie no lo veo.
“Se lo bajaba y volvía a subir. Ahí fue cuando vino la queja. Como si fuera un ronquido venido desde otro baño.”
Brutal, genial, “venido desde otro baño”. Un escritor pondría, “Como si fuera un ronquido venido desde otro lugar”…
“Volví la cabeza y el agua se quitó, huracanada, y una trompada enérgica instantánea brotó de la bañera, pegándome debajo del mentón. Mi cara dio un cuarto de vuelta hacia el frentazo del bobi, que partió mis labios y me hundió medio cuerpo adentro del agua. Creo que perdí el conocimiento y lo recuperé, todo en un segundo.”
Eso pasa. ¿Vos peleaste?
N: Sí.
F: ¿Boxeabas?
N: No, pero pelee en la calle…
F: Cuando te fajan, el nock out es una cosa que dura un segundo, pero…
“Fue tan vertiginoso que salí de ahí de un salto, sin comprender. El tipo se movía en una compulsión continua de brazos y torso, de cabeza y manos. ¿El grito fue mío o de él? Apreté la botella. ‘El horror de volver’, estaba diciendo cuando llegaron los otros. ‘Ese horror’, pegándole más y más botellazos en la cara, hasta verlo quieto y sangrante, quieto y mudo, quieto y muerto otra vez.
Aníbal me agarró de los brazos. No sé cómo salí de allí.”
Brutal. A mí… Un trabajito, de que pierdas una tarde, una tarde entera, retocando la historia de la trompada, cómo se produce el acto ese. La reacción está muy bien. La primera parte del episodio está bien, pasa, pero quizás puede tener más riqueza.
N: ¿Más fuerte?, ¿que sea más fuerte?
F: O más lento, o más rápido…
N: Lo puedo poner en cámara lenta…
F: Probá.
“Amanecí en una cama de hospital. Aníbal estaba sentado a mi derecha, y los tubos de plástico salían y entraban de los agujeros de mi rostro.”
A mí no me gusta que la gente tenga rostro.
“Había soñado. ‘¿Dónde estoy?’, pregunté, y él hizo un gesto para que me callara. El cuerpo me dolía como si me hubieran pegado una paliza. Aníbal dijo algo así como que me quedara tranquilo. Traté de recordar qué había sucedido. Vi a los muchachos a mi alrededor, en ronda, sosteniéndome; vuelto un loco. Vi pájaros pegados contra el fondo de una gran jaula. ‘¿Qué tengo que ver?’, me pregunté; él volvió a llevar su índice a los labios para que mantuviera la calma.”
Un amigo no te hace… el mensaje de un amigo no es que uno mantenga la calma. Mantener la calma, me parece a mí, que es tan delicado como “rostro”. “…él volvió a llevar su índice a los labios”, diría yo, “como diciéndome...”
N: “…que me quedara tranquilo.”
F: “quedate tranquilo”, no sé. Porque además un tipo, cuando ve el otro, no interpreta para qué lo hizo, eso es el mensaje… Me dijo que me calle, no me dijo que “mantenga la calma”.
“Una enfermera entró y me inyectó algo en el brazo. Aníbal se borroneó junto a las líneas del cuarto.”
Brutal. Que te inyecten y se borronee la gente… Quizá… Es muy lindo esto. Yo lo que vi acá es que Aníbal se disolvía... “Los colores de Aníbal”, porque no hay casi colores en este cuento, “los colores de Aníbal se disolvían en los colores de la pared, del techo y la ventana, y las cortinas…” Los colores. Las formas y los colores. Me parece que merece… Este descubrimiento de que cuando te enchufan… cosa que pasa, cuando te pican, todo se va a la mierda; en las películas se hace, en las subjetivas, le dan a inyección al tipo y ves el mundo que se deshace. Yo creo que esto es muy lindo, así funciona bien y se podría perfeccionar. Lo marco, no porque esté mal, sino porque da para más… sin agrandarlo…
“Le pregunté por los muchachos. Ya me habían sacado los tubos de la cara…”
Es impresionante qué bien que va pasando el tiempo. Por que no es “otro día volvió”.
“Le pregunté por los muchachos. Ya me habían sacado los tubos de la cara y podía reconocer a las enfermeras. Aníbal era el único que venía a verme y eso me parecía mal. Él dijo: ‘No te vienen a ver porque les das miedo.’ ‘¿Y el tipo?’ ‘Qué tipo.’
Un nombre y un apellido que los tenía grabados en la memoria, pero del que no sabía nada más. No podía recordarlo. ‘Rubén’, dije, finalmente. ‘¿Qué Rubén?’ ‘Rubén Fernández. Decime qué le pasó al tipo.’
Aníbal me sostuvo por los hombros como si fuera a caerme. ‘¿De verdad que no te acordás?’ ‘No.’
Justo entraba el médico…”
Este diálogo no está bien contado, perdoname. Por las putas comillas.
N: ¿Le pongo guiones a todos los diálogos?
F: Si no, tenés que contarlo en indirecto.
V: ¿Cómo es en indirecto?
F: “Aníbal me sostuvo por los hombros, como si fuera a caerme y me preguntó si de verdad yo no me acordaba.”
V: “Yo le contesté…”
F: “Y entonces yo le contesté que no.”
N: Le mando los guiones y chau.
F: “Justo entraba el médico y le pidió que se retirara de la sala. Dio un par de recomendaciones y me dejó solo otra vez. Aníbal abrió la puerta y se acercó a mi cama. ‘Dormí. Fue un caso único de catalepsia, que viene a ser algo así como una hipnosis de los sentidos. Nos dijo el tordo. Nunca había ocurrido, y Gómez prometió que nunca volverá a ocurrir…’”
“Gómez aclaró”, no. “Gómez prometió”. Gómez no puede aclara nada…
“‘Dice que te tomes vacaciones. Que lo que pasó no existe. Que te olvides.’ ‘¿Por qué?’ ‘Dormí, no te digo.’ ‘¿Cuánto tiempo estuve inconsciente?’ ‘Tres semanas.’”
No se entiende “no te digo”.
V: No entiendo algo… ¿qué le pasó al tipo?
F: Casi mata al muerto, que había resucitado.
N: Lo llevaron al hospital…
V: Pero no entendí… ¿no le inyectaron no se qué?
N: Lo que pasa es que está dividido en bloques.
F: Justamente eso es lo más lindo de esta narrativa.
V: ¿Qué le pasó?
F: Está internado y uno de los compañeros del laburo lo va a visitar siempre. Le cuenta que los demás no van.
V: No van porque le tienen miedo… Pero, ¿por qué llegó a estar internado?
F: Y, del golpe que se dio… le debe haber agarrado un shock.
N: Despertó un muerto.
F: Vos sabés que las tres semanas… yo creo que con cuarenta y ocho horas sin conciencia alcanzan y sobran para esto.
V: Tres semanas le dan como una irrealidad. Es más creíble si son cuarenta y ocho horas…
F: No sé, yo te diría un día y medio. Es muchísimo.
V: 72 horas.
F: En realidad lo que el tipo tuvo fue una epilepsia. Tuvo un ataque de epilepsia, tiene todas las…
N: Qué sé yo.
F: Porque toda la descripción, de los tipos rodeándolo y eso, es casi una descripción de un ataque de epilepsia: el problema de los ojos…
N: Está bien, menos tiempo… ponele menos tiempo.
F: No solamente le pongo menos tiempo, sino que…
N: Pero no alcanza a empezar a conocer a las enfermeras, le tengo que quitar eso de antes, que dice…
F: No, porque estaba empezando… eso me pareció bien.
N: ¿Alcanzan las setenta y dos horas?
F: En diez las empezás a conocer.
“Cuánto tiempo estuve inconciente”… “Cuanto tiempo pasó”, por ahí, “Cuánto tiempo hace que estoy aquí”.
N: “Cuánto hace que estoy aquí”, esa es buena…
F: “Esa noche soñé con un tipo con la cabeza vendada. Estábamos en un cruce de dos calles de tierra. Yo me había detenido justo debajo de la luz, porque sentí que me seguía alguien desde la oscuridad. Me di vuelta. El cielo estaba negrísimo de espanto; de la nada salió el vendado. Llevaba una jaula vacía en una mano y enseguida se presentó. ‘Fernández’, dijo, ofreciéndome su derecha. La apreté sin dudar. Algo explotó adentro de su mano; un algo blando, como una fruta podrida. Me enseñó la palma abierta. Sangre y plumas.”
Mi crítica a esto: “algo explotó adentro de su mano”… no. Será en la mano… yo no sé cómo, pero a mi no me parece que sea dentro de la mano del tipo. Si es una mano regordita, y un flaquito, y un chiquitito con mano gordita, sí explota adentro de la mano. “En la unión de las manos”, “en el hueco formado por nuestras manos”…
N: “En el vacío…”
F: “En la sopapa oscura de nuestras manos”… lo que mierda quieran, pero yo creo que esa es una cosa que no se puede escribir en un minuto.
N: Es muy importante, tenés razón.
F: Porque sino se le revienta la mano al pelotudo…
N: Sí, es como en el otro cuento, que mi hermana se está muriendo, es como el centro.
F: Y acá yo le pondría “Me enseñó la palma abierta: sangre y plumas.” Yo lo haría así.
“A la semana volvió a visitarme Aníbal.”
Porque yo creo que la alegoría de la pluma es impresionante, ¿la pluma para qué sirve?
N: Para escribir.
F: “A la semana volvió a visitarme Aníbal.”
N: Al otro día, le saco el tiempo…
F: “Al otro día volvió a visitarme Aníbal. Yo ya había hilado casi toda la historia mediante indagaciones a las enfermeras y retazos de recuerdos que iban apareciendo.”
“indagaciones” a mí no me gusta, qué querés que te diga.
“Me trajo flores y la novedad de que me darían el alta en cualquier momento. Yo no me sentía del todo bien. Se lo dije y él explicó que necesitaban esa cama. Agregó también que con los muchachos me estaban preparando unas ‘vacaciones’ por la obra social, que iban a ser totalmente necesarias.”
Yo no sé esto: “iban a ser totalmente necesarias”. Si fueran palabras de Aníbal me parece bien, pero no está justificado… son palabras tuyas, del narrador.
“Gómez y todos opinaban igual. Le dije que no quería irme de vacaciones. Él subió los hombros y siguió hablando de cualquier otra cosa. Le conté que había tenido un sueño con el tipo aquel, y le pregunté cómo estaba. Me contestó que bien, que ‘no sabía mucho, pero creía que bien.’
‘Resucitado por segunda vez’, agregó. ‘No entiendo.’ ‘Casi lo matás. La botella chorreaba sangre. Le partiste la cabeza con saña. En dos partes. Todavía está jodido.’ ‘¿Quién lo vio?’ ‘Nosotros. Gómez. El tipo podría haberle hecho un quilombo de puta madre, y sin embargo prefirió bancarselá.’ ‘¿Y?’ ‘Y nada, que se salvó por segunda vez. Yo te entiendo. ¿Quién soporta que alguien quiera volver? Nadie. Yo también lo hubiera reventado a botellazos. Había que matarlo.’ ‘Los nervios, che, no me dieron abasto.’
Él dudó. ‘No sé’, dijo, ‘había más que eso. Te fuiste; le dabas y le dabas masa. Vos tenías los ojos llenos de furia, no de miedo.’”
No me gusta que el tipo diga “los nervios no me dieron abasto”. Es gratuito… “Los nervios me traicionaron” me la banco, pero “no me dieron abasto”…
“Me habían avisado que me darían el alta a la mañana siguiente. Aníbal estaba ahí conmigo. Se ofreció a ayudarme a juntar las cosas. Yo había reflexionado mucho sobre la conversación mantenida…”
¡La concha de tu madre! Ahí hay que cambiar todo el párrafo, me parece. Porque reflexionar sobre una conversación mantenida, es de un memorandum de ejecutivos.
“Él estaba preocupadísimo por la valija y por si me darían o no el último desayuno.”
Eso es brutal. Yo eso, eso es muy de tu tía, cuando va a al hospital y si va a seguir o no con el desayuno… eso está muy bien, ponele un poquitito más de aproximación, que no pase desapercibido.
“Se lo dijo al médico y éste le prometió que sí.”
¿Por qué carajo…? “Se lo dijo al médico, que le prometió que sí.”
N: Claro…
F: “Se lo dijo al médico y éste le prometió que sí. ‘¡Quiero saber más del bobi!’, le grité.”
A mí me gustaría, porque ya que viene jugado así enchastrado, que lo mire adelante del médico y que el médico lo mire con cara de loco. Yo ya te acabo de dar el alta, estás con tu compañero de laburo, y entonces hablás y decís una cosa rarísima: “quiero saber más del bobi”. ¿Entendés?, “¿qué es el bobi?”, porque el médico no sabe qué es un bobi. Yo pondría al médico, yo pondría un testigo en ese diálogo, para repetir sobre otro lo que le pasó al lector cuando empezó a leer el cuento, que también se sorprendió. Es muy de tu estilo eso, ¿entendés que es muy de tu estilo jugar a eso de repetir alguna operación?
“‘Caramba’, dijo, ‘qué energía. Tiene razón el doctor en darte el alta.’ Me senté sobre el colchón, esperando oír.”
Yo creo acá hay toda una intención de crear un clima de camaradería, de amistad, como el canceroso, que lo trata todo el mundo bien, de cariño, de chiste, pero que no está todo bien… eso no está terminado. Me parece que no está terminado de lograr, uno de los elementos que impiden que esté terminado son las comillas, y el tratamiento del diálogo en el párrafo. Si lo hicieras con guiones y con paciencia… “dijo, mientras encendía un cigarrillo y pasaba una mosca”, “le respondí con otra voz…”, ese laburo hincha pelotas…
N: Sí, muy hincha pelotas.
F: Bueno, eso… revoque fino…
“‘¿Y qué querés saber?’, preguntó. ‘Algo. Cómo está, dónde vive, de qué trabaja.’ ‘¿Para qué?’ ‘Me interesa.’ ‘Es casado. Tiene una tienda de pájaros en Flores.’
La piel se me erizó. ‘¿Qué te pasa?’ ‘Nada’, dije. ‘¿Una tienda?’ ‘Sí, un negocio de venta de animales y jaulas.’”
Yo no se sí… ¿por qué no agregamos “animales y pájaros”?
N: No nombra la palabra…
F: Antes lo dijiste… una pajarería, loco.
“Esa noche volví a soñar con Fernández, parado en el centro del cruce de tierra. La luz de la lámpara le hacía brillar la pelada.
Ves que Fernández también tiene pelada.
“El círculo de luz del piso estaba rodeado de jaulas, lo que hacía un cilindro de una altura que oscilaba entre los treinta y los setenta centímetros.”
Yo no sé… “la luz de la lámpara le hacía brillar la pelada”, ¿si?, “y rebotaba en el piso, donde había un montón de jaulas.”
N: Es re lindo que haya un círculo, que el tipo tenga que entrar en un círculo.
F: Ya lo sé, pero hacelo, provocalo, todavía no lo tengo. Con escribir la palabra “círculo” no producís un círculo… tiene que ser visible, real para el lector y tener un sentido. Creo que lo tiene acá.
La lámpara, que no es la lámpara, es una bombilla, una bombita de esas de campo que cuelgan de un cable… habría que poner eso. Además tiene que tener la luz amarillenta, yo creo que tiene sentido esto…
V: ¿No pensás que el personaje se parece, por como está relatado, a Erdosain, el de Los siete locos?
F: ¿Por qué?
V: Porque todo el tiempo hay un doble pensamiento…
F: Pero los buenos personajes son así… porque todo el mundo tiene doble pensamiento, lo que pasa es que los malos escritores lo cuentan en línea recta, para ahorrar laburo.
V: Que de repente te dice “Estaba bien. No me gustó nada.” Entonces, vos que lo escuchás, pensás “ah”, y de repente te cagó. Eso es lo que veo.
F: La defraudación.
N: ¿Es importante la defraudación?
F: En este tipo de género creo que sí. Sí porque da vida, obliga a atender, obliga a pensar. Además te hace sentir la manipulación.
V: Claro.
F: Explicita la artificialidad.
V: ¿Es lo que digo o no es lo que digo?
F: Mmm… Sí.
Bueno, no termino de armarme el espacio este de las jaulas, pero bueno.
“Entré al círculo saltando sobre una cualquiera. El tipo dijo: ‘Llevesé la que le guste, pero no pegue.’
Me hizo gracia. Él me ayudó a quitarle los trapos. Era un tipo simpático, bonachón. Las puertas de las jaulas estaban abiertas. Adentro, todos pájaros muertos. Lo miré como diciéndole ‘qué pasó’. Puso cara de no saber.
‘Esta jaula, por ejemplo, con este petirrojo...’ ‘Qué dice.’ ‘Que está muerto.’ ‘¿Y? Todos estamos un poco muertos.’ ‘Pero éste está muerto del todo.’ ‘No sé. Toqueló, a ver.’
Metí la mano adentro de la jaula. El pájaro se despertó, abriendo las alas como si naciera, como un gran batifondo, como un susto con alas.”
Falta tópica de sueño.
N: ¿A lo mejor dándole color a la luz?
F: Sí, pero ojo vos con el color. Porque no tenés un sólo color en todo el cuento. Si le metés de golpe un color, va a ser una propaganda de Calvin Klein.
“A las once de la mañana dejé el hospital. Gómez me había suspendido del trabajo, por boca de Aníbal, hasta quién sabe cuándo. Estaba encubiertamente expulsado de un lugar al que no pensaba volver.”
Buenísimo.
“El sobre lleno de dinero me hizo bien. Gómez, al fin y al cabo, era una buena persona. Aníbal asintió. Me dio también un pasaje a la costa y un papelito anotado. Pensé que sería la dirección de Fernández. Él me miró sin entender. ‘Es la reserva en un hotel de la obra social que tiene ventanas a la playa. Un regalo mío y de los muchachos, para que descanses de lo que te pasó.’”
Sos conciente que ellos le hacen a él lo que él después le hace a los bichos, ¿no?
Acá ya se me vuelve imprescindible que los diálogos sean diálogos.
N: Voy a guionizar todo.
F: “Me vestí tan ansioso como si tuviera quince años y fuera al primer baile. Estaba totalmente repuesto. Aníbal dijo ‘ahora andá a tu casa’. Él sabía lo que yo estaba por hacer. ‘Andate a tu casa, y después te me vas de vacaciones. Ni se te ocurra pisar Flores.’”
Hay que poner énfasis. Yo pondría “te me vas a tu casa…”
N: Sí, “te me vas” está bueno. Tiene más fuerza.
F: (A Vera, señalando el mate) Che, ¿qué yerba usaste, la que está en la lata cuadrada o la que está en la bolsa?
V: La que está en la caja cuadrada, ¿por qué?
F: Porque es una yerba muy cara… ¿viste que dura infinito? Vale el triple…
V: La que había antes era ésta también, ¿no?
F: No, yo había hecho una mezclita, había hecho una mezcla con… ¿ya llenaste dos mates?
V: No.
F: Yo he hecho una mezcla con Unión.
“Averigüé la dirección telefoneando a Gómez. Lo hice caer con una mentira infantil.”
No… andá al carajo, loco… “con una mentira infantil”.
N: ¿Cómo voy a hacer?
F: Yo qué sé. No sé. Pero no. O me contás cómo lo hiciste…
N: Eso es muy difícil, ¿cómo lo hago?
F: Hay maneras: andá a un cana y preguntale.
N: Si no ponía eso, no sabía qué poner.
F: Hay una empresa que lava cadáveres, hay un resucitado, ¿cómo conseguís la dirección de un resucitado? “Lo llamé a Gómez. Le hablé con otra voz y le dije que lo llamaba de la revista…”
N: No se la va a dar. No le va a dar nada a nadie.
F: Y menos con una mentira infantil. Cayó como un pajarito; no, no puede ser. Hay que encontrar la manera. No está a la altura; no está a la altura de inteligencia que lo quieras salvar así. Porque sino digo: “Conseguí la dirección buscándolo en la guía.” No hay cosa más fácil. “Había solamente tres ‘Rubén Fernández’ en la guía, pero uno sólo de Flores. Llamé a ese y efectivamente vendía pajaritos.”
N: Sí, puede ser.
F: Lo que pasa es que el 41 no va a Flores ni por joda. Ni el 41 ni la calle… la calle donde vos lo ponés es en el Once, no en Flores. ¿Qué calle era?... Rincón.
V: Rincón es en Flores.
F: ¿Sos loca, vos? Mirá, [canta] “Café de los angelitos, de Rivadavia y Rincón…”
V: Ah, es verdad.
F: “…yo te canté con mis gritos, en los tiempos de Carlitos…” Rincón es la continuación de Azcuénaga.
V: El 92 va.
N: Era un colectivo que yo tomaba… que pasaba por ahí.
V: El 141 tomabas. El 141 va a Flores.
F: “En la calle Rioja…”, Rioja era, no Rincón, Rioja es en Once… es la calle de la facultad de psicología. No importa, va a durar más este cuento que el urbanismo de Buenos Aires. Pero te garantizo que el 41 viene por Rioja, viene del Hospital Francés hacia el centro. Porque Rioja es mano para acá. Pero no es Flores. Ese barrio se llama… te voy a decir el verdadero nombre de ese barrio, se llama San Cristóbal.
N: Ah, es San Cristóbal, sí.
F: Perá. “Mentira infantil” me parece una pelotudez, no está a la altura lógica de todo esto. Lo buscaste en la guía, ¿para qué joderlo a Gómez?
N: Gómez no me lo va a dar nunca.
F: Además, si llamás a Gómez tenés que decir alguna historieta más, “volver a escuchar la voz de la pelada”…
N: No, no va a estar.
F: “Observé la vidriera desde la vereda de enfrente. Crucé la calle. Las jaulas se amontonaban por decenas, formando columnas de alambre. Esqueletos. Entré.
Se acercó una señora. ‘Buenas tardes, qué va a llevar.’ Tenía la cara redonda y los cachetes inflados. Se me revolvieron las tripas. ‘Quiero dos mirlos en una jaulita.’
La señora metió la mano adentro de una jaula y los pájaros se alborotaron. Sacó uno pequeño, negro. ‘No, no quiero dos iguales. Ponga ese mirlo y aquél amarillo.’ ‘Es un canario.’ ‘Está bien.’ La señora se quedó mirándome, como si algo no funcionara. ‘Necesitará jaulas separadas’, dijo. ‘No. Póngalos adentro de aquélla.’ ‘Es muy chica.’ ‘No importa.’ ‘No podrán convivir. Los pájaros precisan espacio.’ ‘Yo soy el que compro y los quiero en la jaula chica.’
La mujer no entendía.”
Está muy apurado este diálogo, faltan descripciones. Porque yo entiendo el clima, el hombre, la prepotencia del cliente, la mina, pero habría que…
N: Le falta algo…
F: Es un diálogo perfeccionable. “‘Necesitará jaulas separadas’, me dijo, creyendo que yo no me daba cuenta.”
N: Claro.
F: “‘No, póngalos dentro de aquella’, le ordené.”
N: Está bien, buenísimo. Esa sí. Tal cual.
F: “‘Es muy chica’, protestó.” Porque ya al final protesta. “‘No importa’, la corté.”
“La mujer no entendía. ‘Espere un segundito’ dijo, y se fue hacia adentro del local.”
No se fue hacia adentro del local, estás dentro del local. “Se fue a la trastienda.” Pero no es la palabra.
N: “Se fue a la cocina.”
F: No sé.
“Los pájaros hacían un ruido ensordecedor. Volvió a aparecer, seguida por el marido. Nos quedamos tiesos. Unidos por los ojos. ‘Mejor andate’, le dijo. Ella juntó las manos nerviosísimas sobre su boca. El ruido se detuvo por completo.”
¿Qué ruido?
N: Los pájaros.
F: Esto es de cine, loco, de película de cowboys. Los pajaritos dejan de cantar cuando el muchacho se enoja.
“Él volteó la cabeza para mirarla gravemente y el cuerpo de la señora pasó el umbral de la puerta, como si la hubiera empujado con las ganas.
Fernández volvió a mirarme. La cicatriz era un surco ancho que le dividía la frente en dos, desde la base de la nariz…”
La base de la nariz es acá.
N: Entonces es acá.
V: El entrecejo.
F: Es feísimo poner entrecejo.
N: Horrible.
V: ¿Y la unión de las cejas?
F: “Dijo: ‘Yo estaba encerrado en mi cuerpo como en una celda. Vi cómo me cepillabas. El jabón me entró en los ojos y en la boca, y mis agujeros absorbían esos jugos de desinfectantes y alcanfores. Toda esa limpieza tuya. Me pregunté qué pasaría cuando moviera el primer dedo, cuando articulara nuevamente el primer grito.’”
El tipo viene coloquial, casi… articular un grito… Mirá: “Me pregunté qué pasaría cuando pudiera mover el primer dedo, cuando soltara el primer grito.”
V: “Toda esa limpieza tuya”
F: Eso es brutal.
“Yo jugaba con una moneda sobre el mostrador de madera. No sabía qué decir. ‘Que nunca te toque eso de querer moverte y que el cuerpo no te responda.’ ‘Comprendamé’, le dije. Mi voz era una súplica. ‘Los nervios. El asunto de los nervios. No es joda.’ Él se tocó la herida. ‘¿Y por qué el odio?’ ‘No sé.’ ‘¿A qué viniste?’ ‘A comprar unos pájaros.’ ‘No podrán vivir dentro de la misma jaula.’”
“No podrán vivir en la misma jaula”, loco.
N: Está bien, lo corrijo.
F: “‘Estarán encadenados uno a la muerte del otro. Van a sufrir, se van a querer matar.’ ‘En casa tengo una más grande’, mentí. ‘Ni bien llegue, paso el mirlo.’ Dudó más que la mujer. Ella apareció por detrás y se escudó en sus espaldas. Él le dijo: ‘Marisa, hacé lo que te diga el señor.’ Y, dirigiéndose a mí: ‘buenos días’.”
Acá de vuelta el tema del diálogo y los guiones.
“Salí con la jaula en la mano. Llegué a mi casa. Un olor a desierto llenaba todos los lugares. Era una colección de humedades olvidadas; un musgo. Apoyé la jaula sobre la mesa. Los pájaros piaban alborotados. Pensé: ‘debería mostrarles el mar, antes, para que sepan’. Para que vean y después sueñen. Y no se olviden nunca. Y se lleven ese recuerdo infinito, extendido hasta límites a los que jamás llegarán entre barrotes. Levanté las puntas del mantel hasta cubrir la jaula. Parecía un paquete de regalo, porque el mantel tenía estampadas unas guardas con flores muy alegres, como un papel para envolver objetos felices. El pasaje estaba en mi bolsillo; el sobre adentro de la valija. Desde la puerta, al verlos por última vez, supuse que pedirían clemencia, adentro de su caja forrada en tela. Que pedirían luz, agua, comida. Que pedirían que me quedara. Cerré la puerta.”
V: Es buenísimo.
F: Es grande, ¿no?
V: Muy bueno.
F: Vos sabés que este cuento, ella, lo lee en dos minutos. Yo la vi leer en siete minutos un cuento mío de cuarenta páginas.
(mira un teléfono anotado en el margen del cuento) 624… che, ¿dónde vivís?
N: Ese es el teléfono de mi vieja. Yo no tengo teléfono y ayer estuve todo el día en la casa de mi vieja porque volví hecho mierda… con esto del viaje, tuve que volver antes e ir a la obra a Necochea.
F: ¿Desde cuándo sabés que te vas a España?
N: Lo supe el 25.
F: ¿De Enero?
V: ¿A qué te vas a España?
N: Una cosa que hay de escritores… de jóvenes escritores…
V: ¿Y quién va?
F: Nadie. El único escritor es él.
V: ¿Y cómo vas… presentaste un libro…?
N: Yo no tengo libros. Pero mandé cuentos sueltos. El libro publicado era condición, necesitaba un libro. Les mandé lo que ganó en el concurso ése del que fue jurado Ana María Shúa. Y Chitarroni me hizo una carta diciéndome que alguna vez me va a publicar en Sudamericana. Él leyó los cuentos. Lo que me extraña es que no puso fecha…
F: Que no te extrañe.

Gustavo Nielsen nació en Buenos Aires, en 1962. Es arquitecto y escritor. Como arquitecto ha realizado obras en Capital, Buenos Aires, Córdoba, San Luis y Montevideo. Desde 2008 comparte el Galpón Estudio en el barrio de Chacarita junto a los arquitectos Ramiro Gallardo y Max Zolkwer. Ha ganado el Tercer Premio para el Parque Lineal del Sur (asociado a Max Zolkwer), el Primer Premio para el Oasis Urbano Magaldi Unamuno, Tercer Premio Cenotafio Las Heras y Mención en el Oasis Boedo (asociado a Max Zolkwer y Ramiro Gallardo), Mención en el MPAC (asociado a Sebastián Marsiglia), Mención en el Pabellón Frankfurt 2010 (asociado a Max Zolkwer y a Sebastián Marsiglia) y Primer Premio en el concurso internacional para el Monumento a las Víctimas del Holocausto Judío (también asociado a Sebastián Marsiglia). Escribe notas sobre ciudad y diseño en el suplemento Radar, de Página 12. Ha publicado “Playa quemada” (cuentos, Alfaguara), “ La flor azteca” (novela, Planeta), “El amor enfermo” (novela, Alfaguara), “Marvin”, (cuentos, Alfaguara, "Auschwitz" (novela, Alfaguara)y “Adiós, Bob” (cuentos, Klizkowsky Publisher) , “Playa quemada” (cuentos, Interzona), “La fe ciega” (cuentos, Páginas de Espuma, Madrid), “El corazón de Doli” (novela, El Ateneo) y “La otra playa” (novela, Premio Clarín Alfaguara 2010).

gesnil@gmail.com

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