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7.23.2012

EL AMOR ENFERMO / CAPÍTULO TRES


3
"URUGUAYOS A VOMITAR",  leyó Saravia, en el afiche rojo pegado sobre una cartelera de la calle. Parpadeó. Las letras estaban caladas en blanco sobre el papel rojo fulminante, y el sol de las nueve de la mañana hacía que todo se viera más claro. Había bajado a esa hora porque no podía dormir. Se encontró con Celeste en el pasillo. Ella le pidió que por favor le pagara pronto, ya que le debía bastante dinero. "Hágame la cuenta", dijo él. "Espere un minuto", dijo ella, y se metió en su departamento. Había dejado la puerta abierta, pero Saravia no la esperó. Salió del edificio; caminó hasta la esquina y dobló. Se sentía cansado por la mala noche; en realidad por todo ese maldito último tiempo; le dolían los huesos además de la molestia del zumbido que, otra vez, lo había despertado antes de las siete. Se había limpiado con los cotonetes y el alcohol; se había hecho el cono de papel que le recomendó Celeste. Para la prueba del cono había agarrado un papel de diario y lo había enrollado en forma de corneta. La  punta más chica iba sobre el agujero del oído doliente; sobre la otra (según Celeste:"la amplificadora"), alguien tenía que susurrar. O hacer un leve tronar de dedos, o algún sonido de campanitas. Saravia tenía un diapasón. Ella le había preguntado para qué era. El golpeó las varillas contra el borde de la mesa y se las acercó al costado de su cara. Ella abrió grandes los ojos, hasta que el sonido se extinguió.
- Es un la; la nota la.
- ¿Y para qué sirve?
- Para afinar un instrumento.
Volvió a hacerlo vibrar delante de la oreja de Celeste.
- Parece un mosquito -dijo ella.
Saravia se puso el cono e hizo sonar, en la bocina, el diapasón. Esperaba percibir el vuelo de una abeja, como mínimo. Oía menos que sin el cono. "No sirve", le había dicho a Celeste, "no amplifica". Ella se ubicó al lado de la bocina y gritó "¡eh, Saravia!", tan fuerte que lo hizo saltar. "Qué hace", le reprochó. Ella estaba colorada de vergüenza. "No lo hice tan fuerte", mintió.
- Fue la bocina, que sí funciona -agregó ella, terca, para después recordarle que debía varias facturas, además del alquiler. Saravia pensó que si ella no fuese gorda, tal vez hubiera intentado una aproximación. El día en que él había llegado al edificio, ella le había dicho: "Me encantan las personas de cuarenta y pico que pudieron mantenerse solteras como una, y que se ven tan bien así delgados como usted, de traje y corbata y zapatos y bien afeitado como usted". Había dicho todo esto apresuradamente, sin respirar. Entonces Saravia comenzó a salir del departamento sin ponerse la corbata, la roja a lunares blancos, para no provocarla. Inclusive, con el objeto de parecer más desarreglado aún, se abría hasta tres botones de la camisa, y a veces hacía que una de las alas del cuello blanco se superpusiera con la solapa del saco. Hasta llegaba a despeinarse. Una vez afuera se recomponía contra cualquier vidriera, para visitar a Silvia en condiciones. Silvia llamaba a Celeste "la obesa pelotuda". Saravia le había explicado que era una buena mujer, pero para ella era una tarada, y no se cansaba de decirlo. Celeste había demostrado que podía cuidar a alguien con la dedicación de una madre, porque lo había cuidado a él durante todo el tiempo de su depresión. Era tan dulce y comprensiva que seguramente también iba a saber esperarlo en los pagos, porque intuiría que Saravia necesitaba el dinero para otros fines más urgentes. "Bastará con evitarla en los pasillos", pensó.
Llegó hasta delante del afiche rojo con letras blancas y leyó: "URUGUAYOS A VOTAR". Se maldijo en voz alta, pensando que no podía ser que al castigo del oído enfermo tuviera que agregarle ahora problemas en la vista. Entró al supermercado. La claridad del día era la molestia. El zumbido se había transformado en chicharra. Se metió el dedo meñique y escarbó. No había cerumen, pus, sangre, nada. Pero le dolía, aunque no más que la cabeza, harta de recibir aquella punzada constante. Se golpeó el pabellón con la palma abierta de la mano, y la señora de la caja le preguntó si le ocurría algo. Era una mujer más alta que Silvia, rubia. Saravia prefería las morochas. Tendría cincuenta  años o un poco menos;  olía a laverrap pasado. Masticaba chicles y hacía globitos que reventaban en modestos plops continuados. El olor a jabón viejo salía de los globitos.
- Quiero un cartón de leche -dijo él.
- Atrás, en el refri.
La mujer señaló hacia el fondo del pasillo. Saravia fue por un cartón y regresó hasta la caja. Ella se lo puso adentro de una bolsa de papel craft. Saludó a Saravia con un guiño y un plop. El pagó con una moneda.
Iba a llamar al médico. Tenía un número que le había dado Celeste cuando comenzaron los zumbidos, pero nunca se había animado. El doctor se llamaba Lépez, eso lo recordaba. Había enganchado el papel en uno de los imanes de la heladera.
Al llegar a su edificio, la leche había mojado el fondo de la bolsa. Esperó a que Celeste dejara de baldear. Ella entró. Entonces Saravia se apuró a abrir la puerta del hall. Subió hasta su piso por las escaleras. Llegó cansado. El contestador no había grabado ningún mensaje.
Se sirvió un vaso de leche; puso el cartón parado en la tapa de la heladera y llevó el papelito hasta la cama. La letra de Celeste era infantil, hecha en base a círculos y óvalos blandos. Marcó el número que comenzaba con ocho. Era la primera vez en meses que marcaba un número diferente al de Silvia. Miró la hora: las nueve y treinta y tres. Apartó el auricular unos centímetros y se volvió a rascar la oreja con el meñique, mirándoselo luego para no ver ni rastros de cerumen. Una voz femenina lo atendió del otro lado de la línea.
- Consultorio del Doctor Lépez, buenos días.
- Buen día, señorita -dijo Saravia.
La voz de la chica era agradable, aunque a Saravia le pareció un poco sufrida. Con un tono mínimo de pena cuando dijo "Doctor Lépez", como si la sola mención del apellido de su patrón le hiciera dudar de seguir trabajando en ese sitio.
- Diga.
- ¿El Doctor López es otorrinolaringólogo, verdad?
- Lépez -corrigió ella.- Sí, entre otras cosas...
El sintió que, con todo, no era una voz triste.
- También es cirujano -completó ella.
- Ah, bueno. Lo mío no será para tanto...
- Sí.
- Es una molestia, nomás, como un chirrido...
- ¿Algo permanente?
- Sí, diría que sí... Casi permanente.
- ¿Casi?
- Bueno... Permanente, claro.
- Entiendo... -ella carraspeó y Saravia escuchó ruido de papeles.- ¿Usted considera que es una emergencia?
El estuvo a punto de decirle que ya no daba más, que al menos le indicaran un calmante. Dijo:
- No creo que sea para tanto.
Ella hizo un par de ruidos más con biromes y carpetas mientras mascullaba "a ver... a ver..." Hizo también un clac-clac que Saravia no supo reconocer.
- ¿Llama por alguna obra social?
- No -dijo él-. El teléfono me lo dio una amiga.
"A ver, a ver...", seguía repitiendo ella, para sí, como en una cantinela. Mientras pasaba páginas seguramente con planillas y horarios, pensó él.
- No es una amiga, en realidad... -se vio obligado a explicar- sino mi encargada, la señora Celeste.
- ¿Estará bien el lunes a las once de la mañana?
Saravia contuvo la respiración.
- ¿Y para hoy a la tarde no tendrá algún turno? -dijo.
- El doctor juega al bowling los sábados por la tarde.
- Ah.
- ¿Lo anoto para el lunes?
- Bueno -dijo Saravia-. Adiós.
La mujer cortó. ¿Qué iba a hacer para distraerse del dolor en todo el fin de semana? Dormir era imposible, con el zumbido como un despertador continuo. Quedarse encerrado en el departamento, menos que menos; cualquier equivocado en el teléfono le provocaba una ansiedad descabellada. Además estaba el peligro del imán siempre latente de la cama y la presencia amenazante de Celeste, que en cualquier momento se asomaría a pedirle cuentas. Estar parado, sentado o acostado era igual de malo para el dolor; la misma cosa. De la única forma en que lograba dismunuirlo un poco era masticando. Saravia abrió y cerró su boca llenándola de aire y saliva, y sus mandíbulas hicieron un ruido a tijeras que sólo él pudo oír, desde la oscuridad de su paladar. El dolor se atenuaba otro poco cuando caminaba. Abrió la heladera. Comió pedazos de los últimos sánguches duros que le quedaban. A los más duros les sacó el pan y engulló los fiambres mordisqueados, apretándolos entre las muelas sin hambre pero con la esperanza de que ese movimiento expulsara la angustia. Dio dos vueltas por la pieza, sorbiendo la leche del vaso como si se tratara de un remedio. Agarró el grabador. Abrió la puerta y se dirigió a las escaleras.
Bajó con precaución, para que no lo oyera Celeste. Salió a la calle y caminó varias cuadras, en dirección a una plaza. El vaivén de sus pasos contribuía a la masticación de las últimas cortezas. El movimiento apagaba la intensidad del zumbido. ¿O sería que otra vez la molestia iba a complicarse, y su oído alcanzaría conversaciones y ruidos a distancia? Tenía el grabador en el bolsillo y estaba dispuesto a documentar las alteraciones de su audición, paso a paso. Iba a ser lo mejor: algo así como un ayuda memoria del instante exacto del cambio, en el caso de que para el lunes el problema hubiera dismunuido. Igualmente iba a tener que ir al médico, porque había pedido turno para las once. Se tendría que levantar a las nueve y media, como máximo. Tendría que esperar a que esa señorita de voz amable pero apenada le dijera "pase, Saravia". "Gracias", diría él, simpático, vestido con su camisa blanca, el traje azul marino y la corbata roja a lunares blancos. Iba a tener que hacerle un nudo perfecto, y lustrarse los zapatos. Tal vez  la chica fuera morocha como Silvia. "Ojalá tenga los ojos grandes", deseó. Igual a los de Silvia. Suspiró al entrar en la plaza. Entonces escuchó la guillotina.
Fue así: el bocinazo feroz de un colectivo le dio vuelta la cabeza como una cachetada y Saravia se quedó escuchando nada, apenas el viento. Entonces el sonido de una filosa guillotina de acero segó rápidamente algo sobre la tierra del paseo. Saravia dio dos pasos. Las hojas de los árboles caían desde las ramas en un planeo lleno de cortes en el aire. Pisar hojas secas era una fritura amplificada. Saravia encendió el grabador. Dos chicos pasaron corriendo a su lado; uno gritó y se rió. Saravia los oyó lejanamente, porque otra guillotina, zas, arrancó otra cabeza. No la suya, su cabeza todavía llena de  Silvia; (necesitaba una guillotina para decapitarse, para decapitar todo lo malo en él, todos los recuerdos tristes, pensaba mientras ponía stop, rewind, play). En el caset habían quedado grabadas sólo las risas de los chicos. Lo otro, lo raro, no podía ser captado por el micrófono. "Ni por nadie", supo, "por ningún ser humano normal".
Una hoja de nogal aterrizó al lado de sus pies. Saravia se agachó a recogerla. La agarró por el tallo corto, la deslizó sobre el piso de arenilla y grabó bien de cerca el sonido que producía la frotación. Escuchó la grabación. Esa hoja era lo que producía el efecto de la guillotina. "No ésta", se dijo, "sino las que aterrizan más lejos, a diez o quince metros de distancia".
Era como jugar a las adivinanzas: Saravia oía un ruido y tenía que encontrarlo; una voz y tenía que descubrir quién abría la boca. Qué suelas perdidas hacían crujir el colchón de hojas secas; qué troncos, qué ramas se golpeaban unas con otras, y Saravia caminaba para verlas aparecer con sus martillazos secos. Saber que ése era el arrullo del agua en cascada, buscar una fuente y no encontrarla; después ver al chico de la risa trepado a una pila bautismal y al otro que lo empujaba desde atrás y comprobar que no era una pila sino un bebedero de piedra. Saravia se acercó. El sonido del agua de cerca era imperceptible, pero oyó una cremallera y un roce, una mano introduciéndose en una bragueta abierta, lejana, de una pareja con una china que ahora se tocaba la nariz como un garbanzo o como un mal repulgo; el hombre también era chino, estaba vestido de azul y tenía los ojos cerrados.
"Una lluvia fuerte sobre álamos"; adivinó Saravia. Después buscó hasta cansarse o hasta encontrar una canilla abierta sobre el césped; le acercó el micrófono de su grabador, apretó rec, detuvo el movimiento de la cinta, retrocedió para escuchar. Y ya no pudo pensar en otra cosa que en una canilla regando el césped; a pesar de que la imagen anterior era mucho más importante, era una tormenta y no un hilo de agua, eran árboles añosos y no débiles pastos.
Saravia oyó una procesión de soldados marchando por una avenida y  tal vez no fuera más que un camino de hormigas. Saravia oyó un coro de masticadores de caramelos ácidos y eran los pasos de un viejo lijando el pedregullo. Saravia oyó una jauría de cerditos chirriantes y eran tres niños jugando con arena; demonios arrastrando cadenas y grilletes era el balanceo ingenuo de una hamaca; pesadas planchadas navegando mares, vainas flotando sobre la superficie de los charcos. Saravia oyó alaridos agudos y sostenidos surgiendo de pequeños picos muy en lo alto de un ciprés. Oyó el silencio húmedo que habitaba en los túneles más profundos de las lombrices, y la fricción sobre las paredes que éstas hacían al atravesarlos. Y la turbina de un avión encendida quizás no fuera más que el soplido de aquel niño sobre su molinillo. Y el deslizar de un simple yo-yo, ¿no le hacía recordar a Saravia el arrullo de los frascos llenos de granos de pimienta que manipulaba Celeste en su cocina? ¿O tal vez el movimiento del agua en la orilla de un río?
Si grababa, lo que estaba grabando era confuso para su oído, y si podía oírlo con claridad era porque estaba en otra parte, porque había que seguir caminando para encontrarlo. La mujer dijo: "Decime quién es". Usaba un tono enérgico. Estaba enojada.
- ¿Quién es quién? -dijo el hombre.
- La otra.
Escuchó la risita sardónica. Los vio desde donde estaba parado, a más de media plaza de distancia. En toda la manzana había solamente dos parejas sentadas: la de los chinos, a su espalda y ésta, delante de Saravia. Ese punto parecía un mirador panorámico de sonidos, porque eran evidentes los suspiros del chino, los labios de ella besándole la cara, las caricias por adentro del vaquero y  también el asiento de madera que crujía;  ya no el asiento de los chinos sino el de los otros, el de los que estaban más lejos y se engañaban; de ella enojadísima, haciendo crujir las maderas; de él, cruzando los dedos de las manos y tal vez cerrando los ojos o rodeando un cigarrillo con la boca. ¿Ese chistido sería la chispa de un encendedor, esa crispación el tabaco quemándose en la punta de su cigarrillo, ese huracán el humo liberado? Se acercó hasta que lo vio claramente, estaría a nueve u ocho metros y parecía ser la distancia ideal; las voces de la pareja aún podían escucharse y, además, Saravia les distinguía los gestos.
- Por algo no levantaste el teléfono -dijo ella.
- Dudé... ¿No puedo dudar? Yo también estoy hecho polvo... ¿Qué te creés, que sos la única jodida en esto?
- Sí -dijo ella. Tendría apenas veinte años, pensó Saravia. El tipo la duplicaba en edad. Estaba vestido con un traje de tres piezas muy antiguo, y movía un gran bigote debajo de su nariz como si fuera un pescado vivo, y su nariz un anzuelo que acababa de extraerlo del agua enganchado de la aleta dorsal y no de la boca, debido al azar y no a su habilidad de pescador. Saravia pasó al costado del banco y se quedó parado muy cerca, mirando. Lo que oía ahora, a pesar de hacer un esfuerzo, era difícil de distinguir. Colgó el grabador de una ramita. Lo puso en el punto de máxima sensibilidad y apretó rec. Las voces llegaban altas, pero al mismo tiempo que Saravia intentaba distinguirlas, otros sonidos interferían en su audición. Por ejemplo: un sapo croaba. El supuso que ese animal estaría muy cerca de la zona en la que antes estaba parado. Tal vez lo tendría entre las piernas en aquel momento, sin haberlo percibido. También había una paloma debatiéndose entre ramas. Levantó la vista y la vio como a veinticinco metros, encerrada en un laberinto de varillas de plátano. Disimuladamente, volvió a tomar distancia del banco. En todo ese tiempo, lo poco que había comprendido del diálogo eran frases ridículas como:
- ...vuelvo pesto.... odio la bambula espantada... -voz de ella.
- ...lo cien que pela en los negocios... lo fogosa que te taza siendo... -voz de él.
- ...aro sí, ora logiame... mi fobia tiene un karting... -ella.
Al alejarse retomó el hilo de la discusión. La distancia era tal que podía ver al tipo arrugar su cara, ladear el pescado, y a ella, histérica, exhibir su boca llena de dientes enormes y blancos, arqueada sobre el respaldo del asiento.
- No me querés, porque si no hubieras atendido ese teléfono, o sos tan egoísta que dijiste "ya está, llamó otra vez la boluda". O estabas con ella. Con la otra.
- ¿Qué otra? ¿Qué pavada es ésa? Me quedé congelado, oyendo tu voz en el contestador, y no alcancé a reaccionar...
- ¿Y por qué no llamaste cuando corté? Si mi voz era terrible, estuve redeprimida, ¿sabés?, mientras vos te la pasabas bomba...
- ¿Bomba? ¡Qué sabrás vos de la vida...!
- Contestá: ¿por qué no me llamaste ahí mismo, a ver? ¿Cuánto necesitabas para saber que estabas repuesto; cuánto necesitabas para darte cuenta de lo mal que yo estaba?
- Te llamé...
- Mentiroso... ¿Con quién hablaste, me querés decir?
- No me pude comunicar...
- Claro... ¡Salí, dejame, sos el mismo de siempre! ¡Salí, te digo!
- Te quería acariciar el pelo, nomás...
- ¡Acariciate las pelotas! No te quiero ver nunca más, ¿entendiste?, no me llames más porque no voy a estar, porque voy a desconectar ese aparato, porque no vas a hablar más conmigo...
Saravia vio cómo la chica se levantaba -era muy alta- y salía corriendo. El hombre bigoteó. El árbol de atrás ahora había quedado desequilibrado, pensó Saravia, porque hasta ese instante ocupaba el espacio que dejaba libre la tensión entre ambos, sus movimientos de enfrentarse sentados sobre el asiento verde. Ahora el hombre miraba hacia Saravia, y el árbol quedaba a la derecha de su cuerpo. Saravia sintió que el asiento se inclinaba hacia el lado del bigotudo. El hombre dijo, para sí:
- Estoy harto de salir con histéricas, pero cuando me levanto una que no lo es, siento que falta algo...
La reflexión lo dejó cabeceando. Saravia fue hacia él. El tipo no le sacaba la vista de encima. No tenía cara de enojado o deprimido, sino de "qué se le va a hacer". Subió los hombros cuando Saravia pasó a su lado. El grabador continuaba ahí, encendido. Saravia disimuló al recogerlo; lo apagó y se lo metió en el bolsillo. Volvió las cuadras caminando con pasos largos y rápidos.
En su departamento rebobinó la cinta.
- Te devuelvo esto -decía la chica-: deberías saber que odio la bambula estampada.
- Era un regalo -decía él-, por lo bien que te va en los negocios, por lo famosa que te estás haciendo...
- Claro, sí, ahora elogiame. "Mi novia tiene un raiting"...
- Te quiero, che...
- No me querés, porque si no...
Saravia terminó de pasar el caset, lo sacó y le puso una etiqueta con la palabra PLAZA, la fecha, y lo guardó con el que decía SILVIA. Después se quedó toda la tarde pensando en los chinos de la bragueta hasta que se hizo de noche,  y se dio cuenta de que no lo habían molestado más ni el zumbido ni las conversaciones a distancia. Todo se había calmado. Se tiró en la cama en un raro estado de felicidad y angustia juntas. Estaba feliz porque iba a poder dormir, después de varias noches de insomnio. Levemente angustiado porque, si no regresaba el zumbido antes del lunes, iba a hacer un papelón en el consultorio del doctor Lépez.

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Gustavo Nielsen nació en Buenos Aires, en 1962. Es arquitecto y escritor. Como arquitecto ha realizado obras en Capital, Buenos Aires, Córdoba, San Luis y Montevideo. Desde 2008 comparte el Galpón Estudio en el barrio de Chacarita junto a los arquitectos Ramiro Gallardo y Max Zolkwer. Ha ganado el Tercer Premio para el Parque Lineal del Sur (asociado a Max Zolkwer), el Primer Premio para el Oasis Urbano Magaldi Unamuno, Tercer Premio Cenotafio Las Heras y Mención en el Oasis Boedo (asociado a Max Zolkwer y Ramiro Gallardo), Mención en el MPAC (asociado a Sebastián Marsiglia), Mención en el Pabellón Frankfurt 2010 (asociado a Max Zolkwer y a Sebastián Marsiglia) y Primer Premio en el concurso internacional para el Monumento a las Víctimas del Holocausto Judío (también asociado a Sebastián Marsiglia). Escribe notas sobre ciudad y diseño en el suplemento Radar, de Página 12. Ha publicado “Playa quemada” (cuentos, Alfaguara), “ La flor azteca” (novela, Planeta), “El amor enfermo” (novela, Alfaguara), “Marvin”, (cuentos, Alfaguara, "Auschwitz" (novela, Alfaguara)y “Adiós, Bob” (cuentos, Klizkowsky Publisher) , “Playa quemada” (cuentos, Interzona), “La fe ciega” (cuentos, Páginas de Espuma, Madrid), “El corazón de Doli” (novela, El Ateneo) y “La otra playa” (novela, Premio Clarín Alfaguara 2010).

gesnil@gmail.com

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