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La flor azteca

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El amor enfermo

Marvin

Auschwitz

Adiós, Bob

Playa quemada

La fe ciega

Auschwitz

El Corazón de Doli

La otra playa


6.01.2010

EL CORAZÓN DE DOLI / CAPÍTULO 4

—Tus células te han llevado hasta donde estás hoy. Una vez tuviste una sola. Pero ahora hay billones, cada una convirtiéndose en dos nuevas células lo suficientemente a menudo como para mantenerte vivo. Sin embargo, cualquiera de ellas podría causarte la muerte. Cualquiera puede romper filas y comenzar a reproducirse fuera de control...

El que hablaba era Paul Nurse, un científico del Fondo Imperial de Investigación del Cáncer, una institución benéfica de los Estados Unidos. Ponía cara de mago al decir sus verdades, moviendo hacia un lado o hacia el otro su bigote blanco. Sergio lo miraba tirado en el futón, con una Coca y una bandeja con sándwiches que Víctor le había preparado: queso, jamón crudo y una pizca de mostaza de Dijón entre rebanadas de pan negro untadas en manteca. A cada alocución del científico, Sergio agregaba “qué barbaridad”. Sergio estaba seguro de que un cáncer podía fabricarse en cualquier momento en que uno lo necesitara. Siempre ponía el ejemplo de un hombre acorralado por sus deudas, sin novia, sin padres ni amigos, sin trabajo y sin voluntad para darse una buena cortada en las venas. A ese tipo, el cáncer se le daba como una solución. Nunca lo discutí, porque sabía que era parte de su lógica de suicida inmóvil.
Víctor se había retirado a su habitación, después de pedirle permiso. Sergio le había dicho “tomate franco hasta mañana”. Algunas noches lo hacía quedarse de guardia, despierto, hasta horas avanzadas. Sergio ponía el despertador debajo de su almohada para verificar en mitad de la noche que Víctor siguiera allí, de pie en la habitación. Entonces le pedía un vaso de agua. Y Víctor tenía que traérselo.
Esa tarde, por suerte, Sergio estaba de buen humor. Eran las diecinueve y treinta. Víctor todavía no había llamado a Dolores. Se sentó sobre su colchón, a observar la foto con el número. Temblaba. La miró intuyendo qué hacer, pero con la duda instalada en la punta de sus dedos. Marcó el número en el teléfono. Víctor ya había visto las dos películas de terror que había en cartel: “Zombis del espacio” y “Scream 12”. La película, igualmente, era lo que menos importaba. —Hola —dijo ella.
—Hola —dijo Víctor.
—¿Quién habla?
—Víctor.
—¿Qué Víctor?
—El hermano de Sergio. El chico que conociste hoy en…
—Ah, sí, sí. ¿Qué tal?
—Bien.
—Pensé que ya no llamarías. La película empieza a las nueve.
—Habrá otra función después.
—Sí, pero mañana me tengo que levantar temprano.
—Ah.
—¿Y? ¿Puede o no puede?
—¿Quién?
—Tu hermano.
A Víctor se le hizo un nudo en la garganta. ¿Por qué era tan tímido? Un tonto. La convivencia diaria con los caprichos de Sergio lo había convertido en eso que era. Estaba petrificado. Algo tenía que hacer. “Aunque sea, pedirle autorización”, pensó.
—¿Y?
Quiso decir:
—Sergio no puede, pero yo sí.
Dijo:
—Sí, puede.
—Entonces a las ocho y media en la puerta del Maxi, para llegar a los avances. Voy a ir vestida de rojo. Adiós.
Cuando cortó, Víctor temblaba más que antes. Iba a engañar a su hermano por primera vez. Era peor que copiarse en la escuela, que mentirle a los padres, que robarse alguna propina de Mc Pollen Fritten. Era imperdonable. Intentó imaginar a Dolores con un vestido rojo. Eso le dio coraje.
Se puso una camisa celeste y un saco. Zapatos no, porque no tenía. Abrió la puerta. La televisión seguía encendida. En estudios, Nurse hablaba con una mujer de unos cincuenta años.
—Trato de no quedarme estancada en ninguna costumbre —decía la mujer.
—Las rutinas te envejecen —opinaba Nurse.
—Te vuelven inflexible.
—Te cristalizan.
Sergio tenía los ojos cerrados. El vaso y la bandeja estaban vacíos sobre la mesita ratona. Víctor salió de su cuarto caminando en puntas de pie. Casi al pasar la puerta, oyó la voz de Sergio.
—¿Adónde vas así vestido?
—¿Vestido cómo? —dijo Víctor, sin volverse.
—De saco.
Víctor dio vuelta la cabeza. Sin mirarlo a los ojos, dijo:
—Al cine.
Sergio se contuvo un instante.
—¿Ya está lista mi ropa para mañana? —preguntó, al fin.
—Sí.
—Me parece que los zapatos están sin lustrar.
—Los lustré hace un rato.
—Están sin brillo.
—¡Los lustré!
—Lo hiciste mal, entonces. Lustralos de nuevo. Y fijate, también, la camisa.
—¿Qué pasa con la camisa?
—Andá y fijate.
Víctor fue hasta donde estaba la camisa y se la trajo: estaba planchada.
—¿A ver? —dijo Sergio, y la arrugó. Tiró el bollo sobre el televisor—. No estaba, viste. A planchar.
Víctor enchufó la plancha, que aún no se había terminado de enfriar. Puso una frazada sobre la mesa. Roció la camisa con agua. Fue a buscar los zapatos y la caja de lustrar. Empezó a pasarles pomada con un trapo. La pomada opacaba el brillo del cuero recién lustrado.
—¿Y con quién vas?
Por la televisión pasaban el aviso de la clínica reprogenética de prodigios Silver, de Bahía Blanca:
—¿Qué hay sobre los costos? —se preguntaba el locutor—¿Sería excesivo pagar treinta mil dólares para asegurar que un niño nacerá más sabio, más apto para competir en el mundo? Frecuentemente los padres gastan el triple de dinero en un período de cinco años para proporcionar al niño una educación superior. ¿Cuál es el sentido de este gasto? Incrementar las posibilidades de que sus hijos sean más capaces de lograr el éxito y la felicidad. Si ustedes, padres, están dispuestos a gastar dinero después del nacimiento —sin una garantía de retorno de su inversión—, ¿por qué no hacerlo antes?
—Solo —dijo Víctor.
—Una mamá desea el servicio reprogenético de prodigios: Lee M. Silver estará allí para proporcionárselo llamando al 0291…
—¿Para ir solo te pusiste saco?
La cara de Silver era pura convicción.
—Sí.
—Sacátelo —dijo Sergio.
—¿Por qué?
—Porque hoy quiero irme a dormir con saco. Con ese saco estúpido.
—¿Y me prestás otro?
—No.
Víctor se lo quitó.
—Planchalo también.
—Los sacos se planchan con máquina.
—No me importa.
—¿Para qué lo querés planchado si lo vas a usar para dormir?
—Es problema mío.
Víctor terminó de doblar la camisa y puso el saco sobre la frazada. Le planchó las solapas y los bolsillos. Lo colgó de una percha. Se arrodilló para lustrar los zapatos.
—Ya está —dijo, cuando terminó.
—Llevate todo —dijo Sergio, señalando la bandeja y el vaso —. Y quiero cerveza. Helada.
Víctor pasó por la cocina. Chiqui, que estaba en camisón, lo vio y le hizo lavar los platos. Era una pila enorme. Víctor lo hizo rápidamente. Abrió la heladera. Se habían acabado las cervezas. El reloj marcaba las ocho y cinco. Le sirvió un vaso de agua fría.
—¿Qué es esto? —gritó Sergio—. ¿Agua es igual a cerveza?
—No había. ¿Querés que te vaya a comprar una lata?
Sergio se estiró en el futón, de mala cara. Tardó cinco minutos en contestar. Durante ese tiempo recorrió los ciento ochenta canales del cable.
—Si querés, voy.
Sergio bostezó.
—No quiero nada —dijo.
Víctor fue por un pulóver que tenía parches en los codos. Se lo puso. Eran las ocho y cuarto. Salió corriendo. Al bajar las escaleras, Chiqui había dicho “Ah, Víctor…”, pero él no la dejó terminar.
Las calles estaban repletas de publicidades que Víctor no reconocía. No mirar televisión convierte la ciudad de uno en un paisaje extraño. Leía Talía, Mena, Bitur, Nanis, veía sus caras alegres en los afiches, sus sonrisas, sin saber quiénes eran, qué vendían, qué tenían para dar. Víctor las pasó corriendo. Solamente se detuvo a mirar la quiniela vespertina en un negocio de ruletas. Otra vez había perdido, otra vez no iba a ser un príncipe.
Llegó al Maxi sudado. Dolores se había atado el pelo: tenía el cuello largo y delgado, como de porcelana, y el vestido rojo le dejaba los hombros al descubierto. Cuando lo vio llegar se acomodó la chalina, y los hombros quedaron tapados. Traía una pequeña cartera de cuero ecológico. El ruedo del vestido tenía una terminación en gasa que dejaba ver sus rodillas. Parecían nueces.
—¿No tenías coche?
—Está en el taller.
Le dio un beso en la mejilla. El perfume también tenía olor a nuez.
—¿Entramos?
—Claro.
Víctor fue a comprar los tickets. La película no era de terror, sino de amor.
—Espero que no te importe —dijo ella.
—No.
Compró también un cartucho de pochoclo. Ella tenía una bolsa de caramelos Media Hora.
—¿Cómo supiste? —dijo él—. ¡Me gustan mucho!
—A mí también.
Se sentaron por mitad de la sala. En el noticiero, un chino se quejaba a una reportera de rulos:
—Nuestra población se alimenta con este arroz súper híbrido desde hace cinco décadas. Lo mismo el maíz, que Craig Venter nos viene ahora a vender. Ese recurso lo explotamos desde el 82. También desarrollamos biocombustibles, un detector gaseoso de polución en el medio ambiente, mecanismos para restaurar microsistemas y para revertir automáticamente la contaminación tóxica en ríos y lagos. Lo hemos hecho en Saigón, en Pekín. Sin ayuda de los yanquis, señorita. Nosotros lo hicimos primero.
Dolores se llevó a la boca un poco de pochoclo y le pasó el cartucho. Se quitó la chalina. Él, que estaba pelando caramelos —para Víctor los caramelos Media Hora eran algo así como una droga irresistible— pudo ver nuevamente, furtivamente, el bretel, y la pera torneada del hombro de Dolores. La luz de la película hacía una sombra sutil en el escote rojo que subía y bajaba por la respiración. Ella alargó su mano y él tardó en darse cuenta de que era para que le devolviera los pochoclos.
—Este avance científico de principio de siglo es comparable al descubrimiento de las leyes de Mendel del comienzo de siglo anterior, pero lo hicimos nosotros, no los yanquis. Esa estúpida foto en la que Venter, Collins, Clinton y Blair se abrazan… Da alergia.
—¿Alergia?
—dijo la reportera.
—Alergia. Creo firmemente en el nacionalismo —dijo el chino, y miró repentinamente a cámara—. Por eso, si estuviera en el país de ustedes, compraría en Coto, supermercados argentinos para los argentinos.
Alguien chifló. La reportera decidió pasar al tema del racismo. Le preguntó al chino, que se llamaba Kil Fukuyama, si no tenía miedo de que sucediera como en la época del Tercer Reich, en la que se buscó limpiar la raza aria con ingeniería genética.
—El concepto de raza no tiene fundamento genético —dijo el chino—. Es imposible afirmar a partir de un genoma la condición étnica de una persona.
—Tal vez no sea tan cierto —opinó Víctor.
Dolores le preguntó por qué, con la boca llena de pochoclo.
—También decían lo mismo del alcoholismo, hubo científicos que…
—Shhh, shhh.
Víctor bajó la voz. Ella comía pochoclo como si en lugar de boca tuviera un pico.
—Después te cuento.
—Bueno, Sergio —dijo ella.
Él se quedó duro. Se estaba haciendo pasar por su hermano, aunque Sergio jamás hablaría de genomas. ¿De qué hablaba Sergio? De dinero, de sexo, de autos, de puros, de tragos, de fútbol, de televisión. Todos esos temas eran prácticamente desconocidos para Víctor. Él casi no tenía dinero; ni tarjetas de crédito, ni cuentas en los bancos. Por otro lado era virgen, así que hablar de sexo… bien. ¿Autos, puros, tragos, fútbol, televisión? El mundo de Sergio era el mundo que la sociedad esperaba de un hombre, al menos por lo que las revistas de hombres revelaban como los temas concernientes al género. A Víctor no le interesaban esos temas. Siempre le había gustado leer, un poquito escribir, caminar por la playa, remar, jugar a la quiniela y al Loto, comer las hamburguesas de Mc Pollen Fritten. Siempre había pensado que estaba más cerca de las revistas femeninas que de las masculinas, con sus horóscopos, sus cuentos semanales, sus investigaciones seudocientíficas en el campo de la genética. Dolores le pasó lo que quedaba de pochoclo. No quería más. La película estaba a punto de empezar. Los carteles la revelaban como romántica; por las imágenes, era cómica. Título: “Mis dobles, mi mujer y yo”. Actor: Michael Keaton. El acomodador alumbró con la linterna sobre los pies de ella. Sandalias; más tiritas. Iguales a los breteles, pero de cuero.
—Permiso…
Los pies eran delgados y blancos. Dolores los mantuvo juntos mientras la pareja pasó.
—Disculpen…
La chica era muy petisa y él era un amigo de Sergio. Víctor se sobresaltó. Iba a reconocerlo en cuanto encendieran la luz. Por el pulóver viejo, por las zapatillas, por venir sin el auto. Sergio jamás iba al cine. Víctor se tapó la cara con la mano, esperando no ser descubierto en la penumbra. Ese individuo era capaz de gritar “¡Sergio, aquí, aquí!”, hasta verle alguno de los detalles reveladores. La gente volvería a hacer “¡shhh!”, y él a callarse, después de un desilusionado “Sergio jamás saldría en zapatillas”.
Inclinó lentamente la frente hacia adelante, conservando la visión de los pies de Dolores. Ella también se inclinó para mirárselos; después buscó los ojos de Víctor. El acomodador apuntó con la linterna para que vieran mejor, por si habían perdido algo. El círculo de luz trepó por el brazo izquierdo de ella, desde la mano que verificaba las hebillas abrochadas en sus sandalias, hasta el hombro. El vestido rojo hizo un globo y, por debajo de la axila depilada, Víctor pudo ver un pecho blanco. Fue de costado, fue un segundo en el que él se tiró hacia atrás en el asiento; le pareció que la visión alcanzaba hasta la punta rosada, el costadito de esa rosa. El cartucho de pochoclo se le resbaló de las manos. Dolores apartó los pies. Los pochoclos acaramelados se desparramaron sobre la alfombra del cine.
—Uf.
Ella lo miró como diciéndole “no puede ser que los hayas tirado al piso”. Víctor tenía una erección. La novia del amigo de su hermano se removió en el asiento para ver qué pasaba a su lado.
—Vamos —dijo Víctor.
Agarró a Dolores de la mano y se la llevó a la entrada. Iba adelante, para que ella no descubriera el bulto en su pantalón.
—¿Qué pasa?
—Busquemos un asiento por el fondo.
—¡Shhh!
Se sentaron en la última fila, entre dos parejas que se estaban besando. Una vez allí, Víctor pensó que había escogido el peor lugar. Qué iría a suponer Dolores si la sacaban repentinamente de una ubicación privilegiada para arrastrarla a ese pullman del amor que eran los últimos asientos. El chico del lado de Víctor estaba metiendo la mano en el corpiño de su chica; ella, en la bragueta de él. La pareja del costado de Dolores era aun más fogosa, como un dúo de contorsionistas amigables que, además, jadeaban.
—No entiendo por qué nos cambiamos.
—Para no pisar el pochoclo.
—¡Se pueden callar ahí atrás!
—Ahhh —gimió la vecina de Dolores.
La película, además, no ayudaba. Era una comedia americana antiquísima sobre la clonación, en la que imaginaban que clonar era como fotocopiar: el clon nacía con la edad del original, aunque fueran adultos. Un disparate.
—Mejor vamos —dijo Dolores.
Salieron agarrados de la mano. Ella no se había dado cuenta de que nunca se habían soltado, desde que se pasaron de asiento. Tenía un pochoclo pegado en la sandalia. Recogió una pierna haciendo equilibrio sobre la otra, se inclinó levemente y se lo despegó de la tirita. La mano de Víctor estaba transpirada. El acomodador se acercó para preguntarles si querían más pochoclo.
Dolores ya se había puesto la chalina. Salieron a la calle.
—¿Vamos a tomar algo?
—Bueno —dijo ella.
Fueron a dos o tres lugares que estaban atestados de gente. Víctor se imaginó a su hermano recibiendo de alguien la noticia, que podía ser dada de dos maneras:
—¿Qué tal el clonazo de Vic, así que ya lo dejás salir con minas?
O:
—¿Qué hacías ayer a la noche en el Maxi disfrazado de pobre y acompañando a una mesera del Mc Fritten, esa que tiene cara de sonsa?
La noche estaba cubierta de estrellas y el mar quedaba a dos cuadras. Dolores dijo:
—¿Y si compramos una botella de vino y la vamos a tomar a la playa?
—Buena idea.
Compraron una botella de San Felipe en un kiosco. Cuando pasaron por enfrente de Mc Pollen Fritten, Dolores tocó en el vidrio: su amiga de la sonrisa operada estaba limpiando. Lloraba mientras sonreía; pasaba el trapo. Ninguno de los empleados sabía cuál era su aflicción. Tal vez fuera repuesto de órganos de alguien horrible, más que Sergio, más que otros casos que Víctor conocía. La amiga le hizo una seña para que fueran por la puerta de servicio, que quedaba detrás del local.
—Hola, Fer.
—Hola, Do.
—¿Me darías un par de vasos?
—Sí.
—También abrime la botella.
Esperaron afuera. Al cabo de dos minutos, ella volvió con el pedido. Había vuelto a poner el corcho, apenas tapado, para que no se les volcara.
—Salud —dijo, y le guiñó un ojo brillante de lágrimas. La sonrisa ortopédica la volvía graciosa al lloriquear.
En la playa había un bote de madera amarrado a un poste. La gente lo alquilaba, de día, para pasear. Muchas veces Víctor había llevado a Sergio, a Chiqui. El mar estaba planchado. Antes de servir el vino, le preguntó a Dolores si quería ir.
—No está el señor —dijo ella.
—Lo tomamos prestado por un rato.
—¿Te parece?
—Sí.
Se acercaron. La amarra del bote era una cadena, y tenía puesto el candado. Víctor miró a su alrededor: estaban solos. Sacó su llavero del bolsillo del pantalón. Del llavero colgaba un juego de ganzúas.
—Vamos a ver si tenemos suerte… —dijo, como si nunca antes lo hubiera hecho. Ella se puso nerviosa.
—Mirá si nos pescan…
—¿Quién?
—El dueño.
—Es un conocido mío. No te preocupes.
El candado hizo “clac”. Víctor apartó la cadena. Se descalzó. Dolores se quitó las sandalias y, disimuladamente, las medias de nylon, en el momento en que él se arremangaba los pantalones. Le preguntó de dónde había sacado las ganzúas.
- Me las regaló el botero, que aprendió a usarlas en prisión.
- Darte las llaves hubiera sido mucho más práctico.
Acomodaron las sandalias y las zapatillas debajo de un asiento. Víctor había metido una media adentro de cada zapatilla; Dolores se guardó las suyas en la cartera. Subieron el vino y los vasos. Él la ayudó a sentarse. Empujó el bote. “Chac, chac”, hacía el agua, contra el casco de madera. Víctor pasó la rompiente con maestría, apenas salpicándole la chalina. Puso un pie adentro y dio un empujón con todo el cuerpo, para terminar de subir.
—Te empapaste —dijo ella, indicándole los bajos arremangados del pantalón.
—No importa.
Ubicó los remos en los toletes. Dio las primeras remadas con energía. El bote se internó en el mar.
—¿Vamos muy lejos?
—¿Sabés nadar?
—Sí, pero el vestido es nuevo.
Víctor sonrió.
—No va a pasar nada —dijo, y agregó—: Cien metros más.
Cuando dejó de remar, todavía se distinguían los carteles sobre la playa. Él sabía que si no podía leer el cartel más grande, uno con una propaganda permanente de mermeladas, había pasado los trescientos metros. Lo sabía desde una vez que lo habíamos medido con una cuerda. Yo les enseñé a remar y a ubicarse dentro del mar, para saber si el barco seguía anclado, o no. Solo Víctor aprendió. El fondo de La Magdalena es rocoso, pasando la franja de arena. Víctor buscó el cabo con el gancho que hacía de ancla. Lo tiró por la borda. Dejó que el gancho se hundiera en el agua negra. Cuando hizo tope, tiró del cabo con fuerza: habían fondeado. Le dio dos vueltas sobre el pasador de proa. Sacó los remos y los acomodó paralelamente al bote, agarrados por los soportes de babor y estribor. Miró hacia la costa.
—Hay que ubicar dos puntos en fila —dijo, explicándole lo que estaba haciendo—, para ver si nos movemos o seguimos anclados. Un punto tiene que estar más adelante, por ejemplo el poste de luz del muelle, y el otro punto más atrás: el último parante del cartel de las mermeladas. Si los puntos se mantienen en fila o casi en fila, quiere decir que estamos quietos. Si los puntos se desalinean, que zarpamos y estamos a la deriva.
Ella no entendió la explicación.
—Vos te ocupás —le dijo—. ¿Querés vino?
—Sí.
Bebieron en silencio. El movimiento del mar producía un entrecortado y sutil balanceo, muy suave. El agua golpeaba sobre las maderas del fondo con ruido a trotecito. La luna estaba blanca como un pochoclo.
—¿Tenés frío?
—Mínimo.
Víctor se quitó el pulóver y se lo dio. Dolores se lo puso primero sobre la chalina, después se metió adentro. Las mangas le quedaban largas.
—Qué película estúpida —dijo, al fin.
—Sí.
Víctor no sabía de qué hablar. Miraba el horizonte y escuchaba el chapoteo en silencio.
—¿Te gusta la oscuridad? —preguntó ella.
—Sí, si estoy acompañado —se animó él.
Dolores se sirvió otra copa. Víctor le preguntó si no se mareaba.
—¿Por el vino?
—Por el rolido. Este vaivén…
—No —dijo Dolores—. Es lindo.
Víctor volvió a verificar la tirantez del cabo fondeado y la distancia a la playa. La Magdalena era una cercana cinta de luces.
—Allá está mi casa —indicó.
—Ah.
Desde la costa les llegaba música de bailanta.
—A veces vamos a pescar con mi hermano… —dijo él.
—¿Con Víctor?
—Sí —se apuró a decir.
Ella tuvo un escalofrío y llenó de nuevo las copas. Le puso el tapón a la botella y la acomodó debajo de su asiento, entre lo que quedaba de cabo enrollado.
—Feo nombre, Víctor —dijo.
Él se puso rojo de vergüenza. Cabeceó antes de contestar.
—Se lo puso Chiqui, nuestra madre, por Frankenstein. Pensaba que Frankenstein era el monstruo.
—Y es el doctor, ja, ja.
—Sí.
—Entonces me gusta —dijo ella.
Víctor se animó a más.
—¿Vos te llamás Dolores por alguna cosa en especial? —cuando pensó en el significado del nombre, se arrepintió de haber hecho una pregunta tan tonta.
—No… —respondió ella. Dudó—: Bueno, sí. Me lo puso mi hermana Sofi, que de chiquitita lloraba mucho. A los tres años.
—¿Y hasta los tres años no tuviste nombre?
—Nací cuando Sofía tenía tres años.
—Pensé que eran gemelas.
—Somos re-parecidas, pero yo soy tres años más chica. No se nota porque trabajo mucho, y trabajar envejece. Sofi no se mueve tanto porque es muy delicada de salud. Pasa en cama gran parte del día. ¿De dónde sacaste que éramos gemelas?
Él lo tuvo que pensar.
—Me lo dijo Víctor.
—Parece un buen chico.
—¿Quién?
—Víctor.
—Sí. Es muy buen hermano —agregó.
—¿Y qué pescan?
—Besugos o corvinas. Salimos con este bote, o con uno de goma que hay en casa.
—¿De día?
—De noche.
Dolores estiró las piernas. Uno de sus pies rozó un pie de él. Estaba helado.
—Debe ser raro tener un hermano donante, ¿no?
Víctor levantó los hombros.
—Debe ser muy cruel para él —agregó ella.
—No, es común: muchos padres tienen un segundo hijo solamente para que le haga compañía al primero, para no tener un hijo único. Tu mamá tal vez te haya tenido por esa razón. ¿Son más hermanos?
—No.
—¿Ves? ¿Es mejor tener otro bebé para darle un compañero de juegos al primer hijo, o tener uno para salvarle la vida al primer hijo? Da para pensarlo, ¿eh?
—No lo veo tan así.
—Es una cuestión de amor.
—No me parece demasiado amoroso. Ni ético.
—¡Qué razón más ética que salvar una vida! Qué cosas no haría una madre por salvar a un hijo… Las mismas cosas que haría un buen hermano.
Dolores sorbió un poco de vino del vaso.
—¿Y vos le donarías un órgano a tu hermano?
—¿Vos no?
Ella jugó con su pie izquierdo sobre una de las sandalias.
—Tal vez —dijo.
Después apresó entre sus pies la base de la botella. Apoyó ambas manos sobre el asiento de madera, tiró la cabeza hacia atrás y agregó:
—Tal vez no.
El cuello se le unía a las clavículas con la perfección de un violín. El escote del pulóver de Víctor estaba tan deformado que permitía ver eso y parte de la chalina.
—Mirá si el órgano a clonar es vital… ¿No te daría lástima tu hermano?
Dolores había hecho la pregunta sin mirarlo.
—La mayoría de las veces no lo son —dijo Víctor.
—Pero imaginate que lo fuera… ¿No te daría lástima, pobre?
Víctor apoyó el vaso vacío sobre la tabla del asiento. Miró hacia las estrellas.
—Supongo que está para eso —dijo.
—Pero moriría en la operación…
Víctor esperó a que Dolores lo mirara, para decir:
—Yo estaría orgulloso de morir por mi hermano.
Se le puso la piel de gallina. Dolores se dio cuenta.
—¿Te está dando frío? —preguntó.
—Un poco.
—¿Querés que te devuelva el pulóver?
—No. Si no te molesta, puedo remar.
—Bueno —dijo ella.
Víctor tiró del cabo hasta que el ancla zarpó. El bote zigzagueó varios metros y dio una vuelta completa, bajo la energía de esos tirones. Dolores miraba hacia el horizonte. Víctor subió el ancla a bordo, recogiendo prolijamente el cabo. Después la volvió a ubicar debajo del asiento. La primera palada los salpicó.
—¿Es cierto que sos amigo de las trillizas de plástico?
—Mi papá las operó. Tiene una clínica.
—¿De cirugía?
—No, la de los altos.
Dolores abrió grandes los ojos.
—Guau —dijo—. Serán ricos, entonces…
—No tanto.
Los remos entraban y salían del agua con mesura; chorreantes, suaves. La espalda de Víctor, muy recta, se inclinaba hacia atrás y regresaba. El movimiento era armónico y delicado, como una especie de danza.
—¿Por eso te interesan tanto los genomas?
—Puede ser —contestó Víctor.
—¿No estamos muy lejos?
—No, mirá el cartel… Todavía se lee el nombre de la mermelada… ¿Querés salir?
Ella sirvió otros dos vasos por la mitad. Tomó un vaso en cada mano y sostuvo la botella apretada entre los muslos. Alrededor de la botella, el vestido le hacía una herradura sedosa. Tenía la piel más blanca que la luna. No le quedaba mano libre para poner el corcho, que se cayó, del asiento, al piso.
—¿Coto es cliente de tu papá?
—Claro.
Dolores estaba pendiente de la distancia a la costa.
—¿Y tu papá?
—¿Qué?
—¿Qué piensa de Víctor?
—No dice mucho.
—¿Pero le parece bien, eso de los donantes de repuesto?
Había empezado a levantarse una brisa. La corriente arrastraba el bote hacia afuera; para mantenerlo en línea Víctor tenía que dar dos paladas del lado de la orilla por cada palada que daba del lado del horizonte.
—Vivimos de eso —dijo.
Ya no quería hablar del tema. No sabía por qué estaba allí bajo otro nombre, no sabía por qué había mentido. Toda la noche, a Dolores, a su hermano. No sabía mentir. Le dolía hacerlo. ¡Hubiera sido tan sencillo decir la verdad! Aunque más no fuera, a ella. Tenía deliciosas rodillas de nuez, manos finas y cuello de porcelana, estilizado como un jarrón. Y aquellos pies… se moría por acariciar esos tobillitos. Viró el bote hacia la orilla. En veinte remadas iban a estar afuera.
Dolores levantó el corcho entre los dedos de un pie hasta dejarlo apoyado en su asiento, lo atrapó entre el meñique y el anular de la mano derecha, debajo del vaso que estaba más vacío, agarró el corcho con los labios y lo embocó, haciendo fuerza con los dientes, sobre el pico de la botella.
—¿Salimos?
—Sí —dijo Víctor.
Maniobró para montarse en una ola que los sacó del mar con una limpieza de crupier. Víctor había levantado los remos. Tenía la cara mirando hacia el cielo. La arena de la orilla raspó la quilla del bote.
—Mañana voy a jugarle al veintiocho.
—¿Por qué?
—Por las estrellas.
Se bajó y tiró de la roda de proa, arrastrando el bote hasta que se estancó. Ella descendió haciendo equilibrio. En las manos llevaba la botella tapada. Había puesto los dos vasos vacíos uno adentro del otro, boca abajo sobre el pico.
—¿Te tomaste mi vino?
—Sí —dijo Dolores.
Víctor arrastró el bote hasta el poste. Dejó los remos cruzados en el interior; pasó la cadena entre la anilla y los toletes, le dio dos vueltas sobre el amarre y cerró el candado. Cuando bajó sus zapatillas, ella ya se había puesto las sandalias.
—Me gustan los juegos de azar porque creo en la inevitabilidad del universo —dijo él.
Dolores se agachó para abrocharse las hebillas. Víctor siguió hablando.
—Somos un accidente de la naturaleza. Con el más sutil cambio de viento en el comienzo de los tiempos, cualquier otro animal se hubiera ganado la lotería de ser el primate. Si el meteorito que chocó contra la Tierra el día en que se extinguieron los dinosaurios hubiera recibido una brisa como la que recién me desviaba el bote, los Tiranosaurios nos estarían comiendo hoy con el vermouth.
—Tenían un cerebro muy chico… —dijo Dolores.
—No más chico que el de los humanos —Víctor se calzó—. Una vez que la primera célula ocupó su lugar, la evolución de los seres humanos fue inevitable. Los científicos concuerdan en eso. Yo hablo del minuto anterior.
—Y si tuviste la suerte de llegar hasta esta playa conmigo, y de remar en esta noche hermosa… —siguió Dolores, poniéndose de rodillas delante de su cuerpo—, cómo no ganar la lotería, ¿no?
—Exacto —dijo Víctor. El calor de la satisfacción le llenó el cuerpo. Dolores se sacó el pulóver.
—Dejatelo, vas a tener frío. Cambió el viento...
—Está bien —dijo ella—, mirate vos.
—¿Qué, cómo estoy?
Dolores le tocó los brazos. Tenía la piel erizada.
Víctor le hizo caso y se puso el pulóver, aunque prefería las manitos de ella ahí. Cuando la cabeza le asomó por el escote, Dolores ya tenía la cara cerca. La sorpresa fue un beso suspendido sobre sus labios con una importancia tal que el ADN, la crioconservación, las microbacterias, lo transgénico, el nacimiento de la humanidad y los estados de conciencia fueron comparativamente una minucia, un grano más de sal soltado en aquel mar. Víctor sintió el recuerdo de todos y cada uno de los genes del proceso evolutivo que lo había transportado hasta ahí, hasta esa playa en esa compañía, desde la más oscura noche de los tiempos. Descubrió, solamente en ese primer beso, el calor verdadero de la memoria del amor. La que habíamos tenido sus padres, sus abuelos, bisabuelos y tatarabuelos. Apretó a Dolores contra su cuerpo. Ella hundió la lengua en la boca mojada y le clavó la rodilla en la cintura, cuando empezaron a rodar por la playa.
Si yo hubiera sido capaz de abandonar la superficie del planeta en esa noche, habría visto que todos los organismos del mundo estaban en contacto físico, que no era una cosa solo entre Víctor y Dolores, porque los organismos del mundo siempre están en contacto, ya sea a través de sus aguas superficiales o de la atmósfera. Desde aquella estrella, por ejemplo, la Tierra sería un punto, simplemente simbiosis de todo. Pura unión entre los hombres.
Y si yo, salvando la barrera del tiempo y el espacio, hubiera sido capaz de visitar esa playa a esa hora, al costado de aquel barco, entre una arena húmeda y un pulóver roído, habría pensado que acá era igual que desde arriba, y me habría percatado de que las cosas no están realmente unidas por aguas o gases, sino por verdadero amor, por la pasión más pura. La hipótesis habría cerrado, porque aquellos órganos galopantes, afiebrados, agradecidos, se retorcieron, abrieron y encajaron; segregaron fluidos; fricción, calor. Y Dolores perdió las sandalias y la bombacha, y Víctor perdió la virginidad. Los dos tenían sonrisas en las caras; ella por primera vez en su vida. La botella de vino estaba volcada.
—Tengo que contarte una cosa —dijo Víctor.
El cielo continuaba suspendido sobre sus cabezas, piadoso e inmóvil.
—Shhh —dijo ella, como les habían hecho los del cine. Peló un caramelo Media Hora.
—Es importante.
Dolores suspiró, vaciando sus pulmones. Dejó filtrar arena entre sus dedos. Soltó el envoltorio del caramelo.
—Nada es más importante que una estrella, Víctor —dijo.

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Gustavo Nielsen nació en Buenos Aires, en 1962. Es arquitecto y escritor. Como arquitecto ha realizado obras en Capital, Buenos Aires, Córdoba, San Luis y Montevideo. Desde 2008 comparte el Galpón Estudio en el barrio de Chacarita junto a los arquitectos Ramiro Gallardo y Max Zolkwer. Ha ganado el Tercer Premio para el Parque Lineal del Sur (asociado a Max Zolkwer), el Primer Premio para el Oasis Urbano Magaldi Unamuno, Tercer Premio Cenotafio Las Heras y Mención en el Oasis Boedo (asociado a Max Zolkwer y Ramiro Gallardo), Mención en el MPAC (asociado a Sebastián Marsiglia), Mención en el Pabellón Frankfurt 2010 (asociado a Max Zolkwer y a Sebastián Marsiglia) y Primer Premio en el concurso internacional para el Monumento a las Víctimas del Holocausto Judío (también asociado a Sebastián Marsiglia). Escribe notas sobre ciudad y diseño en el suplemento Radar, de Página 12. Ha publicado “Playa quemada” (cuentos, Alfaguara), “ La flor azteca” (novela, Planeta), “El amor enfermo” (novela, Alfaguara), “Marvin”, (cuentos, Alfaguara, "Auschwitz" (novela, Alfaguara)y “Adiós, Bob” (cuentos, Klizkowsky Publisher) , “Playa quemada” (cuentos, Interzona), “La fe ciega” (cuentos, Páginas de Espuma, Madrid), “El corazón de Doli” (novela, El Ateneo) y “La otra playa” (novela, Premio Clarín Alfaguara 2010).

gesnil@gmail.com

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