Playa quemada

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El amor enfermo

Marvin

Auschwitz

Adiós, Bob

Playa quemada

La fe ciega


7.04.2009

EL CÍRCULO DE LOS OJOS DE FABIANA

FABIANA NO PUEDE VER MI ALMA.
FABIANA NO DISTINGUE UNA PERSONA DE OTRA.
FABIANA NO VE LO QUE LE PASA AHORA,
NI EL FUTURO.
FABIANA ES CIEGA COMO SU MADRE.

1
Pegué este cartel en una de las paredes, durante el mes de febrero; que fue justo el mes en el que nos peleamos, y por eso la hice ciega. Soy novio de Fabiana desde hace mucho tiempo. Tiene los ojos cada vez peor. Yo había llegado de un viaje cuando encontré su carta de amor enrolladita como un pequeño cañón asomando de la cerradu­ra, defendiendo el olvido latente de la casa deshabitada; un cañón que me apuntaba y me fusilaba antes de entrar. Lo desenro­llé y leí: PERDONAME. Siempre igual. Algún día nos vamos a tener que pelear en serio. Los motivos son varios; uno, el principal, lo dijo mi madre: si me caso con Fabiana tendré hijos con retinitis. Hijos que serán ciegos. Mi madre me reta por todo. Le cuento de Fabiana y ella dice que no la quiere ni ver. Así: "NI VER". A Fabiana eso no se lo digo, y cuando me pregunta por qué no vamos a José León Suárez, a la casa de mi madre a comer, le digo que queda muy lejos. No voy a expli­carle que es porque sus círculos están indefini­dos; porque las personas "ven o no ven", pero no esto a lo que ella nos tiene acos­tumbrados. Así es.
Para el día en que nos amigamos compré un juego de sábanas negras. Fabiana es blanca como un yogurt; sobre la sábana negra parecía iluminada. El modelo tenía un estampado de diablitos pequeños que me entusiasmó. Ella dijo: "qué lindas flores", y yo casi me largo a llorar. Cual­quier sábana tiene estampados de flores; todas las sábanas. Las compré por los diablos. Ella me espera­ba con las piernas abier­tas, sentada en la cama, sin sospe­char mi angustia. Ya no me quedaban ganas de amar­la. Se lo comenté a mamá, y se enojó bastante.
Primero se lo comenté a Lidia, mi hermana ma­yor, y la hice pensar. "¿Pode­mos hacer algo, Gustavo?", dijo. Lidia me lleva tres años. Le contesté que creía que no. En mi habita­ción había un espejo y a Lidia le encantaba mirarse. Se sacaba la remera para tocarse las tetas, delante de mí. Después se me acercó y dijo: "esa chica no te conviene", y se pegó contra mi cara. Lidia tiene unas tetas hermosísimas, más lindas que las de Fabia­na, porque sobra carne cuando me las pone adentro de la boca. Deben ser más lindas, inclu­sive, que las de la madre de Fabiana, que es ciega de verdad. Digamos que la enferme­dad le llegó a producir esa ceguera que espera Fabi. Los pezones de Lidia pare­cían dos ojos redondos, abiertos al asombro.

Fuimos a ver una película de gangsters. Era para festejar que nos habíamos arreglado. Esto pasó antes de usar las sábanas, pero no sé por qué me acuerdo ahora. A Fabi le encanta ir al cine, aunque se duerme. Una vez se lo comenté a su madre y ella dijo: "son estas cuencas inútiles". Y cerró los ojos, tocándo­se­los con suavidad, terapéuticamente. Yo todavía no estaba al tanto de que la enfermedad era congénita y que evolucio­naría en pocos años. A los treinta y dos, la madre ya no veía nada de nada (y Fabiana tan chica). Lo disimu­laban silenciosa­mente. Me acordé de una vez que vinieron a ver una exposición. Fabi insistía con el tema de las presen­taciones, porque sino "qué tipo de novia era, ¿eh?". Creyó que iba a llevar a mi madre a la galería de arte; le dije: "vive tan lejos".
- No importa.
- Otro día te la muestro.
Yo estaba seguro de que la madre de ella no tenía la enferme­dad; por eso digo que lo disimulaban bien. Vinie­ron del brazo, con Fabiana, y la señora señalaba los cuadros colgados en las paredes como si le gus­taran. Parecía analizarlos con detención. En un momento se agachó un poco para ver uno que tenía marco dorado. Llevaba puesto un solero gris con mucho escote, y le vi el corpiño. "Este cuadro me encanta", dijo. Fabiana se puso a reir. Cuando llegamos al depar­tamento, aclaró:
- Yo la ubiqué a propósito delante del cuadro más chico de todos, para que dijera eso. Ella me lo pide. SE HACE LA QUE VE, PORQUE LE DA VERGÜENZA.

Hablando con mi hermana Lidia se me aclararon muchas cosas. Lidia tiene una mente abierta, aunque a veces se pasa de lucidez y me pone mal. Me pregun­tó si Fabi vivía con la madre y le dije que sí. Las dos solas. Entonces agregó que era una chica muy valiente, porque llegar cada noche a su casa debería ser como llegar a su destino, a lo que le pasaría más adelante, irremedia­ble­men­te. "Hay que ser muy fuerte para soportar eso". Después separó su cuerpo del borde de la mesa, se volvió sobre la silla dándo­me la espalda, y dijo algo con un tono extraño. No entendí las palabras, pero sí la música de su voz; cuando se reaco­modó nos quedamos cal­lados, recibiendo la oscuri­dad de la tarde desde las ventanas abiertas. Me gusta esta hora porque mi hermana se pone más negra, y los ojos se le pare­cen a los pezones pero al revés, vistos desde adentro del pecho.
Cuando comprendí la charla que habíamos tenido me quedé mal; hasta lloré. Para las dos de la mañana comencé a comer mandarinas con la puerta de la hela­dera abierta. La mandarina es una fruta que me pone con­tento.

“FABIANA, DESDE SIEMPRE, ES UN VASO VACIO”; eso lo hablé con mamá. Lo había anotado en una página de mi cuaderno y necesitaba sus consejos. “Es un recep­táculo con una esponja llena de lágri­mas, que yo penetro sobre las sábanas negras. La esponja se comprime y ella llora. Las sábanas y el colchón quedan mojados; ella queda vacía, es un vaso vacío. Entonces tiene que volver a fabricar sus lágrimas, llenándose hasta el borde de imágenes sin luz.”
Mamá escucha.
“Son ojos que sólo sirven para el llanto. Lo dicen sus médi­cos. Yo se la meto bien hondo y ella suelta el jugo. El resto del tiempo discutimos de los temas que la aburren y la enloquecen.”
Mamá se levanta, se acerca y me da un cachetazo violento. La cara me arde. Deberé evitar estos temas privados de la pareja frente a ella.

Yo pensaba en los hijos y Fabiana me decía:
- Si mi vieja hubiera creído lo mismo no estaríamos acá, co­giendo.
- Lo que pasa es que tu madre no se los imaginaba y yo sí: soñé con ellos. Se sucedían en imágenes rápidas, como vistos desde las ventanillas de un tren, y yo los estaba esperando desde mis ojos. Entendé, Fabi: ¿Para qué? ¿Para que no me vean?
- Yo te veo.
- Sí, pero tu madre no. Es cuestión de tiempo.
- De vejez.
- De ojos.
Contrariamente a lo que yo pensaba, a ella le importaba bas­tante poco el tema de los hijos y de los genes. Lidia me explicó que no era porque fuese pendeja, sino porque estaba enferma. A Lidia le creo porque tiene treinta y siete años de cordura.

El día en que fuimos a la playa estábamos sentados con Lidia en un médano y Fabiana mucho más adelante, casi sobre la orilla. Era la primera vez que iba al mar. Nosotros parecíamos sus pa­dres. Nos reímos. Lidia dijo que le hubiera gustado ser madre de Fabiana, para que tuviera otras retinas. Me parecieron tan lindas esas palabras, tan tiernas, que le busqué la boca para darle un beso. Ella se me tumbó encima. Yo le toqué con la lengua el paladar, que estaba lleno de papilas y granitos (no como el de Fabi, que es suave), pero siempre mante­niendo mi cara hacia la playa, con los ojos abiertos, para soltarme del beso en cuanto ella se diera vuel­ta.
El mar quedaba dividido en dos por su cuerpo menudo, ubicado de frente al horizonte. Un mar quedaba a su izquierda y otro a la derecha. Solamente el tema de la ubicación los hacía distintos.

La madre de Fabiana cose con agujas de bordar. Lo hace con habilidad. Estoy tan silencioso, adentro del mismo cuarto, y ella está tan concen­trada, que debe pensar que no vine. Fabi también la mira coser. A la madre se le escapa el dedal. Abandona el trapo sobre su falda. “El dedal, Fabi”, dice. Yo le hago señas de que no se lo dé. La madre espera en silen­cio. “El dedal, por favor”. Entonces yo le hago que sí con la cabeza y ella se agacha para buscar­lo. Pero el dedal se había alejado tanto que Fabi, por prestarle atención a mis señales, también lo había perdido. Y le dije:
- Allá, Fabi.
La madre se sobresaltó con mi voz. Como si la hubiera observa­do desnuda.
- ¿Adónde?
- Allá. ¿No lo ves?
- No.

Le comenté a Fabiana eso de que mi madre tenía vista de lince. Yo estaba orgulloso. Lidia agregó que nosotros lo habíamos here­dado, así como el color del iris. Y que ella se sentía un poco menos que yo, porque su color era tirando a gris y parecía una indefinición, un desacierto ante la negrura mía o de mamá. Le conté que ella, una vez, había leído un cartel aleja­do ciento cincuenta metros, que desde el lugar en donde estábamos parados se veía como una superficie ovalada blanca, con inscripcio­nes rojas en manuscrito ("¡te juro, Fabi, en manuscri­to!"). Era una marca de gaseo­sa.
- De Coca -dijo Fabiana.
- ¿Qué decís?
- Coca cola.
Lo pensé. "Debería preguntarle a Lidia; pero sí, creo que era algo por el estilo. Exactamente, de Coca Cola. ¿Vos cómo sabés?", le dije.
- Todo el mundo lo sabe. No lo leyó. Lo recono­ció por la forma y los colores.
Me hizo enojar.
- Vos lo decís de envidia. Mamá tiene un mirar privilegiado.
Fabiana se quedó callada un instante. Con prepo­tencia, abrió la boca para agregar:
- Si es así, presentamelá. Quiero conocerla. Hace tres años que salimos y nunca fuimos a comer a su casa.
Casi le digo "es lejos", pero no valía la pena.

Me imaginé que podía pasar algo grave con ella, y me apuré para sacar las fotos. Mejor prevenir que curar. Cargué la máquina con un rollo de doce exposiciones. Quería verla así, como era antes de la catástrofe; quería tener un recuerdo de ella así. A la semana, mi her­mana trajo las copias. Habían hecho solamente tres fotos (¡de las doce!), y en las tres Fabi salía con los ojos de color ana­ranja­do. "El flash", pensé. Lidia dijo "¿vos creés?". Me quedé duro. Los ojos de Fabiana parecían dos pequeñas frutas maduras.

2.
Sé que tengo la vista enferma, pero ellos creen que sufro más de lo real. Ahora puedo ver el cuerpo de Gustavo diciéndome todas estas cosas y lo veo normal. Lo amo, aunque detesto estas discu­siones sin retorno. Qué culpa tengo. Yo quiero ser una novia común; conocer a su madre y esas cosas. Él me dice que José León Suárez queda muy lejos, que hay que tomar un tren y tres colec­tivos y no sé qué más. Señalando en el plano:
- Esto así cortito es una cuadra, ¿de acuerdo?
- Sí.
- Aquí estamos nosotros. Cruzás media provincia y por esta zona se encuen­tra mi casa de cuando era chico.
El "por esta zona" lo señala con un movimiento pendular de su mano derecha.
- Me jodés la vida -le digo, y él se enoja. No quiero que se enoje.
Grita: "¡Fabi, no ves que me hacés mal!"
¡Siempre ese verbo! ¡Siempre hay que ver todo!
- Para ser una novia normal hay que tener normal la vista -le escucho recitar a Lidia.

Esa Lidia es una tarada. Con la edad que tiene y jamás salió con un tipo. Yo no me la banco, y vice­versa. Pienso que con la madre debe pasar lo mismo. Que no me banca. No me lo explico. Soy la novia de Gus, no una mina. Empecé a salir en el secundario y él ya era grande. A mí la diferencia me im­portó un pito, y mamá dijo: "mejor, por el padre que no tuvis­te". Nada que ver con un padre. Me encanta tenerlo encima, acari­ciándome. Parece que me crecieran alas. Yo cierro los ojos. Él una vez me dijo: "no te adelan­tés con el tema de los ojos". Esas cosas no sé por qué se las permito. Es medio sádico; pero salió bastante bueno, por la fami­lia que tiene. Esas histéri­cas. A veces también puede ser tier­no, y decir que mis ojos se miran a sí mismos cuan­do cierro los párpados, se muer­den hacia dentro y el veneno toma las reti­nas. Eso, quizás, sea un poco tierno. También dice otras cosas más agresivas. Sus palabras son estos rugidos que me hacen temblar. Al final empieza a temblarle el cuerpo a él, tímida­mente, y acaba despacio. Yo siento su líquido chorrear entre mis piernas. Entonces se pone a llorar y le pregunto por qué. Me dice "por nada, Fabi". Yo no me pienso vacía, ni mordién­dome los párpa­dos por adentro. Cierro los ojos porque me gusta sentirlo así.
- Nada, Fabi. Lloro por vos.

Casi nunca hablo con la inaguantable de Lidia. Ella dice que sabe que le desvío la mirada. Lo hacen a propósito. Aquella tarde nos habíamos vuelto a pelear con Gustavo, por una idiotez. Me habían invitado a ir a la playa y yo le pedí anteojos para sol. Él me acompañó a la óptica de un amigo, porque yo necesi­taba de verdad esos anteojos; no era un capricho. El tipo puso un montón de modelos sobre el mostrador. A mí me gusta­ban casi todos, pero no podía elegir porque mi novio se había empecinado en mantenerme nerviosa. "Sos una inde­cisa", decía. "Acostarse con chicos es amanecer mojado". Yo trataba de no prestarle atención. Hasta que se puso a gritar que para qué compraba anteojos. Me quedé calla­da. La óptica estaba repleta de gente. Completó: "POR LAS MIERDAS DE OJOS QUE DIOS TE DIO". Ahí supe que lo iba a dejar. Salí sola, a los empujones, sin comprar. Estaba muy mal, y me fui derecho a su departamento a sacar mis discos, porque había deci­di­do que terminaría­mos para siempre. Que el vaso estaba col­mado.
En la cocina me la encontré a Lidia, sentada de espaldas a la mesa, sin remera, con la puerta de la heladera abier­ta. Estaba comiendo mandarinas. Dejaba caer chorros de jugo sobre sus pechos. Me asusté. Pensé qué pasaría si hubiera entrado él. Lidia saltó de la silla como si oyera mi pensamiento, asustada, tapándo­se con las manos. Bañada en jugo. La había sorpr­endido, aunque no me importó. Encaré hacia la pieza, para rescatar mis discos. La cama estaba deshe­cha, y hasta los diabli­tos se reían de mí. Ella entró enoja­da, con la remera pues­ta.
- Qué hacés -dijo.
- Qué carajo te importa.
- ¿Por qué le revolvés las cosas a mi hermano?
- Porque me voy a la mierda. Me pudrí de uste­des dos.
"Ajá", dijo, y sonrió. La noticia le caía bien. Lo noté en su cara. "Así que al fin te vas".
- Sí.
- ¿Te pudriste de mí?
Dejé los discos sobre la cama, con furia. "De vos, del tarado de tu hermano y de tu vieja, la innom­brable". La vi apretar su propio cuerpo con los brazos, como si quisiera lastimarse. Supe que algo pasaba. Algo extraño, bajo la explosión que provocaron mis palabras en el rostro de Lidia. Miré a mi alrede­dor buscando lo que había cambiado. La piel se me puso como papel de lija.
- Qué decís, ciega de mierda -susurró.- Aprendé a hablar con respeto de la muerta.
Yo la oía desde mi lugar, sin abrir la boca.
Casi me desmayé.

Dejé que me llevaran a esa playa. Gustavo es­taba de muy buen humor y a cada rato me preguntaba "¿te pasa algo?", como si todo estuviera saliendo bárbaro, salvo mi cara de enojada. Lidia me tranquilizó esa misma tarde, y fue contándome las cosas de a poco, impre­sionada por mis propias reac­ciones. Parecía­mos ami­gas. Duran­te esos dos días evité hablar con Gusta­vo.
Hice el amor con los ojos abiertos, y él se alegró. ¡Cómo no se daba cuenta de que yo estaba tan lejos de esa playa! "Tu madre, muer­ta", pensé. "Pasó cuando éramos chi­cos", explicó Lidia. Decía todo en secreto. Y colorea­do con recomenda­ciones del tipo: "no vayás a herirlo, pobre­cito. Nunca supo recuperarse de esa muerte. Yo traté de ayudarlo en lo que pude, diciéndole que estaba todo bien, que mamá nos esperaba en casa. Él se lo creía y, algo de adentro, una defensa, le impedía tomarse el tren a Suárez".
- Qué espanto.
"Por eso nunca te llevó. Esperaba que te pusie­ras ciega del todo, así no tenía que mostrarte a nadie. Los ciegos se conforman con macanas. Yo tamb­ién lo esperaba, más por mantenerle la ilu­sión a él que por otra cosa. Perdoname, viste, pero somos muy unidos".

Ya sé que son unidos. Sé que están a mis espal­das, a espaldas del mar y de Fabiana mirando las olas, allá arriba en los méda­nos, tocándose, riéndo­se, besán­dose como amantes. Al mar lo veo nublado por las lágri­mas. Gustavo me había dicho que era un vaso. "Descanso mi cuchara en el fondo del vaso. El líquido ya no es el agua de las lágrimas tuyas, Fabi, sino un remedio enva­sado que nos recetaron en el hospital. Los médicos, sí".
- No hay que creerles -le digo.
No tenemos nada que comprarles. Ellos son los que nos venden la retinitis, sin ver las otras cosas. En las radiografías no sale el beso de lengua que ahora le estás dando a tu hermana. En las radiogra­fías no sale este mar. No sale mi mirada fija en el mar, que ahora se nubló por el llanto. No sale todo este miedo podrido mío; miedo al secreto de tu madre. Miedo al hombre secre­to con el que salí, miedo a la que fui a su lado. Por suerte se acabó. Por fin.

Cené con bronca. Lidia, la muy puta, decía cosas como "dejala que se amargue, porque ve todo como una vieja, y nosotros somos jóvenes". Gustavo venía a cada rato para decirme "¿te pasa algo?", con una cara de tarado increí­ble. Yo todavía no tenía pensa­do revelarle ni media palabra.
Gustavo dijo:
- Pará, Lidia.
- Si lo sabe cualquiera, che.
Él se acercó para preguntarme "¿querés que nos volvamos?", y yo iba a contes­tar cuando el teléf­ono sonó. ¿Quién sabía que estábamos ahí, comiendo en esa casa sobre la playa? "Mamá", pensé. Gustavo sonrió y dijo, con la cara desencajada: "MAMÁ". Me estremecí. Lidia saltó del asiento para atender. Al volver, yo esperaba que dijera "mamá quiere hablarte", o alguna insensatez por el estilo. Creo que me habría desmayado de no escuchar la palabra "equivocado", que surgió de sus labios con piedad.
Gustavo se me acercó otra vez. "¿Qué te pasa, Fabi? ¿Querés que nos vayamos?"
- Sí -contesté-, pero sin esta loca.

Tomamos el colectivo los dos solos y, durante el viaje, no tuve mejor idea que contarle lo que había pasado. Qué estúpida. Esperaba llegar y no verlos nunca más. Era tan sim­ple. Pero la tuve que complicar. Le dije:
- Estás loco. Tu mamá murió hace una pila de años. Ella no existe. Me lo contó Lidia.
Los labios le temblaron (ya conozco esos puche­ros). Empezó a llorar despacio; se acercaba buscando refugio en mi cuerpo, pero lo separé una y todas las veces.
- Me tenés repodrida. Sos un menti­roso que se cree sus propias mentiras. Sos un idiota. No quiero verte nunca jamás.
Ya no me daba miedo. Viajó las dos horas que­riéndose acercar, sin decir una palabra. Su silencio equivalía a una aceptación encubierta del secreto de Lidia.

Cuando llegamos, cambió. Entrar en el departamento fue para él como entrar en otro estado de la locura. Se puso a la defensiva con todas sus fuerzas. Yo había juntado mis discos y los tenía entre los brazos, junto con la radio de onda corta que también me pertenecía. La puerta de calle estaba abierta. Nos íbamos a saludar por última vez, y él se despertó del letargo del viaje. Parecía que un ruido le hubiera golpea­do el cerebro, regre­sándolo a la reali­dad. Dijo:
- No sé qué te pasó.
Era "su" realid­ad.
- Pregunto qué te pasó, Fabi.
- ¿Qué?
- Te creíste cualquier cosa.
- ¿Cualquier cosa, lo de tu vieja?
- Sí. Sabés que mi hermana no te soporta y quiere separarnos. Que habla pavadas. Vos misma lo decís, siempre. ¡Mirá si voy a poder mantener ese secreto durante tres años! ¡Y lo peor es que se lo creíste!
Decía todo con las manos apoyadas en los costados, a la altura de la cintura. Mi cuerpo empezó a temblar. Estaba hablándome el mismo Gustavo que conocía antes de saber. El que me daba miedo. El viejo Gustavo frío, calcula­dor.
- Nunca habías hablado con ella, pero te bastó una vez para reemplazar tres años de creerme a mí, a tu amorcito. ¿Y todo lo que vivimos? Siempre dijiste que era una mentirosa. No podés irte. No, sin haber aclarado el asunto. Si me quedo solo, me muero. No exis­to.
Dejé la pila de discos en el suelo. "No soporto más a tu hermana", le dije.
- ¡Y qué querés, que la eche!
- Sí.
- ¡Que la deje en la calle! ¡A una enferma mental, Fabi, no tenés compa­sión!
- No. No tengo.
Se agarró la cabeza.
- Vos, que razonás con normalidad, deberías darte cuenta y perdonarla. ¿O no me querés más?
Dudé.
- ¿No me querés?
- Sí -dije.
- ¿Entonces?
- O tu hermana, o yo.
- ¿Y a dónde la mando?
- Internala. Qué me importa.
Junté la pila de discos. Esto no daba para más. Lo vi apurar­se, enloqueci­do, moviendo las manos; gritan­do: "está bien, está bien, que se vaya. Yo tampoco la soporto. Ahora que lo conseguis­te, podés quedarte".
- Hay algo más -le dije.
- Qué.
- Quiero conocer a tu madre ahora mismo.
Miró el reloj.
- Son las once de la noche -dijo, sonriente, dando por sentado que yo lo entendería.
- Y qué.
- Queda lejísimo. Vamos a llegar para después de las dos y media.
- No importa.
- Es una viejita...
- ¿Y?
- Estará durmiendo. No querrás despertarla, ¿no?
- Qué me importa.
Me dio la espalda.
- ¡Pero esa viejita es mi madre! -gritó.
- ¿Y?
- No tenés compasión.
- Te dije que no.
Bajó la cabeza, reflexionando. Era imposible saber si actuaba o hablaba con sinceridad. Juro que no pude darme cuenta.
"Mirá, agregó, me parece que se te está yendo la mano con las exigencias. ¿Desde cuándo una pendeja como vos, con retinitis, me viene a poner límites?"
Era todo lo que quería escuchar. Me di vuelta y alcancé a dar dos pasos hacia la puerta; los brazos de él me trabaron desde la espalda. Empecé a gritar y a pata­lear, tanto que se me cayeron dos o tres discos, deslizándose de los sobres. Él se movía con seguri­dad. Cerró con llave y se guardó el llavero en uno de los bolsillos de su panta­lón. Solté los otros discos, dejándo­me caer en el sofá. Muerta de miedo, lo vi acercarse hasta quedar sentado al lado de mi cuerpo.
Cuando habló, después de un rato, su voz era dulce. Serenamen­te le explicó al aire, a los pedazos de dis­cos, a la casa, que "su mamá era buena y los amaba a él y a su noviecita Fabiana". Que la iba a llamar desde el teléfo­no del comedor, para que ella se quedara tran­quila y para que "mami supiera que habían llegado de la luna de miel". Se me puso la piel de gallina. Gustavo tenía la cara esti­rada por la locura.
- Ahora mismo la llamo. ¿Vos querías verla? La vas a ver.
- Me quiero ir -le dije.
- No, no. No hagamos de ésto un drama. Esperame acá en el sillón.
Se levantó y fue hacia el comedor. Trabó la puerta que separa los ambien­tes, dejándome encerrada. Es una puerta de madera con vidrios. Me paré. Desde mi lugar lo vi marcar un número en el telé­fono. Aunque no podía escuchar la conver­sación, me daba cuenta de que algo fallaba, y eso era lo que me hacía temblar. Él alzó un brazo como si gritara; se movía nerviosa­mente, con el pie taco­neando en el piso. Al terminar, clavó el tubo contra el aparato. Vi la tranfor­mación gradual que sufrió su expresión a medida que se aproximaba a la puerta, hasta llegar a mí con una sonrisa en los labios. Yo tenía que mostrar­me segura, con decisión de irme.
- Hablé con mamá -dijo-. Nos espera mañana temprano, a almor­zar.

Fue inútil forcejear o gritar. "Ahora que me hiciste molestar a mamá, no querés ir. Sos una hija de puta".
- Me voy. No doy más.
- Ahora te quedás, como que me llamo Gustavo. Y no estoy de humor para soportar tu histeria.
Creí que me pegaría de un momento a otro. Le dije de dormir en el sillón y me volvió a gritar. Reac­cionaba haciendo movimientos sobred­imen­sionados, con una agresividad física que no le conocía. Logró que me cayera. "¡Quién te creés que sos, pendeja de mierda! ¡Lo que le voy a tener que decir a mi pobre hermana cuando regrese de la playa, porque a vos se te ocurrió! ¡Estás poseída por la maldad!"
- No.
- Sí. Es esa ceguera a medias la que te vuelve mala…
Yo lloraba, al borde del pánico. Él me ayudó a levan­tarme, a des­ves­tirme, y cuanto más lloraba, más se enternecía. Su misma voz se suavizó. Me acostó entre súpli­cas. Se montó sobre mi cuerpo y fue como tener un monstruo enci­ma, un ser extraño de un mundo asquero­so, natural en horrores y os­curidades.
No dormí ni un segundo. Miraba el despertador, puesto a las siete y media, y lo miraba a él. Toda la noche esperé a que pasara cualquier cosa. Recé por mi vida, sin sentido. ¿Qué hacía acosta­da al lado de ese demente? ¿Por qué no le robaba las llaves y me iba? ¿Qué me ataba a su cama negra?
A las seis, el sol empezó a entrar por la ven­tana abierta. No había descansado nada. Gustavo bostezó; eran las siete menos veinte cuando desconectó la campani­lla del reloj para que no sonara. Me besó en la mejilla. "Qué bien dormí, dijo; no hay nada como la tranqui­lidad de la víspera de ver a mamá". Cuando me vestí, tenía chuchos de frío.

3
Me los imaginé viajando mudos, a los dos; él apretándole las manos a Fabiana para que no se fuera, muy fuerte al principio, hasta dejar el tren y subir­se al colectivo número uno. Aunque no sé si habrán tomado el mismo que yo, porque en este lugar todos los colectivos parecen ir por iguales caminos y todos van por lugares distintos. Ellos sin mirarse, claro; ni hablar. Dos colectivos, tres; bajar y subir hasta el barrio Muñiz; pasar por debajo de un arco gigan­te de hormigón con la leyenda "bienvenidos al barrio", que es lo mismo que decir "bienvenidos al infierno", y después seguir, entrar al campo para ir soltándole la mano paulatinamen­te, total, ya no podrá fugarse. El que se baja en este lugar se queda para siempre. Pastizales duros, desiertos de vegetación de más de un metro de altura, cañas, un puentecito con un río y chicos pescando (chicos raros, de cara rara, pensaría Fabia­na; pero eso porque los ve mal. Además, puedo asegurar desde acá que Fabiana fue viéndolo todo más nublado a medida que iban llegan­do; quizás se haya tocado los lagrimales, como cuando estaba detenida frente al mar, pero seguro que esta vez no lloraba). Más chicos. Las villas. Las casitas.
- ¿Ves, para allá, ese cubo rojo de ladri­llos?
- No -contestaría ella.
- ¿Todavía no lo ves? (estamos bastante cerca).
- No.
- Falta poco. La próxima.

A través de la ventanita de la cocina los vi bajarse del colec­ti­vo. Yo estaba arrodilla­da sobre la mesada, entre las ollas sucias con salsa y pastas. Ellos venían tomados de la mano, como novios pulcros. Tocaron dos timbres. La puerta se abrió. Una señora gordita, de aproximada­mente sesenta años, les hizo una sonrisa. Gustavo dijo: "Mamá, te presento a mi novia". Pasó un brazo sobre el hombro de Fabiana. Después le dijo unas palabras al oído, cuando la señora se retiró del comedor, y yo me imaginé algo así como "viste, sonsa". Por la cara de enamora­do de Gus­tavo. Esa cara de idiota que puso.
La señora volvió con una olla humea­nte. "A ver los manjares que nos preparas­te", dijó él. La mesa estaba tendida y los tres sentados. La madre no habló, solamente se limitaba a servir la comida en los platos. Después volvió a salir para traer una botella de vino y otra de gaseosa, de una marca que Fabiana des­conoció. Me di cuenta porque agarró la bote­lla con las manos, leyó la etiqueta en voz alta y frun­ció el ceño. Era un líquido con gusto a pomelo. La comida estaba salada. Gustavo, sin embar­go, la alabó vivamente. Para él, bastaba con que la hubiera coci­nado "mamá". Dis­trajo todo el almuerzo con sus frases de hijo aplica­do ("cada día amasa mejores pastas; no hay como sus salsas; qué mano para el picante").
A Fabia­na se la notaba intranquila, desconfian­do de los deta­lles. Deci­didamente mal. En un momento se levantó de la mesa. Estuvo por decir: "Esa no es tu madre. No se te parece". Noté la ansiedad en su cara; pero no dijo nada y volvió a sentarse, temblando. Justo cuando él le pregun­tó: "¿te pasa algo?". Cómo le va a preguntar eso.
Desde el comedor se podía ver las otras habitaciones, pero desde las puer­tas -al menos desde la que yo estaba espiando- no se veía más que una oscuridad densa, tangible, que convertía esa mesa, esas paredes y esa gente en una escenografía mal iluminada. Como de película de terror. Los vigilé hasta que no pude distin­guir­los más. Quise mirar­los así para siempr­e; me lo había propuesto mucho antes de que ellos llegaran. Pero la pregunta de Gustavo y la falta de luz me sacaron de quicio. Fabiana dudó. Dijo:
- Sí, pasa algo.
- Qué.
El silencio se podía juntar con los platos sucios, se podía llevar adentro de esa cacerola con un fondo de fideos pegados y podía regresar a la mesa en la frutera, mezclado entre las mandarinas. Gustavo se sirvió una cualquie­ra.
- Quiero ver fotos -dijo ella. La ciega.
Gustavo puso cara de sorpresa. "¿Fotos?", pre­guntó. La madre movió la cabeza en una negación desgana­da.
- ¿Fotos de qué?
Fabiana agregó:
- De ustedes. Tuya, de cuando eras chiquito. Fotos de bebé, en brazos de esta señora. Fotos de tu hermana.
Él miró a la madre. No debería haberle dado ningún pie; si con el miedo a cuestas habían podido representar casi el almuerzo completo, ¿para qué pregun­tar?
- ¿Hay? -le dijo. La madre subió los hombros, sin hablar.- No hay, Fabi.
- No puede ser.
- Es.
- Todas las madres tienen fotos de sus hijos. -insistió- Yo quiero ver aunque sea una de esas fotos.
Entonces se escuchó la voz de la madre; una voz gruesa, como de otra persona, decir:
- No quedó ninguna entera. Hay tiritas de las fotos. Lidia las cortó hace tres años, una por una. Guardé las tiritas adentro de una caja.
A Fabiana le habrá parecido una idiotez. “Quiero ver esa caja”, dijo, firmándose la pena de muerte.
La madre abrió una puerta de la cómoda y sacó una caja de zapatos, que puso sobre la mesa. Gustavo se tapaba la cara con las manos. Fabiana levantó la tapa con precaución; adentro había cientos de tiritas de fotos. Irreconoci­bles, en un rompeca­bezas im­posible y maldito. Con las imágenes reducidas a fideos inútiles, cortando la historia de esa pobre mujer. Levantó la vista.
Siem­pre lo dije: "esta pen­deja es una estúpi­da". Decidí salir a escena en cuanto sus ojos comenzaron a pedirme explicaciones (¡con qué autoridad, y en nuestra propia casa!); descorrien­do la cortina que separa su imagen y su cuerpo del mío; que divide el comedor de la cocina donde me había refugiado.
- ¡Lidia, no! -escuché gritar a mi hermano.
Refugiada por culpa de esos círculos. Adentro de mi propia casa. Fabi giró sobre sí misma; con una mano volteó la silla y con la otra la botella de aquella gaseosa que nunca antes había visto, que se rompió al chocar contra el piso de baldo­sas, con­virtiéndose en mil vidriecitos redon­deados. Quizás pensó que nunca más iba a ver nada igual.
- ¿Vos cortaste esas fotos? -preguntó.
- Sí.
Tenía el semblante húmedo del condenado.
- ¿Por qué?
- Para acabar con las imágenes. Lo hice con estas tijeras.
"Chic, chac", hicieron mis tijeras, en el aire. Acosté mi mano, "chic", en un plano horizontal imaginario en el cual queda­ban apoyadas las tijeras mismas, sus filos, "chac, chic", y la línea de los ojos de ella. El último ruido de cerrar­se y abrirse había dejado las puntas separadas una distancia igual a la com­prendida entre sus reti­nas. Antes de que­darse definiti­va­mente ciega, habrá pensado: "esto ya lo vi". Empujé el brazo.


6.13.2009

FABIANAS AUGENKREIS

FABIANA IST BLIND.
FABIANA KANN NICHT MEINE SEELE SEHEN.
FABIANA KANN DIE LEUTE NICHT VONEINANDER UNTERSCHEIDEN.
FABIANA SIEHT NICHT, WAS JETZT GESCHIEHT,
UND AUCH NICHT DIE ZUKUNFT.
FABIANA IST BLIND WIE IHRE MUTTER.

1
Ich hatte dieses Plakat an eine Wnad geklebt, das war im Februar, genau dem Monat, als wir uns stritten, und darum habe ich sie blind gemacht. Ich bin Fabianas Verlobter, seit langem schon. Ihre Augen sehen immer schlechter. Ich war von einer Reise zurückgekehrt und hatte als erstes ihren Liebesbrief vorgefunden, er ragte, zu einer kleinen Kanone zusammengerollt, aus dem SchlÜsselloch und verteidigte das geheime Vergessen des menschenleeren Hauses; eine Kanone, die auf mich zielte und mich erschloss, noch bevor ich eintrat. Ich rollte sie auf und las: BITTE VERZEIH MIR. Immer dasselbe. Eines Tages werden wir uns noch ernsthaft streiten müssen. Grunde gibt es verschiedene; einen, den Hauptgrund, nannte meine Mutter: Wenn ich Fabiana heirate, werden wir Kinder mit Retinitis haben. Kinder, die blind sein werden. Meine Mutter schimpft mit mir wegen allen. Ich erzähle ihr von Fabiana, und sie sagt, sie will sie nicht mal sehen. Genau so: „NICHT MAL SEHEN“. Fabiana sage ich davon nichts, und wenn sie mich fragt, warum wir nicht nach José León Suárez fahren, um bei meiner Mutter zu essen, sage ich, das wäre so weit weg. Ich werde ihr nicht erklären, dass es darum ist, weil ihre Kreise unbestimmt sind; weil die Leute „sehen oder nicht sehen“, allerdings nicht das, woran sie uns gewöhnt hat. So ist es.
Für den Tag, an dem wir miteinander schlafen wollten, kaufte ich eine Garnitur schwarze Bettwäsche. Fabiana ist weiβ wie Joghurt; auf dem schwarzen Laken würde sie hell leuchten. Die Bettwäsche war mit kleinen Teufelchen bedruckt, das fand ich toll. Fabiana sagte: „Sind die hübsch, die Blumen!“, und ich musste fast losheulen. Geblümte Bettwäsche gibt es viel, Bettwäsche gibt es geblümt. Ich hatte die Garnitur wegen der Teufelchen gekauft. Sie erwartete mich mit gespreizten Beinen, saβ auf dem Bett, ohne meine Beklemmung zu ahnen. Da hatte ich keine Lust mehr. Ich erzählte Mama davon, und sie regte sich ziemlich auf.
Zuerst erzählte ich es Lidia, meiner groβen Schwester, und sie wurde ganz nachdenklich. „Lässt sich da was machen, Gustavo?“, fragte sie. Lidia ist drei Jahre älter als ich. Ich antwortete. „Ich glaube nicht“. In meinem Zimmer ist ein Spiegel, und Lidia sieht sich gern im Spiegel an. Sie zog das T-Shirt aus, um sich die Brüste zu befühlen (alles vor meinen Augen). Dann kam sie ganz nah an mich heran, sie sagte: „Dieses Mädchen passt nicht zu dir“, und drückte sich an mein Gesicht. Lidia hat wuderschöne Brüste, schöner noch als die von Fabiana, da quillt das Fleisch nämlich richtig über, wenn sie mir die in den Mund schiebt. Sie müssen sogar noch schöner sein als die von Fabianas Mutter, die wircklich blind ist. Die Krankheit hat bei ihr gewissermassen schon zu der Blindheit geführt, die Fabiana noch erwartet. Lidias Brustwarzen sahen aus wie zwei vor Staunen aufgerissene Kulleraugen.

Wir gingen in einen Gangsterfilm. Zu Feier des Tages, weil wir uns wieder vertragen hatten. Das war vor der sache mit der Bettwäsche, ich weiss gar nicht, warum mir das jetzt wieder einfällt. Fabi geht wahnsinnig gern ins Kino, obwohl sie immer einschläft.
Einmal habe ich es ihrer Mutter erzählt, und sie sagte: „Das machen diese nutzlosen Höhlen hier“. Dabei schloss sie die Augen und massierte sie vorsichtig, als Therapie. Ich hatte damals noch keine Ahnung, dass die Krankheit erblich ist und innerhalb weniger Jahre ausbrechen würde. Mit zweiunddreiβig Jahren könnte sie überhaupt nichts mehr sehen (und fabiana war noch ganz klein). Sie überspielten das aber immer. Mir fiel plötzlich ein, wie sie einmal in eine Austellung gehen wollte. Fabi erzählte die ganze Zeit, was es bei dieser Ausstellung zu sehen gäbe, „wie das eine Verlobte eben so macht“. Sie glaubte, ich würde meine Mutter in die Kunstgalerie mitnehemn wollen, ich sagte aber: „Sie wohnt so weit weg“.
„Das macht nichts“
„Ich zeige sie dir ein andermal.“
Ich hätte schwören können, dass ihre Mutter die Kranheit nicht hatte, darum sage ich, sie haben es geschickt überspielt. Sie kamen Arm in Arm, mit Fabiana, und ihre Mutter deutete auf die Bilder an der Wand, als hätte sie ihre Freude an ihnen. Man konnte glauben, dass sie sie aufmerksam analysiere. Bei einem Gemälde mit vergoldetem Rahmen beugte sie sich kurz vor. Sie trug ein graues Sommerkleid mit grβoen Ausschnitt, und ich konnte ihren BH sehen. „Das hier gefällt mir besonders“, sagte sie. Fabiana fing an zu lachen. Als wir wieder zu Hause waren, klärte sie mich auf: „Ich habe sie extra vor das kleiste Bild von allen bugsiert, damit sie das sagt. Sie will das so. SIE TUT, ALS OB SIE SIEHT, SIE SCHÄMT SICH NÄMLICH“.

Bei einem Gespräch mit meiner Schwester Lidia sind mir viele Dinge klar geworden. Lidia ist ein klarsichtiger Mensch, obwohl sie manchmal ihren Verstand dazu benutzt, um mich zu ärgern. Sie fregte mich, ob Fabi mit ihrer Mutter zusammenlebt, und ich sagte ja. Die beiden allein. Da meinte sie, wenn sie abends nach Hause kommt, sein müsse, als trete sie ihrem Schicksal gegenüber, dem, was später unausweichlich auch mit ihr passieren würde. „Man muβ schon sehr stark sein, um das zu ertragen“. Danach lehnte sie sich vom Tisch zurück, drehte sich auf dem Stuhl, sodass sie mir den Rücken zuwandte, und machte eine merkwürdig klingende Bemerkung. Ich verstand nicht die einzelnen Wörter, bekam aber sehr wohl den Tonfall mit. Sie setzte sich wieder normal hin, und wir sprachen kein Wort mehr, durch die geöffneten Fenster sogen wir die Dunkelheit des Abends ein. Ich mag diese Tageszeit , meine Schwester wird dann schwärzer, und ihre Augen sehen wie die Brustwarzen aus, aber umgekehrt, von der anderen Seite des Körpers gesehen, aus dem Innern der Brust (ich spüre, dass es so sein muβ ). Als ich mir das Gespäch zwischen uns beiden noch einmal durch den Kopf gehen lieβ, fühlte ich mich schlecht; ich weinte sogar. Gegen zwei Uhr morgens fing ich dann an, vor der offenen Kühlschranktür Mandarinen zu essen. Mandarinen sind ein Obst, bei dem ich gute Stimmung bekomme.

„FABIANA IST SCHON IMMER EIN LEERES GLAS“; darüber sprach ich mit Mama. Ich hatte es auf einer Seite in meinem Heft notiert und brauchte ihren Ratschlag. „Sie ist ein Gefäβ mit mit einen Tränendurchfeuchteten Schwamm, in das ich auf dem schwarzen Laken eindringe. Der Schwamm wird zusammengedrückt, und sie weint. Das Laken und die Matratze sind danach feucht, und sie ist leer, ein leeres Glas. Anschlieβend muss sie wieder ihre Tränen erzeugen und sich randvoll mit lichtlosen Bildern füllen.“
Mama hört mir zu.
„Es sind Augen, die nur zum Weinen taugen. Das sagen ihre Ärzte. Ich stecke ihn ihr tief rein, und sie lässt den Saft herauslaufen. Die übrige Zeit diskutieren wir über die Themen, die sie langweilen und sie verrückt machen“.
Mama steht auf, stellt sich vor mich hin und knallt mir eine. Das Gesicht brennt. Ich werde in Zukunft vermeiden, über diese Dinge zwischen Mann und Frau vor ihn zu reden.

Ich dachte darüber nach, wie das mit den Kindern ist, und Fabiana sagte zu mir. „Wenn meine Mutter genauso gedacht hätte, dann würden wir jetzt hier nicht sein und vögeln“.
„Der Unterschied ist, dass sich deine Mutter keine Kinder vorgestellt hat, ich aber ja: Ich habe von Ihnen geträumt. Ich habe sie in schnellen Bildern gesehen, wie vom Fenster eines Zeuges aus, ich habe mit meinen Augen vor sie gewartet. Ich habe mich gefragt, Fabi: Warum? Warum sehen sie mich nicht?“
„Ich, ich sehe dich.“
„Ja, aber deine Mutter nicht. Es ist eine Frage der Zeit.“
„Des Altwerdens.“
„Der Augen.“
Anders als ich gedacht hatte, interessierte sie das Thema Kinder und Gene herzlich wenig. Lidia erklärte mir, das sei nicht etwa so, weil sie ein Luder wäre, sondern weil sie krank ist. Lidia glaube ich, wiel sie schon siebenunddreiβig Jahre alt lang bei Verstand ist.

An dem Tag, als wir am Strand waren, Lidia und ich in einer Düne und Fabiana ein ganzes Stück weit vor uns, fast direkt am Wasser. Sie war zum ersten Mal am Meer. Man hätte uns für ihrer Eltern halten können. Wir lachten. Lidia sagte, sie wäre gern Fabianas Mutter gewesen, damit sie eine andere Netzhaut hätte. Ich fand diese Worte so schön, so zärtlich, dass ich Lidias Mund suchte, um, ihr einen Kuss zu geben. Sie lieβ sich auf mich niedersinken. Ich berührte mit der Zunge ihren Gaumen, der voller Furchen und Risse war (nicht wie der von Fabi, der glatt ist), sabei schaute ich aber immer zum Ufer, um mit dem Küssen aufzuhören, falls Fabi sich umdrehte. Das Meer war durch ihren schmalen, den Horizont durchschneidenden Körper zweigeteilt. Ein Meer war links von ihr, das andere rechts von ihr. Das war das Einzige, was sie voneinander unterschied.

Fabianas Mutter stickt. Sie tut das mit Geschick. Ich bin so still, im selben Zimmer, und sie ist so konzentriert, dass sie denken muss, ich sei nicht gekommen. Fabi sieht ihr auch beim Sticken zu. Ihrer Mutter fällt der Fingerhut runter. Sie legt ihre Handarbeit in den Schoβ. „Der Fingerhut, Fabi“, sagt sie. Ich mache ihr Zeichen, sie soll ihn ihr nicht geben. „Bitte, der Fingerhut“; dann nicke ich, und sie bückt sich, um ihn aufzuheben. Der Fingerhut ist aber so weit gerollt, während Fabi auf meine Zeiche achtete, dass sie ihn auch nicht mehr findet. Und ich sage zu ihr:
„Da, Fabi.“
Beim Klang meiner Stimme schrickt ihre Mutter zusammen. Als hätte ich sie nackt gesehen.
„Wo?“
„Da. Siehst du ihn nicht?“
„Nein.“

Ich erzählte Fabiana davon, dass meine Mutter Augen wie ein Luchs hat. Ich war stolz. Lidia hatte gemeint, dass wir die guten Augen von ihr geerbt hätten, genauso wie die Farbe. Und dass sie sich mir ein bisschen unterlegen fühlt, weil bei ihr die Augenfarbe ins graue geht und sie nicht genau definieren lässt: bei den pechschwarzen Augen von mir und meiner Mutter ein schwerer Mangel. Ich erzählte, wie Lidia einmal ein Plakat gelesen hat, das hundertfünfzig Meter entfernt war und das von der Stelle, wo wir standen, nur als ein weiβes Oval wahrzunehmen war, mit roten Buchstaben darauf in Schreischrift („Stell Dir vor, Fabi, in Schreibschrift!“). Es war eine Werbung für Mineralwasser.

„Für Cola“, sagte Fabiana.
„Was sagst du?“
„Coca-Cola.“
Ich überlegte. „Ich hätte Lidia fragen sollen; ich glaub aber, ja, irgend so etwas muss es gewesen sein. Genau, Coca-Cola. Woher weiβt du das?“
„Das weiβ doch jeder. Sie hat es nicht gelesen. Sie hat es an der Form und den Farben erkannt.“
Sie hatte es geschafft, dass ich mich ärgerte.
„Du bist ja nur neidisch. Mama kann so gut sehen wie kein anderer.“
Fabiana schwieg einen Moment. Dann sagte sie schnippisch: „Wenn das so ist, dann stell sie mir vor. Ich möchte sie kennen lernen. Wir sind jetzt schon seit drei Jahren zusammen und waren noch nie bei ihr zum Essen.“
Fast hätte ich gesagt „Es ist so weit weg“, aber besser nicht.

Ich hatte die Vorstellung, es könnte mit ihr irgendwas Schlimmes passieren, und ich beeilte mich, die Kamera rauszuholen. Vorbeugen ist besser als heilen. Ich legte einen Zwölferfilm ein. Ich wollte sie so sehen, vor der Katastrophe; ich wollte eine Erinnerung an sie so haben. Die Woche darauf brachte mir meine Schwester die Abzüge. Es waren nur drei Bilder etwas geworden (von den zwölf!), und auf allen dreien hatte Fabi orangefarbene Augen. „Das Blitzlicht“, sagte ich. Lidia erwiderte: „Glaubst du?“. Ich blieb hart. Fabianas Augen sahen aus wie zwei kleine reife Früchte.

2
Natürlich habe ich kranke Augen, aber sie glauben, ich leide darunter mehr, als ich es in Wirklichkeit tue. Jetzt kann ich Gustavo sehen, wie er mir alle diese Dinge sagt, und ich sehe ihn ganz normal. Oder wenigstens, was ich für normal halte. Ich liebe ihn, obwohl ich diese sinnlose Diskussionen hasse. Ist es denn meine Schuld? Ich will eine gewöhnliche Verlobte sein, seine Mutter kennen lernen, und überhaupt. Er sagt, José León Suarez ist so weit weg, man muss mit dem Zug fahren, dann noch dreimal mit dem Bus umsteigen und weiβ ich, was. Er zeigt auf den Stadtplan und sagt: „Dieses kurze Stück hier ist ein Häuserblock, einverstanden?“
„Ja.“
„Hier sind wir. Man fährt durch die halbe Stadt, und in diese Gegend ist das Haus, wo ich Kind war .“
Das „in dieser Gegend“ deutet er mir mit einer Pendelbewegung der rechten Hand an.
„Du nimmst mir die Freude am Leben“, sage ich, und er wird wütend. Ich will nicht, dass er wütend wird.
Er schreit: „Fabi, siehst du nicht, dass du mir weh tust?“
Immer dieses Wort! Immer muss man alles sehen!
„Um eine normale Verlobte zu sein, muss man normal sehen können“, höre ich ihn vor Lidia herbeten.

Diese Lidia ist völlig zurückgeblieben. Sie war noch nie mit einem Mann zusammen, und das bei ihrem Alter. Ich kann sie nicht ausstehen, und sie mich nicht. Ich glaube, mit der Mutter muss es genauso sein. Das sie mich nicht leiden kann. Ich bin die Verlobte von Gus, keine Schlampe. Ich war schon mit ihm zusammen, als ich noch zur Schule ging, und er war erwachsen. Mir ist der Altersunterschied völlig egal, und Mama sagte: „Ist besser so, wo du doch keinen Vater hattest.“ Das hat damit gar nichts zu tun. Ich mag es einfach sehr, wenn er auf mir ist und mich streichelt. Ich habe dann das Gefühl, als würden mir Flügel wachsen. Ich mache die Augen zu. Einmal sagte er zu mir: „Lass dir Zeit mit dem Blindwerden“. Ich weiβ nicht, warum ich mir das von ihm gefallen lasse. Manchmal ist er ein richtiger Scheiβkerl, aber trotzdem, irgendwie ist er doch ein ziemlich anständiger Kerl, bei dieser Familie. Hysterische Ziegen, die. Manchmal kann er auch zärtlich sein, dann sagt er, dass meine Augen sich selber sehen, wenn ich sie zumache, sie beβien nach innen, und das Gift frisst die Netzhaut auf. Das ist vielleicht ein biβchen zärtlich. Er sagt auch andere Sachen, aggressiverer. Seine Worte sind dieses Gegrunze, bei dem ich zittern muss. Am Ende fängt auch sein Körper zu beben an, ganz zaghaft, bis er langsam kommt. Ich spüre, wie mir ein Saft die Beine runterläuft. Dann fängt er an zu weinen, und ich frage ihn, warum. Er sagt. „Es ist nichts, Fabi.“ Ich denke nicht, dass ich leer bin, und ich beiβe mir auch nicht von innen in die Augenlinder. Ich mache die Augen zu, weil ich mich so am besten fühle.
„Nichts, Fabi. Ich weine um dich.“

Mit der unausstehelichen Lidia rede ich fast nie. Sie sagt, sie weiβ, dass ihrem, Blick ausweiche. Grundlos setzen sie solche Behauptungen in die Welt. An dem Nachmittag hatte ich mich wieder mit Gustavo gestritten, wegen einer Lappalie. Sie hatten mich eingeladen, mit ihnen an den Strand zu fahren, und ich sagte ihm das mit der Sonnenbrille. Wir gingen in das Optikergescháft von einem Freund, ich brauchte diese Sonnenbrille nämlich wirklich, es war keine Laune von mir. Der Optiker breitete jede Menge Modelle auf dem Ladentisch aus. Mir gefielen fast alle, ich konnte mich aber nicht entscheiden, weil sich mein Verlobter alle Mühe gab, mich nervös zu machen. „Du weiβt nie, was du willst“, sagte er. „Mit dir hat man immer nur Stress“. Ich versuchte, ihn nicht zu beachten. Bis er losschrie, wozu ich eigentlich eine Brille haben wollte. Ich sagte kein Wort. Das Geschäft war voller Leute. Und dann: „BEI DEN SCHEISSAUGEN, DIE DIR DER LIEBE GOTT GESCHENKT HAT.“Da wusste ich, dass ich weg musste von ihm. Ich ging allein aus dem Laden, bahnte mir einen Weg durch das Gedrängel, kaufte nichts. Wortlos. Ich fühlte mich hundeelend, ich ich ging schnurstracks in seine Wohnung, um meine Schallplatten zu holen, ich hatte nämlich beschlossen, mit ihm für immer Schluss zu machen. Das Maβ war voll.
In der Küche sah ich Lidia mit dem Rücken zum Tisch sitzen, ohne T-Shirt, der Kühlschrank stand offen. Ich ging näher, um zu sehen, was sie macht, und sie aβ Mandarinen. Der Saft lief ihr in Strömen über die Brüste. Ich bekam einen Schreck. Ich dachte, was passiert wäre, wenn er hereingekommen wäre. Lidia sprang vom Stuhl auf, als hätte sie meine Gedanke gehört, erschrocken bedeckte sie sich mit den Händen. In Saft gebadet. Ohne Zweifel hatte ich sie überrrascht, aber das war mir auch egal. Ich stürmte ins Zimmer, um meine Platten zusammenzusammeln. Das Bett war zerwühlt, und sogar die Teufelchen lachten über mich. Wütend kam sie hinterher, jetzt mit T-Shirt.
„Was machst du“, sagte sie.
„Das geht dich einen Scheiβ an“
„Wie kommst du dazu in den Sachen von meinem Bruder herumzuwühlen?“
„Ich haue ab. Ihr kotzt mich an, alle beide.“
„Ah, ja“, sagte sie und grinste. Die Nachricht hörte sie gerne. Man sah es ihr an. „Dann gehst du endlich.“
„Ja.“
„ich kotze dich also an?“
Wütend schmiss ich die Schallplatten aufs Bett. „Du, der Vollidiot von diesem Bruder und euer Frau Mutter, die man nicht zu Gesicht bekommt“. Ich sah, wie sie die Arme an sich presste, als würde sie jeden Moment losheulen. Ich wusste, irgendwas war passiert, etwas Merkwürdiges. Als folge der Explosion, die meine Worte in ihrem Gesicht ausgelöst hatten. Ich schaute mich um und wollte wissen, was anders geworden war. Es überlief mich eiskalt.
Was sagst du da, scheiβ Blinde“, flüsterte sie. „Lerne gefälligst, mit Respekt von einer Tote zu sprechen.“
Ich stand da, hörte sie, brachte kein Wort hervor.
Fast wáre ich ohnmächtig geworden.

Ich fuhr doch mit ihnen an diesen Strand. Gustavo war in bester Laune und fragte mich alle Augenblicke: „Ist was mit dir?“, als wäre alles prima und nur ich wäre der Spielverderber. Lidia beruhigte mich noch am selben Tag. Meine Reaktion hatte sie so beeindruckt, dass sie mir alles gleich erzählte. Man konnte glauben, wir wären Freundinnen. Die beiden Tage lang vermied ich es, mit Gustavo zu sprechen. Ich lieβ die Augen auf, wenn er mit mir schlief, und er freute sich. Dass er nicht merket, wie weit weg ich von diesem Strand war! „Deine Mutter-tot“, dachte ich. „Das ist schon passiert, als wir noch Kinder waren“, erklärte Lidia. Sie erzählte alles unter dem Siegel der Vergschwiegenheit. Dazu Empfehlungen von der Art: „Verletze ihn nicht. Armer Kerl, er ist über diesen Tod nie hinweggekommen. Ich versuchte, ihm zu helfen, so gut ich konnte, und erzählte ihm, Mama würde zu Hause auf uns warten. Er glaubte es auch, und irgendwas in seinem Innern, ein Selbstschutzmechanismus, hielt ihn davon ab, den Zug nach Suárez zu nehmen.“
„Wie absurd.“
„Darum ist er nie mit dir hingefahren. Er hoffte, dass du ganz blind wirst. Dann müsste er dir niemanden zeigen. Blinde lassen sich an der Nase herumführen. Ich hatte es auch gehofft, mehr, um bei ihm die Illusion aufrecht zu erhalten, als aus irgendeinem anderen Grund. Entschuldige, du hast ja gesehen, wir hängen sehr aneinander.“

Und ob sie sehr auseinander hängen. Ich weβi , was sie hinter meinem Rücken machen, hinter dem Rücken des Meeres und dem von Fabiana, die den Wellen zuschaut, sie sitzen da oben in den Dünen, berühren sich, lachen und küssen wie Brautleute. Das Meer sehe ich durch einen Schleier von Tränen. Gustavo hatte zu mir gesagt, ich wäre ein Gefäβ . „Ich lasse meinen Löffel in die Tiefe des Gefäβ es ausruhen. Die Flússigkeit darin ist nicht mehr das Wasser deiner Tränen, Fabi, sondern eine Medizin, die uns im Krankenhaus verschrieben worden ist. Von den Ärzten, ja.“
„Du darfst ihnen nicht glauben“, sage ich zu ihm.
Wir müssen nichts von ihnen kaufen. Sie sind es, die die Retinitis verkaufen, ohne von den anderen Dingen eine Ahning zu haben. Auf den Röntgenbilder ist nicht der Zungenkuss zu sehen, den du jetzt deiner Schwester gibst. Auf den Röntgenbildern ist nicht das Meer zu sehen. Nicht mein Blick auf das Meer, der jetzt verschleiert ist, weil ich heulen möchte. Nicht diese ganze verweste Angst in mir, die Angst vor dem Geheimnis um deine Mutter. Die Angst vor dem geheimen Menschen, mit dem ich zusammen war, die Angst vor der Frau, die ich an seiner Seite gewesen war. Zum Glück ist das jetzt vorbei. Endlich.

Beim Abendbrot hatte ich eine Stinkwut, und Lidia, dieses Miststück, sagte sachen wie: „Stör dich nicht an ihrer Leichenbittermiene, sie seht alles mit den Augen einer alten Frau, und wir sind jung“. Gustavo beugte sich immer wieder zu mir herüber, um mich zu fragen. „Ist was mit dir?“, mit einem Gesicht dabei wie von einem unglaublichen Vollidioten. Ich hatte noch kein Sterbenswörtchen verraten.
Gustavo sagte: „Hör auf, Lidia“
„Das weiss doch jeder.“
Er beugte sich zu mir herüber, um zu fragen: „Willst du, dass es wieder wird zwischen uns wie es war?“, und ich wollte ihm schon antworten, da klingelte das Telefon. Wer konnte wissen, dass wir hier waren, beim Essen in diesem Strandhaus saβ en? „Mama“ dachte ich. Gustavo lächelte und sagte mit strahlendem Gesicht: „MAMA“. Ich erzitterte. Lidia sprang auf, um abzunehmen. Als sie sich umdrehte, rechnete ich damit, dass sie sagen würde: „Mama möchte dich sprechen“, oder irgend so eine Hirnrissigkeit. Ich glaube, ich wäre ohnmächtig geworden, hätte ich nicht von ihr ein nachsichtiges „falsch verbunden“ gehört.
Gustavo beugte sich noch einmal zu mir herüber. „was ist los, FabiSollen wir abreisen?“
„Ja“, antwortete ich, „aber ohne diese Wahnsinnige.“

Wir fuhren zu zweit zurÚck, und während der Busfahrt fiel mir nichts besseres ein, als ihm zu erzählen, was ich wusste. So was Blödes von mir. Ich wollte nach Hause und die beiden nie wieder sehen, darum. Es war so einfach. Aber ich musste es kompliziert machen. Ich sagte zu ihm:
„Du bist verrückt. Deine Mutter ist schon vor Jahren gestorben. Es gibt sie nicht. Ich weiβ es von Lidia.“
Die Lippe zitterten ihm (ich kenne das, wenn er eine Schlippe macht). Still fing er an zu weinen, er wollte sich anschmiegen, um bei mir Zuflucht zu suchen, aber ich schob ihn wieder fort.
„Du hast bei mir nichts mehr zu melden. Ein Lügner bist du und glaubst deine Lügen auch doch. Du hast nicht mehr alle Tassen im Schrank. Ich will dich nie wieder sehen.“
Er flöβte mir keine Angst mehr ein. Während der zwei Stunden, die wie gefahren waren, versuchte er, sich an mich zu schmiegen, ohne ein Wort zu sagen. Sein Schweigen kam einem Eingeständnis gleich, dass Lidia die Wahrheit gesagt hatte.

Als wir nach Hause kamen, wurde er schagartig ein anderer. Mit dem Eintritt in die Wohnung trat er gleichsam in ein neues Stadium des Wahnsinns. Er war mit allen seinen Kräften in Abwehrstellung. Ich hatte meine Platten zusammengesammelt und hielt sie, zusammen mit dem Kurzwellenradio, das ebenfalls mir gehörte, in den Armen. Die Tür zur Straβe stand offen. Wir brauchten uns nur Lebwohl zu sagen, da erwachte er aus der Erstarrung von der fahrt. Es war, als hátte ein Geräusch an seinen Verstand angeklopft und ihn in die Wirklichkeit zurückgebracht. Er sagte: „ich verstehe nicht, was mit dir los ist.“
Das war seine „Wirklichkeit“.
„Ich frage dich, was mit dir los ist, Fabi.“
„Was?“
„Du hast dir irgendwas einreden lassen.“
„Irgendwas, das mit deiner Mutter?“
„Aber ja. Du weiβ t doch, dass meine Schwester dich nicht leiden kann und uns auseinanderbringen will. Und dass sie dummes Zeug erzählt. Das hast du selner immer gesagt. Wie sollte ich so ein Geheimnis drei Jahre lang für mich behalten haben! Aber das schlimme ist, dass du das glaubst!“
Bei diese Worten hatte er die Hánde in den Hüften gestemmt. Ich fing am ganzen Körper zu zittern an. Jetzt sprach wieder der Gustavo, den ich kannte, bevor ich etwas wusste. Der, der mir Angst einflöβte. Der alte Gustavo, eiskalt und berechnend.
„Nie hattest du mit ihr gesprochen, aber einmal hat genügt, um drei Jahre fortzuwischen, in denen du mir geglaubt hast, deinem Schatz. Und alles, was wir zusammen erlebt haben? Du hast immer gesagt, dass sie eine Lügerin ist. Du wusstest es doch, fabi!Du kannst nicht fortgehen. Nicht, ohne dass wir das geklärt haben. Ich stehe da wie ein Trottel. Allein sterbe ich. Es ist aus mit mir.“
Ich setzte auf den Plattenstapel auf dem Fuβboden ab. „Ich ertrage deine Schwester nicht länger“, sagte ich.
„Was willst du, soll ich sie rausschmeiβen!“
„Ja.“
„Ich soll sie auf die Straβe werfen! Eine Geisteskranke, Fabi, hast du kein Mitleid!“
„Nein. Habe ich nicht.“
Er hielt sich den Schädel.
„Du bist doch bei Verstand, du solltest einen klaren Kopf bewahren und ihr verzeihen. Oder liebst du mich nicht mehr?“
Ich zögerte.
„Liebst du mich nicht mehr?“
„Doch“, sagte ich.
„Also!“
„Etweder deine Schwester oder ich.“
Und wohin soll ich mit ihr?“
„In ein Heim. Wohin auch immer.“
Ich nahm den Plattenstapel wieder hoch. Das führte zu nichts. Er wurde hektisch, fuchtelte wie ein Irrer mit den Händen und schrie: „Ist gut, ist gut, sie soll fort. Ich halte es auch nicht mehr aus mit ihr. Jetzt, wo du das erreicht hast, kannst du ja bleiben.“
„Da ist noch was“, sagte ich.
„Was.“
„Ich möchte deine Mutter jetzt sofort kennen lernen.“
Er schaute auf die Uhr.
„Es ist elf Uhr nachts“, erwiederte er mit einem Lächeln und glaubte, damit sei alles gesagt.
„Ja, und?“
„Es ist sehr weit. Wir sind erst nach halb drei da.“
„Mach nichts“
„Sie ist eine alte Frau.“
„Und?“
„Sie wird längst schlafen. Du willst sie doch nicht wecken, oder?“
„Das ist mir so scheiβegal.“
Er drehte sich weg.
„Aber diese alte frau ist meine Mutter!“, schrie er.
„Und?“
„Du hast kein Mitleid.“
„Das habe ich dir doch gesagt.“
Er senkte den Kopf und überlegte. Es war unmöglich zu wissen, ob er schauspielerte oder seien Worte ehrlich gemeint waren. Ich schwöre, ich wurde mir darüber nicht klar.
„Weiβt du“, sagte er dann, „ich glaube, du übertreibst ein bisschen mit deinen Forderungen. Seit wann schreibt mir eine Schlampe wie du, mit Retinitis, vor, was ich zu tun und zu lassen habe?“
Das wollte ich nur hören. Ich drehte mich um und schaffte drei Schritte zur Straβe, dann hielten mich seine Armen zurück. Ich fang an zu schreien und stampfte mit den Füβen, und zwar so sehr, dass mir zwei oder drei von den Schalplatten herunterfielen und aus ihren Hüllen rutschten. Er war sich seiner Sache sicher. Auf der Straβe war kein Mensch. Er schloss die Tür ab und steckte das Schlüsselbund in die Hosentasche. Ich lieβ die anderen Platten fallen und warf mich auf das Sofa. Halbtot vor Angst sah ich, wie er zu mir kam und sich neben mir setzte.
Als er nach einer Weilke den Mund auftat, sprach er mit sanfter Stimme. Ruhig erklärte er der Luft, den Plattenresten, dem Haus, dass seine Mama ein guter Mensch ist und ihn und seine kleine Braut Fabiana sehr lieb hat. Er sagte, dass er sie vom Telefon im Esszimmer anrufen will, damit sie beruhigt ist und damit Mammilein weiss, dass sie von ihrer Hochzeitsreise zurück sind. Ich bekam Gänsehaut. Gustavos Gesicht spannte sich vom Wahnsinn.
„Ich rufe sie gleich jetzt an und sage ihr: Möchtest du sie gern sehen? Du wirst sie sehen. Verstanden?“
„Lass mich gehen“, sagte ich.
„Nein, nein. Wir müssen daraus kein Drama machen. Du wartest hier im Sessel auf mich.“
Er stand auf und ging ins Esszimmer. Er schloss die Schiebtür, sodass ich eingesperrt war. Es ist eine Holztür mit groβen Glasscheiben. Ich stand auf. Von dort, wo ich war, konnte ich sehen, wie er am Telefon eine Nummer wählte. Obwohl ich nicht hören konnte, was gesagt wurde, war deutlich, dass irgendetwas schief lief, und ein Zittern ergriff mich. Er hob den Arm, als würde er schreien, trat nervös von einem Bein auf das andere. Als das Gespäch beendet war, knallte er den Hörer auf den Apparat. Ich sah die stufenweise Verwandlung in seinem Gesichstsausdruck, je näher er der Glastür kam, bis er mit einem Lächeln auf den Lippen vor mir stand. Ich musste mich selbstbewusst zeigen, entscholssen, zu gehen.
„ich habe mit Mama gesprochen“, sagte er. „Sie erwartet uns morgen zum Mittag“.

Es hatte keinen Sinn jetzt, es mit Gewalt zu versuchen oder zu schreien. „Jetzt, wo ich deinetwegen meine Mutter gestört habe, willst du nicht. Was bis du für ein mieses Stück. „
„Ich gehe. Ich kann hier nicht bleiben. Ich halte es nicht mehr aus“.
„Verdammt noch mal. Du bleibst, si wahr ich Gustavo heiβe. Ich habe keine Lust, mir deine Hysterie gefallen zu lassen.“
Ich glaubte er würde mich jeden Moment schlagen. Ich sagte ihm, ich würde im Sessel schafen, und er schrie mich wieder an. Er war auβer sich, bewegte sich völlig unkontrolliert, mit einer Aggresivität, die ich nicht kannte an ihm. „Was glaubst du eigentlich, wer du bist, du Dreckstück! Was soll ich meiner armen Schwester sagen, wenn sie vom Strand zurückkommt, nur weil du es dir so in den Kopf gesetzt hast! Du bist die Bösartigkeit in Person!“
„Nein“
„Doch. Dieses Halbblindsein macht dich bösartig.“
Ich weinte, am Rande der Panik. Ich wollte nicht dableiben, weil ich nicht wusste, was passieren würde. An diesem Ort war ich meines Lebens nicht mehr sicher. Er half mir aufzustehen und mich auszuziehen, und je mehr ich weinte, desto friedfertiger wurde er. Er benahm sich ganz zäretlich, als er begriff, dass ich mich schon geschlagen gegeben hatte. Auch seine Stimme klang nun sanfter. Schluchzend brachte er mich ins Bett. Er bestieg mich, und es war, als wäre ein Monster über mir, ein seltsames Wesen aus einer wilderwärtigen Welt des Horrors und der Dunkelheit.
Ich schlief nicht eine Sekunde. Ich schaute auf den Wecker, der auf halb acht gestellt war, und ich schaute auf ihn. Die ganze Nacht wartete ich darauf, dass irgendetwas passieren würde. Ich betete wie von Sinnen um mein Leben. Was hatte ich hier an der Seite dieses Geistesgestörten zu suchen? Wieso nahm ich ihm nicht die Schlüssel weg und machte mich auf und davon? Was band mich an dieses schwarze Bett? Um sechs fielen die erste Sonnenstrahlen durch das offene Fenster. Ich fühlte mich wie verschlagen. Gustavo gähnte, es war Viertel vor sieben, als er auf den Wecker drückte, damit er nicht klingelte. Er küsste mich auf die Wange. „Was habe ich gut geschlafen“, sagte er, „es gibt nichts Beruhigenderes als die Gewissheit, am nächsten Tag seine Mutter zu sehen.“ Als ich mich anzog, lief es mir eiskalt den Rücken herunter.

3
Ich stellte mir vor, wie sich die beide schweigend auf die Reise machen, er hält dabei Fabiana an der Hand, damit sie nicht fortläuft, anfangs ganz fest, bis sie aus dem Zug steigen und und in den ersten Bus einsteigen; ich wusste allerdings nicht ob sie diesselbe Linie nehmen würde wie ich, weil dort alle Busse scheinbar die gleiche Strecke fahren, in Wirklichkeit aber alle woanders ankommen. Die beiden natürlich ohne einen Blick oder ein Wort zu wechseln. Der zweite Bus, der dritte, einsteigen und in Muñiz aussteigen; unter einem riesigen Betonbogen durchgehen, auf dem „Willkommen in Muñiz“ steht, was das gleiche heiβ t wie „Willkommen an Arsch der Welt“, und dann immer weiter, in die Siedlung rein, um schlieβ lich stillschweigend ihre hand ganz und gar loszulassen, jetzt konnte sie ihm nicht mehr entkommen. Wer sich an diesen Ort verirrt, bleibt für immer. Vertrocknete GrÜnflächen, mehr als anderthalb Meter hoch bewachsenes Brachland, Schilf, eine kleine Brücke mit Fluss und angelnden Kindern (sonderbare Kinder, mit sonderbarem Gesicht, würde Fabiana denken, aber nur, weil sie kaum etwas von ihnen sieht. Ohne dabei zu sein, war ich mir auβerdem auch sicher, dass Fabiana, je näher sie kamen, alles immer mehr durch einen Schleier wahrnehmen würde; vielleicht hatte sie ihre Tränendrüsen massiert, wie bei der Szene, die sich am Meer gemacht hatte, bestimmt weinte sie aber diesmal nicht.). Noch mehr Kinder. Die Villen. Die Häuschen.
„Siehst du, da, das rote Ziegelhaus?“
„Nein“, würde sie antworten.
Siehst du immer noch nicht? (Sie sind schon ziemplich nah dran)
„Nein“
„Es ist nicht mehr weit. Wir sind gleich da.“
Von Küchenfensterchen aus sah ich sie aus dem Bus steigen. Ich kniete auf dem Tischchen, zwischen schmutzigen t¨pfen mit Soβe und Pasta. Die beiden liefen Hand in hand, wie verliebte Brautleute. Sie klingelten zweimal. Die Tür ging auf. Eine dicke Frau, ungefähr sechzig Jahre alt, begrüβte sie mit einem Lächeln. Gutavo sagte: „Mama, darf ich dir meine Verlobte vorstellen“. Er legte ihr den Arm um die Schulter. Als die Frau aus dem Esszimmer ging, flüssterte er Fabiana zu: „siehst du, du Dummerchen“, oder etwas in der Art. Ich stellte mir das wegen Gustavos verliebtem Gesichtsausdruck so vor. Diesem Gesichtsausdruck eines Schwachsinnigen, den er aufgesetzt hatte.
Die Frau kehrte mit einer dampfenden Schüssel zurïck. „Da wollen wir doch mal sehen, was du uns Schönes gekocht hats“, sagte er. Die drei saβen am ausgezogenen Tisch. Die Mutter sprach nicht, sie beschränkte sich darauf, das Essen zu servieren. Anschlieβend ging sie noch einmal aus dem Zimmer und kam mit zwei Flaschen zurück, Wein und etwas Alkoholfreies von einer Marke, die Fabiana nicht kannte. Das weiβ ich, weil sie die Flasche in die Hand nahm, das Ettiket vorlas und die Stirn kräuselte. Es war etwas mit Grapefruitgeschmack. Das Essen war versalzen. Gustavo sparte dennoch nicht Lobeshymnen. Ihm genügte, dass „Mama“ es gekocht hatte. Während der gesamente Mahlzeit schien er mit seinem Gelapper beweisen zu wollen, was für ein artiger Junge er ist („Die Pasta wird mit jedem Mal besser; keiner kriegt die Soβen hin wie Muttern.“).
Fabiana machte einen unruhigen Eindruck, voller Misstrauen gegen alles um sich herum. Sie fühlte sich entschieden unwohl. Schleiβlich stand sie vom Tisch auf. Sie wollte schon sagen: „Das ist nicht deine Mutter, Sie sieht dir nicht ähnlich“. Ich sah die Anspannung in ihrem Gesicht, doch sie sagte nichts und setzte sich wieder hin. Genau in dem Augenblick, als er sie fregte: „Liebling, ist etwas mit dir?“. Wie kann er sie das fragen.
Vom Esszimmer aus konnte man die anderen Stuben sehen, doch von den Türen aus sah man-zumindest seit ich zuschaute-nichts anderes als eine dichte, fühlbare Dunkelheit, die den Tisch, die Wánde und diese Leute in ein schlecht beleuchtetes Bühnenbild verwandelten, Wie in einem Horrorfilm. Ich hatte sie die ganze Zeit von der Innenseite des Bildschirms gesehen, bis ich sie nicht mehr interscheiden konnte. Mit diesem starren Blick derer, die in den Fernsehern stecken. So wollte ich sie auch für immer sehen, das hatte ich mir vorgenommen, noch bevor sie kamen. Aber Gustavos Frage und das mangelnde Licht gaben mir den Rest. Sie zögerte.
„Ja, mit mir ist etwas“
„Was“
Die Stille konnte sich mit dem schmutzigen Geschirr verbinden, sie konnte in den Topf mit eienm Rest festgeklebter Nudeln tauschen und in die Obstschale auf dem Tisch zurückkehren, versteckt zwischen den Mandarinen. Gustavo nahm sich eine.
„Ich will Fotos sehen“, sagte sie. Die Blinde.
Gustavo machte ein überraschtes Gesicht. „Fotos?“, fragte er. Die Mutter schüttelte unwirsch den Kopf.
„Was für Fotos?“
Fabiana erklärte: „Von euch. Von dir, als du klein warst, Babyfotos, wo du bei dieser Frau auf den Arm bist. Fotos von deiner Schwester.“
Er sah die Mutter an. Er würde um keinen Preis klein beigeben; wenn sie mit der Angst im Nacken fast das gesamete Essen ihre Schauspielerei durchgehalten hatten, was konnte ihnen dann jetzt noch die Frage anhaben?
„Gibt es welche?“
Die Mutter zuckte wortlos die Schulter. „Es gibt keine, Fabi.“
„Wie? Das kann nicht sein.“
„Es ist so.“
„Alle Mütter haben von ihren Kindern Fotos“, sagte sie unbeirrbar. „Wenigstens eins davon will ich sehen.“
Dann war die Stimme der Mutter zu hören, eine tiefe Stimme wie von einer anderen Person: „Keins davon ist erhalten. Von den Fotos sind nur winzige Schnipsel übrig. Lidia hat sie vor drei Jahren zerschnitten, jedes einzeln. Ich habe die Schnipsel in eine Schachtel.“
Fabiana muss es für eine idiotische Ausrede gehalten haben. „Ich will diese Schachtel sehen“, sagte sie und unterschrieb damit ihr Todesurteil.
Die Mutter öffnete eine Tür der Kommode, holte einen Schuhkarton hervor und stellte ihr auf den Tisch. Gustavo schlugdie Hände vors Gesicht. Fabiana hob vorsichtig den Deckel; drinnen waren Tausende von Fotoschnipseln. Ein verfluchtes Puzzle, das nicht mehr zusammenzusetzen war. Von den Bildern waren nur noch nutzlose Nudeln übrig geblieben, die die Geschichte dieser armen Frau zerschnitten. Sie hob den Blick.
Ich habe ja immer gesagt, dass dieses Miststück geisteskrank ist. Ihre Augen verlangten nach Erklärungen (mit welchem Recht eigentlich, und das in unserem eigenen Haus!), und ich beschloss, die Bühne zu betreten, ich zog den Vorhang auf, der ihr Bild und ihren Körper von mir trennte, der das Esszimmer von der Küche trennte, in die ich mich geflüchtet hatte.
„Lidia, nein!“ hörte ich meinen Bruder schreien.
Geflüchtet vor diesen Kreisen. In meinem eigenen Haus. Fabi drehte sich zu mir; mit einer Hand warf sie den Stuhl um, mit der anderen die Flasche von diese Marke, die sie noch nie zuvor gesehen hatte, und die Flasche zerbrach, als sie auf den Fuβbodenfliesen aufschlug und in tausen Glaskügelchen zerfiel. Vielleicht dachte sie, dass sie nie wieder ein solches Schauspiel sehen würde.
„Du hast die Fotos zerschnitten?“, fragte sie.
„Ja.“
Sie hatte den schweiβnassen Gesichtsausdruck einer Verdammten.
„Warum?“
„Um Schluss zu machen mit den Bildern. Ich habe es mit dieser Schere getan.“
„Schinppschnapp“ machte meine Schere in der Luft. Ich legte meine Hand, „schnipp“, in eine vorgestellte horizontale Ebene, in welcher die Schere selbst, ihre Schneiden, „schnapp“, und die Augenlinie Fabianas lagen. Das letzte Geräusch des Sichschlieβens und-öffnens hatte die Spizen auf eine Entfernung gebracht, die der zwischen ihren Netzhäuten entsprach. Bevor sie endgültig blind wurde, wird sie gedacht haben: „Das habe ich kommen sehen.“ Ich stieβ zu.

Übersetzt von Klaus Laabs


5.23.2008

BANDERITAS Y GLOBOS

Pedí la piedra antes de irnos a dormir, la misma noche del cumpleaños de Javi. Él había querido un hamster y se lo habíamos regalado. Fue un día feliz. Cuando vi la piedra por TV, me animé y le dije a Marisa: "¿Te va?". Pero ella estaba con los dientes pintados y la cabeza en otro planeta.
- Como la de los vecinos - agregué, señalando la pantalla. Levanté el teléfono para llamarlos. Los timbres sonaron varias veces, porque eran cerca de las tres. El marido de Lala se despertó con la voz surgiendo como desde un pantano, pero se alegró cuando supo de qué se trataba.
- Era hora de que tuvieran su propia mascota.
La afirmación del marido de Lala me dio coraje para llamar. Corté y marqué el número de las Interempresas TV.
- Una Petrona - pedí.
- ¿Alguna otra cosita? - preguntó la mujer.
El aviso mostraba unos afilados cuchillos que cortaban hasta un clavo de hierro.
- Una colección de esos.
- ¿Los Destripper Láser?
- Sí. Código 12.
Apagué la TV y fui al comedor. Javi estaba despierto, con la cara pegada al vidrio de la pecera, mirando fascinado al hamster en su rueda.
Al regresar a la cama pensé en lo lindo que era tener una familia, y que cada uno de sus miembros pudiera expresarse a través de sus mascotas y sus programaciones, como decían en el micro de los siconautas.
Sonriendo al aire, me sentí un verdadero siconauta.

El paquete llegó a las diez; lo trajo el rengo del correo. Marisa tenía la boca pegada por el Roxipol, un nuevo fármaco en pasta para lavarse los dientes. Según el micro de la mujer siconauta, los labios y las encías son la parte del cuerpo que mejor absorbe los efectos de la droga. Un segundo antes de que la pasta le fraguara, ella alcanzó a decir:
- Me palma retaroba.
Por la TV estaban pasando las Minutas de la Madre Argentina. Marisa se removió en su asiento, sin levantarse, despeinada y con el deshabillé a media asta. Agarró la caja taiwanesa entre sus manos y susurró, en un esfuerzo titánico por largar las palabras:
- ¿Omprastes más uchillos?
- ¿Ya había láser?
- Ayer ompré.
Abrí la otra caja. El interior era mullido como un féretro de lujo. En el medio estaba la piedra. También había un video con instrucciones y unas tarjetas para llenar y enviar.
Javi estaba ocupando la máquina con su propio video para disfrutar del "hamster, mascota ideal". En la pantalla se podía leer:
- Niño: si decides adoptar un hamster, debes tratarlo cariñosamente. Sé compasivo con él, respeta sus hábitos y serán buenos amigos. Teclea nombre:
La pantalla se iluminó con doce nombres de mujer y doce de varón. Arrimé una silla para ayudarlo a elegir. Javi se rascó la cabeza, preocupado por la cantidad de variantes. Tampoco sabía el sexo del hamster, lo que hubiese simplificado el problema a la mitad. ¿Diego, Chiqui, Gardel o Bonafide?. Javi tecleó el selector por azar de la máquina. Le dije: "necesito la compu". El nombre apareció seguido por una música triunfal: "Coca Sarli".
- Grande, macho.
Él puso "quit, eject, power" y se fue a verlo comer semillas de girasol.

Lala y el marido vinieron a cenar. Pedí dos pizzas por teléfono. Había visto el video de la disciplina de la piedra, y había cosas que no entendía. Lo de las vitaminas, por ejemplo.
"Vitamina A: interviene en el buen funcionamiento epitelial; Vitamina D: incrementa la absorción de calcio, fósforo y rayos solares; Vitamina E: relacionada con la parálisis pétrea; Vitamina del Complejo B: le da brillo permanente y la pone a salvo de las enfermedades erosionales".
Lala me explicó que eran unas gotas que se compraban en el mismo número telefónico. Había que ponérselas según se la viera triste o feliz. Sonó el timbre. Las pizzas eran de anchoas y de calamaretes fritos, elegidas según el sistema de la ruleta italiana; el chico que las traía era el mismo rengo del correo, que hacía una changa por las noches. Le di un dólar de propina porque me puso contento haber sacado la de calamaretes, que era carísima, por el precio de una de muzzarela. Marisa también se puso contenta por el ahorro, aunque después se acordó que no le gustaban ni los mariscos ni las anchoas.
Llevé la piedra a la mesa. Lala dijo que la de ellos brillaba más, pero era lógico porque hacía un mes que la estaban cuidando. Eran muy respetuosos de los horarios de viento y de placar. El marido de Lala preguntó cuándo venía el visitador. Marisa bostezó.
- En el recibo dice la hora y el día.
Busqué el papel. En letra chica, estaba escrito: el visitador irá a su casa el día 15, a las 10 de la mañana. Los números habían sido agregados a mano. Era sábado 13. El marido de Lala explicó que teníamos todo el domingo para servir a la piedra. Me dijo que repasara el video y, si me quedaba alguna duda, lo llamara. "A cualquier hora". Agregué, antes de despedirme, que Marisa les había preparado un bonito regalo, por ser los mejores vecinos. Le entregué la caja de Taiwán. Lala hizo un gesto de falsa sorpresa, tomó el paquete entre sus manos y dijo:
- Ya compramos Destripper.

La mejor parte del video eran los testimonios.
"Desde que cuidamos la Petrona salimos tres veces seleccionados en el Loterbingo, y la chica me saca diez del colegio". Clara, de Bernal Oeste.
"Acaricio la piedra y mis hijos traen los nietos a comer a casa, la sirvienta limpia profundo y hasta tuve un orgasmo". Felisa, de Almagro.
O Angel, de Morón (un caso terrible, pero con buen final, por lo que el hombre es grabado de espaldas hasta el momento del cambio):
- Me hallaba en una situación desesperada. Mi esposa me engañaba con mi mejor amigo y mis cuatro hijos estaban embobados con él. Hasta que vi el aviso en el programa "La Sagrada Familia". Conseguí la piedra y la cuidé. Llegué a 9,87 puntos de marca. Petrona me lo devolvió todo: un feliz accidente acabó con la vida de mi amigo, y hoy comparto otra vez la casa con mi mujer y los chicos.
Había otra parte de la cinta que hablaba de los cuidados. La explicación se dividía en "cuidados de principiante" y "cuidados extremos". Hablaba también del cumpleaños de la piedra y de sus posibles enfermedades, que el locutor enunciaba de una manera misteriosa. También hizo una acotación acerca de que la piedra no es una moda.
- Mucha gente se entera de la piedra por un vecino, o lee algo al respecto, y la prueba. Esto no siempre es correcto. Han habido más que suficientes modas, algunas de ellas muy peligrosas. Pero el comprobado éxito mundial que acompaña cualquier emprendimiento de Interempresas TV hace pensar en un respaldo serio y en la garantía de que la familia argentina se verá afianzada a partir de un nuevo integrante a cuidar. Petrona es el imán que mantiene el hogar unido, porque... sin hogar... ¿qué somos?
Anoté la reflexión final y lo del cumpleaños, que me pareció lo más fácil de hacer. Marisa miraba su programa "Toxifetal" con media cara anestesiada. En la TV, una señorita vestida de novia, con un tocado de tul y pequeñas rosas, decía: "...por freno de las hormonas folículo estimulante hipotalámico y luteotrófica, como acontece con las sustancias que actúan sobre el Sistema Nervioso Central".
- Es la huevamenta del jueves pasado, pero ahora sale con rayas verticales.
Javi pasó con su video en la mano. Quise hablar con él y me dijo que en "Cablepet" habían dado una información que lo tenía preocupado: los roedores no se adaptan a la vida en cautiverio, pudiendo enloquecer hasta llegar al autocanibalismo, o cosas aún peores.
- Voy a llamar al canal.
- ¿Para qué?
Me miró como si fuera un estúpido, o hubiera dicho una estupidez.
- Quiero saber qué cosas peores.
Pensé que la peor de todas las cosas era que cada uno se ocupara de sus propios asuntos, mientras las horas pasaban y nadie se acordaba de la piedra. ¿Cuánto tiempo faltaba para que llegase el visitador? ¿Qué había que responder por la tenencia de ese objeto? Ella estaba ahí, quieta en su caja, para amarla y cuidarla... Me puse serio; firme. Hice la venia sin mirar a Javi o a Marisa. Canté, como era mi obligación, el himno a su diaria felicidad:
- Cumpledí-a fe-liz, cumpledí-a fe-liz, cumple pie-dra, cumple pie-dra, cumpledí-a fe-liz.
Nadie dio vuelta la cabeza para mirar. La piedra parecía haber ganado un brillo.

Para las diez de la mañana del lunes yo estaba con mi mejor traje y mi mejor humor. A Marisa algo le había partido el hígado, y estuvo desde las nueve llorando que el spray le dejaba el cuerpo a la miseria, que me fijara en las contravenciones. "Salbutamol y dipropionato", le dije, "y pintate, que va a llegar el visitador". Puse la piedra sobre el macetón de yerba buena, junto a otros cascotitos de distintos colores. Estaba angustiado por la visita de la empresa; según el marido de Lala era una exigencia importante y había que dar la mejor imagen. El timbre de las diez y veinte trajo al rengo con un tubo de Gelviol y media docena de sprays. Comentó que lo mandaban del canal, y que había dejado la pizzería porque era un plomo, y con los de la tele "uno se siente parte de algo grande". Lo dijo con satisfacción.
El timbre volvió a sonar recién a las once y cuarto, cuando ya daba todo por perdido. Abrí la puerta. Un chino de un metro y medio de altura, peinado a la gomina, irguió la cabeza para hablar. Dijo:
- Ya me reclama el largo asunto, y suelen ser pocas las palabras para el tema: soy el visitador.
Lo dejé pasar; lo vi ponerse serio. Sacó una linterna del bolsillo. Dirigió el foco hacia la maceta. Gritó:
- ¡Qué pálida tenés tu tez marfil, por más que esté a tus pies la vida vil! - y, dirigiéndose a mí, en una orden corta y severa: - Sacála de acá.
Al principio creí que me estaba cargando. Marisa ni se había parado de su asiento, frente al programa de Máximo Pineal, en el que el célebre médico de entretejidos no se cansaba de afirmar que convenía hacer aplicaciones de manojos de pelo en canutos plásticos, en lugar del clásico "pelo a pelo". "Como en las Barbies", decía. El chino se puso furioso.
- A portarlo en cana vengo; su piedra lo ha delatao.
La puse otra vez en la caja.
- Comprendéme - aclaró él, como si adivinara mi desconcierto -. No quiero que tu rayo la enceguezca entre el horror, porque precisa luz, para seguir...
Marisa acotó:
- ¿Qué te sapa, oriental?
El chino se acercó a la mesa. Tomó una tableta de Gelviol, la olió y dijo, despectivamente:
- Las medecinas, veneno, que quitan fuerza y salud.
Ella desvió su mirada de la pantalla para fulminarlo. Intervine para frenar la discusión. Dije que la piedra estaba bien cuidada y, por sobre todas las cosas, éramos una familia feliz.
- Ayer la lavé con Espadol.
El chino carraspeó.
- Vos resultás, haciendo el moralista, un disfrazao sin carnaval...
Me quitó la caja de las manos y la llevó hacia la ventana, para agregar:
- Qué desencanto hondo, qué desconsuelo brutal... Yo siento que mi fe se tambalea, que la gente mala vive... ¡Dios!, mejor que la piedra o yo...
- No le entiendo nada.
- Que Petronita está sufriendo. Vealá, ni me habla...
- Las piedras no hablan - intervino Marisa, sin perder un detalle en la pantalla. El chino continuó su discurso.
- La noto sola, fané y descangayada. El primer informe los va a embretar de lo lindo. Esta piedra está como al descuido, a punto de armar el espamento.
Marisa empezó a gritar "qué disparate, esto en el aviso no lo dicen". El chino seguía afirmando que lo iban a saber en la empresa. Le expliqué que había hecho correctamente cada uno de los deberes del video. Subí los hombros con la esperanza de que me creyera. "También pudo haber venido fallada", dije.
- Enfundá la mandolina, ya no estás pa´serenatas. Me encuentro sin chance en esta jugada...
Marisa había pasado de canal y miraba un clip de rock en el que caían banderitas y globos. Apretó rec para grabarlo en el disco duro de la TV. El chino cruzó los brazos.
- Cachen el vídeo, pero en barra, con la garaba y el bepi - me dijo -. ¿Tenés un bepi, no?
- Sí.
- ¿Cuántos?
- Ocho, recién cumplidos.
- ¿Adónde se espiantó? ¿Tá de gomías en la vedera?
- Debe estar con la compu.
Hizo un silencio contemplativo.
- Sabés que te juno embrollado, a vos. Mal. Sin efe, con el bulín de embruje y sin manyarla -. Me apoyó una mano en el hombro, apartándome hacia la puerta de entrada. Hablaba en voz baja, secreteando -. A lo mejor te doy una mano, para que no te den la naca.
- ¿Un primer informe malo es malo, no?
- Fuíste, adío, gayola y a olvidarse de la jailaife. Por tan poca cosa...
Metí la mano en el bolsillo y saqué la billetera. Tenía dos billetes de diez y uno de cien. El chino hizo su primer sonrisa de la mañana. Agregó, cantando:
- No puedo más pasarla sin comida, ni oírte así, decir tanta pavada. Plata, plata y plata... plata otra vez. Que la vida es muy corta y es preciso alegrarla con tango y con champán.
Le di uno de diez y él siguió con la mano extendida. Le puse otro de diez. Completó su recital:
- No hay ninguna verdad que se resista, frente a dos mangos moneda nacional.
Y a Marisa, estrechando su mano:
- Adiós, señora, ya me voy y me resigno. Contra el destino, nadie la talla.
Javi llegó corriendo con la pecera. El chino gritó:
- ¿Quién pena en el piolín?
- Mi hijo Javier - lo presenté.
- ¿Y en la jaula?
- Su pequeña mascota, Coca Sarli.
Javi dejó la pecera sobre la mesa, sacó el animal y buscó ingenuamente la mano del visitador para que pudiera tocarlo. El chino la retiró con asco.
- Eso no se puede tener. Petrona tiene que ser única. ¿Qué bicho es?
- Nada, nada - interrumpí, alejando al nene -. Haga como que no lo vio.
- ¡No y no! - gritó, empacado -. ¡Esta es la peor de todas las macanas!
Lo vi tan fuera de sí que saqué por segunda vez la billetera. A él debió haberle parecido una falta de respeto, porque se quedó un instante reaccionando como si lo hubiera cacheteado; miró hacia Marisa para ver si era testigo, e irguió la espalda antes de hablar. Lo hizo en voz baja.
- Caballero, le suplico, tenga más moderación, porque a usted puede costarle cincuenta de la Nación.
- No tengo cambio - dije.
El chino agarró el billete de cien y se lo metió en el bolsillo.
- P'al mate. Y creamé: deshagasé de esa Coca si quiere un escore para piyarse, como el pipiolo de al lado y su jermu abacanada.
Cerré la puerta y me quedé pensando en que tenía que tomar una decisión. Así nunca íbamos a poder educar a la piedra.

Los reuní para la cena. Pedí los mejores tubos de papas fritas al teléfono de la pizzería (esas que vienen con gusto a banana) y tres Pepsis. Me extrañó que las trajera el rengo, que además tenía un ojo en compota. Cuando le pregunté qué le había pasado nos contó que se había peleado con un compañero de las Interempresas, y lo habían echado por "rengo de mierda". No había tenido otro remedio que volver a la pizzería. Los ojos de Marisa se llenaron de lágrimas.
- ¿Omo uede la gente ser an mala?
Se notaba que estaba dolida por la injusticia y eso era un buen caldo para la sopa de verdades que estaba por cantarles.
- Obrecito.
Nos sentamos. Yo ya tenía preparado el discurso, y decidí que primero veríamos el video entre los tres. Puse la piedra en el centro de mesa. Sonreí. Ellos me miraron con cara de "hablar, no". Dije: "sí, vamos a hablar. Porque la gran familia de la sociedad se compone de pequeñas familias sagradas. Somos las células del cuerpo siconauta. Ese cuerpo está formado por integrantes sanos. Si la familia se rompe o deja de comunicarse, se disgrega, se enferma, y si la célula se enferma, el cuerpo se enferma. Por eso hay que hablar."
- No me ustan las apas usto a anana.
- ¿Ananá o banana? - preguntó Javi.
- No me interrumpás, mamita, que estoy decidido a ocupar de una vez por todas el lugar que me corresponde como patrón de mi núcleo básico. Aunque tenga que apelar a la violencia. ¿Entendiste?
- Sí.
- ¿Vos también entendiste?
Javi afirmó con la cabeza.
- Bueno. Estuve pensando mucho en nosotros y creo que somos lo mejor que tenemos, pero nos falta. La teleproducción El Ateneo de la Argentinidad explica que estamos en esta bendita tierra para un emprendimiento grande, heroico y difícil. No es para débiles. La comunidad vive uno de sus momentos históricos definitivos. Nuestros enemigos, esos que mencionan en el programa Las siete virtudes del Movimiento de Protección a Padres y Madres, esos mismos enemigos no se cansan de fomentar todo tipo de políticas divorcistas y abortivas y hamsters, que lo único que hacen es disociarnos como entidad y vaciarnos de patriotismo. Es algo repugnante. Frente a ello debemos unirnos en defensa de las nobles consignas de un auténtico cuerpo nacional.
Marisa me seguía atentamente.
- ¿Y? - dijo.
Javi intentó pararse.
- ¡Te quedás! - le grité -. Seguro que ibas a buscar a la rata.
- No le grités al ico.
- Ese monstruo no tiene más lugar en esta casa, ¿entendés?
Javi negó con la cabeza.
- Si se lo egalamos osotros, cuqui.
- No importa. Disgrega a la familia. La disyuntiva es "Sociedad con familias" o "Parias disgregados". No hay medias tintas. Y nosotros, padres y madres de la revolución siconauta, ya lo tenemos decidido: Tradición y Potestad, venerando la piedra que nos une. Sin Cocas Sarlis.
El timbre del teléfono sonó como un aplauso. Me levanté para atender y tuve que preguntar adónde estaba el aparato.
- Javi lo ievó a la ieza ara hablar con el eterinario.
- Puta madre - dije, con las cosas más claras. Había que tener la mano dura y los pantalones puestos. Atendí marcialmente, con un grito: "¡hable!".
Cuando regresé a la cocina, ella había subido el volumen y cambiado el video por la Kermesse Subacuática, su massmedia predilecto. Le recordaba a cuando era joven y en la pileta le pasaban los musicales de Esther Williams para que hicieran gimnasia. En un repentino ataque de euforia, se paró, abrió sus brazos e intentó sonreír. Dijo:
- Te ammammos, rey de la amilia. Omos tus siervos ara endecir a la iedra. Ongratuleishons. ¿Quien era?
- Los de las Interempresas. Ese chino de mierda pasó un informe de maltrato. Van a volver a mandar un inspector el jueves. También dijo que hay más de una mascota. Y que no hay respeto ni veneración, que se encontró con cualquier cosa, menos con un hogar siconauta. Que la piedra estaba anticoagulando por falta de vitamina K. Sacamos 0,3. El coma tres deben ser los tres billetes que le di.

Todo estaba servido para que fuéramos como Lala y el marido, que vivían sumergidos en la dicha más plena y sacaban la mejor puntuación. Marisa disolvió dos microcápsulas en el café y se pintó los labios y los lóbulos de las orejas. Hasta nos dimos un beso.
- Hoy estoy ipiranga - dijo -, capaz de todo. Hasta de fregar la pétrea.
Volvimos a ver el video. Habíamos cometido omisiones importantes. Por ejemplo, cambiarle los pañales cada tres horas. Los pañales son las sabanitas donde la piedra duerme. No mantener el silencio absoluto de los sábados, otro error. Lo mismo pasaba con los colores y las luces. Como un enfermo postrado, la piedra sufría por la lámpara suspendida del cielo raso blanco. Debíamos conseguir un dímer y pintar el cielo raso de un color pastel.
Otro detalle omitido eran los paseos. Nunca había que ir por lugares llenos de piedras. El locutor lo decía tan enérgicamente que llegué a suponer que Petrona, pobre, podía haberse convertido en la piedra de la locura. Estábamos tomando conciencia de lo mal que la habíamos cuidado y de la razón absoluta del chino. Lo que me parecía extraño era que este tipo hablara canyengue. Marisa dijo que debía ser porque los chinos oyen mucho tango y milonga, y a lo mejor había aprendido castellano cantando. Ella misma, lo poco que sabía de inglés, lo había aprendido en los ciclos de rock, aunque siempre pasaran el mismo tema de las banderitas y los globos. Hacia la última media hora, el video hablaba sobre la relación de la piedra con los cuatro elementos.
AGUA: horarios de baño, lluvias, aplicación de bolsa caliente o hielo para subir o bajar la temperatura e inmersión de la piedra en ácidos y alcalinos. De este capítulo me llamó la atención el momento en que el locutor, su mujer y sus dos hijos se tomaban una sopa hecha con la piedra, agua hirviendo y un sobre de Quick, y se les abría la mente hacia la desdoblación de lo sublime, zona apreciada como un remedio milagroso para reunir vínculos afectivos. "Eso es algo en lo que no hay que pensar", observó Marisa, que estaba lúcida. "Uno se levanta un mal día y dice quiénes son estos extraños que me llaman hijo, madre, padre: ese camino no lleva más que a la destrucción, como todas las preguntas sesudas". "¿Quién es usted, señora?", le digo, por jugar. Ella se tapa la cara. "¿El tiempo que llevamos en pareja la hace definitiva?, ¿El hijo que tuvimos la vuelve especial, única?, ¿Por qué seguimos juntos?"
- Porque sos un cagón.
La parte del FUEGO hablaba de la proximidad a las llamas y la procedencia de las mismas (no es lo mismo la llama de un encendedor que la de un leño). "¿Y la llama del amor?"
- ¿Qué amor, tonto? Mirá que sos Nesquic, ¿eh?
El AIRE pedía vientos, brisas, soplos, bocanadas, hálitos. "La familia es el hálito", dijo la esposa del locutor. "El oxígeno que da la vida".
- ¿Oxígeno? Hacía cantidad que no oía esa palabra.
Para celebrar el cuarto elemento, la TIERRA, había que hacer un pozo y enterrarla como a una papa. En realidad había que hacer tres tipos de pozos: superficial, a medio metro y a dos metros. ¿Dónde íbamos a hacer el pozo de dos metros? El video decía que el enterramiento no debía superar los diez minutos. Marisa se rió. "No sé cuánto tiempo tardarías vos en tapar y destapar esas troneras, con tu embolia habitual, pero me cabe que más".
- ¿Qué embolia?
- La tuya, la bobitis.
- Si vos sos la que siempre está en otro estado.
- Lo hago para mantener la cordurez adentro de mi casa.
- ¿De qué cordura me estás hablando si es la primera vez en ocho años que te veo coordinar palabras con más o menos lógica?
- ¿Qué querés decir con lo de más o menos?
- Que te pasás el día a pasta corrida.
- Esas son mis gárgaras, y vos mi buen afgano siempre a mano...

Javi quiso decirme, con su gesto piadoso, que Coca Sarli no precisaba casi cuidados, salvo cambiarle el algodón cada semana y ponerle lechuguita y semillas de girasol por las mañanas.
- No puede estar. No entendés nada, vos.
Él ladeó su cabeza con los ojos semicerrados. Le hablé de esta manera:
- Ya sé que a la piedra hay que ventilarla y contarle cuentos cada dos horas, y atenderla como cuando vivía la abuela. Pero no quiero que pienses eso, porque la piedra no es una enferma como esa vieja.
Con la mano izquierda sostuve al hamster, que hacía el máximo de movimientos para zafar, enloquecido. Con la mano derecha sostuve la yilé. Ese chico había llegado muy lejos. Ya le faltaba el respeto a su padre y a la piedra, apoyada sobre la mesa, en su horario de reposo en papel secante.
- O la regalás, o la corto - dije.
La violencia se me había subido como un mal whisky.
- En ninguna casa aceptan mascotas que no sean piedras. Es mi regalo de cumpleaños.
- Después hacéme acordar y te regalamos un camioncito.
Y le hice un corte seguro desde la cola hasta el hocico, un corte profundo, del que brotaron las tripas del animal. Fue así: me quedé con el cuerpo desinflado colgando de los dedos; completé dos cortes más y las tripas cayeron en la mesa, desparramándose como un molusco. Abrí las manos y cayeron, Coca y la yilé. Javi la colocó sobre el secante. El animal, aún vivo, hizo un intento final de escaparse, convertido en una bolsa vacía. Al moverse trazó un mapa de sangre. Caminó hasta tocar la piedra con su hocico. Después expiró. Javi vio este mapa con ojos exaltados, vio la piel desmoronándose sobre la tabla de la mesa, vio la piedra. Entonces la recogió rápidamente y se la metió en la boca, justo en el segundo en que yo comenzaba a pensar si habría actuado con justicia, o dominado por la ira.
Javi hizo "glup". Se sentó en una silla, sus manitos se aferraron a los apoyabrazos de madera, su cabeza hizo una sacudida y se quedó duro como una estatua. Lo supe porque le pegué una cachetada gigante, aquella que se venía mereciendo desde hacía mucho tiempo, y fue como si le pegara a una talla de mármol. A una piedra con forma de Javi.

Cuando logré despertar a la madre, era de noche.
- Se quedó así, en trance - le dije.
- Le exigís mucho - dijo ella.
- ¡Qué hablás! ¡Se comió la piedra y endureció!
Ella le acarició el pelo enrulado, que era como un césped de hierro. El cuerpo estaba un poco echado hacia delante, los talones y las rodillas pegadas y los brazos dos mástiles clavados a la silla.
- ¿Qué hacemos? - grité.
- Calmarnos - respondió ella, que todavía tenía las lagañas pegadas -. Y llamar al chino.

El chino atendió enseguida, cuando supo que se trataba de una emergencia. Habló Marisa y yo le decía "preguntále también por tal cosa o tal otra". El chino empezó explicando que se trataba de un caso muy grave, pero que ya había sucedido una vez, con una señora que tenía una perrita pequinesa muy simpática que se había tragado, también, la piedra.
- Para la Interempresa se da el juego de remanye - dijo -. Habría que hacerle un tratamiento similar, adatado a lo humano.
- ¿En qué canal lo enseñan? - dijo Marisa.
Puso handsfree, para que oyéramos los dos. El chino suspiró.
- Observando que la gente rinde culto a la mentira y el amor con que se mira al que goza de poder, descreído, indiferente, insensible, todo niego, para mí la vida es juego de ganar o de perder.
"Chino de mierda", pensé.
- Hay que darle dique a nuestros profesionales del mejor nivel del mundo. Hay que internarlo, hacerle análisis en el laboratorio, en fin...
- Coimero hijo de puta... - dije, ni muy bajo, ni muy alto.
La voz del otro lado de la línea se inquietó.
- Llegó la hora de la triste despedida...
- ¡Espere, no cuelgue! - gritó Marisa - ¿Qué hacemos con Javi?
- Preguntelé al dorima, que se la sabe lunga.
- Pero tiene que decirme algo, señor japonés, el nene no se puede quedar enyelado como está, imaginesé...
- Los curas, las bendiciones las venden, y sin que nunca proteste la gran corte celestial.
Decidí calmarme e interrumpir por segunda vez, haciéndole un gesto a ella para que se quedara tranquila.
- Está bien, entendí. Soy yo, de vuelta, ¿me escucha?
- Perfeitamente.
- Le pido disculpas, estamos muy nerviosos... Queremos saber si hay un lugar allí para internar a Javi, y lo que va a costar, porque es nuestro hijo y no lo podemos dejar así...
- Por favor... - pidió ella.
- Señores, a abrir el ojo y no acostarse a dormir, que en cualquier rato les llega el flete.
- ¿Y cuánto va a salirnos? - insistí.
- No sé, no le digo, es el primer caso humano que tenemos...
- ¿Cuánto salió el perro?
- Cuatromil.
- ¡Eh! - me espanté -. Por esa guita compro otro perro.
- Compre otro Javi - dijo, y cortó.

A las tres de la madrugada tocaron el timbre. Varias veces, por si dormíamos. Marisa salió al balcón. Había dos petisos de pie junto a la entrada. Habían estacionado la camioneta sobre la vereda, como si fuera una ambulancia de urgencia.
- Somos los fulanos de la vuaturé - gritó uno.
Eran dos chinos adolescentes, de no más de metro veinte de estatura, vestidos con overoles. Entraron al departamento como si fuera de ellos.
- Aquí tiene las boletas - dijo el otro.
Una era de Intrempresas TV por cinco mil dólares, en concepto de adelanto por internación; la otra era un papel con un número: 500.
- ¿Y ésto qué es? - le pregunté.
- El diego del quía.
Rompí el papel en dos. Marisa se apuró para decirme: "no seas oscuro, hacéle los cheques al chico", cuando el otro salió de la cocina para avisar que se lo tenían que llevar con silla y todo, porque estaba como fosilizado. Puse las dos firmas mirando cómo sacaban a Javi a la calle.
- Qué baranda a pisho tienen estos nenucos - dijo Marisa.
La camioneta era vieja. Los chinitos habían acomodado la silla sobre las chapas oxidadas de la caja, y estaban atando las sogas.
- Tengan cuidado... - les recomendé -. ¿Se sanará?
- ¡Uf, sabés cómo ladra la pequinesa!
El que manejaba se bajó de la caja. Le entregué los cheques. El otro también saltó. Se refregaba las manos en el overol. Cuando terminó de limpiarse, extendió la derecha con la palma hacia arriba. Traté de no entender.
- Una meneguita para el marroco - dijo.
- ¡Estoy en piyama y no tengo más plata! - grité.
El que manejaba me guiñó un ojo.
- Así le evitamos los empedrados.

Pusimos el teléfono sobre la mesa y nos sentamos a esperar a que nos llamaran. Yo le agarraba una mano a Marisa y ella se sirvió un vaso de agua con la otra, para tomarse las dos últimas pastillas negras del tubo.
- ¿Qué son? - le dije.
- Calmantes. De los nervios, hace días que no cago. La angustia rectal...
En las indicaciones del producto leí "pastillas de carbón". Era increíble que ni mirara las recetas. Tal vez lo increíble era la locura que nos estaban vendiendo por TV. Habíamos perdido a nuestro hijo, lo único que nos unía de verdad. Todos queríamos ser siconautas, pero... ¿podíamos serlo? ¿tenía sentido? A las cinco cabeceé, y soñé. Me vi con el cuerpo desinflado de Coca en la mano y la piedra en la otra, delante de Javier. Él me observaba muy quieto, calladito.
- ¿Ves? - le dije - Es un tapado de piel para la piedra.
Y le encajé el cuero como una funda. Apoyé el conjunto sobre el piso. Javi opinó que parecía Coca, pero más gorda y chata. A mí también me pareció. El nuevo hamster levantó su cuerpo pesado de la superficie del piso y salió corriendo a todo lo que le daban las patas.

Cuando me desperté ya salía el sol. Marisa se secaba las lágrimas en un repasador. El timbre del teléfono le arrancó un estornudo. Levantó el auricular y yo volví a apretarle una mano.
- ¿Cómo va? - preguntó el chino.
- Re Bambi (lloré todo el tiempo). ¿Cómo está Javi?
El chino carraspeó.
- Joya - dijo.
- Pero, pero... - dije yo, oprimiendo la tecla de handsfree - Habla el padre.
"Ojo con lo que vas a decir", sugirió ella, en secreto.
- Quería saber qué le hicieron a mi hijo.
- Hermano... yo no puedo rebajarme, ni pedirle, ni rogarte...
- ¿Y cuánto nos va a salir?
- Un "mil" por año: ocho. Pedí para que les bajaran unas décimas, pero esto tiene mucho de laboratorio. Imaginensé.
- Qué afano.
El chino se ofendió.
- ¡Pero no ves, gilito embanderado, que la razón la tiene el de más guita!
Marisa volvió a aferrarse al aparato.
- Javi está bien, usted me dice que está bien... ¿Cuándo podemos ir a visitarlo?
- No se preocupe. Se lo mandamos para allá dentro de unas horas; está que se muere por ver a la vieja.
Ella insistió:
- Pero salió perfecto. Porque salió todo perfecto... ¿no?
El chino dudó.
- Bueno, perfeito... Perfeito es Dios.
Nos quedamos mudos.
- Perfeito no salió. Hay algunos detalles...
- ¿Qué pasó? - gritamos juntos, desesperados.
- Nada grave.
- ¿Qué es, qué le pasó? ¡Cuente, por favor!
- Una pavada.
Nos quedamos esperando a que completara lo que había empezado.
- Sus ojos se estiraron, y el mundo sigue andando - dijo, por fin.

Cuando sonó el timbre de la calle ella estaba diciendo que "no daba más de kleenex", mientras se sorbía los mocos con energía.
- Javi - dijo la voz detrás de la puerta, anunciándose por sobre nuestra mudez. En la TV estaban pasando el corto sin sonido de microorganismos intestinales de la Telescuela Técnica, ése que tantas veces habíamos grabado. Abrimos la puerta. Javi miraba hacia el piso. Me enjugué las lágrimas con las mangas del piyama. Tenía el pelo corto y parecía más petiso.
- Le auschwitzaron las lanas - dijo Marisa, como dudando.
Saltó a los brazos de su madre. En ese movimento descubrí que en su cara había un detalle que me molestaba más que el pelo.
- Cómo los extrañé - dijo.
No le conocíamos ese fervor. A Marisa los besos le salían entrecortados, con desconfianza.
- Te vamos a comprar otro hamster...
Él negó con la cabeza, que tenía el pelo, tal vez, más lacio.
- Ahora me basta y sobra con la piedra, papá.
Tal vez, más negro. Lo vimos salir corriendo hacia su habitación. Yo estaba perplejo: nunca antes me había dicho papá. Noté que ella estaba contenta, pero que también había percibido la diferencia. Enderezando la espalda para armarme de coraje, le dije, con el volumen bajo de un extraño acceso de sinceridad:
- ¿Me equivoco, o es chino?
- Es Javier - cortó ella, rotundamente -. No se hable más.
Y no volvimos a hablar del tema.

Con respecto a Javi, resultó estar totalmente curado; inclusive tiene más energía que antes, es saludable y gimnástico. Ama la piedra tanto o más que nosotros y se ocupa de todos sus cuidados, hasta de lustrarla. Ya estamos por cumplir los tres años de Petrona, y él solito le está preparando la fiesta. Me compré un traje de mil dólares en el programa de Coppa y Chego. Marisa piensa estrenar la nueva psilocibina inyectable vía cuello. Van a venir Lala y el marido. Aunque nuestra última puntuación marcaba los 8,95, Javi no está satisfecho. Supone que llegará a 9,50 antes de Navidad, con un talco de estrellas especial para rejuvenecerle las estrías. A través de los padres de sus nuevos amigos del colegio, comprendimos el gran esfuerzo de promoción y proselitismo que Javi lleva a cabo para satisfacer a nuestra mascota.
En ocasiones me pongo a mirarlo cuando está seleccionándole programaciones de montañas en la revista del cable; veo cómo la acaricia y le canta milongas, y me agarran dudas. Pero enseguida se me pasan, porque igual somos felices. Quiero que quede claro. Somos una gran familia, más unida que nunca: Marisa, Javi y yo.
Más unidos que cuando teníamos el Tamagotchi.


11.20.2007

AUSCHWITZ

Po Auschwitz poezja przestała już być możliwa.
Theodor Adorno

1.
Nienawidzę tego.
Nienawidzę rozmów o niemowlętach, nienawidzę tego mlecznego zapachu niemowląt, nienawidzę bucików, śpioszków, pieluch. Nienawidzę małych dzieci, tych ich smoczków; i matek małych dzieci bezwstydnie podsuwających im cycka w miejscach publicznych, w tych opiętych stanikach.
- Chcesz mate?
Nienawidzę tego zioła moczonego w kubku, nienawidzę rurek przekazywanych z ust do ust, śliny zmieszanej z ciepłą wodą.
- Papierosa? Kilka ciasteczek przez posiłkiem?
Nienawidzę zapalniczek, dymu, niedopałków. Nienawidzę ciasteczek, tych okruchów zasypujących obrus. Nienawidzę też tej wysypki, którą widzę na jej skórze, nie wiem, co to jest, wygląda jak grubawe, cieliste piegi; nienawidzę nadmiaru ciała, celulitis, wałeczków, obwisłej skóry na ramionach; nienawidzę paprochów w pępku, za długich albo za krótkich włosów, nie zadbanych paznokci. Nienawidzę tej twojej chusteczki przewiązanej pod szyją, zaplątanej jak wąż kąsający swój ogon. Wydaje mi się brudna, brzydka. Obrzydliwa jest.
Nienawidzę twojego głosu, zbyt wysokiego i zbyt przenikliwego, tego, że mi mówisz: „Chcesz mate?”; nienawidzę suchości twoich ramion, twojej białej twarzy, twoich oczu bez blasku, tego, że jesteś blondynką.
Nienawidzę bałaganu w twoim domu, porozrzucanych książek, kurzu na telefonie, żółtych ubrań w ogóle, żółtego koloru i koszmarnej żółtej sukienki, którą masz na sobie, w szczególe. Obrzydza mnie ta twoja złotawa, czerwona i zielona biżuteria – taka bożonarodzeniowa. Nie cierpię twojego słodko-gorzkiego zapachu, słodkiego i przenikającego, tak słodkiego, że ciastka by nim można smarować. Nie toleruję twojej kolekcji pierścionków na dłoniach; nie znoszę twojego nazwiska: Auschwitz. Ani twojego imienia: Rosana.
Auschwitz to nazwisko dla kogoś, kto ma katar.
- Au… świst! – powiedział Berto ze śmiechem.
- Płód nie ma ani jednej normalnej komórki, tak podobno powiedział jej lekarz – ona zapatrzyła się w próżnię, podczas gdy on zliczał jej piegi. – Mojej koleżance.
Były to piegi wyglądające rakowato, a przynajmniej tak się wydawało Bertowi. Jedne purpurowe, inne różowe. Słowo „różowy” jest brzydkie, ale nie brzydsze niż ta wężowa chustka, zalatująca tanią i niewinną hipisowskością. Różowa Rosana; Rosa i Ana, Rosa plus Ana. Imiona w szeregu. Rosanita. A ona mówi do niego: „Z czego się śmiejesz, to prawda, tak jej lekarz powiedział.
- A twoja koleżanka co?
- Umiera ze strachu.
Obrzydliwe było też to, że chodziła boso, po brudnej podłodze. W klubie tańczyła bez butów, a on i tak ją całował. Ale całowanie to obsesja Berta. Całowanie wszystkich kobiet, nawet nienawistnych, nawet tych, które pokazywały mu swoje zdjęcia z dzieciństwa, w śpioszkach i z bucikami, ledwie dwie godziny po tym, jak się poznali. Chciał całować wszystkie i przelecieć niektóre, przede wszystkim Żydówki, bo Żydówki mają łechtaczki pachnące mokrym psem i pośladki zawsze o krok przed ustąpieniem celulitisowi. Dlatego chodził tańczyć do Klubu Izraelskiego, żeby zaliczyć jakąś mokrą suczkę.
W domu Rosany jej nagie stopy stanowiły nieprzyzwoitość jeszcze bardziej obrzydliwą niż fakt, że tak łatwo dała się uwieść. Piwo było za darmo, dlatego ją zaprosił. „Boli mnie gardło”, powiedziała, kiedy szarpnął jej chusteczkę, żeby ją zdjąć, podrzeć, spalić. To nie jest psia obroża, to nie jest obroża mokrej łechtaczki. „Lepiej chodźmy do ciebie, chciałbym się wykąpać”, powiedział, a ona: „Dobra”. Niepohamowana pokusa niebieskich oczu i jasnej skóry w klubie miedzianych skór i czarnych oczu; on pchał ją przez klub napierając na tyłek, pieszcząc ją językiem i palcami na siedzeniu w samochodzie, żeby ona, kiedy znaleźli się u niej w domu, powiedziała mu: „Jestem Rosanita, Rosana Auschwitz; mieszkam w tym bajzlu”. Berto tak to sobie wyobrażał, choć może trochę mniej brudne i powywracane, myśląc o tym, jak jej wbije swojego sztywnego wojaka w skórny okrąg, i oby ją bolało, oby krzyczała i krwawiła. Pragnął zobaczyć krew Auschwitz na jej prześcieradle; chciał patrzeć, jak robi knysze, te racuszki z ziemniaków i cebuli, takie pyszne i ciężkostrawne, i powiedział jej: „Zrób mi”. Wydał jej polecenie: „Zrób mi knysze”.
W kuchni piętrzyły się talerze, pełne resztek jedzenia i karaluchów; Berto powiedział: „Nienawidzę syfu, chcę iść do łazienki” (wysrać się, wysikać, wykąpać, oczyścić się z tego wrażenia, żeby potem zgwałcić cię na twoim samotniczym łóżku). A ona, Rosanita, opowiada mu o tej swojej koleżance. „Ani jedna normalna komórka, powiedział lekarz”; o panice swojej koleżanki. Berto siedział już nagi w wannie, trzymając swojego wojaka w ręku i gotowy na prysznic; gotowy, żeby umyć sobie to, bo ta noc generalnie kręci się wokół tego; odlać się porządnie pod prysznicem, żeby pozbyć się całego tego darmowego piwa z Klubu Izraelskiego, zmieszać mocz z wodą, jakby to było wino z wodą sodową, namydlić sobie jaja, główka na zewnątrz po odciągnięciu skóry, którą nosił jak jakiś order i której żaden Żyd nie posiadał, a potem od tyłu, jego własny tunel, tak podobny do tych, które tyle razy penetrował w innych ciałach kobiet grubych i chudych, gładkich i owłosionych, czarnych i białych. Ten otwór, w który teraz Berto wciskał koniec namydlonego palca, żeby zapiekło.
- Wiesz, że jestem Żydówką, prawda?
Jaka kobieta, która nie jest Żydowką, umiałaby robić knysze, głupia jesteś, kotku, czy co?, moja nowa kobietka, moja Auschwitz z klubu: nie dość, że Hipiska, to głupia jeszcze jesteś, nie dość, że nosisz tę niebieską chustkę na szyi, że masz pośladki tłustawe, imię jedno na drugim, bajzel w domu, syf na podłodze, z kranu kapie ci na talerze, gdzie kiedyś leżało jedzenie z innych żydowskich kolacji, a teraz zżerają je karaluchy z apetytem na faszerowaną rybę, karaluchy także należące do wspólnoty, karaluchy jidysz?
Berto wiedział, że dla niego – zaobserwował to już wcześniej, dawno, bo zawsze uważnie obserwował samego siebie – nie było obojętne, czy zacznie się myć od przodu czy od tyłu; wszystko podporządkowane jest wcześniejszym uwarunkowaniom, choć na początku kąpieli może zdawać się intuicyjne. Odkrył, że zaczyna od tyłu, jeśli przez prysznicem się załatwił, a zaczyna od wojaka, kiedy wcześniej się bzykał. I choć teraz nie zrobił ani jednego, ani drugiego, wydawało mu się, że jest a priori brudny, skażony samą myślą, że będzie coś robił z Rosaną-od-niebieskiej-chustki, że ją posunie bez żadnych miłosnych wstępów, nie licząc obmacywania w aucie na światłach czy buziaka przy barze w klubie; bo powiedział jej: „Chodźmy do ciebie, chcę się wykąpać”, a ona zgodziła się na to tak po prostu; bo zapytał: „Masz gumki?”, a ona przytaknęła szybko głową; bo miał się właśnie wytrzeć, a ona powiedziała mu, żeby skorzystał z jakiego chce ręcznika, ledwie dwie i pół godziny po nawiązaniu znajomości.
W aucie złapał ją za pierś. Pozwoliła mu na to, macając go po spodniach. Smakowity kawałek mięska. Berto odchrząknął, zakaszlał, spuścił szybkę. Flegma została na skrzyżowaniu Scalabrini Ortiz i Santa Fe, na środku ulicy i pośrodku nocy. „Na pewno wmurują tu pamiątkową tablicę”, powiedział, a ona się uśmiechnęła. Berto zamknął szybę. Ta flegma to był numer, który odstraszał dziewczyny. Rosana zdawała się na nic nie reagować. Z takim nazwiskiem! Ciebie to zamykali w szkole w szafach, nie? Nauczyciele bili cię linijką po opuszkach palców? Dyrektorka wsadzała ci najgrubszą kredę w pochwę? Ona - jeden wielki uśmiech. Jedziesz cała szczęśliwa samochodem z kimś obcym, który znienawidził cię od pierwszego wejrzenia. „Masz coś do jedzenie w domu?”. Nie wiem. „Ma być: to rozkaz”. Mogę zrobić racuszki z ziemniaków. „Ziemniaków i czego jeszcze?”. Ziemniaków i smażonej cebuli. „Knysze?”. Ona zaczerwieniła się, a on wcisnął pedał gazu. Torino 380 coupe, zielony postrach przechodniów, kąsał czarną ulicę we wskazanym przez nią kierunku. Dom Rosany znajdował się o dwadzieścia przecznic od bunkra samotniczego Berto.
- Ile mówiłaś, że masz lat?
- Czterdzieści dwa.
- I jesteś niezamężna czy co?
- Rozwiedziona, głuptasie.
Nie mów do mnie głuptasie, nie zamierzam wysłuchiwać twoich wyzwisk; natomiast mnie wolno ciebie obrażać, bo na to zasługujesz i mój wojak mi na to pozwala, bo ja jestem człowiek wojak, człowiek fiut, w twojej cipce, w twoim tyłku, w twoich ustach. W tej kolejności. Kąpiel przed, żeby się przygotować, i jeszcze jedna po, żeby się oczyścić. Berto z całej siły zakręcił kurek od prysznica.
- Nie da się tak dokręcić, żeby nie kapało?
- Nie.
- Gdzie są moje buty?
- Zjedzmy na boso.
Usiadł między stosem książek i stosem płyt. Ona zapaliła świeczkę, nie gasząc światła. On został w samych slipach, bez koszuli. Ona nie zdjęła sobie chusteczki z szyi.
- Takie małe zrobiłaś?
Rosana podniosła garnek i udała, że zanosi go z powrotem do kuchni. Wiesz, że jestem Żydówką, prawda? Wziął jednego knysza; ugryzł.
- Suchy. Brakuje soli.
Sól siebie suchą solą, samo schnie słońcem suszone. Była w stanie znieść wszystko, być może, prócz tego, że ktoś, w jej własnym domu, siedząc między jednym stosem z jej ulubionych książek i drugim z zapomnianych płyt powiedział, że knyszom brakuje soli. Berto poznał to po jej minie. A już na pewno nie jakiś goj, zwłaszcza taki, którego poznała na zabawie w Klubie Izraelskim, ledwie trzy godziny temu, przy dźwiękach piosenek Bee Gees i popijając darmowe piwo. Wiesz, kim jestem, prawda? Rosana wycelowała tacką w stronę kapiącej i zakaraluszonej kuchni, nie przestając się uśmiechać, jak gdyby to, co robiła, ten gest zabierania knyszy, był tylko dobrym żartem. Rosana uniosła piętę prawej stopy, żeby zrobić krok przed siebie i wywalić do śmieci te ziemniaki zmieszane z cebulą, ale cofnęła ją, jakby wracając. Robiła zdziwioną minę, minę tak czy nie?, minę chcesz jeść czy nie chcesz?, minę wiesz co: to mnie zaraz będziesz wsadzał w szparę i w tyłek, to ja sprawię, że skończysz z litrem spermy w prezerwatywie, to ja będę być może chciała ci obciągnąć, bo „tylko głupi nie obciąga”, a głupi to ten, który zawsze jest zadowolony, a porządna Żydówka nigdy nie jest głupia, zwłaszcza kiedy ma zdublowane imię, zwłaszcza gdy na nazwisko ma Auschwitz; i głupi jest też ten, kto głupieje i trochę bredzi, a bredzisz tutaj tylko ty, nieznajomy, z tym twoim wojakiem na baczność, z pistoletem w kaburze; a kabura jest jak pochwa, a dobra pochwa nigdy nie zachęca do obciągania.
- Zrobiłam je specjalnie dla ciebie, wiesz? I nie zniosę, wiesz?, żadnej krytyki.
Trzeba by jej pokazać, jak się nawilża suche rzeczy, pomyślał Berto, za sprawą jakiegoż to błogosławionego mechanizmu świeżo wytalkowana wenus zmienia się w mokrego pieska. Trzeba by sprawdzić, czy umie to robić, czy soli się suchą solą, żeby wszystko było jak należy.
- Moja koleżanka ma już prawie pięćdziesiątkę. Wyniki punkcji pokazały to samo.
- Znaczy co?
- Że wszystkie komórki są zdeformowane.
Mina, jaką miał lekarz kiedy jej o tym mówił, być może była taka sama jak ta na twarzy Berta patrzącego na jej podniesione właśnie stopy, brudne pięty.
- Pięćdziesiąt lat i dziecka się jej zachciewa? Po co sobie dupę zawracać?
- Teraz można. Zastępuje się jądra komórek jajowych jądrami komórek niepłciowych. Tej samej albo innej kobiety.
Punkcja, knysze. Proszę zrobić punkcję knyszowi, pani doktor. Ściągaj koszulę, majtki. Nie nosisz stanika? Lepiej sobie kup, bo jak nie, to któregoś dnia będziesz sobie mogła wiązać cycki jak sznurówki. He, he. To, co zaraz zrobię, droga pani, to punkcja strzykawką z ciała. I jak tam knysze? Kruche czy gumowate? Gumkę mi założysz? Bo za cholerę nie wejdę w tę pieczarę bez 0.04 nawilżonej chlorkiem benzalkonium. Żebym trochę językiem popracował? A skąd ja mam wiedzieć, kiedy ty ostatnio na bidecie siedziałaś?
- Mówiłem ci, że jestem faszystą?
Cisza.
Nie zdejmiesz sobie tej chusteczki z szyi? Nie zdejmiesz? Przecież brzydko pachnie, wstrętna jest. Nie można siedzieć na golasa i z taką szmatą uwiązaną. Nienawidzę jej jeszcze bardziej niż twojego zdjęcia z dzieciństwa. Nie obchodzi mnie, że cię gardło boli. Tu jest gorąco. Ten piecyk za ostro grzeje jak na takie małe pomieszczenie.
- Mam zgasić światło, żebyś jej nie widział?
Chcę, żebyś ją zdjęła, wyrzuciła do śmieci, spaliła ją i nigdy, przenigdy nie zakładała sobie niczego podobnego.
- Bez chusteczki czuję się zbyt naga.
Z chusteczką czuję się zbyt blisko miednicy, czuję, jak uderzam w twoją miednicę wojakiem, tłokiem seksu. Wsadź i wyjmij. O taaaak… Powleczkę na poduszkę czuć było octem. Octem przyprawia się szybkie posiłki, jak ten, który właśnie przyrządzili. Od jak dawna nie zmienia pościeli? Ręce Berta naparły na materac, cofnął się, a kadet na służbie, wcześniej wojak, wyślizgnął się. Nie można pozwolić, żeby mu pękł lateksowy mundur; to jest najważniejsze: trzeba się upewnić, że tkwi na miejscu, zdjąć ostrożnie, rozciągnąć. Berto nigdy nie patrzył, czy są ślady krwi; nie patrzył też na twarz partnerki, czy, jak tym razem, coś się jej nie stało. To wszystko? Rosana objęła go. Berto jak zwykle zawiązał dwa węzły, obok siebie i ściśnięte, na prezerwatywie. Czasami ją nadmuchiwał, po weselszych bzykankach. Czasami przyglądał się swoim rybkom pływającym w białawym kremie, pod światło. Czy jeden piecyk może wydzielać tyle ciepła? Dlatego tak szybko skończył! Rosana przytuliła go jeszcze mocniej. Poczuł jej pierścionki na plecach. „Nieważne, nieważne”, szeptała. Co nieważne? „Nic, śpij już, mój ty zabawkowy faszysto”. Berto nie wiedział, jak odpowiedzieć. Jak się odpowiada na taką zniewagę? Ma na nią nakrzyczeć, uderzyć ją, czy zapomnieć? Ro-sana, nudzi od rana. Powinien znowu spróbować? To jej wina, bo zrobiła koszmarne knysze, bo nie naprawia cieknących rur, bo nosi za dużo pierścionków, bo nie myje stóp przed położeniem się do łóżka i nie ściąga chusteczki z szyi. Mogło być gorzej, ale ciała, co się nie znają, witając się żegnają.
Ona oparła się dłonią o jego uśpionego poborowego, wychylając się, żeby zgasić światło. „I tak niczego nie oczekiwałam”, dodała. On rzucił zużytą prezerwatywę, która wylądowała na jakiejś półce albo abażurze nocnej lampki. Żydowska Hipiska i zabawkowy faszysta. Niech się cieszy, że nie ma odbycie tego, co teraz trzyma w ręku! Berto na wszelki wypadek wolał się nie odzywać, gdyby jednak wolała mieć go w tyłku, a nie gładzić ręką. Takie pieszczoty działały usypiająco, być może inaczej by nie zasnął, pomyślał: ciemność w pokoju pozostawiała wiele do życzenia, księżycowe światło wdzierało się przez okno pozbawione rolet czy zasłon. Rano będzie nieznośnie jasno, pomyślał. No i jeszcze ten żar piecyka.
- Nie można zmniejszyć grzania?
- Straszny ze mnie zmarzluch.
I to ciągłe kapanie z kranu. W kuchni powodowało specyficzny hałas, krople uderzające w powierzchnię wody; w łazience inaczej, odgłos bębnienia w obłupaną porcelanę umywalki; jeszcze inaczej, jak jakiś aplauz, pod prysznicem, spotęgowane przestrzenią wanny.
Do kapania dołączyło tykanie zegara. Berto miał dwa złociste kręgi odbite w źrenicach, dwa zapalone reflektory swojego torino coupe 380, zielonego postrachu przechodniów; każde oko jak reflektor, zapalające się na przemian, tik-tak, jakby przekręcał ciało to w jedną, to w drugą stronę, na tym niewygodnym łóżku, i jakby musiał ciągle mrugać okiem.
Udało mu się na chwilę zasnąć, może jakieś dwanaście czy piętnaście minut: był kompletnie zlany potem, chciało mu się pić i szczypało go w oczy. Usiadł i zapalił lampkę na stoliku. Obok niego leżała rozwalona, bez ruchu, gospodyni. Cała w pierścionkach i z chusteczką; ciało rozciągnięte jak u jaszczurki, pośladki rozlane. Obróciła się; jej sutki były jak dwa owady. Ściany pokoju zastawione były półkami; książki emanowały jeszcze kwaśniejszą wonią niż prześcieradło; być może bardziej ludzką niż woń samej kobiety. Jej ciało zaprotestowało i jej ręka wynurzyła się spod poduszki, jak gotowe do ucieczki zwierzę. Jej palce dotknęły wyłącznika. Lampka zadygotała i zaraz zgasła. Berto wyjrzał przez pozbawione rolet okno. Podwórko było małe, a chwasty pleniły się nieokiełznane. Księżyc w pełni oświetlał wszystkie zakamarki. Była piąta piętnaście rano. Od miesięcy nikt tu nie kosił trawy.
Przesunął językiem po wargach. Chropowate jak papier ścierny. Jak usta Rosany; sama mu to powiedziała w Klubie Izraelskim, kiedy wychodzili na zewnątrz. Potem widział, jak je sobie maluje i pyta, czy mają niedobry smak. Byli już w torino coupe, zielonym postrachem przechodniów, siedzieli, całowali się starannie.
- Niedobry smak, ale czego?
- Bo to jest lekarstwo.
Powiedziała, że ma chorobę, jakieś zapalenie warg (wyjęła długopis z obgryzioną końcówką i napisała mu łacińską nazwę „cheilitis” na paczce Marlboro, żeby realistyczniej zabrzmiało). Dlatego nie może nikogo całować, jeśli sobie wcześniej nie nałoży tej maści. Kiedy całuje bez maści, pękają jej wargi. Berto pomyślał, że nigdy jej nie widział bez tej maści, ani teraz, kiedy śpi, ani wcześniej, przed wejściem do auta, więc próbował przyjrzeć się jej twarzy w księżycowym świetle. Wargi Rosany były tak zmaltretowane jak jego. Zaczął się zastanawiać, czy przez dotyk nie zaraził się tą chorobą. Nigdy nie powinien był przykładać swoich warg do jej ust. Wyszedł z pokoju; szedł jak lunatyk; wpakował się do łazienki.
Z kurków kapało w najlepsze. Ten na umywalką, na przykład, miał przekręcony gwint, więc nawet po zakręceniu zawsze z niego ciekło. Być może Rosana tak mocno grzała piecykiem, bo miała nadzieje, że krople wyparują zanim uderzą w zlew. Po umyciu twarzy Berto zakręcił kurek tak mocno, jak potrafił. W lustrze zobaczył swoje gniewnie podkrążone oczy. Kiedy jakiś Żyd mu się sprzeciwiał, zawsze robił się bardziej antysemicki. Jeśli to była kobieta, tym gorzej. Jeśli miała cieknący kran, jeszcze gorzej.
Gorąc piecyka docierał nawet do kuchni. Światło nie działało. Berto przysiadł na stołku. Otworzył lodówkę. Lampka w środku emanowała intensywnym blaskiem, że aż zamrugał oczami. Knysze wciąż leżały na tacce; był tam też słoik z majonezem z zerwaną etykietką, zjedzony w połowie psujący się deser budyniowy, kawałek masła z dwiema wbitymi weń łyżeczkami, niemal pusty dzbanek z sokiem z grejpfruta. Wsadził sobie jednego knysza do ust: był zimny, obrzydliwy. Wypluł, chwycił palcami wypluty kawałek i przykleił do reszty klusek tak, żeby nie było widać. Wypił łyk z dzbanka i nie był to, jak mu się zdawało, sok z grejpfruta, tylko dietetyczny ananas, z proszku. Wypluł wszystko. Szuflada na warzywa pełna była pomarańczy.
Otwarta lodówka nie była w stanie obniżyć temperatury otoczenia. Berto uchylił też drzwiczki od zamrażarki. Suche zimno osiadło na jego twarzy jak odświeżająca maska. Otoczył oczy. Wewnątrz widać było dwa pojemniki do robienia kostek lodu, jeden na drugim, jak kromki chleba lodowatej kanapki. Między nimi leżało coś cienkiego i nierównego, co uniemożliwiało górnemu pojemnikowi dokładne dopasowanie się do dolnego. Berto lubił uporządkowane rzeczy; jeśli coś uniemożliwia dopasowanie, powinno się to usunąć. Podniósł górny pojemnik. Ostrożnie i z ciekawością chwycił za skórkę szynki oddzielającej kromki. Usta wykrzywiły mu się ze zdziwienia. Szynka okazała się cieniutkim importowanym lateksem; 0.04 jak skóra nie nadmuchanego balonu. Z jego zamarzającymi plemnikami. Węzły były dokładnie takie, jakie zawiązał – dwa, jeden za drugim, mocne. Ukrył prezerwatywę w dłoniach. Zamknął drzwiczki.
Co to tu robi? Wstała, żeby to schować? Kiedy? Po co to zamroziła? Kto jej pozwolił? Prezerwatywie było jeszcze trudniej niż Bertowi odzyskać utracone ciepło. Zaczął na nią chuchać. Musiał stamtąd jak najszybciej wyjść. Umyć twarz i uciec. Dreszcz przebiegł mu po plecach. To był jedyny chłód, jaki czuł po zamknięci drzwi lodówki. Po ciemku namacał kurek nad zlewem i poruszył stosem naczyń. Ruszające się naczynia zaskrzypiały jak okno w filmie grozy. Bertowi udało się złapać kilka talerzy w powietrzu. Dwa wylądowały na podłodze; okrągła metalowa tacka rąbnęła o stół i zawirowała jak bąk. Tłukące się talerze narobiły takiego hałasu, że aż podskoczył. Nie trafiły go żadne odłamki porcelany, ale resztki jedzenia owszem. Nadepnął na coś, co mogło być kawałkiem mięsa albo zdechłą myszą.
Rosana zapaliła światło przy łóżku. Berto wyszedł z kuchni pocierając piętami o podłogę, żeby je wyczyścić. Nogi miał pochlapane jakąś zieloną galaretką. „Co się dzieje?”, zapytała ona, podnosząc się ze snu. Czy ona naprawdę przykryła się tą zimową kołdrą mimo takiego gorąca? Berto podniósł swoją koszulę i spodnie z podłogi i wyczyścił sobie stopę krawędzią kołdry.
- Idę – powiedział.
- Dlaczego?
- Bo się wkurzyłem.
Wtedy Rosana otwarła szeroko oczy, przecierając je, żeby zrozumieć, co się dzieje. Jakim prawem budził ją nim jeszcze zadzwonił budzik? Przecież dała mu wszystko, swoje knysze, swoją łazienkę, swoje łóżko a nawet swoje ciało. A on co jej zaoferował w zamian? Pogardę, niechęć, impotencję? Rosana powiedziała „impotencja” z impetem, jakby powiedziała „postęp” albo „przyszłość”, albo inne ważne słowo. Jakby powiedziała „porażka”.
- Co ty mi mówisz, że jestem impotentem? Chyba cię popieprzyło?
- Niczego nie poczułam, tępaku.
- Co najwyżej to przedwczesny wytrysk… Impotencja to coś innego. – I dodał bez wahania: - Jeśli niczego nie poczułaś, to dlatego, że jesteś oziębła…
Założył sobie skarpetki, spodnie.
- No tego jeszcze nie słyszałam! – zawołała Rosana. – Skończyłeś w sekundę… Co ja miałam poczuć w sekundę?
Berto ukląkł na łóżku. Nie patrząc na nią, powiedział:
- I to ci może daje prawo, żeby kraść moje nasienie?
Ona zamilkła na chwilę.
- Jakie nasienie, co ty gadasz?
- Gdzie są moje buty?
- Jakie nasienie, do cholery? – powtórzyła.
On znowu wstał.
- Nie udawaj teraz głupiej. Po cholerę ci moja prezerwatywa, co?
- Jaka twoja, moja jest! Ja kupiłam…
- Ale to, co jest w środku, należy do mnie, jasne? I nie rozumiem, po jakiego diabła wsadziłaś to sobie do zamrażarki…
Rosana zrobiła minę, że nie rozumie, o czym on mówi.
- Do zamrażarki?
- Między dwa pojemniki na lód.
- Zużytą gumkę?
- Tę – powiedział wyciągając jej prezerwatywę przed twarz. – No i co teraz powiesz, hę?
Poprawiła stopą podwinięty róg prześcieradła.
- A skąd wiesz, że twoja? – zapytała.
- Ma moje węzły.
- Prawie wszyscy faceci wiążą węzły.
- Ale nie dwa i nie takie. Nauczyłem się w wojsku.
Zaśmiała się. On dodał:
- Poza tym jeśli to nie moja, to gdzie ta jest moja?
Oboje spojrzeli na abażur lampki nocnej.
- Wziąłeś ją – powiedziała Rosana wskazując na jego dłonie. – No tu: ty ją masz.
- Wziąłem ją, ale z zamrażarki – powiedział Berto. – Jest zimna.
Ona zagryzła wargę.
- Czego to trzeba się nasłuchać… Żołnierz nie umie się bzykać, ale zawiązuje sobie gumkę w niepowtarzalny sposób i mierzy jej temperaturę… - powiedziała. – Niesamowity jesteś. Chodź, kładź się.
- Nie że nie umie się bzykać, bo to przez tę twoją chustkę, piecyk, te krany…
Rosana podciągnęła kołdrę, żeby się przykryć.
- No nic, widać, że się starasz, żebym cię nie zapomniała… - stwierdziła.
- Prowokujesz mnie? – zareagował Berto.
- Troszeczkę. Wyglądasz na takiego, co to jak mu fiut nie stanie, to serce zrobi to na pewno.
- Chcesz, żebym ci przywalił?
Rosana zamilkła. On zaczął przechadzać się po pokoju jak tygrys w klatce. Uderzał pięścią w drugą dłoń.
- Nie wiesz, kim jestem; niczego o mnie nie wiesz…
Twarz mu poczerwieniała.
- Co zamierzałaś zrobić? Odpowiadaj! Czego chciałaś?
- Tego samego, czego teraz chcę: spać – odpowiedziała rozciągając się ponownie na materacu.
- Wygląda na to, że nie przez całą noc chciałaś spać. W jakimś momencie zachciało ci się bawić w eksperymenty…
- Co ty gadasz, jakie eksperymenty… - Rosana poklepała niezajętą poduszkę dłonią pełną pierścionków ponawiając zaproszenie. – No chodź, daj spokój… O jakich ty gadasz eksperymentach?
Berto nie odzywał się.
- Nie wiem – powiedział. – Ty mi wytłumacz.
- Co ci mam tłumaczyć?
- Co zamierzałaś zrobić z moją pełną prezerwatywą. Z moją świeżo udojoną spermą.
Rosana zamrugała i przetarła twarz dłonią. Próbowała się podnieść. „Nie rozumiem, o jakiej spermie mi tu opowiadasz…”, odpowiedziała i zaraz ziewnęła. Ziewnięcie było tak długie, że starczyło mu czasu na schowanie prezerwatywy w kieszeni i wyjście na korytarz.
- Gdzie schowałaś moje buty?
Do jadalni wdzierało się światło poranka jeszcze silniejsze niż to w sypialni. Lekki wiatr poruszał trawami na zewnątrz. Ona wstała i podeszła do Berta od tyłu, objęła go.
- Nie jestem wariatem, jasne? Jesteś jedyną osobą oprócz mnie w tym mieszkaniu. Ja jej tam nie włożyłem. Więc to musiałaś być ty.
Ramiona Rosany zacisnęły się na jego piersi.
- A może pogadamy, jak zadzwoni budzik? – zasugerowała.
- Nie. Musisz mi wyjaśnić, co jest grane.
- Teraz?
- Tak.
Puściła go. Obrócił się i stanęli twarzami do siebie. Miała urażoną minę. Pogroziła mu wskazującym palcem, wyprostowanym i oskarżycielskim. Tylko na tym palcu miała trzy pierścionki.
- Sądzisz, że tylko ty używasz gumek w moim domu? Wydaje ci się, że byłam taka łatwa, bo jesteś jakiś szczególny?
Berto spuścił głowę.
- Co noc zaliczam jakiegoś faceta; jeśli nie wierzysz, idź sobie sprawdź w koszu na śmieci. Nawet się nie fatyguję z wynoszeniem śmieci, żeby następny nie widział tych gumek…
Berto miał wrażenie, że rytm kapania spowolniał, że gorąco coraz bardziej przedłużało ciszę między tymi małymi eksplozjami. Ona nagle się uśmiechnęła.
- Bardzo mi się podobało z tobą – powiedziała. – Jutro; a właściwie za chwilę, będziemy musieli wstać. Proszę, bądźmy rozsądni i wracajmy do łóżka, bo już się robi jasno.
Berto nie ruszył się z miejsca.
- Proszę – powtórzyła. – Potem będzie nowy dzień.
- I wtedy mi wyjaśnisz?
Rosana wzruszyła ramionami, jakby mówiąc, że tu nie ma niczego do wyjaśniania; ale powiedziała:
- Dobra.
Berto poszedł do łóżka z półprzymkniętymi oczami. Rozebrał się szybko; krople kapały tak rzadko, że wydało mu się, że przestały. Ostatnie, co zobaczył, to jego spodnie na stoliku i Rosana, naga i z chusteczką na szyi, wieszająca koc na pozbawionym rolet oknie. W pokoju zapadła ciemność. Usłyszał, jak ona zamyka drzwi i poczuł ciało kładące się obok. Wtedy wplątał się w ramiona i chude nogi kobiety, żeby dla pewności unieruchomić ją na czas snu. Wojak przybrał bojową postawę pod wpływem bliskości i choć ona wydała z siebie „Mnnn…”, Berto nie chciał tego usłyszeć. Zamierzał zbudzić się tylko jeśli zobaczy, że ona grzebie mu w wiszących na stoliku spodniach. A w tym celu ona musiałaby się wyplątać, wstać, obrócić, wziąć spodnie, potrząsnąć nimi, znów położyć się do łóżka, ponownie wplątać, udawać, że śpi. Berto udało się osiągnąć taki spokój, że nawet przyśnił mu się sen. Brzydki sen, jak wszystko w tym domu.
Stał paląc na balkonie swojego mieszkania, spokojnie, kiedy nagle dobiegł go szczęk kluczy otwierających drzwi wejściowe. Nikt prócz niego nie posiadał tych kluczy. Złodzieje. Położył palącego się papierosa na parapecie. Drzwi się uchyliły. Pojawił się w nich mężczyzna identyczny jak Berto. Miał taki sam breloczek z piłeczką obitą pinezkami, ubrany był tak samo, marszczył czoło z takim samym niesmakiem. Zatrzasnął drzwi jednym ruchem i ruszył prosto na balkon, żeby wyrzucić niedopałek przypalający mu już palce, na ciasne i wąskie podwórko. Papieros w przelocie otarł się o ucho Berta.
Zbudził się przestraszony. Ktoś stał obok łóżka w ciemności. Wyczuwał ruch. Pomyślał o swoim sobowtórze ze snu, z którym spotkał się twarzą w twarz, jak z odbiciem w lustrze. Namacał jej ciało, leżała obok, zaplątana, spała. Poczuł, że za jego plecami powietrze porusza się szybko, jakby napędzał je wentylator o ludzkim śmigle. Sięgnął ręką w stronę koca udającego zasłonę i coś – roślina?, zwierzę?, człowiek? – musnęło jego palce w mroku. To coś było żywe i emitowało więcej ciepła niż piecyk, było bardziej spocone niż ciało samego Berta. Wielki kot, pomyślał, ale bez sierści i z gęsią skórką. Wszystko to zdążył poczuć w trakcie tego błyskawicznego muśnięcia trwającego ledwie sekundę? Ubranie upadło na ziemię i wreszcie okrzyk wyrwał się z gardła Berta, który wstał i szarpnięciem zerwał koc.
Światło wypełniło wszystkie zakamarki pomieszczenia, jak jakiś detektyw szukający zabójcy. Rosana się obudziła. Berto nie przestawał powtarzać: „Ktoś tu był?”; znów się ubierał i krzyczał rozgorączkowany: „Ktoś, ktoś”. Od gorąca pękała mu głowa. „Dotknąłem go”. Ona wstała. Zasłaniając się prześcieradłem poszła do jadalni, wyjrzała na podwórko, sprawdziła w łazience i kuchni i wróciła do sypialni z podkrążonymi oczami.
- Nikogo nie ma – powiedziała.
- Ale ja go dotknąłem – mamrotał. – Był tu…
- Mieszkam sama.
- Ale ktoś tu był…
- Gdzie?
Twarz wykrzywił mu grymas desperacji. Był już ubrany. Nawet buty miał założone.
- Poszedł sobie? – zapytał.
Rosana westchnęła przeciągle. Prawie nie zmrużyła oka.
- Dobra, idę – powiedział.
Odprowadziła go do drzwi. Nacisnęła klamkę dłonią pełną pierścionków. Berto przystanął na chwilę, żeby namyślić się, czy może prowadzić auto czy nie. W tym stanie. Przez uchylone drzwi widać było część dachu torino coupe 380, zielonego postrachu przechodniów.
- Cześć – powiedziała Rosana.
Berto nawet nie odpowiedział. Wyszedł do ogródka porośniętego daliami i hortensjami, przeszedł przez furtkę między dwoma słupami zwieńczonymi betonowymi krasnalami. Krasnale pomalowano na biało. Namacał klucze w kieszeni, namacał portfel. Były na miejscu. Otworzył drzwi samochodu, wsiadł, zapalił. Pierwsze światła, po trzech przecznicach, zaskoczyły go. Wyhamował już na pasach dla pieszych. Wsunął dłonie do kieszeni, aż do dna. Pociągnął za podszewki, jedną po drugiej. Nie wszystko było na swoim miejscu. Brakowało prezerwatywy.

Traducción Tomasz Pindel


9.05.2007

DENTRO E FUORI

Il primo sogno lo feci il giorno che cominciai a lavorare da Gomez. Andavo sul mezzanino con una scala di legno. Accendevo la luce: era come una soffitta con robaccia, casse chiuse, ventilatori e bauli. Andavo su per cercare una gabbia come quelle che c’erano sul pavimento, impilate contro la parete destra della stanza. Le gabbie erano coperte da un lenzuolo sporco.
Strappai via il lenzuolo. Dietro le sbarre, inaspettatamente, vidi degli uccelli morti. Stecchiti, decomposti. Fu disgustoso, perché mi resi conto che le gabbie erano state messe via mentre gli uccelli pigolavano e che, dopo, sono morti di fame e oscurità e si sono decomposti sul fondo di latta. Dentro. Pensai alla follia di quegli uccelli. Lo raccontai a Gomez, ma non stette ad ascoltarmi.
Anche lavare il primo bobi fu un’esperienza disgustosa. Mi ero presentato per quel lavoro senza sapere di che si trattasse, al limite della fame e senza un centesimo. La paga era eccellente e il lavoro sembrava facile. Chi avrebbe mai sospettato di quei sogni? Quando terminai di lavare il primo, credetti che sarebbe stato impossibile rifarlo. E fu sempre così, ogni volta. “Non devi pensarci”, mi diceva Gomez. Era il proprietario dell’impresa, veniva sempre in completo e cravatta nera, con la pelata lucida, lucida. Come se la ungesse con olio.
-Non devi pensarci. Prima sono stati esseri umani, ma adesso sono oggetti. Io ho cominciato come voi, e sono ancora qui. Qualcuno lo deve pur fare.
Passò una barella con un corpo nudo coperto da un telo di plastica. Era un’anziana. Riuscii a vedere che aveva del sangue rappreso sotto il naso. L’uomo che spingeva la barella era nero. Mi guardò e rise (forse l’impressione che si rifletteva sul mio viso lo faceva ridere). Gomez fece scivolare la mano sotto il telo e diede dei colpetti sul ventre flaccido della vecchia. Il corpo vibrò.
-Anibal – disse al ragazzo -, lasciamela bella come una sposa.
E diede dei colpetti anche sulla spalla di Anibal.

Scoprii che Anibal rideva sempre. A prima vista sembrava essere un ragazzo grossolano e trasandato, alla fine risultò essere un buon collega. Mi spiegò un po’ di cose. Solitamente sono molto riservato e diffido degli estranei come del diavolo; ma con lui intavolai una relazione immediata. La sua risata sembrava orribile, malefica, ma forse era il male minore tra tutti quei mali.
Il sogno cominciò a ripetersi (era già la terza volta che lo facevo). Lo raccontai ad Anibal. Rise e mi disse di non farci caso.
-A volte si vedono delle cose – mi spiegò – ma non bisogna crederci. Le cose sembrano peggiori di quello che sono.
Entrammo nel laboratorio che mi era stato assegnato e le gambe cominciarono a tremarmi per l’eccitazione.

Restai solo. In quella stanza c’erano varie cose: un tavolinetto rivestito in formica imitazione legno, un lavabo, una grande vasca di ghisa, cinque barattoli, un flacone di disinfettante e il cadavere di un uomo nudo. I barattoli erano allineati lungo il bordo della vasca; il bobi stava dentro. Aprii il rubinetto. L’acqua colpì lo stomaco e mi sembrò di vedere una leggera contrazione della pelle. Il getto, massiccio e perforante, scavò una fossa a pochi centimetri dal suo ombelico, tanto che sembrava averne due.
Era un dettaglio strano. La pelle si corrucciava in pieghette, come le onde che si formano sulla superficie dell’acqua quando si tira un sasso. Era un morto piccolo e grasso, tipo Gomez. Aveva una cicatrice al basso ventre, risalente a qualche operazione, e pochissimi capelli. Rimasi a guardarlo per un bel po’, seduto sul bordo della vasca. M’immaginai fosse un ragioniere, ma sulla cartellina figurava solo il motivo della morte, scritto a mano. Non mi sforzai di leggerlo. Non mi interessava minimamente della morte, ero lì perché semplicemente non avevo trovato un altro lavoro. Era impossibile trovare qualcosa di più dignitoso. E adesso ti pulisco le ascelle, ciccio. Anibal mi raccontò di quando gli toccò lavare il portiere del suo palazzo. Solo una settimana prima si erano scontrati per non so quale sciocchezza degli ascensori; il portiere aveva gridato fino a seccarsi la gola.
-E poi vedi... – disse. Sorrideva parlando. – Prima o poi, passano per la spazzola di Anibal.
Come se lui fosse eterno, un po’ Dio. Strinsi la spazzola con furia, per non morire mai.

-Un bobi è pelle, ossa e tempo. Un bobi è poco tempo. È sgretolamento, putredine.
Mentre me lo diceva sfregava la forchetta contro il coltello. Quel momento era come un rito, ed era obbligatorio che tutti quelli che pulivano passassero da lui. Aveva spezzettato la bistecca in piccoli pezzi e si portava quei pezzetti alla bocca, insieme a una patata o una rondella di pomodoro che pescava direttamente dal vassoio.
-Un bobi è come un sacco di plastica della spazzatura. La pelle è il sacco. Il nostro compito è mostrare agli altri che il sacco è pulito come la neve. Che il contenuto non danneggia l’aspetto. Tutti sanno che dentro c’è la spazzatura. Ma quello è argomento per i vermi. I vermi divoreranno questa spazzatura.
Sentivo il suo masticare, e Gomez sembrava il re dei vermi, mentre divorava quella carne putrida.

“Mi avvicino alle gabbie coperte. La luce della soffitta lampeggia indecisa se mostrarmi quello che accadrà, quel che vedrò. Io non sospetto nulla. Le gabbie messe via sempre si coprono con un telo. A sua volta, con il tempo, la polvere coprirà il telo. Questa per esempio (è bianca, grigia, marrone?). Le dita mi si irrigidiscono al contatto con quella sostanza. Scorro il telo. Gli uccelli, sul pavimento di latta della gabbia, dormono il loro sonno eterno con i becchi aperti.”
Apro gli occhi. Ho le mani immerse dentro la vasca piena di acqua sporca. Tolgo il tappo. Nessuno sta guardando. Se so che mi stanno guardando non visualizzo una sola immagine.

Come galleggiano i morti? Che domanda. Spingendo con le mani nel mezzo della testa di questo frate (lo chiamo “frate” perché ha un circolo senza capelli e dei capelli abbastanza lunghi sui lati), lo sommergo fino a farlo sparire. I capelli che coprono le sue orecchie e la nuca mostrano un timido movimento. Galleggiano più placidamente del resto del corpo, come dicendo “sì, noi ne abbiamo ancora per un bel po’”. Quando allento la spinta, il corpo riprende la posizione iniziale.
Anche se mi hanno proibito di fare questa cosa di sommergere le teste, continuo a farlo. Quando si è soli, uno fa quanto gli è possibile per sfuggire alle regole.

La cosa più difficile è girarli. Annibal mi aveva detto: chiamami che ti aiuto. Mi era toccato un vecchio malmesso con metastasi multipla. Mi dava repulsione, e pensare che l’avevo già lavato. Credo che la cosa che mi faceva più schifo fosse sapere che aveva un cancro dentro. Come se il cancro fosse una bestia che da un momento all’altro potesse uscire dalla bocca e mordermi un braccio, contagiandomi la sua rabbia.
Quando andai a cercare Anibal nel suo laboratorio, lui stava lavando una ragazza. Mi arrabbiai, perché mi resi conto che a me passavano i peggiori. Gli chiesi se non si vergognava. L’acqua insaponata lasciava intravedere i seni eretti della ragazzina. Avrà avuto venticinque anni.
-Ah sì?- disse- Guarda che belle gambe che ha.
Sommersi le mani nell’acqua fino a toccare il fondo della vasca.
-Incidente di treno – concluse Anibal-. Si è dissanguata sulle rotaie.
L’avevano legata per i moncherini con un tirante incrociato sul petto, in modo che la testa restasse fuori dalla vasca.
Stavo tremando quando entrammo nel mio laboratorio. Anibal mi aiutò a girare il vecchio. Continuava a cagarsi addosso. Mi disse:
-Olio di gomito, solo questo, collega- e mi passò la spazzola.
Si riferiva al fatto che dovevo pulirlo dalla merda raschiandogli la pelle. Non riuscii.

“È una vecchietta molto dolce e sta piegata come una nonnina, dentro la vasca. L’acqua è tiepida. L’espressione mi ricorda mia nonna, o forse una vicina di mia nonna. Le labbra sono incollate. Il mento sfiora la superficie dell’acqua. Le verso colonia da uno dei barattoli: lavanda. Così sembra che sia più contenta, ma non lo è. È morta. Che gran furba. Devo aspettarmi parole dalla sua bocca di donna? Che mi racconti della sua vita, dei suoi figli e dei suoi amori? Tutto resta quieto, oscillando sull’acqua come la spazzola; quasi quieto. Che mi racconti di quel maschione che per la prima volta le succhiò queste tette penzolanti, questi due nidi abbandonati. Ma la sua bocca resta muta e il suo udito non risponde alla mia richiesta vicino il suo volto; io che mi bagno il mento nella sua acqua ultima. In quell’acqua che il suo tatto non sente. Nell’acqua che fu.”

Vidi Anibal parlare con il marito della ragazza che sembrava disperato. Si afferrava la testa con le mani e Anibal cercava di calmarlo. Fu proprio quando stavo per andarmene, stavo timbrando il cartellino, che sentii che gli diceva parole di conforto. L’uomo avrà avuto trenta anni e i nervi di uno squilibrato. Improvvisamente si girò e uscì correndo. Ne approfittai per salutare il mio collega che sorrideva.
-Sempre sorridente – gli dissi.
-Sì – disse lui.
-E quello? Lo hai spaventato?
-Come?
-Quello che è uscito correndo.
-Era il marito di quella del treno.
-L’avevo capito.
Infilai le mani nelle tasche e lui fece spallucce, tirando fuori il petto. Con un orgoglio inspiegabile, disse:
-Non sa che anch’io l’ho vista nuda.

C’era un gruppetto che affermava si essere scopato due o tre bobi, senza nessuno scrupolo. A me sembrava un argomento sinistro. Gomez non gli dava importanza. Lui osservava la vita dalla sua cravattina e, fin quando i soldi entravano, la sessualità del suo personale non lo riguardava. Anche se per me non si trattava di un problema strettamente etico, ma molto di più. Riguardava lo schifo nel suo senso più ampio.
-Inoltre – aggiunse uno dei nostri colleghi, uno così magro che sembrava non avere carne sulle ossa-, una volta si è scopato un ragazzino di quattordici anni. Un ragazzino morto di leucemia.
Lo guardai terrorizzato. Il tipo confermava qualsiasi sparata dicesse quello magro o Anibal. Faceva sì con la testa. Dissi:
-Deve essere brutto.
Il tipo fece una faccia indifferente e aggiunse:
-Se ti vedono sì.

Anibal, all’inizio, mi aveva detto di pregare affinché non arrivasse qualcuno con una malattia della pelle, perché me lo avrebbero passato “o sì, o sì”. Lo disse con la sicurezza di uno al quale era già toccato, nonostante la sua volontà, di lavare un lebbroso.
-Mi ricordo di uno che arrivò pieno di piaghe e foruncoli. Ero appena arrivato, così me lo lasciarono dentro la vasca. I foruncoli scoppiavano quando passavo la spazzola. E, come saprai, il pus è come la ruggine: non lo ferma niente.
Continuai a sognare quegli uccelli. Tutti i pomeriggi chiudevo la porta a chiave e mi stendevo accanto alla vasca, parallelamente al bobi, ma con la testa dall’altro lato. Mi abituai così; Anibal mi disse che lo facevano tutti. Era il pisolino. Persino Gomez andava a dormire.
-Nessuno rompe a nessuno. C’è un momento, in questo posto, nel quale siamo tutti morti.
Incrociavo le mani sul torace, imitando la posizione di un bobi nella bara.
-Perché pensi che li mettano in questo modo?
-Perché dormano più in pace.
Nonostante le mani incrociate sul petto, i sogni si fecero più realistici e disperati. “Non ce la faccio più!”, gridai ad Anibal, con il viso tirato dalla tensione. Lui sorrideva placido.
-A questa ora del pomeriggio- disse-, i tuoi uccelli ti salvano dal diventare come loro.


Gomez disse che la mattina avevano portato uno con tre spari: uno nel petto, uno nella spalla destra e il terzo in faccia, sotto lo zigomo sempre a destra. Le istruzioni erano: “veglia a cassa aperta”.
-E?
-Ho detto ad Anibal, che se la cava sempre, di sistemargli la faccia.
Anibal fece spallucce.
-E che hai fatto?
-Un ripieno di pasta marrone. Il tipo era un manovale della mafia. Mezzo cinese. Poi abbiamo aggiunto del trucco e lo abbiamo fatto asciugare. Prima lo avevamo lavato naturalmente. Quando si è asciugato il trucco, ho passato della paraffina. La faccia gli brillava come un bronzo. Era un’altra persona: la madre quando l’ha visto si è messa a piangere dall’emozione. Ti giuro: un manichino. Bello come un manichino da vetrina.

La mattina del martedì arrivò una irrigidita. Gli altri non mi avevano avvisato. Anibal, a un certo punto, sembrava stesse dicendomi qualcosa, ma si pentì e mi lasciò solo con la rigida nella vasca. Gli altri gli avevano proibito di avvisarmi. Aprii i rubinetti. La signora avrà avuto un settant’anni. Ero distratto perché cercavo di pensare ad altro. Principalmente ai miei sogni. Quindi appoggiai le mie mani sul suo addome pietrificato e le gambe le si piegarono con uno scatto. La paura mi fece scattare via dall’acqua andando a sbattere la testa sul lavandino. Restai steso sul pavimento, sanguinante. Loro, che erano rimasti nascosti dietro la porta, entrarono ridendo forte. Li vedo come esseri strani, selvaggi.
-Non bisogna distrarsi con quelli rigidi – sentenziò Gomez.
Anibal mi aiutò ad alzarmi, e aggiunse:
-Così si muovono i morti.
Quando mi tranquillizzai capii che avevo pagato lo scotto del nuovo arrivato. Il laboratorio era allagato e la bobi stava ancora lì con la testa eretta come un totem.

(Quando restai solo, le misi un dito tra le gambe. Le labbra erano dure. Il gesto mi eccitò. L’acqua tiepida ci dava la pelle d’oca, alla vecchia e a me. Mi fece un po’ paura e tolsi la mano. Il suo piccolo monte di venere entrava nel centro del mio palmo. Presi la spazzola. La strofinai, ma il rumore che si produsse mi fece estrarre le mani dall’acqua. La sua pelle era di pergamena: richiedeva carezze e non lo strofinio selvaggio della spazzola! Chiusi gli occhi senza arrivare a vedere le gabbie.)

Quando mi portano Ruben Fernandez, sapevo che sarebbe successo qualcosa. Aveva la fronte spaziosa e, fu una premonizione, mi sembrò che la cosa si sarebbe complicata. Non volli lavarlo, e Gomez mi urlò da quando potevo scegliere i cadaveri. C’era qualcosa in lui che non andava bene. Entrai nel laboratorio accecato dalla mia impotenza. Lessi i suoi dati cercando una risposta: CINQUANTESEI ANNI; ATTACCO CARDIACO PROVOCATO DA ASFISSIA. Aveva gli occhi aperti, con le palpebre bloccate nelle arcate oculari. Sembrava non voler accettare la morte. Come me, o come lo stesso Gomez. Lo toccai con diffidenza. Con la stessa diffidenza versai il disinfettante dalla bottiglia, fino a svuotarlo. Il suo membro era eretto, come un palo. Lo abbassavo e tornava a ergersi. Fu allora che sentii un gemito. Come un lamento che proveniva da un altro laboratorio. L’acqua si agitò come con un uragano. Un pugno energico e improvviso venne fuori dalla vasca, colpendomi sotto il mento. La mia faccia diede un quarto di giro verso la fronte del bobi che mi venne incontro, spaccò le mie labbra e mi fece affondare nell’acqua. Credo che persi coscienza e la recuperai nel giro di un secondo. Fu così vertiginoso che uscii da lì con un salto, senza capire. Il tipo si muoveva in una convulsione continua delle braccia e del torso, della testa e delle mani. Il grido fu mio o suo? Afferrai la bottiglia.
Gli altri mi trovarono con gli occhi sbarrati, sproloquiando e colpendolo a bottigliate in faccia fino a vederlo quieto e sanguinante, quieto e muto, quieto e morto ancora una volta. Anibal mi afferrò per le braccia. Non so come uscii da lì.

Mi svegliai la mattina seguente su un letto d’ospedale. Anibal stava seduto alla mia destra. Tubi di plastica entravano e uscivano dagli orifizi della mia faccia. Avevo sognato.
-Dove sono? – chiesi, e lui fece un gesto come per dirmi di star zitto. Il corpo mi doleva come se avessi avuto un incidente. Anibal disse qualcosa come per farmi stare tranquillo. Cercai di ricordare cosa fosse successo. Vidi i ragazzi attorno a me, in circolo, sostenendomi. Vidi uccelli spiaccicati sul fondo di una gabbia enorme. “Che è successo?”, mi sforzai di chiedere. Lui tornò a portarsi l’indice alle labbra affinché mantenessi la calma. Un’infermiera entrò e mi iniettò qualcosa nel braccio. Anibal fu cancellato insieme ai contorni della stanza.

Gli chiesi dei ragazzi. Mi avevano già tolto i tubi dalla faccia e potevo riconoscere le infermiere. Anibal era l’unico che veniva a farmi visita. Un brutto segno. Mi disse:
-Non vengono perché hanno paura.
-E il tipo?
-Che tipo?
Un nome e un cognome che avevo impresso nella mia memoria, di cui non sapevo nulla di più.
-Ruben –dissi.
-Che Ruben?
-Ruben Fernandez. Dimmi che è successo con quel tipo.
Anibal mi sostenne per le braccia come se potessi cadere giù.
-Non ti ricordi?
-No.
In quel momento entrò il medico che gli chiese di uscire dalla stanza. Il medico mi fece un paio di raccomandazioni e mi lasciò solo un’altra volta. Anibal aprì la porta e si avvicinò al mio letto.
-Dormi. È stato un caso unico di catalessi, come una specie di ipnosi dei sensi. Così ci ha detto quel coglione del medico. Non era mai successo e Gomez ci ha promesso che non accadrà più. È quasi impossibile. Dice di prenderti delle ferie. Che quello che è successo non è esistito. Che dimentichi.
-Perché?
-Dormi, non dirò più nulla.
-Per quanto tempo sono rimasto incosciente?
-Tre giorni.

Quella notte sognai un tipo con testa bendata. Stavamo a un incrocio di strade sterrate. Ero rimasto in una zona luminosa perché sentivo che qualcuno mi seguiva nell’oscurità. Mi girai. Il cielo era nero da far paura, dal nulla uscì il bendato. Portava una gabbia vuota e immediatamente si presentò.
-Fernadez – disse, porgendomi la mano destra. La strinsi senza esitare. Qualcosa scoppiò nella sua mano, qualcosa di molle, come frutta marcia. Mi mostrò il palmo aperto. Sangue e piume.

Il giorno dopo venne di nuovo Anibal a farmi visita. Io ero riuscito a inanellare quasi tutta la storia tramite domande alle infermiere e pezzi di ricordi che andavano affiorando. Mi portò dei fiori e la notizia che mi avrebbero dimesso da un momento all’altro. Non mi sentivo del tutto bene. Glielo dissi e lui mi spiegò che avevano bisogno del letto. Aggiunse che con i ragazzi mi stavano organizzando una “vacanza” tramite il sindacato, che ne avevo assolutamente bisogno. Gomez e gli altri la pensavano uguale. Gli dissi che non volevo andarmene in vacanza. Fece spallucce e parlò d’altro. Gli dissi che avevo fatto un sogno con quel tipo e gli chiesi come stava. Mi rispose bene, che non sapeva molto, ma pensava bene.
-Resuscitato una seconda volta – aggiunse.
-Non capisco.
-Quasi lo ammazzi. La bottiglia gocciolava sangue. Gli hai spaccato la testa con furia. In due. Sta ancora male.
-Chi lo ha visto?
-Noi, Gomez. Il tipo avrebbe potuto fargli uno di quei casini, invece ha preferito star zitto.
-Quindi?
-Quindi niente, si è salvato per la seconda volta. Ti capisco. Chi tollera l’idea che qualcuno possa ritornare? Nessuno. Anch’io lo avrei preso a bottigliate. Bisognava ucciderlo.
-I nervi, amico mio. La paura.
Anibal esitò.
-Non so – disse-, c’era più di questo. Hai passato il limite: colpivi e colpivi senza fermarti. Avevi gli occhi pieni di furia, non di paura.

Mi avevano informato che mi avrebbero dimesso il mattino seguente. Anibal stava lì con me. Si offrì di aiutarmi a raccogliere le mie cose. Avevo riflettuto molto sul tema della conversazione del giorno prima e provai a riprendere l’argomento. Lui era preoccupato della valigia e se mi avrebbero dato o meno l’ultima colazione. Lo chiese al medico che gli promise di sì.
-Voglio sapere di più del bobi! -gli gridai.
-Accidenti – disse -, che energia. Fa bene il medico a dimetterti.
Mi sedetti sul materasso, aspettando di ascoltarlo.
-Che vuoi sapere?- chiese.
-Qualcosa. Come sta, dove vive, che lavoro fa.
-Perché?
-Mi interessa.
-È sposato. Ha un’uccelleria nel quartiere di Balvanera.
Mi venne la pelle d’oca.
-Che ti succede?
-Niente – dissi -. Un negozio?
-Sì.

Quella notte sognai Fernandez, fermo al centro dell’incrocio. La luce del lampione gli faceva brillare la pelata. Il cerchio di luce sul pavimento era circondato da gabbie, che formavano un cilindro la cui altezza oscillava dai trenta ai settanta centimetri. Tutte coperte da stracci bianchi (ma lo stesso sapevo di che si trattava).
-Si prenda quella che vuole, ma non mi picchi.
Mi fece sorridere. Tra i due togliemmo gli stracci. Era un tipo simpatico, un bonaccione. Le porte delle gabbie erano spalancate. Dentro, solo uccelli morti. Lo guardai come per dirgli “che è successo”. Fece una faccia come per dire che non sapeva.
-Questa gabbia, per esempio, con questo pettirosso…
-Che ha che non va? – disse.
-Che è morto.
-Allora? Tutti siamo un po’ morti.
-Ma questo è morto del tutto.
-Non saprei. Toccalo.
Misi la mano dentro la gabbia. L’uccello si svegliò, aprendo le ali come se nascesse in quel momento, come una gran confusione, una paura espressa con le ali.

Alle undici del mattino lasciai l’ospedale. Tramite Anibal, Gomez mi fece sapere che ero sospeso dal lavoro non si sapeva fino a quando. Ero totalmente espulso dal luogo al quale non mi sognavo di tornare. La busta con il denaro mi ci voleva. Gomez, dopo tutto, era una brava persona. Anibal era d’accordo. Mi diede anche un biglietto per raggiungere la costa e un bigliettino scritto a mano. Pensai fosse l’indirizzo di Fernandez. Mi guardò senza capire.
-È la prenotazione di un hotel del sindacato che ha le finestre sulla spiaggia. Un regalo mio e degli altri ragazzi, affinché superi quel che t’è successo.
Ringraziai. Mi vestii ansioso come se avessi quindici anni e andassi alla mia prima festa. Ero completamente rimesso. Anibal mi disse:
-Adesso va a casa.
Lui sapeva cosa avevo intenzione di fare.
-E dopo te ne vai in vacanza. Non ti venga in mente di mettere piede a Balvanera.
Ma già avevo deciso. Ci demmo la mano nel momento in cui pensai “a mai più, Anibal”. Dava la mano con tanta mollezza che sembrava di stringere un pesce.
Controllai l’indirizzo chiamando Gomez. Lo feci cascare con una bugia infantile. Il negozio di uccelli era su via La Rioja; l’autobus 41 mi lasciò a due isolati. Osservai la vetrina dal marciapiede di fronte. Attraversai. Le gabbie stavano ammucchiate a decine, formando colonne di fil di ferro. Scheletri. Entrai.
Si avvicinò una signora. “Buonasera, di che ha bisogno?” Aveva il viso tondo e le guance paffute.
-Vorrei due merli in una gabbietta.
La signora introdusse la mano dentro una gabbia e gli uccelli si agitarono. Ne tirò fuori uno piccolo, nero.
-No, non ne voglio due uguali. Metta questo merlo e quell’altro giallo.
-È un canarino.
-Va bene, uguale.
La signora mi fissò come se qualcosa non quadrasse.
-Avrà bisogno di gabbie separate.
-No. Li metta dentro quella. – le ordinai.
-È molto piccola.
-Non importa.
-Non potranno sopravvivere. Gli uccelli hanno bisogno di spazio.
-Sono io il cliente e li voglio in una gabbia piccola.
La donna non capiva.
-Aspetti un momento – disse, e andò verso il retrobottega.
Gli uccelli facevano un rumore assordante. Riapparve, seguita dal marito. Restammo rigidi, fissandoci negli occhi.
-È meglio se te ne vai – le disse. Lei portò le mani giunte sulla bocca. Il rumore cesso di colpo. Lui girò la testa per guardarla con gravità e il corpo della signora finì sulla soglia della porta, come se l’avesse spinta con forza.
Fernandez tornò a fissarmi. La ferita era un solco largo che gli divideva la fronte in due, dal ponte del naso fino al principio della capigliatura sulla tempia destra. Disse:
-Ero prigioniero nel mio corpo, come in una cella. Ho visto come mi spazzolavi. Il sapone mi era entrato negli occhi e nella bocca, e per i pori assorbivo quei liquidi disinfettanti e canforati. Tutta quella pulizia che facevi. Mi chiesi che sarebbe successo quando avrei mosso il primo dito, quando avrei potuto sciogliere la voce.
Giocherellavo con una moneta sul bancone. Non sapevo che dire.
-Che non ti accada mai di volerti muovere e il tuo corpo non ti risponda.
-Cerca di capirmi – lo interruppi. La mia voce suonava come una supplica-. I nervi. Sono stati i nervi…
Si toccò la ferita.
-Perché tutta quella violenza?
-Non lo so.
-Perché sei venuto?
-A comprare degli uccelli.
-Non potranno vivere insieme. Vorranno ammazzarsi.
-A casa ho una gabbia più grande – mentii -. Non appena arrivo, passo il merlo lì.
Dubitò più che la moglie. Lei ricomparve da dietro facendosi scudo con le spalle del marito. Lui disse:
-Marisa, fa quello che ti chiede il signore.
E, rivolto a me, “buonasera”.
Uscii da lì con una gabbia in mano. Arrivai a casa. Un odore desertico riempiva lo spazio. Una collezione di umidità dimenticate: un muschio. Appoggiai la gabbia sul tavolo. Gli uccelli cinguettavano agitati. Pensai: “dovrei mostrar loro il mare prima, perché sappiano”. Perché prima vedano e dopo sognino. E non dimentichino mai. E si portino via questo ricordo infinito, esteso fino a limiti che mai raggiungerebbero da dietro le sbarre. Sollevai gli angoli della tovaglia fino a coprire la gabbia. Sembrava un pacchetto regalo, perché la tovaglia aveva una stampa a fiori molto allegri, come una carta per avvolgere oggetti allegri. Il biglietto per la costa stava nella mia tasca; la busta, dentro la valigia. Dalla porta, a vederli per l’ultima volta, supposi che avrebbero chiesto clemenza, da dentro la loro cassa rivestita di tela. Che chiedessero luce, acqua, cibo. Che chiedessero che restassi. Chiusi la porta.

(traducido por Salvo Tavella http://salvotavella.blogspot.com/ )


1.01.2007

ALUCINANTES CARACOLES

2 REYES, I, 26.

Los siento. Están ahí; empaquetados en celofanes, sostenidos por cintas de colores, etiquetados en cajas bajo vidrio y bajo llave, entalcadísimos para regalo (como alhajas demasiado valiosas); huecos de arena y de mar, mustios, ásperos, anticipadamente sombreados por la oscuridad de los placares que vendrán; solos y separados unos de otros por parecitas de cartón, clasificadísimos según la Enciclopedia Estudiantil y el Códex.
Mi hermano me mira con ojos tristes, de playas apagadas. Le digo algo que no oigo y que él tampoco oye. Ni esos caracoles que siguen ahí tan quietos, como corazas de monstruos ausentes. Como la caja que los envuelve; como la caja que nos envuelve a nosotros y nos aleja de todo, a mi hermano y a mí, como si quisiéramos salir y afuera no estuviera la playa y las cosas, y hubiera un solo vacío, un barro total, una lluvia sin fondo, la tierra de abajo de todos los bosques.
"Así no vale", me digo.
Así dejaron de ser alucinantes.

1
Llevé el caracol hasta donde él estaba y le dije:
- Encontré uno. ¿Sirve?
Le dije también que era de la primera franja. Habíamos dividido la playa en franjas de caracoles y le pusimos "uno" a la que estaba más cerca de la casa y "tres" a la que mojaba la orilla. Pero ahora había aparecido una nueva franja, y a mi hermano le daba fiebre tanto desorden. Estiró el brazo apoyando la mirada sobre la recta de la manga de su pulóver azul, para ver si estábamos en lo correcto. Yo dije: "Hay una nueva número uno". Él dijo: "Puta madre, se nos despelotaron todas las etiquetas".
Mi prima fue la que la descubrió. Siempre complicándolo todo, no sé para qué la trajimos. Da vueltas y se le vuela la pollera, del viento que hay. Ella también junta caracoles, pero se hace la que no sabe y junta cualquier cosa. Te viene con una pavadita rota como si hubiera encontrado una sirena. Encima quiere que la consideremos.
Ayer se me acercó con una piedra extraña, opaca y siena. Yo estaba caratulando las cajas de la colección. Al mediodía habíamos encontrado un caracol del tamaño de una moneda de diez, celeste. No se ven caracoles celestes, y este es celeste como un cielo. Hasta hoy no supimos qué nombre ponerle, porque en el Códex no aparece (se lo vamos a tener que inventar). Mi prima estaba ahí, parada, con eso sobre las manos abiertas y yo pensándole el nombre. Dejé de despegar las etiquetas engomadas para observarla con más detenimiento. Lo traía apoyado en un papelito. Me pareció tan raro que le hice una sonrisa que significaba la sorpresa de ver algo que todavía no teníamos, una piedra difícil de encontrar. Fui a tocarla como si se tratara de un diamante preciado, y cuando lo alcé se me hundieron los dedos. Era una masa fofa y desagradable.
- ¿Es un sorete de perro? - le pregunté.
- De perro no. Es un sorete de tu hermano. Acaba de depositarlo detrás de aquellos matorrales, para la colección.

2
Ella lo sigue a todas partes. Estuvimos cambiándole las etiquetas a los caracoles la noche entera, por ese descubrimiento que hicimos en el cual la franja uno pasaba a ser la franja dos, la dos la tres y la tres la cuatro. Le dije a mi hermano: "Pongámosle cero a la nueva, así no tenemos que tachar tanto". Él me contestó: "Eso carece de seriedad científica. Hagámoslo todo otra vez". A ella le encantó, y por esta bobada (tan fácil de arreglar) nos pasamos la noche en vela. Lo miraba y lo miraba, la guacha. Fijamente, con los ojos vueltos dos caracolazos brillantes, blancos con el bichito húmedo adentro, despierto, escarbador.
Yo le dije: "Este todavía no lo encontramos", y le señalé en el Códex uno rarísimo, grande como un puño y lleno de puntas.
- Es una concha -dijo mi hermano-, no un caracol. Una concha marina.
Mi prima se rio y a mí me dio una rabia bárbara, porque se le sentó sobre la falda, lo abrazó y le dijo:
- Lo que te falta a vos es una buena concha.
Se lo dijo al oído, pero lo suficientemente alto como para que yo escuchara. Lo hace a propósito, de jodida que es. Mi hermano paró de tipear y me preguntó qué nombre le poníamos al celeste. Yo estaba furioso y el corazón me latía como laten los peces recién pescados; yo mismo era ese gran pez arrancado del mar a tirones. Mojado y palpitante, con el día mordiendo del anzuelo y el sol sobre los ojos irritados, sin párpados, sin movimiento. Y luego sin escamas, sin tripas, sin espinas, sin cuerpo.
- Qué nombre le ponemos.
- ¿Cómo?
- Al caracol celeste. Tiene que existir un nombre para poder catalogarlo.
- No sé. A mí qué me decís. Preguntale a tu prima.
Después me quedé pensando un largo rato y no se me ocurrió nada, y me di cuenta de que tenía la mente muda, en cero, singularmente desnuda.

3
Nos repartimos las franjas para poder alejarnos, porque en los últimos días habíamos encontrado los mismos caracoles, y porque ya me estaba cansando de verla todo el tiempo con el viento volándole la pollera. Fue lo mejor que hicimos. Acabo de levantar uno que figura en la Enciclopedia Estudiantil y no en el Códex; de la sección "Fauna abisal", tomo III, fascículo 32, página 17, abajo cerca del ganchito. Me acuerdo bien. Es un Conus fino, con franjas horizontales blancas y negras y una modulación de textura en vertical. Por adentro todo plateado y liso. Medidas aproximadas: veinte milímetros por diez. Una joya.
Mi prima grita. Yo encontré uno divino y no hago escándalo, y ella viene corriendo por la arena dura y cuando llega me grita: "¿A que no sabés qué tengo?". Yo no la miro, ya me pudrió. Después me sale con cualquier cosa y me la tengo que aguantar por mi hermano.
- Mirame, che.
- Qué querés.
- Mirá qué caracol.
Sacó del bolsillo uno enorme, gris nacarado, como si estuviera haciendo un truco de magia y eso fuera un conejo, o una paloma, o un globo. Extraordinariamente aparecido. Una "Charonia tritonis" de un tamaño anormal para la orilla; le acerqué la regla y medí: ¡750 x 48 x 350 milímetros!
- ¿Adónde lo encontraste?
- Sorpresa. Se oye el ruido del mar.
Me lo arrimó a la oreja. Enseguida sentí el zumbido claro, bien caracol. "De estos no hay", le dije temblando, y me puse colorado porque supe que ese Charonia era fundamental para la colección, y no me animaba a pedírselo, después de tanto putearla toda la tarde.
- Ni mamada se los doy -dijo-. Es mío. Olelo. Tiene el olor del mar.
Me lo puso en la nariz; yo aspiré y me hizo toser. Estaba lleno de arena finísima, que volaba de nada. Tosí bastante, me picaba la nariz y ella me lo volvió a poner como una máscara. Yo no podía respirar sino eso; las rodillas se me vencieron y nos caímos hacia atrás los dos, jugando y tosiendo. Me empecé a reír, no sé por qué, y la ví a ella tan linda. El mar estaba lejos y cerca, porque no podía fijar la imagen y no me daba cuenta. El horizonte se me borraba del mareíto; ella me sacó el caracol y yo le grité "más, dame a oler otro poco". Já. "Qué mierda te importa la colección,” dijo, “volá que te va a hacer bien". "¡A VOLAR COMO LOS BERBERECHOS!", gritó, y a mí me hizo gracia, porque justo cuando pensaba "los berberechos qué van a volar", pasó volando uno y me echó la cagadita sobre la frente. Apoyé la espalda en la arena porque me caí cuando me vinieron ganas de vomitar o de hacer pis o de hacer cualquiera. Pasaba el cielo entero y yo así, acostado sin saber, y los bivalvos allá por la orilla, y ella también oliendo su caracol, riéndose conmigo, bajandome la malla y chupando, ella pulpo calamar ventosa agua fondo sueño adiós mundo real.

4
Cuando me desperté, ya se había ido. El dolor de cabeza me filtraba el resto del cuerpo; cada movimiento, cada idea me dolía paralelamente conectada con aquel dolor principal, con el dolor madre de todos los otros. Lo primero que busqué fue el caracol; girando el cuello abrí los ojos una y otra vez y sentí el cansancio claro, y un desdoblamiento de mi ser que se volvía a recostar, pesada y lentamente, sobre la arena. "La resaca del infierno de mierda de la prima", pensé, y no me atreví a decirlo por temor a escucharme distinto, quizás con voz de pájaro, aguda y estúpida. "Ella es una voz de pájaro, me dije, ¿cómo se puede ser aguda y estúpida a la vez? Así, veanlá". Yo me hablaba callado, estremecido, en pelotas porque se había robado mi malla y la puta madre que la parió. Otra vez esta rabia que es un dardo acertando en el despertar desnudo y fisurado, arrastrando como un gasterópodo sin coraza el estómago sobre la playa. Sin caracol. De nuevo reptando sobre la franja dos, sobre la tres generosa de mejillones vacíos y medias ostras y agujeritos con burbuja para pescar almejas; de nuevo el mar proveedor único de interminables colecciones, de hondas cosmogonías sin fin, de arquitecturas enigmáticas y abismales. ¿Cuánto habría dormido? ¿Un minuto, una hora? ¿Adónde estaba ella? La intrusa.

Allá a lo lejos estaba la malla. Se dio cuenta porque a él nadie lo engañaba así nomás, porque para eso era el menor de los Nilsen; qué joder, ¿no? Tenía una vista bárbara, y a la malla le daba justo el recorte del médano contra el cielo. "Ni a mí ni a mi hermano nos importa ella, que es una cosa que da vueltas por acompañar a la pollera, ¿no? Ni siquiera es un caracol, que también es una cosa pero con importancia, digna de guardarse en una caja de cartón con una vitrina arriba, para mostrar". Él sabe de qué habla cuando sube al médano, porque la respiración se le junta en el pecho y tiene que soltarla de algún modo, y salen algunas quejas. Siempre pasa. Se pone la malla y allá abajo, como a cincuenta metros, ve la pollera. Sobre un arbusto de fijación. Eduardo Nilsen sonríe y su cara se transforma en un grito que se estira y estira cuando corre como un chico, hundiéndose en la arena que baja por la pendiente casi a pique; se ata la pollera a la cintura gritando y más allá, a veinte o treinta metros de subida por el médano, su blusa roja. Ya se ríe a carcajadas y trepa, ya se cae, ya sigue trepando. Se mete los brazos de la blusa por las piernas como si fueran pantalones; en el esfuerzo descose una de las mangas y le queda una bolsa roja colgando. Y le estalla la piel del pecho en una respiración agitada entre el ahogo de la risa y las corridas. Pero sigue, sigue corriendo hasta el corpiño que está abajo y hasta la tanguita mínima que está arriba otra vez, casi escondida, pero que él descubre con su vista formidable de buscador de caracoles. Y aquí llega, la cara y las manos prendidas a los arbustos, asmático, pidiéndole aire al aire, a la playa, a la prima que está jugando tan regalada con su hermano Cristián como una injuria, como una humillación, como una mancha en mitad de la colección. Es un molusco prendido con sus tentáculos abyectos y su lengua, en el pozo del médano que él está mirando, y por el que ya le explotan los ojos de envidia.
A su derecha estaba el caracolazo. Lo agarró sobresaltado, jadeante; se los iba a tirar pero no, mejor adentro de la pollera, porque la colección es lo más importante. Al fin y al cabo, era lo que tenían que hacer. ¡Tantas horas compartidas en el rigor de la clasificación! Sólo ellos sabían las que habían pasado y los caracoles estaban ahí, siempre ahí, quietos. Y otros en el mar que lleva y trae, y otros en las profundidades o en el Códex. Jugando a descubrir y a ser descubiertos, al conquilólogo y a la concha peluda, ¡como juega Cristián! Já. Da vuelta el caracol y lo examina ("una Charonia tritonis de locos", pensó); con la punta de la uña le rasqueteó el esmalte que salía tan fácil que parecía barniz. "Es la abombada ésta que no lo deja tranquilo. Y que me distrae a mí también, para qué mentir (¿le cuento o no le cuento que ella anduvo por entre mis cosas haciéndome cosquillitas con saliva?)". Tiene algo escrito en letra cursiva, el caracol. "El me debería haber dicho: Si la querés, usala. Así, directamente. Porque es nuestra prima pero no sé de quién es más, o mejor dicho sí, sé. Y sé también que nos saca de tema todo el tiempo, y que me volvió a pudrir. Porque el cartelito, este cartelito de acá abajo; mirá, te digo que mirés, Eduardo, ¿ves?, este cartel impreso a la orilla del caracol dice muy claro de quién; leé, volvé a leer. "Recuerdo de Miramar", dice. Y capaz que era el pie de un velador y todo; ¿que no?, ¿y para qué va a tener ese agujero ahí abajo, sino para pasar el cable?"

5
Ella paseaba por afuera dándole vueltas y más vueltas a la pollera azul; Cristián alzaba tabiques de cartón que previamente había cortado con un escarpelo, cementados formando nichos grises para quién sabe qué nuevos cadáveres de mar, pensó Eduardo, que la miraba pegado al vidrio, mordiéndose las lágrimas. La miraba fijamente, como si quisiera ver a través de ella, a través de esa pollera inquieta, el fondo del océano. Y sus infinitos peces y sus caracoles.
- Tiene que irse- dijo, y parecía que ya lo había dicho antes, porque su hermano no lo miraba y el deseo se le venía a los ojos inyectándoselos de sangre y ganas; recordándole la sentencia (tienequeirsetienequeir), sintiéndola otra vez hecha un latigazo firme de viento sobre su cara. El mismo viento que le volaba la pollera y remontaba todas las palabras viejas, detrás del movimiento de la tela. Los dos habían fracasado, habían hecho trampa y eso abría un tajo entre ellos, que se parecía mucho al tajo que la prima llevaba incrustado entre las piernas, a ese caracol secreto con la babosa adentro, extraño a todas las colecciones y al Códex.
Cristián pensó: "por favor, que no se vaya, porque estoy enamorado". Casi lo dijo. El aire era como una masa densa de agua salada, inmóvil y oscura. Podía decirse cualquier cosa, que todo daba lo mismo; apenas si se oía el repiqueteo de los marcos agitados de las ventanas y un sordo y apagado ruido a mar, lejano, bien adentro del día.
Su hermano Eduardo se maldijo a sí mismo por lo que estaba queriendo en ese instante, por lo que le pasaba por la cabeza al verla rodar con su pollera azul marino sobre la franja dos, sobre la dos y la uno; casi dijo algo pero se lo calló, porque el agua le daba en la cara y porque las lágrimas mordidas no le surgían por nada del mundo. Por nada del mundo. Entonces le arrancó el celofán a una caja de rabia; los caracoles cayeron liberados al suelo y fueron una cascada, un rumor de agua adentro del agua, una ola. "Este es mío y éste también. Yo los encontré. Son míos. Los quiero sin etiquetas, ni carteles, ni Códex. Voy a devolverlos a la playa, que es adonde deben estar". Le puso el pie arriba al celeste que todavía no tenía nombre. Su hermano dijo: "No vale la pena, Eduardo. Pucha, una vez que estábamos de acuerdo..." Le apoyó encima todo el peso del cuerpo y el caracol sonó.
- Nos olvidamos de la colección -dijo, descubriendo con el pie los pedazos rotos.
- Sí.
Ella los miraba a través del vidrio y sonreía; a Eduardo se le ocurrió que porque era parte de otra cosa, porque estaba loca y afuera de la casa, allá.
- Yo también estoy enamorado -dijo, de rabia. Y estuvieron un rato callados, calladísimos, hasta que ella entró a la casa.
- ¿Qué pasa? -preguntó.
El silencio los tenía agarrados de las manos. Cristián dijo:
- Tenés que irte.
- ¿Por qué?
- Porque sí.

6
Desde la ventana la vieron sacarse la blusa y el corpiño; la pollera solamente se la alzó. No tenía ropa debajo. Se dio vuelta para verlos con sus ojos grises, copiados del cielo que se estaba nublando. Después empezó a caminar hacia adentro, y Eduardo lo vio gritar a su hermano sin escuchar el grito. Fue en un momento bastante trágico, porque el agua le llegó a la cintura y la pollera parecía una bandera que flotaba, el símbolo de un naufragio. Ellos sintieron el frescor entre las piernas y un calor intenso en la cara y en las manos. El mar estaba plano, raro; una impresión inolvidable. Tanto tiempo viviendo en esta casa y un día, por ponerse a juntar piedras, se olvidaron del mar. Y ahora parece recién estrenado, detenido, con una prima adentro y los caracoles caídos en el parquet.
Cristián salió, aturdido; su hermano salió detrás por precaución, por si se confundía y se volvía loco de repente, ¿no? Puede pasar. Pero se cayó arrodillado sobre la arena, nomás, a dos pasos de la puerta, y sus ojos fijos se quedaron enredados en el último rastro del pelo de ella. Después se acabó todo, y lo vio largar el llanto con la cara pegada a la playa. Entonces se volvió, caminando y mirando siempre hacia abajo porque el reflejo del mar le irritaba los ojos, y hubiera parecido que él también estaba llorando. Mirando siempre hacia abajo para buscar, ¿no?, y pensando siempre hacia abajo. "Chau colección", pensando. ¿Para qué alzar la vista si en una piedra está todo escrito? Por qué llorás, Cristián, si en esa ola que se empieza a mover estamos nosotros y ella y la colección y la playa y la ola misma, alguien nos clasificó y por eso estamos. Tu propio llanto, el pozo que ahora escarbás en la arena, el objeto que ahora levantás con tanta delicadeza, tu mano semiabierta, tu mirada científica escudriñándolo milímetro a milímetro, tu ojo abierto y tu ojo cerrado, tu pestañeo, tu pestaña, la mitad de tu pestaña, la mitad de la mitad, Cristián.
Sonrieron. Él metió la punta de la lengua en una hendija que dejó entre el índice y el mayor, lamiendo el objeto encerrado con las mejillas chispeantes de lujuria. Un hilo de baba le colgaba desde el labio y se metía en el hueco interior de las dos manos, pasando por entre la hendija de los dedos. Eduardo se acercó.
- ¿Qué es? -le dijo.
La baba era el tobogán de otras gotas mínimas de saliva que se deslizaban desde la punta de la lengua, y que hacían reflejos divertidos de sol, tanto que Eduardo supuso que su hermano tendría fulgores de estrellas guardadas en la boca, que iba largando para darle de comer al objeto de adentro de las manos.
- Qué guardás, che. Dejame ver.
- Un caracol.

Dedicado al señor Borges


10.08.2006

LOS CARACOLES DE LA TAPA / PLAYA QUEMADA




Gustavo Nielsen nació en Buenos Aires, en 1962. Es arquitecto y escritor. Ha publicado “Playa quemada” (cuentos, Alfaguara), “ La flor azteca” (novela, Planeta), “El amor enfermo” (novela, Alfaguara), “Marvin”, (cuentos, Alfaguara, "Auschwitz" (novela, Alfaguara)y “Adiós, Bob” (cuentos, Klizkowsky Publisher) , “Playa quemada” (cuentos, Interzona) y “La fe ciega” (cuentos, Páginas de Espuma, Madrid).

gesnil@gmail.com

EL CÍRCULO DE LOS OJOS DE FABIANA
FABIANAS AUGENKREIS
BANDERITAS Y GLOBOS
AUSCHWITZ
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LOS CARACOLES DE LA TAPA / PLAYA QUEMADA
IL FIORE AZTECO
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