Playa quemada

La flor azteca

Los monstruos del Riachuelo

El amor enfermo

Marvin

Auschwitz

Adiós, Bob

Playa quemada

La fe ciega

Auschwitz

El Corazón de Doli

La otra playa


1.02.2012

TATUAJE DE CARTÓN

- Le traje el rompecabezas porque no había otra cosa. El local estaba repleto de muñecas, y en un rincón apareció esta caja con las inscripciones japonesas. La abrí. El vendedor enloqueció, enarbolando gestos como si me viera cometer una herejía. Dijo algo que parecía una recomendación, pero en su idioma inentendible.
Sonia estaba parada delante de la caja abierta. "Viste lo que son estas piezas", dijo.
- Sí.
- Infimas. Demasiado pequeñas para Carlitos. Y encima son millones.
- Ya se. Qué querés que haga. Jamás logrará armar nada que parezca real. A lo mejor el chino quería advertirme sobre el tamaño de las fichas.
Ella metía sus manos y sacaba un puñado de adentro de la caja. Los pequeños hexágonos se le resbalaban entre los dedos como granos de maíz.

Dejé a Carlitos sentado frente a la mesa, con los brazos dispuestos paralelamente uno con el otro, enmarcando la caja abierta.
- ¿Te gusta lo que te trajo papá?
- ¿Qué es?
- Una foto para armar.
Así lo dejé, y así siguió hasta después de comer, sin moverse. Extasiado, reflexionando sin parar ante ese problema gratuito que le vino de regalo de afuera.
En el trabajo me la pasé dibujando papelitos. No sabía si contarle o no a Sonia, porque nunca antes la había engañado con nadie y no podía suponer cómo reaccionaría. Ni siquiera sabía por qué lo había hecho. En el papel anotaba "por qué, por qué", preguntándome todo y explicándomelo sin dudar, pero sin explicarlo ni preguntar nada. Para las cinco de la tarde, una de las líneas cerró en un corazón cruzado por una flecha; como cuando éramos chicos con Sonia. Pero el corazón quedó vacío de nombres.
Al llegar a casa la vi tan contenta que me dio lástima. Me esperaba parada en el umbral de la puerta de calle, y sus manos estaban pegadas a la altura del pecho, palma con palma, como una chinita (¿se habría dado cuenta de algo?). Esa fijación mía. Íntimamente me juré que jamás volvería a engañarla.
- Ya completamos el pekinés -dijo ella.
Me acerqué a la mesa. El rompecabezas ocupaba un espacio enorme, tanto que habían tenido que correr el camino de crochet y el centro de vidrio. Lo miré. Mis ojos leyeron los detalles de la situación: estaban reconociendo un perro, sin aprobación mía. Un pekinés.
- Increíble.
- Tardamos todo el día -agregó Sonia-. El animal está embalsamado, ¿ves?, y este fierro que le sale del lomo sostiene la pantalla. Un velador pekinés.
"Y una mesa de luz laqueada en negro y rojo; la colcha roja; las paredes, las intenciones, las luces rojas; roja la china acostada en la cama". Tuve en los ojos una historia que Sonia alcanzó a entrever. "Parece un telo", dijo, pálida. Yo traté de disimular. Esa imagen era una imagen mía, pero ¿cómo podía haber aparecido sobre la mesa del comedor? Una foto del viaje; casi una proyección de mi cerebro. Tuve ganas de decirle "es un telo; un cuarto de allá"; pero me callé. Mi silencio rodeó a Sonia de una cáscara invisible de precaución, una máscara hecha para todo el cuerpo, para ocultarse y disfrazarse y darse a conocer nueva, recién nacida. Un signo evidente de defensa; así me pareció. Quizás esté persiguiéndome por eso de la "cola de paja". Pero ninguno de los tres que estábamos ahí pudo hablar, y el secreto se hizo tan hondo que oíamos el roce de las piezas que Carlitos disponía arriba de la mesa. Sentí que ella tuvo, en ese lapso, la convicción absoluta de que algo había ocurrido. Los ojos de nuestro hijo nos pedían disculpas, sufriendo por nosotros. Yo recordé el cuerpo de una extranjera desnuda. Dije: "basta de pavadas, che", y desarmé la imagen de un manotazo.
Carlitos empezó a llorar esa misma noche, y el llanto le duró hasta la mañana siguiente. Habían pasado toda la tarde para hacer ese pedacito del cuadro y yo se los destruía sin reflexión, arrebatado por quién sabe qué tipo de furia. Por una furia originada en qué, pensaría Sonia.

Fui a mi trabajo escapándome de casa. Estaba aturdido. ¿Qué había pasado? Era imposible de explicar. Dibujé un plano del cuarto así nomás, en una boleta vieja, para recordar la disposición de los muebles y de la puerta del baño. Ese pekinés horrible y la china trepándosele, después, por atrás, como si fuera otro perro que se lo estuviera montando. La lámpara entrecortaba la luz del cuarto en cada bombeo imaginario. Porque no era ni más ni menos que un buen chiste, uno de chinos. Y el perro con esa cara de mirar un programa de televisión.
Cuando llegué a casa, ellos habían empezado por arriba. "Pobre de vos si lo tocás", me anticipó Sonia, de muy mala manera, y el cielorraso rojo con el ventilador suspendido del techo estaba casi terminado de armar. Hasta se asomaba una mata de pelo ondulado, al cubo de aire de la pieza. "Nos vamos a quedar a completarlo", dijo ella, siempre en tono de guerra. "¿Verdad, Carlitos?". Carlitos hizo un sí de cabeza, sin levantar la vista de las piezas. Ella le acarició los cabellos. Yo me fui a dormir, pero estaba tan inquieto que no pude pegar un ojo.

Eran las cuatro y veinte de la mañana cuando Sonia entró al dormitorio, corrió las cobijas y se metió en la cama. Buscó la posición de cuando está peleada conmigo, pegándose bien a su borde. Yo no sabía si hacerme el dormido, o qué. Me volví hacia ella, aparentando estar dormido. Rocé su cintura con mi mano derecha. Sonia se dejó tocar. Le besé la espalda delicadamente, el cuello, la nuca. Me levanté por encima de su cabeza buscándole los labios, los ojos llorosos, la humedad de su cara. Entonces se arropó bruscamente, hundiendo el rostro en la almohada para apartarme de sus lágrimas. Me quedé frío, extendido de espaldas sobre el colchón. Encendí el velador. "Apagá", dijo ella. Me senté en la cama y lo apagué. Desde el comedor nos llegaba otra luz. Crucé todo el pasillo hasta la puerta abierta: Carlitos se movía electrizado, con la potencia propia de un loco. Encontrando las piezas en la caja sin mirar; ubicándolas en los lugares exactos de memoria, mágicamente. Quedé deslumbrado. Cuando me acerqué a ver, fue como si entrara otra vez en aquel cuarto. Porque en la foto aparecía yo mismo, con mi cara y mis ropas, sentado sobre la cama y atándome los cordones de los zapatos. El pekinés sobre la almohada, con la mujer apoyándole la cabeza en el lomo. Tendida de espaldas, el pelo negro como el de Sonia y la bata azul fosforescente con el dragón dorado. Le dije a Carlitos: "completá acá, el muslo derecho, las piernas"; se lo decía como una especie de aliento que él entendió, porque se arrodilló sobre la silla para trabajar con más intensidad, al máximo de la velocidad de sus brazos. Parecía hipnotizado por el rompecabezas. Las fichas fueron acercándose unas a otras. La bata le tapaba las piernas hasta las rodillas. Yo recordé la mariposa tatuada en el muslo derecho. Los músculos se me aflojaron como si alguien les inyectara un cansancio inmediato. "Vamos”, le dije a Carlitos, “hay que ir a dormir". Lo levanté por los sobacos, arrancándolo de la mesa.
Cuando volví a la cama, lo hice creyendo que ella se habría dormido, y me acerqué a su cuerpo con precaución. Estaba despierta. Dio vuelta la cabeza -supuse, ilusamente, que para darme un beso- y dijo: "Esa no soy yo, porque jamás usaría un kimono tan ridículo". El énfasis que puso en su afirmación me pareció gracioso, pero no me reí, ni le dije nada.
Al amanecer me sentía malhumorado. Lo primero que hice fue desarmar el rompecabezas. Eché las piezas adentro de la caja con violencia. Tal vez nunca deberían haber salido de allí.

Pasamos un sábado tranquilo, apenas desequilibrado por las menciones obsesivas de Carlitos acerca de esa caja. Ni Sonia, ni yo, queríamos hablar del tema. Ella había preferido hacerse la indiferente, y yo no tenía posibilidades -por el momento- de confiarle lo sucedido. Antes era distinto, hubiera sido como abrirle el corazón a mis infidelidades; ahora era casi una obligación. Un acto de cobardía comprometido por el destino de las piezas. Callar parecía ser la mejor de las opciones; aunque ella me mirara con desconfianza. Disimulé lo más que pude, hasta las seis o siete de la tarde, que fue cuando se cruzó de brazos esperando que le contara algo. Subí mis hombros. Sonia dijo:
- ¿Y?
- ¿Y, qué?
- Qué pasó en ese viaje.
Le dije "nada, pavota"; entonces se enojó. Simulaba estar bien dispuesta a escuchar mi declaración, pero no a seguir en ascuas. Quizás el tema principal ya no fuera el engaño, sino la mentira mantenida. Yo no torcí mis argumentos.
- Te digo que nada.
- ¿Y el rompecabezas?
- No sé.
- ¿Adónde está?
- Acá.
Busqué la caja sobre el aparador, y busqué los ojos de Sonia con la mirada. No teníamos ganas de pelear. Carlitos se colgó de mis brazos y me la quitó, desparramando las piezas por el suelo. Nos quedamos pensando, con Sonia. ¿Por qué recomenzar ese juego? Había un vacío entre los dos, era fácil de detectar, y un chico buscaba completarlo desde los mosaicos de la cocina, moviendo cartoncitos como autómata. Ella abrió un poco la boca para decir algo que no dijo, y después se agachó junto a su hijo, que histéricamente insistía en juntar bordes con bordes. Me fui a dar una vuelta, antes de que me absorbiera la tragedia.
Caminé dos cuadras hasta un bar, y entré porque estaba por llover. Mi propio hijo me traicionaba. Quién sabe qué fue lo que gritó el chino de la juguetería. Pedí una ginebra doble. "Si eran de la misma estatura, con Sonia, y el pelo del mismo tipo". Podía ser ella, qué tanto. Salvo por los rasgos y el tamaño de los pechos, distinciones que desde la espalda no se notaban; podían ser la misma mujer. Cuando le pedí a la china que se pusiera contra la pared, erguida, me di cuenta de lo flaca que era. Como no me entendió la agarré y la puse. Unos pezoncitos de muñeca. Después la di vuelta. De espaldas era idéntica a Sonia; ahí le vi el tatuaje sobre el muslo. Ahí le abrí los cantos con las manos y ella torció la cintura. "Ji, ji, ji", la china. Sonia no me dejaba incursionar por esos rincones. Estaba clarísimo: con la china había hecho lo que Sonia me prohibía. ¿Cuántas ginebras había bebido? Salí del bar borracho y excitado. Necesitaba una china masturbándose con el hocico de un pekinés embalsamado. Necesitaba besar esa mariposa y abrazarla en el suelo, en el baño, cuando se lavaba entre las piernas sobre la pileta de loza.
Entré a mi casa como al suicidio. El rompecabezas estaba desarmado sobre el piso de la cocina. Pero desarmado con furia, con la furia de una mujer engañada. Quién sabe qué habría visto, qué nuevo instante de aquella noche habría descubierto. Carlitos empezó a juntar lo que quedaba y le dije "vamos, vamos, andate al comedor o a tu pieza". Se me notaba la borrachera en el aliento y en la voz cascada; yo mismo la noté. Tambaleé en mi lugar. Ella bajó los ojos. Tenía las manos serias, asustadas.
- Me voy -dijo.
Yo había preparado con anticipación un hueco en mis oídos para ocuparlo con esas dos palabras. Un agujero exacto, con las exactas dimensiones de un "me voy" apagado, seco, que estaba esperando escuchar de sus labios ya idos.
- Bueno -le dije.
La ginebra la alejaba más de mí. Ella recogió su valija y terminamos para siempre.

Caminé durante toda la noche; el departamento fue una calle interna, con paredes como las medianeras de una ciudad oprimida y compacta. Vi un cielo sin salida, el cielo de los que están solos, proyectado contra el techo del dormitorio. Había un sobre con la letra de Sonia. Lo toqué y lo apoyé contra mi pecho, sin abrirlo. Carlitos entró corriendo a la pieza. Su exaltación me hizo sentar. Una alegría extraña le pintaba la cara.
- Terminé el rompecabezas -dijo-, pero no lo terminé.
- Qué querés decir.
- Que falta una pieza.
Me levanté y fuimos hasta la mesa. La imagen había cambiado nuevamente. Adentro del cuarto rojo, con la puerta abierta del baño, mi figura ya no aparecía. Tampoco el pekinés de la mesita de luz (ese detalle me sumió en una especie de tristeza). La mujer sí, de espaldas, doblada en dos por su cintura, lavándose con su cara muy próxima al chorro de agua de la pileta. Desnuda. Se le veían las piernas flacas y las caderas. Me dio la impresión de verlo acabado.
- ¿Qué decís que falta?
- Acá -dijo el chico, señalando el muslo derecho de la china. Sin esa mariposa, la mujer seguía siendo cualquiera; así, en la indefinición propia del rompecabezas. La china, una vecina de la china, Sonia, cualquier novia parecida de la juventud. Una mujer morocha, petisa, flaca, de espaldas. Me di cuenta de golpe. Una idea rara, casi un presentimiento, hizo que volara hacia la pieza. Me arrojé sobre la cama con la ansiedad de romper ese sobre con la letra de Sonia dibujando mi nombre. Al tacto, en la enloquecida carrera por rasgarlo, supe de qué se trataba. Lo abrí; solté el contenido sobre la colcha. Una mariposa roja del tamaño de un garbanzo se posó en el vacío que dejaban mis manos; con las alas desplegadas pero muerta, anterior, de cartón pintado.


12.24.2011

EL PERRO QUE TUVIMOS

Estaba deprimido, tan deprimido que solamente ansiaba acariciar la cabeza de alguien. “Mejor si es una mascota”, pensé, y me acordé de mi perro de cuando era chico. No estoy seguro de que esto haya pasado así, o si es una idea que vino después, algo inventado. El perro apareció justo debajo de la mesa. Lo reconocí de inmediato. Le dije: “Hola, Yerri”. Él movió la cola cuando le toqué la cabeza. Era igual al caniche que había tenido, por eso le puse ese nombre. Yerri Kent se me subió en dos patas para rascarme el pantalón. Por las dudas lo llamé con otros nombres, pero no reaccionó.
Esa noche recordé qué había pasado con el verdadero Yerri Kent. Lo habían agarrado unos gatos salvajes, y lo habían destrozado. Yo tenía siete años cuando pasó. En el sueño, Yerri me seguía hasta la puerta del colegio. Entonces me desperté y el perro estaba a los pies de la cama, mirándome. Con esos ojos.
Yerri era de los perros inteligentes que hacen gracias. El muertito, sit, acostarse como una rana, con las patas de atrás extendidas hacia los costados. No eran grandes habilidades para un caniche, pero él las había aprendido. Le gustaban mucho las manzanas, como premio a sus actuaciones. Yo partía una manzana en octavos, sin semillas ni cáscaras, y se la iba dando a medida que él interpretaba sus personajes. Le acerqué un gajo a mi nuevo perro y no se lo comió.
Salimos juntos a comprar el diario. Compro uno de izquierda, que cada vez viene más delgado, a diferencia de los diarios capitalistas que no hacen más que engordar. El perro saltó todo el camino de vuelta a casa. Me di cuenta qué era lo que podía querer, doblé el ejemplar en cuartos y se lo puse en la boca. Lo llevó hasta mi sillón de leer. Parecía orgulloso con su misión. En el diario quedó un agujero que se repetía en todas las páginas, provocado por su colmillo.
El primer día durmió en la puerta de calle, el segundo en la terraza, el tercero en la pieza conmigo. Se escondió detrás de una cortina. Me acordé de que Yerri dormía detrás de las cortinas. Era un juego que hacía: uno lo llamaba y él se hacía el escondido. El juego ponía en evidencia el hecho de que a lo mejor no existía, ni había existido nunca. Que podía no ser una mascota real, sino nada más que una buena historia.
Probé con otras comidas que me parecieron más amigables. Compré Trocitos de Dogui, latas de preparados del Kennel Club y carne picada de ternera. El perro estaba -era- inapetente. Le conseguí unos huesos saborizados marca Peluche, que lo alegraron. Los sacaba del plato y se los llevaba a la terraza. En un momento lo seguí y lo vi levantar una pata en el aire, pero sin hacer pis. Después se sentó al borde del cantero de malvones. Era evidente que estaba esperando a que me fuera. No iba a hacer caca, ni comerse el hueso, ni ninguna otra cosa. Ni ladrar. Nunca ladró.
La mañana que nombré él me miraba, desde los pies de la cama, con esos ojos. Me desperté tratando de comprender que el perro estaba ahí para salvarme de algo, y los ojos de él, esos ojos, me decían “bravo, te diste cuenta”. Me lo decía su brillo. No me dio miedo. Volví a dormirme y pensé:
- Es mentira lo del perro.
Y después pensé:
- Si estás deprimido, te salva el perro de tu infancia.
Entonces abrí los ojos y no era de día como antes. Estaba oscuro. Encendí la luz. No había perro. Adiviné el bulto detrás de la cortina. Me alegré; fui hasta allí. La descorrí. Estaban todos los huesos apilados, de colores, como para encender una pequeña fogata.

Mi hermana Machi suele venir los viernes, a tomar mate y conversar. Me extrañó que no se acordara de Yerri Kent. El caniche pasaba mucho tiempo con nosotros, de niños. Machi no se acuerda de muchas cosas, porque tiene problemas de amnesia. Quiso verlo y le dije que estaba durmiendo en la terraza, al sol. Pero después entré a la cocina a cambiar la yerba y vi a Yerri debajo de la mesada. Los repasadores colgantes le hacían de cortina, y él estaba atrás, entre la cesta de papas y la de cebollas.
- Aquí está, Machi -dije.
Arriba de la mesada había una botella de vino sin destapar, un vaso dado vuelta y el paquete abierto de Cruz de Malta. Busqué una cuchara.
- ¿Adónde? -dijo Machi.
- Acá, vení.
Ella entró a la cocina y yo acomodé la bombilla en el mate. Cebé y se lo pasé. Mi hermana me hizo un gesto de mentón, intrigadísima.
- Ahí abajo -señalé.
Nos agachamos como si fuéramos a contemplar a un bebé en su moisés. Corrí las telas. Mi hermana sorbió el mate hasta que hizo ruido.
- Ahí abajo no hay nada -dijo.

Igual lo sigo teniendo, igual lo quiero. ¿Cómo voy a temerle a mi caniche de la infancia? Me encanta que sea así, que aparezca cuando lo necesito, cuando quiero acariciarle la cabeza porque estoy triste, o porque tengo ganas de volver a jugar. No come, no duerme, no ensucia. Le tiro el palito y me lo trae.
En este tiempo raro aprendimos varias cosas, los dos. Yerri descubrió que ya no necesita fingir, porque sabe que sé. Y yo aprendí que la mascota ideal no es un perro al que queremos, sino el fantasma del perro que tuvimos.

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3.21.2011

Марвин

Прежде чем слезть с мотоцикла, человечек снял шлем и повесил его на руль. Мотоцикл был старый, выкрашенный черной синтетической эмалью, с прицепом на велосипедных колесах, из которого виднелись разноцветные картонки. Когда человечек подошел к дверям школы, я увидела его заячью губу. Косая линия разбивала улыбку на две неравные, обособленные кривые, и потому он понравился мне далеко не сразу.

Я пол-утра провозилась с Анитой, добиваясь от нее ответа хоть на один вопрос, а от других учеников - чтобы они оставили ее в покое. Учительствую я сорок два года. К тому времени я не проработала в школе и трех лет, но уже знала, что в деревне нравы жестче. В чистом поле хромому псу не уйти от пули. А Анита, бедняжка, была самой слабой в классе.

Ближайшее селение находилось в двадцати километрах. Дети приезжали верхом, в двуколках, кое-кто на машине. Кроме тех, кто приезжал на машине, остальные ходили в школу из-за обеда. Стряпала мать Аниты. Она резала овощи и мясо на крохотные кусочки и во все добавляла грибы. Это были коричневые, ужасно кислые шляпки, и с ними все блюда получались одинаковыми на цвет и вкус. Так фасолевый суп с требухой ничем не отличался от чечевичной похлебки. Мать Аниты, толстая упрямая сеньора, вечно ходила в полотняных сандалиях. О родной дочери она говорила, словно о чужом человеке. “Ничего ей не втолкуешь, хоть кол на голове теши, - поясняла она, награждая дочь ласковыми подзатыльниками. - Если так дальше пойдет, проку от нее в хозяйстве не будет никакого”.

В тот день дети особенно изводили Аниту. Одного даже пришлось выставить за дверь. Стояла зима. Я выглянула в окно - малыш Гастон дрожал от холода. Тогда-то и появился человечек с мотоциклом. Я видела, как он пожал мальчику руку, как поклонился ему. Затем я повернулась лицом к классу и к матери Аниты, пришедшей с вопросом. Просто невероятно, как могла эта женщина, видя на глазах дочери слезы, беспокоиться лишь о том, добавлять лук в соус или нет. В волосах Аниты висел чей-то плевок. Я заметила это, обнимая ее. Ощутила, как восьмилетний комочек жарко прижимается к моей груди. Она перейдет в следующий класс, ведь на второй год никого не оставляли. Так заведено в сельских школах. Так будет и здесь, в единственном маленьком классе, затерянном в глуши. Даже если приедут инспекторы.

- Побольше лука, поменьше грибов, - ответила я. Она вышла.

Человечек дважды постучал по стеклу. Он растирал руки. Я вышла к нему.

- Гастон, можешь вернуться в класс. - Мальчик пнул ногой камень.

- Да?

- Я маг, - сказал человечек.

Он дышал горячим паром себе на руки. Пар клубился из-под шрама, точно столб дыма. Руки были тонкие, без колец и часов.

- И что? - спросила я.

- Езжу по школам, - добавил он, - даю ученикам представление...

Прицеп у мотоцикла выглядел даже более странно, чем губа на лице человечка.

- Когда?

- Сейчас.

Я ответила, что сейчас невозможно, поскольку идет урок. Он явно разочаровался. Посмотрел на детей, притихших на мгновенье.

- Хотите, я вернусь на перемене... Или приеду потом.

Он развел руками, приоткрыв рот. Обе половинки его верхней губы змеились.

- Когда потом?

Человечек пожал плечами. Он не вернется.

- Ладно, - ответила я. - Только подождите, пока они закончат изложение. Входите, а то замерзнете.

Он согласился. Потер онемевшие руки и направился к прицепу. Выгрузил картонки. Теперь он щеголял в цилиндре, выкрашенном краской, явно оставшейся от покраски мотоцикла.

- Где можно это собрать? - поинтересовался он.

- На кухне.

Я проводила его до двери. Кухарка стояла спиной. Тем временем дети стащили у Аниты тетрадь.

- Закрываем глаза, и тетрадь появляется сама собой, - объявила я.

- Это он, это он, - кричала Анита.

Краешком глаза я увидела, как из другого конца класса девочка-первоклашка бросает ей тетрадь.

- Тихо! - велела я.

В дверях стояла мать Аниты. “Что это за господин? Какая неслыханная наглость, чмокнул меня в щеку и стащил яблоко. Я велела ему немедленно убираться, но он заявил, что это вы его прислали”.

- Позовите его.

Я открыла тетрадь Аниты на странице с изложением. На нее кто-то наступил. След подошвы, точно клеймо, отпечатался поверх строчек и детского почерка. Девочка только и успела написать “У каровы вкусное мясо”; я исправила ошибку и отыскала чистую страницу.

- Меня выгнали, - произнес человечек.

Я предложила ему сесть на свободную скамью. Он опять вышел, вернулся с двумя сборными ящиками и поставил их на пол. На одном - золотистого цвета - красовалась надпись “Марвин”; другой был ярко-красный с драконами. Человечек поставил цилиндр на крышку с драконом, а другие картонки прислонил к стене. Перед тем как сесть, он засучил рукава рубашки и показал пустую ладонь; затем резко тряхнул пальцами в воздухе и в руке оказался цветок. Гвоздичка. Гастон подошел к магу, тот что-то шепнул ему на ухо. Гастон вышел к столу и преподнес мне гвоздику. Марвин весело мне подмигнул. Я пожалела, что согласилась впустить его. Все дети, кроме Аниты, осаждали его просьбами. Мать Аниты, вне себя от ярости, снова возникла в дверях.

- Пусть скажет, куда он подевал мои луковицы.

Носок ее правой сандалии загибался над гладким цементным полом. Марвин повел бровями, когда я взглянула на него.

- Наверно, они пропали, - ответил он. Дети прыснули со смеху и запустили бумажный самолетик. Мама Аниты с ворчанием ретировалась.

- Ладно, - сдалась я. - Ваша взяла. Начинайте представление.

- Здо-о-о-рово, - завопили дети, кроме Аниты, которая все так же грызла ногти, шмыгая сопливым носом. Маг вышел вперед под свист и аплодисменты. Потребовал тишины, чтобы установить ящики.

Я села на его место. Единственный паренек из третьего класса, носивший прическу с бриллиантином, свистнул, точно подзывая лошадь. У Марвина было шесть ящиков. Три из них он поставил один на другой, соорудив башню высотой с подростка. Маг открыл три дверцы, и мы увидели, что внутри них пространство соединяется, словно в ларчике на подставке. Марвин надел цилиндр.

- Этот опыт я показываю во всех школах, от самого Асуля. Волшебное умножение голов. Вы верите в это?

- Да-а-а, - ответили дети.

- Я нет, - заявила я.

- Вы не верите? - удивился Марвин. - Странно. Учительнице следовало бы верить в умножение голов, - добавил он.

- Я не верю, поскольку не знаю, о чем идет речь.

- Все очень просто, - пояснил он. - Есть такая теория.

- Т-с-с-с, - призвала я детей к тишине.

Гастон взгромоздился на парту и крикнул: “Что у тебя с губой?” Я велела ему сесть. Он меня не послушал.

- Теория моя такова, - начал маг. - У каждого из нас не одна голова а, возможно, несколько. У мальчика может быть одна голова, чтобы влюбляться, другая - думать о родителях, третья - играть, четвертая - чтобы есть и спать. В таком случае у него будет четыре головы.

- Пять, - сказала девочка, заканчивающая седьмой класс.

Марвин посчитал на пальцах.

- Если та, что нужна ему для еды, и та, что для сна, разные, тогда и вправду пять.

Произнося это, он схватился за собственную голову, будто хотел оторвать ее от шеи.

- У меня всего одна, - воскликнула Мария, девчушка с косичками торчком.

- Но с двумя антеннками, а это, пожалуй, означает, что у тебя две головы: по одной на каждую косу.

- Нет, - обиделась девочка.

Маг улыбнулся ей своими странными губами. Благодаря этому дети ненадолго успокоились. Все, кроме Аниты, которая и так сидела спокойно, опершись правой щекой на мягкую руку.

- У кого из вас больше одной головы?

- У Чоло! - завопили несколько ребят в один голос.

Чоло являл собой мужскую версию Аниты, правда, ему уже исполнилось четырнадцать, он перешел в шестой класс и обладал огромным телом, увенчанным крупной головой с густой растительностью на щеках и подбородке.

- Двойная голова! - воскликнул маг, и все, кроме Чоло и Аниты, засмеялись. Даже я.

- У учительницы! - крикнула девочка из седьмого.

- Три головы! У барышни три головы! - продолжил Марвин, поднимая руки. Он взял деревянную указку. - Три головы - довольно, но недостаточно. Прошу тишины. Ну-ка... ну-ка... Сдается мне, что в этой школе есть кто-то, у кого на одну голову больше, кто-то с четырьмя головами... Ну-ка... - он стал прогуливаться между партами.

- Почему у тебя губа такая?.. - не унимался Гастон.

- Какая - такая? - остановился Марвин.

- Ну рваная.

- Это для двух ртов. Хорошему магу требуется два рта: один - объявлять фокус, другой - молчать о секрете. Потому они у меня и отделены, - он указал на шрам, - так я уверен в их правильной работе. С головами это порой не получается. Иногда у человека бывает несколько голов, но они слабо подсоединены к телу, даже та, что на виду, через которую надевают свитер. Часто так бывает, когда число голов переваливает за три.

Он обогнул последнюю скамью и одарил меня двуротой улыбкой. Выступление красило его. Придавало изъяну его лица нечто особенное. Он медленно направился к доске.

- Готово, - произнес маг. - Я ее нашел. Четыре головки... Имя?

Дети недовольно зашумели. Анита подняла глаза - кончик указки выбрал ее. Девочка сонно взглянула на мага. Я чуть не остановила его.

- Имя? - спросил он меня.

- Анита, - ответила я.

Она встала и, не глядя на меня, вышла вперед. Дети притихли. Я задумалась, сколь пагубным может оказаться для нее такое вмешательство, но Марвин уже поместил малышку в башню из ящиков. Все происходило само собой. Девочке вроде нравилось. Чоло выстрелил бумажным шариком, тот ударился о доску. Маг наклонился и подобрал его.

- Анита, нам шлют послание, - сказал Марвин, разворачивая бумажку. - Дважды головастик желает тебе удачи в ходе операции.

Девочка улыбнулась. “Ничего я ей не желаю”, - заорал мальчишка. Я знаками попросила его сесть и придержать язык. Марвин спросил Аниту, хорошо ли она себя чувствует.

- Да, - ответила та.

Маг бережно закрыл дверцы двух нижних ящиков. Голова девочки виднелась из последней открытой дверцы.

- Точно?

Анита пожала невидимыми плечами, во всяком случае так мне показалось, когда голова ее немного опустилась. “Лишь бы мать не вошла”, - подумала я. И суеверно скрестила пальцы.

См. далее бумажную версию.

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2.25.2011

LA VIDA CANTADA

- Ay, no dijiste que soy catedrática de Literatura Iberoamericana Comparada y Directora del programa “La Escritura de las Américas” en Boston University. Es una vergüenza que te olvides de eso.
El hombre se llamaba Lucero Aguirre. Era gordito, amanerado, canoso, fóbico. Nadie podría haberle adivinado nunca la edad. Un homosexual pasivo y blando, de esos que tan bien se llevan con las poetas maduras como Elsa Goransky. Podrían haberlo discutido todo, de mujer a mujer. Sin embargo, no estaban allí para discutir nada. El hombre era el conductor del programa radial de poesía “Chancho de fuego” y ella era una de sus invitadas. Lucero siempre llevaba a una artista consagrada y a una joven. Adoraba a las poetas mujeres por adopción, ya que se sentía la madre de todas. Aunque Elsa era un poco mayor para ser su hija. Con ella se sentía “un sostén para su menopausia”. Lucero Aguirre, Lucerito, las iluminaba con su emoción. Y la vida lo había puesto en la radio para que fuera un eterno difusor de la poesía en todos sus cánones y colores. Era, a su propio decir, un poema con patas. Le dijo:
- No sabía.
Ella aclaró que se lo había mandado por e-mail.
- Si no lo hubieras recibido, habría rebotado.
- A lo mejor tu máster me entró como correo basura, Elsita.
Hizo como que lo buscaba entre los papeles de la mesa, infructuosamente. Había, además, tres micrófonos y una pila de libros. El nombre del programa venía del alter ego de Lucero en el horóscopo chino, al que siempre consultaba por todo.
- Bueno –siguió hablando ella-, lo mío no es sólo un máster, sino un MFA.
- ¿Y eso qué es?
- Un Master of Fine Arts. También tengo un Ph D en PA: Doctor of Philosophy.
- ¿Y PA? –preguntó la poetisa.
- Poesía Andina, querida.
Poetisa era el título que le había puesto Lucero: era una poeta joven y petisa. Entonces, quedaba poetisa. Había hecho ese chiste unas veinte veces, en los programas anteriores, siempre en off y siempre a la más jovencita. Y siempre que no fuera muy alta. Esta era la primera vez que la chica se reía.
La chica tenía veinte años y se llamaba Mori Lara. Era flaquita y con una linda sonrisa. Estaba vestida con una campera de jean, que se quitó al llegar, porque le dio calor. Abajo llevaba una remera con la inscripción “Marlboro”. Elsa Goransky declaraba cincuenta y cinco años, medía un metro ochenta y tres y tenía el busto más grande que su curriculum vitae. Ciento veinte, a decir del corpiño reforzado. Estaba tan escotada que se le veían diez centímetros de esternón, con la piel de los costados blanda y llena de pecas. Llevaba puesto un tapado de gamuza color vino tinto que le llegaba hasta los tobillos, con botones nacarados. Por adentro, el tapado era de piel de llama. Se vio cuando lo abrió.
- Me encanta ese saco –le había dicho la chica.
- Es reversible, una cosa fantástica –había contestado la señora.
Después le explicó lo de la piel de llama. En Buenos Aires lo usaba solamente del lado de la gamuza, para no aparentar. “Una no sabe dónde puede saltar la envidia”, dijo. Allá en Boston, en cambio, lo usaba con el pelo para afuera. Aclaró que vivía seis meses en Estados Unidos y seis acá, en la Recoleta. Aunque hacía calor, no se sacó el tapado en todo el programa. Únicamente se desprendió de los aros dorados, y los apoyó sobre la mesa llena de papeles.
- ¿Mori es tu nombre real? –le preguntó.
- No, cómo iba a ser. Me llamo Moria.
- Claro, Moria… es tan chabacano, ¿no? Si yo me hubiera llamado Moria, también me lo habría cambiado.
Elsa Goransky llevaba el pelo largo y ondulado, teñido de negro, pestañas postizas muy curvadas y los labios pintados de color guinda oscuro. Parecían detalles dispuestos para acomplejar a Mori Lara, tan adolescente y retraída. Lucero le preguntó si había traído su curriculum vitae y ella le respondió con un no de cabeza y una sonrisa preocupada. Lucero pensó en explicarle que en la radio había que hablar, o no iba a servir. Pero no dijo nada. Faltaban dos publicidades para que entraran en el aire de nuevo. Podía simplemente leer la solapa del libro de la chica, que se titulaba Las casas de mi barrio.
El primer bloque había sido íntegramente copado por Elsa Goransky, de cabo a rabo. Venía de un congreso sobre el uso de las mayúsculas en la espineta, la silva y el serventesio en la Universidad de Princeton, y cada tres palabras que decía, una era en inglés. Pronunciaba estirando los labios hacia afuera, como si le diera continuos besos al aire. Antes del programa habían ido los tres juntos, en un remís, a la confitería El Molino. Aunque Mori tenía auto, explicó que no iban a caber (porque era un auto chiquitísimo), y lo dejó estacionado a una cuadra de la radio. En El Molino pidió una Pepsi. Elsa y Lucero compartieron un té de jazmín. En el trayecto de vuelta, Goransky había insistido con que quería que le grabaran el programa en un caset.
- En Radio Nacional no grabamos nada –le había contestado Lucero.
Elsa Goransky persistió.
- Exijo que lo graben, Luce, como condición sinequanon a mi visita –terminó-. Después de todo, I came free.
- ¿Y trajiste el caset? –le preguntó él.
- No, qué esperanza.
Mori tenía unos auriculares colgando del cuello. Elsa le dijo:
- ¿Vos tenés?
Mori abrió el walkman y sacó el caset. Se lo dio a Lucero.
- Mirá que te va a desgrabar la música…
- No importa –dijo ella-: la tengo muy escuchada.
Elsa Goransky, entonces, cambió de tema. Lucero tenía dos programas de literatura, ese al que iban, el de los sábados, y “Tabaquería”, que iba los martes y repetía el jueves por la tarde.
- El otro programa para el que me invitaste, Luce… ¿cuándo lo vamos a hacer?
El inconveniente era que ella tenía poco tiempo: la habían llamado de La Nación para hacerle un reportaje aprovechando que estaba en Buenos Aires. Era una nota de largo aliento, explicó.
- Tenemos que planificar muy bien los horarios, porque voy a estar ocupada con tanto reportaje.
- Bueno, no te preocupes, ya te voy a avisar.
- Sí, tenemos que arreglar bien…
Lucero aclaró, con su voz finita de maestra de primero be:
- El otro programa es más fácil, hago las entrevistas por teléfono, y a lo sumo son de cinco minutos. Ya lo vamos a arreglar…
- Pero mirá que este martes no puedo.
- Yo tampoco: el programa de este martes está grabado.
- Bueno, entonces quedemos para el otro martes… ¿A qué hora me pensás llamar?
El remís los dejó en la esquina de Tucumán y Maipú. Caminaron media cuadra y subieron dos pisos por las escaleras. El edificio de la Radio Nacional parecía abandonado. Le faltaban, como mínimo, treinta años de mantenimiento. Había olor a alfombra mojada.
El operador atendió el pedido de Lucero con cara de odio. Él sabía bien que los programas no se grababan. Mirá si a cada gil que fuera lo iban a atender con esa deferencia. Lucero dijo que se trataba de una excepción. Elsa se apuró a interrumpir:
- En Anvers University están haciendo una recopilación de toda mi obra, una especie de gran catálogo de lectura visual y sonora, lo que ellos llaman un template de todo el material que se pueda encontrar acerca de mí. Por eso lo necesito: para el catálogo.
El operador miró a Mori.
- ¿Y ella? –dijo.
- No, ella no quiere nada. Sólo pone el caset.
La chica sonrió; el operador dio el visto bueno con desgano.
Se sentaron alrededor de la mesa. La cortina musical empezó a sonar. Lucero les pidió los libros. Ellas ya se los habían intercambiado, al subir al remís, por lo que cada una le dio el libro de la otra. Lucero se escandalizó.
- ¿No trajeron para la gente que llama? Porque acá nos gusta rifar libros durante el programa…
- Yo traje dos –dijo Mori-: uno para usted, y otro para darle a Elsa…
- La gente viene desde Morón a buscar los libros –siguió diciendo Lucero-, y después, además, llaman súper agradecidos…
- Qué contrariedad… -dijo Elsa Goransky- No avisaste nada, Lucerito… Yo traje uno solo para ella, aunque… -Mirándola:- te lo puedo dar otro día, ¿no? No te importará. -Decidida, por fin: -Sí, Luce: el mío lo podemos rifar.
- Está bien –dijo Mori, subiendo los hombros.
- Lo que dije -aseveró Elsa Goransky.
Lucero insistió, para aumentar los premios.
- ¿Y si vos también me dejás el que le diste a Elsita? ¿Por qué no rifamos ese también y después le das otro el mismo día en que se encuentren para que ella te dé el suyo? En este programa fomentamos las relaciones entre poetas…
Elsa Goransky se apuró para declarar.
- ¡Yo pensaba enviárselo por courier!
Y agregó, advirtiendo que su comentario podía pasar por una grosería:
- El tuyo, querida, me gustaría llevármelo hoy mismo. Muero por leer tus poemas. Antes de irme a dormir, como mínimo, me leeré tres o cuatro.
Y, como Mori no dijo nada, agregó una palabra más:
- Tonight.
- Salimos al aire –dijo Lucero.
La cortina musical era de cuarteto. Lucero habría querido poner música clásica, “Tchaikowsky”, por ejemplo, en “El vuelo del cisne”, que era tan bonito y tan gay, pero un novio descontracturado que había tenido lo había convencido de que pusiera algo movido, por ejemplo una cumbia de “Pibes chorros”. Terminó terciando con Rodrigo: “Por una noche de hotel”. Un asquito. En cualquier momento la cambiaba por “El Mar” de Debussy. Se acercó el micrófono a la boca, como si se lo fuera a tragar.
- Todos sabemos, porque es algo que se descubre intuitivamente, lo que es poesía y lo que es prosa. En nuestro lenguaje familiar ya establecemos la separación entre lo bonito y lo feo, lo armónico y lo estridente, lo poético y lo prosaico. La prosa de la vida la constituyen los actos materiales. Ya lo dice don Ramón de Campoamor, admirado poeta: “Lengua de Dios, la poesía es cosa / Que oye siempre cual música enojosa / Todo hombre superior en lo mediano, / Y en cambio escucha con placer la prosa, / Que es la jerga animal del ser humano”. Chicas: ¿la poesía es la música de las palabras?
Elsa Goransky se cerró un poco el tapado sobre el escote. Qué pregunta idiota. Nunca en sus años de profesora alguien le había dirigido una pregunta tan banal. Mori agarró el micrófono como si se animara y Lucero la incentivó para que respondiera. Mori dijo, en un susurro:
- La poesía es la vida cantada.
- La vida cantada… -repitió Lucerito, como enajenado por la bondad de aquellas palabras.
Elsa Goransky negó con la cabeza.
- Así era en la época de Homero, el vate griego. Así era ocho siglos antes de Jesucristo -agregó-. Los hombres iban a la guerra y le cantaban a la guerra, y todos lo entendían. Ha pasado el tiempo, sin embargo.
- ¿Y? –preguntó Lucero.
- Debería haber cambiado algo, digo. En los años cincuenta aquí todavía estaban las declamadoras, esas mujeres gruesas que llenaban teatros recitando poesías de Alfonsina o Gabriela. Cuando digo Gabriela, digo Mistral –le explicó a la poeta joven, entornando la cabeza hacia ella-. Y declamar era hacer grandes ademanes en el recitado, cosa que ya está perimidísima. Como lo del vuelo poético, también, y el tema de plasmar… ¿no? Esa palabreja. Intuyo que algo debe haber cambiado.
- Sí, que los poetas ya no volamos –dijo Lucero.
Se rió de su propio chiste. Mori no parecía estar tan de acuerdo, pero no dijo nada porque Elsa continuó.
- Como si habláramos hoy de la musa de los poetas; esa es una expresión heredada de la mitología. Las musas eran las hijas de Zeus que cargaban por su vida de diosas con la desgracia de la omnius scientia; –mirándola a Mori:- es decir, el conocimiento de todas las cosas reales y posibles del mundo. O como si habláramos hoy, en pleno año dos mil ocho, de prosa didascálica, –volviendo a mirar a la joven, para explicarle:- la poesía que enseña cosas útiles. Eso se acabó con las Geórgicas de Virgilio.
- ¿Y los poetas de ahora, para qué estamos? –preguntó Lucero.
La inclusión llamó la atención de Elsa, que hizo un silencio antes de contestar.
- ¿Vos también sos poeta, Lucerito?
Lucero resopló.
- Esta explicación es para el público –dijo, severamente-: conocí a Elsa Goransky a mediados de mil novecientos setenta y cuatro, cuando mi interés por la poesía empezaba a afianzarse. Nuestra amistad, cimentada en cuestiones comunes desde el principio, se fue enriqueciendo a lo largo de años en los cuales el tema a tratar era no sólo la pasión por lo poético, sino las circustancias vitales que aquellos días difíciles hacían de mí un escucha atento a su experiencia. En esa época su actitud y sus palabras nunca dejaban traslucir la obviedad de que yo era el aprendiz y ella la maestra. Ha pasado el tiempo, pero de ahí a olvidarte de que escribo, Elsa…
- Te estaba probando –mintió ella-. ¿Es poesía gay?
Mori se rió. Lucero movió los papeles sobre la mesa como si fueran naipes. Se sirvió agua en el vaso. Elsa insistió:
- ¿Es poesía gay, mi amor?
Lucero recitó, pestañeando. “Toda ilusión el corazón embriaga / mientras su dulce realidad nos niega: / es realidad después, y ya no halaga; / el deseo es una ola: se despliega, / resbala, se hincha, se abalanza, llega / reventando en espumas… y se apaga”.
El silencio fue total. Nadie hizo ni el más mínimo ruidito. El operador apenas si osó levantar su mano derecha como modo discreto de preguntarles a ellos, a los tres de la sala, si podía interrumpirlos. ¿Se acordarían de que estaban en el aire? Lucero suspiró cortamente e hizo que sí con la cabeza. La luz se puso verde.
- Te reventó, entonces, mi pregunta –dijo Elsa, sonriendo.
Lucero dejó pasar el comentario y se dirigió a Mori.
- ¿De qué signo sos? –le preguntó.
- De Sagitario –respondió ella.
- Me refería al Horóscopo Chino.
- No sé.
- ¿Sos del ochenta?
- Ochenta y siete.
- Debés ser Dragón de Madera.
- O Serpiente de Barro –agregó Elsa Goransky.
La canción que estaban escuchando era de Serrat. Nadie agregó nada más durante dos estrofas interminables. Era la radio, pero las palabras sobraban. Mori, al fin, cantó: “entre el cielo y el mar / vagabundear”. La luz se puso roja otra vez.
- Bueno, acá hay un llamado de un oyente que nos confiesa que quiere empezar a leer poesía, pero no sabe bien por dónde. Creo que es una pregunta para la profesora…
Elsa Goransky enderezó la espalda. Enumeró rápidamente una lista de autores muertos, en la que no faltaron Zorrilla de San Martín, Rubén Darío, Juan Antonio Pérez Bonalde, Andrés Bello. Poetas cultores del soneto y la silva, amantes de los endecasílabos y alejandrinos. Después de José Martí tosió un poquito, para indicar que había terminado.
- A mí me encanta Andrés Calamaro –dijo Mori.
- Bueno, ese es un músico –retrucó Elsa Goransky.
- Sí, pero también un gran poeta. Como Sabina –terminó Mori.
- O Serrat, a quien acabamos de escuchar en un tema del disco Mediterráneo –agregó Lucero.
Elsa puso cara de “qué pavada” y dijo:
-A Andrés, pobrecito, la rima consonante lo consume más que la cocaína.
Nadie se rió. Lucero, para cambiar de tema, decidió largar el concurso del día. Tenía que leer el fragmento de un poema y la gente debía llamar para dar el nombre del autor. Recitó: “Porque veo al final de mi rudo camino / que yo fui el arquitecto de mi propio destino; / que si extraje las mieles o la hiel de las cosas, / fue porque en ellas puse hiel o mieles sabrosas: / cuando planté rosales coseché siempre rosas”.
- Es bien fácil –dijo Elsa, y miró a Mori para adivinar si sabía la respuesta. Mori sonrió desganadamente, sin dar indicios claros. Lucero había recitado de memoria otra vez. La buena poesía, la que tenía rima interesante y un ritmo propio de carácter prosódico, se le pegaba a la mente como un tatuaje. Después, no se acordaba dónde dejaba las llaves o el celular. Pero un ritmo elegante, sáfico, le resultaba indeleble. Su memoria estaba unida a la música de los versos. Por eso hacía un programa de poesía en la radio. Por eso mismo era poeta en sus ratos libres.
- ¿Lo sabés? –insistió Elsa Goransky.
- Claro –dijo Mori.
Lucero le pidió a Elsa que leyera algo propio, pero ella dijo que, first things first, prefería concentrarse en la fascinante poesía andina de autor anónimo que había sido objeto central de su tesis de doctorado en Boston, y un tobogán directo a su propio quehacer de poeta. Lucero pensó que la palabra tobogán no iba con esa gorda. Y pensó, adicionalmente, con esa gorda chota. ¿Por qué lo habría ninguneado de esa manera? ¿Lo tuyo es poesía gay, querido? ¿Qué sería poesía gay para la gorda? ¿Poesía abundante en penes y culos rotos?
La boca de Elsa Goransky era como un títere obsceno que ella manejaba para darse a entender con el público. La poesía que estaba modulando, el colmo de ampulosa y ridícula. Y llena de palabras raras: paqcha, ucucha, kantuta, chulpa… ¿A quién sino a esa tarada de tetas caídas se le podía ocurrir que leer al aire a un poeta andino durante la medianoche de un sábado podía ser interesante? Nada de lo andino era valioso para Lucero. Sobre todo a partir de la lectura de Elsa Goransky, Ph D in PA. El público opinaría lo mismo, pensó.
La chicha y la huasta del yajo y la huanca. La gorda Goransky levantaba las manos para acentuar esto o aquello que sus labios afirmaban. Estaba muy en contra de la declamación, pero cuando le tocaba recitar, declamar era lo suyo. Como una tía vieja, pensó Lucero. El majestuoso Choca, Uomachoga, Jocha-Jepa. La chiquita Mori la miraba embelesada. Hipnotizada, se dijo Lucero. ¿En qué estaría pensando esa chiquita cuando la profesora, desbordante de gestos, pasaba del airampo a las filudas tajllas que hieren la tierra? ¿En la ropa que dejó para lavar? ¿En las cuentas que deberá pagar el lunes a la mañana? ¿En la mamada que le hizo anoche a su novio y amante, de parado, en una esquina del barrio del Once?
- …y la emancipación del alfarero.
La boca de Elsa se quedó un instante abierta. Lucero pensó que ahí jamás iba a entrar una pija. No la suya, claro. De pensarlo, nomás, le venían arcadas. La pija maloliente de un hetero, la del marido de la gorda, por poner un ejemplo. Esa bocota roja ya servía solamente para comer bombones rellenos de dulce de leche, para dejar brotar versos ininteligiblemente cansadores y –tal vez- para roncar a la hora de la siesta. Nada más. Elsa Goransky dio vuelta la última página del poema.
- Bellísimo –dijo él.
La profesora había leído lo suyo con autoridad. Sus palabras eran catedráticas, contundentes, aunque incaicas. Ahumadas, pensó Lucero, por pensar algo. Pidió ir a un tema musical. La gorda Goransky había impregnado el éter con su oralidad como una perra marca su territorio con su orina.
El tema era el cuarto de Ainda, Madredeus. Al operador le había parecido que era lo más andino que tenían. También había una versión de “El cóndor pasa”, pero tocada por Simon & Garfunkel. A Elsa Goransky podía haberle gustado, de todas maneras. Lucero se sonrió con sorna.
- Ahora te toca a vos –le dijo a Mori.
Ella se enderezó en su silla. Se acomodó el micrófono. Estaba visiblemente nerviosa.
- Arrancá con la luz directamente –agregó Lucero.
Mori levantó la vista. Las pupilas se le pusieron rojas. Entonces empezó a soltar una voz finita y sonsa, tibia, insonora. “En Castelar / las chicas tienen los ojos de celeste (pintados). / Y las que todavía están vírgenes se juntan en la sala de urgencia de la Sociedad de Fomento / a contar cuentos verdes, / los viernes”. Su vocecita no alcanzaba siquiera a dispersar los ecos de la otra, que parecían seguirse repitiendo como una voz de fondo. “Hay una plaza en Castelar, / con una estatua de Sarmiento / y árboles. Quedó al servicio / de los gatos iniciados al celo, / desde que se murió la vieja Lavandina”. La chiquita parecía haberse quedado escuchando los poemas anteriores, en lugar de concentrarse en los propios.
- Más fuerte –le pidió Lucero.
- Con más ganas –opinó la profesora, sin que nadie se lo pidiera.
Mori hizo un esfuerzo. Desde el bachillerato había aprendido a odiar a esas mujeres grandotas, de busto generoso, que la obligaban a estar a un lado. No sentía que la voz penetrante de Elsa Goransky fuera una marcación, pero sí creía que su cuerpo lo era. Un territorio surcado por uñas pintadas con brillos afilados, corpiños armados en punta y peinados carnívoros, caníbales. Mori llevaba una vida de ayuno en comedores siempre ocupados por extrañas.
Leyó sus estrofas sin competir con Elsa Goransky. Lucero pensó que a su lectura le faltaba superioridad. La humildad no iba, definitivamente, con la literatura. Prefería el tono insoportable de Goransky a la nada insípida de la chiquita. “Como diría Gombrowicz”, pensó, “en el mundo poético todo se exagera, y aún los creadores mediocres pueden adquirir dimensiones apocalípticas”.
- Las manzanas de Castelar tienen forma de manzana / cuadrada, con casas / que miran para adentro y miran para afuera; / y entonces una elige.
Cuanto más leía Mori, peor se sentía. Le pasaba exactamente lo contrario de lo que hablaba Gombrowicz: si por casualidad su poesía contenía una pizca de talento, el propio recitado que ella hacía la iba gastando poquito a poco, haciendo que adquiriera dimensiones acabadamente desgraciadas. El locutor del programa le estaba exigiendo fuerza. Una ferocidad que ella no tenía ni cuando se enojaba.
- Porque a lo mejor una prefiere / el agua fresca, / y cada corazón tiene guardada / una vertiente de agua y de ganas.
Odiaba estar ahí sentada entre esa profesora y ese maricón. Odiaba competir con sus poemas contra la gesta andina. Por un momento sintió que todo lo que había hecho en su corta vida era una idiotez ingobernable, y le vinieron ganas de llorar. Gombrowicz había planteado el problema con inteligencia: el universo de la poesía no era más que afectación.
“¿Resisten sus poemas cuando caen en las manos del enemigo? Como cualquier otra forma de expresión, la poesía debería concebirse y producirse de modo que no traiga deshonra a su autor, aunque sus poemas no le gusten a nadie”. Se acordaba literalmente de ese extenso párrafo del polaco cada vez que leía en público, como modo de alivianar su carga de vergüenza.
- Porque en Castelar los sueños, / si resplandecen, / salen de día a saludar a los pibes que patean latas.
Lo que debía hacer era bajarse del chancho. Ahí mismo, en ese mismo momento. Leyó la última estrofa con los ojos llenos de lágrimas. Dijo la palabra “poligriyo”.
Lucero sonrió, esta vez sin sorna. Le había gustado más o menos. Dijo:
- ¿Quién te está escuchando, Mori, en tu casa?
- Mis papás.
- ¿Y tu novio?
- No, no tengo novio.
- ¿No tenías uno la semana pasada?
- Lo dejé.
A Elsa Goransky, esos comentarios mundanos la ponían de mal humor. ¿Para qué malgastar tiempo de la radio en frivolidades? Con la cantidad de lectura que ella había traído para obsequiar… La poesía de la chica le había parecido terrible. Naturalista. La verdad, esa idea de la autora consagrada compartiendo piso con la que está surgiendo era súper idiota, pensó.
“El cantor canta y el oyente escucha, boquiabierto”. ¿De quién era esa cita contra la poesía? Argentina, un país de improvisados. Elsa Goransky supo que esa era la razón por la que se había ido. “Cientos de personas componen versos y cientos se sientan a aplaudir”. Y son los mismos cientos los que componen que los que aplauden. Ahora están de este lado, después del otro. “¡Qué multitud de seres excepcionales!” Así pasaría con esa chiquita.
¿Por qué Lucerito, un amigo, le había jugado la mala pasada de compartir el cartel (y lo que era peor: ¡el tiempo!) con una improvisada? ¿Solamente el hecho de que fuera la costumbre del programa habilitaba, una vez más, el rito equivocado?
- Bueno, a mí también me gustaría leerles algo de mi cosecha –dijo -, aunque por humildad preferí comenzar por la mágica y poderosa poesía de Sayla…
- En el próximo bloque –cortó Lucero-. Porque ahora viene la tanda.
La tanda era una seguidilla de avisos de revistas literarias y editoriales. Las revistas tenían nombres esquivos. El macho cabrío, Los asesinos tímidos, Milanesa con papas, El ornitorrinco. Nombres que para nada aludían a lo literario. Las editoriales tenían nombres que aludían a la dificultad de la tarea de publicar: El andariego, El inconformista, Último reino, Entropía, Estrella distante. Eran cosas inalcanzables. Otras llevaban el nombre de objetos extravagantes: La rosa de cobre, Gárgola, El cuenco de plata, Mansalva, Huesos de Jibia. También había un aviso de limonada sugar free. La voz del locutor era más indicada para nombrar la limonada que esa ristra de títulos imposibles.
Después pasaron una musiquita y Lucero le pidió a Elsa que se preparara. Elsa Goransky esperó la luz roja con aplomo. Carraspeó un segundo antes de que se encendiera, pero no empezó a leer inmediatamente, sino que anticipó su larguísimo poema sobre la muerte del verano con un silencio de redonda y cara de prócer. Actuaba como si en lugar de estar en un estudio de radio, hubiera estado en la televisión. Eso es lo que Lucero pensó. Al leer su poema, Elsa se iba riendo y sonrojando, como si el texto tuviera mucha ironía y ese gesto o aquella cita fuera posible de captar por sus oyentes. Un guiño inteligente con su público. Lucero controló el tiempo en el reloj pulsera que su último ex novio le había traído de un crucero gay por las Bahamas: ¡casi seis minutos!
- Gracias, Elsa. Una obra ambiciosa, sin duda. ¿Un poema cortito, Mori, para cerrar las lecturas?
Ella se rascó la nariz y la frente. Con los ojos cerrados y la voz temblorosa, recitó:
- Acerco una gota de agua / al corazón de la lluvia. / Protegerla es acariciarla. / Sonreímos los dos. / El día que no funcione una sonrisa / florecerán granadas en los ombligos.
A Lucero se le iluminó la expresión. Ese poema era realmente bonito. Sencillo y dulce. En cambio, la cara de Elsa Goransky se volvió del mismo material incólume que el micrófono. Parecía que ambos, cara y micrófono, fueran las únicas cosas salvadas del incendio final de la poesía. Alguien de producción entró con la lista de los ganadores del concurso y le entregó el papel a Lucero, justo en el momento en que él decía “¿bonito, no?”, preguntándole tal vez a Elsa, tal vez a la audiencia. Elsa entonces cambió el microfonismo por un gesto que simbolizaba lo demasiado obvio que le había resultado aquel poema. Pero, además, lo dijo. “Es demasiado obvio”. Al aire. Se le había escapado, por segunda o tercera vez en lo que iba de programa. Las palabras se le trepaban a la meseta de colágeno de su labio inferior, se asomaban al infinito y, simplemente, se dejaban resbalar sobre el rouge para zambullirse en la realidad. Así era ella: sincera y espontánea.
El corte llegó con un tango. Tanto Elsa Goransky como Mori Lara odiaban el tango; en eso estaban juntas. Pero no hablaron de tango, sino de poesía. Elsa estaba ahí porque era grande, profesora, y opinaba con la seguridad del que sabe. ¿Cómo alguien podía creer que eso que Mori había leído era poesía? Algo tan sencillo, tan ordenadito… Dijo ordenadito con petulancia. Y también dijo:
- La poesía no se debería poder entender así nomás.
Lucero y Mori se miraron, callados. Para Elsa, la poesía llevaba implícita el secreto de los cofrades, de los que forman parte de un clan. Nadie que no fuera un iniciado debería querer comprender poesía.
- Sería una impertinencia. Algo desubicado –agregó.
Y después se quedó un instante callada, como ofendida. Hasta que Lucero Aguirre reaccionó.
- ¿Qué querés decir, Elsita?
- Eso que dije. Ni una letra más, ni una menos. Si algo fue oculto o develado en la palabra escrita, sólo el verbo poético tendrá la dignidad, el coraje y la posibilidad de réplica necesarias. Frente a la palabra, nada más que la palabra.
- Bueno, pero prefiero que se entienda –dijo Mori, por toda defensa. E inmediatamente preguntó: - ¿Por qué el programa se llama Chancho de Fuego?
Lucero contestó calibradamente. No le molestaba que se lo preguntaran. Cuando le molestara, si alguna vez ocurría, lo cambiaría por un nombre menos banal. Esto no había sido idea del novio –ex novio- desacartonado, sino de él mismo, en una tarde de amor de primavera.
- Qué desilusión – agregó Elsa Goransky. Pensé que era porque la palabra poética es fuerte como un cerdo en celo, o un jabalí. Hot and wild.
Lo dijo efusivamente, como si estuviera hablando de ella misma.
- Tendrías que tener un tapado de piel de chancho –agregó, dirigiéndose a Lucero- para venir acá completo.
- Tengo uno –dijo él, risueño.
Las invitadas se rieron.
- No sabía que se hicieran tapados con piel de cerdo…-dijo Mori.
- ¡Cómo se van a hacer! –gritó Elsa.
- Se hacen, claro –desmintió él-. Del chancho se aprovecha todo: la carne, el cuero, los huesos…
- ¿Y con los huesos qué se hace?
- Se los muele para fertilizantes. O se tallan piezas de ajedrez.
- ¿Y con los ojos? –preguntó Mori, ingenua.
- Se juega a la bolita –contestó Lucero.
Mori largó una carcajada.
- Juego hermoso el ajedrez. Borgeano –acotó Elsa Goransky, muy seria. Como si solamente pudiera atender a los comentarios intelectuales, sin permitirse ni un solo chiste mundano.
El programa volvió a abrir. Los llamados eran todos para felicitar a Mori por su frescura. Le hicieron preguntas sobre el nombre del libro, donde se podía comprar, etcétera.
- Es de una editorial chiquita que se llama “Sigamos enamoradas”; no se encuentra en todas las librerías…
Marisa, de Barracas, le recriminó a la profesora que hubiera expresado un comentario tan despectivo. Elsa Goransky se puso colorada cuando preguntó cuál.
- Es demasiado obvio… -dijo Marisa, con un tono burlón.
Lucero asintió. Odiaba que sus entrevistados se hicieran críticas al aire. Entre bambalinas, todo bien. En todas las cocinas hay humo. Pero comentar algo al aire le parecía de un franco mal gusto. Ahí coincidía con Marisa: Elsa Goransky había estado como la mona. El rubor de la profesora se debía a que no había querido decirlo “en vivo”. Se le había escapado.
- Parece despectivo –repitió Marisa, antes de despedirse.
Omar, de Balvanera, también se expresó:
- La gorda –dijo, refiriéndose, sin conocerla, a la profesora- es una guaranga.
Lucero miró al operador, que subió los hombros y cortó la comunicación. Elsa se había quedado con una O mayúscula en la boca. El cuartetazo interrumpió el efecto.
- Oh my God… ¿Cómo se atreven…?
Lucero le pidió disculpas en nombre de la emisora.
- Es el problema de la comunicación en vivo –dijo-. A veces pasan estas cosas…
- Qué puta mierrrrda –protestó ella, enojadísima. Clavó sobre la mesa sus uñas largas.
Lucero juntó algunos papeles en una carpeta. No era que estuviera totalmente indignado; en cierto modo le pareció que ella se lo merecía. Pidió que pasaran el reporte del tiempo y las propagandas. Suspiró.
- Perdoname que te lo diga así, Elsita, pero un poco te lo merecés.
- Oh –dijo ella.
Él continuó.
- Reconocé que estuviste mal.
Ella sacudía la cabeza en un no puede ser rotundo y temblequeante. Las mejillas eran dos esponjosos budines de pan servidos en el último asiento de un colectivo 60.
- No te puedo creer que defiendas a ese energúmeno –fue lo único que dijo.
Lucero explicó que no lo estaba defendiendo, que obviamente la quería a ella como si fuera su amiga íntima. “Vos lo sabés, no tenés que histeriquearme nada, Elsi”.
- Pero deberías disculparte por lo que dijiste de la demasiada obviedad.
Elsa Goransky torció todas las arrugas de su cara empolvada. Miró a Mori con desprecio, con lástima, con irritación y, finalmente, con comprensión. En ese orden. Mori dijo:
- Miren que a mí no me preocupa mucho…
Lucero dijo:
- Ay, querida, ir así por la vida… ¡Un poco más de autoestima, por favor! Elsa debe disculparse.
- Bueno, si es necesario… -dijo Elsa.
- Al aire –agregó él.
- No es necesario –afirmó Mori.
La voz de una locutora dijo: “En la ciudad de Buenos Aires, en este momento hacen dos grados y tres décimas, con sensación térmica de un grado y una humedad ambiente de 77%, con viento frío del sur”.
- Hay que abrigarse –agregó.
La luz roja se volvió a encender.
- Sí, habrá que abrigarse un poco más –dijo Lucero, mirándole el escote a Elsa Goransky -; aunque acá estamos calentitos, hablando de poesía, como siempre… Esto es el Chancho de Fuego y hoy tenemos una discusión tal vez ancenstral sobre la poesía: hermetismo versus comprensión… Los oyentes pueden dejar sus comentarios al teléfono…
Elsa Goransky decidió agarrar el toro por las astas. Dijo que no existía una poesía hermética y una que se entendiera. Que eso era una pavada, porque la poesía no estaba para ser entendida, sino para ser puro goce. Cuando dijo puro goce le dio un escalofrío de sensibilidad.
- La poesía es un recorte extraño de la realidad, que no tiene por qué explicarnos nada. Para las explicaciones están los manuales. Ni siquiera la literatura es una serie de palabras concatenadas para explicar una trama, alguna ficción. Nada más lejano a eso. Menos aún la Literatura con mayúscula. ¿Qué nivel de coherencia quieren pedirle? La literatura es como una red de pesca, donde si logramos visualizar alguno de los nudos de cerca, donde si logramos, quizás, tocarlo, sentirlo, desatarlo, es porque ya estamos definitivamente atrapados.
Después se puso un poco más nerviosa.
- Además –dijo-, yo no la estaba criticando a ella… ¡Qué audiencia más quisquillosa! Si acá Moria lo entendió bien…
Mori puso cara seria. No le había importado, tal vez, que esa gorda chota le criticara su poema –estaba en todo su derecho de que no le gustara-, pero odiaba que la llamaran por su nombre verdadero. Para eso se había inventado un seudónimo, para que nadie se dirigiera a ella con su nombre real. El conductor advirtió el enojo de la chica.
- Estamos entre amigos, Morita… Esto lo sabemos nosotros y también nuestros oyentes, que nos siguen enviando respuestas al concurso y mensajes de texto…
- Antes de que sigas, Lucero, quiero decirte una cosa más –cortó la profesora.
- ¿Sí?- preguntó él, con un poco de miedo.
- La propuesta hermetismo versus comprensión me parece una dicotomía falaz –le dijo.
- A mí no –agregó Mori–. Lea algo hermético pero que se comprenda, a ver.
Elsa Goransky se sintió tocada en lo más profundo de su orgullo. ¿Quién era esa mocosa para venir a torearla de ese modo?
- Ay, querida -le dijo-. No seas tan ingenua…
- No es ingenua –interrumpió Lucero, casi de mala manera-. Los oyentes y yo también queremos que leas algo que explique tu postura.
- ¡Debería hacer una tesis! –se rió ella.
- Poesía –insistió Lucero-. Te estamos pidiendo que nos leas algo que ilustre lo que afirmás con tanta sabiduría universitaria.
Ella se lo quedó mirando, ofendida, pero sin reaccionar. “Las miradas no salen por la radio”, pensó Lucero, pero dijo:
- Por favor.
Elsa Goransky estudió los papeles sobre su mesa como si fuera el tablero de un juego innecesario. O cartas de un amante olvidado. O poemas sin explicación, lo que eran. Pensó leer un poema al azar, pero salteándole los versos. Un renglón sí, uno no. Si ellos se burlaban de la poesía verdadera, ella iba a burlarse de todos los oyentes. Pero luego se le ocurrió algo mejor. Abrió su libro, Almanaques de ira. Rápidamente fue hasta la última página. Sonrió antes de leer:
- de la nada soñamos / un tiempo oscuro / éxodo / el viento de la paranoia / inflamado, inflamadas / señales / heridas de muerte / con el corazón en vertical
Los tres se quedaron en silencio, pensando. Ella se sintió una poeta maldita. Como Baudelaire, como Celan.
- Bellísimo –dijo Lucero.
- Interesante, aunque sigo sin entender –dijo Mori.
Elsa Goransky cerró el libro.
- ¿Cómo se titula?
“Índice”, estuvo por decir. Pero dijo: “El amor”.
- Ahí sí –dijo Mori-, ahí se entiende más.
Elsa Goransky se infló de orgullo.
- Mis libros se venden muy bien en la Argentina. Yo me sorprendo siempre, a veces hay alguien que no conozco y me leyó. Entro a una librería, a La boutique del libro de San Isidro, por ejemplo, y los empleados me paran para felicitarme por las ventas. Es impresionante lo que mi poesía gusta en este lugar. Porque yo publico en Estados Unidos o en Francia, pero no hay como publicar acá. Tengo una amiga que vive en París y siempre me pregunta ¿y tú que interés tienes en publicar en la Argentina si publicas en Estados Unidos, que te pagan mejor? A lo que yo contesto: acá me siento en casa. Argentina es mi país.
Lucero empezó a cerrar el programa. Leyó la lista de respuestas, entre las que había siete erróneas, que iban desde Calderón de la Barca a Lope de Vega. Habían ganado dos participantes: Aníbal, de Munro, y Jovita, de Paternal. “Amado Nervo”. Elsa Goransky corrigió:
- Juan Crisóstomo Ruiz de Nervo.
- Chicos, felicitaciones: Jovita se lleva el libro de Mori y Aníbal el de la profesora.
Aníbal, que estaba en línea directa, hizo un pequeño silencio.
- ¿No hay uno de la otra? –dijo, al fin.
- Lamentablemente, no –habló Elsa Goransky, por el locutor.
- Entonces quiero que Mori me fotocopie el poema del ombligo.
Mori dijo estar muy halagada, y le pidió al hombre que dejara su dirección de e-mail para enviárselo por correo electrónico.
- Bueno, también lo puedo colgar en mi blog –agregó. Se disponía a dar la dirección, cuando la interrumpió la profesora.
- Los blogs, ah, qué porquería –dijo- ¿No pensarás dar la dirección al aire, no?
- ¿Por qué no? - Mori subió los hombros.
- ¡Qué descaro! –dijo Elsa Goransky. Por alguna razón no dicha, a ella le parecía un escándalo.
Mori se quedó callada. El conductor le guiñó un ojo.
- Todos los que quieran saber la dirección de blog de Mori Lara pueden comunicarse al teléfono del programa y se la daremos, obviamente.
Había tratado de ser un morigerador. “Nunca antes mejor utilizada esa palabra”, pensó. Elsa Goransky agregó, despectivamente:
- La única literatura digna de ser leída es la que sale en los libros, en papel.
Fue enfática al dar su opinión. Mori sólo abrió la boca para decir:
- www.mandarinasdulces.blogspot.com
Otro oyente, Carlos, de Haedo, envió un mensaje de texto preguntándole a la señora profesora qué había que haber leído para entender sus versos. Lucero acotó que era como preguntar cuántos amores hacían falta para entender el amor… “Es una respuesta imposible”, afirmó. Elsa Goransky lo reafirmó con la cabeza. Mori tenía una respuesta, y la dio.
- Todos –dijo-. Todos los amores, todos los poemas.
Por segunda vez estaban de acuerdo, las dos. En contra del tango, pero a favor del amor… Sonrieron al mismo tiempo. Lucero miró el reloj y supo que felizmente habían arribado al final. La hora real coincidía con la hora del sentimiento, como tenía que ser en un programa de poesía. Aprovechó el instante para despedirse. Les dio la mano, agradeciéndoles muy especialmente por su atenta visita a Chancho de Fuego. Y por la lectura vital de sus poemas. La luz roja se apagó. Lucero dijo, en off:
- Salió genial; estuvieron absolutamente di-vi-nas.
Estaba entusiasmado de verdad. Se secó la frente con un pañuelo que tenía bordada una mariposa. Mori se puso la campera de jean y Elsa Goransky, los aros.
Las dejó en la escalera. Les dio un libro de él, a cada una. El libro se titulaba Manoseándote, y era de sonetos. La editorial se llamaba, también, Chancho de Fuego.
Las dos bajaron la escalera en silencio. En el hall de la radio, el portero de noche cabeceó. Mori le hizo un saludo con la mano levantada; Elsa Goransky ni lo miró. Elsa Goransky estaba preocupada sólo por una cosa: cómo se iba a volver a su departamento de Recoleta.
Salieron a una ciudad oscura y fría. Las calles estaban llenas de bolsas de basura. Algunas, rotas. En la esquina de Lavalle había tres hombres haciendo fuego. Cartoneros. Elsa Goransky alcanzó a distinguir sus carretillas llenas de papeles. “Papeles con muchas poesías”, pensó. No, no poesías. Los hombres tomaban vino de un tetrabrick al que le habían abierto la boca como un vaso. Hablaban a los gritos.
Mori no estaba pensando en nada. Su Fiat 600 rojo, un bolita legítimo pero muy machucado, la esperaba a una cuadra, bajando por Maipú hacia Lavalle. Sacó las llaves de un bolsillo. El Fitito era el único auto visible de los alrededores. Por la calle no pasaba ni un alma, y eso que no era, todavía, ni la una y cuarto. Elsa Goransky lo constató en su reloj. Ni medio taxi. Uno de los cartoneros, el primero que osó mirarla, eructó.
- ¿Estás con auto? –preguntó Mori.
- No.
- ¿Te llevo a alguna parte?
El llavero tenía una gruesa cadena que terminaba en una pelota colorada con un número, que imitaba una bola de pool. Empezaron a acercarse al auto. Se lo veía desvencijado y viejo, pobrecito, con esos costrones oxidados. Aunque aún podía distinguírselo rojo. Pintura original, año setenta y cuatro. El Fitito era más viejo que Mori. La mujer mayor, la profesora, desvió la mirada de la fogata. “La mujer del tapado caro”, pensarían esos hombres. Esos villeros que encendían un fuego sin chancho, y que jamás de los jamases habrían recitado verso alguno. Ni siquiera un verso guarango; ni siquiera para burlarse de la poesía. Cruzó Lavalle junto a Mori y caminó diez o quince pasos antes de detenerse. Mori tuvo que tirar con fuerza de la puerta de su auto, para que abriera. Elsa Goransky dio un paso más.
- ¿Subís? –le preguntó la chica.
Elsa Goransky sintió un vago calor sobre el cuello -con el frío que hacía- y un lejano vaho a vino barato. Aunque no podía ser más que su imaginación, porque aquellos hombres habían quedado atrás, sobre la esquina. Se tocó un aro y sujetó con fuerza su cartera de ante. “No sólo es chiquitísimo, es un cascajo”, pensó. De repente, los hombres habían dejado de gritar. El silencio de los cartoneros no podía deberse a la espera para que ella pudiera responderle a la chica. ¿Estarían siguiéndola, a sus espaldas? No iba a girar el cuello. ¿Cómo subirse a esa catramina estúpida? Con su ropa nueva, con su peinado caro. Estiró el cuerpo cansado sobre el pedestal de sus tacos aguja, se abotonó con fingida humildad el último de sus botones y dijo, con voz templada y lisa:
- No.
Mori subió a su Fitito rojo y se perdió, se perdió en la ciudad.

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1.13.2011

LA FE CIEGA

Sofi nació el día en que murió su abuelo. Decidí quedarme al lado de mi hermana y de mi nueva sobrina. Había odiado en vida a mi padre; ahora no iba a cambiar de sentimiento. Nadie entendió bien que Enrique fuera al entierro, si era solamente el yerno, y su primera hija acababa de nacer. Para llegar a Bahía Blanca había que viajar seiscientos kilómetros. Toda una noche arriba de un auto. Sandra, mi hermana, nunca le perdonó que la dejara en un momento así. Y nadie, jamás, se enteró de las verdaderas razones del viaje de Enrique. Él tampoco había querido a su suegro. Cuando le preguntamos, no pudo, o no quiso, contestar.
Desde ese día, hasta la cuarta navidad de Sofi, muchas veces me desperté con el mismo sueño. Al principio los acontecimientos se repitieron casi sin diferencias. El sobresalto era el de las pesadillas, aunque el relato del sueño no suponga ningún tipo de miedo. Aparezco sentado en la cocina de mi infancia, con seis o siete años. Mi madre me sirve la leche en un jarro de cerámica. El jarro es azul con un asa blanca. Estoy vestido para ir al colegio, con pantalones de franela, camisa y corbata. Levanto el jarro por el asa. Mi madre me habla, pide que coma algo. Mi mano pequeña acerca el jarro a los labios. Pero no alcanzo a probar el contenido. El asa se rompe, inexplicablemente. Y la leche se me derrama, íntegra, sobre la ropa limpia del colegio.
Amé a Sofi desde el primer segundo en que la vi, casi por contraposición al odio que le tuve a mi padre. Le enseñé a leer a los cuatro años, porque me lo pidió. Aprendió fácilmente. Sofi es una niña de gran inteligencia; lo dicen sus maestras. Al año y medio preguntó por el abuelo. Lo había encontrado en una foto, abrazándome. Enrique le dijo que estaba en el cielo, al lado de Diosito. Tengo dos años más que Enrique, y mi intención es no involucrarme en la educación de los hijos de los otros. Siempre ha sido así. Sin embargo, cuando Sofi vino a preguntarme, le dije: Dios no existe. Dios es un invento. Ella me miró y abrazó a su Barbie sin ojos. Le agujereaba los ojos ni bien se las compraban. Después, fue a lavarse los dientes sin hablar.
No tuve hijos. Decidí no tener hijos, así como decidí no tener Dios. Soy arquitecto: construyo las casas donde ustedes viven. Si alguna vez tuviera que diseñar una sociedad, lo primero que inventaría es la idea de Dios. Alguien capaz de perdonar, pero sobre todo de castigar. Y castigar violenta, metódica, exactamente. Como hacía el abuelo de mi Sofi, conmigo.

La semana anterior a esa navidad me había quedado a dormir una noche en casa de mi hermana. No era la intención; simplemente había ido a comer y, cuando estaba a punto de regresar a mi departamento, Sofi dijo: "Tío, ya te armé el sillón". Hasta me había puesto su almohada a lunares, para que soñara cosas lindas. ¿Qué iría a soñar ella, mientras tanto, en una almohada ajena?
Mi trabajo de arquitecto comienza muy temprano. Al día siguiente tenía que terminar una obra en Caballito. La casa de mi hermana queda lejos del centro, y pretendía dormir. Pero a la una de la mañana se abrió la puerta del estar. Sofía venía en camisón y pantuflas, con un vaso de agua en las manos.
- Me pelié con papá - dijo.
Separó el cubrecama para meterse.
- ¿Y el vaso de agua? - le pregunté.
- Por si me da sed.

Esa noche tuve el mismo sueño. El jarro se soltaba de su asa como si la rechazara. La mancha era algo espeso y marrón, que se expandía rápidamente sobre mi uniforme escolar. Esto era raro: aunque había tenido que acercar el jarro a mi boca para soplar el humo, la leche sobre la piel era apenas una molestia tibia. Si me hubiera quemado, tal vez me habría importado menos eso de quedar manchado. La mancha era el argumento de la pesadilla. Se presentaba tan indeleble a mi razonamiento de niño, como el sueño a mi cordura de hombre.
Si bien no soy el padre de nadie, al menos soy un padrino. En el bautismo de Sofi, el cura la roció. El agua estaba bendita. En el lugar donde a Sofi le cayó, quedó marcada. Son tres gotas que aún tiene en su frente. Tres manchas.

La primera variación del sueño se dio en el asa. Donde cambiaba de color al azul del jarro, aparecían las rajaduras. Había dos: una abajo, otra arriba. Me fijé cuando estaba soplando la leche. El asa, esta vez, había sido pegada. El miedo a mojarme fue anterior al hecho mismo de mojarme, pero no atiné a llevar mi otra mano hasta allí, para ayudar a sostener el jarro lleno. Simplemente advertí que podía soltarse. Como en las veces anteriores, el jarro se despegaba, caía, manchaba.
Sofi me pateó durante toda la noche. Al amanecer se había apropiado definitivamente de su almohada blanca a lunares rojos. Cuando me levanté, su vaso de agua estaba intacto. Fui a hacerme un café. Volví a pasar por delante del sillón, a punto de salir, y la encontré sentada.
- Me hice pis, tío -dijo.
El colchón estaba mojado. El vaso estaba por la mitad.

Un día se le cayó el primer diente. Sofi lo exhibió sobre su palma abierta.
- ¿Papá, es verdad que un ratón va a entrar a mi pieza?
- Sí, es un ratoncito muy simpático.
- ¿Y va a venir debajo de mi almohada?
- Sí, para llevarse tu diente.
- No quiero.
- A cambio te va a dejar una moneda.
Sofi pensó un instante.
- ¿Cómo sabés que no es como los que cazaste con la trampera?
- Porque es el ratón Pérez.
- ¿Y cómo me voy a dar cuenta?
- Porque viene vestido con un overol anaranjado. Porque le voy a pedir los documentos. Si no los muestra, no entra.
Sofi no quería un ratón adentro de su pieza.
- Porque es así. Porque todos los chicos creen en eso.

El martes 16 de febrero de 2001, Enrique fue a tirar por primera vez. Había comprado una pistola Garand Beretta calibre 22 y tres cajas de balas. Se había hecho socio del Tiro al Segno de Ciudadela. Según él, ese martes fue el día de su bautismo de fuego. Escribió la fecha con un marcador en la puerta de la heladera. Sandra no lo esperó para almorzar, y se fue a la cama con su botella de whisky marca Teacher’s. Enrique le dijo que iría al polígono cada sábado por la mañana, y que nunca lo esperara para almorzar. Ella no lo escuchó.

Terminé la obra en Caballito. Todo salió bien: me felicitaron, cobré lo que me debían. Dos pintores se quedaron dando los últimos retoques. Estaba tan contento que invité a la familia de mi hermana a cenar en casa. Serví la cena sobre unas mesas bajas, japonesas, que me traje de un viaje de estudio. Puse almohadones para que nos sentáramos en el suelo, música de Satié, platos de porcelana blanca uruguaya.
Enrique encendió las velas y el sahumerio. Sandra destapó la botella de vino. Sofi se sentó con su Barbie sin ojos, e inmediatamente se empezó a reír. No paró en toda la cena. Tal vez le pareciera gracioso eso de estar ahí sentados en el piso, en unas mesitas de juguete.
A lo mejor pensó:
- Qué raro; juegan...
O, peor:
- Qué idiotas; juegan...

Acompañé a Enrique al Tiro al Segno. Me lo había pedido mientras cenábamos en casa. Sabe que no me gustan las armas. Me llamó la atención su forma ostentosa, grandilocuente, de saludar a la gente de allí. Como si quisiera que yo lo notara. Algunos levantaron la mano con la mirada seca, como si no supieran quién era. Teóricamente, había ido todos los sábados de los últimos cuatro años. Pensé: "nadie de aquí te conoce". Tiré un cargador y me fui a pasar la mañana al bar. Probé el whisky por primera vez. Me gustó más que otros alcoholes que había bebido anteriormente. Los cubitos de hielo hacían ruido a navidad.

¿Cómo se construye una relación? No lo sé. Los hombres sabemos construir muebles, avenidas, casas. Somos constructores. Sin embargo, desde que cumplí cuarenta años, la palabra construir me parece una palabra femenina. Mi última pareja me lo dijo: "¿vos jamás vas a construir nada que valga la pena, verdad?". Le contesté: "Los arquitectos trabajamos de construir". Nunca más volví a verla. El sueño que construyo es real. Lo siento así. Quedar manchado es una de las peores cosas de mi vida. El uniforme escolar no se podrá limpiar. Tampoco mi piel.
¿Se moja, Sofi? Nadie ve nada. Es de noche. Sofi duerme, Sofi está volcando esa copa, Sofi se está peleando contra sí misma: no quiere ser mayor. Por la mañana la retarán. ¿Lo hace dormida, o ve cuando se tira el agua?
Quiero a Sofi más que a nadie en el mundo.

- ¿Va a aparecer un tipo por la chimenea?
- Se llama Papá Noel, viene con regalos.
- ¿Viene por ahí?
- Sí.
- ¿Y va a entrar acá?
- Deja los regalos en el árbol y se va...
- Pero para dejar los regalos tiene que entrar a la casa...
- Sí... un poco. Dos metros, hasta el árbol...
- ¿Y lo vas a dejar entrar?
- Es un señor muy bueno: te va a traer el regalo que pediste…
Sofi lo piensa más.
- ¿Y si se roba algo?
- ¿Cómo se va a robar algo Papá Noel?
- No sé... ¿de donde lo conocemos?
- ¡De otros años!
- ¿Y por eso lo vamos a dejar entrar a casa así como así?
Enrique piensa.
- Si no entra, no vas a tener tu regalo...
- No quiero el regalo, papá – dice, y se larga a llorar-. ¡Si entra, disparale!
- ¿Cómo vamos a lastimar a Papá Noel?
- Lastimarlo, no. Matálo, papá.
Por un instante, Enrique se asusta de haber tenido esa hija.
- Papá Noel somos nosotros, mi amor. No te preocupes. Ningún extraño va a entrar a nuestra casa.
Para demostrárselo, trae los regalos y los reparte. Cada uno abre el suyo. Son las diez y media de la noche. Todos, menos Sofi, nos sentimos decepcionados. Sofi abraza a su padre y dice:
- Gracias, papá.

A Sofi le debe dar asco derramar su orina real. Mearse encima le parecerá un signo de debilidad, una cosa de niñas comunes. El pis es sucio. El agua, en cambio, es para lavarse. Por eso el pis que ella se hace en la cama es un líquido bendito, algo que aún no ha pasado por su cuerpo. Ella mueve la mano, inclina la copa. El jarro se suelta del asa. Se da vuelta. La leche sale como una lengua marrón. ¿Está cortada con café, o es chocolate? Una lengua líquida que surge y toma la dimensión entera de la mancha, como si fuera un pájaro que extiende sus alas en el aire. La mancha se posa sobre los muslos del niño que, perplejo, aún sostiene el asa en su mano derecha. La aprieta como si fuera su herradura de la suerte. El cuerpo del jarro rebota sobre sus muslos y se estrella contra el piso. Sin ruido. Las partes quedan balanceándose solas, mudas. La aureola sobre el pantalón hace creer que el niño se ha meado.

Tampoco creo en nada, como Sofi. No creo en el matrimonio, ni creo en el amor. Creo solamente en mi trabajo, en los edificios que levanto, en las ventanas que abro, en los muros que derribo. En la construcción que tiene que hacer mi razón, para no creer. Creer es fácil; no creer es complicado. Creer es aceptar, es acostarse en la cama a tomar whisky. No creer es un trabajo constante, ingrato, impago. No creer es estar sobrio cada minuto de la vida.
Miro a Sofía. Tiene la piel lisa y suave. Sin marcas.
Eso que escribí sobre las marcas del bautismo era pura mentira de mal dormido. Puedo mentir ahora cuando escribo acerca de los detalles de esa noche, puedo mentirles a mis lectores. Pude mentirle a mi padre. Pero jamás le mentiría a Sofi.

Enrique cree en Dios como en un GRAN CALOR, lo dijo el otro día. Hizo así con las manos, para que el calor pareciera enorme. Por eso enciende fuegos, hace asados, fuma. Por eso compra petardos para navidad, aunque mi hermana lo rete afirmando que es peligroso. Su visión de lo navideño es el encendido de pirotecnia.
A Sandra le gusta el champán. Su visión de lo navideño es consumir botellas hasta quedar desmayada. El alcohol enciende la fogata.
- ¿Adónde está el abuelo?
- En el cielo –dijo mi hermana.
- ¿Y papá va a tirar un cohete? ¿No lo podemos lastimar? ¿No lo vamos a ahogar con el humo? Mejor prendemos solamente estrellitas...
- Pero dejálo a tu papá, que quiere cohetes – dije.
- Odio esos petardos - interrumpió Sandra.
Enrique pensó antes de hablar.
- Es para ver si el abuelo está.
- ¿Cómo? –preguntó Sofi.
- Con la luz.
Una cañita voladora cayó en el jardín, provocando el incendio de un cantero. Fui a apagarlo con un balde lleno de agua. La operación duró un par de minutos. El agua apagó el fuego.
Para eso son los bautismos.

Abrió mi paquete. Era la Barbie nadadora, la que me había pedido que le comprara. Eran las diez y treinta y seis, lo recuerdo porque miré el reloj. Después fue que salí corriendo a llenar el balde para apagar las plantas encendidas. Sofi también salió corriendo. A buscar el punzón para agujerearle los ojos a su muñeca nueva. Era viernes, y yo no debería haber estado allí.
Luego se fueron a hablar entre ellos, a su cama matrimonial. Y después Enrique salió hecho una furia. "¿Adónde va papá?", preguntó Sofi. "Al Tiro al Segno", le dije. Ella fue hasta el cajón de la mesa de luz, para mirar. Eran las doce menos veinte. Se puso el camisón y volvió.
- ¿Todavía seguís peleada con tu papá?
Subió los hombros, como si no supiera. Podía escucharse el llanto de Sandra, manso, llegando desde la habitación.
El consuelo es algo difícil de manejar. Una de las cosas en las que me gustaría tener una fe ciega. Por eso dejé a Sofi en el sillón y fui hasta la habitación de mi hermana; por eso entré. La fe ciega es una redundancia; sobra la ceguera o sobra la fe. Para creer hay que cerrar los ojos. Fue en la noche de navidad del año 2005. Sandra estaba borracha, vestida, tirada en la cama. ¿Qué hacía yo ahí, en medio del huracán de la familia de otro? Simplemente pasaba una fecha difícil, de esas en las que todos hablan de las familias y nadie puede no tener una. De esas en las que necesitamos pastillas para dormir y la pequeña ilusión de que tenemos algo que funciona. Aunque sea la familia de la hermana. Aunque nunca hayamos creído en Papá Noel. Fui hasta la mesa de luz, a cerrar el cajón que Sofi había dejado entreabierto. La pistola estaba ahí, en su caja. Le saqué las balas y regresé al sillón.
Sofi se hacía la dormida, pero me sentí en la obligación de hablar para tapar el llanto de su madre. Era mi forma de apagar ese incendio; de unir el agua al fuego para certificar el cese del credo, para revalorizar el hecho de no haber creído jamás en nada. Dije:
- ¿Mirá si Papá Noel se equivoca y baja de nuevo ahora, que son las doce?
Y dije:
- ¿O mirá si Papá Noel se equivocaba de día y bajaba antes, una noche cualquiera, y te despertaba?
Y dije:
- ¿Mirá si se apiada de nosotros y no vuelve más?
Sofi se asomó desde debajo de la sábana para verificar que su vaso de agua seguía allí.
- ¿Qué es "apiada"?
- Que nos tenga lástima.
Sofi apagó la luz.
- No seas boludo, tío.

Esa noche soñé por última vez con el episodio del jarro. Se rompía el asa, la leche caía, me caía encima. Sin embargo, ni una sola gota llegaba al piso. Los pedazos de jarro cubrían la cocina de mi infancia. Era la primera vez que mi sueño se ocupaba de algo que no fuera la mancha sobre mi pantalón. Levanté uno de esos pedazos. La cerámica estaba seca por adentro. Ni rastros de la leche que tuvo. Como si el jarro jamás hubiera contenido líquido alguno.

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12.21.2010

LA OTRA PLAYA / CAPÍTULO 1

- ¿Quién es?
En la diapositiva aparecía una mujer de unos cuarenta y cinco años; teñida de rubio, con ojos de salir de viaje por primera vez. Miraba hacia la cámara. Una de sus manos se aferraba a una plancha; la otra emparejaba las piernas de un pantalón. El cuarto estaba pintado de verde.
El pantalón era del hombre obeso. Salía muy alto en las fotos (tal vez fuera realmente alto), y le gustaban los cinturones de grandes hebillas doradas como el de la diapositiva anterior. Los espectadores ya sabían que el hombre tenía un Renault Dauphine, una frente que se alargaba en la calvicie y una billetera llena de dólares, de la que la mujer teñida de rubio había obtenido varios primeros planos.
- ¿Cómo se llaman? – preguntó Antonio.
- Cacho y la tía Alicia.
- ¿De verdad?
- Les pusimos así.
La diapositiva siguiente los mostraba juntos y con las cabezas recortadas. El escenario era una playa. Habrían colocado la cámara en automático sobre el techo del Renault. Hacían un esfuerzo por entrar en el cuadro, sonriendo como niños. Se habían quitado las remeras: el hombre tenía un vello tupido en el pecho, que le llegaba hasta los hombros; la mujer tenía unos senos pequeños sostenidos por un corpiño rojo. Una margarita de plástico unía los dos triángulos de tela.
- No hay modo de saber cómo se llaman – agregó Zopi.
Parecían felices adentro de su viaje, al menos más felices que las cuatro personas que miraban pasar las diapositivas y comían galletitas con queso crema. Antonio, Marta, Sara y Zopi.
- No se pierdan ésta – dijo Sara, la esposa de Zopi, una morocha esmirriada con cara de dormida. Señaló hacia la pantalla: - Es nuestra foto favorita.
El Renault Dauphine estaba detenido en medio de un camino en un bosque. Los troncos casi lo rozaban. El camino estaba cubierto de pinocha. La pareja se había bajado del auto; el hombre posaba parado detrás de la puerta abierta del conductor. Apoyaba un codo sobre el techo y otro en el canto de la puerta. Unía sus manos a la altura del pecho, tapando una medalla que recién se vería en la diapositiva siguiente. La medalla colgaba de su cuello por una gruesa cadena dorada.
- Tiene ojotas Adidas– dijo Zopi.
El hombre estaba muy erguido, como exagerando su gran altura. Cruzaba la pierna izquierda sobre la derecha y doblaba una ojota contra la pinocha. Las piernas también eran peludas. Estaba relajado. Más relajado que los cuatro que lo miraban incansablemente, mientras comían las galletitas. Cuando Sara quiso pasar la diapositiva, Zopi le pidió que la dejara más tiempo.
- Ya no se consiguen esas ojotas – agregó.
- ¿Será Cariló? – preguntó Marta, la mujer de Antonio.
- No.
Sara hizo una mueca escueta con su labio inferior, como reafirmando lo poco que sabían. Sonó el timbre. Se levantó a atender.
- Es la pizza – dijo, volviendo del portero eléctrico. Traía un billete doblado en la mano y una moneda para la propina. - Yo bajo.
Cuando entró otra vez al comedor, su marido había pasado la diapositiva. Ahora había un morro verde en un cielo gris; Sara sabía que ésa era la primera de una larga serie de paisajes. Zopi pasó varias rápidamente.
- Es Brasil, ¿ves? - se detuvo en un cartel escrito en portugués. - Curitiba, o algo así.
En casi todas las fotos aparecía alguno de los dos. Ella sonreía más, porque tenía entera la dentadura. Él la encuadraba siempre en el medio, a veces no hacía foco o movía la cámara. Invariablemente, le cortaba la coronilla rubia.
Sara llevó a la mesa servilletas de papel y botellas. Abrió las cajas con las pizzas. Sirvió las porciones sin mirar la pantalla.
- Esta que viene es mi favorita especial - dijo Zopi, para diferenciarla de la favorita de ambos. Espiaba las imágenes en el carrusel del proyector, levantándolas del carrete antes de que fueran proyectadas. - Imperdible - agregó.
El hombre estaba sentado. La panza le salía como una pelota maciza, desde el elástico del slip. Tenía cara de recién levantado, aunque ya se había colgado el medallón. Sobre una mesita ratona había una taza y una medialuna mordida. El sol que se reflejaba en el medallón impedía ver el repujado. Zopi dijo:
- Campeón de natación, Colegio San José de Morón, quinto grado B, turno tarde. "No me la saco nunca más", le prometió a su entrenador. Cacho está en el mundo para cumplir su promesa.
- Si es que está - agregó Antonio, con una sonrisa.
Para Zopi y su mujer, los dueños de casa, esa era la primera vez que Antonio sonreía en lo que iba de la noche. Para Marta, la primera vez en lo que iba del mes.
Zopi hizo los cuernos con las manos. Sara dijo que la pizza era riquísima y se les iba a enfriar. Había fugaza o de jamón y queso. Se sirvió Bidú Cola y le convidó a Marta.
- ¿En esta casa tampoco toman Coca? – preguntó Antonio.
Sara miró a su marido y repitió la mueca del labio. Zopi sonrió, acarició el cuello de su esposa y contestó negativamente, como si no supiera de qué le estaban hablando, o no le importara. Puso el proyector en automático. Eran cientos de fotos.
- Dos valijas llenas - explicó.
Sara había comprado la primera por cinco pesos en una feria de Pompeya. Había ido a buscar una lámpara de tres conos como la que aparecía en la película "Departamento de soltero". Una amiga la había conseguido ahí. La lámpara no estaba. Cuando volvió a casa con las diapositivas, Zopi le echó en cara que había comprado algo inútil y tonto. ¿A quién podían interesarle las fotos de viaje de dos desconocidos? Bastante insoportable era mirar las de uno.
Desde entonces las habían pasado más de diez veces. Había algo perverso en compartir ese viaje con aquella pareja. A la pasión de Cacho por tener el auto radiante correspondía la obsesión de Alicia por la ropa extremadamente planchada. Le hacía la raya hasta a los jeans. Habían descubierto que Alicia siempre se metía al agua, estuviera soleado o no. Él jamás lo hacía. Sabían que Alicia se levantaba más temprano que Cacho: había varias fotos de él desperezándose o quitándose las lagañas de los ojos. Ella prefería los colores claros y las telas salpicadas de lunares o flores. Él, las rayas verticales y el negro.
- Porque tiene complejo de gordo - dijo Sara.
Antonio, que era fotógrafo, hizo el comentario de que ella era mejor que él a la hora de apretar el disparador: medía la distancia, se fijaba en la luz, abría correctamente el diafragma, componía el cuadro y probablemen-te hacía una marca en la arena para que él se parara en ese lugar.
- Cacho aprendió para la segunda valija - dijo Sara.
A esa la habían comprado un mes después. La amiga le había avisado que en el Ejército de Salvación había visto una lámpara de pie muy parecida a la de la película. La lámpara tenía cinco pantallas cónicas. "Apurate", le dijo. Ella se cambió y fue. Un cono era amarillo, otro verde, otro rojo, otro azul y el último anaranjado. El vendedor, un tartamudo huraño vestido de overol, desarmó la lámpara para que entrara en un taxi. Los conos verde y anaranjado eran postizos. Sara se arrepintió: los agregados no le gustaban. El vendedor protestó. Dejó el pie de la lámpara sobre una valija igual a la que Sara había comprado la vez anterior.
- ¿Qué tiene? - le preguntó.
- Diapositivas - dijo él, disponiéndose a leer el diario.
Sara sospechó que esa valija iba a costarle más. Discutió el precio. Insistió en que era igual de tamaño a una valija anterior que había comprado en otra feria, y que le había salido cinco pesos. El hombre no tenía ganas de venderle nada.
- Le estoy quitando un clavo. ¿Quién puede querer estas diapositivas?
- Los dueños - contestó el vendedor, subiendo los hombros. - Los parientes de los dueños.
"Yo no soy ninguna de las dos cosas", estuvo por agregar Sara, pero sintió que no valía la pena. ¿Cómo explicarle lo que habían disfrutado inventándoles la vida a esos desconocidos?
Cuando le avisó a Zopi por teléfono, él dejó de trabajar. Estaba ansioso por saber cómo seguía ese viaje. Manejó tan rápido hasta su casa, que casi chocó. Sara ya había servido la mesa. El proyector estaba entre la ensaladera y la botella de vino.
- Cacho aprende a sacar, sí, pero las nuevas fotos no son interesantes –dijo Sara.
- Hay mucho vegetal; son como más… artísticas. Además, repiten los vestidos. Y él ya tiene ganas de volverse –agregó Zopi.
- A lo mejor extraña a sus hijos - dijo Marta.
- ¿Cómo sabés que tiene hijos? –dijo Sara.
- ¿Tienen? - preguntó Antonio.
- Más adelante aparece una mano sosteniendo un abanico de fotos de chicos –Zopi empezó a explicar-. Dos varones y una nena. La mano es la de Cacho; las fotos están ajaditas, como sacadas de la billetera. No se puede saber quién es el más grande de los tres, porque en las fotos todos tienen entre cuatro y cinco años. ¿Cómo te diste cuenta, Marta?
Ella no pudo contestar porque estaba masticando su porción de fainá. Antonio dijo:
- La mayoría de las parejas, a una cierta edad, ya tienen chicos.
Ellos tenían una hija: Victoria, de veinte años. Zopi y Sara tenían una nena de tres años y un chico de seis.
- Volvé a la anterior - pidió Antonio.
Zopi tomó el control remoto del proyector.
- Esa foto está muy bien sacada. Mirá qué nítidez. Y el perrito...
- Le da un toque, ¿no? Un algo… Esta del perro es una serie bastante divertida - dijo Sara.
- Hay una mejor, ¿no? - le preguntó Zopi, mirándola.
- Más adelante.
- Miren la luz sobre la cara… bien - siguió acotando Antonio. - Perfectamente graduada. Además, hasta logró sacar lindo al gordo, ¿no?
- El gordo es lindo - dijo Sara, haciéndose la ofendida.
- Medio grasa, nomás, con esa cucarda en el pecho… - se celó Zopi.
- Vos sos más lindo - dijo ella, por lo que recibió un beso sobre los labios -, pero él tiene lo suyo.
- Buena espalda - agregó Marta -, buen lomo.
- Carne de exportación - dijo Zopi -. La tía Alicia también está muy cogible.
- Yo no dije cogible, eso lo agregaste vos - se defendió Marta.
- Dijiste que tenía buen lomo - le recordó Zopi.
- Es tan masculino, con todo ese pelo en el pecho, a lo Sandro… - se entrometió Sara, para defender a su amiga -. Si no tuviera a Zopi, yo me lo transaría.
Todos hicieron silencio.
- El gordo debe ser un tigre. Por las sonrisas de la tía, digo.
La mujer mostraba su dentadura. Detrás había una estatua de un niño arrodillado. El perro lamía la cara de la mujer. El hombre no había sabido si sacarle al perro o a la estatua, por lo que las dos situaciones habían salido cortadas.
- Habrá que ver si viven, ¿no? – insistió Antonio.
Marta se sirvió gaseosa.
- Dejalos que vivan ahí… Mirá lo felices que están.
- Bien cogidos y descansaditos - agregó Sara.
- ¡Y bien comidos! - dijo Zopi, después de pasar la diapositiva. - Mirá a Cacho preparando el asado. Morcillas, vacío, esto… bueno, no se ve bien.
- Debe ser una molleja –dijo Marta.
- O el cerebro del perro. Ves, acá está la pija del perro…-siguió explicando Zopi.
- Es una salchicha - retrucó Sara.
- ¡Ah, cierto! Mirá vos… Pensé que era, nomás, una pija…
Ella lo golpeó cariñosamente.
- Por el color rosado que tomó la película parecen los revelados previos al 78 - dijo Antonio.- Para el Mundial, Kodak importó al país un nuevo químico que evitaba este envejecimiento prematuro de los colores. ¿Ven que los amarillos y los verdes están casi igualados?
- Sí.
- Es por eso. ¿Se acuerdan de las películas de principio de la dictadura? Tenían el mismo problema técnico.
Zopi volvió a poner el proyector en automático, y le aumentó la velocidad. Había comenzado la segunda tanda de fotos, las que Sara llamaba artísticas. Las fotos mostraban cardos, piedras, flores, árboles, nubes, pasto, espuma. Era como si se hubieran cansado de sacarse entre ellos y empezaran a buscar alrededor, algo que valiera la pena encuadrar. Las imágenes pasaron rápidamente, hasta llegar a la pantalla en blanco. Sara cambió el carrusel por otro, y guardó el que ya habían visto.
- ¿En alguna parte salía el año, no, amor?
- Sí - contestó Zopi -. En un cartel nuevito, de un plan de viviendas.
- ¿1977?
- 76 –dijo Zopi.
Antonio afirmó con la cabeza y completó:
- Capaz que a la vuelta los limpiaron los milicos.
Zopi dejó sobre su plato el borde mordido de la última porción de pizza.
- Dejame disfrutar… - dijo. Después lo imitó: - Capaz que los limpiaron los milicos. ¿Qué querés, que lloremos?
Antonio puso cara de resignación. Dijo:
- ¿Vos pensás que tipos como éstos, que sacaron cien fotos de unas vacaciones berretas, donarían su recuerdo al Ejército de Salvación? Solamente muertos.
- ¿Cien, decís? Trescientas sesenta y siete… -afirmó Sara.
- Más a mi favor. Mirá las caras que tienen, el coche, cómo se visten, esa medalla al valor por haber entrado a la clase media...
- A lo mejor se fueron del país - acotó Marta. - Y no iban a estar cargando valijas con diapositivas. Se las dejaron de regalo a un pariente que las vendió por moneditas.
Zopi y Sara asintieron. Preferían creer en la hipótesis del viaje, o pensar que Cacho y la tía Alicia se habían tenido que mudar a un departamento más chico donde no cabían los cachivaches. O que se habían separado.
- Poniendo mucha mala onda llegamos a creer que en la segunda parte del viaje les habían robado el Renó Dofín - dijo Sara. - ¿Ven que no sale más, y que él está deprimido? Miren sus ojos… ¿No hay una foto mejor?
Zopi buscó, pasando rápido, y volvió a la foto anterior.
- Esa fue la máxima desgracia que llegamos a suponer para ellos. Y ni siquiera sirve, porque en la anteúltima diapo aparece de nuevo la trompa del Renó –completó Sara.
Se rascó la cabeza, pensativa.
- Nos gustan mucho así, felices… ¿no, amor?
Zopi vació su vaso de gaseosa y se volvió a servir.
- Los queremos así - dijo.
Para Antonio, sin embargo, la perspectiva de que Cacho y Alicia ya no existieran, le agregaba a las fotos un extraño valor. Iluminados bajo la luz del proyector, aquellos muertos habían regresado a la vida. Habían aparecido. Antonio prefería pensarse como un resucitador a ser un voyeur de un pasado que el propio dueño había desechado por desinterés.
Zopi se detuvo en una foto en la que Cacho leía el diario.
- ¿Alcanzan a ver la fecha?
- Hacé más foco.
- ¿Así?
- No se ve.
- Más no se puede. La toma está mal.
- ¿A ver? – dijo Antonio, reaccionando.
Se inclinó sobre el proyector. Giró el cañón milimétricamente hacia la derecha y luego hacia la izquierda. Movió el lente hasta que el periódico quedó medianamente enfocado. El año del diario no se alcanzaba a leer.
- Seis de enero de…
- Y no hay más datos –señaló Zopi.
Antonio soltó el cañón del proyector. La pantalla desdibujó los límites del hombre sentado. Zopi no pasó la diapositiva hasta que el foco volvió.
- Deseo sinceramente que Cacho y la tía estén más viejos que antes - mintió Antonio, haciéndole un gesto a Marta. Se puso de pie.
- Ojalá - remarcó Zopi.
- ¿No se toman un café? Postre no hay, pero café… - invitó Sara.
- La falta de café en esta casa es causal de divorcio - agregó Zopi.
- Mañana tengo que levantarme temprano - dijo Antonio -, y estoy durmiendo poco…
- Si revela dos noches seguidas, anda toda la semana grogui –agregó Marta-. ¿Y cuánto hace que venís dale que dale todas las noches?
- Diez días.
- ¿Y cuándo…? - Zopi le hizo un gesto a Marta como diciéndole "¿cuándo cogen?".
Sara lo golpeó en la espalda para que no fuera guarango. Marta se sonrojó.
- En el cuarto oscuro - dijo.
Abrazó y besó a su marido en la mejilla. Cualquiera que hubiera visto sus ojos podía afirmar que estaba orgullosa de Antonio. Pero él no se dio por aludido. Sara miró a Zopi y le dijo:
- A ver si me cambiás las lamparitas del cuarto por unas rojas, ¿eh?
- Sí, amor - contestó él.
Marta y Antonio salieron. En la calle hacía frío. Se subieron al auto. Casi no hablaron en todo el trayecto hasta la casa, que quedaba bastante alejada del centro. En un semáforo, Marta intentó acariciarle la mano. Él contempló la caricia con indiferencia; después buscó soltarse para poder hacer el cambio y arrancar.
Llegaron a las dos de la mañana. Victoria aún no había regresado de bailar. En la pared del living estaban colgadas las fotos de Victoria que Marta había enmarcado. No eran buenas, pero a ella le gustaban. Su hija en bicicleta, corriendo, saltando a la soga. Victoria, según Antonio, era difícil de fotografiar, a pesar de lo bonita que era. Bastaba apuntarle con el objetivo para que la belleza se le desdibujara.
Marta dio vuelta la cabeza buscando los ojos de Antonio. Él soltó el picaporte y desvió su mirada hacia un rincón del cuarto en el que había un paragüero y un oso panda de peluche. Ella caminó los pocos pasos que la separaban del cuerpo de su marido y se apoyó sobre su costado. Lo abrazó. Allí estaba Marta para amarlo, sostenerlo y cuidarlo. ¿No le alcanzaba a él, la infinita promesa de ese abrazo? Antonio se liberó suavemente para inclinarse a apagar la luz del velador.
Marta fue hasta la cocina y colocó una pava sobre la hornalla. Echó un puñado de granos de café en la moledora.
- Cerrá la puerta - dijo él.
- ¿Por qué?
- Por el ruido.
- ¿Y a quién jodemos?
- A los vecinos.
Ella no le hizo caso y enchufó la moledora. Antonio se levantó y cerró la puerta que separaba el living de las habitaciones. Luego cerró la de la cocina. Ni el ruido de la moledora ni el pitido de la cafetera eran ruidos conocidos por él. Le parecían ruidos recientes, acabados de inventar.
- ¿Hace cuánto que tenemos esa moledora?
- Fue un regalo de casamiento - dijo ella.
- ¿Y esa pava que chifla?
- La compré el otro día en el supermercado.
La taza de café tenía espuma hasta el borde. A Antonio no le gustaba que el café tuviera espuma.
- Está sin azúcar - dijo.
- Acá tenés - dijo ella, pasándole la azucarera y una cuchara.
Él se sirvió un terrón, revolvió, probó y acabó dando un largo trago. Asintió con la cabeza. Ella cruzó las manos sobre su delantal.
- ¿No querés que hablemos?
- No - dijo él.
Ella bajó la mirada. Le dio la espalda, para que él no notara que le temblaban los labios.
- Te quiero mucho; la quiero a Vicki –dijo Antonio-. Puedo sentir eso - remarcó la palabra para que no hubiera dudas. - Pero algo me está pasando. No sé… Eso de que sobro…
- Qué pavada, amor –dijo ella, y se sentó.
- Es así. Es la impresión que tengo…
- Cómo vas a sobrar en tu propia casa. Ey, mirame cuando te hablo.
Antonio levantó la mirada.
- Soy Marta, tu esposa…
Él asintió en silencio. Los ojos de ella estaban brillantes. Se había incorporado del asiento, e inclinaba el cuerpo hacia la cara de Antonio.
- Ya sé –dijo él.
- Te necesito al lado mío. ¡Cómo vas a sobrar en tu hogar! Qué ideas son ésas…
Antonio desviaba la mirada y ella se la buscaba con los ojos.
- ¿Mañana vas a ir al sicólogo?
- Sí.
- Mirá que tenés que ir, ¿eh?
- Claro.
Esperó a que él agregara algo. Le preguntó:
- ¿Y pensás sacar fotos, también?
- Voy a llevar la cámara.
Antonio la miró. Los ojos de ella no le creían.
- Por las dudas… - dijo él.
Marta tomó su café. Una llave dio vuelta en la cerradura. Antonio alargó un brazo y entornó la puerta de la cocina. Una chica morocha muy parecida a Marta intentó colarse sigilosamente por el pasillo que iba a las habitaciones.
- ¡Eh! - gritó su madre.
- Ah - dijo ella, asomándose. - Estaban despiertos… ¿Pasa algo?
- No - dijo Antonio.
Ella sonrió con la sonrisa que nunca hacía frente a la cámara, para después empezar a contarle a su madre, a gritos:
- ¿A que no sabés con quién sale Amanda?
Amanda era su amiga íntima.
- Fernando - dijo Marta.
- No.
- Javier.
- Frío.
- Marce.
- Heladísimo.
- No sé.
- ¡El hermano de Fernando!
- ¿No es muy grande?
- Tiene treinta y dos. Amanda tiene casi diecinueve. En agosto cumple los veinte. Adiviná qué le llevó de regalo la primera vez que la invitó a salir.
- Me parece un chico muy grande… - Marta miró a Antonio, esperando que dijera algo. Antonio permaneció callado.
- ¡Adiviná! –dijo Victoria.
- No me gusta que salgan con chicos tan grandes. Ni a papá - insistió Marta.
- ¡Un ramo de rosas enorme! ¿No es enternecedor?
Marta volvió a mirar a Antonio. Él dijo:
- Sí, estremecedor.
Victoria le dio a Antonio un entusiasta beso en la mejilla, como si no hubiera advertido el juego de palabras, y salió corriendo de la cocina. Su madre se asomó al pasillo.
- ¿Y quién te trajo? - preguntó.
- Fer.
- ¿En coche?
- Claro, en qué va a ser.
- ¿Ese muchacho ya tiene registro?
- Hace rato, mamá.
Marta regresó a su asiento. Antonio dijo, simplemente:
- Podríamos decirle que lo entre, alguna vez.
- ¿A Fer?
- A ese que nombra.
Marta tiró el resto de su café en la pileta sin ponerse de pie.
- ¿Y quién se lo tiene que decir? ¿Yo?
- Sos la madre, después de todo.
- ¿Que entre a su amigo a casa, decís?
- Para que nos conozca, al menos. Para ver cómo es.
Marta resopló, angustiada.
- Lo único que sirve es que vayas al sicólogo - dijo, cambiando repentinamente de tema.
- No me parece mala idea saber con quién anda Vicki.
- No te parecerá mala idea que yo me entere de con quién anda… Y yo ya lo sé. Vas a faltar como la última vez, ¿no?
- La otra vez no falté. El sicólogo se había ido.
- Porque llegaste tarde.
- No.
- Me lo dijo la secretaria del doctor.
Marta cruzó los brazos sobre la mesa y recostó su cara.
- Esta vez voy a llegar a tiempo –dijo Antonio.
Marta escondió la cara entre sus manos, como refugiándose en la oscuridad.
- ¿Te querés ir, no?
- ¿De casa?
- Sí.
- No - contestó Antonio, con firmeza.
- Pero te vas a querer ir…
Él se levantó para volcar lo que quedaba de su café frío en la pileta.
- ¿Hay otra? – preguntó Marta.
- No.
- Mentiroso.
- Te digo la verdad.
- Jurámelo.
- Ya te lo juré ayer.
- Jurámelo de nuevo.
- Te lo juro.
La mirada de Antonio estaba seca. Victoria apareció descalza y en bata.
- ¿Y el champú de caléndula?
- ¿Te vas a bañar ahora? - protestó Antonio. - Son más de las tres.
Victoria miró la nuca de su madre. Después lo miró a él, y se arrepintió de haber vuelto a la cocina.
- Tengo olor a cigarrillo en el pelo.
- Fijate en nuestro baño, a ver si queda –dijo Marta.
Victoria salió.
Antonio llevó su mano hasta la cabeza de su esposa para acariciarla. Le dijo, en un susurro, que no se preocupara, que todo iba a pasar. Marta no levantó la cabeza, ni siquiera cuando le preguntó "¿me querés?", después de un instante de silencio.
Él no supo qué contestar.

Gustavo Nielsen nació en Buenos Aires, en 1962. Es arquitecto y escritor. Como arquitecto ha realizado obras en Capital, Buenos Aires, Córdoba, San Luis y Montevideo. Desde 2008 comparte el Galpón Estudio en el barrio de Chacarita junto a los arquitectos Ramiro Gallardo y Max Zolkwer. Ha ganado el Tercer Premio para el Parque Lineal del Sur (asociado a Max Zolkwer), el Primer Premio para el Oasis Urbano Magaldi Unamuno, Tercer Premio Cenotafio Las Heras y Mención en el Oasis Boedo (asociado a Max Zolkwer y Ramiro Gallardo), Mención en el MPAC (asociado a Sebastián Marsiglia), Mención en el Pabellón Frankfurt 2010 (asociado a Max Zolkwer y a Sebastián Marsiglia) y Primer Premio en el concurso internacional para el Monumento a las Víctimas del Holocausto Judío (también asociado a Sebastián Marsiglia). Escribe notas sobre ciudad y diseño en el suplemento Radar, de Página 12. Ha publicado “Playa quemada” (cuentos, Alfaguara), “ La flor azteca” (novela, Planeta), “El amor enfermo” (novela, Alfaguara), “Marvin”, (cuentos, Alfaguara, "Auschwitz" (novela, Alfaguara)y “Adiós, Bob” (cuentos, Klizkowsky Publisher) , “Playa quemada” (cuentos, Interzona), “La fe ciega” (cuentos, Páginas de Espuma, Madrid), “El corazón de Doli” (novela, El Ateneo) y “La otra playa” (novela, Premio Clarín Alfaguara 2010).

gesnil@gmail.com

TATUAJE DE CARTÓN
EL PERRO QUE TUVIMOS
Марвин
LA VIDA CANTADA
LA FE CIEGA
LA OTRA PLAYA / CAPÍTULO 1
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