Playa quemada

La flor azteca

Los monstruos del Riachuelo

El amor enfermo

Marvin

Auschwitz

Adiós, Bob

Playa quemada

La fe ciega

Auschwitz

El Corazón de Doli

La otra playa


8.05.2016

UN ASESINO ES UNA PERSONA NORMAL QUE TRABAJA MATANDO GENTE.


En el cine mudo los malos tenían bigote. Era el modo de identificarlos. Esto lo dice Hitchcock en un largo reportaje reunido en el libro “El cine según Hitchcock”. Le habían dado a hacer una película titulada “Blackmail”, pero como el cine estaba pasando del mudo al sonoro, no se sabía bien cómo iba a terminar, si muda o con sonido. El cine estaba justo en ese límite extraño en el que los productores  querían a toda costa evitar la brusquedad comercial que adivinaban espantadora de espectadores. Hitchcock consideraba a las películas mudas como “la forma más pura del cine”. Si por él hubiera sido, la película se quedaba sin sonido. Después de muchas dudas los productores decidieron que “Blakmail” fuese una película muda salvo en el último rollo, para ir publicitando la novedad sin sobresaltos. Así es que se anunció como un film “parcialmente sonoro”.
Hitchcock decidió que era tiempo de vulnerar la regla del bigote, aunque sus productores no apoyaran la idea. Al director inglés le resultaba, tal vez, muy infantil eso de que para ser bueno bastara con una afeitada. El pintor de la película quiere violar a la chica que ha llevado a su casa; el asunto acabará en un crimen. Hitchcock dice:
- Hice, en esta escena, un adiós al cine mudo. Mostré al pintor sin bigote, pero la sombra de una reja horizontal de hierro forjado colocada en el estudio, le dibuja en el momento justo, encima del labio superior, un bigote más verdadero y más amenazador que el real.
Comenta también que lo hizo porque ansiaba vender, para que muchos vieran y disfrutaran de sus tramas. Muchos, para Hichcock, eran muchos. Por eso buscaba artilugios para dejar a todos contentos, la clave de sus negociaciones.
El del cine mudo fue un tiempo de doble ingenuidad. El hombre que sale en la pantalla no sabe que el código del mal de su barrio es llevar un bigote. Persiguen al malo sin fijarse en ese detalle. El asesino es muy fácil de descubrir para los espectadores. La maldición de su bigote lo desnuda.
El suspenso, en ese tiempo, estaba basado en la proximidad, en ese gritarle al muchachito desde la butaca ¡corréte de ahí que el bigotudo te puede matar! El mismo Hitchcock utiliza este mecanismo aprendido en el mudo en muchas de sus películas posteriores. La escena de “Los pájaros” de la estación de servicio nos hace ver, desde adentro de la oficina, todos los ingredientes de la catástrofe que los mismos personajes conocen parcialmente. Vemos la nafta derramarse, el hombre que enciende el cigarrillo, los pájaros que atacan, el fósforo caído sobre el charco del piso. La chica grita pero nadie la escucha. La estación explota en llamas.
El anónimo que en 1927 miraba “The Lodger” (“El asesino de las rubias”) desde su cómoda butaca de cine es contemporáneo a Ivor Novello, que actúa en la película. Pero el de la butaca sabe quién es el malo; Ivor no. Pienso que sería bueno vivir en un mundo así, avisado, en el que supiéramos de antemano cuál es el signo externo que identifica al mal para poder distinguirlo y huir. Pero inmediatamente me digo que es un mundo horrible. Ha existido y existe fuera del cine mudo y se consuma rápidamente en genocidios, esos momentos en los que los Estados enloquecen y comienzan a matar a sus beneficiarios por razones racistas, religiosas o sociales. En esos casos los malos siempre se ponen sus uniformes y sus medallas, y masacran dentro de una legalidad consentida parcialmente, apoyada por el poder. En esos casos los asesinos están muy orgullosos de matar; sus actos son su trabajo legal y suceden dentro de las ocho horas marcadas con tarjeta.
No vamos a hablar de esos individuos que inmerecidamente ocupan realidades en la historia de nuestro sufrido planeta (incluidos libros y películas), sino que vamos a hablar del otro, de ese que trabaja ilegalmente en las tinieblas y no tiene más poder que el de su astucia y coraje. Ese que para el atraco depende de la sorpresa, que no avisa como en el cine mudo. O al menos no está tan claro que avise. Digo esto último por los asesinos de mujeres. Por ejemplo: el que mata a toda su familia en “Dimensiones”, el extraordinario cuento de Alice Munro en “Demasiada felicidad”. En los femicidios los modos de avisar del asesino son evidentes para todos menos para las víctimas. Ellos dan señales en la intimidad de su espacio doméstico, pero las dan en el momento en que el resto de la familia no las puede decodificar. La camarera del Blue Spruce Inn es como el policía del cine mudo: tiene el asesino delante, le ve el bigote, pero no reconoce en esa mata de pelos un peligro. Ella no puede entender ese bigote de gritos y zamarreadas. Tiene, dentro de sí, la respuesta; pero está tan ensimismada que no lo puede denunciar. Pagará esa indiferencia con la muerte de sus hijos.
Después de saber que Chikatilo era el Carnicero de Rostov que toda Rusia buscaba, los vecinos –que hasta ahí lo consideraban un dechado de honestidad y moral- se acordaron de ciertas conductas y decodificaron varios signos. Pero eso sucedió con el diario del lunes: antes nunca se habían quejado. Y lo fusilaron porque se entregó, al estilo Raskólnikov de “Crimen y castigo”, un poco perseguido por la culpa y otro poco para ganarle a su perseguidor. En la realidad y en las novelas policiales, los asesinos seriales suelen ser los únicos que saben del crimen, porque trabajan de eso y hacen bien su tarea. Cuando los inspectores se enteran ya suele haber un tendal de cadáveres. Y el asesino es una persona difícil de pescar porque todos lo ven como a alguien normal, otro pez nadando en el estanque. Inclusive suelen ser seres queribles.
Patricia Highsmith fue la que acuñó el término “criminales queribles”. Ella es la campeona en el arte de convertir una persona común, que trabaja, como Jonhatan en “El amigo americano”, en enmarcado de cuadros, en un asesino entusiasta que trabaja matando.
“Los escritores que deseen escribir  libros parecidos a los míos –aconseja Highsmith, en “Suspense”, su maravilloso libro de teoría- tendrán un problema adicional: ¿cómo hacer que el héroe sea querible o, en lo posible, mínimamente apreciado? Por lo general esto resulta tremendamente difícil, aunque pienso que mis héroes son siempre criminales bastante queribles, o al menos no son seres repugnantes. (…) Lo único que sugiero es que al asesino se le atribuya la mayor cantidad posible de cualidades agradables, como por ejemplo: generosidad, bondad para con algunas personas, afición a la pintura, la música o la cocina. Además a veces sucede que estas cualidades, en contraste con sus rasgos homicidas, terminan siendo divertidas.”
El asesino es una persona que asesina en lugar de fabricar cosas, llevar una contabilidad, limpiar casas o vender objetos. Normalmente no lo vemos así porque para nosotros, que fabricamos cosas, llevamos contabilidades, limpiamos casas y vendemos objetos, el asesino está siempre fuera del circuito del trabajo, porque está de raíz fuera del circuito de la ética. Pero para escribir lo tenemos que convertir en ese ser que piensa, que pone el músculo y la herramienta al servicio de su obsesión, aunque mate. Los escritores vemos a los asesinos como gente que, simplemente, tiene ese trabajo por hacer. A veces hasta los admiramos durante un tiempo, normalmente el que dura la escritura del libro.
Fernando Savater daba una clase de ética a chicos del secundario, y siempre les planteaba un acertijo que sucede en un pueblo de provincia. Entre el pueblo y su aeropuerto hay un bosque. En el bosque vive un femicida. El marido de una señora tiene que hacer un viaje, y se toma un colectivo hasta el aeropuerto. No quiere que su mujer lo acerque con el auto para que no se tenga que volver sola por el bosque. La mujer, ni bien el tipo sale, invita a dormir a su amante. Están en la cama cuando el marido llama por teléfono diciéndole que se olvidó el pasaporte, y le pide que se lo alcance. Ella, con miedo, le sugiere a su amante que la acompañe. El amante se niega por pudor. Ella entonces le pide a su confesor, que le contesta que no puede porque debe dar misa. Entonces llama al policía, que también se niega porque tiene que velar por toda la comunidad, no por una persona en particular. Finalmente llama a su amiga, para al menos ser dos en el auto. La amiga teme por su vida y la deja igualmente plantada. La mujer va, cruza el bosque; el femicida la intercepta y la mata.
Savater le pregunta a su clase: “¿quién de todos es el responsable de esta muerte?”. Dice que de la respuesta salen los arquetipos sociales: está quién culpa al policía, que en el futuro podrá ser anarquista –se ríe cuando cuenta esta parte-; aparecen las feministas que culpan al amante, los anticlericales que le dan el palo al confesor; las románticas que se enfurecen con la amiga. Y los que culpan a la mujer por tener ese marido estúpido. O los que culpan directamente al marido por ponerla en peligro. Pero nadie, nunca en todos los años de sus cursos, dice Savater, culpó al femicida. En realidad es el único culpable de todos esos personajes, pero como está afuera de la ética, los chicos lo ignoran a la hora de rotularlo. La ética, dice el profesor, es lo que nos amalgama como sociedad: qué está bien, qué está mal. Lo que hacemos los escritores de policiales –yo lo hice en Auschwitz-, es salirnos de la ética para considerar al asesino como un jugador más que lleva en su trabajo todas las de la ley. Su ley.
Higsmith anota en “Suspense”: “Por otra parte, nunca he estado al borde de matar a nadie, pero de todos modos puedo escribir sobre eso, acaso porque el crimen es una extensión de la ira, una extensión al punto de la locura o de la locura momentánea”.
Es aconsejable en este tipo de conferencias andar aclarando de qué se habla. Tuvo que aclararlo Jonathan Swift cuando lanzó su “Modesta proposición destinada a evitar que los niños pobres de Irlanda sean una carga para sus padres y el país”, que hablaba de cocinar y comerse el exceso de bebés, y hasta daba recetas. También Tomas De Quincey, en su célebre conferencia  “Del asesinato considerado como una de las Bellas Artes” aclara, por las dudas:
“Estoy y estaré siempre a favor de la moralidad, la virtud y todas esas cosas; afirmo y afirmaré siempre (cualquiera sean las consecuencias) que el asesinato es una manera incorrecta de comportarse, y hasta muy incorrecta; más aún, no tengo empacho en afirmar que toda persona que se dedique al asesinato razona equivocadamente y debe seguir principios muy inexactos de modo que, lejos de protegerlo y ayudarlo señalándole el lugar donde se esconde su víctima, lo cual es el deber de toda persona bien intencionada según afirma un distinguido moralista alemán (se refiere a Kant), yo suscribiría un chelín y seis peniques para que se le detuviera, o sea dieciocho peniques más de lo que hasta ahora han contribuido a tal objeto los moralistas más eminentes.”
Y agrega: “¿Cómo negarlo? Todo en este mundo tiene dos lados. El asesinato, por ejemplo, puede tomarse por su lado moral (como suele hacerse en el púlpito) y, lo confieso, ese es su lado malo, o bien cabe tratarlo estéticamente –como dicen los alemanes-, o sea en relación con el buen gusto.”
Cuando De Quincey dice que prefiere el “lado bueno”, está hablando, obviamente, de literatura.
----------------------------------------------------------------------------------------------------
Escribí este discurso para el 12ª ARGENTINO DE LITERATURA de Santa Fe. Una mesa redonda de novela negra que compartí con Claudia Piñeiro y Osvaldo Aguirre en junio de este año. La noche antes de leerlo, estando en mi hotel santafesino, hablamos por Skype con Lori Saint-Martin, mi traductora al francés que vive en Canadá. Le había llamado la atención el título de la charla, y me dijo que le preocupaba que alguien hubiera escrito algo con ese título a una semana de la masacre de Pulse, en Miami. Le dije que el título era una cita del libro “Suspense”, que resultaba un par de veces mencionado en la nota. Se la mandé por inbox para que la leyera.
Al otro día, a minutos de comenzar mi mesa, me llegó al celu la respuesta de Lori diciendo que ella cambiaría, como mínimo, la palabra “coraje” con la que yo describo a un asesino individual, por “cobardía”. ¿Qué otra cosa que un cobarde es un tipo armado que entra a un recinto donde hay gente que baila y les vacía tres cargadores?
- ¿A quién se lo estás preguntado? –fue lo primero que atiné a escribir.
- A vos.
- ¿Como ser humano, o como escritor?
- No veo la diferencia.
- Estoy hablando de ficciones.
- Nombrás a Chikatilo – me contestó.
Touché.
“A esta altura Chikatilo es un personaje de Dostoievsky”, estuve por decir. Confiar en el argumento de que lo que hago son siempre ficciones ya se me está volviendo, a mis cincuenta y pico, por lo menos raro. No sé si me excuso en eso o me escudo. No iba a sacar de la nota el nombre del asesino real a esas alturas. Me pasaron el micrófono y leí lo que llevaba, que es lo que ustedes también acaban de leer. Y el titulo no es una cita a nadie; lo inventé, en plena época de las citas inventadas, a la moda del Borges del subte.
----------------------------------------------------------------------------------------------------
Si como ser humano te contesto con este discurso, lo admito: soy horrible. En eso estamos de acuerdo, Lori. Pero si te contesto como escritor, tengo una coartada que me regaló mi amigo Stephen King. Aquí entraría a funcionar el título de uno de los mejores libros que enseñan a escribir de la historia de la literatura: “Mientras escribo”. ¿Qué parámetros utilizo para ponderar un libro así? Que dice la verdad. En todo. Es como el de Highsmith, o algunas conferencias esporádicas de Cortázar, Flannery O´Connor y Vonnegut. Claudia Piñeyro nombra también “El  simple arte de matar” de Chandler como otra excepción infalible, pero tengo que confiar en ella porque todavía no lo leí. Los demás dicen macanas o puerilidades que no sirven. La verdad del libro del Rey es que los escritores, mientras escribimos, nos convertimos en gente que no es muy copada. Que suele imitar  para su vida eso que le sale de la lapicera, y si se trata de horror y asesinatos, te la encargo.
Uno puede tener hasta doscientas o trescientas relaciones amorosas y de amistad en la Tierra, pero tiene tres amigos fieles y tuvo tres ex que extraña, con las que hubo ese tipo de amor infinito que un día se corta y nos destroza. El enamoramiento se basa en la admiración por el otro. Por lo que hace: cómo escribe, cómo se viste, cómo cocina, cómo trata a sus semejantes, la ética que tiene, a quién votó; sus gustos y afinidades, Si podemos admirar en un 80% a una persona, hay amor. Si es correspondido, se arma la pareja. Después te separás por ese 20% que no congeniabas, que suele agravarse y crecer con el tiempo. Y para escribir hay que enamorarse. Sobre todo pasa con las novelas.
Como escritor, si tuviera que novelar el horrible episodio de la disco de Miami, tendría que enamorarme, indefectiblemente, del asesino. O al menos quererlo bastante. Escribir una novela es tener una relación con tus personajes durante un tiempo largo y conflictivo. Somos, de alguna manera, rehenes temporarios de ellos como de nuestra amada cuando la encontramos en la vida. Y a ese asesino en particular, mientras escriba la novela tenderé a verlo como a un tipo interesante. Un eximio actor, por ejemplo, que no reparó en sumergirse en sus fobias misántropas para frecuentar el lugar donde ejecutaría su masacre. Lo tendría que ver como a un estudioso que fue detallista en el recuento de sus obsesiones, un profesional que no se puso nervioso ni a último momento, sino que hizo todo racional y fríamente. A sangre fría, digo.
De eso se trata ficcionar: para un escritor es lo mismo que entender. Después está si le agregás tus condimentos o lo dejás sobrio de toda sobriedad, a lo Capote.
Mientras escribo, como dice King, deberé acercarme a este ser despreciable hasta verlo inteligente e interesante. Mientras escriba seré otra cosa, un monstruo apartado de la sociedad, políticamente incorrecto, como él.  Por un rato, asesino de gente que baila.

No se me acerquen mucho cuando escribo. 

Etiquetas:


7.04.2016

NOTA COMPLETA DE LIOTTA PARA VIVA

 ESA MÁQUINA ROJA

Llegué a Diamante, Entre Ríos, con el corazón roto por una separación. Fue este último verano, me sentía morir y decidí publicar en el Facebook un pedido de auxilio a mis amigos para tomarme un descanso. Todo el mundo me recomendó sitios lindos adónde ir. Sólo Patrick, un conocido de los veinte años, me facilitó tanto las cosas que decidí viajar al día siguiente. El residencial adonde vive tiene varios departamentos de alquiler, pileta, quincho y un pequeño museo. Lo del museo me interesó cuando escuché que allí estaba exhibido el primer corazón artificial del mundo.
- ¿El de Jarvik?
- El de Jarvik es del 82 -dijo él-. Estoy hablando de quince años antes, del que inventó mi padre.
Para escribir la novela “El corazón de Doli” yo había hecho una investigación bastante severa acerca de la clonación, pero muy superficial en relación a órganos y trasplantes. El dato que tenía sobre corazones artificiales era el nombre de ese gringo, al que asocié imaginariamente con Tupperware y un Alfredo Coto ficticio para la producción en la Argentina. En la literatura se permiten estos juegos. Lo que no puedo permitirme, a esta altura, es pasar por alto que el primer médico que inventó un corazón artificial es compatriota. Y lo hizo, como dijo Patrick, un década y pico antes del que tuvo más prensa.
El suceso ocurrió en un Hospital de Texas. La operación exitosa data del año 1969. Fue realizada por el doctor Domingo Liotta, oriundo de Entre Ríos, junto a su socio americano Denton Cooley, unos años mayor que él.
El doctor Liotta tiene hoy 91 años. Se acuerda de los nombres de todos los colaboradores que tuvo en su vida. Egresado de la Universidad Nacional de Córdoba, ha dirigido clínicas, creó el servicio cardiológico de muchos hospitales argentinos y la carrera de Medicina en la Universidad de Morón, de la que fue rector y vice. También fue el creador del Sistema Nacional de Salud durante el último mandato de Perón. Escribió un libro titulado “Las aventuras de un cirujano de corazón”. Está completando sus memorias. Me espera impecablemente vestido de traje y corbata. Me hace arrepentir de no haberme puesto un saco. Da la impresión de que la gente que trabaja con él, que entran y salen de su oficina, lo aman.

EL HOMBRE DEL CORAZÓN ARTIFICIAL
Domingo Liotta, un cirujano argentino de 44 años y ojos tristes, inventó un corazón artificial completo, luego ayudó en la implantación de su invento en un ser humano. De este modo, un hombre cuyo nombre se mantiene a la sombra de Denton Cooley y de Michael DeBakey ha cambiado el curso de la historia médica y quizás de toda la historia. (Will Mc Nutt, 1969, World Book Science Service).
- ¿Qué hay de cierto de todo eso? –le digo.
- ¡Lo hicimos! – se agita él- Fuimos los primeros que instalamos un corazón mecánico ortotópico (que va a adentro del saco pericárdico), previa remoción del corazón nativo. Con Cooley desarrollamos la investigación completa en el Baylor University College of Medicine, en Houston. El Dr Michael DeBakey era el chairman del departamento de cirugía. El receptor fue un imprentero de Illinois llamado Haskell Karp, de 47 años. La intención era que nuestro invento se utilizara hasta hallar un donante humano compatible para poder realizar el trasplante. La operación duró tres horas.
 - ¿Cómo se llega a ese momento?
- Nosotros trabajábamos en asistencia circulatoria, sin sacar el corazón, desde 1961. El primer caso clínico lo logramos el 19 de julio de 1963, con el doctor Stanley Crawford. Le implantamos a un paciente la primera bomba sanguínea, a la que nombramos “Liotta-Crawford”.  Era del tipo pulsátil; trabajaba copiando los movimientos del corazón, sístole y diástole. Las bombas actuales son de flujo continuo, en donde la sangre fluye todo el tiempo. Los pacientes, en cuanto son conectados, mejoran inmediatamente porque reciben grandes flujos.
- Más que los de la bomba Liotta-Crawford.
- Claro. El enfermo que necesita un trasplante está levantado. Camina con dificultad, sufre disnea, pero habla. Quiere decir que tiene un resto funcional válido en el miocardio. Es parte de una lista de espera para una operación. A este paciente le ponen un dispositivo que fluye sangre constantemente y se lo ve recuperado. Toda esta evolución ha resurgido con el doctor Alain Carpentier, de París. Parece -digo parece porque la información viene de Internet y no de una revista científica- que Carpentier ya mandó a la casa a su primer paciente con una bomba permanente, y está feliz. Fuera de eso, y mientras no se aclaren bien las cosas con respecto a los materiales y al mantenimiento de estas máquinas, no se ha conseguido todavía un corazón artificial permanente. Puede que ese caso que digo sea el primero.
- ¿Cómo se instalan estas bombas?
- Con una incisión chiquita que se hace del lado izquierdo del tórax del paciente, de costado, entre las costillas. Piense que en 1966, para lograr el mismo efecto, hacíamos esternotomía mediana, o sea que le abríamos el pecho como si la operación fuera una cirugía coronaria. Esta bomba de ahora se coloca en un tratamiento inocuo. La aurícula izquierda está apenas a cinco centímetros de la parrilla costal. Si la tiene dilatada, estará más cerca todavía. Se le pone un conector y se entra muy fácil a la arteria axilar izquierda. Las arterias subclavia izquierda –se señala la clavícula- y la axilar –se señala la axila- van casi superficiales.
- ¿Y el corazón que usted inventó, cómo era?
- El sistema circulatorio sigue las leyes de la hidráulica. Las válvulas cardíacas funcionan en forma mecánica y un gradiente de presión las abre y las cierra. Lo que hicimos con el “Liotta-Cooley” fue replicar las condiciones de los corazones verdaderos. No hay diseño de la acción contráctil, hay imitación. El corazón es el único órgano que salta en el organismo. La parte contráctil es una función que no tiene descanso en 80, 100 años. Día y noche trabajando sin parar. Es una maravilla de la naturaleza. Nosotros no hicimos más que imitar eso utilizando los materiales que había en ese entonces. Hacíamos las cámaras ventriculares con Silastic. Ahora evolucionó, hay plásticos muy buenos. El Biospan, por ejemplo. Es un plástico para ser implantado sin rechazos. El corazón artificial “Liotta-Cooley” tenía un aspecto transparente.

EL SEÑOR KARP
- ¿Cuánto vivió el imprentero Karp con el primer corazón artificial de la historia?
- Más de lo que le tenía previsto el destino –contesta Liotta-. El paciente llegó sin función cardíaca. No lo podíamos desfibrilar. Le dimos golpes eléctricos, el anestesista le dio todas las drogas necesarias, y nada. Le habíamos abierto el pecho y le mejoramos la “arquitectura” del ventrículo izquierdo, removiéndole parte de la pared fibrática. No lo podíamos sacar ni con una función cardíaca mínima, con lo que le hubiéramos podido dar asistencia circulatoria. Cooley salió de la sala de cirugía para avisarle a la señora Karp lo que íbamos a hacer, y a las autoridades del hospital para que fueran solicitando un donante. Ingresamos la consola de control del corazón artificial que habíamos creado. Removimos el corazón de Karp y separamos los ventrículos con una incisión transversal. Para poder sacarlo seccionamos la aorta y la arteria pulmonar. Era la primera vez, fuera de una autopsia, que se hacía algo así. Ya había periodistas observando detrás de la galería vidriada: la noticia se había esparcido rápidamente.
- ¿Y?
El tiempo para la circulación extracorpórea se estaba agotando. El resto de la pared de la aurícula izquierda de Karp fue suturado a la correspondiente pared artificial. Tuvimos un pequeño inconveniente con el conector aórtico de salida de la bomba, que no estaba correctamente alineado con la aorta del paciente, pero lo resolvimos e implantamos el ventrículo derecho a la brevedad. Y le volvimos el corazón a su sitio. En el driver vimos que funcionaba. Cooley tenía los ojos llenos de lágrimas. Yo no canté victoria hasta que visité a Karp en el posoperatorio. Él todavía estaba entubado, no podía hablar. Le dije: “abra los ojos”. Los abrió. Le dije “apriéteme la mano”; lo hizo. “¡Mas fuerte!” ¡Y lo hizo! Le sacamos los tubos al otro día.
- No me diga que murió de viejo.
- Lamentablemente no resistió el trasplante. Esta operación que le conté se realizó el 4 de abril del 69, y el trasplante el día 7. La donante fue una señora de Massachussetts.  Su corazón funcionó bien al principio, pero el paciente ya había formado una pleuresía y neumonía fúngica (con hongos). De ese lugar no lo salvaban ni los antibióticos de ahora.
Respiro un poco. Tomamos los cafés que Gisella, su asistente, nos trae.
- ¿Cuándo hizo su última operación? –le digo.
- Le parecerá mentira, como a Cooley, pero yo operé hasta los 82 años.
- Wow.
- Cooley hasta los 80. Por eso no quiere creerme. Le gané.
  
PERÓN
- ¿Qué tuvo que ver Perón con su historia?
- En el 68 mi hermano mayor, Salvador, atendía al General Perón en Madrid. El Texas Heart Institute, para ese período, había firmado con España un convenio para entrenar a sus médicos en cardiología y cirugía vascular, que estaban muy flojitos. Con Cooley empezamos a ir tres o cuatro veces al año a dar conferencias o a operar. Mi nombre empezó a salir en los diarios. El General le pidió a Salvador que hiciera de puente para encontrarnos. Salvador  me esperó en Barajas y fuimos hasta la residencia de Puerta de Hierro. Perón era cardíaco, pero la llevaba bien. Tomamos el té, que nos sirvió su señora Estela. Ella era muy cortés. Conversamos de muchas cosas. Las reuniones se repitieron en varios viajes. Hasta que en las elecciones del 73 ganó Cámpora y Perón me llamó para dirigir la Secretaría de Salud Pública. Yo cubría dos servicios de cirugía cardiovascular, el del Italiano y el del Durán. Le contesté que era un honor, pero que estaba muy ocupado. Entonces Perón dijo que al menos me hiciera cargo por tres meses. Mi hermano me sacó el teléfono de la mano: “Métale para adelante, General”, dijo.
- ¿Y qué tenía que hacer?
. Perón reunió a toda la oposición para crear el Sistema Nacional de Salud, que después fue ley. Lo trabajamos prácticamente fuera del gobierno de Cámpora. El SNS fue importante: estaba destinado a ordenar la Salud Pública. Lástima que lo bajaron los milicos... Todavía hoy no se ha podido ordenar eso, y mire los años que han pasado. ¡Más de cuarenta!
- Tengo entendido que por entonces usted ya era el médico personal del General.
- Lo atendía todos los días. Los enfermos cardíacos quieren tener al médico cerca. Todo el tiempo me hacía preguntas, que el pulso esto, que una taquicardia… Yo iba a Gaspar Campos a última hora de la noche. Hablábamos más de lo que le recetaba. Me esperaba sentado, o recostado. Nos saludábamos, lo controlaba, nos llevábamos bien. A los políticos les gusta la gente que no se mete a competir con ellos, que hace el trabajo que sabe hacer y listo. Así soy yo, y él me tenía muy bien conceptuado. El problema, más que su salud, era ese López Rega, que tenía mucha incultura y le estaba al lado como una sombra.
- ¿Miraba mientras usted lo atendía?
- No. Pero podía abrir la puerta de repente, sin golpear, y el General no le decía nada. Nadie se explica, ningún argentino, cómo un hombre con la experiencia e inteligencia de Perón podía tener a un tipo así a su lado. ¿De dónde salió esa influencia? En nuestros encuentros en España nunca había aparecido… Le  voy a contar una anécdota.
- Bueno.
- Perón venía orinando poco, y a nosotros, los doctores del corazón, siempre nos interesa la parte diurética. Que los pacientes orinen bien. Con el cardiólogo Pedro Cossio le dimos unos remedios, con los que Perón empezó a orinar de nuevo. Él me estaba hablando, con la puerta del baño entornada, cuando intempestivamente entró Lopecito a la habitación. No pidió disculpas. Se puso a caminar adentro del cuarto moviendo mucho las manos y me dijo, casi sin mirarme: “Ha visto, doctor Liotta, tal astro se ha alineado con tal otro y por eso el General está meando”. Perón, que estaba de espaldas, abrió un poco más la puerta, giró su cabeza y me guiñó un ojo como diciéndome “no le haga caso a este loco”.
- ¿Cómo era Perón?
- Un hombre medido. Muy sencillo. A las personas que apreciaba las hacía sentir bien. Era un consolidador de ideas. Tomaba ideas de todos. Para hacer el SNS llamó a casi toda la oposición. Va a ver por qué digo “casi”. Yo tenía un anestesista maravilloso, Alfredo Dradman, un hombre que era secretario general del PC. Para el SNS nosotros habíamos convocado gente de cualquier partido, menos del PC. Estaba la UCR, con Balbín. Perón siempre ponderaba lo bien que andaban los radicales. Y entonces yo le dije: “Usted sabe, General, que quiero llamar a uno de mis mejores anestesistas: un profesional ejemplar”.
- Y llameló, doctor –dijo Perón.
- Pero es secretario del PC.
Entonces se quedó pensando la respuesta.
- Hay un problema –dijo, por fin-. De ellos, no mío. Cada vez que me acerco a un comunista, se esfuma en el aire. Hablan desde lejos, pero si uno se acerca desaparecen…
Cuando se lo conté a Alfredo empezó a maldecirlo. Se enojó muchísimo, y su enojo era el de todo el Partido. Perón les había ido robando sus banderas sociales, las cuestiones de trabajo, las de salud. Se metió prácticamente con todas las consignas del comunismo: eso no se lo perdonaban.
- Me acerco para conversar, vamos a sentarnos, se enojan y se van…


LOS CHINOS Y EL EPISODIO CON TÚNEZ
- Perón tenía intereses comerciales con Oriente, especialmente con China –cuenta Liotta-. Los quería impresionar un poco y les mandó una comisión científica. Fue en el año 1973. Me comprometí con Chu En-lai, el premier, para ir a darles entrenamiento a los médicos de allá.
- Vi la foto –le digo.
- Un gran tipo, Chu. Muy formal, pero siempre decidido a romper el hielo con un toque simpático. Eso aprendí de él. Habíamos tenido una charla seria y de golpe me agarró del brazo y me pidió que le presentara a mis colaboradores del Hospital Italiano. Su equipo era inmensamente pulcro, se los veía perfectos: delgados, uniformados, sonrientes, afeitados. Hice pasar primero a mi jefe de cardiología, el doctor Oliveri, que tenía una barba espesa y tupida, a lo Horacio Guaraní. Después presenté al doctor Pujadas, que era extremadamente obeso. El doctor Pichel también estaba barbudo y desalineado. Entonces detuve al traductor y le aclaré: “dígale al premier que la próxima vez no le voy a traer ni barbudos, ni gordos”. El equipo de él estaba formado por gente que, simplemente viéndolos, podías decir estos son cirujanos. Aunque los nuestros fueran mejores. El traductor dudó, pero Chu En-lai exigió sus palabras.  Sin reírse, me contestó:
- Los barbudos y los gordos adelante. Los chinitos, que se suban a banquitos.
Con Chu En-lai aprendí que el peor protocolo se rompe con un chiste.
- No siempre resulta –le digo.
Mueve la cabeza. “Una vez salió mal”, dice.
- Estábamos visitando oficialmente al presidente de Túnez. Fui con mi hijo Patrick y con mi esposa Olga. El presidente era el colmo de la seriedad. En un momento dijo: “Doctor, tiene que tener en cuenta que en este país, bajo la acción de mi gobierno, se terminaron todos los casamientos múltiples. Hoy en día es un hombre con una mujer, con felicidad. Todo lo demás está prohibido.” Lo decía con energía. Yo, acordándome de Chu En-lai, le retruqué:
- Tampoco hay que ser tan exagerado, señor presidente: dos o tres lindas chicas hacen falta de vez en cuando para mantener bien el corazón…
Le tuve que guiñar el ojo para que entendiera que le estaba haciendo una broma. A la noche me tocó cenar con su ministro de Salud Pública y me dijo que por suerte el episodio había salido en los diarios. Me mostró la nota y pasó a explicar: “Lo que pasa es que él ha tomado el monopolio de las chicas… Además de su señora, que es muy linda, tiene dos amantes. Con la nueva ley es el único que las puede tener sin caer en problemas…”
-  El sexo hace bien para el corazón, ¿no, Don Liotta? –le pregunto.
Se ríe, pícaro.
- ¿Qué le parece? –me contesta.
Y pasa a describir la lista de consejos para llegar con un corazón sano a su edad.           

FINAL
A la salida de la reunión me decido a escribirle a mi ex. Son las once de la mañana y estoy por tomarme el tren de vuelta a casa, parado en el andén de la estación Morón. Le mando dos mensajes.
El primero dice: “Acabo de entrevistar al inventor del corazón artificial. Sus tips para nunca tener que ponerse uno fueron “alimentación correcta, andar diariamente en bicicleta y ser feliz”. Es un hombre mayor que hace las tres cosas: come pescado y verduras, pedalea en su bici fija y reparte el tiempo entre su matrimonio, su trabajo y sus hijos grandes.”
El segundo dice: “Los dos primeros consejos los cumplís sola, o con tu Aurorita. Para el tercero te puedo ayudar. Si me dejás, te cuido el corazón”.

Todavía no me contestó, pero no pierdo la esperanza.

Etiquetas:


6.01.2016

EL FANTASMA INVISIBLE

- Sesenta años.
- Parece más.
- No le hablo de la construcción, bo. Sesenta años tenía el viejo cuando se murió.
- Esa cifra también está errada. La construcción tiene más de cien años, se ve, y el viejo tenía más de noventa, según dijo René. Edad para morirse en paz.
- Sesenta años de postrado, digo. Sesenta de enfermedad. Y quién le dijo que se murió en paz.
La casa me había costado la mitad de lo que valía una casa así. La contingencia económica había desviado la pregunta acerca de por qué sería. Por qué un PH ubicado a mitad de cuadra, al fondo de un pasillo y en bastante buen estado podía ser tan barato. Llegué a suponer que la rebaja era por el olor a gato.
- Para cien años, la construcción está bien de bien.
Washington, mi vecino de medianera de ochenta y dos años, viajante y uruguayo, fue el primero que me previno. Después vinieron René y los demás.  Washington se escondió el día que lo vi. Yo subía la escalera hacia mi nueva terraza. Desde allí alcanzaba a contemplar su patio. Lo saludé y se metió en la cocina, apurado y con la cara alborotada por el pánico.
Más tarde salió a disculparse. Como toda presentación, dijo: “antes era de Montevideo, ahora vivo acá”. Me preguntó si le había alquilado a la gorda, y si ella me había hablado alguito acerca de la historia de la casa. Le dije que no sabía nada. Y que compré. Entonces me preguntó si no tenía  miedo.
- ¿Miedo a qué?
- Al polaco viejo.
Le dije que la ex dueña mandaba solamente parcos mensajes de texto en letra mayúscula. La había visto una vez, para escriturar. En efecto, era una gorda enorme. El resto de la transacción y entrega de la llave la manejó una inmobiliaria que, extrañamente, no quiso cobrar comisión. Debía ser la primera vez en la historia mundial de los inmuebles.
- No es para menos -dijo Washington, enigmático. - Como mínimo le tendrían que haber avisado de los ruidos -agregó.
René, el vecino de enfrente, opinaba igual. Le faltaban dos dientes de adelante y llevaba puesto un mono engrasado, aunque no trabajara en un taller mecánico. Era tan jubilado como Washington. Manejaba un Chevrolet Corvette del 54. 
- El que hace los ruidos es el padre de la que te vendió la casa. Durante años le avisamos a la gente para que no comprara. Con vos se nos pasó. Los ruidos son lamentos de dolor. Parece que mientras estaba vivo había tenido una enfermedad que le dolía. Gritaba. Y ella, Norita, no lo quería escuchar. Un día la gorda se fue y cuando volvió, después de un mes, encontró a su padre medio podrido sobre la pinotea.
Me preguntó si todavía se sentía el olor.
- Solamente hay olor a pis de gato -dije.
- Washington lo olió. Algo tipo pollo podrido, dulzón. Llamó a los bomberos, pero no le creyeron porque es uruguayo.
Afirmó seriamente con la cabeza. Yo había visto una mancha en el piso de la habitación, una especie de sombra grande.
- El polaco era enorme -constató René. Parece que se peleaba mucho con la hija, una tarada. Washington no sólo había escuchado los lamentos: también lo vio. Subiendo la escalera que va a la terraza.
Yo pensé que tal vez por eso se había asustado tanto la primera mañana en que me vio subir.
-Como una luz -especificó René.- Un cuerpo de luz anieblinado. Como la neblina que el uruguayo veía miles de veces en la ruta, cuando viajaba al amanecer. Pobre hombre, no le renovaron el registro. Para un viajante es como matarlo.
- ¿Y encontró al polaco subiendo la escalera?
- Yendo a colgar la ropa a la terraza. Pero de noche, dos años después de que el polaco hubiera muerto.
Todo esto había pasado hacía una década, aunque los gritos se seguían escuchando. Tal vez ahora un poco más bajito. Como si se hubieran gastado.
- ¿Usted los escuchó?
- Creo que sí -dijo René.
Aclaró lo buenísima persona que había sido ese polaco. Pero estaba postrado. Y la gorda quería la casa para vender. Por eso se lo olvidó ahí adentro, sin darle de comer, ni los remedios. Por eso se hizo la que se iba.
- ¿No habrá tenido que viajar?
- Adónde va a viajar esa gorda tacaña. “Abandono de persona”- agregó.- Claramente un delito.
Afirmé con la cabeza.
- Abandono de padre -remarcó René:- peor.
Lo único que yo había sabido de Nora era que hacía rato que la casa estaba desocupada. Me lo informó de esta manera, en un mensajito:  DESOCUPA DDE HACE AÑOS. “¿y no tiene olor a nada?”, le había preguntado, alérgico como soy. GATO, contestó. MEO.
La tarde había empezado a caer y yo estaba decidido a quedarme a dormir. Tenía mi sillón azul desvencijado y algunas velas, porque todavía no estaba conectada la electricidad. Lo invité a René a que cruzara a tomarse un vino conmigo, pero dijo  “ni en pedo pongo un pie en esa casa endemoniada. Al menos no tan tarde en la tarde”.
- Y a los gatos se los aleja tirando pimienta al piso -agregó.
Armé la cama. Por más endemoniada que fuera, era mi casa. Podía comprar pimienta al otro día, pensé. En un placar encontré un bol al que alguien le había escrito “Tini” en letra cursiva con un marcador.
No era que no me asustara, pero la idea de estar acompañado de manera paranormal me gustaba un poco. Nunca en la vida había visto un fantasma. Encendí las velas con una cajita de fósforos que me pasó René. Me recosté. La habitación temblequeante era el escenario ideal para la aparición. Había un silencio espeso, como de cementerio de provincia. Cerré uno de los ojos. Casi podía oler al muerto que hubo en esa habitación. Se cayó de la cama o se tiró, desesperado de angustia y soledad. No se pudo poner de pie otra vez. El hambre lo fue devorando como un buitre. Cerré el segundo ojo para recibirlo. Podía sentir el calor de las velas en la habitación sin ventilar.
Cuando abrí los ojos ya era de mañana. Las velas eran cinco montañas de cera derretida. Ningún lamento había podido con el cansancio de la mudanza de mis pocas cosas. Washington me estaba esperando con el mate, sentado en su patio. Lo vi por arriba de la medianera, cuando subí a la terraza. Habló sin que le preguntara nada. El sol le daba de lleno en la cabeza, pero a él no parecía importarle. Dijo dos o tres cosas sin sentido: que tenía un Ford Taunus azul, que había conseguido unas pamplonas de pollo en la feria del domingo. Y algo más sobre la yerba paraguaya que estaba tomando, porque no conseguía La Selva, tesoro verde. Y de inmediato y sin correlación pasó a decir lo mal padre y persona que había sido ese polaco de mierda, y que su hija le había puesto enfermeras, pero él se las sacaba de encima como a moscas. Nora también era una mierda como su padre, pero con él había sabido ser una buena chica.
- René me dijo que usted lo vio una vez subiendo esta escalera. De finado, digo.
- ¿Una? -exageró Washington- Decenas...
- ¿Y qué sintió?
Washington subió los hombros. Se cebó otro amargo.
- Al principio me cagué en las patas. Después me acostumbré. -Chupó de la bombilla con ruido.
En la calle me lo volví a encontrar a René, que se mostró muy interesado. Le gustaba que yo no tuviera miedo, lo hacía reír. Se había figurado, en sueños, que la mancha del piso podía pararse como una sombra. Y se paraba para defender la casa, según su opinión. Una vecina de la vuelta, Celeste, aseguraba que el difunto se había hecho atar con cadenas a la terraza, desde el más allá. Ella había escuchado ese ruido claro y patente de los eslabones arrastrándose por los cerámicos. Pero él no le creía, como tampoco creía que fuera blanco, una luz blanca. Para René era un fantasma opaco. Negro de toda negritud.
- ¿Y echó la pimienta que hablamos?
- Todavía no. Voy ahora a lo de Aldo, el de la veterinaria de acá a dos cuadras. Él va a saber decirme.
- Qué va a saber, ése no sabe nada.
 Aldo era un tipo flaco como una horquilla. Los líquidos que vendía reposaban en bidones de colores. El local tenía olor a marisco. Según él, el polaco había sido un buenazo que alimentó a sus gatos de la terraza hasta el último día de su vida. No había habido ninguna enfermedad. Puras macanas de la gente. Qué era eso de que  no tenía movilidad: era un viejo potente. Sordo, pero potente. Siempre venía a comprarle comida y piedritas. Si no venía él, venía la hija. Aldo, decía, se la había cogido. La gorda gritaba al acabar, en la pieza de al lado, pero el viejo no podía escucharla. No escuchaba nada de nada.
-  Y ella, entonces… ¿por qué se fue?
- No sé. Enterró a su padre y se marchó del barrio.
- ¿Hace cuánto de esto?
- Unos quince años. Durante ese tiempo la casa fue de los gatos. Y parece que el viejo no los abandonó: siguió subiendo a alimentarlos, ya como aparecido.
Le conté que debía haber una gata preferida, por la taza de “Tiny”. Aldo pensó antes de contestar.
- No había ninguna preferida. El viejo le decía Tiny a todas las gatas. A veces -agregó-, también la llamaba de ese modo a Nora, de guacho, para hacerla enojar.
Después me vendió un producto que había que rociar llamado “NO VA”. El nombre parecía puesto por la gorda en un mensaje de texto.
Lo rocié antes de que oscureciera. El líquido tenía un olor casi tan feo como el del pis. Para la invocación de esa noche puse comida para gatos en la taza, entre nuevas velas encendidas. Whiskas de atún. Dije algo así como “polaco, dejate ver”. Dije también “viejo de mierda”, como para hacerlo engranar. De eso me arrepentí un poco a las tres de la mañana, cuando escuché los pasos arriba del techo de chapa del patio. Presté atención. Quedaba encendida una sola llama. Me senté sobre la cama. “Soy un tipo valiente”, me dije. Puse un pie en el piso. Escuché otros ruidos más chicos sobre la terraza. No, no cadenas. Ruidos livianos. Fantasmales. Me puse las ojotas y subí silenciosamente todos los escalones.
- ¡Juera, carajo, michos inmundos! - Media terraza meada. Aldo había dicho que sacar a los gatos iba a ser más difícil que librarme del fantasma. “Y encima para fantasmas no tengo ningún repelente”.
A la mañana fui a hablar con Celeste, después de saludar a Washington. Él había conseguido la yerba que quería, tesoro verde, en el chino de la vuelta. Estaba feliz.  Preguntó al pasar algo así como “¿y…?”, pero fue en medio de una chupada, entonces no le entendí.
Celeste, aunque también era bastante gorda, se refirió a Nora como “la gorda mentirosa”. Le molestaba que se hubiera dado corte con el idiota de Aldo, que aunque vendiera comida para animales “no podía diferenciar un chancho de un caballo”. Le comenté que me había vendido un líquido inservible para espantar gatos.
- ¿No le digo? Es un infeliz. Cualquiera sabe que hay que tirar pimienta al suelo. El felino huele antes de mear, entonces estornuda y se raja.
- También lo hice, pero no sirvió.
- ¿Blanca o negra?
- Blanca. Me dijo René.
- Tiene que ser negra -afirmó Celeste.
El batón le tapaba las rodillas. Se apoyaba en la escoba para hablar. Dijo que jamás había escuchado ninguna cadena. Qué estupidez era esa.
- Los gritos sí -dijo-. De evidente dolor.
El “abuelo” había estado enfermo y la “enferma” de Nora lo había torturado hasta matarlo. Siempre había gritado. De hecho, seguía gritando después de ser derretido por la licuefacción. La palabra “licuefacción” sonaba muy extraña en los labios de Celeste. Más que “felino”.
- Ya lo va  oír -dijo.
- Hace dos noches que estoy. No escuché nada.
-  Hay que aprender a escuchar. Y no es que Aldo sea una mala persona. Pero odia a los gatos. Si fuera por él, les daba de comer almóndigas con vidrio molido. Cuando ellos las comen se mueren desangrados, con los estómagos rayados. Cuando un gato se muere así, no se va al cielo, se convierte en fantasma. A lo mejor el “abuelo” se comió una de las almóndigas que Nora tenía en el freezer, para matar los gatos. Capaz que ella misma se la cocinó. Nora es capaz de todo.
Esa noche la luna pintó la terraza de un blanco espectral. Supe que el enigma no iba a llegar a la mañana. Me dio un escalofrío. Tuve que tomarme un par de whiskys para darme ánimo. Washington me dio los hielos. La aparición era inminente. La podía sentir, mejor dicho intuir, sobre mi piel de gallina. El clima era, esta vez, imposible de mejorar. Si había un fantasma, iba a aparecer. El barrio todo estaba como deshabitado. Ni gatos, había. Ni un mínimo maullidito. Igual eché pimienta negra. Supuse que la noche perfecta había llegado con toda la fuerza de la maldición polaca. Pero volvió a no pasar nada.
Le dije a Washington, al otro día: “O son todas macanas, o el polaco me está esquivando”. Washington estaba arreglando su lavarropas. Ni me miró. Llamé a Nora varias veces al celular.  Quería conocer la historia de primera palabra. Ella tampoco me atendió.
René fue el que volvió a desembuchar sin miramientos. Ya no parecía tan simpático. A él, como vecino, le molestaba mi falta de fe. Estaba sufriendo en carne propia, dijo, la decepción.
- ¿Y yo qué culpa tengo? -le dije.
- La decepción de que el viejo ya no se deje ver. Estamos quedando todos como unos mentirosos.
Todos era el barrio completo, menos yo. “Pobre polaco”, agregó. Le dije que estaba haciendo lo imposible por verlo, por sentir su presencia.
- Esa valentía suya no ayuda. Es pura apariencia. A los fantasmas hay que tenerles respeto.
Me di cuenta de que hablaba en serio. Un poco por piedad ante mi vecino tan mayor, le dije que estaba preocupado y que iba a seguir intentándolo. Él se metió en su Chevrolet Corvette 54 y arrancó sin saludar.
Abuelo, esta es su casa. No deje que yo se la ocupe. Su hija la vendió con mala espina. No deje que los vecinos opinen feo de usted. El que murió mal no puede ser recordado como el mismo mal. Haga algo. Reaccione.”
Un oficial conectó la luz eléctrica por la mañana. Por la tarde vinieron a poner el teléfono. Uno de la cuadrilla que habló con Washington dijo que mi vecino de medianera me odiaba. Sus palabras contra mí habían sido: “con su terquedad, está estropeándolo todo”. El oficial estaba seguro de que hablaba de mí.
- No creo en fantasmas -le contesté.
“Levántese en la sombra antes de que las velas dejen de arder. Camine, venga. Se lo pido por favor, polaco viejo.”
- Su actitud me hace acordar al “NO VA” -dijo Aldo, cuando fui a quejarme por el producto defectuoso. René opinaba que yo ya me había vuelto como la gorda de mierda: alguien que se olvidó de escuchar al buen vecino. Celeste, simplemente, me llamó “hombre sin esperanza” en la verdulería. Fue como un sopapo. Yo ya ni dormía. Lo único que me quedaba por hacer era mandarle mensajes de texto a la gorda, como una compulsión.  Escribí en mi teléfono:
 “me vendiste una casa con un fantasma que no existe - quiero que se me devuelva el dinero que puse”
Escribí:
“siento que la presencia de tu padre me sigue a dos pasos de distancia, detrás de mí, pero me doy vuelta y no hay nadie - percibo su olor nauseabundo, aunque no haya ningún olor - la nariz me pica en una alergia inaguantable, de primavera fétida - cadenas inaudibles se arrastran a mi espalda - ya no puedo vivir en este estado”
Escribí:
“sus apestosos gritos sin volumen me corrompen el alma; algo imposible de explicar, sostener, menos aún de comprender o poner en palabras - estoy viviendo un trauma, el que usted me vendió con la casa”
Escribí, en el último arranque de desesperación:
“no doy más, Nora - esperar al polaco viejo me desgasta los nervios - exijo una clara respuesta de su parte”
Entonces contestó:
JÓDASE
USTÉ TIENE LA KULPA
Me enojé inmediatamente. ¿Culpa por dialogar con mis vecinos? ¿Por escucharlos? ¿Por intentar razonar dentro de un mundo de chismes y pavadas? Se lo escribí indignado. Yo había tratado, como mínimo, de entender el enigma de su padre muerto.
Ella solo contesto:
POR ESPANTARLO. 

Etiquetas: ,


11.16.2015

NAVIDAD EN UN DÍA CUALQUIERA


      - Jebús – dijo Mati.
      Lo reté. ¿Cómo se iba a confundir después de asistir dos meses a catequesis, para poder tomar la comunión? Todas esas mañanas de sábado desperdiciadas. No es que fuéramos cristianos estrictos, de los que van a misa los domingos. Pero un poco de respeto tiene que haber. A la religión; a nosotros, sus padres. Que no seremos santos... Que tire la primera piedra quien lo sea.
      Quiero decir: no somos chupacirios, de esos que se andan confesando. Creemos en Dios, punto. No nos venden esas giladas sobre la virginidad de María, somos partidarios del casamiento gay y del uso del preservativo entre la juventud. No nos gustan los curas en el Vaticano. Y no nos importa que Mati sea adolescente.
      Creemos en Jesús. No en Jebús.
   - ¿De dónde sacaste esa estupidez? –le preguntó su madre. -¿Para eso te mandamos a la Iglesia? ¿Para decir Jebús?
      Mati sonrió. Ser adolescente es como batir agua enjabonada y soplar con una pajita: salen decenas de burbujas. Lindas. Brillantes, transparentes. Explotan y llueven; no manchan, pero hacen resbalar el piso. Para que otros se caigan. Para hacernos caer. Por si no lo habíamos entendido, agregó:
      - Je-sús-bus.
      Los doce años le quedaban ajustados como un traje de neopreno, para que la realidad no le toque la piel. Su sonrisa es linda, ¿ya lo dije? Como es mi hijo, lo puedo repetir. Mati se sentó al enano sobre la falda. El enano es su perro pekinés. Se lo regalamos en su primera Pascua.
     - El enano maneja un colectivo de línea –empezó a explicar Mati-, y los domingos lo usa para evangelizar. Un 60.
- ¿El enano es el chofer? –le pregunté.
- Sí.
- ¿Y evangeliza a otros perritos? –preguntó su madre.
Mati pensó un instante.
- O a la gente. O a los gatos. A todos.
    El enano se quiso bajar. La realidad de una religión delivery le quedaba incómoda. Prefería salir a oler sus cacas al jardín.
      - Va con la Biblia por los pueblitos, porque es un perro muy creyente. Un devoto.
      - ¿Vive en Villa Devoto?
      - No. En Once. Reza el Rosario en Villa Ortúzar y da catequesis en Villa Martelli. Se alimenta solamente de vitel toné. Se viste con una chaquetita roja y verde. La palanca de cambios de su colectivo es dorada. El enano maneja el bus. Por eso la gente le dice: Jebús.
      Volvió a sonreír, satisfecho con su relato. Su madre se mordió el labio, como diciendo qué pavada. La edad de la pavada. Yo no me reí, aunque los silencios posteriores a sus disparates me parecían más graciosos que los cuentos. Va a ser escritor. Jebús no lo permita.
      - Je-sus… ¡bus! –volvió a decir, ante nuestra cara de decepción.
      Explica los chistes. No va a ser escritor. Jebús cumple mis deseos.
     La madre levantó la mesa. Él se fue a leer el chat en el feis. Prendí la tele y estuve un largo rato buscando algo sin saber, como hace cualquier hijo de vecino con los programas que dan. Con esa continua basura que a veces se parece a la realidad. La espuma estancada del agua de los adultos. Esa que ya no da burbujas, por mucho que se sople.
      No quiero que haya malos entendidos: nosotros no somos así. Somos adultos, pero todavía flotamos. Muy responsables para todo, y felices a nuestra manera. La felicidad es algo que está necesariamente para compartir. No se puede ser feliz solo. La soledad está para ser adolescente, porque es un momento de la vida en el que hay que averiguar quién es uno en todas las cosas. En el sexo, en la amistad; con sus padres, con el futuro. Definir todo hace que tengan que pasar mucho tiempo pensando. A solas. A veces el adolescente se asusta. Y tiene que dormir de más, para ver si los sueños le sugieren alguna idea.
      En realidad a nosotros no nos va la tele, ni el feis, ni la religión. A nosotros nos va Mati con sus cuentos felices, con sus inventos que seguíamos después, siempre, en la  cama. Antes de hacer el amor. O para suplantar al amor.
- Mirá si mañana es Navidad –se me ocurrió.
      También pensábamos que él, Mati, se iba a la cama con nosotros en la cabeza, con el enano manejando el 60 y entregando su devoción por los caminos. Ella ya tenía puesto el piyama. Yo duermo desnudo, tapado hasta el cuello. Encendió el aire acondicionado y le puso dos vueltas de llave a la puerta del cuarto. Los veladores eran la única luz.
- Sería un milagro, porque estamos en marzo.
      Me molestaba que se pusiera ropa para dormir. Que de día, por el jardín, para  jugar con el enano o podar las plantas pudiera andar en pollerita, con los pies desnudos y los hombros al aire, y para la cama se tuviera que vestir con pantalones y camiseta de manga larga. Decía que el aire acondicionado le daba frío, pero no lo bajaba de diecinueve, porque así dormíamos tapaditos. Se acostó y cruzó las manos sobre la cobija.
      - La próxima vez que haya una Navidad –dijo- no me voy a sentir mal. Va a estar bueno que sea Navidad.
      Lo dijo con una especie de convicción serena. Adiviné: no era una noche para hacer el amor. ¿Para qué cerraba la puerta con llave, entonces? Las últimas fiestas no las habíamos pasado en paz. Fuimos a lo de unos amigos mayores que siempre nos invitan. Habían cocinado un pavo relleno de pasas y nueces. Seco. La ensalada rusa era de lata. Y hubo que tostar el pan.
- La última vez fue un bodrio –dije.
- Hasta ahora siempre fue un bodrio –dijo ella.
      Nuestros amigos estaban tristes porque su hijo se había ido de la casa. Se había enojado por algo que a simple vista podía pasar por un maltrato, pero que era simplemente un acto de educación. Dieciocho años. Los padres sabían que él iba a volver; el problema era que no había vuelto para Navidad. Mati nunca nos va a dejar, pensé aquella noche durante la cena, buscando sus ojos con la mirada. Él estaba separando las pasas del relleno, y no se dio cuenta.
      - La obligación de disfrutar es una estupidez –dije.
       - Así son estas fiestas –dijo ella.
      Era obvio que tenía que haber un día fijo. Por el rito, por los comercios, por los niños. El día del nacimiento de Jebús. El enano manejando el 60 por la autopista, a todo lo que da, para que los reyes lleguen puntuales al pesebre.
      - El problema es la fecha –agregué.- Si pudiera ser otro día, cualquier día, no existiría la obligación de reunirse con nadie, ni de visitar a los padres. Entonces ellos -tus amigos- no habrían sentido la ausencia de su hijo. Y festejarían la reunión en otra ocasión, cuando se diera naturalmente. Cuando hubiera un acuerdo.
      Sonaba razonable. Por algo Jebús andaba sobre ruedas. Para poder movilizarse, ser un tipo flexible que no se queda estancado en una noche. Para cambiar hasta de fecha, si fuera necesario.
      - Esa debe ser la razón que nos pone mal, ¿no? –dijo. Me miró fijamente.- A mi hermano lo invitamos otros días del año y estuvo bueno, pero en Navidad siempre tuvimos problemas.
      - Pienso lo mismo –dije.- Deberíamos celebrarla un día común.
      - Uno cualquiera –agregó ella.
      Apagó su velador. Me quedé leyendo un libro que tenía estrellas en la tapa. Sentí que estaba buscando algo en esas páginas, pero sin encontrarlo, como cuando había encendido la tele en el comedor. En esta casa tampoco somos muy afectos a los libros, nos parecen pasados de moda. Supuse que no había ninguna cosa que nos gustara demasiado. Las milanesas, tal vez. En esta familia somos comedores entusiastas de milanesas. Ni gourmets, ni viajeros, ni cinéfilos. No leemos y no escuchamos ninguna música en particular. No tenemos un diario preferido, ni miramos ciertos programas. Nunca salimos. Solamente para Navidad. Y nos aburrimos tanto que siempre regresamos apenas pasadas las doce.
      - Festejemos mañana –le dije.
      - Dale -dijo ella, y se durmió.
      Soñé con renos. Yo manejaba el trineo, que tenía ruedas de goma disimuladas en los patines. La bolsa estaba rellena de telgopor, como un almohadón de juguete.
   Nos levantamos tempranísimo. El enano se subió a nuestra cama para despertarnos a lambidas. Movía la colita. Ella lo acarició y le dijo:
       - Te vamos a dar un personaje en el pesebre viviente.
   Me reí porque algo venía pensando con el enano, que ponía cara de compromiso. Podía hacer de niño Dios.
- De Jebús –dijo ella
      Desayunamos rápido como todos los sábados, para poder ir al supermercado antes de que Mati se despertara. Era un esfuerzo vano, porque Mati igual no se despertaba como hasta las dos de la tarde. En el auto ella opinó que podía invitar a mi mamá, si quería.
- ¿Vos les vas a decir a tus viejos? –le pregunté.
      Puso cara de no saber. Miró por la ventanilla.
      - A tu papá le gusta prender cohetes, y seguro que le sobraron de diciembre -dije.
- Mucho ruido, ¿no?
- Los petardos, sí. Claro.
      La avenida estaba desierta. Las casas de los otros pasaban como escenografías sin pinos, sin nieve de algodón, ni moños en las puertas.
- Mati puede hacer de angelito –opiné.
      Ella corrigió:
- De diablo..
- No hay diablos en un pesebre.
- Debería.
      El estacionamiento del supermercado tampoco mostraba ningún signo de euforia cristiana. Ella llevaba la lista, como siempre. Yo iría a las bebidas y después a las carnes. Ella a todas las otras cosas. La compra normal de una familia. Me dejó solo y me perdí entre las góndolas. Con la sensación de tener la mente en blanco, lo más en blanco que la mañana me dejara.
      Me gusta comprar en los supermercados. Lo vivo como un paseo. Ella no, para ella es una obligación. Y para Mati, un aburrimiento. Seguro que en el chino todavía hay festones y guirnaldas. Seguro que hay dragones. Bueno, los dragones no sonaban muy navideños que digamos. ¿Qué objeto persistiría tres meses en los estantes con capacidad de recordarme la Nochebuena? ¿Velas rojas? ¿Manteles? Había solamente de plástico, y deberían ser de tela. Velas, sólo blancas. Ranchera.
      Pensé que el secreto podía estar en los envoltorios. Un papel rojo o dorado. Busqué, pero no había más papeles que los de forrar cuadernos, con arañas. No me servía. Por eso fui hasta “Atención al Cliente”, antes inclusive de saber si iba a comprar algún regalo. La chica que me atendió llevaba un pañuelo en la cabeza. Dijo:
- Todavía quedan unos papeles con Papá Noel. Sobraron tres bobinas.
      Las buscó en un armario. Cortó un pedazo para mostrarme. Era lo que necesitábamos. El pañuelo le ocultaba una calvicie de bomba de cobalto. No tendría más de veinte años. Ocho más que Mati. Le dije que me servía, que iba a volver después.
      Sin los anteojos, había muchas cosas sobre los estantes que parecían apropiadas. Paquetes metalizados. Al acercarse eran galletitas Terrabussi formando una especie de pirámide, o alfajores apilados en columnas, o Chocolinas con envases de color violeta. El color violeta no puede contar, pensé. Cabshas en cajas, podía ser. ¡Los primeros huevos de pascua! Instantáneamente navideños, como los palmitos o los champiñones. Aquí no hay interpretación que valga: uno podría colgar los conejos de chocolate y los huevos directamente de las ramas del pino, como si fueran bochas.
      Más allá aparecían unos jarros con estampados de flores y platitos haciendo juego. Platitos, no. Lo playo no sirve, la Navidad es honda. Disney. Vasos plásticos de Disney. Un bebé de PVC que se chupa el dedo y deja de llorar. Autitos para Mati. Ben Diez tampoco, demasiado aniñado. Palos Vaqueros para el enano. Me pongo los anteojos. Entretenimiento comestible, controla el sarro en un cien por ciento. Dr. SHU. Menudencias deshidratadas, deleite de su mascota. Huesos con gusto a cuero digerible y, por si fuera poco, de colores. ¿Sabor pollo, mix de carnes o churrasco? Debería llamar al enano por el celular, y preguntarle. Se merece las tres. Las bolsas hacían un ruido crocante.
      ¿No hay comida más festiva para perros miniatura? El pequinés tiene la cara fruncida, las patas chuecas como una mesa de luz chippendale. Un hocico de amargado que coincide exactamente con su carácter. Está sordo y viejo. Apesta incluso después de bañado. Tiene mal aliento aunque le lavemos los dientes con dentífrico. Lo seguimos queriendo solamente porque siempre estuvo al lado de Mati. Crecieron juntos, tienen la misma edad. Pero para un perro eso es ser viejo, andar con enfermedades de anciano, la mandíbula infectada, problemas respiratorios, cataratas. Hay que darle los antibióticos mezclados entre los porotos que come. Siempre se traga las pastillas, de tan atolondrado.
      El enano es triste, un perro triste. No es que esté triste, simplemente es. Se acostumbró así, porque le pasa siempre lo mismo. Y todo lo que le pasó antes fue bueno, por lo que quizás no termine de entender qué es la felicidad. Va a comer rico esta vez, me dije, muy rico. Va a ligar un juguete. No va a saber qué se festeja, pero en eso es igual a nosotros. Pedigree de 340 gramos de asado jugoso. Me lo llevo porque dice jugoso. Para un perrito, jugoso debe ser Navidad.
      ¿Qué fruta? Melón, uvas, piñas, pelones. ¿Mango? No, muy exótico. Para festejarla en Brasil. El mango puede ser la fruta navideña del futuro. Cuando yo era chico, no vendían. Y a la piña la llamábamos ananá. Compro higos con nueces, algo exacto, algo que seguramente les ha sobrado de diciembre. Fruta abrillantada. Orejones. Duraznos glaseados. Ciruelas disecadas. El resto de la verdulería no tiene ningún espíritu jinguelbells; no me sirve. Una ensalada de rúcula podría ser, con tomatitos cherry. Esas son las cosas que ella  comprará.
      Olor a sahumerio, sí. Olor a pollo rostizado, también. Olor a pan casero, horneado en casa.  Nunca hicimos pan. Pero el olor a Navidad está cerca de ser un olor a quedarse adentro, a cocina de abuela. Aunque jamás nos quedamos, pienso, siempre terminamos la noche en casa de alguien. Bueno, el olor es un asunto conceptual. Una metáfora. La Navidad puede tener el olor dulce de una Rosca de Pascua. ¿Todavía pondrán bebitos de plástico adentro de esas roscas? Tamaño Jack. Niños perdidos en una masa. El niño que ya no es Mati, que ya no se puede ver en Mati adolescente. El niño fuera de registro, una sorpresa: comerse hasta las migas para encontrarlo se parece a ahondar en la sicología. Pero no lo vamos a pensar así, vamos a creer que sencillamente se extravió, que ese ya no aparecerá. Nunca. Aunque lo esperemos. Que está consustanciado con las migas. Que se amigó.
      Antes de pasar a lo que tengo que comprar vuelvo a la góndola de los regalos. Ya sé qué. Compro un cuaderno Rivadavia de hojas blancas para mí. Un Mini Cooper Matchbox para Mati. Para ella, compro gomas de borrar. De todos los modelos: Dos Banderas, Pelikan, Stadler, Milán. Doce. No importa que se repitan, las gomas son cosas para repetir. Ella las colecciona. Le encanta borrar. Querrá borrar el crecimiento de Mati, para tenerlo siempre chiquito, un nene cómodo con nosotros, sin contestarnos a cada cosa que le digamos, sin contradecirnos en todo. Y yo un cuaderno para anotar cosas posibles, para escribir “el crecimiento sirvió”, porque Mati tenía que ser grande. Todos los niños crecen. Lo queremos así. Para anotar sus dudas, lo que le parezca bueno o malo, lo que desea mientras la voz se le pone ronca y le sale pelo en las bolas. Aunque estos cambios no nos gusten mucho, ¿no? Sobre todo a la madre. Aunque estos cambios estén destinados a dejarnos solos en el peor momento, en el momento en el que ya no sabremos estar solos. Seremos gente vieja sin él, de esas personas que no le importan a nadie. Las que molestan en la calle. También le compro una lapicera Sheaffer, y cartuchos. A lo mejor ella, cuando se libere del olvido, quiera volver a recordar. Ojalá.
      Me la crucé en los vinos. ¿Qué hacía en mi territorio? Nada, nada. Pasaba. Champán, dice. Por si me olvido. Y que no fuera a la carnicería, porque ella ya se eligió un pecetito de kilo y medio que le recomendaron. Miré adentro de su carro: latas de anchoa, atún desmenuzado, alcaparras, huevos, mayonesa. ¡Ah, la ternera atunada! Comida delicada y feliz. Había también una bolsa con cuatro paquetes. Me la dio, pero me dijo que no la podía abrir.
- Para cuando armes –agregó.
- Mi sorpresa la quiero saber ya.
      Ella sabe que no aguanto las sorpresas. “Un marcador azul que viene con el borratinta”, dijo. Me dejó tocarlo por arriba de la bolsa.
- Por si te arrepentís de lo que escribís -agregó.
- ¿Y al enano?
- Un hueso de cuero digestivo.
- ¿Y a Mati?
- Un Playmobil.
- Pero ya tiene doce…
- A él le gusta.
- ¿Y cuál compraste?
- El bombero.
- ¿Para que apague qué?
- No sé –pensó.- Un incendio de juguete.
      Adentro del carro había más cosas.
- ¿Y dulce de leche para qué compraste?
- ¿Por?
- Nunca comemos.
- Compré estos pancitos redondos y el dulce, ¿sí?
- ¿Y?
      Levantó una cosa en cada mano.
- Pan-dulce –dijo.
      Fuimos hasta las cajas en silencio. No estábamos contentos, por lo menos no tanto como hubiéramos imaginado. Todo esto tiene que ver con el cariño, me dije, no es una excentricidad. Ella había hecho envolver los regalos con el mismo papel de los papanoeles. Cuando los vi me dieron muchísima ternura, tuve ganas de abrazarla y besarla como cuando teníamos veinte años y Mati no estaba. Ni el enano. Se me llenaron los ojos de lágrimas. Pagué con la tarjeta y ella le dio un número a la cajera para que le ingresaran los puntos de la compra. Salí lagrimeando del supermercado, le dije que por la chica de “Atención al Cliente”. Tan joven.
      Estar jugando a crecer tiene sus malestares (que no nos vea el que está creciendo de verdad). ¿Me temblaban las manos? ¡Esto no es nada más que una compra! La hacemos cada sábado a la mañana, mientras Mati duerme. Son bolsitas de plástico llenas de cosas (no puedo estar temblando por esto). Así cuando él se levanta ya tiene lista la comida, puesta la mesa. Objetará que las papas no tienen sal, que la Coca no está fría, que no le compramos Savora con miel. En un momento se levantará para irse y nosotros no vamos a entender por qué, si fue al baño, si va a volver, si recogerá alguno de los platos, el suyo, por ejemplo. Y no hará nada. Una burbuja frágil, liviana, que se detendrá en el aire sin saber nunca adónde dirigirse, flotando a la altura de nuestros ojos, los ojos de sus padres, para transformar la realidad que vemos a través. Deformada a su modo. Cualquier leve roce, la mínima caricia, podría destruirlo.
      La Navidad es nuestro “packagin”, pensé o lo dije, en el auto. Necesitábamos  comprar esta emoción porque necesitamos emociones. Y si no se puede comprar, la alquilaremos. No sé, tenerla un rato. Eso. Ya. Bajé las bolsas y las dejé en la cocina. El libro rojo de Blanca Cotta estaba abierto en la página 304. ¿Thonné se escribía con h y doble n? Yo lo hubiera puesto así nomás, toné. Ella se asomó cuando empecé a revolver en el altillo, buscando las cajas. No se les había juntado ni un poquito de tierra, y siempre que las bajo están re sucias.
      - ¿Lo cocino, no? –me preguntó.
      - Claro –dije, mientras empezaba a enderezar las ramas. - ¿Compramos algodón?
- Hay…
      Ella dudaba.
- ¿Qué pasa?
      Se refregaba las manos en el delantal con el dibujo de los muérdagos.
- ¿No es una locura, no?
      - No –le dije.- Si necesitamos festejar ahora, ¿para qué vamos a esperar?
      Ella tenía los ojos rojos, tal vez porque había empezado a picar cebolla en la cocina. Podía ser. En todo caso habría sido poca cebolla, había que picar más. Llenarse de lágrimas por una cebolla era algo común, de todas las preparaciones.
- Además faltan como nueve meses –conté.
      El tiempo que toma llegar a un parto. Dispuse rápidamente, sin mirarla, los muñequitos sobre la madera de la mesa. La Virgen al lado, los burros, la estrella, las ovejas, José y los Reyes (uno cachado). El enano le ladró a mis manos, y tuve que agacharme para hacerle una caricia.
- No es una locura –afirmó ella, con decisión, y regresó a la cocina.
      Le pasé un trapo a los objetos. Los fui colgando, reunidos por motivos y formas, entre el follaje de plástico. Las familias de bolas anaranjadas, las familias de conos plateados, los bastones con lunares. Me puse el gorro y la barba postiza. Familias, familias. En esto cumplimos, existencia. Lo hemos logrado. No nos dejamos estar. No nos fuimos con desconocidos. No nos caímos, no nos ha ganado el aburrimiento. Una familia es una repetición, y a las repeticiones hay que aprender a adornarlas. No todo el tiempo uno se escapa de una repetición. Al menos, sin tomar atajos. La repetición es un cul de sac en el laberinto de los días: nos vamos a topar con la pared final a cada rato, y una sola vez con la salida. Para seguir en una familia hay que ser pacientes, esperando lo peor, pero sabiendo que vamos a poder solucionarlo. Para suponer que también todo podrá ser mejor alguna vez, y sumergirse tranquilo en nuestra espuma espesa, en la nieve falsificada de este algodón.
      El aroma al peceto sellado en aceite hirviendo llenaba la casa. El enano ladró al aire muchas veces, pidiendo su hueso de juguete, que podía oler a través del envoltorio de papel. Ella se asomó para decirme que se lo diera de una vez, que no había por qué esperar a que el perrito nos entendiera. No tenía por qué saber que en la celebración era fundamental el conteo. Diez, nueve, ocho, siete, seis… la carga del rito de las doce. ¿O esto era a fin de año? Coincidí con ella en que no teníamos que hacerlo desear en vano. Se lo iba a decir mirándola a los ojos, pero justo la encontré mirando para otro lado. Con la cara asustada. O mirándome, pero sin verme, digo. Porque de reojo seguía a su hijo que estaba ahí de pie, a mis espaldas, en calzoncillos, descalzo, con las dos manos a los costados de la cara sin poder contener una boca entreabierta por la sorpresa. En “o”. En “no”. La escena se paralizó de tal modo, que ni el enano pudo seguir ladrando.
- ¿Se volvieron locos? - estuvo por preguntar Mati.
O a lo mejor lo preguntó. Me saqué la barba de un tirón para que viera quién era, por las dudas de que se hubiera confundido. Soy yo, somos nosotros. Vi cómo ella dejaba caer los brazos a los costados de su cuerpo. Rendida. Desolada. Lo vi al enano gemir, como pidiendo perdón. Lo escuché hacerlo. Y me dio pena de que intentara disculparse por nosotros, una pareja grande. Qué culpa tenía el animal.
- La vida en esta casa es una mierda –dijo Mati.

Etiquetas:

Gustavo Nielsen nació en Buenos Aires, en 1962. Es arquitecto y escritor. Como arquitecto ha realizado obras en Capital, Buenos Aires, Córdoba, San Luis y Montevideo. Desde 2008 comparte el Galpón Estudio en el barrio de Chacarita junto a los arquitectos Ramiro Gallardo y Max Zolkwer. Ha ganado el Tercer Premio para el Parque Lineal del Sur (asociado a Max Zolkwer), el Primer Premio para el Oasis Urbano Magaldi Unamuno, Tercer Premio Cenotafio Las Heras y Mención en el Oasis Boedo (asociado a Max Zolkwer y Ramiro Gallardo), Mención en el MPAC (asociado a Sebastián Marsiglia), Mención en el Pabellón Frankfurt 2010 (asociado a Max Zolkwer y a Sebastián Marsiglia) y Primer Premio en el concurso internacional para el Monumento a las Víctimas del Holocausto Judío (también asociado a Sebastián Marsiglia). Escribe notas sobre ciudad y diseño en el suplemento Radar, de Página 12. Ha publicado “Playa quemada” (cuentos, Alfaguara), “ La flor azteca” (novela, Planeta), “El amor enfermo” (novela, Alfaguara), “Marvin”, (cuentos, Alfaguara, "Auschwitz" (novela, Alfaguara)y “Adiós, Bob” (cuentos, Klizkowsky Publisher) , “Playa quemada” (cuentos, Interzona), “La fe ciega” (cuentos, Páginas de Espuma, Madrid), “El corazón de Doli” (novela, El Ateneo) y “La otra playa” (novela, Premio Clarín Alfaguara 2010).

gesnil@gmail.com

UN ASESINO ES UNA PERSONA NORMAL QUE TRABAJA MATAN...
NOTA COMPLETA DE LIOTTA PARA VIVA
EL FANTASMA INVISIBLE
NAVIDAD EN UN DÍA CUALQUIERA
BUENOS AIRES AHORA
BUENOS AIRE NOW
EL AMOR ENFERMO / CAPÍTULO NUEVE
CINTA DE MOEBIUS
EL AMOR ENFERMO / CAPÍTULO OCHO
EL AMOR ENFERMO / CAPÍTULO SIETE

julio 2005
agosto 2005
septiembre 2005
octubre 2005
noviembre 2005
diciembre 2005
marzo 2006
mayo 2006
octubre 2006
enero 2007
septiembre 2007
noviembre 2007
mayo 2008
junio 2009
julio 2009
diciembre 2009
enero 2010
marzo 2010
abril 2010
mayo 2010
junio 2010
julio 2010
agosto 2010
octubre 2010
diciembre 2010
enero 2011
febrero 2011
marzo 2011
diciembre 2011
enero 2012
junio 2012
julio 2012
agosto 2012
septiembre 2012
octubre 2012
noviembre 2012
enero 2013
febrero 2013
mayo 2015
junio 2015
noviembre 2015
junio 2016
julio 2016
agosto 2016

Powered by Blogger

Suscribirse a Entradas [Atom]