Playa quemada

La flor azteca

Los monstruos del Riachuelo

El amor enfermo

Marvin

Auschwitz

Adiós, Bob

Playa quemada

La fe ciega

Auschwitz

El Corazón de Doli

La otra playa


1.12.2021

RETIRO

 

Me aparecí en la casa de su madre en Vicente López. Tomé un tren desde Lisandro de la Torre. Carolina estaba ahí. La madre le dijo algo, pero ella no se asomó. El perrito me ladraba. Escuché la voz de Caro gritando que no quería hablar conmigo y que por favor ya no insistiera, y vi a la madre apretar los labios. Le dije “Maricarmen…”, como pidiéndole que la hiciera reflexionar. Me cerró la puerta en la cara.

Lloré un poco parado en el andén. El tren abrió sus puertas y me tragó.

Cuando entré al vagón, toda la gente tenía la cara de Carolina. Bastó sentarme, para notarlo. No había tomado alcohol ni fumado. Enfrente de mí iba sentada una pareja; a mi lado iba la hija. Me dio impresión la madre: era como la madre de Carolina pero con la cara rejuvenecida y ajustada a la de ella. El hombre era grandote, y su pelo corto también enmarcaba con justeza los rasgos de mi ex (cómo me cuesta llamarla de esta manera, ¡y desde ahora será así para siempre!).

La niña era la más grotesca: la cara de Carolina la volvía adulta en un cuerpo infantil. Traía un vestido anaranjado, que hacía más evidente el contraste. Desvié la mirada hacia la otra fila de asientos. Había dos obreros y una anciana con una cartera de cuero; una mochilera, tres adolescentes y una chica gordita que sostenía un bebé. Cada uno llevaba la cara de Carolina. La chica me sonrió. La nariz adulta, ajena, convertía al bebé en algo horroroso. En el vagón no iba nadie de pie.

No eran máscaras: los rasgos eran reales, vívidos. Cerré los ojos y conservé mi oscuridad hasta Rivadavia. De alguna manera fue inútil; adentro de mi cabeza también estaba ella.

En la estación subió una Carolina embarazada. Le cedí el asiento y ella me dijo “gracias, Gustavo”. Dejé pasar mi nombre; seguramente había escuchado mal. “No puede saberlo, a pesar de tener esa carita. No puede saberlo porque no es Carolina, sino un producto de mi imaginación”. Examiné de reojo todas las cabezas. Me di vuelta, me agarré de un manillar de la otra fila y repetí subrepticiamente la revisión. Sentí que algunos se habían dado cuenta y estaban molestos; Carolinas molestas, la novedad de estos días. ¡No me atendió sabiendo que había hecho todo ese viaje para verla! Una ingrata. Un joven negro puso su mejor cara de ingrata en cuanto lo miré. Tenía otro color de piel pero los mismos ojos, el mismo lunar a la izquierda del labio superior, las mismas  pestañas ondeadas. Sólo que era pelado. El pelo de la gente no acataba las reglas de mi alucinación.

Entonces exploté. Iba ubicado en mitad del vagón; para irme tenía que caminar diez pasos hacia una punta o hacia la otra, y habré supuesto que haciéndome el corajudo quizás podía pasar al coche siguiente. No alcancé a distinguir si mi problema continuaba o estaba reservado al lugar en el que viajaba parado. Explotar para mí conlleva un instante de furia no perceptible cuando me miran: suelo parecer controlado el segundo antes. Pero me conozco, y no.

- Esto que está pasándome es una ficción –dije, a la pequeña multitud de gente sentada. Me di vuelta para repetirlo a los que estaban a mi espalda. – Todos ustedes se parecen a Carolina; yo sé que hay una sola y está en su casa. Sin embargo, todos llevan sus facciones. Eso es imposible. O todas son caras falsas, o todas menos una.

Supuse que tal vez mi novia, arrepentida a último minuto, podía haber corrido hasta la estación para buscarme entre la gente en el momento en el que el tren llegaba. ¿Mi novia, dije? La idea de que hubiera una verdadera entre los pasajeros era tan absurda como la repetición. Continué, como si les estuviera vendiendo algo:

- Con todo respeto, voy a pasar por sus ubicaciones para preguntarles datos: el nombre de su mamá, el de su gato, el de su hija…

Y acá mentí, porque Carolina tiene un hijo, Martín. La mentira era una zanahoria para hacerlos caer. Fui hasta el final del pasillo. El otro vagón tenía el mismo problema. Un frío de bisturí me recorrió la columna vertebral. La única escapatoria era bajarse; el tren, como si me leyera el pensamiento, aminoró su velocidad. Por las ventanillas vi operadores trabajando sobre las vías. Todos, sin distinción, llevaban la cara de Carolina. El mundo se había convertido en mi obsesión.

- Y les voy a preguntar cosas más raras, que nadie más que ella sabe.

La chica del bebé levantó la mano. La señalé, como dándole permiso.

- Mi mamá se llama Maricarmen y mi gato Fripp. Y no tengo una hija sino un hijo.

El bebé abrió la boca para agregar, con voz tosca:

- Martín.

Me quedé paralizado. Otro levantó la mano, pero no le di permiso para hablar. No había nada más que contestar; a tres preguntas, tres respuestas. Lo grotesco de ver hablar al bebé hizo que me empezaran a temblar las manos. Las metí en los bolsillos para disimular. Volví a caminar hacia las puertas de mitad del vagón, donde se ubican los músicos cuando quieren captar la atención de todos. Lo hice muy lentamente, como el andar del tren. Las miradas me siguieron.

- Vamos a una pregunta difícil. Cuando empezamos a salir me operaron de algo. ¿Qué era?

Nadie podía saber esa respuesta, más que ella o yo.

- Almorranas –dijo un señor vestido de militar-. Aunque usted dijo que se trataba de un quiste.

El vagón irrumpió en una risa estruendosa que me hizo tambalear. Duró unos segundos; me dio la impresión de que todos detuvieron su carcajada al mismo tiempo. Decidí seguir inmediatamente.

- ¿Cuál era el nombre de la chica con la que yo estaba saliendo antes de salir con Carolina?

- María Fernanda –dijo la señora que había visto al principio.

- Y no es que era de antes, superpusiste las relaciones –me retó la embarazada.

- Bribón –agregó el militar, muy seriamente.

Comprendí que allí estaba pasando algo peor que una alucinación. Yo jamás hubiera utilizado la palabra “bribón”. Menos, “almorranas”. Hubiera dicho hemorroides, como todo el mundo. Ese militar tenía entidad propia.

- No se le hace eso a una mujer que te amó –concluyó la señora que había contestado correctamente.

Decidí hablar como si lo hiciera con la propia Carolina. Multiplicada, pero ella.

- ¿Y mientras salimos, con quién te engañé?

No podía saber la respuesta porque el engaño había pasado inadvertido. La niñita del vestido anaranjado se paró en su asiento. La madre atinó a atajarla por si se caía, pero el tren iba tan despacio que no parecía haber peligro. Fue un reflejo, nomás. La nena le hizo un gesto para que no se preocupara, y me miró. Dijo:

- Con tu traductora al francés.

- ¿En qué circunstancia? –indagué.

- Mami, ¿qué es “circuntancia”? – cuchicheó la nena.

Me corregí antes de que la señora le pudiera explicar.

- ¿En qué momento pasó? –dije.

La nena lo pensó poniendo las pupilas hacia arriba. Los ojos negros que amé, un poco más pequeños, pero con las mismas hermosísimas pestañas alabeadas.

- La mujer vino a dar una charla sobre traducciones a la Alianza. Y te quiso ver. Vos fuiste al hotel “Decó” donde ella paraba. Y le diste muchos besitos.

La madre la detuvo para que no siguiera hablando. La sentó. Ella se acomodó la pollera naranja. Sonreía mientras lo hacía.

- Cuando la francesa te dijo que iba a visitar a Leticia, te pusiste loco, Gustavo. Porque Leticia es nuestra amiga –agregó-. Y le tuviste que explicar a la francesa que estabas saliendo con nosotras, y que por favor te guardara el secreto. Que no le dijera a Leticia que había estado con vos, porque si no Leti nos iba a contar. E ibas a tener un problema.

- Bueno -sonreí con desafío, aunque la sonrisa me temblara -, por fin un error. La traductora no es francesa.

La madre le dio un chicle a la nena. Antes de metérselo en la boca, la nena dijo:

- Es canadiense. Pero la llamé “francesa” porque vos la llamás de esa manera. Cogerte una francesa era un sueño que tenías.

La madre le dio un sopapo. El padre también la retó. Me temblaba el cuerpo cuando se me ocurrió la siguiente pregunta. Hablar me quitaba un poco la sensación de horror. El corazón se me salía del pecho. Si el tren hubiera caminado a la velocidad de mis latidos, habríamos llegado a Retiro hace rato.

El padre giró la cabeza para mirarme, estaba enojado. Como si yo fuera el culpable de que su hija hubiera conjugado el verbo “coger”. Agregó:

- Y no fue con la única, la engañaste otras veces.

- Está muy bien que te hayamos dejado –participó la señora.

La nena lloraba y se acariciaba la mejilla. Seguí:

- Ignoro cómo lo saben, pero es cierto. Me da vergüenza reconocerlo. Apenas empezábamos a salir, me fui con María Fernanda al sur. –Tenía los dientes a punto del castañeteo-. Vos creías que me iba solo. En un momento subimos una montaña. Estábamos por tirarnos por un cable que pendía de las alturas. Era una especie de deporte. Yo dudé. Pero algo pasó, al final. Quiero que alguien me diga si me tiré, o no.

El guarda entró al vagón y caminó hacia donde yo estaba, circunspecto. Era horrible ver la cara de Caro también en esa cabeza encanecida. Revoleaba la llave de abrir las puertas. La metió en la cerradura, para convertir la apertura en manual, aunque estábamos lejos del andén. Vi mi oportunidad de escaparme cuando él abrió una de las hojas. La escalerita de seguridad colgaba del costado. El guarda asomó la cabeza para mirar por qué el tren no arrancaba y después metió su cuerpo otra vez en el vagón. Cerró la hoja, me observó a los ojos y me dijo, en un susurro:

- No te tiraste.

El negro participó con su voz grave:

- Sos un cagón. Un hombre cagón.

El guarda se dirigió hasta la otra punta, con su traje gris con la leyenda “Ferrocarriles Argentinos” en la espalda. Había alcanzado a leer el nombre en su tarjeta plástica: Héctor Domínguez. Toqué disimuladamente la puerta exterior para intentar abrirla, pero estaba nuevamente trabada. El tren volvió a arrancar. Carraspeé cuando la espalda de Domínguez desapareció del pasillo.

- Hasta acá todas las respuestas han sido correctas –reflexioné, en voz alta-. Pero las últimas no eran posibles de responder por Carolina, porque no las sabía. O sea: ustedes no son ella, sino yo. Un producto de mi mente cansada.

Pensé en cerrar los ojos y rogarles que cambiaran sus facciones por las mías, porque estaban equivocadas, pero me pareció peor. Al menos Carolina era otra persona. Alguien ajeno a mí, cada vez más (así me imaginé que sería, hasta olvidarla completamente). No quise pasar por ningún cambio. La estación estaba por aparecer, y con ella tal vez la finalización de la experiencia. Sé que no soy un cagón. No me tiré porque sufro de vértigo.

- No hay otro modo de entender qué está pasando –continué, dándome coraje-. Dos cosas: primero, me da cierta garantía de que lo que sucede no es el absurdo más absoluto, sino un acertijo que tengo que resolver.

- ¿Y segundo? –preguntó alguien con la voz exacta de Carolina. Ese timbre desafiante que hasta ahí no había oído. El timbre que me dejaba perdedor en la totalidad de las discusiones domésticas. La mochilera levantó la mano para que supiera quién había hecho la pregunta.

- Lo segundo es que mi mente está tratando de humillarme. Todos ustedes, el vagón entero, se rio de mí en las respuestas. De una manera sobreactuada, además. Una parte de mi mente quiere doblegar a mi razonamiento. Estoy despierto y ustedes no existen.

Dije mi argumento con convicción. Di un paso adelante para detenerme en el medio del pasillo. Un viejo con boina se asomó al respaldo de su asiento para mirarme. Llevaba un ejemplar de La Prensa arrugado en una mano y un bigote espeso le subrayaba la nariz de batata. Se quitó los anteojos. Tenía una catarata en el derecho y las mejillas llenas de pozos.

Giré como si alguien me tocara en la espalda. Las mujeres ahora eran mujeres comunes, y los hombres, comunes también. Cada uno con su cara. Gente normal. Empecé a recorrer el pasillo para encontrar alguna Carolina; no había. Los fui mirando cara por cara. El negro levantó los hombros, peleador. La embarazada era bizca: se preparó para bajar. Respiré hondo. No me podía ir sin darles una explicación.

- Discúlpenme todos, pero tuve una breve alucinación. Disculpen mis preguntas, las hice para…

¿Saber, averiguar, resolver? ¿Cuál era el verbo correcto para incitarlos a revelar mi intimidad con ella, la que ahora era mi ex después de dos años de noviazgo y tres de convivencia? Nadie me estaba prestando atención. El viejo del diario se paró y fue a ubicarse al lado de la embarazada, preparándose para cuando el tren frenara en el andén. Faltaban como diez cuadras. La indiferencia de los pasajeros me hizo pensar si habría hecho realmente alguna pregunta, o si ese diálogo también habría sido parte de la ilusión. No me iba a ir con la duda, ahora que estaba más tranquilo.

- ¿Hay alguien aquí que pueda contestarme? No les voy a pedir plata, ni a venderles nada…

Todos se hicieron los distraídos. Alguno miraba hacia afuera, otros revisaban los celulares. Empecé a caminar por el pasillo otra vez.

- Quiero saber si hace un instante los interrogué acerca de episodios que me sucedieron.

La gente no me estaba escuchando. Los adolescentes y la mochilera se pusieron auriculares casi al mismo tiempo, como si lo hubieran coordinado, para aislarse en su totalidad. Subí la voz.

- ¡Atención! –pedí.

Había gritado; la nena de anaranjado se asomó para ver por qué. Tenía ojos de japonesa. Su madre la bajó de un tirón.

- Quiero que uno me conteste –dije, con voz de ruego-. Me acaba de pasar algo muy extraño y necesito terminar de resolverlo. No voy a perjudicar a nadie. Si alguien me regala un minuto de atención, le hago una pregunta y se acabó.

Las miradas me rechazaban. Señalé al padre de la nena con el dedo. Tenía una cicatriz en la cara, debajo del ojo izquierdo. También era oriental.

- Usted me debe haber escuchado preguntar por el nombre de un gato.

Me miró asustado, como si no supiera de qué le hablaba. La cicatriz era un tajo de cuchillo, mal cosido. Busqué a la chica con el bebé.

- Usted contestó a mis preguntas. Sabía el nombre de la madre de mi ex, del gato y… -me costó reconocer este detalle- el bebé sabía el nombre del hijo de Carolina.

- No sé quién será esa Carolina -dijo-. Los bebés no hablan.

¡Había ocurrido hacía un instante! Desde ese punto del recorrido el tren empezaba a disminuir su velocidad para tomar la curva.

- Pero sí creo que me preguntó algo –agregó la chica. Sonrió.

- Ah, qué alivio...

- No estoy segura, de todas formas.

El negro se paró. Llevaba una valija de madera de esas que tienen relojes para vender, y una camiseta verde loro. Señaló al militar.

- Él sugirió que usted había tenido hemorroides. Utilizó una palabra desconocida para mí, y le tuve que preguntar a mi acompañante.

El militar dijo “¡almorranas!”, con una voz aguda. Todo el vagón se rio como había sucedido antes. La voz del negro y la del militar eran femeninas, y con el mismo timbre desafiante, ganador, que había utilizado la mochilera y la chica del bebé. Vi al bebé removerse en sus brazos y abrir la boca para repetir, cuando todos dejaron de reírse con la carcajada franca con la que Carolina disfrutaba de mis chistes, en épocas mejores:

- Martín.

Si no hubiera sido horroroso, habría sido hasta cómico.

- ¿No era que los bebés no hablaban?

- Habrá aprendido. Es una nena –dijo la chica-. Lina…

El tren se detuvo y las puertas se abrieron. Lisandro de la Torre. No había parado en Núñez, ni en Belgrano. Salí atontado, aunque quería ir a Retiro. La embarazada se perdió rápidamente escaleras abajo. Al pasar, el viejo con boina puso el ejemplar de La Prensa sobre mi pecho, abierto en la página de los obituarios. Lo sostuve para que no cayera al piso. Las puertas se cerraron a mi espalda.

-¿Vas a volver a Vicente López? –preguntó el viejo. - ¿Hasta cuándo con lo mismo? Así nunca vas a llegar.

- A Vicente López fui una sola vez…

- Van como seis.

- Mentira.

- Si no son seis, son cinco. Te pasaste la mañana viajando.

Dio media vuelta y desapareció en las escaleras. El andén estaba desierto. Hacía mucho frío, como antes de una nevada. Dejé el periódico sobre un banco. Bajé también, pero en lugar de encarar hacia los molinetes me vi frente a las escaleras mecánicas de subida, del otro lado del andén.

“Va a estar en lo de la mamá. Le va a gustar verme de nuevo.”


1.08.2020

FRANCO Y SUSTO



Conozco al Susto de hace treinta años, mirá si voy a necesitar que un pendejo me venga a decir quién es. Tomamos cerveza siempre en la misma esquina. Si conseguimos, también fumamos. A veces consigue él, a veces yo. Si tenemos papel de seda, armamos legal. Si no armamos igual, con las páginas finitas del Nuevo Testamento que nos regalaron los Testigos de Jehová de la otra cuadra. Alto porro santo.
Al Susto me lo encontré cuando era pendejo. Yo tenía quince y paraba en una plaza. Los pendejos tienen que andar con pendejos. Estábamos fumando tabaco. Él andaba solo y le digo “che, chabón, ¿vamos a escabiar a aquel árbol?”. Hizo que sí con la cabeza. Desde ese día, treinta años tomando cerveza con el Susto. Y nada de nada con el Susto. Amigos, nomás. Hasta que vino este pendejo y nos cagó la vida.
Yo no sé cosas del Susto. O no sabía, hasta que el pendejo llegó. Era mejor no saber. Nunca me importó lo que pudiera hacer. A veces le hablaba algo de mi vida, poco y nada. Con la mano levantada me regalaba el gesto de “Franquito, todo bien” y yo me quedaba contento. Siempre fue así. Es mi hermano. Lo único que hago es compartir. Por ahí faltan puchos y yo compro, los tiro en la vereda y le digo “Susto, se te cayeron los puchos”. El chabón se ríe, pero no dice más que algún que otro monosílabo. No necesita hablar. Yo lo miro, él me mira. “¿Está fresca la birra?”. “Uh”, dice. “¿Se te apagó el fasito?”. “Wé”. “¿Viste el partido de Boca el otro día?”. “¿Eh?”. “¿Querés que consigamos un sánguche?”. “Ah”. Salvo por la w, habla con vocales. Y con la hache, que es muda como él. En treinta años no le había escuchado decir una palabra de más de una sílaba hasta ayer a la tarde.
A ver: antes tuvimos un tercero. Varias veces. Siempre hay un atrevido. Hubo un renguito que era una maza. El Susto no le daba ni cinco de pelota; yo le hablaba. Había jugado en las inferiores de Morón antes del accidente. Hubo otro pibe que mezclaba la Quimes con Mirinda. Se nos pegó tres días. Yo le decía “borracho no toma azúcar”, y el pibe se reía. Le faltaban todos los dientes. Vino también uno que dijo ser el hermano del Susto y contó que le pusieron el apodo a los cuatro años, porque veía fantasmas. Al menos a su abuela y a un delegado al que lo había pisado el Mitre. El Susto no dijo ni sí, ni no. No movió la cabeza. Apoyó la botella recién abierta sobre sus labios y no paró hasta que le vio el fondo.
Cuando apareció con el pendejo no me importó. No tenía cabida. El pendejo hablaba mucho; se daba corte. Abrió la temporada tomando una Jeineken: nadie que tome Jeineken en una esquina puede durar. “¿De qué te la das, boludito?”. Él se rió. Y empezó a venir todas las veces. Y a meterse.
- Es un personaje, tu amigo. Con vos no habla, pero conmigo sí –me dijo.
- Qué te va a hablar.
- Le pregunté cómo se llama. Le cuesta activar, pero suelta.
- No quiero saber, pendejo.
- Le pregunté si tenía familia.
- Callate.

El Susto vive en el presente. Le digo: “¿Viste qué pasó ayer?”. “Ah”. O: “Che, Susto, ¿viste lo que pasó hace una semana?”. “Ah”. “¿Y lo que va a pasar el mes que viene?”. “Uh”. El pendejo también empezó a venir solo. Y traía los fasos especiales que el Susto traía antes, a veces, armados con papel ecológico. Ese marrón, marca OCB. El Susto lo consigue en el Sarmiento.
- ¿Te los roba o se los regalás?
- ¿Eh?
- Los fasos.
Nunca me había regalado uno de esos. Los compartía, sí, de a pitadas, pero los llevaba siempre él. El pendejo lo encendió con un Cricket. Entendí que se los regalaba. Cuando el Susto se fue, le pregunté, pero no me contestó. En su lugar, dijo:
- ¿Ustedes son trolos?
- Rescatate, pendejo.
- ¿Te coge?
- Achicá porque te mato, pelotudo.

Por esta esquina pasan taxis y nos tocan bocina. Yo los saludo. Los taxis son los tiburones de las calles. Me molesta solamente cuando se paran, porque detrás de ellos siempre viene un patrullero. No sé por qué, pero es fija. Vienen a molestar cuando ven que las botellas vacías pasan de cuatro. Nosotros estamos acá sentados, no le hacemos mal a nadie. Pero el taxista dice “está mal mostrar las botellas. No puede ser que nuestros hijos vean todo lo que chuparon”.
- ¿Y por qué no puede ser?
- Porque es un mal ejemplo. En Estados Unidos no te dejan chupar en la calle si no le ponés una bolsa de papel madera que tape la etiqueta.
- Los yanquis me la chupan.
El Susto se rio y el pendejo hizo fondo blanco. Llevó las cinco botellas vacías y las ordenó en fila india en el cordón. Yo ya sabía que era para problemas. La sirena sonó desde la otra esquina. “Pendejo, sos un tarado”. El patrullero se paró al lado de las botellas y las barrió cuando abrió la puerta. Iba un solo cana. Siempre van de a dos, de lo cagones que son.
- No vengás a joder que no tenemos documentos. Ya lo sabés –le dije.
- Entonces los tengo que llevar.
- Andate a la puta que te parió.
Me pateó las piernas, como si fuera un perro sarnoso.
- De pie -mandó.
El pendejo se paró. El único. El Susto solamente cerró los ojos. Yo me puse en cuclillas y no hice más nada. “Estamos en el horno”, pensé. El cana fue hasta el patrullero a llamar por la radio. El pendejo se le acercó. El cana puso una mano sobre la cartuchera y abrió el botoncito. “Acá nos vuela”, pensé. El pendejo puso su mano derecha sobre el hombro uniformado del tipo. Lo miraba a los ojos cuando le habló.
- Paremos esto. Franco está cansado, por eso dice cualquier cosa. Lo va a tener que disculpar. ¿Cómo podemos arreglarlo?
El cana nos miró un rato, como si no entendiera. Se metió de vuelta en el patrullero. Hizo sonar la sirena. Salió.
El pendejo levantó las cinco botellas y las escondió en el cantero. Después volvió a sentarse al lado nuestro, con la espalda pegada a la ochava.
- ¿Cómo hiciste?
- Arreglé –dijo el pendejo.
- Pero no vi que le dieras nada.
- Nada –repitió.
El Susto abrió los ojos otra vez.

El pendejo se las da de traductor. ¡Lo acaba de conocer y ya cree que lo tiene de toda una vida! “Quiere decirte esto y lo otro”. Como si yo no lo pudiera entender. “La birra está congelada; hay que darle tiempo a Ruggeri; pasame las vacías que dobló la lancha; ¿no quedaron flores del domingo?; mandate de una, chabón, nos vemos”. Es un caradura, el pendejo. “Cuando hace así te está diciendo esto, con este gesto te dice esto otro”. Ya no lo aguanto más. Vienen juntos y cuando el Susto se va, el pendejo se queda conmigo. Como si fuera mi amigo.
- El otro día me lo garché.
- ¿A quién?
- Al Susto, a quién va a ser.
Largué el vidrio.
- ¿Tás diciendo que el Susto es puto? Te voy a cagar a trompadas...
- Cómo caíste, ¿eh? No es puto. Tiene familia en Padua.
Me quedé más frío que la Jeinken.
- Una esposa y dos hijos -agregó.
Forcé la risa.
- ¿Y cómo los mantiene?
El pendejo largó una bocanada con forma de aro.
- Trabaja con una bruja en Moreno. El chabón ve fantasmas. Le pagan una torta de plata para que los señale.
Agarré la tuca con las uñas. Aspiré hasta que los pulmones se me llenaron de humo.
- La bruja dirige la quinta –siguió-. Lleva gente de guita. Él les indica si tienen el fantasma pegado. Los ve, los cuenta. La bruja les cobra a los pitucos. Entonces el Susto pasa cerca del tipo, le quita el fantasma y se lo pega a otro. Así es como laburan en Moreno. A todos los que garpan los liberan igual.
- ¿Me estás jodiendo? Lo conozco: no tiene familia en Padua ni en ninguna otra parte.
- Tiene. Posta.

La verdad es que me arruinó la esquina. Treinta años sin hablar y lo bien que nos iba. Acá tomando, fumando. Ahora los veo venir juntos y ya me agarra la bronca. Para colmo se separan cuando llegan; el Susto se me sienta a la izquierda y el pendejo a la derecha. “¿Ya no corren más Quilmes?”. El pendejo dice “al capo le dan acidez”. “¿En treinta años no te dieron acidez y ahora te dan?”. El Susto sacó un Mylanta del bolsillo. Pasó la lancha con dos yutas y el pendejo la saludó. No habíamos tomado ni tres botellas cuando el Susto se levantó, se limpió el vaquero y se fue.
- Sé más cosas –tiró el pendejo.
Me quedé callado. No tenía ganas de nada. Ni de escucharlo, ni de detenerlo. Nada.
- Los hijos son un pibito y una pibita. La esposa es la bruja. Los hijos la ayudan en los rituales, porque ya son adolescentes. Sirven jugo, cortan las tartas, dan números, reciben a los pitucos.
Sacó una foto del bolsillo. Había un rancho sin vecinos, solo en una cuadra del Conurbano.
- Acá viven. La quinta no, la quinta es grande, con árboles. La alquilan para las sesiones. Trabajan los fines de semana, tienen hasta seguridad. Perros. Los pitucos estacionan los coches y cuentan lo que les pasa, el disgusto que tienen. Los fantasmas les deterioran la salud. No son todos jodidos, a veces sirven. Pero la gente igual no los quiere porque traen mala suerte. Y el Susto va y los señala. Y si nadie más los ve les dice cómo son, qué están haciendo. Las sonrisas que ponen.
- ¿Y él se los mata?
- Ahora vengo –se levantó-. No se pueden matar porque están muertos de antes.
El pendejo fue a mear al baldío y a comprar otra birra al almacén. Al volver la destapó haciendo palanca con el encendedor. Tomó un trago antes de sentarse.
- Ese es todo el problema –dijo-. Los fantasmas se pasan. Cuando el tipo paga el Susto le quita el fantasma y se lo pega a otra persona. A los pitucos les chupa un huevo a quién se lo contagian. Se alivian enseguida cuando sucede. El Susto los ve clarito. –Hizo un silencio corto.- Uno se te pegó a vos, me dijo.
- ¿A mí?
Afirmó con la cabeza. Tosió.
- ¿El Susto te dijo?
- Sí.
Casi se me cayó la botella del temblor que me agarró.
- ¿Cómo me va a hacer algo así?
- Sin querer. No elige a los que se los pasa. Simplemente los ve, los saca y después espera. El que te pegó le vino prendido al pulóver, desde Moreno.
- Me estás comiendo la cabeza.
- Es verdad. Preguntale, si no.
Le tiré una patada, así nomás de sentado.
- Rajá de acá. No te quiero ver más.
- Mañana no vengo porque tengo que hacer una changa por el centro. Aprovechá y preguntale.

Pero vino igual. “A este pibito lo tengo que matar”, pensé. Nunca, nunca, nunca le había preguntado nada a mi amigo. “Hola Susto, chau Susto”. Nunca habíamos tomado stout, que es de putos. ¿A quién se le ocurre ponerle azúcar a la cerveza? Y el pendejo se apareció con dos stouts. Me decepcioné cuando lo vi tomar al Susto. Le dije: “¿qué hacés, vieja?”. Sabía lo que le había dolido aquel pibe que la mezclaba con Mirinda. Y le vi también sacar un vasito plegable, de esos de plástico que venden en La Salada, y desplegarlo para que el pendejo le sirviera más stout. “Se acabó la esquina”, pensé. Me levanté y me alisé el vaquero.
- ¿Adónde vas? –dijo el pendejo.
- No sé.
Los dejé y me fui por ahí. Vi minitas, saludé a un taxista que me tocó bocina. Le garronié un 43/70 a un viejo. Le escamotié una torta de grasa a una gorda que para a la salida del túnel del tren. Entonces me dio sed y compré una Quilmes. Como no llevaba envase, el almacenero me la pasó a una botella descartable que tenía por ahí, y que había sido de agua. El primer trago lo di adentro, pero después enfilé hacia la esquina. “Ojalá se haya ido”, pensé. Y también pensé que era hora de hablar con el Susto. Si al pendejo le había contado, a mí también. Si no, era una guachada. Milagro: el Susto estaba solo, a punto de pararse.
- ¿Adónde vas?
- ¿Ah?
Le dije que estaba bastante molesto por ese pendejo que había traído. Era un atrevido. No entendía que a él le hablara y a mí no. No entendía que él le manejara los armados de papel marrón. Le pasé la cerveza y le dio un trago largo, del pico, como tiene que ser. “Qué stout ni qué carajo”, le dije. Aparté las botellas para sentarme.
- Decime: ¿me vas a contar?
No contestó.
- Estoy re paranoico, Susto. En cualquier momento vuelvo al paco. Este pendejo de mierda que trajiste me está boludiando mal. Tenemos que hablar ya mismo. Aprovechar que no está.
Hizo que sí con la cabeza. Y después dijo:
- Bueno.
La palabra me sorprendió. Fue como el tañido de una campana anunciando a misa.
- ¿Por qué no me hablaste en treinta años?
- Porque no.
Las palabras le salían claritas. El pendejo tenía razón.
- ¿Y ahora por qué me hablás?
- Porque sí.
Tomé otro trago. “La Quilmes es la mejor cerveza del mundo”, pensé. Dije: “ahhhh”, satisfecho. Él sacó el Mylanta del blíster y se puso a masticarlo. Me cabrié.
- Chabón: ya no sé si quiero seguir siendo tu amigo, así…
- ¿Así cómo?
- Ese pendejo vino ayer y antes de ayer a batir cosas. Nuevas, de vos. Acerca tuyo. Por ejemplo: ¿es cierto que tenés una familia en San Antonio de Padua?
Tardó en contestar.
- Sí –dijo.
- ¿Con dos pibes?
Afirmó con la cabeza, sin hablar, como si el tema le diera vergüenza. Sacó un paquete de Marlboro, lo taqueó y agarró un cigarro entre los labios. Volvió a guardar el paquete sin convidarme.
- Es cierto –dijo, al fin.
- ¿Y cuándo la tuviste, si yo te vi todo el tiempo? Si estuviste treinta años conmigo.
- Me ves solamente cuando escabiamos.
Encendió su cigarrillo con el Cricket que le había visto antes al pendejo.
- ¿Y qué hay de cierto de eso que le andás quitando muertos a la gente?
Hizo que sí con la cabeza.
- ¿Es verdad? –insistí.
- Es un laburo como cualquier otro –dijo.
- ¿Muertos que se ven?
- Yo, al menos, los veo –dio una larga pitada.
- ¿Y te pagan por eso?
- No me puedo quejar.
- ¿Y es cierto que yo tengo pegado uno?
Que no me hubiera convidado un cigarro era la peor de las señales. Hice un revólver con los dedos de la mano derecha y le apunté al pecho. “Pum”, dije. Traté de sonreír para bajar la gravedad de la pregunta. Apoyé la botella en el piso, algo que jamás había pasado antes con líquido adentro. Una botella abierta, en la esquina, va de mano en mano. Es ley.
- Sí –dijo.
Le dio una segunda pitada a su Marlboro. La mano me empezó a temblar. Por las dudas toqué el Testamento de las hojas arrancadas, que siempre llevaba en el bolsillo de atrás del vaquero.
- ¿Y quién es?
El Susto puso cara de pedir perdón.
- El pendejo –dijo.


12.20.2019

ESCOMBROS DE UN PARAÍSO


El paraíso llega cuando ya no lo necesitamos. Mi abuelo decía esta frase enigmática. Siempre queremos que el paraíso llegue; sentí que estaba cerca cuando empecé a trabajar en el Ariston. O en lo que quedaba de él. Soy arquitecta, hago patología muraria y recuperación edilicia. Me llamo Silvia. Mi abuelo Vicente, este que ven en la foto, fue metre del Parador, desde agosto de 1949 hasta julio de 1952. Es el que posa feliz delante de los mozos que sostienen bandejas. Lo sé porque me lo contó mi abuela Sara. Tenían una carta de solamente doce platos. Una sopa de tomate con camarones que era una delicia, según ella, picantita y espesa. Rabo de res y tortilla flambeada de postre. Ya no se come rabo en ningún lugar de Mar del Plata.
El Parador Ariston fue diseñado por el húngaro Marcel Breuer mientras dictaba un seminario en la Universidad de Buenos Aires. Enseñaba en la Bauhaus, la escuela de diseño más importante de la historia: dibujó un trébol de cuatro hojas sobre una servilleta de papel como todo plano. En una de las hojas circulares ubicó la barra, en otra la pista de baile y en todo el resto se comía. Garabateó también un pequeño corte. Había que subir un piso por escalera. Carlos Coire, jefe de la cátedra que lo había invitado, se ocupó de la documentación y el arquitecto Catalano de la dirección. La Universidad puso el dinero para construir esta joya, hace cien años en mi ciudad. Sin embargo, nadie en el tiempo la cuidó, como pasa con la mayoría de las obras del Movimiento Moderno, y poco a poco se fue viniendo abajo. Hasta ayer por la noche yo opinaba que todavía se podía salvar, o como me gusta decir a veces: curar. Mi jefe Johann, berlinés, que sabe poco de hormigones pero mucho de negocios, juraba que no. Pero me contrató para hacer los primeros exámenes, porque a los paraísos conviene tenerlos de amigos. Traen mala suerte cuando se les vuelve la cara, aunque sean tréboles de cuatro hojas.
Digo curar porque las obras a las que yo llego suelen estar enfermas. Todo tiene que hacerse con un máximo cuidado: retirar los sobrantes, el material suelto y lo que no pertenezca a la esencia morfológica. Buscamos el origen como si fuéramos arqueólogos. Yo sigo un método intuitivo y empírico, en el que voy trabajando de acuerdo a lo que el edificio me va diciendo. Los edificios hablan a través de su integridad y de sus pérdidas, de lo que conservan y muestran. Y si no hablan tanto, hay que saber leer en sus intrigas. Tengo un trabajo de detective: obtengo muestras, etiqueto, clasifico, mando a catear. Un cateo es lo mismo que una biopsia para la medicina. Rasco las paredes con esta espátula de acero inoxidable que se parece tanto a un bisturí. O con una cucharita.
Obtuve el trabajo a través de LinkedIn. Querían alguien que fuera experta, sin pagarle demasiado. Al vivir a ocho cuadras del Parador, ya no tendrían que gastar en viáticos. Y a mi currículo le sobra brillo: solamente en Mar del Plata trabajé en el Alfar y en la fachada del Asilo Unzué. A Johann le oculté que mi abuelo, el de los bigotes terminados en punta hacia arriba, había sido uno de los gerentes, tal vez el más importante en la historia del edificio. Si se lo hubiera dicho habrían contabilizado mis emociones para pagarme la mitad. Lo que aprendí en la profesión vale mucho para andar regalándolo por las oficinas de patrimonio. Tanto es así que ya sabía cómo iban a volver calificados los cateos, cuando el material cayó como talco de las losas. Lo mandamos al INTI para precipitar y el laboratorio nos devolvió su visión pesimista. Le hice una lista a Johann con los aparatos que debía alquilarme para poder seguir.
- ¿Para qué querés un esclerómetro? –dijo.
- Para hacer una lectura de compacidad de vigas y columnas.
- Sale un montón de dinero. ¿Y el georradar?
- Para las oquedades.
- ¿Y el profómetro? Alquilarlo cuesta un disparate.
Johann hacía números con su calculadora. En sus ojos de especulador se veía que el edificio no le interesaba.
- Necesito hacer un mapeo de la armadura, para averiguar cómo está adentro del hormigón. Qué espesores de sección son los que quedan.
- No puedo pagar eso.
- Necesito los gráficos. Y preciso más andamios de los livianos, no esos que me pusiste. Y un ayudante, o dos.
- ¿Se va a poder recuperar?
- Sí –arriesgué, sin dudar.
Johann negó con la cabeza y agregó:
- Puedo mantenerte el sueldo pero nunca contratar ese equipamiento. Preciso un informe objetivo sobre el estado del edificio.
“Los paraísos están para cuidarlos”, estuve por decirle. Pero me callé. No iba a conseguir de mí un cómplice para un informe negativo. Los edificios se salvan con experiencia, con técnica, pero también con fe. Mi abuelo estaba ahí, detrás de Johann, con su carta de delicias en la mano. Lo pude ver en ese momento.
- No te pago para que evalúes mis ideas –agregó Johann, leyéndome la mente. Y salió.
A la tarde me llamó al celular y me pidió disculpas con reservas. No iba a contratar equipos y especialistas por un edificio “insignificante” –así lo llamó, refiriéndose a los contados metros cuadrados, aclaró-; su presupuesto era limitado. Yo sonreí amargamente, pero él no me vio, claro. Donde Johann vislumbraba insignificancia yo veía una alhaja. Nunca entendí el tema del linaje. Johann será más importante por su  ONG europea, pero la que sabe de hormigones soy yo. La absurda pirámide de mandos no se verifica en la expertise. Así como no me meto en sus operaciones inmobiliarias y de prensa exijo que no se meta con lo que sé, que lo sé bien.
Estuve cinco días seguidos en el Ariston, en cuclillas o trepada a escaleras. Hice tutores de yeso sobre las grietas. Conozco la dimensión del daño, puedo intuirla en esas fisuras activas. Hasta ahora no había gastado casi nada de plata, solamente chupé frío y me ensucié entre las losas con forma de trébol. Las persianas de madera que le pusieron contra los intrusos están llenas de agujeros y ranuras. No me permitieron quitarlas: el dueño del predio, un latifundista, quería tirar el Ariston abajo y tenía miedo. Todo al mismo tiempo. Suele pasar cuando a un edificio, o a lo que queda de él, el Congreso le otorga protección histórica. Verlo a Johann rendido me llevó a pensar que ya era hora de irme de ahí. Las clivias de mi abuela florecieron en los cumpleaños de Vicente hasta el último año, en el que se fue del Ariston. Y ya no florecieron nunca más.
En Página 12 leí una noticia que me gustó. Daban por sentadas las obras de recuperación. Hablaban del nombre de la playa, La Serena, aunque se equivocaban en el dato de Breuer como diseñador de la silla Wassily. La nota tenía un dato de color del que yo no estaba al tanto. En los inviernos en los que no abrían las carpinterías, porque el viento era el mismo que el de ahora, marino y feroz, repartían talco para que la gente que bailaba descalza no se resbalara en la pista. Me imaginé la condensación de la humedad sobre los vidrios y el piso de madera. Me hubiera gustado bailar ahí. Me imaginé a mi abuelo revisando el calzado de su pequeño ejército de mozos: suelas adherentes, de caucho, para que sus manjares no acabaran por el suelo. Sí, soy una empecinada de los materiales y sus comportamientos. Amo mi trabajo; ninguna corrosión podrá devaluarlo. Vicente, el dueño del paraíso, siempre me está mirando desde la foto.
Así que pensé chau Ariston, chau Johann. A veces ganan los malos. Chau Silvia. Aunque te garanticen el trabajo hasta fin de año, como se arregló, ya no tiene sentido. ¿Desde cuándo mis opiniones van a aportarle datos al enemigo? Jamás firmaré un chantaje, ni por todo el oro del mundo. A los edificios que valen hay que salvarlos porque son como seres. El que salva a un humano salva a la Humanidad. Estaba tomando una copa de vino cuando entendí que debía renunciar. Una cena frugal, de mujer sola. Vicente me hubiera retado por ese sanguchito. Tenía ganas de llorar y de dormir. Puse la tele pero no aguanté ningún noticiero de aire: el dinero y la derecha estaban ganándole también al mundo. Poderosos caballeros. Una mierda.
A las tres me despertó el celular: Johann. ¿Qué hacía en vela? No lo voy a atender. Cortó y volvió a insistir. ¿Por ser mi jefe era también el dueño de mi sueño? Un hombre jamás atendería un llamado de su trabajo a la madrugada. Escuché el bip del whatsapp. “Dejaste la luz encendida en el Parador, nena”. ¿Qué luz?, pensé. El teléfono volvió a sonar.
- ¿Qué luz?
- Los reflectores.
Mi trabajo se hace con reflectores. Ningún detective entraría a una escena del crimen a oscuras. Tres de quinientos watts, muy poderosos, con luminarias tipo lupa. Uno para la planta baja, dos para arriba. Los apago desde el tablero. Siempre lo hago cuando me voy.
- Acabo de pasar por la ruta con el auto: el Parador es un velador en la noche.
- ¿Y por qué no te bajaste a apagarlo?
Johann dudó un instante en el teléfono.
- No es mi trabajo –dijo. Cortó la comunicación.
Si algo faltaba para completar mi descontento era una respuesta así. Miré por la ventana: el viento arreciaba árboles y arbustos. Estaba por explotar una de esas tormentas que solo se dan en Mar del Plata. Vi un rayo, a lo lejos, caer sobre la playa.  ¿Qué podía pasar si no iba? Un corto. O gastar demasiada electricidad, y había que ahorrar. Para el profómetro y el georadar, indispensables. Para nada. Le escribí un whatsapp que borré inmediatamente: andá vos que tenés auto. Mejor era salir antes de que la tormenta comenzara. Me puse un pulóver y los pantalones sobre el piyama, me calcé con botas que hubiera aprobado mi abuelo. Me puse el impermeable con capucha azul, guantes verdes, una bufanda roja. Miss elegancia, la arquitecta. Guardé el casco blanco en la mochila.
El viento que me daba en la cara traía hojitas y gotas puntiagudas, de tan heladas. No iba a poder volver por la arena si se desataba la tormenta. La playa era un imán para los rayos. ¿Cómo habría sido mi abuelo como jefe? A los mozos se los veía felices en la foto, sosteniendo sus platinas y bandejas plateadas. Bueno, era una foto, nomás. Aunque yo nunca me sacaría una foto sonriente detrás de Johann y de autoridades que negocian según el viento de los tiempos. ¿Quién iba a tomar la decisión de derribar una obra de arte de Marcel Breuer? Que el Parador estuviera descuidado y varado no era excusa. ¿Quién iba a ser capaz de pegar el primero de los martillazos? Un diamante olvidado sigue siendo un diamante.
El velador Ariston. Al menos en las descripciones, Johann era preciso. La luz salía por todas las rendijas de la carpintería antivandálica, por todos los agujeros de esas maderas podridas que habían clavado para alejar a los intrusos. Un resplandor potente y blanco, de observación. La luz que permitía trabajar de día o de noche por igual, para cuando los salvatajes dependían de urgencias políticas. Me había quedado sin dormir decenas de veces en situaciones así. Se armaba un grupo de profesionales y te mudabas. Comíamos en la obra, a veces hasta dormíamos ahí. Todo para que no la demolieran, en el país de la demolición permanente. Me apuré por la lluvia y por la luz. Ojalá que la tormenta no se desate así vuelvo tranquila por la orilla. Saqué las llaves de los candados de la mochila y me puse el casco. Tranquila, Silvia. Abrí.
El brillo bañaba la escalera desde el primer piso. La tapa del tablero de la electricidad estaba semiabierta. Vi el cable suelto, desenchufado. La luz ya no era blanca, sino cálida. En el tablero todas las térmicas estaban apagadas. Me agaché para recoger el cable y me vi las puntas de los zapatos: afinadas, de charol negro. Los tacos se afirmaban correctamente sobre el contrapiso poceado de la planta baja. Aunque ya no era cemento: había mármol. Veteado. Pulido. Por eso mis tacos pisaban bien: el revestimiento era el indicado por la historia, por Breuer; el que había pagado la Universidad de Buenos Aires hacía cien años.
Tampoco recordaba haberme puesto esas medias negras. Me toqué el ruedo del vestidito, y me lo palpé sobre las caderas y el pecho. Tiras finas sobre los hombros. Lo único que sobraba era aquel casco, al que dejé escondido en un cantero con clivias antes de subir por la escalera curva.
Arriba me esperaba un mayordomo. No me miró a los ojos cuando tomó de mis manos un saco que yo no había advertido que llevaba, con cuello de piel, y una estola blanca. Quiso quitarme la cartera, que hacía juego con mis zapatos, pero no lo dejé. Me acompañó hasta mi asiento. Separó la silla de la única mesa armada en todo el salón. Me senté como lo hubiera hecho frente a un abismo. Nadie de los presentes me miró. Empecé a sentir el murmullo y las risas cuando la respiración me volvió al cuerpo. Sobre la mesa había un arreglo floral y una copa de champán.
Algunos fumaban. La mayoría de los hombres estaban de pie; las chicas repatingadas en sillones o atentas desde taburetes o apoyabrazos. Todas llevaban vestidos parecidos al mío. Mucha puntilla. Algunas guillerminas en los pies. Una que llevaba botitas tenía cara de mala. El maquillaje acentuaba la claridad de las mejillas: mucho polvo base. Deben ser arquitectas, jajá. Un señor me miró. Era joven, pero parecía viejo por el corte de pelo y el bigotito horizontal. Llevaba un traje a rayas verticales, camisa blanca, zapatos excesivamente lustrados. Busqué un espejo en mi cartera; había uno redondo y gris. Lo abrí. Mi cara también estaba pálida por los polvos, y los ojos tenían un marco negro demasiado duro, que los volvía ojerosos. Me dieron ganas de limpiarme con la servilleta. En la cartera había una espátula afilada y un pañuelito. Mi espátula de obra.
Cuando el mozo me trajo la carta no me di cuenta de quién era, porque estaba observando otra cosa. Pasaban un jazz tenue, apenas un piano, y casi toda la gente se apiñaba en la zona de los sillones. En otro de los lugares estaba la barra de donde salían los tragos. El último pétalo del trébol estaba vacío, a la espera de los bailarines. En el ambiente lleno de humo los presentes fumaban con boquillas. Aunque mi mozo miraba hacia el suelo como el mayordomo de la entrada, los bigotes le seguían apuntando hacia arriba. Llevaba una levita inabrochable, por la panza. Un repasador le colgaba del brazo en el que traía la bandeja.
Busqué, entre los doce platos de la carta, el rabo de res y la sopa de tomates. Estoy con  Vicente, abuela Sara. Decidió bajar de su podio de metre para venir a atenderme personalmente. Hay un hombre, además, muy elegante, que me acaba de guiñar un ojo. Debe ser joven pero parece viejo, porque yo misma parezco de otra edad. El champán está fresco pero no es muy cristalino. La copa sí, como si fuera de Murano. Tallada. Se acerca el hombre con un encendedor. Deberé decirle que no fumo. Ah, era para prender la vela.
- Es un animal –dijo despectivamente, y me pidió permiso con un gesto para sentarse.
- ¿Quién?
- El camarero. Ni en el Ariston logramos que el servicio sirva.
Separó la silla y se sentó. Traía su propia copa de champán. Me di vuelta para ver cómo Vicente se metía en la cocina.
- Soy Marcel –se presentó el hombre.
- ¿Breuer? –no pude contenerme.
- Peña Braun –dijo él, sin siquiera pestañear. Sorbió un poco de su copa y cruzó las piernas. Dejó su cigarrillo sobre el cenicero.
Algunas parejas comenzaban a pararse para ir a la pista. Desdoblé la servilleta de tela.
- Debería avergonzarse por lo que dijo –lo increpé-. Vicente ha sido sumamente cordial. Es el gerente de cocina y está atendiéndome como si yo fuera su propia nieta. ¿No le parece correcto?
Marcel se rio.
- ¿Metre Vicente? ¿Ese tonto? ¿De dónde ha sacado semejante información?
Abrí la boca. No iba a dejar que un presumido le dijera tonto a mi abuelo. Me cago en el linaje. Vicente apareció con la bandeja con un plato de sopa humeante y la botella de champán adentro de un balde con hielo. Nos sirvió, a mí y a Marcel doble apellido. Dejó también el balde, porque él se lo pidió. Tomó la bandeja plateada entre sus manitos regordetas y se quedó esperando, por si le pedíamos algo más. Agarré la cuchara. Era de plata.
- Vicente–dijo Marcel, como una orden. Le indicó la bandeja.
Vicente la puso horizontal y se la acercó. Marcel levantó la boquilla del cenicero hasta la mitad de ese círculo plateado y volcó las cenizas dos veces. La larga y frágil ceniza que se había acumulado en la punta de su cigarrillo. Me pareció el gesto más cretino del mundo.
- Ya, negro –lo despidió.
Lo vi irse humillado, pero como si no le importara. Estaba acostumbrado a la humillación. Marcel se rio otra vez. No voy a bailar con un tipo de mierda como usted, porque no me dejaría mi abuela Sara, estuve a punto de decir.
- Somos los dueños del palacio –continuo él, con un orgullo absurdo. Hizo un gesto con la mano que abarcaba todo el salón.- Vinimos a bailar y bailaremos.
- No conmigo –le dije. Soplé sobre la cuchara y me la metí en la boca. Había pescado un camarón picante.- Y no es un palacio, es apenas un restorán.
Subió los hombros y se fue a buscar otra mujer. Al rato lo vi moverse con el charlestón. Todos bailaban muy enérgicamente, sin quitarse los sacos ni los moños. Terminé la sopa y dejé la cuchara apoyada. Las mujeres eran más enérgicas que los señores. Hacían mover sus rodillas con desenfreno, como invitándolos a una contienda sexual y rechazándolos al mismo tiempo. Alguien subió el volumen de la música justo cuando Vicente volvió a aparecer para cambiarme el plato. No me preguntó nada y yo intenté disculparme por ese hombre horrendo, pero las palabras no me salieron o me salieron en voz muy baja. No me escuchó. Estuve a punto de decirle que ya no quería el rabo de res, que estaba llena. Pero él se fue a buscarlo y yo me quedé tomando champán. Ya estaba un poquito mareada.
Los hombres se descalzaron después que las mujeres. Ponían las medias adentro de los zapatos, que quedaron haciendo una especie de ronda alrededor de la pista circular. Los vidrios empezaron a gotear. Una chica se resbaló y su partenaire la atajó antes de que cayera. La pista estaba mojada; mi propio mantel estaba así. Una gota espesa se soltó del cielo raso y apagó la vela de la mesa. La segunda cayó sobre las flores del arreglo. Me descalcé. Los zapatos de taco siempre me resultaron más incómodos que los de seguridad.
- ¿Cuándo reparten el talco? –le pregunté a Vicente, cuando vino con la platina con el rabo. El plato parecía un trencito marchando en un paisaje de salsa de tomate. Sacó su cuchillo de trozar. El moño de su camisa estaba torcido, tuve inmediatas ganas de enderezárselo.
- ¿Para qué sería el talco, señorita?
Le señalé el resbalón que se acababa de pegar mi festejante Marcel. Dos amigos lo ayudaban a levantarse.
- ¿Por qué no abren las ventanas para que ventile? Hay demasiada condensación –agregué.
- Están abiertas las del lado de atrás, las que no dan al mar, señorita. Si abrimos estas se vuela su mantel.
-  ¿Y no reparten talco?
Vicente me miró por primera vez. Tenía los ojos buenos. Me dieron ganas de abrazarlo.
- Aquí no existe esa costumbre –dijo.
Los amigos de Marcel se reían, las chicas se reían. La música subió un poco más; ya era atronadora. Vi cómo mi abuelo movía los labios y volvía a bajar la vista. El perfume de la carne era lo único aceptable. Abrí la cartera sin dudarlo un segundo y saqué mi instrumento. Talco, polvo. Tomé el platito de la vela. Me paré arriba de la silla. Todos dejaron de bailar. Polvo, talco. No sé por qué lo hice. Ellos me estaban mirando y desde la altura yo alcanzaba a ver el mar, afuera y lejos. No iba a comer el rabo, no iba a perdonarles las impertinencias, pero iba a enseñarles cómo bailar descalzos en una pista resbalosa. Raspé el cielo raso adecuadamente, en puntas de pie. El polvillo cayó sobre el platito. Me bajé de la silla. La música cesó. Me pasé el talco por una planta, por la otra. Fui hasta la pista y me abrí paso entre la muchedumbre. Improvisé un charlestón en el silencio de la noche. Normalmente bailo horrible, pero me salió bien. Una chica que tenía un rodete intentó seguirme con una patinada. Yo no me resbalé.
Entonces apareció Vicente con una especie de tortilla colocada sobre un quemador encendido. Le volcó Rhum Negrita de una botella. Se ayudaba con un cucharón. Marcel no me quitaba los ojos de encima; los demás miraban, como yo, a Vicente. Marcel sacó un encendedor y se acercó hasta el lugar donde el más pedestre de los mozos de Ariston alistaba el único postre de la carta. Lo apartó de un empujón. Los malos modos de la aristocracia se acentúan con las borracheras. No hay que mirar, Sara. Se van a ir, van a dejar de existir. El trabajo de Vicente lo hace noble de verdad por más humilde que sea, porque el trabajo es lo único que ennoblece. No los títulos, ni los premios. Hay que hacer bien lo que uno sabe, únicamente eso. Y Vicente siempre lo hizo bien, aunque en esa foto quisiera aparentar lo que no era.
Marcel intentó hacer funcionar su encendedor dorado. Lo agitó en el aire. Vicente traía en las manos una pequeña caja de fósforos. Marcel trató por tercera vez, infructuosamente. Eructó y se guardó el encendedor en el bolsillo del pantalón. Le quitó los fósforos a Vicente, de mala manera. Abrió la caja al revés y se le desparramaron por el suelo. Puteó. Levantó varios, algunos ya no servían porque estaban mojados. Pero uno sirvió. Puso la llama hacia abajo para que aumentara. Lo acercó al alcohol caliente de la fuente y aparecieron las llamaradas. Tiró el fósforo sobre mi mesa y la servilleta comenzó a encenderse. Los presentes estaban aplaudiendo a Marcel y al flambé.
Me largué a apagar el fuego cuando lo vi también en los demás. No eran solamente la servilleta y el flambé los que se estaban quemando. Uno de los presentes abrió su billetera, tal vez para dejarle una propina al camarero, y los billetes estaban encendidos. Rápidamente le alcanzaron el cuello de la camisa. A una mujer le salía fuego del escote, otra se inclinó a apagárselo y se le incendió el pelo. Las cortinas empezaron a arder. Vi dos llamas saliendo de los ojos de Marcel, que no hizo nada, solamente se quedó quieto en el lugar. El fuego salía por las bocas y las orejas de la gente, por los orillos de las polleras, desde adentro de las copas. Las botellas comenzaron a estallar, vi mi tenedor y mi cuchillo retorcerse en la mesa. Las plantas de los pies se me empezaron a cocinar en el agüita hirviendo. El piso burbujeaba. Agarré a mi abuelo por la bandeja y bajé corriendo las escaleras. El mayordomo se doblaba de dolor en la planta baja, achicharrado.
El pasto estaba fresco. Yo tenía el impermeable abierto y el pulóver desarreglado. En la corrida había perdido la bufanda y las botas. Tenía un solo guante cuando le devolví la bandeja a Vicente, que llegaba agitado. Ya no tiene edad para correr. Toda la noche parado, a un mozo le duelen los juanetes. Y encima esta carrera. Perdón, abuelo. Miramos juntos hacia atrás: el paraíso en llamas. Las persianas fueron lo primero que se derrumbó. Vicente tomó la bandeja con sus dos manitos recatadas. Me miró tristemente. Escuché el silbido de su respiración. Cada vez que nos sacamos esa foto, un mozo hace de metre y los otros posan con las bandejas. Hice una vez de metre y cinco de mozo. Hay una foto real, con el metre real, pero nadie se ríe allí.
No abrió la boca para comunicarme su verdad.
- Estoy orgullosa de vos -dije.
No le cuentes a Sara.
- Secreto.
Mi ademán fue para arreglarle el moño torcido, no para que se fuera. Toqué una de las puntas de los triángulos y vi la llamita. Pequeña, más azul que amarilla. La soplé para que se apagara, pero creció. Se hizo flaca y exacta, y le invadió el hombro de la camisa. Después el cuello, la oreja, el pelo. Vi cómo se quemaba el bigote de Vicente sin poder hacer nada. Traté, digamos, pero la rabia me invadió. Todo lo que hacía para apagarlo lo encendía más. Vi su cabeza vuelta una antorcha. Un trueno rajó la playa y el chaparrón nos envolvió. Pensé que podía ser una bendición. Que por fin la lluvia iba a salvarlo todo. Y lo apagó, sí, pero lo que pasó después fue mucho peor.
Vi a mi abuelo negro como un esclavo. Mojado y humeante. Yo misma estaba empapada hasta los huesos. Estornudé y le volé parte del pabellón de la oreja. Fui yo, mis ojos me lo dijeron. Le apoyé la palma de mi mano derecha un poco más arriba de la mejilla para sostenerlo, pero mis dedos se hundieron irremediablemente en su costado. El bigote se deformó junto al rostro caliente. Cuando aflojé la presión, media cabeza de mi abuelo se derrumbó como la torre de un castillo de playa. Lo último que vi fue su sonrisa. Corrí.
Desde casa llamé a los bomberos y a la policía. Me tomé un Ibupirac, llorando de desesperación. Me cambié de ropa. Conté cinco ampollas en mis pies, tres en el izquierdo, dos en el derecho. Me froté una crema refrescante, mientras esperaba. A las seis apareció un mensaje de Johann para que fuera. Yo todavía estaba temblando. Le pregunté si el edificio aún existía. “El fuego decidió por nosotros”, respondió él.
Amanecía. El bombero que me tomó declaración me preguntó qué hacía ahí adentro en el momento en que el incendio comenzó. “¿Cree que fui yo?”, le dije. En el lugar del Parador había una montaña de escombros y cenizas. El resto de la dotación enrollaba las mangueras. “Detectamos una falla eléctrica. Por el momento nadie le está echando la culpa a nadie. Pero nos llamó la atención que no se comunicara inmediatamente por el celular”. Había tres patrulleros. Había una cinta de peligro delimitando la zona. El sol estaba empezando a secar el resabio de la tormenta. Me dolían las ampollas.
- La Serena es una playa peligrosa, sin seguridad. Dejé el celular en casa para que no me lo roben. La policía aparece siempre después. Nadie anticipa nada.
- Hay muy poco personal –se disculpó el bombero-. Vuelva a su vida y tómese un tecito, arquitecta.
A desconfiada no me gana nadie.
- ¿Y cómo está tan seguro de que no fue un incendio intencional?
- No veo a nadie por aquí acusando a ningún privado –señaló hacia los patrulleros. Dos policías tomaban mate y un tercero les acercaba un paquete con facturas.
- Cualquier cosa le preguntan a aquel hombre de allá. Es el dueño de una ONG muy misteriosa…-dije.
Johann escondió la cara cuando se vio señalado. El bombero se dio cuenta, pero no reaccionó.
- Hágame caso, aquitecta. El Awiston ya fue.
Johann me siguió con la vista. Yo tenía ganas de bajar a la playa pero adiviné que él también iba a hacerlo, por lo que me preparé para volver a campo traviesa. No hay tecito que devuelva la memoria, bombero. Y si hubo un atentado no fui yo, ni mi abuela Sara, ni mi abuelo Vicente, que fue metre ejecutivo del edificio. La luz del amanecer convertía los charcos en espejos. Uno me llamó la atención por lo perfecto de su óvalo. Ariston, bombero, como mínimo tienen que aprenderse el nombre. Y Breuer no diseñó la silla Wassily personalmente, Página 12, sino que dirigió el grupo de alumnos y profesionales de su taller de ebanistería, que la hicieron realidad de la nada. A medida que me fui acercando, el óvalo se convirtió en círculo. La memoria es cruel, pero es el único material que corta la voracidad del mundo. El círculo estaba apoyado entre pastos. El rayo de sol rebotaba sobre lo que le quedaba de espejo a la oxidada bandeja de un mozo.

Gustavo Nielsen nació en Buenos Aires, en 1962. Es arquitecto y escritor. Como arquitecto ha realizado obras en Capital, Buenos Aires, Córdoba, San Luis y Montevideo. Desde 2008 comparte el Galpón Estudio en el barrio de Chacarita junto a los arquitectos Ramiro Gallardo y Max Zolkwer. Ha ganado el Tercer Premio para el Parque Lineal del Sur (asociado a Max Zolkwer), el Primer Premio para el Oasis Urbano Magaldi Unamuno, Tercer Premio Cenotafio Las Heras y Mención en el Oasis Boedo (asociado a Max Zolkwer y Ramiro Gallardo), Mención en el MPAC (asociado a Sebastián Marsiglia), Mención en el Pabellón Frankfurt 2010 (asociado a Max Zolkwer y a Sebastián Marsiglia) y Primer Premio en el concurso internacional para el Monumento a las Víctimas del Holocausto Judío (también asociado a Sebastián Marsiglia). Escribe notas sobre ciudad y diseño en el suplemento Radar, de Página 12. Ha publicado “Playa quemada” (cuentos, Alfaguara), “ La flor azteca” (novela, Planeta), “El amor enfermo” (novela, Alfaguara), “Marvin”, (cuentos, Alfaguara, "Auschwitz" (novela, Alfaguara)y “Adiós, Bob” (cuentos, Klizkowsky Publisher) , “Playa quemada” (cuentos, Interzona), “La fe ciega” (cuentos, Páginas de Espuma, Madrid), “El corazón de Doli” (novela, El Ateneo) y “La otra playa” (novela, Premio Clarín Alfaguara 2010).

gesnil@gmail.com

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FRANCO Y SUSTO
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