Playa quemada

La flor azteca

Los monstruos del Riachuelo

El amor enfermo

Marvin

Auschwitz

Adiós, Bob

Playa quemada

La fe ciega

Auschwitz

El Corazón de Doli

La otra playa


7.20.2005

LAS FOTOS

No me gustan los trenes. Los comparo con cárceles alargadas que van hilando, sobre rieles, distintas paradas como paisajes de postales. Odio las vías y las estaciones. Los que vivimos en la periferia nos gastamos la vida viajando al centro. Viví en distintos barrios del Oeste. Un barrio puede ser más tranquilo: las casas son bajas; no está la locura de ruidos y luces del centro. Es mejor para los chicos y para los viejos. Pero no para la gente que tiene que salir a trabajar, porque hay que viajar constantemente en esta prisión sobre ruedas. El que estuvo en la cárcel sabe de lo que hablo. Las horas pasan lentas, pesadas. Los días se dejan caer espesamente, con la parsimonia y la continuidad inquebrantable de un chorro de miel.
Para colmo, viajamos apretados. En las horas pico los laburantes vuelven a sus casas encimados unos contra otros; yo también vuelvo. La gente cruza los dedos para que no ocurra algún accidente; pero no un accidente por amontonamiento, no. De los otros, de los que pasan del lado de afuera. Cuando un tren atropella a una persona, el servicio empieza a funcionar “en forma condicional”. Cualquiera sabe qué significa eso. Lo dicen por los parlantes. Si nosotros, los pasajeros, oímos el aviso de la voz metálica, podemos estar seguros de que cada cosa que hagamos en más, quedará postergada una o dos horas. Un suicida o un viejo al que no le da el cuello para girar la cabeza en un pasonivel, nos corrige la vida en un lapso –a veces larguísimo - de tiempo.
Un día nos quedamos encerrados tres horas y media entre dos estaciones. Fue desesperante; hubo tipos que saltaron por las ventanas. Casi todos saltaron. Yo no pude, no me animé. Repito: es una cárcel, con controles y límites precisos. No sirve de nada escaparse de una cárcel porque, a la corta o a la larga, se vuelve. Alguien habrá entre ustedes que me comprenda, con una situación parecida a la mía. El que estuvo adentro tiene miedos que no se le borran cuando sale. Yo perdí un año por razones que ni recuerdo. Se me adelantó un año la vida, como si durante ese período hubiera viajado. No sé si me explico. El tiempo de la cárcel es como el que se pierde adentro de los trenes; las infinitas horas desaparecidas que nos quitan espacio al tiempo verdadero, de la casa, de estar en casa. Nos roban las horas. Es una idea mía (soy medio filósofo). Esto es lo que pienso cada vez que se retrasa un tren.
Hoy llegué tarde a la estación y tuve que pensarlo más rápidamente. Digo que llegué tarde, porque al entrar en uno de los vagones me di cuenta de que los diálogos se estaban apagando. Cuando la gente se entrega a una espera, cuando permite que le roben así, tan descaradamente, las ganas de volver, empieza a querer alzar la voz. Son incapaces de reaccionar más allá de una protesta; pero putear, sí. Todos lo hacen. Conozco a la gente de tanto mirarla viajar. No hablan porque quieran relacionarse, apenas si se animan a intercambiar vergüenzas. La vergüenza viene porque un tren parado definitivamente es como el grito de dolor del mudo que vende ballenitas. Y a la gente le aturde la entrega de sus cuerpos cansados de obras y oficinas a un viaje que no existe, que está postergado por causas externas, que (ahí recién se dan cuenta) no les pertenece. Aunque hayan comprado el boleto o tengan abonos mensuales. Entonces empieza la arremetida pública, la viva voz, la crítica al servicio, la puteada pareja.
Yo no me enojo. Esperé tanto tiempo que ya me acostumbré. Ni siquiera quiero sentarme; espero de parado, como los postes. Aunque me regalaran un asiento por mi buena conducta en los viajes, igual me quedaría parado. No tendría que haber asientos; el asiento es una razón más para distanciar a los pasajeros, para separarlos entre apretados y cómodos. Y no estoy del lado de las comodidades que se logran a fuerza de empujones. La gente se mata por sentarse. Ese comportamiento es absurdo; después dicen “qué barbaridad, cómo se viaja”. Por eso prefiero callarme. Y acatar cada anormalidad, cada retraso, cada estación que llega como una alucinación de la locura, con la indiferencia y el aplomo que me caracteriza. Mirando a los que están a mi alrededor, en lugar de refregarles mi impotencia.
De acuerdo: no soy del tipo comunicativo. Lo reconozco. Uno se va callando a fuerza de golpes. Pero sé también que, a nivel general, la comunicación no existe. Ni siquiera cuando parece aflorar en la catástrofe de un tren que se quedó, interrumpiendo la vida de todos. No hay intercambio porque nadie escucha lo que dice el otro; cada uno expresa lo que pretende del servicio, bufa y asiente con la cabeza. Y el diálogo aparente no es más que una insípida lluvia de maldiciones y mentiras, que se queda flotando en el aire como un fantasma irrespirable, durante todo el viaje. El negro que está a mi izquierda, por ejemplo, asiente con la cabeza y se muerde el labio inferior, cuando lo miro. Espera que lo consienta, que le sonría para decirle que estoy de acuerdo con lo que piensa. No hago ningún gesto porque no encuentro gestos para hacerle. Tiene la cara comida por la viruela y la nariz grande y chata. ¿Por qué motivo hablaría yo con ese negro? ¿Por qué dejarlo opinar de algo tan cotidiano como un tren? ¿Cuál sería la razón para hacerme cómplice de la molestia de estos desconocidos?
Suena la bocina de marcha, y las voces de todos se hacen un poco más fuertes. Una de las mujeres que va sentada dice “al fin salimos”, y el negro mueve la cabeza, aprobándola. Está parado al costado de su asiento y se agarra de las anillas del techo. La gente que viaja a su espalda le comprime las piernas contra el apoyabrazos y el brazo mismo de la señora. Hay dos mujeres sentadas en ese asiento, y una mujer y un hombre en el que lo enfrenta. El hombre, flaco como una tabla, se deja resbalar sobre el tapizado verde; cierra los ojos. Las tres mujeres se miran y sonríen. Algo así como un lazo invisible las une, una especie de simpatía femenina. Una de ellas, la que ocupa el lado de la ventanilla, lleva dos chiquitos cargados: un nene de dos o tres años y una nena más grande, que se levanta de la pierna de su madre y se vuelve a sentar. Está visiblemente incómoda; alguno de los apretados dirá que nosotros vamos más incómodos todavía, pero no son detalles en los que me fijo cuando viajo. Yo trato siempre de mirar a la gente; soy un estudioso de los movimientos de los demás. Los tiempos de pasarla solo me afinaron la observación. Cuando viajo estoy absolutamente solo; por eso miro.
La señora del costado de la nena le hace un lugar en el asiento. La de la ventanilla dice “no, no se moleste”, y la señora acaricia la pequeña cabeza negra. Es morochita; cualquiera de las tres mujeres podría haber sido su madre (hay un par de detalles físicos que las reúne dentro del mismo estilo de mujer). Quizás, la que viaja al lado del hombre sea demasiado vieja para madre de la criatura. “Un pecado irreparable de ancianidad recién estrenada”, pienso. Mi propio chiste me hace reír en secreto, y la nena alza su cabecita.
El tren se detiene en Flores. Pasó las estaciones tan rápidamente que no me di cuenta, distraído como estaba en retratar a las personas del vagón. Un tipo arrugado, de traje gris, deslizó un comentario sobre lo raro de que salga un rápido después de las ocho de la noche. “Además, agregó, los que llevan atraso siempre paran en todas”. Pensé que era lógico. Le pregunté si sabía qué decía el cartel, pero el tipo puso cara de haberse arrepentido del comentario, desplegando un diario que traía doblado debajo del brazo. Se puso a mirar los clasificados.
Yo me atreví a hacerle una pregunta porque me pareció un tipo seguro, no porque quisiera entablar una conversación, ni nada por el estilo. Por cortesía, al menos, me podría haber contestado. Le clavé una mirada muy dura en el centro de su cabeza blanca, que de tan penetrante me hizo lagrimear. No se dio cuenta porque estaba concentrado en las columnas de letra pequeña. Decidí que no me interesaría por lo que el viejo anduviera buscando, o por cualquier cosa que él hiciera en más. Miré por la ventanilla, la estación. “Quizás dije la pregunta en voz muy baja, acostumbrado como estoy a no hablar”.
Para ser Flores, estaba subiendo bastante gente. Se sentían los empujones como si fuera Once. “Eh, adónde quieren ir”, gritó el negro. El andén quedó casi vacío.
La señora de la nena le preguntó a la otra si este tren paraba en Padua. La otra dijo que no sabía, porque viajaba de cuando en cuando. También hizo un comentario sobre el disgusto que le produciría viajar todos los días de la misma manera, sofocada por el amontonamiento de la gente, y agregó: “pobre gente”. El hombre abrió los ojos y dijo: “Pasando Morón, para en todas”.
- ¿Y en Morón, para? – preguntó la señora del disgusto.
- Claro.
Pude haber intervenido para hacer algún comentario, pero me mantuve callado. Estaba molesto por lo del viejo; es muy feo quedarse con una pregunta en la boca. Es como darle la mano a un tipo y que no se dé cuenta. Nadie puede sentirse motivado a participar después de una confusión así. Además, yo estaba inhibido de contestar debido a la distancia que nos separaba; hubiera tenido que alzar demasiado la voz y habría parecido que hablaba para todo el mundo. Miré a la nena. Ella me devolvió la mirada y dijo que se llamaba Clara, y su hermanito, Mariano. No me lo dijo especialmente a mí (aunque me estuviera mirando); lo dijo al aire, como quien suelta un globo.
- ¿A que no adivinás cómo se llama mi mamá? –preguntó.
La señora del disgusto sonrió, y dijo que no sabía. “María”, pensé. La nena dijo: “Isabel, ¿y vos cómo te llamás?”. La señora cruzó una mirada divertida con la madre de la nena. La madre le previno: “Si le lleva la corriente, se va a enloquecer”.
- Estoy acostumbrada a los chicos –dijo -. Tengo tres hijas.
Explicó que, aunque ahora no fueran nenitas, para ella lo seguían siendo. La mayor de las tres había cumplido veintidós años, y dentro de un mes “se le casaba”. Lo decía con alegría, ansiosa.
- La felicito –dijo la vieja del asiento de enfrente.
El negro reía silenciosamente, abriendo la boca. “Qué imbécil”, pensé. Tenía los dientes amarillos. Me dio vergüenza ajena.
La señora había entablado diálogo con la nena. Pero hablaba en voz alta, destinando sus palabras a los que estábamos alrededor. Me pareció que gritaba para demostrarnos lo comunicativa que era, y el cariño natural que le daba una criatura cualquiera. Porque la gente puede no querer comunicarse, pero eso no significa que pretenda demostrarlo. La señora componía sus frases dirigiéndose de la chica a la madre, cortésmente empalagosa; haciendo partícipe de sus ocurrencias a la señora de enfrente y a los que quisieran del grupo. Al negro, por ejemplo. Dijo algo probablemente risueño y alzó la vista para ver si nos reíamos. Era obvio que esperaba nuestra aprobación. No me reí. ¿Por qué habría de consentir cada estupidez que la señora dijera?
La observé, en cambio, con ojos meticulosos. Llevaba puesto un trajecito de lana azul y zapatos de taco alto. Era de una condición social superior a la de la madre de la nena; y lo demostraba al hablar, con ademanes suaves. No creo que lo hiciera a propósito, por humillarla (o por humillarnos al resto de la gente, al negro o al señor que se hacía el dormido); en todo caso parecía otra situación, como de ingenuidad. Pensé: “Esta señora tuvo que tomar el tren porque su marido la dejó plantada en el centro, perdida adentro de algún shopping, o tomando un copetín (ja, ja). Eso que se lo tiene dicho al crápula: terror, le dan terror los trenes, esa diaria concentración de cabecitas sobre rieles. Si no fuera porque se la pasa simulando a gritos el cariño que les tiene, seguramente se la comerían viva”. Sobre la falda llevaba un album de fotos y una cartera color violeta.
- ¿Y vos cómo te llamás? –preguntó la nena por segunda vez.
- Norma.
- ¿Y mi papá, cómo se llama?
- No sé.
- Adiviná.
- No sé, no soy adivina.
- Se llama Andrés.
- Ah, Andrés.
La nena preguntó otra vez por el nombre de su hermano y la madre; la señora los había olvidado. “Mariano e Isabel”, estuve por decir, aunque me contuve. ¿Por qué compartir con ellos ese juego infantil? La nena dijo: “Mi hermano se llama Marianito y mi mamá Isabel. Y mi papá, Andrés. ¿Qué tenés ahí?”. La nena señalaba el álbum de fotos.
- Fotos –dijo la señora -. Fotos de mis nenas; ¿querés ver?
- Sí.
La señora miró a la madre en busca de su consentimiento, y la nena dijo “dame”, tratando de sacarle el libro de las manos. Pero ella lo tenía muy bien agarrado, y se puso nerviosa cuando sintió el tirón. Lo apretaba fuertemente contra su falda. La madre le manoteó los brazos a la nena; “dejá eso, querés, que es de la señora”, la retó. Después hubo un pequeño silencio, en el cual la señora le acarició la cabeza. Dijo: “Estoy acostumbrada, dejelá”. Pero no le dio el álbum. “La vieja no es zonza”, pensé. “Mucha confianza, pero a la hora de prestar, minga”. Me hizo gracia. La señora abrió el álbum. Tenía una portada blanca con guardas doradas; dio vuelta esa primera hoja para que empezáramos a ver las fotos. Encendió un cigarrillo.
Estábamos llegando a Liniers. Aunque fuera con los ojos vendados, igual me habría dado cuenta. Viví en Liniers antes de que ocurriera aquel incidente por el cual estuve un año preso. El lugar donde vivo ahora es mucho mejor, más limpio. Y, gracias a Dios, está lejos de la villa. En Liniers vivíamos pegados a la villa, con mi mujer Francisca, que ya no está (por el mismo asunto aquel; no voy a volver a mencionarlo, porque tengo que olvidarme).
El tren paró frente al andén. Cerré los ojos y sentí que la gente me apretaba más contra el borde del asiento, y sentí también el murmullo de molestia, y cuando se cerraron las puertas. Arrancamos con una sacudida. Abrí los ojos y fue como si volviera a respirar.
La señora le mostraba sus fotos a la nena. Ella miraba extasiada aquellas figuras desconocidas.
- Paula, María Elena y Sofía. Mis tres hijas, cuando eran chiquitas. Paula ahora creció, la pasa a la madre en altura, y está por casarse.
Le mostró una foto de cuando era beba y otra de cuando tenía la edad de ella.
- Acá está Paulita, petisa como vos.
- ¿Cuántos años tiene? –preguntó la nena.
- Veintidós, es grande y tiene novio.
La nena señaló la foto y se llevó la mano a la boca. “Veintidós años es un montón…”, dijo, y la madre se rió. “¿A vos te parece que, en esa foto, puede tener veintidós años?”, le preguntó, riéndose. La nena estaba seria.
- Nooo… -gritó la señora, advirtiendo el error -. Esta foto es de cuando era chica, ¡cómo va a tener veintidós años acá! Siete añitos, tenía.
La nena abrió enormes sus ojos negros.
- ¿Y éste, quién es?
- El papá.
- Mi papá se llama Andrés – insistió.
El negro seguía el diálogo encantado, con la boca abierta. “¿Qué rubias son, verdad?”, se me ocurrió preguntarle malignamente con la cabeza. “Pensar que vos nunca vas a poder tener una así. Ni violándote una vieja en el tren”. Claro que fue una pregunta mental. Decírselo en la cara habría sido una agresión gratuita, una verdadera grosería. Digna de otra gente, de otros modales.
La señora dijo “bueno, se acabaron las fotos”. Cerró el álbum. La nena pidió que lo miraran otra vez, y la madre le dijo que se quedara tranquila.
- No importa, a mí también me gusta mirar estas fotos, así que podemos empezar de nuevo.
- ¿Vos cómo te llamabas? –le preguntó la nena.
- Norma. ¡Qué memoria de vieja, eh!
La agarró de la mano. “¿Cuántos añitos tenés?”
- Seis –contestó la nena -; ¿y vos?
- Qué cosa.
La madre de la nena le manoteó la cabeza para que no siguiera incomodándola con sus preguntas.
- ¿Cuántos años tenés? – completó.
“Ahí te quiero ver”, dijo la vieja que venía sentada enfrente. “Cien años”, pensé, insidioso. La señora le explicó a la vieja que ella era una mujer que sabía aceptar el paso del tiempo, y que no le importaba decir la verdad. Después la miró a la nena y le dijo: “Tengo veinte, más veinte, más cinco años. Cuarenta y cinco. Y ya se me casa una hija”.
Estaba visiblemente entusiasmada. Miró a la vieja como diciéndole “viste que me animé”, y agregó, afanosa por exhibir lo desinhibida que era: “Y estoy tres kilos más gorda de mi peso, y los tengo que bajar para la fiesta”. La madre se reía mucho; el nene que llevaba sobre la falda le pegó en la cara para que le prestara atención.
Miré a las otras personas que viajaban de pie, rodeando el límite de los dos asientos. Algunos más que otros participaban del álbum de la señora, de las fotos ésas que se habían llevado la bronca de la espera. La nena preguntó:
- ¿Ésta es Sofía?
- No. Sofía es la de las colitas. Ésta es Paula cuando tenía trece años y tomaba la primera comunión.
En la foto había una chica hermosa, de pelo castaño y largo, con el vestido blanco y las manos pegadas en la actitud típica del rezo. Era una pose obvia; todas las fotos eran obvias. La de las bebas desnudas sobre la cama, la de los quince bailando con el primo, la del rector del colegio entregándole el diploma a Paula, la del grupo de egresadas rodeando a la profesora más querida. Las fotos que guardan las madres orgullosas, creyendo que las guardan "para cuando sus hijas crezcan". Todo el pasado de sus nenas, que era a la vez su propio pasado, en treinta páginas de cartulina.
“Esta señora puede enseñar, en cinco minutos, los mejores momentos de su vida”, pensé, “y encima se da el lujo de guardarlos para cuando su memoria lo requiera. Con este libro se aseguró la diversión de todas las tardes de lluvia de su vejez.”
La mujer cerró el álbum y la nena pidió “otra vez”.
- Ay, ay; esta noche voy a soñar con vos.
Se hace la interesante, lo sé. Volvería a abrirlo decenas de veces, para mostrarnos ese tesoro suyo. Un tesoro que contiene joyas que sólo ella puede ver. ¿Qué valor podríamos encontrarle nosotros a esa desordenada colección de episodios de la vida ordinaria de una desconocida? ¿Para qué le servirían a la madre de la nena, o al negro? “Bueno,” sonreí, “quizás el negro se hubiera elegido alguna buena foto de Paula en tanga, para pegar en la pared del baño”. Volví a mirar la foto de Paula y María Elena de las manos de su padre, posando en mitad de una plaza. Una imagen horrible, donde al padre le habían serruchado la cabeza en función de un marco blanco. ¡Y ella estaba orgullosa de ese adefesio a colores! Me la imaginé nerviosa por la única preocupación de bajar tres kilos a fin de mes, para el casamiento de su hija. Llegábamos a Morón. Tuve este pensamiento:

“El tren es mi álbum de fotos. Las estaciones representan esos pequeños cuadros que uno mira mientras se va poniendo viejo. Once es la espera y es también la cárcel. Flores aparece como un paisaje de Bariloche, una foto que puede pasar inadvertida pero que provoca cierta tranquilidad, que da un respiro. Liniers es el pasado inmediato, Francisca quejándose de la villa, y es también el olvido. Morón es la foto de mi propia e inalcanzable fiesta de casamiento, la casa humilde, la miseria personal, la soledad actual.”

La señora saluda a las otras mujeres y le dice a la nena “que Dios te bendiga”; y antes de darme vuelta oigo que le recomienda “que hable con todos, que sea buena con todos aunque no los conozca, pero que nunca vaya con alguien que no conozca”.
Se abren las puertas y me bajo del tren. Detrás de mí baja la señora. Camina rápido, pasa a mi lado y me sonríe. Baja del andén por las escaleras terminales.
Como si su andar me absorbiera, empiezo a caminar siguiéndole los pasos. No hago ruido con los zapatos a propósito, para pasar inadvertido. Ella, en cambio, va taconeando muy ufana. “Si hace ruido es porque no sabe caminar con tacos, o porque tiene miedo”. Balancea la cartera y aprieta el álbum contra su pecho.
Entramos en una calle oscura, de casas chatas y chalets. Nos iluminan débilmente las luces de los faroles en las esquinas, y algunas lucecitas de los porches. La calle está deshabitada. El único ruido lo marca ella, con sus pasos monótonos. Ese mundo de tacos contra baldosas es un infierno. No lo soporto, se me nubla la vista. Su cuerpo es una sombra adentro de una nube. Baja el cordón, cruza, sigue por la misma calle. Me pongo a la par de ella en dos saltos; ahí da vuelta la cabeza y me ve. Se asusta. Trata de aligerar el paso, pero la agarro del brazo y la aprieto contra la pared.
- Dios mío –grita.
Saco la navaja del bolsillo de la campera y la despliego con un movimiento de la mano. Se la arrimo al cuello; con la izquierda le tiro del pelo para que mantenga la cabeza levantada. El silencio nocturno es apenas interrumpido por el llanto de la señora.
- Si gritás te abro un tajo de oreja a oreja.
Respira agitadamente, desesperada. “Qué quiere”, dice. Me entrega la cartera, que no recibo. ¿Por qué habría de quitarle la cartera? Larga un sollozo repentinamente fuerte. “Me duele”, dice. El filo de mi navaja le marca un mínimo riel, un camino en el cuello blandísimo. Tira la cartera al piso y el reloj de pulsera.
- Es de oro –grita -, es un reloj de oro. Hay mucha plata adentro de la cartera.
Si presiono un milímetro más, le corto la piel. Un pequeño milímetro. ¿Puede ser que no entienda, esta vieja de mierda?
- No quiero la plata –le digo, apretando los dientes.
Abre al máximo la boca, espantada. ¿Puede ser tan estúpida una mujer? ¿O estará haciéndose la que no se da cuenta?
- El álbum –digo -. Quiero el álbum de fotos.

Gustavo Nielsen nació en Buenos Aires, en 1962. Es arquitecto y escritor. Como arquitecto ha realizado obras en Capital, Buenos Aires, Córdoba, San Luis y Montevideo. Desde 2008 comparte el Galpón Estudio en el barrio de Chacarita junto a los arquitectos Ramiro Gallardo y Max Zolkwer. Ha ganado el Tercer Premio para el Parque Lineal del Sur (asociado a Max Zolkwer), el Primer Premio para el Oasis Urbano Magaldi Unamuno, Tercer Premio Cenotafio Las Heras y Mención en el Oasis Boedo (asociado a Max Zolkwer y Ramiro Gallardo), Mención en el MPAC (asociado a Sebastián Marsiglia), Mención en el Pabellón Frankfurt 2010 (asociado a Max Zolkwer y a Sebastián Marsiglia) y Primer Premio en el concurso internacional para el Monumento a las Víctimas del Holocausto Judío (también asociado a Sebastián Marsiglia). Escribe notas sobre ciudad y diseño en el suplemento Radar, de Página 12. Ha publicado “Playa quemada” (cuentos, Alfaguara), “ La flor azteca” (novela, Planeta), “El amor enfermo” (novela, Alfaguara), “Marvin”, (cuentos, Alfaguara, "Auschwitz" (novela, Alfaguara)y “Adiós, Bob” (cuentos, Klizkowsky Publisher) , “Playa quemada” (cuentos, Interzona), “La fe ciega” (cuentos, Páginas de Espuma, Madrid), “El corazón de Doli” (novela, El Ateneo) y “La otra playa” (novela, Premio Clarín Alfaguara 2010).

gesnil@gmail.com

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