Playa quemada

La flor azteca

Los monstruos del Riachuelo

El amor enfermo

Marvin

Auschwitz

Adiós, Bob

Playa quemada

La fe ciega

Auschwitz

El Corazón de Doli

La otra playa


8.01.2005

MARVIN

Antes de bajarse de la moto, el hombrecito se sacó el casco y lo dejó colgando del manubrio. Era una moto vieja, pintada de negro con esmalte sintético, y traía enganchado un tráiler con ruedas de bicicleta del que asomaban cartones de colores. Cuando se acercó a la puerta de la escuela vi que tenía labio leporino. Una línea diagonal le partía la sonrisa en dos curvas desparejas e incomunicadas, lo que hizo que tardara en agradarme.
Me había pasado media mañana tratando de que Anita pudiera responder alguna pregunta, y tratando también de que sus compañeros la dejaran tranquila. Llevo cuarenta y dos años de docencia. Aquella tarde llevaba apenas tres, y sin embargo ya sabía que en el campo las diferencias recrudecen. Un perro rengo en un trigal tiene la cabeza destinada al tiro. Y Anita, pobre, era la más dura de la clase.
El primer pueblo quedaba a veinte kilómetros. Los chicos llegaban a caballo, en sulki, alguno en auto. Salvo los que llegaban en auto, el resto venía por el guiso. La cocinera era la mamá de Anita. Cortaba las verduras y la carne en pedazos minúsculos, y a todo le ponía hongos. Eran unos sombreros marrones muy ácidos que igualaban el color y el sabor de todos los platos. Así, la buseca no tenía diferencia con la sopa de lentejas. La mamá de Anita era una señora gorda y terca que andaba siempre de alpargatas. Hablaba de su hija como quien habla de una extraña. "No hay caso, es sorda a lo que uno le mande", explicaba dándole sopapitos de cariño en la cabeza. "Si sigue así no va a servir ni para poner la mesa del patrón, vea".
Ese día, los chicos habían estado particularmente dañinos con Anita. Tuve que mandar uno afuera. Era invierno. Miré por la ventana; el nene, Gastón, estaba temblando. Entonces apareció el hombrecito de la moto. Vi cómo le daba la mano al nene, la inclinación que hizo. Volví la cabeza hacia la clase y hacia la pregunta de la mamá de Anita. Era increíble que aquella mujer viera a su hija llorando y se preocupara por si le ponía o no cebollas a la salsa. Habían escupido a Anita en la cabeza. Lo noté cuando la abracé. El calor de sus ocho años se hacía un ovillo contra mis pechos y mi vientre. Iba a pasar de grado porque todos pasaban. Así es en las escuelas rurales. Así iba a ser allí, en esa única aula perdida en medio del campo. Y que vinieran las inspectoras.
- Más cebolla y menos hongos - le dije.
El hombrecito tocó dos veces en el vidrio. Se restregaba las manos. Salí.
- Gastón, podés entrar. - El nene pateó una piedra.- ¿Sí?
- Soy mago - dijo el hombrecito.
Tiraba vapor caliente sobre sus manos. El vapor le salía como una columna de humo por debajo de la cicatriz. Las manos eran finas, no llevaba anillos ni reloj.
- ¿Y? - le pregunté.
- Voy por las escuelas – agregó -, haciéndoles un acto a los alumnos...
El tráiler quedaba en aquella moto más extraño que aquel labio en su cara.
- ¿Cuándo?
- Ahora.
Le dije que ahora no podía ser, porque estaba dando clase. Pareció desilusionarse. Miró a los chicos, que por un segundo se habían quedado quietos y callados.
- Si quiere vuelvo en el recreo... O vengo después.
Abrió las manos y la boca. Los dos segmentos de su labio superior viborearon.
- ¿Después cuándo?
Levantó los hombros. No iba a volver.
- Está bien – dije -. Pero espere a que terminen la redacción. Entre, que hace frío.
Él asintió. Frotó sus manos entumecidas y caminó hacia el tráiler. Descargó los cartones. Llevaba una galera pintada con la misma pintura que le había sobrado de pintar la moto.
- ¿Dónde puedo armar? - preguntó.
- En la cocina.
Lo acompañé hasta la puerta. La cocinera estaba de espaldas. Al volver, los chicos le habían robado el cuaderno a Anita.
- Cerramos los ojos y el cuaderno aparece solo - les dije.
- Fue él, fue él - gritaba Anita.
Entorné los párpados. Por el lado contrario al que señalaba Anita, una nena de primero le arrojaba el cuaderno.
- Silencio - pedí.
En la puerta del aula estaba parada su mamá. "¿Quién es ese señor? Habráse visto; me dio un beso en la mejilla y se robó una manzana. Le dije que saliera inmediatamente, pero me dijo que lo mandaba usté".
- Digalé que venga.
Abrí el cuaderno de Anita en la página de la redacción. Alguien lo había pisado. La suela, como un sello, se montaba sobre los renglones y la letra infantil. Ella había alcanzado a escribir "La vaca es vuena para comer"; le corregí la falta y busqué una página en blanco.
- Me echaron - dijo el hombrecito.
Señalé un banco vacío para que se sentara. Él volvió a salir y entró con dos cajas armadas, que apoyó sobre el suelo. Una era dorada y decía "Marvin"; la otra era roja con dragones. Apoyó la galera sobre un dragón horizontal y los otros cartones contra la pared. Antes de sentarse exhibió su palma vacía, arremangándose la camisa; hizo un sacudón de dedos en el aire y apareció una flor. Un clavelito. Gastón se acercó al mago y éste le sopló algo al oído. Gastón vino hasta el frente y me entregó el clavel. Marvin me guiñó un ojo. Pensé que no tenía que haber aceptado que entrara. Todos los chicos, menos Anita, estaban pidiéndole cosas. La mamá de Anita volvió a aparecer, furiosa, delante de la puerta.
- Digalé que dónde me escondió las cebollas.
Rebotaba la punta de su alpargata derecha sobre el piso de cemento. Marvin levantó las cejas en cuanto lo miré.
- Habrán desaparecido - dijo. Los chicos largaron carcajadas y un avión de papel. La mamá de Anita se volvió rezongando.
- Está bien - me rendí -. Ganó. Haga su acto.
- Biennnn - gritaron los chicos, menos Anita, que se comía las uñas y los mocos de adentro de las uñas. El mago pasó al frente entre aplausos y silbidos. Pidió silencio para poder terminar de armar las cajas.
Me senté en su lugar. El único varón de tercero, uno que venía con el pelo peinado a la gomina, chifló como si llamara a su caballo. Los cubos de Marvin eran seis. Apiló tres, uno sobre el otro formando una torre de la altura de un chico. Abrió las tres puertitas y vimos que el interior estaba comunicado, como un pequeño cofre de pie. Se puso la galera.
- Esta es una prueba que vengo haciendo en todas las escuelas, desde Azul. Es la magia de la multiplicación de las cabezas. ¿Ustedes creen en eso?
- Síiii - contestaron.
- Yo no - le dije.
- ¿Usted no? – preguntó -. Qué extraño. Una maestra debería creer en la multiplicación de las cabezas...
- No creo, porque no sé de qué se trata.
- Fácil – dijo -. Es una teoría.
- Shhhhh - pedí silencio por él.
Gastón, que se había parado sobre el pupitre, gritó: "¿qué te hiciste en el labio?". Le dije que se sentara. No me hizo caso.
- Esta es mi teoría – comenzó Marvin-. Todo el mundo tiene más de una cabeza, muchas, tal vez. Un chico puede tener una cabeza para enamorarse, otra para pensar en sus papás, otra para jugar y otra para comer o dormir. En este caso tendría cuatro cabezas.
- Cinco - dijo la chica que estaba por terminar séptimo.
Marvin contó con los dedos.
- Si la que usa para comer es distinta a la que usa para dormir, es cierto, cinco cabezas.
Al decirlo se agarraba la suya como si quisiera levantarla del cuello.
- Yo tengo una sola - gritó María, una nena con trencitas paradas.
- Pero con dos antenas, lo que tal vez quiera decir que tenés dos cabezas: una para cada trenza.
- No - se enojó ella. El mago le sonrió con su boca extraña. Al hacerlo conseguía que los chicos se tranquilizaran brevemente. Todos menos Anita, que era de por sí tranquila, y apoyaba la mejilla derecha sobre la blandura de su brazo.
- ¿Quién de todos ustedes tiene más de una cabeza?
- ¡El Cholo! - gritaron varios al mismo tiempo. El Cholo era la versión masculina de Anita, pero ya había pasado a sexto, tenía catorce años y un cuerpo enorme coronado por una gran cabeza barbada.
- ¡Doble cabeza! - gritó el mago, y todos, menos el Cholo y Anita, se rieron. Incluida yo.
- ¡La seño! - gritó la de séptimo.
- ¡Tres cabezas! ¡La señorita tiene tres cabezas! - continuó Marvin, levantando las manos. Agarró el puntero de varita -. Tres cabezas es bastante, pero no suficiente. Silencio, por favor. A ver... a ver... Siento que en esta escuela hay alguien que tiene una cabeza más, alguien con cuatro... A ver... - empezó a pasearse entre los pupitres.
- ¿Por qué tenés eso así...? - insistió Gastón.
- ¿Así cómo? - se detuvo Marvin.
- Roto ahí.
- Para tener dos bocas. Un buen mago debe tener dos bocas: una para anunciar el truco y otra para callar la trampa. Yo las llevo separadas por esto - se señaló la herida -, así me aseguro que funcionen correctamente. Con las cabezas a veces no pasa. En ocasiones uno tiene varias cabezas pero no están muy conectadas con el cuerpo, ni siquiera la que se ve, la que se usa para pasar el pulóver. Sucede, sobre todo, si el número pasa de tres.
Dio la vuelta por el último banco y me dedicó una sonrisa con sus dos bocas. Actuar lo volvía lindo. Convertía el defecto de su cara en algo especial. Caminó despacio hacia el frente.
- Ya está – dijo -. Ya la ubiqué. Cuatro cabecitas... ¿Nombre?
Los chicos comenzaron a abuchear. Anita levantó la vista porque la varilla del puntero la había elegido. Miró al mago con sueño. Estuve a punto de detenerlo.
- ¿Nombre? - me preguntó.
- Anita - dije.
Ella se paró y, sin mirarme, pasó al frente. Los chicos dejaron de abuchear. Me pregunté cuánto mal podía hacerle aquella intromisión, pero Marvin ya la había ubicado adentro de la torre de cajas. Todo fue muy natural. A ella parecía gustarle. El Cholo disparó un bollo de papel que sonó contra el pizarrón. El mago se agachó a recogerlo.
- Nos mandan un mensaje, Anita - dijo él, desplegando el bollo -. El doble cabezota te desea suerte en la operación.
Ella sonrió. "No le deseo nada", gritó el chico. Le hice señas para que se sentara y se callara la boca. Marvin le preguntó a Anita si se sentía bien.
- Sí - respondió ella.
Él cerró cuidadosamente las dos puertas de las cajas inferiores. La cabeza le asomaba por la última puerta abierta.
- ¿Seguro?
Anita subió los hombros, que no se le vieron, pero como la cabeza bajó un poco, me pareció. "Mientras no entre la madre", pensé. Crucé los dedos.
- Bien - dijo Marvin -. Anita tiene, si no me equivoco, una gran capacidad para el pensamiento y una imaginación prodigiosa, sólo que no las ha desarrollado aún, porque es chiquitita. ¿Cuántos años tenés?
Ella asomó ocho dedos por sobre la puerta.
- Claro, ocho... Y cuatro cabezas, ¿les dije?
- Sí - contestaron los chicos.
- Sólo que no se le notan, porque nadie las conectó. Toc - toc - hizo con los nudillos sobre la caja -. ¿Está en cortocircuito esta cabeza?
- Síiiii - gritaron sus dos únicas compañeras.
- Le estoy preguntando a ella. ¿Le salen chispas cuando piensa, señorita?
- No sé - contestó ella.
- Ah, no sabe. Bueno... ¿Le molesta si cierro la puerta?
- No - dijo.
Yo pensé que iba a llorar en cuanto la dejara a oscuras. Él cerró la puerta. Los chicos abrieron muy grandes los ojos. Podía oírse la respiración de los pequeños pulmones. Me paré.
- ¿Te sentís bien, Anita? - le dije. El mago me hizo una seña. Levanté la voz.
- Sí - dijo ella. Su afirmación surgía como desde adentro de un pozo.
Me volví a sentar. Estaba muy nerviosa, y lo que pasó después me sorprendió tanto que no supe nunca, en ninguno de los momentos del acto, qué hacer. El mago fue el dueño de la atención de todos cuando comenzó a girar la caja de más arriba sobre las de abajo. Usaba ambas manos para hacer suponer que estaba desenroscando la cabeza de Anita con mucho trabajo. El labio se le plegaba al medio, a causa del esfuerzo fingido. De algún lado sacó una chapa negra y la metió por donde ella tendría el cuello. Separó la caja de arriba y la llevó hasta el escritorio. Las miradas de los chicos y la mía también se posaron ahí. Sobre el piso había quedado una torre más pequeña. Los chicos empezaron a pararse. Marvin dio unos golpecitos en la tapa de la caja que estaba sobre el escritorio. Preguntó:
- ¿Todavía estás ahí?
Nadie le contestó.
- Te estoy preguntando a vos, Anita: ¿estás bien, linda?
- Sí - dijo su voz, desde adentro. El mago hizo unos pases de puntero. Cuando abrió la tapa, los chicos que estaban de pie retrocedieron un paso.
- Hola - dijo Anita.
Aunque no era Anita, sino la cabeza de Anita, separada de su cuerpo e increíblemente ubicada arriba de mi escritorio.
- ¿Te duele?
- Nada.
- ¿Tu cuerpo está bien?
- Mnnnnn - dijo ella.
- ¿Eso es sí?
- Sí.
- ¿Querés algo?
- ¿De qué?
- Alguna cosa; si querés saber algo...
- No.
- Entonces no te muevas - dijo él, y volvió a cerrar la puerta. Buscó las tres cajas vacías que había dejado en el suelo, al principio del acto. Puso una a la derecha y dos arriba, formando un prisma mayor. El silencio del aula podía cortarse con un abrecartas. Se paró delante de las puertas. Abrió la de antes. Anita seguía ahí. Abrió la del costado y las dos de arriba. Cuatro cabezas.
- Uau... - dijeron las bocas de los catorce chicos.
- Hola - repitió Anita, ahora por cuadruplicado.
Crucé los dedos más fuerte para evitar que la madre entrara a avisar "el almuerzo está servido" y viera a su hija decapitada, multiplicada, inexplicablemente sonriente.
- Esto no es magia - dijo Marvin -, es lo que había dentro de Anita. Yo no hice otra cosa que sacarlo afuera, para que ustedes también lo pudieran ver. Aunque existe un problema.
- ¿Cuál? - pregunté. Los chicos me miraron.
- El desorden - me contestó -. El problema de Anita es el desorden. Las cabezas en Anita no están puestas como verdaderamente deben estar. Por causas ajenas a ella, extraviaron sus caminos y rotaron entre sí en sus posiciones. Es igual que si él, ¿cómo te llamabas?
- Gastón.
- Es como si Gastón se sentara en el asiento de Anita, y ella en el de él.
- No podría tirarle más tizas - dijo Gastón.
- A lo mejor ella te tiraría tizas a vos.
Anita oía las explicaciones sin hacer un gesto. Miré el reloj. Eran las doce menos cinco. A las doce entraría la mamá por esa puerta, y la pobre era tan bruta. Le avisé al mago con un sacudón de mano, para que se apurara.
- Supongamos, Gastón, que todas las cosas estuvieran cambiadas... Las tizas, en lugar de estar en el pizarrón, estarían en la caja de primeros auxilios, y las curitas en el pizarrón.
- ¡No se podría escribir! - gritó el del pelo engominado.
- ¡Ni curar! - completó la de las colitas.
- No tendríamos más remedio que ordenar todo - dijo el mago -. O aprender a curar con tizas y a dibujar con tela adhesiva y gasas.
Algunos se rieron. Él cerró las cuatro puertas de las cajas, una por una. Y agregó:
- Por eso voy a mezclar las cajas, para que todo vuelva a estar en orden. Las curitas en el botiquín y las tizas en su lata. Y a cada cabeza su lugar preciso.
Sacó la de arriba, la puso abajo, la de la izquierda a la derecha; dudó, volvió a cambiar las de arriba.
- Ya está - dijo.
Yo había seguido con atención los movimientos. Por algo él no había movido la primera de todas, la de abajo a la derecha. Abrió esa puerta. Anita seguía allí.
- ¿Notan alguna diferencia?
- No - dijimos.
- ¿Vos? - le preguntó.
- No - contestó Anita.
El mago otra vez le cerró la puerta en la cara, bajó las otras tres cajas al piso y volvió la primera sobre las dos que contenían el cuerpo de Anita. Quitó la chapa negra. Simuló nuevamente el esfuerzo desmesurado de volver a atornillarla.
- Nadie lo notó – dijo -, pero ya lo van a notar. Anita tiene las cabezas conectadas de nuevo. Eso es tan importante que, si no lo advierten, es porque las de ustedes están mezcladas, y tal vez sean imposibles de reparar. En la de ella se terminó la confusión.
Abrió las puertas de las cajas simultáneamente, como si fueran un solo paño. La nena salió caminando. La mamá se asomó al grado, miró al mago y a sus objetos con desprecio y dijo:
- A comer, polenta con tuco sin cebollas.
Los chicos se levantaron, empujándose. Salieron hacia el comedor. Anita se sentó en su pupitre. Me acerqué a Marvin, que ya estaba desarmando todo.
- ¿Cómo lo hizo?
- Espejos - dijo él, inclinado sobre las cajas. Desplegó un cartón en dos; el lado interno era reflectante. Salió del aula con el equipo completo para acomodarlo en el tráiler. Cambió la galera por el casco.
- ¿No se queda a comer? - lo invité.
- No creo que quiera la cocinera. Además, me esperan a las cuatro en Olavarría.
- El puntero es mío.
- Ah, sí.
- Estuvo excelente - lo felicité. Tenía la mano helada -. La verdad es que fue asombroso.
- Gracias.
- ¿Va a volver?
- ¿Para qué, si ya lo vieron?
- ¿Es el único truco que sabe?
- No, sé otros. Pero el gobierno me paga para que haga éste. Cuando me pague por los otros, a lo mejor...
Se subió a la moto. Dio tres patadas a un pedal para poder arrancarla.
- Gracias otra vez.
- A usted - dijo.
Giró ayudándose con los pies antes de salir por la carretera de tierra. Entré al aula y cerré la puerta. Anita seguía sentada en su pupitre.
- ¿No tenés hambre? - le pregunté.
Hizo que no con la cabeza. Con las cuatro cabezas en una. Me arrodillé a su lado.
- ¿Y, qué te pareció?
- Extraño, pero formidable - dijo.

Las novedades se fueron descubriendo poco a poco, a lo largo del tiempo. Yo no pude explicarme cómo, pero aquella nena un tanto deficiente, había recobrado la capacidad de relacionarse y aprender. Comenzó a leer de corrido y a escribir sin faltas. Si alguno de los otros chicos iba mal en los deberes, ella lo ayudaba. Estaba en cuarto y resolvía los problemas de séptimo. Le dictaba una oración y Anita marcaba sujeto y predicado, verbo, objeto directo. Era la única que había memorizado el total de las tablas. Los compañeros empezaron a respetarla. Sólo la madre se quejó.
- Le está enseñando mucho a la Anita, así se aviva y no me va a trabajar del patrón. Así se me va a ir.
De eso se trataba. Yo misma la recomendé a una de las inspectoras para que le consiguiera una beca en el secundario de Necochea. Anita entró con el mayor de los puntajes al Instituto que quedaba frente a la plaza. Después, por un tiempo, le perdí el rastro.
Las cosas en la escuela no volvieron a ser lo que eran. Los chicos cada vez me daban más trabajo, y yo extrañaba a Anita. La mamá se volvió contra mí de un humor tan malo que tuve que despedirla. Tiraba cenizas y hasta colillas de cigarrillos en la comida. La vi irse desde la misma ventana por la que había visto llegar al mago. Siempre esperé que él volviera a aparecer. Pasaron cinco años y la que volvió fue ella. Estaba arrepentida por lo de los cigarrillos y necesitaba trabajar otra vez, porque no tenía plata. Había adelgazado mucho, estaba llena de arrugas. Le dije que iban a darme un pase al sur, a una primaria que no tenía comedor. Los alumnos tendrían que comer en el grado. Imaginé los cuadernos con los lamparones de tuco. Ella me dio la razón. Le hice prometer que no haría más desmanes, antes de recomendarla con la maestra nueva.
Le pregunté si tenía noticias de Anita y me mostró tres sobres. Abrí el primero que me indicó y leí la carta delante de ella, en voz baja. Anita se había recibido con medalla de oro y estaba por partir hacia la Capital, a estudiar abogacía. "Estará orgullosa", le dije. "Espere a ver", dijo ella, seria. Me dio la segunda, a la que le había sacado el sobre. Anita se había puesto de novia con un aspirante a ingeniero agrónomo.
- El campo tira, ¿eh? - le dije, cómplice.
- Me ilusioné igualito que usté... No se ponga contenta antes de leer la tercera.
En la última carta, el amor no había resultado. Los estudios iban bien. Abogacía era una carrera interesante y sencilla para Anita.
- Me salió descocada - dijo la mujer.
Solamente había saludos para su madre y preguntaba cómo seguían las cosechas.
- Bien, gracias - dije, bajito. Ensobré los papeles.
Era la tarde de mi último día en la escuela. La mujer guardó las cartas en un bolsillo de su batón y nos quedamos mirando el sol, más rojo que nunca sobre las espigas de trigo.

Envejecí, es cierto, pero eso porque me pasaron a Inspectora General. De una escuela fui a otra, a otra, a otra y finalmente a La Plata, donde decidieron mi conversión. Yo no quería. Volví a ir a todas las escuelas, pero ahora me quedo sólo un día en cada una. Cada vez que veo a una maestra de veinte, veinticinco años, me veo a mí misma antes de las arrugas y las patas de gallo. Pensar que yo también levantaba la pechera del guardapolvos cuando erguía la espalda frente a la clase. Hoy lleno planillas, reviso notas, hago preguntas fáciles al alumnado.
Aquel mediodía me habían invitado a almorzar, lo que no pasaba muy seguido. Era una escuela de Tandil, con un patio cuadrado con estandarte y bandera y una kichinet donde trabajaba una empleada china. Hacía calor.
- ¿Le gustan las endivias? - preguntó la china.
- Mucho - le dije.
Me apoyé en la ventana que daba hacia afuera. El paisaje no era el mismo de siempre: además de los girasoles, trigales y cielo, había sierras; había una moto. Un tráiler. La moto con el tráiler con ruedas de bicicleta, cargado de cartones. Estaba casi igual; sólo le había agregado un cartel de chapa brillante por encima del faro que decía "El Maravilloso Marvin". O sea que ahora, además, era maravilloso. Volví la cabeza hacia la puerta. Los chicos estaban en recreo. La maestra conversaba con alguien que, desde allí, yo no alcanzaba a ver.
- ¿Y el ajo, señora? ¿Le gustan los ajos bien picados?
- Shhh.
Me asomé. El hombrecito se sacó el casco. Tenía algunas canas, el pelo más crecido y estaba despeinado. No alcancé a oír de qué hablaban, porque la maestra entornó un poco la cabeza al sentirse observada y me tuve que ocultar. Una de las ollas reflejaba mi cara vieja, un mapa de todos estos años. De tanto pararse sobre la tierra, con el tiempo a una se le pone la cara de la tierra. Volví a acercarme a la ventana.
Esa maestra tenía que decidirlo por su cuenta, estaba claro. Me acordé de Anita. La imaginé recibida de abogada con el mejor promedio, en su estudio de la Capital, defendiendo a la gente de la intolerancia de la gente. Crucé los dedos. No me había fijado si Marvin conservaba aún el defecto del labio. Hizo un amago de bajar los equipos, de espaldas a la ventana. Eran las mismas cajas doradas y rojas. Colgó el casco en el manubrio y volvió a entrar al aula con las manos vacías, respondiendo a un llamado de la maestra. Tenía puesta una mano sobre la cara, por lo que tampoco pude verle la cicatriz. No se oía nada por el ruido de los chicos, que gritaban en el patio.
- ¿Y chorizo colorado, le pongo?
- ¿A ver?
Me arrimé a la olla. Las verduras flotaban en una tinta roja. La campana sonó. Los chicos bajaron el volumen de sus juegos. Se ordenaron uno detrás del otro, en fila india. La maestra tomó de la mano al primero, que era albino. El siguiente en la fila le pegaba con una regla de plástico en la cabeza. Me apuré para meterme en el aula cuando escuché el ronroneo del caño de escape.
- ¿Y el hombre? - le pregunté.
La fila india se interpuso entre la pregunta y mi camino; entre la señorita que dijo "bueno, como estábamos en clase..." y un gesto raro hecho con el índice y el pulgar de la mano derecha en el que se pinzó el labio superior casi en el centro; entre los deseos de esa veinteañera que hubiera preferido presenciar la función y la severa presencia de la Inspectora General. Salí corriendo hasta la ruta. El casco del hombrecito se alejaba y se hundía, cuesta abajo, en el horizonte del pavimento gris.


Gustavo Nielsen nació en Buenos Aires, en 1962. Es arquitecto y escritor. Como arquitecto ha realizado obras en Capital, Buenos Aires, Córdoba, San Luis y Montevideo. Desde 2008 comparte el Galpón Estudio en el barrio de Chacarita junto a los arquitectos Ramiro Gallardo y Max Zolkwer. Ha ganado el Tercer Premio para el Parque Lineal del Sur (asociado a Max Zolkwer), el Primer Premio para el Oasis Urbano Magaldi Unamuno, Tercer Premio Cenotafio Las Heras y Mención en el Oasis Boedo (asociado a Max Zolkwer y Ramiro Gallardo), Mención en el MPAC (asociado a Sebastián Marsiglia), Mención en el Pabellón Frankfurt 2010 (asociado a Max Zolkwer y a Sebastián Marsiglia) y Primer Premio en el concurso internacional para el Monumento a las Víctimas del Holocausto Judío (también asociado a Sebastián Marsiglia). Escribe notas sobre ciudad y diseño en el suplemento Radar, de Página 12. Ha publicado “Playa quemada” (cuentos, Alfaguara), “ La flor azteca” (novela, Planeta), “El amor enfermo” (novela, Alfaguara), “Marvin”, (cuentos, Alfaguara, "Auschwitz" (novela, Alfaguara)y “Adiós, Bob” (cuentos, Klizkowsky Publisher) , “Playa quemada” (cuentos, Interzona), “La fe ciega” (cuentos, Páginas de Espuma, Madrid), “El corazón de Doli” (novela, El Ateneo) y “La otra playa” (novela, Premio Clarín Alfaguara 2010).

gesnil@gmail.com

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