Playa quemada

La flor azteca

Los monstruos del Riachuelo

El amor enfermo

Marvin

Auschwitz

Adiós, Bob

Playa quemada

La fe ciega

Auschwitz

El Corazón de Doli

La otra playa


8.13.2010

EL CORAZÓN DE DOLI / CAPÍTULO 6

Sergio miraba “Los hermanos Karamazov”, la serie del canal nueve que promocionaba Coto. Le preguntó cómo estaba Dolores, y si había vuelto a trabajar. Víctor se puso a llorar. Le contó. En la serie, si a uno de los hermanos le pegaban, el golpe también le dolía al otro. No era así en la vida real.
- A esa chica le falta atención –dijo Sergio.
Fue hasta la cocina y regresó con un vaso de Coca Cola para Víctor.
- A esa chica le falta una alegría.
Víctor se tomó la Coca de un tirón.
- ¿Querés más?
- Ahora voy a buscarme.
- Quedate acá, que estás hecho goma. Mirá la serie; mirá: ése es Coto. Genio.
Sergio fue a traerle otro vaso. En los avisos aparecía el señor Octavio Coto, un hombre de baja estatura, entrado en carnes, llamando al nacionalismo universal a través de spots que realizaba junto con el hijo del director de publicidad de la empresa Benetton, un italiano marketinero de treinta y tres años.
En la pantalla aparecía un negro desnudo, con el pelo muy crecido, en una jungla llena de jirafas. En la mano tenía un envase abierto de papel metalizado. Sacó una salchichita oscura, que se llevó a la boca. La salchichita era crocante. El negro hizo una sonrisa, mientras masticaba entre crujidos. Coto apareció por detrás.
- En África, los chizitos son negros - dijo.
Después se vio el logo del supermercado y el lema: "Nosotros, los argentinos, lo hicimos primero".
Sergio le pasó el segundo vaso. A Víctor le había dado un poco de sueño.
- ¿Por qué no la llevás a pasear?
Víctor dijo que la había invitado, pero Dolores estaba muy deprimida.
- ¿Hoy trabaja?
- Sí. Tiene que quedarse hasta las siete.
Víctor no tenía plata para pagarle a Dolores una buena cena, para hacer un paseo completo. Habían visto todas las películas; el cine era lo único que los reanimaba porque no tenían que hablar, y además era barato. Tampoco tenía fuerzas para ir a buscarla caminando.
- ¡Levantá ese ánimo, che! ¿Querés que te preste plata? Llevala al pub…
Víctor se tocó el parche y bostezó.
- Te tenés que mostrar más alegre, pichón. ¿Cómo vas a alegrarla con esa cara de opio? – Sergio agregó: - ¿Querés llevarte el coche?

A las siete en punto, Dolores lo vio llegar arriba del coche de Sergio. Traía puesto un saco; lucía feliz con su parche derecho. Ella le preguntó:
- ¿Desde cuándo manejás?
- Desde siempre. Le hago de chofer a Chiqui, para las compras. Lo que ellos necesitan, se preocupan porque lo aprenda bien.
- ¿Y cómo conseguiste que Sergio te prestara el coche?
- Dijo: “a esa chica le falta una alegría”. Esa chica sos vos.
- ¿Y desde cuándo es bueno?
- Me habrá visto tristón. Le dije que vos andabas down.
- ¿Y?
- Subite, dale.
Dolores dudó un instante. Tocó la puerta, como si no pudiera creerlo. Sus dedos delgados resbalaban sobre el lustre.
- También tengo plata para ir a cenar.
- ¿Y adónde me pensás llevar?
- Al Richmond’s.
- Bueno –dijo ella, y subió-. Aunque tampoco es para gastar tanto.
El auto arrancó. Al pasar la esquina, dos muchachos levantaron las manos. Cuando lo vieron de cerca las volvieron a bajar.
- Creen que soy Sergio.
- Pero se dan cuenta por el parche –dijo Dolores.
- ¿Cómo sigue tu hermana?
- Mal. Tengo que tomar la decisión en dos días.
- ¿La operan acá o en Bahía Blanca?
- En la Capital. Encima, hay que viajar.
- ¿En qué clínica?
- La Favaloro.
- Uau.
La noche estaba iluminada por la luz de la luna.
- ¿Adónde vamos? –dijo ella.
- A pasear. Adonde vos quieras.
- ¿Adónde siempre?
- ¿Querés volver al Mc Fritten?
- A la playa, tonto. A nuestro lugar.
- Bueno –dijo él, y agregó:- Pero mirá que podemos ir más lejos, ¿eh?
- Igual tenemos que parar para comprar un vino.
- Pero más allá. Hoy tenemos coche. Todo será más allá.
Ella hizo la mueca que, en su cara, reemplazaba una sonrisa. Él tocó dos bocinazos. Estacionó delante de un negocio de loterías.
- Esperame un minuto –dijo.
Bajó corriendo. El negocio también era kiosco, por lo que compró un paquete de vasos de plástico y una botella de Luigi Bosca. El vendedor se la había destapado. Regresó al auto, le dio las cosas a Dolores y dejó una pila de boletas sobre el asiento.
- Tomá –le dijo.
- Sos loco.
- Cincuenta pesos de vino, cincuenta de azar. Una buena mezcla para empezar la noche, claro que sí.
Aplaudió sobre el volante. Ella miró las apuestas.
- No le jugaste a los números de costumbre.
- No. Comienza una nueva vida, para Víctor el rey.
- ¿No eras príncipe?
- Me ascendieron –dijo, mirando por la ventanilla.
Pasaron el colegio y el Club de Tiro.
- ¿Y de qué se trata esa nueva vida? –preguntó Dolores.
- Cambios... Futuro.
- ¿Y yo estoy ahí?
Él la miró con el ojo destapado.
- Obvio –dijo-. Víctor va a ser mendigo o millonario.
- ¿Sin término medio?
- Nada.
- ¿Y cuando seas millonario, qué?
- Cuando sea millonario… Víctor va a abandonar a su hermanito imposible, y se va a ir muy lejos.
- Con su chica –dijo ella.
- Exactamente.
Estaban saliendo del pueblo. A Dolores le pareció que Víctor manejaba demasiado rápido.
- Hoy no estuvo tan malo.
- ¿Quién? ¿Sergio?
- Sí. Te dio el coche. Nunca antes lo había hecho. Y lo hizo por mí.
- Lo hizo porque lo convencí. Porque sobreactué un papel. Porque empecé a cambiar.
- ¿Qué papel?
- Pucherié.
El auto enfiló para la ruta.
- ¿Adónde me llevás?
- Por ahí.
- ¿Y si bajamos a la playa?
- A la vuelta.
Dolores miró hacia atrás.
- Bien –dijo. Tenía la voz triste, otra vez.
- ¿Querés que pare?
- No –dijo ella-. Quería preguntarte algo… Estoy con muchas dudas… Me sentí tan mal este último tiempo…
- Decime.
- Bajá, eso sí, la velocidad.
- Ponete el cinturón.
Estiró el suyo para mostrarle que lo llevaba puesto. Dolores buscó el otro en el asiento y se lo cruzó por delante del pecho.
- ¿Vos siempre supiste que eras un donante, verdad?
Lo abrochó.
- Sí.
- ¿Desde qué edad?
- Seis.
Ella carraspeó.
- Y tu papá, que fue el que los hizo, está al tanto de tu genoma, ¿no? Y el de tu hermano.
- Claro.
- Y el genoma viene a ser el manualcito, ¿no?
- Papá le dice así. Son las instrucciones. La info de lo que te va a pasar en la vida.
- ¿Y si mamá sabía la info de Sofi, por qué no la corrigió?
Por la ventanilla entraba un viento frío.
- Sofi tal vez no sea un clon.
- Sí, clon de mamá.
- ¿Y vos también?
- Claro. Sabías eso. Me lo contó Sofi antes de internarnos. Las dos somos clones de mamá. Ya te lo había dicho…
- Te estaba probando.
- Pero no un clon de los tuyos, de repuesto. Clon hermano, nomás. Con tres años de diferencia entre los nacimientos.
Él subió los hombros.
- La diferencia de edad no prueba nada –dijo-. Puede ser un repuesto y ser un bebé, y el que necesite el repuesto tener cuatro o cinco años. Depende lo que haya que reponer. Si Sergio pierde un brazo, acá tiene uno de Vitito. Si yo fuera un bebé, podría donarle sangre, algún tejido. Dudo que un órgano entero: tendría otro tamaño.
- Con Sofi somos las dos grandes.
- Los clones de repuesto tenemos una letra erre en cada una de las páginas del DNI. Fijate –dijo.
Dejó su billetera sobre el asiento. Estaba la polaroid con el teléfono tachado; había un billete de cincuenta pesos, uno de veinte dólares, tres de cien y un DNI. Dolores lo abrió para mirar.
- Es horrible –dijo.
- ¿Vos lo tenés así?
- No.
- Entonces, no te preocupes.
A Dolores algo no le cerraba.
- ¿Y si me hubieran mentido?
Él frunció la boca, desestimando su pregunta. Dolores siguió pensando en voz alta.
- Mamá me mintió cuando me dijo que ella no era compatible con Sofi, que no podía donarle órganos. Dijo que si fuera compatible, lo haría con mucho gusto, pero que no era.
- Imposible, si Sofi salió de una célula suya.
- Ese es mi razonamiento. ¿Por qué mentiría?
- No sé. Decime…
- Por lo siguiente: hay en la familia alguien destinado a donarle órganos a Sofi.
- ¿Vos?
- Sí. Mamá también me mintió en eso: soy erre, como vos.
- ¿Y para qué te iba a mentir?
- Para que no sufriera –contestó ella.
- ¡A quién le importa un erre! Papá los hace por cientos. ¡Son células!
Un camión que venía en dirección contraria les hizo luces.
- En realidad, todos lo somos –se corrigió-. Aunque a nadie le interesan los erres. Nadie quiere serlo, salvo que el erre sea millonario.
Dolores también necesitaba cambiar de tema.
- ¿Y cómo cobrarías el premio? –le preguntó.
La pregunta lo hizo toser.
- No sé –dijo-. Con la perspectiva de tener una montaña de dinero, no debe ser difícil. Todo tiene su precio, como dice el tío Patrick.
- ¿Y qué harías con la plata?
- Saber. Invertiría en saber.
- ¿Saber qué?
- Más de mí. Quiero ir por el mundo sabiendo de antemano qué me puede pasar, y que todo sea genial. No la mierda de ahora.
- ¿Eso no te marcaría una predisposición?
- Es lo que quiero. Predisponerme. No quiero tener un destino designado por haber nacido segundo. Quiero predisponerme a tener el mejor de los destinos posibles. Para eso sirven los genomas.
- ¿No sirven para curar las enfermedades?
- Para detectarlas. Si yo sé que tendré cáncer de colon a los cincuenta años, puedo hacer dos cosas: ignorar el dato y cruzar los dedos, o tomar una dieta rica en fibras para modificar el destino y huir de la zona de riesgo.
- ¿Y para eso necesitás ser millonario?
- Más bien. Mi zona de riesgo son mi hermano y mi madre. Huiría de ellos.
- ¿Y el DNI?
- Al extranjero, bichita. A comprar documentación, para empezar una nueva vida. Ya vas a ver. Ser un repuesto es una mierda.
Dolores quedó mirándose las piernas.
- No –dijo-. No lo es. Lo único malo de saber, es que uno se queda sin sorpresas.
- ¿Hace cuánto creés que sos erre de Sofi?
- Una semana.
- ¿Por lo de la leucemia?
- Así es. Un transplante de mielitis solo puede ser hecho por un donante que manifieste una gran compatibilidad de tejidos, y la probabilidad de una buena compatibilidad entre individuos no parientes es de 1 en 20.000.
- ¿Y parientes?
- 1 en 50.
- ¿Y clones?
- 1 en 1.
- Entonces te lo tuvieron que decir.
- Mamá insiste en lo de su incompatibilidad, aunque es un argumento sin sentido.
- ¿Y te dijo o no te dijo que eras erre?
- Lo negó, pero sé que es mentira.
- Eso te pone triste.
- Ajá.
Dolores miró hacia fuera. Tenía ganas de llorar.
- ¿Y ahora te sentís mal?
Dolores trató de explicarlo primero con sus manos; luego dejó pasar un instante y habló:
- Saber cómo seré me perjudica. No quiero ser una donante eterna, ni tampoco quiero ser como mamá. Ahora la entiendo a Sofi cuando me regaló su cámara de fotos.
- ¿Por qué?
- Porque las fotos ya no le interesaban. Mamá las había sacado todas. Sofía tenía, en esos álbumes, la colección de fotos de su futuro. Es algo horrible. Yo tampoco quiero eso.
Dolores largó el llanto.
- ¡Si hasta me pusieron nombre de oveja!
- Bueno, bueno… -dijo él. Alargó una mano para tocarle la cara, y la rozó. Ella advirtió algo.- Cuando ganemos la lotería, ya verás –agregó.
- Volvamos –dijo Dolores.
- ¿Qué?
- Está muy oscuro.
El auto dobló hacia un camino de tierra serpenteado por álamos.
- ¿No querías ir a la playa?
- Pará.
La radio estaba encendida en un programa de rocanrol.
- ¿Qué te pasa?
- No me estoy divirtiendo –dijo ella, antes de manotear el volante.
Él frenó. Apagó las luces. Puso las trabas de seguridad. Dolores ya no pudo abrir la puerta.
- Dejame bajar.
Las manos de él soltaron el volante.
- ¿Qué le pasa a esta chica? –dijo-. ¿Se entera de que está hecha de pollo y dejan de gustarle las hamburguesas?
- Volvamos ahora mismo, por favor.
- Está bien que tengas el destino de la vida de un erre. ¿Qué esperabas? ¿Disneylandia? Todo está dicho en este pueblo. Mirale las caras a la gente.
- El futuro no se predice.
- Pero se puede hacer una lista de cosas que se quieren comprar en el futuro. Las que hacen falta para poder ser príncipe.
- Me das miedo. Yo no estoy en tus planes.
- ¡Sí que estás! –gritó.
- No, porque no los acepté.
- Los vas a aceptar, porque son mis planes. Porque a mí se me antojan.
Dolores forcejeó con la puerta y él la agarró. Sus manos eran duras, de gimnasio.
- Ay, ay… los poetas. Son como los místicos: siempre combatiendo el futuro –suspiró.
Ella empezó a golpear el vidrio con los puños, y a gritar. Le pegó en el pecho, que era tan duro como un lapacho. Le arrancó el parche. Debajo estaba el ojo de Víctor. Pero en la cara de Sergio, que volcó el asiento de Dolores hacia atrás y le puso una mano entre las piernas, mientras se le subía encima por la fuerza.

La dejó a la entrada del pueblo. Dolores estuvo un rato largo sentada en la banquina, con el cuerpo escondido para que no la vieran llorar. Los autos pasaban como flechas. Después se arregló la ropa y volvió caminando hasta la playa. Se sentó otra vez, sobre la arena. Se quitó los zapatos. El agua de una ola le mojó los pies. Sintió que le hacía bien. El mar la purificaba. Se metió hasta la cintura. Dio vueltas; la pollera de Mc Fritten flotaba, roja y planchada como un plato. Había perdido un botón y se le había roto un bretel del corpiño. No tenía más ganas de llorar. Ahí estaba el bote de las salidas con Víctor. Se le ocurrió un poema, pero enseguida se le olvidó. Los pies le estaban doliendo de frío. Ya lo había decidido. Sofía tenía que vivir. Después, ella vería qué hacer. No se sacaría más fotos. O viajaría a sitios distintos al derrotero de la madre, para encontrar paisajes distintos y completar el álbum del mundo. Las fotos estaban para coleccionarlas. Y, si viajaban con Sofi, ya podrían repetir sitios, porque saldrían de a dos y solo eso haría distinta la foto. Y si después volvían a visitar esos sitios con Pepa, serían como trillizas, y solo eso convertiría el paisaje. Pero sin hombres, se dijo, y se reconoció pensando como su madre. Borró la última de las decisiones y pensó: “cuando me levante del post operatorio, me casaré con Víctor; tendremos una nena, dos”. Sexo y caricias no le iban a faltar nunca. “Vagina, pene, óvulo, espermatozoide, útero, panza y un bebé que sale por aquí abajo, solito, después de nueve lunas. Al estilo de la abuela Josefina”.
Ahora la Barbie estaba quieta, por eso se acordaba de su abuela. Y el mar tan calmo, amor. Para meterse, para no salir nunca. ¿Y Sofi? Caminó hasta la costa de puntillas, haciendo reaccionar la sangre de sus pies. Los piecitos que amaba su hombre. Tal vez Pepa guardara un secreto como el que ella había acabado de compartir con ese mar, que había tomado la esperma ajena para desmenuzarla en sales. No importaba. Ya sabía todo el futuro que tenía que saber.

Pepa había acordado que la ambulancia saliera al mediodía siguiente. Le esperaba un largo viaje hasta la Capital. Sofía ya estaba internada. Habló con ella por teléfono, pero la habían dopado, por lo que a Dolores le sonó idiota. La madre, Pepa, no se le salía de encima. La abrazaba y le decía que era una mujer muy valiente. Dolores, amor. ¿Tan difícil iba a ser la operación? El siquiatra llegó a la hora de la cena. Dolores llamó a Víctor por teléfono, pero Chiqui le dijo que hacía horas que dormía, y que nadie había podido despertarlo. Dolores le pidió a la madre que postergara la partida de la ambulancia. Le pidió que insistiera por ella para comunicarse con Víctor. Que, si era necesario, no parara de llamar en toda la noche.
- ¿Querés que te lleve de una escapada?
- No –empezó a llorar. Quería que él fuera por su cuenta. Le aterraba irse sin haberse despedido.
Ni el siquiatra, ni Pepa, ni el fletero, la podían ayudar. Se encerró en su habitación. Forró la cajita en papel celofán y escribió hasta que se hizo de madrugada. Tiró una pila de hojas. Cerró un sobre. Permaneció despierta hasta que llamaron a su puerta. Eran las once de la mañana. La ambulancia había llegado.
- ¿Y por qué no me voy en micro?
- No sé –dijo Pepa. Tenía los ojos hinchados de llorar.
- ¿Y por qué no vino Víctor?
- Llamé mil veces. Sigue dormido.
Cuando la ambulancia estuvo a punto de salir, Dolores se despidió. La madre no podía parar de llorar, y el siquiatra intentaba, en vano, calmarla. A Dolores le dieron una inyección y dos pastillas.
- Es para que llegues descansada –dijo la enfermera.
El chofer le sonrió. Dolores se tomó las pastillas. La ambulancia había arrancado cuando apareció Víctor, transpirado y agitando las manos. Había venido corriendo. El chofer paró. Lo dejaron subir para despedirse. Se abrazaron como si Dolores fuera a la guerra.
- El hijo de puta de Sergio me puso un somnífero en la Coca –dijo-. Quería que no nos despidiéramos.
Ella lo miró orgullosa.
- Ya ves, no lo logró.
- Me dijeron que llamaste como veinte veces.
- Sí. Necesitaba contarte una historia. Algo que me pasó cuando era chica.
- Decime.
La enfermera abrió la puerta.
- ¿Van a tener para mucho? –preguntó.
- ¿Los puedo acompañar? –dijo Víctor.
- No. Órdenes del doctor.
- No –repitió Pepa, desde más atrás.
- Un minuto –pidió Víctor.
La enfermera cerró la puerta. A Dolores se le caían los párpados.
- Cuando éramos chicas –empezó-, Sofi me enseñó un juego, el juego del reflejo. “¿Ves?”, me dijo, “cuando te mirás al espejo hay un doble, pero no es nadie”.
Hizo una interrupción para bostezar.
- ¿Te drogaron?
- Sí. Es corto. Sofi sacó un marco sin vidrio y me dijo: “hagamos el juego del espejo”. Trabó el marco entre unas sillas. Ella hacía la que se peinaba y yo le tenía que imitar los movimientos.
Por la ventana, la enfermera le hizo una seña a Víctor para que se fuera despidiendo.
- Siempre ella era la que actuaba y yo la que imitaba. Cuando quise cambiar los papeles, Sofi lloró. Y lloró tan fuerte que mamá creyó que le había pegado, y como yo no sabía qué decir, también me puse a llorar como loca, tanto que nos tuvo que comprar un helado a cada una.
Dolores cabeceó. Se recostó sobre la camilla. Víctor la tapó con una manta.
- ¿Y?
- Un día, mamá entró y vio que Sofía me estaba gritando para que me peinara igual que ella, porque era su reflejo, y los reflejos repiten todo lo que hacen los originales…
Víctor acercó su cara a la camilla. Dolores ya hablaba demasiado bajito. Cerró los ojos.
- Entonces le pegó –dijo.
Cerró los labios.
- Te amo –dijo él. La besó encima de la última palabra. Espió por la ventana de la ambulancia: nadie lo estaba mirando. Con delicadeza, le quitó los aros. Se los guardó en un bolsillo.
La ambulancia partió. Pepa quiso decirle algo a Víctor, pero se descompuso y se fue para adentro. Al siquiatra le pareció mejor así.

Conocemos todos los genes de cuerpo, pero ignoramos cómo funciona el cerebro. Es casi imposible saber dónde está la conexión que hace que los seres humanos se enamoren. Sobre la conciencia y el amor, la ciencia todavía está en veremos. De eso solamente saben los hombres y las mujeres que fueron capaces de amar, esos privilegiados entre los que no me cuento. Víctor fue masticando la anécdota de Dolores hasta casa. Pensó, pensó. No habló con nadie, hasta que se me acercó en la soledad de la noche. Yo tenía insomnio, y estaba releyendo en los libros de Sacks los capítulos sobre pintores autistas.
- Papá…
- ¿Mnnn?
- ¿Me responderías la verdad, si te hago una pregunta importante?
Afirmé con la cabeza. Sabía lo que iba a decir.
- ¿Puede ser que alguien sea erre y no lo sepa?
Afirmé.
- ¿Por qué sería eso?
Subí los hombros.
- Porque no se lo dijeron.
- ¿Y por qué?
- Para que viva de otra forma. Los casos de trasplantes de órganos son muy improbables. La mayoría de la gente vive sin hacerse trasplantes. En ese caso, el clon habría llevado una vida normal.
- ¿Mejor?
- Distinta. Podría sacar un crédito, o tener una cuenta hasta que se supiera la verdad.
- ¿Entonces?
- Ya no podría tenerla más.
- ¿Sería una ilusión?
- Estaría viviendo en un mundo irreal.
Víctor tenía el piyama puesto. Pasé las páginas del libro hasta que se cerró.
- Y en el caso de necesitar sus órganos, un órgano vital, digamos el corazón… ¿tendrían que informárselo?
- ¿Al clon?
- Sí.
-No siempre. Depende del núcleo. De sus padres.
La luz del velador le pintaba los pies de color amarillo. Empezó a llorar, pero hizo como que no se daba cuenta. Ya no pude mirarlo más.
- Dolores es un clon erre, ¿verdad?
Apagué la luz.
- Vos tenés que saberlo, salió de tu clínica -insistió.
Esperé un instante.
- Sí –dije.
- Le mintieron sobre el transplante de médula, ¿verdad? Decímelo, decímelo… La de Favaloro es una clínica cardiovascular… ¿verdad? -rompió a llorar. Escuché cómo se desplomaba sobre el sillón de tres cuerpos. El llanto le salía en quejas desde la garganta; quejas secas, asmáticas. Alargué la mano para buscarle la cabeza, pero Chiqui encendió la luz.
- ¿Qué está pasando aquí? –dijo.

Lo acompañé hasta la Capital. Fuimos en mi auto. Sentí que era la primera vez que estaba haciendo el papel de padre. Tenía argumentos preparados para oponerme a cualquier cuestionamiento ético de cualquier discurso científico, pero no al llanto de Víctor. El slogan de mi propia clínica lo decía: “¿Por qué está bien que la gente elija la mejor casa, los mejores autos, el mejor médico, pero no trate de tener el mejor hijo posible?”. Lo había sacado de una revista; era el comentario de un padre acerca de su propio bebé nacido como resultado de una inseminación artificial. El esperma obtenido era de un donante de alta inteligencia.
Chiqui y Sergio se opusieron a nuestro viaje improvisado. No me importó.
En el auto intercambiamos muy pocas palabras. Víctor estuvo despierto hasta llegar. Hablé con el doctor Ariel Socas, jefe de guardia de la clínica, que había sido alumno mío en la Facultad. Me comentó que aquel lugar no era el mismo desde el suicidio de Favaloro, que todo se había convertido en un negocio. Le pregunté por Dolores Kedayán. No sabía de quién le estaba hablando.
- ¿Cómo se llama la original?
- Sofía –dijo Víctor.
- Ah, Sofía. Muy bien. La operamos anoche.
- ¿Salió?
- Está en terapia.
El jefe de guardia no sabía el nombre de la donante. Una amargura me bajó hasta el estómago, como un veneno. “No deberíamos haber venido”, me dije, mientras acariciaba la cabeza de Víctor.
Cuando nos íbamos, apareció Pepa. La abracé igual que cuando le dije que estaba encinta de Sofía. Y era casi el mismo punto de partida: había nacido otra vez. Así de rara era la vida. El fletero sacó de adentro de su bolso la Barbie mesera, una cajita envuelta en celofán y un sobre. Le dio los objetos a Víctor, antes de que la pudiera detener. Víctor me dio a sostener la muñeca y se retiró a un costado, calladamente. Adentro del sobre había un papel. La letra era de Dolores.

“Voy a volver,
para volverte a ver.

La salvaré a Sofía.
Será un corte final a esta baraja.
Vos andá a abrir la caja,
y empezá a completar tu simetría.

Que te preciso entero,
como sos,
cuando para el amor a estilo abuelo,
tengamos que ser dos”.

Quitó el celofán. Abrió la caja. Era un ojo de vidrio.

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7.12.2010

EL CORAZÓN DE DOLI / CAPÍTULO 5

Después le había escrito aquel poema hermoso, y después, poco después, le había dicho que lo que más le gustaba de él eran sus ojos. Víctor le había dicho que adoraba sus pies. Le contó el desprecio con que su hermano lo trataba, y también que lo perdonaba. Dolores, no: ¿qué derecho tenía para ser despectivo?
- Es el original.
- La esclavitud se abolió en 1813.
- No es esclavitud.
- ¿Y qué es?
- Un servicio, como trabajar acá en el Pollen.
- Por esto se recibe un sueldo.
- Entonces es un acto de amor.
Para Víctor era una entrega. Regresaba continuamente al discurso del acto de amor, y aquí era cuando Dolores dejaba de contradecirlo. Estaba segura de que si la situación entre ellos seguía y, por ejemplo, se iban a vivir juntos, él iba a tener necesariamente que rever su destino. Aquello era una espada de Damocles, algo imposible de compatibilizar con una familia.
Aunque por el momento mucho no insistía con su punto de vista, para no arrinconarlo en un laberinto sin salida. Además, solo se veían a escondidas. Se besaban en los baños o en la cocina, con la complicidad de Fernanda, la llorona feliz, o del cajero ciego, que Patrick había tenido que contratar por la alta cantidad de billetes falsos que había en circulación. Los del Banco Central le habían enviado un folleto por correo que enumeraba las características de los billetes verdaderos. En la tapa del folleto estaba anotada la leyenda:

“SOLO TIENE VALOR LO AUTÉNTICO”.

Las monedas de un peso eran las que más se adulteraban. Tantas eran las monedas falsas, que las empresas de transporte público habían tenido que modificar sus máquinas expendedoras de boletos para poder aceptar la falsedad. A los billetes había que verles la marca de agua al trasluz, las rosetas calcográficas con lámpara rasante, la micro letra con una lupa e inclinarlos para verificar que los números azules se pusieran verdes. O contratar a alguien con el tacto súper desarrollado.
- Nos vendría fenómeno para la cara benéfica del Mc Pollen –afirmó el abogado-, y también sirve para descontar un sueldo íntegro de Ganancias, por invalidez.
A Patrick se le hizo agua la boca: pensó automáticamente en una dotación de jóvenes con discapacidades físicas, atendiendo el local. Era demasiado, iba a dar mala espina. Lo que sí hizo fue darle a firmar al ciego recibos en blanco. El ciego les pasaba el dedo y preguntaba:
- ¿Dice algo, acá?
- Dos mil seiscientos. Está escrito en lapicera de pluma, por eso no lo leés.
- Me parece que no dice nada.
El ciego firmaba igual. Patrick después lo completaba con veintidos mil seiscientos, o lo que el abogado le indicara.
Dolores y Víctor también se veían en la playa. Continuaron yendo a remar. Al mediodía y si había poco trabajo, buen tiempo y estaba sereno, el botero les prestaba el barco para hacer picnics en alta mar. El botero tenía dieciocho años y cuerpo de brasilero.
- Es otro clon de repuesto, como yo –le había explicado Víctor a Dolores-, pero se liberó.
- ¿Cómo hizo?
- El hermano murió el año pasado.
- ¿De qué?
- Un accidente.
La playa de noche era la salida favorita. El botero le había hecho a Víctor una copia de la llave del candado, para que no se lo falseara con las ganzúas. Había noches en que hacían la cita y Víctor faltaba a último momento, porque Sergio le había dictado “noche de guardia” o “vigía lombardo”. “Vigía lombardo” era pasar la noche entera subido a un banco, haciendo la venia. A la mañana siguiente a Víctor le fallaban las rodillas y tenía tendinitis en el brazo derecho.
- Es una locura –se enojaba Dolores.
Víctor lo aceptaba, pero no podía hacer nada. Estaba condenado por una letra R.
- Con esos ojos tan lindos… -decía ella.
Para la llegada de la primavera empezaron a cuidarse menos. La gente los veía de la mano. Dolores le hizo un poema sobre sus ojos, que Víctor pegó en el reverso de la tapa de su armario. El poema decía:

“Si tu ojo derecho es igual al izquierdo
ya no tiene sentido esperar otro invierno
a que el febril estilo que fabrica la ciencia
venga a decirnos cómo suplir la diferencia
entre tu hermano y vos.

Y si tu ojo izquierdo se parece al derecho
tanto, como para venir a confirmar el hecho
de que nacieron juntos, ven juntos y es un clon,
mirá con esos ojos y con tu corazón.
Que entre tu hermano y vos,
mejor sos.”

Víctor trataba de componer algo con los pies de Dolores, pero no se le ocurría otra cosa que acariciárselos y besárselos en todos los momentos que podía; mañana, tarde o noche. A ella le gustaba mucho. Lo único que Víctor escribía eran largas listas de datos que coleccionaba de revistas y diarios.

- “El genoma de una mosca tiene 13.600 genes y 120 millones de pares de bases de ADN.”
- “El genoma de un hombre tiene 20.000 genes y 3.500 millones de pares de ADN.”
- “La criatura más pequeña es la bacteria Mycoplasma Genitalium, que tiene 517 genes.”
- “El paquete mínimo de genes para sobrevivir está entre 265 y 350.”

¿Criterio científico en mi hijo?
Me ilusioné en vano. Eran números fetiches para jugar a la quiniela.
Una vez rompieron un preservativo en la playa. Dolores estaba en un período dudoso. Víctor cruzó los dedos y guardó el sobre vacío donde venía el preservativo fallado. Llegó a consultarme. Yo le dije que se olvidara: es la más difícil de las coincidencias, con la naturaleza con el funcionamiento casi desganado de ahora. Lo natural se va adaptando: en el mil ochocientos todos los niños salían por vía vaginal; desde mil novecientos sesenta hasta el dos mil quince, el setenta por ciento de los alumbramientos fueron por cesárea. Llegaron a echarle la culpa a las obras sociales, con el argumento de que la cesárea dejaba más rédito a las clínicas. ¡Pura mentira! Los niños se negaban a salir por el canal de parto, porque la naturaleza se había adaptado. Hoy está pasando lo mismo con la manipulación genética: los engendramientos naturales son cada vez menos. Hemos pasado de la sexualidad sin procreación a la procreación sin sexualidad.
- Lo que no quiere decir que no pueda estar embarazada –insistió Víctor.
Esperaron la regla de Dolores durante quince días. Al final le bajó, como yo dije. En el mil ochocientos se hubiera quedado embarazada. Estas afirmaciones no son científicas, y no debería ponerlas en un libro. Pero soy un hombre viejo y tozudo, y realmente creo que es así. La naturaleza se ha dado cuenta de que las cosas no funcionan como antaño. Y se está olvidando poco a poco del viejo sexo.
¡Tienen que darse tantos buenos augurios para que una mujer quede embarazada por accidente! Por empezar: contar con un espermatozoide veloz y un óvulo reconcentrado… hubiera sido un milagro. En el laboratorio es otra cosa: las partes se aíslan, el espermatozoide es inyectado, así que no interesa la energía con la que cuente: siempre va al grano. El óvulo fecundado se implantará en el momento exacto, con las condiciones adecuadas, con el humor de la madre en positivo, la temperatura ideal, el flujo justo. ¡Qué me van a hablar de accidentes! Víctor había recortado el sello del sobre del preservativo usado:

0812925224

Cuando la sangre llegó, separó el número en parejas. Como el Quini tiene chances hasta cuarenta y seis números contando desde el cero, comenzando desde izquierda a derecha le daban las siguientes posibilidades:

08 12 29 25 22 24

Había descartado el 81, el 92 y el 52, que no estaban entre los apostables. Comenzó a jugarle solamente a esa combinación, apoyándose en su teoría de la inevitabilidad del universo, que en realidad es una teoría de biología molecular de hace unos cincuenta años, aún no descartada. La vez que más números acertó, lo hizo con los tres primeros.

Víctor y Dolores, cuando podían, limpiaban juntos las mesas de Mc Pollen Fritten. Ella pasaba el lampazo y le tiraba una coleadita para rozarlo. Siempre había un toque de manos en la levantada de las bandejas, y los ojos de los dos se encontraban en cada rincón del local, disimulado en los rebotes de los espejos o sobre la superficie acerada de la máquina de café express. Guiños sencillos anticipaban los almuerzos y las Cajas Felices. Dolores le inventaba poemas que quedaban flotando en el aire, entre el humo de las hamburguesas y el criquear del aceite hirviendo. Un día quisieron esconderse atrás de una puerta azul que había a un costado de la cocina. Estaba con llave.
- ¿Ahí qué hay?
- No sé –dijo el cocinero-, siempre está cerrada.
Ese día, Víctor había regresado a su casa con la esperanza de tener la noche libre. Pero se topó con Sergio leyendo fijamente un papel que había encontrado en una de las habituales requisas por la habitación de su hermano.

“Que entre tu hermano y vos,
mejor sos.”

- ¿Qué es esto? –dijo.
- Un verso –contestó Víctor.
En la televisión, que Sergio había movido hasta la puerta abierta de la habitación, el señor Coto denunciaba que los pollos de Mc Pollen Fritten eran comida transgénica, y que iba a llevar el asunto a los Tribunales. Un bioquímico argentino llamado Alejandro Mentaberry –compañero mío de la Facultad, con unos años menos, muy buen tipo, pelado- afirmaba que todo lo que llegaba a nuestras mesas ya estaba genéticamente modificado. Yo lo estaba mirando desde el televisor de la sala.
- No hay una sola cosa sin retocar a todo lo largo de las estanterías de su supermercado, señor – objetaba Mentaberry.
- ¿Quién lo escribió? –preguntó Sergio.
- Una chica.
- En mi supermercado no hay un solo alimento hecho con genes, para que sepa.
- No sea ignorante, señor Coto, es obvio que todo lo que ingerimos tiene genes, porque está hecho de tejidos.
- ¿Para vos?
- Sí.
- A mi nadie me llama ignorante. A esas hamburguesas del Mc Fritten habría que etiquetarlas explicando lo que traen adentro, hablándoles de frente a los consumidores argentinos.
- Puede ser, señor Coto, pero no por vender un transgénico, sino por vender otra cosa por pollo.
- ¿Qué chica?
- Una que conocí.
- Eso no es pollo argentino. Es una vergüenza. Ni pollo brasilero, es.
- Ahí nos vamos poniendo de acuerdo. No obstante, el uso de una tecnología blanda y productiva para el medio ambiente es correcto, por lo menos en la agricultura, y por más que se quejen los fundamentalistas ecológicos.
- ¿Adonde?
- En el trabajo. El día en que te traje el premio.
- Hay que volver a sembrar tomate de semilla a la manera de antes, claro que sí, como bien dice el señor Menditaberry.
- Mentaberry, por favor. Y digo todo lo contrario. La agricultura orgánica tiene una productividad bajísima: 40 % menos que la convencional. Si uno piensa esto en términos de superficie, para alimentar al mundo entero con la agricultura orgánica que tanto les gusta a los ecologistas, necesitaríamos un 40 % más de tierra. Si proyectamos que en veinticinco años la población mundial va a aumentar un 100 %, necesitaríamos un 140 % más de superficie cultivable para alimentar a todos. Es imposible. Vengo diciendo esto desde hace tres décadas en todos los diarios. No nos alcanzarían los desiertos, el Amazonas, la estepa africana. Impedir el desarrollo de la tecnología es un grave error que seguimos cometiendo, a la sombra del hongo de Hiroshima.
- Ajá –dijo Sergio.
- Ajá –repitió Víctor.
- Pero las tecnologías rompen todo.
- Por eso digo blandas. Blandas y productivas.
Sergio apagó el televisor.
- Tenemos mucho que hablar, hermanito.
Dio un par de vueltas por la habitación, haciéndose el tigre enjaulado. Se paró delante de Víctor con cara de furia. Víctor lo estaba enfrentando sutilmente desde la posición de su cuerpo, las manos a los costados de la cintura, la mirada fija pero sin sacar pecho. “¿Quién es el tigre, eh?”. Víctor había aprendido a discernir las escenas de verdadero peligro de la mano de Dolores. Ya no le importaba nada, ni que Sergio le contara a Chiqui, ni que hiciera que lo echaran de Mc Pollen Fritten, como tantas veces había amenazado. Estaba dispuesto a jugarse por su amor. Dolores le había desnudado los ojos.
Sergio salió de la habitación dando un portazo.
Víctor se sentó sobre su cama. Definitivamente, no era un tigre. Tomó el papel de la cómoda para releer el poema. Después lo dobló en cuatro, le dio un beso y lo devolvió al armario. Sacó su billetera, su DNI. Allí estaba el sello culpable, ocupando todas las páginas. El sello por el cual no sería de él la decisión de ir a la Universidad, por el cual no podía tener propiedades a su nombre; el sello culpable de que Víctor no tuviera permitido votar, heredar o viajar al extranjero sin permiso escrito de Sergio, aunque tuviera la misma impresión digital que su hermano.
Se sentía como un niño pequeño: peor aún, un bebé. El sello de la letra R mayúscula pisaba sus datos impresos en las páginas. Estaba puesto con aversión. Era imposible de escanear y borrar. Al principio jugaba solo combinatorias de ese número, que tenía nueve cifras. Pero… ¿cómo iba a ganar la lotería con el número de otro, de su hermano? Su número privado era el número de un forro pinchado: más perdedor que el anterior. Retornó el documento al cajón. Dolores era lo único que tenía.
Su hermano golpeó a la puerta. Víctor no lo invitó. Sergio abrió la puerta con el mismo codo con el que había golpeado. Entró con dos cervezas. Le convidó una.
- ¿Y esto?
- Para brindar –dijo.
La cara de Víctor se encendió. Sergio le palmeó la espalda.
- Me enojo al pedo, eso es. ¿Qué consigo?
Víctor subió los hombros.
- Al pedo –siguió hablando Sergio-. No lo tomes como un presagio de nada; pero en adelante habrá que modificar algunos términos. Tenemos que hablar más. ¿Para eso querías el saco, la otra noche?
Víctor asintió.
- ¡Me hubieras dicho, idiota! Dormir con saco es de lo más incómodo. Ni siquiera traté.
Sergio destapó su lata y le indicó a Víctor que hiciera lo mismo. Él esperó a que su hermano tomara primero.
- Ah, el amor… ¿Cómo se llama?
- Dolores.
- Dolores cuánto.
Víctor desconfió. No quería que su hermano supiera el apellido. Ni el teléfono, ni la dirección.
- Monjes –mintió.
- Conozco algunos Monjes… Hay uno que es campeón de backgammon, Rubén. ¿O era Robert? ¿Es algo de ellos?
- No sé.
- ¿Juega backgammon?
- No creo -dijo Víctor.
- ¡Fundamental! Si juega, es. ¿Viene de buena familia?
- Sí.
- Familia de guita, digo.
- Creo que sí.
- ¿Todavía no le preguntaste?
- No.
Parecía que Sergio preguntaba por preguntar, nomás. Víctor apoyó su lata sobre la cómoda.
- ¿Tiene buenos pechos?
La mirada de Víctor buscó el piso.
- Soy tu hermano, ¿no? ¿Se los tocaste?
Víctor no contestó.
- Dale, frick. ¿Te la cogiste, o no te la cogiste? Te cambio esa info por la foto de las trillizas en concha.
- Sí –dijo-, basta.
- ¿Basta de qué?
- De hablar de eso.
Sergio tomó un largo trago de cerveza.
- Tomá, tomá de la tuya –dijo, después. Se secó la espuma que le había quedado en la boca con el reverso de la mano.
- La cerveza me cae mal –dijo Víctor.
- Si te garchaste una minita hay que brindar. ¿Vas a brindar con Coca Cola?
Víctor no contestó.
- Decime, jetón: ¿vas a brindar con Coca?
- Bueno…
- ¡No seas pelotudo! ¡No me hagás calentar!
Víctor volvió a agarrar la lata. Se la llevó a la boca sin determinación. El gusto amargo de la cerveza le daba asco. Sergio siguió hablando.
- Y decime… ¿Es tu novia?
- Sí –respondió Víctor.
- ¿Y te culeás a otras?
- No.
Sergio estalló en una carcajada.
- ¡Boludo! Culeate más, ahora que colgaste el virgo. Si no, la Monja se te va a poner insoportable. Hay que cogerse a todas las minas, son para eso. Y decime… ¿está buena en serio?
Víctor abrió el cajón para volver a sacar su billetera. Sacó también un marcador. Buscó la polaroid; la llevó contra su pecho y le tachó el teléfono. Los colores de la foto se habían desleído. Se la dio. Sergio la llevó al lado del velador. Miraba más lo tachado que la cara de la chica. Después se despachó.
- Más o menos –dijo-. Le falta un cacho de gomas, y esa carucha de amargada… Decime: ¿no será clon, no?
- No.
- Porque para clon, con uno sobra… -tomó otro trago.
Víctor regresó la foto a la billetera.
- ¿Cuántos años decís que tiene?
- Como nosotros.
- ¡Una jovata! ¡Zombi, con la de pendejas que hay te venís a voltear una vieja! ¿Qué hace?
- Es poeta.
- Ya le veía cara de sonsona. Ahora, de verdad: ¿qué hace?
- Es poeta. En serio. Poetisa.
- Yo también soy poeta. Demostrado con creces. Tengo un cheque por ahí, que no me deja mentir.
- ¿Todavía lo tenés?
- Se lo regalé a las trillizas. Debe estar vencido. La poesía no es una actividad. No sirve para nada. Cualquiera escribe poesía.
- Pero ella escribe bien.
- Se nota, sí. Criticarme… ¡a mí, a mí! Mirá a la chirusa. Es lo único que me disgusta de esa mal parida, te soy pared frontal –tomó el último trago de su lata y bajó la cabeza en una negación repetida y escéptica-. Lo que le habrás contado para que diga que sos mejor que tu hermano…
- No le digas mal parida.
Sergio frenó la mirada. Le brillaban los ojos. Hizo un corto silencio, antes de seguir preguntando.
- ¿Los padres de qué trabajaban, me dijiste?
- El padre tiene una empresa de fletes.
- Qué cache, Dios. ¿La madre?
- Es fotógrafa.
- ¿De modas?
- No sé.
- Se puede ser fotógrafo de muchas cosas. Ser fotógrafo de casamientos es lo menos. De ahí para arriba, digamos. ¿La mina trabaja con vos en el boliche del tío?
- Sí, ¿por?
- Ah… ahora voy entendiendo.
- ¿Qué hay que entender?
- Muchas cosas. Decime: ¿si tiene plata, para qué trabaja?
Víctor subió los hombros.
- ¡Te está mintiendo! ¡Mujeres, ja, ja! No tiene un sope. Te lo digo yo. Capaz que hasta es clon.
- No.
- ¡Te está verseando en todo, hermanito! Te ve pichón. ¿Le dijiste que debutaste con ella?
Víctor se sonrojó.
- ¿Le dijiste o no le dijiste?
- Sí…
- ¿Y ella te dijo que también?
Víctor le desvió la mirada.
- Escuchame: ¿le salió un chorro de sangre? ¿Un buen chorro de sangre?
- No sé…
- ¿No le salió?
- No.
- Entonces te mintió. No era virgo, ves.
- Es que ya lo había hecho con otro novio antes, a los catorce.
Sergio abolló su lata con la mano.
- ¿Cómo, está usada?
Víctor levantó el índice de su mano derecha.
- Un novio… -dijo.
- ¿Y quién es? ¿Es del pueblo?
- No sé.
- ¿Cómo no lo vas a saber? ¿No se lo preguntaste?
- No me interesa.
- ¿Cómo no te va a interesar? Si es de la Capital, vaya y pase, se lo garchó y chau. Pero si es de acá… Esa mujer no te conviene, Víctor.
Sergio movía la cabeza en una negación continua.
- Tiene demasiados secretos… Es… es… una prostituta, Vic. A las cosas hay que llamarlas por su nombre.
- No.
- ¡Coge con los demás!
- Fue una sola vez.
- Eso es lo que te dice, pero se debe garchar a cualquiera. Ah, Vitito… confía en el broder, por favor… -Tiró su lata abollada a la papelera y le sacó a Víctor la otra de las manos– Decime… ¿la puedo ver?
- ¿Personalmente?
- Boludo, claro… ¿La vas a entrar? ¿Se la vas a mostrar a Chiqui?
Víctor no lo había pensado.
- No sé… no.
- ¿No era tu novia?
- Sí, pero… por el momento, no. A lo mejor, más tarde…
Sergio se tomó toda la lata de un tirón. Sacudió la cabeza.
- Estaba tibia… -dijo.
Miró los posters que su hermano había clavado en las paredes, como si no los conociera: había uno de Cortázar, uno de Aristóteles, uno de Tolkien andando en bicicleta.
- ¿La familia de ella ya sabe?
Víctor asintió, inseguro.
- ¿Y te aceptaron así, sin más trámites…?
- Sí, ella ya les contó que soy erre.
- ¿Y?
- Nada… ¿por?
- No sé, digo. ¿Ya fuiste a la casa?
Abolló la segunda lata y la tiró sobre la papelera. Víctor estaba totalmente colorado.
- Cuando no estaban los padres –improvisó.
- Ah, semental… -le puso una mano en la rodilla. Expiró un aliento caliente con olor a cerveza.- Linda historia de amor… -concluyó, al fin- ¿Ya tenemos el coche lavado para el fin de semana?
- No, ahora lo hago.
- Lavalo afuera, porque Zulmeti botonea que le ensuciás el garaje. Dato gratis, viste, para no confiar tanto en las flores del Paraguay…
A Víctor el comentario no le importó. Zulma era la única persona con la que podía hablar libremente de Dolores. Lo había hecho desde el principio. Zulma lo impulsaba a seguir, porque todo se iba a solucionar, decía. Menos la muerte. Se había emocionado con el poema. Llegó a lagrimear en paraguayo: “Vitito, Vitito”, dijo. Lo apretó entre sus brazos y le mojó toda la cara.
- Avyaiteko nendive, Vitito.
Sergio se levantó para salir de la habitación.
- ¿Esta noche me vas a pedir algo? Soy el nuevo Sergio, animate.
“El coche”, pensó Víctor. Dijo:
- Salir.
Sergio se quedó un instante como rumiando la insolencia, como si el pedido hubiera sido demasiado para ese momento de la tarde.
- Bueh, por hoy, pero que no se te haga costumbre. Hasta la medianoche, como la Cenicienta. Y…
- ¿Sí?
- ¿Ella está enamorada de tus ojos, o me equivoco?
- ¿Cómo sabés?
- El poema era muy claro, ¿no? Lo leí como treinta veces.
- Sí.
- ¿Entonces?
- Creo que sí –sonrió-. Siempre lo dice.
- Ajá.
- ¿Por?
- Por nada. Buen polvo, che. Y ponete forros, a ver si te pega los granos…
Sergio salió. Víctor recogió las dos latas de cerveza abolladas que no habían acertado en la papelera.

Esa noche se encontró con Dolores en la playa. Ella andaba triste, porque su hermana había caído en cama con una insuficiencia renal. Los doctores habían dicho que Sofía tenía una infección. Dolores dijo que tal vez tuvieran que operarla. Había llevado sándwiches de jamón y queso, una botella de Coca Cola y una vela, que no pudieron encender por el viento. Víctor le contó la conversación que había tenido con el hermano, pero ella no creyó que Sergio hubiera querido conocerla.
- Tal vez lo haga por curiosidad –dijo Víctor.
- Tu hermano es tan mala persona…
Él lo defendió. Hasta le había convidado una cerveza. Sentía que la charla de la tarde era un augurio positivo para los cambios que tendrían que venir; un primer paso hacia una mejor relación. Dolores no podía compartir esa alegría, no esa noche, porque estaba muy preocupada.
- Pobre Sofi –decía.
Víctor estaba un poco aburrido de la comparación natural que surgía entre los hermanos de ambos. Sofía era buena, simpática, agradable… perfecta. Sergio, todo lo contrario.
- ¿Hoy tuviste suerte?
- Agarré el veintinueve.
- ¿Trajiste un preservativo?
- Sí.
Apartaron los restos de la cena e hicieron el amor sobre el mantel. Después se quedaron observando el mar y las estrellas, en silencio, durante largo rato.
- Mi hermano dice que la poesía no sirve, que es una taradez.
- ¿Y vos qué pensás?
Víctor se volvió a callar. ¿Cómo hablar ante aquellas estrellas? Le tomó la mano.
- Quiero tener un hijo con vos –dijo.
Dolores empezó a llorar despacio; el viento rasante le corrió dos lágrimas sobre la mejilla izquierda. Víctor las recogió cuando llegaron al mentón: una lágrima en la yema del dedo índice y otra en la del anular. Volvió a recostarse. Se llevó las lágrimas a la boca. Dolores le apretó la mano con fuerza.
- Somos almas gemelas –dijo Víctor-. Lo siento así.
- Yo también –agregó ella.
La muerte era lo único que iba a poder separarlos. Cayó una estrella fugaz. Víctor pidió un único deseo tres veces: “que la muerte no exista”. Dolores no pidió nada, porque había estado con los ojos cerrados.

Al otro día, Víctor faltó a Mc Pollen Fritten. Patrick llamó a la casa para averiguar el motivo y atendió Zulma, que le dijo que tenía órdenes de la señora Chiqui de no decirle nada a nadie. Aunque ya no trabajaba en la casa, sino en el supermercado Coto, la habían dejado venir debido a la gravedad del asunto. Ni siquiera tenía permitido atender el teléfono. Explicó el accidente de Sergio en tres palabras:
- Con un alambre –dijo.
Patrick salió corriendo hacia la clínica. Dolores lo vio irse y cruzó los dedos. Llamó durante lo que quedaba de la mañana. En casa de Víctor nadie más atendió el teléfono. Yo había ido hasta la clínica en el auto, a medianoche, cuando todo pasó.
-Plif, y se desinfló –fue la descripción que Chiqui dijo que Sergio le había hecho antes de desmayarse sobre la alfombra de su cuarto. Todavía tenía el alambre apretado en la mano y media cara ensangrentada. Estuvo siete días en oclusión. Víctor, en cambio, salió rápido; a los dos días estaba trabajando de nuevo.
- ¿Y eso qué es? –Dolores había llorado los dos días.
- Un parche –dijo él.
Ella lo abrazó.
- Igual tengo el de al lado.
A la semana, la noticia parecía menos truculenta. Habían puesto una Caja Feliz abierta para que los clientes dejaran alguna moneda. Entre todos iban a comprarle a Víctor el ojo de vidrio. Patrick puso un billete de cien pesos, y la televisión fue a registrar el acto. Se había vestido de payaso, con la nariz de goma y los zapatones. ¡Hasta asistió un oftalmólogo para tomarle a Víctor la medida exacta de la cavidad derecha y el color del iris del ojo izquierdo! Pusieron la receta con las indicaciones adentro de la Caja. Dolores había depositado trescientos pesos de su último sueldo, y el ciego ya llevaba donados treinta y cuatro pesos con veinte centavos. Lo demás eran inútiles monedas de un centavo y media naftalina puesta por algún mala madre. A Víctor le dejaron repetir hamburguesa, que él insistía en dividir mitad y mitad con Dolores. Aunque no volvieron a hacer el amor. Ella, entonces, le hizo un poema, pero no se lo dio enseguida.

“Si el amor está vivo
merecemos nuestra playa y el mar.
Lo merezco contigo.
Si el amor está muerto,
no me importa cuán muerto esté de amar.
Igual te quiero tuerto.”

Dolores dudó mucho con la palabra “tuerto”, pero la dejó porque era simpática. Víctor tenía sentido del humor, la iba a saber leer. La duda demoró la entrega del poema y, como si una maldición hubiera caído sobre la pareja, la salud de Sofía se complicó. Pepa, su madre, le había hablado a Dolores de la siguiente manera:
- Tu hermana va a necesitar un trasplante de riñón. Sabemos que es un órgano muy difícil de conseguir: Sofi no va a poder esperar. Yo no soy compatible con la sangre de ella, si no lo haría con gusto –mintió.
- ¿Y qué hay de mi compatibilidad?
- Los médicos vieron tu ficha y dicen que es un milagro. Con tu donación, habría un noventa por ciento de probabilidades de que la operación sea exitosa.
- ¿Y yo?
- Los médicos dicen que saldrías en un mes de postoperatorio. Tendrías que hacer una dieta hipo proteica, pero, bueno… Habrías salvado a tu hermana.
- ¿Si no, se muere?
- Sí –respondió Pepa. Lloraba.
En el hospital, Dolores pidió que la dejaran a solas con Sofía, porque aún no estaba decidida del todo. Los siquiatras y el médico le habían explicado los detalles. Solo requerían su colaboración. Pasaron doce minutos y Dolores salió de diálisis con los ojos rojos.
- Se hace –dijo.
Las internaron en el momento. Cuando Víctor llegó, ya habían entrado a cirugía. Pepa le contó que iban en dos camillas, agarradas de las manos. Víctor había comprado un gran ramo de flores. La mujer estaba sensiblemente emocionada por el gesto. Víctor vio a otra señora con facha de tractorista, o de conductora de camión atmosférico. Pepa los presentó.
- Marisa… ¿Víctor, no?
- Sí.
Dolores le había hablado.
- ¿Te lastimaste el ojo? –preguntó Marisa.
- Mi hermano tuvo un accidente con un alambre –contestó él.
Era viernes. Pepa le pidió que se quedara a acompañarlas, porque estaban muy nerviosas.
- Tu novia es valiente –agregó, como si no se tratara de su hija.
Víctor se dispuso a quedarse hasta el lunes. No necesitaba ninguna otra cosa que no fuera estar allí. Ni ropa, ni dinero. Llamó por teléfono para que nos quedáramos tranquilos. Chiqui puso el grito en el cielo: ¡con todo lo que había para hacer! Ella no iba a dar a basto, y que se acordara de que Zulma ya no estaba más.
- ¿Quién va a cortar el pasto, transplantar el cerezo, pintar el garaje? Vení ya mismo, que tu pobre hermano todavía está convaleciente.
Víctor cortó. Por primera vez, pensó:
- Que se vaya a cagar.
Tenía diecisiete años y toda la razón del mundo.
Ian Wilmut, el clonador de la oveja famosa, lo había anticipado el 10 de febrero de 1999: “Es muy distinto a trabajar con un embrión que potencialmente es una persona, pero que no tiene conciencia de serlo, a producir un niño que sufrirá todas las consecuencias de ser el doble de otro ser humano”.
- ¿Qué pasará con los derechos de esas personas y las responsabilidades que la sociedad tiene para ellos? –acometían los detractores.
La única respuesta que Wilmut había encontrado era otra pregunta:
- ¿Cómo detenerlo?
Era imposible. El Registro Nacional de las Personas, institución insalubre por lo perimida, había puesto un máximo a la expedición de documentos por clonación: ocho. Salvo que fueran erres, ahí no había cupo. El número no dependía de nada que fuera científico, y únicamente sirvió para que Víctor perdiera un tiro a la ruleta. Los burócratas del Registro aconsejaban anotar a los hijos clones como clones. La impresión del dígito pulgar derecho era la misma y la foto idéntica, en el peor de los casos con edades distintas. Para ellos era algo sencillo, inclusive solían repetir huellas y fotos, acostumbrados a hacer todo bajo la ley del menor esfuerzo.
El problema, a lo sumo, lo tenía la policía. La Federal ya se había topado con el caso Morales. Los tres sospechosos tenían entrada en la Central, y eran unos calcos. ¿Quién de ellos había dejado sus huellas en el cadáver de Pedro Morales? Los testigos no servían. Los sospechosos se declararon inocentes. Los policías, confundidos, torturaron al hermano callado, mataron por la espalda en intento de fuga al que gritaba más y condenaron al del medio. El asesino apareció a los dos meses. No tenía ninguna relación con las huellas recolectadas.
Chiqui se apersonó a las once de la mañana en Mc Pollen Fritten, a exigir a Patrick la entrega de su hijo Víctor. Patrick y Mauro Sonrisa, disfrazados de payasos, estaban repartiendo golosinas a un grupo de niños carenciados. Contestaron que no sabían nada. Le entregaron un sobre que alguien había dejado para él. La letra era de Dolores, según palabras de Fernanda.
- ¿Quién es Dolores? –preguntó Chiqui.
- La novia de Víctor.
Chiqui fue a la policía: hizo la denuncia por secuestro de órganos, algo que estaba penado por la ley pero que nadie se atrevía a hacer, y se presentó en mi clínica en lugar de ir al hospital, acompañada por un suboficial. Abrió la puerta del consultorio como un huracán, cuando mis manos estaban tocando un privilegiado cuerpo de mujer, una clienta de treinta y cinco años que nunca estaba satisfecha con la educación que les daba a sus hijos clones, y siempre quería volver a intentarlo. Desde los veinticinco años que venía dando vueltas con lo mismo: ya tenía seis hijos. Después de cada parto, ella se sometía a una cirugía plástica que le servía para hacerse algunos retoques aquí o allí.
- ¡Te pesqué! –gritó Chiqui.
La clienta se vistió rápidamente. El suboficial se asomó detrás de Chiqui para no perderse ni un detalle del cuerpo semidesnudo. Después me quiso detener, acusado por Chiqui de haber tocado a mi paciente con la mano de acariciar más. Se la enseñé al suboficial, extendiendo los dedos. Él dijo:
- Lo que su marido tiene en la mano es un defecto, señora. No lo podemos arrestar por eso.
Los de seguridad los acompañaron a la salida. Chiqui llegó a casa y fue directo al botiquín. Se tomó dos Alplax con un vaso de orina –estaba en plena terapia alternativa-, para dormir el resto del fin de semana. Dejó el sobre para Víctor sobre la mesa de la cocina; Sergio entró y lo abrió. Si era para Víctor también era para él. Aunque, por las dudas, despegó el sobre con vapor. El horno no estaba para bollos. Leyó el poema de Dolores, buscó papel y lápiz y se puso a escribir. La maldad fue su musa. Hacia las cinco de la tarde, ya tenía lo siguiente:

“Me gustaba ese ojo
que miraba a su antojo.
El que te quedó es copia.
El otro ojo tenía… ¡voluntad propia!
Se notaba al mirarte la mirada
que ahora lleva tu hermano;
se notaba que era un ojo sano.
Uno de vidrio sería una cagada”.

Imitó la letra de Dolores.
La rima no era tan buena como la de ella, y eso que había tardado como cinco horas. En realidad, las únicas cosas que le gustaban del poema de Dolores eran la rima y la palabra tuerto del final. Aprovechó esa palabra para hacer otro:

“Tu visión implacable
se convirtió en mar muerto.
Y hoy todo el mundo dice:
¡Ahí va Víctor, el tuerto!”

Este poema no servía. Lo tachó. Ella no iba a ser tan cruel, de ninguna manera. También tachó en el anterior el verso completo que llevaba la palabra “cagada”, porque Dolores tampoco iba a ser capaz de escribir eso, y para poder sacar el otro verso tan horrible: “Se notaba al mirarte la mirada”. ¿Cómo hacía ella para rimar tan fácil? A los versos de Sergio siempre parecía que le sobraban letras.
El domingo se levantó más inspirado:

“¡Qué martirio!
Verte ayer con tus ojos hermosos
y verte hoy con un ojo de vidrio…

¡Qué delirio!
‘un Mc con queso, marche’,
y en la cara tener un puto parche”.

No, definitivamente se tenía que olvidar de las malas palabras. Y había que ver si a Víctor le alcanzaba, con su sueldo de Mc Pollen Fritten, para comprarse un ojo ortopédico. Si no, siempre le cabía la posibilidad de ponerse una bolita japonesa o un bolón de acero, onda Terminator. ¡Por lo que las mujeres lo iban a mirar!
Tenía que imitar más el estilo de Dolores, no solo la letra. Tenía que llegar al espíritu del asunto. Sergio se dio cuenta de que eso era visceral para el engaño, y corrigió trabajosamente el poema hasta convertirlo en el siguiente:

“¡Qué cosa tan rara!
Verte ayer con tus ojos tan bellos,
como si tu belleza dependiera de ellos…

¡Qué martirio!
Verte hoy con tu hueco en la cara
y mañana, tal vez, con un ojo de vidrio”.

Este era perfecto. Sergio Luis Borges. Ser poeta era fácil. Lo firmó con el nombre de ella, lo ensobró y dejó el sobre donde lo había encontrado.
Víctor leyó el poema el día lunes. Seguramente le dolió un poco, pero se imaginó lo que había pasado. Cuando se lo dijo a Dolores, en una de sus visitas al hospital, los dos rieron sin disimulo. Ella no demasiado, porque tenía los puntos y porque la que se reía, de las dos, era Sofi.
Aunque tampoco tuvo mucha oportunidad para reírse, porque antes de que se recuperaran del trasplante, los médicos informaron que Sofía había contraído leucemia mieloide, que es un cáncer de lento avance, pero fatal, de las células sanguíneas germinales. Había que hacerle quimioterapia. La leucemia, latente en el cuerpo de Sofi, se había desencadenado con la presencia de los medicamentos que le habían inyectado para que no rechazara el riñón. Había sido de un momento para el otro. Sofía tuvo que viajar de urgencia a la Capital.
- ¿Y no se puede hacer nada? –preguntó Víctor.
- Sí –dijo Dolores-. Un transplante de médula.
A Víctor se le vino el mundo abajo. Me vino a preguntar qué opinaba. Fui muy parco.
- Opino que lo tiene que hacer –dije.
- ¿Y es riesgoso?
- Es una operación –le contesté, para que no me siguiera preguntando.
Víctor estaba desorientado. Encontraba consuelo solo en Zulma, que lo aconsejaba en guaraní, mientras le acariciaba la cabeza.
Dolores regresó a Mc Pollen Fritten. Hablaba menos. Se había olvidado de escribir poesía. “Necesito que me pase algo bueno”, les dijo a todos, “algo fuerte, distinto”. Se movía por el local como una autómata. Sin paz.Tenía que decidirse pronto. Víctor no sabía cómo ayudarla

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6.01.2010

EL CORAZÓN DE DOLI / CAPÍTULO 4

—Tus células te han llevado hasta donde estás hoy. Una vez tuviste una sola. Pero ahora hay billones, cada una convirtiéndose en dos nuevas células lo suficientemente a menudo como para mantenerte vivo. Sin embargo, cualquiera de ellas podría causarte la muerte. Cualquiera puede romper filas y comenzar a reproducirse fuera de control...

El que hablaba era Paul Nurse, un científico del Fondo Imperial de Investigación del Cáncer, una institución benéfica de los Estados Unidos. Ponía cara de mago al decir sus verdades, moviendo hacia un lado o hacia el otro su bigote blanco. Sergio lo miraba tirado en el futón, con una Coca y una bandeja con sándwiches que Víctor le había preparado: queso, jamón crudo y una pizca de mostaza de Dijón entre rebanadas de pan negro untadas en manteca. A cada alocución del científico, Sergio agregaba “qué barbaridad”. Sergio estaba seguro de que un cáncer podía fabricarse en cualquier momento en que uno lo necesitara. Siempre ponía el ejemplo de un hombre acorralado por sus deudas, sin novia, sin padres ni amigos, sin trabajo y sin voluntad para darse una buena cortada en las venas. A ese tipo, el cáncer se le daba como una solución. Nunca lo discutí, porque sabía que era parte de su lógica de suicida inmóvil.
Víctor se había retirado a su habitación, después de pedirle permiso. Sergio le había dicho “tomate franco hasta mañana”. Algunas noches lo hacía quedarse de guardia, despierto, hasta horas avanzadas. Sergio ponía el despertador debajo de su almohada para verificar en mitad de la noche que Víctor siguiera allí, de pie en la habitación. Entonces le pedía un vaso de agua. Y Víctor tenía que traérselo.
Esa tarde, por suerte, Sergio estaba de buen humor. Eran las diecinueve y treinta. Víctor todavía no había llamado a Dolores. Se sentó sobre su colchón, a observar la foto con el número. Temblaba. La miró intuyendo qué hacer, pero con la duda instalada en la punta de sus dedos. Marcó el número en el teléfono. Víctor ya había visto las dos películas de terror que había en cartel: “Zombis del espacio” y “Scream 12”. La película, igualmente, era lo que menos importaba. —Hola —dijo ella.
—Hola —dijo Víctor.
—¿Quién habla?
—Víctor.
—¿Qué Víctor?
—El hermano de Sergio. El chico que conociste hoy en…
—Ah, sí, sí. ¿Qué tal?
—Bien.
—Pensé que ya no llamarías. La película empieza a las nueve.
—Habrá otra función después.
—Sí, pero mañana me tengo que levantar temprano.
—Ah.
—¿Y? ¿Puede o no puede?
—¿Quién?
—Tu hermano.
A Víctor se le hizo un nudo en la garganta. ¿Por qué era tan tímido? Un tonto. La convivencia diaria con los caprichos de Sergio lo había convertido en eso que era. Estaba petrificado. Algo tenía que hacer. “Aunque sea, pedirle autorización”, pensó.
—¿Y?
Quiso decir:
—Sergio no puede, pero yo sí.
Dijo:
—Sí, puede.
—Entonces a las ocho y media en la puerta del Maxi, para llegar a los avances. Voy a ir vestida de rojo. Adiós.
Cuando cortó, Víctor temblaba más que antes. Iba a engañar a su hermano por primera vez. Era peor que copiarse en la escuela, que mentirle a los padres, que robarse alguna propina de Mc Pollen Fritten. Era imperdonable. Intentó imaginar a Dolores con un vestido rojo. Eso le dio coraje.
Se puso una camisa celeste y un saco. Zapatos no, porque no tenía. Abrió la puerta. La televisión seguía encendida. En estudios, Nurse hablaba con una mujer de unos cincuenta años.
—Trato de no quedarme estancada en ninguna costumbre —decía la mujer.
—Las rutinas te envejecen —opinaba Nurse.
—Te vuelven inflexible.
—Te cristalizan.
Sergio tenía los ojos cerrados. El vaso y la bandeja estaban vacíos sobre la mesita ratona. Víctor salió de su cuarto caminando en puntas de pie. Casi al pasar la puerta, oyó la voz de Sergio.
—¿Adónde vas así vestido?
—¿Vestido cómo? —dijo Víctor, sin volverse.
—De saco.
Víctor dio vuelta la cabeza. Sin mirarlo a los ojos, dijo:
—Al cine.
Sergio se contuvo un instante.
—¿Ya está lista mi ropa para mañana? —preguntó, al fin.
—Sí.
—Me parece que los zapatos están sin lustrar.
—Los lustré hace un rato.
—Están sin brillo.
—¡Los lustré!
—Lo hiciste mal, entonces. Lustralos de nuevo. Y fijate, también, la camisa.
—¿Qué pasa con la camisa?
—Andá y fijate.
Víctor fue hasta donde estaba la camisa y se la trajo: estaba planchada.
—¿A ver? —dijo Sergio, y la arrugó. Tiró el bollo sobre el televisor—. No estaba, viste. A planchar.
Víctor enchufó la plancha, que aún no se había terminado de enfriar. Puso una frazada sobre la mesa. Roció la camisa con agua. Fue a buscar los zapatos y la caja de lustrar. Empezó a pasarles pomada con un trapo. La pomada opacaba el brillo del cuero recién lustrado.
—¿Y con quién vas?
Por la televisión pasaban el aviso de la clínica reprogenética de prodigios Silver, de Bahía Blanca:
—¿Qué hay sobre los costos? —se preguntaba el locutor—¿Sería excesivo pagar treinta mil dólares para asegurar que un niño nacerá más sabio, más apto para competir en el mundo? Frecuentemente los padres gastan el triple de dinero en un período de cinco años para proporcionar al niño una educación superior. ¿Cuál es el sentido de este gasto? Incrementar las posibilidades de que sus hijos sean más capaces de lograr el éxito y la felicidad. Si ustedes, padres, están dispuestos a gastar dinero después del nacimiento —sin una garantía de retorno de su inversión—, ¿por qué no hacerlo antes?
—Solo —dijo Víctor.
—Una mamá desea el servicio reprogenético de prodigios: Lee M. Silver estará allí para proporcionárselo llamando al 0291…
—¿Para ir solo te pusiste saco?
La cara de Silver era pura convicción.
—Sí.
—Sacátelo —dijo Sergio.
—¿Por qué?
—Porque hoy quiero irme a dormir con saco. Con ese saco estúpido.
—¿Y me prestás otro?
—No.
Víctor se lo quitó.
—Planchalo también.
—Los sacos se planchan con máquina.
—No me importa.
—¿Para qué lo querés planchado si lo vas a usar para dormir?
—Es problema mío.
Víctor terminó de doblar la camisa y puso el saco sobre la frazada. Le planchó las solapas y los bolsillos. Lo colgó de una percha. Se arrodilló para lustrar los zapatos.
—Ya está —dijo, cuando terminó.
—Llevate todo —dijo Sergio, señalando la bandeja y el vaso —. Y quiero cerveza. Helada.
Víctor pasó por la cocina. Chiqui, que estaba en camisón, lo vio y le hizo lavar los platos. Era una pila enorme. Víctor lo hizo rápidamente. Abrió la heladera. Se habían acabado las cervezas. El reloj marcaba las ocho y cinco. Le sirvió un vaso de agua fría.
—¿Qué es esto? —gritó Sergio—. ¿Agua es igual a cerveza?
—No había. ¿Querés que te vaya a comprar una lata?
Sergio se estiró en el futón, de mala cara. Tardó cinco minutos en contestar. Durante ese tiempo recorrió los ciento ochenta canales del cable.
—Si querés, voy.
Sergio bostezó.
—No quiero nada —dijo.
Víctor fue por un pulóver que tenía parches en los codos. Se lo puso. Eran las ocho y cuarto. Salió corriendo. Al bajar las escaleras, Chiqui había dicho “Ah, Víctor…”, pero él no la dejó terminar.
Las calles estaban repletas de publicidades que Víctor no reconocía. No mirar televisión convierte la ciudad de uno en un paisaje extraño. Leía Talía, Mena, Bitur, Nanis, veía sus caras alegres en los afiches, sus sonrisas, sin saber quiénes eran, qué vendían, qué tenían para dar. Víctor las pasó corriendo. Solamente se detuvo a mirar la quiniela vespertina en un negocio de ruletas. Otra vez había perdido, otra vez no iba a ser un príncipe.
Llegó al Maxi sudado. Dolores se había atado el pelo: tenía el cuello largo y delgado, como de porcelana, y el vestido rojo le dejaba los hombros al descubierto. Cuando lo vio llegar se acomodó la chalina, y los hombros quedaron tapados. Traía una pequeña cartera de cuero ecológico. El ruedo del vestido tenía una terminación en gasa que dejaba ver sus rodillas. Parecían nueces.
—¿No tenías coche?
—Está en el taller.
Le dio un beso en la mejilla. El perfume también tenía olor a nuez.
—¿Entramos?
—Claro.
Víctor fue a comprar los tickets. La película no era de terror, sino de amor.
—Espero que no te importe —dijo ella.
—No.
Compró también un cartucho de pochoclo. Ella tenía una bolsa de caramelos Media Hora.
—¿Cómo supiste? —dijo él—. ¡Me gustan mucho!
—A mí también.
Se sentaron por mitad de la sala. En el noticiero, un chino se quejaba a una reportera de rulos:
—Nuestra población se alimenta con este arroz súper híbrido desde hace cinco décadas. Lo mismo el maíz, que Craig Venter nos viene ahora a vender. Ese recurso lo explotamos desde el 82. También desarrollamos biocombustibles, un detector gaseoso de polución en el medio ambiente, mecanismos para restaurar microsistemas y para revertir automáticamente la contaminación tóxica en ríos y lagos. Lo hemos hecho en Saigón, en Pekín. Sin ayuda de los yanquis, señorita. Nosotros lo hicimos primero.
Dolores se llevó a la boca un poco de pochoclo y le pasó el cartucho. Se quitó la chalina. Él, que estaba pelando caramelos —para Víctor los caramelos Media Hora eran algo así como una droga irresistible— pudo ver nuevamente, furtivamente, el bretel, y la pera torneada del hombro de Dolores. La luz de la película hacía una sombra sutil en el escote rojo que subía y bajaba por la respiración. Ella alargó su mano y él tardó en darse cuenta de que era para que le devolviera los pochoclos.
—Este avance científico de principio de siglo es comparable al descubrimiento de las leyes de Mendel del comienzo de siglo anterior, pero lo hicimos nosotros, no los yanquis. Esa estúpida foto en la que Venter, Collins, Clinton y Blair se abrazan… Da alergia.
—¿Alergia?
—dijo la reportera.
—Alergia. Creo firmemente en el nacionalismo —dijo el chino, y miró repentinamente a cámara—. Por eso, si estuviera en el país de ustedes, compraría en Coto, supermercados argentinos para los argentinos.
Alguien chifló. La reportera decidió pasar al tema del racismo. Le preguntó al chino, que se llamaba Kil Fukuyama, si no tenía miedo de que sucediera como en la época del Tercer Reich, en la que se buscó limpiar la raza aria con ingeniería genética.
—El concepto de raza no tiene fundamento genético —dijo el chino—. Es imposible afirmar a partir de un genoma la condición étnica de una persona.
—Tal vez no sea tan cierto —opinó Víctor.
Dolores le preguntó por qué, con la boca llena de pochoclo.
—También decían lo mismo del alcoholismo, hubo científicos que…
—Shhh, shhh.
Víctor bajó la voz. Ella comía pochoclo como si en lugar de boca tuviera un pico.
—Después te cuento.
—Bueno, Sergio —dijo ella.
Él se quedó duro. Se estaba haciendo pasar por su hermano, aunque Sergio jamás hablaría de genomas. ¿De qué hablaba Sergio? De dinero, de sexo, de autos, de puros, de tragos, de fútbol, de televisión. Todos esos temas eran prácticamente desconocidos para Víctor. Él casi no tenía dinero; ni tarjetas de crédito, ni cuentas en los bancos. Por otro lado era virgen, así que hablar de sexo… bien. ¿Autos, puros, tragos, fútbol, televisión? El mundo de Sergio era el mundo que la sociedad esperaba de un hombre, al menos por lo que las revistas de hombres revelaban como los temas concernientes al género. A Víctor no le interesaban esos temas. Siempre le había gustado leer, un poquito escribir, caminar por la playa, remar, jugar a la quiniela y al Loto, comer las hamburguesas de Mc Pollen Fritten. Siempre había pensado que estaba más cerca de las revistas femeninas que de las masculinas, con sus horóscopos, sus cuentos semanales, sus investigaciones seudocientíficas en el campo de la genética. Dolores le pasó lo que quedaba de pochoclo. No quería más. La película estaba a punto de empezar. Los carteles la revelaban como romántica; por las imágenes, era cómica. Título: “Mis dobles, mi mujer y yo”. Actor: Michael Keaton. El acomodador alumbró con la linterna sobre los pies de ella. Sandalias; más tiritas. Iguales a los breteles, pero de cuero.
—Permiso…
Los pies eran delgados y blancos. Dolores los mantuvo juntos mientras la pareja pasó.
—Disculpen…
La chica era muy petisa y él era un amigo de Sergio. Víctor se sobresaltó. Iba a reconocerlo en cuanto encendieran la luz. Por el pulóver viejo, por las zapatillas, por venir sin el auto. Sergio jamás iba al cine. Víctor se tapó la cara con la mano, esperando no ser descubierto en la penumbra. Ese individuo era capaz de gritar “¡Sergio, aquí, aquí!”, hasta verle alguno de los detalles reveladores. La gente volvería a hacer “¡shhh!”, y él a callarse, después de un desilusionado “Sergio jamás saldría en zapatillas”.
Inclinó lentamente la frente hacia adelante, conservando la visión de los pies de Dolores. Ella también se inclinó para mirárselos; después buscó los ojos de Víctor. El acomodador apuntó con la linterna para que vieran mejor, por si habían perdido algo. El círculo de luz trepó por el brazo izquierdo de ella, desde la mano que verificaba las hebillas abrochadas en sus sandalias, hasta el hombro. El vestido rojo hizo un globo y, por debajo de la axila depilada, Víctor pudo ver un pecho blanco. Fue de costado, fue un segundo en el que él se tiró hacia atrás en el asiento; le pareció que la visión alcanzaba hasta la punta rosada, el costadito de esa rosa. El cartucho de pochoclo se le resbaló de las manos. Dolores apartó los pies. Los pochoclos acaramelados se desparramaron sobre la alfombra del cine.
—Uf.
Ella lo miró como diciéndole “no puede ser que los hayas tirado al piso”. Víctor tenía una erección. La novia del amigo de su hermano se removió en el asiento para ver qué pasaba a su lado.
—Vamos —dijo Víctor.
Agarró a Dolores de la mano y se la llevó a la entrada. Iba adelante, para que ella no descubriera el bulto en su pantalón.
—¿Qué pasa?
—Busquemos un asiento por el fondo.
—¡Shhh!
Se sentaron en la última fila, entre dos parejas que se estaban besando. Una vez allí, Víctor pensó que había escogido el peor lugar. Qué iría a suponer Dolores si la sacaban repentinamente de una ubicación privilegiada para arrastrarla a ese pullman del amor que eran los últimos asientos. El chico del lado de Víctor estaba metiendo la mano en el corpiño de su chica; ella, en la bragueta de él. La pareja del costado de Dolores era aun más fogosa, como un dúo de contorsionistas amigables que, además, jadeaban.
—No entiendo por qué nos cambiamos.
—Para no pisar el pochoclo.
—¡Se pueden callar ahí atrás!
—Ahhh —gimió la vecina de Dolores.
La película, además, no ayudaba. Era una comedia americana antiquísima sobre la clonación, en la que imaginaban que clonar era como fotocopiar: el clon nacía con la edad del original, aunque fueran adultos. Un disparate.
—Mejor vamos —dijo Dolores.
Salieron agarrados de la mano. Ella no se había dado cuenta de que nunca se habían soltado, desde que se pasaron de asiento. Tenía un pochoclo pegado en la sandalia. Recogió una pierna haciendo equilibrio sobre la otra, se inclinó levemente y se lo despegó de la tirita. La mano de Víctor estaba transpirada. El acomodador se acercó para preguntarles si querían más pochoclo.
Dolores ya se había puesto la chalina. Salieron a la calle.
—¿Vamos a tomar algo?
—Bueno —dijo ella.
Fueron a dos o tres lugares que estaban atestados de gente. Víctor se imaginó a su hermano recibiendo de alguien la noticia, que podía ser dada de dos maneras:
—¿Qué tal el clonazo de Vic, así que ya lo dejás salir con minas?
O:
—¿Qué hacías ayer a la noche en el Maxi disfrazado de pobre y acompañando a una mesera del Mc Fritten, esa que tiene cara de sonsa?
La noche estaba cubierta de estrellas y el mar quedaba a dos cuadras. Dolores dijo:
—¿Y si compramos una botella de vino y la vamos a tomar a la playa?
—Buena idea.
Compraron una botella de San Felipe en un kiosco. Cuando pasaron por enfrente de Mc Pollen Fritten, Dolores tocó en el vidrio: su amiga de la sonrisa operada estaba limpiando. Lloraba mientras sonreía; pasaba el trapo. Ninguno de los empleados sabía cuál era su aflicción. Tal vez fuera repuesto de órganos de alguien horrible, más que Sergio, más que otros casos que Víctor conocía. La amiga le hizo una seña para que fueran por la puerta de servicio, que quedaba detrás del local.
—Hola, Fer.
—Hola, Do.
—¿Me darías un par de vasos?
—Sí.
—También abrime la botella.
Esperaron afuera. Al cabo de dos minutos, ella volvió con el pedido. Había vuelto a poner el corcho, apenas tapado, para que no se les volcara.
—Salud —dijo, y le guiñó un ojo brillante de lágrimas. La sonrisa ortopédica la volvía graciosa al lloriquear.
En la playa había un bote de madera amarrado a un poste. La gente lo alquilaba, de día, para pasear. Muchas veces Víctor había llevado a Sergio, a Chiqui. El mar estaba planchado. Antes de servir el vino, le preguntó a Dolores si quería ir.
—No está el señor —dijo ella.
—Lo tomamos prestado por un rato.
—¿Te parece?
—Sí.
Se acercaron. La amarra del bote era una cadena, y tenía puesto el candado. Víctor miró a su alrededor: estaban solos. Sacó su llavero del bolsillo del pantalón. Del llavero colgaba un juego de ganzúas.
—Vamos a ver si tenemos suerte… —dijo, como si nunca antes lo hubiera hecho. Ella se puso nerviosa.
—Mirá si nos pescan…
—¿Quién?
—El dueño.
—Es un conocido mío. No te preocupes.
El candado hizo “clac”. Víctor apartó la cadena. Se descalzó. Dolores se quitó las sandalias y, disimuladamente, las medias de nylon, en el momento en que él se arremangaba los pantalones. Le preguntó de dónde había sacado las ganzúas.
- Me las regaló el botero, que aprendió a usarlas en prisión.
- Darte las llaves hubiera sido mucho más práctico.
Acomodaron las sandalias y las zapatillas debajo de un asiento. Víctor había metido una media adentro de cada zapatilla; Dolores se guardó las suyas en la cartera. Subieron el vino y los vasos. Él la ayudó a sentarse. Empujó el bote. “Chac, chac”, hacía el agua, contra el casco de madera. Víctor pasó la rompiente con maestría, apenas salpicándole la chalina. Puso un pie adentro y dio un empujón con todo el cuerpo, para terminar de subir.
—Te empapaste —dijo ella, indicándole los bajos arremangados del pantalón.
—No importa.
Ubicó los remos en los toletes. Dio las primeras remadas con energía. El bote se internó en el mar.
—¿Vamos muy lejos?
—¿Sabés nadar?
—Sí, pero el vestido es nuevo.
Víctor sonrió.
—No va a pasar nada —dijo, y agregó—: Cien metros más.
Cuando dejó de remar, todavía se distinguían los carteles sobre la playa. Él sabía que si no podía leer el cartel más grande, uno con una propaganda permanente de mermeladas, había pasado los trescientos metros. Lo sabía desde una vez que lo habíamos medido con una cuerda. Yo les enseñé a remar y a ubicarse dentro del mar, para saber si el barco seguía anclado, o no. Solo Víctor aprendió. El fondo de La Magdalena es rocoso, pasando la franja de arena. Víctor buscó el cabo con el gancho que hacía de ancla. Lo tiró por la borda. Dejó que el gancho se hundiera en el agua negra. Cuando hizo tope, tiró del cabo con fuerza: habían fondeado. Le dio dos vueltas sobre el pasador de proa. Sacó los remos y los acomodó paralelamente al bote, agarrados por los soportes de babor y estribor. Miró hacia la costa.
—Hay que ubicar dos puntos en fila —dijo, explicándole lo que estaba haciendo—, para ver si nos movemos o seguimos anclados. Un punto tiene que estar más adelante, por ejemplo el poste de luz del muelle, y el otro punto más atrás: el último parante del cartel de las mermeladas. Si los puntos se mantienen en fila o casi en fila, quiere decir que estamos quietos. Si los puntos se desalinean, que zarpamos y estamos a la deriva.
Ella no entendió la explicación.
—Vos te ocupás —le dijo—. ¿Querés vino?
—Sí.
Bebieron en silencio. El movimiento del mar producía un entrecortado y sutil balanceo, muy suave. El agua golpeaba sobre las maderas del fondo con ruido a trotecito. La luna estaba blanca como un pochoclo.
—¿Tenés frío?
—Mínimo.
Víctor se quitó el pulóver y se lo dio. Dolores se lo puso primero sobre la chalina, después se metió adentro. Las mangas le quedaban largas.
—Qué película estúpida —dijo, al fin.
—Sí.
Víctor no sabía de qué hablar. Miraba el horizonte y escuchaba el chapoteo en silencio.
—¿Te gusta la oscuridad? —preguntó ella.
—Sí, si estoy acompañado —se animó él.
Dolores se sirvió otra copa. Víctor le preguntó si no se mareaba.
—¿Por el vino?
—Por el rolido. Este vaivén…
—No —dijo Dolores—. Es lindo.
Víctor volvió a verificar la tirantez del cabo fondeado y la distancia a la playa. La Magdalena era una cercana cinta de luces.
—Allá está mi casa —indicó.
—Ah.
Desde la costa les llegaba música de bailanta.
—A veces vamos a pescar con mi hermano… —dijo él.
—¿Con Víctor?
—Sí —se apuró a decir.
Ella tuvo un escalofrío y llenó de nuevo las copas. Le puso el tapón a la botella y la acomodó debajo de su asiento, entre lo que quedaba de cabo enrollado.
—Feo nombre, Víctor —dijo.
Él se puso rojo de vergüenza. Cabeceó antes de contestar.
—Se lo puso Chiqui, nuestra madre, por Frankenstein. Pensaba que Frankenstein era el monstruo.
—Y es el doctor, ja, ja.
—Sí.
—Entonces me gusta —dijo ella.
Víctor se animó a más.
—¿Vos te llamás Dolores por alguna cosa en especial? —cuando pensó en el significado del nombre, se arrepintió de haber hecho una pregunta tan tonta.
—No… —respondió ella. Dudó—: Bueno, sí. Me lo puso mi hermana Sofi, que de chiquitita lloraba mucho. A los tres años.
—¿Y hasta los tres años no tuviste nombre?
—Nací cuando Sofía tenía tres años.
—Pensé que eran gemelas.
—Somos re-parecidas, pero yo soy tres años más chica. No se nota porque trabajo mucho, y trabajar envejece. Sofi no se mueve tanto porque es muy delicada de salud. Pasa en cama gran parte del día. ¿De dónde sacaste que éramos gemelas?
Él lo tuvo que pensar.
—Me lo dijo Víctor.
—Parece un buen chico.
—¿Quién?
—Víctor.
—Sí. Es muy buen hermano —agregó.
—¿Y qué pescan?
—Besugos o corvinas. Salimos con este bote, o con uno de goma que hay en casa.
—¿De día?
—De noche.
Dolores estiró las piernas. Uno de sus pies rozó un pie de él. Estaba helado.
—Debe ser raro tener un hermano donante, ¿no?
Víctor levantó los hombros.
—Debe ser muy cruel para él —agregó ella.
—No, es común: muchos padres tienen un segundo hijo solamente para que le haga compañía al primero, para no tener un hijo único. Tu mamá tal vez te haya tenido por esa razón. ¿Son más hermanos?
—No.
—¿Ves? ¿Es mejor tener otro bebé para darle un compañero de juegos al primer hijo, o tener uno para salvarle la vida al primer hijo? Da para pensarlo, ¿eh?
—No lo veo tan así.
—Es una cuestión de amor.
—No me parece demasiado amoroso. Ni ético.
—¡Qué razón más ética que salvar una vida! Qué cosas no haría una madre por salvar a un hijo… Las mismas cosas que haría un buen hermano.
Dolores sorbió un poco de vino del vaso.
—¿Y vos le donarías un órgano a tu hermano?
—¿Vos no?
Ella jugó con su pie izquierdo sobre una de las sandalias.
—Tal vez —dijo.
Después apresó entre sus pies la base de la botella. Apoyó ambas manos sobre el asiento de madera, tiró la cabeza hacia atrás y agregó:
—Tal vez no.
El cuello se le unía a las clavículas con la perfección de un violín. El escote del pulóver de Víctor estaba tan deformado que permitía ver eso y parte de la chalina.
—Mirá si el órgano a clonar es vital… ¿No te daría lástima tu hermano?
Dolores había hecho la pregunta sin mirarlo.
—La mayoría de las veces no lo son —dijo Víctor.
—Pero imaginate que lo fuera… ¿No te daría lástima, pobre?
Víctor apoyó el vaso vacío sobre la tabla del asiento. Miró hacia las estrellas.
—Supongo que está para eso —dijo.
—Pero moriría en la operación…
Víctor esperó a que Dolores lo mirara, para decir:
—Yo estaría orgulloso de morir por mi hermano.
Se le puso la piel de gallina. Dolores se dio cuenta.
—¿Te está dando frío? —preguntó.
—Un poco.
—¿Querés que te devuelva el pulóver?
—No. Si no te molesta, puedo remar.
—Bueno —dijo ella.
Víctor tiró del cabo hasta que el ancla zarpó. El bote zigzagueó varios metros y dio una vuelta completa, bajo la energía de esos tirones. Dolores miraba hacia el horizonte. Víctor subió el ancla a bordo, recogiendo prolijamente el cabo. Después la volvió a ubicar debajo del asiento. La primera palada los salpicó.
—¿Es cierto que sos amigo de las trillizas de plástico?
—Mi papá las operó. Tiene una clínica.
—¿De cirugía?
—No, la de los altos.
Dolores abrió grandes los ojos.
—Guau —dijo—. Serán ricos, entonces…
—No tanto.
Los remos entraban y salían del agua con mesura; chorreantes, suaves. La espalda de Víctor, muy recta, se inclinaba hacia atrás y regresaba. El movimiento era armónico y delicado, como una especie de danza.
—¿Por eso te interesan tanto los genomas?
—Puede ser —contestó Víctor.
—¿No estamos muy lejos?
—No, mirá el cartel… Todavía se lee el nombre de la mermelada… ¿Querés salir?
Ella sirvió otros dos vasos por la mitad. Tomó un vaso en cada mano y sostuvo la botella apretada entre los muslos. Alrededor de la botella, el vestido le hacía una herradura sedosa. Tenía la piel más blanca que la luna. No le quedaba mano libre para poner el corcho, que se cayó, del asiento, al piso.
—¿Coto es cliente de tu papá?
—Claro.
Dolores estaba pendiente de la distancia a la costa.
—¿Y tu papá?
—¿Qué?
—¿Qué piensa de Víctor?
—No dice mucho.
—¿Pero le parece bien, eso de los donantes de repuesto?
Había empezado a levantarse una brisa. La corriente arrastraba el bote hacia afuera; para mantenerlo en línea Víctor tenía que dar dos paladas del lado de la orilla por cada palada que daba del lado del horizonte.
—Vivimos de eso —dijo.
Ya no quería hablar del tema. No sabía por qué estaba allí bajo otro nombre, no sabía por qué había mentido. Toda la noche, a Dolores, a su hermano. No sabía mentir. Le dolía hacerlo. ¡Hubiera sido tan sencillo decir la verdad! Aunque más no fuera, a ella. Tenía deliciosas rodillas de nuez, manos finas y cuello de porcelana, estilizado como un jarrón. Y aquellos pies… se moría por acariciar esos tobillitos. Viró el bote hacia la orilla. En veinte remadas iban a estar afuera.
Dolores levantó el corcho entre los dedos de un pie hasta dejarlo apoyado en su asiento, lo atrapó entre el meñique y el anular de la mano derecha, debajo del vaso que estaba más vacío, agarró el corcho con los labios y lo embocó, haciendo fuerza con los dientes, sobre el pico de la botella.
—¿Salimos?
—Sí —dijo Víctor.
Maniobró para montarse en una ola que los sacó del mar con una limpieza de crupier. Víctor había levantado los remos. Tenía la cara mirando hacia el cielo. La arena de la orilla raspó la quilla del bote.
—Mañana voy a jugarle al veintiocho.
—¿Por qué?
—Por las estrellas.
Se bajó y tiró de la roda de proa, arrastrando el bote hasta que se estancó. Ella descendió haciendo equilibrio. En las manos llevaba la botella tapada. Había puesto los dos vasos vacíos uno adentro del otro, boca abajo sobre el pico.
—¿Te tomaste mi vino?
—Sí —dijo Dolores.
Víctor arrastró el bote hasta el poste. Dejó los remos cruzados en el interior; pasó la cadena entre la anilla y los toletes, le dio dos vueltas sobre el amarre y cerró el candado. Cuando bajó sus zapatillas, ella ya se había puesto las sandalias.
—Me gustan los juegos de azar porque creo en la inevitabilidad del universo —dijo él.
Dolores se agachó para abrocharse las hebillas. Víctor siguió hablando.
—Somos un accidente de la naturaleza. Con el más sutil cambio de viento en el comienzo de los tiempos, cualquier otro animal se hubiera ganado la lotería de ser el primate. Si el meteorito que chocó contra la Tierra el día en que se extinguieron los dinosaurios hubiera recibido una brisa como la que recién me desviaba el bote, los Tiranosaurios nos estarían comiendo hoy con el vermouth.
—Tenían un cerebro muy chico… —dijo Dolores.
—No más chico que el de los humanos —Víctor se calzó—. Una vez que la primera célula ocupó su lugar, la evolución de los seres humanos fue inevitable. Los científicos concuerdan en eso. Yo hablo del minuto anterior.
—Y si tuviste la suerte de llegar hasta esta playa conmigo, y de remar en esta noche hermosa… —siguió Dolores, poniéndose de rodillas delante de su cuerpo—, cómo no ganar la lotería, ¿no?
—Exacto —dijo Víctor. El calor de la satisfacción le llenó el cuerpo. Dolores se sacó el pulóver.
—Dejatelo, vas a tener frío. Cambió el viento...
—Está bien —dijo ella—, mirate vos.
—¿Qué, cómo estoy?
Dolores le tocó los brazos. Tenía la piel erizada.
Víctor le hizo caso y se puso el pulóver, aunque prefería las manitos de ella ahí. Cuando la cabeza le asomó por el escote, Dolores ya tenía la cara cerca. La sorpresa fue un beso suspendido sobre sus labios con una importancia tal que el ADN, la crioconservación, las microbacterias, lo transgénico, el nacimiento de la humanidad y los estados de conciencia fueron comparativamente una minucia, un grano más de sal soltado en aquel mar. Víctor sintió el recuerdo de todos y cada uno de los genes del proceso evolutivo que lo había transportado hasta ahí, hasta esa playa en esa compañía, desde la más oscura noche de los tiempos. Descubrió, solamente en ese primer beso, el calor verdadero de la memoria del amor. La que habíamos tenido sus padres, sus abuelos, bisabuelos y tatarabuelos. Apretó a Dolores contra su cuerpo. Ella hundió la lengua en la boca mojada y le clavó la rodilla en la cintura, cuando empezaron a rodar por la playa.
Si yo hubiera sido capaz de abandonar la superficie del planeta en esa noche, habría visto que todos los organismos del mundo estaban en contacto físico, que no era una cosa solo entre Víctor y Dolores, porque los organismos del mundo siempre están en contacto, ya sea a través de sus aguas superficiales o de la atmósfera. Desde aquella estrella, por ejemplo, la Tierra sería un punto, simplemente simbiosis de todo. Pura unión entre los hombres.
Y si yo, salvando la barrera del tiempo y el espacio, hubiera sido capaz de visitar esa playa a esa hora, al costado de aquel barco, entre una arena húmeda y un pulóver roído, habría pensado que acá era igual que desde arriba, y me habría percatado de que las cosas no están realmente unidas por aguas o gases, sino por verdadero amor, por la pasión más pura. La hipótesis habría cerrado, porque aquellos órganos galopantes, afiebrados, agradecidos, se retorcieron, abrieron y encajaron; segregaron fluidos; fricción, calor. Y Dolores perdió las sandalias y la bombacha, y Víctor perdió la virginidad. Los dos tenían sonrisas en las caras; ella por primera vez en su vida. La botella de vino estaba volcada.
—Tengo que contarte una cosa —dijo Víctor.
El cielo continuaba suspendido sobre sus cabezas, piadoso e inmóvil.
—Shhh —dijo ella, como les habían hecho los del cine. Peló un caramelo Media Hora.
—Es importante.
Dolores suspiró, vaciando sus pulmones. Dejó filtrar arena entre sus dedos. Soltó el envoltorio del caramelo.
—Nada es más importante que una estrella, Víctor —dijo.

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Gustavo Nielsen nació en Buenos Aires, en 1962. Es arquitecto y escritor. Como arquitecto ha realizado obras en Capital, Buenos Aires, Córdoba, San Luis y Montevideo. Desde 2008 comparte el Galpón Estudio en el barrio de Chacarita junto a los arquitectos Ramiro Gallardo y Max Zolkwer. Ha ganado el Tercer Premio para el Parque Lineal del Sur (asociado a Max Zolkwer), el Primer Premio para el Oasis Urbano Magaldi Unamuno, Tercer Premio Cenotafio Las Heras y Mención en el Oasis Boedo (asociado a Max Zolkwer y Ramiro Gallardo), Mención en el MPAC (asociado a Sebastián Marsiglia), Mención en el Pabellón Frankfurt 2010 (asociado a Max Zolkwer y a Sebastián Marsiglia) y Primer Premio en el concurso internacional para el Monumento a las Víctimas del Holocausto Judío (también asociado a Sebastián Marsiglia). Escribe notas sobre ciudad y diseño en el suplemento Radar, de Página 12. Ha publicado “Playa quemada” (cuentos, Alfaguara), “ La flor azteca” (novela, Planeta), “El amor enfermo” (novela, Alfaguara), “Marvin”, (cuentos, Alfaguara, "Auschwitz" (novela, Alfaguara)y “Adiós, Bob” (cuentos, Klizkowsky Publisher) , “Playa quemada” (cuentos, Interzona), “La fe ciega” (cuentos, Páginas de Espuma, Madrid), “El corazón de Doli” (novela, El Ateneo) y “La otra playa” (novela, Premio Clarín Alfaguara 2010).

gesnil@gmail.com

IL FIORE AZTECO / PRIMA PARTE
EL SOL SE ALEJA DE LA TIERRA
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