EL AMOR ENFERMO / CAPÍTULO NUEVE
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2.04.2013EL AMOR ENFERMO / CAPÍTULO NUEVE
A las dos cuadras estaba empapado. La lluvia había
crecido y Saravia había intentado guarecerse primero bajo un toldo, después
bajo una marquesina. El agua lo había calado, de todas maneras. Las solapas de
su saco estaban levantadas; Saravia se deshizo el nudo de la corbata roja a
lunares blancos, la enrolló y se la guardó en el bolsillo del pantalón, para no
estropearla. El sonido de la lluvia le barría las voces de la cabeza, o al
menos las atenuaba. Su mano izquierda estaba cerrada y adentro del bolsillo,
para protegerla del agua. Tenía el teléfono de Cristina. Lo habría conseguido
aunque hubiera tenido que jugar, rengo, otro partido. "Qué horrible
deporte", pensó. ¿Qué nuevos ecos le traía la ciudad? "Se largó, te
dije", oyó, y un cerrar de ventanas. "Mala leche, me dejé el paraguas
en lo de Mónica; ahora qué le digo a Marta", reflexionaba una voz
masculina suave, ¿a qué distancia de Saravia? "Chap chap", bailaba un
perro en el charco del cordón de alguna vereda perdida. Ese pitido corto y leve
podía ser un pájaro entonando a decenas de metros de allí. ¿Adónde estaba?
"Malditos taxis", pensó.
La lluvia removía las hojas de un fresno que no estaba
plantado en esa calle. Chicas nerviosas, perseguidas por sombras, hacían
tintinear sus llaves en cerraduras de departamentos vacíos, varios pisos más
arriba de esa marquesina. El agua venía
desde todos los costados, se arremolinaba en el viento, inflaba un toldo para
arrancarlo y volar. Saravia apuró el paso. Una luz de neón, a media cuadra, apagaba
con un chistido su anuncio de "empanadas y vino". ¿Qué hora era? ¿Qué
calles eran ésas? Buscó, en vano, un cartel. El silbato de un policía, tal vez
al doblar la esquina, tal vez en otro barrio, detenía un coche. Saravia comenzó
a correr. El zapato mojado le ablandaba el dolor, aunque no tanto. Si
continuaba así, mañana iba a estar el día entero adentro de la cama.
Recuperándose del pie, del resfrío, del cansancio. "Me encanta que llueva
al lado tuyo", dijo una mujer que Saravia no pudo ver. La voz de un niño
le contestó "a mí no". Un joven orinaba contra una pared. Todo
chorreaba por la lluvia, todo seguía mojándose, pero el pis sonaba diferente al
resto de las gotas. Tal vez no fuera joven, sino viejo. Saravia podía oír aún
la presión de sus manos mojadas enganchando los botones de la bragueta. ¿O se
estaría sacando tierra de las uñas? Alguien bostezó al aire húmedo, quizás un
croto durmiendo delante de una puerta. Saravia oyó la sirena del tren; el
chirrido de las maderas de un puente y la bocina sobre el agua de un taxi que
le señalaba que iba libre, acompañada de un guiño de luces. Lo paró. Abrió la
puerta. El chofer tenía la cara llena de marcas, como un pescador viejo.
- ¿Adónde? -preguntó.
- No sé -dijo Saravia.
El chofer no arrancó. Bajó la bandera.
- Tiene que indicarme un lugar -dijo. Encendió la luz de
la cabina. Entre las marcas de su cara había heridas mal cicatrizadas y
arrugas.
- Apague esa luz -ordenó Saravia-, y tome por la
autopista en dirección al centro.
Saravia abrió la ventanilla. El viento y el agua pegaron
en su cara. El hombre de las cicatrices lo miraba desde el espejo. No podía
imaginarse lo que le pasaba a Saravia, lo que estaba destinado a oír, los
retazos y retazos de conversaciones lejanas, de frases incompletas cosechadas
de otros autos, de ventanas de dormitorios abiertos, de camas desconocidas, de
cogidas feroces, de palabras felices, de frases hechas, de pensamientos dichos
en voz alta. Las felicitaciones se entrelazaban al vuelo con una puteada
adolescente, que a su vez se unía al reto de una madre preocupada, que a su vez
estaba encadenado a un "te quiero" dicho por un mentiroso o por un
enamorado, que a su vez se sumaba a otra voz que exigía la entrega del dinero,
del reloj de oro, o pedía "mozo, otra cerveza light para mi tía", o
"entremé los canarios, Maricarmen", o "está fría; se te
enfrió", o "Miauuuuuu", o "José, miráme cuando te
hablo", o "tuuuuuuuuuuu - tut", o "malandras, son".
"Perdonemé don Mario lo que dejastes ir lo dejastes ir de nuevo no hay
plata si desobedecés a tu madre te quedás sin postre que rico culo es el de la
vecina de abajo no usa ropa interior UAAAAAA me bajó me bajó qué alegrón la
reglamentación del consorcio hay más noticias para este boletín Buenos
Aires".
Saravia se reía a carcajadas, y el hombre de la cara de
mapa lo miró preguntándose si no sería un enfermo mental y para qué lo habría
subido, preguntándose si tendría dinero para pagar el viaje, si no debería
bajarlo en cualquier parador y llamar a la policía o a la ambulancia o a los bomberos
o a nadie, simplemente dejarlo abandonado. Saravia veía las luces de la
autopista pasar más rápido y "tomá mate Doña Rosa tal astilla los
desodorantes ¿llegamos a la feria? a mí no me vas a contate algo que se me
termina la ficha -pit-pit- linda cosita cómo te voy El Mundo del Espectáculo
proyectaremos hoy complicándose la vida con ese armatoste en el fondo hay lugar
marchen dos oportos ya no se puede más en este país ¿o querés que te
cuente? diario sexta Razón diario
diario". Todo empapado por la lluvia y por la risa de Saravia, que se
sentía armando un absurdo rompecabezas de voces: mujeres, hombres, niños,
animales, máquinas, insectos. A la pelirroja que fumaba en ese Taunus gris
metalizado la oyó dos cuadras más adelante, decirle a su compañero "no los
tendríamos que haber atado, son chicos". Y a aquella familia en aquel
edificio, frente al televisor, la escuchó tres segundos después de verla y de
perderla, como se escucha un trueno
después del relámpago. El padre dijo "Boby no puede estar más con
nosotros"; los niños gritaron "¿por qué, papá?", al borde del
llanto; "la casa es chica"; "Paty te quiero"; "ensucia demasiado"; "nadie lo
saca"; "Polyana sabe". Otra ruidosa carcajada le salió de la
garganta, asustando al chofer que lo seguía mirando por el espejo retrovisor.
Saravia reconoció la plaza. "Estoy a tres o cuatro
cuadras de casa; ya está parando de llover; déjeme acá". El chofer frenó
el taxi. Saravia pagó lo que marcaba el reloj.
- Buenas noches -dijo. Se bajó.
Aún llovía, pero era una cortina de agua lenta, casi
amable. Se sentó en un banco iluminado
por la luz de un farol. El banco estaba inundado de agua. Seguía con la mano
izquierda guardada en el bolsillo. Un Fiat lila frenó casi sobre esa esquina.
Llevaba las ventanillas bajas. En su interior iban dos mujeres de
aproximadamente cincuenta años. La que manejaba miró a Saravia y contestó algo
que le había preguntado la otra. Dijo: "Lo del hospital en el Tigre, lo que escuchó la señora. Un horror".
El semáforo dio luz verde; el Fiat arrancó. Saravia lo vio alejarse despacio;
giró la cabeza en esa dirección y continuó prestando atención al diálogo. Notó, con disgusto, que algo
había cambiado. Los parlamentos deberían haber ido creciendo a medida que el
Fiat se convertía en un punto lila, pero no. Oyó todo en el mismo tono. No
sabía si aquello era peor, o mejor para la salud de su oído. El pie le dio un
tirón de dolor. El punto lila giró en una esquina, seis cuadras arriba, y
desapareció. Las mujeres habían dicho:
- Un horror... Me
da piel de gallina.
- Ay, no me
cuentes... no me cuentes... ¿Qué pasó?
- De
repente, la señora no podía parar de sufrir.
- ¿Ella
estaba adentro?
- Claro,
pava. Si no, cómo iba a ser. Ella era la enfermera.
- ¿Y?
- De
repente, dice que hubo un silencio total... y de repente... percibió todo el dolor junto. ¿Te das cuenta,
Coca? ¡Todo el dolor junto!
- ¡Dios
mío, no quiero saber! ¿Y?
- Se me
pone la piel de gallina... tocá.
- Ay, no.
La piel de gallina me da asco.
- ¡Qué
boluda que sos!
- ¿Era
inevitable que sintiera todo eso, no?
- ¿Quién?
- La vieja.
- ¿La
enfermera, decís? No era una vieja. De la edad nuestra; más cascoteada, bueno.
Más pobre. De repente... más cutis Avon que vos.
- ¡Qué
boluda que sos! Cambiando de tema, contame de Roberto...
- ¿Del
Roby? No te imaginás lo que es en la cama.
- ¿Once
años, decís que tiene? ¿Dónde habrá aprendido?
- No sé,
pero tengo una lista de mogólicos de treinta y de cuarenta para mandar a ese
colegio...
Silencio. Saravia se levantó y comenzó a caminar. Ir por
calles conocidas le daba seguridad. Los pasos le costaban. Esa mujer lo había
mirado sin verlo, con los ojos vacíos. Mojado estaría horrible. "Ideal
para encontrarme con Celeste", pensó. Ahora tendría que darle los saludos
del doctor. Miró la hora en la torre de la iglesia: diez y cuarto. No iba a
encontrársela, porque era la hora de "Susana dieta" por la
televisión. Todas las mujeres de más de noventa de cintura la estarían viendo,
pegadas a la pantalla.
Abrió la puerta, subió las escaleras, entró a su
departamento. Celeste le había pasado un papelito con la copia de la cuenta y
un aviso de cuarenta y ocho horas para pagar. Un aviso raro, por cierto, en la
letra gorda de la gorda. No era lo que habían arreglado verbalmente. Cuarenta y
ocho horas era una intimación. Marcó el número de teléfono de Silvia. Miró la
palma de su mano. El timbre sonó. El se imaginó la habitación de Silvia, con su
cama hecha y su cuadro de Ana Eckell azul con los dibujos rojos. En el cuadro
también había un cono azul, recordó. El timbre volvió a sonar. El contestador
levantó la llamada. Una voz de hombre atendió antes de que Saravia pudiera dejar el mensaje.
"Hola", dijo. Saravia se quedó helado. Automáticamente, preguntó:
- ¿Quién es?
- Marcelo -dijo el hombre.
Saravia estuvo por decir algo más. "Qué
Marcelo", por ejemplo. Le temblaban las piernas. El charco de abajo de sus
zapatos era redondo, y Saravia vio que el agua dibujaba en el piso las
ondulaciones de su temblor, como un osciloscopio, como el aparato que había registrado
sus ondas auditivas.
- ¿Quién habla? -dijo la voz.
Su debilidad se estaba registrando en el agua. ¿Para qué
había llamado?
- Dame -dijo la voz de Silvia-. ¿Hola? ¿Quién es? ¡Hable!
Saravia cortó con la mano. El tono del teléfono, otra
vez, se le metió en la oreja izquierda. Escribió "Marcelo (?)" en un
papel, y el teléfono de Silvia debajo. Ya sabía el nombre. Fue hasta la
ventana; la abrió. Asomó la cabeza hacia arriba. El piso de las nenitas estaba
apagado. Pensó en el beso de Cristina. El zumbido más suave, el del oído
derecho, también renació. Eran dos agujas de tejer, una izquierda y una
derecha, dolorosas, intensas, creciéndole hacia adentro de la cabeza. Otro
taladro le subía desde el pie hacia el centro de sus nervios, que quedaba ahí donde
las puntas de las agujas se tocaban.
Buscó un Geniol. Llenó un vaso con agua. La cama. A
Saravia lo estaba buscando la cama. Lo llamaba. "Vení, Saravia,
metete". "Tapáte". Se llevó el papel a la cama.
"¿Marcelo?". "Marcelo (?)".
Se acomodó una almohada. La voz era la de un tipo joven, de menos de
veinte. "Un pendejo", diría Lépez. ¿Qué hacía otra vez acostado, Saravia? Se levantó.
¿Menor de edad? Caminó hasta la ventana. Miró el papel por última vez, lo
abolló y lo tiró a la calle. Hacía frío para tener la ventana abierta. Con la
vista siguió el curso del papel. Que lo hubiera tirado no significaba que fuera
a olvidarse. "¿Y si cerrás la ventana, Saravia?". "Que el papel
quede afuera, se humedezca con la lluvia, se haga pulpa y desaparezca". El
bollito pegó contra el parabrisas de un auto último modelo, justo con alguien
para subirse, que levantó bruscamente la cabeza hacia arriba. Saravia lo vio
sacudir una mano. ¿Lo saludaba o lo retaba? ¿Le estaba mandando saludos a
Marcelo, como el doctor le había mandado los suyos a Celeste?
La ventana de Saravia era la única encendida del
edificio. Hacía mucho frío. Cerró el vidrio, bajó la persiana. Se sentó delante
de la ventana cerrada. Los zumbidos eran una trepanación. Se apretó las orejas
con las manos y sintió el vacío, un vacío terrible seguido de unas terribles
ganas de llorar. "Por todo", pensó Saravia. Por el hueco que tenía su
alma sin Silvia, y por saber que jamás iba a recuperarla. Si volvieran a estar
juntos, siempre habría entre los dos algún resentimiento. De parte de él, al
menos. Y eso, en el hipotético caso de que alguna vez la vida los volviera a
cruzar. Volverían a discutir por bobadas; los dos sufriendo enormidades; al
menos él, Saravia. Una mano invisible le apretaba el aire del cuello, y ese
aire no podía pasar a los oídos, entonces los tímpanos se le desequilibraban
por la diferencia de presión y se le congestionaban las orejas. Un proceso
científico. Ese era el vacío que sentía, pensaba Saravia, un vacío físico que
acompañaba al vacío existencial.
Pensaba en esto mientras alisaba su corbata roja a
lunares blancos sobre la mesa. Estaba seca. Era lo único seco que traía. La
metió adentro de un sobre de celofán para corbatas y la colgó con prolijidad de
su corbatero. Saravia tenía seis corbatas, cinco tristes y ésa, la roja, la de
los lunares blancos sobre fondo rojo. De las cinco restantes, una era negra
para los funerales, otra era azul, que le había quedado del colegio secundario,
otra también era azul y tenía unos aeroplanos bordados en verde (se la había
traído Silvia de Holanda), la otra era gris con una flecha que él siempre había
juzgado femenina, aunque una corbata nunca lo fuera, y la última era plateada
con rayas finas marrones, verdes y negras.
Mojado como estaba, volvió a tirarse en la cama. Si
sonaba el teléfono, no atendería. La pintura del cielorraso estaba
descascarada. Debería decírselo a Celeste, o conseguir una escalera y un
cepillo de acero y ponerse él mismo a rasquetearlo. Entonces podría descontar
su trabajo de la deuda. Aunque no se imaginaba haciendo semejante esfuerzo.
Mejor era que ella contratara a los pintores; él no tenía por qué meterse.
¿Cuarenta y ocho horas de plazo? ¿Desde cuándo Celeste le imponía un
vencimiento? No era momento para exigirle nada, deprimido y enfermo como
estaba. Ahí estaban los análisis que lo aclaraban todo. El doctor era conocido
de Celeste. Que ella hablara con él, si quería explicaciones. ¿Cómo iba a
conseguir el dinero en su estado? Los pocos billetes que le quedaban tenían que
servir para sanarlo, en todos los sentidos de la palabra. No podía darse el
lujo de cerrar la cuenta de la gorda, que por otra parte era una buena mujer,
un pan de Dios, y comprendería perfectamente esto que pasaba por el corazón de
Saravia y por la cabeza de Saravia. Estaba seguro de eso.
Por lo tanto, cuando ella golpeó en su departamento tan
enérgicamente, él pensó que alguien se habría equivocado de puerta. Ella gritó:
"Sé que está ahí, Saravia, no se haga el sordo", porque tardó en
levantarse. Saravia se miró al espejo antes de abrir. Se rascó las orejas. El
vacío no se destapaba por nada del mundo. Tomó la perita de irrigación y se la
guardó en el bolsillo. La mujer volvió a golpear. Saravia abrió. Ella tenía los
ruleros a la vista y cara de pocos amigos. Entró al departamento como un
rinoceronte enojado.
- Hablé con el doctor Lépez -gritó. Golpeaba en el piso
con una de sus alpargatas.
- ¿Sí? -preguntó Saravia, sorprendido.
- ¡Que no me gustó lo que oí! -gritó.
Fue hasta la silla y se sentó.
- Déme algo de tomar -dijo.
- Son casi las doce de la noche, Celeste...
- No importa. Quiero algo fuerte para tomar.
- No tengo nada. ¿Por qué no hablamos mañana? Me duele
tanto la cabeza...
Ella se paró.
- Lo estuve esperando toda la noche, hasta recién. Me va
a oír, sí o sí.
- Está bien, calmesé...
- Calmesé, calmesé. Parece que no entendiera a una mujer,
usté.
Saravia no entendió por qué se lo decía.
- Una que le consigue médico, para que después se ande
burlando...
- ¿Quién se burló? -dijo él, aturdido.
Ella continuó hablando como para sí.
- Una le paga las cuentas, lo cuida, le consigue una
visita gratis al doctor... ¿Sabe lo que
sale ese doctor?
- Yo no le pedí nada.
- ¿Sabe lo que sale para cualquiera como usted, sin obra
social ni un pepino?
Celeste sacó su pañuelo del bolsillo del batón y se sonó
la nariz en un estruendo. Saravia pensó que estaba más fea que de costumbre, y
que si seguía afeándose así, ningún hombre iba a fijarse en ella jamás. Había
engordado demasiado, estaba encorvada, arrugada, mal vestida, con aquellos
rulerazos a la vista y llorando. Como si su máxima ambición, aquella para la
que hubiera puesto todo su empeño, fuera convertirse en monstruo. Saravia
sintió que a su malestar auditivo se sumaba la náusea provocada por la presencia
desagradable de Celeste.
- Con lo poco que una pide...
Saravia se sentó.
- Está bien. Dígame a qué vino, Celeste.
- Vine a exigirle la totalidad del pago en un plazo
perentorio de cuarenta y ocho horas, sí o sí. O se manda a mudar con todo su
trapiche.
Saravia pensó que las palabras "plazo
perentorio" no iban con Celeste y supo, por ese detalle, que ella había
consultado a alguien.
- ¿Qué tiene que ver esto con Lépez? -preguntó él.
Ella rompió a llorar. Hacía todos los ruidos posibles.
Era un muestrario del arte de llorar en público.
- Tiene que ver, porque usted no tiene modales, Saravia.
Porque le dijo al doctor que no éramos compinches en nada, y porque se burló de
mí cuando lo decía...
Hundió aún más la cara en el pañuelo. ¿El doctor era
estúpido, o qué? ¿Para qué le había contado semejante cosa? ¿El se había
burlado de Celeste? Ni siquiera se acordaba. ¿Se habría reído? ¿Habría llegado
a aclararle al doctor que ellos no eran "compinches"? "Qué
tarado este Lépez; qué lengua larga", pensó. Se acercó hasta el cuerpo de
la gorda y le tocó la cabeza con la mano. Ella apartó la cabeza.
- No fue así... -atinó a decir Saravia.
- Sí fue así -aseguró ella-. El doctor nunca miente...
¿Por qué razón Lépez había hecho eso? ¿Lo habría hecho
antes o después del bowling? ¿Lo habría hecho a sus espaldas, cuando simuló ir
al baño y él se quedó solo en la recepción? Cristina había dicho que él
"estaba celoso". Saravia sintió que por ahí venía el asunto.
Reaccionó. Era el momento de un buen golpe bajo.
- Usted también, Celeste, robarme una foto...
- ¡Ya ni de eso se acuerda! -gritó ella.
Le contó que él se la había regalado una noche en que
ella le trajo doble sandwich. Ella se la había pedido; la foto estaba en el
estante de arriba del Wincofón, que a su vez estaba adentro de una caja de
cartón. Y él le dijo que se la daba porque eran "compinches". El lo
había dicho y después lo había desmentido, delante de su amigo el cirujano.
Dijo que estaba destruida por tanto desprecio. Que era la peor cosa que nadie
le había hecho en su vida de mujer soltera. Además, ahora, la llamaba ladrona. Así, sin pelos en la lengua.
- Lo aborrezco, Saravia -dijo, como si leyera el libreto
de una telenovela.
Saravia, para colmo, no se acordaba de nada. ¿Cómo le iba
a dar una foto a esa gorda? "Ni soñando", pensó. ¿Lépez estaría tan celoso como para levantar el
teléfono, llamar a Celeste y soplarle esa pavada? ¿Estaría tan celoso de su almuerzo con Cristina? Si era así, ¿por qué le
había dado el teléfono, entonces? A menos que ese teléfono no fuera el número
de la casa de los enanitos de Blancanieves, sino de cualquier casa. El de la
casa de Bambi, en el bosque de arrayanes, por ejemplo. Las tres agujas, la
aguja del pie y las dos de tejer, lo punzaron simultáneamente, chocando las
puntas a la altura del puente de su nariz. Saravia arrugó la cara y tambaleó.
Torpemente tentempió hasta la silla y se despatarró como una bolsa de basura.
Ella se dio cuenta de que le pasaba algo grave. Dejó de llorar. Se acercó y le
colocó una mano sobre la frente, para tomarle la temperatura.
- ¿Qué le pasa? -preguntó.
Saravia explicó, con la voz entrecortada, que los
zumbidos eran cada vez peores, había tomado todos los calmantes y tenía una
enfermedad que era una incógnita, que se llamaba hiperacusia algo.
- "Hiperacusia selectiva" -dijo ella-. Lépez me
tiene al tanto. Dijo que no era un asunto de vida o muerte.
Saravia enarcó las cejas. Estaba tiritando.
- Lo que usted va
a tener es una gripe, por la mojadura, si no se cambia la ropa. Pongasé algo
seco. Venga, yo le busco...
- Deje, deje.
- Cambiesé la camisa. Le va a dar pulmonía, y después lo
voy a tener que cuidar otra vez.
El trató de pararse. Ella lo agarró de un brazo.
- Está hecho sopa, hombre. Venga, Celeste lo va a ayudar.
Venga, recuestesé.
Apoyado en Celeste, Saravia se tiró sobre el acolchado.
Ella le desabotonó la camisa, se la sacó, volvió del baño con una toalla seca y
se la pasó por el torso. Lo tapó con una manta que sacó del placar. Saravia la
vio moverse con eficiencia. Ella le sacó los zapatos y las medias. Saravia no
sintió el pie.
- El pantalón usted solito -dijo.
Cruzó las manos por sobre sus pechos enormes.
- Esta noche me descansa bien, mañana se hace unas
gárgaras con agua y bicarbonato, y a la
tarde vengo y arreglamos el asunto de la deuda. Ya no lo puedo esperar más,
vio.
- Sí -dijo Saravia.
La mujer agregó que no creía en la medicina, que para
ella los médicos eran sádicos con patente y lo único que pretendían era cortar
a la gente, escarbarla. Sí, era lo que ella pensaba. Aunque tuviera un amigo
doctor. Tenía guardados un libro de yuyos
y otro de Flores de Bach. El de los yuyos lo había heredado de una tía
mayor que ya estaba "finada". "Noventa y siete años", dijo.
Le aconsejó, además, una herboristería que quedaba a seis cuadras y media de
allí, doblando a la derecha, sobre la cortada, para conseguir yerba blanca y
zarzaparrilla para el dolor de oídos. ¿O
era "cola de león"? Se fijaba y le decía bien. Ella, hoy por hoy, no
podía hacer más; en otra ocasión lo hubiera acompañado toda la noche, pero
ahora no porque estaba ofendida. "Porque una qué es, a fin de
cuentas". En esa herboristería iba a conseguir, eran gente seria,
cordobeses legítimos. Celeste se sabía de memoria casi todo el libro de su tía
mayor, que jamás había ido al doctor. "Y mire que también era amiga de
Lépez. Pero no le tenía confianza. Los dolores de oído y los de muelas son los
peores. Para ella, un tecito era una medicina.
Ante cualquier dolencia consultaba el libro. Y lo que duró, Dios la
tenga en su santa gloria con salú".
Saravia abrió la
boca en un bostezo. Esa mujer, en cierto modo, era un sedante. La vio bajar su
cabeza para decir, antes de salir tan apurada como había entrado:
- Recuerde que tiene dos días, desde esta mañana a las
diez. Prácticamente le queda un solo día. Vencido el plazo deberá retirar sus
pertenencias de mi departamento. Buenas noches.
Saravia pensó que tenía que postergar ese plazo.
Necesitaba olvidarse de la deuda para salir del pozo depresivo. Ya había
comprendido todo lo de Silvia; ya sabía que nunca más iba a verla. Aunque no
era feliz por eso, ahora comenzaba una espera verdadera: la de la recuperación.
Saravia se sintió corriendo la empinada recta final de sus problemas. Ya no
quedaba tanto por sufrir; con no atender el teléfono o no mirar sus fotos
durante las próximas semanas, calculó que bastaría. ¿Cuántas semanas? Era
difícil de saber. Por lo pronto, tenía que descolgar esos recuerdos hirientes
clavados con chinches a la pared. Resucitar, eso era lo que necesitaba. ¿Tenía
algún mensaje en el contestador, acaso? Nada. Nadie querría comunicarse con él
en el estado en que aún estaba. El tampoco hubiera querido hacerlo con alguien
que estuviera así.
Cerró los ojos intentando concentrarse en algo positivo.
Tenía que convertir aquel zumbido atroz en una visión tolerable en sus sueños.
Pensó en un arquero zen tensando ciegamente sus flechas. Las flechas salían
disparadas al aire y, al volar, producían el zumbido. Recorrían un trayecto. Se
clavaban a un costado del blanco redondo, sin dar en el centro. Así fue con las
dos primeras flechas. El arquero llevaba una máscara y tenía pechos
voluminosos, por lo que Saravia se dio cuenta de que era una mujer. El arquero
tensó la tercer flecha, voló con zumbido, dio en el costado del blanco, que
había abandonado la forma circular. El blanco, ahora, tenía aspecto de riñón
gigante. Las tres flechas estaban clavadas en los márgenes. El arquero zen no
había apuntado convenientemente. Por cuarta vez vio las manos seguras del
arquero tensando el arco, y reconoció los dedos delgados y largos. Bajó con la
mirada por sus brazos hasta la cinturita y después al culo, que adivinó a punto
de derrumbarse en celulitis, detrás de los pantalones de arquero. Supo, sin más
trámite, que se trataba de Silvia. Era ella. Soltando la flecha. Produciendo
aquel corte en el aire. Sil. La cuerda del arco le quedó temblando entre las
manos. Hacia allá fue el zumbido y hacia allá fue Saravia. Corrió Saravia a
ponerse adelante del riñón, que otra vez había cambiado y ya no era riñón, sino
una oreja rosada con rayas concéntricas rojas y un punto en el medio, donde
Saravia apoyó la cabeza, miró de reojo, recibió la flecha. Y la flecha se le
metió por el orificio del costado izquierdo de su cara, abrió camino a través
de la bocina izquierda, destruyó el tímpano, los huesecillos, el caracol, los
nervios, la masa encefálica, otra vez nervios, caracol, huesecillos,
cartílagos, aire. Para clavarse, al fin, en el centro. Sin sangre.
Saravia se despertó con los índices metidos en las
orejas, a modo de los extremos de la flecha. Lanzó un grito corto y el zumbido
menguó, no así el dolor, para dejar lugar a ese lamento, a la expresión de
otros dolores. Se sentó en la cama. Parpadeó con atención. Oyó una partícula de
sonido, el fantasma de una nota extraña, que le apretaba el corazón. Era una
congoja asfixiante que venía simplemente del silencio que habitaba en el aire
de su departamento. No del recuerdo de Silvia. Era, sencillamente, el llanto de
un bebé. Intentó relacionarlo con Silvia, para comprender que lo que sentía
formaba parte de su herida de amor, pero no. El sonido era pequeñísimo, como
una musiquita, o una hebra corta, o una pelusa. Tuvo el presentimiento de que
era lo que le faltaba para producir el estallido final en su cabeza. Para dar
con el por qué de su enfermedad. Otra voz diminuta se aplicó sobre la anterior,
como una nana para dormir. Semejante a un instrumento musical, "un
instrumento triste", pensó Saravia, "un laúd de tortura". Eran
bebés. Saravia los oyó. Estaban ahí.
Entonces se levantó, buscó un caset, desesperado, Stan
Getz, y lo puso a todo volumen. No le importaba que fueran las dos y cinco de
la madrugada, porque ahora el dolor en sus oídos comenzaba a ser no sólo
físico. Saravia pensó que lo que estaba escuchando era angustia pura. Y esa
angustia no provenía de su interior. Era la primera vez en años que sentía algo
que movía la amargura de sus entrañas sin pertenecerle. Algo absolutamente de
afuera. Saravia estaba asustado. Eran almas infantiles. El quejido de un niño
muriéndose, unido a los puñetazos en las paredes y a los "baje esa música,
no ve la hora, es sordo, o qué".
Saravia abrió la ventana. Bajó el volumen de Stan Getz.
Escuchó. El sufrimiento venía de alguna parte de la ciudad. Se puso una camisa
seca, el saco empapado con las solapas levantadas, los zapatos sin medias, la
corbata enrollada en el bolsillo. "Una nenita, ahí". Saravia sintió
que esa chica tenía diarrea, por el tipo de grito deshidratado y las lágrimas
bajitas. "Y ése tiene menos de diez años", supo, "y le acaban de
extirpar una pierna". Saravia lo oyó despertarse, oyó las sábanas que la otra pierna apartaba
buscando a su compañera. Saravia oyó su grito. Era un llamado de la
desesperación hacia esa pierna que se había ido para siempre. Que ya no podría
jugar al fútbol, ni caminar por un parque, ni correr por las calles de la
ciudad como haría Saravia, esa noche, tironeando de las quejas como de una soga
que marcaba el camino. Saravia bajó, salió, corrió detrás de esos sonidos cada
vez más perceptibles. Otro bebé, otro, una nena flaquita con Sida, "debe
ser Sida un grito tan flaquito". Ese otro grito era pulmonar, aquel
intestinal, ése diabético. Cólera; leucemia; parálisis; cáncer. "Tac tac",
hizo el corazón abierto de un down recién nacido que sus padres insistieron en
operar; estaba vivo, latía. Cada vez gritaban más y más de angustia.
Respiradores y carpas de oxígeno.
Saravia corrió por la avenida desierta. "¿Estaré más
lejos porque oigo más fuerte, o ya no importará la distancia, como me pasó con
las mujeres del Fiat lila?" El pie le dolía sin alarma; la puntada lo
ayudaba a mantenerse en movimiento."Al final de la calle", pensó.
Estaba sudado, frío. Se tropezó, se levantó, rodó de nuevo. Saravia sintió que estaba
perdiendo el equilibrio de a poco, que esos aullidos de horror lo superaban, le
cruzaban las piernas. ¿Qué importaba el dolor de su pie hinchado, de sus oídos
desmesurados, de su fiebre acuciante? ¿Qué era al lado del sufrimiento de todos
esos chicos? De esos cuerpitos solos,
solos como el de él, pero con diez, cinco, tres años; días de vida. Los dolores
provenían de bocas con dientes de leche, de lenguas diminutas y rosadas. ¿Qué
hicieron, Saravia, para sufrir así? ¿Salen de ahí adentro, de ese edificio?
Saravia se tapó las orejas con las palmas. El edificio era una mole blanca con
una puerta verde. Los pies de Saravia eran dos animales blandos a punto de
sucumbir bajo el peso de su cuerpo. El cartel sobre la puerta decía
"Hospital de Pediatría". Los gritos lo penetraban por los poros, por
los ojos, por los pelos, por debajo de las uñas. Como un virus. El, Saravia,
era el único en la ciudad que podía oírlos en esa noche húmeda, el único que
iba a caer de espaldas al piso, sobrexcedido por el esfuerzo; para dejar de
escuchar, de tolerarlo, por fin, desmayado sobre la vereda.
El cuerpo de Saravia se desplomó sin resistencia. La
cabeza golpeó contra el cordón con el ruido a corte en el bowling, palo dos y
palo ocho limpitos. Bochazo. "Qué tonto tener ese último
recuerdo", pensó Saravia, cuando
todos los gritos, incluyendo la primera nota lavada que oyó en su departamento,
antes de abrir la ventana a la calle; cuando todos los sonidos se le borraron al unísono. El rostro de
Saravia se desanudó; las manos se le abrieron. No había sonrisa. Los ojos
estaban cerrados. La manga del saco de Saravia comenzó a absorber el agua de un
pequeño charco en el que estaba
sumergida. Su cabeza era el mismo vacío. Adentro del bolsillo, el Ratón
Mickey de cera se había partido en dos. Y la pera de irrigación acababa de
caer, rodando, a la calle; el agua del cordón la llevó hasta la boca de
tormenta y la hizo desaparecer.
Etiquetas: EL AMOR ENFERMO 1.10.2013EL AMOR ENFERMO / CAPÍTULO OCHO
"Un bowling es un lugar con olor a zapato",
pensó Saravia, y ni bien se acercaron con el doctor al mostrador, pudo
descubrir de dónde provenía. Una estantería abierta ocupaba la pared entera del
costado en el que estaba sentado el encargado. Sobre los estantes, zapatos.
Decenas de zapatos usados del tipo de los que había guardado Lépez en su bolso.
El encargado tenía el pelo mal teñido de negro y se le notaban las raíces de
sus canas.
- Hola, Juan -saludó Lépez.
- ¿Cómo le va, doctor? -dijo Juan.
Un hombre estaba sentado en el banco y reclamaba zapatos
más chicos para su hija. Juan dijo que los más chicos que tenía eran treinta y
siete. A la nena, de unos diez años, con colitas en el pelo y cara angelical,
no le importaba. Le daba lo mismo ir a Mc Donalds que al bowling.
- ¿Cuánto calza, Saravia? -preguntó Lépez.
- Cuarenta y cuatro -dijo Saravia.
El mal teñido Juan sacó un par, pero le faltaban los
cordones, estaban rotos o algo así, dijo; lo volvió a meter en su casilla. Sacó
unos azules muy descuajeringados. Los zapatos que se estaba poniendo Lépez eran rojos, y al
lado de ésos parecían recién estrenados. El panel de las casillas era como un
radiador con olor a pie; pero no del tipo de las zapaterías de barrio, donde el
olor a pie se confundía con olor a cemento de contacto y a cuero. Acá el olor a
queso vencido era puro. A la nena le hacía picar la nariz. Ella y el padre se
pararon. Juan les entregó una planilla y una birome, y dijo: "Cancha
1".
- ¿Qué tal va todo? -preguntó el doctor.
- Poco trabajo -dijo Juan-. Les toca
- Uy, no, la dos... ¿No le dará lo mismo al señor?
El padre de la nena miró, porque le pareció que hablaban
de él. Juan fue hasta donde estaba el hombre y le dijo algo por lo bajo. El
padre miró a Saravia.
- No voy a jugar yo. Va a jugar Marisita, que está
aprendiendo. A lo mejor hago un tiro que otro. ¿Por qué quieren cambiar de
cancha? -preguntó.
Saravia, que se cambiaba los zapatos, alzó los hombros,
dando a entender que le daba lo mismo. Mientras tanto, el doctor sacaba las
tres bolas de su bolso. Las bolas tenían grabado su apellido en letras de
molde.
- Es el doctor el que quiere cambiar...
Lépez no le prestó atención. Juan insistió en hablarle
al hombre por lo bajo. Cuando Saravia se
acercó para entregar sus zapatos, oyó detalles de la conversación. "Es
federado...", explicaba el mal teñido. "Tiene la chuza acostumbrada a
la 1..." Había sólo dos canchas. El padre de la nena terció. Lépez instaló
sus bolas sobre el final del surco que separaba ambas pedadas. El padre y la
nena se sentaron en el banco vecino. Los zapatos, a Saravia, le quedaban
ajustados.
En la pared había un esquema triangular con la
disposición de los palos en planta. Primero, en la punta del triángulo, estaba
el palo uno; después venían el dos y el tres; en la tercera línea el cuatro, el
cinco y el seis; en la de atrás los palos siete, ocho, nueve y diez. Debajo
había un cartel: "Llame a los palos por su nombre". Sobre la otra
pared, varias leyendas ordenaban: "Respete el Reglamento", "No
pise la línea de foul", "Use calzado adecuado", "No
converse al tiro", "Guarde su turno" y, otra vez, "Llame a
los palos por su nombre".
- Los parapalos de este lugar son dinosaurios -dijo el
doctor. Saravia pudo observar que, a los chicos del fondo de las canchas les
costaba moverse. No parecían ser lo suficientemente flexibles para la tarea. O
estarían cansados.
Lépez escribió primero su apellido y después el de
Saravia. Saravia corrigió la "I", que se perdía en su letra de
médico.
- Empiezo yo -dijo el doctor, y subió al estrado con la
toalla al hombro.
La nena también había subido; fue derecho a agarrar una
de las bolas "Lépez". El dirigió una mirada fulminante hacia Juan, al
tiempo que tronaba los dedos. La nena sopesó la bola "Lépez" en sus
manitos, mientras atendía las explicaciones del padre. Entonces Juan se levantó
de su asiento y les avisó.
- Disculpe -dijo, dirigiéndose al padre-. Indíquele a su
hija que no tire con las bolas grabadas, porque son especiales... Las mandó a
hacer el doctor para su uso exclusivo...
El padre ya estaba molesto, sobre todo por la actitud del
doctor, que no lo miraba mientras el mal teñido se encargaba de la explicación.
Su concentración de federado y de profesional de la medicina se posaba augusta
sobre las cabezas de los diez palos.
- Marisa: no uses esas pelotas que tienen coronita -dijo
el padre, despectivamente y en voz alta, para que lo oyeran-. Tirá con las
rojas, que además son más livianas.
- Gracias -le dijo Juan.
La nena cambió de bola. Lépez le acarició el pelo cuando
se agachó sobre el surco a devolver la que estaba grabada. Había intentado ser
simpático, pero sin sonreír. La nena se paró en el borde de
- Bien, siete -dijo el padre.
La nena dio un salto de alegría. Llevaba puestos unos
pantalones de licra que le paraban la cola, y un buzo rosa de
El estilo del doctor era más parco. El tiro era rápido.
Debajo del surco proveedor de bolas había una bandeja con talco. Lépez entalcó
las suelas de sus zapatos antes de tirar. Sopesaba la bola amasándola en sus
manos, con la mirada fija entre los palos uno y dos. Partía militarmente, con
los talones juntos desde los primeros diamantes de la derecha; hacía cuatro
pasos, el inicial muy corto y el último deslizado sobre el parquet lustroso de
la pedada. Llevaba el tiro desde el pecho hasta la altura de sus labios, como
si tratara de besar su nombre grabado sobre la bola, para después balancearla
en su brazo derecho y soltarla al finalizar el patinaje. Cuando hacía esto,
cruzaba la pierna derecha por detrás de la izquierda extendida. Era un dibujo
elegante, que -Saravia descubriría más tarde- iba a repetir hasta el final.
Después de cada tiro, el doctor se quedaba con la espalda
muy recta, hierático, detenido unos segundos sobre la raya del final, contando
los palos que había volteado. Regresaba
hacia su segunda bola "Lépez", y después hacia su tercera, con
la cabeza gacha y componiendo en su cara humildes jueguitos de cejas y labios. Cada
vez era igual. En los tiros regulares o malos, Lépez se golpeaba con las manos
abiertas sobre los muslos. Fuera de esas pequeñas diferencias, a Saravia le
pareció que ese deporte era una acumulación de gestos repetidos y absurdos,
como hacer y deshacer la cama constantemente, sin usarla para dormir.
"Pisar el talco, apuntar, caminar. Es fácil",
dijo Saravia. La nena tiró seguidas las bolas dos y tres. El padre le gritó
"más derecho, por entre las flechas, ahí en el piso tenés una marca,
flexioná las rodillas". Lépez escupió en su mano y se secó con la toalla.
Acarició su bola como a una segunda
pelada, al tiro. El recorrido de la bola tocaba un redoble de tambores. El
parapalos de la nena descendió de su andamio con flexibilidad, y devolvió una,
dos y tres rojas por el surco. Al llegar, las bolas hicieron cop - cop - cop.
Era un sonido a cascos de caballo sobre un empedrado, imaginó Saravia, o mejor
aún: a toc tocs, esas barritas que percuten los
chicos en los colegios cuando arman una orquesta. ¿Y cómo era el sonido
del tiro de Lépez, el que daba de lleno en un palo solo y le anotaba diez? Los movimientos en un bowling tenían
estridencias bruscas, pero no las del disparo y de la pólvora, no la
estridencia del trueno o del mazazo sobre un yunque, sino la estridencia fresca
de maderas golpeándose, de troncos separados en astillas. "Una campana de
madera repicando adentro de un bosque de abedules". Ese sonido era una
mezcla de dos cosas: lo caliente y lo frío, lo pesado y lo liviano; parecía
fresco, pero no. Era una cosa que iba y venía, repitiéndose en ciclos,
acompañando sencillamente la lógica absurda del deporte. Aunque para Saravia,
por lo que llevaba visto en cinco minutos, el sonido del bowling era menos
aburrido que el juego del bowling.
- Ahora le toca a usted.
Saravia se paró en el borde, en cualquier lugar. Levantó
una bola que ahora sintió más liviana que en el consultorio, se apuró con
numerosísimos pasos cortos, pasó la línea, soltó la bola en el aire, a un metro
del piso, y se tiró hacia adelante. La bola picó a tres metros de distancia de
la línea de foul; hizo dos saltos, un giro inesperado y pegó entre el uno y el
dos, volteando ocho palos. Saravia cayó antes de la abolladura en forma de leve
cráter que provocó el primero de los piques. Quedó extendido sobre el parquet;
hundió la punta de su nariz en la marca permanente de su tiro y alzó la vista:
"Uau". El mal teñido se levantó a gritarle; Lépez lo paró a tiempo.
Ingresó a la cancha y le dijo, mientras Saravia se sacudía la camisa y la corbata
roja a lunares blancos:
- No hay que picar la bocha. Tampoco caerse, ni pasarse
la línea. Todo eso está prohibido, Saravia. Suavecito, concentrado... Como si
acariciara a una mujer. Mire la nena.
¿Ve? Seis palos.
- Yo hice más.
- No importa la cantidad. Lo que importa es el estilo.
Ahora le quedan dos palos. Apuntelé al siete, medio lleno, y tire con
dirección...
Saravia se paró en otro sector cualquiera de la pedada.
En sus orejas, los zumbidos habían desaparecido. ¡Por eso estaba oyendo correctamente!
Quizás el olor a zapato fuese terapéutico. "Aromaterapia", pensó.
Tiró. La pelota picó una vez. Antes de llegar a la mitad de la cancha, se le
había ido por la canaleta. Repitió la proeza en su último tiro.
- Tenga cuidado, viejo, se va a matar...
- Me resbalé.
- Qué papelón... ¿Le zumba el oído?
- No. Es un milagro. Justo...
- Pensé que podía haber sido eso, porque el oído también
es el centro del equilibrio, y en este deporte, el equilibrio es fundamental.
- ¡Vuelve bola, cancha dos! -gritó el padre de la nena.
Ella había tirado nueve. Estaba contentísima. El parapalos de la 2 asomó su
cuerpo desde la fosa para recoger la bola que no había llegado rodando por el
surco. Era un chico de doce o trece años, más grande que la nena, morocho, con
el pelo sucio. Estaba vestido con un equipo de gimnasia rojo, de pantalón y
remera. El equipo del de
- Corté -dijo el doctor, volviendo por la pedada. Se
refería a que su tiro había dado de lleno en el palo dos, volteando solamente
dos palos. El segundo tiro lo pasó por el agujero.
- Gol -dijo el padre, desde la otra cancha.
La nena soltaba su bola despacio; Saravia la oía correr:
el sonido de la bola crecía a medida que llegaba a los palos. Los volteaba con
tímidas cachetaditas, con ruido a fósforos, acariciándolos. Cruzaba los grandes
zapatos en sus pies chicos justo delante de la línea de foul, y con las manos
le indicaba a la bola hacia dónde ir, como si pudiese maniobrar el recorrido
del tiro. Era una orden delicada, una sugerencia exquisita. Y con esa orden
volteaba ocho palos.
El doctor se golpeó los muslos con las palmas, para
espantarse la mala suerte. Rascó su nariz fruncida en el mejor estilo
hamsteriano.
- No me hable al tiro, Saravia -dijo, evidentemente malhumorado.
- Si no le hablé.
- Sí, algo dijo que me distrajo.
- Le juro que no le dije nada...
- Que no vuelva a ocurrir.
El padre de la chica se rió. A lo largo del juego, la
nena había mantenido un promedio de seis palos por tiro; el doctor hizo varios
estrais y medios, y otras veces le exigió a Saravia que le anotara un punto
delante de la casilla. El promedio de Saravia no llegaba a cuatro.
- Se anota un punto cada vez que un profesional pifia una marca.
- ¿Así? -preguntó Saravia.
- No tan grande.
Saravia no aprendía mucho. El doctor le daba decenas de
indicaciones. A todos los tiros de Saravia, él tenía algo para criticar, pero
no como lo hacía el padre de la nena, con dulzura, "corregí esto o
aquello", sino con mandatos o quejas del tipo:
- ¡No está flexionando las rodillas, Saravia! ¡Cuántas
veces se lo tengo que explicar!
O:
- Concentresé, viejo, deje de mirar a la nena, o juega, o
mira. ¿Entiende lo que le digo?
O:
- Tiene que salir siempre de los mismos diamantes,
pararse en el mismo lado, agacharse sin quebrar espalda, mantenerse derecho...
¡Si continúa así no va a llegar a ninguna parte!
- Hago lo que puedo, qué tanto.
Saravia tiró tres canaletas. Los palos seguían en pie
como los ídolos de alguna extraña religión.
O:
- ¡Saravia, usted me retrae el brazo! ¿Qué tiene, miedo a
que los dedos le toquen el piso? ¡No retraiga el brazo!
Cuando al doctor le tocaba jugar, la mayoría de sus
comentarios eran:
- Qué mala leche tiene esta cancha. Siempre digo, está
mal orientada... Me engualicha el tiro. ¡Otro corte! ¡Qué mapa de mierda! ¡Las
bolas están imantadas con el mismo polo de los palos!
Los zapatos del doctor se ponían más rojos por la furia.
- Parame bien el siete, querés.
Lépez se mordía, de rabia. Saravia sintió que, por más
que con la toalla frotara una bocha grabada durante horas, por más que agotara
en ello su energía, por más que estuviera días y días frotando, nunca iba a quedar tan caliente
como la pelada de Lépez.
- ¡Parame el siete, te digo! -gritó.
Juan se levantó a ver qué pasaba.
- Parale el siete al doctor, Cancha uno -dijo.
El chico se bajó y golpeó el palo contra el piso,
produciendo un gran ruido que Saravia percibió como el principio de las voces.
Otra vez esas voces.
El chico dijo:
- La puta madre que
te parió, tordo de mierda. Dame la revista.
- Tomá -dijo su compañero.
Lépez metió un tiro en el medio de los palos. Pegó bien,
tal vez demasiado de lleno al uno, y le quedaron dos en pie, el siete y el
diez, los de las puntas. Eran "los cuernos".
- Vamos que sale -afirmó Saravia.
El doctor se dio vuelta para mirarlo. "No lo estaba
cargando", pensó Saravia, con miedo.
- Con fe -agregó.
No había querido reírse, sino darle ánimo. El doctor se
puso los anteojos. La nena volteó todos sus palos con el primer tiro.
- Parecen atados -le dijo Saravia, al padre, que sonreía
orgulloso. El doctor volvió a mirarlo fijo. ¿No se podía hablar? Oyó el tic tac
del reloj de pulsera del parapalos rojo, y una vuelta de página.
- ¿Viste qué
rebuenísima está la conchuda?
- Sí. Me la
cogería por el culo y le haría chupar su propia mierda.
- Mirale
las tetas, mirale las tetas.
Swich, hizo la página, al pasar. Saravia cerró los ojos.
El doctor soltó la bola.
- Lindo tiro -dijo el padre de la nena.
La bola rozaba apenas el palo de la izquierda, que
golpeaba con fuerza contra la pared del costado, volvía a la cancha por encima
de la canaleta y comenzaba a rodar hacia la derecha, con intención de derribar
el palo diez.
- Mirá como lo
garco al tordo -oyó Saravia que dijo el parapalos de la uno.
Saravia, la nena, el padre y el doctor vieron cómo el pie
del chico interrumpía la rodada del palo y lo tiraba para el fondo. Lépez dio
un paso al frente, por encima de la línea de foul. Juan no había visto nada.
- ¿Vos estás loco, pibe? -gritó.- ¿Sos tarado?
Juan se levantó.
- Está loco ese pendejo. Lo paró con el pie... Iba
derecho a barrer el medio estrai...
Lépez no podía creer estar viviendo semejante injusticia.
El parapalos volteó el diez de una patada. Unicamente Saravia pudo escuchar:
- Ahí tenés, pelado
puto.
- Esto es un insulto -dijo Lépez.
- Dejá de boludear, Cancha uno - gritó Juan.
El doctor volvió a su asiento con cara de "no se
puede jugar más en este lugar". Llegó hasta la planilla. No le tembló la
mano cuando se anotó el medio estrai. Todavía se mordía el labio inferior.
- Igual se iba a caer, pero no es lo mismo... ¿Entiende
lo que le digo, Saravia? Así tiene gusto a premio consuelo...
- No se preocupe, es una marca merecida... -dijo Saravia.
- ¡Pero cómo no me voy a preocupar! Tiro mi mejor chuza,
con fe, como usted dijo, y lo estropea ese pibe de mierda.
Saravia oyó el aplauso leve de los parapalos, y el paso
de otra página de la revista.
- Pasamelá, dale,
que me quiero echar un polvito.
- No se puede venir más a
jugar a última hora, ¡no hay caso! Los parapalos, esos pendejos, están podridos
y hacen todo a desgano... -gritó.
El padre de la nena intervino:
- ¡Si son las ocho, y Juan cierra a las diez! - lo dijo
sin mirarlo a la cara, con el estilo del doctor.
- ¡Peor! -gritó Lépez, con cara de "y vos qué te
metés".
- Lo que pasa es que están hojeando una revista muy
interesante -dijo Saravia, para calmar los ánimos.
- ¿Quiénes? -preguntaron todos, a coro.
La nena había tenido un mal tiro y había cobrado el medio
estrai con un palo. El padre anotó.
- Los parapalos.
- ¿Y usted, cómo lo sabe? -preguntó el doctor.
- Adivínelo -dijo
Saravia.
Contó también que no era demasiado lo que oía, pero que
ellos estaban de lo más entretenidos. Que se reían. La revista traía fotos. El
padre esperó una explicación, pero su nena hizo dos canaletas y él la retó un
poquito, "Marisa, bajamos el promedio", y se quedó en ascuas. -
El tiro que viene lo hago yo -dijo el padre.
- No quiero jugar más -dijo la nena.
Saravia se paró y subió a la pedada. Su desempeño había
sido lastimoso. Treinta y cuatro palos en la octava casilla. Poco más de cuatro
por tiro. El padre tiró primero. Su tiro era un verdadero cañonazo. El estrai
deshizo la formación militar de los palos. Al volverse a sentar, el padre le
guiñó un ojo a Saravia. Había tirado con un estilo humilde y elegante.
- Casi me mata
-dijo el rojo.
- ¿La garganta
profunda o el quía que tiró? -preguntó el azul.
- ¡El tiro! -se
rió el rojo.-¡Fuertazo!
Saravia caminó hasta la línea y soltó la bola. No fue ni
muy fuerte, ni muy despacio, ni tan desviada hacia la canaleta, ni tan al
centro. Barrió unos cuantos palos de más. El parapalos despejó la zona con el
pie.
- ¿Y si nos hacemos
unas pajas?
- Esperá a
que terminen estos mierdas...
Saravia notó que su
zapato estaba desatado. ¡Tenía que prestarle atención a tantas cosas! Primero
estaba el malhumor del doctor; después el aprendizaje de ese juego tonto; por
encima de todo, ahora, le quedaba oír a los parapalos. Puso el pie sobre el
surco y miró hacia los bancos. La cinta métrica de Lépez ya estaba sobre la
mesa. Saravia vio en la cara del doctor una expresión de "¡cuidado,
Saravia!", que no entendió. El padre, que ya estaba pagando la línea de su
hija, también puso la misma cara, y Juan que le cobraba, y la nena que se
estaba calzando sus guillerminas negras. Entonces Saravia sintió el golpe de la
bola y a los parapalos que decían "la mía ya terminó, no ves que
pagan"; "estos pelotudos de la uno seguro que se juegan otra línea";
"me parece que se la di, ¡qué grande soy!"; "mirá si será
salame, atarse los cordones en el surco"; "¡lo fracturastes,
criminal!"; "para que se deje
de joder y se vaya". Y el doctor sobre la pista preguntándole por el
pie, y Saravia tratando de apoyarlo con los ojos entrecerrados y
dolientes, pero disimulando. Y las risas
de los parapalos, lejos. Y la nena que se iba, que le sacaba la lengua, que ya
estaba saliendo, de la mano apurada de su padre, y habló hasta que
desaparecieron. La nena dijo "setenticinco,
papá, hice más que ayer" y el padre "te felicito Marisita son una campeo".
- Justo en el último tiro, Saravia... ¿Quiere que lo
revise? ¿No me diga que no vamos a poder jugar otra línea?
Saravia: "no importa, deje"; "qué
imprudencia la suya", dijo Juan; "es que no sabe", acotó Lépez;
"no sé", completó él, con lágrimas en los ojos. Sentía que el pie
trataba de hincharse en aquellos zapatos apretados, sin encontrar el lugar.
"Estoy recuperado, dejen". Fue hasta la raya. Se paró.
- ¿Elegiste a tu novia?
- La que
está con zoquetes.
- A mi me
gusta la que tiene el guardapolvo levantado y la chucha al aire.
- Se van y
le damos.
Saravia soltó el tiro dos, el tres. No agregó casi
puntos.
- Cuarenta y seis -dijo Lépez-, una miseria. Le saqué
sesenta y... sesenta y siete puntos. Hice ciento trece. Poco para mis
performances habituales.
- Felicitaciones -dijo Saravia.
- Seguro que se
van. ¿Ya la tenés parada?
- Mirá.
- ¡Qué
verga, hijo de puta!
- Para
estas conchas, qué menos...
- ¿Se siente bien? -preguntó el doctor.
- Sí -dijo Saravia, entre calores- Los zapatos me
quedaban chicos, y ahora éste me está matando... No voy a poder jugar otro
partido, doctor. Usted disculpará.
- ¿Quiere que lo revise? -insistió él, recogiendo la
cinta de la mesa. Arrancó una pluma pequeña de uno de los almohadones.
- No, ya va a pasar.
- Mire que no me cuesta nada... ¡Juan, cobrame! -gritó el
doctor.
- ¿A estas minas se
le pondrán jugosas las conchas?
- ¡Como a
todas! ¿Nunca viste una concha?
- ...
- ¿A que nunca
viste una concha en tu vida? ¡Tanta verga al pedo!
- ¿Nos vamos? -preguntó Saravia.
- Todavía no -dijo el doctor-. Quiero aprovechar el largo
de la cancha para hacerle la prueba que le decía hoy en el consultorio, si Juan
me lo permite...
- Cómo no, doctor, disponga.
Lépez estiró un tramo de cinta y lo soltó. La cinta se
enrolló en el paquete.
- ¿De qué se trata? -preguntó Saravia.
Lépez lo condujo hacia
- Usted se para acá -le dijo-, en el borde, sosteniendo
la punta de la cinta.
- La punta de la
chota...
- ¡Te la
metí, tordo de cuarta!
- Y que el
otro tarado me la chupe, con esa boquita que tiene y ese babero rojo a lunares.
- Yo la estiro cinco metros, supongamos. Cinco, sí. Ya
está. Usted me dice si la oye caer.
- Vení, estirámela
a mí, pelado puto, que te hundo los joggins.
- A mí me
sigue gustando más la del desplegable de la página treinta, qué querés que te
diga.
- ¡Qué
sabés vos, marmota! Callate, porque te vas a comer una leche.
- Agarrame
los huevos.
- ¿La oyó? -dijo el doctor.
- ¿Qué cosa? -preguntó Saravia.
- La pluma que dejé caer.
- No oí ninguna pluma.
- Pluma linda es la
de esta gallina...¿A vos te parece que usarán esas ropas para irse a dormir?
- ¿Vos
nunca te fuiste a dormir con una mina?
- ¡Si vos
tampoco, de qué te la das!
- Todas las
minas usan de estas bombachas con agujeros... ¡Hasta tu mamá las debe usar!
- Ahora son diez
metros. Escuche con atención, Saravia. Va.
- Con la vieja no
te metás.
- ¡Dale, si
a tu vieja se la mueve toda la villa!
- Te dije
que no te metás.
- No me
meto. En el culo calientito de tu vieja no me meto. Pero ahora mismo que cierro
los ojos, es como si estuviera cogiendo con ella...
- No escuché nada. ¿Por qué tiene que ser una pluma, Lépez?
- Para ajustar la medida con el menor de los sonidos.
Vamos a los quince metros. Escuche con atención.
- ¡Tené cuidado con
lo que decís, pajero de mierda...!
- ¡Más
pajero serás vos! Qué lindo, tener una vieja así para hacerle la gallina cuando
los vecinos se la dejan libre...
- ¿Escuchó algo? -gritó
el doctor.
- Un poco. Escuché cuando rozaba el piso.
- ¿Fuerte?
- Es increíble... No. Despacio, como si lo rascara...
- Van dieciséis metros. Va pluma.
- ¡Te voy a matar,
te voy a bajar los dientes a trompadas!
- Vení,
manfloro, vení, que hago una brochet entre tu vieja y vos...
- Chauuu... ¡Lo escuché como un martillazo! -gritó
Saravia.
- Todavía no terminamos. Diecisiete metros y... ¿Qué pasa
ahí atrás?
- Suelte la pluma, Lépez.
- Va.
- ¡Tomá, tomá,
tomá!
- ¡Comete
ésta, hijo de puta!
Saravia se tapó las orejas y abrió la boca. La pluma
había llegado al piso. El estruendo le cerró los ojos. Soltó la cinta que fue a
enrollarse a los pies del doctor.
- ¿Qué pasa? -gritó Lépez, dándose vuelta.
Los parapalos caían sobre la lona del foso, con los
cuerpos trenzados en la pelea. Saravia se metió los dedos índices en sus
orejas. Todavía le dolían.
- ¿Qué es esto, che? -el doctor tironeaba del brazo del
azul.- ¡Dejen de pelearse, carajo!
Juan fue hasta el fondo.
- ¿Qué les pasa, chicos? ¡Basta de gritos en mi bowling!
Los chicos salieron del foso a los empujones. El azul,
que era más esmirriado, estaba llorando.
- ¿Por qué se peleaban?
- El me pegó.
- Mentira, fue él. Puteó a mi madre.
- Mentira, él puteó a la mía.
- ¡Turro de mierd...!
Los chicos volvieron a manotearse. Lépez sujetó a uno y
Juan al otro.
- ¿Cómo empezó? -indagó Juan.
- Yo estaba mirando una revista y él me la sacó.
- ¿Qué revista? -preguntó el doctor.
- Esa... una de chicas... -dijo el azul.
El doctor pasó al buche y la encontró sobre el andamio,
abierta y baboseada. Era una Pent House de Navidad. Salió transfigurado.
- ¿Quién trajo esta basura? -preguntó, a los gritos.
La cara del doctor estaba muy seria.
- ¿Quién carajo trajo esta basura? -repitió, marcando las
palabras.
Se produjo un grave silencio. Lépez miraba a uno y a otro
alternadamente.
- No es para tanto -dijo Juan.
La cara de Lépez se descompuso del todo.
- ¿Cómo "no es para tanto"? ¿Observó la revista,
Juan? ¿Observó esta chanchada, esta oferta del demonio, para decir "no es
para tanto"?
- Estaría acá... -dijo Juan.
- Si hubiera estado acá antes, usted lo sabría, ¿o me
equivoco?
- No se equivoca -dijo Juan, cabizbajo.
El doctor volvió a su actitud anterior.
- Repito la pregunta, porque me parece que no la oyeron.
¿Quién trajo esta inmundicia a este lugar sano? Porque el lugar del deporte es
un lugar sano, ¿no es cierto, Juan?
- Sí, doctor.
- Espero una respuesta -dijo Lépez, golpeando con el pie
en el suelo.
- Diganlé... digan algo -dijo Juan, para terminar el
asunto lo más rápido posible.
- Fui yo, qué mierda -dijo el chico más grande, el
parapalos que llevaba el equipo azul.
El doctor le tironeó de una oreja.
- ¡Que sea la última vez! -gritó.
El chico le dio una trompada. Saravia, que había
conseguido sacarse los zapatos de bowling, se acercó hasta el grupo para
mediar. El doctor parecía haber llegado demasiado lejos, y a él le dolía
horrores el pie.
- Usted no es mi padre para pegarme -gritó el chico,
nervioso. Le dio una patada.
El doctor improvisó una fuerte cachetada, que el chico
esquivó. El pantalón de Lépez había quedado con una marca de zapatilla en la
canilla izquierda, por la patada del chico. Juan dijo: "paren, che".
El rojo murmuró:
- Usted no es quién para pegarle a mi amigo...
- ¡No es mi padre! -repetía el azul. Juan se interpuso.-
¡Y devuélvame mi revista, que es mía!
- ¿Ah, sí? -dijo el doctor, desafiante.- Mirá lo que hago
con tu revista.
Y rompió las fotos en dos, en cuatro partes. Algunos
pedazos se cayeron al piso cuando el azul comenzó a tirarle patadas y puñetazos
que Juan casi no podía detener, de tan enérgicos. El chico tenía un ataque de
nervios. El doctor le seguía diciendo: "mirá qué linda tu revista, mirá cómo
la despedazo, mirá". Tetas, espaldas femeninas, bombachas de satén y
portaligas quedaron esparcidas en el piso.
- Usted no puede hacerle eso a mi amigo -insistió el
rojo.
- ¡Pará, pará! -gritaba Juan, intentando inmovilizar al
azul.
- Miren cómo puedo... -continuaba el doctor, en una
letanía animal que iba disminuyendo en volumen y en furia. Recogió los papeles
y los tiró al tacho.- Pendejos de mierda -dijo.
Saravia había mirado el episodio desde tres metros de
distancia.
- Esto es para que aprendan a no leer esas basuras...
-seguía bufando Lépez.- Pendejos de mierda -repitió.
Juan había conseguido calmar al azul, aunque no pudo
calmarle la mirada. Saravia supuso que ese chico estaba echándole todas las
maldiciones posibles desde sus ojos inyectados. El chico hizo el ruido de un
gargajo gigantesco en la garganta y escupió toda su bronca contra la espalda de
Lépez, que caminaba hacia Saravia. El médico se dio vuelta. Juan le decía:
"Basta, doctor, usted también..."
La cara de Lépez ya no era la de un hámster, sino la de
un perro rabioso. Más que perro, tenía las mandíbulas duras y los ojos
amarillos de una comadreja. Frunció varias veces la nariz y se adelantó un
paso con la intención de asestarle un
golpe al chico. Juan se interpuso. El chico dijo "vení, conchudo,
arrimate..." En la espalda de Lépez, cerca de un hombro, chorreaba una
escupida blanca en una gota espesa. El doctor volvió donde Saravia y le
preguntó si tenía la espalda mojada. Saravia notó que estaba muy tenso, con los
músculos contracturados y alertas. Por detrás seguían sonando las puteadas del
azul a las que se acoplaban las del rojo
y los pedidos de calma de Juan. Saravia dijo:
- Nada que no se pueda secar con su toalla.
- Use la del bowling -dijo el doctor, furioso. Sus ojos
iban de los ojos de los chicos al suelo. Saravia se subió a la pedada y sacó
una esponja seca del costado del surco. El pie se le había hinchado bastante;
se preguntó si le entraría su zapato. El doctor dio la espalda a los palos.
Saravia le secó la escupida.
- Pendejos... -repetía- ¿Adónde va la niñez, Saravia?
- No se caliente, doctor.
- Expliquemé. No hay respeto...
- Son chicos.
- Son una mierda. Maleducados...
- Olvidesé, Lépez.
Mientras tanto, Juan se había acercado. Traía en las
manos los zapatos de los jugadores. Saravia se sentó al borde de la cancha y se
calzó primero el izquierdo.
- ¿Se le hinchó mucho? -le preguntó el doctor. Tenía la
planilla y la birome en sus manos, para entregárselas al mal teñido.
- Algo -dijo Saravia-. Prestemé la birome un momento.
- ¿Para qué la quiere?
- Para anotar un número. ¿Se acuerda de memoria el
teléfono de su secretaria?
- ¿De Cristina? ¿Para qué lo quiere?
Saravia dudó. La birome señalaba la palma de su mano
abierta.
- No sé... se me ocurrió. Como el otro día me atendió tan
bien...
El doctor se sentó en el banco a calzarse sus mocasines.
Guardó las bolas grabadas, los zapatos y la toalla en el bolso.
- ¿Usted conoce a esa chica, Saravia?
- No... casi nada. Pensé que podía ser un gesto delicado,
eso de llamarla, ahora que está en cama...
Calzó su otro zapato con un dolor que se le trasparentó
en la cara. Se paró. Le iba a doler con ganas, cuando empezaran a caminar.
Volvió a sentarse para anudarse los cordones. El del pie hinchado lo dejó
flojo.
- Se lo doy, pero no le diga que fui yo. Uno no anda
dando teléfonos ajenos... ¿Entiende lo que le digo, Saravia?
- Sí.
- Anote.
Dictó un número de ocho cifras. Saravia se lo anotó en la
mano. Después le devolvió la birome a Juan, que se acercó para recibirla. Los
parapalos miraban desde atrás de sus ventanas, alunados, empujándolos con las
miradas. Saravia sintió sus murmullos malhablados. Se puso el saco en silencio.
- Anotemé todo, Juan, a mi cuenta. Deje, Saravia, le dije
que lo invitaba...
Salieron a la calle. Saravia rengueaba, por lo que el
doctor le aconsejó que se tomara un taxi. Había comenzado a garuar.
- Vamos a sitios distintos, si no lo alcanzaba -dijo
Lépez. Se pararon en la esquina para despedirse.- Hagamé caso, vaya a dormirse
temprano y descanse. Mañana va a tener el pie bien -y agregó-. ¿Usted sabía lo
que estaban leyendo esos pendejos, no?
- Sí -dijo Saravia.
- ¡Cómo no me avisó, viejo! ¡Me extraña! Sin la custodia
de nosotros los grandes, estos pibes van a crecer como delincuentes...
¿Entiende lo que le digo?
- Sí -dijo Saravia, secamente.
- ... ¿Y la moral, Saravia?... ¡Me extraña! -el doctor se
quedó pensativo. Paró un taxi con la mano. Saravia le abrió la puerta.- Me
extraña...
Saravia pensó, mientras lo veía entrar, que la moral de
Lépez no era lo que más le preocupaba, ni el pie lo que más le molestaba, sino
el rebrote de su situación auditiva. ¿Qué le importaba a él la moral de esos
pibes? ¿La niñez necesitaba a Lépez? ¿A Saravia? "¿Entiende lo que le
digo?". "No", pensó. Había oído cada palabra de esos chicos,
cada jadeo que hicieron al comenzar a masturbarse, había oído la fricción de
los puños cerrados sobre sus miembros, el cerrarse de las cremalleras, las
primeras cachetadas que se dieron. El tironeo de la ropa. Las torceduras de sus
músculos. Volvía a oír todo de nuevo.
Ahora, por ejemplo: ¿No era el sonido de una lapicera que
escribía un cheque? O: ¿No sentía el murmullo de la cáscara de una banana pelada en las manos
de una mujer? ¿Y aquel tic tac tac, no eran las teclas en la computadora de un
escritor, redactando su mejor novela? Desde dónde vendrían. Desde qué cuadras,
desde qué manzanas, desde qué barrios alejados de la ciudad. Metió la mano en
el bolsillo del saco y palpó el Mickey de cera envuelto en papel metalizado. El
doctor ya estaba dentro del taxi. Saravia se acercó para escuchar lo último que
le quería decir, antes de irse.
- No se haga ilusiones con esa mujer -dijo-, porque en
poco tiempo va a perder las extremidades.
Saravia apretó el número en su mano cerrada. Miró sobre
el capot del taxi, donde las gotas de lluvia comenzaban a crecer y a
multiplicarse. La noche era cerrada como el corazón del Mickey de cera.
- Es inevitable -agregó el doctor-. Saludos a Celeste.
El taxi arrancó y subió por la calle mojada.
Etiquetas: EL AMOR ENFERMO |
Gustavo Nielsen nació en Buenos Aires, en 1962. Es arquitecto y escritor. Como arquitecto ha realizado obras en Capital, Buenos Aires, Córdoba, San Luis y Montevideo. Desde 2008 comparte el Galpón Estudio en el barrio de Chacarita junto a los arquitectos Ramiro Gallardo y Max Zolkwer. Ha ganado el Tercer Premio para el Parque Lineal del Sur (asociado a Max Zolkwer), el Primer Premio para el Oasis Urbano Magaldi Unamuno, Tercer Premio Cenotafio Las Heras y Mención en el Oasis Boedo (asociado a Max Zolkwer y Ramiro Gallardo), Mención en el MPAC (asociado a Sebastián Marsiglia), Mención en el Pabellón Frankfurt 2010 (asociado a Max Zolkwer y a Sebastián Marsiglia) y Primer Premio en el concurso internacional para el Monumento a las Víctimas del Holocausto Judío (también asociado a Sebastián Marsiglia). Escribe notas sobre ciudad y diseño en el suplemento Radar, de Página 12. Ha publicado “Playa quemada” (cuentos, Alfaguara), “ La flor azteca” (novela, Planeta), “El amor enfermo” (novela, Alfaguara), “Marvin”, (cuentos, Alfaguara, "Auschwitz" (novela, Alfaguara)y “Adiós, Bob” (cuentos, Klizkowsky Publisher) , “Playa quemada” (cuentos, Interzona), “La fe ciega” (cuentos, Páginas de Espuma, Madrid), “El corazón de Doli” (novela, El Ateneo) y “La otra playa” (novela, Premio Clarín Alfaguara 2010). Mensajes a gesnil@gmail.com
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