7.14.2017
8.05.2016
UN ASESINO ES UNA PERSONA NORMAL QUE TRABAJA MATANDO GENTE.
Etiquetas: NOTAS
7.04.2016
NOTA COMPLETA DE LIOTTA PARA VIVA
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|---|---|---|---|
7.14.2017ENTERRAR A LOS HIJOS
Me llamo
María Rosa, nací y vivo en Ciudad Oculta. Tengo cuatro hijos, una mamá, un
hermano. Y una especie de cartel que me cuelga del cuello. Me llaman “la madre
del paco”. Aunque no estoy de acuerdo. Al paco no lo parí: yo parí un hijo que
está en problemas por fumar basura.
La droga
llegó al barrio en el 2001. De ahí en adelante nuestra vida fue un desastre. La
memoria es como un pelotero en el que todo se mezcla. Trato de recordar. Mi
hijo se enganchó y llegó a pesar 46 kilos, con un metro setenta y cinco de
altura. No comía, no tomaba líquido. Caminaba doblado como un anciano. Tenía
los pies llenos de ampollas. Otros chicos se parecían a él: todos se parecían
con todos. Nosotras, las madres, también nos parecíamos. Y empezamos a luchar.
A golpear puertas para internarlos. A ver cómo nadie respondía. A sacarlos del
barrio bajo cualquier pretexto –yo mandaba a mi nene a La Pampa, con la abuela-
y a ver cómo al regresar volvían a reventarse en pocos días.
Nos desesperamos.
Ese miedo nos ayudó a expandirnos y formamos una red de madres de todas las
provincias de la Argentina. Marchamos en Buenos Aires, Goya, Salta y Córdoba. Nos golpeamos contra el
poder político y contra la misma ley: hoy no se puede internar a un pibe de
nueve años sin su consentimiento. Si el pibe no acepta quedar internado, la ley
manda “privación ilegítima de la libertad” y nos trata, a las que intentábamos
ayudarlo, como si lo hubiéramos secuestrado.
Acá estamos
solas de todo.
Acá, si no cortás una avenida, estás
muerta. O enterrás a tus hijos
Suena
la cumbia, de fondo. La cumbia, en la villa, es el fondo de todas las cosas. En
la marcha también. La señora es triste, tiene cara de triste. Tiene puesta una
remera roja muy gastada, y jeans bastante nuevos. Huele a ajo y a
transpiración. Le pasan un mate que viene cebado de hace rato, por lo lavado
que está. Lo mira: los palitos flotan en la superficie del agua. También ve que
no se ha cambiado las ojotas, que salió así nomás. Le agrega al mate una cucharada de azúcar y en el camino
desde la azucarera hasta la calabaza se le cae la mitad. El brazo le tiembla.
Los pocos hombres que hay en la ruta tienen olor a tabaco o a alcohol. Hace
calor. La cumbia parece que lo acrecentara. Hay unas treinta personas, pero van
a venir más con los carteles y dos neumáticos para quemar, le dice un hombre a
la mujer. Es su hermano. Ella le pide el trapito negro para atarse a la cabeza.
“El pañuelo”, corrige él. Se lo pasa.
Jeremías nació en el año 86. Cuando cumplió
seis meses, nos mudamos a San Justo. Me habían ofrecido cuidar una fábrica como
casera, y vivíamos y trabajábamos ahí. El papá, los chicos y yo. Los dueños de la fábrica eran tíos, por eso
el ambiente era familiar. Jeremías se crió en medio del personal. Fue a jardín
privado, porque lo pagaban ellos. Hizo hasta tercer grado en San Justo.
Cuando la fábrica quebró, nos mudamos a la
villa de Isidro Casanova, donde no nos conocían y nos hicieron pagar el derecho
de piso. Un 23 de diciembre nos robaron todo y casi lo matan al papá. No me
olvido nunca. Tras que la vida es difícil, te pasa eso.
Soy una mujer golpeada. El padre de
Jeremías me pegaba por cualquier cosa. De repente estaba lo más bien, y le
salía la violencia. Me acuerdo que una vez me dio en la cara. La nariz me
sangraba. Jeremías vio todo y se le colgó de la pierna para que no siguiera.
Pero él siguió, hasta que me cansé. Le dije que me iba a comprar cigarrillos y
me fui para siempre, con los chicos. Tomé un taxi en la ruta y me volví a
Ciudad Oculta, descalza como estaba.
Ella se mira los pies. Quizás sienta que las ojotas
le quitan seriedad o bravura. “Mayra”, le dice a su hija,”andáte a casa y
traeme las chatitas. Hay que estar presentable porque va a venir el periodismo”.
Algunos traen sillas. Otros acercan neumáticos
y unos papeles. Una señora de batón empieza a hacer bollos con los diarios y a
ponerlos adentro de las ruedas. Lo hace apresuradamente, con miedo. Llegan dos
vecinas. Tienen el aplomo de los cuarenta años, aunque deben ser mucho más
jóvenes. De treinta, o hasta de veinte. Los pañuelos negros revelan el duelo.
La policía motorizada aparece antes que los periodistas.
Tengo una historia llena de amenazas de
muerte. Antes de la primera internación, cuando mi hijo estaba tan mal, fui a
hablar con uno que vendía paco en Ciudad Oculta. Le dije: “te pido un favor, no
le vendás más a mi hijo que se está muriendo”. Sacó un arma y me la puso en la
frente. “Te voy a meter un tiro en la cabeza”. Yo estaba jugada. A veces acá
tenés que hablar como hablan ellos. “Si te da la sangre, tiráme”, le dije. Y
bajó el arma.
Mucho después me lo crucé y me pidió
disculpas. “Ya no vendo más, cambié”. Puras mentiras. Siguen vendiendo. Habiendo tantas denuncias, y atrás de las
denuncias, amenazas -hasta al Padre Pepe amenazaron -, ellos nunca se van.
Siempre te aprietan. Se la agarran con vos o con tus hijos.
Acá denunciamos a los que vendían y nos
jugamos la vida. No corresponde que las madres hagamos las denuncias con nombre
y apellido. Para eso están los servicios de seguridad. El ministro nos dio un
canal específico con la Policía Federal, pero comprobamos que era inútil. No
sirve. Un punto muerto.
La
mujer hace gestos con la boca, como si fuera a hablar, pero en silencio. Practicando
lo que tiene para decir. Sin chances de atravesar el corte, varios conductores
giran con sus autos y se vuelven fastidiados por donde vinieron. En la maniobra
reciben la ayuda de los policías que llegaron en las motos. Uno es petiso y el otro
lleva un bigote con forma de anchoa. Son parcos con los conductores, y evitan la
mirada de los manifestantes. “Cómplices”, les grita una señora de pañuelo.
“Canallas”, un hombre de mameluco marrón. No hay jóvenes en la marcha. Hay cada
vez menos jóvenes en Ciudad Oculta.
Al día siguiente del corte en la avenida Eva
Perón me llamaron del Sedronar diciendo que había un lugar para internar a
Jeremías. Lo tuvimos que llevar con la fuerza pública, porque no quería ir.
Siempre lo digo: fue muy chocante verlo subir a ese patrullero, entregárselo en
las manos a la policía. Pero en ese momento era la única opción.
Mi hijo fue internado en una comunidad
bastante cara, “Mensajeros de la vida”, donde lo pasaron de medicación. Le estaban dando 27 pastillas diarias. Vi
que mi hijo tenía síntomas que no eran normales. Hasta ahí pensábamos que
estaba gordo porque comía más. Un día que me lo dieron para pasear lo llevé al
Hospital Piñeyro. El médico que lo vio me dijo: “Señora, su hijo está hinchado.
Hable con el pediatra que lo está medicando para que corrijan las dosis”.
En la comunidad no logré que el siquiatra
me atendiera. Nunca supe qué le estaban dando a Jeremías. Ni los nombres de la
medicación, ni las dosis. Mi hijo tenía temblores; ya no sujetaba la cuchara y
había que darle de comer en la boca. Yo ponía en la balanza su situación en
consumo y la de su falsa recuperación. Las cuentas no me cerraban.
Jueves y viernes Santo me lo traje a casa.
Las medicaciones estaban en sobres cerrados. Todos los desayunos, almuerzos,
meriendas y cenas. Me guardé la mitad de las pastillas para dárselas, y llevé
la otra mitad al Sedronar. Me acompañaron el cura del barrio -el Padre
Sebastián- y un asistente social. Cuando en la institución abrieron los sobres
se quedaron mudos.
Se supone que en el Sedronar están
enterados de todo. Mi hijo había sido internado por Juzgado, pero nadie se
había tomado la molestia de ir a la comunidad y ver en qué situación estaba. No
hubo seguimiento y así quedó Jeremías: con taquicardia y babeando. Cuando se
dignaron a constatar su estado, lo mudaron a la Clínica Dharma.
Un
Volkswagen gris trata de hacerse paso por un costado. Ya hay casi cincuenta
personas cortando la avenida. Llega una periodista que tiene dos trenzas, con
un camarógrafo de camisa planchada. El hombre que conduce el Volkswagen está
indignado. A su lado va una mujer vieja, de anteojos. El hombre toca bocina,
amenaza con atropellar a esos que le impiden seguir. Hace gestos con la mano.
El policía de bigote se acerca a la ventanilla. No puede ser que diez tarados
corten una ruta. Cosa de todos los días. “¿Y hoy por qué es?”, pregunta la
señora. “Porque no hay luz en Ciudad Oculta”, miente el policía. El Volkswagen
arranca con una maniobra brusca; da marcha atrás, gira y se vuelve. La señora
de los anteojos alcanza a bajar su ventanilla para putear a los manifestantes.
Dharma es un siquiátrico. Si la comunidad
era cara, esto era imposible de pagar, para nosotros. Queda en Parque
Patricios. Ahí estuvieron Celeste Cid, Charly García, Maradona, el hijo de
Silvio Soldán. Trasladaron a Jeremías ahí. Por diez días no me dejaron verlo.
Me pasé ese tiempo pensando, rezando… No
sabía con lo que iba a encontrarme al volver. Recuerdo que me temblaron las
piernas en el ascensor. La siquiatra me tranquilizó:
- Mire que su hijo está bien…
No le creí.
Cuando el ascensor abrió sus puertas, lo vi
venir por el pasillo. Era otra persona. Mejor dicho: ¡era Jeremías! Hablaba
bien, me abrazó. Lloramos juntos. Le habían sacado la medicación anterior, y se
la habían reemplazado por otra de acuerdo a su patología. Jeremías se fue
recuperando de a poquito.
Me dijeron que los primeros días había
tenido que ser contenido. Yo me
imaginé que le hablaban, pero para ellos contenerlo
era atarlo. Tenía crisis por la reducción de la medicación. Se podía
lastimar, podía lastimar a los otros internos. Romper un vidrio, cualquier
cosa. Por eso lo tenían encerrado y atado. Pero bueno, pensé: es de nuevo él.
Jeremías.
Los
hombres la señalan. La periodista y el camarógrafo se dirigen hacia ella. El
policía petiso también. La mujer los ve acercarse y se olvida del cansancio: es
ahora o nunca. Hay que hablar. Las pancartas empiezan a llegar. Están hechas en
cartulinas, en cajas de corrugado, sobre sábanas viejas. Han pintado las letras
con marcadores, con témpera. Dicen: “PACO = GENOCIDIO”. Dicen: “Saquen la droga
de la calle”. El camarógrafo enciende la cámara. “NO MATEN A LOS NIÑOS”. El
policía petiso se mete entre el micrófono y la señora del pañuelo negro.
Únicamente dice: “Nada de notas. Circulen”.
A Jeremías le gusta mucho el trabajo
social. Un día me preguntó:
- Mamá, ¿qué te parece si vamos al Borda a
dar una mano?
En ese momento yo conseguía mucha ropa por
donaciones. Me traían muestras de champú; compramos una máquina para cortar el
pelo. Íbamos los domingos, era infaltable. Jeremías los afeitaba, les cortaba
el pelo. Algunos nos pedían gel; se lo conseguíamos y se lo llevábamos. ¡Con
tan poco hacíamos tanto! El cambio en las personas abandonadas es tremendo, en
cuanto sienten que les prestás atención. Vos los veías con los pantalones
abajo, el culo al aire… Yo me iba hasta Liniers a conseguir medias y
calzoncillos en oferta, que son baratos y se compran por docena. Jeremías
acompañaba a esos hombres para que se limpiaran, les daba toallones que también
conseguíamos por donación.
Ese trabajo le sirvió. Yo no sé si él se
sentía identificado con los locos por los momentos malos que vivió. Jeremías
durmió en la calle. Con cuatro días de consumo no te acordás de volver a tu
cama. Creo que por eso le gustaba tanto el trabajo comunitario: porque veía el
cambio en las personas, que quedaban aseadas. Nuevas.
El
policía ha separado a las mujeres. A la del pañuelo, de la de las trenzas. Las avenidas
son para cruzar, no para quedarse. Las avenidas son para los autos. La gente
debería cruzarlas corriendo. Al menos eso pasa en las rutas pobres. En la de
los ricos hay puentes, túneles. Acá la gente corre, porque los autos van a toda
velocidad. Alguien aleja a la mujer del pañuelo del policía, para que no lo
haga enojar y que él no la lleve presa por desacato. Le prestan un saquito y
unos anteojos de sol que le quedan grandes en su cara esmirriada. La sientan
sobre un tronco. El hermano va hasta la otra punta de la manifestación a
acomodar las llantas viejas. Alguien le alcanza el encendedor. Llega un
patrullero del que se bajan otros cuatro efectivos. Alguien le sube el volumen
a la cumbia hasta que los parlantes tiemblan.
Después de ayudar en el Borda, Jeremías fue
al Sedronar. Le pidió trabajo al doctor Granero. Empezó haciendo mantenimiento;
limpiaba. Y siempre que podíamos, dábamos charlas en el interior. A él le permitían
viajar, en su trabajo. Tenía 21 años y estaba saludable. Conoció una chica, se
puso en pareja. Se compró el somier, la tele. Pero a ella le molestaba un poco
esto de las charlas. Era muy de gritar. No nos quería acompañar. Empezaron a
tener problemas. De un día para otro él se volvió a mi casa. Yo lo vi y adiviné
qué le pasaba. Le dije:
- Estás consumiendo de nuevo. Si las cosas
con ella no van, vos igual tenés que salir adelante.
Cuando se separaron, él volvió a la droga.
Lo persiguió la policía. Trató de salirse, pero lo tiraron de un coche en
marcha. Ese día yo estaba en lo de mi mamá: tenía turno en lo de la neuróloga y
me iba a quedar a dormir para viajar menos. Eran las once y media de la noche.
Yo le había dicho que no se fuera a Pompeya, donde estábamos viviendo en una
casa transitoria a la que nos habían mandado por seguridad. Una seguridad que
nunca existió. Nosotros salíamos en los documentales con los curas villeros,
dábamos reportajes por televisión: éramos peligrosos. Nosotros tocábamos el
tema de raíz: el paco no puede venderse si no hay alguien “arriba” que lo
permite. No es un caramelo. Y ahí me llamaron y me dijeron que Jeremías había
tenido un accidente.
En el hospital me informaron que iba en un
vehículo con otras siete personas que se dieron a la fuga. Jeremías se
tiró en Castañares y Perito Moreno. Cayó
seis metros desde arriba de la autopista. Llegué al Piñeyro y me fui directo al
fondo, a la guardia, donde operan de urgencia. Lo buscaba en las camillas y lo
encontré en el suelo. Estaba tirado sobre la chapa de la morguera. La cara toda
hinchada, perdía sangre por todos lados. Pegué el grito: “¡se muere!”.
La empatía
entre la mujer y la periodista es algo secreto, que solamente comparten los
manifestantes. Mayra llega con los zapatos. La mujer se los calza. Le dice:
“vaya y cébele un matecito a la chica de las trenzas”. La periodista se pasa el
micrófono de mano para sostener el mate que le traen. Ya suenan unos bombos
improvisados con tachos de basura. La periodista no le agradece el mate a Mayra,
sino a la mujer que la está esperando a cinco metros de distancia, sentada, con
el pañuelo negro en la cabeza y chatitas en los pies. Lo hace con un movimiento
de mentón. El humo de la columna de neumáticos comienza a aflorar por encima de
los manifestantes.
A Jeremías no lo asistía ningún médico.
Estaba abandonado en el suelo. Dos doctores venían por el pasillo. “Mi hijo
respira, está vivo,” les dije, “hagan algo”.
- No se puede hacer nada -me contestó el
más viejo.
- Lo tienen que salvar, ustedes hicieron un
juramento -les recriminé. Y les pedí el nombre, porque no llevaban la
identificación en el guardapolvo.
- Tanto quilombo por un delincuente… -dijo
el otro.
Me quedé atónita.
- ¿Qué dijo?
- Lo que escuchó.
- Su obligación es atender a mi hijo. El
Juez y el fiscal van a decidir si él es un delincuente, o no.
Otros vinieron a asistir a Jeremías. Lo
levantaron, lo ataron y con mucho cuidado lo llevaron a tomografía. Estaba
destruido. Tenía rota la cara y el lado izquierdo del cuerpo. No podía hablar,
ni tomar agua. Tenía los dientes salidos. Una cosa es contarlo y otra verlo. Lo
primero que operaron fue la parte facial.
Al otro día de la operación le pregunté,
indicándole que me contestara solamente moviendo su cabeza:
- ¿Te tiró la policía?
Hizo que sí. Yo sabía. Mi hijo no estaba ni
borracho, ni empastillado. Tampoco me cerraba que fueran ocho personas en un
vehículo y él se quisiera tirar porque vio un patrullero. Él iba en un patrullero, lo llevaban ahí.
Lo tiraron durante la marcha. Mucho después -cuando pudo hablar- me contó que
se quiso levantar. Y dos policías que se bajaron, lo agarraron a patadas y le
pegaron con un palo. En un momento se estaba quedando dormido y escuchó a uno
que dijo “dejalo que se fue”. Como si Jeremías estuviera muerto. En el
hospital, cuando yo llegué, todavía estaba inconsciente.
Los
uniformados corren hacia la confusión. El ruido se exacerba sobre el sector del
humo. Hay empujones, agite de banderas, algunos palazos. A la línea de gente
que conforma la manifestación se le ha roto un extremo. En el otro, en la punta
más lejana al disturbio, la mujer se levanta y camina. Cámara y micrófono la
reciben, la amparan. Una barrera de otras mujeres disimula este encuentro.
“¿Sos Madre, no?”, pregunta la periodista. “Sí”.
A Jeremías le hicieron la segunda operación
de la cadera y le pusieron una plaqueta en el fémur. Y clavos en el brazo y la
mano, que es lo que peor le quedó. Tenía fracturas expuestas. De la boca lo van
a volver a operar porque le quedó un hueco en el paladar por el que se le sube
la comida a la nariz.
Estuvo cuatro meses internado, con un
guardia permanente, por si se escapaba. El policía miraba la tele y comía con nosotros.
Jeremías quedó en silla de ruedas. Yo lo sacaba a pasear por el jardín. Le
ponía un pañal, porque se orinaba encima.
Al final llegó la orden judicial. Jeremías
estaba detenido y tenía que ser trasladado a un penal. Se había abierto una
causa. No sabíamos por qué asunto. El Juez al que le dieron la causa -acá en
Capital, porque esto pasó acá- se declaró incompetente, y el caso pasó a Provincia.
No entendíamos nada. En Provincia, la defensora de Jeremías le pidió al Juez
que vieran en la situación que estaba el detenido. Ni siquiera le habían sacado
los puntos de la última operación.
Empezó a hacer rehabilitación. No volvió a
recuperar el movimiento del brazo. Me llamaron de Nación para darle una pensión
por discapacidad. Enseguida me trajeron los formularios para que llenara. Les dije:
“No quiero una pensión. ¿Vieron el daño que le hicieron? Devuélvanme a mi hijo”.
La
periodista se tapa el sol con la mano, para preguntar. “¿Por qué es el corte?”.
La entrevistada se acomoda el pañuelo en la cabeza y se quita los anteojos.
“Por la venta de paco”, dice. “Queremos que el presidente acabe con esto de una
vez.”
- ¿Y
usted cómo lo sabe? - pregunta la periodista.
La
mujer se toca la mejilla con el índice, como modo de remarcar lo que va a
contestar. Tal vez sienta que tiene poco tiempo; mira nerviosa hacia el
disturbio que los policías están acallando. El petiso ya camina hacia ellas.
¿Quiénes son esos impertinentes que además de cortar la Eva Perón pretenden dar
un discurso por televisión?
-
Porque yo corté la avenida. Mi hijo se está muriendo -dice la entrevistada.
En
minutos se habrá terminado toda la confusión, toda la toma. Ella agrega:
- No
voy a ser yo la que lo entierre.
8.05.2016UN ASESINO ES UNA PERSONA NORMAL QUE TRABAJA MATANDO GENTE.
En el cine mudo los
malos tenían bigote. Era el modo de identificarlos. Esto lo dice Hitchcock en un
largo reportaje reunido en el libro “El cine según Hitchcock”. Le habían dado a
hacer una película titulada “Blackmail”, pero como el cine estaba pasando del
mudo al sonoro, no se sabía bien cómo iba a terminar, si muda o con sonido. El
cine estaba justo en ese límite extraño en el que los productores querían a toda costa evitar la brusquedad comercial
que adivinaban espantadora de espectadores. Hitchcock consideraba a las
películas mudas como “la forma más pura del cine”. Si por él hubiera sido, la
película se quedaba sin sonido. Después de muchas dudas los productores
decidieron que “Blakmail” fuese una película muda salvo en el último rollo,
para ir publicitando la novedad sin sobresaltos. Así es que se anunció como un
film “parcialmente sonoro”.
Hitchcock decidió que
era tiempo de vulnerar la regla del bigote, aunque sus productores no apoyaran
la idea. Al director inglés le resultaba, tal
vez, muy infantil eso de que para ser bueno bastara con una afeitada. El pintor
de la película quiere violar a la chica que ha llevado a su casa; el asunto
acabará en un crimen. Hitchcock dice:
- Hice, en esta
escena, un adiós al cine mudo. Mostré al pintor sin bigote, pero la sombra de
una reja horizontal de hierro forjado colocada en el estudio, le dibuja en el
momento justo, encima del labio superior, un bigote más verdadero y más
amenazador que el real.
Comenta también que
lo hizo porque ansiaba vender, para que muchos vieran y disfrutaran de sus
tramas. Muchos, para Hichcock, eran muchos. Por eso buscaba artilugios para
dejar a todos contentos, la clave de sus negociaciones.
El del cine mudo fue
un tiempo de doble ingenuidad. El hombre que sale en la pantalla no sabe que el
código del mal de su barrio es llevar un bigote. Persiguen al malo sin fijarse
en ese detalle. El asesino es muy fácil de descubrir para los espectadores. La
maldición de su bigote lo desnuda.
El suspenso, en ese
tiempo, estaba basado en la proximidad, en ese gritarle al muchachito desde la
butaca ¡corréte de ahí que el bigotudo te puede matar! El mismo Hitchcock
utiliza este mecanismo aprendido en el mudo en muchas de sus películas posteriores.
La escena de “Los pájaros” de la estación de servicio nos hace ver, desde
adentro de la oficina, todos los ingredientes de la catástrofe que los mismos
personajes conocen parcialmente. Vemos la nafta derramarse, el hombre que
enciende el cigarrillo, los pájaros que atacan, el fósforo caído sobre el
charco del piso. La chica grita pero nadie la escucha. La estación explota en
llamas.
El anónimo que en 1927
miraba “The Lodger” (“El asesino de las rubias”) desde su cómoda butaca de cine
es contemporáneo a Ivor Novello, que actúa en la película. Pero el de la butaca
sabe quién es el malo; Ivor no. Pienso que sería bueno vivir en un mundo así,
avisado, en el que supiéramos de antemano cuál es el signo externo que
identifica al mal para poder distinguirlo y huir. Pero inmediatamente me digo
que es un mundo horrible. Ha existido y existe fuera del cine mudo y se consuma
rápidamente en genocidios, esos momentos en los que los Estados enloquecen y
comienzan a matar a sus beneficiarios por razones racistas, religiosas o
sociales. En esos casos los malos siempre se ponen sus uniformes y sus
medallas, y masacran dentro de una legalidad consentida parcialmente, apoyada
por el poder. En esos casos los asesinos están muy orgullosos de matar; sus actos
son su trabajo legal y suceden dentro de las ocho horas marcadas con tarjeta.
No vamos a hablar de
esos individuos que inmerecidamente ocupan realidades en la historia de nuestro
sufrido planeta (incluidos libros y películas), sino que vamos a hablar del
otro, de ese que trabaja ilegalmente en las tinieblas y no tiene más poder que
el de su astucia y coraje. Ese que para el atraco depende de la sorpresa, que
no avisa como en el cine mudo. O al menos no está tan claro que avise. Digo
esto último por los asesinos de mujeres. Por ejemplo: el que mata a toda su
familia en “Dimensiones”, el extraordinario cuento de Alice Munro en “Demasiada
felicidad”. En los femicidios los modos de avisar del asesino son evidentes
para todos menos para las víctimas. Ellos dan señales en la intimidad de su
espacio doméstico, pero las dan en el momento en que el resto de la familia no
las puede decodificar. La camarera del Blue Spruce Inn es como el policía del
cine mudo: tiene el asesino delante, le ve el bigote, pero no reconoce en esa
mata de pelos un peligro. Ella no puede entender ese bigote de gritos y
zamarreadas. Tiene, dentro de sí, la respuesta; pero está tan ensimismada que
no lo puede denunciar. Pagará esa indiferencia con la muerte de sus hijos.
Después de saber que Chikatilo
era el Carnicero de Rostov que toda Rusia buscaba, los vecinos –que hasta ahí
lo consideraban un dechado de honestidad y moral- se acordaron de ciertas
conductas y decodificaron varios signos. Pero eso sucedió con el diario del
lunes: antes nunca se habían quejado. Y lo fusilaron porque se entregó, al
estilo Raskólnikov de “Crimen y castigo”, un poco perseguido por la culpa y
otro poco para ganarle a su perseguidor. En la realidad y en las novelas
policiales, los asesinos seriales suelen ser los únicos que saben del crimen,
porque trabajan de eso y hacen bien su tarea. Cuando los inspectores se enteran
ya suele haber un tendal de cadáveres. Y el asesino es una persona difícil de
pescar porque todos lo ven como a alguien normal, otro pez nadando en el
estanque. Inclusive suelen ser seres queribles.
Patricia Highsmith fue
la que acuñó el término “criminales queribles”. Ella es la campeona en el arte
de convertir una persona común, que trabaja, como Jonhatan en “El amigo
americano”, en enmarcado de cuadros, en un asesino entusiasta que trabaja
matando.
“Los escritores que
deseen escribir libros parecidos a los
míos –aconseja Highsmith, en “Suspense”, su maravilloso libro de teoría-
tendrán un problema adicional: ¿cómo hacer que el héroe sea querible o, en lo
posible, mínimamente apreciado? Por lo general esto resulta tremendamente
difícil, aunque pienso que mis héroes son siempre criminales bastante queribles, o al menos no son seres repugnantes.
(…) Lo único que sugiero es que al asesino se le atribuya la mayor cantidad
posible de cualidades agradables, como por ejemplo: generosidad, bondad para
con algunas personas, afición a la pintura, la música o la cocina. Además a
veces sucede que estas cualidades, en contraste con sus rasgos homicidas,
terminan siendo divertidas.”
El asesino es una
persona que asesina en lugar de fabricar cosas, llevar una contabilidad,
limpiar casas o vender objetos. Normalmente no lo vemos así porque para
nosotros, que fabricamos cosas, llevamos contabilidades, limpiamos casas y
vendemos objetos, el asesino está siempre fuera del circuito del trabajo,
porque está de raíz fuera del circuito de la ética. Pero para escribir lo
tenemos que convertir en ese ser que piensa, que pone el músculo y la
herramienta al servicio de su obsesión, aunque mate. Los escritores vemos a los
asesinos como gente que, simplemente, tiene ese trabajo por hacer. A veces
hasta los admiramos durante un tiempo, normalmente el que dura la escritura del
libro.
Fernando Savater daba
una clase de ética a chicos del secundario, y siempre les planteaba un acertijo
que sucede en un pueblo de provincia. Entre el pueblo y su aeropuerto hay un
bosque. En el bosque vive un femicida. El marido de una señora tiene que hacer
un viaje, y se toma un colectivo hasta el aeropuerto. No quiere que su mujer lo
acerque con el auto para que no se tenga que volver sola por el bosque. La
mujer, ni bien el tipo sale, invita a dormir a su amante. Están en la cama
cuando el marido llama por teléfono diciéndole que se olvidó el pasaporte, y le
pide que se lo alcance. Ella, con miedo, le sugiere a su amante que la
acompañe. El amante se niega por pudor. Ella entonces le pide a su confesor,
que le contesta que no puede porque debe dar misa. Entonces llama al policía,
que también se niega porque tiene que velar por toda la comunidad, no por una
persona en particular. Finalmente llama a su amiga, para al menos ser dos en el
auto. La amiga teme por su vida y la deja igualmente plantada. La mujer va,
cruza el bosque; el femicida la intercepta y la mata.
Savater le pregunta a
su clase: “¿quién de todos es el responsable de esta muerte?”. Dice que de la
respuesta salen los arquetipos sociales: está quién culpa al policía, que en el
futuro podrá ser anarquista –se ríe cuando cuenta esta parte-; aparecen las
feministas que culpan al amante, los anticlericales que le dan el palo al
confesor; las románticas que se enfurecen con la amiga. Y los que culpan a la
mujer por tener ese marido estúpido. O los que culpan directamente al marido
por ponerla en peligro. Pero nadie, nunca en todos los años de sus cursos, dice
Savater, culpó al femicida. En realidad es el único culpable de todos esos
personajes, pero como está afuera de la ética, los chicos lo ignoran a la hora
de rotularlo. La ética, dice el profesor, es lo que nos amalgama como sociedad:
qué está bien, qué está mal. Lo que hacemos los escritores de policiales –yo lo
hice en Auschwitz-, es salirnos de la ética para considerar al asesino como un
jugador más que lleva en su trabajo todas las de la ley. Su ley.
Higsmith anota en
“Suspense”: “Por otra parte, nunca he estado al borde de matar a nadie, pero de
todos modos puedo escribir sobre eso, acaso porque el crimen es una extensión
de la ira, una extensión al punto de la locura o de la locura momentánea”.
Es aconsejable en
este tipo de conferencias andar aclarando de qué se habla. Tuvo que aclararlo
Jonathan Swift cuando lanzó su “Modesta proposición destinada a evitar que los
niños pobres de Irlanda sean una carga para sus padres y el país”, que hablaba
de cocinar y comerse el exceso de bebés, y hasta daba recetas. También Tomas De
Quincey, en su célebre conferencia “Del
asesinato considerado como una de las Bellas Artes” aclara, por las dudas:
“Estoy y estaré
siempre a favor de la moralidad, la virtud y todas esas cosas; afirmo y
afirmaré siempre (cualquiera sean las consecuencias) que el asesinato es una
manera incorrecta de comportarse, y hasta muy incorrecta; más aún, no tengo
empacho en afirmar que toda persona que se dedique al asesinato razona
equivocadamente y debe seguir principios muy inexactos de modo que, lejos de
protegerlo y ayudarlo señalándole el lugar donde se esconde su víctima, lo cual
es el deber de toda persona bien intencionada según afirma un distinguido moralista
alemán (se refiere a Kant), yo suscribiría un chelín y seis peniques para que
se le detuviera, o sea dieciocho peniques más de lo que hasta ahora han
contribuido a tal objeto los moralistas más eminentes.”
Y agrega: “¿Cómo
negarlo? Todo en este mundo tiene dos lados. El asesinato, por ejemplo, puede
tomarse por su lado moral (como suele hacerse en el púlpito) y, lo confieso, ese es su lado malo, o bien cabe
tratarlo estéticamente –como dicen
los alemanes-, o sea en relación con el buen gusto.”
Cuando De Quincey
dice que prefiere el “lado bueno”, está hablando, obviamente, de literatura.
----------------------------------------------------------------------------------------------------
Escribí este discurso
para el 12ª ARGENTINO DE LITERATURA
de Santa Fe. Una mesa redonda de novela negra que compartí con Claudia Piñeiro
y Osvaldo Aguirre en junio de este año. La noche antes de leerlo, estando en mi
hotel santafesino, hablamos por Skype con Lori Saint-Martin, mi traductora al
francés que vive en Canadá. Le había llamado la atención el título de la charla,
y me dijo que le preocupaba que alguien hubiera escrito algo con ese título a
una semana de la masacre de Pulse, en Miami. Le dije que el título era una cita
del libro “Suspense”, que resultaba un par de veces mencionado en la nota. Se
la mandé por inbox para que la leyera.
Al otro día, a
minutos de comenzar mi mesa, me llegó al celu la respuesta de Lori diciendo que
ella cambiaría, como mínimo, la palabra “coraje” con la que yo describo a un
asesino individual, por “cobardía”. ¿Qué otra cosa que un cobarde es un tipo
armado que entra a un recinto donde hay gente que baila y les vacía tres
cargadores?
- ¿A quién se lo
estás preguntado? –fue lo primero que atiné a escribir.
- A vos.
- ¿Como ser humano, o
como escritor?
- No veo la
diferencia.
- Estoy hablando de
ficciones.
- Nombrás a Chikatilo
– me contestó.
Touché.
“A esta altura
Chikatilo es un personaje de Dostoievsky”, estuve por decir. Confiar en el
argumento de que lo que hago son siempre ficciones ya se me está volviendo, a
mis cincuenta y pico, por lo menos raro. No sé si me excuso en eso o me escudo.
No iba a sacar de la nota el nombre del asesino real a esas alturas. Me pasaron
el micrófono y leí lo que llevaba, que es lo que ustedes también acaban de
leer. Y el titulo no es una cita a nadie; lo inventé, en plena época de las
citas inventadas, a la moda del Borges del subte.
----------------------------------------------------------------------------------------------------
Si como ser humano te
contesto con este discurso, lo admito: soy horrible. En eso estamos de acuerdo,
Lori. Pero si te contesto como escritor, tengo una coartada que me regaló mi
amigo Stephen King. Aquí entraría a funcionar el título de uno de los mejores
libros que enseñan a escribir de la historia de la literatura: “Mientras
escribo”. ¿Qué parámetros utilizo para ponderar un libro así? Que dice la
verdad. En todo. Es como el de Highsmith, o algunas conferencias esporádicas de
Cortázar, Flannery O´Connor y Vonnegut. Claudia Piñeyro nombra también “El simple arte de matar” de Chandler como otra
excepción infalible, pero tengo que confiar en ella porque todavía no lo leí. Los
demás dicen macanas o puerilidades que no sirven. La verdad del libro del Rey
es que los escritores, mientras
escribimos, nos convertimos en gente que no es muy copada. Que suele imitar
para su vida eso que le sale de la lapicera, y si se trata de horror
y asesinatos, te la encargo.
Uno puede tener hasta
doscientas o trescientas relaciones amorosas y de amistad en la Tierra, pero
tiene tres amigos fieles y tuvo tres ex que extraña, con las que hubo ese tipo
de amor infinito que un día se corta y nos destroza. El enamoramiento se basa
en la admiración por el otro. Por lo que hace: cómo escribe, cómo se viste,
cómo cocina, cómo trata a sus semejantes, la ética que tiene, a quién votó; sus
gustos y afinidades, Si podemos admirar en un 80% a una persona, hay amor. Si
es correspondido, se arma la pareja. Después te separás por ese 20% que no
congeniabas, que suele agravarse y crecer con el tiempo. Y para escribir hay
que enamorarse. Sobre todo pasa con las novelas.
Como escritor, si
tuviera que novelar el horrible episodio de la disco de Miami, tendría que
enamorarme, indefectiblemente, del asesino. O al menos quererlo bastante.
Escribir una novela es tener una relación con tus personajes durante un tiempo
largo y conflictivo. Somos, de alguna manera, rehenes temporarios de ellos como
de nuestra amada cuando la encontramos en la vida. Y a ese asesino en
particular, mientras escriba la novela tenderé a verlo como a un tipo
interesante. Un eximio actor, por ejemplo, que no reparó en sumergirse en sus
fobias misántropas para frecuentar el lugar
donde ejecutaría su masacre. Lo tendría que ver como a un estudioso que fue
detallista en el recuento de sus obsesiones, un profesional que no se puso
nervioso ni a último momento, sino que hizo todo racional y fríamente. A sangre fría, digo.
De eso se trata
ficcionar: para un escritor es lo mismo que entender. Después está si le
agregás tus condimentos o lo dejás sobrio de toda sobriedad, a lo Capote.
Mientras escribo, como dice King, deberé acercarme a este ser
despreciable hasta verlo inteligente e interesante. Mientras escriba seré otra
cosa, un monstruo apartado de la sociedad, políticamente incorrecto, como él. Por un rato, asesino de gente que baila.
No se me acerquen
mucho cuando escribo.
Etiquetas: NOTAS 7.04.2016NOTA COMPLETA DE LIOTTA PARA VIVA
ESA MÁQUINA ROJA
Llegué a Diamante, Entre Ríos, con el corazón roto por
una separación. Fue este último verano, me sentía morir y decidí publicar en el
Facebook un pedido de auxilio a mis amigos para tomarme un descanso. Todo el
mundo me recomendó sitios lindos adónde ir. Sólo Patrick, un conocido de los
veinte años, me facilitó tanto las cosas que decidí viajar al día siguiente. El
residencial adonde vive tiene varios departamentos de alquiler, pileta, quincho
y un pequeño museo. Lo del museo me interesó cuando escuché que allí estaba
exhibido el primer corazón artificial del mundo.
- ¿El de Jarvik?
- El de Jarvik es del 82 -dijo él-. Estoy hablando de quince
años antes, del que inventó mi padre.
Para escribir la novela “El corazón de Doli” yo había
hecho una investigación bastante severa acerca de la clonación, pero muy
superficial en relación a órganos y trasplantes. El dato que tenía sobre
corazones artificiales era el nombre de ese gringo, al que asocié
imaginariamente con Tupperware y un Alfredo Coto ficticio para la producción en
la Argentina. En la literatura se permiten estos juegos. Lo que no puedo
permitirme, a esta altura, es pasar por alto que el primer médico que inventó un
corazón artificial es compatriota. Y lo hizo, como dijo Patrick, un década y
pico antes del que tuvo más prensa.
El suceso ocurrió en un Hospital de Texas. La
operación exitosa data del año 1969. Fue realizada por el doctor Domingo
Liotta, oriundo de Entre Ríos, junto a su socio americano Denton Cooley, unos
años mayor que él.
El doctor Liotta tiene hoy 91 años. Se acuerda de los
nombres de todos los colaboradores que tuvo en su vida. Egresado de la
Universidad Nacional de Córdoba, ha dirigido clínicas, creó el servicio
cardiológico de muchos hospitales argentinos y la carrera de Medicina en la
Universidad de Morón, de la que fue rector y vice. También fue el creador del Sistema
Nacional de Salud durante el último mandato de Perón. Escribió un libro
titulado “Las aventuras de un cirujano de corazón”. Está completando sus
memorias. Me espera impecablemente vestido de traje y corbata. Me hace
arrepentir de no haberme puesto un saco. Da la impresión de que la gente que
trabaja con él, que entran y salen de su oficina, lo aman.
EL HOMBRE DEL
CORAZÓN ARTIFICIAL
Domingo
Liotta, un cirujano argentino de 44 años y ojos tristes, inventó un corazón
artificial completo, luego ayudó en la implantación de su invento en un ser
humano. De este modo, un hombre cuyo nombre se mantiene a la sombra de Denton
Cooley y de Michael DeBakey ha cambiado el curso de la historia médica y quizás
de toda la historia. (Will Mc Nutt, 1969, World Book Science Service).
- ¿Qué hay de cierto de todo eso? –le digo.
- ¡Lo hicimos! – se agita él- Fuimos los primeros que
instalamos un corazón mecánico ortotópico (que va a adentro del saco
pericárdico), previa remoción del corazón nativo. Con Cooley desarrollamos la
investigación completa en el Baylor University College of Medicine, en Houston.
El Dr Michael DeBakey era el chairman
del departamento de cirugía. El receptor fue un imprentero de Illinois llamado
Haskell Karp, de 47 años. La intención era que nuestro invento se utilizara
hasta hallar un donante humano compatible para poder realizar el trasplante. La
operación duró tres horas.
- ¿Cómo se
llega a ese momento?
- Nosotros trabajábamos en asistencia circulatoria,
sin sacar el corazón, desde 1961. El primer caso clínico lo logramos el 19 de
julio de 1963, con el doctor Stanley Crawford. Le implantamos a un paciente la
primera bomba sanguínea, a la que nombramos “Liotta-Crawford”. Era del tipo pulsátil; trabajaba copiando los
movimientos del corazón, sístole y diástole. Las bombas actuales son de flujo
continuo, en donde la sangre fluye todo el tiempo. Los pacientes, en cuanto son
conectados, mejoran inmediatamente porque reciben grandes flujos.
- Más que los de la bomba Liotta-Crawford.
- Claro. El enfermo que necesita un trasplante está
levantado. Camina con dificultad, sufre disnea, pero habla. Quiere decir que
tiene un resto funcional válido en el miocardio. Es parte de una lista de
espera para una operación. A este paciente le ponen un dispositivo que fluye
sangre constantemente y se lo ve recuperado. Toda esta evolución ha resurgido
con el doctor Alain Carpentier, de París. Parece -digo parece porque la
información viene de Internet y no de una revista científica- que Carpentier ya
mandó a la casa a su primer paciente con una bomba permanente, y está feliz.
Fuera de eso, y mientras no se aclaren bien las cosas con respecto a los
materiales y al mantenimiento de estas máquinas, no se ha conseguido todavía un
corazón artificial permanente. Puede que ese caso que digo sea el primero.
- ¿Cómo se instalan estas bombas?
- Con una incisión chiquita que se hace del lado
izquierdo del tórax del paciente, de costado, entre las costillas. Piense que
en 1966, para lograr el mismo efecto, hacíamos esternotomía mediana, o sea que
le abríamos el pecho como si la operación fuera una cirugía coronaria. Esta bomba
de ahora se coloca en un tratamiento inocuo. La aurícula izquierda está apenas
a cinco centímetros de la parrilla costal. Si la tiene dilatada, estará más
cerca todavía. Se le pone un conector y se entra muy fácil a la arteria axilar
izquierda. Las arterias subclavia izquierda –se señala la clavícula- y la
axilar –se señala la axila- van casi superficiales.
- ¿Y el corazón que usted inventó, cómo era?
- El sistema circulatorio sigue las leyes de la
hidráulica. Las válvulas cardíacas funcionan en forma mecánica y un gradiente
de presión las abre y las cierra. Lo que hicimos con el “Liotta-Cooley” fue
replicar las condiciones de los corazones verdaderos. No hay diseño de la
acción contráctil, hay imitación. El corazón es el único órgano que salta en el
organismo. La parte contráctil es una función que no tiene descanso en 80, 100
años. Día y noche trabajando sin parar. Es una maravilla de la naturaleza.
Nosotros no hicimos más que imitar eso utilizando los materiales que había en
ese entonces. Hacíamos las cámaras ventriculares con Silastic. Ahora
evolucionó, hay plásticos muy buenos. El Biospan, por ejemplo. Es un plástico
para ser implantado sin rechazos. El corazón artificial “Liotta-Cooley” tenía
un aspecto transparente.
EL SEÑOR KARP
- ¿Cuánto vivió el imprentero Karp con el primer
corazón artificial de la historia?
- Más de lo que le tenía previsto el destino –contesta
Liotta-. El paciente llegó sin función cardíaca. No lo podíamos desfibrilar. Le
dimos golpes eléctricos, el anestesista le dio todas las drogas necesarias, y
nada. Le habíamos abierto el pecho y le mejoramos la “arquitectura” del
ventrículo izquierdo, removiéndole parte de la pared fibrática. No lo podíamos
sacar ni con una función cardíaca mínima, con lo que le hubiéramos podido dar
asistencia circulatoria. Cooley salió de la sala de cirugía para avisarle a la
señora Karp lo que íbamos a hacer, y a las autoridades del hospital para que
fueran solicitando un donante. Ingresamos la consola de control del corazón
artificial que habíamos creado. Removimos el corazón de Karp y separamos los
ventrículos con una incisión transversal. Para poder sacarlo seccionamos la
aorta y la arteria pulmonar. Era la primera vez, fuera de una autopsia, que se
hacía algo así. Ya había periodistas observando detrás de la galería vidriada:
la noticia se había esparcido rápidamente.
- ¿Y?
El tiempo para la circulación extracorpórea se estaba
agotando. El resto de la pared de la aurícula izquierda de Karp fue suturado a
la correspondiente pared artificial. Tuvimos un pequeño inconveniente con el
conector aórtico de salida de la bomba, que no estaba correctamente alineado
con la aorta del paciente, pero lo resolvimos e implantamos el ventrículo
derecho a la brevedad. Y le volvimos el corazón a su sitio. En el driver vimos
que funcionaba. Cooley tenía los ojos llenos de lágrimas. Yo no canté victoria
hasta que visité a Karp en el posoperatorio. Él todavía estaba entubado, no
podía hablar. Le dije: “abra los ojos”. Los abrió. Le dije “apriéteme la mano”;
lo hizo. “¡Mas fuerte!” ¡Y lo hizo! Le sacamos los tubos al otro día.
- No me diga que murió de viejo.
- Lamentablemente no resistió el trasplante. Esta operación
que le conté se realizó el 4 de abril del 69, y el trasplante el día 7. La
donante fue una señora de Massachussetts.
Su corazón funcionó bien al principio, pero el paciente ya había formado
una pleuresía y neumonía fúngica (con hongos). De ese lugar no lo salvaban ni los
antibióticos de ahora.
Respiro un poco. Tomamos los cafés que Gisella, su
asistente, nos trae.
- ¿Cuándo hizo su última operación? –le digo.
- Le parecerá mentira, como a Cooley, pero yo operé
hasta los 82 años.
- Wow.
- Cooley hasta los 80. Por eso no quiere creerme. Le
gané.
PERÓN
- ¿Qué tuvo que ver Perón con su historia?
- En el 68 mi hermano mayor, Salvador, atendía al
General Perón en Madrid. El Texas Heart Institute, para ese período, había
firmado con España un convenio para entrenar a sus médicos en cardiología y
cirugía vascular, que estaban muy flojitos. Con Cooley empezamos a ir tres o
cuatro veces al año a dar conferencias o a operar. Mi nombre empezó a salir en
los diarios. El General le pidió a Salvador que hiciera de puente para encontrarnos.
Salvador me esperó en Barajas y fuimos
hasta la residencia de Puerta de Hierro. Perón era cardíaco, pero la llevaba
bien. Tomamos el té, que nos sirvió su señora Estela. Ella era muy cortés.
Conversamos de muchas cosas. Las reuniones se repitieron en varios viajes.
Hasta que en las elecciones del 73 ganó Cámpora y Perón me llamó para dirigir
la Secretaría de Salud Pública. Yo cubría dos servicios de cirugía
cardiovascular, el del Italiano y el del Durán. Le contesté que era un honor,
pero que estaba muy ocupado. Entonces Perón dijo que al menos me hiciera cargo
por tres meses. Mi hermano me sacó el teléfono de la mano: “Métale para
adelante, General”, dijo.
- ¿Y qué tenía que hacer?
. Perón reunió a toda la oposición para crear el
Sistema Nacional de Salud, que después fue ley. Lo trabajamos prácticamente
fuera del gobierno de Cámpora. El SNS fue importante: estaba destinado a
ordenar la Salud Pública. Lástima que lo bajaron los milicos... Todavía hoy no
se ha podido ordenar eso, y mire los años que han pasado. ¡Más de cuarenta!
- Tengo entendido que por entonces usted ya era el
médico personal del General.
- Lo atendía todos los días. Los enfermos cardíacos
quieren tener al médico cerca. Todo el tiempo me hacía preguntas, que el pulso
esto, que una taquicardia… Yo iba a Gaspar Campos a última hora de la noche.
Hablábamos más de lo que le recetaba. Me esperaba sentado, o recostado. Nos
saludábamos, lo controlaba, nos llevábamos bien. A los políticos les gusta la gente
que no se mete a competir con ellos, que hace el trabajo que sabe hacer y
listo. Así soy yo, y él me tenía muy bien conceptuado. El problema, más que su
salud, era ese López Rega, que tenía mucha incultura y le estaba al lado como
una sombra.
- ¿Miraba mientras usted lo atendía?
- No. Pero podía abrir la puerta de repente, sin
golpear, y el General no le decía nada. Nadie se explica, ningún argentino,
cómo un hombre con la experiencia e inteligencia de Perón podía tener a un tipo
así a su lado. ¿De dónde salió esa influencia? En nuestros encuentros en España
nunca había aparecido… Le voy a contar
una anécdota.
- Bueno.
- Perón venía orinando poco, y a nosotros, los
doctores del corazón, siempre nos interesa la parte diurética. Que los
pacientes orinen bien. Con el cardiólogo Pedro Cossio le dimos unos remedios,
con los que Perón empezó a orinar de nuevo. Él me estaba hablando, con la
puerta del baño entornada, cuando intempestivamente entró Lopecito a la
habitación. No pidió disculpas. Se puso a caminar adentro del cuarto moviendo
mucho las manos y me dijo, casi sin mirarme: “Ha visto, doctor Liotta, tal
astro se ha alineado con tal otro y por eso el General está meando”. Perón, que
estaba de espaldas, abrió un poco más la puerta, giró su cabeza y me guiñó un
ojo como diciéndome “no le haga caso a este loco”.
- ¿Cómo era Perón?
- Un hombre medido. Muy sencillo. A las personas que
apreciaba las hacía sentir bien. Era un consolidador de ideas. Tomaba ideas de
todos. Para hacer el SNS llamó a casi toda la oposición. Va a ver por qué digo “casi”.
Yo tenía un anestesista maravilloso, Alfredo Dradman, un hombre que era
secretario general del PC. Para el SNS nosotros habíamos convocado gente de cualquier
partido, menos del PC. Estaba la UCR, con Balbín. Perón siempre ponderaba lo
bien que andaban los radicales. Y entonces yo le dije: “Usted sabe, General,
que quiero llamar a uno de mis mejores anestesistas: un profesional ejemplar”.
- Y llameló, doctor –dijo Perón.
- Pero es secretario del PC.
Entonces se quedó pensando la respuesta.
- Hay un problema –dijo, por fin-. De ellos, no mío.
Cada vez que me acerco a un comunista, se esfuma en el aire. Hablan desde
lejos, pero si uno se acerca desaparecen…
Cuando se lo conté a Alfredo empezó a maldecirlo. Se enojó
muchísimo, y su enojo era el de todo el Partido. Perón les había ido robando
sus banderas sociales, las cuestiones de trabajo, las de salud. Se metió
prácticamente con todas las consignas del comunismo: eso no se lo perdonaban.
- Me acerco para
conversar, vamos a sentarnos, se enojan y se van…
LOS CHINOS Y EL
EPISODIO CON TÚNEZ
- Perón tenía intereses comerciales con Oriente,
especialmente con China –cuenta Liotta-. Los quería impresionar un poco y les
mandó una comisión científica. Fue en el año 1973. Me comprometí con Chu
En-lai, el premier, para ir a darles
entrenamiento a los médicos de allá.
- Vi la foto –le digo.
- Un gran tipo, Chu. Muy formal, pero siempre decidido
a romper el hielo con un toque simpático. Eso aprendí de él. Habíamos tenido
una charla seria y de golpe me agarró del brazo y me pidió que le presentara a
mis colaboradores del Hospital Italiano. Su equipo era inmensamente pulcro, se
los veía perfectos: delgados, uniformados, sonrientes, afeitados. Hice pasar
primero a mi jefe de cardiología, el doctor Oliveri, que tenía una barba espesa
y tupida, a lo Horacio Guaraní. Después presenté al doctor Pujadas, que era
extremadamente obeso. El doctor Pichel también estaba barbudo y desalineado. Entonces
detuve al traductor y le aclaré: “dígale al premier
que la próxima vez no le voy a traer ni barbudos, ni gordos”. El equipo de él
estaba formado por gente que, simplemente viéndolos, podías decir estos son cirujanos. Aunque los nuestros
fueran mejores. El traductor dudó, pero Chu En-lai exigió sus palabras. Sin reírse, me contestó:
- Los barbudos y los gordos adelante. Los chinitos,
que se suban a banquitos.
Con Chu En-lai aprendí que el peor protocolo se rompe
con un chiste.
- No siempre resulta –le digo.
Mueve la cabeza. “Una vez salió mal”, dice.
- Estábamos visitando oficialmente al presidente de
Túnez. Fui con mi hijo Patrick y con mi esposa Olga. El presidente era el colmo
de la seriedad. En un momento dijo: “Doctor, tiene que tener en cuenta que en
este país, bajo la acción de mi gobierno, se terminaron todos los casamientos
múltiples. Hoy en día es un hombre con una mujer, con felicidad. Todo lo demás
está prohibido.” Lo decía con energía. Yo, acordándome de Chu En-lai, le
retruqué:
- Tampoco hay que ser tan exagerado, señor presidente:
dos o tres lindas chicas hacen falta de vez en cuando para mantener bien el
corazón…
Le tuve que guiñar el ojo para que entendiera que le
estaba haciendo una broma. A la noche me tocó cenar con su ministro de Salud
Pública y me dijo que por suerte el episodio había salido en los diarios. Me
mostró la nota y pasó a explicar: “Lo que pasa es que él ha tomado el monopolio
de las chicas… Además de su señora, que es muy linda, tiene dos amantes. Con la
nueva ley es el único que las puede tener sin caer en problemas…”
- El sexo hace
bien para el corazón, ¿no, Don Liotta? –le pregunto.
Se ríe, pícaro.
- ¿Qué le
parece? –me contesta.
Y pasa a
describir la lista de consejos para llegar con un corazón sano a su edad.
FINAL
A la salida de la reunión me decido a escribirle a mi ex.
Son las once de la mañana y estoy por tomarme el tren de vuelta a casa, parado
en el andén de la estación Morón. Le mando dos mensajes.
El primero dice: “Acabo de entrevistar al inventor del
corazón artificial. Sus tips para
nunca tener que ponerse uno fueron “alimentación correcta, andar diariamente en
bicicleta y ser feliz”. Es un hombre mayor que hace las tres cosas: come pescado
y verduras, pedalea en su bici fija y reparte el tiempo entre su matrimonio, su
trabajo y sus hijos grandes.”
El segundo dice: “Los dos primeros consejos los
cumplís sola, o con tu Aurorita. Para el tercero te puedo ayudar. Si me dejás,
te cuido el corazón”.
Todavía no me contestó, pero no pierdo la esperanza.
Etiquetas: NOTAS |
Gustavo Nielsen nació en Buenos Aires, en 1962. Es arquitecto y escritor. Como arquitecto ha realizado obras en Capital, Buenos Aires, Córdoba, San Luis y Montevideo. Desde 2008 comparte el Galpón Estudio en el barrio de Chacarita junto a los arquitectos Ramiro Gallardo y Max Zolkwer. Ha ganado el Tercer Premio para el Parque Lineal del Sur (asociado a Max Zolkwer), el Primer Premio para el Oasis Urbano Magaldi Unamuno, Tercer Premio Cenotafio Las Heras y Mención en el Oasis Boedo (asociado a Max Zolkwer y Ramiro Gallardo), Mención en el MPAC (asociado a Sebastián Marsiglia), Mención en el Pabellón Frankfurt 2010 (asociado a Max Zolkwer y a Sebastián Marsiglia) y Primer Premio en el concurso internacional para el Monumento a las Víctimas del Holocausto Judío (también asociado a Sebastián Marsiglia). Escribe notas sobre ciudad y diseño en el suplemento Radar, de Página 12. Ha publicado “Playa quemada” (cuentos, Alfaguara), “ La flor azteca” (novela, Planeta), “El amor enfermo” (novela, Alfaguara), “Marvin”, (cuentos, Alfaguara, "Auschwitz" (novela, Alfaguara)y “Adiós, Bob” (cuentos, Klizkowsky Publisher) , “Playa quemada” (cuentos, Interzona), “La fe ciega” (cuentos, Páginas de Espuma, Madrid), “El corazón de Doli” (novela, El Ateneo) y “La otra playa” (novela, Premio Clarín Alfaguara 2010). Mensajes a gesnil@gmail.com
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